1

Creía que no iban a marcharse nunca. Los clientes, sobre todo los nuevos, solían quejarse y entretenerse, repitiendo una y otra vez las mismas instrucciones, teléfonos de contacto y comentarios antes de marcharse. Empatizaba con ellos porque cuando salían por fin por la puerta dejaban su hogar, sus perte­ nencias y, en ese caso, su gato en manos de otra persona.

Como cuidadora de la casa, Lila Emerson hacía todo cuanto podía para que los propietarios se fueran tranquilos y con la seguridad de que las suyas eran unas manos competentes.

Durante las siguientes tres semanas, mientras Jason y Macey Kilderbrand disfrutaban del sur de Francia con amigos y fami­ liares, Lila viviría en su magnífico apartamento en Chelsea, re­ garía las plantas, daría de comer y de beber al gato, recogería el correo… y les reenviaría cualquier cosa que fuera importante.

Atendería el precioso jardín en la terraza de Macey, mimaría al gato, cogería los mensajes y actuaría como elemento disuaso­ rio para los ladrones con su sola presencia.

Mientras lo hacía, disfrutaría viviendo en el elegante edificio London Terrace en Nueva York igual que había disfrutado vi­ viendo en el coqueto piso en Roma —donde por una tarifa adi­ cional había pintado la cocina— y en la amplia casa en Brooklyn, con su vivaracho golden retriever, su dulce y anciano boston terrier y su acuario de coloridos peces tropicales.

Había visto mucho de Nueva York en los seis años que lleva­ ba como cuidadora profesional de casas, y en los últimos cuatro había expandido su negocio para ver también algo de mundo.

Era un buen trabajo si se tenía, pensó; y ella lo tenía. —Venga, Thomas. —Acarició el largo y esbelto cuerpo del gato de la cabeza a la cola—. Vamos a deshacer el equipaje.

Le gustaba ponerse cómoda y, dado que el espacioso aparta­ mento contaba con un segundo dormitorio, deshizo la primera de sus dos maletas, guardó la ropa en la cómoda con espejo y colgó algunas prendas en el ordenado vestidor. Le habían ad­ vertido que Thomas insistiría sin duda en compartir la cama con ella; ya se ocuparía de eso. Y agradecía que los clientes —se­ guramente Ma cey— hubieran dispuesto un bonito ramo de fre­ sias en la mesilla de noche.

A Lila le gustaban mucho los pequeños toques personales, el dar y el recibir.

Ya había decidido hacer uso del baño principal con su amplia ducha de vapor y su honda bañera de hidromasaje.

—Nunca malgastes ni abuses de las comodidades —le dijo a Thomas mientras ordenaba sus artículos de tocador.

Dado que sus dos maletas contenían casi todo lo que poseía, puso mucho cuidado en distribuir sus pertenencias donde mejor le venían.

Después de pensarlo un poco, instaló su despacho en el co­ medor; colocó el ordenador portátil de forma que pudiera le­ vantar la mirada y contemplar la vista de Nueva York. En un piso más pequeño se habría conformado con trabajar en el dor­ mitorio, pero, como disponía de espacio, iba a aprovecharlo.

Le habían enseñado el funcionamiento de todos los elec­ trodomésticos, de los mandos a distancia y del sistema de segu­ ridad; el lugar contaba con un surtido de aparatos que desper­ taba el interés de su alma de empollona.

En la cocina encontró una botella de vino, un bonito bol con fruta fresca y un surtido de sofisticados quesos con una nota manuscrita en un papel estampado con las iniciales de Macey.

¡Disfruta de nuestra casa!

Jason, Macey y Thomas

Qué bonito, pensó Lila, y desde luego que iba a disfrutarla. Abrió el vino, se sirvió una copa, tomó un sorbo y le dio su aprobación. Luego cogió los prismáticos y salió con la copa a la terraza para contemplar la vista.

Los clientes hacían buen uso del espacio; contaban con un par de cómodas sillas, un rústico banco de piedra y una mesa de cristal; macetas de florecientes plantas, bonitas matas de tomati­ tos cherry y fragantes hierbas, las cuales le habían instado a re­ coger y utilizar.

Se sentó y colocó a Thomas sobre su regazo; se dispuso a beber el vino mientras acariciaba el sedoso pelaje.

—Seguro que salen a sentarse aquí con mucha frecuencia cuando se toman una copa o un café. Parecen felices. Y la casa es un buen reflejo de ello. Se puede palpar. —Le hizo cosquillas a Thomas bajo la barbilla y consiguió que los ojos verdes del animal se tornaran soñadores—. Ella va a llamar y mandará mu­ chos correos electrónicos los dos primeros días, así que vamos a sacarte fotos, cielo, y a enviárselas para que vea que estás perfec­ tamente.

Dejó la copa a un lado y cogió los prismáticos para escudri­ ñar las edificaciones de los alrededores. El edificio de aparta­ mentos abarcaba toda una manzana y ofrecía pequeños atisbos de otras vidas.

Las vidas de otros le fascinaban.

Una mujer de más o menos su misma edad llevaba un peque­ ño vestido negro que se ceñía a su alto y delgado cuerpo de mo­ delo como una segunda piel. Se paseaba de un lado para otro mientras hablaba por el móvil. No parecía contenta, pensó Lila. Una cita cancelada. Él tenía que trabajar hasta tarde; eso decía él, agregó Lila, urdiendo la trama en su cabeza. Ella está harta de eso.

Una par de pisos más arriba había dos parejas sentadas en un comedor —con las paredes cubiertas de cuadros y con elegantes muebles contemporáneos—, y reían mientras se tomaban lo que parecían ser unos martinis.

Era evidente que no les agradaba el calor del verano tanto como a Thomas y a ella; de lo contrario, se habrían sentado en su pequeña terraza.

Viejos amigos, decidió, que se juntaban a menudo, y que a veces se iban juntos de vacaciones.

Otra ventana abría el mundo a un chico que rodaba por el suelo con un cachorro blanco. La felicidad de ambos impregna­ ba el ambiente e hizo que Lila sonriera.

—Siempre ha querido un cachorro… A esa edad, seguramen­ te «siempre» es un par de meses, y hoy sus padres le han dado la sorpresa. Recordará este momento toda su vida, y un día sor­ prenderá a su hijo o hija del mismo modo.

Muy satisfecha con ese comentario, Lila bajó los prismá­ ticos.

—Vale, Thomas, vamos a trabajar un par de horitas. Lo sé, lo sé —prosiguió dejándolo en el suelo y cogiendo su media copa de vino—. La mayoría de la gente ha terminado ya de trabajar. Salen a cenar, se reúnen con amigos… o, en el caso de la despam­ panante rubia del vestidito negro, despotrica por no salir. Pero lo cierto es que… —Esperó hasta que él entró en el apartamento delante de ella— yo me pongo mi propio horario. Es una de las ventajas.

Escogió una pelota, que se activaba con el movimiento, de la cesta de los juguetes del gato situada en el armario de la cocina y la hizo rodar por el suelo.

Thomas se lanzó a perseguirla de inmediato; peleaba con ella y la golpeaba con la pata.

—Si yo fuera un gato —especuló Lila—, también me pirraría por eso.

Con Thomas feliz y ocupado, cogió el mando a distancia y puso música. Tomó nota de la cadena de radio que sonaba para poder asegurarse de sintonizarla de nuevo antes de que los Kil­ derbrand volvieran a casa. Cambió el jazz por el pop contempo­ ráneo.

Cuidar casas le proporcionaba alojamiento, beneficios e in­ cluso aventura. Pero escribir cubría los gastos. Escribir de for­ ma independiente, y servir mesas, la había mantenido a flote durante sus primeros dos años en Nueva York. Después había empezado a cuidar casas, en un principio haciendo favores a amigos, y a amigos de amigos, y había dispuesto de tiempo para trabajar en su novela.

Luego la suerte o la casualidad hizo que cuidara la casa de un editor que se había interesado por el manuscrito. Su primer libro, Cuando la luna reina, había tenido una buena recepción. No había gozado de un éxito de ventas arrollador, sino que se había vendido de forma regular y había tenido una acogida considerable entre jóvenes de catorce a dieciocho años, tal y como había sido la intención de Lila. La segunda llegaría a las librerías en octubre, así que tenía los dedos cruzados.

Pero en esos momentos necesitaba centrarse en el tercer li­ bro de la serie.

Se recogió la larga melena castaña enrollándola rápidamente sobre sí misma y sujetándola con una voluminosa pinza de carey. Mientras Thomas perseguía alegremente la pelota, se acomodó frente al ordenador con su media copa de vino, un vaso de tubo con agua helada y la música que imaginaba que su personaje principal, Kaylee, escuchaba.

Como una estudiante adolescente, Kaylee se enfrentaba a to­ das las vicisitudes —el romance, los deberes, las chicas malas, los abusones, las intrigas, los desengaños y triunfos— que pla­ gaban los cortos e intensos años del instituto.

Un camino nada agradable, sobre todo para una chica nueva, tal y como se narraba en el primer libro. Y aún más, desde luego, porque en la familia de Kaylee todos eran licántropos.

Para ella no era fácil terminar un trabajo de clase o ir al baile de promoción en una noche de luna llena, porque era un licán­ tropo.

Ahora, en el tercer libro, Kaylee y su familia estaban en gue­ rra con un clan rival, un clan que se alimentaba de humanos. Quizá un poco sangriento para algunos de los lectores más jó­ venes, pensó, pero ahí era a donde conducía la historia, a donde la llevaban los personajes.

Retomó el argumento en el punto en que Kaylee se enfren­ taba a la traición del chico al que creía amar, así como a un tra­ bajo atrasado sobre las guerras napoleónicas y al hecho de que su rubia y guapa archienemiga la hubiera encerrado en el labo­ ratorio de ciencias.

La luna saldría en veinte minutos, justo al mismo tiempo en que el club de ciencias llegaría para su reunión.

Tenía que encontrar la forma de salir antes de transformarse en lobo.

Lila se sumergió en la historia y recreó con gusto el miedo de Kaylee a ser descubierta, el dolor de un desengaño amoroso y la furia de Sasha, la enemiga de Kaylee, una animadora, reina del baile de bienvenida y devoradora de hombres literalmente.

Para cuando Kaylee salió por los pelos del laboratorio, gra­ cias a una bomba de humo que atrajo a la subdirectora, otra es­ pina en el costado de Kaylee, aguantó la reprimenda, y volvió a casa en pelotas mientras la transformación se apoderaba de ella, Lila había trabajado tres horas.

Satisfecha consigo misma, se desconectó de la historia y echó un vistazo a su alrededor.

El gato, agotado de jugar, estaba acurrucado a su lado, y las luces de la ciudad titilaban y brillaban a través de la ventana.

Le preparó la cena a Thomas tal y como le habían indicado. Mientras él comía, Lila cogió su Leatherman y utilizó el destor­ nillador de la herramienta multiusos para apretar algunos torni­ llos de la despensa.

Los tornillos flojos, en su opinión, eran una invitación al de­ sastre, en lo tocante a la gente y a las cosas.

Reparó en un par de cestas metálicas con correderas, aún dentro de sus cajas. Con toda probabilidad serían para almacenar patatas o cebollas. Se puso en cuclillas y leyó las instrucciones para instalarlas en la despensa. Tomó nota de enviar un mensaje a Macey para preguntarle si quería que se ocupara de eso.

Sería una tarea sencilla, rápida y satisfactoria.

Se sirvió una segunda copa de vino y preparó algo de fruta, queso y tostadas para cenar. Sentada con las piernas cruzadas en el comedor, con Thomas sobre su regazo, comió mientras revi­ saba el correo electrónico, enviaba mensajes y ojeaba su blog…, y tomó nota para una nueva entrada.

—Ya casi es hora de acostarse, Thomas.

El gato bostezó cuando Lila agarró el mando para apagar la música. Luego cogió al felino y lo apartó con el fin de poder ir a fregar los platos y disfrutar de la quietud de su primera noche en un espacio nuevo.

Después de ponerse unos pantalones y una camiseta de tiran­ tes de algodón, comprobó el sistema de seguridad y volvió a ob­ servar a sus vecinos a través de los prismáticos.

Al parecer la rubia había salido después de todo y había dejado la luz del comedor encendida a baja intensidad. Las dos parejas también se habían marchado. Quizá a cenar o a ver un espectáculo, pensó Lila.

El chico no tardaría en quedarse dormido, con suerte con el cachorro acurrucado contra él. Lila podía ver el resplandor de un televisor y se imaginó a la mamá y al papá del niño relajados frente a la pantalla.

Otra ventana mostraba una fiesta. Un montón de gente bien vestida al estilo cóctel se mezclaba y relacionaba entre sí, con copas o pequeños platitos en la mano.

Observó durante un rato, imaginando conversaciones, in­ cluyendo los susurros entre la morena del vestido rojo corto y el bronceado dios del traje gris perla que, en la mente de Lila, estaba manteniendo un tórrido flirteo delante de las narices de su muy sufrida esposa y del despistado marido de la morena.

Echó una ojeada, se detuvo, bajó los prismáticos durante un momento y miró de nuevo.

No, el tío bueno del… duodécimo piso no estaba completa­ mente desnudo. Llevaba un tanga mientras se movía, contoneaba y giraba de forma impresionante.

Reparó en que comenzaba a cubrirle una buena película de sudor mientras repetía los movimientos o añadía otros.

No cabía duda de que se trataba de un actor y bailarín que por las noches trabajaba de stripper hasta que diera el salto a Broadway.

Disfrutó con él. Un montón.

El espectáculo de la ventana la mantuvo entretenida durante media hora antes de acomodarse en la cama… y de que Thomas se uniera a ella. Encendió la tele para que le hiciera compañía y puso un capítulo repetido de NCIS, del que podía recitar literal­ mente el diálogo antes que los personajes. Reconfortada por eso, cogió su iPad, buscó la novela de suspense que había empe­ zado a leer en el avión desde Roma y se acurrucó.

Durante la semana siguiente desarrolló una rutina. Thomas la despertaba a las siete con mayor puntualidad que cualquier alar­ ma de reloj, cuando pedía, de forma ruidosa, su desayuno.

Daba de comer al gato, preparaba café, regaba las plantas de interior y exterior, y desayunaba algo mientras observaba a los vecinos.

La rubia y su compañero —no tenían pinta de estar casa­ dos— discutían mucho. Ella solía arrojar objetos frágiles. Él, el señor pico de oro, que era un regalo para los ojos, tenía buenos reflejos y encanto a raudales. Las peleas, casi diarias, terminaban en seducción o en salvajes estallidos de pasión.

En su opinión, eran tal para cual. Por el momento. Ninguno le daba a Lila la impresión de ser una persona dispuesta a una relación estable; ella, con su hábito de lanzar cosas o ropa; él, esquivando, sonriendo y seduciendo.

Jugadores, pensó. Jugadores ardientes y sexis, y si el hombre no tenía algún otro rollete más, le sorprendería muchísimo.

El chico y el cachorro continuaban con su historia de amor mientras mamá y papá, o la niñera, limpiaban de manera pacien­ te los pequeños accidentes. Mamá y papá se marchaban juntos casi todas las mañanas, vestidos de un modo que a Lila le hacía sospechar que tenían profesiones de gran importancia.

Los Martini, tal y como Lila los había bautizado, raras veces utilizaban su pequeña terraza. Ella era sin duda una mujer con una gran vida social, que dejaba su apartamento cada día a últi­ ma hora de la mañana y regresaba a última hora de la tarde, por lo general con una bolsa.

Los de la fiesta raras veces pasaban una noche en casa, pues parecían disfrutar mucho de un estilo de vida frenético.

Y don cuerpazo practicaba su baile con regularidad… para su flagrante placer.

Lila se obsequiaba a sí misma con ese espectáculo y con las historias que inventaba cada mañana. Trabajaba hasta la tarde y después descansaba para entretener al gato. Luego se vestía y salía a comprar lo que creía que podría apetecerle para cenar y para ver al vecindario.

Envió fotos de un feliz Thomas a sus clientes, recogió to­ mates, clasificó el correo, escribió una cruenta batalla de licán­ tropos y puso al día su blog. E instaló las dos cestas en la des­ pensa.

El primer día de la segunda semana compró una botella de Barolo, repuso el surtido de sofisticados quesos y añadió unas pequeñas magdalenas de una increíble pastelería del barrio.

Justo pasadas las siete de la tarde, abrió la puerta a su pandi­ lla de juerguistas compuesta por su mejor amiga.

—Aquí estás. —Julie, con una botella de vino en una mano y un fragante ramo de lirios stargazer en la otra, se las arregló para abrazarla.

Con un metro ochenta y dos centímetros de curvas y el ca­ bello pelirrojo desaliñado, Julie Bryant era todo lo contrario a Lila, de estatura media, delgada y cabello castaño liso.

—Has venido morena de Roma. Dios, yo me pongo factor de protección solar cincuenta y aun así acabo más roja que un tomate bajo el sol italiano. Estás estupenda.

—¿Quién no lo estaría después de pasar dos semanas en Roma? Solo la pasta. Te dije que yo me encargaba del vino —apostilló Lila cuando Julie le puso la botella en la mano.

—Así tenemos dos. Y bienvenida a casa. —Gracias. —Lila cogió las flores.

—Uau, menudo sitio. Es enorme y la vista es una pasada. ¿A qué se dedica esta gente?

—Para empezar, la familia tiene dinero.
—Oh, ya me habría gustado a mí eso.
—Vamos a la cocina para que pueda poner las flores en agua y luego te enseño todo el piso. Él trabaja en finanzas, y no tengo ni idea de nada más. Le encanta su trabajo y prefiere el tenis al golf. Ella hace algo de diseño de interiores. Cuando ves el apar­ tamento, ya sabes lo buena que es. Está pensando en hacerse profesional, pero están hablando de formar una familia, así que no sabe si es el momento adecuado para emprender su propio negocio.

—Son clientes nuevos, ¿verdad? ¿Y aun así te cuentan esa clase de detalles personales?

—¿Qué puedo decir? Tengo una cara que pide a gritos que me lo cuentes todo. Te presento a Thomas.

Julie se acuclilló para saludar al gato.
—Qué cara más bonita tiene.
—Es un amor. —Los profundos ojos castaños de Lila se ablandaron mientras Julie y Thomas se hacían amigos—. Las mas­ cotas no siempre son algo positivo en el trabajo, pero Thomas sí lo es.

Escogió un ratón mecánico de la cesta de juguetes de Tho­ mas y disfrutó de la desenfadada risa de Julie cuando el gato fue tras él.

—Oh, es genial. —Julie se enderezó y se apoyó en la encime­ ra de piedra gris mientras Lila colocaba los lirios en un jarrón de cristal.

—¿Roma fue fabuloso?
—Sí que lo fue.
—¿Y has encontrado a algún italiano guapísimo con el que disfrutar del sexo salvaje?

—Por desgracia no, aunque creo que el propietario del super­ mercado local se enamoró de mí. Tenía unos ochenta años más o menos. Me llamaba bella donna y me daba unos melocotones impresionantes.

—No es tan bueno como el sexo, pero algo es algo. No pue­ do creer que no te viera cuando regresaste.

—Te agradezco que me dejaras quedarme en tu casa entre un trabajo y otro.

—Ya sabes que siempre eres bienvenida. Ojalá hubiéramos coincidido.

—¿Qué tal la boda?
—Necesito vino antes de empezar a explicarte la infernal semana de la boda de mi prima Melly en los Hamptons y el por­ que me he jubilado de forma oficial como dama de honor.

—Me reí mucho con tus mensajes. Sobre todo me gustó el de… «La novia cabrona y chiflada dice que el color rosa de los pétalos no es el adecuado. Se desata la histeria. Debo destruir a la novia cabrona y chiflada por el bien del género femenino.» —Casi tuve que hacerlo. ¡Oh, no! Lloros, temblores, deses­ peración. «¡Los pétalos son rosa pálido! ¡Tienen que ser rosa vivo, Julie! ¡Arréglalo, Julie!» A punto estuve de arreglarla a ella.

—¿De verdad tenía un camión con media tonelada de pé­ talos?

—Más o menos.
—Deberías haberla enterrado debajo de ellos. Novia asfixia­ da por pétalos de rosa. Todo el mundo creería que fue un per­ cance irónico aunque trágico.

—Ojalá se me hubiera ocurrido. Te he echado mucho de me­ nos. Me siento mejor cuando trabajas en Nueva York y puedo venir a ver tus alojamientos y estar contigo.

Lila estudió a su amiga mientras abría el vino.
—Deberías venirte alguna vez conmigo…, cuando esté en un sitio fabuloso.

—Lo sé, siempre me dices lo mismo. —Julie deambulaba mientras hablaba—. Lo que pasa es que no estoy segura de sen­ tirme cómoda quedándome en… ¡Ay, Dios mío, mira esta por­ celana! Tiene que ser antigua y es simplemente alucinante.

—Es de su bisabuela. Y si no te sientes incómoda viniendo a pasar la noche conmigo donde sea, no te sentirás rara quedán­ dote. Estás acostumbrada a hospedarte en hoteles.

—La gente no vive allí.
—Alguna sí. Eloise y Nanny lo hacían.

Julie le dio un tirón a la larga coleta de Lila.
—Eloise y Nanny son personajes ficticios.
—Las personas ficticias también son personas. De otro modo, ¿por qué iba a preocuparnos lo que les pasara? Venga, vamos a bebernos esto en la pequeña terraza. Espera a ver las plantas de Macey. Su familia empezó en Francia con los viñedos. —Lila cogió la bandeja con la naturalidad de la camarera que en otro tiempo había sido—. Ella y Jason se conocieron hace cinco años, cuando Macey estaba allí visitando a sus abuelos, igual que aho­ ra, y él estaba de vacaciones y fue a la bodega. Ambos afirman que fue amor a primera vista.

—Es el mejor. A primera vista.
—Yo diría que es ficticio, pero acabo de hacer una defensa de lo ficticio. —La condujo a la terraza—. Resultó que ambos vivían en Nueva York. Él la llamó y salieron. Y se dieron el «Sí, quiero» unos dieciocho meses después.

—Como en un cuento de hadas.
—Que también diría que son ficticios, aunque me encantan los cuentos de hadas. Y parecen felices de verdad juntos. Y como podrás comprobar, ella tiene buena mano con las plantas.

Julie dio un golpecito con el dedo a los prismáticos cuando se disponían a salir a la terraza.

—¿Todavía espías?

La carnosa boca de Lila, cuyo labio superior era algo más grueso, compuso un mohín.

—Yo no espío; observo. Si la gente no quisiera que mirara debería correr las cortinas y bajar las persianas.

—Ajá. ¡Uau! —Julie plantó los brazos en jarra mientras echaba un vistazo a la terraza—. Tenías razón con eso de que tiene mano para las plantas.

Todo florecía rebosante de color y vida en los sencillos ma­ ceteros de barro, que hacían del espacio un oasis de creati­ vidad.

—¿Cultiva tomates?

—Están buenísimos. ¿Y las hierbas? Las cultivó a partir de semillas.

—¿Tú sabes hacer eso?
—Macey sí. Yo…, ya que me dijeron que podía y debía…, cojo algunas. Anoche cené una riquísima ensalada. Comí aquí fuera, con una copa de vino, y contemplé el espectáculo de los vecinos a través de las ventanas.

—Tienes una vida rarísima. Háblame de la gente que ves a través de las ven tanas.

Lila sirvió vino y luego entró en el piso para coger los pris­ máticos…, solo por si acaso.

—Está la familia del décimo piso; acaban de comprarle un cachorro al niño. El crío y el cachorro son preciosos y adora­ bles. Es amor verdadero y resulta entretenido. Hay una rubia muy sexy en el piso catorce, que vive con un tío que está buení­ simo; los dos podrían ser modelos. Él viene y va, y mantienen conversaciones muy intensas y discusiones tremendas en las que la vajilla sale volando, seguidas de sexo loco.

—¿Los observas mientras tienen sexo? Lila, dame esos pris­ máticos.

—¡No! —Riendo, Lila meneó la cabeza—. No los miro mientras lo hacen. Pero sé lo que pasa. Hablan, se pelean, ella se pasea haciendo aspavientos y luego se abalanzan el uno sobre el otro y se arrancan la ropa. En la habitación, en el comedor. No disponen de una terraza como esta, pero suelen discutir en el balcón en lugar del dormitorio. Casi no consiguen entrar de nuevo en la habitación antes de quedarse desnudos los dos.

»Y hablando de desnudarse, hay un tipo en el piso doce. Espera, a lo mejor está. —Enfocó los prismáticos y echó un vis­ tazo—. Oh, sí, señor. Mira eso. Piso doce, tercera ventana, a la izquierda.

Picada por la curiosidad, Julie cogió los prismáticos y al fin dio con la ventana.

—Ay, Dios mío. Mmm, mmm. Sí que sabe moverse. Debe­ ríamos llamarle e invitarle a venir.

—No creo que seamos su tipo.

—Entre nosotras, somos el tipo de cualquier hombre.
—Es gay, Julie.
—No puedes saberlo desde aquí. —Julie bajó los prismáti­ cos, frunció el ceño y volvió a subirlos para echar otra ojeada—. Tu radar gay no puede saltar por encima de los edificios de una sola vez como Superman.

—Lleva tanga. No necesito saber nada más.
—Es para moverse mejor.
—Tanga —repitió.
—¿Baila todas las noches?
—Todas. Supongo que es un actor que intenta abrirse paso y trabaja a media jornada en un club de striptease hasta que triunfe.

—Tiene un cuerpazo. David tenía un cuerpazo.
—¿Tenía?

Julie dejó los prismáticos y, con un gesto, hizo como si par­ tiera en dos una ramita.

—¿Cuándo?
—Justo después de la infernal semana de la boda en los Hamp tons. Tenía que terminar con la relación, pero no quería hacerlo en la boda, que ya era lo bastante mala de por sí.

—Lo siento, cielo.
—Gracias, pero de todas formas a ti no te caía bien David. —No me caía mal.
—Es lo mismo. Y aunque era guapo, se había vuelto un pe­ gajoso. ¿Adónde vas, cuánto tiempo estarás? Bla, bla, bla. No paraba de dejarme mensajes de texto o de voz en el contestador. Si tenía trabajo o hacía planes contigo o con otras amigas, se disgustaba o enfurruñaba. Dios, era como tener una esposa… en el peor de los sentidos. No pretendo insultar a las esposas, ya que yo lo fui. Lo que pasa es que llevábamos saliendo un par de meses y él ya me estaba presionando para mudarse conmigo. No quiero un compañero.

—No quieres un compañero inadecuado —la corrigió Lila. —Tampoco estoy preparada aún para el compañero adecua­ do. Es demasiado pronto después de Maxim.

—Han pasado cinco años.

Julie meneó la cabeza.
—Es demasiado pronto. Ese cabrón infiel todavía consigue que me sulfure. Tengo que conseguir como sea que solo me di­ vierta cada vez que lo vea. No soporto las rupturas —añadió su amiga—. Hacen que te sientas triste si te dejan a ti o mala si eres tú quien dejas al otro.

—No creo haber dejado nunca a nadie, pero te entiendo. —Eso es porque tú haces que piensen que ha sido idea suya; además no permites que las cosas se pongan lo bastante serias para que merezca el término «dejar».

Lila se limitó a sonreír.
—Es demasiado pronto después de Maxim —concluyó ha­ ciendo reír a Julie—. Podemos pedir algo para comer. Jason y Macey me recomendaron un restaurante griego. Aún no lo he probado.

—Siempre que haya baklava para después.
—Tengo magdalenas.
—Todavía mejor. Ahora lo tengo todo. Un apartamento pijo, buen vino, comida griega en camino y a mi mejor amiga. Y un sexy…, oh, y sudoroso —agregó mientras alzaba de nuevo los prismáticos—. Sexy y sudoroso bailarín… de orientación sexual no confirmada.

—Gay —repitió Lila y se levantó para ir a por el menú de comida a domicilio.

Se bebieron casi todo el vino con los kebabs de cordero… y luego atacaron las magdalenas alrededor de medianoche. Tal vez no fuera la mejor combinación, decidió Lila, teniendo en cuenta su estómago, algo revuelto, pero sí era lo indicado para una ami­ ga que estaba más disgustada por una ruptura de lo que quería reconocer.

No por el chico, pensó Lila mientras hacía la ronda para comprobar el sistema de seguridad, sino por el hecho en sí y por todas las preguntas que plagaban la mente una vez se había ter­ minado la relación.

¿Soy yo? ¿Por qué no he podido hacer que funcionara? ¿Con quién voy a cenar?

Cuando vives en una cultura de pareja, puedes sentirte infe­ rior si estás soltero.

—Yo no —le aseguró Lila al gato, que se había acurrucado en su pequeña camita entre el último kebab y la primera mag­ dalena—. Yo estoy contenta siendo soltera. Significa que puedo ir a donde me da la gana cuando me da la gana, que puedo acep­ tar cualquier trabajo que me apetezca. Estoy viendo mundo, Thomas, y vale que hablo con gatos, pero eso también me pare­ ce bien.

Pese a todo desearía haber convencido a Julie para que se quedara a pasar la noche. No solo por la compañía, sino para ayudarla con los remordimientos que su amiga iba a tener por la mañana.

Las pequeñas magdalenas eran el mal personificado, decidió mientras se preparaba para acostarse. Tan monas y diminutas que te dices a ti misma que es como si no comieras nada, hasta que te has zampado media docena.

Ahora tenía un subidón de alcohol y azúcar, y no iba a poder pegar ojo.

Cogió los prismáticos. Se fijó en que aún había algunas luces encendidas. No era la única que estaba todavía levantada a… Joder, a la 1.40.

Don desnudo y sudoroso estaba todavía en vela y en compa­ ñía de un chico igual de atractivo. Con una sonrisa de suficien­ cia, tomó nota mental de decirle a Julie que su radar gay era como Superman.

La pareja de juerguistas aún no se había acostado; de hecho, parecía que acababan de llegar. Otra fiesta elegante, a juzgar por los atuendos. Lila admiró el vestido naranja brillante de la mujer y deseó poder verle los zapatos. Luego fue recompensada cuan­ do la mujer se inclinó, sujetándose con una mano al hombro del tipo para guardar el equilibrio, y se quitó una altísima sandalia de tiras dorada con la suela roja.

Mmm, unos Louboutin.

La mirada de Lila descendió por la fachada.

La rubia tampoco se había ido a la piltra. Iba de negro otra vez —un vestido ceñido y corto—, y el pelo que llevaba recogi­ do se le estaba soltando. Había estado fuera de la ciudad, supo­ nía Lila, y no había ido nada bien.

Al ver cómo la mujer se pasaba la mano por la cara mientras hablaba, Lila se dio cuenta de que estaba llorando. Hablaba de­ prisa, con apremio. Estaba teniendo una pelea de las gordas con su amiguito.

¿Y dónde estaba él?

Pero ni siquiera cambiando de ángulo pudo verle.

Déjale, le aconsejó Lila. No deberías permitir que nadie te haga tan desgraciada. Eres una preciosidad, y seguro que muy lista, y desde luego mereces más que…

Lila se estremeció cuando la cabeza de la mujer cayó hacia atrás a causa de un puñetazo.

—Oh, Dios mío. Le ha pegado. ¡Cabrón! No…

Gritó cuando la mujer intentó cubrirse la cara y se encogió de nuevo cuando él la golpeó otra vez.

Y la mujer lloraba, suplicaba.

Lila se abalanzó sobre la mesilla y cogió el móvil. De inme­ diato regresó a donde estaba antes.

No podía verle, no podía verle con tan poca luz, pero ahora la mujer estaba acorralada contra la ventana.

—Ya basta, ya basta —murmuró Lila mientras se preparaba para llamar al 911.

Entonces todo se congeló.

El cristal se hizo añicos. La mujer salió despedida. Con los brazos abiertos, sacudiendo las piernas, el pelo agitándose como alas doradas, se precipitó los catorce pisos hasta la brutal acera.

—Oh, Dios mío, Dios mío, Dios mío. —Temblando, Lila marcó con torpeza.

—Nueve, uno, uno, ¿cuál es su emergencia?
—Él la ha empujado. La ha empujado, y ella ha caído por la ventana.

—Señora…

—Espere, espere. —Cerró los ojos un instante y se obligó a inspirar y exhalar tres veces. Sé clara, se dijo, da los detalles—. Me llamo Lila Emerson. Acabo de presenciar un asesinato. Han empujado a una mujer por la ventana de un piso catorce. Me alojo en… —Tardó un momento en recordar la dirección de los Kilderbrand—. Es el edificio frente al mío. Ah, al…, al oeste de donde yo estoy. Creo. Lo siento, no puedo pensar. Ella está muerta. Tiene que estar muerta.

—Estoy enviando una unidad ahora. No cuelgue.
—No. No. Estaré aquí.

Temblando, miró fuera otra vez, pero ahora la habitación al otro lado de la ventana rota estaba a oscuras.