A Barrett Meeks se le apareció una luz celestial sobre Central Park, cuatro días después de que, una vez más, hubiese salido malparado de sus amores. No era, ni mucho menos, la primera vez que le daban la patada, pero sí la primera que se lo comunicaban con un mensaje de texto de cinco líneas, cuya quinta frase era un deseo formal y demoledor de buena suerte para el futuro, seguido de tres xxx minúsculas.
Los cuatro últimos días había hecho lo posible por no dejarse desanimar por lo que, en último extremo, parecía una serie de rupturas cada vez más tibias y escuetas. Cuando tenía veinte años el amor casi siempre había terminado en estallidos de llanto y gritos capaces de despertar a los perros del vecino. En una ocasión, él y quien estaba a punto de convertirse en su ex se habían peleado a puñetazos (aún recuerda el ruido de la mesa al volcarse y el sonido del molinillo de pimienta al rodar por las tablas del suelo). En otra, una discusión a gritos en Barrow Street, una botella rota (la palabra «enamorarse» todavía le trae a la memoria unos pedazos de cristal verde en la acera al pie de una farola) y la voz de una anciana, ni chillona ni refunfuñona, que salía de una ventana baja y oscura y decía sin más: «Chicos, ¿es que no veis que aquí vive gente que está intentando dormir?», como la voz de una madre exhausta.
Cuando cumplió los treinta y luego se acercó a los cuarenta, las despedidas se fueron pareciendo cada vez más a una negociación comercial. No faltaban las penas ni los reproches, pero desde luego se volvieron menos histéricas. Llegaron a ser como tratos e inversiones que, por desgracia, habían salido mal, a pesar de los cuantiosos beneficios que se habían prometido al principio.
No obstante, esa última despedida era la primera que le comunicaban con un mensaje de texto, el adiós apareció, inesperado y sin que nadie lo pidiera, en una pantalla poco mayor que una pastilla de jabón de hotel. «Hola Barrett supongo q ya sabes de q va esto. Al menos lo hemos intentado ¿eh?»
En realidad, Barrett no supo de qué iba aquello. Lo entendió, claro: el amor, junto con todo lo que supusiera ese amor en el futuro, había sido cancelado. Pero ¿«supongo q ya sabes de q va esto»? Era como si un dermatólogo te dijese después de la revisión anual: «Supongo que ya sabe que ese lunar de su mejilla —esa manchita de color chocolate a la que más de una vez se han referido como uno de tus encantos (¿quién le había dicho que la versión maquillada de María Antonieta estaba justo en ese sitio?)— es en realidad un cáncer de piel».
Al principio, Barrett respondió del mismo modo: con un mensaje de texto. Un e-mail parecía anticuado; una llamada de teléfono, desesperada. De modo que oprimió las minúsculas teclas. «Uf no me lo esperaba por qué no lo hablamos, estoy donde siempre. xxx.»
Al acabar el segundo día, había enviado dos mensajes más, seguidos de dos recados en el contestador, y había pasado la mayor parte de la segunda noche resistiéndose a enviar un tercero. Cuando acabó el día número tres, no solo no había recibido respuesta alguna, sino que también empezó a comprender que no la habría, que el serio y fuerte doctorando canadiense (psicología, Columbia) con quien había compartido cinco meses de sexo, comida y bromas personales; el hombre que había dicho: «Podría ser que te quisiera de verdad», después de que Barrett recitara el «Ave María» de Frank O’Hara mientras se bañaban juntos; el que había sabido los nombres de los árboles cuando pasaron aquel fin de semana en las Adirondacks, sencillamente había pasado página; que Barrett se había quedado en el andén y, sin saber cómo, había perdido el tren.
«Te deseo felicidad y suerte para el futuro. xxx.»
La cuarta noche, Barrett iba por Central Park de regreso a casa tras una revisión dental, que por un lado le había parecido deprimentemente vulgar y por el otro una exhibición de entereza. Muy bien, líbrate de mí con cinco frases hirientemente anónimas y que no aclaran nada. («Siento que no haya funcionado como esperábamos, pero sé que lo hemos intentado.») No voy a descuidar mi dentadura por ti. Me voy a alegrar y a dar gracias de saber que, bien mirado, no necesito una endodoncia.
Aun así, la idea, inesperada, de que no volvería a contemplar la pura y desenvuelta belleza de aquel chico, que tanto se parecía a los jóvenes, ágiles e inocentes atletas que pintó de forma tan adorable Thomas Eakins; la idea de que no volvería a ver al muchacho quitarse apresuradamente los calzoncillos antes de meterse en la cama, que no presenciaría su generosa e inocente satisfacción ante los pequeños placeres (una cinta con un popurrí de canciones de Leonard Cohen que le había grabado, titulada «Por qué no te suicidas sin más»; una victoria de los Rangers), le parecía literalmente imposible, una violación de la física del amor. Igual que el hecho de que, por lo visto, nunca sabría qué había ido tan mal. El último mes habían tenido alguna que otra pelea, se había producido algún que otro vergonzoso silencio en la conversación. Pero había dado por sentado que era solo que ambos estaban entrando en la nueva fase; que sus desacuerdos (¿Crees que podrías intentar no llegar tarde alguna vez? ¿Por qué me ninguneas así delante de mis amigos?) eran indicios de una intimidad cada vez mayor. No se le había pasado ni remotamente por la cabeza que una mañana comprobaría los mensajes de texto y descubriría que el amor se había perdido, con más o menos el mismo remordimiento que uno sentiría al extraviar unas gafas de sol.
La noche de la aparición, Barrett, después de librarse de la amenaza de la endodoncia, y de prometer que utilizaría el hilo dental con más regularidad, había atravesado el parque y estaba aproximándose a la mole iluminada y glacial del Metropolitan Museum. La nieve grisácea, plateada y cubierta de escarcha crujió debajo de sus pies cuando tomó un atajo hasta la línea 6 del metro, bajo las gotas que caían de las ramas de los árboles, contento al menos de volver a casa con Tyler y Beth, de tener quien le esperase. Se sentía entumecido, como si le hubiesen inyectado novocaína en todo el cuerpo. Habría querido saber si, a los treinta y ocho años, se estaba convirtiendo no tanto en una figura de ardor trágico, un loco santo del amor, como en un gestor intermedio que firmaba un acuerdo (sí, se habían producido algunas pérdidas en la cartera comercial, pero ninguna catastrófica) y pasaba al siguiente con aspiraciones renovadas pero no mucho más razonables. Ya no se sentía tentado de planificar un contraataque, de dejar recados cada hora en el contestador o de montar guardia ante el edificio de su ex, aunque diez años antes era justo eso lo que habría hecho: Barrett Meeks, soldado del amor. Ahora solo acertaba a imaginarse envejeciendo en la miseria. Si lograra reunir fuerzas para hacer una demostración de ira y ardor sería únicamente para disimular el hecho de que estaba arruinado, porque lo estaba; por favor, amigo, ¿le sobran unas monedas?
Atravesó el parque con la cabeza gacha, no por vergüenza sino por cansancio, como si le pesara demasiado para llevarla erguida. Miró el modesto charco azul grisáceo de su propia sombra, arrojada por las farolas en la nieve. Observó cómo se deslizaba sobre una piña, sobre unas agujas de pino vagamente rúnicas desperdigadas aquí y allá y sobre el envoltorio de una barrita de Oh Henry! (¿aún se fabricaban barritas Oh Henry!?) que el viento arrastraba convertido en jirones plateados.
El paisaje en miniatura que tenía a sus pies le pareció de pronto demasiado invernal y prosaico para soportarlo. Irguió la cabeza y alzó la vista.
Ahí estaba. Una pálida luz translúcida de color agua, una muestra de velo, por encima de las estrellas, no, por debajo de las estrellas, pero muy alta, por encima de una nave espacial que se cerniera sobre las copas de los árboles. Podría o no estar desplegándose, era más densa en el centro y dejaba una estela como de encaje y espirales en los bordes.
Al principio pensó que debía de tratarse de una extraña aparición muy al sur de la aurora boreal, no precisamente una imagen frecuente sobre Central Park, pero mientras estaba allí, un peatón con abrigo y bufanda, triste y decepcionado, aunque de lo más normal, en una franja de hielo iluminado por la farola, mientras contemplaba la luz y pensaba que tal vez lo estarían dando en las noticias, mientras se preguntaba si quedarse donde estaba, sorprendido para sus adentros, o si correr a buscar a alguien que lo corroborase, había más gente, sus oscuros perfiles estaban allí mismo dispersos por el parque…
En su incertidumbre, en su inmovilidad, plantado allí con sus Timberlands, lo comprendió. Creyó —supo— que, sin duda, igual que él estaba alzando la vista hacia la luz, la luz lo estaba mirando desde lo alto.
No. Mirando no. Aprehendiendo. Igual que imaginaba que una ballena podía aprehender a un nadador, con una curiosidad majestuosa, solemne y desprovista por completo de temor.
Percibió la atención de la luz, un cosquilleo que le recorrió como un minúsculo temblor eléctrico; un suave y agradable voltaje que lo impregnó, entibió y tal vez incluso dio la impresión de iluminarlo apenas, de forma que se volvió más brillante de lo que había sido, solo un poco; fosforescente, pero sonrosado, humanamente, nada de vapores pantanosos, solo un poco de luz sanguínea que se alzó a la superficie de la piel.
Y luego, ni deprisa ni despacio, la luz se disipó. Disminuyó hasta transformarse en unas pálidas chispas azules desperdigadas que en cierto modo parecían animadas, como la juguetona progenie de un padre plácido y titánico. Luego también ellas se apagaron y el cielo volvió a ser como antes, como siempre había sido.
Se quedó allí un rato, contemplando el firmamento como si fuese una pantalla de televisión que se hubiese apagado de pronto y que pudiera, igual de misteriosamente, volver a encenderse. El cielo, no obstante, continuó ofreciendo solo su anodina oscuridad (las luces de Nueva York dan un tono gris a la negrura nocturna) y las escasas cabezas de alfiler de las estrellas suficientemente poderosas para ser vistas. Por fin, reemprendió el camino, a casa de Beth y Tyler, a las modestas comodidades del apartamento de Bushwick.
A fin de cuentas, ¿qué iba a hacer, si no?
En el dormitorio de Tyler y Beth está nevando. Los copos de nieve —duras bolitas de hielo, más perdigones que copos, más grises que blancas en la tenue luz de la mañana— se arremolinan en los tablones del suelo y al pie de la cama.
Tyler despierta de un sueño, que se disuelve casi por completo y deja solo una sensación de alegría inquieta e irritada. Cuando abre los ojos, por un momento parece que las madejas de nieve que vuelan por la habitación formen parte de su sueño, una manifestación de compasión gélida y divina. Pero es nieve de verdad que se cuela por la ventana que él y Beth dejaron abierta la noche anterior.
Beth duerme acurrucada en el arco del brazo de Tyler. Él se suelta con cuidado y se levanta para cerrar la ventana. Va descalzo por el suelo resplandeciente de nieve, para hacer lo que hay que hacer. Resulta placentero que el sensato sea él. En Beth ha encontrado por fin a alguien menos práctico que él desde el punto de vista romántico. Si despertase, con toda probabilidad le pediría que dejase la ventana abierta. Le gustaría la idea de que su pequeño y abarrotado dormitorio (está lleno de libros amontonados y no renuncia a su costumbre de llevar a casa los tesoros que encuentra por la calle: la lámpara con una hawaiana en el pie a la que en teoría podía cambiársele el cable; la maleta de cuero rozada; las dos sillas recatadas y larguiruchas) se hubiese convertido en una bola de nieve de tamaño real.
Tyler cierra con esfuerzo la ventana. En ese apartamento todo está alabeado. Si tirasen una canica en mitad del salón rodaría hasta la puerta de la entrada. Mientras baja la hoja de la ventana, se cuela furiosa una última ráfaga cargada de nieve, como si buscase la última oportunidad de… ¿qué?, ¿de aprovechar la mortífera tibieza del dormitorio de Tyler y Beth, esa breve oferta de calor y disolución? Cuando la racha en miniatura le golpea, se le mete en el ojo un poco de carbonilla, o tal vez sea un tozudo y microscópico cristal de hielo, como el fragmento de vidrio más minúsculo que pueda imaginarse. Tyler se frota el ojo, no parece poder librarse de esa mota que se le ha incrustado. Es como si hubiera sufrido una mutación menor, como si la mota transparente se le hubiese pegado a la córnea, así que continúa en pie, con un ojo limpio y el otro turbio y lloroso, observando cómo los copos de nieve se estrellan contra el cristal. Apenas son las seis. Fuera todo está blanco. Los montones de nieve que, día tras día, se han apilado en los bordes del aparcamiento de al lado —convertidos en montañas grises en miniatura, tóxicamente mancilladas aquí y allá con lentejuelas de hollín— son ahora, de momento, alpinos, como sacados de una postal de Navidad, o más bien de una postal de Navidad si enfocáramos mucho la vista, borráramos la fachada color chocolate del almacén vacío (que sigue ostentando el fantasma de la palabra «hormigón», aunque ya está tan borroso que es como si el propio edificio, tanto tiempo olvidado, insistiera en anunciar su propio nombre) y la calle todavía dormida donde la C de neón del cartel de LICORERÍA zumba y parpadea como una bengala de socorro. Incluso en ese sórdido paisaje urbano —ese barrio embrujado y casi despoblado, donde el cadáver quemado de un viejo Buick ha resistido (extrañamente piadoso, destripado y oxidado en su absoluta inutilidad cubierta de grafitis) el último año en la calle al pie de la ventana de Tyler— hay una adusta belleza evocada por la luz de antes del amanecer; una sensación de esperanza incierta pero todavía viva. Incluso en Bushwick. He ahí la nieve, reciente, seria e inmaculada, con su toque de bendición, como si la empresa que reparte silencio y armonía en los barrios mejores se hubiese equivocado de dirección.
Si uno vive en ciertos barrios y de cierta manera, más vale que aprenda a celebrar la felicidad de las pequeñas cosas.
Y vivir como hace Tyler en ese sitio —en ese barrio plácidamente empobrecido, de viejos revestimientos de aluminio, almacenes y aparcamientos, todos baratos y utilitaristas, con pequeños comercios que a duras penas se las arreglan para sobrevivir y cuyos desmoralizados habitantes (dominicanos en su mayoría, gente que ha hecho muchos esfuerzos para llegar allí, que tenía o debía tener más esperanzas de las que les ha dado Bushwick) van y vienen después de trabajar por un salario mínimo—, como si la derrota no pudiera ya ser derrotada, como si tener algo fuese suficiente suerte. Ya ni siquiera es particularmente peligroso; claro que de vez en cuando hay algún robo, pero parece que, en su mayor parte, incluso los delincuentes han perdido la ambición. En un sitio así, los elogios son esquivos. Es difícil plantarse ante la ventana a ver cómo la nieve cubre de plumas los cubos de basura desbordados (los camiones de la basura parecen recordar, esporádica e impredeciblemente, que allí también hay basura que recoger) y los adoquines agrietados, sin pensar de antemano que volverá a ser barro parduzco y a formar en las esquinas lagos marrones que cubren hasta el tobillo, donde flotarán las colillas y las bolas de los envoltorios de papel de plata de los chicles (la plata de los tontos).
Tyler debería volver a la cama. Otro interludio de sueño y, quién sabe, podría despertar en un mundo de una limpieza aún más avanzada y decidida, un mundo cubierto por un manto blanco aún más grueso sobre el lecho de ceniza y monotonía.
No obstante, se resiste a apartarse de la ventana en ese estado de enfangada tristeza. Volver ahora a la cama se parecería demasiado a ver una obra de teatro delicada y emocionante que no llega a un final trágico ni feliz, sino que se va consumiendo hasta que no quedan actores en el escenario y el público repara en que debe de haber terminado y es hora de levantarse y marcharse del teatro.
Tyler ha prometido moderarse. Los dos últimos días se ha portado bien. Pero ahora, justo ahora, se trata de una emergencia metafísica menor. Beth no ha empeorado, pero tampoco ha mejorado. Knickerbocker Avenue espera con paciencia, mientras dura este breve interludio de inesperada belleza, hasta que pueda volver a los charcos y la nieve medio derretida de su estado natural.
Muy bien. Esta mañana hará una excepción. Puede recobrar el rigor fácilmente. Esto no es más que un empujón en un momento en que lo que necesita.
Va a la mesilla de noche, saca el frasquito del cajón y da un par de esnifadas rápidas.
Y ahí está. He ahí el aguijonazo que hace que se sienta con vida. Ha regresado después del viaje nocturno del sueño lleno de claridad e intención; ha renovado su ciudadanía en el mundo de la gente que se esfuerza y se relaciona, de la gente que va en serio, que arde y desea, que lo recuerda todo, que anda sin miedo y con lucidez.
Vuelve a la ventana. Si el cristal de hielo pretendía fundirse con su ojo, la transformación ya se ha completado; ahora ve mejor con la ayuda de esa lupa minúscula…
Ahí está otra vez Knickerbocker Avenue y, sí, pronto volverá a su habitual estado indistinguible de un millar de sitios similares, no es que Tyler lo haya olvidado, pero el mugriento e inminente futuro le trae sin cuidado, del mismo modo que Beth dice que la morfina no erradica el dolor sino que lo aparta a un lado, hace que deje de ser importante, como una atracción secundaria y mortificante (¡Vean al niño serpiente! ¡Vean a la mujer barbuda!) pero remota y, por supuesto, falsa, solo látex y cola adhesiva.
El dolor, no tan intenso, de Tyler, la humedad de sus engranajes internos, todos esos cables que silban y dan chispas en su cerebro, se han secado de golpe por la coca. Un momento antes se sentía confuso y mordaz, pero ahora —una rápida esnifada de magia pura— es todo inspiración y agudeza. Se ha despojado del disfraz, y su verdadero traje le sienta a la perfección. Tyler es un público de una sola persona, desnudo de pie ante una ventana a principios del siglo XXI, con el tórax henchido de esperanza. Parece posible que todas las sorpresas (su plan no era exactamente ser un músico desconocido a los cuarenta y tres años, ni vivir en una castidad erotizada con su novia agonizante y su hermano pequeño, que poco a poco ha pasado de ser un joven hechicero a un mago cansado de mediana edad que saca palomas de una chistera por diezmilésima vez) hayan sido parte de un esfuerzo inescrutable, demasiado inmenso para verlo; una acumulación de oportunidades perdidas, de planes cancelados y de chicas que eran casi lo que quería pero no del todo, unas oportunidades que, por azarosas que parecieran entonces, lo han llevado hasta allí, a esa ventana, a esa vida difícil pero interesante, a sus amores a cara de perro, a su vientre todavía firme (las drogas ayudan) y la polla que asoma (la suya) ahora que los republicanos están a punto de irse y va a empezar un mundo nuevo limpio y frío.
Cogerá un trapo y secará la nieve fundida del suelo. Él se encargará. Adorará a Beth y a Barrett con mayor pureza. Surtirá y proveerá, hará un turno extra en el bar, ensalzará la nieve y todo lo que toque. Los sacará de ese sucio apartamento, cantará con todas sus fuerzas en el corazón del mundo, encontrará un agente, se le ocurrirá algún apaño, recordará poner en remojo las judías del cocido, llevará a Beth a tiempo a la quimio, tomará menos coca y dejará el Dilaudid, terminará de leer Rojo y negro. Abrazará a Beth y a Barrett, les consolará, les recordará que no hay de qué preocuparse, les dará de comer, les hablará de cosas que les vuelvan más visibles.
Fuera, la nieve cambia con la dirección del viento y da la impresión de que una fuerza benigna, un gigantesco observador invisible, haya sabido lo que Tyler deseaba antes que él mismo: una repentina animación, un cambio, que la nieve que cae lentamente se eleve y se convierta en sábanas sacudidas por el viento, en un etéreo mapa de las corrientes de aire; y, sí, ¿estás preparado, Tyler?, ha llegado la hora de soltar las palomas, cinco, del tejado de la licorería, es hora de que emprendan el vuelo y luego (¿estás mirando?) de que, plateadas por la luz del alba, giren entre los copos arrastrados por el viento y floten sin esfuerzo hacia el oeste en el aire agitado que empuja la nieve hacia el East River (donde las barcazas, blanqueadas como barcos de hielo, se estarán abriendo paso entre las olas); y sí, exacto, un instante después será el momento de apagar las farolas y, al mismo tiempo, de que un camión doble la esquina de Rock Street con los faros todavía encendidos y de que el techo plateado refleje lucecitas de advertencia, rubíes y granates, es perfecto, increíble, gracias.
Barrett corre sin camisa entre las ráfagas de nieve. Tiene el pecho enrojecido; su aliento estalla en bocanadas de vapor. Ha dormido unas horas de sueño agitado. Ahora ha salido a correr como todas las mañanas. Encuentra consuelo en ese acto tan habitual de correr por Knickerbocker, y dejar a su paso el leve rastro, que se evapora rápidamente, de sus propias exhalaciones, como una locomotora que atravesara una ciudad todavía dormida y cubierta de nieve, aunque Bushwick solo parece una ciudad de verdad, sometida a la lógica estructural de la ciudad (frente a su verdadera condición de edificaciones caóticas y solares vacíos y cubiertos de escombros, sin centro ni afueras), al despuntar el día, solo en ese gélido silencio que está a punto de acabar. Pronto abrirán las tiendas y las carnicerías de Flushing, balarán las bocinas de los coches, el loco —sucio y oracular, resplandeciente en su demencia como algunos de los santos más lívidos y mortificados— ocupará su puesto, con la diligencia de un centinela, en la esquina de Knickerbocker y Rock. Pero ahora, por el momento, todo está en silencio. Knickerbocker continúa amortiguada, incipiente y sin sueños, vacía excepto por unos cuantos coches que se arrastran con precaución y sajan la nieve con las luces de sus faros.
Lleva nevando desde medianoche. La nieve se arremolina y cae mientras el punto del equinoccio pasa, y el cielo empieza a cambiar de manera casi imperceptible del marrón negruzco y nocturno al gris aterciopelado y resplandeciente de primera hora de la mañana, el único cielo inocente de Nueva York.
Anoche el cielo despertó, abrió un ojo, y vio nada más y nada menos que a Barrett Meeks, de regreso a casa con un abrigo estilo cosaco, en mitad de la plataforma helada de Central Park. El cielo le observó, se fijó en él, volvió a cerrar el ojo y retornó a esos sueños más reveladores e incandescentes que hacen girar las galaxias y que Barrett solo acierta a imaginar.
Un temor: lo de anoche no fue nada, un parpadeo, un atisbo accidental detrás de una cortina celestial, una de esas cosas que pasan. Barrett no ha sido «elegido», igual que la criada del piso de arriba no estaría destinada a emparentar con la familia porque hubiese visto desnudo al hijo mayor camino del cuarto de baño cuando pensaba que el pasillo estaba vacío.
Otro temor: lo de anoche fue algo, pero es imposible saber, o siquiera intuir, qué. Barrett, un católico perverso y desorientado incluso cuando estaba en primaria (el Cristo de mármol a la entrada de la Escuela de la Transfiguración estaba buenísimo, con esos abdominales tan marcados, esos bíceps y ese rostro quejoso y recatado), no recuerda que ni siquiera la más desesperanzada de las monjas le hablase de una visión otorgada de forma tan arbitraria y carente de contexto. Las visiones son respuestas. Las respuestas implican preguntas.
No es que Barrett esté falto de preguntas. ¿Quién lo está? Pero no hay muchas que imploren la respuesta de un profeta o un oráculo. Aun cuando tuviese ocasión, ¿querría que un discípulo corriera en calcetines por un oscuro y parpadeante pasillo para interrumpir al vidente y preguntarle: ¿por qué los novios de Barrett Meeks resultan ser todos unos memos sádicos? O ¿qué ocupación atraerá por fin el interés de Barrett más de seis meses?
Entonces ¿cuál —si es que anoche se expresó alguna intención, si ese ojo celestial se abrió específicamente para Barrett— fue la anunciación? ¿Qué quería exactamente la luz que hiciese?
Cuando llegó a casa, preguntó a Tyler si la había visto (Beth estaba en la cama, mantenida en órbita por el campo gravitacional cada vez más intenso de su zona gris). Cuando Tyler respondió: «¿Que si he visto qué?», Barrett descubrió, para su sorpresa, que no le apetecía hablarle de la luz. Por supuesto, había una explicación evidente —¿quién quiere que su hermano mayor sospeche que ve visiones?—, pero también una sensación más peculiar, para Barrett, de cierta necesidad de discreción, como si hubiese recibido instrucciones silenciosas de no contárselo a nadie. Así que se inventó algo a toda prisa sobre un conductor que se había dado a la fuga tras un accidente en la esquina de Thames Street.
Y luego echó un vistazo a las noticias.
Nada. Las elecciones, claro. Y que Arafat se está muriendo; que se han confirmado las torturas en Guantánamo; que una esperada cápsula espacial con muestras tomadas del Sol se ha estrellado porque no se abrió el paracaídas.
Pero ningún locutor de rostro enjuto miró directamente a la cámara y dijo: «Esta noche el ojo de Dios contempló la Tierra…».
Barrett preparó la cena (en días así no se puede contar con que Tyler recuerde que la gente necesita comer con regularidad y Beth está demasiado enferma). Se permitió volver a pensar en aquel último amor perdido. Tal vez fuese por aquella conversación telefónica de madrugada, cuando supo que estaba extendiéndose demasiado sobre el cliente chiflado que había insistido en que, antes de comprar una chaqueta concreta, necesitaba pruebas de que se había fabricado en condiciones exentas de crueldad —a veces Barrett puede ser un plomo, ¿verdad?— o tal vez por la noche en que sacó la bola de billar de la mesa, y la lesbiana le hizo aquel comentario a su novia (a veces también puede ser un motivo de vergüenza).
No obstante, no pudo considerar mucho más tiempo sus misteriosas fechorías. Había visto algo imposible. Algo que, aparentemente, no había visto nadie.
Preparó la cena. Intentó seguir completando la lista de motivos por la que le habían dejado.
Ahora, a la mañana siguiente, ha salido a correr. ¿Por qué no iba a hacerlo?
Cuando salta un charco helado en la esquina de Knickerbocker y Thames, las farolas se apagan. Ahora que se le ha aparecido una luz muy diferente, se sorprende imaginando alguna relación entre su salto y el apagón, como si él, Barrett, hubiese ordenado apagarse a las farolas al saltar. Como si un hombre solitario, que sale a correr las tres millas diarias, pudiera ser el instigador del nuevo día.
Entre ayer y hoy hay esa diferencia.
Tyler se resiste a un impulso de trepar al alféizar de la ventana del dormitorio. No está pensando en el suicidio. Joder, no. Y además, aunque así fuese, es solo un segundo piso. Lo más que podría hacer es romperse una pierna y tal vez —solo tal vez— su cráneo podría besar el pavimento con fuerza suficiente para sufrir una conmoción. Pero sería un gesto patético, la versión fracasada de esa decisión fatigada, desafiante e ineludiblemente cortés de decir: «Basta» y hacer mutis por el foro. No tiene intención de acabar tendido en la acera, contusionado y magullado, después de un salto en el vacío de no más de veinte pies.
No está pensando en el suicidio, únicamente en introducirse en la tormenta; en que el viento y la nieve le asalten de manera más punzante. La desventaja (una de las desventajas) de ese apartamento es que solo se puede estar dentro mirando por la ventana, o fuera, en la calle, mirando hacia la ventana. Sería tan agradable, tan fenomenal, estar desnudo a la intemperie, tan a su merced…
No le queda más remedio que asomarse cuanto puede, lo que supone poco más que recibir la bofetada del viento helado en la cara y notar cómo la nieve le apedrea el cabello.
Cuando vuelve de correr, Barrett entra en el apartamento, en su calor y en su olor: en el vapor de madera húmeda de sauna exhalado por los radiadores viejos; en el aroma polvoriento de las medicinas de Beth; en los matices de pintura y barniz que se niegan a disiparse, como si ese viejo agujero no pudiera absorber del todo ningún intento de mejora; como si el fantasma de ese edificio no pudiera y no quisiese creer que sus paredes ya no están desnudas y sucias por el humo, que sus habitaciones ya no están habitadas por mujeres de falda larga que sudaban al lado de la estufa mientras sus maridos empleados de fábricas maldecían en la mesa de la cocina. Esos aromas de obligadas mejoras domésticas, esa mezcla de pintura y consulta de médico, no pueden hacer mucho más que flotar sobre un intenso olor primordial a grasa de jamón, sudor y esperma, a sobaco, whisky y podredumbre húmeda y oscura.
La tibieza del apartamento produce un cosquilleante entumecimiento en la piel de Barrett. En sus carreras matutinas se funde con el frío, lo habita igual que un nadador de fondo debe habitar el agua, y solo cuando vuelve a estar en casa comprende que de hecho está medio congelado. Después de todo, no es un cometa sino un hombre, desesperadamente humano, y que, por ello, debe volver a ser izado —al apartamento, el bote o la lanzadera espacial— antes de que acaben con él las bellezas aniquiladoras, los lugares frígidos, silenciosos y sin aire, la negrura helicoidal y espiral que le gustaría considerar su verdadero hogar.
Se le apareció una luz. Y volvió a desaparecer, como un recuerdo no deseado de su infancia eclesial. Barrett ha sido, desde los quince años, inflexiblemente laico, como solo puede serlo un ex católico. Hace decenios que se liberó de la locura y los prejuicios, de la sangre santa que llegaba en tetrabriks por UPS, de la alegría derrotada y falta de imaginación de los curas.
No obstante vio una luz. La luz lo vio a él.
¿Qué debería hacer?
De momento, es la hora de su baño matutino.
En el pasillo, camino del baño, pasa junto a la puerta de Tyler y Beth, que se ha abierto bostezante por la noche, como todas las puertas, cajones y armarios de ese apartamento alabeado. Barrett se detiene y no dice nada. Tyler está asomado a la ventana, desnudo, de espaldas a la puerta abierta, dejando que la nieve le caiga encima.
A Barrett siempre le ha fascinado el cuerpo de su hermano. Tyler y él no se parecen mucho para ser hermanos. Barrett es un grandullón, no gordo (aún no), sino osuno, de ojos y labios enrojecidos; cubierto de vello pelirrojo, dotado (le gusta pensar) de una astucia sensual y encantada, el príncipe transformado en lobo o en león, todo zarpas y docilidad, esperando, con ávidos ojos amarillentos, el primer beso del amor. Tyler es ágil y nervudo, de músculos tensos. Puede parecer, incluso en reposo, un funambulista a punto de saltar de una plataforma. El de Tyler es, en cierto modo, un cuerpo esbelto, pero decorativo, el cuerpo de un actor; por alguna razón evoca la palabra «garboso». Tyler tiene un cuerpo irreverente. Exuda la pillería de un artista circense.
La gente casi nunca repara en que son hermanos. Y, no obstante, se percibe en ellos cierta intención genética inescrutable. Barrett lo sabe con certeza, aunque no podría explicarlo. Se parecen en cosas que solo ellos saben. Poseen una especie de conocimiento feral del otro, excrecencia y heces. Nunca resultan misteriosos el uno para el otro, ni siquiera cuando lo son para los demás. No es que no discutan o se peleen, sino que nada que el uno haga o diga parece sorprender al otro. Es como si hace mucho tiempo hubiesen acordado, sin hablarlo siquiera, mantener sus afinidades en secreto cuando haya alguien delante; discutir por tonterías en las cenas, competir por la atención de los demás, insultarse y despreciarse sin pensarlo; actuar en público como hermanos normales, y reservar su casto y ardiente idilio para sí mismos, como si fuesen una secta de solo dos miembros que se hicieran pasar por ciudadanos normales a la espera del momento de actuar.