Título original: A Column of Fire
Edición en formato digital: septiembre de 2017
© 2017, Ken Follett
© 2017, Penguin Random House Grupo Editorial, S. A. U.
© 2017, ANUVELA (Ana Alcaina Pérez, Verónica Canales Medina, Laura Manero Jiménez, Laura Martín de Dios y Laura Rins Calahorra), por la traducción
© 2017, Stephen Raw, por el mapa
Diseño de portada: Penguin Random House Grupo Editorial
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ISBN: 978-84-01-01831-2
Composición digital: M.I. Maquetación, S.L.
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Para Emanuele:
49 años de alegría
Yahveh iba al frente de ellos, de día en columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en columna de fuego para alumbrarlos, de modo que pudiesen marchar de día y de noche.
Éxodo, 13, 21
Espero que la consulta de esta lista no sea necesaria. Cuando creo posible que el lector haya olvidado quién es un personaje determinado, he optado por añadir en el texto un pequeño recordatorio, aunque me consta que a veces los lectores dejamos un libro para leerlo más tarde y no tenemos tiempo de retomar la lectura hasta al cabo de una semana o más —me pasa a mí también— y entonces se nos olvidan ciertos detalles. Por eso, he aquí una lista de los personajes que aparecen en más de una ocasión, solo por si acaso…
INGLATERRA
Familia Willard
Ned Willard
Barney, su hermano
Alice, su madre
Malcolm Fife, mozo de cuadra
Janet Fife, ama de llaves
Eileen Fife, hija de Malcolm y Janet
Familia Fitzgerald
Margery Fitzgerald
Rollo, su hermano
Sir Reginald, su padre
Lady Jane, su madre
Naomi, criada
Hermana Joan, tía abuela de Margery
Familia Shiring
Bart, vizconde de Shiring
Swithin, su padre, conde de Shiring
Sal Brendon, ama de llaves
Los puritanos
Philbert Cobley, armador
Dan Cobley, su hijo
Ruth Cobley, hija de Philbert
Donal Gloster, secretario
Padre Jeremiah, párroco de St. John, en Loversfield
Viuda Pollard
Otros
Fray Murdo, fraile itinerante
Susannah, condesa de Brecknock, amiga de Margery y Ned
Jonas Bacon, capitán del Hawk
Jonathan Greenland, primer oficial del Hawk
Stephen Lincoln, sacerdote
Rodney Tilbury, juez de paz
Personajes históricos reales
María Tudor, reina de Inglaterra
Isabel Tudor, medio hermana de María, posteriormente reina
Sir William Cecil, consejero de Isabel
Robert Cecil, hijo de sir William
William Allen, abanderado de los católicos ingleses exiliados
Sir Francis Walsingham, cabecilla de una red de espionaje
FRANCIA
Familia Palot
Sylvie Palot
Isabelle Palot, su madre
Gilles Palot, su padre
Otros
Pierre Aumande
Vizconde de Villeneuve, compañero de estudios de Pierre
Padre Moineau, tutor de Pierre
Nath, criada de Pierre
Guillaume de Ginebra, pastor itinerante
Louise, marquesa de Nimes
Luc Mauriac, consignatario
Aphrodite Beaulieu, hija del conde de Beaulieu
René Duboeuf, sastre
Françoise Duboeuf, su joven esposa
Marqués de Lagny, aristócrata protestante
Bernard Housse, joven cortesano
Alison McKay, dama de honor de María, la reina de los escoceses
Miembros ficticios de la familia de Guisa
Gaston Le Pin, jefe de la guardia de la familia de Guisa
Brocard y Rasteau, dos de los hombres de Gaston
Véronique
Odette, doncella de Véronique
Georges Biron, espía
Personajes históricos reales: la familia de Guisa
Francisco, duque de Guisa
Enrique, hijo de Francisco
Carlos, cardenal de Lorena, hermano de Francisco
Personajes históricos reales: los Borbones y sus aliados
Antonio, rey de Navarra
Enrique, hijo de Antonio
Luis, príncipe de Condé
Gaspard de Coligny, almirante de Francia
Personajes históricos reales: otros
Enrique II, rey de Francia
Catalina de Médici, reina de Francia
Hijos de Enrique y Catalina:
Francisco II, rey de Francia
Carlos IX, rey de Francia
Enrique III, rey de Francia
Margarita, reina de Navarra
María Estuardo, la reina de los escoceses
Charles de Louviers, asesino
ESCOCIA
Personajes históricos reales
Jacobo Estuardo, medio hermano ilegítimo de María, la reina de los escoceses
Jacobo Estuardo, hijo de María, la reina de los escoceses, posteriormente rey Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra
ESPAÑA
Familia Cruz
Carlos Cruz
Tía Betsy
Familia Ruiz
Jerónima
Pedro, su padre
Otros
Arcediano Romero
Padre Alonso, inquisidor
Capitán Gómez, «Mano de Hierro»
PAÍSES BAJOS
Familia Wolman
Jan Wolman, primo de Edmund Willard
Imke, su hija
Familia Willemsen
Albert
Betje, esposa de Albert
Drike, su hija
Evi, hermana viuda de Albert
Matthus, hijo de Evi
OTROS PAÍSES
Ebrima Dabo, esclavo mandinga
Bella, fabricante de ron en La Española
L o ahorcamos delante de la catedral de Kingsbridge, el emplazamiento habitual para todas las ejecuciones; porque si no se puede colgar a un hombre ante el rostro de Dios, tal vez eso signifique que no debería estar muerto.
El sheriff lo subió desde los calabozos de la cárcel —situada bajo la casa consistorial, la antigua sede del gremio— con las manos atadas a la espalda. Caminaba erguido, con una expresión desafiante en su cara macilenta, con el gesto impávido.
La multitud vociferaba mofándose de él, maldiciéndolo entre abucheos, y aunque él parecía no verlos, sí me vio a mí: nos miramos a los ojos, y en ese efímero intercambio de miradas había una vida entera.
Yo era responsable de su muerte, y él lo sabía.
Había estado persiguiéndolo durante decenios; era un asesino que, en un acto de salvaje brutalidad, habría acabado con la vida de la mitad de los gobernantes de nuestro país, incluida la práctica totalidad de la familia real, si yo no se lo hubiera impedido.
Me he pasado la existencia yendo tras esos asesinos en potencia, y muchos de ellos han sido ejecutados, no solo en la horca, sino, además, destripados y descuartizados, la muerte más terrible, la que se reserva para los peores criminales.
Sí, he hecho esto mismo innumerables veces: ver morir a un hombre sabiendo que yo, más que ningún otro, lo había llevado ante su castigo, un castigo justo pero atroz. Lo hice por mi país, que tengo en gran estima; por Su Majestad, a quien sirvo, y por algo más, por un principio: la convicción de que una persona tiene derecho a decidir cuáles son sus creencias con respecto a Dios.
Aquel fue el último de los muchos hombres a quienes envié al infierno, pero me hizo pensar en el primero…
1558
Ned Willard regresó a casa, a Kingsbridge, en plena ventisca.
Navegó río arriba desde la ciudad portuaria de Combe Harbour a bordo de una lenta barcaza cargada con telas de Amberes y vino de Burdeos. Cuando advirtió que la embarcación se aproximaba al fin a Kingsbridge, se arrebujó la capa sobre los hombros, se subió la capucha para protegerse las orejas, salió a cubierta y miró al frente.
Al principio se llevó una gran decepción, pues lo único que acertaba a vislumbrar era nieve y más nieve. Sin embargo, su ansia por ver al fin la ciudad, aunque solo fuese un pequeño atisbo de ella, era insoportable, de modo que aguzó la vista a través del vendaval, con la esperanza dibujada en el semblante. Al poco, sus deseos se hicieron realidad, y la tormenta empezó a amainar. Un retazo de cielo azul asomó por sorpresa entre las nubes y, mirando por encima de las copas de los árboles, Ned vio la torre de la catedral, de ciento veintitrés metros de altura, un dato que sabía cualquier alumno de la Escuela de Gramática de Kingsbridge. Un manto de nieve ribeteaba ese día las alas del ángel de piedra que vigilaba la ciudad desde lo alto de la aguja, y teñía las puntas grisáceas de sus alas de un blanco brillante. Mientras Ned la contemplaba, un fugaz rayo de sol iluminó la estatua e hizo refulgir la nieve, como bendiciéndola. Entonces la tormenta arreció de nuevo y la estatua desapareció de su vista.
Ned no vio nada más que árboles durante largo rato, pero su imaginación trabajaba con desbordante frenesí. Estaba a punto de reencontrarse con su madre, tras una ausencia de un año. Había decidido que no le diría cuánto la había echado de menos, pues a los dieciocho años un hombre debía ser independiente y autosuficiente.
Sin embargo, por encima de todo lo demás, había echado de menos a Margery. Se había enamorado de ella, con un pésimo sentido de la oportunidad, unas pocas semanas antes de abandonar Kingsbridge para realizar una estancia de un año en Calais, el puerto de dominio inglés en la costa norte de Francia. Conocía a la traviesa e inteligente hija de sir Reginald Fitzgerald desde la infancia, y también le había gustado desde entonces. Con el tiempo, la niña se había convertido en toda una mujer, y su picardía y vitalidad habían ejercido un nuevo atractivo sobre él, de manera que en ocasiones llegaba incluso a sorprenderse mirándola embobado en la iglesia, con la boca reseca y la respiración agitada. Él había tenido sus dudas respecto a hacer algo más que limitarse a observarla, pues la muchacha era tres años menor que él, pero ella no había mostrado semejantes reservas. Se habían besado en el camposanto de Kingsbridge, tras el voluminoso montículo que formaba la tumba del prior Philip, el monje encargado de la construcción de la catedral, cuatro siglos antes. No había habido nada de infantil en aquel largo y apasionado beso; luego, ella se había reído y había echado a correr.
Pero al día siguiente, ella lo besó otra vez, y la noche antes de su partida hacia Francia, ambos se habían confesado que se amaban.
Las primeras semanas se habían intercambiado cartas de amor. No habían dicho nada a sus padres acerca de sus sentimientos —les parecía demasiado pronto—, de modo que no podían escribirse abiertamente, pero Ned había confiado su secreto a su hermano mayor, Barney, quien se convirtió en el intermediario de ambos. Luego Barney se había marchado de Kingsbridge para ir a Sevilla. Margery también tenía un hermano mayor, Rollo, pero no confiaba en él del modo en que Ned confiaba en Barney, así que la correspondencia entre ellos cesó.
La falta de comunicación no hizo mella en los sentimientos de Ned; era consciente de lo que solía decirse sobre los primeros amoríos, y se cuestionaba a sí mismo de forma constante, esperando que lo que sentía por Margery cambiase en cualquier momento; sin embargo, nada cambió. Tras unas pocas semanas en Calais, su prima Thérèse le dejó bien claro que se había quedado prendada de él y estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para demostrárselo, pero Ned no se sintió en absoluto tentado. Eso le produjo cierta sorpresa, pues hasta entonces nunca había dejado pasar la oportunidad de besar a una muchacha hermosa de pechos generosos.
Sin embargo, en ese momento sentía una desazón de índole distinta. Tras rechazar a Thérèse, estaba seguro de que sus sentimientos por Margery no iban a cambiar en todo el tiempo que permaneciese lejos de su hogar, pero en ese instante se preguntó qué sucedería cuando la viera. ¿Resultaría Margery en persona tan arrebatadora como había permanecido en sus recuerdos? ¿Superaría su amor la prueba del reencuentro?
¿Y Margery? Un año era mucho tiempo para una muchacha de catorce años, quince ya, por supuesto, pero aun así. Tal vez sus sentimientos habían ido perdiendo fuerza una vez que cesó la correspondencia epistolar. Tal vez había besado a otro tras la tumba del prior Philip. Ned se llevaría una enorme decepción si ahora él le resultaba indiferente. Y aunque ella aún lo amase, ¿estaría el verdadero Ned a la altura de sus dorados recuerdos?
La ventisca amainó de nuevo, y Ned vio cómo la barcaza atravesaba los barrios de la periferia al oeste de Kingsbridge. A ambas orillas se hallaban los talleres de las industrias que hacían uso de grandes cantidades de agua para su funcionamiento: la curtiduría y el tintado de telas, la elaboración de papel y el despiece de la carne en el matadero. Puesto que muchas veces dichos procesos podían despedir olores terriblemente pestilentes, era en la parte occidental de la ciudad donde el precio de la vivienda era más barato.
Al frente, la isla de los Leprosos apareció ante los ojos de Ned. El nombre había quedado anticuado, pues hacía siglos que allí no había ningún leproso. En el extremo más próximo de la isla se hallaba el hospital de Caris, erigido por la monja que había salvado a la ciudad durante la peste negra. A medida que la embarcación se acercaba a la costa, Ned pudo ver, más allá del hospital, los elegantes arcos gemelos del puente de Merthin, que conectaba la isla con tierra firme al norte y al sur. La historia de amor entre Caris y Merthin formaba parte de la leyenda local, una historia que se transmitía de generación en generación en torno a la lumbre del hogar en invierno.
La nave se detuvo en un amarradero en el muelle, atestado de gente. A primera vista, la ciudad apenas había cambiado en un año; los lugares como Kingsbridge cambiaban muy muy despacio, supuso Ned: catedrales, puentes y hospitales estaban hechos para perdurar por los siglos de los siglos.
Llevaba una bolsa colgada del hombro, y en ese momento el capitán de la barcaza le entregó su otro equipaje, un pequeño baúl de madera con algo de ropa, un par de pistolas y algunos libros. Ned cargó con el baúl, se despidió y bajó al muelle.
Se dirigió hacia el enorme edificio de piedra junto al agua que hacía las veces de almacén y que era la sede del negocio familiar, pero cuando solo había avanzado unos pocos pasos, oyó una voz familiar a su espalda.
—Vaya, vaya, vaya… Pero si es nuestro Ned. ¡Bienvenido a casa!
La mujer que hablaba era Janet Fife, el ama de llaves de su madre. Ned sonrió de oreja a oreja, contento de verla.
—Justo estaba comprando pescado para la cena de tu madre —dijo. Janet era tan delgada que semejaba un palo, pero le encantaba dar de comer a los demás—. Tú también deberías comer un poco. —Lo examinó de arriba abajo—. Has cambiado —observó—. Tienes la cara más flaca, pero ahora eres más ancho de espaldas. ¿Te ha alimentado bien tu tía Blanche?
—Sí, pero el tío Dick me tenía todo el día picando piedra.
—Pues eso no es trabajo para un joven con estudios.
—No, si a mí no me importaba…
Janet alzó la voz:
—¡Malcolm, Malcolm! ¡Mira quién está aquí!
Malcolm era el marido de Janet y el mozo de cuadra de la familia Willard. Llegó renqueando desde el otro lado del muelle; un caballo le había dado una coz algunos años antes, cuando era un muchacho joven e inexperto. Estrechó la mano de Ned con calidez.
—Ha muerto Bellotas —le dijo.
—Era el caballo favorito de mi hermano —repuso Ned.
Disimuló una sonrisa: era muy propio de Malcolm dar noticias sobre los animales antes que informar sobre lo acontecido a los seres humanos.
—¿Mi madre está bien?
—Sí, la señora está muy bien, gracias a Dios —contestó Malcolm—. Y lo mismo tu hermano, por lo último que supimos…, aunque eso de escribir cartas no se le da muy bien, y la correspondencia tarda un mes o dos en llegar desde España. Deja que te ayude con el equipaje, joven Ned.
Ned no quería ir directamente a casa, sino que tenía otros planes.
—¿Serías tan amable de llevar mi baúl a la casa? —le pidió a Malcolm. En un arranque impulsivo, se inventó una excusa—: Di a los míos que voy a entrar en la catedral un momento a dar gracias por que la travesía haya transcurrido sin incidencias, y que luego iré hacia allá.
—Muy bien.
Malcolm se alejó cojeando y Ned siguió andando más despacio, disfrutando de la imagen familiar de los edificios que le habían acompañado durante toda su infancia. La nieve todavía seguía cayendo, aunque de forma menos copiosa. Los tejados estaban todos blancos, pero en las calles había un trajín incesante de gente y carros, y bajo las pisadas y las ruedas solo había restos de nieve sucia.
Ned pasó junto a la famosa taberna White Horse, escena de las habituales trifulcas de los sábados por la noche, y caminó cuesta arriba por la calle mayor en dirección a la plaza de la catedral. Dejó atrás el palacio episcopal y se detuvo unos minutos frente a la puerta de la Escuela de Gramática, mirándola con expresión de nostalgia. A través de sus ventanas estrechas y ojivales, vio algunos anaqueles de libros iluminados por las lumbreras. Allí había aprendido a leer y a contar, a saber distinguir entre cuándo plantar cara y pelear y cuándo salir huyendo, y a soportar los azotes que le propinaban con una vara hecha de ramas sin que le cayera una sola lágrima.
En el extremo sur de la catedral se hallaba el priorato. Desde que el rey Enrique VIII disolvió los monasterios, el priorato de Kingsbridge había sufrido un lamentable proceso de deterioro y en ese momento tenía enormes agujeros en los tejados, unos muros que parecían a punto de desmoronarse y una espesa maleza que crecía de forma salvaje a través de las ventanas. El conjunto de edificios eran propiedad del alcalde de la ciudad, el padre de Margery, sir Reginald Fitzgerald, pero este no había hecho nada por mantenerlos en buenas condiciones.
Por fortuna, la catedral sí se conservaba en buen estado, y se erguía imponente ante él, tan alta y robusta como siempre, el símbolo en piedra de la vitalidad de la ciudad. Ned atravesó la enorme portada occidental hacia la nave central. Le daría gracias a Dios por haber llegado sano y salvo a su destino y, de ese modo, convertiría la mentira que le había dicho a Malcolm en una verdad.
Como siempre, además de lugar de culto, la iglesia seguía siendo un centro idóneo para las transacciones comerciales: fray Murdo disponía de una bandeja con frascos llenos de tierra de Palestina que, aseguraba, era auténtica; un hombre al que Ned no reconoció ofrecía piedras calientes para calentarse las manos a cambio de un penique, y Puss Lovejoy, tiritando en su delgado vestido rojo, vendía lo que había vendido siempre.
Ned examinó los nervios de la bóveda, semejantes a un conjunto de brazos extendidos hacia arriba, hacia el cielo. Cada vez que entraba en aquella catedral, pensaba en los hombres y mujeres que la habían construido. Muchos de ellos eran conmemorados en el Libro de Timothy, una historia del priorato que se estudiaba en la escuela: los maestros albañiles Tom Builder y su hijastro Jack; el prior Philip; Merthin Fitzgerald, quien además del puente había levantado la torre central; así como todos los canteros, albañiles, carpinteros y vidrieros, personas normales y corrientes que habían hecho algo extraordinario, que habían sabido sobreponerse a sus humildes circunstancias y creado algo hermoso capaz de perdurar para toda la eternidad.
Ned se arrodilló un momento ante el altar. Un viaje sin contratiempos era algo digno de un profundo agradecimiento. Aunque la travesía entre Francia e Inglaterra era breve, los barcos podían sufrir situaciones difíciles, en ocasiones con un terrible desenlace.
Sin embargo, no permaneció demasiado rato en la iglesia. Su siguiente parada era la casa de Margery.
En el extremo norte de la plaza de la catedral, frente al palacio episcopal, estaba la posada Bell y, junto a ella, algún vecino de Kingsbridge estaba construyendo una casa nueva. Las tierras habían pertenecido al priorato, por lo que Ned supuso que la construcción era del padre de Margery. Resultaba evidente que el edificio iba a ser impresionante, con ventanas saledizas y múltiples chimeneas; sería la casa más majestuosa de toda la ciudad.
Siguió andando por la calle mayor hacia el cruce. La casa donde vivía Margery estaba situada en una esquina de la calle, al otro lado del consistorio. Aunque no era tan imponente como prometía el nuevo edificio, se trataba de una espectacular construcción de madera de grandes dimensiones que ocupaba una enorme extensión del terreno más caro de Kingsbridge.
Ned se detuvo en la puerta. Llevaba un año esperando que llegara aquel momento, pero ahora que al fin estaba allí, descubrió que una mezcla de miedo y nervios le atenazaba el corazón.
Llamó a la puerta.
Una sirvienta de avanzada edad, Naomi, le abrió y le invitó a pasar al espacioso salón de la casa. Naomi conocía a Ned desde que era un niño, pero lo recibió con nerviosismo, como si fuera un simple desconocido de quien convenía guardarse, y entonces, cuando preguntó por Margery, Naomi dijo que iría a ver si podía recibirlo.
Ned examinó el cuadro de Jesucristo en la cruz, que estaba colgado encima de la chimenea. En Kingsbridge había dos clases de temáticas pictóricas: las escenas bíblicas y los retratos formales de miembros de la nobleza. En las casas de las familias francesas acaudaladas, Ned se había sorprendido de ver cuadros de dioses paganos como Venus y Baco, retratados en medio de un entorno formado por bosques fabulosos y ataviados con túnicas que siempre parecían a punto de caer resbalando al suelo.
Sin embargo, allí había algo inusual: en la pared opuesta al cuadro de la Crucifixión habían colgado un mapa de Kingsbridge. Ned nunca había visto semejante cosa, y lo examinó con interés. En él se veía la ciudad claramente dividida en cuatro secciones por Main Street, la calle mayor, que iba de norte a sur, y High Street, la calle principal, que la recorría de este a oeste. La catedral y el antiguo priorato ocupaban el cuadrante inferior derecho, el sudeste, mientras que el pestilente barrio manufacturero se extendía por el sudoeste. Todas las iglesias aparecían señaladas en el mapa, así como algunas casas, incluidas la de los Fitzgerald y la de los Willard. El río marcaba el límite oriental de Kingsbridge y luego formaba un recodo, como la pata de un perro. En el pasado también había constituido la frontera más meridional, pero la ciudad había crecido en tamaño y ampliado su extensión por encima del agua gracias al puente de Merthin, y ahora había un inmenso arrabal al otro lado de la orilla.
Ned advirtió que ambos cuadros representaban a los padres de Margery: su padre, el político, había colgado el mapa, mientras que su madre, la católica devota, habría ordenado colgar la Crucifixión.
No fue Margery quien apareció en la amplia sala, sino el hermano de esta, Rollo. Era más alto que Ned, y un hombre apuesto, con el cabello negro. Ned y Rollo habían ido juntos a la escuela, pero nunca habían sido amigos: Rollo era cuatro años mayor. Había sido el chico más listo y aplicado de la escuela, y lo habían puesto a cargo de los alumnos más jóvenes; sin embargo, Ned se había negado a considerarlo su maestro y nunca había aceptado su autoridad. Para colmo, además, enseguida se vio que Ned iba a ser tan inteligente o más que Rollo. Ambos se enzarzaban constantemente en peleas y discusiones hasta que Rollo se marchó a estudiar al Kingsbridge College, en Oxford.
Ned trató de disimular su disgusto y contener la irritación.
—He visto que están construyendo algo junto a la posada Bell —dijo cortésmente—. ¿Está haciendo tu padre una casa nueva?
—Sí. Esta se está quedando bastante anticuada.
—Los negocios deben de ir muy bien en Combe.
Sir Reginald era administrador de aduanas en Combe Harbour. Se trataba de un cargo muy lucrativo que María Tudor le había otorgado al acceder al trono, como recompensa por su apoyo.
—Así que has vuelto de Calais —señaló Rollo—. ¿Cómo te ha ido?
—He aprendido mucho. Mi padre construyó allí un muelle y un almacén, que ahora dirige mi tío Dick. —Edmund, el padre de Ned había muerto diez años atrás, y su madre había asumido el control de todas las transacciones comerciales desde entonces—. Enviamos mineral de hierro, estaño y plomo inglés de Combe Harbour a Calais, y desde allí se distribuye a toda Europa.
La actividad de Calais constituía la base de todo el negocio familiar de los Willard.
—¿Y cómo ha afectado la guerra a vuestros negocios?
Inglaterra estaba en guerra con Francia, pero saltaba a la vista que la preocupación de Rollo era completamente falsa. En realidad se regodeaba con el peligro que la guerra suponía para la fortuna de los Willard.
Ned no quiso darle importancia.
—Calais está muy bien protegida —dijo con un tono rebosante de una confianza que no sentía en realidad—. Está rodeada de fuertes que la han defendido desde que pasó a formar parte de Inglaterra, hace doscientos años. —En ese momento se le agotó la paciencia—. ¿Está Margery en casa?
—¿Tienes alguna razón para verla?
Era una pregunta grosera, pero Ned la pasó por alto. Abrió su bolsa.
—Le he traído un obsequio de Francia —dijo al tiempo que extraía una pieza de seda de color lavanda, cuidadosamente doblada—. Creo que el color le sentará muy bien.
—No querrá verte.
Ned arrugó la frente. ¿Qué significaba aquello?
—Estoy seguro de que sí.
—Pues no veo por qué.
Ned escogió sus palabras con sumo cuidado.
—Siento mucho respeto y admiración por tu hermana, Rollo, y creo que ella me tiene aprecio.
—Vas a descubrir que las cosas han cambiado desde que te marchaste, joven Ned —dijo Rollo con aire condescendiente.
Ned no se tomó aquellas palabras en serio, sino que pensó que Rollo solo estaba siendo deliberadamente malévolo y desagradable con él.
—Sea como sea, dile que he venido a verla, por favor.
Rollo sonrió, y eso sí inquietó a Ned, pues era la misma sonrisa que esbozaba cada vez que le daban permiso para azotar a alguno de los alumnos más jóvenes en la escuela.
—Margery se ha prometido en matrimonio —reveló Rollo.
—¿Qué? —Ned se lo quedó mirando, perplejo y herido, como si alguien acabase de pegarle con un garrote por la espalda. Cuando había acudido allí, no sabía qué esperar exactamente, pero desde luego nada semejante a aquello.
Rollo se limitó a mirarlo de hito en hito él también, sin dejar de sonreír.
Ned dijo lo primero que le vino a la cabeza.
—¿Con quién?
—Va a casarse con el vizconde de Shiring.
—¡¿Con Bart?! —exclamó Ned. Eso era increíble. De todos los hombres del condado, el torpe y necio Bart Shiring, alguien que carecía por completo de sentido del humor, era el joven con menos posibilidades de robarle el corazón a Margery. La idea de que algún día llegaría a convertirse en el conde de Shiring habría bastado para tentar a un buen número de muchachas, pero no a Margery, de eso Ned estaba seguro… O, al menos, lo habría estado hacía un año—. ¿Te lo estás inventando? —quiso saber.
Ned se dio cuenta de inmediato de que se trataba de una pregunta estúpida. Rollo podía ser taimado y miserable, pero no era tonto: jamás se inventaría una cosa así, por miedo a quedar en ridículo cuando la verdad saliera a la luz.
Rollo se encogió de hombros.
—El compromiso se anunciará mañana, en el banquete en casa del conde.
Al día siguiente era la festividad de Epifanía. Si el conde de Shiring iba a hacer una celebración en su casa, sin duda la familia de Ned habría sido invitada, así que si Rollo decía la verdad, Ned estaría presente cuando se hiciese el anuncio.
—¿Y ella lo ama? —soltó Ned de improviso.
Rollo no esperaba aquella clase de pregunta, y esta vez fue él quien se quedó perplejo.
—No sé por qué tendría que discutir eso contigo.
Su vacilación hizo sospechar a Ned que la respuesta era negativa.
—¿Por qué te andas con tantos rodeos?
Rollo se puso a la defensiva.
—Será mejor que te vayas, antes de que me vea obligado a darte una paliza, como hacía siempre.
Ned también se envalentonó.
—Ya no estamos en la escuela —replicó—. Ya veríamos quién le da la paliza a quién…
Le entraron ganas de pelear con Rollo, y estaba lo bastante furioso para no preocuparse por si ganaba la pelea o no.
Sin embargo, Rollo se mostró más mesurado. Se dirigió a la puerta y la abrió.
—Adiós —dijo.
Ned vaciló unos instantes. No quería marcharse sin ver a Margery. Si hubiera sabido dónde estaba su alcoba, habría subido corriendo las escaleras, pero haría el ridículo abriendo puerta por puerta todas las habitaciones de una casa que ni siquiera era suya.
Cogió el retal de seda y volvió a meterlo en su bolsa.
—Esto no quedará así —aseveró—. No puedes tenerla encerrada. Hablaré con ella tarde o temprano.
Rollo hizo caso omiso de la amenaza y se quedó apostado pacientemente en la puerta.
Ned se moría de ganas de pegarle, pero hizo un esfuerzo por contenerse: ahora eran hombres hechos y derechos, y no podía empezar una pelea sin que el otro lo hubiese provocado en serio. Tenía la sensación de que, esta vez, la estrategia de su adversario había dado resultado. Vaciló durante un buen rato, pues no sabía qué hacer.
De modo que salió de la casa.
—No te des prisa en volver —dijo Rollo.
Ned echó a andar por la calle mayor y recorrió la escasa distancia que había hasta la casa donde había nacido.
El hogar de los Willard estaba frente a la fachada oeste de la catedral. Con el paso de los años, la familia había ido ampliando la casa, aunque lo habían hecho de forma arbitraria, por lo que ahora se extendía desordenadamente ocupando varios centenares de metros cuadrados. Sin embargo, era una vivienda cómoda y acogedora, con gigantescos hogares de leña, un amplio comedor para las reuniones sociales y unas buenas camas con colchones de plumas. La casa era el hogar de Alice Willard y sus dos hijos, además de la abuela, la madre del difunto padre de Ned.
Cuando entró, Ned encontró a su madre en el salón delantero, que hacía las veces de despacho cuando no estaba en el almacén del muelle. La mujer se levantó de la silla del escritorio de un salto y corrió a abrazar y besar a su hijo. Este advirtió de inmediato que estaba más gruesa que hacía un año, pero decidió no mencionarlo.
Miró a su alrededor. La sala no había cambiado: el cuadro favorito de su madre seguía allí, un óleo de Jesucristo y una mujer sorprendida en adulterio, rodeados de una multitud formada por un grupo de fariseos hipócritas que pretendían lapidarla. A Alice le gustaba citar las palabras de Jesús: «Aquel de vosotros que esté libre de pecado que tire la primera piedra». También se trataba de un cuadro erótico, pues los pechos de la mujer aparecían expuestos, una imagen que, en su momento, había hecho al joven Ned tener unos sueños muy vívidos.
Miró por la ventana de la sala a través de la plaza del mercado a la elegante fachada de la inmensa iglesia, con sus largas hileras de ventanas ojivales y arcos apuntados. El edificio había estado allí todos los días de su vida, y únicamente el cielo que lo cubría se transformaba con el paso de las estaciones. La catedral procuraba a Ned una extraña pero poderosa sensación de seguridad. Las personas nacían y morían, las ciudades podían vivir días de esplendor y luego caer en el ocaso, las guerras comenzaban y terminaban, pero la catedral de Kingsbridge perduraría hasta el día del Juicio Final.
—Así que has ido a la catedral a dar gracias —señaló Alice—. Eres un buen chico.
Pero Ned no podía mentir a su madre.
—También he ido a casa de los Fitzgerald —dijo. Percibió un destello de decepción en el rostro de la mujer y se apresuró a añadir—: Espero que no te importe que haya ido allí primero.
—Un poco —admitió ella—, pero aún recuerdo lo que se siente cuando se es joven y se está enamorado.
Alice tenía cuarenta y ocho años. Tras la muerte de Edmund, todos habían dicho que debería casarse de nuevo, y al pequeño Ned, de solo ocho años, le había aterrorizado la idea de tener un padrastro malvado y cruel. Sin embargo, ya hacía diez años que su madre era viuda, por lo que Ned suponía que permanecería soltera.
—Rollo me ha dicho que Margery va a casarse con Bart Shiring —le comentó a Alice.
—Oh, cariño… Algo así me temía… Pobrecillo Ned. Lo siento mucho.
—¿Por qué tiene derecho su padre a decirle con quién debe contraer matrimonio?
—Los padres esperan disfrutar de cierto grado de control sobre sus hijas. Tu padre y yo no tuvimos que preocuparnos por eso, porque no tuve ninguna hija… que llegara a sobrevivir.
Ned lo sabía. Su madre había dado a luz a dos niñas antes de Barney. Él mismo había visto en alguna ocasión las dos pequeñas tumbas en el cementerio del ala norte de la catedral de Kingsbridge.
—Una mujer debe amar a su marido —dijo Ned—. Tú no habrías forzado a una hija tuya a casarse con un necio como Bart.
—No, supongo que no.
—¿Se puede saber qué le pasa a esa gente?
—Sir Reginald cree en las jerarquías y en la autoridad. Como alcalde, piensa que el trabajo de los concejales es tomar decisiones y hacer luego que se cumplan. Cuando tu padre era alcalde, decía que los concejales debían gobernar la ciudad sirviendo a los intereses de esta.
—Eso parecen dos formas distintas de ver una misma cosa —dijo Ned con impaciencia.
—Pero no lo son —repuso su madre—. Son dos mundos distintos.
—¡No pienso casarme con Bart Shiring! —le aseguró Margery Fitzgerald a su madre.
Margery estaba disgustada y furiosa. Llevaba doce meses aguardando el regreso de Ned, pensando en él todos los días, anhelando volver a ver su sonrisa socarrona y sus ojos de color castaño dorado, y acababa de enterarse por los criados de que estaba de vuelta en Kingsbridge y que había ido a su casa a verla, pero a ella no se lo habían dicho y… ¡se había ido! Estaba furiosa con su familia por no decírselo, y lloraba de rabia y frustración.
—No te estoy pidiendo que te cases con el vizconde de Shiring hoy —dijo lady Jane—. Solo que vayas y hables con él.
Estaban en la alcoba de Margery. En una esquina había un prie-dieu, un reclinatorio donde se arrodillaba dos veces al día a rezar frente al crucifijo de la pared, contando sus oraciones con la ayuda de un rosario de cuentas de marfil. El resto de la habitación era la viva imagen del lujo más absoluto: una cama con dosel y colchón de plumas y cortinajes de ricos colores, un enorme baúl de madera de roble para su extensa colección de vestidos y un tapiz con una escena bucólica.
Aquella alcoba había sido testigo de numerosas discusiones con su madre a lo largo de los años, pero ahora Margery era toda una mujer. Era una joven menuda pero un poco más alta y corpulenta que su madre, una mujer diminuta y de temperamento feroz; así pues, ya no estaba tan claro como antes que la discusión fuese a terminar en victoria para lady Jane y humillación para Margery.
—¿Para qué? —dijo esta—. Ha venido aquí a cortejarme. Si hablo con él, eso le hará albergar esperanzas y entonces se enfadará aún más cuando lo rechace.
—Puedes ser amable y educada.
Margery no quería hablar sobre Bart.
—¿Cómo has podido no decirme que Ned estaba aquí? —exclamó—. Eso ha estado muy mal.
—¡Pero si no lo he sabido hasta que ya se había ido! Solo Rollo lo ha visto.
—Rollo estaba haciendo tu voluntad.
—Los hijos deben cumplir la voluntad de sus padres —dijo la madre—. Ya conoces el cuarto mandamiento: «Honra a tu padre y a tu madre». Es tu deber para con Dios.
Durante toda su corta vida, Margery había librado una batalla personal con aquello: sabía que Dios quería que fuese obediente, pero su naturaleza era obstinada y rebelde —tal como le habían dicho muchas veces— y le resultaba extraordinariamente difícil ser buena. Sin embargo, cuando alguien se lo señalaba de forma expresa, siempre reprimía su naturaleza y acababa obedeciendo con docilidad. La voluntad de Dios estaba por encima de todas las cosas, y ella era consciente de ello.
—Lo siento, madre —dijo.
—Ve a hablar con Bart —ordenó lady Jane.
—Muy bien.
—Pero péinate antes, querida.
Margery tuvo un arranque de rebeldía.
—Mi pelo está perfecto —dijo, y salió de la habitación antes de que su madre pudiese contestar.
Bart estaba en la entrada, vestido con un jubón amarillo nuevo. Jugaba a provocar a uno de los perros, ofreciéndole un trozo de jamón para quitárselo luego, en el último momento.
La madre siguió a Margery por las escaleras.
—Acompaña a lord Shiring a la biblioteca y muéstrale los libros.
—A él no le interesan los libros —contestó Margery de malos modos.
—¡Margery!
—Me gustaría ver los libros —dijo Bart.
Margery se encogió de hombros.
—Sígueme, por favor —dijo, y lo condujo a la sala contigua. Dejó la puerta entreabierta, pero su madre no los acompañó.
Los libros de su padre estaban distribuidos en tres anaqueles.
—¡Cielo santo, cuántos libros tenéis! —exclamó Bart—. Un hombre malgastaría su vida entera leyéndolos todos…
Había unos cincuenta volúmenes, más de los que solían verse fuera de una universidad o de la biblioteca de una catedral, y era un evidente signo de riqueza. Algunos estaban en latín o en francés.
Margery hizo un esfuerzo por ejercer de amable anfitriona. Cogió un libro de un autor inglés.
—Este es El pasatiempo del placer —dijo Margery—. Tal vez te interese.
Bart le lanzó una mirada lasciva y se acercó a ella.
—Sí, el placer es un magnífico pasatiempo…
Parecía muy complacido con su juego de palabras.
Margery dio un paso atrás.
—Es un poema alegórico sobre la educación de un caballero.
—Ah. —Bart perdió interés en el libro. Recorrió los anaqueles con la vista y escogió El libro de la cocina—. Este es importante —dijo—. Una esposa debe asegurarse de que su marido esté bien alimentado, ¿no te parece?
—Por supuesto. —Margery intentaba por todos los medios pensar en algo de que hablar. ¿Qué le interesaba a Bart? La guerra, tal vez—. El pueblo echa la culpa a la reina de la guerra con Francia.
—¿Por qué habría de ser culpa suya?
—Dicen que España y Francia luchan por sus posesiones en Italia, un conflicto que nada tiene que ver con Inglaterra, y si estamos involucrados es únicamente porque nuestra reina María está casada con el rey Felipe de España y tiene que apoyarlo.
Bart asintió.
—Una esposa debe dejarse guiar por su marido.
—Por eso precisamente es por lo que una mujer debe tener mucho cuidado al escoger marido. —Aquella indirecta era demasiado compleja para el lento cerebro de Bart. Margery siguió hablando—: Hay quienes dicen que nuestra reina no debería estar casada con un monarca extranjero.
Sin embargo, Bart se había cansado de tratar ese asunto.
—No deberíamos hablar de política. Las mujeres tendrían que dejar esas cuestiones a sus maridos.
—Las mujeres tienen tantos deberes y obligaciones para con sus maridos… —señaló Margery, a sabiendas de que Bart no captaría el tono irónico de sus palabras—. Tenemos que cocinar para ellos, dejarnos guiar por ellos y dejarles la política a ellos… La verdad es que me alegro mucho de no tener marido, la vida es más sencilla así.
—Pero todas las mujeres necesitan un hombre.
—Hablemos de otra cosa.
—Lo digo en serio. —Bart cerró los ojos para concentrarse y, acto seguido, se lanzó a pronunciar un discurso que traía aprendido de memoria—: Eres la mujer más hermosa del mundo y te quiero. Por favor, cásate conmigo.
La reacción de Margery fue visceral:
—¡No!
Bart se quedó desconcertado. No sabía cómo responder a eso; era evidente que había llegado hasta allí convencido de que obtendría una respuesta completamente distinta.
—¡Pero mi esposa será condesa algún día! —añadió al cabo de una pausa.
—Y deberías casarte con una mujer que ansíe precisamente eso con todo su corazón.
—¿Es que tú no lo deseas?
—No. —Margery no tenía intención de ser tan brusca, pero era difícil, pues la sutileza no era uno de los puntos fuertes del joven noble—. Bart, eres fuerte y bien parecido, y estoy segura de que también eres valiente, pero yo nunca podré amarte. —En ese momento visualizó la imagen de Ned: con él nunca le había hecho falta esforzarse por encontrar un tema de conversación—. Yo me casaré con un hombre que sea inteligente y considerado, y que quiera que su esposa sea algo más que la mujer de más categoría entre sus sirvientas.
«Ya está, ya lo he dicho», pensó; ni siquiera Bart era tan tonto como para no captar el sentido de esas palabras.
Él se desplazó a una velocidad sorprendente y la agarró de los brazos, asiéndola con fuerza.
—A las mujeres les gusta que las dominen —dijo.
—¿Quién te ha dicho eso? Créeme, ¡a mí no!
Trató de zafarse de él, pero fue imposible.
Bart la atrajo hacia sí y la besó.
Cualquier otro día, simplemente habría apartado la cara. Los labios no hacían daño. Sin embargo, seguía triste y rabiosa por no haber visto a Ned cuando este se había presentado en su casa. Su cerebro no dejaba de dar vueltas a lo que podría haber pasado si se hubiesen encontrado, a cómo tal vez ella lo habría besado, y le habría tocado el pelo, y habría atraído su cuerpo hacia sí… La presencia imaginaria de Ned era tan poderosa que el beso de Bart le produjo una repugnancia que rayaba el pánico. Sin pensar, Margery le asestó un rodillazo en la entrepierna con todas sus fuerzas.
Aquella reacción pilló a Bart por sorpresa; el joven lanzó un alarido de dolor, soltó a Margery y se dobló sobre su estómago, sin dejar de gemir, con los ojos cerrados con fuerza y sujetándose la entrepierna con las manos.
Margery corrió a la puerta, pero antes de llegar a ella, su madre irrumpió de golpe en la biblioteca; era evidente que había estado espiándolos desde fuera.
Lady Jane miró a Bart, comprendió de inmediato lo que había sucedido y se volvió hacia Margery.
—Niña insensata… —dijo.
—¡No pienso casarme con este mentecato! —gritó Margery.
En ese momento entró su padre. Era un hombre alto y tenía el pelo negro, como Rollo, pero, a diferencia de este, tenía el rostro cubierto de pecas.
—Te casarás con quienquiera que tu padre elija para ti —dijo fríamente.
Aquellas palabras, tan rotundas y aciagas para sus anhelos, asustaron a Margery. Empezaba a sospechar que había subestimado la determinación de sus padres. Era un error dejarse llevar por su indignación. Trató de tranquilizarse y de pensar aplicando la lógica.
—¡No soy una princesa! —se defendió, aún con tono apasionado, pero más comedido—. Somos parte de la burguesía, no de la aristocracia. Mi matrimonio no es una alianza política; soy la hija de un comerciante, la gente como nosotros no se casa por conveniencia.
Aquello enfureció a sir Reginald, que se ruborizó hasta la raíz del pelo.
—¡Yo soy caballero!
—¡Pero no un conde!
—Soy descendiente del gran Ralph Fitzgerald, que fue nombrado conde de Shiring hace dos siglos… igual que Bart. Ralph Fitzgerald era hijo de sir Gerald y hermano de Merthin, el constructor del puente. La sangre de la nobleza inglesa corre por mis venas.
Para su consternación, Margery se dio cuenta de que se enfrentaba no solo a la voluntad férrea de su padre, sino también al orgullo familiar. No sabía cómo iba a vencer el enorme obstáculo que suponía la combinación de ambos. De lo único que estaba segura era de que no debía mostrar debilidad.
Se dirigió a Bart. Sin duda, resultaba del todo imposible que quisiera desposarse con alguien que no estaba dispuesta a ser su mujer…
—Lo siento, lord Shiring, pero voy a casarme con Ned Willard.
Sir Reginald se quedó estupefacto.
—No, por Nuestro Señor Jesucristo que no vas a hacer tal cosa.
—Estoy enamorada de Ned Willard.
—Eres demasiado joven para estar enamorada de nadie, ¡y los Willard son prácticamente protestantes!
—Van a misa, como todos los demás.
—Me trae sin cuidado; te casarás con el vizconde de Shiring.
—No, no lo haré —insistió ella con serena firmeza.
Bart estaba recuperándose.
—Ya sabía yo que sería problemática —masculló.
—Solo necesita mano dura —dijo sir Reginald.
—Lo que necesita son unos azotes.
En ese momento intervino lady Jane.
—Piénsalo, Margery —dijo—. Serás condesa algún día, ¡y tu hijo será el conde!
—Eso es lo único que os importa, ¿no es así? —exclamó Margery. Oyó cómo su propia voz iba aumentando de volumen hasta convertirse en un bramido desafiante, pero no podía contenerse—. ¡Solo queréis que vuestros nietos sean aristócratas! —Vio, por la expresión de sus rostros, que había puesto el dedo en la llaga. Con la voz teñida de repugnancia, añadió—: Bien, pues no pienso ser una yegua de cría solo porque vosotros tengáis delirios de grandeza.
En cuanto hubo dicho aquellas palabras, supo que había ido demasiado lejos. Su insulto había alcanzado a su padre allí donde más le dolía.
Sir Reginald se quitó el cinturón.
Margery retrocedió unos pasos con gesto atemorizado y se vio atrapada contra el escritorio. Sir Reginald la sujetó por la nuca con la mano izquierda. Cuando vio que el extremo de la correa acababa en una punta de latón, Margery lanzó un alarido de puro terror.
Sir Reginald la obligó a inclinarse por encima del escritorio. La joven forcejeaba desesperadamente, pero el padre era demasiado fuerte y logró inmovilizarla sin esfuerzo.
—Salid de la habitación, por favor, lord Shiring —oyó decir a su madre, y eso la asustó aún más.
La puerta se cerró de golpe y entonces Margery oyó el restallido del cinturón en el aire. Aterrizó en la parte posterior de sus muslos. Llevaba un vestido demasiado fino para que le procurase algún tipo de protección y la muchacha gritó de nuevo, de dolor esta vez. El padre volvió a azotarla, y luego una tercera vez.
—Me parece que ya es suficiente, Reginald —intervino entonces su madre.
—No usar la vara es malcriar a la descendencia —repuso el padre. Era un sombrío proverbio familiar: todo el mundo creía que recibir azotes era bueno para los niños, todos excepto ellos.
—En realidad, la Biblia dice algo distinto —dijo la madre—: «Quien no usa la vara no quiere a su hijo, mas el que lo ama desde temprano lo corrige». Hace referencia a los hijos, no a las hijas.
Sir Reginald contraatacó con otro versículo.
—Otro proverbio bíblico dice: «No rehúses corregir al niño pequeño», ¿no es así?
—Pero es que ella ya no es una niña pequeña. Además, los dos sabemos que eso no funciona con Margery. El castigo solo la hace más terca.
—Entonces, ¿qué propones?
—Déjamela a mí. Hablaré con ella cuando se haya calmado.
—Muy bien —dijo sir Reginald, y Margery pensó que su calvario había llegado a su fin, pero entonces el cinturón restalló de nuevo y la zahirió en las piernas ya doloridas una vez más. A continuación oyó el ruido pesado de las botas de su padre alejándose y saliendo de la habitación, y fue entonces cuando terminó de veras.
Ned estaba seguro de que vería a Margery en la fiesta del conde Swithin. Sus padres no podían tenerla encerrada en casa; eso sería como anunciar públicamente que había algún problema en el seno de la familia. Habría murmuraciones y todo el mundo se preguntaría por qué Margery no estaba allí.
Los surcos de las rodadas de los carros en el camino de barro estaban completamente endurecidos por el hielo, y el poni de Ned avanzaba por la traicionera superficie con grácil prudencia. El calor del animal le calentaba el cuerpo, pero Ned tenía las manos y los pies entumecidos por el frío. Junto a él, su madre, Alice, montaba una yegua de amplio lomo.
La casa del conde de Shiring, New Castle, se hallaba a una veintena de kilómetros de Kingsbridge, y se tardaba casi medio día de viaje en llegar hasta allí, un día más corto aún por ser invierno. A Ned lo devoraba la impaciencia; tenía que ver a Margery, no solo porque necesitase verla a ella en persona por fin, sino también para poder averiguar qué diantres estaba pasando.
Al frente, la silueta de New Castle apareció a lo lejos. En las ruinas de la fortaleza medieval, construida hacía ciento cincuenta años, el conde había erigido recientemente una casa. Las almenas que aún quedaban en pie, de la misma piedra gris que la catedral de Kingsbridge, estaban engalanadas ese día con ribetes y jirones de niebla helada. A medida que se acercaba, Ned percibió la algarabía propia de una fiesta, saludos a voz en grito, el coro de risas y un conjunto de instrumentos campestres: el sonido grave del tambor, la alegre música del violín y el chirrido de las gaitas, resonando en el aire frío. La música entrañaba la promesa de hogueras llameantes, comida caliente y algo vigorizante para beber.
Ned espoleó su montura, impaciente por llegar y poner fin a su incertidumbre. ¿Amaba Margery a Bart Shiring e iba a casarse con él?
El camino conducía hasta la entrada. Los grajos que se pavoneaban por las murallas del castillo graznaban maliciosamente a los visitantes. El puente levadizo había desaparecido mucho tiempo atrás, y habían rellenado el foso, pero la torre del homenaje sobre la puerta todavía conservaba las aspilleras. Ned atravesó cabalgando el ruidoso patio de armas, lleno a rebosar de invitados vestidos con colores vivos, de caballos y de carros, así como de los atareados sirvientes del conde. Ned confió su poni a un mozo y se incorporó al gentío que se dirigía hacia la casa.
No veía a Margery por ninguna parte.
En el extremo opuesto del patio había una moderna mansión de ladrillo anexa a las viejas dependencias del castillo, con la capilla a un lado y la bodega para la elaboración de cerveza al otro. Desde su construcción, hacía cuatro años, Ned solo había estado allí una vez y se maravilló de nuevo al ver las hileras de grandes ventanales y la cantidad de múltiples chimeneas. Más majestuosa que cualquiera de las mansiones de los comerciantes más ricos de Kingsbridge, era la casa más grande del condado, aunque tal vez hubiese propiedades más grandes todavía en Londres, donde no había estado nunca.
El conde Swithin había perdido poderío económico y social durante el reinado de Enrique VIII por su oposición a la ruptura del monarca con el Papa, pero la fortuna había vuelto a sonreírle hacía cinco años, con el ascenso de la ultracatólica María Tudor al trono, y Swithin había recuperado de nuevo sus privilegios, su riqueza y su poder. Aquel prometía ser un banquete por todo lo alto.
Ned entró en la casa y accedió a un enorme salón de dos pisos de altura. Los altos ventanales hacían la estancia muy luminosa pese al día invernal. Las paredes estaban forradas de madera de roble con gigantescos tapices de escenas de caza. La leña ardía en dos chimeneas descomunales a cada extremo de la alargada sala. En la galería que recorría tres de las cuatro paredes, el grupo de músicos a los que había oído desde el camino tocaban sus instrumentos con brío. En lo alto de la cuarta pared había un retrato del padre del conde Swithin sujetando en la mano un bastón como símbolo de poder.
Algunos de los invitados estaban ejecutando una vigorosa danza en grupos de ocho, cogiéndose de las manos para formar corros rotatorios y detenerse a dar un salto hacia delante y luego otro hacia atrás. Otros conversaban animadamente en corrillos, alzando la voz para poder oírse unos a otros pese a la música y el ruido de los bailarines. Ned tomó un vaso de madera lleno de sidra caliente y miró alrededor.
Varias personas permanecían alejadas del baile: el armador Philbert Cobley y su familia, todos vestidos de gris y de negro. Los protestantes de Kingsbridge eran un grupo semiclandestino: toda la ciudad sabía que había protestantes en la comunidad, y más o menos podían adivinar quiénes eran, pero su existencia no se reconocía de manera abierta, algo parecido a la situación de la comunidad semiclandestina de hombres que sentían atracción por otros hombres, pensó Ned. Los protestantes no admitían su orientación religiosa, porque entonces serían torturados hasta que abjurasen de ella o morirían en la hoguera si se negaban a hacerlo. Si se les preguntaba cuáles eran sus creencias, contestaban con evasivas. Iban a las misas católicas, tal como estaban obligados por ley, pero aprovechaban cualquier ocasión para expresar su rechazo ante una canción algo subida de tono, los vestidos demasiado escotados y los sacerdotes beodos. Además, no había ninguna ley en contra de la ropa gris y anodina.
Ned conocía prácticamente a todos los presentes. Los invitados más jóvenes eran los muchachos con los que había asistido a la Escuela de Gramática de Kingsbridge y las chicas a las que tiraba del pelo los domingos después de ir a la iglesia. También había tenido mucho trato con la generación algo mayor, las personalidades más notables de la comunidad, pues siempre estaban entrando y saliendo de la casa de su madre.
Mientras buscaba a Margery, detuvo su mirada en un desconocido: un hombre de nariz alargada de treinta y muchos años, con un pelo castaño que empezaba a ralear y una perilla puntiaguda, en consonancia con los dictados de la moda del momento. Bajo de estatura y enjuto, lucía un sobretodo rojo oscuro que, aunque de factura cara, no resultaba en absoluto ostentoso. Estaba hablando con el conde Swithin y con sir Reginald Fitzgerald, y a Ned le sorprendió la actitud de los dos prohombres locales. Por el lenguaje corporal, resultaba evidente que el ilustre visitante no era de su agrado, pues Reginald lo miraba con el torso retirado hacia atrás y con los brazos cruzados, y Swithin con las piernas separadas y los brazos en jarras, pero a pesar de ello, escuchaban atentamente todas y cada una de sus palabras.
Los músicos terminaron de tocar con un ademán florituresco y en el relativo silencio Ned empezó a hablar con el hijo de Philbert Cobley, Daniel, un par de años mayor que él, un joven regordete con la cara pálida y redonda.
—¿Quién es ese? —le preguntó Ned, señalando al forastero del sobretodo rojo.
—Sir William Cecil. Es el administrador de la princesa Isabel.
Isabel Tudor era la medio hermana de la reina María, y menor que esta.
—He oído hablar de Cecil —dijo Ned—. ¿No fue secretario de Estado durante un tiempo?
—Así es.
En aquella época Ned había sido demasiado joven para seguir los asuntos de política con atención, pero recordaba a su madre mencionar el nombre de Cecil con admiración. Cecil no había sido lo bastante católico para el gusto de María Tudor y la reina se deshizo de él en cuanto ascendió al trono, razón por la cual ahora tenía el trabajo mucho más prosaico de administrar las finanzas de Isabel.
Siendo así, ¿qué estaba haciendo él allí?
La madre de Ned sin duda querría saber de la presencia de Cecil en la fiesta. Un visitante siempre traía nuevas, y Alice estaba obsesionada con las noticias. Siempre había enseñado a sus hijos que la información podía significar una fortuna para un hombre… o salvarlo de la ruina. Pero cuando Ned miró a su alrededor en busca de Alice, vio a Margery e, inmediatamente, se olvidó de William Cecil.
La imagen de Margery lo dejó boquiabierto: parecía cinco años mayor y no uno; llevaba el pelo castaño oscuro recogido en un elaborado peinado y coronado por un tocado masculino con una graciosa pluma, mientras que una pequeña gorguera blanca alrededor del cuello parecía iluminarle el rostro. Era menuda pero no delgada, y el corpiño rígido de su traje de terciopelo azul, tan de moda entre las mujeres, no conseguía ocultar del todo sus deliciosas formas redondeadas. Como siempre, su rostro era muy expresivo: sonreía, enarcaba las cejas, ladeaba la cabeza y su expresión transmitía sorpresa, perplejidad, desdén y complacencia, sucesivamente. Él se sorprendió mirándola embobado, tal como le pasaba siempre, desde hacía años. Por un momento, fue como si no hubiese nadie más en la habitación.
Saliendo de su ensoñación, se encaminó hacia ella abriéndose paso entre la multitud.
Ella lo vio acercarse y su rostro se iluminó de regocijo, cosa que lo alegró enormemente; pero entonces su semblante se transformó, tan rápido como el tiempo en un día de primavera, y se nubló de preocupación. Cuando Ned llegó a su lado, Margery abrió los ojos atemorizada y fue como si estuviera diciéndole que se fuera. Sin embargo, él hizo caso omiso; necesitaba hablar con ella.
Ned abrió la boca, pero fue ella quien habló primero.
—Sígueme cuando empiecen a jugar a «cazar al ciervo» —le indicó en voz baja—. No digas nada ahora.
«Cazar al ciervo» era una variante del juego del escondite con la que se entretenían los jóvenes en las fiestas. Ned se quedó perplejo ante su invitación, pero no estaba dispuesto a alejarse de ella sin obtener al menos algunas respuestas.
—¿Estás enamorada de Bart Shiring? —le preguntó.
—¡No! Ahora vete… Hablaremos luego.
Ned estaba encantado con aquella respuesta, pero no había terminado.
—¿Vas a casarte con él?
—No mientras me quede aliento para decirle que se vaya al diablo.
Ned sonrió.
—Muy bien, ahora puedo ser paciente.
Y se alejó, feliz y contento.
Rollo observó alarmado el intercambio entre su hermana y Ned Willard. No había sido muy prolongado, pero saltaba a la vista que sí muy intenso. Rollo se sentía preocupado. La víspera, había estado escuchando desde el otro lado de la puerta de la biblioteca, cuando Margery había recibido los azotes de su padre, y convenía con su madre en que el castigo solo hacía a Margery más terca.
No quería que su hermana se casara con Ned. A Rollo siempre le había disgustado, pero eso era lo de menos; lo más importante era que los Willard se mostraban tolerantes con el protestantismo. Edmund Willard había manifestado su satisfacción cuando el rey Enrique se puso en contra de la Iglesia católica, aunque también era cierto que no pareció contrariarse demasiado cuando la reina María revirtió el proceso…, pero eso también ofendía a Rollo. No soportaba a la gente que se tomaba un asunto tan importante como la religión a la ligera. La autoridad de la Iglesia debería serlo todo para ellos.
Casi tan importante como aquello era el hecho de que un enlace matrimonial con Ned Willard no haría nada por el prestigio de los Fitzgerald, sino que sería simplemente una alianza entre dos prósperas familias de comerciantes. Con Bart Shiring, por el contrario, pasarían a formar parte del estamento nobiliario. Para Rollo, el prestigio de la familia Fitzgerald importaba más que cualquier otra cosa salvo la voluntad de Dios.
El baile terminó y los criados del conde dispusieron tablones y caballetes para montar una mesa con forma de T, con el travesaño en un extremo y el resto atravesando la totalidad de la habitación; a continuación, empezaron a poner la mesa. A Rollo le pareció que hacían su tarea con una actitud más bien descuidada, dejando los vasos de arcilla cocida y las hogazas de pan allí encima de cualquier manera. Sin duda se debía a que no había ninguna mujer al frente de la casa: la condesa había muerto dos años atrás y Swithin no había vuelto a casarse.
Uno de los criados se dirigió a Rollo.
—Vuestro padre os llama, señor Fitzgerald. Está en el despacho del conde.
El hombre condujo a Rollo hasta una sala lateral con un escritorio y un anaquel con libros de cuentas, a todas luces el lugar donde el conde Swithin manejaba sus negocios.
Swithin estaba sentado en una gigantesca silla que casi semejaba un trono. Era un hombre alto y apuesto, como Bart, aunque los años de excesos tanto en la comida como en la bebida le habían agrandado el perímetro de la cintura y enrojecido la nariz. Hacía cuatro años había perdido casi todos los dedos de la mano izquierda en la batalla de Hartley Wood, y no solo no hacía ningún esfuerzo por ocultar la amputación sino que parecía enorgullecerse de su herida de guerra.
El padre de Rollo, sir Reginald, estaba sentado al lado de Swithin, delgado y con el rostro cubierto de pecas, un leopardo junto a un oso.
Bart Shiring también estaba allí y, para consternación de Rollo, asimismo Alice y Ned Willard.
William Cecil ocupaba un taburete bajo delante de los seis miembros de la comunidad local, pero, a pesar del simbolismo del asiento, Rollo tenía la sensación de que era Cecil quien estaba al frente de aquella reunión.
—¿No os importará que mi hijo se sume a nosotros? —le dijo Reginald a Cecil—. Ha ido a la Universidad de Oxford y estudió derecho en la Gray’s Inn de Londres.
—Me alegro de tener aquí presente a la generación más joven —respondió Cecil afablemente—. Yo también incluyo a mi propio hijo en las reuniones, a pesar de que solo tiene dieciséis años; cuanto antes empiecen, más rápido aprenderán.
Al observar a Cecil con detenimiento, Rollo advirtió que tenía tres verrugas en la mejilla derecha, y que su perilla color castaño empezaba a lucir algún que otro pelo entrecano. Había sido un poderoso cortesano durante el reinado de Eduardo VI, cuando aún contaba veintipocos años, y aunque todavía no había cumplido los cuarenta, irradiaba un aire de sabiduría y seguridad en sí mismo propio de un hombre mucho mayor que él.
El conde Swithin se paseaba con impaciencia.
—Tengo a cien invitados en el salón, sir William. Será mejor que me digáis qué es eso tan importante como para alejarme de mi propia fiesta.
—De inmediato, señor —dijo Cecil—. La reina no está embarazada.
Rollo soltó un gruñido de sorpresa y consternación.
La reina María y el rey Felipe estaban desesperados por conseguir herederos para sus respectivas coronas, en Inglaterra y en España, pero apenas pasaban tiempo juntos, tan sumamente ocupados como estaban gobernando sus reinos, separados por completo. Así, en ambos países había estallado el alborozo cuando María anunció que estaba esperando un hijo para el próximo mes de marzo. Era obvio que algo había salido mal.
El padre de Rollo, sir Reginald, fue el siguiente en hablar.
—Esto ya ha sucedido antes —dijo con tono sombrío.
Cecil asintió.
—Es su segundo falso embarazo.
Swithin parecía desconcertado.
—¿Falso? —repitió—. ¿Qué queréis decir?
—No ha habido aborto involuntario —dijo Cecil con solemnidad.
—Tiene tantas ganas de engendrar un hijo, que se convence de que está encinta cuando no lo está —explicó Reginald.
—Ya veo —dijo Swithin—. Estupidez femenina.
Alice Willard lanzó un resoplido desdeñoso ante aquella observación, pero Swithin no se dio cuenta.
—Ahora debemos hacer frente a la posibilidad de que nuestra reina nunca dará a luz a un heredero —dijo Cecil.
El cerebro de Rollo era un torbellino, pensando en las posibles consecuencias de aquello. El anhelado hijo de la ultracatólica reina María y el igualmente devoto rey de España habría sido educado en el más estricto catolicismo y habría actuado en favor de familias como los Fitzgerald, pero si María moría sin un heredero, todo cambiaba y no había forma de saber a qué atenerse.
Rollo supuso que Cecil ya lo había deducido hacía tiempo.
—La transición del reinado de un monarca a otro nuevo es una época de peligro para los súbditos de cualquier país —señaló Cecil.
Rollo tuvo que contener un acceso de pánico. Cabía la posibilidad de que Inglaterra volviera al protestantismo y todo lo que la familia Fitzgerald había logrado en los últimos cinco años sería destruido para siempre.
—Quiero planificar una sucesión suave, sin derramamiento de sangre —añadió Cecil en un tono imbuido de sensatez y moderación—. Con estas palabras me dirijo a tres de las personalidades locales más poderosas e influyentes, el conde del condado, el alcalde de Kingsbridge y la principal comerciante de la ciudad, y hago un llamamiento para solicitar vuestra ayuda y colaboración.
Hablaba con el engañoso tono de un humilde servidor trazando planes meticulosos, pero Rollo percibía que en realidad era un peligroso revolucionario.
—¿Y cómo os ayudaríamos? —preguntó Swithin.
—Prometiendo vuestro apoyo a mi querida Isabel.
—¿Dais por sentado que Isabel es la legítima heredera al trono? —dijo Swithin con tono desafiante.
—Enrique VIII tuvo tres hijos —dijo Cecil con aire pedante, señalando lo obvio—. Su hijo, Eduardo VI, el rey niño, murió antes de que pudiera dar un heredero, por lo que la hija mayor de Enrique, María Tudor, se convirtió en reina. La lógica es irrefutable. Si la reina María muere sin hijos, como lo hizo el rey Eduardo, la siguiente en la línea de sucesión al trono es sin duda la otra hija de Enrique, Isabel Tudor.
Rollo decidió que había llegado el momento de hablar. No podía dejar pasar aquel peligroso disparate sin rebatirlo, y él era el único abogado de la sala. Trató de hablar tan serena y racionalmente como Cecil, pero, a pesar de sus esfuerzos, percibió la alarma en su propia voz.
—¡Isabel es ilegítima! —exclamó—. Enrique no llegó a estar realmente casado con su madre. Su divorcio de su anterior esposa fue rechazado por el Papa.
—Los hijos bastardos no pueden heredar títulos ni propiedades —añadió Swithin—. Todo el mundo lo sabe.
Rollo hizo una mueca de disgusto. Llamar bastarda a Isabel era una grosería innecesaria delante de uno de los consejeros de la princesa. Por desgracia, los malos modales eran una característica de Swithin. A Rollo le parecía imprudente ganarse la antipatía del sereno Cecil. Puede que el consejero hubiese caído en desgracia en la actual corte, pero todavía conservaba un aire de discreto poder.
Cecil pasó por alto la impertinencia.
—El divorcio fue ratificado por el Parlamento inglés —dijo con educada insistencia.
—He oído que tiene inclinaciones protestantes —señaló Swithin.
«Ese es el meollo de la cuestión», pensó Rollo.
Cecil sonrió.
—Isabel me ha dicho muchas veces que si llega a convertirse en reina, es su firme deseo que ningún inglés pierda la vida a causa de sus creencias.
Ned Willard intervino entonces.
—Eso es una buena señal —aseveró—. Nadie quiere ver morir más gente en la hoguera.
Eso era típico de los Willard, pensó Rollo: cualquier cosa con tal de tener una vida tranquila y apacible.
El conde Swithin estaba igualmente irritado por tanta ambigüedad.
—¿Católica o protestante? —dijo—. Tiene que ser una cosa u otra.
—Al contrario —replicó Cecil—. Su credo es la tolerancia.
Swithin estaba indignado.
—¿Tolerancia? —espetó con desdén—. ¿Ante la herejía? ¿La blasfemia? ¿Ante una vida sin Dios?
A juicio de Rollo, la indignación de Swithin estaba plenamente justificada, pero no podía sustituir la argumentación legal. La Iglesia católica tenía su propia opinión sobre quién debía ser el próximo gobernante de Inglaterra.
—A los ojos del mundo, la verdadera heredera del trono es la otra María, la reina de los escoceses.
—Desde luego que no —repuso Cecil, quien claramente esperaba aquello—. María Estuardo no es más que la sobrina nieta del rey Enrique VIII, mientras que Isabel Tudor es su hija.
—Su hija ilegítima.
Ned Willard intervino de nuevo.
—Vi a María Estuardo cuando fui a París —dijo—. No hablé con ella, pero me encontraba en una de las salas exteriores del palacio del Louvre cuando pasó por allí. Es alta y hermosa.
—¿Qué tiene eso que ver con este asunto? —inquirió Rollo con impaciencia.
Ned insistió.
—Tiene quince años. —Miró a Rollo—. La misma edad que tu hermana, Margery.
—Eso no es razón…
Ned alzó la voz para evitar la interrupción.
—Hay quienes piensan que una muchacha de quince años es demasiado joven para estar capacitada para elegir un marido, conque mucho menos para gobernar un país.
Rollo respiró profundamente y su padre lanzó un gruñido de indignación. Cecil frunció el ceño, sin percatarse de que las palabras de Ned entrañaban un significado especial oculto, incomprensible para un forastero.
—Me han dicho que María habla francés y escocés, pero apenas entiende el inglés —añadió Ned.
—Tales consideraciones no tienen ningún peso en la ley —dijo Rollo.
Ned siguió hablando.
—Pero hay cosas peores. María está prometida en matrimonio con el príncipe Francisco, el heredero del trono francés. El matrimonio de nuestra reina con el rey de España no es del agrado de los súbditos ingleses, y serán aún más hostiles a una reina que se case con el rey de Francia.
—El pueblo inglés no puede dictar esa clase de decisiones —repuso Rollo.
—De todas maneras, donde hay dudas puede haber conflicto, y entonces el pueblo podría alzarse con sus guadañas y sus hachas y hacer valer sus opiniones.
—Y eso es exactamente lo que estoy tratando de evitar —apostilló Cecil.
Aquello en realidad era una amenaza, advirtió Rollo con enfado. Sin embargo, antes de que pudiera decirlo en voz alta, Swithin intervino de nuevo.
—¿Cómo es esa muchacha, Isabel, personalmente? No la conozco.
Rollo frunció el ceño, irritado por aquella digresión del asunto de la legitimidad, pero Cecil respondió de buena gana.
—Es la mujer más instruida que he conocido —dijo—. Sabe conversar en latín con tanta facilidad como en inglés, y también habla francés, español e italiano, y escribe griego. No se la considera una belleza exuberante, pero sabe cómo conseguir que un hombre la encuentre preciosa. Ha heredado la fuerza de voluntad de su padre, el rey Enrique. Será una soberana excepcional.
A Rollo le parecía obvio que Cecil estaba enamorado de ella, pero eso no era lo peor: los opositores de Isabel dependían de los argumentos legalistas porque no podían aferrarse a ninguna otra cosa. Por lo visto, Isabel era lo bastante mayor, lo bastante inteligente y lo bastante fuerte para gobernar Inglaterra. Podía ser protestante, pero era demasiado inteligente para hacer alarde de ello, y no tenían pruebas.
La perspectiva de tener una reina protestante horrorizaba a Rollo. Sin duda eso haría caer en desgracia a las familias católicas. La vida dejaría de sonreír a los Fitzgerald.
—Ahora bien —intervino Swithin—, si se casara con un poderoso marido católico que la tuviera bajo control, Isabel podría ser más aceptable. —Soltó una risa lasciva, y Rollo contuvo un escalofrío. Era evidente que la idea de tener a una princesa bajo control excitaba al conde.
—Lo tendré en cuenta —dijo Cecil secamente.
Una campanilla anunció a los invitados que había llegado la hora de ocupar sus lugares en la mesa, y Cecil se puso de pie.
—Lo único que pido es que no se hagan juicios precipitados. La princesa Isabel merece una oportunidad.
Reginald y Rollo se quedaron atrás cuando los demás salieron de la estancia.
—Creo que se lo hemos dejado claro —dijo Reginald.
Rollo sacudió la cabeza. Había momentos en que deseaba que el cerebro de su padre fuera más retorcido.
—Cecil ya sabía, antes de venir aquí, que los fieles católicos como tú y Swithin jamás se comprometerían a apoyar a Isabel.
—Supongo que sí —reflexionó Reginald—. Desde luego, Cecil tiene que estar bien informado.
—Y es evidente que es un hombre listo.
—Entonces, ¿por qué está aquí?
—Esa misma pregunta me he hecho yo —dijo Rollo—. Creo que ha venido a valorar la fuerza de sus enemigos.
—Ah —dijo su padre—. Eso no se me había ocurrido.
—Vamos a cenar —propuso Rollo.
A Ned le reconcomía la impaciencia durante todo el banquete. No veía la hora de que acabasen de comer y beber y de que diese comienzo el juego de «cazar al ciervo». Sin embargo, justo cuando empezaban a retirar las últimas viandas a base de dulces, su madre llamó su atención y le indicó que acudiera a su lado.
Ned la había visto absorta en una intensa conversación con sir William Cecil. Alice Willard era una mujer vigorosa y entrada en carnes que llevaba un costosísimo vestido de escarlata de Kingsbridge con brocado de oro y un medallón de la Virgen María alrededor del cuello para evitar las acusaciones de protestantismo. Ned sintió la tentación de fingir que no la había visto llamarlo. El juego tendría lugar mientras retiraban las mesas y los actores se preparaban para su representación teatral. Ned no estaba seguro de qué era lo que se proponía Margery, pero fuese lo que fuese, no tenía intención de perdérselo. Sin embargo, su madre era estricta además de cariñosa, y no toleraba la desobediencia, de modo que acudió a sentarse a su lado.
—Sir William quiere hacerte unas preguntas —dijo Alice.
—Será un honor —respondió Ned con educación.
—Quiero que me hables de Calais —empezó a decir Cecil—. Tengo entendido que acabas de volver de allí.
—Me marché una semana antes de Navidad y llegué a Kingsbridge ayer.
—No hace falta que os diga a ti y a tu madre lo importante que es la ciudad para el comercio inglés. También es una cuestión de orgullo nacional que gobernemos aún una pequeña parte de Francia.
Ned asintió.
—Algo que molesta profundamente a los franceses, por supuesto.
—¿Cómo anda de moral la comunidad inglesa allí?
—Bien, están bien —le aseguró Ned, pero empezaba a sentir cierta desazón. Cecil no lo estaba interrogando por simple curiosidad; había una razón. Además, acababa de fijarse en el semblante sombrío de su madre. Siguió hablando—: Cuando me fui, aún estaban celebrando la derrota de los franceses en San Quintín en agosto. Aquella victoria les hizo sentir que la guerra entre Inglaterra y Francia no iba a afectarles a ellos.
—Un exceso de confianza, tal vez —murmuró Cecil.
Ned arrugó la frente.
—Calais está rodeada de fuertes: Sangatte, Fréthun, Nielles…
Cecil lo interrumpió.
—¿Y si cayeran esas fortalezas?
—La ciudad cuenta con trescientos siete cañones.
—Tienes buena cabeza para los detalles, pero ¿resistirá la población un asedio a la ciudad?
—Tienen comida para tres meses.
Ned se había asegurado de averiguar aquella información antes de marcharse, pues sabía que su madre querría un informe detallado.
En ese momento se dirigió a Alice.
—¿Qué ha pasado, madre?
—Los franceses tomaron Sangatte el primero de enero —contestó Alice.
Ned recibió la noticia con estupor.
—¿Cómo ha podido suceder?
Cecil respondió a esa pregunta.
—El ejército francés estaba agrupado en las ciudades cercanas; lo llevaron todo con gran secretismo. El ataque tomó a la guarnición de Calais por sorpresa.
—¿Quién lidera las fuerzas francesas?
—Francisco, duque de Guisa.
—¡El Acuchillado! —exclamó Ned—. Es toda una leyenda.
El duque era el mejor general de Francia.
—Ahora la ciudad debe de estar ya bajo asedio.
—Pero no ha caído.
—No, que nosotros sepamos, pero mis últimas noticias son de hace cinco días.
Ned volvió a dirigirse a Alice.
—¿No sabemos nada del tío Dick?
Alice negó con la cabeza.
—No puede enviar mensajes desde una ciudad sitiada.
Ned pensó en sus parientes de Calais: la tía Blanche, mucho mejor cocinera que Janet Fife, aunque eso Ned nunca se lo diría a Janet; el primo Albin, de su misma edad, que le había enseñado las palabras en francés para las partes íntimas del cuerpo y otras cosas innombrables, y la amorosa Thérèse. ¿Sobrevivirían?
—Casi todo cuanto tenemos depende por completo de Calais —dijo Alice en voz baja.
Ned frunció el ceño. ¿Era posible eso?
—Pero ¿no tenemos cargamentos con destino a Sevilla?
El puerto español de Sevilla era el arsenal del rey Felipe, cuyo apetito por el metal era insaciable. Un primo del padre de Ned, Carlos Cruz, compraba allí todo el metal que Alice pudiese enviar y lo convertía en cañones y balas de cañón para las interminables guerras españolas. El hermano de Ned, Barney, estaba en Sevilla, viviendo y trabajando como aprendiz con Carlos, aprendiendo otra faceta del negocio familiar, como Ned había hecho en Calais. Sin embargo, la travesía por mar era larga y peligrosa, y solo se enviaban barcos allí cuando el almacén mucho más cercano de Calais estaba lleno.
Alice contestó a la pregunta de Ned:
—No. En este momento no tenemos ningún barco con Sevilla como destino ni procedente de allí.
—De modo que si perdemos Calais…
—Lo perdemos prácticamente todo.
Ned había creído que entendía los entresijos del negocio, pero no había imaginado que podía irse a pique tan rápidamente. Se sentía igual que cuando, montado a lomos de un buen caballo, el animal tropezaba y corcoveaba, haciéndole perder el equilibrio en la silla. Interpretó aquello como un repentino recordatorio de que la vida era impredecible.
Sonó una campanilla que anunciaba el comienzo del juego.
Cecil sonrió.
—Gracias por tu información, Ned —dijo—. No es habitual que un hombre joven se muestre tan preciso en su exposición.
Ned se sintió halagado.
—Me alegro de haberos sido de ayuda, señor.
La hermosa hermana de Dan Cobley, Ruth, con una espléndida melena rubio dorado, pasó en ese momento junto a ellos.
—Vamos, Ned, es la hora de jugar a «cazar al ciervo» —le dijo.
—Ya voy —respondió él, pero no se movió. Tenía sentimientos encontrados: estaba desesperado por hablar con Margery, pero después de aquella noticia, no estaba de humor para juegos—. Supongo que no podemos hacer nada —le dijo a su madre.
—Solo esperar a tener más información…, cosa que tal vez no ocurra hasta dentro de mucho tiempo.
Siguió un silencio abatido.
—Por cierto —dijo entonces Cecil—, estoy buscando un ayudante para que me asista en mi cometido con Isabel, un hombre joven que vaya a vivir al palacio de Hatfield como miembro de su personal y que actúe en mi nombre cuando yo tenga que ausentarme a Londres o a cualquier otro lugar. Sé que tu destino es trabajar con tu madre en el negocio familiar, Ned, pero si por casualidad conocieras a un joven parecido a ti mismo, inteligente y digno de confianza, con buen ojo para los detalles…, házmelo saber.
Ned asintió.
—Por supuesto. —Sospechaba que en realidad Cecil estaba ofreciéndole el trabajo a él.
Cecil siguió hablando:
—El joven debería compartir la actitud tolerante de Isabel con respecto a la religión.
La reina María Tudor había ordenado la muerte de centenares de protestantes en la hoguera.
Desde luego, Ned compartía esa visión, tal como Cecil debía de haber deducido durante la discusión en la biblioteca del conde sobre la sucesión al trono. Millones de ingleses también estaban de acuerdo con ella: ya fuesen católicos o protestantes, estaban hartos de las ejecuciones.
—Isabel me ha dicho muchas veces que si llega a convertirse en reina, es su firme deseo que ningún inglés pierda la vida a causa de sus creencias. —A continuación, Cecil añadió—: Me parece un ideal digno de la fe de un hombre.
Alice parecía un tanto molesta.
—Tal como habéis dicho, sir William, mis hijos están destinados a trabajar en el negocio familiar. Ve si quieres, Ned.
Ned se dio media vuelta y se puso a buscar a Margery.
El conde Swithin había contratado a una compañía itinerante de actores, y ahora estaban levantando una plataforma elevada en una de las paredes más alargadas de la inmensa sala. Mientras Margery los observaba, lady Brecknock estaba a su lado y hacía lo propio. A sus treinta y tantos años, Susannah Brecknock era una mujer atractiva y de sonrisa cálida; prima del conde Swithin, era una visitante asidua de Kingsbridge, donde tenía una casa. Margery la conocía y le parecía una mujer simpática y en absoluto pretenciosa.
El escenario estaba hecho de tablones de madera y barriles.
—No parece muy sólido… —comentó Margery.
—¡Eso mismo estaba pensando yo! —dijo Susannah.
—¿Sabéis qué van a representar?
—La vida de María Magdalena.
—Ah.
María Magdalena era la santa patrona de las prostitutas. «De las prostitutas reformadas», solían corregir los sacerdotes, pero eso no hacía disminuir la curiosidad sobre la santa.
—Pero ¿cómo van a hacerlo? Todos los actores son hombres.
—¿Es que nunca has visto una obra de teatro?
—No de esta clase, con escenario y actores profesionales. Solo he visto procesiones y representaciones populares.
—Los personajes femeninos siempre son interpretados por hombres. Las mujeres tienen prohibido actuar sobre un escenario.
—¿Por qué?
—Bueno, supongo que es porque somos seres inferiores, físicamente frágiles e intelectualmente débiles.
Estaba siendo sarcástica. A Margery le agradaba Susannah por su forma tan franca de decir las cosas. La mayoría de los adultos respondían a las preguntas embarazosas yéndose por las ramas y con palabras vacías, pero Susannah era de las que decían la verdad sin adornos de ninguna clase. Envalentonada, Margery se lanzó a formularle la pregunta que le rondaba en la cabeza:
—¿Os forzaron a casaros con lord Brecknock?
Susannah arqueó las cejas.
Margery se dio cuenta de inmediato de que había ido demasiado lejos.
—Lo siento mucho —dijo rápidamente—. No tengo ningún derecho a preguntaros esa clase de cosas, os ruego que me perdonéis —añadió con lágrimas en los ojos.
Susannah se encogió de hombros.
—Desde luego que no tienes ningún derecho a hacerme esa clase de preguntas, pero yo tampoco he olvidado qué se siente a los quince años. —Bajó un poco el tono de voz—. ¿Con quién quieren que te cases?
—Con Bart Shiring.
—Ah, cielo santo, pobrecilla… —exclamó, a pesar de que Bart era su primo segundo. Su compasión hizo a Margery sentir aún más lástima por sí misma. Susannah se quedó pensativa un momento—. No es ningún secreto que mi matrimonio fue concertado, pero nadie me forzó a casarme —dijo—. Conocí a lord Brecknock y me gustó.
—¿Lo amáis?
Volvió a reflexionar unos instantes, y Margery advirtió que estaba dividida entre la discreción y la compasión.
—No debería responder a eso.
—No, por supuesto que no, os ruego que me perdonéis… otra vez.
—Pero es evidente que estás angustiada, de modo que confiaré en ti, siempre y cuando me prometas que no le repetirás nunca a nadie lo que voy a decirte.
—Lo prometo.
—Brecknock y yo somos amigos —aclaró—. Es bueno y amable conmigo y yo hago todo lo que puedo por complacerlo. Y tenemos cuatro hijos maravillosos. Soy feliz. —Hizo una pausa y Margery aguardó la respuesta a su pregunta. Al fin, Susannah dijo—: Pero sé que existe otra clase de felicidad, el éxtasis arrebatado de adorar a alguien y ser adorada de forma recíproca.
—¡Sí! —Margery se alegraba enormemente de que Susannah la comprendiera.
—Esa dicha en particular no nos es concedida a todos y cada uno de nosotros —anunció con aire solemne.
—¡Pero debería! —Margery no soportaba la idea de que a alguien pudiese negársele el amor.
Por un momento, Susannah parecía desolada.
—Tal vez sí —murmuró—. Tal vez sí.
Mirando por encima del hombro de Susannah, Margery vio acercarse a Ned, con su jubón francés de color verde. Susannah siguió la mirada de la joven y, con mucha perspicacia, comentó:
—¿Ned Willard es el hombre al que quieres?
—Sí.
—Buena elección; es apuesto.
—Es maravilloso.
Susannah sonrió, con el gesto aún entristecido.
—Espero que tengas suerte.
Ned la saludó con una reverencia y Susannah le respondió con otra, pero se alejó.
Los actores estaban colgando unos cortinajes en un rincón de la sala.
—¿Para qué crees que será eso? —le preguntó Margery a Ned.
—Se pondrán los trajes detrás de las cortinas, creo. —Bajó la voz—. ¿Cuándo podemos hablar? No puedo esperar más.
—El juego está a punto de empezar. Sígueme.
El apuesto secretario de Philbert Cobley, Donal Gloster, fue el elegido como cazador. Tenía el pelo oscuro y ondulado y un rostro sensual. A Margery no le resultaba atractivo —demasiado debilucho—, pero varias de las muchachas estarían encantadas de que fuese él quien las encontrase, estaba segura de ello.
New Castle era el escenario ideal para aquel juego, porque había más escondites que en la madriguera de un conejo, especialmente en las partes donde la nueva mansión quedaba unida al viejo castillo, donde había extraños armarios, escaleras inesperadas, nichos y habitaciones de formas irregulares. Era un juego de niños y, cuando era pequeña, Margery se preguntaba por qué a los jóvenes de diecinueve años les gustaba tanto aquel entretenimiento. Ahora entendía que el juego brindaba una oportunidad a los adolescentes de hacerse arrumacos y besuquearse en los rincones.
Donal cerró los ojos y empezó a recitar el padrenuestro en latín, y todos los jóvenes corrieron a esconderse.
Margery ya sabía adónde dirigirse, pues ya había localizado buenos escondrijos antes, para estar segura de que ella y Ned se procurasen suficiente intimidad para hablar. Salió de la sala y corrió por el pasadizo en dirección a las estancias del viejo castillo, confiando en que Ned la seguiría. Atravesó una puerta al final del corredor.
Al mirar atrás vio a Ned…, pero, por desgracia, también vio a más gente. Aquello era un auténtico fastidio: lo quería para ella sola.
Pasó por una pequeña despensa y subió por unas escaleras de caracol de peldaños de piedra y luego bajó otro tramo de escaleras. Oía a los otros a su espalda, pero ahora los había perdido de vista. Entró en un pasadizo a sabiendas de que no había ninguna salida al otro extremo, un espacio iluminado por una sola vela en una palmatoria en la pared. A medio camino había un enorme hogar de leña; era la tahona medieval, en desuso desde hacía muchos años, cuya chimenea se había derrumbado en el transcurso de la construcción de la casa moderna. En un costado de la tahona, oculta por un pilar de piedra, estaba la puerta del descomunal horno, prácticamente invisible en la penumbra. Margery se deslizó en el interior del horno, subiéndose los faldones del vestido. En su búsqueda de posibles lugares donde esconderse, ya se había dado cuenta de que el horno estaba inusitadamente limpio. Tiró de la puerta hasta cerrarla casi por completo y se asomó por una rendija.
Ned se acercó corriendo por el pasadizo, seguido de cerca por Bart y, a continuación, por la guapa Ruth Cobley, quien probablemente le había echado el ojo a Bart. Margery lanzó un gruñido de frustración. ¿Cómo lograría alejar a Ned de los demás?
El grupo pasó corriendo por delante del horno sin reparar en la puerta. Al cabo de un momento, al llegar al extremo sin salida, volvieron sobre sus pasos en orden inverso: primero Ruth, luego Bart y, por último, Ned.
Margery vio su oportunidad.
Cuando perdió a Bart y a Ruth de vista, Margery dijo:
—¡Ned!
El joven se detuvo y miró alrededor, confuso.
Ella abrió la puerta del horno.
—¡Aquí dentro!
No hizo falta que se lo dijera dos veces: se metió dentro con ella y cerró la puerta tras de sí.
El interior se hallaba completamente a oscuras, pero los dos estaban tumbados en la superficie, pegados el uno al otro, y Margery percibía el contacto de su cuerpo contra ella. Entonces la besó.
Margery le devolvió el beso con avidez. Pasara lo que pasase, él aún la quería, y eso era lo único que le importaba en ese momento. Temía que la hubiese olvidado en Calais; pensaba que tal vez conocería a chicas francesas más sofisticadas e interesantes que la joven Marge Fitzgerald de Kingsbridge; pero no había sido así, era evidente por la forma en que la abrazaba, la besaba y la acariciaba. Loca de alegría, le rodeó la cabeza con las manos, abrió la boca para acoger la lengua de él y arqueó el cuerpo contra el suyo.
Ned rodó en el suelo para situarse encima de ella. En ese momento le habría entregado su cuerpo con gusto, y le habría dejado desvirgarla, pero pasó algo. Se oyó un ruido sordo, como si él le hubiese dado a algo con el pie, y luego otro ruido como el que hacía un tablón al caer al suelo, y de pronto, Margery vio las paredes del horno a su alrededor.
Ella y Ned se asustaron mucho, lo bastante para interrumpir inmediatamente lo que estaban haciendo y mirar arriba. Descubrieron entonces que la parte posterior del horno había desaparecido: se había caído al suelo y había dejado al descubierto un espacio iluminado por una luz tenue. Margery dedujo, con gran angustia, que podía haber gente allí viéndolos besarse a los dos. Se incorporó de golpe y se asomó a mirar.
No había nadie a la vista. Vio una pared con una ventana ojival por la que se colaba la última luz del atardecer. Era un pequeño espacio detrás de la vieja tahona que había quedado tapiado por la construcción de la nueva casa. No conducía a ninguna parte, y la única vía de acceso hasta él era a través del horno. Tirado en el suelo había un tablón de madera que habría tapado el agujero hasta que Ned, llevado por la excitación, le había dado un puntapié. Margery oyó voces, pero procedían del exterior, del patio de armas. Respiró tranquila; no los habían visto.
Se desplazó a gatas por el agujero y se puso de pie en el centro del reducido espacio. Ned la siguió. Ambos miraron alrededor con interés.
—Podríamos quedarnos aquí para siempre —aventuró Ned.
Sus palabras devolvieron a Margery a la realidad, y se dio cuenta de lo cerca que había estado de cometer un pecado mortal. El deseo concupiscente había estado a punto de hacerle perder su capacidad de distinguir entre el bien y el mal. Había escapado del pecado de milagro.
Su propósito al atraer a Ned allí había sido el de hablar con él, no el de besarlo.
—Ned, quieren obligarme a que me case con Bart. ¿Qué vamos a hacer?
—No lo sé —contestó él.
Rollo advirtió que Swithin estaba completamente borracho. El conde estaba despatarrado en un sillón frente al escenario improvisado, con una copa en la mano derecha. Una joven sirvienta le rellenó la copa, y mientras lo hacía, el conde le agarró el pecho con su mutilada mano izquierda. La muchacha gritó horrorizada y, al apartarse de golpe, derramó el vino; Swithin se echó a reír.
Un actor salió a escena y empezó a recitar un prólogo, explicando que para poder narrar una historia de arrepentimiento antes era necesario mostrar el pecado y disculparse de antemano por si alguien podía sentirse ofendido.
Rollo vio a su hermana, Margery, aparecer a hurtadillas en la sala junto a Ned Willard, y frunció el ceño con aire reprobatorio. Cayó en la cuenta de que habían aprovechado el juego de «cazar al ciervo» para verse a solas, y sin duda habrían aprovechado también para hacer sabe Dios qué temeridades.
Rollo no entendía a su hermana. Se tomaba la religión muy en serio, pero siempre había sido desobediente. ¿Cómo era eso posible? Para él, la esencia de la religión residía en la sumisión a la autoridad. Ahí radicaba precisamente el problema con los protestantes: se creían con derecho a tomar sus propias decisiones. Sin embargo, Margery era una católica devota.
En ese momento salió al escenario un personaje llamado Infidelidad, identificable gracias a una pieza de vestuario exageradamente grande y colocada encima de la bragueta. Guiñaba los ojos, miraba a derecha e izquierda y se tapaba la boca con disimulo para hablar, como asegurándose de que no lo oían los demás personajes. El público se reía al reconocer en él una versión desmedida de un tipo de persona que conocían muy bien.
La conversación con sir William Cecil había soliviantado a Rollo, pero ahora pensaba que tal vez había reaccionado con desmesura. Puede que la princesa Isabel fuese protestante, pero era demasiado pronto para preocuparse por ella; al fin y al cabo, la reina María Tudor solo tenía cuarenta y un años y gozaba de buena salud, más allá de los falsos embarazos, por lo que aún podía reinar varias décadas más.
María Magdalena subió al escenario. Evidentemente, aquella era la santa antes de su arrepentimiento. Se contoneaba enfundada en un vestido rojo, jugueteando con un collar y coqueteando con Infidelidad con la mirada. Llevaba los labios pintados de rojo con alguna especie de carmín.
Rollo se quedó muy sorprendido, porque no había visto a ninguna mujer entre los actores. Además, a pesar de que nunca en su vida había presenciado una representación teatral, estaba seguro de que las mujeres tenían prohibido actuar. La compañía parecía estar compuesta de cuatro hombres y un muchacho de unos trece años. Rollo frunció el ceño al mirar a María Magdalena, perplejo; en ese momento se le ocurrió que tenía la misma estatura y corpulencia que el muchacho.
Los espectadores empezaron a sospechar la verdad y se oyeron murmullos de admiración y sorpresa, pero Rollo también oyó exclamaciones de protesta, sofocadas pero claras, y al mirar alrededor vio que procedían del rincón desde el que Philbert Cobley y su familia estaban viendo la obra. Los católicos eran bastante laxos con las obras de teatro, siempre y cuando hubiese algún mensaje religioso, pero algunos de los ultraprotestantes estaban en contra de ellas. Que un varón se vistiera de mujer era precisamente la clase de cosa que solía despertar la más absoluta indignación entre ellos, sobre todo cuando el personaje femenino adoptaba una actitud seductora y sensual. Rollo vio que todos estaban muy serios, siguiendo el desarrollo de la obra con el gesto impertérrito, todos menos uno: el joven y brillante secretario de Philbert, Donal Gloster, que se reía tan abiertamente y con tantas ganas como los demás. Rollo y todos los jóvenes de la ciudad sabían que Donal estaba enamorado de la hija de Philbert, Ruth. Rollo supuso que Donal solo era protestante para ganarse el corazón de Ruth.
En el escenario, Infidelidad estrechó a María Magdalena entre sus brazos y le dio un lujurioso y prolongado beso. Aquello provocó un nuevo estallido de risas, carcajadas y silbidos, sobre todo entre el público masculino más joven, quienes para entonces ya habían descubierto que María era un chico.
Sin embargo, Philbert Cobley no le veía la gracia por ninguna parte. Era un hombre corpulento, bajo pero ancho de espaldas, con una calva incipiente y una barba descuidada. En ese momento tenía la cara roja como la grana, y blandía el puño en el aire gritando algo que no se podía oír. Al principio, nadie le prestó atención, pero cuando los actores interrumpieron el beso al fin y cesaron las risas, el público se volvió para localizar el origen de los gritos.
De pronto, Rollo vio como el conde Swithin se percataba del griterío y su rostro adoptaba una expresión enfurecida. «Aquí va a haber problemas», pensó.
Philbert dejó de gritar, dijo algo a su entorno más inmediato y se dirigió hacia la puerta. Su familia fue tras él. Donal también lo siguió, pero Rollo se dio cuenta de que lo hacía a regañadientes.
Swithin se levantó del sillón y se dirigió hacia ellos.
—¡Quedaos donde estáis! —vociferó—. No he dado permiso a nadie para que se marche.
Los actores se detuvieron y se volvieron para ver qué sucedía entre el público, un intercambio de papeles cuya ironía no pasó desapercibida para Rollo.
Philbert se detuvo y se dio media vuelta.
—¡No nos quedaremos en este palacio de Sodoma! —le gritó a Swithin, y siguió andando hacia la puerta.
—¡Protestante orgulloso y engreído! ¡Mirad cómo se pavonea! —gritó Swithin, y echó a correr hacia Philbert.
El hijo de Swithin, Bart, se interpuso en el camino de su padre, levantando una mano para apaciguarlo.
—Deja que se vayan, padre —dijo—. No merece la pena.
Swithin lo apartó a un lado de un empujón y cayó sobre Philbert.
—¡Te mataré, por Cristo en la cruz!
Lo agarró del cuello y empezó a estrangularlo. Philbert cayó de rodillas y Swithin se inclinó sobre él, atenazándolo con fuerza pese a su mutilada mano.
Todos empezaron a gritar. Varios hombres y mujeres tiraron de las mangas de Swithin, tratando de apartarlo de Philbert, pero tenían miedo de hacer daño a un conde, aunque estuviese a punto de cometer un asesinato. Rollo se mantuvo al margen, pues le traía sin cuidado si Philbert vivía o moría.
Ned Willard fue el primero en actuar con decisión. Pasó el brazo derecho alrededor del cuello de Swithin, encajando la parte interna del codo bajo el mentón del conde, y tiró hacia arriba y hacia atrás. Swithin no pudo hacer otra cosa más que apartarse y soltar el cuello de Philbert.
Rollo recordó que Ned siempre había sido así; ya incluso de muy pequeño, en la escuela, era un niño desvergonzado y peleón, dispuesto a desafiar a los muchachos mayores, y él se había visto obligado a enseñarle más de una lección con la vara. Luego Ned había madurado y le habían crecido las manos y los pies, y a pesar de que aún era más bajo de estatura que la media, los chicos mayores habían aprendido a sentir respeto por sus puños.
En ese momento Ned soltó a Swithin y, muy sabiamente, se alejó, mezclándose de nuevo entre la multitud. Furioso, Swithin se dio media vuelta para buscar a su atacante, pero no podía saber quién había sido. Tarde o temprano acabaría averiguándolo, supuso Rollo, pero para entonces ya estaría sobrio.
Philbert se levantó, frotándose el cuello, y se encaminó hacia la puerta con paso tambaleante, sin que Swithin lo viera.
Bart cogió a su padre del brazo.
—Vamos a tomar otra copa de vino y a ver la obra —dijo—. Dentro de un momento aparecerá la Concupiscencia Carnal.
Philbert y su familia llegaron a la puerta.
Swithin se quedó mirando a Bart con gesto colérico durante largo rato. Al parecer, había olvidado con quién se suponía que estaba enfadado.
Los Cobley abandonaron la sala y la enorme puerta de roble se cerró con estruendo a su espalda.
—¡Que continúe la obra! —gritó el conde.
Los actores reanudaron su representación.
Pierre Aumande se ganaba la vida aliviando a los parisinos del exceso de dinero, tarea que en días como aquel, entre festejos y celebraciones, resultaba extremadamente fácil.
Todo París estaba exultante: el ejército francés había conquistado Calais, recuperando la ciudad de manos de los bárbaros ingleses que habían conseguido hacerse con ella doscientos años atrás. En todas y cada una de las tabernas de la ciudad los hombres bebían a la salud del Acuchillado, duque de Guisa, el gran general que había borrado la antigua mancha del orgullo nacional.
La taberna de Saint-Étienne, en el barrio llamado Les Halles, no era ninguna excepción. En un extremo de la sala, un pequeño grupo de jóvenes jugaba a los dados y brindaba a la salud del Acuchillado cada vez que alguien ganaba. Junto a la puerta había una mesa de hombres de armas celebrando los acontecimientos como si ellos mismos hubieran conquistado Calais. En una esquina, una prostituta se había desplomado sobre una mesa y el pelo se le estaba empapando en un charco de vino.
Ese tipo de celebraciones suponía una oportunidad de oro para los hombres como Pierre.
Era estudiante en la Universidad de la Sorbona y había explicado a sus compañeros que gozaba de una generosa asignación por parte de sus padres, cuyo hogar se encontraba en la región de la Champaña. En realidad su padre no le daba nada, y su madre se había gastado los ahorros de una vida en un conjunto de ropa nueva para que él pudiera lucirla en París, de modo que estaba sin blanca. Daban por sentado que Pierre se mantendría gracias a trabajos de escribiente como copiar documentos legales, igual que muchos estudiantes. No obstante, él se costeaba de otro modo el derroche a manos llenas que exigían los placeres que ofrecía la ciudad. Ese día llevaba un jubón a la moda de paño azul con unos cortes que dejaban ver el forro de seda blanca de debajo. Ropas así no podrían pagarse copiando documentos ni durante un año entero.
Mientras observaba la partida de dados, dedujo que los jugadores debían de ser hijos de ciudadanos prósperos: joyeros, abogados y maestros constructores. Uno de ellos, Bertrand, barría con todo. Al principio Pierre sospechó que Bertrand era un estafador como él y lo observó con detalle, intentando descubrir cómo hacía las trampas. Sin embargo, al final resolvió que no había treta alguna; Bertrand, simplemente, gozaba de una racha de buena suerte.
Lo cual brindó a Pierre su oportunidad.
Cuando Bertrand hubo ganado un poco más de cincuenta livres, las libras francesas, sus amigos salieron de la taberna con los bolsillos vacíos. Entonces pidió una botella de vino y una ración de queso, y en ese momento intervino Pierre.
—El primo de mi abuelo era muy afortunado, como vos —dijo con aquel tono afable y despreocupado que en el pasado le había prestado tan buen servicio—. Siempre que jugaba, ganaba. Luchó en Marignano y sobrevivió. —Pierre se inventaba la historia a medida que la contaba—. Se casó con una muchacha pobre, porque era bella y la amaba, y luego heredó un molino de un tío suyo. Tuvo un hijo que llegó a ser obispo.
—Yo no siempre tengo suerte.
Bertrand no era tonto del todo, pensó Pierre, aunque probablemente sí lo bastante ingenuo.
—Seguro que hubo alguna muchacha a quien parecíais no gustarle hasta que un buen día os besó.
Pierre sabía que muchos hombres habían vivido una experiencia así durante la adolescencia, pero Bertrand creyó que la perspicacia de Pierre era asombrosa.
—¡Sí! —exclamó—. Clotilde… ¿Cómo lo habéis adivinado?
—Ya os lo he dicho, sois muy afortunado. —Se inclinó para acercarse y habló en voz más baja, como si le estuviera confiando un secreto—. Un día, cuando el primo de mi abuelo era anciano, un mendigo le reveló el secreto de su buena fortuna.
Bertrand fue incapaz de resistirse.
—¿Cuál era?
—El mendigo le dijo así: «Cuando vuestra madre os tenía en su vientre, me dio una moneda, y por eso durante toda la vida os ha sonreído la buena fortuna». Es la verdad.
Bertrand se mostró decepcionado, pero Pierre levantó un dedo en el aire, cual mago a punto de ejecutar un truco.
—En ese momento el mendigo se despojó de sus ropas miserables y le enseñó que era… ¡un ángel!
Bertrand parecía escéptico y atemorizado a partes iguales.
—El ángel bendijo al primo de mi abuelo antes de marcharse volando al Cielo. —Pierre bajó la voz hasta convertirla en un susurro—. Creo que vuestra madre le dio limosna a un ángel.
—Puede ser —respondió Bertrand, que no estaba del todo borracho.
—¿Es tal su naturaleza? —preguntó Pierre, consciente de que pocos hombres responderían que no a una pregunta así.
—Mi madre es una santa.
—Ya lo veis.
Pierre pensó un instante en su propia madre y en lo decepcionada que se sentiría si supiera que su modo de ganarse la vida era estafando dinero al prójimo. «Bertrand lo está pidiendo a gritos —se imaginó justificándose—; es un jugador y un borracho.» Sin embargo, la excusa no satisfizo a su madre ni siquiera en el plano imaginario.
Apartó la idea de su mente; no era momento para dudar de sí mismo. Bertrand estaba empezando a morder el anzuelo, de modo que Pierre prosiguió.
—Hubo un hombre mayor que vos, y que no es vuestro padre, que os aconsejó sabiamente por lo menos una vez.
Bertrand abrió los ojos con gran sorpresa.
—Nunca comprendí por qué monsieur Larivière me había prestado tanta ayuda.
—Lo envió vuestro ángel de la guarda. ¿En alguna ocasión os habéis librado por muy poco de resultar herido o muerto?
—Una vez, cuando tenía cinco años, decidí cruzar el río para regresar a mi hogar. Estuve a punto de ahogarme, pero un fraile que pasaba por allí me salvó.
—No era ningún fraile, era vuestro ángel de la guarda.
—Es asombroso… ¡Tenéis razón!
—Vuestra madre ayudó a un ángel disfrazado, y desde entonces ese ángel ha estado velando por vos. Os lo digo yo.
Pierre aceptó una copa de vino y un pedazo de queso. La comida que no había que pagar era siempre bienvenida.
Estaba estudiando para ser sacerdote porque era un modo directo de ascender en la escala social. Con todo, a los pocos días de ingresar en la universidad, se dio cuenta de que ya de entrada los alumnos estaban divididos en dos grupos con destinos radicalmente distintos. Los jóvenes hijos de nobles y ricos mercaderes se convertirían en abades y obispos (nada menos); algunos incluso sabían de antemano qué abadía o qué diócesis, dotada de buenos fondos, regirían, pues tales cargos eran en realidad propiedad privada de una determinada familia. Por contra, los inteligentes hijos de médicos de provincias y mercaderes de vino se convertirían en párrocos rurales.
Pierre pertenecía al segundo grupo, pero estaba decidido a unirse al primero.
Al principio la división era apenas perceptible, y durante aquellos primeros días Pierre se había pegado con determinación a la élite. Enseguida perdió su acento regional y aprendió a hablar con el deje característico de los aristócratas. Tuvo un golpe de suerte cuando el acaudalado vizconde de Villeneuve, que por despiste había salido de casa sin blanca, le pidió que le prestara veinte libras hasta el día siguiente. Era todo el dinero con que contaba Pierre, pero le pareció una oportunidad única, así que se lo entregó a Villeneuve sin darle ninguna importancia. El vizconde olvidó pagarle al día siguiente.
Pierre estaba desesperado, pero no dijo nada. Esa noche cenó gachas porque no podía permitirse el pan. Sin embargo, Villeneuve olvidó pagarle también al cabo de dos días.
Pierre siguió sin decir nada. Sabía que si le pedía que le devolviera el dinero, Villeneuve y sus amigos comprenderían de inmediato que en realidad no era uno de ellos, y su aceptación era algo que ansiaba más que disponer de comida.
Había pasado un mes cuando el joven noble se dirigió a él con tono lánguido.
—¿Sabes, Aumande? Diría que no he llegado a devolverte las veinte libras, ¿verdad?
Haciendo un enorme acopio de voluntad, Pierre respondió:
—Querido compañero, no tengo ni idea. Olvídalo, por favor. —Y tuvo la inspiración de añadir—: Es obvio que necesitabas ese dinero.
Los otros estudiantes se habían echado a reír, puesto que sabían lo rico que era Villeneuve, y el ingenio de Pierre había afianzado su posición como miembro del grupo.
Cuando Villeneuve le entregó un puñado de monedas de oro, él las dejó caer en su bolsillo sin siquiera contarlas.
Lo aceptaron, pero eso implicaba que debía vestir como ellos, alquilar carruajes para los desplazamientos, jugar sin límites y pedir comida y bebida en las tabernas como si pagarlas no le supusiera nada.
Pierre siempre pedía dinero prestado, lo devolvía solo cuando no tenía más remedio e imitaba la mala memoria de Villeneuve para los asuntos económicos. Con todo, a veces necesitaba obtener dinero contante y sonante, y por ello agradecía al Cielo que existieran los memos como Bertrand.
Lentamente pero con aplomo, mientras Bertrand iba vaciando la botella de vino, Pierre introdujo en la conversación la excepcional oportunidad de compra.
Cada vez se trataba de algo distinto. Ese día se sacó de la manga a un alemán con pocas luces —el tonto de la historia siempre era extranjero— que había heredado joyas de una tía suya y quería vendérselas a Pierre por cincuenta libras, ajeno al hecho de que su valor equivalía a cientos. Pierre no tenía cincuenta libras, le dijo a Bertrand, pero cualquiera que dispusiera del dinero podría multiplicar esa cantidad por diez. La historia no tenía que ser muy creíble, pero la forma de contarla era crucial. Pierre tenía que parecer reacio a aceptar que Bertrand se implicara en el trato, nervioso por la idea de que este comprara las joyas, molesto ante su propuesta de que aceptara las cincuenta libras que había ganado en el juego y se marchara para efectuar la compra de su parte.
Bertrand estaba suplicando a Pierre que aceptara el dinero, y este se disponía a guardárselo en el bolsillo y desaparecer de la vida de aquel hombre para siempre cuando, de pronto, la viuda Bauchene entró en el local.
Pierre trató de conservar la calma.
En París había trescientas mil personas, y nunca pensó que el riesgo de tropezarse accidentalmente con alguna de sus antiguas víctimas fuera muy elevado, sobre todo porque procuraba mantenerse alejado de los lugares que estas solían frecuentar. Había tenido muy mala suerte.
Se volvió de espaldas, pero no fue lo bastante rápido y entonces la mujer lo vio.
—¡Tú! —gritó, señalándolo.
A Pierre le entraron ganas de asesinarla.
Era una mujer atractiva de unos cuarenta años, con una amplia sonrisa y un cuerpo voluptuoso. Le doblaba la edad a Pierre, pero este la había seducido con gusto. A cambio, ella se había volcado en enseñarle formas de hacer el amor por él desconocidas y, lo más importante, le prestaba dinero siempre que se lo pedía.
Cuando su aventura amorosa empezó a perder interés, ella se hartó de darle dinero. En ese momento cualquier mujer casada habría puesto fin a tanto derroche y habría cortado la relación diciéndose que la lección le había costado cara, ya que no podía destapar el engaño de Pierre porque ello significaría confesar su adulterio. Sin embargo, en el caso de una viuda era distinto. Pierre pudo comprobarlo cuando madame Bauchene se volvió en su contra, puesto que se despachó a gusto con todo aquel dispuesto a escuchar sus quejas.
¿Existía alguna forma de evitar que levantara sospechas en Bertrand? Era difícil, pero había conseguido cosas más insólitas.
Tenía que hacerla salir de esa taberna lo más rápido posible.
Se dirigió a Bertrand en voz baja:
—Esa pobre mujer está como un cencerro. —Dicho esto, se puso en pie, hizo una reverencia y añadió con un tono glacial puramente cortés—: Madame Bauchene, estoy a vuestro servicio, como siempre.
—En tal caso, devuélveme las ciento doce libras que me debes.
Qué contratiempo. Pierre deseaba fervientemente mirar a Bertrand para poder evaluar su reacción, pero eso delataría su nerviosismo, por lo que se contuvo y no lo hizo.
—Os entregaré el dinero mañana por la mañana, si tenéis la deferencia de mencionar un lugar.
—¡Me habéis dicho que no disponéis siquiera de cincuenta libras! —exclamó Bertrand, tambaleándose.
La cosa se estaba poniendo cada vez peor.
—¿Por qué esperar a mañana? ¿Qué problema hay en que sea ahora? —dijo madame Bauchene.
Pierre se esforzó por conservar su aparente indiferencia.
—¿Quién lleva tanto oro en su bolsa?
—Eres un mentiroso de tomo y lomo —respondió la viuda—, pero a mí ya no me engañas.
Pierre oyó que Bertrand soltaba un gruñido de sorpresa; estaba empezando a atar cabos. No obstante, él siguió intentándolo. Se puso muy tieso y se hizo el ofendido.
—Madame, estáis hablando con Pierre Aumande de Guisa. Tal vez reconozcáis el nombre de mi familia, así que sed tan amable de dar por seguro que nuestro honor no permite engaño alguno.
Uno de los hombres sentado a la mesa que había junto a la puerta y que bebía a la salud de «Calais para los franceses», levantó la cabeza y miró a Pierre con severidad. El hombre había perdido la mayor parte de la oreja derecha en una batalla, y Pierre, al verlo, sufrió unos instantes de desazón, pero tenía que concentrarse en la viuda.
—Tu nombre no sé cuál es, pero honor no tienes ninguno, bribón. Quiero mi dinero.
—Lo tendréis, os lo aseguro.
—Pues llévame a tu casa ahora.
—Temo que no puedo daros gusto. Mi madre, madame de Châteauneuf, no os consideraría una huésped adecuada.
—Tu madre no se llama madame de nada —se burló la viuda.
—Creía que erais estudiante y vivíais en la residencia universitaria —intervino Bertrand, que parecía más sobrio a cada minuto que pasaba.
«Se acabó lo que se daba», se dijo Pierre. Había perdido su oportunidad con Bertrand.
—Podéis iros al infierno —exclamó furioso, volviéndose hacia el hombre antes de dirigirse de nuevo a madame Bauchene, y sintió una punzada de nostalgia por su cuerpo cálido y prieto y su alegre lascivia, pero endureció el corazón—. Y vos también —le dijo, cubriéndose con la capa.
Menuda pérdida de tiempo. Al día siguiente, tendría que volver a empezar de cero. Pero… ¿y si se tropezaba con otra de sus antiguas víctimas? Se puso de mal humor, qué noche tan penosa. Se oyeron nuevos vítores por «Calais para los franceses». «Al diablo con Calais», pensó Pierre, y se dirigió a la puerta.
Para su sorpresa, el hombre de armas con la oreja mutilada se había puesto de pie y le bloqueaba el paso.
«Por el amor de Dios, qué ocurre ahora», pensó Pierre.
—Hazte a un lado —le dijo al hombre con tono altivo—. Esto no tiene nada que ver contigo.
El hombre se quedó donde estaba.
—Te he oído decir que tu nombre es Pierre Aumande de Guisa.
—Así es, o sea que será mejor que te apartes de mi camino si no quieres tener problemas con mi familia.
—La familia de Guisa no me causará ningún problema —dijo el hombre con una calma y una confianza que turbaron a Pierre—. Mi nombre es Gaston Le Pin.
Pierre se planteó apartar al hombre de un empujón y largarse corriendo, por lo que lo miró de arriba abajo. Le Pin tenía unos treinta años y era más bajo que Pierre pero ancho de espaldas. Tenía unos ojos azules de mirada severa. La oreja mutilada daba a entender que no le resultaba desconocida la violencia, de modo que no sería fácil apartarlo de un empujón.
Pierre se esforzó por mantener el tono de superioridad.
—¿Y qué quieres decir con eso, Le Pin?
—Que trabajo para la familia de Guisa. Soy el jefe de la guardia.
Pierre se vino abajo.
—Y te detengo en nombre del duque de Guisa por hacer uso fraudulento de un nombre aristocrático.
—¡Lo sabía! —exclamó la viuda Bauchene.
—Buen señor, debéis saber que…
—Guárdate las palabras para el juez —soltó Le Pin con aire desdeñoso—. Rasteau, Brocard, prendedlo.
Sin que Pierre lo advirtiera, dos de los hombres de armas sentados a la mesa se habían levantado y se habían situado silenciosamente junto a él, uno a cada lado. Lo cogieron por los brazos, y a Pierre sus manos se le antojaron correas de acero, por lo que no se molestó en forcejear. Le Pin hizo una señal afirmativa con la cabeza y los hombres salieron de la taberna llevándose a Pierre.
—¡Ojalá te cuelguen! —oyó gritar a la viuda.
Estaba oscuro, pero las estrechas calles llenas de recovecos bullían con la presencia de juerguistas y el ruido de los cantos patrióticos y los gritos de «¡Larga vida al Acuchillado!».
Rasteau y Brocard avanzaban deprisa, y Pierre tenía que espabilarse para seguirles el ritmo y evitar que lo arrastraran por las calles.
Le aterrorizaba pensar qué castigo podían imponerle; hacerse pasar por un noble era un delito muy grave. Además, aunque saliera relativamente airoso, ¿qué futuro le esperaba? Era posible que encontrara a otros ingenuos como Bertrand, y a mujeres casadas a las que seducir; pero a cuantas más personas engañara, más probabilidades había de que estas acabaran pidiéndole explicaciones. ¿Cuánto tiempo podría mantener ese estilo de vida?
Echó un vistazo a los guardias. Rasteau, el mayor con una diferencia de cuatro o cinco años, no tenía nariz, tan solo dos agujeros rodeados de piel enquistada que formaba una cicatriz, sin duda resultado de una pelea con cuchillos. Pierre aguardó a que empezaran a aburrirse y dejaran de sujetarlo con tanta firmeza para poder soltarse, echar a correr y perderse entre la multitud, pero ambos seguían alerta y pendientes de cualquiera de sus movimientos, agarrándolo con fuerza.
—¿Adónde me lleváis? —preguntó, pero los hombres no se molestaron en responderle. En vez de eso, estaban enfrascados en una conversación sobre luchas con espada que al parecer habían iniciado en la taberna.
—Olvídate del corazón —dijo Rasteau—. Es posible que la punta resbale sobre las costillas y no causes a tu rival más que un rasguño.
—¿Pues adónde apuntarías tú? ¿A la garganta?
—Es un blanco demasiado pequeño. Yo apuntaría al vientre. Una hoja bien clavada en el vientre no mata de inmediato a un hombre, pero lo paraliza porque el dolor es tan intenso que no puede pensar en nada más.
Soltó una risita chillona cuyo sonido resultaba inesperado al proceder de alguien de aspecto tan tosco.
Pierre pronto descubrió adónde iban. Torcieron en la rue Vieille du Temple. Pierre sabía que allí era donde la familia de Guisa había hecho construir su nuevo palacio, el cual ocupaba una manzana entera. A menudo soñaba con subir los pulidos escalones y entrar en el gran vestíbulo. Sin embargo, accedieron a la casa por la portezuela del jardín y la entrada de la cocina. Bajaron unas escaleras que conducían al sótano, donde olía a queso y se amontonaban cajas y barriles. Lo arrojaron sin miramientos dentro de una habitación y tras él la puerta se cerró de golpe. Oyó una barra deslizándose dentro de un soporte, y cuando intentó abrir la puerta, no pudo.
En la celda hacía frío y apestaba como la letrina de una taberna. En el pasillo, una vela proyectaba una tenue luz a través del ventanuco cubierto con una reja que había en la puerta. Observó el suelo de tierra y el techo abovedado de ladrillo. El único accesorio era un orinal que alguien había usado y no había llegado a vaciar; de ahí el hedor.
Resultaba asombroso con qué rapidez su vida se había venido abajo.
Dio por seguro que iba a pasar la noche allí, así que se sentó en el suelo y se recostó en la pared. Por la mañana lo llevarían ante un juez, de modo que tenía que pensar lo que le diría. Necesitaba idear alguna historia que soltar durante el juicio. Si lo hacía bien, tal vez se librara de un duro castigo.
Sin embargo, se encontraba demasiado abatido para inventarse algún cuento. No dejaba de preguntarse qué sucedería cuando todo aquello hubiera terminado. Disfrutaba mucho llevando aquella vida de miembro de la clase acaudalada: apostando y perdiendo dinero en peleas de perros, dando propinas exageradas a las taberneras, comprando guantes hechos con piel de cabritilla… Aquel estilo de vida lo mantenía en un estado de perpetua alegría y vitalidad que no iba a olvidar jamás.
¿Debía darlo por perdido?
Lo que más le complacía era la forma en que los demás lo habían aceptado. No tenían ni idea de que fuera bastardo e hijo de bastardo. No captaba la más mínima condescendencia en su trato; al contrario, a menudo pasaban a buscarlo de camino a alguna de sus escapadas de placer. Si por algún motivo se quedaba atrás mientras se desplazaban de una a otra de las tabernas del barrio universitario, alguno de ellos siempre decía: «¿Dónde está Aumande?». Entonces se detenían y esperaban a que los alcanzara. Al recordarlo en esos momentos, le entraron ganas de echarse a llorar.
Se arrebujó en su capa. ¿Sería capaz de dormir sobre el frío suelo? Cuando compareciera ante el tribunal, quería dar la impresión de ser un auténtico miembro de la familia de Guisa.
En su celda se hizo la luz. Oyó un ruido en el pasillo. Alguien desatrancó la puerta y la abrió de par en par.
—¡En pie! —exclamó una voz áspera.
Pierre se levantó apresuradamente.
De nuevo lo agarraron por el brazo con suficiente fuerza para disipar cualquier ilusión de poder escapar.
Gaston Le Pin aguardaba fuera de la celda. Pierre hizo acopio de su antigua arrogancia hecha pedazos.
—Imagino que vais a soltarme —dijo—. Exijo una disculpa.
—Cierra la boca —espetó Le Pin.
Lo guio por el pasillo hasta las escaleras de la parte de atrás de la casa, luego cruzaron la planta baja y subieron una amplia escalinata. El desconcierto de Pierre era absoluto: por una parte lo trataban como a un criminal, pero por la otra lo conducían a la planta noble del palacio como si fuera un invitado.
Le Pin lo hizo pasar a una sala en la que lucían una alfombra de motivos variados, unas gruesas cortinas con brocados multicolor y un gran cuadro sobre la chimenea que mostraba a una voluptuosa mujer desnuda. Dos hombres bien vestidos estaban sentados en sendos sillones tapizados, discutiendo en voz baja. Entre ellos había una pequeña mesa con una jarra de vino, dos copas y un plato lleno de frutos de cáscara, fruta desecada y galletitas. Los hombres ignoraron a los recién llegados y siguieron hablando sin prestar atención al hecho de que pudieran escucharlos.
No cabía duda de que eran hermanos, ambos de complexión agradable, pelo claro y barba rubia. Pierre los reconoció; eran los hombres más famosos de Francia después del rey.
Uno de ellos tenía unas tremendas cicatrices en ambas mejillas, las marcas de una lanza que había atravesado la boca de lado a lado. La leyenda decía que la punta de la lanza había quedado allí alojada, y que él había regresado a caballo hasta su tienda y ni siquiera había gritado cuando el cirujano retiró la hoja. Era Francisco, duque de Guisa, conocido como el Acuchillado. Faltaban pocos días para su trigésimo noveno cumpleaños.
El hermano más joven, nacido el mismo día cinco años más tarde, era Carlos, cardenal de Lorena. Vestía las ropas de vivo color púrpura propias de su cargo eclesiástico. Había sido nombrado arzobispo de Reims a la edad de catorce años, y gozaba de tantas posiciones lucrativas en la Iglesia que era uno de los hombres más ricos de Francia, con una renta anual que ascendía a la increíble cantidad de trescientas mil libras.
Pierre había soñado durante años con conocer a aquellos dos hombres, que eran los más poderosos de Francia sin contar, obviamente, a la familia real. En su fantasía lo apreciaban como consejero, hablaban con él casi de igual a igual y buscaban sus recomendaciones para las decisiones políticas, financieras e incluso militares.
En cambio, allí estaba, frente a ellos, acusado de ser un criminal.
Escuchó su conversación.
—El rey no ha terminado de recuperar su prestigio después de la derrota de San Quintín —dijo el cardenal Carlos en voz baja.
—Pero sin duda mi victoria en Calais ha resultado de ayuda —repuso el duque Francisco.
Carlos negó con la cabeza.
—Ganamos esa batalla, pero estamos perdiendo la guerra.
Pierre se sentía fascinado a pesar del miedo. Francia había luchado contra España por el dominio del reino de Nápoles y otros estados de la península italiana. Inglaterra se había aliado con España. Francia había conseguido recuperar Calais, pero no los estados italianos. El pacto no había resultado del todo ventajoso, aunque muy poca gente se atrevía a confesarlo abiertamente. Los dos hermanos tenían una confianza ciega en su poder.
Le Pin aprovechó una pausa para intervenir.
—Este es el impostor, mis señores.
Los hermanos levantaron la cabeza.
Pierre recobró la compostura. Había conseguido escabullirse de situaciones delicadas con anterioridad gracias a su discurso ágil y sus mentiras verosímiles. Se dijo que debía tomarse aquel problema como una oportunidad: si permanecía atento y conservaba la capacidad de pensar con rapidez, tal vez incluso saliera ganando con el encuentro.
—Buenas noches, mis señores —dijo dándose importancia—. Qué honor tan inesperado.
—Habla solo cuando te hablen, hijo de perra —le ordenó Le Pin.
Pierre se volvió hacia él.
—Abstente de utilizar palabras soeces en presencia del cardenal —dijo—. Si no, me encargaré de que recibas una lección.
Le Pin se irritó, pero no se atrevió a golpear a Pierre delante de sus señores.
Los dos hermanos intercambiaron una mirada, y Carlos enarcó una ceja, divertido. Pierre los había sorprendido de veras. Bien.
Fue el duque quien habló.
—Te has hecho pasar por un miembro de nuestra familia. Es una ofensa muy grave.
—Os pido disculpas humildemente. —Y antes de que ninguno de los dos hermanos pudiera responder, prosiguió—: Mi padre es hijo ilegítimo de una lechera de Thonnance-lès-Joinville. —Detestaba tener que contar esa historia porque era cierta y se avergonzaba de ello, pero estaba desesperado, de modo que continuó hablando—: Según la leyenda familiar, su amante era un apuesto joven de Joinville, un primo de la familia de Guisa.
El duque Francisco soltó un gruñido de escepticismo. La residencia de la familia de Guisa estaba en Joinville, en la región de la Champaña, y Thonnance-lès-Joinville se encontraba cerca, como indicaba su nombre. Sin embargo, muchas madres solteras culpaban de su estado a algún amante aristócrata. Aunque, por otra parte, lo cierto era que solían tener razón.
—Mi padre se educó en la Escuela de Gramática y se convirtió en sacerdote de una parroquia gracias a la recomendación del padre de vuestros ilustrísimos señores, cuya alma está en el Cielo; descanse en paz.
Pierre sabía que tal explicación era del todo creíble. Las familias nobles no reconocían abiertamente a sus bastardos, pero solían echarles una mano con la misma naturalidad con la que un hombre se agacharía para quitarle una espina clavada en una pata a un perro que cojea.
—¿Cómo es posible que seas el hijo de un sacerdote célibe? —preguntó el duque Francisco.
—Mi madre es su ama de llaves.
A los sacerdotes no les estaba permitido casarse, pero solían tener amantes, y «ama de llaves» era el eufemismo para designarlas.
—¡De modo que eres ilegítimo por partida doble!
Pierre se sonrojó, y la vergüenza que sentía era auténtica. No necesitaba fingir que se avergonzaba de su cuna. De todos modos, el comentario del duque también sirvió para animarlo, ya que daba a entender que empezaban a tomarse en serio su historia.
—Aunque tu leyenda familiar fuera cierta, no estarías autorizado a usar nuestro nombre, como bien debes de ver —dijo el duque.
—Sé que he obrado mal —reconoció Pierre—, pero toda mi vida he admirado a los De Guisa. Daría mi alma por poder seros útil. Ya sé que vuestro deber es castigarme, pero, por favor, en lugar de eso servíos de mí. Dadme una misión y la cumpliré con meticulosidad, lo juro. Haré cualquier cosa que me pidáis, cualquier cosa.
El duque sacudió la cabeza con aire desdeñoso.
—No logro imaginar qué servicio podrías hacernos.
Pierre estaba desesperado. Había puesto el alma y el corazón en su discurso… y había fracasado.
Entonces intervino el cardenal Carlos.
—Pensándolo bien, puede que haya una posibilidad.
A Pierre el corazón le dio un brinco, esperanzado.
El duque Francisco parecía algo molesto.
—¿En serio?
—Sí.
El duque hizo un gesto con la mano para indicarle «adelante».
—En París hay protestantes —dijo el cardenal Carlos, que era católico a ultranza, lo cual no era de sorprender dada la cantidad de riquezas que le proporcionaba la Iglesia.
Además tenía razón con respecto a los protestantes, pues aunque París era una ciudad eminentemente católica donde todos los domingos predicadores incendiarios arremetían desde sus púlpitos contra la herejía, había una minoría del pueblo dispuesta a escuchar las denuncias contra los sacerdotes que se beneficiaban de las rentas de su iglesia y no hacían nada por la congregación. Algunos sentían tal indignación ante el problema de la corrupción en las iglesias que corrían toda clase de riesgos y asistían a oficios protestantes clandestinos, a pesar de que tal cosa constituía delito.
Pierre simuló escandalizarse.
—¡Debería darse muerte a toda esa gente!
—Y así se hará —dijo Carlos—, pero primero tenemos que encontrarla.
—¡Yo me encargaré de eso! —se apresuró a exclamar Pierre.
—También quiero los nombres de sus esposas y sus hijos, sus amigos y todo aquel con quien se relacionen.
—Muchos de mis compañeros en la Sorbona tienen tendencias heréticas.
—Pregúntales dónde pueden adquirirse libros y panfletos críticos con la Iglesia.
Vender textos protestantes era un delito penado con la muerte.
—Dejaré caer algún comentario —dijo Pierre—. Fingiré que tengo sinceras dudas.
—Sobre todo, quiero saber en qué lugares se reúnen los protestantes para celebrar sus oficios blasfemos.
Pierre frunció el entrecejo, asaltado por un pensamiento. Seguramente la necesidad de disponer de esa información no era algo que hubiera sobrevenido a Carlos en los últimos minutos.
—Eminencia, seguro que disponéis ya de otras personas encargadas de tales indagaciones.
—No tienes por qué saber nada de ellos, ni ellos de ti.
De modo que Pierre formaría parte de un grupo de espías, no sabía cuán numeroso.
—¡Seré el mejor de todos!
—Si es así, recibirás una buena recompensa.
Pierre apenas daba crédito a su buena suerte. Se sentía tan aliviado que deseaba marcharse de inmediato, antes de que Carlos pudiera cambiar de opinión, pero tenía que transmitir serenidad y seguridad.
—Gracias por depositar vuestra confianza en mí, cardenal.
—Oh, por favor, no creas que confío en ti —respondió Carlos con un desdén que no se molestaba en disimular lo más mínimo—, pero en la tarea de exterminar a los herejes, uno se siente obligado a utilizar cuantos medios tenga al alcance.
Pierre no quería marcharse justo tras ese comentario. Necesitaba impresionar de algún modo a los hermanos. Recordó la conversación que mantenían cuando él entró y actuó obviando toda prudencia.
—Cardenal, estoy de acuerdo con lo que decíais sobre la necesidad de fomentar la buena reputación de Su Majestad el rey.
Daba la impresión de que Carlos no sabía si sentirse ofendido o tomarse la afrenta de Pierre por el lado gracioso.
—¿De verdad? —dijo.
Pierre se lanzó.
—Lo que necesitamos es una gran celebración, una muy vistosa y espléndida, para que la gente olvide la vergüenza de San Quintín.
El cardenal hizo una leve inclinación de cabeza, y Pierre, animado, prosiguió:
—Una boda real, por ejemplo.
Los hermanos se miraron el uno al otro.
—¿Sabes qué? Puede que este granuja tenga razón —opinó el duque Francisco.
Carlos asintió.
—He conocido a hombres mejores que entienden mucho menos de política.
Pierre estaba entusiasmado.
—Gracias, mi señor.
Entonces Carlos dejó de interesarse por él.
—Puedes retirarte —dijo, cogiendo la copa de vino.
Pierre dio un paso hacia la puerta, y entonces su mirada recayó en Le Pin. Asaltado por una idea, dio media vuelta.
—Eminencia —dijo, dirigiéndose a Carlos—, cuando tenga las direcciones donde los protestantes celebran sus oficios, ¿debo traéroslas a vos o entregarlas a uno de vuestros sirvientes?
El cardenal se detuvo con la copa en los labios.
—Estrictamente a mí en persona, sin excepción. Retírate —le ordenó, y bebió de su copa.
Pierre captó la mirada de Le Pin y sonrió con aire triunfal.
—Gracias, mi señor —dijo, y abandonó la sala.
Sylvie Palot había reparado el día anterior en el apuesto joven del mercado del pescado. No era un vendedor: iba demasiado bien vestido, con un jubón azul cuyas cuchilladas dejaban ver el forro de seda blanca. Ese día lo había visto comprar un poco de salmón, pero lo había hecho de forma despreocupada, sin el verdadero interés de quien va a comerse aquello que ha comprado. Y le había sonreído varias veces.
Le resultaba difícil no sentirse complacida.
Era un hombre bien parecido, con el pelo claro y una incipiente barba rubia. Le calculaba veinte años, tres más de los que tenía ella. Aparentaba una confianza en sí mismo que resultaba muy seductora.
Ella ya tenía un admirador. Entre las amistades de sus padres figuraba la familia Mauriac. Tanto el padre como el hijo eran de corta estatura, y lo compensaban con su talante alegre y bromista. El padre, Luc, era un hombre encantador y caía bien a todo el mundo, lo cual explicaba tal vez por qué tenía tanto éxito como consignatario, pero el hijo, Georges, que era el admirador de Sylvie, no le llegaba a la suela del zapato con sus bromas sosas y sus burdas ocurrencias. La verdad era que necesitaba que se largara lejos un par de años y madurara un poco.
Su nuevo admirador del mercado del pescado se dirigió a ella por primera vez una fría mañana de enero. Había nieve en la orilla del Sena y en el agua de los barriles de los pescaderos se formaban finas capas de hielo. Las gaviotas, que acumulaban el hambre del invierno, volaban en círculo sobre sus cabezas y graznaban llenas de frustración ante el espectáculo de tanta comida a la vista.
—¿Cómo se sabe si el pescado es fresco? —le preguntó el joven.
—Por los ojos —respondió ella—. Si los tiene turbios, es que es viejo. Los ojos deben ser transparentes.
—Como los tuyos —la alabó él.
Ella se echó a reír. Por lo menos tenía ingenio. Georges Mauriac solo sabía decir sandeces como «¿Te han besado alguna vez?».
—Y ábrele las agallas —añadió—. Por dentro tienen que ser rosadas y húmedas. Ay, madre mía… —Se llevó la mano a la boca porque acababa de darle pie a hacer un comentario obsceno sobre algo cuyo interior también era rosado y húmedo, y notó cómo se sonrojaba.
Él la miró con cierto regocijo, pero se limitó a decir:
—Lo tendré en cuenta.
Sylvie agradeció su tacto. No se parecía a Georges Mauriac, era evidente.
El joven permaneció junto a ella mientras compraba tres truchas pequeñas, el pescado favorito de su padre, y pagó por ellas un sueldo y seis dineros. Y se mantuvo a su lado cuando se alejó con el pescado en la cesta.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Sylvie.
—Pierre Aumande. Sé que tú eres Sylvie Palot.
—¿Me has estado observando? —le preguntó Sylvie; le gustaba ir al grano.
Él vaciló un momento, con aire avergonzado.
—Sí, supongo que así es —dijo a continuación.
—¿Por qué?
—Porque eres muy guapa.
Sylvie sabía que gozaba de un rostro agradable y transparente, de tez limpia y ojos azules, pero no estaba segura de ser guapa, de modo que preguntó:
—¿Eso es todo?
—Eres muy perspicaz.
O sea que había algo más. No pudo evitar sentirse decepcionada. Qué vanidad por su parte creer, siquiera por unos instantes, que lo había cautivado con su belleza. Tal vez, después de todo, acabara con Georges Mauriac.
—Será mejor que me lo cuentes —dijo, intentando no revelar su desilusión.
—¿Has oído hablar alguna vez de Erasmo de Rotterdam?
Por supuesto que había oído hablar de él. Sylvie notó que se le erizaba el vello de los brazos. Por unos minutos había olvidado que su familia y ella eran criminales, y que podían ser ejecutados por ello si los prendían, pero en ese instante el temor de la familia se hizo patente de nuevo.
No era tan tonta como para contestar a esa pregunta, por mucho que quien la hubiera formulado fuera un hombre de ensueño. Al cabo de un momento se le ocurrió una respuesta evasiva.
—¿Por qué me lo preguntas?
—Soy un estudiante de la universidad. Allí nos enseñan que Erasmo es un hombre malvado, el padre del protestantismo, pero a mí me gustaría leer sus obras para formarme una opinión propia. En la biblioteca no disponen de sus libros.
—¿Y por qué iba yo a saber de esas cosas?
Pierre se encogió de hombros.
—Tu padre es impresor, ¿no?
La había estado observando, eso resultaba obvio, pero era imposible que supiera la verdad.
A Sylvie y a su familia Dios les había encomendado una misión. Su sagrado deber era ayudar a que sus compatriotas conocieran la verdadera religión, cosa que hacían vendiendo libros; sobre todo la Biblia, en francés, desde luego, para que todo el mundo pudiera comprenderla con facilidad y darse cuenta de lo equivocada que estaba la Iglesia católica, pero también discursos escritos por hombres sabios como Erasmo, que explicaban las cosas claramente a aquellos lectores acaso demasiado lentos para sacar las conclusiones apropiadas sin ayuda.
Cada vez que vendían uno de esos libros corrían un riesgo tremendo: el castigo era la muerte.
—¿Qué es lo que te hace pensar que vendemos esa clase de textos? ¡Va contra la ley!
—Uno de mis compañeros de la universidad creía que cabía esa posibilidad, eso es todo.
De modo que solo se trataba de un rumor, aunque eso en sí ya era lo bastante preocupante.
—Bueno, pues, por favor, dile que no lo hacemos.
—De acuerdo.
Pierre parecía decepcionado.
—¿No sabes que los locales de los impresores deben poder ser registrados en cualquier momento en busca de libros ilegales? Nuestra imprenta ha sido inspeccionada varias veces, y nuestra reputación no tiene mácula.
—Felicidades.
Caminó un poco más a su lado antes de detenerse.
—Ha sido un placer conocerte, de todos modos.
—Un momento —dijo entonces Sylvie.
La mayoría de los que compraban publicaciones prohibidas eran personas a quienes ya conocían, hombres y mujeres que rezaban a su lado durante los oficios ilícitos celebrados en lugares discretos. Otros pocos llegaban por recomendación de algún conocido correligionario. Incluso esos eran peligrosos; si los detenían y los torturaban, probablemente acabarían contándolo todo.
Sin embargo, los protestantes debían correr un riesgo aún mayor y hablar con extraños acerca de su fe, ya que era el único modo de dar a conocer el Evangelio. El trabajo que a Sylvie correspondía en la vida era convertir a católicos, y acababa de presentársele la oportunidad de hacer precisamente eso. Si permitía que Pierre se marchara, tal vez no volvería a verlo nunca más.
El joven parecía sincero y se había acercado a ella con cautela, como si de verdad tuviera miedo. No daba la impresión de ser un bocazas ni de querer burlarse, no era un idiota ni un borracho; no se le ocurría ninguna excusa para rechazarlo.
¿Cabía la posibilidad de que estuviera un poco más dispuesta de lo habitual a correr riesgos porque el futuro converso era un joven que parecía sentirse atraído hacia ella? Se dijo que esa cuestión carecía de importancia.
Tenía que jugarse la vida y rezar para que Dios la protegiera.
—Ven esta tarde a la tienda —dijo—. Tráete cuatro libros y compra un ejemplar de La gramática del latín. Hagas lo que hagas, no menciones a Erasmo.
—De acuerdo —dijo Pierre, aunque parecía sorprendido ante la repentina determinación de la muchacha.
—Pues entonces nos encontraremos de nuevo en el mercado del pescado al caer la tarde. —La orilla del río estaría desierta a esas horas—. Y tráete La gramática.
—Y luego, ¿qué?
—Luego, confía en Dios.
Dio media vuelta y se alejó sin esperar respuesta.
De camino a casa, rezó para haber hecho lo correcto.
París estaba dividida en tres partes: la más grande, llamada la Ville, ocupaba la zona al norte del río Sena, conocida como la orilla derecha. El asentamiento menor al sur del río, en la margen izquierda, se llamaba Universidad, o a veces Quartier Latin debido a todos los estudiantes que hablaban esa lengua. La isla que quedaba en medio recibía el nombre de Île de la Cité, y ahí era donde vivía Sylvie.
Su casa se encontraba a la sombra de la gran catedral de Notre-Dame. La planta baja la ocupaban la tienda y los libros guardados en armarios con puertas de malla, cerrados con llave. Sylvie y sus padres vivían arriba. En la parte trasera estaba la imprenta. Sylvie y su madre, Isabelle, se ocupaban por turnos de la tienda, mientras su padre, Gilles, que no era buen dependiente, trabajaba con ahínco en el taller.
Sylvie frio las truchas con cebolla y ajo en la cocina de la planta superior y puso el pan y el vino en la mesa. Su gato, Fifi, apareció de la nada. Sylvie le dio la cabeza de una trucha y el gato se la comió con delicadeza, empezando por los ojos. Sylvie estaba preocupada por lo acontecido esa mañana. ¿Aparecería el estudiante? ¿O en su lugar se presentaría un ayudante del juez con un grupo de hombres de armas, para prender a toda la familia acusándolos de herejía?
Sylvie sirvió a Gilles, que comió primero. Era un hombre corpulento, de brazos y hombros fuertes a causa del trabajo físico de tener que levantar las pesadas placas de roble llenas de tipos de imprenta, fabricados con una aleación de plomo. Si estaba de mal humor podía mandar a Sylvie a la otra punta de la sala de un solo manotazo, pero la trucha era hojaldrada y tierna, y el hombre se encontraba en una disposición jovial.
Cuando su padre hubo terminado, Sylvie esperó sentada en la tienda mientras Isabelle comía y luego cambiaron de lugar, pero la muchacha no tenía apetito.
Después de la hora de comer, Sylvie regresó a la tienda. Dio la casualidad de que no había clientes, e Isabelle la interpeló de inmediato.
—¿Por qué estás tan preocupada?
Sylvie le contó su encuentro con Pierre Aumande.
Isabelle se puso nerviosa.
—Deberías haber vuelto a quedar con él para averiguar más cosas antes de pedirle que viniera a la tienda.
—Ya lo sé, pero ¿qué excusa tenía para querer volver a verlo?
Isabelle le dirigió una mirada pícara.
—No se me da bien coquetear, ya lo sabes. Lo siento.
—Me alegro —dijo Isabelle—. Eso te pasa por ser demasiado sincera. De todos modos debemos correr riesgos, es nuestra cruz.
—Espero que no sea de los que sufren ataques repentinos de culpabilidad y se lo sueltan todo a su confesor.
—Más posibilidades hay de que se asuste y se eche atrás. Es probable que no vuelvas a verlo nunca.
No era eso lo que Sylvie esperaba que ocurriera, pero no lo dijo.
La conversación se vio interrumpida por un cliente. Sylvie lo miró con curiosidad; la mayoría de las personas que entraban en la tienda iban bien vestidas, pues los pobres y los harapientos no podían permitirse comprar libros. Las ropas de aquel joven todavía podían usarse, pero eran sencillas y estaban muy desgastadas. Su grueso abrigo tenía manchas de haber andado de acá para allá, y sus fuertes botas estaban cubiertas de polvo. Debía de ser algún viajero de paso por la ciudad. Parecía fatigado e inquieto, y Sylvie sintió una punzada de compasión.
—Quisiera hablar con Gilles Palot —dijo con acento forastero.
—Iré a buscarle —se ofreció Isabelle, y se dirigió al taller de la trastienda.
Sylvie sentía curiosidad. ¿Qué querría aquel viajero de su padre, si no era comprar un libro?
—¿Habéis recorrido un largo camino? —lo tanteó.
Antes de que el hombre pudiera responder entró otro cliente. Sylvie reconoció que se trataba de un clérigo de la catedral. Ella y su madre tenían buen cuidado de mostrarse reverentes y serviciales con los sacerdotes. Gilles no lo hacía, pero se mostraba gruñón con todo el mundo.
—Buenas tardes, arcediano Raphael; nos alegramos mucho de veros por aquí, como siempre.
De repente, el joven de la capa mugrienta pareció sentirse molesto, y Sylvie se preguntó si tendría algún motivo para sentir aversión por los arcedianos.
—¿Tenéis algún ejemplar de los Salmos? —preguntó Raphael.
—Desde luego.
Sylvie abrió uno de los armarios cerrados con llave y sacó una versión en latín, dando por sentado que Raphael no deseaba la traducción al francés, ni siquiera la que había sido aprobada por la facultad de teología de la Sorbona. Supuso que el arcediano iba a comprar un regalo, pues él ya debía de tener la Biblia entera.
—Este será un bonito regalo —dijo—. El labrado de la cubierta está hecho con pan de oro, y la impresión es en dos colores.
Raphael pasó las páginas.
—Me complace en alto grado.
—Cinco libras —dijo Sylvie—, un precio muy razonable.
Era una pequeña fortuna para la gente corriente, pero los arcedianos no eran gente corriente.
En ese momento entró un tercer cliente, y Sylvie reconoció a Pierre Aumande. Sintió un ligero rubor de satisfacción al ver su rostro sonriente, aunque esperaba tener razón al haberlo considerado discreto; si empezaba a hablar de Erasmo delante de un arcediano y de un misterioso desconocido, sería una catástrofe.
Su madre salió de la parte trasera del local y se dirigió al viajero.
—Mi marido estará con vos en un momento. —Al ver que Sylvie estaba atendiendo al arcediano, se volvió hacia el otro cliente—. ¿Hay algo en que pueda serviros, señor?
Sylvie captó la atención de su madre y abrió un poco los ojos en señal de advertencia para indicarle que el recién llegado era el estudiante de quien le había estado hablando. Isabelle respondió con una inclinación de cabeza apenas perceptible, dando a entender que lo había comprendido. Madre e hija se habían vuelto unas expertas en comunicarse sin palabras, puesto que vivían con Gilles.
—Necesito un ejemplar de La gramática del latín.
—Enseguida.
Isabelle se dirigió al armario correspondiente, dio con el libro y lo llevó hasta el mostrador.
Gilles emergió de la trastienda. Había tres clientes, dos de los cuales estaban siendo atendidos, de modo que dio por sentado que quien había requerido su presencia era el tercero.
—¿Sí? —preguntó.
Los modales del hombre eran, por lo general, bruscos, por eso Isabelle intentaba mantenerlo alejado de la tienda.
El viajero vaciló; parecía incómodo.
—¿Preguntabais por mí? —dijo Gilles, impaciente.
—Mmm… ¿Disponéis de un libro de historias de la Biblia en francés, con ilustraciones?
—Por supuesto que sí —respondió Gilles—. Es el libro que más vendo. Pero podríais habérselo pedido a mi esposa en lugar de hacer que abandonara los trabajos de imprenta para acudir aquí.
Sylvie pensó, y no por primera vez, que ojalá su padre fuera más agradable con los clientes. Sin embargo, resultaba extraño que el viajero hubiera preguntado por él para luego pedir algo tan corriente. Miró a su madre y observó que torcía ligeramente el gesto, lo cual era indicativo de que también Isabelle había reparado en algo que no encajaba.
Se dio cuenta de que Pierre estaba escuchando la conversación, al parecer tan intrigado como ella misma.
—La gente debe oír las historias de la Biblia de boca de sus párrocos —dijo el arcediano de mal humor—. Si empiezan a leerla por su cuenta, seguro que acabarán haciéndose una idea equivocada. —Dejó unas monedas de oro sobre el mostrador para pagar los Salmos.
«O tal vez acabarán por hacerse una idea acertada», se dijo Sylvie. En los tiempos en que la gente corriente no podía leer la Biblia, los párrocos tenían poder para explicar cualquier cosa, y eso era lo que querían. Les aterraba que la luz de la palabra de Dios brillara en sus enseñanzas y sus prácticas.
Pierre adoptó un tono adulador.
—Tenéis razón, reverencia…, si se le permite expresar su opinión a un humilde estudiante. Debemos mantenernos firmes, o cada zapatero y cada tejedor terminará por formar una secta propia.
Se creía que los artesanos independientes, tales como los zapateros y los tejedores, eran más susceptibles de convertirse en protestantes. Su trabajo les dejaba tiempo a solas para pensar, imaginó Sylvie, y no temían tanto a los sacerdotes y a los nobles como los campesinos.
No obstante, Sylvie se sorprendió ante un comentario tan adulador por parte de Pierre después de que hubiera mostrado interés en los textos subversivos. Lo miró con curiosidad, y él la obsequió con un gran guiño.
Tenía unos modales muy atractivos.
Sylvie apartó la mirada y envolvió los Salmos del arcediano con un cuadrado de basta tela de lino, tras lo cual ató el paquete con una cuerda.
El viajero puso mala cara ante la crítica del arcediano.
—La mitad de la población de Francia no ha visto jamás a su párroco —dijo con tono desafiante.
Exageraba, pensó Sylvie, pero la verdad era que la mayor parte de los sacerdotes se quedaban con la retribución que percibían por sus funciones y ni siquiera visitaban la parroquia de vez en cuando.
El arcediano lo sabía, y no tenía respuesta para ello. Cogió los Salmos y salió de allí enfurruñado.
—¿Quieres que te envuelva La gramática? —le preguntó Isabelle al estudiante.
—Sí, por favor.
Sacó cuatro libras.
—¿Queréis el libro de historias o qué? —le dijo Gilles al viajero.
Este se encorvó sobre el libro que le mostraba el impresor, examinando las ilustraciones.
—No me vengáis con prisas —dijo con tono firme. No había tenido miedo de discutir con el arcediano, y parecía que los malos modales de Gilles no le afectaban. En aquel hombre había algo más que lo que mostraba su apariencia descuidada.
Pierre tomó su paquete y se marchó. En la tienda ya solo quedaba un cliente. Sylvie tuvo la sensación de que había pasado el peligro.
El viajero cerró el libro de golpe y se irguió.
—Soy Guillaume de Ginebra.
Sylvie oyó que Isabelle ahogaba un grito de sorpresa.
La actitud de Gilles cambió.
—Sois muy bienvenido. Entrad —dijo estrechándole la mano a Guillaume y lo guio hacia la zona privada de la planta superior.
Sylvie no acababa de entender de qué iba todo aquello. Sabía que Ginebra era una ciudad protestante independiente, bajo dominio del gran Juan Calvino. Sin embargo, se encontraba a cuatrocientos kilómetros de distancia, un viaje que duraba un par de semanas o acaso un poco más.
—¿Qué hace aquí ese hombre?
—La Academia de Ginebra forma a misioneros y los envía por toda Europa para predicar el nuevo Evangelio —explicó Isabelle—. El último se llamaba Alphonse. Tú tenías trece años.
—¡Alphonse! —exclamó Sylvie, recordando a un escrupuloso joven que no le hacía ni caso—. No entendía por qué vivía aquí.
—Nos traen los escritos de Calvino, y otras obras, para que tu padre las copie y las imprima.
Sylvie se sintió como una tonta. Jamás se había preguntado de dónde salían los libros protestantes.
—Fuera está oscureciendo —dijo Isabelle—. Será mejor que vayas a buscar un ejemplar de Erasmo para tu amigo el estudiante.
—¿Qué piensas de él? —preguntó Sylvie mientras se ponía el abrigo.
Isabelle le dirigió una sonrisa de complicidad.
—Que es guapísimo, el endiablado, ¿a que sí?
Sylvie se refería a si creía que Pierre era de fiar, no a su aspecto, pero pensándolo mejor no estaba dispuesta a iniciar esa conversación por si se asustaba demasiado. Masculló una evasiva a modo de respuesta y salió de la tienda.
Se dirigió hacia el norte y cruzó el río. Los joyeros y los sombrereros del puente de Notre-Dame estaban a punto de cerrar sus puertas. Una vez se hubo adentrado en la Ville, avanzó por la rue Saint-Martin, la arteria principal que conectaba el norte con el sur. Unos minutos más tarde llegó a la rue du Mur, que más que una calle era un callejón. A un lado se veía el muro de la ciudad; al otro, las entradas traseras de unas cuantas casas y la alta valla de un jardín descuidado. Se detuvo junto al establo de la parte trasera de una vivienda habitada por una anciana que no poseía caballo. El establo no tenía ventanas, las paredes estaban desprovistas de pintura y su aspecto era de total abandono, pero su construcción era sólida, con una robusta puerta y una cerradura resistente aunque discreta. Gilles lo había comprado hacía ya años.
Junto a la jamba de la puerta, a la altura de la cadera, había medio ladrillo suelto. Tras asegurarse de que no la observaba nadie, Sylvie lo retiró, metió la mano en el hueco, sacó una llave y volvió a colocar el ladrillo. Dio la vuelta a la llave en la cerradura, entró, cerró y atrancó la puerta tras de sí.
En la pared había un candelero con una vela. Sylvie había llevado consigo una caja para la yesca que contenía un pedernal, un eslabón con forma de D mayúscula que encajaba a la perfección alrededor de sus delgados dedos menudos, unos cuantos fragmentos de madera seca y un torzal de lino. Al golpear el pedernal con el eslabón, dentro de la caja saltaron chispas que prendieron los fragmentos de madera, y al momento se produjo la llama. Sylvie prendió un extremo del torzal de lino y lo utilizó para encender la vela.
La luz titilante dejó ver una pared en la que, del suelo al techo, había apilados viejos barriles. La mayoría contenían arena y pesaban demasiado para que los levantara una sola persona, pero unos cuantos estaban vacíos. Todos tenían el mismo aspecto, pero Sylvie conocía bien la diferencia. Apartó con rapidez una pila y se introdujo a través del hueco. Detrás de los barriles había cajas de madera con libros.
El momento de mayor peligro para la familia Palot era cuando los libros de contrabando se imprimían y se encuadernaban en el taller de Gilles. Si registraban el lugar en un momento inoportuno, morirían todos. Sin embargo, en cuanto los libros estaban terminados, los apilaban en cajas —siempre colocando encima alguno de los inocentes textos católicos permitidos para camuflar el resto— y los transportaban en un carro hasta el almacén, donde se recogían las obras impresas para producir verdaderos libros. La mayor parte del tiempo el edificio cercano a la catedral no contenía ni por asomo nada que pudiera considerarse ilegal.
Además, tan solo tres personas sabían del almacén: Gilles, Isabelle y Sylvie, y a esta última no se lo dijeron hasta que cumplió los dieciséis años. Ni siquiera los trabajadores del taller de impresión conocían su existencia, a pesar de que todos eran protestantes: les dijeron que los libros terminados se entregaban a un comerciante secreto.
Sylvie localizó una caja marcada como «SA», de Sileni Alcibiadis, probablemente la más importante de las obras de Erasmo. Sacó un ejemplar y lo envolvió en un cuadrado de lino que cogió de una pila cercana, luego ató el paquete con una cuerda. Lo colocó todo en su sitio de modo que las cajas de libros quedaran ocultas de nuevo, por lo que cuanto podía verse a primera vista era una sala llena hasta la mitad de barriles.
Mientras regresaba por la rue Saint-Martin, se preguntó si el estudiante acudiría a su cita. Había ido a la tienda, tal como habían acordado, pero era posible que todavía estuviera asustado. O peor, podía acudir con algún representante de la ley dispuesto a prenderla. No temía la muerte, desde luego, ningún verdadero cristiano la temía. No obstante, la aterraba que pudieran torturarla. Le venían a la cabeza imágenes de tenazas al rojo vivo atravesándole la carne, y tenía que apartarlas de sí rezando en silencio.
Junto al río, por la noche, reinaba la tranquilidad. Los puestos de los pescaderos estaban cerrados y las gaviotas se habían marchado a algún otro lugar a escarbar en busca de comida. Las aguas lamían la orilla con indolencia.
Pierre la estaba esperando con un farol en la mano. Iluminado desde abajo, su rostro aparecía siniestramente atractivo.
Estaba solo.
Ella le mostró el libro, pero no se lo dio.
—Jamás debes decirle a nadie que tienes esto —le advirtió—. Podrían matarme por habértelo vendido.
—Lo entiendo —dijo él.
—Y tú también estás arriesgando tu vida al aceptar que te lo dé.
—Ya lo sé.
—Si estás seguro, cógelo y devuélveme La gramática.
Intercambiaron los paquetes.
—Adiós —dijo Sylvie—. Recuerda lo que te he dicho.
—Lo haré —prometió él.
Entonces la besó.
Alison McKay avanzaba a toda prisa por los pasillos del palacio de Les Tournelles, entre corrientes de aire, con una noticia sorprendente para su mejor amiga.
Esta tendría que cumplir una promesa que no había hecho jamás. Hacía años que se esperaba que sucediera, pero de todos modos era tremendamente impactante. Se trataba de buenas y malas noticias a la vez.
El edificio medieval situado en el este de París era grande y decrépito. A pesar de la riqueza del mobiliario, las alfombras y los cortinajes, hacía frío y resultaba incómodo. Gozaba de prestigio pero estaba descuidado, igual que su actual ocupante, Catalina de Médici, reina de Francia, la esposa de un rey que prefería a su amante.
Alison entró en una sala y encontró a la persona que buscaba.
Dos adolescentes se hallaban sentados en el suelo junto a la ventana, jugando a las cartas, iluminados por el sol intermitente del invierno. Sus ropas y sus joyas daban a entender que se encontraban entre las personas más ricas del mundo, pero se jugaban las monedas con entusiasmo y lo estaban pasando en grande.
El muchacho tenía catorce años pero parecía más joven. Su crecimiento se había atrofiado y se le veía frágil. Estaba a punto de entrar en la pubertad y tartamudeaba al hablar con aquella voz quebrada. Era Francisco, el primogénito del rey Enrique II y la reina Catalina, heredero al trono de Francia.
La joven era guapa y pelirroja, tan extraordinariamente alta que a sus quince años sobrepasaba a la mayoría de los hombres. Se llamaba María Estuardo y era la reina de los escoceses.
Cuando María tenía cinco años y Alison ocho, se habían trasladado desde Escocia hasta Francia; dos niñas aterrorizadas en un extraño país donde no comprendían ni una palabra de lo que se decía. Francisco, el niño enfermo, se había convertido en su compañero de juegos, y los tres habían forjado el fuerte vínculo de quienes están juntos en la adversidad.
Alison sentía un afecto protector hacia María, quien a veces necesitaba que velaran por ella debido a su tendencia a comportarse de forma impulsiva e imprudente. Ambas querían mucho a Francisco, como se quiere a un cachorrito indefenso. Y Francisco adoraba a María como se adora a una diosa.
Sin embargo, aquel triángulo amistoso estaba a punto de sufrir una sacudida y tal vez incluso acabaría destruido.
María levantó la cabeza y sonrió, pero entonces reparó en la expresión de Alison y la asaltó la preocupación.
—¿Qué ha ocurrido?
Alison lo soltó de golpe.
—¡Francisco y tú tendréis que casaros el domingo después de Pascua!
—¡Tan pronto! —exclamó María, y las dos miraron a Francisco.
María se había prometido con Francisco a los cinco años, justo antes de trasladarse a vivir a Francia. Se trataba de una alianza política, como todas las bodas reales. Se suponía que el compromiso debía consolidar la alianza de Francia y Escocia en contra de Inglaterra.
Pero a medida que las muchachas se fueron haciendo mayores empezaron a dudar de que fuera así. Las relaciones entre los tres reinos cambiaban a menudo. Los poderes en la sombra de Londres, Edimburgo y París no dejaban de hablar de posibles maridos para María Estuardo. Nada parecía saberse con certeza, hasta el momento presente.
Francisco parecía angustiado.
—Te quiero —le dijo a María—. Quiero casarme contigo… cuando sea mayor.
María le tomó la mano con gesto compasivo, pero el chico estaba superado por las circunstancias, así que estalló en lágrimas y se puso en pie como buenamente pudo.
—Francisco… —empezó a decir Alison.
Él sacudió la cabeza con impotencia y salió corriendo de la sala.
—Dios mío… —exclamó María—. Pobre Francisco.
Alison cerró la puerta, de modo que las dos muchachas se quedaron a solas y en la intimidad. Alison le dio la mano a María para ayudarla a levantarse del suelo y, juntas, sin soltarse, fueron a tomar asiento en el sofá cubierto con una suntuosa tela de terciopelo de color castaño. Guardaron silencio un minuto, hasta que habló Alison:
—¿Cómo te sientes?
—Durante toda mi vida me han estado diciendo que soy una reina —explicó María—, pero no es cierto. Me convertí en la reina de los escoceses a los seis días de vida y la gente no ha dejado de tratarme como a una niña pequeña, pero si me caso con Francisco y él es rey, yo seré la reina de Francia, una reina de verdad. —Sus ojos centelleaban con anhelo—. Eso es lo que quiero.
—Pero Francisco…
—Ya lo sé. Es un encanto, y le quiero, pero acostarme con él y… ya sabes…
Alison asintió enérgicamente.
—Casi no puedo ni imaginármelo.
—A lo mejor Francisco y yo podemos casarnos y fingir.
Alison negó con la cabeza.
—Entonces el matrimonio sería nulo.
—Y yo ya no sería la reina.
—Exacto.
—¿Y por qué ahora? ¿Quién ha traído la noticia? —quiso saber María.
A Alison se lo había dicho la reina Catalina, la persona mejor informada de Francia.
—El Acuchillado se lo ha sugerido al rey.
El duque de Guisa era el tío de María, hermano de su madre. La familia estaba ganando posiciones después de la victoria de Calais.
—¿Y por qué se molesta mi tío?
—Piensa en lo que supondrá para el prestigio de la casa de Guisa que una de las mujeres de la familia se convierta en reina de Francia.
—El Acuchillado no es más que un soldado.
—Sí. Seguro que ha sido idea de otra persona.
—Pero Francisco…
—Todo el problema está en el pequeño Francisco, ¿verdad?
—Es tan poca cosa… —se lamentó María—. Y está enfermo. ¿Será capaz de hacer lo que se supone que un hombre debe hacer con su esposa?
—No lo sé —dijo Alison—. Pero lo descubrirás el domingo después de Pascua.