El horror residía en la espera: lo desconocido, el insomnio, las úlceras. Los trabajadores del bufete se ignoraban y se escondían detrás de puertas cerradas. Secretarios y ayudantes hacían correr los rumores y evitaban mirarse a los ojos. Todo el mundo estaba de los nervios y se preguntaba quién sería el siguiente. Los socios, los peces gordos, parecían conmocionados y no querían tener ningún contacto con sus subordinados, porque bien podía ser que en breve recibieran órdenes de sacrificarlos.
El chismorreo era brutal. Diez asociados del departamento de Litigación y Juicios despedidos, lo que era cierto en parte: solo habían sido siete. Toda la división Estatal cerrada, también los socios: cierto. Ocho asociados más de Antimonopolios se habían pasado a otro bufete: falso, de momento.
La atmósfera estaba tan viciada que Samantha salía del edificio siempre que le era posible y trabajaba con el portátil en cafeterías de la zona sur de Manhattan. Hacía un tiempo espléndido, así que decidió sentarse en un banco del parque (diez días después del derrumbe de Lehman Brothers) y se quedó mirando el alto edificio calle abajo. Se llamaba 110 Broad y la mitad superior la tenía arrendada Scully & Pershing, el bufete más importante sobre la faz de la tierra. Su bufete, por ahora, aunque el futuro era cualquier cosa menos seguro. Dos mil abogados en veinte países, la mitad solo en Nueva York, un millar ahí mismo, apelotonados entre la planta treinta y la sesenta y cinco. ¿Cuántos sentían deseos de saltar? No alcanzaba a imaginarlo, pero no era la única. El bufete más grande del mundo se estaba viniendo abajo en medio del caos, igual que sus rivales. Los Grandes Bufetes, como se los conocía, estaban tan aterrorizados como los fondos de cobertura, los bancos de inversiones, los bancos de verdad, los conglomerados de entidades aseguradoras, Washington y todos los que formaban la cadena alimentaria que llegaba hasta los comerciantes de Main Street.
El décimo día transcurrió sin derramar sangre, igual que el siguiente. El duodécimo se advirtió un destello de optimismo cuando Ben, un colega de Samantha, apareció con el rumor de que el mercado de crédito de Londres estaba remontando ligeramente. Quizá los prestatarios encontraran algo de dinero en efectivo, después de todo. Pero a media tarde el rumor había perdido fuelle; no había nada de cierto. Solo quedaba esperar.
El departamento de Inversión Inmobiliaria de Scully & Pershing lo dirigían dos socios. A uno, como ya estaba próximo a la edad de jubilación, le habían dado puerta. El otro era Andy Grubman, un burócrata cuarentón que no había visto nunca una sala de justicia. Como socio, tenía un bonito despacho donde podía ver el Hudson a lo lejos, aguas en las que llevaba años sin reparar. En un estante detrás de la mesa, y justo en el centro de su Muro del Ego, había una colección de rascacielos en miniatura. Le gustaba llamarlos «mis edificios». Al terminarse uno de sus edificios, encargaba a un escultor una réplica a pequeña escala, y entregaba un trofeo aún más pequeño a cada uno de los miembros de «mi equipo». En los tres años que Samantha llevaba en S & P tenía una colección de seis edificios, y no iba a pasar de ahí.
—Siéntate —le ordenó al tiempo que cerraba la puerta.
Samantha se sentó junto a Ben, que estaba al lado de Izabelle. Los tres asociados se quedaron mirándose los pies, a la espera. Samantha sentía deseos de cogerle la mano a Ben, igual que una prisionera aterrada ante un pelotón de fusilamiento. Andy se hundió en su asiento y, evitando mirarles a los ojos pero desesperado por quitarse de encima el asunto, hizo recapitulación del lío en el que estaban metidos.
—Como sabéis, Lehman Brothers quebró hace catorce días.
«¡No me digas, Andy!» La crisis económica y la falta de crédito tenían al mundo entero al borde de la catástrofe y todos lo sabían. Pero también era verdad que Andy rara vez tenía alguna idea propia.
—Hay en marcha cinco proyectos, íntegramente financiados por Lehman. He hablado largo y tendido con los propietarios, y van a cerrar el grifo de los cinco. Teníamos tres más en perspectiva, dos con Lehman, uno con Lloyd’s y, bueno, el crédito está congelado. Los banqueros están en sus búnkeres, temerosos de prestar un solo centavo.
«Sí, Andy, eso también lo sabemos. Son noticias de primera plana. Termina de una vez antes de que saltemos al vacío.»
—El comité ejecutivo se reunió ayer e hizo algunos recortes. Van a prescindir de treinta asociados de primer año; unos serán despedidos y otros, suspendidos temporalmente. Todas las nuevas contrataciones se posponen de manera indefinida. El departamento de Validación Testamentaria ya no existe. Y, bueno, no hay una forma sencilla de decirlo, pero nuestra división va a desaparecer. Prescinden de ella. La eliminan. Quién sabe cuándo volverán a crearla los propietarios, si es que lo hacen alguna vez. El bufete no está dispuesto a seguir teniéndoos en nómina mientras el mundo espera a que vuelva a fluir el crédito. Mierda, igual vamos de cabeza a una crisis de las gordas. Lo más probable es que esta no sea más que la primera tanda de recortes. Lo siento, chicos, lo siento mucho.
Ben fue el primero en hablar:
—Así que ¿nos despiden con efecto inmediato?
—No. He dado la cara por vosotros, ¿vale? Al principio querían notificaros el despido sin más. No tengo que recordaros que el departamento de Inversión Inmobiliaria es el más modesto de la empresa y posiblemente el que por ahora se ha visto más afectado. Les convencí para que os concedieran lo que hemos llamado «permiso». Os vais de forma provisional y volveréis más adelante, quizá.
—¿Quizá? —preguntó Samantha.
Izabelle se enjugó una lágrima, pero mantuvo el tipo.
—Sí, un quizá bien grande. En estos momentos no hay nada seguro, ¿de acuerdo, Samantha? Le hemos dado muchas vueltas. Dentro de seis meses podríamos estar todos en un comedor de beneficencia. Ya habéis visto las viejas fotografías de 1929.
«Venga, Andy, ¿un comedor de beneficencia? Como socio, el año pasado te llevaste a casa dos millones ochocientos mil dólares, el sueldo medio en S & P, que, por cierto, ocupó el cuarto puesto en cuanto a salario neto por socio. Y el cuarto puesto no era suficiente, al menos hasta que Lehman se fue al cuerno y Bear Stearns se derrumbó y estalló la burbuja de las hipotecas de alto riesgo. De pronto un cuarto puesto parecía bastante bueno, al menos para algunos.»
—¿En qué consistiría ese permiso? —preguntó Ben.
—El acuerdo es el siguiente: la empresa os renueva el contrato durante los doce meses siguientes, pero no cobráis nada.
—Qué maravilla —murmuró Izabelle.
Andy pasó por alto el comentario y siguió adelante:
—Mantenéis el subsidio por enfermedad, pero solo en el caso de que colaboréis con una ONG reconocida. Recursos Humanos está elaborando una lista de organizaciones. Os vais, hacéis un poco el buen samaritano, salváis el mundo, cruzáis los dedos para que la economía vuelva a encarrilarse y dentro de un año o así regresáis al bufete sin haber perdido antigüedad. No estaréis en Inversión Inmobiliaria, pero la firma os buscará algún puesto.
—¿Tenemos el empleo garantizado cuando termine el permiso? —preguntó Samantha.
—No, no hay nada garantizado. A decir verdad, nadie es lo bastante listo para predecir dónde estaremos el año que viene. Nos encontramos en mitad de unas elecciones, Europa se está yendo al garete, los chinos están poniéndose nerviosos, los bancos están cerrando, los mercados se vienen abajo, nadie construye ni compra. Se avecina el fin del mundo.
Permanecieron un momento en el lúgubre silencio del despacho de Andy, los cuatro aplastados bajo el peso de la realidad apocalíptica. Finalmente, Ben preguntó:
—¿Tú también, Andy?
—No, a mí me transfieren a Impuestos. ¿No es increíble? Detesto Impuestos, pero era eso o conducir un taxi. Tengo un máster en Tributación, así que decidieron que podían perdonarme.
—Enhorabuena —dijo Ben.
—Lo siento, chicos.
—No, en serio, me alegro por ti.
—Podría estar en la calle dentro de un mes. ¿Quién sabe?
—¿Cuándo tenemos que irnos? —preguntó Izabelle.
—De inmediato. El procedimiento consiste en firmar un acuerdo de permiso, recoger las pertenencias, limpiar la mesa e irse. Recursos Humanos os enviará por correo electrónico una lista de ONG y todo el papeleo. Lo siento, chicos.
—Haz el favor de dejar de disculparte —dijo Samantha—. Nada de lo que digas va a solucionar la situación.
—Es verdad, pero podría ser peor. A la mayoría de los que están en vuestra situación no se les ofrece un permiso. Los despiden sin más.
—Lo siento, Andy —añadió Samantha—. Ahora mismo se desbordan las emociones.
—No pasa nada. Lo entiendo. Tenéis derecho a estar enfadados y disgustados. Hay que ver: los tres tenéis títulos de universidades de élite y vais a salir del edificio como ladrones, acompañados por los de seguridad. Despedidos igual que obreros. Es terrible, sencillamente terrible. Hay socios que se han ofrecido a cobrar la mitad para evitarlo.
—Apuesto a que no eran muchos —comentó Ben.
—Pues no. Me temo que muy pocos. Pero la decisión ya está tomada.
En el cubículo donde Samantha compartía un «espacio» con otras tres personas, incluida Izabelle, había plantada una mujer de traje negro y corbata del mismo color. Ben estaba pasillo adelante. La mujer intentó sonreír mientras decía:
—Soy Carmen. ¿Os puedo ayudar?
Sujetaba una caja de cartón, en blanco por los cuatro lados a fin de que nadie supiera que era el recipiente oficial de Scully & Pershing para los trastos de oficina de los trabajadores de permiso, despedidos o lo que fuera.
—No, gracias —respondió Samantha, y se las apañó para hacerlo con amabilidad. Podría haber soltado una grosería, pero Carmen solo estaba haciendo su trabajo.
Empezó a abrir cajones y a sacar todas sus pertenencias. En un cajón tenía unos documentos de S & P, así que preguntó:
—¿Qué pasa con esto?
—Se queda aquí —contestó Carmen, que no le quitaba ojo de encima, como si fuera a birlar algo valioso.
Lo cierto era que cuanto de valor había estaba guardado en los ordenadores: uno de sobremesa que usaba en su puesto y otro portátil que llevaba con ella prácticamente siempre. Un portátil de Scully & Pershing, que también se quedaría allí. Podía acceder a todo desde su portátil personal, pero sabía que a esas alturas ya habrían cambiado las claves.
Como una sonámbula, vació los cajones y recogió con cuidado los seis rascacielos en miniatura de su colección, aunque se le pasó por la cabeza tirarlos a la papelera. A Izabelle le dieron otra caja de cartón en cuanto llegó. Todos los demás —asociados, secretarios, ayudantes— de pronto tenían algo que hacer en otra parte. El protocolo se había adoptado de inmediato: cuando alguien limpia la mesa, mejor que lo haga en paz. Sin testigos, sin curiosos, sin falsas despedidas.
Izabelle tenía los ojos hinchados y enrojecidos; saltaba a la vista que había estado llorando en el aseo.
—Llámame. Vamos a tomar algo esta noche —susurró.
—Claro —dijo Samantha.
Acabó de guardarlo todo en la caja, en el maletín y en un enorme bolso de diseño, y sin volver la vista atrás siguió a Carmen por el pasillo hasta los ascensores de la planta cuarenta y ocho. Mientras esperaban, prefirió no echar un vistazo para ver todo por última vez. Se abrió la puerta y, por suerte, el ascensor iba vacío.
—Ya llevo yo eso —se ofreció Carmen señalando la caja, que cada vez parecía más voluminosa y pesada.
—No —dijo Samantha al tiempo que entraba.
Carmen pulsó el botón del vestíbulo. ¿Por qué exactamente tenía que salir del edificio acompañada? Cuanto más se lo planteaba, más furiosa estaba. Sentía deseos de llorar y arremeter contra todo, pero lo que en realidad quería era llamar a su madre. El ascensor se detuvo en la planta cuarenta y tres, y entró un joven bien vestido. Llevaba una caja de cartón idéntica, además de una gran bolsa colgada del hombro y un maletín de cuero bajo el brazo. Tenía el mismo aspecto conmocionado de miedo y confusión. Samantha lo había visto otras veces en el ascensor, pero no lo conocía. Vaya bufete. Tan mastodóntico que los asociados llevaban etiquetas con el nombre en las odiosas fiestas de Navidad. Otro vigilante de seguridad de traje negro entró tras él, y cuando todos ocuparon su lugar Carmen volvió a pulsar el botón del vestíbulo. Samantha bajó la vista, decidida a no hablar por mucho que le dirigieran la palabra. En la planta treinta y nueve el ascensor volvió a pararse, y subió el señor Kirk Knight con la mirada fija en la pantalla del móvil. En cuanto se cerró la puerta miró en derredor, y al ver las dos cajas de cartón dio la impresión de ahogar un grito a la vez que se le tensaba la espalda. Knight era un socio sénior del departamento de Fusiones y Adquisiciones, así como miembro del comité ejecutivo. Al verse de pronto cara a cara con dos de sus víctimas tragó saliva y se quedó mirando fijamente la puerta. Luego pulsó de súbito el botón del piso veintiocho.
Samantha estaba demasiado aturdida para insultarle. El otro asociado iba con los ojos cerrados. Cuando se detuvo el ascensor Knight salió a toda prisa. Después de cerrarse la puerta Samantha recordó que el bufete tenía arrendados desde la planta treinta hasta la sesenta y cinco. ¿Por qué salía de pronto Knight en la veintiocho? ¡Qué más daba!
Carmen cruzó con ella el vestíbulo y la acompañó hasta la puerta que daba a Broad Street. Le ofreció un flojo «Lo lamento», pero Samantha no contestó. Cargada como una mula, se mezcló con los transeúntes sin dirigirse a ningún lugar en concreto. Entonces se acordó de las imágenes de los empleados de Lehman y Bear Stearns saliendo con cajas llenas de pertenencias de sus edificios de oficinas como si estos estuvieran en llamas y huyeran para salvar la vida. En una fotografía, una grande en color de la sección de negocios del Times, se veía a una corredora de bolsa de Lehman con lágrimas en los ojos mientras permanecía impotente en la acera.
Pero esas fotos ya se habían quedado obsoletas a esas alturas y Samantha no veía ninguna cámara. Dejó la caja en la esquina de Broad y Wall Street, y esperó a que pasara un taxi.
Samantha dejó en el suelo de su sofisticado loft del SoHo de dos mil dólares mensuales de alquiler toda la bazofia de la oficina y se desplomó sobre el sofá. Aferró el móvil, pero aguardó. Respiró hondo, con los ojos cerrados, las emociones bajo control... hasta cierto punto. Necesitaba la voz y las palabras de consuelo de su madre, pero no quería parecer débil, dolida y vulnerable.
Empezó a sentirse aliviada de repente al caer en la cuenta de que se acababa de librar de un empleo que detestaba. Esa noche a las siete igual vería una película o cenaría con sus amigos en vez de trabajar como una esclava en la oficina con el contador en marcha. El domingo podría salir de la ciudad sin pensar ni por un momento en Andy Grubman y el montón de papeleo para su siguiente acuerdo crucial. El móvil de la empresa, un monstruoso dispositivo del que llevaba tres años sin despegarse, había tenido que dejarlo en la oficina. Se sentía liberada y maravillosamente ligera.
Su temor se debía a la pérdida de ingresos y el repentino bandazo que había dado su carrera. Como asociada de tercer año, estaba ganando un sueldo base anual de ciento ochenta mil dólares, además de sustanciosas bonificaciones. Mucho dinero, aunque la vida en Nueva York se las arreglaba para devorarlo. La mitad se iba en impuestos. Tenía una cuenta de ahorro que mantenía sin mucho entusiasmo. Con veintinueve años, soltera y sin compromiso en la ciudad, en una profesión en la que el paquete del año siguiente superaría el salario del actual con bonificaciones incluidas, ¿para qué preocuparse por ahorrar? Tenía un amigo de la facultad de Derecho de Columbia que llevaba cinco años en S & P, acababa de ascender a socio júnior y ganaría medio millón ese año. Samantha iba por el mismo camino.
También tenía amigos que habían abandonado aquella rutina después de doce meses y habían huido alegremente del mundo de los Grandes Bufetes. Uno, antiguo editor del Columbia Law Review, ahora era monitor de esquí en Vermont tras escapar de las garras de S & P, vivía en una cabaña a la orilla de un arroyo y rara vez contestaba al móvil. En solo trece meses había pasado de ser un ambicioso joven asociado a ser un pobre tonto que se quedaba dormido a la mesa. Justo antes de que interviniera Recursos Humanos, sufrió una crisis nerviosa y se marchó de Nueva York. Samantha pensaba en él a menudo, por lo general con una punzada de envidia.
Alivio, miedo y humillación. Sus padres le costearon una educación de colegio privado en Washington D. C. que les salió muy cara. Se licenció con mención magna cum laude en Georgetown con una titulación en Ciencias Políticas. Cursó Derecho sin la menor dificultad y acabó con mención honorífica. Una docena de grandes bufetes le ofrecieron un puesto después de trabajar como becaria en un tribunal federal. Los primeros veintinueve años de su vida habían cosechado éxitos aplastantes sin apenas ningún fracaso. Ser despedida de ese modo era abrumador. Que la acompañaran hasta la salida del edificio de esa manera resultaba humillante. No era un mero traspié sin importancia en una carrera larga y gratificante.
Los números ofrecían cierto consuelo. Desde el desmoronamiento de Lehman, miles de jóvenes profesionales se habían quedado en la calle. Mal de muchos, consuelo de tontos, y esas cosas, pero en esos momentos no conseguía compadecerse de nadie más.
—Karen Kofer —dijo al teléfono. Estaba tumbada en el sofá, perfectamente quieta, controlando la respiración. Y luego—: Mamá, soy yo. Lo han hecho. Me han despedido.
Se mordió el labio inferior y procuró contener las lágrimas.
—Lo lamento, Samantha. ¿Cuándo ha sido?
—Hace cerca de una hora. En realidad no me sorprende, pero aun así cuesta creerlo.
—Lo sé, cielo. Cuánto lo siento...
Durante la semana anterior no habían hablado más que del probable despido.
—¿Estás en casa? —preguntó Karen.
—Sí, y estoy bien. Blythe está trabajando. Aún no se lo he dicho. No se lo he dicho a nadie.
—Lo siento mucho.
Blythe era una amiga y compañera de curso de Columbia que trabajaba en otro gran bufete. Compartían apartamento, pero llevaban vidas separadas. Cuando se trabaja entre setenta y cinco y cien horas semanales, no hay gran cosa que compartir. Las cosas tampoco iban bien en la empresa de Blythe y se esperaba lo peor.
—Estoy bien, mamá.
—No, no lo estás. ¿Por qué no vienes a pasar unos días a casa?
El concepto «casa» no designaba estabilidad. Su madre había alquilado un precioso piso cerca de Dupont Circle y su padre tenía en arriendo un apartamentito próximo al río en Alexandria. Samantha no había pasado nunca más de un mes en ninguno de los dos sitios y no tenía intención de hacerlo en ese momento.
—Ya iré —dijo—, pero ahora mismo no.
Una larga pausa y luego un suave:
—¿Qué planes tienes, Samantha?
—No tengo ningún plan, mamá. Estoy en estado de shock y no puedo pensar en lo que haré dentro de una hora.
—Lo entiendo. Ojalá pudiera estar ahí.
—Estoy bien, mamá. Te lo prometo.
Lo último que Samantha necesitaba era tener a su madre rondándola y dándole consejos sin parar acerca de lo que debía hacer.
—¿Es un despido o una especie de baja?
—El bufete lo llama «permiso». Es un acuerdo por el que prestamos nuestros servicios a una ONG durante uno o dos años y así conservamos el subsidio por enfermedad. Luego, si la situación mejora, el bufete vuelve a contratarnos sin perder antigüedad.
—A mí me parece una táctica patética para teneros atados.
«Gracias, mamá, por tu típica sinceridad.»
Karen continuó:
—¿Por qué no mandas al carajo a esos mamarrachos?
—Porque quiero conservar el subsidio por enfermedad, y me gusta saber que quizá tenga la opción de reincorporarme algún día.
—Puedes encontrar trabajo en algún otro sitio.
Lo dijo como una burócrata de carrera. Karen Kofer era abogada sénior del Departamento de Justicia en Washington, el único empleo relacionado con la abogacía que había tenido, y que llevaba desempeñando treinta años ya. Su puesto, como el de todas las personas de su entorno, estaba protegido a conciencia. Al margen de crisis, guerras, cierres gubernamentales, catástrofes nacionales, altibajos políticos o cualquier otra calamidad posible, el sueldo de Karen Kofer era inviolable. Y de ahí la arrogancia despreocupada de los burócratas atrincherados: «Si somos tan valiosos es porque somos necesarios».
—No, mamá, ahora mismo no hay trabajo —repuso Samantha—. Por si no te habías enterado, hay una crisis económica y una depresión a la vuelta de la esquina. Los bufetes están despidiendo asociados en cuadrilla, y luego cierran las puertas.
—Dudo que las cosas vayan tan mal.
—¿Ah, sí? Scully & Pershing ha aplazado todas las nuevas contrataciones, lo que supone que aproximadamente una docena de los licenciados más brillantes de la facultad de Derecho de Harvard han sido informados de que los puestos que les prometieron para septiembre ya no les esperan. Lo mismo por lo que respecta a Yale, Stanford, Columbia.
—Pero tú tienes muchísimo talento, Samantha.
Samantha sabía que nunca hay que discutir con un burócrata. Respiró hondo, y estaba a punto de despedirse cuando Karen recibió una llamada urgente «de la Casa Blanca» y tuvo que dejarla. Prometió volver a llamar de inmediato, en cuanto salvara la República. «Vale, mamá», dijo Samantha. Recibía tanta atención por parte de su madre como podía desear. Era hija única, lo que suponía una ventaja en retrospectiva, a la luz de los restos que había dejado por todas partes el naufragio del matrimonio de sus padres.
Era un día despejado y hermoso, en lo tocante al tiempo, y Samantha necesitaba dar un paseo. Deambuló por el SoHo y luego por el West Village. Por fin llamó a su padre desde una cafetería vacía. Marshall Kofer había sido antaño un abogado querellante de gran nivel cuya especialidad consistía en demandar a las compañías aéreas que habían sufrido un accidente. Levantó un agresivo y próspero bufete en Washington D. C. y pasaba seis noches a la semana en hoteles por todo el mundo bien buscando demandas o bien inmerso en ellas. Ganaba una fortuna, gastaba a espuertas, y de adolescente Samantha tenía muy claro que su familia era más rica que la de muchos de los chicos de su colegio privado de Washington. Mientras su padre pasaba de un caso prominente a otro, su madre la educaba con discreción haciendo carrera tenazmente por su parte en Justicia. Samantha no habría sabido decir si sus padres se peleaban; Marshall, sencillamente, no estaba nunca en casa. En un momento dado —nadie podría haber dicho cuándo con exactitud— entró en escena una pasante joven y bonita, y él se dejó llevar. La cana al aire se convirtió en una aventura, luego en un romance y, después de un par de años, Karen Kofer empezó a tener sospechas. Se encaró a su marido, quien al principio mintió, pero enseguida reconoció la verdad. Quería divorciarse; había encontrado al amor de su vida.
Por casualidad, más o menos al mismo tiempo que Marshall complicaba su vida familiar, tomó alguna que otra mala decisión. Una implicaba un proyecto para llevarse una cuantiosa cifra a un paraíso fiscal. Un jumbo de United Asia Airlines se había estrellado en Sri Lanka con cuarenta norteamericanos a bordo. No había habido supervivientes y, como era de esperar, el señor Kofer llegó allí antes que nadie. Durante las negociaciones para alcanzar un acuerdo, creó una serie de empresas fantasma por el Caribe y Asia para dirigir, desviar y ocultar descaradamente sus considerables honorarios.
Samantha tenía un grueso expediente con artículos de prensa y reportajes de investigación sobre la tentativa de corrupción más bien torpe de su padre. Habría sido un libro fascinante, pero no tenía el más mínimo interés en escribirlo. Lo atraparon, lo humillaron, lo abochornaron en primera plana, lo condenaron, lo inhabilitaron para ejercer la abogacía y lo enviaron a la cárcel durante tres años. Salió en libertad condicional dos semanas antes de que ella se licenciara en Georgetown. En la actualidad Marshall trabajaba como una especie de asesor en una pequeña oficina en el barrio antiguo de Alexandria. Según él, asesoraba a otros abogados querellantes sobre casos de siniestros colectivos, pero siempre se mostraba impreciso en los detalles. Samantha, al igual que su madre, estaba convencida de que Marshall se las había ingeniado para enterrar parte del botín en algún lugar del Caribe. Karen se había hartado de buscar.
Aunque Karen siempre lo negaría, Marshall temió desde el primer momento que su ex mujer había tenido algo que ver en su enjuiciamiento penal. Tenía influencia de sobra en Justicia, y muchos amigos.
—Papá, me han despedido —dijo suavemente por el móvil; la cafetería estaba vacía, pero el camarero andaba cerca.
—Ay, Sam, lo siento —respondió Marshall—. Cuéntame qué ha pasado.
Hasta donde ella sabía, su padre solo había aprendido una cosa en la cárcel. No era humildad, ni paciencia, ni comprensión, ni compasión, ni ninguno de los atributos habituales que adquiere uno tras un batacazo tan humillante. Era tan ambicioso y apasionado como antes, ansioso por afrontar cada día y arrollar a cualquiera que se le pusiera delante. Pero, por algún motivo, Marshall Kofer había aprendido a escuchar, al menos a su hija. Volvió a relatar los hechos con detalle, y él se mantuvo pendiente de todas y cada una de sus palabras. Samantha le aseguró que todo iría bien, pero en un momento dado le dio la impresión de que su padre iba a echarse a llorar.
Por lo general, él habría hecho comentarios sarcásticos sobre cómo su hija había elegido ejercer su carrera. Detestaba los grandes bufetes porque se había enfrentado a ellos durante años. Los veía como meras empresas, no como firmas con abogados de verdad peleando por sus clientes. Tenía una suerte de tribuna improvisada desde la que podía largar una docena de sermones acerca de los males que acarreaban los Grandes Bufetes. Samantha los había oído absolutamente todos, y no estaba de humor para volver a escucharlos.
—¿Quieres que vaya a verte, Sam? —preguntó—. Puedo estar ahí en unas tres horas.
—Gracias, pero no. Todavía no. Dame un día o así. Me hace falta un respiro y estoy pensando en irme unos días de Nueva York.
—Iré a buscarte.
—Tal vez, pero no ahora. Estoy bien, papá, te lo juro.
—Qué va. Necesitas a tu padre.
Seguía resultándole extraño oír algo así de un hombre que había estado ausente los primeros veinte años de su vida. Al menos ahora lo intentaba.
—Gracias, papá. Te llamo luego.
—Vámonos de viaje, buscaremos una playa en alguna parte y beberemos ron.
Tuvo que echarse a reír porque nunca habían hecho un viaje juntos, los dos solos. Había habido alguna que otra salida precipitada de vacaciones cuando era niña, los típicos viajes a ciudades de Europa, casi siempre interrumpidos por asuntos urgentes en casa. La idea de remolonear con su padre en una playa no le resultaba del todo atrayente, al margen de las circunstancias.
—Gracias, papá. Quizá más adelante, pero ahora no. Tengo que ocuparme de unos asuntos aquí.
—Puedo conseguirte un trabajo —dijo él—. Uno de verdad.
«Ya estamos», pensó Samantha, pero lo dejó correr. Su padre llevaba años persuadiéndola para que aceptase un puesto de abogada de verdad; de verdad en el sentido de que implicara interponer demandas a grandes corporaciones por toda clase de negligencias. En el mundo de Marshall Kofer, cualquier compañía de ciertas proporciones tenía que haber cometido delitos atroces para tener éxito en el encarnizado mundo del capitalismo occidental. Los abogados (y quizá los ex abogados) como él estaban destinados a descubrir malas praxis y poner pleitos como locos.
—Gracias, papá. Te llamo luego.
Qué ironía que su padre tuviera tantas ganas de que ejerciera el mismo tipo de abogacía que había dado con los huesos de él en la cárcel. Ella no tenía interés alguno en los juzgados, ni en los conflictos. No estaba segura de lo que quería, probablemente un buen trabajo de oficina con un sueldo bien alto. Gracias sobre todo a ser mujer e inteligente, había tenido bastantes posibilidades de llegar a ser socia en Scully & Pershing, pero ¿a qué precio?
Quizá quería esa carrera profesional o quizá no. Ahora mismo solo le apetecía deambular por las calles del sur de Manhattan y airearse. Merodeó por Tribeca dejando pasar las horas. Su madre la llamó dos veces y su padre una; sin embargo, prefirió no contestar. Izabelle y Ben también intentaron ponerse en contacto con ella, pero no tenía ganas de hablar. Se encontró delante del pub Moke’s, cerca de Chinatown, y por un momento se quedó mirando el local. Se había tomado la primera copa con Henry en Moke’s, hacía muchos años. Los habían presentado unos amigos. Era aspirante a actor, uno del millón que había en Nueva York, y ella era una asociada novata en S & P. Salieron durante un año antes de que el romance se extinguiera asfixiado por el brutal horario de trabajo de ella y el desempleo de él. Henry se largó a Los Ángeles donde, la última vez que lo vio, conducía limusinas para actores desconocidos y hacía papelitos sin diálogo en anuncios.
Podría haber querido a Henry en otras circunstancias. Él disponía de tiempo, de interés y de pasión. Ella estaba agotada. No era infrecuente en el ámbito de los Grandes Bufetes que las mujeres al cumplir cuarenta años se dieran cuenta de repente de que seguían solteras y había pasado una década sin que se percataran.
Se alejó de Moke’s y fue en dirección norte hacia el SoHo.
Anna, de Recursos Humanos, resultó ser de una eficiencia extraordinaria. A las cinco en punto de la tarde Samantha recibió un largo correo electrónico que incluía los nombres de diez ONG que alguien hacía considerado apropiadas para que colaborasen en ellas de manera gratuita las almas vapuleadas a las que el mayor bufete del mundo había obligado a darse un permiso. Los Guardianes de los Pantanos en Lafayette, Luisiana. El Refugio para Mujeres de Pittsburgh. La Iniciativa a Favor de los Inmigrantes en Tampa. El Centro de Asesoría Jurídica Mountain en Brady, Virginia. La Sociedad para la Eutanasia de Greater Tucson. Una organización para personas sin techo en Louisville. El Fondo de Defensa del lago Erie. Y así sucesivamente. Ninguna de las diez estaba cerca del área metropolitana de Nueva York.
Se quedó mirando la lista largo rato y se planteó la posibilidad de abandonar la ciudad donde había vivido seis de los últimos siete años: tres en Columbia y tres más como asociada. Después de acabar Derecho trabajó como pasante para un juez federal en Washington D. C. y luego regresó a toda prisa a Nueva York. Nunca había vivido lejos de las luces de neón.
¿Lafayette, Luisiana? ¿Brady, Virginia?
En un tono más animado de lo apropiado para la ocasión, Anna advertía a los empleados de permiso que algunas de las ONG mencionadas podían tener plazas limitadas. En otras palabras, más le valía darse prisa o quizá no tuviera la oportunidad de trasladarse al culo del mundo y trabajar gratis los próximos doce meses. Pero Samantha estaba demasiado aturdida para hacer nada apresuradamente.
Blythe se pasó un momento para saludar y comer un plato de pasta al microondas. Samantha había dado a su compañera de piso la gran noticia por medio de un mensaje de texto, y cuando llegó estaba al borde de las lágrimas. Sin embargo, tras unos minutos Samantha se las arregló para tranquilizarla y asegurarle que la vida seguiría adelante. El bufete de Blythe representaba a un montón de sociedades hipotecarias y el estado de ánimo era allí tan lúgubre como en Scully & Pershing. Durante días las dos no habían hablado de nada que no fuera el despido. Mientras comían empezó a vibrar el móvil de Blythe. Era su socio supervisor, que la estaba buscando, conque a las seis y media salió corriendo del apartamento, desesperada por regresar a la oficina y temerosa de que el más leve retraso precipitara su despido.
Samantha se sirvió una copa de vino y llenó la bañera con agua tibia. Se metió, bebió y decidió que, a pesar del buen sueldo, detestaba los Grandes Bufetes y no volvería a trabajar para ellos nunca. No permitiría que le gritasen de nuevo por no estar en la oficina después de anochecer o antes de amanecer. Jamás se dejaría seducir por el dinero otra vez. No volvería a hacer muchas cosas nunca.
En el frente económico, la situación era insegura pero no del todo desoladora. Tenía treinta y un mil dólares ahorrados y ninguna deuda, salvo tres meses más de alquiler del loft. Si se apretaba considerablemente el cinturón y se ganaba un sueldo sumando trabajos a tiempo parcial, era posible que aguantara hasta que remitiese la tormenta. Suponiendo, claro, que no llegara el fin del mundo. No se imaginaba sirviendo mesas o vendiendo zapatos, pero tampoco había soñado nunca que su prestigiosa carrera fuera a terminar de una manera tan brusca. Nueva York no tardaría en estar aún más abarrotada de camareros y dependientes con titulación universitaria.
Otra vez a los Grandes Bufetes. Su objetivo había sido llegar a socia antes de los treinta y cinco, ser una de las pocas mujeres en la cúspide, y lograr un despacho de los que hacían esquina desde donde pudiera jugar duro con los chicos. Tendría secretaria, ayudante, algunos pasantes y un chófer a su servicio, una cuenta de gastos oro y un vestuario de diseñador. Las cien horas de trabajo semanales se reducirían a una cantidad razonable. Se embolsaría más de dos millones al año durante dos décadas, y luego se jubilaría y viajaría por el mundo. Por el camino encontraría marido, tendría uno o dos críos y su vida sería maravillosa.
Lo tenía todo planeado y le había parecido que estaba a su alcance.
Quedó para tomar unos martinis con Izabelle en el vestíbulo del hotel Mercer, a cuatro manzanas de su loft. Habían invitado a Ben, pero acababa de casarse y tenía otras distracciones. Los permisos estaban surtiendo efectos divergentes. Samantha estaba en vías de encajarlo, incluso de restar importancia al asunto y pensar en cómo sobrevivir. Pero era afortunada, porque no había pedido un crédito para costearse los estudios. Sus padres tenían dinero para proporcionarle una buena formación. Izabelle, en cambio, estaba asfixiada por antiguos préstamos y atormentada por el futuro. Sorbió ruidosamente el martini, y la ginebra se le subió directamente al cerebro.
—No puedo aguantar un año sin ingresos —dijo—. ¿Y tú?
—Es posible —reconoció Samantha—. Si recorto en todo y vivo a base de sopa, puedo apañármelas y seguir en la ciudad.
—Yo no —dijo Izabelle con tristeza mientras tomaba otro trago—. Conozco a uno de Litigación. Aceptó el permiso el viernes pasado. Ya ha llamado a cinco ONG y en las cinco le han dicho que los puestos de pasante los han cogido al vuelo otros asociados. ¿No es increíble? Así que llamó a Recursos Humanos y montó la de Dios es Cristo, y le dijeron que continúan ampliando la lista, siguen poniéndose en contacto con ellos ONG que buscan mano de obra sumamente barata. Así que no solo nos ponen de patitas en la calle, sino que la jugadita del permiso no está dando muy buen resultado. Nadie nos quiere, aunque trabajemos gratis. Qué asco.
Samantha tomó un sorbito y saboreó la pócima sedante.
—No sé si voy a aceptar el permiso.
—Entonces ¿qué harás con el subsidio por enfermedad? No puedes quedarte sin cobertura.
—Igual sí.
—Pero si enfermas lo perderás todo.
—No tengo gran cosa.
—Es una tontería, Sam. —Otro trago de martini, aunque un poco más pequeño—. Así que vas a renunciar a un futuro brillante en nuestro querido Scully & Pershing.
—El bufete ha renunciado a mí, y a ti, y a muchos otros. Tiene que haber un sitio mejor donde trabajar, y una manera mejor de ganarse la vida.
—Brindo por eso.
Apareció un camarero y pidieron otra ronda.
Samantha durmió doce horas de un tirón y se despertó con el deseo imperioso de irse de Nueva York. Tumbada en la cama y mirando las antiquísimas vigas de madera que cruzaban el techo, hizo memoria del último mes, más o menos, y cayó en la cuenta de que hacía siete semanas que no salía de Manhattan. Andy Grubman le había hecho suspender en el último momento un largo fin de semana de agosto en Southampton y en vez de dormir y salir de juerga, había pasado el sábado y el domingo en la oficina corrigiendo una carpeta de contratos de un palmo de grosor.
Siete semanas. Se duchó a toda prisa y metió lo esencial en una maleta. A las diez subió a un tren en Penn Station y dejó un mensaje en el buzón de voz del móvil de Blythe. Iba a Washington a pasar unos días. Que la llamara si le daban la patada.
Cuando el tren cruzaba New Jersey la curiosidad pudo con ella. Envió un correo al Fondo de Defensa del lago Erie y otro al Refugio para Mujeres de Pittsburgh. Transcurrieron treinta minutos sin respuestas mientras leía el Times. Ni una palabra sobre la carnicería en S & P a medida que la debacle económica seguía sin amainar. Despidos en masa en empresas financieras. Unos bancos se negaban a prestar dinero mientras que otros cerraban sus puertas. El Congreso iba de cabeza. Obama echaba la culpa a Bush. McCain y Palin culpaban a los demócratas. Dio un vistazo al portátil y vio otro correo de Anna, la dicharachera de Recursos Humanos. Habían aparecido otras seis ONG y se habían unido a la fiesta. ¡Había que ponerse las pilas!
El Refugio para Mujeres respondió con una amable nota en la que agradecía a la señorita Kofer su interés, aunque el puesto acababa de ocuparse. Cinco minutos después la gente de bien que luchaba por salvar el lago Erie le comunicó más o menos lo mismo. Oliéndose ahora el peligro, Samantha envió cinco correos seguidos a otras tantas ONG de la lista de Anna, y luego mandó otro a esta para pedirle amablemente que le echara un poco más de entusiasmo a la hora de ponerla al día. Entre Filadelfia y Wilmington, los Guardianes de los Pantanos allá en Luisiana le dijeron que no. El Proyecto Inocencia de Georgia dijo que no. La Iniciativa a Favor de los Inmigrantes de Tampa dijo que no. La Cámara de Compensación por la Pena Capital dijo que no y la Asistencia Jurídica de Greater Saint Louis dijo que no. No, aunque gracias por su interés. Los puestos de pasante ya estaban ocupados.
Cero de siete. ¡No encontraba trabajo ni de voluntaria!
Cogió un taxi en Union Station cerca del Capitolio y, mientras se abría paso con lentitud por entre el tráfico de Washington, se hundió en el asiento trasero. Una manzana tras otra de oficinas gubernamentales, sedes de un millar de organizaciones y sociedades, hoteles y relucientes bloques de pisos nuevos, oficinas gigantescas llenas a rebosar de abogados y miembros de grupos de presión, las aceras atestadas de gente yendo de aquí para allá, ocupándose urgentemente de los asuntos de la nación mientras el mundo estaba al borde del precipicio. Había vivido los primeros veintidós años de su vida en Washington, pero ahora le parecía una ciudad aburrida. Seguía atrayendo a jóvenes brillantes en tropel, pero no hablaban más que de política y propiedades inmobiliarias. Los miembros de los grupos de presión eran los peores. Ya eran más numerosos que los abogados y los políticos juntos, y dirigían la ciudad. Tenían en sus manos el Congreso y así controlaban el dinero, y durante los cócteles o las cenas te mataban de aburrimiento con los detalles de sus esfuerzos heroicos más recientes por hacerse con una tajada de los fondos gubernamentales o por abrir una brecha (legal) en el código tributario. Todos y cada uno de sus amigos de la infancia y de Georgetown se beneficiaban de un sueldo que, de alguna manera, incluía dinero federal. Su propia madre cobraba ciento cuarenta y cinco mil dólares al año como abogada en Justicia.
Samantha no sabía a ciencia cierta cómo ganaba dinero su padre. Decidió ir a verlo a él primero. Karen trabajaba a destajo y no volvería a casa hasta después de anochecer. Pasó por el apartamento de su madre, dejó la maleta y cruzó en el mismo taxi el Potomac hacia Old Town en Alexandria. Marshall la estaba esperando con un abrazo, una sonrisa y todo el tiempo del mundo. Se había trasladado a un edificio mucho más agradable y había rebautizado su empresa como Grupo Kofer.
—Parece el nombre de un lobby con un montón de miembros —comentó ella mientras paseaba la mirada por la zona de recepción, muy bien amueblada.
—Ah, no —contestó Marshall—. Aquí nos mantenemos al margen de ese circo —dijo señalando en dirección a la ciudad de Washington como si fuera un gueto; iban por el pasillo, pasando por delante de puertas abiertas que daban a pequeños despachos.
«Bueno, entonces, ¿qué hacéis aquí exactamente, papá?» Decidió posponer la pregunta. Marshall la condujo a un enorme despacho que hacía esquina desde donde se veía a lo lejos el Potomac, no muy distinto del de Andy Grubman en una vida anterior. Se sentaron en sillones de cuero en torno a una mesita en espera de que una secretaria les llevase café.
—¿Cómo estás? —preguntó él con sinceridad, poniéndole una mano en la rodilla como si Samantha se hubiera caído por la escalera.
—Estoy bien —dijo Samantha, y de inmediato notó un nudo en la garganta. «Contrólate.» Tragó saliva y añadió—: Es que ha sido tan repentino... Hace un mes todo iba bien, ya sabes, por buen camino, sin problemas. Trabajaba un montón de horas, pero así es la vida en esta profesión. Luego empezamos a oír rumores, tambores lejanos acerca de que las cosas se estaban torciendo. Ahora se han precipitado.
—Es verdad. Esta crisis parece más bien una bomba.
Llegó el café en una bandeja y la secretaria cerró la puerta al salir.
—¿Lees a Trottman? —preguntó Marshall.
—¿Quién?
—Vale, escribe un boletín semanal sobre mercados y política. Tiene su base aquí en Washington y lleva publicándose ya cierto tiempo. Es bastante bueno. Hace seis meses predijo una debacle en el ámbito de los préstamos hipotecarios de alto riesgo, comentó que ya llevaba años cociéndose y demás, anunció que habría una quiebra y una recesión de las gordas. Aconsejó a todo el mundo salirse de los mercados, de todos los mercados.
—¿Lo hiciste?
—Lo cierto es que no tenía nada en los mercados. Y de haber tenido algo no sé si habría seguido su consejo. Hace seis meses estábamos viviendo un sueño y parecía que los valores de los bienes inmobiliarios no iban a bajar nunca. El crédito estaba por los suelos y todo el mundo pedía préstamos a diestro y siniestro. El límite era el cielo.
—¿Qué dice ahora ese tal Trottman?
—Bueno, cuando no anda pavoneándose dice al gobierno federal lo que debe hacer. Predice una recesión grave, planetaria, aunque no como el Crac de 1929. Cree que los mercados se hundirán a la mitad, el desempleo alcanzará nuevos niveles, los demócratas ganarán en noviembre, un par de bancos importantes se irán al cuerno, cundirán el pánico y la incertidumbre, pero el mundo sobrevivirá de alguna manera. ¿Qué has oído por ahí, en Wall Street? Tú estás en el meollo del asunto. O lo estabas, supongo.
Calzaba el mismo estilo de mocasines negros con borlas que había llevado desde siempre. El traje oscuro era probablemente hecho a medida, igual que en sus tiempos de gloria, de lana estambrada y muy caro. Corbata de seda con nudo perfecto. Gemelos. La primera vez que fue a verle a la cárcel llevaba una camisa caqui y unos pantalones de color aceituna, su uniforme estándar, y estuvo lamentándose de lo mucho que echaba en falta su vestuario. A Marshall Kofer siempre le había gustado la ropa de calidad, y ahora que había vuelto saltaba a la vista que estaba dejándose un buen dinero.
—Pánico y nada más —contestó—. Ayer hubo dos suicidios, según el Times.
—¿Has comido?
—Un sándwich, en el tren.
—Entonces vamos a cenar, solo los dos.
—Se lo prometí a mamá, pero estoy libre para comer mañana.
—Hago la reserva. ¿Qué tal está Karen? —preguntó.
Según él, sus padres mantenían una charla amistosa por teléfono al menos una vez al mes. Según su madre, las conversaciones se daban en torno a una vez al año. A Marshall le habría gustado mantener la amistad, pero a Karen los recuerdos le pesaban demasiado. Samantha no había intentado nunca mediar entre ellos.
—Está bien, supongo. Trabaja duro y eso.
—¿Está saliendo con alguien?
—No se lo pregunto. ¿Y tú?
La pasante joven y bonita lo dejó tirado dos meses después de ir a parar a la cárcel, así que Marshall llevaba muchos años sin pareja. Sin pareja, pero rara vez solo. Tenía casi sesenta años, seguía delgado y en buena forma, con el pelo entrecano peinado hacia atrás y una sonrisa para morirse.
—Ah, yo continúo en el ajo —dijo con una risotada—. ¿Qué me cuentas tú? ¿Hay alguien especial?
—No, papá, me temo que no. He estado los últimos tres años en una cueva mientras la vida pasaba de largo. Tengo veintinueve años y vuelvo a ser virgen.
—No hace falta que entremos en detalles. ¿Cuánto vas a estar en Washington?
—Acabo de llegar. No lo sé. Ya te hablé del asunto del permiso que ofrece la empresa, y lo estoy valorando.
—¿Lo de trabajar como voluntaria durante un año y luego recuperar el empleo sin perder antigüedad?
—Algo así.
—Huele a chamusquina. En realidad no confías en esos tipos, ¿verdad?
Samantha respiró hondo y tomó un sorbo de café. Llegados a ese punto, la conversación podía caer en picado hacia tópicos que ahora mismo no soportaría.
—No, la verdad es que no. Puedo decir con sinceridad que no confío en los socios que dirigen Scully & Pershing. No.
Marshall ya estaba negando con la cabeza, coincidiendo alegremente con ella.
—Y en realidad no quieres volver allí, ni ahora ni dentro de doce meses, ¿verdad?
—No estoy segura de cómo me sentiré dentro de doce meses, pero no veo mucho futuro en ese bufete.
—Claro, claro. —Dejó la taza en la mesa y se inclinó hacia delante—. Mira, Samantha, puedo ofrecerte un trabajo aquí mismo, uno con un buen sueldo que te mantenga ocupada durante un año o así mientras te aclaras. Igual puede llegar a ser permanente, o igual no, pero tendrás tiempo de sobra para tomar esa decisión. No ejercerás la abogacía, el derecho auténtico, que dicen, pero me parece que tampoco lo has ejercido mucho en estos últimos tres años.
—Mamá dijo que tienes dos socios y que también fueron inhabilitados.
Fingió reír, pero la verdad era incómoda.
—No me extraña que Karen dijera algo así. Pero sí, Samantha, somos tres, todos declarados culpables, condenados, inhabilitados, encarcelados y, me alegra anunciarlo, rehabilitados.
—Lo siento, papá, no me veo trabajando en una firma dirigida por tres abogados inhabilitados.
Marshall encorvó un poco los hombros. Su sonrisa se esfumó.
—En realidad no es un bufete, ¿eh?
—No lo es. No podemos ejercer porque no hemos recuperado la licencia para hacerlo.
—Entonces ¿a qué os dedicáis?
Reaccionó rápidamente y explicó:
—Ganamos mucho dinero, cariño. Trabajamos de asesores.
—Todo el mundo es asesor, papá. ¿A quiénes asesoráis y qué les decís?
—¿Estás familiarizada con la financiación de litigios?
—Para seguir con la charla, digamos que no.
—De acuerdo, la financiación de litigios corre a cargo de empresas privadas que recaudan dinero de sus inversores para participar en juicios importantes. Por ejemplo, digamos que una pequeña empresa de software está convencida de que una de las grandes, pongamos por caso Microsoft, le ha robado el software, pero no hay manera de que la empresa pequeña pueda permitirse demandar a Microsoft y estar a su altura ante los tribunales. Es imposible. Así que acude a un fondo de litigios; este revisa el caso y, si lo considera meritorio, aporta una buena pasta para honorarios y gastos. Diez millones, veinte millones, en realidad no importa. Hay dinero de sobra. El fondo, como es natural, se lleva una tajada. La lucha se vuelve más justa y, por lo general, se llega a un acuerdo lucrativo. Nuestro trabajo consiste en asesorar a los fondos de litigios sobre si deben implicarse o no. No hay que interponer todas las demandas en potencia, ni siquiera en este país. Mis dos socios, socios no capitalistas debo añadir, también eran expertos en demandas colectivas complejas hasta que, por así decirlo, los invitaron a abandonar la abogacía. Nuestro negocio es boyante, a pesar de esta pequeña recesión. De hecho, creemos que este barullo será beneficioso para nosotros. Muchos bancos están a punto de ser demandados, y por sumas inmensas.
Samantha escuchó, tomó el café y procuró tener presente que estaba ante un hombre que antes engatusaba habitualmente a jurados para sacarles millones.
—¿Qué te parece? —preguntó él.
«Me parece horroroso», pensó Samantha, pero mantuvo el ceño fruncido como si estuviera absorta en sus pensamientos.
—Es interesante —consiguió decir.
—Vemos un potencial de desarrollo enorme.
«Sí, y con tres ex presidiarios llevando el cotarro solo es cuestión de tiempo que haya líos.»
—No tengo la menor idea sobre litigios, papá. Siempre he procurado mantenerme al margen. Me dedicaba a asuntos financieros, ¿recuerdas?
—Bah, ya aprenderás. Te enseñaré, Samantha. Nos lo pasaremos en grande. No te niegues en redondo. Prueba unos meses mientras te aclaras las ideas.
—Es que aún no me han inhabilitado —dijo. Los dos se echaron a reír, aunque en realidad no era tan gracioso—. Lo pensaré, papá. Gracias.
—Te prometo que encajarás. Cuarenta horas a la semana, un bonito despacho, gente simpática. Seguro que es mejor que esa carrera de ratas en Nueva York.
—Pero Nueva York es mi hogar, papá, no Washington.
—Vale, vale. No voy a insistir. La oferta está encima de la mesa.
—Y te la agradezco.
Una secretaria llamó a la puerta con los nudillos y asomó la cabeza.
—Su reunión de las cuatro, señor.
Marshall frunció el ceño a la vez que miraba el reloj de pulsera para confirmar la hora.
—Ahora mismo voy —respondió, y la mujer desapareció.
Samantha cogió el bolso.
—Más vale que me vaya —dijo.
—No hay prisa, cariño. Puede esperar.
—Ya sé que estás ocupado. Nos vemos mañana para comer.
—Lo pasaremos bien. Saluda a Karen de mi parte. Me encantaría verla.
«Ni lo sueñes.»
—Claro, papá. Nos vemos mañana.
Se abrazaron junto a la puerta y ella salió a paso ligero.
El octavo rechazo llegó de la Sociedad Chesapeake de Baltimore y el noveno de una organización que luchaba por salvar las secuoyas del norte de California. En toda su privilegiada vida, a Samantha Kofer nunca la habían rechazado nueve veces en un solo día en nada que se hubiera propuesto. Ni en una semana... o en un mes. No estaba segura de poder encajar el décimo.
Estaba tomando un descafeinado en la cafetería de Kramerbooks cerca de Dupont Circle, esperando e intercambiando correos electrónicos con amigos. Blythe aún conservaba su empleo, pero las cosas cambiaban según pasaban las horas. Le contó el cotilleo de que su bufete, el cuarto más grande del mundo, también estaba masacrando asociados a diestro y siniestro, y que había pergeñado la misma treta del permiso para endosar sus empleados más brillantes a tantas ONG sin blanca y con problemas como fuera posible. Le escribió: «Debe de haber miles de personas por ahí suplicando un puesto de trabajo».
Samantha no tuvo agallas para reconocer que llevaba cero de nueve.
Entonces llegó con un tintineo la décima respuesta. Era un escueto mensaje de una tal Mattie Wyatt del Centro de Asesoría Jurídica Mountain en Brady, Virginia: «Si puede hablar ahora mismo, llámeme al móvil», y le daba su número. Tras nueve negativas tajantes, una detrás de otra, Samantha tuvo la misma sensación que si la hubieran invitado a la investidura presidencial.
Respiró hondo y dio otro sorbo al descafeinado, miró alrededor para asegurarse de que nadie la oía, como si a los demás clientes les importaran sus asuntos, y marcó el número en el móvil.
El Centro de Asesoría Jurídica Mountain llevaba a cabo sus operaciones de bajo presupuesto desde una ferretería abandonada en Main Street, en Brady, Virginia, un municipio con una población de más de dos mil habitantes que se reducía con cada censo. Brady estaba en el sudoeste de Virginia, en los Apalaches, la región minera. Con respecto a las acaudaladas zonas residenciales de Washington D. C., al norte de Virginia, Brady estaba a unos cuatrocientos cincuenta kilómetros de distancia y a un siglo de retraso.
Mattie Wyatt era la directora ejecutiva del centro desde el día en que se fundó la organización hacía veintiséis años. Contestó al móvil con su saludo habitual:
—Mattie Wyatt.
Una voz más bien tímida al otro extremo de la línea respondió:
—Sí, soy Samantha Kofer. Acabo de leer su email.
—Gracias, señorita Kofer. He recibido su solicitud esta tarde, junto con varias más. Parece que la situación es bastante apurada en algunos de esos grandes bufetes.
—Podría decirse que sí.
—Bueno, nunca hemos tenido una pasante de una de las firmas más importantes de Nueva York, pero siempre nos va bien un poco de ayuda. No hay escasez de gente pobre con problemas. ¿Ha estado alguna vez en el sudoeste de Virginia?
Samantha no había estado allí. Había visto mundo, pero nunca se había aventurado hasta los Apalaches.
—Me temo que no —reconoció con toda la amabilidad posible.
Al oír la voz de Mattie, afable ligeramente nasal, Samantha decidió que convenía hacer uso de sus mejores modales.
—Pues le espera una buena sorpresa —dijo Mattie—. Mire, señorita Kofer, hoy me han enviado correos tres colegas suyos y no tenemos sitio para tres novatos que aún están verdes, ¿sabe a qué me refiero? Así que la única manera de escoger a uno es por medio de entrevistas. ¿Puede acercarse a echar un vistazo? Los otros dos han dicho que lo intentarían. Creo que uno es de su bufete.
—Sí, claro, podría ir —respondió Samantha. ¿Qué otra cosa iba a decir? Cualquier indicio de reticencia y, sin duda, se encontraría con la décima negativa—. ¿Cuándo tenía pensado?
—Mañana, pasado, cuando sea. No esperaba verme abrumada por solicitudes de abogados despedidos en busca de trabajo, aunque sea sin cobrar. De pronto es un puesto muy disputado, así que supongo que cuanto antes, mejor. Nueva York queda muy lejos.
—Lo cierto es que estoy en Washington D. C. Puedo estar ahí mañana por la tarde, supongo.
—De acuerdo. No dispongo de mucho tiempo para dedicar a las entrevistas, conque es probable que contrate al primero que se presente y anule las demás. Si me gusta el primero, claro.
Samantha cerró los ojos unos segundos y trató de ser objetiva. La mañana del día anterior tenía sobre su mesa, en el bufete más grande del mundo, una empresa que pagaba de maravilla y le ofrecía la perspectiva de una carrera larga y rentable. Ahora, unas treinta horas después, estaba en paro, sentada en la cafetería de Kramerbooks, intentando conseguir como fuera un trabajillo temporal y sin sueldo en el lugar más dejado de la mano de Dios que cabía imaginar.
Mattie continuó:
—El año pasado fui en coche a Washington para asistir a un congreso y me llevó seis horas. ¿Quedamos mañana en torno a las cuatro de la tarde?
—Claro. Nos vemos entonces. Y gracias, señora Wyatt.
—No, gracias a ti. Y llámame Mattie.
Samantha buscó en la red y dio con la página web del centro de asesoría jurídica. Su misión era sencilla: «Ofrecer servicios jurídicos gratuitos a personas con ingresos bajos en el sudoeste de Virginia». Las áreas en que proporcionaban esos servicios incluían relaciones domésticas, alivio de deudas, vivienda, atención sanitaria, educación y subsidio por causa de la neumoconiosis, también conocida como enfermedad del pulmón negro. Durante la carrera había abordado de pasada algunas de esas especialidades, aunque después nunca había trabajado en ellas. El centro no se ocupaba de asuntos criminales. Además de Mattie Wyatt, había otra abogada, una ayudante y una recepcionista, todas mujeres.
Samantha decidió que lo hablaría con su madre y después lo consultaría con la almohada. No tenía coche y, a decir verdad, no se imaginaba perdiendo el tiempo en un desplazamiento a los Apalaches. Hacer de camarera en el SoHo parecía una perspectiva mejor. Mientras miraba la pantalla del ordenador, el refugio para personas sin techo en Louisville respondió con una amable negativa. Diez rechazos en un día. Ya tenía suficiente: cejaría en su aspiración de salvar el mundo.
Karen Kofer llegó al Firefly justo después de las siete. Los ojos se le llenaron de lágrimas al abrazar a su única hija, y tras unas palabras de consuelo Samantha le pidió que hiciera el favor de dejarlo ya. Fueron al bar y pidieron vino mientras esperaban a que quedara una mesa libre. Karen tenía cincuenta y cinco años, y estaba envejeciendo maravillosamente. Se gastaba casi todo el dinero en ropa y siempre iba a la moda, siempre chic. Hasta donde alcanzaba a recordar Samantha, su madre llevaba toda la vida quejándose de la falta de estilo que había en Justicia, como si fuera tarea suya animar un poco las cosas. Se había separado hacía diez años y no le faltaban hombres, aunque no había dado aún con el más adecuado. Por costumbre, dio un repaso a su hija, desde los pendientes hasta los zapatos, e hizo una valoración en cuestión de segundos. Sin comentarios. A Samantha no le importó mucho. En un día tan horrible, tenía otras cosas en la cabeza.
—Papá te manda saludos —dijo en un esfuerzo por desviar la conversación de los urgentes asuntos de Justicia.
—Ah, ¿le has visto? —preguntó Karen con las cejas enarcadas y el radar en alerta máxima de pronto.
—Sí. He pasado por su despacho. Parece que le va bien, tiene buen aspecto, su negocio va viento en popa, según dice.
—¿Te ha ofrecido trabajo?
—Sí. Para empezar de inmediato, cuarenta horas a la semana en una oficina llena de gente maravillosa.
—Todos han sido inhabilitados, ¿sabes?
—Sí, me lo ha dicho.
—Parece un negocio legítimo, al menos por ahora. Pero no estarás pensando en trabajar para Marshall, ¿verdad? Son una pandilla de ladrones y lo más probable es que no tarden en meterse en líos.
—¿Así que los tienes vigilados?
—Digamos que tengo amigos, Samantha. Muchos amigos en los puestos adecuados.
—¿Y te gustaría verlo trincado otra vez?
—No, cielo, ya he superado lo de tu padre. Nos separamos hace años y me llevó mucho tiempo recuperarme. Ocultó bienes y me estafó en el divorcio, pero por fin lo he superado. Tengo una buena vida y no pienso malgastar energía en Marshall Kofer.
Tomaron un sorbo de vino a la vez y contemplaron al camarero, un tío cachas de veintitantos años con una ajustada camiseta negra.
—No, mamá, no voy a trabajar para papá. Sería un desastre.
La encargada las llevó a su mesa y un camarero les sirvió agua con hielo. Cuando volvieron a quedarse a solas, Karen habló.
—Lo siento mucho, Samantha. No me lo puedo creer.
—Por favor, mamá, ya basta.
—Lo sé, pero es que soy tu madre y no lo puedo evitar.
—¿Me dejas el coche un par de días?
—Sí, claro. ¿Para qué necesitas mi coche?
—Hay una asesoría jurídica en Brady, Virginia, una de las ONG de mi lista, y estoy pensando en ir a echar un vistazo. Lo más probable es que sea una pérdida de tiempo, pero la verdad es que no estoy muy ocupada ahora mismo. De hecho, no tengo nada que hacer mañana, y un largo viaje en coche me vendría bien para despejarme.
—¿Una asesoría jurídica?
—¿Por qué no? No es más que una entrevista para un puesto de pasante. Si no me lo dan, seguiré en el paro. Si lo consigo, siempre puedo dejarlo en caso de que no me guste.
—¿Y no te pagan nada?
—Nada. Es parte del trato. Colaboro con ellos durante doce meses y el bufete se encarga de que siga formando parte del sistema.
—Pero seguro que puedes encontrar un buen bufete en Nueva York, ¿no?
—Ya hemos hablado de ello, mamá. Los Grandes Bufetes están despidiendo a la gente y los pequeños cierran. No te haces idea de la histeria que hay en las calles de Nueva York ahora mismo. Tú estás a salvo y ninguno de tus amigos perderá su puesto. Ahí fuera, en el mundo real, no hay más que miedo y caos.
—¿Yo no formo parte del mundo real?
Por suerte regresó el camarero, con un largo discurso sobre los platos recomendados. Cuando se alejó terminaron el vino y observaron las mesas de alrededor. Por fin Karen dijo:
—Samantha, estás cometiendo un error. No puedes largarte y desaparecer durante un año. ¿Qué pasa con tu apartamento? ¿Y tus amigos?
—Mis amigos están de permiso, igual que yo, o al menos la mayoría. Además, no tengo muchos.
—Es que no me hace mucha gracia.
—Muy bien, mamá, y ¿qué otras opciones tengo? Aceptar un trabajo en el Grupo Kofer.
—Dios no lo quiera. Probablemente irías a parar a la cárcel.
—¿Me visitarías? A él no fuiste a verlo nunca.
—Nunca se me pasó por la cabeza. Me alegré cuando lo enchironaron. Algún día lo entenderás, cariño, pero solo si el hombre al que quieres te deja tirada por otra, y rezo para que no ocurra.
—Vale, creo que lo entiendo. Pero de eso hace mucho tiempo.
—Hay cosas que no se olvidan.
—¿Intentas olvidarlas?
—Mira, Samantha, todos los hijos quieren que sus padres sigan juntos. Es un instinto básico de supervivencia. Y cuando se separan, el hijo quiere que por lo menos sigan siendo amigos. Unos son capaces de hacerlo, otro no. No deseo estar en la misma habitación que Marshall Kofer, y preferiría no hablar de él. Vamos a dejarlo así.
—Muy bien.
Era lo más cerca que había estado Samantha de una mediación, y reculó de inmediato. El camarero les llevó las ensaladas y pidieron una botella de vino.
—¿Qué tal está Blythe? —preguntó Karen, optando por temas de conversación más triviales.
—Preocupada, pero aún tiene trabajo.
Hablaron de Blythe unos minutos y luego de un hombre llamado Forest que llevaba alrededor de un mes pasándose por el apartamento de Karen. Era unos años más joven, como le gustaban a ella, pero no había chispa. Forest era un abogado que ejercía de asesor en la campaña de Obama, y la conversación tomó ese derrotero. Con el vino recién servido, analizaron el primer debate presidencial. Samantha, no obstante, estaba cansada de las elecciones, y Karen, debido a su trabajo, rehuía la política.
—Olvidaba que no tienes coche —dijo.
—Hacía años que no lo necesitaba. Supongo que podría alquilar uno durante unos meses si fuera necesario.
—Ahora que lo pienso, mañana por la tarde me hace falta el mío. Voy a jugar al bridge a casa de una amiga, en McLean.
—No pasa nada. Alquilaré uno un par de días. Cuanto más lo pienso, más me apetece lo de hacer un largo trayecto en coche, sola.
—¿De qué duración?
—Seis horas.
—En seis horas puedes llegar a Nueva York.
—Bueno, mañana voy en la dirección opuesta.
Llegaron los entrantes. Las dos tenían un hambre feroz.