
Ese año Lucía había conseguido sentarse en la misma fila que Frida y Susana. Porque... ¡sí! ¡Se habían deshecho de la Urraca! Y como la tutora era nueva en el colegio, no sabía que las tres eran amigas y que se pasarían las clases charla que te charla. ¡Por el momento, el curso iba viento en popa!
En la semana que llevaban de clase tampoco habían tenido mucho trato con ella, la tutora, pero ya le habían puesto un mote muy acertado. Resultaba de lo más curioso que una mujer con un aspecto tan poco corriente impartiera las clases de educación para la ciudadanía. Morticia llevaba siempre suelta la melena, negra, hasta media espalda, y tenía las cejas más arqueadas que habían visto nunca. Lucía apostaba a que eran tatuadas, pero las demás decían que seguramente solo se las había pintado. No era lo que se dice una profe dicharachera precisamente, más bien lo contrario: recurría a las palabras en contados momentos (prefería hacerles leer el libro de texto directamente), pero solían ser palabras bien elegidas, para dejar muy claritas las cosas.

El mote se le había ocurrido a Susana el primer día de curso. Todavía tenían la mente fresca del verano, sin todas las asignaturas invadiendo gran parte de sus cerebros, y no necesitaron dedicarle ni un segundo a pensar uno ingenioso. En cuanto Susana la vio entrar por la puerta, exclamó:

Y como Morticia se quedó. Susana se había pasado muchos veranos con su hermano Aitor en el pueblo, aburridos, viendo películas antiguas. La familia Addams era una de ellas. Frida también la había visto una tarde que la emitieron por la tele, pero sin prestarle mucha atención. Total, que acabaron quedando ese mismo sábado en la buhardilla de la casa de Bea para verla y aprobar el mote sin ninguna duda. Esa buhardilla era el lugar al que las chicas recurrían para reunirse y hacer lo que les apeteciera: grabar vídeos musicales, celebrar cumpleaños...
Estaba acabando ya la primera hora de clase de ese lunes cuando Morticia les advirtió, sin demasiado entusiasmo, que tenía una noticia que darles.
—Por favor, que no empiecen ya los trabajitos —rogó Lucía por lo bajini, apartándose el flequillo con las manos.
—Tranqui, todavía no hemos dado casi temario —la consoló Frida, sentada a su izquierda. A pesar de que estaban sentadas en la última fila, erguida en su silla, Frida sobresalía por encima de las cabezas de toda la zona y parecía poder verlo todo, incluso los pensamientos de Morticia.
—No subestimes el poder de las tutoras... —la aconsejó Susana, con toda su sabiduría, desde la derecha. Se colocó tras la oreja un mechón de pelo, que se acababa de cortar todavía más y ya llevaba casi casi a lo chico.
Morticia les dirigió una mirada de reproche y las tres se callaron en el acto. Mejor no poner a prueba la paciencia de la profe. Morticia se levantó de su trono de profesora y caminó con paso sereno hasta colocarse delante de la pizarra. Su melena negra brillaba con los rayos del sol de la mañana que entraban por la ventana. Cogió una tiza sin prisas y escribió:

La pregunta que acababa de hacer Lucía se repitió entre los distintos compañeros y resonó cada vez más fuerte entre las cuatro paredes. También entre las Pitiminís que coincidían en esa clase: Sam se encogió de hombros y entrecerró aún más sus ojos, ya achinados, cuando su jefa, Marisa, le preguntó. Aunque Lucía no podía oír la conversación, la reprodujo perfectamente en su cabeza («¿Tú sabes de qué va esto?», preguntaría Marisa; «A ver, déjame pensar... No, creo que no, pero por ti movería cielo y tierra para averiguarlo»). Viendo que su esclava no sabía nada, la reina Pitiminí se volvió para interrogar a Toni, el musculitos, pero este aprovechó para acariciarle sus bonitas mechas y soltarle un beso en la mejilla en lugar de responder a su pregunta. A cambio, Marisa le lanzó una de sus miradas asesinas y le dio la espalda otra vez. Nadie parecía saber nada.
—Si os calláis, os contaré en qué consiste —les anunció al fin Morticia para poner fin a tanto murmujeo.
Hizo una pequeña pausa para después empezar su explicación lentamente, con una voz entre cansada y melosa, como de cantante de country, dejando espacios en silencio, como si quisiera alargar la explicación todo lo posible.
—El sábado... 21 de octubre... celebraremos unas olimpiadas en esta escuela... Todos los alumnos estáis... obligados a presentaros... En un par de días... dispondremos fuera unas mesas... en las que tendréis que registrar a vuestro equipo... Hacedlo con un nombre original, por favor... Podéis elegir el deporte que prefiráis... siempre y cuando no esté pedido ya al inscribiros, claro.
Mientras Morticia continuaba con la explicación más larga que les había ofrecido nunca, el runrún de las voces volvió a crecer. Lucía estaba deseando preguntar el motivo de esas olimpiadas que no le apetecían nada.
Una noticia así era como un jarro de agua fría después de una primera semana bastante buena. Lucía se estaba adaptando a todos los cambios relativamente bien: nuevos profes, nuevos temarios... ¡Incluso le hacía ilusión hacer alguna que otra asignatura! Aunque parecía complicado, esperaba conseguir mantener sus notas tan altas como en primero: ¡la cara de alucine de su madre y el smartphone que le había regalado como recompensa lo valían! Pero unas olimpiadas... ¡Qué pereza! Lucía había ampliado sus clases de danza clásica al hip-hop e iba a la academia tres tardes a la semana, lo que le dejaba muy poco tiempo libre. No tenía ganas ni tiempo de ponerse a aprender y practicar un deporte para unas olimpiadas que ni le iban ni le venían. ¡Con aprobar la clase de educación física ya bastaba! Uf...
Quería preguntar a qué venían esas olimpiadas, pero el ruido de todos sus compañeros cuchicheando no le permitía hacerse oír. Además, había unos cuantos con la mano levantada y no sabía cuánto tendría que esperar hasta que le tocara hablar a ella. Así que, quizá porque se sentía lo suficientemente optimista, se tragó su vergüenza y retiró la silla para ponerse en pie, saltándose todo protocolo. Frida intentó pararla preguntándole si se había vuelto loca; también Susana, que le dedicó una de sus miradas de advertencia, pero Lucía no prestó atención a ninguna de ellas y acabó levantada delante de toda la clase. De repente todo el ruido se paralizó.

—le preguntó Morticia al verla en pie, pero aún no se había aprendido su nombre.
—Lucía.

Toda la clase estaba completamente callada. Lucía notó que empezaba a temblarle la voz, así que para disimularlo soltó la frase del tirón:
—¿Por qué celebramos esas olimpiadas en nuestro colegio?
Tan del tirón la soltó que Morticia no pareció encontrar el sentido a la pregunta, a juzgar por la expresión de desconcierto con la que se la quedó mirando. Cuando los demás alumnos comenzaron a chismorrear otra vez, les pidió que se callaran chistando. Después se acercó a la mesa de Lucía sin prisas.
—le preguntó, sacudiendo la cabeza para echarse atrás la larga melena negra.
Lucía no supo leer entre líneas: ¿le había sentado mal la pregunta o definitivamente no entendía lo que le estaba preguntando porque había hablado muy rápido? Se decantó por la segunda opción...
—Me refiero a que por qué celebramos unas olimpiadas de otoño este año. Es la primera vez que...

Lucía se quedó muda. Miró a sus amigas, que abrían mucho los ojos, inseguras acerca de cómo tomarse aquella reacción.
—Bueno, yo creo que es una idea... —Frida trató de intervenir en su defensa, pero Morticia la interrumpió.

—Frida.

Lucía dio un paso atrás, como si así pudiera escaquearse de esa situación tan desastrosa que ella misma, sin ayuda de nadie, había creado. No esperaba que Morticia respondiera de esa forma y no sabía cómo arreglarlo. Si ya lo decía su padre a menudo, que en boca cerrada no entran moscas...
—Yo, yo... no quería decir que... que... No quiero participar, profe —intentó hablar en su favor sin disimular ya el temblor en su voz.
De reojo vio como Marisa la observaba con su mirada afilada. Sin embargo, por una vez no le dedicó ningún gesto despectivo, algo que la sorprendió gratamente. De hecho, la hizo sentirse reforzada de alguna manera. Lo cierto era que en toda esa primera semana de clase Marisa se había mantenido al margen, sin insultarlas a ella y a sus amigas como tenía por costumbre. Quizá se debía a que había corrido como la espuma la noticia de que las chicas eran las nuevas estrellas de la marca Collister. Cabía la posibilidad de que, al ver que todo el mundo las admiraba, Marisa no quisiera buscarse nuevos enemigos y que, muerta de la envidia, se hubiera mordido la lengua. La cuestión era que la paz se mantenía, por el momento...
Morticia le dio la espalda y volvió a su trono. Después apuntó algo en una libreta negra y finiquitó la conversación.
—A partir de ahora... quiero que vosotras tres os sentéis
Y la próxima vez que quieras... cuestionar una decisión del colegio..., Lucía, busca mejores argumentos. Ah..., y levanta la mano para hablar, como todos los demás.
Una gota de sudor frío resbaló por el cuello de Lucía mientras tomaba asiento de nuevo. Hizo un mohín a sus dos amigas, que tampoco se creían lo que acababa de suceder. Sí, Lucía había cometido un craso error: no había hecho caso a Susana y había subestimado a la tutora. Y ahora... Ahora tenía dos obstáculos que superar en el año que acababa de comenzar: unas olimpiadas y una tutora enfadada.


Las clases de 2.º de ESO estaban agrupadas justo al otro lado del pasillo de las de 1.º. A Lucía todavía se le olvidaba que habían cambiado de aulas, y no era nada raro que más de una mañana, al llegar, hiciera ademán de seguir el recorrido habitual hacia su antigua clase. ¡Menos mal que estaban las chicas para recordarle que ya no eran las novatas de la ESO!
Tras cumplir la orden de Morticia de reubicar sus mesas, en el pasillo las esperaban Eric y las demás. Al verla salir y fijarse en su cara de malas pulgas, Eric fue a preguntarle qué le sucedía. Definitivamente, su relación pasaba por un gran momento. ¡Al fin! Ese era otro de los motivos por los que Lucía había acudido de lo más happy a clase esa mañana, un estado muy distinto del que se encontraba en ese instante... Y es que, después de todo el ajetreo del verano y de antes del verano, era hora de que les fuera bien. Lucía sentía que ya podía fiarse de él. Sobre todo cuando la miraba como en ese momento, con esos ojos verde esmeralda, tan fijamente, y la cogía de las manos, preocupado por ella.
—No, nada está bien —soltó dejándose achuchar por Eric; apoyó la cara en su pecho. Olía a ese jabón que tanto le gustaba.
Él la envolvió en un abrazo y a Lucía los obstáculos que acababan de surgirle le pesaron un poco menos. Bea y Raquel también se acercaron, alarmadas.
—Esta niña, que nos ha salido rebelde —se explicó Frida abriendo las manos.
Lucía sonrió a su amiga a sabiendas de que solo pretendía ayudarla a sentirse un poco mejor. Después relató lo sucedido a los demás. Bea le acarició el hombro para consolarla.
—Bah, esa tía es una payasa que va de oscurilla —se mofó la otra bromista del grupo, Raquel, chocando los cinco con Frida. Como eran igual de torres las dos, apenas tuvo que alargar el brazo.
Raquel y Susana habían conseguido hacerse inseparables de todas ellas a raíz del concurso de baile de la revista Bravo al que se presentaron. Ninguna de las dos formaba parte del Club de las Zapatillas Rojas, porque ese club lo habían creado las amigas de siempre,
o sea, Frida, Bea, Marta y Lucía, para impedir que la distancia que la familia de Marta les imponía con su traslado a Berlín perjudicara su amistad. Sin embargo, se habían hecho tan tan amigas que a Lucía no le habría extrañado nada que el club se ampliara más pronto que tarde...
En ese momento apareció Jaime, el mejor amigo de Eric.
—¿Qué pasa, gente? ¿Ya sabéis a qué deporte os vais a apuntar?
—Tú seguro que a baloncesto no —se burló Raquel dándole un codazo: era su forma de disimular que Jaime seguía gustándole, a pesar de que le sacaba una cabeza entera.
—No, claro, para eso ya estáis las jirafas patizambas; os podéis llamar así —le siguió la broma Jaime entre risas.
—¡Me gusta! ¿Y vosotros?, ¿cómo os llamaréis? ¿«Punto y aparte»? —continuó Raquel, y Jaime no le dio tregua, pues ya estaba respondiendo con otra guasa del mismo nivel.
Con las bromas, Lucía comenzó a olvidarse un poco de Morticia y sus amenazas.
—Pues yo creo que deberíamos apuntarnos a vóley —anunció Frida, y Raquel dejó de lado rápidamente a Jaime para darle la razón.
—¡Me parece una idea estupenda! —exclamó dando saltitos en el sitio. Como era la capitana del equipo en el que jugaba con Frida...
—Sí, claro, para vosotras, que sois las reinas de la cancha, no hay problema, pero Lucía y yo, que no entendemos ni papa de vóley... —protestó Susana negando con la cabeza. Ella era más de hincar codos que de levantarlos para lanzar pelotas al aire.
Lucía le dio la razón. Se preguntó qué deporte era lo suficientemente sencillo como para no tener que comerse mucho la cabeza con el tema, pero no se le ocurría ninguno...
—¿Bádminton? —propuso indecisa.
—¡¿Esa pijada?! —soltó Frida, escandalizada.
—Tampoco es eso. Es muy parecido al tenis —la defendió Eric.
—Huy, sí, idéntico —siguió riéndose Frida.
—No sé cuál es más difícil —dijo Bea resoplando, pues prefería cuidar sus muñecas para poder presentarse a los exámenes de violín.
La conversación fue pasando de un deporte a otro hasta que sonó el timbre que daba comienzo a la siguiente clase.
—Pensemos unos cuantos para mañana... —propuso Lucía para no zanjar el asunto tan fácilmente.
Sabía que el vóley era un buen deporte para Raquel y Frida, pero ella era patosísima y no tenía ganas de acabar con las rodillas llenas de rascadas o algo peor. Se despidió de Eric con pena (después de dedicarle la correspondiente dosis de cariñitos) y se encaminó a clase todavía con la moral por los suelos.
—Siempre nos quedará esto. —Susana le sonrió, señalando el teléfono, lo que consiguió que Lucía sonriera también.
Las tres amigas se separaron para dirigirse a sus nuevos sitios: cada una en una punta del aula. Hasta que Lucía tomó asiento no se acordó de la asignatura que estaba a punto de empezar: matemáticas. ¡Su infierno particular! El Papudo (así llamado por la amplitud de su cara y su segunda barbilla) era de los pocos profesores que le seguía dando clase y (aunque Lucía jamás lo confesara) llegó a agradecer que algo no hubiera cambiado de un año al otro. A ese paso, hasta iba a echar de menos las uñas rojas y los tacones de la Urraca, ¿quién se lo iba a decir? Justo cuando el Papudo comenzaba a escribir en la pizarra, notó una vibración debajo de su pupitre. Era del grupo de WhatsApp que compartían todas, y cuyo nombre alguien se había encargado de cambiar rápidamente por:



—¡Estupendo! ¡Lo habéis hecho de maravilla!
Rebeca se volvió dando palmadas para felicitarlas por el resultado. La profe de hip-hop era un encanto, todo lo contrario de Morticia. Lucía había empezado las clases hacía solo una semana y las estaba disfrutando muchísimo. Aunque no conocía todavía bien los pasos, Rebe (como la llamaban todos) se deshacía en halagos continuamente, motivándola a mejorar cada vez que iba, los lunes y los jueves.
—Dejaos llevar por el ritmo de Macklemore y todo saldrá bien.
Lucía se preparó para repetir los pasos una vez más. Al principio solo practicaban los toprocks o los pasos de pie, los más sencillos, pero habían empezado a hacer drops, caídas al nivel del suelo. Rebe dio al «Play» del equipo y comenzó a sonar de nuevo «Can’t Hold Us», para después enlazar con «Light up The Night», de Black Eyed Peas, con su mezcla tecno, y después «The Monster», de Eminem. Eran todas canciones que transmitían vidilla y a Lucía le levantaron el ánimo, que durante el día había estado más bien bajo. La excitación con la que había empezado el curso decaía por momentos entre una cosa y otra: 2.º de ESO ya no pintaba del todo bien. Pero en esa clase, al descubrir lo bien que le salía su primer 4 step de footwork en el suelo, apoyando un pie y dejando volar la otra pierna, se dejó contagiar por el entusiasmo, y cuando acabaron la coreografía todo le parecía otra vez de color de rosa. Lo había decidido: no dejaría que Morticia le amargara la felicidad que había estado sintiendo esos días.
—¡Muy bien, chicos! Hemos terminado por hoy. Nos vemos el jueves.
Lucía se dirigió a los vestuarios para cambiarse junto con sus compañeros. Todavía no había entablado mucha amistad con ninguno en concreto, pero de vez en cuando compartían comentarios sobre los pasos aprendidos. Había gente muy distinta, de edades variadas y también de estilo.
—Cada vez te sale mejor, ¿eh?
La que hablaba era Nadia, una de las mejores de la clase, pero nada engreída. Debía de ser un par de años mayor que ella, aunque de estatura fueran más o menos iguales. Desde el primer día le había repetido que si necesitaba ayuda para algún paso se lo dijera, pues ella practicaba hip-hop desde hacía mucho. Era la alumna más antigua de la clase. Llevaba siempre la melena morena suelta, una gorra de los New York Yankees y camisetas que dejaban a la vista el piercing de su ombligo.

—Será porque cada vez me gusta más —le respondió Lucía mientras se quitaba los pantalones del chándal para ponerse la ropa de calle. Tenían las taquillas una al lado de la otra—. Oye, me encanta tu camiseta.
—Ah, ¿sí?, pues cuando quieras quedamos y te llevo a un par de tiendas para que te gastes toda la paga. —Nadia le guiñó un ojo para continuar después retocándose la melena y el gloss delante del espejo.

Lucía se deshizo la coleta que se había hecho para la clase y se cepilló la larga melena pelirroja y el flequillo recto. Después se puso un poco de su gloss con sabor a frambuesa y revisó que los shorts que llevaba quedaran ideales con el top de raya marinera.
Ya en la calle, estaban intercambiando sus números de teléfono cuando apareció Eric con su sonrisa deslumbrante. Nadia, que no sabía que iba a buscar a Lucía, anunció:
—Tío cañón viniendo hacia nosotras...
Al ver como Eric plantaba un beso en los labios a Lucía con total naturalidad, Nadia se puso como un tomate. Para quitarle la vergüenza, Lucía la cogió del hombro con confianza y le presentó a su novio.
—Pues sí que tienes buen gusto, sí —bromeó Nadia para quitar hierro al asunto, viendo que a Lucía no le había importado su comentario.
—Parece que tenemos gustos parecidos —le siguió la broma y Nadia se echó a reír.
Eric las miraba sin dejar de sonreír pero con expresión algo desconcertada.
—¿Me he perdido algo?
—¡Pues sí! ¡Una clase fabulosa! —respondió Lucía, y le plantó otro beso en los labios.
—Os dejo, tortolitos. Tengo que ir a casa de la cursi de mi prima para celebrar el cumple de mi tía... ¡No veas qué pereza!
—¡Mucho ánimo! —intentó consolarla Lucía, que ya le había oído hablar varias veces de esa prima a la que la pobre no soportaba. Resultaba que se llevaban mal desde que eran niñas y tenían una rivalidad manifiesta que las había llevado a hacerse auténticas fechorías.
Se despidieron de Nadia hasta el jueves y comenzaron a caminar en dirección a casa de Lucía. Eric le cogió la mochila con la ropa de la clase y después le pasó el brazo por los hombros. Lucía le apoyó la cabeza en el pecho cariñosamente y se dejó llevar por él. En ese momento todo lo ocurrido con Morticia parecía una pesadilla lejana, porque se sentía completamente feliz.
—¿Te quedarás a merendar? —le preguntó, deseando que aceptara.
—¿A tu madre le parecerá bien? —le contestó Eric torciendo un poco la boca.
Eric ya había tenido oportunidad de conocer a su madre y seguramente no lo olvidaría jamás. Después de presentárselo a su padre, su madre no le dio tregua (porque no podía ser menos) hasta que lo consiguió también ella. La única vez que había ido a buscar a Lucía a casa, María prácticamente lo había secuestrado: después de engatusarle con una Coca-Cola bien fresquita, comenzó a interrogarle sin piedad. ¡Ni siquiera avisó a Lucía de que había llegado! Así que cuando ella salió de su cuarto preparada para su cita y se encontró a Eric achantado en la butaca de la sala de estar, por poco le dio algo. Lanzó a su madre su mirada más furiosa, pero eso no evitó que María hiciera unas cuantas preguntas más que se le habían quedado en el tintero... Hasta que Lucía se plantó en medio de la sala y la obligó a parar recordándole que la película que iban a ver al cine empezaba en pocos minutos. Eric no había vuelto a pisar su casa desde entonces, así que debían tener un buen motivo para que lo hiciera esa tarde, entre semana: todo el mundo sabía que María no era nada partidaria de que Lucía desperdiciara ni un minuto de estudio. Sobre todo después de los resultados logrados en el curso anterior. «No te relajes, Lucía, segundo es más difícil todavía», le había advertido ya el primer día de clase.
—Si estudiamos, el ogro no se opondrá —le propuso Lucía a Eric.
Su madre ya no solo imponía a sus amigas, también a su novio, que, por lo visto, no osaría llevarle la contraria por miedo a lo que pudiera provocar...
—Tengo un par de ejercicios de dibujo que se te darán mejor que a mí, seguro —resolvió Eric, satisfecho con el plan.
—Trato hecho —dijo Lucía cogiéndole la mano con seguridad.
Ya solo faltaba que a su madre le pareciera tan buena idea como a ella...
