¿Por dónde comenzar este relato? Ojalá pudiera decir que por el principio. Pero es que no sé dónde se inicia. Sé tan poco como cualquiera sobre la verdadera relación causa-efecto de lo que pasa en mi vida.
¿Empezó esta historia cuando comprendí que solo era el cuarto mejor jugador de fútbol de mi clase? ¿Cuando mi abuelo Basse me mostró los dibujos, sus propias ilustraciones, de la Sagrada Familia? ¿Cuando di la primera calada a un cigarrillo mientras escuchaba mi primer tema de Grateful Dead? ¿Cuando leí a Kant en la universidad y creí haberlo entendido? ¿Cuando vendí mi primera china de hachís? ¿O empezó cuando besé a Bobby, que por cierto es una chica, o la primera vez que vi la pequeña criatura arrugada que lloraba como una salvaje y que recibiría el nombre de Anna? Tal vez cuando, sentado en el apestoso cuarto trasero del Pescador, me contó lo que pretendía que hiciera. No lo sé. Nos contamos historias con pies y cabeza, con una lógica inventada, para que parezca que la vida tiene sentido.
Así que da igual que empiece aquí mismo, en pleno desconcierto, en un lugar y un tiempo en que el destino parece tomarse un descanso, contener la respiración. Cuando, por un instante, pensé que no solo estaba de camino, sino que ya había llegado.
Me bajé del autobús en mitad de la noche. Entrecerré los ojos para protegerme del sol, que se arrastraba sobre un islote entre las olas, hacia el norte. Rojo y apagado. Como yo. Tras él, más mar. Y aún más allá, el Polo Norte. Puede que este fuera un lugar donde no me buscasen.
Miré a mi alrededor. Desde los otros tres puntos cardinales me observaban montículos de escasa altura. Brezo rojo y verde, rocas y algún que otro grupo de abedules de poca altura. Hacia el este la tierra descendía hasta el mar, pedregosa y plana como una tortilla, y hacia el suroeste parecía que la hubieran cortado con un cuchillo allá donde empezaba el mar. A unos cien metros de altura sobre el agua inmóvil comenzaba una meseta, un paisaje abierto que se prolongaba hacia el interior. El altiplano de Finnmark. La frontera, como solía decir mi abuelo, terminaba aquí.
El camino de grava compacta conducía a un grupo de casas bajas. Solo la torre de la iglesia destacaba un poco. Desperté en el autobús cuando pasábamos ante un cartel con el nombre de Kåsund; el pueblo estaba allá abajo, junto al mar y un embarcadero de madera. Pensé: «¿Por qué no?», tiré del cable que colgaba de la ventanilla y se iluminó el aviso de parada sobre la cabeza del conductor.
Me puse la chaqueta del traje, cogí la bolsa de piel y eché a andar. La pistola que llevaba en el bolsillo de la chaqueta me golpeaba la cadera. De lleno en el hueso. Siempre estuve demasiado delgado. Me detuve y coloqué la riñonera con el dinero de modo que los billetes amortiguaran el golpeteo.
No había ni una nube en el cielo y el aire era tan transparente que tuve la sensación de ver muy lejos. Hasta donde la vista alcanza, como suele decirse. Dicen que el altiplano de Finnmark es hermoso. Yo qué coño sé. ¿No es el tipo de cosas que la gente dice sobre lugares inhóspitos? ¿Para presumir de ser duros, de tener su propia perspectiva, o cierta superioridad? Como esos que se atribuyen el gusto por la música incomprensible o la literatura ilegible. Yo mismo lo había hecho. Creía que de ese modo a lo mejor compensaría alguna de las facetas en las que no daba la talla. O tal vez solo era para consolar a los pocos que se veían abocados a vivir allí: «Es un lugar hermosísimo». ¿Qué es bonito en este paisaje plano, monótono y desnudo? Es como Marte. Un desierto rojo. Inhóspito y feo. El escondrijo perfecto. O eso espero.
Las ramas de unos árboles que bordeaban el camino se movieron. Al instante, una figura saltó por encima de la cuneta. Mi mano fue, de forma instintiva, a coger la pistola, pero la retuve. No era uno de ellos. Este tipo parecía un bufón recién salido de la baraja de cartas.
—¡Buenas noches! —gritó.
Se aproximó con unos andares extraños y bamboleantes, con las piernas tan arqueadas que a través de ellas podía ver cómo continuaba el camino hacia la aldea. Pero cuando estuvo más cerca, descubrí que lo que llevaba no era una gorra de bufón de la corte, sino un gorro sami. Azul, rojo y amarillo, solo le faltaban las campanillas. Calzaba botas de piel clara y vestía un anorak azul remendado con cinta adhesiva negra. Por las roturas asomaba un relleno amarillento, que parecía más un material aislante que plumas de ganso.
—Perdona que te lo pregunte —dijo—, pero ¿tú quién eres?
Le sacaba al menos dos cabezas. Tenía el rostro ancho, la sonrisa amplia y los ojos rasgados, como si fuera asiático. Si juntaras todos los tópicos de los habitantes de Oslo sobre el aspecto que debería tener un sami, este tipo sería el resultado.
—Vine en el autobús —dije.
—Te he visto. Soy Mattis.
—Mattis —repetí despacio para ganar unos segundos y pensar en la respuesta a su próxima e inevitable pregunta.
—Y tú, ¿quién eres?
—Ulf —dije. Era un nombre tan bueno como cualquier otro.
—¿Y qué has venido a hacer a Kåsund?
—De visita, nada más —dije, señalando el grupo de casas con un movimiento de cabeza.
—¿Eres inspector de caza y pesca, o predicador?
No sé qué aspecto tendrán los inspectores, pero negué con la cabeza y me pasé la mano por mi larga cabellera hippie. Tal vez debería cortármela, llamaría menos la atención.
—Perdona que te lo pregunte —repitió—, pero ¿qué eres, entonces?
—Cazador —respondí, seguramente porque habíamos hablado de la inspección de caza y pesca. Y, para el caso, era tan cierto como falso.
—Anda, ¿vas a salir de caza por aquí, Ulf?
—Parece un buen terreno de caza.
—Sí, pero llegas una semana antes de tiempo, la temporada de caza no empieza hasta el 15 de agosto.
—¿Hay algún hotel por aquí?
El sami se echó a reír. Carraspeó y escupió un salivazo marrón que esperé que fuera de tabaco de mascar, rapé o algo parecido. El escupitajo impactó en el suelo con un sonoro chasquido.
—¿Pensión? —pregunté yo.
Él negó con la cabeza.
—¿Una caravana? ¿Alquiler de habitaciones?
Pegado en un poste de la línea telefónica, justo detrás de él, había un cartel que anunciaba una banda de música de baile que iba a tocar en Alta. Una ciudad que, por lo tanto, no podía estar muy lejos. Tal vez debería haberme quedado en el autobús y bajarme allí.
—¿Y tú qué, Mattis? —dije, y aticé a un mosquito que me estaba picando en la frente—. ¿No tendrás una cama que puedas dejarme para esta noche?
—En mayo quemé la cama en la chimenea. Este año hemos tenido un mayo muy frío.
—¿Sofá? ¿Colchón?
—¿Colchón? —levantó el brazo abarcando el altiplano cubierto de brezo.
—Gracias, pero me gusta tener paredes y techo. Voy a ver si encuentro una caseta de perro desocupada. Buenas noches. —Empecé a caminar hacia las casas apiñadas.
—La única caseta de perro que vas a encontrar en Kåsund es esa de ahí —gritó con una entonación descendente y quejosa.
Me giré. Su dedo índice apuntaba hacia el primero de los edificios.
—¿La iglesia?
Él asintió.
—¿Está abierta por la noche?
Mattis ladeó la cabeza.
—¿Sabes por qué nadie roba en Kåsund? Porque no hay nada que robar salvo los renos.
Con un salto sorprendentemente grácil el hombrecillo regordete pasó al otro lado de la cuneta y empezó a trotar por el brezo. Hacia el oeste. Mis puntos de referencia eran el sol al norte y el hecho de que, según mi abuelo, las iglesias tienen el campanario orientado hacia el oeste en cualquier lugar del mundo. Coloqué una mano sobre los ojos a modo de visera y observé el terreno que tenía delante. ¿Adónde cojones iba ese tipo?
Tal vez porque el sol brillaba aunque estuviéramos en plena noche y porque reinaba un silencio sepulcral, la aldea tenía un aire extrañamente desolado. Las casas parecían construidas a toda prisa, sin cuidado ni cariño. No es que su aspecto fuera frágil, pero daba la sensación de que eran más un techo debajo del cual resguardarse que un hogar. Funcionales. Recubiertas de planchas de un material que no requería mantenimiento, y resistentes a las inclemencias del tiempo. Carrocerías oxidadas de coches sin matrícula abandonadas en jardines que no eran tales, sino más bien parcelas valladas cubiertas de brezo y abedules. Carritos de bebé, pero ni un juguete. Solo unas pocas casas tenían cortinas o persianas en las ventanas. El resto de cristales desnudos reflejaban el sol e impedían ver el interior. Como las gafas de sol de alguien que no quiere revelar demasiado de sí mismo.
En efecto, la iglesia estaba abierta. Es un decir, ya que la madera estaba hinchada por la humedad y la puerta no se abría tan fácilmente como otras iglesias que he visitado. La nave central era muy pequeña, sobriamente decorada, pero también hermosa en su sencillez. El sol de medianoche iluminaba las vidrieras; sobre el altar pendía el habitual Jesús en la cruz y delante un tríptico de David contra Goliat, el niño Jesús en los laterales y la Virgen María en el centro.
Encontré la puerta de la sacristía a un lado del altar. Busqué en los armarios y di con dos sotanas, una fregona y un cubo, pero nada de vino para la comunión, solo un par de cajas de hostias que llevaban impreso «Panadería Olsen». Me llevé a la boca cuatro o cinco, pero era como masticar papel secante, te resecaban la boca hasta tal punto que acabé por escupirlas sobre el periódico que había encima de la mesa. Me informaba, si era la edición de ese día del Finnmark Dagblad, de que estábamos a 8 de agosto de 1977; de que las protestas contra la construcción de la presa del río Alta iban en aumento; de cuál era el aspecto del presidente de la diputación provincial, Arnulf Olsen; de que Finnmark, al ser la única provincia con frontera con la URSS, se sentía un poco más segura tras la muerte de la espía Gunvor Galtung Haavik; además de que, por fin, la previsión del tiempo era mejor aquí que en Oslo.
El suelo de piedra de la sacristía era demasiado duro para tumbarse en él y los bancos de la iglesia demasiado estrechos, así que me llevé una sotana al presbiterio, colgué mi chaqueta de la barandilla, me tumbé en el suelo y apoyé la cabeza en la bolsa de piel. Sentí que algo me mojaba la cara. Me sequé con la mano y me miré las yemas de los dedos. Tenían un color rojo oxidado.
Observé al hombre crucificado que colgaba justo encima de mí. Entonces comprendí que debía de provenir de la cúpula. Un techo con goteras, agua teñida por la arcilla o el hierro. Me retorcí para no apoyarme en el hombro dolorido y me pasé la sotana por encima de la cabeza para evitar la luz del sol. Cerré los ojos.
Eso es. No pensar en nada. Dejarlo todo fuera.
Encerrado.
Aparté la sotana e intenté tomar aire.
Joder.
Me quedé tumbado con la mirada clavada en el techo. Después del entierro, cuando no podía dormir, tomaba Valium. No sabía si me había vuelto adicto, pero desde luego me costaba conciliar el sueño sin él. Ahora solo me dormiría si estaba lo bastante agotado.
Volví a taparme con la sotana y cerré los ojos. Setenta horas huyendo. Mil ochocientos kilómetros. Un par de horas de sueño sentado en trenes y autobuses. Debería estar exhausto.
Pensar en algo positivo.
Intenté recordar cómo era todo antes. Antes de antes. Pero no lo conseguí. En su lugar surgía todo lo anterior. El hombre vestido de blanco. El olor a pescado. El cañón negro de una pistola. El vidrio que se hacía añicos, la caída. Aparté esos pensamientos, alargué la mano y susurré su nombre.
Y entonces, por fin, ella vino.
Desperté. Permanecí inmóvil.
Algo me tocaba. Alguien. Con cuidado, como para no despertarme, solo para asegurarse de que había alguien debajo de la sotana.
Me concentré en respirar con regularidad. Tal vez todavía tuviera una posibilidad, tal vez no se habían percatado de que estaba despierto.
Deslicé la mano hacia un lado, hasta caer en la cuenta de que había colgado la chaqueta con la pistola en la barandilla.
Para ser un profesional, fue un descuido propio de un aficionado.