Percy Jackson se empeña en matarme
—Inténtalo otra vez —me dijo Percy—. Esta vez sin morirte.
De pie en el penol del buque Constitution, mientras contemplaba el puerto de Boston sesenta metros por debajo, deseé tener las defensas naturales de un buitre. Así podría vomitar sobre Percy Jackson y hacer que se largase.
La última vez que me había hecho saltar, solo una hora antes, me había roto todos los huesos del cuerpo. Mi colega Alex Fierro me había llevado corriendo al Hotel Valhalla, y había llegado justo a tiempo para morir en mi cama.
Por desgracia, era un einherji, uno de los guerreros inmortales de Odín. No podía morirme definitivamente mientras expirase dentro de los límites del Valhalla. Treinta minutos más tarde, me desperté como nuevo. Y aquí estaba ahora, listo para seguir sufriendo. ¡Viva!
—¿Es estrictamente necesario? —pregunté.
Percy estaba apoyado contra las jarcias, y el viento formaba pequeñas ondas en su cabello moreno.
Parecía un chico normal: camiseta de manga corta naranja, vaqueros, zapatillas de piel blancas Reebok. Si lo vierais andando por la calle, no pensaríais: «¡Eh, mira, un semidiós hijo de Poseidón! ¡Alabados sean los dioses del Olimpo!». No tenía branquias ni manos palmeadas, aunque sus ojos eran de color verde mar: el tono que me imaginaba que debía de tener mi cara en ese momento. El único detalle raro de Jackson era el tatuaje que tenía en la cara interna del antebrazo: un tridente oscuro como la madera quemada, con una línea debajo y las letras SPQR.
Me había dicho que las letras significaban Sono pazzi quelli romani («Esos romanos están locos»).
—Mira, Magnus —me dijo—. Vas a navegar en territorio hostil. Un montón de monstruos y dioses marinos y quién sabe qué otras cosas intentarán matarte, ¿vale?
—Sí, me lo imagino.
Con lo que quería decir: «Por favor, no me lo recuerdes. Por favor, déjame en paz».
—En algún momento —continuó Percy— te tirarán del barco, puede que desde más altura. Tendrás que saber sobrevivir al impacto, evitar ahogarte y volver a la superficie, listo para luchar. Y no será fácil, sobre todo en agua fría.
Yo sabía que tenía razón. Por lo que mi prima Annabeth me había contado, Percy había vivido aventuras aún más peligrosas que yo. (Y yo vivía en el Valhalla. Moría al menos una vez al día.) Le agradecía mucho que hubiera venido desde Nueva York para ofrecerme consejos de supervivencia acuática, pero ya me estaba hartando de que las cosas me salieran siempre mal.
El día anterior me había mordido un gran tiburón blanco, me había estrangulado un calamar gigante y me habían picado mil medusas furibundas. Había tragado varios litros de agua marina tratando de contener la respiración y había descubierto que no se me daba mejor el combate cuerpo a cuerpo a diez metros de profundidad que en tierra firme.
Esa mañana, Percy me había llevado a dar una vuelta por el barco y había intentado impartirme unos conocimientos básicos de navegación, pero yo seguía sin saber distinguir el palo de mesana del castillo de popa.
Y allí estaba ahora: incapaz de tirarme de un mástil.
Miré abajo, donde Annabeth y Alex Fierro nos observaban desde la cubierta.
—¡Tú puedes, Magnus! —me alentó ella.
Él me levantó los dos pulgares, o eso creo... Era difícil saberlo desde tan alto.
Percy respiró hondo. Hasta el momento había tenido paciencia conmigo, pero noté que la tensión acumulada durante el fin de semana también empezaba a afectarle. Cada vez que me miraba, le temblaba el ojo izquierdo.
—Tranqui, tío —dijo—. Te haré otra demostración, ¿vale? Empieza en posición de paracaidista y extiéndete como un águila para reducir la velocidad de descenso. Luego, justo antes de caer al agua, estírate como una flecha: la cabeza en alto, los talones abajo, la espalda erguida, el trasero apretado. La última parte es muy importante.
—Paracaidista... —dije—. Águila, flecha, trasero.
—Eso es —asintió Percy—. Obsérvame.
Saltó del penol y descendió hacia el puerto perfectamente extendido como un águila. En el último momento, se estiró con los talones hacia abajo, cayó al agua y desapareció sin apenas formar ondas. Un instante más tarde, salió a la superficie con las palmas levantadas como diciendo: «¿Lo ves? ¡No tiene ningún misterio!».
Annabeth y Alex aplaudieron.
—¡Venga, Magnus! —me gritó Alex—. ¡Te toca! ¡Pórtate como un hombre!
Supongo que pretendía hacer una gracia. La mayoría de las veces Alex se identificaba con una chica, pero ese día sin duda era un chico. A veces yo metía la pata y me equivocaba de pronombre para referirme a él/ella, de modo que a Alex le gustaba devolverme el favor burlándose de mí sin piedad. Para eso estaban los amigos.
—¡Tú puedes, primo! —chilló Annabeth.
Debajo de mí, la superficie oscura del agua relucía como una plancha para gofres recién fregada, lista para aplastarme.
«Está bien», me dije.
Salté.
Durante medio segundo, me sentí bastante seguro. El viento pasó silbando junto a mis oídos. Estiré los brazos y logré no gritar.
«Está bien», pensé. «Puedo hacerlo.»
Entonces fue cuando mi espada, Jack, decidió aparecer volando de repente y entablar una conversación conmigo.
—¡Hola, señor! —Las runas grabadas a lo largo de su hoja de doble filo brillaron—. ¿Qué haces?
Yo me agitaba, tratando de colocarme en posición vertical para el impacto.
—¡Ahora no, Jack!
—¡Ah, ya lo pillo! ¡Te estás cayendo! ¿Sabes? Una vez Frey y yo nos estábamos cayendo...
Antes de que pudiera continuar su fascinante relato, me estampé contra el agua.
Como Percy me había advertido, el frío embotó mi organismo. Me hundí, momentáneamente paralizado, sin aire en los pulmones. Me dolían los tobillos como si hubiera saltado de un trampolín de ladrillos. Pero por lo menos no estaba muerto.
Busqué heridas graves. Cuando eres un einherji, te vuelves un experto en escuchar tu dolor. Puedes tambalearte por el campo de batalla del Valhalla, herido de muerte, exhalando tu último aliento, y pensar tranquilamente: «Ah, así que esto es lo que se siente cuando te aplastan la caja torácica. ¡Interesante!».
Esta vez me había roto el tobillo izquierdo con seguridad. El derecho solo estaba torcido.
Tenía fácil arreglo. Invoqué el poder de Frey.
Un calor como el sol del verano se extendió desde mi pecho a mis extremidades. El dolor disminuyó. No se me daba tan bien curarme a mí mismo como curar a los demás, pero noté que mis tobillos empezaban a sanar, como si un enjambre de abejas amigas corriese por debajo de mi piel untando las fracturas con barro y tejiendo de nuevo los ligamentos.
«Ah, mucho mejor», pensé mientras flotaba a través de la fría oscuridad. «Pero aparte de eso debería estar haciendo otra cosa. Claro, respirar.»
La empuñadura de Jack se acercó a mi mano como un perro que reclama atención. Rodeé el puño de cuero con los dedos, y la espada me levantó y me sacó del puerto cual Dama del Lago propulsada por cohetes. Aterricé jadeando y tiritando en la cubierta del Constitution al lado de mis amigos.
—Vaya. —Percy dio un paso atrás—. Esta vez te ha salido distinto. ¿Estás bien, Magnus?
—Perfectamente —contesté tosiendo, y soné como un pato con bronquitis.
Percy observó las runas brillantes de mi arma.
—¿De dónde ha salido esa espada?
—¡Hola, soy Jack! —dijo Jack.
Annabeth contuvo un grito.
—¿Esa cosa habla?
—¿«Cosa»? —repitió Jack—. Oiga, señora, un poco de respeto. ¡Soy Sumarbrander! ¡La Espada del Verano! ¡El arma de Frey! ¡Llevo aquí mucho tiempo! ¡Y también soy colega!
Ella frunció el entrecejo.
—Magnus, cuando me dijiste que tenías una espada mágica, ¿por casualidad se te pasó por alto mencionar que... sabe hablar?
—Puede ser... —Sinceramente no me acordaba.
Durante las últimas semanas, Jack había estado a su aire haciendo lo que fuese que hacían las espadas mágicas conscientes. Percy y yo habíamos usado espadas de prácticas del Hotel Valhalla para entrenar. No se me había pasado por la cabeza que Jack podía aparecer de repente y presentarse sin más. La verdad es que el hecho de que hablase era lo menos raro de él. Que se supiera la banda sonora entera de Jersey Boys de memoria..., eso sí que era raro.
Parecía que Alex Fierro estuviera haciendo esfuerzos para no reírse. Ese día iba vestido de rosa y verde, como siempre, aunque nunca le había visto ese conjunto en concreto: unas botas de piel con cordones, unos tejanos rosa ultraceñidos, una camisa de vestir color lima por fuera y una corbata fina a cuadros que llevaba suelta como un collar. Con sus gruesas Ray-Ban negras y su pelo verde cortado de forma irregular, parecía salido de la portada de un disco de new wave de alrededor de 1979.
—No seas maleducado, Magnus —me reprendió—. Haz las presentaciones como es debido.
—Ejem, claro —dije—. Jack, estos son Percy y Annabeth. Son semidioses... de los griegos.
—Ajá. —Jack no parecía impresionado—. Una vez coincidí con Hércules.
—¿Quién no? —murmuró Annabeth.
—Tienes razón —contestó Jack—. Pero supongo que si sois amigos de Magnus... —Se quedó totalmente inmóvil. Las runas desaparecieron. Acto seguido saltó de mi mano y se fue volando hacia Annabeth, sacudiendo la hoja como si olfatease el aire—. ¿Quién es ella? ¿Dónde está esa nena?
Annabeth retrocedió hacia la barandilla.
—Alto ahí, espada. ¡Estás invadiendo mi espacio vital! —Pórtate bien, Jack —la regañó Alex—. ¿Qué haces?
—Está aquí, en alguna parte —insistió la espada, y fue volando hasta Percy—. ¡Ajá! ¿Qué llevas en el bolsillo, chico marino?
—¿Perdón? —Parecía que a Percy le pusiera un poco nervioso que la espada le rondase la cintura.
Alex se bajó las Ray-Ban.
—Vale, tengo curiosidad. ¿Qué llevas en el bolsillo, Percy? Las espadas preguntonas quieren saberlo.
Percy sacó un bolígrafo normal y corriente de sus tejanos.
—¿Te refieres a esto?
—¡Bam! —exclamó Jack—. ¿Quién es esa preciosidad?
—Oh, vamos, pero si es un bolígrafo —le dije.
—¡No, no lo es! ¡Enséñamela! ¡Enséñamela!
—Ejem..., claro. —Percy destapó el bolígrafo.
Se transformó de inmediato en una espada de casi un metro de largo con una cuchilla de bronce brillante en forma de hoja. Comparada con Jack, el arma parecía delicada, casi pequeña, pero por la forma en que Percy la empuñaba, no me cabía duda de que podría defenderse con ella en los campos de batalla del Valhalla.
Jack giró su punta hacia mí, mientras sus runas emitían destellos color borgoña.
—¿Lo ves, Magnus? ¡Te dije que no era una tontería llevar una espada camuflada de bolígrafo!
—¡Yo nunca dije que lo fuera! —protesté—. Fuiste tú.
Percy arqueó una ceja.
—¿De qué habláis?
—No tiene importancia —contesté apresuradamente—. Bueno, supongo que este es el famoso Contracorriente. Annabeth me ha hablado de él.
—La famosa Contracorriente —me corrigió Jack.
Annabeth frunció el ceño.
—¿La espada de Percy es chica?
Jack rio.
—Pues claro.
Percy examinó a Contracorriente, aunque podría haberle dicho por experiencia propia que era casi imposible saber el género de una espada con solo mirarla.
—No sé —dijo—. ¿Estás seguro...?
—Percy —terció Alex—. Respeta el género.
—Vale —contestó el hijo de Poseidón—. Es solo que me resulta un poco raro que no lo supiera.
—Bueno, tampoco sabías que podías escribir con un bolígrafo hasta el año pasado —dijo Annabeth.
—Eso ha sido un golpe bajo, Sabionda.
—¡Bueno! —los interrumpió Jack—. ¡Lo importante es que Contracorriente está aquí, que es preciosa y que me ha conocido! ¿No podríamos... ya sabéis... estar solos un rato para hablar de, ejem, cosas de espadas?
Alex sonrió burlonamente.
—Me parece una idea maravillosa. ¿Qué tal si dejamos que las espadas se conozcan mientras nosotros comemos? Magnus, ¿crees que podrás comer falafel sin atragantarte?
Sándwiches de falafel con guarnición de Ragnarok
Comimos en la cubierta superior de popa. (Fijaos cómo manejo los términos náuticos.)
Después de una dura mañana de fracasos, sentía que me merecía mis tortitas de garbanzos fritas y mi pan de pita, mi yogur y mis rodajas de pepino, y mi guarnición de kebabs de cordero superpicantes. Annabeth había preparado la comida. Me conocía demasiado bien.
Mi ropa se secó rápidamente al sol. Daba gusto notar la brisa cálida en la cara. Los veleros se deslizaban por el puerto mientras que los aviones surcaban el cielo azul, del Aeropuerto de Logan a Nueva York o a California o a Europa. Toda la ciudad de Boston parecía dominada por la impaciencia, como una clase a las 14.59, esperando la campana de salida, con todos los alumnos listos para salir de la ciudad y disfrutar del buen tiempo del verano.
Yo, en cambio, lo único que quería era quedarme allí.
Contracorriente y Jack estaban recostados cerca en un rollo de cuerda, con las empuñaduras apoyadas contra la barandilla de artillería. Contracorriente se comportaba como un objeto inanimado cualquiera, pero Jack no paraba de acercarse a ella, camelándola, mientras su hoja emitía el mismo brillo de color bronce oscuro que ella. Afortunadamente, Jack estaba acostumbrado a entablar monólogos, así que contó chistes, le dedicó piropos y no paró de nombrar a gente importante para impresionarla.
—Una vez Thor, Odín y yo estábamos en una taberna, ¿sabes...?
Si a Contracorriente le estaba causando buena impresión, no se le notaba.
Percy engulló su falafel. Además de respirar debajo del agua, ese tío tenía la capacidad de aspirar comida.
—Bueno —dijo—, ¿cuándo vais a zarpar, chicos?
Alex me miró arqueando una ceja en plan: «Sí, Magnus. ¿Cuándo vamos a zarpar?».
Yo había estado intentando evitar el tema con él durante las dos últimas semanas sin demasiada suerte.
—Pronto —respondí—. No sabemos exactamente adónde vamos ni cuánto tardaremos en llegar...
—La historia de mi vida —dijo Percy.
—... pero tenemos que encontrar el enorme y horrible barco de la muerte de Loki antes de que zarpe en el solsticio de verano. Está atracado en algún lugar de la frontera de Niflheim y Jotunheim. Calculamos que nos llevará un par de semanas recorrer esa distancia.
—Eso significa que ya deberíamos haber partido —intervino Alex—. Tenemos que salir sin falta a finales de semana, estemos listos o no.
Vi en sus gafas oscuras el reflejo de mi cara de preocupación. Los dos sabíamos que nos encontrábamos tan lejos de estar listos como de Niflheim.
Annabeth metió los pies debajo de su cuerpo. Llevaba su largo cabello rubio recogido en una cola de caballo. Su camiseta de manga corta azul oscuro tenía estampadas las palabras amarillas
FACULTAD DE DISEÑO AMBIENTAL.
UNIVERSIDAD DE CALIFORNIA EN BERKELEY.
—Los héroes nunca tenemos la oportunidad de prepararnos, ¿verdad? —dijo—. Nos limitamos a hacer las cosas lo mejor que podemos.
Percy asintió con la cabeza.
—Sí. Normalmente funciona. Nosotros todavía no la hemos palmado.
—Aunque tú no paras de intentarlo. —Annabeth le dio un codazo y Percy la rodeó con el brazo. Ella se acurrucó entonces cómodamente contra su costado y él besó los rizos rubios de la parte superior de su cabeza.
Esa muestra de afecto hizo que me diera una punzada en el corazón.
Me alegraba de ver a mi prima tan feliz, pero el gesto me recordó lo mucho que estaba en juego si no conseguía detener a Loki.
Alex y yo ya habíamos muerto. No envejeceríamos. Viviríamos en el Valhalla hasta que llegara el fin del mundo (a menos que antes nos mataran fuera del hotel). Lo máximo a lo que podíamos aspirar era a prepararnos para el Ragnarok, aplazar la batalla inevitable el mayor número de siglos posible y, algún día, salir del Valhalla desfilando con el ejército de Odín y tener una muerte gloriosa mientras los nueve mundos ardían a nuestro alrededor. Qué divertido.
Sin embargo, Annabeth y Percy tenían la oportunidad de disfrutar de una vida normal. Ya habían terminado la educación secundaria, un período que según me había dicho mi prima era la época más peligrosa para los semidioses griegos. En otoño irían a la universidad en la Costa Oeste. Si superaban eso, tenían muchas posibilidades de llegar a la edad adulta. Podrían vivir en el mundo de los mortales sin que los monstruos les atacasen cada cinco minutos.
Pero para ello mis amigos y yo teníamos que detener a Loki; si no lo hacíamos, el mundo —todos los mundos— se acabaría dentro de pocas semanas. Pero bueno... sin presiones.
Dejé mi sándwich de pan de pita. Ni siquiera el falafel podía levantarme el ánimo.
—¿Y vosotros, chicos? —pregunté—. ¿Volvéis a Nueva York hoy?
—Sí —contestó Percy—. Esta noche tengo que hacer de canguro. ¡Estoy emocionado!
—Es verdad. —Me acordé—. Tu nueva hermana pequeña.
«Otra vida importante que pende de un hilo», pensé.
Pero forcé una sonrisa.
—Enhorabuena, tío. ¿Cómo se llama?
—Estelle. Era el nombre de mi abuela. Por parte de madre, claro. No de Poseidón.
—Me gusta —dijo Alex—. Tradicional y elegante. Estelle Jackson.
—Bueno, Estelle Blofis —le corrigió Percy—. Mi padrastro se llama Paul Blofis. No puedo hacer nada para cambiarle el apellido, pero mi hermanita es genial. Cinco deditos en la mano. Cinco deditos en el pie. Dos ojos. Babea un montón.
—Como su hermano —comentó Annabeth.
Alex rio.
Me imaginaba perfectamente a Percy meciendo a su hermana en brazos mientras le cantaba «Bajo el mar», de La sirenita. Eso me hizo deprimirme todavía más.
Tenía que conseguirle a la pequeña Estelle suficientes décadas para que disfrutara de una vida como es debido. Tenía que encontrar el diabólico barco de Loki lleno de guerreros zombis, impedir que entrase en combate y desencadenase el Ragnarok, y luego atrapar a Loki y encadenarlo para que no pudiera hacer más fechorías que acabasen con el mundo en llamas. (O, por lo menos, no tantas fechorías.)
—Eh. —Alex me lanzó un trozo de pan de pita—. No pongas esa cara tan triste.
—Perdona. —Traté de poner una cara más alegre, pero no era fácil hacerlo mientras me curaba el tobillo echando mano de toda mi fuerza de voluntad—. Me gustaría conocer a Estelle cuando volvamos de la misión... Chicos, os agradezco que hayáis venido a Boston. De verdad.
Percy echó un vistazo a Jack, que seguía intentando ligar con Contracorriente.
—Siento no poder ser de más ayuda. El mar es —se encogió de hombros— bastante impredecible.
Alex estiró las piernas.
—Por lo menos Magnus cayó mucho mejor la segunda vez. En el peor de los casos, siempre puedo convertirme en delfín y salvarle el trasero.
La comisura de la boca de Percy se movió.
—¿Puedes convertirte en delfín?
—Soy hijo de Loki. ¿Quieres verlo?
—No, te creo. —Percy miró a lo lejos—. Tengo un amigo que se llama Frank que es transformista. Se convierte en delfín. Y también en pez de colores gigante.
Me estremecí al imaginarme a Alex Fierro como una gigantesca carpa rosa y verde.
—Nos las apañaremos. Tenemos un buen equipo.
—Eso es importante —convino Percy—. Probablemente, más importante que tener habilidades marinas... —Se enderezó y frunció el ceño.
Annabeth se separó de su costado.
—Oh, no. Conozco esa cara. Se te ha ocurrido una idea.
—Mi padre me dijo una cosa... —Percy se levantó y se acercó a su espada, interrumpiendo a Jack en medio del fascinante relato de la vez que había bordado la bolsa de los bolos de un gigante. Luego cogió a Contracorriente y examinó su hoja.
—Eh, tío —se quejó Jack—. Estábamos empezando a conectar.
—Perdona. —Percy sacó del bolsillo el tapón del bolígrafo y lo acercó a la punta de su espada. Con un tenue sssh, Contracorriente se encogió hasta convertirse otra vez en un boli—. Poseidón y yo tuvimos una vez una conversación sobre armas. Me dijo que todos los dioses marinos tienen algo en común: son muy egoístas y posesivos con sus objetos mágicos.
Annabeth puso los ojos en blanco.
—Eso se puede decir de todos los dioses que hemos conocido.
—Cierto —convino Percy—. Pero todavía más de los dioses marinos. Tritón duerme con su trompeta de concha de caracola. Galatea se pasa casi todo el tiempo puliendo la silla de montar de su caballo de mar. Y mi padre está superparanoico con la idea de perder su tridente.
Pensé en mi único encuentro con una diosa marina nórdica. No había ido bien. Ran me había amenazado con acabar conmigo si volvía a navegar en sus aguas, pero se había ofuscado con sus redes mágicas y la colección de basura que se arremolinaba en su interior. Gracias a eso, yo había podido engañarla para que me diera mi espada.
—¿Me estás diciendo que tendré que usar sus propias armas contra ellos? —deduje.
—Exacto —dijo Percy—. Y con respecto a lo de que tienes un buen equipo, a veces ser hijo del dios del mar no ha servido para salvarme, ni siquiera bajo el agua. Una vez, una diosa de las tormentas, Cimopolia, nos arrastró a mi amigo Jason y a mí al fondo del Mediterráneo y yo no pude hacer nada. Fue Jason quien me salvó el trasero ofreciéndose a fabricarle cromos y muñecos.
A Alex por poco se le atragantó el falafel.
—¿Qué?
—Lo que quiero decir —continuó Percy— es que Jason no sabía nada del mar y me salvó de todas formas. Me sentí como un idiota.
Annabeth sonrió burlonamente.
—Me lo imagino. No conocía esa anécdota.
A Percy se le pusieron las orejas tan rosas como los vaqueros de Alex.
—El caso es que a lo mejor hemos enfocado esto de forma equivocada. Yo he intentado enseñarte técnicas marinas, pero lo más importante es saber utilizar lo que tienes a mano: tu equipo, tu ingenio y los objetos mágicos del enemigo.
—Y no hay forma de planificar eso —rematé.
—¡Exacto! —exclamó Percy—. ¡Mi trabajo aquí ha terminado!
Annabeth frunció el ceño.
—Estás diciendo que el mejor plan es no hacer planes, y como hija de Atenea, no puedo compartir esa opinión.
—Yo tampoco —dijo Alex—. A mí, personalmente, me sigue gustando el plan de transformarme en un mamífero marino.
Percy levantó las manos.
—Solo digo que el semidiós más poderoso de nuestra generación está sentado aquí al lado, y no soy yo. —Señaló con la cabeza a Annabeth—. La Sabionda no puede transformarse ni respirar debajo del agua ni hablar con los pegasos. No sabe volar, ni es superfuerte. Pero es lista como ella sola y se le da muy bien improvisar. Eso la convierte en letal. Da igual si está en tierra, en agua, en el aire o en el Tártaro. Magnus, has estado entrenando conmigo todo el fin de semana, pero creo que deberías haber entrenado con Annabeth.
Los ojos grises de mi prima eran difíciles de descifrar.
—Vaya, qué amable —dijo finalmente, y le dio un beso en la mejilla.
Alex asintió con la cabeza.
—No está mal, Cerebro de Alga.
—No empieces tú también con el apodo de marras —murmuró Percy.
Un ruido grave y sordo de puertas de almacén que se abrían sonó en el muelle. Por los costados de los edificios resonaban voces.
—Tenemos que marcharnos —dije—. Este barco acaba de volver del dique seco. Esta noche van a hacer una gran ceremonia para reabrirlo al público.
—Sí —asintió Alex—. El glamour no ocultará nuestra presencia cuando toda la tripulación esté a bordo.
Percy arqueó una ceja.
—¿Glamour? ¿Te refieres a tu ropa?
Alex resopló.
—No. Cuando hablo de glamour, me refiero a la magia de la ilusión, a la fuerza que nubla la vista de los simples mortales.
—Ah —dijo Percy—. Nosotros lo llamamos Niebla.
Annabeth le dio un golpecito en la cabeza con los nudillos.
—Lo llamemos como lo llamemos, será mejor que nos demos prisa. Ayudadme a limpiar.
Llegamos al final de la plancha justo cuando llegaban los primeros marineros. Jack avanzaba flotando delante de nosotros, emitiendo destellos de distintos tonos y cantando «Walk Like a Man» con un falsete terrible. Alex pasó de ser un guepardo a ser un lobo y un flamenco. (El flamenco le sale genial.)
Los marineros nos lanzaban miradas vagas y nos evitaban, pero ninguno nos dio el alto.
Una vez que nos hubimos marchado de los muelles, Jack retomó la forma de colgante de piedra rúnica, cayó en mi mano y volví a engancharlo en la cadena que llevaba alrededor del cuello. No era propio de él callarse tan de repente. Supuse que estaba mosqueado porque habíamos interrumpido su cita con Contracorriente.
Cuando paseábamos por Constitution Road, Percy se volvió hacia mí.
—¿A qué vino lo de las transformaciones y el número de la espada cantarina? ¿Es que queríais que nos cogieran?
—No —contesté—. Si utilizas tus poderes mágicos raros, los mortales se quedan aún más confundidos. —Me hizo sentir bien poder enseñarle algo—. Es como si provocase un cortocircuito en los cerebros de los mortales; consigue que te eviten.
—Vaya... —Annabeth sacudió la cabeza—. ¿Todos estos años moviéndonos a escondidas, y podríamos haber sido nosotros mismos?
—Siempre debéis ser vosotros mismos. —Alex andaba cerca, de nuevo en forma humana, aunque todavía tenía unas cuantas plumas de flamenco en el pelo—. Y tenéis que lucir vuestra rareza, amigos míos.
—¿Puedo citar lo que acabas de decir? —preguntó Percy.
—Más te vale.
Nos detuvimos en la esquina donde estaba el Toyota Prius de Percy en un parquímetro. Le estreché la mano, y Annabeth me dio un fuerte abrazo.
Mi prima me agarró por los hombros y examinó mi cara con una mirada tensa de preocupación en sus ojos grises.
—Cuídate, Magnus. Vuelve sano y salvo. Es una orden.
—Sí, señora —le prometí—. Los Chase tenemos que mantenernos unidos.
—Hablando del tema... —Bajó la voz—. ¿Has ido ya allí?
Me sentí como si estuviera cayendo otra vez en picado, haciendo el salto del ángel hacia una muerte dolorosa.
—Todavía no —admití—. Hoy. Te lo prometo.
La última imagen de Percy y Annabeth fue doblando la esquina de la Primera Avenida en su Prius mientras él cantaba con Led Zeppelin en la radio y ella se reía de su horrible voz.
Alex se cruzó de brazos.
—Si esos dos fueran más monos, provocarían una explosión nuclear y destruirían la Costa Este.
—¿Eso es lo que tú entiendes por un cumplido? —pregunté.
—Es lo más parecido que me oirás decir. —Echó un vistazo—. ¿Adónde has prometido a Annabeth que irás?
Noté un sabor en la boca como si hubiera masticado papel de aluminio.
—A casa de mi tío. Hay algo que tengo que hacer.
—Oooh. —Asintió con la cabeza—. Odio ese sitio.
Había evitado esa tarea durante semanas. No quería hacerlo solo. Tampoco quería pedírselo a ninguno de mis demás amigos: Samirah, Hearthstone, Blitzen o el resto de la panda de la planta diecinueve del Hotel Valhalla. Me resultaba demasiado personal, demasiado doloroso. Pero Alex ya había estado conmigo en la mansión de los Chase. No me molestaba la idea de que me acompañase. De hecho, descubrí sorprendido que tenía muchas ganas de que viniera.
—Ejem... —Me aclaré la voz para librarme de los restos de falafel y agua marina—. ¿Te apetece venir conmigo a una mansión que da mucho yuyu y buscar entre las cosas de un muerto?
Alex sonrió.
—Creía que no me lo ibas a pedir nunca.
Heredo un lobo muerto y ropa interior
—Eso no estaba así —dijo Alex.
La puerta principal de piedra rojiza había sido forzada y la cerradura de seguridad arrancada a golpes del marco. En el vestíbulo, tumbado sobre la alfombra oriental, se hallaba el cuerpo de un lobo muerto.
Me estremecí.
En los nueve mundos no podías blandir un hacha de combate sin darle a un lobo: el lobo Fenrir, los lobos de Odín, los lobos de Loki, hombres lobo, lobos feroces y lobos autónomos dispuestos a matar a cualquiera por el precio justo.
El lobo muerto del vestíbulo del tío Randolph se parecía mucho a los animales que habían atacado a mi madre hacía dos años, la noche que murió.
Su pelaje negro tenía unas volutas luminiscentes azules pegadas. Su boca estaba crispada en un gruñido permanente. En la parte superior de la cabeza, marcada en la piel, había una runa vikinga, aunque el pelaje de alrededor estaba tan chamuscado que no pude distinguir de qué símbolo se trataba. Mi amigo Hearthstone tal vez lo supiera.
Alex rodeó el cuerpo del tamaño de un poni y le dio una patada en las costillas. El animal tuvo la amabilidad de seguir muerto.
—El cuerpo todavía no ha empezado a deshacerse —observó—. Normalmente, los monstruos se desintegran muy poco después de que los matas. Todavía se puede oler el pelo quemado de este. Ha debido de morir hace poco.
—¿Crees que la runa era una especie de trampa?
Alex sonrió.
—Creo que tu tío sabía mucho de magia. El lobo pisó la alfombra, activó la runa y... ¡bam!
Me acordaba de todas las veces que, durante mi etapa de sintecho, me había colado en casa del tío Randolph cuando él estaba ausente para robar comida, hurgar en su despacho o simplemente incordiar un poco. A mí la alfombra nunca me había hecho ¡bam! Siempre había considerado a Randolph un desastre en materia de medidas de seguridad. Sentí unas ligeras náuseas al preguntarme si podría haber acabado muerto en el felpudo con una runa grabada a fuego en la frente.
¿Era esa trampa el motivo por el que el testamento de Randolph insistía tanto en que Annabeth y yo visitáramos la finca antes de tomar posesión de ella? ¿Intentaba mi tío vengarse desde la tumba?
—¿Crees que podemos investigar en el resto de la casa sin peligro? —pregunté.
—No —contestó Alex alegremente—. Vamos.
En la primera planta no vimos más lobos muertos. Ninguna runa nos explotó en la cara. Lo más asqueroso que descubrimos se encontraba en el frigorífico, donde había yogur caducado, leche agria y zanahorias mohosas que se estaban transformando en una sociedad preindustrial. Randolph ni siquiera me había dejado chocolate en la despensa, el muy canalla.
En la segunda planta no había cambiado nada. En el estudio, el sol entraba a raudales por la vidriera de colores y proyectaba sesgadamente luz roja y naranja sobre la estantería y las vitrinas con objetos vikingos. En un rincón había una gran piedra rúnica que tenía grabada la amenazante cara roja de (como no podía ser de otra forma) un lobo. El escritorio estaba lleno de mapas rotos y pergaminos desvaídos y amarillentos. Eché un vistazo a los documentos buscando algo nuevo, algo importante, pero no vi nada que no hubiera visto la última vez que había estado allí.
Me acordé de los términos del testamento de Randolph, que Annabeth me había enviado.
«Es crucial —había estipulado mi tío— que mi querido sobrino Magnus examine mis posesiones materiales lo antes posible. Deberá prestar especial atención a mis documentos.»
No sabía por qué había incluido esas frases en su testamento. En los cajones de su escritorio no encontré ninguna carta dirigida a mí, ni ninguna sentida disculpa en plan: «Querido Magnus, siento haber sido el culpable de tu muerte, haberte traicionado luego poniéndome de parte de Loki, haber apuñalado después a tu amigo Blitzen y haber estado a punto de causarte otra vez la muerte».
Ni siquiera me había dejado la contraseña del wifi de la mansión.
Miré por la ventana del despacho. Al otro lado de la calle, en la alameda de Commonwealth, la gente paseaba sus perros, jugaba con el disco volador y disfrutaba del buen tiempo. La estatua de Leif Erikson se alzaba sobre su pedestal luciendo orgullosamente su sostén metálico, vigilando el tráfico de Charlesgate y preguntándose seguramente qué hacía fuera de Escandinavia.
—Vaya. —Alex se me acercó—. ¿Así que has heredado todo esto?
Durante el trayecto a la mansión, le había contado lo básico del testamento del tío Randolph, pero él seguía mostrándose escéptico, casi ofendido.
—Randolph nos dejó la casa a Annabeth y a mí —dije—, pero como, técnicamente, yo estoy muerto, ahora es solo de mi prima. Los abogados de nuestro tío se pusieron en contacto con el padre de Annabeth; él se lo contó a ella y luego ella me lo contó a mí y me pidió que le echara un vistazo y —me encogí de hombros— decidiera qué hacer con ella.
Alex cogió una foto enmarcada del tío Randolph con su esposa y sus hijas en el estante más cercano. Yo no había conocido ni a Caroline ni a Emma ni a Aubrey, que habían muerto en el mar a causa de una tormenta hacía muchos años, pero las había visto en pesadillas. Sabía que eran el instrumento que Loki había utilizado para manipular a mi tío, al que había prometido que podría volver a ver a su familia si le ayudaba a escapar de sus ataduras. Y, en cierto modo, Loki decía la verdad. La última vez que había visto al tío Randolph se había caído por un abismo directo a Helheim, la tierra de los muertos deshonrosos.
Alex dio la vuelta a la foto, quizá con la esperanza de encontrar una nota secreta en el dorso. La otra vez que habíamos estado en ese despacho habíamos encontrado una invitación de boda de esa forma, y nos había metido en un montón de líos. En esta ocasión no había ningún mensaje oculto: solo un papel de estraza en blanco, mucho menos doloroso de mirar que las caras sonrientes de mis parientes muertas.
Alex volvió a poner la foto en el estante.
—¿A Annabeth le da igual lo que hagas con la casa?
—La verdad es que sí. Ya tiene bastante con la universidad y toda la movida de ser semidiosa. Solo quiere que la avise si encuentro algo interesante: viejos álbumes de fotos, objetos de la historia de la familia y todas esas cosas.
Arrugó la nariz.
—La historia de la familia. —Su cara tenía la misma expresión ligeramente asqueada, ligeramente intrigada que cuando le había dado la patada al lobo muerto—. ¿Y qué hay arriba?
—No estoy seguro. Cuando era niño, no nos dejaban pasar de las dos primeras plantas. Y las pocas veces que me colé hace poco... —Levanté las palmas de las manos—. Creo que no llegué tan lejos.
Alex me miró por encima de sus gafas; su ojo marrón oscuro y su ojo color ámbar parecían lunas desiguales asomando en el horizonte.
—La cosa promete. Vamos.
La tercera planta constaba de dos grandes dormitorios. El de la parte delantera era pulcro, frío e impersonal. Dos camas gemelas. Un tocador. Paredes desnudas. Puede que hubiera sido un cuarto de invitados, aunque dudaba que Randolph recibiera a muchas personas. O puede que hubiera sido la habitación de Emma y Aubrey. De ser así, mi tío había borrado todo rastro de sus personalidades y había dejado un hueco blanco en medio de la casa. No nos detuvimos mucho.
El segundo dormitorio debía de haber sido el de Randolph. Olía a su anticuada colonia de clavo. Había torres de libros con olor a moho apoyados contra las paredes. La papelera estaba llena de envoltorios de chocolatinas. Debió de haberse zampado todo su botín justo antes de irse de casa para ayudar a Loki a destruir el mundo.
Tampoco podía echarle la culpa. Yo siempre digo: «Primero comer chocolate, después destruir el mundo».
Alex subió de un brinco a la cama de columnas y se puso a dar saltos sonriendo mientras los muelles chirriaban.
—¿Qué haces? —pregunté.
—Ruido. —Se inclinó y revolvió el cajón de la mesita de noche—. A ver... Pastillas para la tos, clips, un pañuelo de papel hecho una bola que no pienso tocar y... —Silbó—. ¡Un medicamento para las molestias intestinales! ¡Magnus, todo este botín es tuyo!
—Eres una persona extraña.
—Prefiero la expresión «maravillosamente rara».
Registramos el resto del dormitorio, aunque no estaba seguro de qué buscaba. «Prestar especial atención a mis documentos», establecía el testamento de Randolph. Dudaba que se refiriese a los pañuelos de papel hechos una bola.
Annabeth no había podido sacar mucha información a los abogados de nuestro tío, quien, por lo visto, había revisado su testamento el día antes de morir. Eso podía significar que sabía que no le quedaba mucho de vida, que se sentía culpable por haberme traicionado y que quería dejarme un último mensaje. O bien podía significar que había revisado el testamento porque Loki se lo había mandado. Pero si era una trampa para atraerme hasta allí, ¿por qué había un lobo muerto en el vestíbulo?
No encontré documentos secretos en el armario de Randolph. Su cuarto de baño no tenía nada especial, salvo una impresionante colección de botellas de Listerine medio vacías. En su cajón de la ropa interior había suficientes calzoncillos azul marino para vestir a un escuadrón de Randolphs: todos perfectamente almidonados, planchados y doblados. Había cosas muy difíciles de explicar.
En la siguiente planta, otros dos dormitorios vacíos. Ningún elemento peligroso como lobos, runas explosivas o gayumbos de viejo.
El último piso era una extensa biblioteca todavía más grande que la estancia reservada al despacho. Los estantes estaban llenos de una desordenada colección de novelas y había una cocina pequeña en un rincón, con una mininevera y una tetera eléctrica y —¡maldito seas, Randolph!— nada de chocolate. Las ventanas daban a los tejados con tejas verdes de Back Bay. Al fondo de la sala, una escalera subía a lo que supuse debía de ser una terraza.
Una butaca de cuero de aspecto cómodo se hallaba orientada hacia la chimenea y, tallada en el centro del faldón de mármol, se encontraba (como no podía ser de otra forma) la cabeza de un lobo amenazante. Sobre la repisa de la chimenea, en un trípode de plata, había un cuerno nórdico para beber con una correa de cuero y el borde de plata con motivos rúnicos grabados. Había visto miles de cuernos como ese en el Valhalla, pero me sorprendió encontrar uno allí. Randolph nunca me había parecido un hombre aficionado al hidromiel. Puede que lo utilizase para beber su té Earl Grey.
—Madre de Dios —dijo Alex.
Lo miré fijamente. Era la primera vez que le oía exclamar algo así.
Él dio unos golpecitos en una de las fotos enmarcadas en la pared y me sonrió maliciosamente.
—Por favor, dime que este eres tú.
La foto era una imagen de mi madre con su habitual peinado de duendecilla y una sonrisa radiante, vestida con unos tejanos y una camisa a cuadros. Estaba dentro del tronco ahuecado de un sicomoro y posaba ante la cámara sosteniendo en brazos a un Magnus bebé; yo tenía por pelo un mechón de color oro blanco, en mi boca relucían babas y mis ojos grises estaban muy abiertos como si pensara: «¿Qué narices hago aquí?».
—Ese soy yo —reconocí.
—Eras monísimo. —Alex me miró—. ¿Qué te pasó?
—Ja, ja.
Examiné la pared con fotos. Me sorprendió que el tío Randolph hubiera conservado una de mi madre y de mí donde la vería cada vez que se sentase en su cómoda butaca, como si le importásemos.
En otra foto aparecían los tres hermanos Chase de niños —Natalie, Frederick y Randolph—, vestidos con uniformes militares de la Segunda Guerra Mundial y empuñando rifles de juguete. Halloween, deduje. Al lado había una fotografía de mis abuelos: una pareja ceñuda de pelo canoso ataviada con ropa a cuadros de los setenta que desentonaba, como si se fueran o a la iglesia o a una discoteca para personas mayores.
Debo confesar una cosa: tenía problemas para diferenciar a mi abuelo y mi abuela. Habían muerto antes de que pudiera conocerlos, pero por sus fotos se podía decir que eran una de esas parejas que habían llegado a parecerse tanto a lo largo de los años que eran prácticamente imposibles de distinguir. El mismo pelo canoso en forma de casco. Las mismas gafas. Los mismos bigotillos. En la foto, unos cuantos objetos vikingos, incluido el cuerno de hidromiel que ahora se encontraba en la repisa de la chimenea de Randolph, aparecían colgados en la pared de detrás de ellos. No tenía ni idea de que a mis abuelos también les iba el rollo nórdico. Me preguntaba si habrían viajado alguna vez a los nueve mundos. Eso podría explicar sus expresiones ligeramente bizcas de confusión.
Alex examinó los libros de las estanterías.
—¿Algo destacable?
Se encogió de hombros.
—El Señor de los Anillos. No está mal. Sylvia Plath. Estupendo. Oh, La mano izquierda de la oscuridad. Me encanta este libro. El resto..., bah. Hay demasiados hombres blancos muertos para mi gusto.
—Yo soy un hombre blanco muerto —comenté.
Me miró arqueando una ceja.
—Sí, es verdad.
No sabía que Alex fuera aficionado a la lectura. Estuve tentado de preguntarle si le gustaban algunos de mis cómics favoritos, como Scott Pilgrim o Sandman. Eran maravillosamente raros. Pero decidí que no era el momento adecuado para formar un club de lectura.
Busqué diarios o compartimentos ocultos en los estantes.
Alex se acercó al último tramo de escaleras y, cuando miró hacia arriba, su tez se puso tan verde como su pelo.
—Ejem, ¿Magnus? Deberías ver esto.
Me acerqué a él.
En lo alto de la escalera, una trampilla abovedada de plexiglás daba a la azotea, donde, paseándose y gruñendo, había otro lobo.
Un momento. Si actúas ahora, te llevas un segundo lobo gratis
—¿Qué propones que hagamos? —pregunté.
Alex sacó de las presillas de su cinturón el alambre dorado que tenía la triple función de accesorio de moda, herramienta para cortar cerámica y arma de combate cuerpo a cuerpo.
—Estaba pensando que deberíamos matarlo.
El lobo gruñó y arañó la trampilla. Unas runas mágicas brillaron en el plexiglás. El pelo facial del animal estaba humeando y chamuscado debido a sus intentos previos de entrar.
Me preguntaba cuánto llevaba en la azotea y por qué no había intentado buscar otra vía de acceso. A lo mejor no quería acabar como su amigo de abajo. O a lo mejor se había centrado exclusivamente en esa habitación.
—Quiere algo —aventuré.
—Matarnos —dijo Alex—. Por eso deberíamos matarlo nosotros antes. ¿Quieres abrir la trampilla o...?
—Espera. —Normalmente, habría estado a favor de matar a un lobo azul resplandeciente, pero ese animal tenía algo que me inquietaba: el modo en que sus fríos ojos oscuros parecían mirar más allá de nosotros, como si buscasen otra presa—. ¿Y si le dejamos entrar?
Alex me miró como si estuviera loco. Lo hacía muy a menudo.
—¿Quieres ofrecerle una taza de té? ¿Prestarle un libro, quizá?
—Tiene que estar aquí cumpliendo alguna misión —insistí—. Alguien ha enviado a esos lobos para que recuperen algo; puede que lo mismo que yo busco.
Mi amigo lo consideró.
—¿Crees que ha sido Loki quien ha mandado a los lobos?
Me encogí de hombros.
—Loki es mucho Loki.
—Y si lo dejamos entrar, ¿crees que irá directo a por lo que busca?
—Estoy seguro de que no ha venido a por el medicamento para las molestias intestinales.
Alex se aflojó más su corbata a cuadros.
—Vale. Abrimos la trampilla, vemos adónde va el lobo y luego lo matamos.
—De acuerdo. —Me quité el colgante de la piedra rúnica del cuello. Jack adquirió forma de espada, aunque pesaba más de lo normal, como un niño que tiene una rabieta en el suelo de unos grandes almacenes.
—¿Qué pasa ahora? —La espada suspiró—. ¿No ves que tengo el corazón roto y que muero de pena?
Yo podría haberle recordado que no podía morirse y que en realidad no tenía corazón, pero pensé que sería cruel.
—Perdona, Jack. Tenemos que enfrentarnos a un lobo.
Le expliqué lo que pasaba.
La hoja de la espada emitió un brillo violeta.
—Pero los bordes afiladísimos de Contracorriente... —dijo en tono soñador—. ¿Te fijaste en sus bordes?
—Sí. Unos bordes estupendos. Y ahora, ¿qué tal si impedimos que Loki bote su poderoso barco de la muerte y provoque el Ragnarok? Luego tal vez podamos concertarte una segunda cita con Contracorriente.
Otro profundo suspiro.
—Lobo, azotea, trampilla... Entendido.
Miré a Alex y reprimí un chillido. Mientras yo no miraba, se había transformado en un gran lobo gris.
—¿Tienes que convertirte en animales a mis espaldas? —pregunté.
Me enseñó los colmillos en una mueca canina y luego, con el hocico, me indicó lo alto de la escalera, como diciendo: «¿A qué esperas? Soy un lobo. Yo no puedo abrir la trampilla».
Subí. La temperatura allí era como la del interior de un invernadero. Al otro lado de la trampilla, el lobo husmeaba, mordía el plexiglás y dejaba manchas de baba y marcas de colmillos. Las runas protectoras debían de estar riquísimas. Estar tan cerca de un lobo enemigo hacía que el vello de la nuca se me rizase como tirabuzones.
¿Qué pasaría si abría la trampilla? ¿Me matarían las runas? ¿Matarían al lobo? ¿O se desactivarían si dejaba entrar al lobo por voluntad propia, considerando que era lo más estúpido que podía hacer?
El animal babeaba contra el plexiglás.
—Eh, colega —dije.
Jack zumbó en mi mano.
—¿Qué?
—No te lo digo a ti, Jack. Estoy hablando con el lobo. —Sonreí al animal y, acto seguido, me acordé de que enseñar los dientes era un gesto agresivo para los caninos. Opté por hacer un mohín—. Voy a dejarte entrar. ¿A que te gustaría? Así podrás conseguir lo que has venido a buscar, porque no has venido a matarme, ¿verdad?
El gruñido del lobo no fue muy tranquilizador.
—Vale —dije—. ¡Una, dos, tres!
Empujé la trampilla con todas mis fuerzas de einherji e impulsé al lobo hacia atrás cuando salí a la terraza de la azotea. Me dio tiempo a ver una barbacoa, unos tiestos rebosantes de hibiscos y dos tumbonas con una vista increíble del río Charles. Me entraron ganas de darle un guantazo al tío Randolph por no decirme que tenía un sitio tan chulo para organizar fiestas.
El lobo se apartó de detrás de la trampilla y gruñó, con el pelo del lomo erizado como una aleta dorsal greñuda. Tenía un ojo cerrado debido a la hinchazón y el párpado quemado del contacto con la trampa rúnica de mi tío.
—¿Ahora? —preguntó Jack, sin un entusiasmo especial.
—Todavía no. —Flexioné las rodillas, listo para entrar en acción si era necesario. Le enseñaría a ese lobo lo bien que podía luchar... o lo rápido que podía huir, dependiendo de lo que exigiese la situación.
El animal me observó con su ojo bueno, resopló despectivamente y bajó como un rayo a la casa por la escalera.
No sabía si sentirme aliviado u ofendido.
Corrí tras él. Cuando llegué al pie de la escalera, Alex y el lobo estaban gruñéndose en medio de la biblioteca. Enseñaban los dientes y daban vueltas uno alrededor del otro, buscando señales de miedo o debilidad. El lobo azul era mucho más grande. Las volutas fosforescentes que brillaban en su pelaje le daban cierto encanto, pero también estaba medio ciego y hacía muecas de dolor. Alex, que era como era, no mostraba señales de estar intimidado. Se mantenía firme mientras el otro lobo lo iba rodeando.
Una vez que nuestro brillante visitante azul estuvo seguro de que Alex no iba a atacarlo, levantó el morro y olfateó el aire. Yo esperaba que echase a correr hacia la estantería y mordiese un libro secreto de cartas náuticas o quizá una copia de Cómo detener el barco de la muerte de Loki en tres sencillos pasos. En cambio, se lanzó hacia la chimenea, saltó a la repisa y agarró el cuerno de hidromiel con la boca.
Una parte lenta de mi cerebro pensó: «Creo que debería detenerlo».
Alex se me adelantó. Con un movimiento fluido, recuperó la forma humana, avanzó y atacó con su garrote como si lanzase una bola para jugar a los bolos. (En realidad, fue mucho más grácil. Lo había visto jugar a los bolos, y no había sido un bonito espectáculo.) El cordón dorado envolvió el pescuezo del lobo y, con un fuerte tirón hacia atrás, mi amigo libró al animal de cualquier problema de jaqueca futuro.
El cuerpo decapitado se sacudió contra la alfombra. Empezó a chisporrotear y se desintegró hasta que solo quedaron el cuerno para beber y unos cuantos mechones de pelo.
La hoja de Jack me pesó más en la mano.
—Bueno, supongo que al final no me necesitabas —dijo—. Me voy a componer unos poemas de amor y a llorar a moco tendido. —Se transformó otra vez en el colgante de la piedra rúnica.
Alex se agachó junto al cuerno de hidromiel.
—¿Tienes idea de por qué un lobo querría una vasija decorativa?
Me arrodillé a su lado, recogí el cuerno y miré dentro. Enrollado y embutido en el cuerno, había un librito de cuero como un diario. Cuando lo saqué y desplegué las páginas, puede ver dibujos de runas vikingas intercalados con párrafos escritos con la apretada letra cursiva del tío Randolph.
—Creo que hemos encontrado al escritor blanco muerto correcto —dije.
Nos recostamos en las tumbonas de la terraza.
Mientras yo hojeaba el cuaderno de mi tío, tratando de entender sus frenéticos dibujos de runas y sus demenciales palabras en cursiva, Alex se relajaba y bebía zumo de guayaba por el cuerno de hidromiel.
Por qué el tío Randolph tenía zumo de guayaba en la mininevera de su biblioteca es algo que no puedo deciros.
De vez en cuando, solo para fastidiarme, Alex sorbía con exagerado entusiasmo y se lamía los labios.
—Aaah.
—¿Estás seguro de que se puede beber por ese cuerno sin peligro? —pregunté—. Podría estar maldito o algo por el estilo.
Se llevó las manos al cuello e hizo ver que se ahogaba.
—¡Oh, no! ¡Me estoy convirtiendo en rana!
—Por favor, no.
Señaló el diario.
—¿Has tenido suerte?
Miré las páginas. Las runas daban vueltas ante mis ojos. Las anotaciones estaban escritas en una mezcla de idiomas: nórdico antiguo, sueco y algo que no alcanzaba a adivinar. Ni siquiera los pasajes escritos en nuestro idioma tenían mucho sentido. Me sentía como si estuviera intentando leer un libro de texto de física cuántica avanzada al revés en un espejo.
—Casi todo lo que pone es incomprensible —reconocí—. Las primeras páginas parece que tratan de la búsqueda de la Espada del Verano que llevó a cabo mi tío. Reconozco algunas referencias. Pero al final...
Las últimas páginas estaban escritas más apresuradamente. El trazo de la letra se volvía tembloroso y agitado, y el papel estaba salpicado de manchas de sangre seca. Me acordé de que el tío Randolph había perdido varios dedos en la tumba de los zombis vikingos de Provincetown, así que esas páginas podrían haber sido escritas después del incidente, con la mano con la que no acostumbraba a escribir. La cursiva deslavazada me recordaba cómo escribía yo en la escuela primaria, cuando el profesor me obligaba a utilizar la mano derecha.
En la última página, Randolph había garabateado mi nombre: «Magnus».
Debajo había hecho un boceto de dos serpientes entrelazadas que formaban la figura del ocho. La calidad del dibujo era terrible, pero reconocí el símbolo. Alex tenía el mismo motivo tatuado en la nuca: el símbolo de Loki.
Debajo había una palabra que deduje que era de nórdico antiguo: mjöð. Luego unas notas en inglés: «Podría detener a L. Piedra de afilar de Bolverk > guardias. ¿Dónde?».
La última palabra se torcía hacia abajo; el signo de interrogación, un garabato desesperado.
—¿Qué te parece esto?
Le pasé el diario a Alex, que frunció el ceño.
—Es evidente que es el símbolo de mi madre.
(Habéis oído bien. Normalmente, Loki era un dios masculino, pero daba la casualidad de que era la madre de Alex. Es una larga historia.)
—¿Y el resto? —pregunté.
—Esta palabra parece moo con una jota. A lo mejor las vacas escandinavas tienen acento.
—Deduzco que no sabes leer nórdico antiguo o el idioma que sea.
—Magnus, puede que te sorprenda descubrir que no tengo todas las habilidades del mundo. Solo la mayoría de las importantes.
Miró la página entornando los ojos. Cuando se concentraba, la comisura izquierda de la boca le temblaba como si se estuviera riendo de un chiste privado. Ese tic me distraía. Quería saber qué le parecía tan gracioso.
—«Podría detener a L» —leyó—. Supongamos que se refiere a Loki. «Piedra de afilar de Bolverk.» ¿Crees que es lo mismo que la piedra Skofnung?
Me estremecí. Habíamos perdido la piedra y la espada Skofnung durante una celebración de boda en la cueva de Loki, cuando el dios había escapado de las ataduras que lo habían retenido durante mil años. (Uy, culpa nuestra.) No quería volver a ver esa piedra de afilar en concreto.
—Espero que no —dije—. ¿Habías oído el nombre de Bolverk?
—No. —Terminó su zumo de guayaba—. Aunque me está molando este cuerno. ¿Te importa si me lo quedo?
—Todo tuyo. —La idea de que se llevara un recuerdo de la mansión de mi familia me resultaba extrañamente agradable—. Entonces, si Randolph quería que encontrara ese libro, y Loki mandó a los lobos para que se hicieran con él antes que yo...
Alex me lanzó el diario.
—¿Suponiendo que lo que acabas de decir sea cierto, y suponiendo que no sea una trampa, y suponiendo que esas notas no sean las divagaciones de un loco?
—Ejem..., sí.
—Entonces, en el mejor de los casos, a tu tío se le ocurrió la idea de detener a Loki. Como él no podía hacerlo, confiaba en que tú sí que pudieras. Intervienen una piedra de afilar, un tal Bolverk y es posible que una vaca escandinava.
—Dicho así, la cosa no promete mucho.
Alex dio con el dedo en la punta del cuerno de hidromiel.
—Siento chafarte, pero la mayoría de los planes para detener a Loki fracasan. Ya lo sabemos.
El tono amargo de su voz me sorprendió.
—Estás pensando en tus sesiones de entrenamiento con Sam —aventuré—. ¿Cómo van?
Su cara me sirvió de respuesta.
Entre las muchas características perturbadoras de Loki, una era que podía mandar a sus hijos que hicieran lo que a él le diera la gana cuando estaban delante de él, cosa que convertía las reuniones familiares en un rollazo.
Alex era la excepción. Había aprendido a resistirse al poder de Loki, y durante las últimas seis semanas había tratado de enseñar a su hermanastra Samirah al-Abbas a hacer lo mismo. El hecho de que ninguno de los dos hablase mucho del entrenamiento hacía pensar que no había sido un éxito rotundo.
—Lo está intentando —dijo Alex—. Tampoco ayuda que ella esté... —Se interrumpió.
—¿Qué?
—Da igual. Prometí que no diría nada.
—Pues ahora tengo mucha curiosidad. ¿Va todo bien entre ella y Amir?
Alex resopló.
—Oh, sí. Siguen enamorados hasta las trancas, soñando con el día en que puedan casarse. Te lo juro, si esos dos no me tuvieran de carabina, harían una locura como cogerse de la mano.
—Entonces, ¿cuál es el problema?
Descartó mi pregunta con un gesto de la mano.
—Solo digo que no deberías fiarte de nada que provenga de tu tío Randolph. Ni del consejo de este libro. Ni de esta casa. Cualquier cosa que heredes de tu familia... siempre tendrá condiciones.
Considerando que había estado disfrutando del paisaje desde la espléndida terraza de mi tío mientras bebía zumo de guayaba helado con su cuerno vikingo, me extrañaba que dijera eso, pero me daba la impresión de que en realidad no estaba pensando en mi disfuncional pariente.
—Nunca hablas mucho de tu familia —comenté—. Me refiero a tu familia mortal.
Me miró de manera amenazante.
—Y no pienso empezar a hacerlo ahora. Si supieras la mitad de...
«¡Cruac!» En medio de un aleteo de plumas negras, un cuervo se posó en la punta de la bota de Alex.
En Boston no se ven muchos cuervos salvajes. Barnaclas canadienses, gaviotas, patos, palomas, incluso halcones, sí; todos los que queráis. Pero cuando una enorme ave de rapiña negra se posa en tu pie, solo puede significar una cosa: un mensaje del Valhalla.
Alex alargó la mano. (Un gesto normalmente desaconsejado con los cuervos. Su picadura es atroz.) El pájaro saltó a su muñeca, le vomitó una bolita dura en la palma de la mano y, habiendo cumplido con su misión, se fue volando.
Sí, nuestros cuervos transmiten mensajes por correo vomitónico. Estas aves poseen una capacidad natural para regurgitar sustancias incomestibles como huesos y pelo, de modo que no tienen reparos en tragarse una cápsula con un mensaje, volar a través de los nueve mundos y vomitarla a su destinatario. Yo no habría elegido esa profesión, pero, eh, ¿quién soy yo para juzgar a nadie?
Alex abrió la bolita. Desdobló la carta y se puso a leerla. La comisura de la boca le empezó a temblar otra vez.
—Es de T. J. —anunció—. Por lo visto, tenemos que salir hoy. Ahora mismo, de hecho.
—¿Qué? —Me incorporé en la silla reclinable—. ¿Por qué?
Obviamente, yo sabía que se nos acababa el tiempo. Teníamos que irnos pronto para alcanzar el barco de Loki antes del solsticio de verano. Pero había una gran diferencia entre «pronto» y «ahora mismo». Yo no era muy partidario del «ahora mismo».
Alex siguió leyendo.
—¿Algo sobre una tormenta? No sé. Será mejor que vaya a buscar a Samirah al instituto. Estará en clase de cálculo. No le hará gracia tener que irse.
Se levantó y me ofreció la mano.
Yo no quería levantarme. Quería quedarme con él allí en la terraza y contemplar cómo el sol de la tarde tornaba el azul del río en color ámbar. Tal vez podríamos leer unos viejos libros de bolsillo de Randolph y bebernos todo su zumo de guayaba. Pero el cuervo había vomitado nuestras órdenes, y un vómito de cuervo no admitía discusión.
Cogí la mano de Alex y me levanté.
—¿Quieres que te acompañe?
Frunció el ceño.
—No, tonto. Tienes que volver al Valhalla. Tú eres el del barco. Hablando del tema, ¿has avisado a los demás de...?
—No —contesté, con la cara encendida—. Todavía no.
Alex rio.
—Será interesante. No nos esperéis a Sam y a mí. ¡Os alcanzaremos por el camino!
Antes de que pudiera preguntarle a qué se refería, se transformó en flamenco, se lanzó al cielo y alegró el día a los observadores de aves de Boston.