Aunque las farolas seguían encendidas y la luz del alba aún no despuntaba por el este, el aparcamiento de la Escuela de Enseñanza Media Strattenburg bullía de actividad. Unos ciento setenta y cinco alumnos habían llegado en furgonetas y coches familiares, conducidos por unos padres somnolientos, deseosos de librarse de sus hijos durante unos días.
Los chicos apenas habían dormido. Se habían pasado la noche anterior preparando el equipaje y dando vueltas en la cama. Finalmente se levantaron mucho antes del amanecer. Se ducharon, añadieron algunas cosas a sus mochilas, despertaron a sus padres y tomaron un desayuno rápido. En general, se mostraron más hiperactivos que críos de cinco años esperando a Papá Noel. Tal como les habían indicado, a las seis en punto llegaron todos a la escuela. Allí los aguardaba una escena impresionante: cuatro autobuses largos e idénticos, perfectamente alineados, con las luces resplandeciendo en la oscuridad y los motores diésel ronroneando.
¡Era el viaje de fin de curso de octavo! Seis horas de autobús hasta Washington D. C. para pasar tres días y medio haciendo turismo cultural y cuatro noches haciendo travesuras en un gran hotel. Para pagarlo, los alumnos habían trabajado muy duro durante meses: vendiendo rosquillas los sábados por la mañana; lavando miles de coches; limpiando cunetas y reciclando latas de aluminio; pidiendo donaciones a los comerciantes que solían contribuir cada año; vendiendo pasteles de frutas puerta a puerta en Navidad; subastando el viejo equipamiento deportivo de la escuela; celebrando maratones de lectura, de ciclismo o de horneado de pastelillos; y llevando a cabo cualquier actividad medianamente provechosa que hubiera aprobado el Comité del Viaje. Todas las ganancias habían ido a parar a un fondo común. El objetivo había sido alcanzar los diez mil dólares, una cifra que no servía para cubrir todos los gastos, pero que al menos garantizaba que pudieran hacer el viaje. Ese año, la clase había recaudado casi doce mil dólares, lo que significaba que cada alumno debía pagar unos ciento veinticinco dólares extra.
Había unos pocos estudiantes que no podían permitírselo. Sin embargo, la escuela tenía la política de que nadie se quedara fuera. De modo que habían conseguido que todos los alumnos de octavo viajaran a Washington, junto con diez profesores y ocho padres.
Theodore Boone estaba encantado de que su madre no se hubiera presentado voluntaria para acompañarlos. Habían hablado varias veces del tema mientras cenaban. Su padre se había negado rápidamente, alegando como siempre que tenía mucho trabajo. Al principio, la señora Boone había parecido interesada en apuntarse, pero pronto se dio cuenta de que le sería imposible. Theo había consultado en el bufete su calendario de juicios y sabía muy bien que ella debía estar en el tribunal justo cuando él se lo estaría pasando en grande en Washington.
Mientras esperaban parados en el tráfico, Theo, sentado en el asiento delantero, acarició la cabeza de Judge. El perro tenía medio cuerpo sobre el salpicadero del coche y el otro medio sobre el regazo del chico. Judge solía sentarse siempre donde le apetecía, y ninguno de los Boone se lo recriminaba.
—¿Estás emocionado? —le preguntó el señor Boone a su hijo.
Él se había encargado de llevar al chico, mientras que la señora Boone se había vuelto a acostar para dormir una horita más.
—Claro —respondió Theo tratando de disimular su excitación—. Aunque tenemos un largo viaje en autobús por delante.
—Estoy convencido de que todos os habréis dormido antes de salir de la ciudad. Ya hemos hablado de las normas. ¿Tienes alguna pregunta?
—Las hemos repasado un montón de veces —repuso Theo, un tanto frustrado.
Le gustaban sus padres. Eran un poco mayores que los de sus compañeros y, como él era hijo único, a veces se mostraban demasiado protectores. Una de las pocas cosas que irritaban a Theo era su obsesión por el respeto a las normas. Todas las reglas, sin importar quién las hubiera establecido, debían obedecerse a rajatabla.
Theo tenía la impresión de que se debía a que ambos eran abogados.
—Lo sé, lo sé —dijo su padre—. Tú limítate a cumplir las normas y a obedecer a tus profesores, y no cometas ninguna estupidez. ¿Recuerdas lo que pasó hace dos años?
¿Cómo podría olvidar Theo, o cualquier otro alumno de octavo, lo que había ocurrido dos años antes? Dos gamberretes, Jimbo Nance y Duck Defoe, lanzaron globos de agua desde el pasillo del quinto piso al vestíbulo del hotel. No se produjeron daños personales, pero hubo gente que quedó totalmente empapada y se enfadó mucho. Alguien se chivó de los chicos, y sus padres tuvieron que conducir seis horas en plena noche para ir a buscarlos. Y luego otras seis horas de vuelta hasta Strattenburg. Jimbo decía que fue un viaje muy, muy largo. Los dos chavales fueron expulsados durante una semana, y la escuela tuvo que buscar otro hotel para futuras visitas. Aquella travesura se había convertido en una leyenda en la ciudad, y ahora se utilizaba para prevenir y asustar a Theo y al resto de los alumnos de octavo que viajaban a Washington.
Finalmente aparcaron. Theo se despidió de Judge y le dijo que se quedara en el asiento de delante. El señor Boone abrió una de las puertas traseras y sacó el equipaje de su hijo: una bolsa de viaje de nailon que no pesaba más de diez kilos. Cualquier cosa que excediera ese peso se quedaría en tierra (¡una de las grandes normas!), y el chico culpable tendría que viajar sin ropa limpia ni cepillo de dientes. Aunque a Theo eso no le habría preocupado: como boy scout, había sobrevivido en los bosques durante una semana con menos equipo.
El señor Mount estaba de pie junto a uno de los autobuses, provisto de una balanza para pesar las bolsas antes de meterlas en el compartimento de equipajes. No paraba de reír y sonreír, tan emocionado como sus estudiantes. La bolsa de Theo no llegaba a los nueve kilos, mientras que su mochila estaba en el límite de los cinco kilos y medio reglamentarios, así que cumplía los requisitos. El señor Mount comprobó que su bolsa llevara una tarjeta de identificación y luego le dijo que podía subir.
Theo estrechó la mano de su padre, le dijo adiós y se quedó paralizado un momento, aterrado ante la posibilidad de que intentara darle un abrazo o algo peor. Suspiró aliviado cuando el señor Boone solo le dijo: «Pásalo bien. Y llama a tu madre». Theo se apresuró a subir al autobús.
Un poco más allá, las chicas se despedían de sus madres con todo tipo de abrazos y lloriqueos, comportándose como si se marcharan a la guerra y no fueran a volver nunca. En cambio, en los autobuses de los chicos, estos se hacían los duros y trataban de separarse cuanto antes de sus padres con el mínimo contacto físico.
Cuando ya salía el sol, el aparcamiento empezó a despejarse lentamente. A las siete en punto, los cuatro autobuses abandonaron la escuela. Era jueves. El gran día había llegado por fin. Los chicos estaban muy alterados y no paraban de armar jaleo. Theo iba sentado junto a Chase Whipple, uno de sus mejores amigos, al que solían llamar «el Científico Loco». Para impedir que los alumnos se perdieran y vagaran solos por las peligrosas calles de la capital, la escuela había introducido el denominado Sistema de Parejas. Durante los cuatro días siguientes, Theo y Chase irían juntos a todas partes. Cada uno debía saber lo que hacía el otro en todo momento. Theo era consciente de que se llevaba la peor parte en este asunto, ya que Chase solía perderse incluso en el campus de su propia escuela. Mantenerlo vigilado le costaría algún trabajo. Ambos compartirían habitación con Woody Lambert y Aaron Nyquist.
Mientras los autobuses recorrían las tranquilas calles de la ciudad, los chicos charlaban muy excitados. Ninguno había soltado todavía un puñetazo o tirado la gorra de algún compañero. Les habían advertido seriamente sobre las muestras de mal comportamiento, y el señor Mount los vigilaba muy atento. En un momento dado alguien dejó escapar una sonora ventosidad, y pronto otros empezaron a imitarlo. Antes de haber salido de Strattenburg, Theo ya pensaba que ojalá fuese sentado junto a April Finnemore en el autobús de delante.
El señor Mount abrió una ventanilla, y las cosas acabaron calmándose. Al cabo de media hora, los chicos ya estaban dormidos o absortos en algún videojuego.
La habitación de Theo estaba en la octava planta de un moderno hotel situado en la avenida Connecticut, menos de un kilómetro al norte de la Casa Blanca. Desde su ventana, Chase, Woody, Aaron y él podían ver la parte superior del Monumento a George Washington alzándose por encima de la ciudad. Según el plan previsto, los chicos subirían a lo alto del monolito el sábado por la mañana. Ahora tenían que bajar a toda prisa y tomar un almuerzo rápido antes de explorar la ciudad.
Cada alumno podía elegir las visitas que quería realizar en la capital. Llevaría un año completo verlo todo, así que el señor Mount y los demás profesores habían confeccionado una lista para que los estudiantes pudieran escoger sus lugares favoritos.
April había convencido a Theo de que visitaran el teatro Ford, el lugar donde Abraham Lincoln fue asesinado. A Theo le pareció una idea interesante, y convenció a su vez a Chase. Después de almorzar, los tres se reunieron en el vestíbulo del hotel con otros quince estudiantes y con el señor Babcock, uno de los profesores de historia. Este les explicó que su grupo era demasiado pequeño para ir en uno de los autobuses, de modo que vivirían la experiencia de viajar en el sistema de transporte colectivo conocido como metro. El señor Babcock les preguntó cuántos habían viajado en metro antes. Solo Theo y otros tres alumnos levantaron la mano.
Salieron del hotel y echaron a andar por una ajetreada acera. Al ser chavales que vivían en una población pequeña, les costaba asimilar el bullicio y la actividad frenética de una gran ciudad . Había demasiados edificios grandes, demasiados coches prácticamente parados en medio del denso tráfico, demasiada gente caminando atribulada por las calles, ansiosa por llegar a alguna parte. En la estación de metro de Woodley Park, bajaron por unas escaleras mecánicas que descendían a gran profundidad. El señor Babcock tenía tarjetas SmarTrip, que permitían a los estudiantes un uso limitado del sistema metropolitano. El vagón al que subieron iba medio vacío y presentaba un aspecto pulcro y eficiente. Cuando se adentraban en el oscuro túnel, April le susurró a Theo que era la primera vez que viajaba en metro. El chico le dijo que él lo había cogido en una ocasión, cuando sus padres lo llevaron de vacaciones a Nueva York, aunque el metro neoyorquino era muy diferente al de la capital.
Cuando el convoy realizó la tercera parada, apenas unos minutos después de que montaran, ya tuvieron que bajarse en la estación de Metro Center. Todos se apresuraron a subir las escaleras y a salir a la luz del día. El señor Babcock contó dieciocho estudiantes. Luego caminaron un rato y, poco después, llegaban a la calle Diez.
El profesor hizo detenerse al grupo y señaló un hermoso edificio de ladrillo rojo situado en la acera de enfrente. Tenía aspecto de ser un monumento importante.
—Este es el teatro Ford —dijo el señor Babcock—, el lugar donde dispararon contra el presidente Lincoln el 14 de abril de 1865. Como todos sabréis, porque habéis dedicado mucho tiempo a hacer vuestros trabajos de historia, la guerra de Secesión acababa de finalizar. De hecho, solo cinco días antes, el general Lee se había rendido al general Grant en el Tribunal de Appomattox, en Virginia. La guerra había acabado por fin, y se respiraba un ambiente de celebración en Washington, así que el presidente y la señora Lincoln decidieron salir una noche. El Ford era el teatro más grandioso y magnífico de la ciudad, y los Lincoln solían asistir a menudo a conciertos y obras teatrales. En aquella época, el teatro contaba con un aforo de dos mil asientos, y las entradas para la obra que fueron a ver, Nuestro primo americano, se agotaban cada noche.
Siguieron caminando hasta la mitad de la manzana y volvieron a detenerse.
—Ahora bien —prosiguió el señor Babcock—, puede que la guerra hubiera acabado oficialmente, pero mucha gente no estaba de acuerdo. Una de esas personas era un confederado llamado John Wilkes Booth. Se trataba de un actor muy conocido, incluso se había fotografiado con el presidente Lincoln durante su segunda investidura, celebrada solo un mes antes. El señor Booth estaba furioso porque el Sur se había rendido y estaba desesperado por hacer algo que ayudara a su causa. De modo que decidió asesinar al presidente Lincoln. Como el personal del teatro lo conocía, pudo acercarse al palco donde se sentaban los Lincoln. Disparó al presidente una vez en la nuca. Luego saltó al escenario para escapar y se rompió una pierna, pero logró huir por la puerta trasera.
El señor Babcock se dio media vuelta y señaló con la cabeza hacia el edificio que tenían a su espalda.
—Esta es la Casa Petersen, que en aquella época era una pensión. Trajeron aquí al presidente Lincoln, donde fue atendido por sus doctores durante toda la noche. La noticia se propagó rápidamente. Una multitud se agolpó frente a las puertas de la pensión, y las tropas federales tuvieron que contener a la gente que quería entrar. El presidente Lincoln murió aquí la mañana del 15 de abril de 1865.
La primera lección había acabado. Después cruzaron la calle y entraron en el teatro Ford.
Al cabo de dos horas, Theo ya había recibido suficiente información sobre el asesinato de Lincoln. Era realmente interesante y todo eso, y también era consciente de su importancia histórica, pero ya le apetecía seguir adelante con la visita. Además, la parte que más molaba estaba en el museo, situado bajo el escenario, donde se exhibía la pistola utilizada por Booth.
Eran casi las cuatro y media cuando salieron a la calle Diez y se encaminaron de vuelta a la estación de Metro Center. El tráfico era incluso más denso que antes, y las aceras estaban aún más abarrotadas. El metro que cogieron estaba lleno de viajeros que volvían a casa del trabajo y parecía avanzar mucho más despacio. Theo se encontraba de pie en medio del atestado vagón, junto a Chase y April, mientras el convoy se balanceaba y traqueteaba sobre las vías. Observó los sombríos rostros de los viajeros que estaban a su alrededor: ninguno sonreía. Todos parecían muy cansados.
Theo no estaba seguro de dónde viviría cuando fuera mayor, pero no creía que fuera en una gran ciudad. Strattenburg tenía el tamaño perfecto. Ni demasiado grande ni demasiado pequeña. Sin atascos. Sin bocinazos airados. Sin aceras abarrotadas. No quería tener que ir a trabajar en metro.
Un hombre sentado muy apretujado entre dos mujeres bajó su periódico para pasar la página. Estaba a unos tres metros de Theo.
Aquel tipo le resultaba familiar, extrañamente familiar. Theo respiró hondo y consiguió pasar entre dos pasajeros que estaban hombro con hombro entre el gentío. Si se acercaba un poco más, podría ver el rostro del hombre.
Lo había visto antes, pero ¿dónde? Le parecía que había algo diferente en él, quizá llevara el pelo más oscuro, quizá las gafas de leer fueran nuevas. De repente sintió como un puñetazo en el estómago: aquella cara era la de Pete Duffy.
¿Pete Duffy? El hombre más buscado en la historia de Strattenburg y del condado de Stratten. El número siete en la Lista de los Diez Más Buscados por el FBI. El hombre que había sido acusado de asesinar a su esposa y juzgado en Strattenburg, en un juicio presidido por el juez Henry Gantry y al que habían asistido Theo y sus compañeros de clase. El hombre que había escapado por los pelos de ser condenado cuando el juicio fue declarado nulo. El hombre que había huido en mitad de la noche y del que no se habían tenido noticias desde entonces.
El tipo volvió a bajar el periódico para pasar otra página. Miró hacia donde estaba Theo, escondido detrás de otro pasajero. Después del juicio, Duffy y él se habían mirado directamente a los ojos.
Ahora, Duffy llevaba un bigote salpicado de pelos grises. Su rostro desapareció de nuevo tras el periódico.
Theo se quedó paralizado por la incertidumbre. No tenía ni idea de qué hacer. El metro se detuvo y subió más gente. Volvió a pararse en la estación de Dupont Circle. La siguiente era Woodley Park. Duffy no daba señales de bajar. Tampoco parecía llevar un maletín, una bolsa o una mochila como el resto de los pasajeros. Theo se abrió paso como pudo hacia el fondo del vagón, apartándose un poco más de sus compañeros. Como de costumbre, Chase estaba perdido en su mundo. Y desde el lugar donde se encontraba ahora no veía a April. Oyó al señor Babcock decir a los estudiantes que se prepararan para bajar. Theo se alejó un poco más.
En la estación de Woodley Park, el metro se detuvo, y las puertas se abrieron. Empezó a subir más gente mientras los chicos trataban de salir. En medio de la confusión, nadie se dio cuenta de que Theo no había bajado del vagón. Las puertas se cerraron, y el convoy arrancó. El muchacho no apartaba los ojos de Duffy, que seguía escondiéndose tras el periódico, una costumbre que debía de haber adoptado en los últimos tiempos. En la estación de Cleveland Park subieron unos cuantos pasajeros más. Theo envió un mensaje de texto a Chase, explicándole que no había podido bajar del vagón, pero que se encontraba bien. Cogería otro metro de vuelta a Woodley Park. Chase lo llamó inmediatamente, pero había puesto el móvil en silencio. Estaba seguro de que el señor Babcock estaría sufriendo una crisis de pánico. Theo devolvería la llamada al cabo de unos minutos.
Empezó a juguetear con su móvil, como si estuviera enviando mensajes o jugando a algo. Encendió la cámara, activó el vídeo y comenzó a explorar el vagón: quería parecer otro chaval de trece años comportándose de forma algo grosera con su teléfono. Pete Duffy estaba a unos cinco metros, sentado tranquilamente detrás de su periódico. Por fin, cuando el convoy se acercaba a la estación de Tenleytown, Duffy bajó el diario, lo dobló y se lo metió debajo del brazo. Y durante unos cinco segundos, Theo consiguió grabarlo en vídeo. Incluso hizo un zoom para captarlo más de cerca. Cuando Duffy miró en su dirección, Theo soltó unas risitas a la cámara como si hubiera ganado algunos puntos en un juego.
En la estación de Tenleytown, Duffy se apeó del vagón. Theo bajó tras él. El hombre caminaba deprisa, como si viviera con miedo a que lo siguieran. Al cabo de unos minutos, Theo lo perdió entre la multitud. Llamó a Chase, le dijo que esperaba el próximo metro y que se reuniría con ellos en quince minutos.
El señor Babcock lo esperaba en la estación de Woodley Park y no parecía muy contento. Theo se disculpó repetidas veces, contándole que se había visto atrapado entre la multitud y no había conseguido bajar del vagón a tiempo. No le gustaba mentir. Era algo que estaba mal, él siempre procuraba decir la verdad. Sin embargo, a veces se veía en la incómoda tesitura de tener que enmascarar la verdad cuando había una buena razón para ello. En el metro, Theo había tenido que tomar una rápida decisión: era más importante grabar a Pete Duffy que bajar del vagón cuando debía hacerlo. Si se hubiera apeado con sus compañeros, habría perdido una gran oportunidad de filmar a Duffy con su cámara. Si ahora admitía ante el señor Babcock que se había quedado a propósito en el vagón, las cosas podrían ponerse muy feas para él. No podía contar la verdad sobre Pete Duffy, al menos de momento, porque tampoco sabía qué hacer con esa verdad. Necesitaba tiempo para reflexionar sobre lo ocurrido.
Necesitaba hablar con el tío Ike.
Pero ahora lo primero que tenía que hacer era disculparse ante el señor Babcock, quien además era un tipo bastante nervioso. De vuelta en el hotel, el profesor de historia llevó a Theo ante el señor Mount y, muy alterado, le hizo un detallado informe sobre la fechoría cometida por su alumno. En cuanto el señor Babcock se marchó, el chico murmuró:
—Ese hombre necesita relajarse un poco.
El señor Mount confiaba en él. Sabía que si algún estudiante podía sobrevivir en la gran ciudad, ese era Theodore Boone. Compartía la opinión de Theo respecto al profesor y se limitó a decir:
—No vuelvas a hacerlo, ¿de acuerdo? La próxima vez presta más atención.
—Claro —respondió Theo.
«Si usted supiera...», pensó.
La cena consistió en un banquete a base de pizza celebrado en un salón del hotel. Los asientos no estaban asignados: podían sentarte donde quisieran. Aunque, como era habitual, los chicos ocuparon un lado del salón, y las chicas, el otro. Theo mordisqueó un poco de corteza de pizza y bebió agua de una botella, pero su mente se encontraba lejos de allí. Estaba seguro de haber visto a Pete Duffy. Incluso recordaba su manera de andar cuando lo veía entrar y salir del tribunal durante el juicio. Y el hombre del metro tenía la misma forma de caminar. La misma altura y constitución. Y, sin duda, los mismos ojos y las mismas nariz, frente y barbilla. Antes de la cena, Theo se había encerrado en el baño de su habitación y había visionado el vídeo en su móvil una y otra vez.
¡Había encontrado a Pete Duffy! Aún le costaba creerlo y no estaba seguro de qué debía hacer a continuación, pero en su excitación casi olvida un hecho muy importante. Puesto que Duffy se había fugado, la policía ofrecía una recompensa de cien mil dólares por cualquier información que condujera a su arresto y condena. En su habitación, antes de bajar a cenar, Theo se había conectado a internet y había confirmado la cuantía de la recompensa. La web de la policía de Strattenburg dedicaba varias páginas al caso Duffy y mostraba algunos primeros planos de su cara.
Los teléfonos móviles estaban estrictamente prohibidos durante las comidas: si un adulto pillaba a algún alumno usándolo, se lo confiscaba de inmediato. Por ese motivo, en mitad de la cena, Theo comunicó al señor Mount que necesitaba ir al lavabo, que se encontraba en el pasillo. Una vez allí, se encerró en un cubículo y llamó a Ike.
—Creía que estabas en Washington —respondió su tío.
—Y así es, Ike. Escucha: acabo de ver a Pete Duffy en el metro. Sé que era él.
—Pensaba que habría huido a Camboya o a algún sitio así.
—De momento, no. Está aquí, en Washington. Lo he grabado en vídeo. Te lo envío por e-mail ahora mismo. Échale un vistazo, luego te llamo.
—Estás hablando en serio, ¿verdad? —preguntó Ike, de pronto con voz más grave.
—Totalmente en serio. Hasta luego.
Theo le envió enseguida el vídeo. Luego salió del baño y se apresuró a volver al salón.
Después de cenar, cuando ya había oscurecido, toda la clase de octavo montó en los cuatro autobuses y fue a visitar el Monumento a Lincoln. Una vez allí se arremolinaron alrededor de la famosa estatua de Lincoln, sentado con las manos aferradas a los costados de su silla y mirando con expresión muy seria. («¿Sonreiría alguna vez ese hombre?», se preguntó Theo.) Los focos proyectaban aún más sombras sobre su rostro, y la visión resultaba impresionante. Con la ayuda de un guarda del parque, el señor Babcock, que evidentemente era un gran fan de Lincoln, desplegó una gran pantalla al pie de la escalinata. Los estudiantes se sentaron en los escalones —cincuenta y ocho, para ser exactos—, preparados para recibir una breve charla. En completo silencio, escucharon cómo el profesor hacía un resumen de los principales acontecimientos en la vida de Lincoln. Era un material que todos habían estudiado en clase, pero que ahora cobraba un mayor significado al estar sentados en los escalones de su monumento. Mientras hablaba, el señor Babcock, que era un profesor muy apasionado, mostraba imágenes de Lincoln en distintos momentos de su vida.
Aunque estaban sentados en duros escalones de mármol, ninguno de los alumnos se removía ni cuchicheaba, y todos escuchaban absortos. Theo apartó la vista de la pantalla y contempló el majestuoso Estanque Reflectante que se extendía frente a ellos. Más allá, en torno a un kilómetro y medio de distancia, se alzaba el Monumento a Washington, también perfectamente iluminado. Y aún más allá, separado por otro kilómetro y medio, estaba el Capitolio de Estados Unidos, con su magnífica cúpula resplandeciendo en la oscuridad. Cuando Theo se giró hacia atrás, encontró al presidente Lincoln mirándolos fijamente a todos ellos.
Theo comprendió que aquel era un momento que nunca olvidaría. Cuando acabó su charla, los estudiantes ovacionaron al señor Babcock.
A continuación fue el turno de la señorita Greenwood, una profesora afroamericana muy popular que enseñaba inglés a las chicas. Empezó pidiendo a los alumnos que mirasen la gran explanada del Mall que se extendía hasta el Monumento a Washington y trataran de imaginarla abarrotada por una multitud de casi doscientas cincuenta mil personas. Sucedió el 28 de agosto de 1963. Ciudadanos de raza negra de todo el país habían emprendido una marcha hasta Washington para pedir justicia e igualdad. La marcha la encabezaba un joven pastor baptista de Atlanta llamado Martin Luther King, Jr.
Mientras la señorita Greenwood hablaba, iba pasando imágenes en la pantalla, fotos de la multitud de aquel día, de la gente marchando y de sus pancartas. Explicó que, justo en el lugar donde se encontraban, Martin Luther King pronunció uno de los discursos más célebres de la historia de Estados Unidos, sobre un estrado provisional dispuesto bajo la orgullosa mirada del presidente que había acabado con la esclavitud. Entonces la profesora puso una grabación del famoso discurso, con imágenes en blanco y negro de Martin Luther King y de su sueño.
Theo había visto y escuchado aquel discurso antes, pero en aquel momento resultó mucho más conmovedor. Mientras la voz de Martin Luther King resonaba en la noche, Theo miró hacia el Mall y trató de imaginar cómo fue aquel día: cientos de miles de personas escuchando juntas aquellas palabras que pasarían a la historia.
Cuando la señorita Greenwood acabó, también recibió un caluroso aplauso. El señor Mount anunció que no habría más charlas ese día, y que los estudiantes podían pasear por el Estanque Reflectante durante una hora más o menos. Theo se sentó en un banco del parque y envió un mensaje a Ike: «Has visto el vídeo? Qué opinas?».
Evidentemente, Ike lo esperaba: «Diría que es P. Duffy. Hablamos».
«Vale. Hasta luego.»
Más tarde en el hotel, mientras sus tres compañeros veían la televisión a la espera de que el señor Mount ordenara apagar las luces, Theo se encerró en el baño y se sentó en la taza. Llamó a Ike, que de nuevo parecía estar aguardando su llamada con el teléfono en la mano.
—¿Se lo has dicho a alguien? —preguntó Ike.
—Claro que no —repuso Theo—. Solo a ti. ¿Qué vamos a hacer?
—He estado pensando y tengo un plan. Cogeré un avión mañana a primera hora y aterrizaré en el aeropuerto nacional de Washington hacia el mediodía. Quiero estar en el metro cuando él lo coja por la tarde para seguirlo lo más de cerca posible. Necesito saber la hora, la estación y la línea de metro.
Theo lo había anotado todo y lo tenía memorizado.
—Es la línea Roja. Nosotros subimos en la estación de Metro Center, pero estoy bastante seguro de que él ya estaba montado.
—¿Cuántos vagones tiene el convoy?
—Eh..., son solo suposiciones, pero yo diría que unos siete u ocho.
—¿En cuál estabais vosotros?
—No lo sé, más o menos hacia la mitad.
—¿Qué hora era?
—Entre las cuatro y las cinco de la tarde. No hizo transbordo de la línea Roja y bajó en la estación de Tenleytown. Lo seguí unas tres manzanas antes de perderlo. No quería alejarme demasiado de la estación. Ya sabes que este no es precisamente mi terreno.
—Muy bien, es todo lo que necesito. Estaré ahí mañana. Supongo que tú andarás muy ocupado todo el día.
—Todo el día y toda la noche. Mañana nos toca el Instituto Smithsonian.
—Pásatelo bien. Te enviaré un mensaje mañana por la noche.
Theo se sintió aliviado de que hubiera un adulto implicado, aunque ese adulto fuera Ike. Sin embargo, le preocupaba bastante el aspecto de su tío. Ike tenía sesenta y tantos años y no había envejecido bien. Tenía el pelo canoso y largo, recogido en una cola de caballo, y una barba gris y descuidada. Por lo general llevaba camisetas llamativas, vaqueros gastados y gafas excéntricas, y siempre calzaba sandalias, incluso en épocas de frío. En resumen, Ike Boone era el tipo de persona que no solía pasar desapercibida. Pese a llevar una vida solitaria, era bastante conocido en la ciudad. Si Pete Duffy había coincidido con él, incluso si lo había visto una sola vez, era muy probable que se acordara de él. Y no creía que a Ike se le dieran muy bien los disfraces.
En la oscuridad de la habitación, mucho después de que sus tres compañeros se hubieran dormido, Theo seguía mirando al techo, pensando en Pete Duffy y en el asesinato que había cometido. Por una parte estaba muy emocionado de participar en su captura. Pero, por otra, le aterraba lo que eso podría conllevar. Pete Duffy tenía amigos muy peligrosos, y algunos seguían en Strattenburg.
Si aquel hombre era en realidad Pete Duffy, y si conseguían capturarlo y trasladarlo a Strattenburg para juzgarlo de nuevo, Theo no quería que su nombre saliera a relucir.
¿Y Ike? A él no le importaría. Ike había sobrevivido tres años en prisión. No le tenía miedo a nada.