Prólogo

Dormía allí dentro, detrás de la puerta.

El interior de la rinconera olía a madera vieja, a restos de pólvora y lubricante para armas. Cuando el sol iluminó la habitación a través de la ventana, se materializó en el agujero de la cerradura del armario una luz con forma de reloj de arena; y, cuando el sol alcanzó el ángulo exacto, le arrancó un débil destello a la pistola que había en el estante, en medio del armario.

La pistola era una Odessa rusa, una copia de la más conocida Stetchin.

Aquella arma había llevado una existencia errabunda, había viajado con los kulakí de Lituania hasta Siberia, se había desplazado entre los distintos cuarteles generales de los urki en el sur de Siberia, había sido propiedad de un atamán, de un líder cosaco, al que había matado la policía con la Odessa en ristre, antes de ir a parar a las manos de un director de prisiones de Tagil, que era coleccionista de armas. Al final, aquella pistola tan fea y llena de aristas llegó a Noruega con Rudolf Asáiev que, antes de desaparecer, y gracias al opioide llamado «violín», parecido a la heroína, monopolizó el mercado de estupefacientes de Oslo. La misma ciudad en la que el arma se encontraba ahora, y más en concreto, en la calle Holmenkollveien, en la casa de Rakel Fauke. La Odessa tenía un cargador para veinte balas del calibre Makarov 9 × 18 mm, y con ella se podían efectuar tanto disparos aislados como ráfagas. Le quedaban doce balas en el cargador.

Tres de las que faltaban las habían disparado contra traficantes albanokosovares de la competencia, pero solo una había dado en un cuerpo. Las otras dos mataron a Gusto Hanssen, un joven ladrón y traficante que había malversado el dinero y la droga de Asáiev.

La pistola aún olía a las tres últimas balas, que habían hecho impacto en la cabeza y el pecho del antiguo policía Harry Hole, precisamente durante la investigación del asesinato de Gusto Hanssen. Y, además, en el mismo lugar, la calle Hausmann, número 92.

La policía aún no había resuelto el caso de Gusto, y el chico de dieciocho años al que detuvieron en primer lugar fue puesto en libertad. Entre otras razones porque no lograron encontrar el arma homicida ni vincularlo con ella. El muchacho se llamaba Oleg Fauke y todas las noches se despertaba y se quedaba con los ojos abiertos en la oscuridad, oyendo los disparos. No aquellos con los que mató a Gusto, sino los otros. Los que disparó contra el policía que había sido como un padre para él durante su infancia. El policía que él soñó en su día que podría casarse con su madre, Rakel. Harry Hole. Su mirada brillaba ante Oleg en la oscuridad, y pensaba en la pistola que estaba lejos, en un armario, con la esperanza de no volver a verla nunca más en la noche. De que nadie volviera a verla nunca más. De que siguiera durmiendo eternamente.

Él dormía allí dentro, detrás de la puerta.

La habitación de hospital que mantenían bajo vigilancia olía a medicamentos y a pintura. El aparato que había a su lado registraba los latidos del corazón.

Isabelle Skøyen, la concejal de asuntos sociales del gobierno municipal, y Mikael Bellman, el nuevo jefe provincial de la policía, tenían la esperanza de no volver a verlo nunca más.

De que nadie volviera a verlo nunca más.

De que siguiera durmiendo eternamente.

CAP-1

1

Había sido un día de septiembre cálido y largo, con esa luz que transforma el fiordo de Oslo en plata derretida y hace que las pinceladas otoñales que ya tienen las colinas se vean refulgentes. Uno de esos días que impulsan a la gente de la ciudad a prometer que nunca, nunca se van a mudar de allí. El sol iba descendiendo detrás del barrio de Ullern, y los últimos rayos incidían horizontales sobre el paisaje, sobre casas sencillas y bajas, testimonio de los orígenes modestos de Oslo, sobre lujosos áticos cuyas terrazas hablaban de la aventura petrolífera que, de repente, había convertido al país en el más rico del mundo, sobre los drogadictos del parque Stensparken de aquella ciudad mediana y organizada donde se producían más muertes por sobredosis que en ciudades europeas ocho veces más grandes. Sobre jardines cuyas camas elásticas estaban aseguradas con redes, y los niños no saltaban más que de tres en tres, tal y como recomendaban las instrucciones de uso. Y sobre las colinas y el bosque que rodeaba la mitad de la llamada «Olla de Oslo». El sol no quería abandonar la ciudad, alargaba los rayos convirtiéndolos en dedos, como una despedida interminable a través de la ventanilla de un tren.

El día había empezado con un aire frío y claro, y con una luz intensa, como la de las lámparas de un quirófano. A medida que pasaban las horas, la temperatura fue subiendo, el cielo adquirió un azul más intenso y el aire, esa textura suave que hacía de septiembre el mes más agradable del año. Y cuando llegaba el atardecer, blando y cuidadoso, el ambiente en las zonas residenciales de la pendiente que desembocaba en el lago de Maridalsvannet olía a manzanas y a pinar tibio.

Erlend Vennesla se acercaba a la cima de la última colina. Ya notaba el ácido láctico, pero se concentró en la correcta presión vertical sobre los pedales para mantener las rodillas ligeramente hacia dentro. Porque era importante seguir la técnica correcta. Sobre todo cuando uno empezaba a cansarse y al cerebro le entraban ganas de cambiar de postura y cargar músculos más descansados pero menos eficaces. Podía sentir la rigidez del cuadro de la bicicleta, cómo absorbía y utilizaba cada vatio que le descargaba al pedalear, cómo imprimía velocidad cuando cambiaba a una marcha más larga, se ponía de pie y trataba de mantener la misma frecuencia, más o menos noventa pedaleos por minuto. Miró el indicador del pulso. Ciento sesenta y ocho. Dirigió la linterna que llevaba en la cabeza hacia la pantalla del GPS que tenía fijado en el manillar. Mostraba un plano detallado de Oslo y alrededores, y tenía un emisor activo. La bicicleta y el equipamiento adicional habían costado más de lo que un investigador de asesinatos recién jubilado debería haber gastado, quizá. Pero era importante mantenerse en forma ahora que la vida ofrecía otros retos.

Retos menores, para ser sincero.

El ácido láctico le quemaba en los muslos y en las pantorrillas. Una promesa dolorosa pero agradable de lo que le esperaba. Un banquete de endorfinas. Músculos doloridos. La conciencia tranquila. Una cerveza con su mujer en el balcón, si la temperatura no bajaba drásticamente después de la puesta de sol.

Y de pronto, allí estaba, en lo alto. La carretera se allanó y, ante su vista, se extendía el lago Maridalsvannet. Redujo la velocidad. Estaba en el campo. En realidad, resultaba absurdo pensar que después de quince minutos en bicicleta desde el centro de una capital europea uno pudiera verse de repente rodeado de granjas, campos sembrados y bosques densos atravesados por senderos que se perdían en la oscuridad de la noche. Le picaba el cuero cabelludo por el sudor debajo del casco gris oscuro de la marca Bell; solo eso le había costado tanto como la bicicleta infantil que había comprado para el sexto cumpleaños de su nieta Line-Marie. Pero Erlend Vennesla no se quitó el casco. La mayoría de los casos de muerte de ciclistas se debía a lesiones en la cabeza.

Miró el pulsómetro. Ciento setenta y cinco. Ciento setenta y dos. Una brisa bienvenida le trajo el júbilo de la ciudad, allá abajo. Debía de provenir del estadio de Ullevaal, donde se celebraba un encuentro internacional, con Eslovaquia, o Eslovenia. Erlend Vennesla se imaginó por unos segundos que los vítores eran por él. Hacía ya tiempo de la última vez que alguien lo había aplaudido. Debió de ser en la ceremonia de despedida en la sede de Kripos, la policía judicial, en Bryn. Tarta, un discurso del jefe, Mikael Bellman, que continuó luego con rumbo estable hacia el puesto de jefe provincial de la policía. Y Erlend aceptó el aplauso, los miró a los ojos, les dio las gracias e incluso notó que se le hacía un nudo en la garganta cuando llegó el momento de pronunciar su breve discurso de agradecimiento basado en datos, tal y como es tradición en el seno de Kripos. Había tenido sus éxitos y sus fracasos como investigador de asesinatos, pero había evitado cometer grandes errores. Al menos, que él supiera, de esas respuestas uno no podía estar seguro al cien por cien. Es decir, ahora que las técnicas de reconocimiento de ADN habían llegado tan lejos y que desde la jefatura habían señalado que pensaban recurrir a ellas para revisar unos cuantos casos antiguos, corrían el riesgo de obtener precisamente eso: respuestas. Respuestas nuevas. Resultados. Mientras se tratara de casos abiertos, le parecía bien; pero Erlend no comprendía por qué había que invertir recursos en hurgar en casos cerrados hacía ya mucho tiempo.

La oscuridad se volvía más compacta y, a pesar de las luces de las farolas, estuvo a punto de pasarse el indicador de madera que señalaba el acceso al bosque. Pero allí estaba. Tal y como él lo recordaba. Dejó la carretera y giró hacia un blando sendero que se adentraba en el bosque. Iba pedaleando tan despacio como podía sin perder el equilibrio. El haz de luz de la linterna del casco bañaba el sendero y se perdía en la oscura pared de abetos que flanqueaban el camino. Las sombras corrían ante él, temerosas y raudas, se transformaban y se escondían. Así se lo imaginaba él cuando trataba de ponerse en el lugar de ella. Corriendo, huyendo con una linterna en la mano, encerrada y violada durante tres días seguidos.

Y cuando, en ese mismo instante, Erlend vio la luz que se encendía ante él en la oscuridad, pensó primero que se trataba de su linterna, que allí estaba ella corriendo otra vez, y que él iba en la moto que la perseguía, y que la atrapaba otra vez. La luz que había delante de Erlend se movió de un lado a otro antes de quedarse fija en su persona. Se paró y se bajó de la bicicleta. Enfocó el pulsómetro con la linterna del casco. Ya iba por debajo de cien. No estaba mal.

Soltó la tira de la barbilla, se quitó el casco y se rascó la cabeza. Madre mía, qué gusto. Apagó la linterna, colgó el casco en el manillar y llevó la bicicleta rodando hacia la luz de la linterna. Notaba cómo el casco iba balanceándose y le iba dando en la muñeca.

Se detuvo ante la linterna, cuya luz se elevó. La intensidad del resplandor le escoció los ojos. Y, así, cegado como estaba, atinó a pensar que aún se oía respirar tranquilamente, que era extraño que tuviera el pulso tan lento. Intuyó un movimiento, algo que se elevaba por detrás del gran círculo de luz temblorosa, oyó un silbido en el aire y, entonces, se le vino a la cabeza una idea extraña. Que no debería haber hecho aquello. Que no debería haberse quitado el casco. Que la mayoría de los casos de muerte de ciclistas…

Fue como si el pensamiento mismo tartamudeara, como una alteración en el tiempo, como si la transmisión de las imágenes se hubiera interrumpido un instante.

Erlend Vennesla se quedó atónito mirando al frente y notó una gota de sudor cálido que le rodaba por la frente. Dijo algo, pero con unas palabras sin contenido, como si se hubiera producido un error en la conexión entre el cerebro y la boca. Volvió a oír el mismo silbido débil. Luego, desapareció. Se esfumaron todos los sonidos, ya ni siquiera oía su respiración. Y se dio cuenta de que estaba de rodillas, y de que la bicicleta caía despacio en la cuneta. Allí delante bailaba aquella luz amarilla, pero desapareció cuando la gota de sudor le alcanzó la nariz, le cayó en los ojos y lo cegó. Y entonces comprendió que no era sudor.

Sintió el tercer golpe como un témpano que le estuviera atravesando la cabeza, la garganta y el cuerpo. Todo se le estaba helando.

No quiero morir, pensó tratando de levantar el brazo para protegerse la cabeza pero, dado que no podía mover un solo miembro, comprendió que estaba paralizado.

El cuarto golpe no llegó a registrarlo, pero por el olor a tierra mojada, supo que estaba tendido en el suelo. Parpadeó varias veces y recobró la vista en un ojo. Delante mismo de la cara vio un par de botas enormes y sucias en el barro. Levantaban los talones y las botas se elevaban un poco del suelo, como si quien golpeaba saltara un poco. Saltaba para tener más fuerza aún en cada golpe. Y el último pensamiento que le cruzó la cabeza fue que tenía que recordar cómo se llamaba su nieta, no podía olvidar su nombre.

CAP-2

2

El inspector Anton Mittet cogió la taza de plástico medio llena de la Nespresso D290 roja, se agachó y la plantó en el suelo. No había ningún mueble donde colocarla. Luego volcó la caja alargada y atrapó con la mano otra cápsula, comprobó con un gesto automático que la fina tapa de papel de aluminio no estaba perforada, que de verdad estaba nueva, antes de colocarla en la cafetera. Puso una taza de plástico debajo del surtidor y presionó uno de los botones iluminados.

Miró el reloj mientras el aparato empezaba a borbotear y protestar. Pronto sería medianoche. Cambio de guardia. En casa lo estaban esperando, pero él pensó que antes debía ponerla en antecedentes, después de todo, solo era una estudiante de la Escuela de Policía. ¿Cómo se llamaba, Silje? Anton Mittet miraba el grifo. ¿Habría ido por café si no fuera una colega, sino un colega? No lo sabía, y tanto daba, había desistido de tratar de responderse a ese tipo de preguntas. Se había quedado todo tan en silencio que podían oírse las últimas gotas, casi transparentes, mientras caían en la taza. No había más color ni sabor que arrancarle a aquella cápsula, pero era importante que cayera todo, aquella sería una larga guardia nocturna para la muchacha. Sin compañía, sin acontecimientos, sin nada más que hacer que contemplar las paredes de cemento desnudas y sin pintar del Rikshospitalet. De modo que pensó que se tomaría una taza con ella antes de marcharse. Cogió las dos tazas y volvió. Las paredes le devolvían el ruido de sus pasos. Fue dejando atrás puertas y puertas cerradas con llave. Sabía que no había nada ni nadie tras ellas, solo más paredes desnudas. Con el Rikshospitalet, los noruegos habían conseguido por una vez en la vida construir para el futuro, conscientes de que seríamos más, más viejos, más enfermos, más exigentes. Pensado a largo plazo, tal y como los alemanes hicieron con sus autopistas y los suecos con sus aeropuertos. Pero los escasos automovilistas que cruzaban la campiña alemana totalmente solos por aquellas mastodónticas carreteras de asfalto en los años treinta, o los pasajeros suecos que recorrían nerviosos los vestíbulos sobredimensionados del aeropuerto de Arlanda en los años sesenta, ¿no tendrían la sensación de que aquello estaba poblado de fantasmas? Que, a pesar de que era totalmente nuevo, inmaculado, de que nadie hubiese muerto todavía en ningún accidente de tráfico terrestre o aéreo, aquello estaba poblado de fantasmas. Que, en cualquier momento, los faros del coche podían captar a una familia entera parada en el arcén mirando las luces con expresión imperturbable, ensangrentados todos, pálidos; el padre apuñalado, la madre con la cabeza mirando hacia atrás, un niño con las articulaciones de un lado amputadas. Que, de la cortina de plástico que cubre el agujero de salida de la cinta del equipaje en la sala de llegadas de Arlanda, podían salir de pronto cadáveres carbonizados, aún ardiendo, fundiéndose con la goma, profiriendo gritos mudos de aquellas bocas abiertas y humeantes. Ninguno de los médicos había sabido decirle para qué utilizarían finalmente aquella ala del edificio, lo único seguro era que, detrás de aquellas puertas, moriría gente. Ya flotaban en el aire, cuerpos invisibles de almas desasosegadas ya estaban allí ingresados…

Anton giró una esquina y entró en otro pasillo que se extendía ante él, escasamente iluminado, tan desnudo y rectangularmente simétrico que creaba una extraña ilusión óptica: la chica uniformada que había sentada en la silla al fondo del pasillo parecía una imagen pequeñita en una pared lisa allí delante.

—Toma, te he traído un café —dijo cuando la tuvo delante. ¿Veinte años? Algo más. Puede que veintidós.

—Gracias, pero me he traído el mío —dijo, y sacó un termo de la mochila que había dejado al lado de la silla. Había en su voz un tonillo casi imperceptible, los restos de un dialecto norteño, probablemente.

—Este es mejor —dijo sin retirar la mano.

Ella asintió. Lo aceptó.

—Y es gratis —dijo Anton, y se puso la mano discretamente a la espalda para frotarse los dedos quemados en el fresco material de que estaba hecha la cazadora—. Lo cierto es que tenemos una cafetera para nosotros solos. Está en el pasillo de…

—La he visto al entrar —dijo la chica—. Pero tengo órdenes de no abandonar el puesto a la puerta del paciente en ningún momento, así que me he traído café de casa.

Anton Mittet tomó un trago.

—Bien pensado, pero solo hay un pasillo que conduzca hasta aquí. Nos encontramos en la cuarta planta y no hay ninguna puerta que lleve a otros tramos de escalera ni a otras entradas entre este lugar y la máquina de café. Es imposible pasar sin ser visto aunque hayamos ido por café.

—Resulta tranquilizador, pero creo que me atendré a las órdenes. —Le dedicó una sonrisita. Y luego, tal vez para compensar la reconvención implícita de sus palabras, tomó un sorbo de la taza.

Anton sintió un punto de irritación, y estuvo a punto de decir algo sobre el pensamiento autónomo que da la experiencia, pero no había conseguido terminar de formularlo mentalmente cuando se dio cuenta de algo que había al fondo del pasillo. Aquella figura blanca parecía acercárseles levitando a unos palmos del suelo. Oyó que Silje se levantaba. La figura adquirió una forma más concreta. Se convirtió en una mujer rellenita, rubia, con el uniforme del hospital. Anton sabía que tenía turno de noche. Y que estaría libre la noche siguiente.

—Buenas noches —dijo la enfermera con una sonrisa traviesa, les enseñó dos jeringas, se dirigió a la puerta y puso la mano en el picaporte.

—Un momento —dijo Silje, y dio un paso al frente—. Me temo que tengo que pedirte que me enseñes la identificación. Y que me digas si tienes la contraseña de hoy.

La enfermera miró a Anton sorprendida.

—A menos que mi colega pueda responder por ti —dijo Silje.

Anton asintió.

—Claro, entra sin más, Mona.

La enfermera abrió la puerta y Anton se la quedó mirando. A la escasa luz de la habitación, vio los aparatos que rodeaban la cama y los dedos de los pies, que sobresalían por debajo de la sábana. El paciente era tan alto que tuvieron que buscarle una cama más larga. La puerta se cerró.

—Bien hecho —dijo Anton sonriéndole a Silje. Y le vio en la cara que no le había gustado, que lo veía como a un machista que acababa de calificar a una colega, no solo mujer, sino también más joven. Pero joder, la chica era estudiante, y esa era la idea, que, durante el año de prácticas, aprendieran de los colegas con experiencia. Se quedó allí balanceándose sobre los talones, sin saber muy bien cómo poner fin a aquella situación. Ella se le adelantó.

—Como ya te he dicho, he leído las órdenes. Y supongo que en casa te espera la familia.

Anton se llevó la taza a la boca. ¿Qué sabía ella de su estado civil? ¿Estaba insinuando algo? ¿Sobre Mona y él, por ejemplo? ¿Que la había llevado a casa en coche varias veces después del turno y que la cosa no había quedado solo en eso?

—La pegatina del osito Bamse que llevas en el maletín —dijo ella sonriendo.

Anton dio un trago largo de café. Carraspeó un poco.

—Tengo tiempo. Dado que es tu primera guardia, deberías aprovechar para preguntar si tienes alguna duda. No todo está en las órdenes, ¿sabes? —Cambió el peso del cuerpo al otro pie. Esperaba que la joven hubiera tomado nota y hubiera comprendido el mensaje subliminal.

—Como quieras —dijo con esa irritante confianza en uno mismo que solo te puedes permitir cuando tienes menos de veinticinco años—. El paciente de ahí dentro. ¿Quién es?

—No lo sé. Eso también está en las órdenes. Es anónimo y así debe seguir.

—Pero seguro que tú lo sabes.

—¿Ah, sí?

—Mona. No habrías utilizado el nombre de pila si no hubierais hablado más de una vez. ¿Qué te ha contado?

Anton Mittet se la quedó mirando. Era bastante guapa, pero sin calidez y sin encanto. Demasiado flaca para su gusto. El pelo de cualquier manera y parecía que un tendón demasiado tirante le levantara el labio superior, dejando al descubierto dos incisivos centrales un tanto desiguales. Pero era joven. Firme y musculosa debajo del uniforme negro, eso lo sabía él perfectamente. Así que si le contaba lo que sabía, ¿sería porque, de alguna forma, contaba con que su actitud solícita aumentaría en un cero coma cero uno por ciento las probabilidades de acostarse con ella? ¿O porque las chicas como Silje llegan a inspectoras de policía o investigadoras especiales en el transcurso de cinco años; porque podía convertirse en su jefe, puesto que él seguiría siendo policía, un policía mediocre, dado que el caso de Drammen siempre estaría ahí, como un muro, una mancha imposible de borrar?

—Intento de asesinato —dijo Anton—. Perdió mucha sangre, dicen que, cuando llegó, apenas tenía pulso. Lleva todo el tiempo en coma.

—¿Por qué la vigilancia?

Anton se encogió de hombros.

—Testigo potencial. Si sobrevive.

—¿Qué es lo que sabe?

—Cosas de drogas. A gran escala. Si se despierta, se supone que posee información con la que condenar a personas clave en el tráfico de heroína en Oslo. Además de que podrá contar quién trató de matarlo.

—Es decir, creen que el asesino podría volver a terminar el trabajo.

—Si se enteran de que está vivo y dónde, sí. Por eso estamos aquí.

Silje asintió.

—¿Y sobrevivirá?

Anton meneó la cabeza.

—Creen que pueden mantenerlo con vida unos meses, pero las posibilidades de que salga del coma son ínfimas. En todo caso… —Anton volvió a cambiar de pie; la mirada escrutadora de la joven resultaba incómoda a la larga—. Hasta entonces, hay que vigilarlo.

Anton Mittet dejó a Silje con una sensación de derrota, bajó la escalera a la altura de la recepción y salió a la noche otoñal. Y cuando se sentó en el coche, aún en el aparcamiento, se dio cuenta de que le estaba sonando el móvil.

Era de la central de operaciones.

—Maridalen, asesinato —dijo el cero-uno—. Ya sé que has terminado el turno, pero necesitan refuerzos para acordonar la zona. Y ya que todavía estás con el uniforme…

—¿Cuánto tiempo?

—Te relevarán en un plazo de tres horas, como máximo.

Anton se quedó atónito. Últimamente hacían cualquier cosa por evitar que la gente trabajara horas extra; la combinación de unas reglas de lo más rígido y los presupuestos impedían hasta la aplicación práctica de las reglas. Ya se figuraba él que algo de particular debía de tener aquel asesinato. Esperaba que no fuera un niño.

—Vale —dijo Anton Mittet.

—Te mando las coordenadas del GPS. —Era el nuevo GPS con un plano detallado de Oslo y alrededores y con emisor activo, gracias al cual la central de operaciones podía localizar a los agentes. Y seguramente por eso lo habían llamado a él, sería el que se encontraba más cerca.

—Bueno —dijo Anton—. Tres horas.

Laura ya se había ido a la cama, pero a ella le gustaba que no tardara en llegar a casa después del trabajo, así que le mandó un mensaje de texto antes de arrancar el coche y poner rumbo al lago Maridalsvannet.

Anton no necesitaba mirar el GPS. A la entrada de Ullevålseterveien había aparcados cuatro coches de policía y, algo más allá, indicaban el camino las cintas policiales de color naranja y blanco.

Cogió la linterna de la guantera y se dirigió al agente que había fuera del cordón. Vio las linternas que vacilaban en el bosquecillo, pero también los focos del equipo de la Científica que investigaba el escenario del crimen, que siempre le recordaban al rodaje de una película. Lo cual no andaba muy lejos de la verdad. Hoy por hoy, no solo hacían fotos, sino que utilizaban cámaras de vídeo HD que captaban tanto a la víctima como todo el escenario, de modo que podían revisar las imágenes, congelar, ampliar detalles que, en su momento, no apreciaron como relevantes.

—¿Qué tal va la cosa? —le dijo al policía que temblaba cruzado de brazos delante del cordón policial.

—Asesinato. —El policía tenía la voz pastosa. Los ojos rojos en una cara de una palidez antinatural.

—Eso me han dicho. ¿Quién está al mando?

—El equipo de la Científica. Lønn.

Anton oyó el rumor de las voces procedentes del bosque. Eran muchas.

—¿Todavía no hay nadie de Kripos o de Delitos Violentos?

—Irán viniendo más poco a poco, acaban de descubrir el cadáver. ¿Me vas a sustituir tú?

Van a venir más. Y, a pesar de todo, lo han mandado a hacer horas extra. Anton miró bien al colega. Llevaba un abrigo grueso, pero no paraba de tiritar. Y ni siquiera hacía frío.

—¿Fuiste el primero en llegar?

El colega asintió con la cabeza. Pisoteó el suelo con fuerza.

Mierda, pensó Anton. Un niño. Tragó saliva.

—Hombre, Anton, ¿te ha enviado el cero-uno?

Anton levantó la vista. No había oído a aquellos dos, a pesar de que salían de un denso matorral. Ya lo había visto en otras ocasiones: los técnicos se movían por un lugar del crimen como bailarines algo torpes, se agachaban y evitaban el contacto con todo lo que los rodeaba, iban poniendo los pies en el suelo como si fueran astronautas en la luna. O quizá fueran los monos de color blanco los que le inspirasen esas asociaciones.

—Sí, tenía que sustituir a alguien —le dijo Anton a la mujer. Sabía perfectamente quién era, como todo el mundo. Beate Lønn, jefe de la Científica, tenía fama de ser una especie de versión femenina de Rain Man, gracias a su capacidad para reconocer caras, que utilizaban para identificar a delincuentes en las imágenes granuladas y entrecortadas de los vídeos de las cámaras de vigilancia. Decían que era capaz de identificar incluso a ladrones enmascarados, si los habían condenado con anterioridad, que tenía una base de datos de varios miles de fichas policiales almacenada en aquella cabecita de rubia cabellera. Así que aquel asesinato tenía que tener algo fuera de lo común: al jefe no lo mandaban a medianoche así como así.

Al lado de la cara pálida, casi transparente, de la mujer, la del colega parecía más bien rubicunda. Las mejillas pecosas quedaban enmarcadas entre las dos penínsulas rojísimas que tenía por patillas. Tenía los ojos un tanto saltones, como si hubiera mucha presión allí dentro, lo que le otorgaba cierta expresión de asombro. Pero lo más llamativo era el gorro que apareció cuando se quitó el casco blanco: un gorro enorme de rastafari, en verde, amarillo y negro, los colores de Jamaica.

Beate Lønn le puso una mano en el hombro al policía que no paraba de tiritar.

—Vete a casa, Simon. No digas que te lo he dicho yo, pero te recomiendo que te tomes un buen trago de algo fuerte y luego, a la cama.

El policía asintió y, tres segundos después, la oscuridad engulló aquellos hombros encogidos.

—¿Está fea la cosa? —preguntó Anton.

—¿No quieres un poco de café? —preguntó el gorro rastafari, y abrió un termo. Esas pocas palabras bastaron para que Anton supiera que no era de Oslo. Del campo, bueno, pero como la mayoría de la gente de ciudad de la parte de Øslandet, ni sabía dónde se hablaban los distintos dialectos ni le interesaban demasiado.

—No —dijo Anton.

—Nunca es mala idea llevarse café de casa a una escena del crimen —dijo el gorro rastafari—. No es fácil prever cuánto tiempo tendrás que quedarte.

—Vamos, vamos, Bjørn, que Anton ha trabajado antes en casos de asesinato —dijo Beate Lønn—. En Drammen, ¿verdad?

—Eso es —dijo Anton, y se balanceó un poco sobre los talones. Que apenas había trabajado en casos de asesinato habría sido más correcto. Y, por desgracia, Anton sospechaba por qué Beate Lønn se acordaba de él. Respiró hondo—. ¿Quién ha encontrado el cadáver?

—Él —dijo Beate Lønn, señalando al policía que, en ese momento, ponía en marcha y aceleraba el motor.

—Quiero decir, quién encontró el cadáver y denunció el hallazgo.

—La mujer de la víctima llamó al ver que no volvía del paseo en bicicleta —dijo el gorro rastafari—. Se suponía que iba a estar fuera un máximo de una hora, y estaba preocupada porque tenía algo de corazón. Llevaba un GPS con emisor activo, así que lo encontraron enseguida.

Anton asintió despacio, se lo imaginó perfectamente. Dos policías que llaman a la puerta, una mujer y un hombre. Unos policías que carraspean nerviosos, miran a la mujer con esa expresión seria que refleja lo que van a decirle con palabras, unas palabras imposibles. La cara de la mujer, que se resiste, se niega a dar crédito pero que, a pesar de todo, se desencaja, deja al descubierto lo que hay debajo, lo deja todo al descubierto.

La imagen de Laura, su mujer, se le representó enseguida.

Una ambulancia se les acercó deslizándose sin sirenas ni luces de emergencia.

Anton lo vio claro. Una reacción tan rauda ante una denuncia de desaparición. El GPS con emisor. Aquel gran despliegue. Las horas extra. El colega, que estaba tan afectado por el hallazgo que hubieron de enviarlo a casa…

—Es un policía —dijo en voz baja.

—Apuesto a que aquí la temperatura es un grado y medio más baja que en el centro —dijo Beate Lønn, y marcó un número en el móvil.

—Lo suscribo —dijo el gorro rastafari, y tomó un sorbo de café de la taza del termo—. Aún no presenta decoloración de la piel, así que, más o menos, ¿entre las ocho y las diez?

—Policía —repitió Anton—. Por eso están todos aquí, ¿verdad?

—¿Katrine? —dijo Beate—. ¿Podrías comprobar una cosa? Se trata del caso de Sandra Tveten. Exacto.

—¡Joder! —exclamó el gorro rastafari—. Si les había dicho que esperasen hasta que llegara el saco para el cadáver.

Anton se giró y vio a dos hombres que salían como podían de los arbustos acarreando una de las camillas del equipo de la Científica. Por debajo de la manta asomaba un par de zapatillas de ciclista.

—Él lo conocía —dijo Anton—. Por eso iba temblando, ¿verdad?

—Dijo que fueron compañeros en Økern antes de que Vennesla empezara a trabajar en Kripos —dijo el gorro rastafari.

—¿Tienes la fecha? —dijo Lønn al teléfono.

Se oyó un grito.

—Pero ¡qué demonios…! —dijo el gorro rastafari.

Anton se dio la vuelta. Uno de los porteadores de la camilla había resbalado y se había caído en la cuneta. El haz de luz de su linterna se deslizó sobre la camilla. Sobre la manta, que se había caído… Sobre… ¿sobre qué? Anton miraba perplejo. ¿Era una cabeza? Aquello que se veía en el extremo superior de lo que, indudablemente, era un cuerpo humano, ¿era una cabeza? Los años que Anton estuvo trabajando en Delitos Violentos, antes de su gran fallo, vio muchos cadáveres, pero ninguno como aquel. Aquella sustancia en forma de reloj de arena le recordó a Anton el desayuno familiar de los domingos, los huevos cocidos de Laura con algún resto de la cáscara aún colgando, resquebrajados en el agua de manera que la yema se había salido y luego se había solidificado por fuera de la clara, endurecida pero aún blanda. ¿De verdad que aquello era… una cabeza?

Anton se quedó parpadeando en la oscuridad mientras veía alejarse las luces traseras de la ambulancia. Y comprendió que aquello eran repeticiones, que lo había visto antes. Las figuras vestidas de blanco, el termo, los pies que sobresalían de la manta, acababa de verlo en el Rikshospitalet. Como si hubiera sido un presagio. Aquella cabeza…

—Gracias, Katrine —dijo Beate.

—¿Qué pasa? —preguntó el gorro rastafari.

—Yo estuve trabajando con Erlend aquí mismo —dijo Beate.

—¿Aquí? —dijo el gorro rastafari.

—Aquí exactamente. Él dirigía la investigación. Hará diez años. Sandra Tveten. Violada y asesinada. Una niña.

Anton tragó saliva. Niños. Repeticiones.

—Recuerdo el caso —dijo el gorro rastafari—. Qué extraño es el destino, mira que morir en un lugar del crimen que has investigado, ¿te imaginas? ¿No fue ese el caso también en otoño?

Beate no respondió, asintió en silencio, sin más.

Anton no paraba de pestañear. No era verdad, él había visto un cadáver exactamente con el mismo aspecto.

—¡Joder! —imprecó en voz baja el gorro rastafari—. ¿No estarás pensando que…?

Beate Lønn le quitó la taza del termo. Tomó un trago de café. Se la devolvió. Asintió.

—Mierda —susurró el gorro rastafari.

CAP-3

3

Déjà vu —dijo Ståle Aune, y contempló la densa nevada que se extendía sobre la calle Sporveisgata, donde la oscuridad de una mañana de diciembre estaba a punto de dar paso a un breve día. Luego se volvió hacia el hombre que ocupaba la silla, delante del escritorio—. Déjà vu es la sensación de estar viendo algo que ya hemos visto antes. No sabemos lo que es.

Al decir «sabemos» se refería a los psicólogos en general, no solo a los terapeutas.

—Hay quienes consideran que, cuando estamos cansados, se produce una ralentización en las vías de información que conducen a la parte consciente del cerebro, de modo que, cuando la información llega por fin, ya la hemos visto un instante en el subconsciente. Y por eso lo vivimos como un reconocimiento. Lo del cansancio puede explicar por qué los casos de déjà vu son más frecuentes al final de la semana. Pero eso es, más o menos, lo que puede aportar la investigación. Que los viernes son el día del déjà vu.

Es posible que Ståle Aune se esperase una sonrisa. No porque la sonrisa significara nada en sus intentos profesionales por conseguir que la gente se curase a sí misma, sino porque a aquella consulta le hacía falta.

—No me refiero a ese tipo de déjà vu —dijo el paciente. El usuario. El cliente. La persona que, al cabo de veinte minutos, pagaría en recepción, contribuyendo así a cubrir los gastos comunes de los cinco psicólogos que tenían la consulta en aquel edificio de cuatro plantas tan anónimo como anticuado de la calle Sporveisgata, en el elegante barrio oeste de Oslo. Ståle Aune echó una ojeada al reloj que había en la pared, detrás de la cabeza del hombre. Dieciocho minutos.

—Es más bien como un sueño que se repite continuamente.

—¿Como un sueño? —La mirada de Ståle Aune se deslizó nuevamente por el periódico que tenía desplegado en el cajón abierto del escritorio, de modo que el paciente no podía verlo. La mayoría de los terapeutas atendían hoy por hoy sentados en una silla frente al paciente, y cuando metieron aquella mesa maciza en la consulta de Ståle, sus colegas le salieron con que la teoría terapéutica moderna decía que lo mejor era tener el menor número posible de obstáculos entre uno mismo y el paciente. La respuesta de Ståle fue breve: «Mejor para el paciente, seguro».

—Es un sueño. Lo veo soñando.

—Los sueños repetitivos son algo frecuente —dijo Aune, y se pasó la mano por la boca para disimular un bostezo. Pensó con añoranza en su querido y viejo sofá que habían sacado de la consulta y que ahora se encontraba en la sala común, donde junto con unos soportes y sujeciones para pesas de gimnasio, funcionaba como una broma interna psicoterapéutica. Y es que, en el sofá, los pacientes facilitaban más aún la lectura desenfrenada del periódico.

—Pero es que este es un sueño que yo no quiero tener. —Una sonrisa escasa, altiva. Un pelo escaso, con buen corte.

Bienvenido al exorcista de los sueños, pensó Aune, y trató de sonreírle con la misma escasez. El paciente llevaba un traje de raya diplomática, corbata gris y roja y unos zapatos negros relucientes. Aune, por su parte, llevaba una americana de tweed, una alegre pajarita debajo de la papada y unos zapatos marrones que llevaban tiempo sin ver un cepillo.

—Pues quizá quieras contarme en qué consiste ese sueño.

—Si es lo que acabo de hacer.

—Claro. Pero podrías contármelo con más detalle.

—Empieza, como te decía, igual que termina «Dark side of the Moon». Se van oyendo los tonos finales de «Eclipse» cuando David Gilmour canta… —El hombre frunció los labios antes de pasar a hablar en un inglés tan amanerado que a Aune casi le pareció ver la taza de té en dirección a los morritos— and everything under the sun is in tune but the sun is eclipsed by the moon.

—¿Y eso es lo que tú sueñas?

—¡No! Bueno, sí. O sea, el disco termina así en la realidad también. De forma optimista. Después de tres cuartos de hora de muerte y locura. Así que uno se figura que todo va a terminar bien. Que vuelve a imperar la armonía. Pero mientras el disco va terminando, se oye de fondo una voz débil que murmura algo. Tienes que subir el volumen para poder distinguir las palabras. Claro que entonces se oyen perfectamente: There is no dark side of the moon, really. Matter of fact, it’s all dark. Todo es oscuridad. ¿Comprendes?

—No —dijo Aune. Según el manual, él debería preguntarle al paciente: «¿Es importante para ti que yo lo comprenda?», o algo parecido. Pero no tuvo fuerzas.

—El mal no existe, puesto que todo es malvado. El espacio es oscuridad. Nacemos malvados. El mal es el punto de partida, lo natural. Aunque a veces se ve una lucecita, una luz pequeñísima. Pero es una cosa transitoria, enseguida volvemos a la oscuridad. Y eso es lo que sucede en el sueño.

—Continúa —dijo Aune, giró la silla y miró por la ventana con una expresión reflexiva. La expresión era para ocultar el hecho de que lo que realmente le apetecía era mirar algo que no fuera la cara del otro, que era una mezcla de autocompasión y autocomplacencia. Al parecer, aquel hombre se veía como un ser único, como una oportunidad de oro para un psicólogo que quisiera hincarle el diente de verdad. Sin la menor duda, había ido a terapia con anterioridad. Aune vio a un vigilante de aparcamiento que se balanceaba caminando por la calle con las piernas abiertas como un sheriff, y se preguntó a qué otras profesiones podría haberse dedicado él, Ståle Aune. Enseguida averiguó la respuesta. Ninguna. Además, le encantaba la psicología, le encantaba navegar por la zona existente entre lo que sabíamos y lo que no sabíamos, combinar su pesada carga de conocimientos objetivos con la intuición y la curiosidad. Por lo menos eso era lo que él se decía a sí mismo todas las mañanas. Pero entonces ¿qué hacía allí sentado con el solo deseo de que aquel individuo cerrara el pico y saliera de su consulta, de su vida? ¿Era por la persona o era por el trabajo de terapeuta? Fue el ultimátum expreso, mal disimulado de Ingrid de que empezara a trabajar menos y a estar más disponible para ella y para su hija Aurora lo que provocó los cambios. Había abandonado la investigación, que tanto tiempo le exigía, el trabajo de consultoría para Delitos Violentos y las clases en la Escuela Superior de Policía. Se había convertido en un terapeuta puro y duro, con un horario fijo. Le pareció una forma adecuada de priorizar. Porque, ¿qué tenía que añorar en lo que había dejado de lado? ¿Echaba de menos elaborar perfiles de almas enfermas que mataban a otras personas, con acciones tan terribles que le robaban el sueño, y —cuando al final conseguía dormirse—, al comisario Harry Hole, que lo despertaba exigiéndole respuestas rápidas a preguntas imposibles? ¿Echaba de menos el modo en que Hole lo había transformado a su imagen y semejanza, en un cazador monomaníaco hambriento, desvelado, que le echaba la bronca a todo aquel que lo molestaba en el trabajo, lo único que consideraba importante y que, lento pero seguro, iba apartando de su lado a los colegas, la familia y los amigos?

Pues claro que sí, joder. Echaba de menos lo importante que era todo aquello.

Echaba de menos la sensación de salvar vidas. Y, en este caso, no la vida del pensador racional suicida que, a veces, podía impulsarlo a formularse la pregunta: «Si la vida le es tan dolorosa y no podemos cambiarla, ¿por qué este hombre no puede morir simplemente?». Echaba de menos ser el elemento activo, el que interviene, el que salva al inocente del culpable, hacer aquello que nadie más podía hacer, puesto que él, Ståle Aune, era el mejor. Así de sencillo. Y sí, echaba de menos a Harry Hole. Echaba de menos que aquel hombre alto, huraño, alcoholizado y de gran corazón apareciera al otro lado del hilo telefónico para pedirle —o mejor dicho, para ordenarle— a Ståle Aune que acudiera a servir a la sociedad, la cual exigía que él sacrificara la vida familiar y el descanso nocturno para poder capturar a alguno de los desahuciados sociales. Sin embargo, Harry Hole ya no estaba en Delitos Violentos, y ningún otro lo había llamado. Recorrió de nuevo las páginas del periódico con la mirada. Habían celebrado una conferencia de prensa. Hacía casi tres meses del asesinato de aquel agente en Maridalen y la policía seguía sin pistas y sin sospechosos. Era uno de esos casos en los que, en otro tiempo, habrían recurrido a él. Habían cometido el asesinato en el mismo lugar y fecha que un caso antiguo que quedó sin resolver. La víctima era un policía que participó en su día en aquella investigación.

Pero eso ya pasó. Ahora se trataba de curar el insomnio de un hombre de negocios extenuado por el exceso de trabajo y que a él no le gustaba. Aune no tardaría en empezar a hacer las preguntas que por fin descartarían los síntomas de estrés postraumático; el hombre que tenía delante no había visto limitadas sus funciones a causa de las pesadillas, lo único que le interesaba era elevar de nuevo al máximo su productividad. Después, Aune le daría una copia del artículo «Imagery Rehearsal Therapy», de Krakow y… ya no recordaba los otros nombres. Le pediría que le escribiera la pesadilla y que se la llevara el próximo día. Entonces crearían los dos juntos para esa pesadilla un final feliz alternativo que practicarían mentalmente de tal modo que el sueño o bien se atenuara y se convirtiera en algo más agradable o bien desapareciera por completo.

Aune oía el rumor monótono y soporífero de la voz del paciente y pensó que el asesinato de Maridalen se había atascado desde el primer día. Ni siquiera al detectar las extrañas coincidencias con el caso Sandra Tveten, la fecha, el lugar y la persona implicada, consiguieron los de Kripos ni los de Delitos Violentos avanzar ni un paso. Y ahora animaban a la gente a reflexionar más a fondo y llamar si tenían soplos o sugerencias, por irrelevantes que les parecieran. De eso había tratado la conferencia de prensa del día anterior. Aune sospechaba que se trataba de cubrir las apariencias, que la policía necesitaba demostrar que estaban haciendo algo, que no estaban paralizados. Por más que, naturalmente, eso era lo que se veía: una dirección de la investigación impotente y duramente criticada que, llena de resignación, se dirigía a la opinión pública con un «ya veremos si vosotros sabéis hacerlo mejor».

Observó la foto de la conferencia de prensa. Reconoció a Beate Lønn. A Gunnar Hagen, el jefe de Delitos Violentos, que cada vez se parecía más a un monje, con ese pelo recio y abundante como una corona de laurel sobre la calva reluciente de la mollera. Estaba incluso Mikael Bellman, el nuevo jefe provincial de la policía. Después de todo, se trataba del asesinato de uno de los suyos. Con expresión muy seria. Más delgado de lo que Aune lo recordaba. Aquellos rizos que tan bien solían quedar en los medios de comunicación, y que por muy poco no resultaban demasiado largos, habían desaparecido al parecer en algún punto entre el trabajo como jefe de Kripos y de OrgKrim, y por último, el despacho de sheriff. Aune pensó en la belleza casi femenina de Bellman, subrayada por unas pestañas larguísimas y una piel morena salpicada de sus características manchitas blancas. Nada de aquello se apreciaba en la foto. El asesinato sin aclarar de un policía era, lógicamente, el peor arranque en el puesto para un jefe provincial de la policía que había basado su carrera meteórica en el éxito. Había hecho limpieza entre las bandas de narcotraficantes de Oslo, sí, pero eso podía olvidarse fácilmente. Cierto era que, desde un punto de vista formal, el jubilado Erlend Vennesla no había muerto en acto de servicio, pero la mayoría consideraba que, de un modo u otro, su muerte guardaba relación con el caso Sandra. De ahí que Bellman hubiera movilizado también a todos sus hombres y todos los recursos externos. Pero no a él, no a Ståle Aune. A él lo habían borrado de sus listas. Naturalmente, cuando él mismo así lo había solicitado.

Y ahora se adelantaba el invierno y, con él, la sensación de que la nieve se posaría sobre las pistas. Pistas frías. Adiós pistas. Eso fue lo que Beate Lønn dijo en la conferencia de prensa, una ausencia casi extraña de pruebas técnicas. Evidentemente, habían comprobado las que de un modo u otro aparecieron en el caso Sandra. Sospechosos, familiares, amigos, incluso colegas de Vennesla que trabajaron en el caso. Tampoco eso dio resultado.

Se había hecho el silencio en la consulta y, por la cara del paciente, Ståle Aune supo que acababa de hacerle una pregunta y que esperaba una respuesta del psicólogo.

—Ajá —dijo Aune, apoyó la barbilla en el puño y miró al otro a los ojos—. ¿A ti qué te parece?

Desconcierto en la mirada del paciente; por un instante, Aune temió que le hubiera pedido un vaso de agua o algo así.

—¿Qué me parece que me sonría? ¿O qué me parece el brillo intenso?

—Las dos cosas.

—A veces creo que me sonríe porque le gusto. Otras me da la impresión de que lo hace porque quiere que yo haga algo, pero cuando deja de sonreír, el brillo desaparece de sus ojos y entonces ya es tarde para averiguarlo, porque deja de querer hablar conmigo. Así que yo creo que quizá sea el amplificador, ¿no?

—Mmm… ¿el amplificador?

—Sí. —Pausa—. Del que te he hablado antes. El que mi padre solía apagar cuando entraba en mi cuarto y me decía que ya había puesto bastante aquel disco, que ya era una cosa rayana en la locura. Y entonces yo le decía que podía verse que la lucecilla roja que había al lado del botón iba debilitándose cada vez más hasta desaparecer. Como un ojo. O una puesta de sol. Y entonces pensaba que la perdía. Y por eso ella enmudece al final del sueño. Ella es el amplificador que calla cuando mi padre lo apaga. Y entonces no puedo hablar con ella, claro.

—¿Escuchabas discos mientras pensabas en ella?

—Sí. Continuamente. Hasta que cumplí los dieciséis. Y no eran discos. Era el disco.

—¿«Dark side of the Moon»?

—Sí.

—Pero ella no te quería, ¿no?

—Eso no lo sé. Seguramente, no. Entonces.

—Ya. Bueno, se ha acabado la sesión. Te vas a llevar una lectura para la próxima. Y quiero que le demos otro final al relato del sueño. Ella tiene que hablar. Tiene que decirte algo. Lo que tú quieras que ella te diga. Que le gustas, quizá. ¿Podrías pensar en ello para la próxima vez?

—Vale.

El paciente se levantó, cogió el abrigo del perchero y se dirigió a la puerta. Aune volvió a sentarse al escritorio, observó el calendario que brillaba en la pantalla del ordenador. Estaba de un lleno deprimente… Y de pronto se dio cuenta de que había vuelto a ocurrir, había olvidado por completo el nombre del paciente. Lo encontró en el calendario. Paul Stavnes.

—La semana que viene, a la misma hora, ¿verdad, Paul?

—Claro.

Ståle lo anotó. Cuando levantó la vista, Stavnes ya se había marchado.

Se levantó, cogió el periódico y se acercó a la ventana. ¿Qué puñetas ha pasado con el calentamiento global que nos habían prometido? Bajó la vista hacia el periódico, pero, de repente, no tuvo fuerzas, lo dejó a un lado, semanas y meses con la misma tabarra en los periódicos, ya estaba bien. Muerto a golpes. Ataque violento en la cabeza. Erlend Vennesla deja mujer, hijos y nietos. Amigos y colegas conmocionados. «Una persona cariñosa y amable.» «Imposible no apreciarlo.» «Agradable, honrado y paciente, no tenía enemigos, desde luego.» Ståle Aune respiró hondo. There is no dark side of the moon, not really. Matter of fact, it’s all dark.

Se quedó mirando el teléfono. Tenían su número, pero el aparato seguía mudo. Exactamente igual que la joven del sueño.

CAP-4

4

Gunnar Hagen, el jefe de Delitos Violentos, se pasó la mano por la frente y siguió subiendo por el acceso a la laguna. El sudor que se le acumuló en la palma de la mano y siguió por la laguna que se le abría en el pelo quedó atrapado en el denso cerco de pelo de la nuca. Tenía delante al grupo de investigación. En un caso normal de asesinato serían unas doce personas. Pero el asesinato de un colega no se contaba entre lo normal, y la sala K2 se había llenado hasta el último hueco, casi cincuenta personas. Contando a las que estaban de baja por enfermedad, el grupo se componía de cincuenta y tres. Y pronto se producirían más bajas, la presión de los medios empezaba a dejarse notar. Lo mejor que podía decirse de aquel caso era que había acercado un poco a los dos grandes grupos de investigación de asesinatos de Noruega, Delitos Violentos y Kripos. Habían dejado de lado toda rivalidad y, por una vez, habían colaborado como un solo grupo, sin otro punto en la agenda que el de encontrar a aquel que había asesinado a su colega. Las primeras semanas, con una intensidad y un entusiasmo que convenció a Hagen de que esclarecerían el caso con rapidez, a pesar de la falta de pruebas, testigos, móvil posible, sospechosos posibles y pistas posibles o imposibles. Sencillamente, porque actuaban con una voluntad formidable, la red tan densa, los recursos de los que disponían, casi ilimitados. Y aun así.

Aquellas caras cansadas y grises lo miraban con una apatía cada vez más evidente en las últimas semanas. Y la conferencia de prensa de ayer —que, para horror general, parecía una rendición, con aquella súplica de ayuda de quienquiera que fuese— no levantó la moral combativa del equipo. Hoy le habían llegado otras dos bajas, y los solicitantes no eran personas que tirasen la toalla por una chorrada. Aparte del caso Vennesla, tenían el de Gusto Hanssen, que había pasado de resuelto a pendiente después de que liberasen a Oleg Fauke y de que Chris «Adidas» Reddy retirase su confesión. En fin, el caso Vennesla sí que tenía algo positivo, después de todo: el asesinato del policía había dejado en segundo plano el del traficante Gusto hasta el punto de que la prensa no había escrito una palabra de que se hubiera reabierto.

Hagen miró el documento que tenía delante en el atril. Contenía dos renglones. Eso era todo. Una reunión matinal de dos renglones.

Gunnar Hagen se aclaró la garganta.

—Buenos días, buena gente. Como la mayoría de vosotros sabe, hemos recibido una serie de soplos después de la conferencia de prensa de ayer. En total, ochenta y nueve, algunos de los cuales ya estamos investigando.

No tenía que decir lo que todos sabían, que después de cerca de tres meses, habían tocado fondo, que el noventa y cinco por ciento de los soplos eran basura, los típicos chiflados que siempre llamaban, borrachos, gente que quería que las sospechas recayeran sobre alguien que le había robado el novio o la novia, un vecino que no limpiaba su rellano, practical jokes o, lisa y llanamente, personas que reclamaban un poquito de atención, alguien con quien hablar. Al decir «algunos de los cuales» se refería a cuatro. Cuatro soplos. Y cuando decía «estamos investigando» era falso, ya estaban investigados. Y no los habían conducido… a ninguna parte.

—Hoy tenemos la visita de todo un personaje —dijo Hagen, y se dio cuenta enseguida de que aquello podía interpretarse como un sarcasmo—. El jefe provincial de la policía ha querido venir a decirnos unas palabras. Mikael…

Hagen cerró la carpeta y la mostró en alto, bajó el borde hacia la mesa, como si contuviera un nuevo documento de gran interés sobre el caso, en lugar de aquel único folio, con la esperanza de haber rebajado un poco lo de «todo un personaje» al utilizar el nombre de pila de Bellman, y le hizo una señal al hombre que aguardaba junto a la puerta al fondo de la sala.

El joven jefe provincial de la policía se apoyó en la pared con los brazos cruzados, esperó un instante hasta que todos se hubieron vuelto hacia él antes de deslindarse de la pared con un movimiento potente y ágil, y con pasos rápidos y resueltos empezó a caminar hacia el atril. Sonrió como si estuviera pensando en algo divertido y, cuando, con agilidad y soltura, se dio media vuelta a la altura de la tribuna, plantó en ella los codos y se inclinó hacia delante mirando a la concurrencia para dejar claro que no llevaba ningún discurso escrito. Hagen pensó que más valía que Bellman les ofreciera lo que prometía una entrada como aquella.

—Algunos de vosotros sabéis que practico escalada —dijo Mikael—. Y cuando me despierto en días como este, miro por la ventana y no hay ninguna visibilidad, y oigo que se avecinan más nevadas y que arreciará el viento, pienso en una montaña que tengo planes de coronar un día.

Bellman hizo una pausa y Hagen tomó nota de que tan inesperada introducción había funcionado: Bellman había captado su atención. Por el momento. Pero Hagen sabía que el nivel de tolerancia de paridas de un grupo que ya estaba muy desgastado se encontraba bajo mínimos, y que no se esforzarían por ocultarlo. Bellman era demasiado joven, llevaba muy poco tiempo en el puesto de jefe y había llegado a él demasiado rápido para que le permitieran que pusiera a prueba su paciencia.

—Lo cierto es que esa montaña se llama igual que esta sala. El mismo nombre que algunos de vosotros le habéis dado al caso Vennesla: K2. Es un buen nombre. La segunda montaña más alta del mundo. The Savage Mountain. La de escalada más difícil. Por cada cuatro personas que han conseguido coronarla, una ha muerto en el intento. Planeamos escalar la cara sur de la montaña, también llamada The Magic Line. Solo se ha conseguido dos veces hasta ahora, y muchos lo consideran un suicidio ritual. Un pequeño cambio en el tiempo o en el viento y te ves envuelto, junto con la montaña, en un manto de nieve y a una temperatura a la que ninguno de nosotros sería capaz de sobrevivir, al menos, no con menos oxígeno por metro cúbico del que necesitamos debajo del agua. Y puesto que se trata del Himalaya, todo el mundo sabe que el tiempo y el viento cambiarán.

Breve pausa.

—Entonces ¿por qué querría yo escalar esa montaña?

Otra pausa. Algo más larga, como si esperase que alguien respondiera. Aún con aquella sonrisita… Fue una pausa larga. Demasiado larga, pensó Hagen. Los policías no son por lo general partidarios de los golpes de efecto forzados.

—Porque… —Bellman golpeó con el dedo índice la superficie de la tribuna—. Porque es la más difícil del mundo. Física y mentalmente. No hay un solo segundo de felicidad mientras escalas, solo problemas, trabajar como un mono, angustia, vértigo, falta de oxígeno, diversos grados de pánico y, más peligroso aún, de apatía. Y cuando alcanzas la cima, no se trata de disfrutar del instante del triunfo, sino solamente de conseguir la prueba de que uno ha estado allí, una foto o dos, no engañarse pensando que ya ha pasado lo peor, no dejarse llevar por ese sopor agradable, sino mantener la concentración a tope, llevar a cabo las tareas necesarias, de forma sistemática, como un robot programado, pero sin dejar de valorar la situación al mismo tiempo. Hay que valorar la situación todo el tiempo. ¿Qué tiempo hace? ¿Qué señales envía el cuerpo? ¿Dónde estamos? ¿Cuánto tiempo llevamos aquí? ¿Cómo están los demás miembros del equipo?

Dio un paso atrás y se apartó de la tribuna.

—La K2 es cuesta arriba y obstáculos hasta el final. Incluso cuando vuelve a ser cuesta abajo. Cuesta arriba y obstáculos. Y por eso queríamos intentarlo.

Reinaba el silencio en la sala. Un silencio absoluto. Ningún bostezo elocuente ni ruido de pies rozando el suelo bajo las sillas. Por Dios, pensó Hagen, los tiene en el bote.

—Dos palabras —dijo Bellman—. No tres, solo dos. Resistencia y cohesión. Había pensado incluir la ambición, pero esa palabra no es lo bastante importante. No es lo bastante grande, en comparación con las otras dos. Y puede que os preguntéis de qué valen entonces la resistencia y la cohesión si no hay un objetivo, una ambición. ¿La lucha por la lucha misma? ¿Honor sin recompensa? Pues sí, exactamente, la lucha por la lucha. Honor sin recompensa. Cuando dentro de unos años se hable del caso Vennesla, será por las adversidades. Porque parecía imposible. Porque la montaña era demasiado alta, el tiempo demasiado adverso, el aire demasiado escaso. Porque lo teníamos todo en contra. Y ese relato, el de las adversidades, será el que convierta este caso en mítico, en uno de los que sobreviven para contarlo alrededor de la hoguera. Al igual que la mayoría de los escaladores del mundo, que ni siquiera se acercan al pie de la K2, también podemos vivir toda una vida como investigadores sin tener nunca la oportunidad de participar en un caso como este. ¿Habéis pensado que si este caso se hubiera resuelto durante las primeras semanas, dentro de unos años habría caído en el olvido? Porque ¿qué tienen en común todos los casos de asesinato legendarios de la historia?

Bellman esperaba. Asintió, como si le hubieran dado la respuesta que esperaba.

—Llevó tiempo resolverlos. Hubo adversidades.

Al lado de Hagen se oyó una voz susurrante: Churchill, eat your heart out. Se volvió y vio a Beate Lønn, que sonreía socarronamente.

Hagen observó a los allí reunidos. Un viejo truco, seguramente, pero todavía funcionaba. Allí donde, hasta hacía unos minutos, no se veía más que un montón de negro carbón muerto, Bellman había logrado insuflar vida en las ascuas. Pero Hagen sabía que no podían arder por mucho tiempo si seguían sin obtener resultados.

Tres minutos después, Bellman había terminado su rollo motivador y dejó la tribuna con una amplia sonrisa y entre aplausos. Hagen aplaudía también como era su deber, lleno de angustia ante la perspectiva de tener que volver al atril. Como un verdadero aguafiestas, para anunciar que el grupo iba a reducirse a treinta y cinco personas. Órdenes de Bellman, pero habían acordado que no sería él quien lo dijera. Hagen se adelantó, dejó la carpeta en el atril, carraspeó, fingió que hojeaba unos papeles. Levantó la vista. Volvió a aclararse la garganta y los miró sonriendo a medias.

Ladies and gentlemen, Elvis has left the building.

Silencio. Nada de risas.

—Bueno, pues nada, tenemos mucho que hacer. A algunos de vosotros os asignaremos otros cometidos.

Mutis. Apagón.

Al salir del ascensor en el vestíbulo de la Comisaría General, Bellman atisbó una figura que se coló en el ascensor contiguo. ¿Sería Truls? Qué va, todavía estaba en cuarentena después del caso Asáiev. Bellman salió por la puerta principal y fue abriéndose paso como pudo en medio de la nevada hasta el coche que lo estaba esperando. Cuando tomó posesión de la jefatura, le contaron que, en teoría, disponía de un chófer, pero que sus tres predecesores habían prescindido de ese servicio, porque consideraban que daba una imagen equivocada. Después de todo, debían afrontar recortes en todos los terrenos. Bellman cambió la praxis y dejó muy claro que él no pensaba permitir que esa miopía socialdemócrata impidiera que sus jornadas de trabajo fueran lo bastante eficaces, y que más importante le parecía indicar a quienes se hallaban más abajo en el escalafón que el trabajo duro y el esfuerzo por ascender conllevaban ciertas ventajas. El jefe de información se lo llevó luego aparte y le sugirió que, si le preguntara la prensa, que más valía que acotara la respuesta y lo dejara en la eficacia de las jornadas laborales y eliminara lo de las ventajas.

—Al Ayuntamiento —dijo Bellman mientras se acomodaba en el asiento trasero.

El coche se alejó del borde de la acera, rodeó la iglesia de Grønland y puso rumbo a Plaza y al edificio de Correos que, a pesar de todo lo que habían construido alrededor de la Ópera, aún dominaba el horizonte de Oslo. Sin embargo, hoy no había horizonte, solo nieve, y Bellman pensó tres pensamientos sin conexión alguna entre sí. Joder con diciembre. Joder con el caso Vennesla. Y joder con Truls Berntsen.

No había hablado con Truls ni lo había visto desde que se vio obligado a suspender a su subordinado y amigo de la infancia a primeros de octubre. O sea, Mikael creía haberlo visto delante del Grand Hotel la semana pasada, en un coche que había allí aparcado. Lo que condujo a aquella cuarentena fueron las imposiciones de grandes sumas de dinero en la cuenta de Truls. Al no poder —o no querer— este explicar su procedencia, a Mikael, que era su jefe, no le quedó elección. Naturalmente, él conocía bien la procedencia del dinero, de los trabajos de destrucción de pruebas que Truls había realizado como quemador —trabajos de sabotaje de pruebas— por cuenta del cártel del narcotráfico de Rudolf Asáiev. Un dinero que aquel idiota había ingresado en su cuenta sin más. El único consuelo era que ni el dinero ni Truls podían conducir hasta Mikael. Solo dos personas en el mundo entero podían desvelar la colaboración de Mikael con Asáiev. Una estaba en asuntos sociales en el consejo municipal y era cómplice; y la otra estaba en coma en una planta cerrada del Rikshospitalet, y allí yacía moribunda.

Subieron por el barrio de Kvadraturen. Bellman contempló fascinado el contraste entre la piel negra de las prostitutas y la blancura de la nieve que les cubría el pelo y los hombros. Además, observó que nuevos grupos de camellos habían venido a llenar el vacío que dejó Asáiev.

Truls Berntsen. Un hombre que había seguido a Mikael desde la infancia en Manglerud igual que las rémoras siguen al tiburón. Mikael, con su cerebro, su capacidad de liderazgo, con el don de la palabra, con el físico. Truls «Beavis» Berntsen con la temeridad, la fuerza de los puños y aquella lealtad suya casi pueril. Mikael, que conseguía hacer amigos donde quiera que llegara. Truls, al que costaba tanto apreciar que todo el mundo lo evitaba directamente. Aun así, habían seguido juntos a lo largo de los años, Berntsen y Bellman. En el colegio, al pasar lista, los llamaban consecutivamente, igual que en la Escuela Superior de Policía; primero Bellman, Berntsen inmediatamente después. Mikael se emparejó con Ulla, pero allí seguía Truls, dos pasos por detrás. A medida que fueron pasando los años, Truls fue quedándose rezagado, no experimentó ninguno de los triunfos naturales para Mikael ni en la vida privada ni en la carrera profesional. Por lo general, Truls era persona fácil de mangonear y se lo veía venir. Normalmente, cuando Mikael decía salta, él saltaba. Sin embargo, también podía ocurrir que se le ensombreciera la mirada, y en esas ocasiones, era como si se convirtiera en un desconocido para Mikael. Como aquella vez, con un detenido, el chico al que Truls dejó ciego a golpes con la porra. O el tío de Kripos que resultó que era marica y trató de ligar con Mikael. Los colegas fueron testigos, así que Mikael tuvo que reaccionar para que no pareciera que él dejaría pasar sin más ese tipo de cosas. Así que cogió a Truls y lo llevó a la casa del tío, lo convenció para que bajaran al garaje, donde le dio una tunda con la porra. Al principio, con cierto control, pero luego cada vez más rabioso mientras la negrura se le extendía por la mirada hasta que ya empezó a parecer que estaba conmocionado, con los ojos negros abiertos de par en par, y Mikael tuvo que pararlo para que no matara a aquel hombre. Sí, desde luego, Truls era leal. Pero también era imprevisible, y eso tenía preocupado a Mikael Bellman. Cuando Mikael le contó que el Consejo de Personal había decidido suspenderlo hasta haber averiguado de dónde había salido el dinero que aparecía en cuenta, él se limitó a repetir que era un asunto privado, se encogió de hombros, como si no tuviera la menor importancia, y se marchó. Como si Truls «Beavis» Berntsen tuviera algún sitio al que ir, una vida aparte del trabajo. Y Mikael le vio aquella sombra negra en los ojos. Fue como encender una mecha, verla arder en el negro túnel de una mina sin que ocurra nada. Solo que no sabemos si es porque la mecha es larga o porque se ha apagado, así que seguimos esperando en tensión, porque algo nos dice que cuanto más tiempo pase, peor será el estallido.

El coche llegó a la parte trasera del Ayuntamiento, Mikael se apeó y subió la escalera hacia la entrada. Había quien decía que aquella era la verdadera entrada principal, tal y como la concibieron los arquitectos Arneberg y Poulsson allá por la década de 1920, y que el cambio de sentido de los planos fue una confusión. Pero cuando lo descubrieron en los años cuarenta, habían avanzado tanto con las obras que lo silenciaron todo e hicieron como si nada, con la esperanza de que quienes llegaban navegando por el fiordo de Oslo hacia la capital de Noruega no se dieran cuenta de que era la entrada del servicio la que los recibía.

Las suelas de piel italiana emitían un sonido suave sobre el suelo de mármol mientras Mikael Bellman se dirigía a la recepción, donde la mujer del mostrador le dedicó una sonrisa radiante.

—Buenos días, señor. Lo están esperando. Décima planta, último despacho del pasillo a la izquierda. —Bellman examinó su aspecto en el espejo del ascensor mientras subía. Y pensó que eso era precisamente lo que estaba haciendo, subir. A pesar de aquel caso de asesinato. Se ajustó bien la corbata de seda que Ulla le había comprado en Barcelona. Nudo Windsor doble. Ya en el instituto le enseñó a Truls a hacerse el nudo de la corbata. Pero solo el sencillo, el fácil. La puerta del fondo del pasillo estaba entreabierta. Mikael la empujó.

Era un despacho austero. El escritorio, despejado; las estanterías, vacías y en el papel pintado se veían partes más claras donde antes habían colgado unos cuadros. Ella estaba sentada en una de las ventanas. Poseía el tipo de belleza convencional que las mujeres llaman «vistosa», pero sin encanto ni dulzura, a pesar de la rubia cabellera de muñeca que llevaba recogida en cómicas guirnaldas. Era alta y atlética, de hombros anchos y caderas no menos anchas que en aquel momento cubría una ajustada falda de cuero. Las piernas cruzadas. Su rostro masculino —subrayado por aquella nariz ganchuda y unos ojos de lobo—, en combinación con la mirada socarrona, cómplice y segura de sí misma, llevaron a Bellman a hacer un par de rápidas suposiciones la primera vez que la vio. Que Isabelle Skøyen era un puma con iniciativa y una amante del riesgo.

—Cierra con llave —dijo.

Mikael no se había equivocado.

Cerró la puerta y giró la llave. Se acercó a una de las otras ventanas. El Ayuntamiento se alzaba por encima de la modesta capa de edificios de cuatro o cinco plantas que poblaban Oslo. Al otro lado de la plaza del Ayuntamiento se imponía la fortaleza de Akershus, de setecientos años de antigüedad, sobre un terreno elevado y rodeado de viejos cañones de guerra que apuntaban al fiordo, que parecía tener la piel de gallina y como si tiritase al sentir las gélidas ráfagas de viento. Había dejado de nevar y, bajo las nubes plúmbeas que cubrían el cielo, la ciudad se bañaba en una luz blanquiazul. Como el color de un cadáver, pensó Bellman. La voz de Isabelle resonó entre las paredes vacías.

—Bueno, querido, ¿qué me dices del panorama?

—Impresionante. Si no recuerdo mal, el anterior concejal de asuntos sociales tenía un despacho más pequeño y en una planta más baja.

—No ese panorama —dijo—. Este.

Se volvió hacia ella. La nueva concejal de asuntos sociales y protección de drogodependientes se había abierto de piernas. Tenía las bragas a su lado, en la ventana. Isabelle había dicho en varias ocasiones que nunca había comprendido el encanto de un coño totalmente rasurado, pero Mikael pensaba que debía de existir algo intermedio mientras clavaba la mirada en aquel matorral y repetía en un murmullo la característica del panorama: sencillamente impresionante.

Ella se bajó, clavó los tacones en el parquet y se le acercó. Le retiró una mota invisible del cuello de la americana. Incluso sin los tacones de aguja, habría resultado un centímetro más alta, pero con ellos se imponía claramente por encima de él. Nada que a él lo intimidase. Al contrario, las dimensiones físicas y la personalidad dominante de Isabelle constituían un reto interesante. Exigía más de él como hombre que la figura amable y la suave docilidad de Ulla.

—Es que me parece de lo más adecuado que seas tú quien inau­gu­re mi despacho. Sin tu… voluntad de colaboración, jamás habría obtenido el puesto.

—Y viceversa —dijo Mikael Bellman. Aspiró el aroma de su perfume. Le resultaba familiar. Era el de… ¿el de Ulla? Ese de Tom Ford, ¿cómo se llamaba? Black Orchid. Que tenía que comprarle cuando iba a París o a Londres, porque era imposible de conseguir en Noruega. Se le antojó una coincidencia extraordinaria.

Bellman vio cómo se le alegraba la mirada al advertir su sorpresa. Ella le rodeó la nuca con las manos y se echó hacia atrás riendo:

—Lo siento, no me pude resistir.

Sí, joder. Después de la fiesta de inauguración de la nueva casa, Ulla se quejó de que le había desaparecido el frasco de perfume, alguna de las celebridades invitadas debió de robarlo, simplemente. Él estaba casi seguro de que habría sido alguno de los vecinos de Manglerud, por ejemplo, Truls Berntsen. Porque él no ignoraba que Truls estaba perdidamente enamorado de Ulla desde la juventud. Hecho que, lógicamente, jamás había mencionado ni ante Ulla ni ante Truls. Y tampoco mencionó el tema del frasco de perfume. Después de todo, era mejor que le robara el perfume que las bragas.

—¿Te has planteado que puede que ese sea tu problema? —dijo Mikael—. ¿Que no te puedes resistir?

Ella se rió bajito. Cerró los ojos. Descruzó los dedos largos y gruesos que le rodeaban la nuca, los bajó por la espalda y los introdujo cuidadosamente por el interior del cinturón. Lo miró con cierto asombro.

—¿Qué pasa, campeón?

—El médico dice que no se va a morir —dijo Mikael—. Y la última noticia es que da muestras de querer despertar del coma.

—¿Cómo? ¿Es que se ha movido?

—No, pero están viendo cambios en el electro, así que han empezado a hacerle pruebas neurofisiológicas.

—¿Y qué? —Tenía los labios pegados a los suyos—. ¿Es que le tienes miedo?

—No le tengo miedo a él, sino a lo que va a decir. De nosotros.

—¿Y por qué iba a cometer semejante tontería? Está solo, no ganaría nada con ello.

—Te lo diré de otra forma, cariño —respondió Mikael, y le apartó la mano—. La sola idea de que haya alguien ahí fuera que pueda testificar que tú y yo hemos colaborado con un traficante de drogas para favorecer nuestra carrera profesional…

—Escúchame —dijo Isabelle—. Lo único que hicimos fue intervenir cautelosamente para impedir que las fuerzas del mercado lo controlaran solas. Es política socialdemócrata de la buena más que probada, querido. Permitimos que Asáiev tuviera el monopolio del mercado de los estupefacientes y detuvimos a todos los demás barones de la droga, puesto que la de Asáiev provocaba menos muertes por sobredosis. Cualquier otra cosa habría sido una mala política antidroga.

Mikael no pudo por menos de sonreír.

—Ya veo que has afinado la retórica durante los cursos de debate.

—¿Por qué no cambiamos de tema, querido? —Le pasó la mano por la corbata.

—Supongo que comprendes cómo podría utilizarse en un juicio, ¿verdad? Que yo obtuve la jefatura de la policía y tú el puesto de concejal de asuntos sociales porque parecía que tú y yo, personalmente, habíamos limpiado las calles de Oslo y reducido el número de muertes. Mientras que lo que hicimos en realidad fue permitir que Asáiev destruyera pruebas, liquidara a los de la competencia y vendiera una droga que es cuatro veces más potente y adictiva que la heroína.

—Ya… Oírte hablar así me pone cachonda… —Tiró un poco de él, le metió la lengua en la boca y Mikael empezó a oír el frufrú de la media al frotarse el muslo con su pierna. Fue retrocediendo y llevándolo consigo hasta el escritorio.

—Si llega a despertarse en el hospital y empieza a largar…

—Cierra el pico, no te he llamado para charlar contigo. —Los dedos manipulaban la hebilla del cinturón.

—Tenemos un problema que resolver, Isabelle.

—Sí, ya me doy cuenta, pero ahora que eres jefe provincial de la policía tu sector es el de las prioridades, encanto. Y en estos momentos, tu ayuntamiento le da prioridad a esto.

Mikael consiguió pararle la mano.

Ella soltó un suspiro.

—Vale, venga, dime qué has pensado.

—Que hay que amenazarlo de muerte. De un modo convincente.

—¿Por qué amenazarlo? ¿Por qué no matarlo directamente?

Mikael se echó a reír. Hasta que comprendió que hablaba en serio. Y que ni siquiera había tenido que pensárselo un instante.

—Porque… —Mikael captó su mirada y comenzó con voz firme. Trataba de tener la misma superioridad del Mikael Bellman que, hacía media hora, se había dirigido al grupo de investigación. Trataba de dar una respuesta. Pero ella se le adelantó.

—Porque no te atreves. ¿Vemos si encontramos a alguien en «Eutanasia», en las Páginas Amarillas? Tú ordenas que interrumpan la vigilancia en el hospital, despilfarro de recursos y bla-bla-bla, y luego el paciente recibe una visita inesperada. Inesperada para él, claro. O no, mejor todavía, puedes enviar a la sombra. Beavis. Truls Berntsen. Ese hace cualquier cosa por dinero, ¿no?

Mikael meneó la cabeza con escepticismo.

—De entrada, fue Gunnar Hagen, el jefe de Delitos Violentos quien ordenó la vigilancia. Si el paciente muere inmediatamente después de que yo me pase por el forro a Hagen, quedaré en muy mal lugar, por así decirlo. Y además, aquí no vamos a matar a nadie.

—Pero querido, un político es todo lo bueno que sean sus asesores. De ahí que la premisa para alcanzar la cima sea rodearse siempre de gente más lista que uno. Y yo estoy empezando a dudar de que tú seas más listo que yo, Mikael. Para empezar, no has conseguido atrapar al asesino del policía. Y ahora no sabes cómo resolver un problema sencillo de un hombre que está en coma. Y, dado que tampoco quieres follar conmigo, tengo la obligación de hacerme la siguiente pregunta: ¿para qué me sirves, en realidad? ¿Puedes responderla?

—Isabelle…

—Lo tomaré como un no. Vamos a ver, escúchame, anda, esto es lo que vamos a hacer…

Solo cabía admirarla. Aquel rasgo profesional frío y casi controlado pero, al mismo tiempo, amante del riesgo, impredecible, que hacía que sus colegas se sentaran en el filo mismo de la silla. Algunos la consideraban caprichosa, pero no habían comprendido que el juego de Isabelle Skøyen consistía en crear inseguridad. Ella era del tipo de personas que llega más lejos y más alto que nadie en el menor tiempo posible. Y de las que, si sucumbía, caería mucho más bajo y mucho peor. Y no era que Mikael Bellman no se reconociera en Isabelle Skøyen, solo que la veía como una versión extrema de sí mismo. Y lo extraño era que, en lugar de arrastrarlo consigo, lo hacía ser más cuidadoso.

—Por ahora, el paciente no se ha despertado, así que no haremos nada —dijo Isabelle—. Conozco a un enfermero anestesista de Enebakk. Un tío de lo más turbio. Me suministra unas pastillas de esas que un político no encuentra en la calle, precisamente. Como Beavis, hace casi cualquier cosa por dinero. Y por sexo, cualquier cosa. Y a propósito…

Se sentó en el borde del escritorio, levantó y separó las piernas y le desabrochó de un tirón los botones de la bragueta. Mikael le agarró fuerte las muñecas:

—Isabelle, vamos a esperar al miércoles en el Grand.

No vamos a esperar al miércoles en el Grand.

—Sí, sí, yo voto por eso.

—Ajá —dijo Isabelle, se soltó las manos y le abrió el pantalón. Miró hacia abajo. La voz le sonó gutural:

—La votación da dos contra uno, querido.

CAP-5

5

La oscuridad y la temperatura habían caído, y la palidez de la luna entraba por la ventana del cuarto de Stian Barelli, cuando oyó a su madre gritar desde el salón:

—¡Stian, es para ti!

Había oído sonar el teléfono y esperaba que no fuera para él. Dejó el mando de la Wii. Estaba a doce bajo par con tres agujeros por jugar, es decir, lo tenía súper a huevo para clasificarse para el campeonato. Jugaba como Rick Fowler, porque era el único jugador del Tiger Woods Masters que era guay y que tenía más o menos su edad, veintiuno. Y a los dos les gustaba Eminem y Rise Against, y vestir de naranja. Claro que Rick Fowler podía permitirse un apartamento propio, mientras que Stian aún vivía en aquel cuarto infantil. Pero aquello era algo transitorio, hasta que le dieran la beca para la Universidad de Alaska. Todos los esquiadores noruegos medio decentes entraban por los resultados en el campeonato nórdico junior y otros así. El problema, lógicamente, era que, por ahora, nadie había mejorado solo por esquiar allí pero, ¿y qué? Mujeres, vino y esquí. ¿Qué podía ser mejor? Quizá incluso un título académico, si quedaba tiempo. Unas calificaciones que le permitieran conseguir un buen trabajo. Dinero para un apartamento. Una vida mejor que aquella, dormir en aquella cama corta de más, con las fotos de Bode Miller y Aksel Lund Svindal, comer las hamburguesas caseras de mamá y seguir las reglas de papá, que entrena a niñatos bocazas que, según los obsesos de sus padres, tenían el talento suficiente para convertirse en un Aamodt o un Kjus. Encargarse del telesilla de Tryvann por un salario de mierda a la hora que no se atreverían a pagar ni a los niños de la India. Y por eso Stian sabía que era el presidente del club de slalom el que llamaba. Él era la única persona que conocía que evitaba llamar a la gente al móvil porque era un poco más caro, y que prefería obligarlos a bajar la escalera de las cuevas paleolíticas en las que aún tenían teléfono fijo.

Stian cogió el auricular que le daba su madre.

—¿Sí?

—Hola, Stian, soy Bakken. —Así se llamaba, sí—. Acaban de llamarme para decirme que el ascensor de Kleiva está funcionando.

—¿Ahora? —dijo Stian, y miró el reloj. Las once y cuarto. Y el cierre era a las nueve.

—¿Podrías subir a ver qué es lo que pasa?

—¿Ahora?

—A menos que estés ocupadísimo, claro.

Stian optó por no reaccionar a la ironía del tono del presidente. Sabía que había tenido dos temporadas malas y que el presidente pensaba que no era por falta de talento sino por un exceso de tiempo que Stian hacía todo lo posible por llenar de pereza, decadencia física e inactividad pura y dura.

—No tengo coche —dijo Stian.

—Coge el mío —se apresuró a responder su madre. No se había ido, se había quedado allí plantada con los brazos cruzados.

Sorry, Stian, pero lo he oído —dijo el presidente con tono seco—. Seguro que es algún skater del parque de Heming que ha forzado la entrada y está haciendo la gracia.

A Stian le llevó diez minutos recorrer la carretera que subía serpenteando hasta el salto de Tryvann. La antena de la tele se erguía como una lanza de 118 metros que hubieran clavado en el suelo en la cara noroeste de las colinas de Oslo.

Dejó el coche en el aparcamiento nevado y tomó nota de que el único coche que había allí, aparte del suyo, era un Golf de color rojo. Sacó los esquís, se los puso y se deslizó por delante del edificio principal y luego subió hacia el lugar donde Tryvann Ekspress, la pista principal, marcaba la cima de la estación de esquí. Desde allí veía hasta el lago, y la pequeña subida de Kleiva, con el arrastre. A pesar de que había luna, estaba demasiado oscuro para apreciar si se movían las barras con los asientos en forma de T, pero sí podía oírlo. El zumbido de la maquinaria allá abajo.

Y cuando se lanzó al descenso deslizándose en largos pases lentos, se dio cuenta de pronto del extraordinario silencio que reinaba allí arriba por la noche. Era como si la primera hora después del cierre siguiera inundándolo todo el eco de los gritos alegres de los niños, los chillidos forzados de miedo de las chicas, los cantos de acero contra la nieve apelmazada y contra el hielo, las voces cargadas de testosterona de muchachos que reclamaban atención. Incluso cuando apagaban los focos era como si la luz siguiera brillando un poco más. Luego, al cabo de un rato, se quedaba todo más en calma. Y más oscuro. Y más silencioso. Hasta que el silencio llenaba todas las oquedades del terreno, y la oscuridad se acercaba sigilosamente desde el bosque. Y entonces era como si Tryvann se convirtiera en otro lugar, un lugar que, incluso a Stian, a quien tan familiar le resultaba, le parecía otro planeta. Un planeta frío, oscuro y deshabitado.

La falta de luz lo obligó a bajar despacio tratando de prever cómo la nieve y el terreno sobresaldrían o se hundirían bajo los esquís. Pero en eso precisamente consistía su talento, lo que le permitía hacerlo mejor que nadie cuando había poca visibilidad, nieve, bruma, cuando la iluminación era escasa: él era capaz de presentir lo que no podía ver, poseía ese tipo de clarividencia que unos esquiadores tienen y otros —la mayoría— no tienen. Iba acariciando la nieve, deslizándose despacio para prolongar aquella sensación placentera. Hasta que llegó abajo y se detuvo delante del edificio del telesilla.

Habían forzado la puerta.

Se veían restos de listones de madera en la nieve y la puerta negra abierta de par en par. Y solo entonces cayó en la cuenta de que estaba solo, de que era medianoche y se encontraba en un lugar que, en ese momento, se hallaba desierto y donde acababa de cometerse un delito. Seguramente no se trataba más que de una gamberrada, pero de todos modos… No podía estar del todo seguro. De que solo era una gamberrada. De que estaba solo de verdad.

—¡Hola! —gritó Stian para hacerse oír pese al zumbido del motor y el ruido de los arrastres que iban pasando sobre él deslizándose por el cable de acero. Y se arrepintió en el acto. El eco rebotó desde la montaña y trajo consigo el sonido de su propio miedo. Porque tenía miedo. Ya que su pensamiento no se había detenido en las ideas de «delito» y «solo», sino que había ido más allá. Hasta aquella historia de antaño. No era nada en lo que pensara en pleno día, pero a veces, cuando tenía el turno de noche y casi no había esquiadores, aquella historia se le imponía sigilosamente en el recuerdo surgiendo del bosque junto con la oscuridad. Era una noche de invierno sin nieve. Al parecer, a la chica la habían drogado en algún lugar del centro y luego la habían llevado hasta allí. Con esposas y capucha. Trasladada desde el aparcamiento y después allí abajo, donde forzaron la puerta y la violaron. Stian había oído contar que la chica, que tenía quince años, era tan menuda y tan bajita que, si estaba inconsciente, el violador —o los violadores— podrían haberla llevado hasta allí en brazos fácilmente desde el aparcamiento. Ojalá estuviera inconsciente todo el rato, cabía esperar… Pero Stian también había oído decir que a la chica la habían clavado a la pared con dos clavos enormes, atravesándole los hombros por debajo de las clavículas, de modo que él o ellos pudieron violarla de pie con un mínimo de contacto corporal con las paredes, el suelo y la niña. Que por eso la policía no obtuvo ADN ni huellas ni rastros de fibras. Pero a lo mejor no era verdad. Lo que sabía era que habían encontrado a la niña en tres sitios. En el fondo del Tryvann estaban el tronco y la cabeza. En el bosque, al pie de la pista de Wyllerløypa, una mitad de los órganos genitales. En la playa de Aurtjern, la otra mitad. Y, como las dos últimas partes las encontraron tan alejadas entre sí y también del lugar en el que la violaron, los agentes esbozaron la teoría de que fueron varios violadores. Pero eso fue lo único que hicieron, esbozar teorías. Los autores de los hechos —si es que eran hombres, porque no hallaron ningún esperma que lo confirmara— nunca aparecieron. Pero al presidente y a otros entendidos les encantaba contar a los jóvenes miembros del club en su primera noche de guardia en las instalaciones de Tryvann que la gente decía que, en el silencio nocturno, habían oído ruidos. Gritos que casi disimulaban el otro ruido. El que hacían al clavar los clavos en la pared.

Stian soltó los esquís de las botas y se acercó a la puerta. Dobló un poco las rodillas, presionó las piernas hacia atrás en las botas intentando no hacer caso del pulso, que se le estaba acelerando.

Madre mía, pero ¿qué creía que iba a encontrarse allí? ¿Sangre y vísceras? ¿Fantasmas?

Metió la mano por la abertura de la puerta, encontró el interruptor, encendió.

Se quedó mirando la habitación iluminada.

En la pared de pino sin pintar, de un clavo, colgaba una chica. Estaba casi desnuda, un bikini amarillo le cubría las partes que podríamos llamar estratégicas de un cuerpo bronceado. Era el mes de diciembre, y el calendario era del año anterior. Hacía unas semanas, una tarde de mucha tranquilidad, Stian incluso se masturbó con esa foto. Era una foto lo bastante cachonda, pero lo que más lo excitó fueron las chicas que se deslizaban al otro lado de la ventana, desde el edificio del arrastre hasta la pista. Pensar que allí estaba él, con la erección en la mano, a tan solo medio metro de ellas. Sobre todo, de las chicas que cogían el arrastre solas, que, con mano experta, se colocaban el rígido tubo entre los muslos y apretaban. El ancla, que les levantaba las nalgas. La espalda arqueada cuando el muelle entre el tubo y el cable se encogía otra vez y las alejaba de él, fuera de su vista, por la subida del arrastre.

Stian entró en el edificio. No cabía duda de que allí había entrado alguien. El interruptor de plástico que utilizaban para encender y apagar el arrastre estaba roto. Estaba en el suelo, partido en dos, y lo único que sobresalía en el panel de control era la cabeza metálica. Sujetó la fría cabeza de metal entre el índice y el pulgar y trató de girarlo, pero se le resbaló entre los dedos. Se dirigió al cuadro de luces de la esquina. La puerta metálica estaba cerrada y la llave, que solían tener colgada de un cordel en la pared, allí mismo, no estaba. Qué raro. Volvió al panel de control. Trató de quitar la funda de plástico del interruptor que encendía los focos o la música, pero comprendió que lo único que conseguiría sería romperlo también, pues estaba pegado con pegamento o soldado. Necesitaba algo con lo que apretar bien el botón metálico, unos alicates o algo así. Al abrir el cajón de la mesa que había delante de la ventana, Stian tuvo un presentimiento. El mismo que cuando esquiaba a ciegas. Pudo presentir lo que no podía ver, que allí fuera, en la oscuridad, había alguien que lo estaba mirando.

Levantó la vista.

La clavó en una cara que lo miraba con los ojos grandes, desorbitados.

Su propia cara, sus ojos aterrados en la imagen especular de la ventana que se veía como en doble exposición.

Stian respiró aliviado. Joder, qué cagueta era.

Pero entonces, cuando el corazón había empezado a latirle otra vez y bajó la vista hacia el cajón, percibió un movimiento, una cara que se desprendía de la imagen del espejo y desaparecía rápidamente hacia la derecha, fuera de su vista. Volvió a levantar la vista. Allí seguía su imagen reflejada, pero ya no aparecía en doble exposición como antes. ¿O sí?

Siempre tuvo mucha imaginación. Eso fue lo que Marius y Kjella le dijeron cuando les contó que lo ponía cachondo pensar en la chica a la que habían violado. No porque la hubieran violado y la hubieran matado, claro. O bueno, sí, lo de la violación era… algo en lo que sí que pensaba, les dijo. Pero sobre todo porque era muy bonita, muy bonita y muy mona, vamos. Y pensar que ella había estado en el edificio, desnuda, con una polla en el coño, eso… bueno, era una idea que podía ponerlo cachondo. Marius le dijo que estaba «eenfeermoo», y Kjella, el muy cerdo, se dedicó a difundirlo, claro, y cuando la historia llegó otra vez a oídos de Stian, sonaba como si él hubiera podido participar en aquella violación. Eso sí que es un amigo, se dijo Stian mientras revolvía en el cajón. Pases de telesilla, tampones, almohadillas, lápices, cinta adhesiva, unas tijeras, un cuchillo para tallar madera, un bloc de recibos, tornillos, tuercas. ¡Vaya mierda! Continuó en el siguiente cajón. Ni alicates ni llaves. Y entonces cayó en la cuenta de que lo único que tenía que hacer era utilizar el bastón con el freno de emergencia que tenían siempre clavado en la nieve delante del edificio, para que quien estuviera vigilando no tuviera más que pulsar el botón rojo del extremo para detener el arrastre si pasaba algo. Y siempre pasaba algo: a un niño le daba la percha en la nuca, un principiante se caía hacia atrás por el tirón, pero no se soltaba y seguía arrastrándose colgado del enganche… O idiotas que se ponían a hacer virguerías y enganchaban el freno con la rodilla y se arrimaban al borde de la pista para mear en el lindero del bosque mientras subían.

Rebuscó entre los armarios. La barra debía de ser fácil de encontrar, de un metro de largo más o menos, metálica y terminada en punta, para poder clavarla en la nieve dura. Stian revolvía entre guantes, gorros y gafas de slalom olvidadas. Siguiente armario, extintores. Cubos y bayetas. El armario de primeros auxilios. Una linterna. Pero ni rastro de la barra.

Claro que se la podían haber dejado olvidada fuera.

Cogió la linterna y salió, rodeó el edificio.

Ni rastro de la barra. Mierda, ¿la habrían robado? ¿Y se iban a dejar allí los pases para el telesilla? Stian creyó oír algo y se volvió hacia el lindero del bosque. Enfocó la linterna hacia los árboles.

¿Un pájaro? ¿Una ardilla? A veces los alces bajaban hasta allí, pero no trataban de esconderse. Si pudiera parar el puto arrastre, le sería más fácil oír.

Stian volvió dentro, tenía la sensación de que estaba mejor allí. Recogió del suelo los dos trozos del interruptor de plástico, trató de presionarlos alrededor de la cabeza de metal y girarla, pero se soltaban.

Miró el reloj. Pronto sería medianoche. Le gustaría terminar la partida de golf en Augusta antes de irse a la cama. Se planteó llamar al presidente. ¡Joder, si lo único que había que hacer era girar aquella cabeza metálica media vuelta!

Levantó la cabeza automáticamente y se le paró el corazón.

Había pasado tan rápido que no estaba seguro de haberlo visto. Y daba igual lo que fuera pero, desde luego, no era un alce. Stian tecleó el nombre del presidente en el móvil, pero los dedos le temblaban tanto que falló varias veces.

—¿Sí?

—Soy Stian. Aquí ha entrado alguien, han roto el interruptor y el freno de emergencia ha desaparecido. No puedo pararlo.

—El cuadro de man…

—Cerrado, y la llave no está.

Oyó que el presidente soltaba un improperio por lo bajo. Luego un suspiro de resignación.

—Quédate ahí, salgo para allá.

—Tráete unos alicates o algo.

—Unos alicates o algo —repitió el presidente sin ocultar el desprecio que sentía.

Hacía tiempo que Stian había comprendido que el respeto del presidente era directamente proporcional al puesto que uno ocupara en la lista de resultados. Se guardó el teléfono en el bolsillo. Contempló la oscuridad exterior. Y comprendió que, al tener la luz encendida dentro del edificio, todos podían verlo a él, mientras que él no podía ver a nadie. Se levantó, cerró la puerta con fuerza y apagó la luz. Esperó. Las perchas vacías que bajaban de la pista por encima de él parecían acelerar cuando giraban al final del arrastre y antes de reemprender la subida.

Stian parpadeó.

¿Cómo no se le había ocurrido antes?

Giró todos los interruptores del panel de control. Y, al mismo tiempo que se encendían los focos en la pista, resonó en los altavoces «Empire State of Mind» de Jay-Z e inundó el valle. Eso es, aquello era mucho más agradable.

Se puso a tamborilear con los dedos, volvió a mirar la cabeza metálica. Tenía un agujero en el extremo. Se levantó y cogió el cordel que había al lado del cuadro de luces, lo puso doble y lo pasó por el agujero. Rodeó con él la cabeza y tiró un poco. Aquello podía funcionar, la verdad. Tiró un poco más. El cordel aguantaba. Un poco más. La cabeza se movió. Stian se llevó un sobresalto.

El ruido de la maquinaria se extinguió con un gemido prolongado y se convirtió en un chirrido.

There, motherfucker! —gritó Stian.

Cogió el teléfono para llamar al presidente y comunicarle que había cumplido la misión. Cayó en la cuenta de que al presidente no le gustaría ni un pelo que tuviese puesto rap sonando por los altavoces a todo volumen en plena noche, y apagó la música.

Se oían los tonos de llamada, ahora era el único ruido, de repente reinaba un gran silencio. ¡Cógelo de una vez! Y entonces lo notó otra vez. Aquella sensación. La sensación de que allí había alguien. De que alguien lo estaba observando.

Stian Barelli levantó la vista despacio.

Y notó el frío que se le extendía desde algún punto próximo a la nuca, como si se estuviera petrificando, como si estuviera mirando la cara de Medusa. Pero no era ella, era un hombre que llevaba un abrigo largo de cuero negro. Tenía los ojos desorbitados de un loco y la boca abierta de un vampiro, con dos hilillos de sangre que corrían hacia abajo por las comisuras de los labios. Y parecía que estuviera flotando en el aire.

—¿Hola? ¿Eh? ¿Stian? ¿Estás ahí? ¿Stian?

Pero Stian no podía responder. Se había levantado y había volcado la silla, retrocedió y se quedó pegado a la pared, de donde arrancó del clavo a la chica del mes de diciembre, que cayó al suelo.

Acababa de encontrar la barra del freno de emergencia. Sobresalía de la boca del hombre, al que habían ensartado encima de uno de los arrastres.

—¿Dices que iba dando vueltas en el arrastre? —preguntó Gunnar Hagen; ladeó la cabeza mientras examinaba el cadáver que tenían colgado allí delante. Algo le pasaba a la forma del cuerpo, era como una figura de cera que se estuviera derritiendo y se viera atraída hacia el suelo.

—Eso es lo que nos ha dicho el chico —dijo Beate Lønn; dio unos zapatazos en el suelo y levantó la vista hacia la subida del arrastre, donde sus colegas, vestidos de blanco, casi se confundían con la nieve.

—¿Algún rastro? —preguntó el jefe de grupo con un tono de saber ya la respuesta.

—Montones —dijo Beate—. El rastro de sangre discurre cuatrocientos metros hacia arriba, a lo alto del arrastre, y cuatrocientos metros hacia abajo.

—Me refiero a rastros que indiquen algo distinto de lo evidente.

—Bueno, las pisadas en la nieve desde el aparcamiento, por el atajo y directamente hasta aquí —dijo Beate—. El dibujo encaja con los zapatos de la víctima.

—¿Llegó hasta aquí con zapatos?

—Sí. Y llegó solo, sus huellas son las únicas que hay. En el aparcamiento hay un Golf de color rojo, estamos comprobando quién es el dueño.

—¿Ni rastro del asesino?

—¿Tú qué dices, Bjørn? —preguntó Beate, y se volvió a Holm, que, en ese preciso momento, apareció caminando hacia ellos con un rollo de cinta policial en la mano.

—Por ahora, nada —dijo sin resuello—. No hay más pisadas. Pero hay montones de huellas de esquís, naturalmente. Ninguna huella dactilar visible, ni pelos ni fibras, por el momento. Quizá encontremos algo en el mondadientes. —Bjørn Holm señaló la barra que sobresalía de la boca del cadáver—. Y si no, habrá que confiar en que el forense encuentre algo.

Gunnar Hagen tiritaba arrebujado en el abrigo.

—Parece que hayáis perdido la esperanza de encontrar nada de interés.

—Bueno —dijo Beate Lønn, un «bueno» que Hagen conocía bien: era la expresión con la que Harry Hole solía introducir las malas noticias—. En el otro escenario del crimen tampoco había ADN ni huellas dactilares.

Hagen se preguntó si era la temperatura, el hecho de que acababa de salir de la cama o lo que acababa de decirle la jefa de la Científica, pero sintió un escalofrío.

—¿Qué quieres decir? —dijo preparándose para lo peor.

—Quiero decir que sé quién es —dijo Beate.

—Pero ¿no decías que no llevaba identificación?

—Eso es. Y me ha llevado unos instantes reconocerlo.

—¿A ti? Y yo que creía que nunca olvidabas una cara…

—El giro fusiforme se despista cuando los dos pómulos están deprimidos. Pero es Bertil Nilsen.

—¿Y ese quién es?

—Por eso te he llamado. Es… —Beate Lønn tomó aire. No lo digas, pensó Hagen.

—Policía —dijo Bjørn Holm.

—Trabajaba en la policía comarcal de Nedre Eiker —dijo Beate—. Antes de que tú llegaras a Delitos Violentos tuvimos un caso de asesinato. Nilsen se puso en contacto con Kripos, le parecía que el caso presentaba ciertas semejanzas con una violación con la que él había trabajado en Krokstadelva, y se ofreció a venir a Oslo a echar una mano.

—¿Y?

—Un patinazo. Vino, pero en el fondo solo sirvió para retrasar el asunto. Nunca atrapamos al asesino o los asesinos.

Hagen asintió.

—¿Dónde…?

—Aquí —dijo Beate—. Violada en el edificio del telesilla y descuartizada. Una parte del cuerpo apareció en el agua, otra a un kilómetro de aquí en dirección sur y una tercera a siete kilómetros, en dirección contraria, hacia Aurtjern. De ahí que supusieran que se trataba de varios agresores.

—Claro. Y la fecha…

—… la misma de hoy.

—¿Hace cuánto…?

—Nueve años.

Se oyó el carraspeo en un transmisor de radio. Hagen vio que Bjørn Holm se lo llevaba a la oreja, hablaba en voz baja. Lo apartaba de la oreja.

—El Golf del aparcamiento está registrado a nombre de una tal Mira Nilsen. En la misma dirección que Bertil Nilsen. Tiene que ser su mujer.

Hagen soltó el aire con un lamento y el aliento se quedó helado flotando delante de la boca como una bandera blanca.

—Tendré que informar al jefe provincial —dijo—. Nos callaremos lo del asesinato de la niña.

—La prensa se va a enterar.

—Lo sé. Pero pienso recomendarle al jefe que esas especulaciones corran por cuenta de la prensa hasta nueva orden.

—Sensato —dijo Beate.

Hagen le sonrió fugazmente, en agradecimiento por unos ánimos que de verdad necesitaba. Miró hacia la ladera que conducía hasta el aparcamiento y el camino de vuelta que se extendía ante él. Levantó la vista hacia el cadáver. Se estremeció otra vez.

—¿Sabes en quién pienso al ver a un hombre tan alto y tan delgado?

—Sí —dijo Beate Lønn.

—Me gustaría contar con él ahora.

—Él no era alto y delgado —dijo Bjørn Holm.

Los otros dos se volvieron hacia él.

—¿Harry no era…?

—Me refiero a este —dijo Holm, y señaló el cadáver que colgaba del cable—. Nilsen. Se ha alargado en el transcurso de la noche. Si le tocáis el cuerpo os daréis cuenta de que parece gelatina. Lo he visto antes en gente que ha caído desde muy alto y se ha roto todos los huesos del cuerpo. Con el esqueleto destrozado, no hay nada que lo sujete y la carne se estira, cede a la fuerza de la gravedad hasta que el rigor mortis lo frena. Curioso, ¿no?

Se quedaron observando el cadáver en silencio. Hasta que Hagen se volvió rápidamente y se alejó.

—¿Demasiada información? —preguntó Holm.

—Puede que algo más detallada de la cuenta —dijo Beate—. Y a mí también me gustaría tenerlo aquí.

—¿Tú crees que volverá algún día? —preguntó Bjørn Holm.

Beate meneó la cabeza. Bjørn Holm no supo si como respuesta a la pregunta o a toda la situación. Se dio media vuelta y atisbó con el rabillo del ojo una rama que se mecía suavemente en el lindero del bosque. El grito helado de un ave llenó el silencio.

CAP-5

Segunda parte