El legado de Cocoanut Grove
A lo largo de la vida, la mayoría de nosotros pasará alguna vez, o varias, por un momento de inestabilidad o crisis y seremos capaces de solucionarlo, o no, mediante algunos cambios personales. De forma similar, los países también pasan por crisis nacionales que, de un modo análogo, pueden resolverse o no con éxito poniendo en marcha algunos cambios a escala nacional. En lo relativo a la resolución de las crisis personales, tenemos a nuestro alcance un amplio corpus de investigaciones y de información de carácter anecdótico que han desarrollado los psicólogos. ¿Es posible que las conclusiones que se desprenden de esos estudios también nos sean útiles para entender las posibles formas de resolución de las crisis nacionales?
Para ilustrar estos casos de crisis personales y nacionales, voy a empezar este libro relatando dos anécdotas de mi propia vida. Se dice que los primeros recuerdos infantiles que perduran se producen en torno a la edad de cuatro años, aunque los niños también guardan recuerdos borrosos de sucesos anteriores. Esa norma general se cumple en mi caso, porque el recuerdo más antiguo al que puedo remontarme es el del incendio de Cocoanut Grove, en Boston, que sucedió justo después de mi quinto cumpleaños. Aunque (afortunadamente) yo no me encontraba en aquel incendio, sí tuve de él una experiencia indirecta a través de los aterradores relatos que contaba mi padre, que era médico.
El 28 de noviembre de 1942, se declaró un incendio en una sala de fiestas de Boston llamada Cocoanut Grove (así escribió el nombre su propietario). El incendio se extendió rápidamente y la única salida del local quedó bloqueada. Murieron un total de 492 personas y varios centenares de ellas resultaron heridas por asfixia, por inhalación de humo, por aplastamiento o por quemaduras (véase la imagen 0.1). Los médicos y los hospitales de Boston se vieron desbordados, no solo por el número de heridos y de víctimas mortales del propio incendio, sino también por sus víctimas psicológicas: los familiares desconsolados por la horrible muerte de sus parejas, hijos o hermanos; y los supervivientes del incendio, traumatizados con la sensación de culpa por haber sobrevivido, cuando otros cientos de personas habían perdido la vida. Hasta las 22:15 horas, la suya había sido una vida normal, celebraban el fin de semana festivo de Acción de Gracias, el resultado de un partido de fútbol americano y el tiempo de permiso de los soldados llegados del frente. Hacia las 23:00 horas la mayoría de las víctimas ya había fallecido y las vidas de sus familiares y de los supervivientes habían entrado en crisis. Su trayectoria vital, hasta entonces previsible, había descarrilado. Se avergonzaban de seguir vivos, cuando uno de sus seres queridos había muerto. Los familiares habían perdido a alguien que era una pieza central en su identidad. No solo en el caso de los supervivientes del incendio, sino también en el de los bostonianos que no lo vivimos de cerca (entre ellos yo, con cinco años), el fuego hizo que nuestra convicción de que existe alguna justicia en el mundo se agrietara. Las personas que habían sido castigadas por el fuego no eran chicos malos ni gente execrable: eran gente normal y habían muerto por algo de lo que no tenían ninguna culpa.
Algunos de los supervivientes y de los familiares quedaron traumatizados para el resto de sus vidas. Otros se suicidaron. Pero la mayoría, tras semanas de intenso dolor durante las cuales les resultó imposible aceptar su pérdida, iniciaron un lento proceso de duelo, replanteándose sus valores, reconstruyendo sus vidas y, poco a poco, fueron descubriendo que no todo lo que daba forma a su mundo había quedado arruinado. Muchas de las personas que perdieron a sus parejas terminaron casándose de nuevo. Sin embargo, hasta en los mejores casos, pasadas unas décadas estas personas seguían siendo mosaicos formados con la nueva identidad que tuvieron que forjarse tras el incendio de Cocoanut Grove, así como con la que habían tenido antes de que este acaeciera. A lo largo de este libro recurriremos en frecuentes ocasiones a la metáfora del «mosaico» tanto para los individuos como para los países en los que coexisten elementos dispares en complicado equilibrio.
Cocoanut Grove nos ofrece un ejemplo extremo de crisis personal. Pero es extremo solo en tanto que aquella desgracia recayó a la vez sobre un gran número de víctimas. De hecho, el número de víctimas fue tan alto que puede decirse que el incendio detonó también otro tipo de crisis; una crisis que, como veremos en el capítulo 1, requirió de la búsqueda de nuevas soluciones en el propio campo de la psicoterapia. A lo largo de la vida, muchos de nosotros experimentaremos alguna tragedia individual en primera persona o bien indirectamente, a través de la experiencia de algún familiar o un amigo. Con todo, los sucesos trágicos que afectan a una sola víctima resultan tan dolorosos para esa víctima, o para su círculo de amigos, como lo fue Cocoanut Grove para los círculos de amistades de sus 492 víctimas.
Veamos ahora, a modo de comparación, un ejemplo de crisis nacional. Yo viví en Reino Unido entre finales de la década de 1950 y principios de la de 1960, un momento en el que el país estaba atravesando una paulatina crisis nacional, aunque ni mis amigos británicos ni yo mismo fuimos capaces de apreciarlo entonces en toda su magnitud. Reino Unido era líder mundial en ciencia, tenía una rica historia cultural, distintiva y orgullosamente británica, y aún podía recrearse en el recuerdo de haber poseído la mayor flota del mundo, la mayor riqueza y el imperio más extenso de la historia. Por desgracia, en la década de 1950 Reino Unido se estaba desangrando económicamente, estaba perdiendo su imperio y su poder, no llegaba a ver claro su papel en Europa y debía hacer frente tanto a sus históricas diferencias de clase como a la reciente llegada de oleadas de inmigrantes. Las cosas llegaron a un punto álgido entre 1956 y 1961, cuando el país mandó al desguace los últimos acorazados que le quedaban, vivió sus primeros disturbios raciales, se vio obligado a empezar a conceder la independencia a sus colonias africanas y constató, con la Crisis de Suez, la humillante pérdida de su capacidad para actuar autónomamente como potencia mundial. Mis amigos británicos se las veían y deseaban para dar sentido a estos sucesos y para poder explicármelos a mí, en mi calidad de visitante estadounidense. Aquellos golpes intensificaron el debate sobre la identidad y el papel de Reino Unido entre el pueblo y los políticos británicos.
Hoy, sesenta años después, el país es un mosaico de su nueva identidad y de la antigua. Ha renunciado a su imperio, se ha convertido en una sociedad multiétnica y, para reducir las diferencias de clase, ha desarrollado un modelo de estado de bienestar y un sistema de educación pública de gran calidad. Reino Unido no recuperó nunca su dominio mundial, ni naval ni económico, y sigue teniendo un evidente conflicto con lo que respecta a su papel en Europa («Brexit»). Pero sigue estando entre los seis países más ricos del planeta, sigue siendo una democracia parlamentaria bajo la figura ceremonial de una monarca, sigue destacando entre los líderes mundiales en ciencia y tecnología, y mantiene como moneda la libra esterlina en vez del euro.
Estas dos historias ilustran el tema del que se ocupa este libro. Las crisis y las presiones para implementar cambios sobrevienen tanto a los individuos como a los grupos que estos conforman en todos los niveles: el de las personas concretas, los equipos, las empresas, los países y el mundo en su conjunto. Estas crisis pueden estar ocasionadas por presiones externas, como por ejemplo ocurre cuando a alguien lo deja su pareja, o enviuda, o cuando un país se ve amenazado o atacado por otro. Por otra parte, las crisis también pueden venir ocasionadas por presiones internas, como ocurre cuando una persona sufre una enfermedad o cuando una nación padece un conflicto social. Saber gestionar satisfactoriamente estas presiones externas e internas requiere de la implantación de cambios selectivos. Y eso es tan cierto para el caso de las naciones como para el de los individuos.
La palabra clave aquí es «selectivos». Ni en el caso de las personas ni en el de los países es posible, ni deseable, realizar un cambio total, mediante el cual uno se deshaga de todo lo que conllevaba su identidad anterior. El reto, tanto para los países como para las personas en crisis, es saber determinar cuáles son los rasgos de su identidad que funcionan bien y no hay que cambiar, y cuáles han dejado de funcionar y sí deben modificarse. Tanto los individuos como los países que se encuentran bajo presión deben hacer un balance honesto de sus competencias y de sus valores. Deben decidir, de entre todo lo que tienen, qué es lo que funciona bien y qué cosas siguen siendo aptas incluso en el nuevo contexto y, por tanto, merece la pena conservar. Y también a la inversa; deben tener la valentía suficiente como para reconocer qué es lo que deben cambiar para hacer frente a la nueva situación. Tanto en el caso de los individuos como en el de los países, esto implica encontrar nuevas soluciones que sean compatibles con sus capacidades y con el resto de su ser. Al mismo tiempo, deben saber trazar una línea y poner el acento en aquellos elementos que son tan fundamentales para su identidad que se niegan a cambiarlos.
Estos son algunos de los paralelismos que existen entre las personas y los países en lo relativo a la experiencia de las crisis. Pero existen también diferencias evidentes que debemos advertir.
¿Cómo podemos definir lo que es una «crisis»? Un punto de partida útil radica en que la palabra «crisis» deriva del sustantivo griego krisis y del verbo krino, que tienen varios significados vinculados entre sí: «separar», «decidir», «hacer una distinción» y también «momento decisivo». Por tanto, se podría relacionar la crisis con el momento de la verdad: un punto de inflexión en el que la diferencia existente entre las condiciones que se observan antes y después de dicho «momento» es «mucho mayor» que la que existe entre la fase anterior y posterior de «la mayoría» de todos los demás momentos. Entrecomillo las palabras «momento», «mucho mayor» y «la mayoría» porque subyace todo un problema práctico que consiste en determinar la brevedad de dicho momento, hasta qué punto deben ser distintas las condiciones anteriores y posteriores, y cuánto más raro tendría que ser un punto de inflexión, con respecto a la mayoría de los momentos, para que lleguemos a considerarlo una «crisis» y no una simple incidencia pasajera o la natural evolución gradual de cualquier cambio.
Un punto de inflexión constituye un desafío. Nos supone una presión para que seamos capaces de idear nuevos métodos con los que gestionarlo, una vez se ha demostrado que los métodos anteriores son inadecuados a la hora de dar respuesta al desafío en cuestión. Si una persona, o un país, consigue diseñar métodos nuevos y mejores para lidiar con el asunto, decimos que la crisis se ha resuelto con éxito. Pero en el capítulo 1 veremos que, en lo tocante a la resolución de una crisis, la diferencia entre el éxito y el fracaso a menudo no está tan clara, que el éxito puede ser solo parcial y no permanente, y que un mismo problema puede resurgir. (Pensemos en cómo Reino Unido «resolvió» la cuestión de su papel en el mundo ingresando en la Unión Europea en 1973 y después, en 2017, votó a favor de salir de ella).
Ahora ilustremos el siguiente problema práctico: ¿cómo de breve, importante y poco habitual tiene que ser un punto de inflexión para merecer el apelativo de «crisis»? ¿Con qué frecuencia es útil clasificar los acontecimientos de la vida de una persona, o de un milenio de historia local, como una «crisis»? Para estas preguntas no existe una sola respuesta, sino varias respuestas distintas que resultan útiles para propósitos diferentes.
Una de las respuestas, en un extremo del espectro, limita la aplicación del término «crisis» a intervalos largos y a sucesos dramáticos y poco habituales: es decir, solo a unas pocas ocasiones en la vida de un individuo y solo a una vez cada pocos siglos en el caso de las naciones. Por ejemplo, un historiador de la antigua Roma podría aplicar la palabra «crisis» únicamente a tres acontecimientos ocurridos después de la fundación de la República de Roma en torno al 509 a. C.: las dos primeras guerras contra Cartago (264-241 a. C. y 218-201 a. C.), el reemplazo del Gobierno de la República por el Imperio (en torno al año 23 a. C.) y las invasiones bárbaras que condujeron a la caída del Imperio romano de Occidente (en torno al 476 d. C.). Está claro que este historiador romano no consideraría que el resto de la historia romana ocurrida entre los años 509 a. C. y 476 d. C. sea trivial; pero sí reservaría el término «crisis» para esos tres momentos excepcionales.
En el extremo contrario del espectro, mi colega de la UCLA David Rigby ha publicado, junto con Pierre-Alexandre Balland y Ron Boschma, un magnífico estudio sobre las «crisis tecnológicas» ocurridas en las ciudades estadounidenses. En términos funcionales, caracterizan estas crisis como los períodos en los que se observa una desaceleración sostenida en las solicitudes de patentes y definen la palabra «sostenida» en términos matemáticos. Según esta definición, concluyen que, de media, una ciudad estadounidense sufre una crisis tecnológica cada doce años, que la duración media de estas crisis es de cuatro años y que, cada década, la ciudad estadounidense media atraviesa una crisis tecnológica que dura aproximadamente tres años. Han descubierto que esta definición es muy útil para entender una pregunta de gran interés práctico: ¿qué es lo que hace que algunas ciudades estadounidenses puedan evitar las crisis tecnológicas definidas en estos términos y otras no? Ahora bien, un historiador romano desdeñaría los sucesos estudiados por David y sus colegas por considerarlas bagatelas efímeras, mientras que David y sus colegas dirían que el historiador romano se está olvidando de todo lo que ocurrió en 985 años de historia romana, a excepción de tres acontecimientos.
Lo que quiero decir es que es posible definir las «crisis» de distintas formas, según distintas frecuencias, duraciones distintas y niveles de impacto distintos. Y puede ser tan útil estudiar las grandes crisis que ocurren de manera excepcional como las crisis pequeñas que tienen lugar con más frecuencia. En este libro, la escala de tiempo que he adoptado va desde unas pocas décadas hasta un siglo. Durante el tiempo que ha durado mi propia vida, todos los países que analizo han pasado por lo que yo considero que es una «crisis aguda». Eso no quiere decir que no experimentaran también puntos de inflexión de menor trascendencia y más frecuentes.
Tanto en el caso de las crisis personales como en el de las nacionales, nos centramos a menudo en la observación de un único momento decisivo: por ejemplo, el día en que una mujer le dice a su marido que quiere el divorcio; o (en la historia de Chile) la fecha del 11 de septiembre de 1973, cuando el ejército chileno derrocó al Gobierno democrático del país y su presidente se suicidó. Hay sin duda algunas crisis que suceden de súbito, sin previo aviso, como ocurrió con el tsunami de Sumatra del 26 de diciembre de 2004, que acabó súbitamente con la vida de 200.000 personas; o como la muerte de mi primo, que le sobrevino en la plenitud de su vida cuando su automóvil fue arrollado por un tren en un cruce de vías y dejó viuda a su mujer y huérfanos a sus cuatro hijos. Pero la mayoría de las crisis, tanto personales como nacionales, suelen ser la culminación de una serie de cambios evolutivos que se prolongan durante muchos años: por ejemplo, las continuas dificultades matrimoniales de esa pareja que termina divorciándose o las dificultades políticas y económicas de Chile. La «crisis» es el reconocimiento súbito de presiones que se han ido acumulando durante largo tiempo o una actuación súbita sobre ellas. Gough Whitlam, primer ministro de Australia, reconoció este hecho de manera explícita. En diciembre de 1972, Whitlam ideó (como veremos en el capítulo 7) un programa relámpago de diecinueve días para acometer una serie de transformaciones a todas luces importantes, pero restó importancia a sus propias reformas afirmando que eran un «reconocimiento de cosas que ya han sucedido».
Las naciones no son como personas, pero en mayores dimensiones: difieren de los individuos de muchas formas que son obvias. ¿Por qué, sin embargo, resulta instructivo considerar las crisis nacionales a través del filtro de las crisis personales? ¿Qué ventajas ofrece este enfoque?
Una de las ventajas que encuentro a menudo cuando hablo sobre crisis nacionales con mis amigos y alumnos es que a quienes no son historiadores el tema de las crisis personales les resulta más cercano y más comprensible. Por tanto, ubicarse en la perspectiva de estas crisis personales facilita a los lectores legos «la identificación con» las crisis nacionales, así como la comprensión de sus complejidades.
Otra de las ventajas es que el estudio de las crisis personales nos ha brindado una guía que contempla una decena de factores que tal vez nos ayuden a comprender sus distintos desenlaces o nos ofrecen un punto de partida útil para esbozar la guía de factores con la que entender los diferentes desenlaces de las crisis nacionales. Veremos cómo algunos de estos factores pueden trasladarse directamente de los casos de crisis personal a los que atañen a una crisis nacional. Por ejemplo, cuando las personas atraviesan una crisis, a menudo cuentan con la ayuda de sus amistades. Igualmente, los países en crisis pueden contar con la ayuda de otros países aliados. Ante una crisis, las personas pueden adaptar las soluciones con las que ya han visto a otros hacer frente a crisis similares. De igual forma, los países en crisis pueden adoptar y adaptar las soluciones que ya hayan ensayado otras naciones cuando se han enfrentado a problemas parecidos. Para abordar una crisis, las personas pueden hacer acopio de confianza en sí mismas a partir del hecho de haber superado crisis anteriores; los países también.
Esos son algunos de los paralelismos directos que existen. Pero veremos también como algunos factores explican bien los desenlaces de las crisis personales que, aunque no sean directamente transferibles a los casos de crisis nacionales, sí nos sirven como metáforas útiles a la hora de señalar otros factores relevantes para su gestión. Por ejemplo, a los psicólogos les ha resultado útil definir una cualidad de las personas que denominan «la fuerza del ego». Aunque los países no tienen fuerza del ego en estos términos psicológicos, el concepto evoca otro relacionado que sí es importante para los países, a saber, la «identidad nacional». De forma similar, a veces las personas sienten que su libertad de acción en la gestión de una crisis está limitada por impedimentos prácticos, como las responsabilidades derivadas del cuidado de los hijos u obligaciones laborales. Está claro que los países no tienen limitaciones que tengan que ver con las responsabilidades del cuidado de los hijos ni con condicionantes laborales. Pero, como veremos, también ven restringida su libertad de acción por otros motivos, como son los condicionantes geopolíticos o el nivel de riqueza nacional.
Además, al establecer una comparación con las crisis personales se pone de relieve cuáles son las características propias de las crisis nacionales que carecen de análogos individuales. Entre esas características distintivas se encuentra el hecho de que las naciones tienen líderes y dirigentes, y los individuos no, por lo que en la gestión de las crisis nacionales suele surgir la cuestión del papel que desempeña el liderazgo, y en las crisis personales no. Existe un debate prolongado y continuo entre los historiadores sobre si lo que altera realmente el curso de la historia es la intervención de un líder excepcional (lo que a menudo se denomina la visión del «Gran Hombre») o si habría podido producirse el mismo desenlace histórico con cualquier otro líder hipotético. (Por ejemplo, ¿habría llegado a tener lugar la Segunda Guerra Mundial si Hitler hubiera muerto en el accidente de coche que estuvo a punto de matarlo en 1930?). Los países tienen sus propias instituciones políticas y económicas; los individuos no. La resolución de las crisis nacionales siempre conlleva interacciones de grupo y toma de decisiones en el seno de la nación; pero los individuos a menudo pueden tomar decisiones por sí mismos. A la resolución de las crisis nacionales puede llegarse, bien a través de una revolución violenta (por ejemplo, en Chile en 1973), o bien a través de un proceso pacífico (por ejemplo, en Australia tras la Segunda Guerra Mundial); por el contrario, un individuo por sí solo no puede realizar una revolución violenta.
Todas esas similitudes, metáforas y diferencias son el motivo por el que, a mi juicio, la comparación entre crisis nacionales y crisis personales es útil para ayudar a mis alumnos de la UCLA a entender las primeras.
A menudo, los lectores o críticos de un libro van descubriendo, a lo largo de su lectura, que ni la aproximación ni el enfoque del tema son lo que esperaban o deseaban. ¿Cuál es la aproximación y el enfoque de este libro y qué enfoques y aproximaciones no he adoptado?
Lo que este libro es: un estudio exploratorio, comparado y narrativo de las crisis y de la implementación de cambios selectivos, desarrollado a lo largo de muchas décadas en siete países modernos, de cuya realidad tengo una experiencia personal considerable, enfocado desde la perspectiva de los cambios selectivos que se llevan a cabo en las crisis personales. Estos países son Finlandia, Japón, Chile, Indonesia, Alemania, Australia y Estados Unidos.
FIGURA 1. Mapa del mundo.
Consideremos, una por una, todas estas palabras y frases.
Es un libro comparativo. Sus páginas no están dedicadas a hablar exclusivamente sobre un país; al contrario, se distribuyen entre siete países, de modo que nos permiten hacer comparaciones entre ellos. Los autores que escriben libros de no ficción tienen que elegir entre presentar casos de estudio particulares o establecer comparativas entre varios casos. Cada uno de estos enfoques tiene sus ventajas y sus limitaciones. Está claro que, en un texto de una longitud determinada, presentar un único estudio de caso nos permite ofrecer muchos más detalles sobre el caso en cuestión, pero los estudios comparados nos permiten adoptar perspectivas y detectar cuestiones que no hubieran surgido del estudio de un solo caso.
Las comparaciones históricas nos obligan a hacernos preguntas que no es probable que surgieran del análisis de un único caso de estudio: ¿por qué un tipo de suceso concreto produce en un país el resultado R1, y un resultado muy diferente, R2, en otro país? Por ejemplo, los libros de historia sobre la guerra de Secesión que constan de solo un volumen, de cuya lectura disfruto enormemente, pueden dedicar seis páginas al segundo día de la batalla de Gettysburg, pero no disponen de espacio para indagar por qué en la guerra de Secesión, a diferencia de lo que ocurrió en las guerras civiles de España y de Finlandia, los vencedores perdonaron la vida a los vencidos. Los autores de casos de estudio monográficos a menudo reprochan a los estudios comparados sus simplificaciones y su superficialidad, mientras que lo que suelen denunciar los autores de estudios comparados es que los estudios de casos particulares no permiten abordar preguntas amplias. Esta última opinión es la que se expresa en el dicho «quienes estudian un solo país acaban por no entender ningún país». Este libro es un estudio comparativo y tiene sus ventajas y sus limitaciones.
Soy dolorosamente consciente de que, puesto que las páginas del libro se reparten entre siete países, mi relato sobre cada uno de ellos ha de ser conciso. Si me siento en mi escritorio y me vuelvo, veo detrás de mí, en el suelo del estudio, doce pilas de libros y papeles de metro y medio de altura cada una. Cada pila contiene el material de uno de los capítulos de este libro. Y para mí fue toda una agonía enfrentarme a la necesidad de convertir metro y medio de material sobre la Alemania de posguerra en un capítulo de once mil palabras. ¡Había que dejar fuera demasiadas cosas! Pero la concisión tiene sus compensaciones: contribuye a que los lectores puedan comparar las principales cuestiones de la Alemania de posguerra con las de otros países, sin distraerse ni quedar abrumados con detalles fascinantes, excepciones, condicionantes y salvedades. Los lectores que deseen conocer más detalles fascinantes tienen a su disposición, en la bibliografía que se incluye al final de este libro, toda una serie de libros y artículos dedicados a casos de estudio particulares.
Este libro presenta la información en estilo narrativo, esto es, el estilo tradicional que han empleado los historiadores desde que se fundara la historia como disciplina a manos de los escritores griegos Herodoto y Tucídides, hace más de 2.400 años. «Estilo narrativo» significa que los argumentos se presentan en forma de un razonamiento escrito en prosa, sin la presencia de ecuaciones, tablas numéricas, gráficos o pruebas estadísticas significativas, y a través del análisis de solo un pequeño número de casos. Este estilo contrasta fuertemente con el potente nuevo enfoque cuantitativo que en la actualidad está adoptando la investigación en ciencias sociales y que hace un uso intensivo de ecuaciones, hipótesis verificables de forma explícita, tablas de datos, gráficos y muestras de gran tamaño (es decir, que incluyen muchos casos) que permiten arrojar resultados significativos en términos estadísticos.
He llegado a apreciar toda la potencia que encierran los métodos cuantitativos modernos y yo mismo los he empleado en un estudio estadístico sobre la deforestación de 73 islas polinesias[1] para extraer conclusiones que no podríamos haber planteado de forma convincente de haberlo hecho únicamente a partir de un relato narrativo sobre la deforestación en unas pocas islas. También he coeditado un libro[2] en el que algunos de los autores emplean con mucha sagacidad métodos cuantitativos para resolver algunas cuestiones sobre las que los historiadores narrativos ya habían debatido incesantemente sin llegar a ninguna conclusión: por ejemplo, si las conquistas militares y las sublevaciones políticas de Napoleón habían sido un factor positivo o negativo para el posterior desarrollo económico de Europa.
En un principio, mi intención era incorporar en este libro métodos cuantitativos contemporáneos. Me apliqué en ese proyecto durante meses y lo único que conseguí fue llegar a la conclusión de que tendría que dejar esa tarea para un proyecto futuro distinto. La razón es que este libro debía identificar, mediante un estudio narrativo, las hipótesis y variables que un subsiguiente estudio cuantitativo pueda probar. La muestra que se incluye en este libro, de solo siete países, es demasiado escasa como para permitirnos extraer conclusiones significativas en términos estadísticos. «Operacionalizar» los conceptos narrativos cualitativos que he empleado aquí, tales como «resolución con éxito de una crisis» y «autoevaluación honesta» —es decir, traducir dichos conceptos verbales en indicadores que se puedan cuantificar en términos numéricos—, conllevará un trabajo mucho mayor. Así pues, este libro es una exploración narrativa que, espero, pueda estimular una posterior fase de comprobaciones cuantitativas.
Entre los más de 210 países que hay en el mundo, este libro trata de solo siete que me son relativamente conocidos. He viajado a los siete en repetidas ocasiones. En seis de ellos he vivido durante largos períodos, que se remontan hasta setenta años. Hablo, o en tiempos hablé, la lengua de los seis. Todos esos países me gustan mucho y siento admiración por ellos, suelo disfrutar al visitarlos, en los últimos dos años he estado en todos ellos y he valorado seriamente la posibilidad de trasladarme de forma permanente a dos de ellos. Como resultado de todo esto, estoy capacitado para escribir sobre ellos con afecto y con conocimiento de causa, sobre la base de mi propia experiencia de primera mano y de la de mis viejos amigos que allí residen. Mi experiencia y las de mis amigos abarcan un período lo bastante amplio como para que hayamos sido testigos de cambios importantes. De los siete, Japón es el único país del que mi experiencia de primera mano es más limitada porque no hablo el idioma y solo he estado allí en estancias breves desde hace apenas unos veintiún años. Para compensar, en el caso japonés he podido apoyarme en la experiencia vital de mi familia política japonesa y de mis amigos y alumnos japoneses.
No hay duda de que los siete países que he seleccionado a partir de esta experiencia personal no constituyen una muestra aleatoria de las naciones del mundo. Cinco son países ricos industrializados, uno tiene una economía modesta pero próspera y solo uno de ellos es un país pobre en vías de desarrollo. No hay entre ellos ningún país africano; dos son europeos; otros dos, asiáticos; y los tres restantes, norteamericano, sudamericano y australiano. Será tarea de otros autores probar hasta qué punto las conclusiones que extraigo a partir de esta muestra no aleatoria de países pueden aplicarse a otros países. Si acepté esa limitación y escogí estos siete países, fue por la ventaja que aporta, y que considero apabullante, el poder hablar exclusivamente de países que he llegado a entender bien sobre la base de una experiencia personal prolongada e intensa, de mis relaciones de amistad y (en seis de los casos) de mi familiaridad con el idioma.
Este libro trata casi exclusivamente de crisis nacionales contemporáneas que han ocurrido durante mi vida, lo que me ha permitido escribir desde la perspectiva de mi propia experiencia contemporánea. La única excepción en la que hablo de cambios que ocurrieron antes de que yo naciera vuelve a ser Japón, país al que dedico dos capítulos. Uno de esos capítulos analiza el Japón actual, pero el otro analiza el Japón de la era Meiji (1868-1912). He incluido ese capítulo sobre el Japón Meiji porque constituye un notable ejemplo de la implantación de un cambio selectivo consciente, porque sigue tratándose del pasado reciente y porque la memoria y las cuestiones del Japón Meiji siguen teniendo relevancia en el Japón actual.
No hay duda de que también en el pasado han acontecido crisis y cambios nacionales que han planteado preguntas similares. Aunque no puedo abordar las preguntas del pasado desde la experiencia personal, estas crisis han sido objeto de una amplia literatura. Entre los ejemplos más conocidos están el declive y caída del Imperio romano de Occidente durante los siglos IV y V de la era cristiana; el auge y caída del Estado zulú de África meridional en el siglo XIX; la Revolución francesa de 1789, con la posterior reorganización de Francia; y la catastrófica derrota de Prusia en la batalla de Jena en 1806, su conquista por Napoleón y las posteriores reformas sociales, administrativas y militares. Varios años después de empezar a escribir este libro, descubrí que mi editorial estadounidense (Little, Brown) había publicado ya, en 1973, un libro cuyo título hace referencia a temas similares (Crisis, Choice and Change [«Crisis, elección y cambio»]).[3] Ese libro se diferencia del mío en que incluye varios casos de estudio del pasado, así como en otros aspectos básicos. (Era un volumen con varios editores que empleaba un marco teórico denominado «funcionalismo de sistemas»).
Los métodos de investigación de los historiadores profesionales recurren sobre todo a los estudios archivísticos, es decir, al análisis de las fuentes escritas primarias que se hayan conservado. Cada nuevo libro de historia que aparece se justifica por el uso de fuentes de archivo que no habían sido utilizadas previamente o estaban infrautilizadas, o por la reinterpretación de fuentes ya empleadas por otros historiadores. A diferencia de la mayoría de los libros que cito en mi extensa bibliografía, este libro no se basa en un trabajo de archivo. Su contribución reside, en cambio, en el planteamiento de un nuevo marco extraído de las crisis personales, su enfoque explícitamente comparativo y su perspectiva, sacada de mi propia experiencia de vida y de la de mis amistades.
Este texto no es un artículo escrito para una revista sobre temas de actualidad que pueda leerse pasadas unas cuantas semanas de su publicación y después quede desactualizado. Se trata de un libro que, espero, pueda seguir imprimiéndose durante muchas décadas. Enuncio este dato tan obvio tan solo para explicar por qué el lector puede sorprenderse al no encontrar aquí absolutamente nada relacionado con las políticas concretas de la actual Administración Trump, en Estados Unidos, ni sobre su liderazgo ni sobre las actuales negociaciones británicas del Brexit. Cualquier cosa que pudiera escribir hoy sobre esos temas de rapidísima evolución habría quedado vergonzosamente superada en el momento de publicación de este libro y en pocas décadas resultaría inservible. Aquellos lectores interesados en el presidente Trump y en sus políticas, o en el Brexit, pueden encontrar abundantes comentarios publicados en otros lugares. Sin embargo, los capítulos 9 y 10 de este libro sí tienen mucho que decir sobre algunas cuestiones importantes relativas a Estados Unidos que se han desarrollado durante las últimas dos décadas, que hoy reclaman más atención bajo la actual Administración y que es probable que sigan presentes al menos durante la próxima década.
Bien, he aquí un pequeño mapa del libro. En el primer capítulo hablaré de las crisis personales y después dedicaré el resto del libro a analizar crisis nacionales. Todos hemos podido comprobar, por la propia experiencia de las crisis que nos haya tocado vivir, o las que hayamos presenciando en nuestros familiares y amigos, que entre los posibles desenlaces de estas crisis puede haber unas diferencias enormes. En el mejor de los casos, las personas consiguen desarrollar nuevos y mejores métodos para gestionarlas y salen de ellas fortalecidas. En los casos más tristes, se sienten abrumadas y retoman sus viejas costumbres o terminan adoptando métodos nuevos, pero peores. Algunos de los individuos que pasan por una crisis incluso llegan a suicidarse. Los psicólogos han identificado muchos factores que pueden influir en la buena resolución de una crisis personal y en el capítulo 1 comentaré una docena de ellos. Esos son los factores con los que exploraré factores paralelos que influyan en los posibles resultados de las crisis nacionales.
Si algún lector, descorazonado, ha resoplado y pensado: «Doce factores son demasiados como para acordarse de todos, ¿por qué no los resume en unos pocos?», he aquí mi respuesta: sería absurdo pensar que es posible reducir de manera efectiva el resultado de una vida humana, o de la historia de un país, a solo unas pocas palabras clave. Si alguna vez el lector tiene la desgracia de encontrar un libro que afirme haberlo conseguido, debe dejarlo de lado sin leer más allá. Y, a la inversa, si tiene la mala suerte de toparse con un libro que se disponga a analizar los 76 factores que influyen en la resolución de una crisis, también puede descartarlo: ante la infinita complejidad de la vida, la de resumir y establecer prioridades para plantear un marco útil debe ser labor del autor del libro, no de sus lectores. He descubierto que el empleo de una docena de factores es un término medio aceptable entre ambos extremos: lo bastante detallado como para dar cuenta de gran parte de la realidad, sin serlo tanto como para acabar resultando en una interminable lista de la compra, que puede ser útil para orientarse en el supermercado, pero no para entender el mundo.
A ese capítulo introductorio le siguen otros tres pares de capítulos. Cada par aborda un tipo distinto de crisis nacional. El primero tiene que ver con dos países (Finlandia y Japón) que experimentaron crisis desencadenadas por sacudidas súbitas, consecuencia de la acción perturbadora de otro país. El segundo par de capítulos también trata sobre crisis de estallido repentino, pero debidas a turbulencias internas (Chile e Indonesia). El último par describe unas crisis que no se originaron en forma de estallido, sino que se fueron desarrollando gradualmente (en Alemania y Australia), debidas, en concreto, a las tensiones provocadas por la Segunda Guerra Mundial.
La crisis finlandesa (capítulo 2) estalló con el bombardeo de Finlandia por parte de la Unión Soviética el 30 de noviembre de 1939. En la consiguiente guerra de Invierno, Finlandia se vio prácticamente abandonada por todos sus supuestos aliados y sufrió grandes pérdidas, pero aun así logró preservar su independencia de la Unión Soviética, cuya población era cuarenta veces mayor. Yo pasé un verano en Finlandia veinte años después de aquello, alojado por veteranos, viudas y huérfanos de la guerra de Invierno. El legado de la guerra fue la implantación de un importante cambio selectivo que convirtió a Finlandia en un mosaico sin precedentes, una mezcla de elementos en contraste: era una democracia liberal pequeña y próspera, con una política exterior orientada a hacer todo lo posible por ganarse la confianza del empobrecido gigante reaccionario que era la dictadura soviética. Muchas personas no finlandesas que no entendieron las razones históricas de la adopción de esta política la consideraron vergonzosa y la denominaron, despectivamente, «finlandización». Una de las vivencias más intensas de aquel verano que pasé en Finlandia ocurrió cuando, sin ser consciente de lo que hacía, expresé un punto de vista similar ante un veterano de la guerra de Invierno, que como respuesta me explicó con mucha amabilidad las amargas lecciones que habían aprendido los finlandeses cuando el resto de los países les negaron la ayuda.
De las dos crisis ocasionadas por un impacto externo, la otra es la de Japón, cuya larga política de aislamiento con respecto del mundo exterior finalizó el 8 de julio de 1853, cuando una flota de buques de guerra estadounidenses llegó hasta la entrada de la bahía de Tokio, con la exigencia de un tratado y de prerrogativas para los buques y los marineros estadounidenses (capítulo 3). El resultado final fue el derrocamiento del sistema de gobierno que había regido en Japón hasta entonces, la adopción consciente de un programa de cambios drásticos de amplio alcance y de otro programa, igualmente consciente, de protección de muchas características tradicionales, que hoy hacen de Japón la nación industrializada rica más peculiar del mundo. La transformación de Japón en las décadas que siguieron a la llegada de la flota estadounidense, la llamada era Meiji, ejemplifica de forma notable y a escala nacional muchos de los factores que influyen en la resolución de las crisis personales. Los procesos de toma de decisiones y los consiguientes éxitos militares del Japón Meiji nos ayudan a entender, por contraste, por qué el Japón de la década de 1930 tomó decisiones distintas, que acabaron con su aplastante derrota militar en la Segunda Guerra Mundial.
El capítulo 4 está dedicado a Chile, el primero del par de países cuyas crisis fueron explosiones internas derivadas del deterioro de la cultura de la negociación y el acuerdo político entre sus ciudadanos. El 11 de septiembre de 1973, después de años de estancamiento político, el Gobierno de Allende, elegido democráticamente, fue derrocado por un golpe militar cuyo líder, el general Pinochet, se mantuvo después en el poder durante casi diecisiete años. Yo viví en Chile varios años antes del golpe. En aquella época mis amigos chilenos no podrían haberse imaginado ni el golpe de Estado ni el récord mundial de sadismo y tortura que iba a batir el Gobierno de Pinochet. De hecho, me habían hablado con orgullo de la larga tradición democrática de Chile, tan distinta de las de otros países sudamericanos. Hoy, Chile vuelve a ser una excepción democrática en América del Sur, pero ha cambiado selectivamente, integrando elementos del modelo de Allende y elementos del modelo de Pinochet. A los amigos estadounidenses que me hicieron comentarios sobre el borrador del libro, el capítulo chileno les pareció el más aterrador, por la rapidez y el efecto totalizador con los que se convirtió una democracia en una sádica dictadura.
Junto a ese capítulo sobre Chile figura el capítulo 5, sobre Indonesia, donde la crisis del acuerdo político entre los ciudadanos resultó también en el estallido interno que implica un golpe de Estado, en este caso el 1 de octubre de 1965. El resultado del golpe fue el contrario que en Chile: se produjo una contraofensiva que resultó en la eliminación genocida de la facción que supuestamente había apoyado la insurrección. Indonesia es el país que marca mayores contrastes con los demás que se analizan en este libro: es la nación más pobre, menos industrializada y menos occidentalizada de las siete; así como la que tiene la identidad nacional más joven, que solo se ha cimentado a lo largo de los cuarenta años que yo llevo trabajando allí.
Los siguientes dos capítulos (capítulos 6 y 7) tratan sobre las crisis nacionales alemana y australiana, que al parecer fueron desarrollándose poco a poco y no produjeron una explosión. Algunos lectores quizá duden en aplicar los términos «crisis» o «turbulencia» a estos procesos graduales. Pero aun si se prefiere el empleo de un término diferente, sigue pareciéndome útil contemplarlos dentro del mismo marco que he empleado para comentar las otras transiciones más abruptas, porque plantean las mismas preguntas sobre los cambios selectivos e ilustran los mismos factores que influyen en los desenlaces finales. Además, la diferencia entre «estallido de una crisis» y «cambio gradual» es algo más arbitrario que exacto, los límites de una y otra cosa son difusos. Incluso en los casos de transiciones aparentemente abruptas, como el del golpe de Chile, fueron décadas de tensiones crecientes las que llevaron hasta el golpe de Estado y han sido décadas de cambios graduales las que lo han seguido. Si me refiero a las crisis de los capítulos 6 y 7 como un desarrollo gradual tan solo «aparente», es porque, de hecho, la crisis de la Alemania de posguerra se inició con la devastación más traumática que ha experimentado cualquiera de los países comentados en este libro: la condición de ruina total del país a la fecha de su rendición en la Segunda Guerra Mundial, el 8 de mayo de 1945. Del mismo modo, si bien la crisis vivida por Australia durante la posguerra se fue desarrollando de manera gradual, también comenzó con tres impactantes derrotas militares que tuvieron lugar en el transcurso de menos de tres meses.
El primero de los dos países que he elegido para ilustrar los casos de crisis no explosivas es el de la Alemania posterior a la Segunda Guerra Mundial (capítulo 6), se vio obligada a hacer frente a la cuestión de su legado nazi, a confrontaciones sobre la forma jerárquico-organizativa de su sociedad y al trauma de la división política entre Alemania Occidental y Alemania Oriental, todo a la vez. Dentro del marco comparativo que propongo, entre las características específicas de la resolución de la crisis en la Alemania de posguerra hay un choque excepcionalmente violento entre generaciones, unas fuertes limitaciones geopolíticas y un proceso de reconciliación con aquellos países que habían sido víctimas de las atrocidades alemanas durante la guerra.
El otro ejemplo de crisis no explosiva es el de Australia (capítulo 7), un país que, en los cincuenta y cinco años que hace que lo visito, ha remodelado su identidad nacional. Cuando llegué por primera vez en el año 1964, Australia parecía un remoto puesto de avanzada británico en el océano Pacífico, miraba aún en términos identitarios hacia Reino Unido y mantenía todavía aquella política de la Australia blanca, que limitaba la presencia de —o excluía a— inmigrantes no europeos. Pero Australia estaba abocada a sufrir una crisis de identidad porque la identidad británica blanca chocaba cada vez más con su ubicación geográfica, con las necesidades de su política exterior, con su estrategia de defensa, con su política económica y con la composición de su población. Hoy, las actividades comercial y política de Australia miran a Asia, las calles de las ciudades y los campus universitarios australianos están llenos de personas asiáticas y, en un referéndum propuesto para destituir a la reina de Inglaterra como jefe de Estado de Australia, los votantes del no ganaron por muy poco margen. Sin embargo, igual que en el Japón Meiji y en Finlandia, esos cambios han sido selectivos: Australia sigue siendo una democracia parlamentaria, su lengua nacional sigue siendo el inglés y una gran mayoría de los australianos tienen ascendencia británica.
Todas las crisis nacionales que hemos comentado hasta ahora son bien conocidas y han quedado resueltas (o al menos hay procesos de resolución en marcha desde hace tiempo), lo que nos permite evaluar sus consecuencias. Los últimos cuatro capítulos describen crisis presentes y futuras, cuyos resultados están aún por conocer. Comienzo esa sección atendiendo a Japón (capítulo 8), que fue también el tema del capítulo 3. Hoy Japón se enfrenta a numerosos problemas fundamentales, algunos de los cuales están ampliamente identificados por el pueblo y el Gobierno japoneses, mientras que hay otros que los japoneses no reconocen o que incluso suelen negar. Y a día de hoy ninguno de estos problemas está más cerca de una solución; el futuro de Japón está verdaderamente abierto, en manos de su propia gente. ¿Servirá de ayuda al Japón moderno la memoria de cómo y con qué nivel de valentía superó su crisis el Japón Meiji?
Los siguientes dos capítulos (capítulos 9 y 10) hablan de mi propio país, Estados Unidos. En ellos identifico cuatro crisis crecientes que pueden ser capaces de socavar tanto el sistema democrático como la fortaleza de Estados Unidos como país durante la próxima década, igual que sucedió en Chile. Sin duda, estos no son descubrimientos míos: un gran número de estadounidenses mantienen una discusión abierta sobre las cuatro, y en la actualidad la sensación de estar viviendo una crisis está muy extendida en Estados Unidos. Mi impresión es que ahora mismo no nos estamos encaminando hacia una solución de estos cuatro problemas, sino que estos están empeorando. Sin embargo, Estados Unidos, igual que el Japón Meiji, cuenta con su propia memoria sobre cómo superar las crisis, en concreto, la de nuestra larga y lacerante guerra de Secesión y la de haber sido arrancados del aislamiento político y arrojados de lleno a la Segunda Guerra Mundial. ¿Ayudará esta memoria a que mi país tenga éxito?
Finalmente, llegamos al mundo en su conjunto (capítulo 11). Si bien se podría confeccionar una lista infinita de los problemas que se ciernen sobre el mundo, aquí me centro en cuatro problemas concretos que, a mi juicio, en pocas décadas pueden socavar, si persisten las tendencias que hoy están en marcha, los estándares de vida en todo el mundo. A diferencia de Japón y de Estados Unidos, que cuentan con una larga historia de identidad nacional, autogobierno y memoria de haber emprendido con éxito acciones colectivas, el mundo en su conjunto carece de tal historia. Sin esa memoria que nos inspire, ¿logrará salir adelante el planeta ahora que, por primera vez en la historia, nos enfrentamos a problemas potencialmente fatales a escala global?
Este libro se cierra con un epílogo en el que se examinan los análisis de los siete países y del mundo a la luz de la docena de factores propuestos. Planteo la cuestión de si, para implementar grandes cambios, los países requieren de crisis que los muevan a la acción. Lo que transformó la psicoterapia a corto plazo fue el impacto del incendio de Cocoanut Grove: ¿pueden los países tomar la decisión de cambiar sin el impacto de un Cocoanut Grove? También valoro la cuestión de si los líderes tienen un efecto decisivo en la historia; propongo nuevas direcciones para futuros estudios; y sugiero tipos de lecciones que podrían extraerse de forma realista de un análisis de la historia. Si las personas, o tan solo sus dirigentes, deciden reflexionar sobre las crisis vividas, quizá la comprensión del pasado nos ayude a resolver las crisis presentes y futuras.
Personas
Crisis personales
A los veintiún años pasé por la crisis más profunda de toda mi carrera profesional. Me había criado en Boston, mis padres habían ido a la universidad y estimularon mi afición al estudio: mi padre era profesor en Harvard y mi madre, lingüista y profesora de piano. Yo era su hijo mayor. Fui a un buen instituto (Roxbury Latin School) y a un gran college (Harvard College). Se me daba muy bien estudiar, saqué buenas notas en todas mis clases, completé y publiqué dos proyectos de investigación de laboratorio estando aún en la universidad y me gradué con los mejores resultados de mi clase. Influido por el ejemplo de mi padre, que era médico, y por mis satisfactorias experiencias de investigación predoctoral, decidí inscribirme en un doctorado en el laboratorio de ciencias fisiológicas. Para seguir los estudios de doctorado me trasladé en septiembre de 1958 a la Universidad de Cambridge, en Inglaterra, que entonces era líder mundial en fisiología. Entre los atractivos adicionales de trasladarme a Cambridge estaban mi primera oportunidad de vivir lejos de casa, viajar por Europa y hablar otros idiomas (para entonces ya había aprendido seis leyendo libros).
El doctorado en Inglaterra pronto demostró ser mucho más difícil que los cursos de Harvard y Roxbury Latin, e incluso que mi experiencia de investigación predoctoral. Mi tutor de tesis en Cambridge, cuyo laboratorio y despacho compartía conmigo, era un gran fisiólogo que se disponía a estudiar la generación de electricidad en las anguilas con esta capacidad. Quería que me encargara de medir el movimiento de las partículas cargadas (iones de sodio y potasio) a través de las membranas generadoras de electricidad de las anguilas. Para hacerlo, yo tenía que diseñar el equipo necesario. Pero a mí nunca se me había dado bien el trabajo manual, ni siquiera había sido capaz de completar el proyecto escolar de construir una radio sencilla sin ayuda. Desde luego, no tenía la más remota idea de cómo diseñar una cámara para el estudio de las membranas de las anguilas y mucho menos la de hacer cualquier cosa relacionada con la electricidad que implicara la más mínima complicación.
Había llegado a Cambridge muy recomendado por mi tutor de investigación de Harvard, pero el hecho de ser una decepción para mi tutor nos estaba resultando tan evidente a mí como a él. Como colaborador de investigación le resultaba completamente inútil. Me transfirió a un laboratorio separado del resto, para mí solo, donde debía buscar por mi cuenta un proyecto de investigación.
En un intento de encontrar un proyecto más adecuado a mi ineptitud tecnológica, me aferré a la idea de estudiar el transporte de sodio y agua en la vesícula biliar, un órgano sencillo con forma de saquito. La tecnología que se requería era elemental: solo había que colocar una vesícula de pescado llena de fluido cada diez minutos en una balanza bien calibrada y pesar el agua que contenía la vesícula. ¡Hasta yo sabría hacerlo! La vesícula en sí no es demasiado importante, pero pertenece a una clase de tejidos llamada epitelial, que está presente en órganos mucho más importantes, como los riñones y los intestinos. En aquella época (1959) todos los tejidos epiteliales conocidos que transportaban iones y agua, como la vesícula biliar, mostraban voltajes relacionados con el transporte de los iones cargados. Pero cada vez que yo intentaba medir el voltaje en la vesícula biliar, lo que registraba era cero. En aquella época eso se consideraba una prueba irrefutable, bien de que yo no podía dominar ni siquiera la más simple de las tecnologías que hacían falta para detectar (si lo había) el voltaje en la vesícula, o bien de que, de algún modo, yo había conseguido matar el tejido y este había dejado de funcionar. En cualquier caso, me estaba anotando otro nuevo fracaso como fisiólogo de laboratorio.
Me desmoralicé aún más cuando, en junio de 1959, asistí al primer congreso de la Sociedad Internacional de Biofísica en Cambridge. Cientos de científicos de todo el mundo presentaron estudios sobre sus investigaciones y yo no tenía ningún resultado que presentar. Me sentí humillado. Siempre había estado entre los primeros de la clase, y en aquel momento no era nadie.
Empecé a albergar dudas filosóficas sobre mi intención de hacer carrera en el campo de la investigación científica. Leí y releí el famoso libro de Thoreau, Walden. El mensaje que entendí de la lectura del libro me dejó perturbado: que la verdadera motivación de las carreras científicas era egoísta, obtener el reconocimiento de otros científicos. (¡Y sí, ciertamente, esa es una motivación importantísima para la mayoría de los científicos!). Thoreau la despreciaba en términos muy persuasivos por ser un engaño vacío. El mensaje fundamental de Walden era el siguiente: debes averiguar qué es lo que quieres de la vida y no dejarte seducir por la vanidad de los reconocimientos. Thoreau acrecentó aún más mis dudas sobre si debía seguir o no dedicándome a la investigación científica en Cambridge. Pero me estaba aproximando a un momento decisivo: a finales de verano empezaría mi segundo año de doctorado y, si quería continuar, tendría que matricularme de nuevo.
A finales de junio pasé un mes de vacaciones en Finlandia, una experiencia profunda y maravillosa de la que hablaré en el próximo capítulo. En Finlandia experimenté, por primera vez, el aprendizaje de un idioma, la difícil y bella lengua finesa, no mediante libros, sino simplemente escuchando y hablando con la gente. Me encantó. Me resultó satisfactorio y se me dio bien, exactamente en la misma medida en que mi trabajo de laboratorio había resultado deprimente y desastroso.
Para cuando concluyó mi mes en Finlandia, me estaba planteando seriamente abandonar mi carrera científica y también cualquier disciplina académica, en realidad. Pensaba irme a Suiza, entregarme a mi amor por los idiomas y mi habilidad para aprenderlos y convertirme en intérprete para las Naciones Unidas. Eso hubiera supuesto darle la espalda a aquella vida dedicada a la investigación, al pensamiento creativo y al renombre académico que yo había imaginado que sería la mía y que ejemplificaba perfectamente mi padre, el profesor. Como intérprete no tendría un buen sueldo. Pero estaría haciendo algo que yo creía que iba a disfrutar y que se me daría bien, o al menos eso me parecía entonces.
Mi crisis llegó a su punto álgido al volver de Finlandia, cuando pasé con mis padres una semana en París. Les conté mis dudas prácticas y filosóficas sobre mi carrera en la investigación, y les hablé de mi idea de convertirme en intérprete. Debió de ser muy duro para mis padres ser testigos de mi confusión y mi angustia. Benditos sean, me escucharon y no intentaron decirme lo que debía hacer.
La crisis se resolvió una mañana en la que mis padres y yo estábamos sentados en un banco de París, dando vueltas una vez más a la cuestión de si debía abandonar la ciencia o debía seguir intentándolo. Finalmente, mi padre me hizo una sugerencia sin presionarme. Sí, admitió, yo guardaba dudas sobre si hacer carrera en la investigación científica. Pero no había cursado más que mi primer año de doctorado y solo llevaba unos pocos meses intentando estudiar la vesícula biliar. ¿No era, en realidad, un poco pronto para renunciar a la carrera a la que había pensado dedicar el resto de mi vida? ¿Por qué no volver a Cambridge, darle otra oportunidad e invertir solo otro medio año intentando resolver los problemas de investigación con la vesícula? Si no funcionaba, todavía estaba a tiempo de dejarlo en la primavera de 1960, no tenía por qué tomar una decisión irreversible en aquel momento.
Esta sugerencia de mi padre fue como si le arrojaran un chaleco salvavidas a un hombre a punto de ahogarse. Podía posponer la decisión definitiva esgrimiendo un buen motivo (intentarlo solamente durante otro medio año); no tenía nada de vergonzoso hacerlo así. La decisión no me comprometía irrevocablemente a desarrollar una carrera en la investigación científica y aún me quedaba la opción de convertirme en intérprete medio año después.
Esa fue la solución. Regresé a Cambridge para empezar mi segundo año. Retomé la investigación con la vesícula biliar. Dos jóvenes profesores de fisiología, a quienes estaré eternamente agradecido, me ayudaron a resolver los problemas técnicos de la investigación. En concreto, uno de ellos me ayudó a ver que mi método para medir el voltaje en la vesícula era perfectamente adecuado y que la vesícula biliar desarrollaba voltajes que podía medir (llamados «potenciales de difusión» y «potenciales de flujo») bajo las condiciones adecuadas. Lo que ocurría era solo que en la vesícula esto no sucedía cuando transportaba iones y agua, por la muy interesante razón de que (de manera singular entre los tejidos epiteliales que entonces se conocían) transportaba a partes iguales iones positivos y negativos, y, por tanto, no transportaba energía de red; así pues, no producía voltaje de transporte.
Mis resultados con la vesícula empezaron a interesar a otros fisiólogos y a emocionarme incluso a mí. A medida que mis experimentos con la vesícula biliar fueron teniendo éxito, se disiparon mis dudas filosóficas en torno a la vanidad que podía haber en la búsqueda del reconocimiento de otros científicos. Pasé en Cambridge cuatro años, terminé mi doctorado, regresé a Estados Unidos, conseguí buenos empleos en la universidad, investigando y dando clase en el campo de la fisiología (primero en Harvard y luego en la UCLA), y llegué a ser un fisiólogo de cierto éxito.
Esa fue mi primera gran crisis profesional, un tipo de crisis personal bastante habitual. Por supuesto, no fue mi última crisis vital. Después pasé por otras dos crisis profesionales mucho más leves en torno a 1980 y hacia el 2000, que tuvieron que ver con cambios en la dirección de mis investigaciones. Aún me esperaban algunas crisis personales de cierta magnitud, al casarme por primera vez y (siete años y medio después) al divorciarme. Aquella primera crisis profesional fue, en sus detalles, única para mí: dudo que haya alguien más en la historia del mundo que haya tenido que sopesar la decisión de abandonar la investigación fisiológica con la vesícula biliar para hacerse intérprete. Pero, como enseguida veremos, las cuestiones generales que plantea la crisis que yo viví en 1959 son completamente típicas de las crisis personales en general.
Casi todos los lectores de este libro habrán experimentado, o lo harán en algún momento, algún trastorno que constituya una «crisis» personal, como fue mi caso en 1959. Cuando se está enfrascado en una de ellas, uno no se para a pensar en los detalles académicos de definición de una «crisis», simplemente sabe que la está pasando. Más tarde, cuando la crisis ya ha quedado atrás y uno tiene la tranquilidad necesaria para reflexionar sobre ella, podrá definirla en retrospectiva como una situación en la que se vio haciendo frente a un reto importante. Uno, en un momento dado, puede tener la impresión de no ser capaz de superar ese reto con sus métodos habituales de gestión y resolución de problemas, y esforzarse por desarrollar nuevos métodos. Igual que me ocurrió a mí, uno se cuestiona su identidad, sus valores y su visión del mundo.
Sin duda, el lector habrá podido observar que las crisis personales surgen de distintas formas y por causas distintas, y también que siguen trayectorias distintas. Algunas se presentan en forma de una conmoción imprevista, como la muerte repentina de un ser querido o un despido laboral sin preaviso o un accidente grave o una catástrofe natural. La pérdida resultante puede desencadenar una crisis no solo a causa de las consecuencias prácticas de la propia pérdida (por ejemplo, uno deja de tener pareja), sino también debido al dolor emocional y al golpe que sufre nuestra fe en que el mundo sea un lugar justo. Así ocurrió en el caso de los familiares y amigos de las víctimas del incendio de Cocoanut Grove. Por el contrario, otras crisis tienen la forma de un problema que va creciendo poco a poco hasta que explota, como en el caso de la desintegración progresiva de un matrimonio, el padecimiento de una enfermedad crónica grave —ya sea en carne propia o por parte de un ser querido— o un problema económico o laboral. Y aún existen otras crisis de desarrollo progresivo que tienden a desencadenarse en determinados momentos importantes de transición vital, como la adolescencia, la mediana edad, la jubilación y la vejez. Por ejemplo, en una crisis de la mediana edad uno puede tener la sensación de que los mejores años de su vida ya han pasado y ha de luchar por plantearse unos objetivos satisfactorios para el resto de su vida.
Todas las anteriores son formas distintas de crisis personal. Entre las causas específicas más comunes se encuentran los problemas relacionales: un divorcio, la ruptura de una relación íntima o una insatisfacción profunda que puede llevarlo a uno o a su pareja a dudar de la continuidad de la relación. El divorcio a menudo lleva a la gente a preguntarse: ¿qué he hecho mal? ¿Por qué quiere dejarme mi pareja? ¿Cómo pude equivocarme tanto? ¿Qué puedo hacer de otra forma la próxima vez? ¿Habrá acaso una próxima vez? Si no puedo conseguir que funcione una relación ni siquiera con la persona que me es más cercana y que yo he elegido, ¿para qué sirvo?
Aparte de los problemas que tienen que ver con las relaciones, entre otros detonantes habituales de crisis personal se encuentran la muerte o la enfermedad de los seres queridos, o los reveses en la salud, la carrera laboral o la seguridad económica propias. También hay otras crisis que tienen que ver con la religión. Pero lo que comparten todos estos tipos de crisis, sea cual sea su causa, es la sensación de que hay algo importante en nuestra propia manera de abordar la vida que no está funcionando y que tenemos que encontrar una nueva forma de abordarla.
Mi interés por las crisis personales, como el de mucha otra gente, surgió en un principio de las que yo mismo había atravesado o por las que había visto pasar a mis amigos y gente cercana. Esa motivación personal se ha visto estimulada por la carrera de mi mujer, Marie, que es psicóloga clínica. Durante nuestro primer año de matrimonio, Marie estuvo de prácticas en un centro comunitario de salud mental que disponía de una clínica donde se ofrecían tratamientos cortos de psicoterapia a pacientes en crisis. Los clientes llamaban o acudían a la clínica en estado de crisis porque se sentían superados por algo que no podían resolver por sí mismos. Cuando se abría la puerta o sonaba el teléfono en la recepción de la clínica, y el siguiente paciente entraba o empezaba a hablar, el terapeuta no sabía de antemano a qué tipo de problema se estaba enfrentando esa persona en concreto. Pero sabía que ese paciente, igual que todos los anteriores, se encontraría en un estado de crisis personal aguda, desencadenado al haberse dado cuenta de que sus formas habituales de gestión ya no le servían.
Los resultados de las sesiones en los centros de salud que ofrecen terapia de crisis varían enormemente. En los casos más tristes, los usuarios intentan suicidarse o lo logran. Hay otros que no son capaces de desarrollar nuevos métodos de gestión que les resulten útiles: recaen en sus viejos métodos y pueden acabar incapacitados por la angustia, la ira o la frustración. Sin embargo, en los mejores casos, los pacientes descubren una forma de gestión nueva y mejor, y salen de la crisis fortalecidos. Este resultado tiene su reflejo en el carácter chino que se traduce como «crisis», que se pronuncia «wei-yi» y consiste en dos caracteres: el carácter wei, que significa «peligro», y el carácter yi, que significa «ocasión crucial, punto crítico, oportunidad». El filósofo alemán Friedrich Nietzsche expresó una idea similar en la máxima «Lo que no nos mata, nos hace más fuertes». La correspondiente máxima acuñada por Winston Churchill era «¡Nunca desperdicies una buena crisis!».
Algo que suelen observar quienes se encargan de ayudar a una persona que atraviesa una crisis aguda es que hay algo que ocurre en el plazo de seis semanas. Durante ese breve período de transición nos cuestionamos nuestras creencias más apreciadas y estamos mucho más receptivos a la transformación personal de lo que lo estábamos en el largo período anterior, de relativa estabilidad. No podemos vivir mucho más tiempo sin manejar alguna forma de gestión, aunque sí podamos sentirnos tristes, sufrir, estar sin empleo o enfadados durante mucho más tiempo. En seis semanas, o bien empezamos a explorar una nueva forma de gestión que termine resultando beneficiosa, o nos embarcamos en otra forma distinta de gestión mal adaptada, o retornamos por defecto a nuestras antiguas formas sin adaptarlas.
Indudablemente, estas observaciones sobre las crisis agudas no quieren decir que nuestras vidas se conformen con arreglo a un modelo excesivamente simplificado como el siguiente: (1) presencia del shock, poner la alarma para dentro de seis semanas; (2) reconocer el fracaso de los métodos de gestión anteriores; (3) explorar nuevos métodos de gestión; y (4) suena la alarma, o bien rendición y regresión a los antiguos métodos, o bien resolución con éxito / crisis solventada / vivir feliz para siempre. No: por el contrario, muchos de nuestros cambios vitales se desarrollan de manera progresiva, sin fase aguda. Normalmente conseguimos identificar y resolver muchos problemas apremiantes o latentes antes de que se conviertan en crisis y nos sobrepasen. E incluso las crisis que presentan una fase aguda pueden terminar en una larga fase de lenta reconstrucción. Eso es especialmente cierto en el caso de las crisis de la mediana edad, cuando el estallido inicial de insatisfacción y los primeros destellos de solución pueden ser agudos, pero la puesta en práctica de una nueva estrategia puede llevar años. Las crisis no quedan necesariamente resueltas de una vez para siempre. Por ejemplo, sería posible que a una pareja, por mucho que consiga resolver una disputa seria sin divorciarse, termine fallándole también esa solución y tenga que enfrentarse de nuevo al mismo problema o a otro similar. Una persona que ha conseguido gestionar bien un tipo de crisis podría toparse más tarde con otro problema y vérselas con una crisis de otro tipo, como me ocurrió a mí. Pero nada de lo anterior cambia el hecho de que muchos de nosotros atravesamos las crisis siguiendo el curso aproximado que he descrito.
¿Cómo trata un terapeuta a una persona que está atravesando una crisis? Está claro que los métodos tradicionales de la psicoterapia que trabaja a largo plazo, a menudo centrados en nuestras experiencias de la infancia con el objetivo de comprender las causas alojadas en la raíz de nuestros problemas actuales, resultan inapropiados en una crisis porque funcionan con demasiada lentitud. La terapia de crisis, por el contrario, se centra en la propia crisis concreta. Los métodos de la terapia de crisis fueron desarrollados en un principio por el psiquiatra Erich Lindemann en el período inmediatamente posterior al incendio de Cocoanut Grove, cuando los hospitales de Boston se vieron colapsados no solo por el reto médico de salvar la vida a cientos de personas que estaban gravemente heridas o agonizando, sino también por el reto psicológico de tratar los sentimientos de dolor y de culpa de un número aún mayor de supervivientes, familiares y amigos. Todas aquellas personas desconsoladas se preguntaban por qué el mundo había permitido que ocurriera algo así y por qué ellos seguían vivos mientras que algún ser querido acababa de encontrar una muerte horrible causada por quemaduras, aplastamiento o asfixia. Por ejemplo, un hombre, abrumado por la culpa y que se reprochaba haber llevado a Cocoanut Grove a su esposa, allí fallecida, se tiró por una ventana para reencontrarse con ella al morir. Mientras los cirujanos ayudaban a las víctimas del fuego, ¿cómo podían ayudar los psicólogos a las víctimas psicológicas? Esta era la crisis que planteaba el incendio de Cocoanut Grove al campo de la psicoterapia. El incendio se convirtió en el momento fundacional de la terapia de crisis.
En un esfuerzo por atender al inmenso número de personas traumatizadas, Lindemann empezó a desarrollar el enfoque que hoy se conoce como «terapia de crisis» y que pronto se expandió desde el desastre de Cocoanut Grove a otros tipos de crisis agudas que ya he mencionado. A partir de 1942, y a lo largo de las décadas siguientes, otros terapeutas han seguido explorando métodos de terapia de crisis, que hoy se practican y se enseñan en muchos centros, como la clínica donde Marie hizo sus prácticas. Un elemento básico de la terapia de crisis, tal como esta se ha desarrollado, es que es de corta duración: consiste aproximadamente en media docena de sesiones semanales que deben extenderse solo durante el tiempo aproximado de la fase aguda de la crisis.
Lo normal es que, cuando uno entra en estado de crisis, se sienta abrumado por la sensación de que en su vida todo va mal. Mientras uno está así, paralizado, es difícil hacer progresos lidiando con las cosas una por una. Así que el objetivo inmediato de un terapeuta durante la primera sesión —o el primer paso cuando uno tiene que enfrentarse a una crisis por su cuenta o con la ayuda de sus amistades— es superar esa parálisis mediante lo que se denomina la «construcción de un cercado». Esto consiste en identificar las cuestiones específicas que de verdad han ido mal durante la crisis, de forma que uno pueda decir: «Aquí, dentro de este cercado, están los problemas concretos de mi vida, pero todo el resto de cosas que quedan fuera de la valla son normales y están bien». A menudo, la persona que sufre la crisis siente alivio en cuanto puede empezar a formular el problema y a construir una cerca en torno a él. El terapeuta puede entonces ayudar al cliente a explorar nuevas formas de gestión de los problemas específicos que se encuentran dentro del cercado. El paciente se embarca así en un proceso de «cambio selectivo», que es algo asequible, en lugar de quedarse paralizado ante la aparente necesidad de realizar un cambio total, cosa que sería imposible.
Aparte de este tema de cercar los problemas que se aborda en la primera sesión, hay otra cuestión que suele abordarse también en ese momento: la pregunta «¿Por qué ahora?». En resumidas cuentas, quiere decir: «¿Por qué has decidido buscar ayuda en un centro de crisis hoy, y por qué tienes ahora una sensación de crisis, y no en otro momento anterior o incluso nunca?». En los casos de las crisis provocadas por una conmoción imprevista, como el incendio de Cocoanut Grove, no es siquiera necesario plantear esa pregunta porque la respuesta evidente es la propia conmoción. Pero la respuesta no tiene por qué ser obvia en el caso de una crisis que se ha ido desarrollando poco a poco hasta estallar o en el de una crisis de desarrollo vinculada a una fase vital extensa, como la adolescencia o la mediana edad.
Un típico ejemplo sería el de una mujer que dice que ha acudido al centro de crisis porque su marido tiene una amante, pero luego se descubre que ella ya sabía desde hacía bastante tiempo que el marido tenía una amante. ¿Por qué ha decidido la mujer buscar ayuda ese día y no un mes o un año antes? El impulso inmediato puede haber sido una simple frase o un detalle de la aventura que para la paciente ha sido «la gota que colma el vaso» o un suceso aparentemente trivial que le ha recordado algún hecho significativo de su pasado. A veces la paciente ni siquiera es consciente de la respuesta a esa pregunta: «¿Por qué ahora?». Pero cuando se descubre la respuesta, esta puede resultarle útil a la paciente, al terapeuta o a ambos, en el proceso de comprensión de la crisis. En el caso de la crisis profesional que yo atravesé en 1959, y que llevaba gestándose más de medio año, la razón de que la primera semana de agosto fuera mi «ahora» fue la visita de mis padres, así como la necesidad práctica de informarles sobre si la semana siguiente iba a regresar o no a los laboratorios de fisiología de Cambridge para cursar un segundo año.
Está claro que la terapia de crisis de corto plazo no es la única forma posible de abordar la gestión de las crisis personales. La razón por la que he hablado de ella no es porque exista ningún paralelismo entre el límite temporal del curso de las seis sesiones de la terapia de crisis y el curso de la gestión de una crisis nacional. Este último nunca se desarrolla en seis sesiones de debate nacional que ocupen un período breve. Si me centro en la terapia de crisis de corto plazo es porque los terapeutas de esta especialidad han construido un enorme corpus de experiencias y han compartido sus observaciones unos con otros. Han dedicado mucho tiempo a debatir entre ellos y a publicar artículos y libros sobre los distintos factores que pueden influir en los desenlaces de una crisis. Sé mucho sobre esos intercambios gracias a Marie, a quien oí hablar de ellos casi todas las semanas durante el año que pasó de prácticas en el centro de terapia de crisis. Creo que esos debates son útiles para sugerirnos factores dignos de análisis en tanto que elementos con posible influencia en los desenlaces de las crisis nacionales.
Los psicólogos especializados en terapia de crisis han identificado al menos una docena de factores cuya presencia o ausencia contribuye a establecer una mayor o menor probabilidad de resolución de las crisis personales (véase la tabla 1.1). Consideremos dichos factores, empezando por los tres o cuatro que, inevitablemente, resultan críticos durante el tratamiento o antes de su inicio:
1. Reconocimiento de encontrarse en una situación de crisis. Este es el factor determinante para que las personas inicien una terapia de crisis. Si este reconocimiento no se produce, ni siquiera se habrían presentado en una clínica de terapia de crisis ni tampoco (en caso de que no acudan a una clínica) empezarían a gestionar la crisis por su propia cuenta. Mientras una persona no lo admita —«Vale, tengo un problema»—, no puede hacer ningún progreso en la resolución de ese problema y puede ser que admitirlo le lleve mucho tiempo. Mi crisis profesional de 1959 empezó cuando me vi obligado a reconocer que no era un buen científico de laboratorio, tras más de doce años de éxitos escolares ininterrumpidos.
TABLA 1.1. Factores que inciden en el desenlace de las crisis personales
1. Reconocimiento de encontrarse en una situación de crisis
2. Aceptación de la responsabilidad personal en la acción
3. Construcción de un cercado para acotar individualmente los problemas a los que hay que dar solución
4. Obtención de la necesaria ayuda material y emocional de otros individuos y grupos
5. Adopción de otras personas como modelo de resolución de problemas
6. Fortaleza del ego
7. Autoevaluación honesta
8. Experiencia de las crisis personales anteriores
9. Paciencia
10. Flexibilidad
11. Valores centrales personales
12. Ausencia de constreñimientos personales
2. Aceptación de la responsabilidad personal. Pero no es suficiente con limitarse a reconocer «Tengo un problema». A menudo, a partir de ahí lo que dice la gente es lo siguiente: «Vale, pero este problema no es culpa mía. Hay otra persona, o hay fuerzas ajenas a mí, que hacen que mi vida sea horrible». Este tipo de autocompasión y de postura victimista están entre las excusas más habituales que ofrece la gente para evitar hacerse cargo de sus problemas personales. Así que un segundo obstáculo, una vez que la persona en cuestión lo ha reconocido («Tengo un problema»), es que consiga asumir también la responsabilidad de su resolución. «Vale, están esas fuerzas ajenas a mí y toda esa gente, pero ellos no son yo. A los demás no los puedo cambiar. Yo soy la única persona cuyas acciones puedo controlar por completo. Si quiero que esas fuerzas y esa otra gente cambie, es responsabilidad mía hacer algo al respecto, modificando mi propio comportamiento y mis reacciones. Toda esa gente no va a cambiar de forma espontánea si no lo hago yo por mi cuenta.»
3. Construcción de un cercado. Una vez que la persona ha reconocido la existencia de la crisis, aceptado la responsabilidad de hacer algo para resolverla y se ha presentado en un centro de terapia de crisis, la primera sesión de la terapia puede centrarse en la fase de «construcción de un cercado», es decir, identificar y delimitar el problema que hay que resolver. Si la persona en crisis no consigue hacer esto, termina viéndose a sí misma como un fracaso total y se paraliza. Por tanto, una pregunta clave es: ¿qué cosas de uno mismo están funcionando bien y no es necesario cambiar y se pueden mantener? ¿Qué cosas se pueden y se deben desechar y sustituir con algo nuevo? Veremos que esta cuestión de los cambios selectivos es clave también en las evaluaciones de los países en crisis.
4. Obtención de ayuda de los demás. La mayoría de quienes hemos logrado salir de una crisis hemos descubierto el valor del apoyo emocional y material de las amistades o de los grupos de apoyo institucionalizados como los de los pacientes de cáncer, los alcohólicos o los adictos a alguna sustancia. Ejemplos comunes de gestos de apoyo material serían, por ejemplo, ofrecer una habitación a una persona cuyo matrimonio está en crisis para que pueda salir de su casa; pensar con claridad, para compensar la merma temporal de la capacidad para resolver problemas que tiene la persona en estado de crisis; y ofrecer ayuda práctica para obtener información, un trabajo nuevo, nuevos compañeros o nuevas fórmulas para el cuidado de los hijos. El apoyo emocional tiene que ver con saber escuchar, ayudar a ver los problemas con claridad y ayudar a una persona que puede haber perdido temporalmente la esperanza y la confianza en sí misma, para que recupere ambas cosas.
En el caso del paciente de una clínica de terapia de crisis, esta «petición de ayuda» está inevitablemente entre los primeros factores que aparecen en la resolución de la crisis: la persona llega al centro porque es consciente de que necesita ayuda. En el caso de la gente en proceso de crisis que no acude a una clínica de terapia, la petición de ayuda puede llegar antes, más tarde o incluso no llegar nunca: hay personas que se complican mucho las cosas al intentar resolver una crisis sin contar con ninguna ayuda. Como ejemplo personal de la petición de ayuda sin acudir a un centro de terapia de crisis: cuando mi primera mujer me provocó toda una conmoción al decirme (finalmente) que quería el divorcio, durante los días siguientes llamé a cuatro de mis amigos más íntimos y les abrí mi corazón. Los cuatro comprendieron mi situación y empatizaron con ella porque tres de ellos también eran divorciados y el cuarto había conseguido reconstruir un matrimonio con muchos problemas. Aunque, en mi caso, la petición de ayuda no consiguió evitar mi divorcio, sí demostró ser el primer paso para un largo proceso de examen sobre mis relaciones y para un feliz segundo matrimonio. Hablar con buenos amigos me hizo sentir que no había fracasado por completo y que también podría alcanzar por fin la felicidad, como lo habían hecho ellos.
5. Adopción de los demás como modelo. Vinculado a ese valor que tienen los demás como fuente de ayuda está también su valor como modelos de métodos de gestión alternativos. Tal como hemos descubierto muchos de los que hemos tenido que capear una crisis, conocer a alguien que se haya enfrentado a una situación parecida supone una gran ventaja, pues constituye un modelo de habilidades de gestión útiles que uno puede intentar emular. Idealmente, estos modelos serían los amigos u otras personas con las que uno puede conversar y de las que puede aprender directamente cómo resolvieron un problema similar al suyo. Pero también puede servirnos el modelo de alguien que no conocemos personalmente y sobre cuya vida y métodos simplemente hemos leído u oído hablar. Por ejemplo, muy pocos de los lectores de este libro podrían haber conocido personalmente a Nelson Mandela, Eleanor Roosevelt o Winston Churchill, pero sus biografías o autobiografías han brindado ideas e inspiración a otras muchas personas y les han servido como modelos para resolver una crisis personal.
6. Fortaleza del ego. Un factor que tiene importancia en la gestión de una crisis y que difiere de una persona a otra es lo que los psicólogos llaman «la fortaleza del ego». Tiene que ver con la confianza en uno mismo, aunque es mucho más amplio. La fortaleza del ego implica conocerse a uno mismo, la sensación de haberse marcado objetivos y aceptarse tal como uno es, como una persona independiente y con orgullo que no depende de los demás ni para obtener su aprobación ni para sobrevivir. La fortaleza del ego tiene que ver con la capacidad de tolerar emociones fuertes, mantenerse centrado en condiciones de estrés, saber expresarse libremente, percibir la realidad correctamente y tomar decisiones sensatas. Todas estas cualidades, que dependen unas de otras, son esenciales para poder explorar nuevas soluciones y para superar el miedo paralizante que a menudo nos atenaza durante una crisis. La fortaleza del ego empieza a desarrollarse en la infancia, especialmente si nuestros padres nos aceptan tal como somos, no intentan que cumplamos sus sueños ni esperan que nos comportemos como personas mayores o más jóvenes de lo que somos. Se desarrolla cuando nuestros padres nos ayudan a aprender a tolerar la frustración y no nos dan todo lo que queremos, pero tampoco nos privan de todo lo que queremos. Todo este contexto consolida una fortaleza del ego que luego nos ayudará a solventar las crisis.
7. Autoevaluación honesta. Esto está relacionado con la fortaleza del ego, pero merece una mención aparte. Para que el individuo que atraviesa una crisis pueda tomar buenas decisiones es fundamental que sea capaz de hacer una autoevaluación honesta, a veces dolorosa, de sus propias fortalezas y debilidades, de aquellas cosas de sí mismo que funcionan bien y de las que no están funcionando. Solo entonces podremos implementar cambios selectivos que nos permitan conservar nuestras fortalezas y sustituir nuestras debilidades por nuevos métodos de gestión. Si bien destacar la importancia de la honestidad en la resolución de una crisis puede parecer algo demasiado obvio como para tener que mencionarlo siquiera, lo cierto es que hay multitud de razones por las que las personas suelen no ser honestas consigo mismas.
La cuestión de la autoevaluación honesta supuso una de las dificultades fundamentales de la crisis profesional que atravesé en 1959. Yo había sobreestimado mis capacidades en una faceta y las había subestimado en otra. Lo que había sobreestimado: mi amor por los idiomas me había llevado a engañarme pensando que contaba con las habilidades necesarias para ser intérprete. Sin embargo, empecé a darme cuenta de que mi amor por los idiomas no iba a ser suficiente por sí solo para hacer de mí un buen profesional de los idiomas. Habiéndome criado en Estados Unidos, ni siquiera empecé a aprender mi primera lengua extranjera hasta que tuve once años. No viví en un país de habla no inglesa ni llegué a tener fluidez en otra lengua extranjera (alemán) hasta los veintitrés. Y como no llegué a hablar otras lenguas hasta un momento relativamente tardío de mi educación, hoy mi acento, aun en las lenguas que mejor hablo, se sigue reconociendo como americano. Antes de cumplir los setenta y muchos años no empecé a ser capaz de alternar con rapidez entre dos idiomas distintos del inglés. Pero como intérprete me las habría tenido que ver con traductores suizos que a los ocho años ya habrían tenido la fluidez, el acento y la facilidad de alternar entre lenguas diversas. Finalmente tuve que admitirlo: me estaba engañando si soñaba que alguna vez podría competir como lingüista con los suizos.
El otro ámbito relacionado con la autoevaluación que me dio problemas en 1959 —y en el que, más que sobreestimarme, lo que hice fue minusvalorar mis capacidades— fue el de la investigación científica. Hice una generalización exagerada a partir de mi incapacidad para resolver un problema técnico difícil, en concreto, cómo medir el flujo de iones a través de las membranas eléctricas de las anguilas. Pero seguía siendo perfectamente capaz de medir el transporte de agua en la vesícula biliar por el simple método de pesar la vesícula. Aun hoy, sesenta años después, sigo usando las tecnologías más simples en mi trabajo científico. He aprendido a reconocer incógnitas científicas importantes que pueden abordarse con tecnologías simples. Sigo sin ser capaz de encender el televisor de casa con los 47 botones de su mando a distancia; sé hacer solo las cosas más sencillas con mi recién adquirido iPhone; y dependo por completo de mi secretaria y de mi esposa para cualquier tarea en la que haya que usar un ordenador. Todas las veces que me he dispuesto a desarrollar un proyecto de investigación que exigiera la intervención de tecnologías complicadas —análisis con cables de la difusión de corriente en tejido epitelial, análisis sónico de los canales iónicos de la membrana, análisis estadístico de la distribución de especies aviares por pares—, he tenido la suerte de encontrarme con colegas que tenían los conocimientos necesarios para realizar estos análisis y han estado dispuestos a colaborar conmigo.
Así aprendí finalmente a evaluar de manera honesta lo que era capaz de hacer y lo que no.
8. Experiencia de las crisis anteriores. Si uno ya cuenta con la experiencia de haber logrado salir de otras crisis en el pasado, tiene más confianza en sus posibilidades de resolver también la nueva crisis. Esto se contrapone al sentido de indefensión que provoca haber pasado ya por otras crisis sin haber sabido resolverlas bien y deja la idea de que, hagamos lo que hagamos, nada nos saldrá bien. La importancia de esta experiencia previa es una de las razones fundamentales que explica por qué las crisis suelen ser mucho más traumáticas en los casos de adolescentes y adultos jóvenes que en los de las personas mayores. Aunque la ruptura de una relación afectiva puede resultar devastadora a cualquier edad, la ruptura de la primera es especialmente devastadora. Cuando llegan las siguientes rupturas, por muy dolorosas que sean, uno recuerda que ya ha pasado por un dolor similar y lo ha superado. Esa fue, en parte, la razón por la que la crisis que atravesé en 1959 me resultó tan traumática: fue mi primera crisis vital aguda. En comparación con ella, mis crisis profesionales ocurridas en 1980 y 2000 fueron poco traumáticas. Al final terminé cambiando la dirección de mi carrera, de la fisiología de la membrana a la fisiología evolutiva en torno a 1980, y de la fisiología a la geografía después del 2000. Pero estas decisiones no fueron dolorosas porque había llegado a asumir, basándome en mis experiencias previas, que, con toda probabilidad, todo saldría bien.
9. Paciencia. Otro factor es la capacidad de tolerar la incertidumbre, la ambigüedad y los fracasos en nuestros primeros intentos de implementar cambios: en resumen, la paciencia. No es muy probable que una persona que está pasando por una crisis vaya a inventarse una forma satisfactoria de gestionarla al primer intento; al contrario, lo probable es que esto requiera de varias tentativas y que ensayemos formas distintas para tratar de resolver la crisis y comprobar si estas son compatibles con nuestra personalidad, hasta que finalmente demos con una solución funcional. Las personas que no son capaces de tolerar la incertidumbre o el fracaso, o que se rinden en etapas tempranas de la búsqueda, tienen menos posibilidades de dar con una forma de gestión nueva y compatible. Por eso, aquel amable consejo que me dio mi padre cuando estábamos sentados en aquel banco del parque de París —«¿Por qué no dedicas solo otro medio año a los estudios de fisiología?»— me pareció un salvavidas. Mi padre me hizo ver la paciencia como algo razonable, cosa que a mí solo no se me habría ocurrido.
10. Flexibilidad. Un elemento importante en la superación de una crisis a través de la implementación de cambios selectivos está relacionado con la ventaja de tener una personalidad flexible, en contraposición a una rígida e inflexible. La «rigidez» implica sostener la creencia general de que solo hay una forma de hacer las cosas. Por supuesto, dicha creencia es un obstáculo que impide explorar otras vías y ser capaz de reemplazar los viejos enfoques fallidos con un nuevo enfoque que funcione bien. La rigidez, o la falta de flexibilidad, pueden ser el resultado de una historia previa de abusos o de algún trauma que hayamos podido sufrir, o de no haber tenido, en la infancia, permiso para experimentar o desviarse de las normas familiares. La flexibilidad puede estar relacionada con esa libertad derivada de haber tenido, de niños, permiso para elegir por nosotros mismos.
Yo aprendí a ser flexible algo más tarde, como resultado de las expediciones que inicié con veintiséis años para estudiar los pájaros selváticos de la isla tropical de Nueva Guinea. En Nueva Guinea, los planes detallados casi nunca terminan saliendo como se ha previsto. Los aviones, los barcos y los vehículos de carretera se averían a menudo o tienen accidentes o se hunden; la gente del lugar y los funcionarios del Gobierno no se comportan como cabría esperar y no es posible darles órdenes; hay puentes y caminos que de pronto se revelan impracticables; montañas que de repente no están donde señalan los mapas; y mil otras cosas que salen mal. Casi todas y cada una de mis expediciones a Nueva Guinea las he iniciado proponiéndome hacer X, pero al llegar a Nueva Guinea, descubría que X era imposible y tenía que ser flexible, es decir, debía improvisar un nuevo plan sobre la marcha. Cuando Marie y yo tuvimos hijos, descubrí que mi experiencia con las expediciones por Nueva Guinea había sido la mejor preparación para ser padre, porque los niños son totalmente impredecibles, no se les puede dar órdenes y requieren de sus padres una gran flexibilidad.
11. Valores centrales personales. La penúltima consideración, aún vinculada con la fortaleza del ego, tiene que ver con lo que se ha dado en llamar valores centrales o fundamentales, es decir, las creencias que uno considera vitales para su identidad y que sostienen el código moral y la cosmovisión propios, tales como las creencias religiosas o la implicación con la familia. En una crisis, uno tiene que saber dónde poner el límite de los cambios selectivos: ¿qué valores nucleares considera innegociables y se negaría a cambiar? ¿En qué punto se dice a uno mismo «antes muerto que cambiar ESTO»? Por ejemplo, mucha gente considera que las obligaciones familiares, la religión y la honestidad no son ámbitos negociables. Solemos admirar a quienes no están dispuestos a traicionar a su familia, a mentir, a renegar de su religión o a robar para poder salir de una crisis.
Pero las crisis pueden producir zonas grises en las que valores que previamente se han considerado innegociables se vuelven a someter a consideración. Por poner un ejemplo evidente, el marido o la esposa que decide presentar una demanda de divorcio está decidiendo con ello romper un compromiso familiar con su cónyuge. Los prisioneros de los campos de concentración nazis de la Segunda Guerra Mundial tuvieron que ignorar el mandamiento moral «No robarás»: las raciones de comida eran tan inadecuadas que era imposible sobrevivir si uno no robaba comida. Numerosos de los supervivientes de los campos de concentración abandonaron su religión porque les resultó imposible reconciliar la maldad de los campos con su creencia en un dios. Por ejemplo, el gran escritor judío italiano Primo Levi, superviviente de Auschwitz, diría más adelante: «Para mí la experiencia de Auschwitz llegó a barrer cualquier legado de mi educación religiosa que quedara. Existe Auschwitz, así que Dios no puede existir. No he encontrado solución a ese dilema».
De este modo, los valores nucleares pueden hacer más sencilla, o bien dificultar, la resolución de una crisis. Por un lado, nuestros valores fundamentales pueden ofrecernos claridad, una base sólida y una certidumbre desde la que podemos plantearnos llevar a cabo cambios personales. Por otro lado, seguir aferrándose a estos valores fundamentales, en el caso de que se hayan demostrado mal orientados bajo las nuevas circunstancias, puede impedirle a uno resolver una crisis.
12. Ausencia de constreñimientos. El último factor del que nos queda hablar es la libertad de elección que otorga el hecho de no estar condicionado por problemas prácticos ni por responsabilidades. Es más difícil ensayar soluciones nuevas si uno tiene cargas fuertes de responsabilidad con relación a otras personas (como los hijos, por ejemplo) si debe cumplir con un trabajo muy exigente o si a menudo se ve expuesto a un peligro físico. Por supuesto, esto no significa que dichas cargas nos impidan salir de una crisis, pero sí que imponen retos adicionales. En 1959 yo tuve la suerte de que, en medio del torbellino personal en el que me encontraba ante la necesidad de decidir si aún quería seguir siendo investigador científico, no me tocó hacer frente a ninguna limitación práctica. Tenía una beca de la National Science Foundation con la que me costearía la matrícula y la manutención durante varios años más; el departamento de Fisiología de Cambridge no estaba amenazando con despedirme, ni siquiera me exigían que aprobara ningún examen y nadie me estaba presionando para que lo dejara... salvo yo mismo.
Estos son los factores de los que me han hablado los terapeutas, o sobre los que estos han escrito, con relación al desenlace de una crisis personal. ¿Cómo podemos emplear estos factores de la tabla 1.1 para comprender los posibles desenlaces de las crisis nacionales?
Por un lado, de entrada, está claro que los países no son personas. Como veremos, las crisis nacionales plantean numerosas cuestiones —cuestiones sobre el liderazgo, sobre la toma de decisiones colectivas, sobre las instituciones nacionales, entre otras— que no surgen en las crisis personales.
Por otro lado, también está claro que los mecanismos de gestión individuales no existen de forma totalmente aislada, al margen de la cultura de la nación y de los grupos subnacionales en los que la persona se ha criado y a los que pertenece. La cultura en la que uno está inmerso tiene un gran peso en los rasgos individuales, tales como el comportamiento, los objetivos marcados, la percepción de la realidad y la forma de gestionar los problemas. Por lo tanto, cabe esperar que exista alguna relación entre el modo en que las personas se enfrentan a sus problemas particulares y el modo en que los países, formados por muchos individuos, hacen frente a los problemas nacionales. Entre las cuestiones que guardan alguna relación (y se observan tanto en el caso de los individuos como en el de las naciones) están el papel que adoptamos y la responsabilidad que asumimos para hacer algo por nuestros propios medios —en vez de considerarnos víctimas pasivas e indefensas—, la definición de la crisis, la búsqueda de ayuda y la capacidad de aprender de los modelos. Por obvias que parezcan estas sencillas reglas, tanto los individuos como las naciones las ignoran o las rechazan con una frecuencia que resulta deprimente.
Para contextualizar el grado en que las formas de gestión de los países son similares o no a las de las personas, consideremos el siguiente experimento imaginario. Si comparamos entre sí a una serie de individuos seleccionados al azar a lo largo de todo el mundo, veremos que difieren por múltiples razones que, en términos generales, podrían clasificarse como personales, culturales, geográficas y genéticas. Por ejemplo, comparemos las prendas de ropa que llevan en la parte superior del cuerpo cinco hombres distintos cualquier tarde del mes de enero: un inuit tradicional del Polo Norte; dos estadounidenses comunes apostados en una calle de la ciudad de Los Ángeles, donde yo vivo; el presidente de un banco estadounidense metido en su oficina de Nueva York; y un habitante tradicional de la selva tropical de las tierras bajas de Nueva Guinea. Por razones geográficas, el inuit llevará una gruesa parka con capucha, los tres estadounidenses llevarán camisas, pero no parkas, y el papú neoguineano no llevará prenda alguna que le cubra la parte superior del cuerpo. Por motivos culturales, es probable que el presidente del banco lleve corbata, no así los dos hombres que están en la calle de Los Ángeles. Por razones personales, los dos hombres de Los Ángeles seleccionados al azar quizá lleven camisas de colores distintos. Si la pregunta estuviera referida a su color de pelo y no a las prendas de ropa, también pesarían razones genéticas.
Ahora, consideremos las diferencias que muestran los valores fundamentales de los mismos cinco hombres. Si bien es posible que existan algunas diferencias personales entre los tres estadounidenses, es mucho más probable que compartan algunos valores fundamentales entre ellos que con el tipo inuit o el de Nueva Guinea. Estos valores fundamentales comunes son solo un ejemplo de que los miembros de una misma sociedad comparten, en gran medida, una serie de rasgos culturales que se aprenden a través de la educación. Pero la diferencia media que existe entre los rasgos personales de individuos pertenecientes a sociedades distintas no puede explicarse en términos de diferencias geográficas, o sí se puede, pero solo en parte. Si alguno de los dos tipos de Los Ángeles llegara a ser presidente de los Estados Unidos, aquellos de sus valores fundamentales que derivan de su cultura —por ejemplo, sus valores en lo tocante a los derechos y responsabilidades individuales— dejarían su impronta en la política nacional de Estados Unidos.
La conclusión de este experimento imaginario es que puede esperarse que exista una relación entre las características personales de los individuos y las características nacionales de su país porque los individuos comparten una cultura nacional y porque las decisiones nacionales dependen en última instancia de los puntos de vista de los individuos del país, en concreto, de los de los dirigentes nacionales, que participan de la cultura nacional. En lo relativo a los países que se analizan en este libro, en los casos de Chile, Indonesia y Alemania, los planteamientos de sus líderes resultaron ser de una especial relevancia.
La tabla 1.2 enumera los doce factores que se analizarán en este libro con relación a los desenlaces de las crisis nacionales. La comparación con la tabla 1.1, los factores que los psicólogos han vinculado con el resultado de las crisis individuales, muestra que la mayoría de los factores de una lista tienen análogos reconocibles en la otra.
TABLA 1.2. Factores que inciden en el desenlace de las crisis nacionales
1. Consenso nacional en que el país se encuentra en una situación de crisis
2. Aceptación de la responsabilidad nacional en la acción
3. Construcción de un cercado para acotar los problemas nacionales a los que hay que dar solución
4. Obtención de la necesaria ayuda material y económica de otros países
5. Adopción de las experiencias de otros países como modelo de resolución de problemas
6. Identidad nacional
7. Autoevaluación honesta nacional
8. Experiencia histórica de crisis anteriores
9. Asunción de los fracasos nacionales
10. Flexibilidad nacional en situaciones específicas
11. Valores centrales nacionales
12. Ausencia de constreñimientos geopolíticos
En siete de los doce factores, los paralelismos son bastante claros:
Factor n.º 1. Los países, como las personas, pueden reconocer o negar su estado de crisis. Pero en el caso de los países, el reconocimiento exige un grado de consenso nacional, mientras que una persona puede reconocerlo o negarlo por sí misma.
Factor n.º 2. Tanto los países como las personas pueden aceptar su responsabilidad nacional o individual en la toma de medidas para resolver el problema, o bien soslayarla refugiándose en la autocompasión, echando la culpa a los demás o asumiendo un papel de víctima.
Factor n.º 3. Los países implementan cambios selectivos en sus instituciones y en sus políticas mediante la «construcción de un cercado» para separar aquellas instituciones y políticas que requieren cambios de aquellas que deben conservarse inalteradas. Los individuos recurren, de forma parecida, a la «construcción de un cercado» para abordar cambios selectivos en algunos de sus rasgos individuales, pero no en otros.
Factor n.º 4. Tanto los países como las personas pueden recibir ayuda material y económica de parte de otros países o de otras personas. Las personas también pueden recibir ayuda emocional, pero los países no.
Factor n.º 5. Los países pueden modelar sus instituciones y políticas a semejanza de las de otras naciones, igual que los individuos pueden modelar sus métodos de gestión a partir de los de otras personas.
Factor n.º 7. Los países, igual que las personas, pueden hacer o no una autoevaluación honesta. En el caso de los países, esto exige que se alcance cierto grado de consenso nacional, pero un individuo realiza o no esta autoevaluación de forma particular.
Factor n.º 8. Los países cuentan con una experiencia histórica y los individuos con un recuerdo personal, de otras crisis nacionales o personales anteriores.
En otros dos casos la correspondencia entre los factores es más general menos específica.
Factor n.º 9. Los países difieren en sus formas de enfrentarse al fracaso y en su predisposición a explorar soluciones alternativas a un problema en caso de que el primer intento fracase. Pensemos, por ejemplo, en las formas tan diametralmente distintas de reaccionar a la derrota militar que adoptaron Alemania tras la Primera y tras la Segunda Guerra Mundial, Japón tras la Segunda Guerra Mundial y Estados Unidos después de la guerra de Vietnam. Las personas difieren también en su grado de tolerancia al fracaso, o al fracaso inicial, y a menudo nos referimos a esa característica personal como «paciencia».
Factor n.º 12. Los países pueden padecer distintas limitaciones en su libertad de acción, especialmente por razones geográficas, económicas o relacionadas con el poder político o militar. Las personas también pueden ver limitada su libertad de acción, pero por razones completamente distintas, como pueden ser las responsabilidades paternas o maternas, las obligaciones laborales o el nivel personal de ingresos.
Por último, en lo que respecta a los tres restantes, el factor individual sirve tan solo como metáfora para evocar el correspondiente factor del caso nacional:
Factor n.º 6. Los psicólogos han definido y escrito extensamente sobre ese rasgo individual denominado «fortaleza del ego». Es una característica exclusiva de los individuos; no se puede hablar de «fortaleza del ego» nacional. Sin embargo, los países poseen una característica llamada identidad nacional, sobre la que tendremos abundantes ocasiones de comentar y que desempeña el papel correspondiente a la fortaleza del ego en el caso de los individuos. La identidad nacional apela a aquellas características de la lengua, la cultura y la historia que hacen que un país sea único entre todos los del mundo, que contribuyen al orgullo nacional y que los ciudadanos de una nación consideran que comparten.
Factor n.º 10. Otra característica de los individuos de la que los psicólogos han hablado y escrito por extenso es la de la flexibilidad personal y su contrario, la rigidez personal. Se trata de una característica que impregna el carácter de la persona; no es una situación específica. Por ejemplo, si un hombre tiene la sólida costumbre de no prestar nunca dinero a sus amigos, pero por lo demás suele tener un comportamiento flexible, no se le calificaría como una persona rígida. La personalidad rígida se expresa, en cambio, por el mantenimiento de unas reglas de comportamiento firmes en la mayoría de las situaciones. No está claro si para las naciones existe una rigidez análoga que impregne la mayoría de las situaciones. Por ejemplo, si sintiéramos la inclinación inicial de calificar a un país como Japón o Alemania de «rígido», la realidad es que, en ciertas épocas, ambos países se han mostrado extraordinariamente flexibles en muchos aspectos importantes, como veremos en los capítulos 3 y 6, respectivamente. Es posible que la flexibilidad nacional sea una característica específica de la situación, al contrario de lo que ocurre con la flexibilidad individual. En el epílogo volveremos sobre esta cuestión.
Factor n.º 11. Finalmente, las personas poseen unos valores fundamentales individuales, tales como la honestidad, la ambición, las creencias religiosas y los lazos familiares. Los países también poseen algo que podría denominarse valores nacionales fundamentales, algunos de los cuales se solapan con los individuales (por ejemplo, la honestidad y las creencias religiosas). Los valores nacionales fundamentales están relacionados con la identidad nacional (pero no son idénticos a ella). Por ejemplo, la lengua de Shakespeare y Tennyson es parte de la identidad nacional británica, pero Tennyson no es la razón por la que Reino Unido se negó a negociar con Hitler aun en los momentos más oscuros de mayo de 1940. La negativa británica a una negociación respondía, en cambio, a un valor fundamental: «No nos rendiremos jamás».
Como he mencionado en el prólogo, las crisis nacionales plantean otra serie de preguntas que no surgen en absoluto, o lo hacen solo como analogías vagas, en las crisis individuales. Entre estas están:
• el papel crucial de las instituciones políticas y económicas nacionales;
• el papel que desempeña el líder o los dirigentes nacionales en la resolución de una crisis;
• cuestiones más generales sobre la toma de decisiones colectivas;
• el hecho de si la crisis nacional desemboca en la implantación de cambios selectivos por medio de una resolución pacífica o a través de una revolución violenta;
• la cuestión de si se introducen simultáneamente distintos tipos de cambios como parte de un programa nacional unificado o de si estos cambios se implantan por separado y en momentos distintos;
• la cuestión de si la crisis nacional la han provocado desencadenantes internos de la propia nación o alguna conmoción externa ocasionada por otro país; y
• el problema de conseguir la reconciliación entre las partes en conflicto (especialmente después de una crisis que haya supuesto una guerra o el exterminio de la población); reconciliación, bien entre grupos distintos en el seno de un mismo país o entre un país y sus vecinos.
Para empezar a adentrarnos en estas cuestiones, en el siguiente capítulo presentaré el primero del par de ejemplos de crisis nacional desencadenada de forma abrupta debido a la agresión, o la amenaza de agresión, por parte de otro país. Veremos que Finlandia, cuya deliciosa lengua desempeñó un importante papel en mi crisis personal de 1959, ejemplifica muchos de los factores que acabamos de ver, relacionados con los resultados de las crisis nacionales.
Países: crisis acontecidas