
Lucía entró en la habitación arrastrando la maleta. ¿Qué iba a hacer? ¡La ropa de esquí pesaba mucho! Tampoco había cogido tantas cosas: los cuatro monos más bonitos que había visto en la tienda a la que la había llevado su madre, uno de cada color, para no repetir, claro. Así tenía para los cinco días que pasarían esquiando en la montaña. Y, bueno, también había metido ropa de invierno normal, porque no iban a pasarse la vida en las pistas (o eso se había imaginado).
—¡Me pido la litera de la ventana! —exclamó Frida, que se adelantó a todas y lanzó su bolsa sobre la cama de arriba.
A pesar de que Frida probablemente tuviera más fuerza y fuera mucho, mucho más alta que Lucía, había que reconocer que su bolsa no era, ni de lejos, tan pesada.

—Yo prefiero abajo, con lo que me muevo por la noche... Soy un poco sonámbula, no os asustéis —dijo Raquel mientras se dirigía a la litera de debajo de la de Frida.
—¿Vas a empezar a pasearte por la habitación con los ojos cerrados? —le preguntó Frida con los brazos estirados hacia delante y el pelo castaño en la cara, moviéndose en la cama como si fuera un zombi.
—No todos los sonámbulos hacemos eso, tía. Además, en contra de lo que piensa todo el mundo, vamos con los ojos abiertos...
—¡Ah! ¡Mucho mejor! ¡Entonces puedo contarte mi vida pensando que estás despierta y estar hablando con las paredes! —exclamó Frida, y las chicas se troncharon de la risa.
—Mi hermano es sonámbulo —le dijo Susana a Bea, retirándose de la cara un mechón de cabello oscuro, que ya le llegaba por las orejas—: Quedas avisada.
Bea disimuló una sonrisa. Lucía le dio un codazo al tiempo que la chinchaba:
—Vas a echarle de menos estos días, ¿eh?
—Un poco sí... —respondió Bea con sus bonitos ojos verdes de gata entrecerrados mientras abría la bolsa para sacar su ropa.
Aitor se había animado a pedir para salir a Bea en octubre y ya eran pareja oficial. Desde entonces, el chico se había convertido en uno más del grupo y pasaba mucho tiempo con ellas. Como su hermana (también su mejor amiga) formaba parte del mismo club que su novia, no tenía más remedio que aguantarlas a todas... ¡Era lo que tenía ser un grupo fuerte e inseparable!
Bea colocó adecuadamente su ropa en un rincón del armario para que las demás tuvieran espacio para la suya. Aun así, Lucía dudaba de que fuera suficiente.

—¿Tú estás bien? —le preguntó Susana a Lucía.

—Sí, ¿por qué? —No caía en a qué se refería.
—Pues por lo de Eric... —Susana la miró mordiéndose el piercing del labio pensativa, como si intentara leer en su cara algo más de lo que había.
¡Eric! Claro, con la emoción de la habitación, del esquí y de la ropa, Lucía no había caído en que iba a estar CINCO días (exactamente, de lunes a sábado) conviviendo con su ex novio. Porque sí, Eric ya no era su novio.
La semana anterior habían tenido una fuerte discusión porque Eric había decidido pasar de ella justo el día que iban con sus amigas a la fiesta de la hermana mayor de Raquel, Rosa. Eric ni siquiera había llamado para avisarla y ella se había pasado horas esperándole sentada en el sofá de su casa hasta que se había decidido a llamarle. ¡No se lo podía creer! Eric estaba con sus amigos en los recreativos y ni se acordaba de la dichosa fiesta.
—¡Pero si ya vas con tus amigas! —le había soltado después de que ella le reprochara su amnesia.
—¡Pero quería que vinieras tú también! —le respondió Lucía.
—Me apetecía más ir a los recreativos. ¿Qué tiene de malo?
—¡Que ni siquiera te has dignado a llamarme para decírmelo!
Como no conseguía nada en claro, Lucía acabó rompiendo con él por teléfono después de cuatro gritos bien dados. Y, desde aquella llamadita, Eric no había vuelto a dirigirle la palabra.
La verdad es que, después de la temporada superamorosa que habían pasado una vez acabado el verano, la cosa se había ido torciendo cada día un poco más. No era la primera vez que Eric pasaba de ella, parecía que no le apetecía quedar nunca cuando iban sus amigas (que últimamente era casi siempre). Quizá el problema era que Lucía había empezado a aburrirse de hacer siempre lo mismo sola con él y prefería hacer más planes que las incluyeran a ellas. Un motivo bastante habitual de ruptura, al parecer, puesto que a Marta le había sucedido prácticamente lo mismo con Kellen, su ahora ex novio alemán. La diferencia era que ellos sí hablaban de vez en cuando, y estaba claro que Eric no tenía ninguna intención de hacerlo con ella. Probablemente tenían algo que ver aquellos cuatro gritos que Lucía le había dedicado como despedida; más que cuatro gritos fueron cuatro insultos: egoísta, idiota, niñato y pesado, o algo así... Nada más colgar se arrepintió, y estuvo a punto de volver a llamarle para pedirle perdón, pero el mal ya estaba hecho... Por un lado le daba pena terminar aquella relación, pues Eric se había convertido en una persona muy importante para ella: además de novios, eran amigos y se lo contaban casi todo. Esa semana le había echado UN MONTÓN de menos, no lo iba a negar. Pero seguía sintiendo la necesidad de pasar más tiempo con sus amigas... Así que no había nada que hacer. Era así de trágico. Y menos en ese momento, cuando él ni siquiera la miraba.
De manera que lo que menos le apetecía era encontrárselo a todas horas en esa excursión que le hacía tanta ilusión para que le recordara lo mal que había acabado todo.
—Estaré bien mientras no lo vea demasiado —le respondió a Susana como para convencerse también a sí misma.

Lucía arrastró la maleta de color violeta hasta la litera que se encontraba al otro lado de la habitación. Lo más difícil fue subirla a la cama de abajo sin romperse la espalda. Cuando la abrió, se derramaron todos los monos, anoraks, jerséis, pantalones y botas.
—¿Qué te has traído, el armario entero? —le preguntó Frida, que ya había sacado de la mochila sus cuatro prendas. Ella había optado por llevarse dos monos de esquiar solamente...
«Y si se le manchaban los dos, ¿qué?», se preguntó Lucía.
—Es que no quiero que me falte de nada.
—Vas a necesitar más espacio del que te queda en el armario para guardar todo eso. —Susana señaló el huequito que quedaba en el pequeño armario después de que las demás ya hubieran colocado su ropa.
Lucía miró a un lado, después a otro, y resopló al tiempo que tomaba asiento en la cama, aplastando su ropa (ya no le importaba). Se agarró la melena pelirroja con las manos en un gesto ALGO desesperado: puede que se hubiera pasado un poco con la maleta... ¿Qué iba a hacer? ¿Dejar la ropa tirada por el suelo? O peor, ¿dentro de la maleta, para que se llenara de arrugas que la hicieran parecer sucia y descuidada?
En ese momento sonó «Steal My Girl», de One Direction, la melodía de su móvil. Lucía tuvo que revolver toda la ropa para encontrarlo y averiguar quién la llamaba. ¿Cómo no? Su madre quería asegurarse de que todo estaba en orden. ¡Y eso que le había enviado un whatsapp nada más bajarse del autobús, igual que a su padre! Se planteó ignorarla, pero rectificó rápidamente... La reacción del ogro podía ser desorbitada, era capaz incluso de plantarse allí en un pispás. Ante la idea, Lucía cogió el teléfono todo lo rápido que pudo:
—¿La habitación se cierra desde fuera? —le preguntó su madre al descolgar, sin el «hola» de rigor ni nada.
—Sí, mamá, tenemos nuestra propia llave.
—Vale, mejor, así no os robarán. ¿Y tienes suficiente espacio en el armario?
Al escuchar esa pregunta, Lucía concluyó que, definitivamente, su madre disponía de poderes especiales y sabía lo que le sucedía incluso en la distancia. Eso, o le había metido una cámara o algún micro en la maleta, lo cual tampoco habría sido tan raro viniendo de ella... Se planteó contarle el dilema que tenía con la cantidad de ropa que se había llevado, pero prefirió no escuchar el típico «te lo dije» que su madre disfrutaba tanto pronunciando. Así que contestó sin más:
—Sí, pesada. —Y añadió—: ¿Ya está?
Porque sí, María podía ser muy agotadora.
—Por ahora. ¡Pero ten cabeza! —exclamó su madre antes de colgar.
Lucía suspiró sonoramente mirando a su alrededor, como si de repente pudiera aparecer otro armario en cualquier esquina. ¿Qué iba a hacer?
Entonces Frida le recordó:
—Nos sobra una cama.
—Pues qué bien —respondió Lucía con tono sarcástico. ¿A qué venía eso? ¿Es que no comprendía el problemón con el que se había encontrado?
—Hay que explicártelo todo, ¿eh? Si sobra una cama, puedes utilizarla para dejar toda tu ropa en ella, bien estirada para que no se te arrugue.
Sin decir nada, Lucía se encaminó a la litera de Frida, subió y se abalanzó sobre ella para envolverla en uno de esos abrazos que a ella le encantaban.
—¿Te he dicho hoy cuánto te quiero? —le preguntó Lucía apretándole la cabeza contra su pecho.
Frida enseguida intentó separarse, pero Lucía no la dejó, aunque sabía de sobra lo poco dada a los arrumacos que era su amiga.
—Ayyy, que me asfixias. Que no tengas novio no significa que tengas que espachurrarme así. —Frida empujaba a Lucía con todas sus fuerzas, pero no eran suficientes.
—Claaaro, como ahora tienes a Marcos comiendo de tu mano ya no me necesitas, ¿eh? —Lucía le hizo una pedorreta en todo el brazo.
—¡Ascazo! No tengo a nadie..., todavía. —Frida le guiñó un ojo antes de continuar—: Pero me ha dicho que me vaya con Bea el sábado cuando lleguemos. Como mis padres no están, me llevará él a casa.
La sonrisa resplandeciente de Frida se desvaneció al recibir el envite de las demás, que acababan de subirse también a su litera. Las chicas no habían tardado ni un minuto en unirse a la broma. Todas se arrojaron sobre Frida en un inmenso abrazo colectivo.

—gritaba Frida entre risas.
Pero no había manera de evitar lo inevitable: el Club de las Zapatillas Rojas había crecido y era más fuerte que nunca. Prueba de ello eran los cinco pares de zapatillas rojas que se removían en una maraña de pies y manos, entre cosquillas y alegría desbordada, encima de aquella litera.


Hacía ya un mes que habían celebrado la ceremonia de admisión de Raquel y Susana en el Club de las Zapatillas Rojas. ¡Sí! Lucía se había perdido la entrega de la carta oficial, porque por aquel entonces andaba demasiado ocupada con Eric, pero fue la primera en presentarse para la ceremonia, cómo no, en la buhardilla de Bea. Decidieron esperar a que Marta pudiera asistir también, y la ocasión llegó el once de noviembre, cuando sus padres tuvieron que visitar Barcelona para gestionar los últimos trámites de la venta del piso en el que habían vivido tantos años. A Marta le entristecía perder la que había sido su casa desde que había nacido: todas las marcas de las paredes, del suelo... tenían su propia historia. Y, a partir de entonces, esas historias quedarían borradas por los nuevos inquilinos, que se mudarían a ella pronto.
—¿Son majos? —le había preguntado Lucía.
Marta acababa de llegar a la buhardilla de Bea con el gesto triste. Tenía los ojos enrojecidos de haber estado llorando, y eso en ella, la persona más happy que conocían, era muy grave.
—Sí... Pero aun así me dan rabia, ¿sabes? Porque es como si se apropiaran de algo que quiero mucho y que no volveré a tener —explicó Marta mientras tomaba asiento en la zona de cojines.

—Por lo menos tienes tus recuerdos. Eso no te lo quita nadie —trató de consolarla Bea echando mano de sus grandes dosis de sensibilidad. Empezó a hacerle una trenza en el pelo rubio, casi blanco, sentada a su espalda.
Ese día había elegido calcetines azul cielo, bien alegres, para la celebración. Sin embargo, al ver a Marta así de triste, ninguna tenía demasiadas ganas de celebrar nada, y cuando al cabo de un rato llegaron Raquel y Susana con sus zapatillas rojas nuevecitas, dispuestas a todo, se encontraron con un panorama algo deprimente.
—Te entiendo perfectamente, tía —dijo Raquel cuando les hubieron explicado lo que sucedía. Con la intriga flotando en el aire, se tomó su tiempo para recogerse la melena rubia en una coleta y sacar una bolsa llena de chuches de su mochila. Después tomó asiento al lado de Marta en los cojines—. Sé que no es lo mismo, pero cuando mis padres vendieron el coche que teníamos sentí algo parecido. ¡Tengo grandes recuerdos en ese Seat Toledo naranja! Excursiones a la montaña llenas de vomitonas, bolsas de la compra de los sábados con mi madre hasta en la guantera, peleas con mis hermanas en todos los rincones... Teníamos en el espejo retrovisor, colgando, tres chupetes, el primero de cada una de nosotras, y bueno... Pues en el coche de ahora hemos empezado a fabricar nuevos recuerdos, tía... —Raquel apoyó la cabeza en el regazo de Marta, que empezó a acariciársela.
—Sí, yo también sentí algo parecido cuando pasé por mi antigua escuela hace unos días para recoger a mi prima —añadió Susana antes de morder un regaliz.
Lucía se animó con las lenguas ácidas, y Bea, con los ositos de azúcar. Marta prefirió una nube.
—¿Te gustaba mucho? —preguntó Lucía, algo extrañada por que abandonar una escuela pudiera provocar tristeza.
—No es eso... Es más cómo era yo cuando iba allí. Y estaba mi hermano también... Cuando entré en el colegio a recoger a mi prima y crucé el patio, me vi a mí misma embadurnada de barro, jugando con él y otros niños y niñas. Entonces era lo único que hacíamos... jugar.

Susana apoyó la cara sobre el hombro de Lucía, y a esta le gustó descubrir aquella faceta romántica de su amiga, que siempre parecía más racional que ninguna. Las chicas permanecieron un rato en silencio rememorando su propia infancia, sus propios recuerdos. Lucía pensó en qué había perdido ella al crecer que fuera tan importante como la casa, el coche o su vieja escuela... Casas tenía dos, la de su madre y la de su padre, y no recordaba haber vivido en una juntos, pero, desde luego, la de su madre había sido la primera. Coches... no se había fijado nunca en los que tenían. Y escuelas, no había cambiado desde que empezara, con seis años. Sí, definitivamente, para ella, lo que más le había dolido perder había sido su primer muñeco: una especie de mantita con la cabeza de un burrito a la que siempre dormía pegada. Lo había visto en las fotos y todavía recordaba su tacto suave contra la cara. Lo había conservado hasta hacía unos pocos años, cuando debía de haberse perdido al hacer limpieza del trastero, porque cuando fue a mirar donde había estado siempre, no lo encontró.

Lucía compartió con sus amigas su recuerdo, igual que Frida les habló de un perrito que había tenido antes que Ricky, y Bea del primer violín que había tocado nunca. Estaba siendo un momento lleno de emociones, tanto que no hicieron falta grandes actos para aquella ceremonia de admisión. Lo que mejor demostraba la incorporación de Raquel y Susana a un club que, hasta entonces, solo había estado formado por amigas de toda la vida, que se conocían mejor que nadie, era precisamente eso: la sensación de plenitud que todas experimentaban allí juntas, echadas sobre aquellos cojines, sin necesidad de nada más que su compañía.
Así habían pasado la tarde de aquel sábado, once de noviembre, todos los miembros oficiales del Club de las Zapatillas Rojas.