Índice

La crisis mundial 1911-1918

Prólogo

PRIMERA PARTE, 1911-1914

I. Las redomas del furor

II. Mojones en la ruta hacia Armageddon

III. La crisis de Agadir

IV. En el Almirantazgo

V. El frente del mar del Norte

VI. Irlanda y el equilibrio europeo

VII. La crisis

VIII. La movilización de la marina

IX. La guerra: el paso del ejército por el Canal

X. La invasión de Francia

XI. El Marne

XII. La guerra en el mar

XIII. Amberes y los puertos del Canal

XIV. Lord Fisher

XV. Coronel y las islas Falkland (Malvinas)

XVI. El bombardeo de Scarborough y de Hartlepool

XVII. Turquía y los Balcanes

SEGUNDA PARTE, 1915

XVIII. La pausa en el Oeste

XIX. El origen de los tanques y de los humos

XX. La opción

XXI. El combate del banco Dogger, 24 de enero

XXII. Cambio de pensamientos y decisión final

XXIII. La génesis del ataque militar

XXIV. Caída de los fuertes exteriores y segunda oferta de Grecia

XXV. La nueva resolución

XXVI. El 18 de marzo

XXVII. El cambio de plan del almirante De Robeck

XXVIII. La primera derrota de los submarinos

XXIX. Aumenta la tensión

XXX. La batalla de las playas

XXXI. Después del desembarco

XXXII. La caída del Gobierno

XXXIII. La escena se ensombrece

XXXIV. La batalla de la bahía de Suvla

XXXV. El desastre de los Balcanes

XXXVI. El abandono de los Dardanelos

XXXVII. Las consecuencias de 1915

TERCERA PARTE, 1916-1918

XXXVIII. Una estadística sangrienta

XXXIX. La decisión de Falkenhayn

XL. Verdún

XLI. Jutlandia: los preliminares

XLII. Jutlandia: el encuentro

XLIII. La batalla del Somme

XLIV. El desastre rumano

XLV. La intervención de Estados Unidos

XLVI. El experimento del general Nivelle

XLVII. En el Ministerio de Municiones

XLVIII. Gran Bretaña vence a los submarinos

XLIX. La concentración alemana en el Oeste

L. El 21 de marzo

LI. El punto culminante

LII. La sorpresa del Camino de las Damas

LIII. El reflujo de la marea

LIV. El colapso teutón

LV. La victoria

Apéndice

Notas

Biografía

Créditos

On the idle hill of summer,

sleepy with the sound of streams,

far I hear the steady drummer

drumming like a noise in dreams.

Far and near and low anl louder,

the roads of earth go by,

dear to friends and food for powder,

soldiers marching, all to die.1

THE SHROPSHIRE LAD, XXXV

Prólogo

Prólogo

Durante los diez años que siguieron a la guerra, escribí los cuatro volúmenes que están compendiados en este libro. Hacía mucho tiempo que mi deseo era condensarlos en un único libro manejable y destinado al gran público. Naturalmente, los volúmenes publicados en intervalos de dos años, contienen asuntos conexos y tratados de nuevo, y difieren unos de otros en su conjunto y en su proporción de temas. Además, se han publicado muchos relatos adicionales que ayudan a nuestro juicio ulterior de los acontecimientos. Por consiguiente, he recopilado el conjunto de mis escritos para presentar un relato continuo de forma más sucinta. No me ha sido necesario alterar de un modo substancial los hechos y datos esenciales de la historia, ni las consecuencias que deduje de los mismos. Los documentos fundamentales están reproducidos en su integridad. Sin embargo, he recortado una gran cantidad de detalles sobre aspectos técnicos y algunas justificaciones de carácter personal, que no son ahora tan importantes como me lo parecieron unos diez años antes. He procurado que el tema principal de la narración predominara sobre las disensiones en que me vi envuelto.

No obstante, he aprovechado en lo posible los nuevos conocimientos de la posguerra. He tenido que relatar la dimisión de lord Fisher de un modo algo distinto de como lo hice en la edición original. Las revelaciones de mister Asquith en sus memorias y las de los biógrafos de lord Fisher han estimado menos caritativamente la conducta del viejo almirante de lo que yo había visto en ella. He extendido el relato de las primeras batallas en Francia, basándome en el estudio de las últimas informaciones dignas de crédito. De todos modos, no he podido alterar esencialmente los juicios críticos que formulé sobre los muchos aspectos de la dirección política, militar y naval de la guerra.

La redacción de este libro trata de seguir al detalle los procedimientos y la orientación de las Memoirs of a Cavalier, de Defoe. Es una contribución a la historia, hilvanada sobre un razonable y sentido curso de reminiscencia personal. No pretende ser un relato extenso, solo trata de aclarar, a base de un inmenso material, las decisiones más importantes y las situaciones más críticas de la guerra. A través de toda la obra he puesto una atención especial en describir fielmente y lo mejor que me ha sido posible todo lo sucedido y el porqué de ello. En el período de diez o doce años en que discurrió la Gran Guerra, estuve en condiciones de seguir con pleno conocimiento de causa la marcha de los acontecimientos principales, y en la mayor parte de este tiempo asumí cargos de tanta responsabilidad como el de primer lord del Almirantazgo y ministro de Municiones.

Estoy plenamente convencido en los hechos, cálculos y conclusiones expuestos en esta obra. Los volúmenes aislados anteriores han sido traducidos por lo menos a siete idiomas y han sido objeto de crítica y comentarios en millares de artículos. Debido a la ausencia de divergencias en estos, no me ha sido necesario modificar en lo esencial ningún aspecto fundamental o deducción general de lo escrito, y, al presentar al lector la historia completa, tengo la absoluta convicción de que, en lo esencial, no seré controvertido por los historiadores futuros.

WINSTON S. CHURCHILL

Chartwell, Kent

1 de julio de 1930

PRIMERA PARTE. 1911-1914

PRIMERA PARTE

1911-1914

A mi esposa

I. Las redomas del furor 1870-1904

I

Las redomas del furor

1870-1904

En los tiempos de la reina Victoria era costumbre de los estadistas confiar en las glorias del Imperio británico y congratularse de la providencia protectora, que había salvaguardado a los ingleses a través de tantos peligros y los había llevado, finalmente, a una época segura y próspera. No sabían que aún tenían que ser afrontados los mayores peligros y ser ganadas las más grandes victorias.

Se enseñó a los niños que la guerra contra Napoleón había sido un esfuerzo culminante en la historia del pueblo británico, y los hechos de Waterloo y de Trafalgar fueron considerados como las acciones más brillantes de las armas británicas en mar y en tierra. Al eclipsar a todas las precedentes, estas victorias prodigiosas parecían ser la meta y el predestinado fin del largo drama del decurso de la vida de nuestra raza, que había avanzado, a través de un milenio, desde pequeños y débiles orígenes hasta una posición de preponderancia en el mundo. En tres ocasiones distintas, en tres siglos diferentes, el pueblo británico ha rescatado a Europa de la dominación militar. Tres veces han sido asaltados los Países Bajos: por España, por la Monarquía francesa y por el Imperio francés. Tres veces la política y la guerra mantenidas por Inglaterra en el más completo aislamiento vencieron al agresor. Y, siempre, al principio del conflicto, la fuerza del enemigo parecía avasalladora, siempre se prolongó la lucha durante muchos años, y, siempre, a través de azares pavorosos, ha sido conquistada, al fin, la victoria. La última de estas victorias fue la mayor de todas, ganada después de una lucha exterminadora y sobre el más poderoso enemigo.

Este era, ciertamente, el final del relato, así como, frecuentemente, el del libro. La historia mostraba el auge, la culminación, el esplendor, la transición y la decadencia de imperios y estados. Parecía inconcebible que la misma serie de acontecimientos, que desde los tiempos de la reina Victoria recorrimos triunfalmente tres veces, se repitiera una cuarta vez y en una escala inconmensurablemente mayor. Y, sin embargo, esto es lo que ha sucedido y lo que hemos vivido.

La Gran Guerra se diferencia de todas las anteriores en la inmensa potencia de los contendientes y de los medios de destrucción empleados, y de las guerras modernas, en la extrema crueldad con que se combatió. Entraron en acción todos los horrores de todas las épocas, y no solo los ejércitos, sino también la población en masa, fueron arrojados a ellos. Los estados más civilizados implicados en la contienda creyeron, con razón, que su misma existencia estaba en peligro. Alemania, que había desencadenado este infierno, mantenía el régimen de terror; pero era seguida, paso a paso, por las desesperadas y castigadas naciones que había sojuzgado. Todo ultraje contra la humanidad y las leyes internacionales fue cobrado en represalias, muchas veces a gran escala y duraderas. Ni treguas ni negociaciones mitigaron el uso de las armas. Los heridos morían entre las líneas de fuego; abandonados, se convertían en polvo. Los barcos mercantes neutrales y los barcos hospital eran atacados y echados al fondo del mar, y los que iban a bordo, abandonados a su suerte, o se los mataba cuando intentaban salvarse. Se hizo toda clase de esfuerzos para someter por hambre a las naciones, sin consideración alguna al sexo y a la edad de sus habitantes. Las ciudades y los monumentos eran arrasados por la artillería, las bombas se lanzaban desde el aire indiscriminadamente, los gases asfixiantes ahogaron o marchitaron a los soldados en la flor de su juventud y se proyectaba fuego líquido sobre sus cuerpos, los hombres caían en llamas desde los aires o eran ahogados, muchas veces lentamente, en los lugares más apartados. La fuerza combativa de los ejércitos únicamente estaba limitada por el valiente tesón de sus países. Europa y gran parte de África se convirtieron en grandes campos de batalla en los que, después de años de lucha, se derrumbaron y desaparecieron, no tan solo los ejércitos, sino también las naciones. Cuando todo terminó, la tortura y el canibalismo fueron los dos únicos recursos a los que los estados civilizados, científicos y cristianos no recurrieron, tal vez, por ser de dudosa utilidad.

Pero nada arredró al valiente corazón del hombre; hijo de la Edad de Piedra, capaz de vencer a la naturaleza con todas sus desgracias y monstruosidades, arrostró la pavorosa y asimismo impuesta agonía con nuevas reservas de energía; con la mente libre de temores medievales, marchó hacia la muerte con dignidad consciente. En el siglo XX, su sistema nervioso fue capaz de soportar tensiones físicas y morales ante las cuales se hubieran derrumbado las simples naturalezas humanas de los tiempos primitivos. Luchó una y otra vez bajo los espantosos bombardeos, una y otra vez del hospital al frente, una y otra vez frente a los terribles submarinos; siempre, inflexible. Y con todo ello, individualmente, siempre conservó, aun a través de tanto tormento, las glorias de una mentalidad razonable y compasiva.

Al principio del presente siglo, los hombres no se daban cuenta de que el mundo seguía avanzando a un alto precio. Era necesaria la convulsión de la guerra para despertar a las naciones al conocimiento de su propia fuerza. Un año después de la guerra, apenas se había empezado a dar cuenta alguien de cuánto había de terrorífico y de casi inagotable en los recursos en acción, potencia, esencia y virtud, detrás de cada uno de los combatientes. Las redomas del rencor estaban llenas: tales eran las reservas de potencial. Desde el final de las guerras napoleónicas y, más aun, después de 1870, la acumulación de riqueza y bienestar en toda comunidad civilizada había ido en progresión continua, incluso cuando, aquí o allá, ocurriera un esporádico episodio de retroceso; las olas retroceden después de su avance, pero las mareas siguen su curso. Y cuando fue hecha la señal terrible del Armageddon, se mostró que la humanidad era mucho más fuerte en valor, tenacidad, cerebro, ciencia, maquinismo y organización, no solo de todo lo conocido hasta entonces, sino de cuanto hubiera podido imaginar el más audaz optimista.

La época victoriana fue la época de acumulación, no únicamente de opulencia material, sino también de aumento y acopio, en todos los países, de todos aquellos elementos que constituían el poder del Estado. La cultura se extendía entre los millones de seres de la Tierra. La ciencia había abierto la casa de los tesoros sin límites de la naturaleza, en la que se abría una puerta tras otra; fueron iluminados sucesivamente todos sus pasillos oscuros, se los exploró y quedaron accesibles; cada uno daba entrada, por lo menos, a otros dos más. Todas las mañanas, cuando el mundo despertaba, una nueva máquina había sido puesta en marcha, y al atardecer funcionaba aún y seguía su movimiento mientras el mundo dormía.

Y el avance de las ideas en el pensamiento general del hombre siguió un curso semejante. Disraeli dijo en los primeros años del siglo pasado: «En aquellos días, Inglaterra era para pocos… y para muy pocos». Cada día del reinado de la reina Victoria vio rotos y soprepasados aquellos límites. Cada año, nuevos millares de hombres llegaban a la condición privada de espíritu que los hacía pensar en su país, en su historia, en sus deberes respecto a los otros países, al mundo y al futuro, y comprendían la grandeza de la responsabilidad de la que eran herederos. Cada año se conseguía una mayor holgura entre las altas categorías del trabajo y se hicieron progresos substanciales para mitigar la dureza de vida de las masas. Se aumentó su estado general de salud, se amplió el tiempo de sus existencias y las de sus hijos, fue mayor su desarrollo físico y se multiplicaron las medidas de seguridad contra algunos de sus más graves infortunios.

Y por eso, cuando sonaron las trompetas, cada clase y categoría de individuo tenía algo que dar para las necesidades del Estado. Algunos daban su saber, otros sus riquezas, otros su iniciativa y energía en los negocios, algunos sus maravillosas proezas personales y otros su fuerza perseverante o su debilidad resignada. Pero nadie dio más, o lo dio más efectivamente, que el hombre y la mujer del pueblo, que solo tenían su precario salario como puente entre ellos y la miseria, y que poseían poco más que el pequeño ajuar de sus moradas humildes y los vestidos que llevaban puestos. Su amor y orgullo patrios, su lealtad a los símbolos que les eran familiares, su agudo sentido, según su punto de vista, de lo justo y de lo injusto, los llevaba a afrontar y soportar los peligros y demás pruebas, cuyo parangón no había sido conocido hasta entonces.

Pero estos avances no eran monopolio de ninguna nación. En todos los países libres, grandes o pequeños, creció este espíritu de patriotismo y nacionalidad, y en cada país, libre o no, la organización y la estructura en que estaban encuadrados sus habitantes por la ley recogían y alimentaban este espíritu. Más que sus vicios, fueron las virtudes de las naciones mal dirigidas por sus gobernantes la causa de su ruina y de la catástrofe general. ¿Hasta qué punto se podía culpar a esos gobernantes de Alemania, Austria e Italia o Francia, Rusia e Inglaterra? ¿Había realmente algún hombre de eminencia o responsabilidad reales cuyo diabólico corazón concibiera y deseara esta horrorosa guerra? En el estudio de las causas de la Gran Guerra, uno termina con la sensación general de un dominio deficiente de los individuos sobre los destinos mundiales. Constantemente se ha dicho: «Siempre hay más error que propósito en los asuntos humanos». Las mentes limitadas, incluso las de los hombres más capaces; su autoridad disputada; el clima de la opinión en que se mueven; sus contribuciones parciales o transitorias al magno problema, que los rebasa por su amplitud en escala y detalles, todo esto, todo, debe entrar en consideración antes de que pueda pronunciarse la absoluta condenación de los vencidos, o el descargo completo de los vencedores. Los acontecimientos se ponen en marcha de un modo que luego no pueden ser detenidos. Alemania avanzaba pavorosamente de un modo obstinado y fiero hacia el volcán y nos arrastraba con ella. Pero Francia era morada de duros resentimientos y en Rusia había un ambiente de intranquilidad. ¿Hubiera sido posible que Inglaterra, quizá mediante un esfuerzo, mediante algún sacrificio de nuestros intereses naturales o mediante algún gesto enérgico, amistoso y autoritario a un tiempo, hubiese llegado a reconciliar a Francia y Alemania, y formar así una unión en que estuviera salvaguardada la paz de Europa? No puedo saberlo. Solo sé que intentamos, del mejor modo posible, conducir a nuestro país a través de los peligros acumulados de una paz armada, sin llevarlo, ni llevar a los demás, a la guerra; y cuando fallaron estos esfuerzos, pasamos la tempestad salvando al país de su destrucción.

No es necesario mencionar las antiguas causas de las luchas entre los alemanes y los franceses para catalogar los conflictos que tanto daño hicieron durante siglos, ni tampoco hacer el balance de injurias y provocaciones por una u otra parte. Cuando, el 18 de julio de 1871, se consolidó el triunfo de los alemanes por la proclamación del Imperio alemán en el palacio de Versalles, se abrió un nuevo volumen de la historia de Europa: «Europa —se dijo entonces— ha perdido un ama de casa y ha ganado un dueño». Nació un estado nuevo y poderoso, mantenido por una gran población, equipado por la ciencia y la enseñanza, organizado para la guerra y coronado por la victoria. Francia, despojada de Alsacia y Lorena, derrotada, empobrecida, dividida y sola, condenada a una inferioridad decisiva y creciente, cayó para rememorar en silencio y aislada sus glorias pasadas.

Pero los dirigentes del Imperio alemán no se hicieron ilusiones, pues conocían el carácter formidable y la resolución implacable de su postrado antagonista. «Lo que hemos ganado por las armas en medio año —dijo Moltke— debemos protegerlo con las armas por medio siglo, si queremos que no nos lo vuelvan a arrebatar». Bismarck, más prudente aún, nunca habría anexionado a Lorena; pero, forzado por la presión militar a aceptar la doble carga, y en contra de su juicio, demostró desde el principio una extremada cautela en todos los actos de su política. Coaccionado por la opinión mundial y la decidida actitud de Gran Bretaña, no pudo anular a una Francia que resurgía en 1875, y orientó todo su genio y capacidad a la formación de un complicado sistema de alianzas destinado a asegurar la ascendencia continua de Alemania y el mantenimiento de sus conquistas. Sabía que la disputa con Francia era irreconciliable, a menos que se pagara un precio al que nunca se avendría Alemania, comprendió que la perseverante enemistad de un pueblo formidable era un hecho a tener en cuenta en la existencia del reciente Imperio. Todo tenía que estar supeditado a este hecho central. Alemania no podía soportar otros antagonismos. En 1879, Bismarck cerró una alianza con Austria. Cuatro años más tarde, se extendió aquella en la Triple Alianza entre Alemania, Austria e Italia. Mediante una alianza secreta, Rumanía se incorporó al sistema. Pero no era solo cuestión de asegurar, sino de reasegurar. Lo que él temía era la contralianza entre Francia y Rusia; y ninguno de estos extendidos compromisos trajo consigo este peligro. Por sí misma, la alianza con Austria debía provocar el natural acercamiento entre Francia y Rusia. ¿No podría llevar a cabo con una liga de tres emperadores la unión de Austria, Alemania y Rusia? Esto constituía, al fin, una fuerza predominante y una seguridad de permanencia. Cuando en 1887, después de seis años, fracasó este intento a consecuencia de los intereses encontrados de Rusia y Austria en los Balcanes, se orientó de nuevo hacia el medio más eficaz aún posible: su Tratado de «Contraseguridad» con Rusia. Por este acuerdo, Alemania se aseguraba contra una combinación agresiva de Francia y Rusia. Por otra parte, Rusia recibió la garantía de que la alianza germanoaustríaca no se emplearía en minar su posición en los Balcanes.

Todas estas precauciones y sabias medidas fueron tomadas con el objeto de permitir a Alemania disfrutar en paz de su victoria. El sistema de Bismarck incluía, además, el principio de buenas relaciones con Inglaterra. Esto era necesario, pues era bien conocido que Italia no acometería nada por su parte que pudiera envolverla en una guerra contra la Gran Bretaña, y había requerido, como más tarde se supo, que esta circunstancia quedara expresamente consignada en el texto original y secreto de la Triple Alianza. En los primeros años, Inglaterra favoreció a la Triple Alianza, con lo que Francia quedó relegada a cicatrizar sus heridas por sí sola; Alemania, asegurada su preponderancia en el continente, quedó en condiciones de hacer desarrollar los inmensos progresos industriales que caracterizaban el final del siglo XIX. Más tarde, Alemania animó a Francia a fomentar sus posesiones coloniales como consuelo y para apartar sus pensamientos de Europa, y a promover, incidentalmente, una adecuada rivalidad e incidentes con la Gran Bretaña.

Este estado de cosas en que Europa vivió rígidamente, pero en paz, durante veinte años, y en el que Alemania creció en fuerza y esplendor, terminó en 1890 con la caída de Bismarck. El Canciller de Hierro ya no actuaba, y nuevas fuerzas empezaron el asalto del sistema que él había mantenido hábilmente durante tanto tiempo. Había un peligro constante de conflagración en los Balcanes y en el Oriente Próximo debido al mal gobierno de Turquía. La corriente ascendiente del paneslavismo y los grandes movimientos antigermánicos en Rusia empezaron a actuar contra la existencia del tratado de la Triple Alianza; en estos últimos años, las ambiciones alemanas crecieron con la prosperidad. Alemania no se contentó con la hegemonía en Europa, buscó un dominio colonial. Ya antes, el mayor imperio militar había empezado a dirigir sus miradas al mar. Libre de Bismarck, el joven emperador, con la ayuda de complacientes colaboradores como el conde Caprivi y demás hombres inferiores que siguieron a aquel, empezó alegremente a prescindir de las garantías y precauciones en que se había cimentado la seguridad de Alemania. Mientras la querella con Francia subsistía abierta e imperecedera, cesó el Tratado de Contraseguridad con Rusia y, más tarde, comenzó la rivalidad naval con Inglaterra. Estas dos tristes decisiones fueron desenvolviéndose lentamente con el curso de los años y sus consecuencias se hicieron claras a su debido tiempo.

En 1892, el temido acontecimiento, contra el que había sido dirigida toda la política de Bismarck, tuvo lugar: fue pactada la alianza entre Francia y Rusia. Y aunque sus efectos no fueron inmediatamente visibles (de hecho, la situación europea había cambiado), de aquí en adelante, el indiscutible y soberbio predominio ejercido por Alemania fue sustituido por un equilibrio de fuerzas. Dos grandes combinaciones, que disponían de enormes recursos militares, vivieron juntas al principio, pero se fueron enfrentando gradualmente.

Aun cuando estas agrupaciones de grandes potencias se alteraron sensiblemente en perjuicio de Alemania, no había nada en el cambio que amenazara con la guerra a dicha nación. El espíritu perseverante de Francia no abandonó nunca el sueño de recuperar las provincias perdidas, pero el temperamento prevaleciente en este país era pacífico, y todas sus clases sociales estaban bajo la impresión de la potencia alemana y de las probables consecuencias de la guerra.

Sin embargo, los franceses nunca estuvieron seguros de la actitud de Rusia en una guerra únicamente entre Francia y Alemania. Ciertamente existía el tratado, pero para que este fuera operante requería agresión previa por parte de Alemania. ¿En qué consistía una agresión? ¿Hasta qué punto puede ser aclarado cuál es el agresor en el caso de una contienda entre dos contrincantes fuertemente armados? De todos modos, existía un ancho campo de acción discrecional por parte de Rusia, que en todos estos aspectos sería el juez, y tendría que ser juez precisamente en el momento en que tuviera que ordenar al pueblo ruso sacrificar millones de sus componentes en una lucha entre dos naciones en la que Rusia no estaba directamente relacionada. La palabra del zar era, por supuesto, una gran garantía. Pero los zares que intentaran dirigir a sus naciones, aun de un modo honorable, en guerras impopulares podían desaparecer. La política de un gran pueblo, aunque estuviese ligada directamente a una persona, era susceptible de modificación cuando esta desaparecía. Francia, por consiguiente, no podía estar nunca segura de que, si en alguna ocasión hacía resistencia a los designios de Alemania y se declaraba la guerra, Rusia acudiría en su ayuda.

Tal era el pesado equilibrio que había sucedido a la incuestionable ascendencia de Alemania. Inglaterra permanecía fuera de los dos grupos, segura en la preponderancia, hasta ahora indiscutible, de su marina de guerra. Era evidente que la posición del Imperio británico aumentaba en importancia como consecuencia del hecho de que su adhesión a una u otra Alianza decidiría el predominio de fuerzas. Pero lord Salisbury no mostró deseos de explotar esta favorable situación y mantuvo firmemente la amistosa y tradicional actitud respecto a Alemania, combinada con un frío desprendimiento de todos los embrollos europeos.

A Alemania le fue muy fácil perder contacto con Rusia, pero la pérdida de contacto con Inglaterra fue un proceso más largo. Para ello tenían que ser demolidos muchos puntales y ataduras. Los recelos británicos de Rusia en Asia; el antagonismo histórico con Francia; el recuerdo de Blenheim, de Minden y de Waterloo; las conexiones comerciales entre Alemania e Inglaterra; la relación entre las familias reales, todo ello constituía una asociación profunda entre el Imperio británico y el estado rector de la Triple Alianza. La política británica no cobijó el propósito de obstruir las nuevas aspiraciones coloniales de Alemania, y más de una vez, como por ejemplo en Samoa, se prestó ayuda a esta nación. Con un completo desentendimiento de consideraciones estratégicas, lord Salisbury cambió Heligoland por Zanzíbar. Pues bien, incluso antes de la caída de Bismarck, los alemanes no parecían tener una diplomacia amiga de Inglaterra. Parecía que siempre estaban buscando conquistar nuestra ayuda y nos recordaban que eran nuestros únicos amigos. Para recalcarlo llegaron aún más lejos: trataron, mediante medios de menor cuantía, enemistarnos con Francia y Rusia. Cada año, la Wilhelmstrasse inquiría algún nuevo servicio o concesión de la corte de St. James que mantendría activa la buena voluntad diplomática alemana para otra ocasión. Cada año hacía algo perjudicial para nosotros frente a Francia y Rusia, y hacía correr el estribillo de lo impopular que era Inglaterra, los enemigos poderosos que tenía, y lo contenta que estaba con encontrar algún amigo en Alemania. ¿Qué sería de Gran Bretaña en los consejos de Europa sin la asistencia de Alemania, o si esta pusiese su influencia en la combinación opuesta? Estas manifestaciones, prolongadas durante cerca de veinte años, produjeron unas sensaciones claramente de hostilidad en las mentes de la generación que subía en Asuntos Exteriores.

No obstante, ninguna de estas tristes tretas de los diplomáticos alemanes variaron el curso de la política británica. La expansión colonial de Alemania era observada con indiferencia por el Imperio británico. A pesar de la rivalidad en el comercio, se producía una conexión comercial más grande entre las dos naciones. Eran entre sí los mejores clientes. Incluso el telegrama del emperador al presidente Kruger, 1896, debido a la incursión de Jameson (que ahora sabemos que no fue un acto personal, sino del Gobierno alemán) produjo solo una indignación pasajera. Todas las manifestaciones del descontento alemán contra Inglaterra, con motivo de la guerra bóer y con intención de formar una coalición europea contra nosotros, no impidieron a mister Chamberlain abogar, en 1901, por una alianza con Alemania, o que Asuntos Exteriores propusiera, el mismo año en que se concluyó la alianza entre Inglaterra y Japón, que se formase una triple alianza incluyendo a Alemania en ella. Durante este período tuvimos, al menos, tantas diferencias con Francia como con Alemania, y la suficiente superioridad naval para no sentirnos inquietos por ninguna de las dos; permanecimos igualmente apartados de la Triple Alianza como de la Doble, pues no teníamos la menor intención de inmiscuirnos en una contienda europea. Los esfuerzos de Francia para reconquistar las dos provincias perdidas nunca se dirigieron al pueblo británico o a alguno de sus partidos políticos en forma de súplica. La idea de que el ejército británico pudiera luchar en el continente entre las poderosas huestes europeas era rechazada por todos como completamente absurda. Únicamente una amenaza contra la vida misma de la nación podría remover al Imperio británico de su desvío, plácido y tolerante, de los asuntos del continente. Pero Alemania estaba predestinada a suponer semejante amenaza.

«Inglaterra necesita —decía Moltke en su Testamento Militar— un aliado fuerte entre las grandes potencias del continente; no encontrará ninguno que corresponda mejor a todos sus intereses que una Alemania unida, que no puede nunca reclamar el dominio de los mares.»

Desde 1873 hasta 1900, la marina de Alemania no fue concebida para afrontar la posibilidad de una «guerra naval contra grandes potencias». Pero a partir de 1900 fue otra la norma.

«La protección de la industria y el comercio alemanes en las condiciones actuales —decía el preámbulo del documento— solo puede hacerse con el auxilio de una flota al servicio de Alemania, de tal manera que, incluso para el adversario más poderoso, la guerra naval entrañase los riesgos necesarios para hacer dudosa la supremacía de dicho adversario.»

La determinación de la potencia militar más fuerte del continente para llegar a ser al mismo tiempo, como mínimo, la segunda potencia naval era un acontecimiento de primera magnitud en los asuntos mundiales. Si ello se llevaba a efecto, significaría, sin duda alguna, la reproducción de aquellas situaciones que habían demostrado, en épocas anteriores de la historia, ser de una significación pavorosa para los habitantes de las islas Británicas.

Hasta este momento, todas las orientaciones navales de Inglaterra se fundaron a base de dos potencias tipo, es decir, a base de una superioridad adecuada sobre las dos potencias inmediatas más fuertes en aquellos días, Francia y Rusia. La posible adición de una tercera potencia europea aún más fuerte que una de aquellas dos afectaría profundamente a la vida de Gran Bretaña. Si Alemania creaba una flota manifiestamente equiparable a la nuestra, no podíamos consentir permanecer en un «aislamiento magnífico» de los asuntos de Europa. En estas condiciones, debíamos encontrar un amigo digno de confianza. Este amigo fue un imperio isleño situado en el otro extremo del globo y también en peligro. En 1901, se firmó la alianza entre Inglaterra y Japón. Menos aun podíamos consentir tener peligrosas causas de disputa con Rusia y con Francia. En 1902, el Gobierno británico, regido por mister Balfour y lord Lansdowne, emprendió decididamente la política de solventar nuestras diferencias con Francia e incluso antes de dar estos pasos, se tendió de nuevo la mano a Alemania; fue invitada a formar parte de nuestra alianza con Japón, fue invitada a hacer un esfuerzo conjunto para resolver el problema de Marruecos. Fueron rechazadas ambas ofertas.

En 1903, estalló la guerra entre Rusia y Japón. Alemania simpatizaba francamente con Rusia; Inglaterra estaba dispuesta a cumplir sus compromisos con Japón, cultivando al mismo tiempo buenas relaciones con Francia. En este estado de cosas, las potencias esperaron el resultado de la contienda en el Extremo Oriente. Este resultado sorprendió a todas las potencias, excepto a una. La derrota militar y naval que infligió Japón a Rusia y las convulsiones internas en este último país produjeron cambios profundos en la situación europea. Aun cuando Alemania había dirigido su influencia contra Japón, se sintió enormemente reforzada por el colapso ruso. Su predominio en el continente quedó restablecido. Su propia aserción en cualquier aspecto pesaba y se pronunciaba inmediatamente. Francia, por otra parte, se debilitaba y, de momento aislada y en peligro efectivo, buscaba ansiosamente una entente con Gran Bretaña. Inglaterra, cuyos hombres de estado eran los únicos que habían estimado exactamente la fuerza marcial de Japón, ganó considerablemente en fuerza y seguridad. Japón, su nuevo aliado, estaba triunfante; Francia, su antigua enemiga, buscaba su amistad; la flota alemana estaba todavía en los astilleros y, mientras tanto, todos los barcos de guerra británicos en China pudieron regresar, a salvo, a sus bases.

El ajuste de las diferencias subsistentes entre Francia e Inglaterra siguió su curso y, finalmente, en 1904, se firmó el acuerdo entre ambas naciones. En él había varias cláusulas, pero la esencia del pacto era que Francia desistía de oponerse a los intereses británicos en Egipto, e Inglaterra daba su ayuda a las aspiraciones francesas en Marruecos. Este acuerdo fue aclamado por los conservadores británicos, en los que había prendido ya la idea de la amenaza alemana. También fue bien acogido, con poca perspicacia, por los liberales, como un paso para asegurar la paz general mediante el despeje de incomprensiones y diferencias con nuestra enemiga tradicional. Es decir, el convenio fue bien recibido casi universalmente. Solo un observador inteligente levantó la voz en contra. «Mi triste y suprema convicción —decía lord Rosebery— es que este acuerdo conducirá probablemente a complicaciones y no a la paz.» Este comentario de desaprobación fue impugnado con indignación y desde amplios sectores de los dos partidos políticos británicos, y el autor fue, en general, censurado.

Así, apaciblemente, Inglaterra, y todo lo que ella representaba, había abandonado su aislamiento, y apareció en Europa al lado contrario a Alemania. Por primera vez, desde 1870, Alemania tenía que tomar en consideración a una potencia fuera de su órbita que no era susceptible de arredrarse ante amenazas, y a la que no se podía combatir, si fuese necesario, sin ayuda. La forma en que fue barrido Delcassé del poder en el año 1905, y la aparición «del brillante aparato militar» con que hubo que contener a Rusia en 1908, no serían de tanta eficacia ante el cinturón defensivo de las islas Británicas con su flota dueña de los mares.

Hasta este momento, la Triple Alianza había sido más fuerte que Francia y Rusia. Aun cuando la guerra contra estas dos potencias hubiera sido una empresa formidable por parte de Alemania, Austria e Italia, su resultado final no parecía dudoso. Pero si Inglaterra, con su fuerza, se ponía en el platillo contrario de la balanza, e Italia se retiraba del otro, entonces, y por primera vez, Alemania no podía estar segura de hallarse en el lado más fuerte. ¿Se resignaría a ello? ¿Las ambiciones y aserciones crecientes y bruscas del nuevo gran Imperio consentirían una situación en la que, sin duda con mucha cortesía, quizá muy gradualmente, pero siempre con firmeza, tendría que ser aceptada la impresión de que su voluntad no era ya ley decisiva de Europa? Si Alemania y su emperador aceptaban los límites a los que se habían acostumbrado desde hacía tiempo Francia, Rusia e Inglaterra, y querían vivir, dentro de sus derechos, en un plano de igualdad en un mundo cómodo y libre, todo iría bien. Pero ¿querría Alemania? ¿Toleraría su asociación con un tipo de naciones ajenas a su órbita, lo bastante fuertes para examinar sus aspiraciones en vista solo de los méritos aducidos, y para resistir las provocaciones sin temor? Los próximos diez años de historia estaban destinados a dar la respuesta.

Estos antagonismos de las grandes potencias se iban ordenando y se armaban paulatina y continuamente. Al lado de estos antagonismos, se desarrollaban simultáneamente procesos de degeneración en imperios más débiles y que eran igualmente peligrosos para la paz. Había fuerzas latentes en Turquía que amenazaban la destrucción del viejo régimen y de sus abusos, al cual Alemania había decidido apoyar. Los estados cristianos de los Balcanes, crecientes en fuerza año por año, esperaban una oportunidad para liberar a sus compatriotas que padecían el desgobierno turco. El despertar del sentimiento nacional en cada país creó grandes tensiones y coacciones en el incómodo y variado embrollo del Imperio austrohúngaro. En este sentido, los estados balcánicos vieron ante sí compatriotas que rescatar, territorio que recobrar y unidades que concertar. Italia vigilaba atentamente la decadencia de Turquía y la intranquilidad de Austria. Era seguro que de todas estas regiones del Sur y del Este surgirían una serie de acontecimientos perturbadores para Rusia y para Alemania.

Para crear las condiciones desfavorables para sí misma, en las que Alemania produjo la guerra, eran, sin embargo, todavía necesarios muchos actos de absoluta imprudencia por parte de sus gobernantes. Francia tenía que ser mantenida en estado de recelo continuo. La nación rusa, no solo su corte, tenía que ser excitada por alguna afrenta violenta infligida en sus momentos de debilidad. El lento, profundo y limitado resentimiento británico tenía que ser aumentado por el constante y repetido desafío a su potencia naval, a la que Inglaterra debía su existencia. Y solo así, paulatinamente, podían crearse aquellas condiciones en las que Alemania, mediante un acto de agresión, se enfrentaría con un conjunto de naciones suficientemente fuerte para resistir y, finalmente, sobrepasar su potencia. Había que recorrer todavía un largo camino para que las redomas del furor estuvieran llenas. Durante diez años tuvimos que seguir ansiosamente este camino.

Hubo un tiempo en que estuvo de moda escribir como si el Gobierno británico fuera completamente inconsciente del peligro que se avecinaba, o como si tuviera una porción de asuntos secretos y profundas corazonadas en su mente, escondiendo ambas cosas al incauto país. Sin embargo, ninguna de estas alternativas, tomadas por separado, eran ciertas; aunque, tomadas en conjunto, hubiese cierto punto de verdad en ambas.

El Gobierno británico y los parlamentos de donde procedía no creían en la proximidad de una guerra, y estaban determinados a prevenirla. Pero, al mismo tiempo, la siniestra hipótesis estaba continuamente en sus pensamientos e inquietaba repetidamente a los ministros a través de incidentes y tendencias alarmantes.

Durante el transcurso de estos diez años, esta dualidad y estas discordancias fueron la nota sobresaliente de la política británica, y aquellos cuyo deber era vigilar por la seguridad del país vivían, simultáneamente, en dos mundos diferentes del pensamiento. Había el actual mundo visible con actividades pacíficas y fines cosmopolitas, y había en un mundo hipotético, un mundo «en el umbral», que parecía un instante completamente fantástico, y en el siguiente próximo a caer en la realidad. Un mundo de sombras monstruosas moviéndose convulsas a través de panoramas de catástrofes insondables.

II. Mojones en la ruta hacia Armageddon2

II

Mojones en la ruta hacia Armageddon2

1905-1910

Si el lector quiere seguir esta narración y el punto de vista desde el que ha sido escrita, debe seguir con el pensamiento cada esfera de origen. Debe conocer no solo la situación militar y naval previa al estallido de la contienda, sino también los acontecimientos que condujeron a este. Debe estar familiarizado con los almirantes y generales; debe estudiar la organización de ejércitos y armadas, y los principios de su estrategia por tierra y por mar; no debe asombrarse ante los diseños de barcos o de cañones; debe extender su vista a las agrupaciones y antagonismos, lentamente crecientes, de los estados modernos; debe comprender esto para seguir la humillante, pero inevitable, guerra de los partidos y el juego de fuerzas políticas y de sus personalidades.

Las dramatis personae del capítulo precedente han sido los grandes estados e imperios, y su tema, su situación en el mundo y las combinaciones de los mismos. Ahora la escena se empequeñecerá por un momento al marco de estas islas, ocupadas por personajes y facciones políticas del pasado y del presente.

En el año 1895 tuve el privilegio, como joven oficial, de ser invitado a un lunch con sir William Harcourt. En el curso de una conversación en la que tomé parte, pregunté, temo que no con mucha modestia: «¿Qué sucederá?». El viejo estadista victoriano replicó: «Mi querido Winston, las experiencias de mi larga vida me han convencido de que nunca sucede nada». Desde aquel momento, tal como me parece a mí, nada ha dejado de ocurrir. El aumento por doquier de grandes antagonismos vino acompañado por la agravación progresiva de la contienda política del país. La magnitud que han adquirido por sí mismos los acontecimientos ha empequeñecido los episodios de la época victoriana: sus pequeñas guerras entre grandes naciones, sus disputas de buena fe sobre asuntos superficiales, el alto y agudo intelecto de sus personajes, los límites de acción sobrios, frugales y estrechos, todo esto pertenece a un período desaparecido. Los ríos suaves por los que navegábamos, con sus pequeños remolinos y ondas, parecen inconcebiblemente remotos de la catarata a que hemos sido arrastrados y de las corrientes en cuya turbulencia estamos ahora luchando.

Yo cifro el comienzo de estos tiempos violentos en nuestro país desde la incursión de Jameson, en el año 1896. Este fue el heraldo, si no el progenitor, de la guerra sudafricana. De la guerra sudafricana nacieron la elección caqui, el movimiento proteccionista, la campaña sobre la mano de obra china y la consiguiente reacción liberal y su triunfo del 1906. A partir de aquí, se produjeron las violentas incursiones de la Cámara de los Lores sobre el Gobierno popular, que, hacia fines del 1908, había reducido la inmensa mayoría liberal a una virtual impotencia, de cuya condición fue rescatada por la Ley de Presupuestos de Lloyd George en 1909. A su vez, esta medida fue, por ambas partes, la causa de aun mayores provocaciones, y su rechazo por la Cámara de los Lores fue un ultraje constitucional y un desatino político sin parangón. Ello condujo directamente a las elecciones generales de 1910, a la ley o estatuto parlamentario y a la lucha de Irlanda, en la que nuestro país estuvo en el umbral de la guerra civil. De este modo se produjo una sucesión de acciones de partido que continuaron, sin interrupción, cerca de veinte años: cada injuria era devuelta con creces, cada oscilación era más violenta, cada peligro más grave, hasta parecer que tendría que suplicarse la intervención del sable para enfriar la sangre y calmar las pasiones exaltadas.

En julio de 1902, se retiró lord Salisbury; en lo que ahora nos parece un breve intermedio, había sido primer ministro y secretario de Asuntos Exteriores desde 1885. En estos diecisiete años, el Partido Liberal nunca ejerció una intervención efectiva sobre la administración del país. Su breve estancia en el poder había sido obtenida solo por una mayoría de cuarenta votos de los nacionalistas irlandeses. Durante trece años, los conservadores habían disfrutado de mayorías homogéneas de cien a ciento cincuenta votos, y en adición había aún la Cámara de los Lores. Este largo disfrute del poder había llegado, en este momento, a su fin. El deseo de cambio, la sensación de que este era inminente, se extendió. Fue el final de una época.

Lord Salisbury fue seguido por mister Balfour. El nuevo primer ministro no tuvo suerte. Recibió una herencia agotada. Ciertamente, su derrotero más prudente hubiera sido el abandono del poder honorablemente, sin ruido y, sobre todo, lo más rápidamente posible. Podría haber dicho, con razón, que el parlamento de 1900 había sido elegido en situación de guerra o al término de la misma, que la guerra había acabado con éxito, que el mandato había caducado y que debía recurrir al juicio de los electores antes de seguir adelante con su tarea. No hay duda alguna de que los liberales habrían llegado al poder, pero no por gran mayoría, y habrían tenido que enfrentarse a una oposición conservadora fuerte y unida, que a los cuatro o cinco años, hacia 1907, habría reasumido una intervención efectiva sobre el Estado. Las sólidas filas del Partido Conservador que aclamaron el acceso al poder de mister Balfour como primer ministro no estaban dispuestas a ser rechazadas de sus distritos electorales cuando el Parlamento tenía solo dos años y debía aún funcionar durante otros cuatro o cinco más. Por consiguiente, mister Balfour se entregó a sus deberes de gobierno con una serena indiferencia al creciente rechazo de la opinión pública y a la consolidación de las fuerzas hostiles que se estaban organizando a su alrededor.

Mister Chamberlain, su poderoso lugarteniente, no se hacía ilusiones. Percibió, con aguda sensibilidad política, la fuerza creciente de la marea desencadenada contra la combinación del momento. Pero, en vez de seguir procedimientos de moderación y prudencia, se dejó arrastrar a un remedio desesperado debido al ardor de su naturaleza. Se reprochó al Gobierno ser reaccionario. Los conservadores moderados y los jóvenes estaban todos procurando una política liberal conciliatoria. La oposición avanzaba esperanzada hacia el poder, apoyada por una corriente de irritados clamores. Mister Chamberlain les demostraría a ellos y a sus amigos vacilantes y fatigados cómo era posible apagar la indignación con la violencia y sacar los medios de una victoria popular del mismo corazón de la reacción. Desplegó la bandera del proteccionismo.

El tiempo, la adversidad y la reciente ley de Enseñanza habían unido a los liberales; la Protección, o Reforma de Tarifas, como fue llamada, dividió a los conservadores. Últimamente habían dimitido seis ministros, y cincuenta miembros conservadores y unionistas negaron definitivamente su apoyo al Gobierno. Entre ellos había cierto número de elementos jóvenes, de los que un partido político debe sacar nueva fuerza e iniciativa y que son especialmente necesarios durante los períodos de oposición. El proceder de los Unionistas del Librecambio fue apoyado, indirectamente, por lord Salisbury con su retirada, y sostenido eficazmente por pilares del Partido Unionista tales como sir Michael Hicks-Beach y el duque de Devonshire. El Partido Conservador no había sufrido pérdidas tan importantes desde la expulsión de los partidarios de Peel.

Pero mister Balfour no tenía la intención de empezar su gestión con un acto de abdicación, y menos aún de consentir que se le arrebatara el poder de la mano. No obstante, consideró la división del Partido como la peor de las catástrofes interiores, y la responsabilidad de la misma como un inexorable sino. En consecuencia, trabajó con asombrosa paciencia y sangre fría para conservar una apariencia de unidad, para calmar la tempestad y resistir tanto tiempo como fuera posible con la esperanza de subsistir. Con la mayor sutilidad e ingenuidad imaginó una serie de fórmulas destinadas a la opinión, que discrepaba profundamente, para convencerla de que, realmente, estaban de acuerdo. Cuando tuvo efecto la dimisión de los ministros, tuvo buen cuidado en hacer correr tanta sangre proteccionista como del Librecambio y en partes lo más iguales posible. Igual que Enrique VIII, decapitó papistas y quemó evangelistas en el mismo día, a causa de sus respectivas divergencias en direcciones contrarias a su central, personal y artificial término medio.

Mister Balfour se mantuvo en esta desagradable posición por espacio de dos años. Vano fue el clamor por unas elecciones generales, vanas las provocaciones de los aspirantes al poder, vanas las peticiones de los amigos y los intentos de los enemigos para forzar un resultado decisivo. El primer ministro permanecía inamovible, inagotable e imperturbable, y subsistió como primer ministro. Su claro y justo espíritu, apartado de las pequeñas cuestiones, resistió indiferente al clamor que se formó a su alrededor. Continuó, como ya se ha dicho, una política de apoyo completo a Japón, a través del crítico período de la guerra rusojaponesa. Por otra parte, resistió a todas las tentaciones para hacer del hundimiento de nuestros pesqueros por la flota rusa en el banco Dogger una ocasión para declarar la guerra a Rusia. Formó el Comité de Defensa Imperial, el instrumento de nuestra preparación. A través del convenio con Francia en 1904, llevó a cabo un hecho cuya importante significación fue mencionada en el precedente capítulo. Pero, en 1905, la política británica no se preocupaba por ninguna de estas cosas. El crédito del Gobierno caía continuamente; el proceso de degeneración del Partido Conservador continuaba. Creció rápidamente la corriente de oposición y se produjo la unificación de todas las fuerzas opuestas a un régimen moribundo.

Por último, en noviembre de 1905, mister Balfour presentaba su dimisión como primer ministro al rey. Se formó el gobierno de sir Henry Campbell-Bannerman, que convocó, en enero, las elecciones. Este gobierno representaba las dos alas en que se había dividido el Partido Liberal a causa de la guerra bóer. Los liberales imperialistas, tan distinguidos por sus personas de talento, ocuparon algunos de los ministerios más importantes. Mister Asquith fue a Hacienda, sir Edward Grey a Asuntos Exteriores; mister Haldane ocupó la Secretaría de Estado para la Guerra. Por otra parte, el primer ministro, que representaba la principal corriente de la opinión liberal, designaba a sir Robert Reid para lord gran canciller (Justicia) y a mister John Morley para secretario de Estado para la India, estos dos estadistas habían condenado incesantemente la guerra, sin proponer medidas actuales contra la guerra en África del Sur. Y mister Lloyd George y mister John Burns pasaron a formar parte del Gabinete, aunque fueron políticos democráticos que habían ido aún más lejos. La dignidad de la Administración fue honrada por las figuras venerables de lord Ripon, sir Henry Fowler y el recién regresado virrey de la India, lord Elgin.

El resultado de las votaciones en enero de 1906 fue un derrumbamiento de los conservadores. Nunca, desde las elecciones siguientes a la gran ley de Reforma, había ocurrido nada comparable en la historia parlamentaria de Inglaterra. Por ejemplo, en Manchester, que era uno de los puntos más importantes de la contienda electoral, mister Balfour y ocho colegas conservadores fueron derrotados y reemplazados por nueve liberales o laboristas. Después de cerca de veinte años en el poder, la fuerza de los conservadores en la Cámara de los Comunes se redujo a ciento cincuenta votos. Los liberales habían conseguido la mayoría con más de un centenar de votos sobre todos los demás partidos combinados. Los dos grandes partidos arguyeron grandes agravios, y contra el desaguisado de las elecciones caqui y su mal resultado se puso en marcha el contraclamor sobre el asunto de la mano de obra amarilla.

Aún estaba recibiendo sir Henry Campbell-Bannerman las ovaciones clamorosas de liberales, pacifistas, partidarios de una política exterior no agresiva y antimilitarista, de todas las partes del país, cuando fue amonestado por sir Edward Grey para que atendiera a sus funciones de un modo muy diferente. La Conferencia de Algeciras estaba agonizando. Cuando se dio a conocer por primera vez el acuerdo anglofrancés referente a Egipto y Marruecos, el Gobierno alemán aceptó la situación sin protesta ni queja alguna. El canciller alemán, príncipe Bülow, había declarado en 1904 que no había nada en dicho acuerdo que pudiera ofender a Alemania. «Lo que tenemos ante nosotros es un intento por vías amistosas para eliminar cierto número de diferencias existentes entre Inglaterra y Francia. Nada tenemos que objetar a esto desde el punto de vista del interés alemán.» Sin embargo, los partidos Pangermánico y Colonial originaron una agitación seria y molesta para el Gobierno alemán; bajo la presión de estos, la actitud del Gobierno tuvo que cambiar y, en el último año, Alemania fustigó abiertamente el acuerdo y buscó una oportunidad para exponer sus reivindicaciones en Marruecos. Esta oportunidad no se hizo esperar mucho.

A principios de 1905, llegó una misión francesa a Fez. Su lenguaje y sus acciones parecían mostrar sus intenciones de tratar a Marruecos como un protectorado francés, olvidando así las obligaciones internacionales dimanadas del Tratado de Madrid. El sultán de Marruecos recurrió a Alemania preguntando si Francia estaba autorizada para hablar en nombre de Europa. Ello permitió a Alemania avanzar como paladín de un acuerdo internacional sugiriendo que Francia lo estaba violando. Detrás de todo esto estaba la clara intención de demostrar que Francia no se podía permitir, como consecuencia de su convenio con Inglaterra, ofender a Alemania. La actitud que adoptó esta última fue de carácter violento. El emperador alemán fue persuadido para ir a Tánger, y allí, en contra de su buen juicio, el 31 de marzo de 1905, profirió en un lenguaje inflexible, elegido por sus ministros, un claro desafío a Francia. Este discurso fue muy difundido por el Ministerio de Asuntos Exteriores alemán. Casi inmediatamente (11 y 12 de abril) se enviaron dos comunicaciones amenazadoras a París y Londres, pidiendo una conferencia de todas las potencias signatarias del Tratado de Madrid. Alemania empleó todos los medios para hacer comprender a Francia que si rehusaba la conferencia se produciría la guerra, y para hacer mayor hincapié en esta actitud salió de Berlín un enviado especial3 hacia París con este único objeto.

Francia no estaba preparada en absoluto para una guerra, su ejército estaba en mal estado, Rusia estaba incapacitada, además, Francia no defendía una buena causa. Sin embargo, el ministro de Asuntos Exteriores, monsieur Delcassé, no quería ceder. La actitud germana llegó a ser más amenazadora, y, el 6 de junio, el Gabinete francés de monsieur Rouvier aceptó unánimemente, casi ante la boca de los cañones, iniciar una conferencia y monsieur Delcassé dimitió.

Alemania había llevado a buen término sus propósitos. Bajo una amenaza directa de guerra, Francia fue obligada a doblegarse a su voluntad y a sacrificar al ministro que había negociado el acuerdo con Inglaterra. El Gabinete Rouvier buscó ansiosamente una solución amistosa que ahorrarra a Francia la humillación de una conferencia impuesta en estas circunstancias, pero asegurara concesiones substanciales a Alemania. No obstante, el Gobierno alemán estaba dispuesto a explotar su victoria hasta el máximo y a hacer que la situación francesa no fuera cómoda, ni antes, ni durante la conferencia. Esta se produjo, en consecuencia, en Algeciras el mes de enero de 1906.

Fue entonces cuando apareció Inglaterra en escena, aparentemente tranquila y nada afectada por sus disputas internas. No había animado, en modo alguno, a Francia a rehusar la conferencia. Pero si Francia tuviera que soportar una guerra con Alemania como resultado directo del acuerdo francoinglés concertado a la luz del día, estaba claro que Gran Bretaña no podía permanecer indiferente. En consecuencia, sir Henry Campbell-Bannerman autorizó a sir Edward Grey para apoyar decididamente a Francia en Algeciras. También autorizó, casi como primer acto de lo que iba a ser una era de paz, economías y reformas, el principio de conversaciones militares entre los estados mayores de Francia e Inglaterra con vistas a una acción concertada en caso de guerra. Este fue un paso de profunda significación y de reacciones de mucho alcance. De aquí en adelante, las relaciones de los estados mayores fueron de una intimidad creciente y confidencial. Las inteligencias de nuestros militares se orientaron definitivamente en una dirección determinada. La confianza recíproca creció continuamente con una serie de contactos militares, superadas las mutuas reservas. De todos modos, los dos gobiernos pudieron convenir y afirmar mútuamente y de forma explícita que no había compromiso político o nacional en estas discusiones técnicas, pero este hecho persistió constituyendo un lazo de unión excesivamente fuerte.

La actitud de Gran Bretaña en Algeciras inclinó la balanza en contra de Alemania. Rusia, España y otras naciones firmantes se pusieron del lado de Francia e Inglaterra. Austria manifestó a Alemania los límites que ella no rebasaría. De este modo, Alemania se encontró aislada, y todo lo que había ganado con sus amenazas de guerra se evaporó en la sesión del Consejo Internacional. Al final, un acuerdo sugerido por Austria permitió a Alemania retirarse sin pérdida manifiesta de su dignidad. No obstante, de todos estos acontecimientos se derivaron serias consecuencias. Los sistemas en los que Europa estaba dividida se habían cristalizado y consolidado. Alemania sintió la necesidad de ligar a Austria más fuertemente. Su claro intento de amedrentar a Francia había producido una profunda impresión en la opinión pública francesa. Fue llevada a cabo una reforma completa e inmediata del ejército francés y la entente con Inglaterra fue confirmada y reforzada. Algeciras fue un mojón en la ruta hacia Armageddon.

La enfermedad y muerte de sir Henry Campbell-Bannerman, a principios del año 1908, abrieron el camino a mister Asquith. El ministro de Hacienda había sido el lugarteniente del finado primer ministro y, mientras las fuerzas de su jefe decaían, él fue asumiendo, cada vez más, la carga. Se encargó personalmente de llevar adelante la ley de Licenciamiento, que iba a ser el asunto más importante en la temporada parlamentaria de 1908, y gracias a ello podía contar con la sumisión de una parte extrema y doctrinaria de su partido de la que estaba separado a causa de su imperialismo. Resolvió aliarse con las dotes democráticas y creciente reputación de mister Lloyd George. De este modo se produjo suavemente el traspaso de poderes. Mister Asquith fue primer ministro; mister Lloyd George ocupó el cargo de canciller del Tesoro y de segundo de a bordo en el Gobierno. El nuevo gabinete, al igual que el antiguo, era una encubierta coalición. Quedó marcada, bien distinta, una línea de separación entre los elementos radicalpacifistas, que habían seguido a sir Henry Campbell-Bannerman y constituido la mayoría del Gabinete y del Partido, de una parte, y los del ala imperialista liberal, de la otra. Mister Asquith, como primer ministro, tenía que adoptar una posición imparcial, pero su espíritu y simpatías estaban siempre con sir Edward Grey, el Ministerio de la Guerra y el Almirantazgo, y en toda ocasión en que fue obligado a pronunciarse se puso concretamente a su lado. Sin embargo, no le fue permitido dar a sir Edward Grey el mismo apoyo eficiente, en el grado que él hubiera querido, que le había prestado antes sir Henry Campbell-Bannerman. La palabra del antiguo jefe era ley para los extremistas de su partido, que estaban dispuestos a aceptar cuanto dijese, pues estaban completamente seguros de que no haría nada en asuntos de defensa y de política exterior que no fuera absolutamente necesario, y que lo haría del modo menos a propósito para dar satisfacción a los sentimientos de los partidarios de una política exterior agresiva. Mister Asquith, en cambio, había distado mucho de ser «incólume» en la guerra bóer y era amigo de toda la vida del secretario de Asuntos Exteriores, que se había desviado del sendero estricto en los campos patrióticos. Por consiguiente, era sospechoso en cierto sentido, y cada paso que daba en asuntos exteriores era cuidadosamente vigilado por los ancianos del Sanhedrín. Si las conversaciones militares con Francia no hubieran sido autorizadas por sir Henry Campbell-Bannerman y no pudiera citarse en su justificación su virtud política, dudo mucho que dichas conversaciones pudieran haber empezado o continuado con mister Asquith.

Desde que crucé la puerta de la Cámara de los Comunes en 1904, con el lema del librecambio, he trabajado en inmediato contacto político con mister Lloyd George, que fue el primero en darme la bienvenida. Nos sentamos y actuamos juntos en el período de oposición que precedió a la caída de mister Balfour y estuvimos de acuerdo durante el gobierno de sir Henry Campbell-Bannerman, en el que serví como subsecretario de Estado para las Colonias. Esta colaboración continuó cuando entré a formar parte del nuevo gabinete como presidente de la Comisión de Comercio, y en general, aunque desde distintos puntos de vista, apoyamos a los que querían parar los pies a los incorregibles en política exterior y armamentos. Debe quedar bien entendido que estas diferencias de actitud y carácter, que se reproducen en varias formas en la poderosa Administración británica, no eran inconveniente para el mantenimiento de unas relaciones agradables y armoniosas entre los principales personajes, y nuestros asuntos, intercalados con otros servicios, seguían su curso en un ambiente de cortesía, amistad y buena voluntad.

No pasó mucho tiempo hasta que se produjo la siguiente crisis europea. El 5 de octubre de 1908, Austria, sin consulta ni aviso previo, proclamó la anexión de Bosnia y Herzegovina. Estas provincias del Imperio turco habían sido administradas por dicho imperio en las condiciones estipuladas en el Tratado de Berlín de 1878; la anexión declaraba abiertamente solo lo que, de hecho, ya existía. La revolución de los Jóvenes Turcos, acaecida aquel verano, le pareció a Austria que probablemente podría conducir al Imperio turco a reafirmar su soberanía sobre Bosnia y Herzegovina, cosa que no estaba dispuesta a consentir. Una diplomacia razonable y paciente hubiera procurado a Austria los apoyos que necesitaba, pues las negociaciones con Rusia, la gran potencia más interesada en el asunto, habían hecho progresos favorables. Pero el conde Aerenthal, ministro austríaco de Asuntos Exteriores, interrumpió las discusiones con el anuncio de la anexión, antes de concluir las providencias para una oportuna concesión a Rusia. Con este acto, especialmente violento, se infirió una afrenta pública a Rusia y un personal menosprecio al negociador de este país, el señor Isvolsky.

Por todas partes se levantó una corriente de disgusto y de protestas. Inglaterra, basándose en las palabras de la Conferencia de Londres de 1871, «Es principio esencial de la ley de las naciones que ninguna potencia puede eximirse por sí misma de los compromisos de un tratado, ni modificar sus estipulaciones, excepto previo consentimiento de las partes contratantes», rehusó reconocer la anexión de Bosnia y Herzegovina, y la simultánea declaración de independencia de Bulgaria. Turquía protestó alborotadamente contra este acto ilegal y el Gobierno turco organizó un boicot efectivo contra las mercancías austríacas. Los serbios movilizaron su ejército. Pero las consecuencias en Rusia fueron más serias: la amarga animosidad suscitada en Rusia contra Austria fue una de las penúltimas causas de la Gran Guerra. En esta contienda desempeñaron también su papel las diferencias personales entre Aerenthal e Isvolsky.

Entonces, Inglaterra y Rusia pidieron una conferencia, declinando, mientras tanto, reconocer lo que había sucedido. Austria, apoyada por Alemania, la rehusó. El peligro de una acción violenta por parte de Serbia aumentó. Sir Edward Grey, después de advertir que Inglaterra no sería arrastrada a una guerra a causa de una disputa en los Balcanes, se esforzó en contener a Serbia, en calmar al Gobierno turco y en dar un completo apoyo diplomático a Rusia. La controversia duró hasta abril del año 1909, cuando terminó del siguiente y singular modo: los austríacos habían determinado que, si Serbia no reconocía la anexión de Bosnia y Herzegovina, les enviarían un ultimátum y les declararían la guerra. En este estado de cosas, el canciller alemán, el príncipe Von Bülow, intervino para insitir a Rusia que debía aconsejar a Serbia que cediese; las potencias debían reconocer la anexión sin que se reuniera la conferencia y sin compensación alguna para Serbia. Rusia tenía que dar su consentimiento a esta acción sin informar previamente al Gobierno británico o francés. Si Rusia no aceptaba, Austria declararía la guerra a Serbia con el apoyo completo y absoluto de Alemania. Rusia, ante la posibilidad de hacer frente por sí sola a una guerra contra Austria y Alemania, cedió ante la amenaza, lo mismo que hiciera Francia tres años antes. Inglaterra quedó así como un defensor solitario de la integridad en el cumplimiento de los tratados y de las leyes internacionales. El triunfo teutónico fue completo, pero ganado a un precio peligroso. Francia, después del trato de que fue objeto en 1905, había empezado una reorganización a fondo de su ejército, y tanto Rusia como Francia, escarmentadas por experiencias similares, apretaron sus filas, estrecharon su alianza y emprendieron, con ayuda de la mano de obra rusa y el dinero francés, la construcción de la red estratégica de ferrocarriles en el oeste de Rusia, y de la que estaba tan necesitada este país.

Ahora le tocó a Inglaterra aguantar la presión de la potencia alemana.

En la primavera del año 1909, el primer lord del Almirantazgo, mister McKenna, pidió súbitamente la construcción de no menos de seis dreadnoughts. Fundó su petición en el rápido incremento de la flota alemana y en el aumento acelerado de esta en virtud del programa naval de 1908, que estaba produciendo una gran inquietud en el Almirantazgo. Yo era aún un escéptico sobre el peligro de esta situación europea y no estaba convencido de las razones del Almirantazgo. Conjuntamente con el ministro de Hacienda, procedí al estudio de este plan y a estudiar las razones en que se apoyaba. Ambos llegamos a la conclusión de que un programa de cuatro acorazados bastaba a nuestras necesidades. En este trabajo tuve que analizar minuciosamente el carácter y la composición de las armadas británica y alemana, tanto su estado como sus posibilidades. No pude conformarme con la opinión del Almirantazgo de que se llegaría a una situación de peligro en el año 1912, pues creía que los datos aducidos por ellos en esta cuestión eran exagerados; no creía que los alemanes estuvieran construyendo secretamente acorazados por encima del límite fijado en su programa naval. Yo sostenía que nuestro margen en barcos de línea, a los que había que añadir los cuatro acorazados del nuevo programa, nos aseguraría una adecuada superioridad para 1912, el llamado, por aquel entonces, «año peligroso». En todo caso, como el Almirantazgo solo reclamaba el quinto y sexto acorazado para el último mes del año económico, es decir, marzo del 1910, esto no podía afectar a las previsiones hechas. En consecuencia, tanto el ministro de Hacienda como yo propusimos que se aprobaran cuatro barcos para 1909 y que los otros dos se tuvieran en consideración en el programa de 1910.

Volviendo la vista a aquellos voluminosos documentos de esta controversia y con la luz de lo sucedido actualmente, no cabe duda de que teníamos razón en lo que se refería a las premisas de aquel tiempo; los siniestros augurios del Almirantazgo para el año 1912 no se cumplieron, el margen de superioridad británica fue estimado como suficiente en aquel año. No había tales acorazados secretos alemanes, ni el almirante Von Tirpitz había hecho ninguna afirmación inexacta en su programa.

La disputa en el Gabinete dio lugar a una fuerte agitación de la opinión pública; la controversia había elevado la temperatura ambiente, los puntos en disputa en aquel momento no llegaron a un acuerdo. Todo el país estaba verdaderamente alarmado debido al reconocimiento por vez primera de la amenaza alemana en toda su amplitud. Al fin se llegó a una curiosa solución. El Almirantazgo había pedido seis barcos, los economistas ofrecían cuatro, y finalmente nos comprometimos con ocho. Sin embargo, cinco de los ocho barcos no estuvieron listos antes de que el temible año 1912 hubiera pasado en paz.

Pero aun cuando el ministro y yo teníamos razón en el sentido estricto, estábamos completamente equivocados en relación con los acontecimientos que nos depararía el destino. Sea dicho esto en honor del primer lord del Almirantazgo, mister McKenna, por la manera resuelta y valiente con que defendió su causa y mantuvo su partido en esta ocasión. Nadie podía imaginar, cuando continuó esta disputa, que en la próxima crisis del Gabinete debido a los asuntos navales se iban a invertir nuestros papeles; y tampoco nadie podía imaginar que los barcos por los que luchó tan denodadamente serían recibidos finalmente por mí, cuando estuvieron listos, con los brazos abiertos.

Cualesquiera que fueran las diferencias latentes sobre el número exacto de barcos requeridos para un año determinado, la nación británica llegó en general a convencerse de que indudablemente Alemania se proponía reforzar su inigualable ejército con una flota de guerra que en 1920 sería bastante más fuerte que toda la que hasta ese momento había tenido Inglaterra. A la ley naval de 1900 la habían sucedido las enmiendas de 1906, y a las mejoras de 1906 siguieron las de 1908. En un discurso rutilante, el emperador, en Reval, el año 1904, se había conferido a sí mismo el título de «almirante del Atlántico». Todas las personas serias de Inglaterra empezaron a inquietarse profundamente. ¿Para qué necesitaba Alemania una flota tan poderosa? ¿Con quién, que no fuese nosotros mismos, quería medirse?; ¿a quién quería igualar?; ¿contra quién la quería emplear? Había un sentimiento creciente y profundo, reservado no solo a los círculos políticos o diplomáticos, de que los alemanes amenazaban, de que envidiaban el esplendor del Imperio británico y de que, si se les presentaba una buena ocasión, sacarían ventaja de la misma a nuestra costa. Además, se empezó a notar que no tenía objeto intentar detener el curso de Alemania mediante contramedidas de abstención. La renuncia por nuestra parte a construir barcos se entendió en Alemania como una falta de espíritu nacional y como una prueba más de que una raza viril debía avanzar para reemplazar a una sociedad civilizada y pacifista que ya no era capaz de conservar una posición preponderante en los asuntos mundiales. Nadie podía examinar las cifras de construcción de barcos de Inglaterra y Alemania, durante los tres primeros años de la administración liberal, sin sentirse en presencia de una intención peligrosa, si no maligna.

En 1905, Inglaterra construyó cuatro acorazados y Alemania dos.

En 1906, Inglaterra disminuyó su programa a tres acorazados y Alemania aumentó el suyo a tres.

En 1907, Inglaterra disminuyó aún más su programa a dos acorazados y Alemania lo volvió a aumentar a cuatro.

Estas cifras eran clarísimas y alarmantes.

No era posible descartar la conclusión, que gradualmente se apoderaba de todos los ánimos, de que si Inglaterra seguía esta marcha se vería muy pronto en un gran apuro.

Ya hemos visto cómo, en el plazo de cinco años, la política de Alemania y el aumento consiguiente de sus armamentos produjeron una profunda inquietud en tres de las más grandes potencias mundiales. Dos de ellas, Francia y Rusia, habían tenido que someterse a la voluntad alemana a causa de una amenaza directa de guerra. Ambas naciones habían sido subyugadas por la clara intención del vecino de emplear la guerra contra ellas hasta el límite más extremo y sin consideración alguna a la responsabilidad. La sensibilidad de las dos naciones percibió que su sumisión las había salvado de una contienda sangrienta y de un probable desastre. El sentimiento producido por la humillación anterior estaba agravado por el temor de afrentas ulteriores. La tercera potencia —desorganizada para la guerra, pero inaccesible y no desdeñable en los asuntos mundiales—, Inglaterra, había sentido también como si unas manos extrañas estuvieran hurgando la base misma de su existencia. La flota alemana, de un modo rápido, seguro y metódico, estaba ante nuestras puertas exponiéndonos a peligros evitables solo a fuerza de grandes esfuerzos y por una vigilancia casi tan tensa como la desarrollada en una guerra. Del mismo modo que Rusia y Francia acrecieron su ejército, Inglaterra aumentó su flota. De aquí en adelante, las tres desasosegadas naciones se pusieron en contacto activo para no ser atacadas aisladamente por su adversario. De aquí en adelante, se acordarían gradualmente sus convenios militares. De aquí en adelante, harían frente de un modo consciente al peligro común.

¡Ah, cuán triste es que los alemanes, trabajadores duros y activos, con su manera tan profunda de pensar, siempre con marchas y contramarchas en las explanadas de las plazas de armas, tan detallistas en la ejecución de sus previsiones tan completas y prolijas, gozando en su felicidad recién encontrada, descontentos en medio del esplendor de sus éxitos mundiales, cuán triste es, que destrozaran con sus propias manos tantos baluartes levantados para su propia paz y gloria!

«En el año 1909 —escribía Von Bethmann-Hollweg, por aquel entonces supuesto sucesor del príncipe Von Bülow—, la situación estaba basada en el hecho de que Inglaterra había fijado su posición firmemente al lado de Francia y Rusia, prosiguiendo así su política tradicional de encontrar una oposición a la potencia continental más fuerte en aquel momento; el que Alemania mantuviera firme su programa naval había dado una definitiva dirección a su política oriental, pero tenía, sin embargo, que precaverse contra el antagonismo francés que no había sido mitigado por su política durante los tres últimos años. Y si Alemania vio una agravación formidable de las tendencias agresivas de la política de Francia y Rusia en la amistad afirmada por Inglaterra con su doble alianza, Inglaterra, por su parte, había tenido una sensación creciente de amenaza en el refuerzo de la flota alemana, y de violación de sus antiguos derechos a causa de nuestra política oriental. Ya se habían cambiado palabras por ambas partes; la atmósfera estaba fría y nublada con recelos.» Tal era, según sus propias palabras, la triste herencia del nuevo canciller alemán.

Ahora, iba a poner él su propia contribución a las ansiedades del mundo.

III. La crisis de Agadir

III

La crisis de Agadir

En la primavera de 1911, una expedición francesa ocupó Fez. Esta acción, añadida al descontento creciente de Alemania por el problema marroquí, tentó al Gobierno alemán a una acción abrupta en los comienzos de julio del mismo año. Los hermanos Mannesmann, una firma alemana muy activa por aquellos tiempos en los círculos financieros de Europa, reclamaron que ellos tenían grandes intereses comprometidos en un puerto de la costa africana y en sus alrededores. Este puesto se llamaba Agadir. Herr Von Kiderlen-Wächter, ministro alemán de Asuntos Exteriores, sostuvo este punto de vista ante Francia. El Gobierno francés se hizo cargo de que las ventajas que estaban adquiriendo en Marruecos justificaban que Alemania buscara ciertas compensaciones coloniales en el área del Congo. Por otra parte, la prensa alemana estaba indignada por el trueque de los intereses alemanes en el clima moderado de Marruecos por regiones tropicales insalubres, de las que ya estaban hartos. Las cuestiones en juego eran complicadas e intrínsecamente de una extrema insignificancia. Los franceses se prepararon para una larga discusión. En lo que se refería al puerto de Agadir y sus inmediaciones parecía no haber dificultades. Los franceses negaron, de todos modos, la existencia de intereses alemanes en aquellos lugares, pues decían que allí no había más que una playa libre de la mano del hombre; no había allí propiedad alemana alguna, ni establecimiento comercial, ni una casa; tampoco había intereses alemanes en el interior. Estos hechos podían ser fácilmente comprobados por una visita de representantes acreditados de ambos países. Tal visita para averiguar los hechos, manifestaban los franceses, llevaría a un rápido arreglo; también solicitaron una discusión de las fronteras de los territorios del Congo.

De un modo súbito e inesperado, en la mañana del día 1 de julio, se anunció que Su Majestad imperial, el emperador de Alemania, había enviado el cañonero Panther a Agadir con el objeto de salvaguardar los intereses alemanes. Este pequeño buque de guerra estaba ya en ruta. Todas las campanas de alarma de Europa empezaron a repicar inmediatamente. Francia se encontró ante un hecho sin explicación posible y cuya intención ulterior no podía ser prevista. Gran Bretaña consultó el atlas y empezó a conjeturar qué influencia podría tener sobre su seguridad marítima el establecimiento de una base naval alemana en la costa africana del Atlántico, en observación, como dicen los marinos cuando se cruzan entre sí comunicaciones oficiales, de si tal hecho debía ser tomado en consideración en relación con las actividades alemanas en Madeira, en las Canarias y con las rutas comerciales de América y África del Sur que convergían y discurrían por aquellas aguas. Europa estaba inquieta y Francia verdaderamente alarmada. Cuando el conde de Metternich dio conocimiento de la acción alemana a sir Edward Grey, fue informado de que la situación era tan importante que debía ser estudiada por el Gabinete. El 5 de julio, después de la reunión de este, se informó que el Gobierno británico no se podía desinteresar de los problemas de Marruecos, y que su actitud era de reserva en tanto no fueran conocidas las intenciones de Alemania. Desde esta fecha hasta el 21 de julio, Alemania no dijo una palabra. No cabe duda de que la decidida postura de Inglaterra fue una gran sorpresa para el Ministerio de Asuntos Exteriores de Alemania. De aquí que surgiera entre los gobiernos lo que se llamó por entonces «un período de silencio». Mientras tanto, los periódicos alemanes y franceses estaban enzarzados en una viva controversia, y la prensa británica adoptó un aire sombrío.

Era difícil deducir de las largas cintas de telegramas que día tras día salían de las cancillerías cuál era el verdadero propósito de la acción alemana. Yo seguía atentamente en el Gabinete británico las repetidas discusiones sobre el asunto. ¿Estaba buscando Alemania un pretexto para una guerra con Francia, o estaba simplemente intentando mejorar su posición colonial mediante el desasosiego y la coacción? En el último caso, no había duda de que el asunto se arreglaría después de un cierto período de tensión, como había sucedido tantas otras veces. Las grandes potencias, formadas cada una en su sitio y precedidas y protegidas por un complicado almohadillado de diplomáticas cortesías y formalidades, desplegarían sus efectivos unas frente a otras. En primera línea estarían Francia y Alemania, y escalonadamente a sus espaldas y a intervalos variables, bajo una cortina de reservas y restricciones de distintas densidades, se desplegarían los otros componentes de la Triple Alianza y de la, como por entonces se empezaba a llamar,Triple Entente. En un momento dado, estos elementos de apoyo de segunda línea dirían unas palabras misteriosas e indicadoras de su estado de ánimo, a consecuencia de las cuales Francia o Alemania marcharían un poco atrás o adelante, o quizá se moverían ligeramente a la derecha o a la izquierda. Cuando se hubieran hecho estas ligeras rectificaciones en la gran balanza de Europa y, por consiguiente, del mundo, los miembros de la formidable asamblea se retirarían a sus antiguas posiciones con muchas ceremonias y saludos, congratulándose o condoliéndose mutuamente con cuchicheos del resultado. Esto lo habíamos visto muchas veces.

Pero este proceso no estaba exento de peligros. Hay que pensar que tales movimientos entre naciones, por aquellos días, no eran como los de las piezas de un tablero de ajedrez o como los de marionetas muy bien vestiditas, que se hacen muecas entre sí y por cuadrillas, sino como de organizaciones prodigiosas de fuerzas activas o latentes que, al igual que los cuerpos planetarios, no podían aproximarse entre sí en el espacio sin dar lugar a grandes reacciones magnéticas. Si se acercaban demasiado, las chispas empezarían a centellear y, más allá de un cierto límite, estas fuerzas podrían ser atraídas mutuamente, apartadas de sus órbitas de contención y lanzadas unas con otras a una terrible colisión. La misión de la diplomacia era evitar tales desastres; en tanto no existiera un propósito, consciente o subconsciente, de guerra en la mente de alguna potencia o raza, la diplomacia seguramente podría triunfar. Pero en estas situaciones graves y delicadas, un gesto violento por alguno de los bandos rompería y desorganizaría todos los impedimentos interpuestos y sumergería al cosmos en el caos.

Yo, por mi parte, creo que los alemanes habían sufrido cierto agravio con motivo del primitivo convenio anglofrancés. Nosotros habíamos conseguido muchas ventajas en Egipto; Francia también había obtenido muchas ventajas en Marruecos. Si Alemania creía que su posición relativa había salido perjudicada por este convenio, no había razón alguna para que no expresara y gestionara su punto de vista de un modo paciente y amigable. A mí me parecía que Inglaterra, como la gran potencia más retirada y menos inmiscuida en el asunto, podía ejercer su influencia apaciguadora a fin de llegar a un acuerdo; y esto fue, por supuesto, lo que nosotros intentamos. Pero sería absolutamente inútil si Alemania adoptaba una posición malévola. En tal estado de cosas, tenía que haberse hecho sentir una palabra decidida y antes de que fuera demasiado tarde. Tampoco nuestra retirada de la escena hubiera ayudado a facilitar la cuestión. Si hubiésemos procedido así, se habría desvanecido nuestra influencia restrictiva y se habrían intensificado las desavenencias entre las fuerzas antagonistas. En consecuencia, empecé a leer con recelo todos los documentos y telegramas que empezaron a cursarse, y pude ver bajo la calma de sir Edward Grey una ansiedad creciente, que en algunos momentos llegó a ser grave.

La oscuridad sofocante de la situación europea estaba complicada con el despliegue inseguro de las fuerzas que componían nuestro Gabinete. De nuevo se reprodujeron en miniatura las posturas reservadas y de equilibrio en lo que se refería a la situación diplomática exterior. Los ministros que conducían la política extranjera de Inglaterra, con el importante tridente de la potencia marítima erguido detrás de ellos, estaban completamente mediatizados por la sección liberal imperialista del Gabinete; estaban estrechamente vigilados y equilibrados por los elementos radicales, que incluían las venerables figuras de lord Morley y lord Loreburn, a cuyo lado nos alineábamos el canciller del Tesoro y yo. Era evidente que tal equilibrio podía hacer fácilmente imposible que Gran Bretaña tomara una actitud decidida a uno u otro lado en caso de sobrevenir situaciones de peligro. Por consiguiente, no podíamos desentendernos del peligro retirándonos, ni éramos capaces, mediante una acción decidida, de prevenirlo a tiempo. En estas circunstancias la actitud del canciller del Tesoro fue de gran importancia.

Durante algunas semanas, no dio a entender cuál sería su línea de conducta, y en nuestras numerosas conversaciones me dio la impresión de que vacilaba entre un lado y otro. Pero, en la mañana del 21 de julio, cuando lo visité antes del Consejo, me encontré con otro hombre. Estaba resuelto y había elegido con claridad el camino a tomar; sabía qué había que hacer, cuándo y cómo. Por la pauta de su exposición me pareció que éramos impelidos a la guerra. Habló sobre el agresivo silencio alemán en la parte que este nos afectaba, resaltó que Alemania estaba actuando como si Inglaterra no contara en el asunto, que estaba presionando fuertemente a Francia, que podía surgir la catástrofe y que, si esta quería ser evitada, teníamos que hablar con decisión e inmediatamente. Me dijo que aquella noche iba a dirigir unas palabras a los banqueros en su comida anual y que se proponía puntualizar que si Alemania deseaba la guerra, Inglaterra se opondría a ella. Me enseñó lo que había preparado y me dijo que se lo enseñaría al primer ministro y a sir Edward Grey después de la reunión del Gabinete. ¿Qué dirían? Yo le manifesté que, por supuesto, se sentirían muy aliviados; y, en efecto, se sintieron muy aliviados y también yo.

El ascenso de mister Lloyd George en política exterior, al ala opuesta del Gabinete, fue decisivo. Ya estábamos capacitados para proseguir inmediatamente una política coherente y firme. Aquella noche, el ministro de Hacienda pronunció en la Asociación de Banqueros las siguientes palabras:

Si nos fuera impuesta una situación en la que la paz solo pudiera ser preservada por la entrega de la gran posición ventajosa que Gran Bretaña ha conquistado por siglos de heroísmo y de proezas, permitiendo que Gran Bretaña fuera tratada allí donde sus afectados intereses sean vitales como si no contara en el concurso de las naciones, entonces digo, categóricamente, que la paz a tal precio sería una humillación intolerable que no podría soportar un gran país como el nuestro.

El auditorio financiero, cuyas mentes estaban obsesionadas por las iniquidades del presupuesto de Lloyd George y por las grandes penalidades infligidas por aquel a la propiedad y la riqueza (¡qué poco pensaban en el futuro!), no comprendió la significación o importancia de lo que oían. Lo tomaron como si fuera una de las perogrulladas corrientes en las exposiciones ministeriales sobre asuntos exteriores. Pero las cancillerías de Europa se pusieron en guardia.

Cuatro días después, aproximadamente a las cinco y media de la tarde, paseábamos el ministro y yo por las fuentes del palacio de Buckingham. Llegó presuroso un mensajero. «¿Sería tan amable el canciller del Tesoro de pasar enseguida a ver a sir Edward Grey?» Mister Lloyd George se paró bruscamente y, volviéndose a mí, dijo: «Esto es mi discurso. Los alemanes piden mi dimisión como hicieron con Delcassé». Yo contesté: «Usted será el hombre más popular de Inglaterra» (por aquel tiempo aún no lo era). Regresamos lo más deprisa posible y fue a ver a sir Edward Grey en su despacho de la Cámara de los Comunes. Sus primeras palabras fueron: «Acabo de recibir ahora mismo una comunicación del embajador alemán, tan enérgica que creo que nuestra flota puede ser atacada en cualquier momento. He hecho llamar a McKenna para avisarlo». Entonces, nos informó de la conversación que acababa de tener con el conde de Metternich. El embajador había dicho que, después del discurso del ministro de Hacienda, Alemania no podía dar ninguna explicación; había manifestado con tono duro que, si Francia rechazaba la mano que le tendía el Gobierno del emperador, la dignidad de Alemania induciría a esta a asegurarse por todos los medios el más absoluto respeto de Francia a todos los derechos convenidos. Leyó después una larga lamentación sobre el discurso de mister Lloyd George «que, no dándole importancia, pudiera ser interpretado como un aviso dirigido a Alemania y que en realidad había sido interpretado por las prensas francesa y británica como un aviso que bordeaba la amenaza». Sir Edward Grey había pensado, y con razón, contestar que el tono de la comunicación que le acababan de leer hacía incompatible con la dignidad del Gobierno de Su Majestad el dar explicaciones acerca del discurso de su ministro de Hacienda. El primer lord del Almirantazgo llegó mientras estábamos hablando y pocos minutos después salió precipitadamente para dar las oportunas órdenes preventivas.

Estas siniestras conversaciones tenían un tono de corrección y de precaución. Voces quedas, suaves, corteses, graves emitían frases exactamente medidas en salones pacíficos y espaciosos. Pero con cañones de aviso menos ruidosos se había roto el fuego otras veces y Alemania había derribado a otras naciones. Así, pues, los cuchicheos inalámbricos del Almirantazgo a través del éter llegaron a todos los mástiles de los barcos, y sus capitanes recorrían los puentes ensimismados en hondas reflexiones. No es nada, no podía pasar nada, era demasiada locura, demasiado fantástico pensar así en pleno siglo XX. ¿Cómo podía ser que el fuego y la muerte nos estuvieran acechando en la oscuridad, que los torpedos llegasen a rozar los cascos de nuestros barcos; cómo podía ser que fuera discutida nuestra preponderancia naval y que una isla bien guardada hasta entonces quedara completamente indefensa? No, no pasaba nada, no podían suceder cosas semejantes, la civilización había saltado por encima de tales peligros, tales pesadillas eran imposibles a causa de la interdependencia de las naciones en el tráfico y en el comercio, del sentido de la ley pública, de la Convención de la Haya, de los principios liberales, del Partido Laborista, de las altas finanzas, de la caridad cristiana y del sentido común. Pero ¿se estaba completamente seguro? Sería una lástima equivocarse; equivocaciones de esta índole se pueden sufrir solo una vez, una vez para siempre.

El discurso de la Mansion House había sido una sorpresa para todos los países, era un trueno muy gordo para el Gobierno alemán; toda su información les había inducido a creer que mister Lloyd George sería el jefe del partido pacifista y que la acción británica quedaría neutralizada. En un mar de confusiones se dieron cuenta entonces de que el Gabinete británico estaba completamente unido y de que, de entre todos, el canciller del Tesoro había sido elegido deliberadamente por el Gobierno británico como el ministro más radical para hacer el discurso.4 No podían entender cómo sus representantes y agentes en Inglaterra podían haber sido engañados de un modo tan rotundo. Esto fue fatal para el conde de Metternich, que fue llamado a la primera oportunidad; era un embajador que, después de diez años de estancia en Inglaterra, no pudo ni suponer la actitud de uno de sus ministros en una cuestión de tal importancia. Se puede deducir de todo lo escrito que el punto de vista alemán fue muy duro para el conde. ¿Cómo iba a suponer él lo que iba a hacer mister Lloyd George? Sus mismos colegas no lo supieron hasta unas horas antes. Yo, que trabajaba en contacto con él, tampoco lo supe. Nadie lo sabía. Hasta que no se decidió, ni él mismo lo sabía.

Parece probable que los alemanes no tenían intención de ir a la guerra en esta ocasión. Pero querían tantear el terreno y estaban dispuestos a ir al mismo borde del precipicio, donde tan fácil es perder el equilibrio: un simple tropezón, una pequeña ráfaga de viento, un repentino vértigo y todo se precipita al abismo. Pero tanto si había como si no había intención por parte del Estado alemán de ir a la guerra antes que Inglaterra se definiera, dicha intención desapareció.

Después del discurso del ministro de Hacienda y de sus consecuencias, el Gobierno alemán no podía abrigar duda alguna de que Inglaterra estaría enfrente en caso de que Francia fuera forzada a ir a una guerra por esta cuestión. Los alemanes no se retiraron de sus posiciones, pero pusieron especial cuidado en evitar cualquier nuevo acto de provocación, y toda su conducta ulterior en las negociaciones con Francia tendió en una dirección u otra a buscar posiciones de transigencia y de abandono. Siguió siendo extremadamente difícil para nosotros evaluar la exacta significación de los varios puntos en disputa, y durante los meses de julio, agosto y septiembre la situación continuó oscura y opresiva. El cambio ligero, pero decisivo, que se produjo en el carácter de la diplomacia alemana apenas fue perceptible, y, al mismo tiempo, ciertas medidas de precaución militar que se tomaron detrás de la frontera alemana, hasta donde nos fue posible conocerlas, aumentaron grandemente nuestra ansiedad. Por lo tanto, la atmósfera en Inglaterra se cargó cada vez con más electricidad, al igual que en la sucesión de los días de bochorno en el verano.

Hasta aquí, yo, como ministro del Interior, no tenía participación especial en este asunto, aun cuando lo seguí con la máxima atención como miembro del Gabinete. Pero en ese momento iba yo a recibir un duro choque. En la tarde del 27 de julio, asistía a una reunión en Downing Street. Allí encontré al jefe comisario de Policía, sir Edward Henry; hablamos de la situación europea y le dije que era muy seria. Entonces me hizo saber que, por una antigua disposición, el secretario del Interior era responsable, a través de la policía metropolitana, de la custodia de los almacenes de Chattenden en Lodge Hill, en los que estaban almacenadas todas las existencias de cordita de la marina. Durante muchos años habían sido guardados dichos almacenes, sin incidente alguno, por unos cuantos empleados; pregunté qué sucedería si veinte agentes alemanes decididos y armados, en dos o tres automóviles, llegasen por la noche a dichos almacenes. Me contestó que harían cuanto les viniera en gana. Abandoné la reunión en el acto.

Minutos más tarde estaba telefoneando desde mi despacho del Ministerio al Almirantazgo. ¿Quién estaba al frente? El primer lord estaba con la flota en Cromarty en servicio de inspección. Era perfectamente posible ponerme en contacto por telégrafo o por radio. Pero, mientras, había quedado un almirante en el mando (su nombre debe quedar sin mencionar). Pedí enseguida destacamentos marinos para guardar estos almacenes tan vitales para la Marina Real; yo sabía que había muchísimos marinos en Chatham y Portsmouth. El almirante contestó que el Almirantazgo no tenía responsabilidad alguna y que no tenía intención de asumirla; de sus modales se deducía que estaba resentido de la intromisión alarmista de un ministro civil. «Entonces ¿se niega usted a enviar a los marinos?» Después de alguna vacilación, contestó: «Me niego». Cambié de comunicación y me puse al habla con el Ministerio de la Guerra. Mister Haldane estaba allí; le dije que estaba reforzando y armando aquella noche a la policía y quería, además, una compañía de infantería por cada almacén. Se dieron las órdenes en pocos minutos y en pocas horas las tropas estaban allí. Las reservas de cordita estaban ya a salvo al día siguiente.

Este incidente no tenía mayor importancia y tal vez mis temores fueran infundados. Pero cuando se ha empezado a ver la situación de este modo, es imposible pensar de otra manera. Alrededor se respiraba la vida de trajín, pacífica y confiada, de la nación. Las calles estaban abarrotadas de hombres y mujeres libres de toda sensación de peligro exterior. No había desembarcado en suelo británico ningún ejército enemigo desde hacía unos mil años. Durante cientos de años no había sido amenazada nunca la seguridad del país. Hombres y mujeres iban a sus negocios, sus deportes, sus clases y reuniones, año tras año, generación tras generación, con una confianza absoluta y en la ignorancia más ingenua. Sus ideas estaban determinadas por aquellas circunstancias de paz. Todo su modo de vivir derivaba de un gran período de paz. Muchos hubieran sido completamente incrédulos, muchos se hubieran disgustado, si alguien les hubiese dicho que podíamos estar cerca de una guerra terrible, y que quizá dentro de la ciudad de Londres, que acogía confiadamente a visitantes de todos los países, unos extranjeros decididos podían intentar un golpe mortal a la fortaleza de una gran arma que era el escudo en que confiábamos.

Empecé a informarme de todos los puntos vulnerables. Encontré al precavido capitán Hankey, por entonces secretario adjunto del Comité de Defensa Imperial, moviéndose ya en la clasificación de dichos puntos para el «Diario de Guerra», cuyo proyecto se había aprobado recientemente.5 Inquirí más noticias aún sobre materias de sabotaje, espionaje y contraespionaje. Me puse en contacto con otros oficiales que trabajaban escrupulosamente, pero por procedimientos anticuados y con pocos medios. Fui informado sobre las actividades de agentes y espías alemanes en varios de nuestros puertos. Hasta este momento, el secretario del Interior tenía que firmar una orden cuando era necesario censurar alguna carta particular que pasaba por los servicios de Correos; firmé autorizaciones generales, que se fueron ampliando, para la censura de correspondencia de los particulares. Con ello se logró descubrir pronto un sistema regular y extenso de agentes británicos a sueldo de Alemania. El secretario del Interior tenía solo una participación muy pequeña en los planes de preparación para la guerra, pero, una vez conocí lo que me afectaba, fue mi máxima preocupación. Durante cerca de siete años no tuve otra cosa en que pensar. Los políticos liberales, la ley Presupuestaria, el librecambio, el orden público, economía y reforma, en fin todos los caballos de batalla de nuestras luchas electorales, empezaron a parecerme cosas irreales en presencia de mi nueva preocupación. Solo Irlanda era un problema en medio de estas sombrías realidades que se sucedían continuamente. No dudo de que a los demás ministros les pasaba lo mismo, pues hablo de mi propia experiencia.

Empecé en ese momento a hacer un estudio extenso de la disposición militar de Europa. Leí todo lo que llegó a mis manos e invertí muchas horas en argumentaciones y discusiones. El secretario de Estado para la Guerra ordenó a sus oficiales que me dijeran todo lo que necesitaba saber. El jefe del Estado Mayor General, sir William Nicholson, era un antiguo amigo mío, había servido con él como joven oficial en el Estado Mayor de sir William Lockhart al final de la expedición de Tirah en 1898, escribió apreciaciones muy inteligentes y era hombre de doctrinas claras y firmes. Pero el hombre de quien más aprendí fue el director de operaciones militares, el general Wilson (después mariscal de campo, sir Henry Wilson). Este hombre poseía una visión extraordinaria y una gran lealtad; tenía unos grandes conocimientos, yo creo que inigualables, sobre el continente europeo; conocía perfectamente el ejército francés y estaba introducido en los secretos de su Estado Mayor, había sido director de la Escuela Superior de Guerra británica y había trabajado durante años con el convencimiento íntimo de que tendríamos que actuar con prontitud al lado de Francia. Estaba seguro de que tarde o temprano, esto tenía que suceder. Todos los hilos de información militar estaban en sus manos. La pared de su pequeño despacho estaba cubierta con un gran mapa de Bélgica en el que estaban claramente marcadas todas las comunicaciones practicables por las que podían pasar los ejércitos alemanes para invadir a Francia. Todas sus vacaciones las pasaba recorriendo dichas carreteras y sus terrenos inmediatos. En este sentido, no pudo hacer mucho en Alemania, donde le conocían muy bien.

Una noche, el embajador alemán, aún el conde de Metternich, a quien había tratado durante diez años, me invitó a cenar con él. Estábamos solos y celebramos un famoso vino del Rin procedente de las bodegas del emperador. Hablamos de Alemania y de su engrandecimiento, de Napoleón y del papel que este había desempeñado en la unión del país, de la guerra francoprusiana en sus principios y en su final. Yo me lamenté de que Bismarck hubiera consentido en ser violentado por los militares, que le obligaron a tomar la Lorena, y de que Alsacia y Lorena fueran la raíz de donde emergían todos los armamentos europeos y combinaciones rivales. Él manifestó que dichas provincias habían sido alemanas desde hacía muchísimo tiempo, hasta que un día, y en período de perfecta paz, Luis XIV había cruzado la frontera y las tomó. Contesté que las simpatías de sus habitantes eran para Francia, a lo que él objetó que había de todo en aquellas simpatías. Yo por mi parte dije cuanto requería la viveza de este tema. Francia no podría olvidar nunca sus provincias perdidas y no cesaría nunca de tratar de llevarlas a su seno. La conversación pasó a un tema emparentado, pero más delicado. ¿Estaba él inquieto a causa de la situación de aquel momento? Dijo que la gente estaba tratando de cercar a Alemania para cogerla dentro de una red, pero que Alemania era un animal muy fuerte para ser tratado así. Por mi parte objeté que ¿cómo sería posible meterla dentro de una red si estaba aliada con otras dos potencias de primera clase, Austria-Hungría e Italia? Nosotros habíamos estado aislados durante muchos años sin buscar complicaciones. El conde me dijo que una isla era otro asunto. Pero cuando un país ha sido invadido y saqueado con tanta frecuencia solo le queda el pecho de sus soldados para ponerlos entre el país y la invasión, y odia al país agresor. Le dije que Alemania no temía a nadie y que todo el mundo la temía a ella.

Después pasamos a la marina. Seguramente, dije yo, sería una gran equivocación de Alemania intentar parangonarse con Inglaterra en los mares; nunca podría alcanzarnos, pues podíamos construir a razón de dos por uno, o aún más si fuera necesario, y esto era causa de un antagonismo creciente entre los dos países. Los radicales y los conservadores, por mucho que lucharan entre sí, estaban de acuerdo en esto y no era posible la existencia de un Gobierno británico que quisiera obstaculizar nuestra supremacía naval. Él dijo que, efectivamente, mister Lloyd George le había dicho lo mismo, pero que los alemanes no habían pensado nunca en la supremacía naval; todo lo que necesitaban se reducía a una flota para proteger su comercio y sus colonias. Le pregunté entonces para qué podía servir tener una flota más débil. No podía tratarse más que de una garantía contra posibles adversidades. El conde me manifestó que la flota era una cuestión muy personal del emperador, pues era obra suya. No pude resistir a la tentación de replicarle que Moltke había expresado una opinión muy diferente en relación a los verdaderos intereses de Alemania.

He traído a colación estas notas de una conversación amable, aunque cautelosa, no porque tengan mayor importancia, sino porque ayudan a mostrar los diferentes puntos de vista. Supe más tarde que el ministro de Hacienda había hablado de un modo más explícito en circunstancias análogas, afirmando que llegaría a recaudar un centenar de millones de libras en un solo año para la Marina de Guerra británica si la supremacía de esta estuviera realmente amenazada.

El conde Metternich era un perfecto caballero que servía con lealtad a su señor, trabajando para preservar la paz, especialmente la paz entre Alemania e Inglaterra. Ha llegado a mis oídos que, en Berlín, con ocasión de una reunión de generales y príncipes, alguien llegó a sugerir que la flota británica podía sorprenderlos con un ataque imprevisto a Alemania, y el embajador conde Metternich, allí presente, replicó que había vivido durante diez años en Inglaterra y sabía que tal cosa era absolutamente imposible. Como esta observación fuera recibida con incredulidad manifiesta, confirmó lo dicho manifestando que lo hacía por su honor de oficial alemán, y que respondía de lo afirmado con él. Esto calmó, por el momento, a los concurrentes.

La vieja diplomacia es, habitualmente, objeto de mofa por el pueblo inconsciente, que está convencido de que las guerras surgen de las secretas maquinaciones de aquella. Cuando uno contempla los pequeños motivos que han conducido a una guerra entre grandes países y a tantas disputas, realmente es fácil formarse un concepto equivocado. Por supuesto, estos asuntos o motivos de tan poca importancia son los síntomas de los peligrosos acontecimientos, y son importantes precisamente por esta razón; detrás de ellos están los intereses, las pasiones y el destino de razas poderosas de la humanidad; los grandes antagonismos se manifiestan en detalles pequeños. Desde muy antiguo se viene diciendo: «Las grandes conmociones proceden de las pequeñas causas, pero nada tienen que ver con estas». La vieja diplomacia hizo cuanto pudo para hacer inofensivas las pequeñas causas; no pudo hacer más. Sin embargo, una guerra aplazada puede ser una guerra evitada. Cambian las circunstancias y las combinaciones, se forman nuevas agrupaciones, los intereses antiguos son reemplazados por otros nuevos. Muchas disputas, que podrían haber desembocado en una guerra, habían sido solventadas por la diplomacia europea y en palabras de lord Melbourne, «habían caído en el olvido». Aunque las naciones del mundo, conservando el sentido de sus tremendas experiencias, sean capaces de concebir amplias y profundas garantías de paz y de construir sus países sobre una base más segura de hermandad e interdependencia, siempre requerirán el concurso de los modos corteses, las frases afables y mesuradas, el porte imperturbable y la reserva y la discreción de los viejos diplomáticos europeos. Pero todo esto es pura digresión.

El día 23 de agosto, después de que se levantara la sesión parlamentaria y los ministros se dispersaran, el primer ministro convocó secretamente una sesión especial del Comité de Defensa Imperial. Dio instrucciones a los ministros en conexión inmediata con la situación exterior y con los servicios de guerra, incluyendo, por supuesto, al ministro de Hacienda. También estaban presentes los principales jefes del ejército y de la marina. Yo fui invitado a asistir aun cuando mi departamento no estaba directamente interesado. Estuvimos reunidos todo el día. Por la mañana, informó el ejército; por la tarde, la marina.

El general Wilson, como jefe de las operaciones militares, expuso los puntos de vista del Estado Mayor; al pie de su inmenso mapa, traído especialmente a la reunión, explicó con una exactitud magnífica, que el tiempo después confirmó, el plan de ataque alemán a Francia en caso de una hipotética guerra de Alemania y Austria por una parte y de Francia y Rusia por otra. El informe en resumen fue el siguiente:

En primer lugar, los alemanes dirigirían unas cuatro quintas partes de sus efectivos contra Francia, reservando la parte restante para contener a Rusia. Los ejércitos alemanes se desplegarían en un frente desde la frontera suiza a Aquisgrán, entonces harían que su ala derecha avanzase girando a través de Bélgica, rodeando así la línea de fuertes que protegían la parte oriental de la frontera francesa. Este enorme movimiento de giro del ala derecha alemana necesitaba todas las carreteras que conducían, a través de Bélgica, desde Luxemburgo hasta el Mosa belga; era un total de quince carreteras, y permitían el paso de tres divisiones por cada una de ellas. El río Mosa discurría por Bélgica en dirección paralela a la marcha de estas y protegía el flanco derecho. A lo largo de este río había tres puntos fuertes fortificados o cabezas de puente; el primero, Lieja, cerca de Alemania; el último, Namur, cerca de Francia; y en medio de ambos, el fuerte de Huy. En este punto se presentaba la cuestión: los alemanes, después de ocupar estas cabezas de puente, ¿se limitarían a la orilla oriental del Mosa belga y usarían este río para su protección, o serían capaces de reunir y poner en acción un gran número de tropas para prolongar su movimiento giratorio al oeste del Mosa y avanzar así por el otro lado de él, en vez de por el interior? Esta era la única parte del plan alemán que no podía preverse. ¿Evitarían la parte occidental del Mosa? ¿Avanzarían a lo largo con fuerzas de caballería, o harían avanzar divisiones de infantería o incluso cuerpos de ejército por la orilla occidental del río? A su debido tiempo, y como sabemos ahora, pusieron en movimiento dos ejércitos completos. Para aquella fecha, sin embargo, la conjetura más pesimista no pasaba de un cuerpo de ejército o, todo lo más, dos.

Se adujo una demostración detalladísima para mostrar que los alemanes habían hecho todos los preparativos para avanzar a través de Bélgica: los campos militares de la frontera, los enormes depósitos, la red de ferrocarriles, los inmensos apartaderos demostraban con la mayor claridad y sin duda alguna las intenciones alemanas; Lieja sería tomada a las pocas horas de la declaración de guerra, tal vez antes, mediante la embestida de una columna de ciclistas y camiones procedentes del campo de Elsenborn. Este campo se hallaba, por entonces (agosto de 1911), repleto de tropas; no se podían acercar a él los curiosos ni los propios habitantes de la comarca, que eran apartados violentamente y seriamente prevenidos para que no reincidiesen.

¿Qué haría Bélgica frente a un ataque tan impetuoso? Lieja no se salvaría, pero las tropas francesas podrían llegar a tiempo para ayudar a su defensa. Por lo demás, suponiendo que Bélgica resistiese al invasor, el ejército belga se retiraría al gran campo atrincherado de Amberes. Esta área extensa, atravesada por una red muy nutrida de canales y de ríos, y defendida por tres líneas de fuertes, sería el último refugio de la Monarquía belga y del pueblo.

También se estudió la situación en Holanda; no se pensó que Holanda fuese invadida al igual que Bélgica, pero había la posibilidad de que los alemanes creyeran conveniente marchar a través del curioso saliente holandés interpuesto entre Alemania y Bélgica, y que fue llamado entonces por el Estado Mayor británico «el apéndice de Maestricht». Esta marcha se haría, ciertamente, en el caso de lanzar un fuerte contingente de tropas al oeste del Mosa belga.

No conocíamos los detalles de los planes franceses para hacer frente a esta situación, pero era evidente que los franceses confiaban en detener e interrumpir el movimiento envolvente alemán mediante una contraofensiva a gran escala.

El número de divisiones disponibles en ambos lados y en todos los frentes cuando se terminase la movilización fue estimado en:

Se dijo entonces que, si Inglaterra enviaba seis divisiones a tomar posición en el extremo del ala izquierda francesa inmediatamente después de declarada la guerra, aumentarían las posibilidades de rechazar a los alemanes en el primer gran encuentro de la campaña; todos los franceses lucharían con redoblado ardor si sabían que no iban a luchar solos. El general Wilson habló, con gran prudencia, sobre la potencia bélica de Rusia, y el informe que expuso sobre la lenta movilización rusa echó abajo muchas ilusiones. Parecía increíble que Alemania alineara únicamente una docena de divisiones para hacer frente a los rusos, pero el Estado Mayor británico estimó como acertada esta disposición alemana. Nos quedaba por ver cómo, más tarde, la lealtad de Rusia y del zar encontraría medios, a costa de grandes sacrificios, para atraer a su frente, en un momento crítico, a una parte vital del ejército alemán procedente del otro frente. Este comportamiento no se podía prever entonces y mucha gente lo ha olvidado ahora.

Naturalmente, se discutieron y se examinaron muchas cuestiones antes de que suspendiéramos la sesión a las dos de la tarde. Cuando se reanudó una hora más tarde, fue el turno del Almirantazgo, y el primer lord naval, sir Arthur Wilson, expuso sobre otro mapa sus puntos de vista sobre el plan que teníamos que seguir en el caso de vernos inmiscuidos en la guerra. No reveló los planes de guerra del Almirantazgo, que se reservaba en su mente, pero indicó que estos comprendían principalmente el bloqueo de todos los puertos enemigos. Enseguida se notó que había una gran diferencia entre los puntos de vista del ejército y del Almirantazgo. Este sostenía, esencialmente, que teníamos que concentrar nuestros esfuerzos en el mar, que si enviábamos nuestro pequeño ejército al continente, sería absorbido entre los contingentes inmensos que combatían allí y que, en consecuencia, el Almirantazgo creía que, si este pequeño ejército se mantenía en los barcos o a punto de embarcar para emprender acciones contra las costas alemanas, se obtendría una retirada mayor de contingentes en línea de los alemanes que los efectivos empleados por nuestra parte. Este punto de vista, combatido violentamente por los generales, no era muy recomendable en las circunstancias del momento, y las autoridades militares y navales se encontraban en gran desacuerdo sobre los muchos puntos de detalle relacionados con las operaciones de desembarque. Este serio desacuerdo entre los estados mayores de tierra y mar en circunstancias tan críticas y sobre cuestiones fundamentales fue la causa de mi pase al Almirantazgo. Ya terminado el consejo, mister Haldane anunció al primer ministro que no continuaría siendo responsable en el Ministerio de la Guerra a menos que no fuera requerida una Comisión del Almirantazgo para trabajar en completa armonía dentro de los planes del Ministerio de la Guerra y empezara a organizarse un Estado Mayor naval apropiado. Por supuesto, yo no supe nada de esto, pero estaba destinado, en cierto modo, a ligar mi destino a este problema.

Yo creía que el Estado Mayor General confiaba demasiado en el punto de vista del ejército francés; conociendo su inclinación a la causa francesa, temía que su deseo fuera más allá de sus posibilidades. Era inevitable que los militares británicos, deseosos de ver intervenir a su país en favor de Francia, y convencidos de que la derrota de Francia por Alemania implicaría un peligro para el futuro de Inglaterra, estuvieran predispuestos a sobreestimar el poder relativo del ejército francés y a atribuirle perspectivas más brillantes de lo justificado en aquellas circunstancias; la parte más importante de su información provenía de fuentes francesas. El Estado Mayor francés estaba decidido y esperanzado; el principio de ofensiva era la base de su arte militar y la peculiaridad del soldado francés. De acuerdo con la mejor información, el ejército francés antes de emprender la guerra y terminada la movilización era solo unas tres cuartas partes del ejército alemán, pero la movilización francesa desde el noveno al décimotercero día permitiría una superioridad en el frente de lucha. Los generales franceses mantenían la esperanza de que una audaz toma de iniciativa con una ofensiva vigorosa en Alsacia y Lorena tendría como efecto la desorganización de los cuidadosos planes alemanes de marcha sobre París a través de Bélgica. Estas apreciaciones se reflejaban en los informes del Estado Mayor General británico.

Yo no podía compartirlas y, en consecuencia, preparé un memorándum para el Comité de Defensa Imperial que comprendía mis propias conclusiones sobre cuanto me había sido informado por el Estado Mayor. Este informe estaba fechado en 13 de agosto de 1911. Era, naturalmente, solo un intento de romper el velo del futuro, de conjeturar en una amplia situación imaginaria, de estimar lo incalculable, de pesar los imponderables. Señalé el vigésimo día de movilización como el día en el que «los ejércitos franceses serían expulsados de la línea del Mosa y retrocederían hacia París y hacia el Sur» y el cuadrigésimo día como el día en el que «Alemania se habría extendido en toda su amplitud de fuerza en el interior y sobre sus frentes de guerra» y en el que «podrían presentarse oportunidades para un ensayo decisivo de fuerzas». No tengo la pretensión de haber fijado estos días como fechas precisas, sino como orientaciones de lo que pasaría probablemente. No obstante, en la realidad, se cumplieron tres años más tarde casi exactamente estas previsiones.

Reimprimí este memorándum en el 2 de septiembre de 1914, a fin de animar a mis colegas con la esperanza de que si la desagradable previsión del vigésimo día se había confirmado, lo mismo sucedería con la predicción favorable del cuadrigésimo día, y así fue efectivamente.

CONSIDERACIONES MILITARES SOBRE LA SITUACIÓN EN EL CONTINENTE EUROPEO

Memorándum de mister Churchill

13 de agosto de 1911

Estas notas han sido escritas bajo el supuesto de que ha llegado el momento de emplear la fuerza militar británica en el continente europeo. Estas notas no prejuzgan, en modo alguno, dicha decisión.

Se supone que en este momento existe una alianza entre la Gran Bretaña, Francia y Rusia, y que estas potencias son atacadas por Alemania y Austria.

1) Las operaciones militares decisivas tendrán lugar entre Francia y Alemania. El ejército alemán es, por lo menos, igual en calidad al ejército francés y moviliza unos 2.200.000 hombres contra 1.700.000. Los franceses deben, pues, procurar encontrar una situación más equilibrada. Esto puede lograrse, bien antes de que los alemanes hayan llegado a desarrollar toda su potencia, o bien, después de que el ejército alemán se reparta en un frente extenso. Lo primero puede tener efecto entre el noveno y décimotercer día, y lo segundo, alrededor del cuadragésimo.

2) El hecho de que, durante pocos días en el período de movilización de los franceses, estos sean iguales o temporalmente superiores en la frontera no tiene significación alguna, excepto en el supuesto de que Francia proyectara adoptar una ofensiva estratégica. Los alemanes no operarán los días en que no tengan la superioridad suficiente para un avance general; y los franceses, si avanzan, perderán entonces la ventaja de sus comunicaciones interiores y, en su movimiento hacia los refuerzos alemanes, que también avanzarían, anularían la ventaja que aquellas pudieran tener circunstancialmente. Por consiguiente, los franceses, al principio de la campaña, no tienen otra opción que permanecer a la defensiva sobre su línea fortificada y detrás de la frontera belga; la elección del día en que deba empezar la primera colisión está en manos de los alemanes, a quienes se les debe dar el crédito de que sabrán escoger el día más a propósito, pues no podrán ser forzados, en contra de su voluntad, a una acción decisiva, a menos que se dé un movimiento imprudente o injustificado por parte de los franceses.

3) Una prudente observación de oportunidades, desde el punto de vista británico, tiene que tener en cuenta que, cuando empiece decididamente el avance alemán, este tiene que estar sostenido por una preponderancia de fuerzas suficiente y ser desarrollado en un ancho frente, para obligar al ejército francés a retirarse de sus posiciones de detrás de la frontera belga, aun cuando pudieran mantenerse los franceses en los huecos de la línea de fuertes del frente Verdún-Belfort. No hay duda que se librarán una serie de grandes batallas con suerte alterna y que siempre habrá la posibilidad de detener a los alemanes. Pero, aunque se obligue a detenerse a los alemanes, los franceses no serán lo bastante fuertes para avanzar a su vez, y en ningún caso debemos nosotros confiar en tal eventualidad. Lo más probable es que, en el vigésimo día, los franceses hayan sido expulsados de la línea del Mosa y retrocedan hacia París y hacia el Sur. Todos los planes fundados en supuestos contrarios dependen mucho de la casualidad.

4) No hay que excluir el empleo de cuatro a seis divisiones británicas en estas grandes operaciones iniciales; estas fuerzas constituyen un factor de la mayor importancia, ya que su valor, a los ojos de los franceses, es mucho mayor de lo que supone su fuerza numérica; esta acción por parte de Gran Bretaña les infundirá valor y hará mucho más caro el empeño alemán de cruzar la frontera. Pero la cuestión de mayor importancia práctica para nosotros es lo que sucedería después de que la frontera hubiera sido rebasada por los alemanes y empezara la invasión de Francia. Los franceses no pueden terminar la guerra con éxito en ninguna acción de fronteras, pues no serán lo suficientemente fuertes para invadir Alemania; su única posibilidad estriba en vencer a Alemania en terreno francés. Este es el problema que tiene que ser estudiado antes de tomar una decisión final.

5) Los alemanes en su avance a través de Bélgica y por Francia se debilitarán relativamente, debido a las siguientes causas:

Por las grandes pérdidas inherentes a la ofensiva (especialmente si intentan sin éxito forzar las líneas fortificadas francesas).

Por la necesidad de emplear más efectivos en líneas exteriores.

Por tener que proteger sus comunicaciones a través de Bélgica y de Francia (especialmente en su flanco marítimo).

Por tener que sitiar a París (lo que requiere por lo menos 500.000 hombres contra 100.000) y sitiar o neutralizar otras plazas, especialmente, a lo largo de la costa.

Por la llegada del ejército británico.

Por la presión creciente ejercida por Rusia desde el trigésimo día.

Y, en general, por la mala situación estratégica en que se encontrarán una vez ejecutado el avance de su ala derecha.

Todos estos factores se harán notar cada vez más en perjuicio de los alemanes a medida que estos sigan avanzando y discurra el tiempo.

6) También es necesario tiempo para que el bloqueo naval surta efecto en la industria, el comercio y los precios de los víveres alemanes, tal como se menciona en el memorándum del Almirantazgo, y para que su efecto alcance a la economía y créditos alemanes, ya cargados con el fabuloso coste diario de la guerra. Todas estas presiones actuarán de un modo simultáneo y progresivo. (El ministro de Hacienda ha dedicado una atención especial a esta cuestión y a la débil estructura de las organizaciones industriales y económicas de Alemania.)

7) En el cuadragésimo día, Alemania se habrá extendido con toda la amplitud de su fuerza en el interior y en sus dos frentes de guerra, y este esfuerzo será cada día mayor hasta llegar, finalmente, a ser irresistible, a menos que se produzca un alivio por victorias decisivas en Francia. Si el ejército francés no es malogrado por una acción precipitada o desesperada, el equilibrio de fuerzas llegará a ser favorable después del cuadragésimo día y mejorará firmemente a medida que pase el tiempo. En cuanto a los ejércitos alemanes, se verán obligados a hacer frente a una situación que combinará una necesidad siempre creciente de una ofensiva victoriosa con un frente de batalla que tenderá continuamente a la igualdad numérica de fuerzas. Entonces puede presentarse la oportunidad para intentar una acción decisiva.

W. S. C.

Terminó la sesión; el temor se hizo dueño de los espíritus de los que habían asistido a la misma.

El Ministerio de la Guerra era sede de secretos en aquellos días; no podía tomarse abiertamente ninguna medida, pero fue hecha toda la preparación de previsiones y se trabajó con todo el detalle propio de ejercicios de gabinete. Se trazaron y ajustaron los gráficos de marcha en los ferrocarriles y se estableció ruta y horario para cada batallón, aquilatando incluso dónde tenía este que tomar su café. Se imprimieron millares de mapas de Francia y Bélgica. Las maniobras de caballería se aplazaron «debido a la escasez de agua en Wiltshire y zonas limítrofes». La prensa, dividida furiosamente por los partidos, de tendencia extraordinariamente pacifista, observó con general reserva y sin concurso alguno de censura o de coacción. Ni una palabra rompió aquel largo y opresivo silencio. La gran huelga ferroviaria llegó a su fin de un modo súbito y misterioso; patronos y obreros se hicieron mutuas concesiones después de oír un informe confidencial del ministro de Hacienda.

A mediados de agosto, me fui al campo por unos días; no podía pensar en otra cosa que en el peligro de guerra. Hice el trabajo que me había propuesto, pero en mi imaginación solo había cabida para pensar en un único campo de interés.

En la alegre campiña que se extiende alrededor de Mells escribí la siguiente carta a sir Edward Grey. Habla por sí sola.

30 de agosto de 1911

Quizá esté llegando el momento en que sea necesaria una acción decisiva.

Le ruego que considere la siguiente conducta política en caso de que fallen las negociaciones sobre Marruecos.

Proponer a Francia y a Rusia una triple alianza para salvaguardar (inter alia) la independencia de Bélgica, Holanda y Dinamarca.

Decir a Bélgica que, si es violada su neutralidad, estamos preparados para ir en su ayuda y para lograr una alianza con Francia y Rusia que garantice su independencia. Decirle que tomaremos las medidas militares necesarias para hacer efectivo nuestro propósito. Pero el ejército belga debe combatir de acuerdo con los ejércitos francés y británico, y Bélgica debe guarnecer inmediata y debidamente las plazas de Lieja y Namur. De otra manera no podremos ser responsables de su destino.

Ofrecer la misma garantía a Holanda y a Dinamarca, siempre y cuando hagan también su máximo esfuerzo.

Debemos, si ello fuera necesario, ayudar a Bélgica a defender Amberes y a proveer esta plaza fuerte y a su guarnición. Debemos estar preparados en el momento oportuno para presionar a los holandeses para que mantengan abierto el Escalda a todos los fines. Si cerraran el Escalda, nos desquitaríamos bloqueando el Rin.

Es muy importante que seamos capaces de hacer este bloqueo, lo que será tanto más importante a medida que transcurra la guerra. Por otra parte, si los alemanes no hacen uso del «apéndice de Maestricht» en los primeros días de la guerra, no lo necesitarán después para nada.

Permítame que añada que no estoy convencido en absoluto de la conveniencia de un bloqueo próximo, y no me gusta el informe del Almirantazgo. Si los franceses envían cruceros a Mogador y Saffi, soy de la opinión, de enviar el grueso de nuestra escuadra a las bases de guerra de Escocia. Nuestros intereses son europeos, no marroquíes. La significación de este movimiento será tan importante como el envío de dos de nuestros barcos con los franceses.

Le agradecería me dijese cuándo estará usted en Londres, y le ruego que remita esta carta al primer ministro.

Mis puntos de vista no cambiaron en los tres años de paz que siguieron. Por el contrario, fueron confirmados y ampliados por todo lo que pude llegar a conocer. En algunos aspectos, como en el de la abolición del plan de bloqueo próximo o inmediato y el envío de la flota a su base de guerra, pude llevar a cabo ambas acciones. En los otros casos, como el de la defensa de Amberes, no tuve fuerza para hacerlo en la época en que yo lo creía necesario, pero hice lo que pude. No como se ha dicho frecuentemente, por un impulso irreflexivo, sino por la perseverancia que dan las convicciones alcanzadas con la ponderación y el estudio. No podía evitar sentir una gran confianza en la verdad de estas convicciones cuando veía que varias de ellas se justificaban una detrás de otra en este terrible y sin igual período de convulsión. No tenía duda alguna sobre lo que debía hacerse en ciertos asuntos, y mi única dificultad era persuadir o inducir a otros.

No obstante, la crisis de Agadir llegó pacíficamente a su fin; terminó con una repulsa diplomática de Alemania. Esta nación, una vez más, había inquietado a toda Europa con un gesto súbito y amenazador; una vez más, profirió las más duras amenazas contra Francia. Por primera vez, había hecho experimentar a los estadistas británicos la sensación de contacto inmediato con el peligro de una guerra, que no estaba nunca ausente de los espíritus del continente. Sin embargo, los franceses ofrecieron concesiones y compensaciones; una complicada negociación sobre las fronteras de los territorios franceses y alemanes en el África occidental, en la que el «Bec de Canard» representó un papel importante, tuvo como resultado un acuerdo entre las dos partes. A nosotros nos pareció que Francia había obtenido una ventaja considerable, pero ella, en cambio, no estaba muy satisfecha. Su primer ministro, monsieur Caillaux, que había presidido el Gobierno durante estos años azarosos, fue relevado de su puesto por motivos que eran muy difíciles de discernir entonces, pero que pueden ser comprendidos a la luz de los acontecimientos ulteriores. La tensión en los círculos gubernamentales de Alemania debió de ser muy grande. El ministro de Colonias alemán, Von Lindequist, dimitió antes de firmar el acuerdo. No hay duda de que, debajo de los brillantes uniformes que pululaban por los palacios, se cobijaban profundas y violentas pasiones de humillación y resentimiento que el káiser excitaba. El príncipe heredero se hizo el exponente de tales pasiones. Todo el mundo desaprobaba esta conducta incorrecta; en realidad, el príncipe heredero no era ni peor ni mejor que el promedio de los jóvenes subalternos de caballería que no habían pasado por el cedazo de un instituto y que no tenían que pensar en ganarse la vida. Tenía un considerable encanto personal que prodigó, especialmente, entre el bello sexo, pero que en días tristes sirvió para cautivar la juventud de Wieringen. Asediado por las lisonjas, estaba rodeado de un ambiente en que relampagueaban los ojos y sonaban las palabras guturales de los grandes capitanes, estadistas y jefes de partido. Así nada tenía de particular que se lanzara en esta fuerte corriente que le era favorable y que llegase a ser una fuerza, o mejor dicho, el foco de una fuerza, con la que el mismo káiser estaba obligado a contar. Una vez más, Alemania procedió a aumentar sus armamentos de tierra y mar.

«Era cuestión —escribe Von Tirpitz— de contener nuestros nervios, continuar armándonos en gran escala, evitar toda provocación y esperar sin impaciencia hasta que nuestro poder naval fuese un hecho6 y obligásemos a los británicos a dejarnos respirar en paz.» ¡Solo respirar en paz! ¡Cuánto aparato para una operación fisiológica tan sencilla!

Veamos ahora cuál fue la reacción de estos acontecimientos en Francia.

Ya en el año 1911, el general Michel, vicepresidente del Consejo Superior de Guerra y designado comandante en jefe del ejército francés para el caso de una guerra, había redactado un informe sobre el plan de campaña. Decía que Alemania atacaría, indudablemente, a Francia por Bélgica, que este movimiento envolvente no se limitaría solo a la orilla meridional del Mosa, sino que se extendería bastante detrás del río, alcanzando Bruselas y Amberes en este plan. Afirmó que el Estado Mayor alemán emplearía inmediatamente, no solo sus veintiún cuerpos de ejército en activo, sino también la mayor parte de los veintiún cuerpos de reserva, que, como era sabido, intentaban formar los alemanes en la movilización general. Por consiguiente, Francia tenía que estar preparada para hacer frente a un movimiento envolvente inmenso a través de Bélgica, y a un ejército hostil que podía estar compuesto, en la rotura de hostilidades, de la mayor parte de los cuarenta y dos cuerpos de ejército. Para enfrentarse a esta invasión, propuso que Francia organizara y empleara en los comienzos de la contienda una gran parte de sus propias reservas; a este fin, deseaba que se creara una formación de reserva al lado de cada formación activa, y hacer que ambas hicieran la campaña bajo el mando de la oficialidad activa. De este modo la fuerza del ejército francés en la movilización aumentaría de 1.300.000 hombres a 2.000.000, y los invasores se encontrarían, por lo menos, con efectivos iguales en número. Muchos de los cuerpos de ejército franceses eran aumentados a 70.000 hombres y muchos de los regimientos se convertían en brigadas de seis batallones.

El general Michel procedió a la futura distribución de estas fuerzas. Propuso emplazar la masa más importante, cerca de 500.000 hombres, entre Lille y Avesnes para enfrentarse con la fuerza principal del movimiento envolvente alemán. Situó una segunda masa de 300.000 hombres a la derecha de la anterior, entre Hirson y Rethel. Designó una guarnición de 220.000 hombres para París, que tenía que actuar con carácter de reserva general. Las tropas restantes se colocaban a lo largo de la frontera oriental. Tal era el plan, en 1911, del comandante del ejército francés.

Estas concepciones tenían que chocar con la manera de pensar de los militares franceses. El Estado Mayor no creía que los alemanes hicieran el movimiento envolvente por Bélgica, y aún menos por el norte de esta; no creían que los alemanes emplearan sus formaciones de reserva en la apertura de la campaña; no creían que dichas formaciones fueran capaces de ser empleadas antes de que hubiera transcurrido un largo período de instrucción. Sostenía, por el contrario, que los alemanes, utilizando solo su ejército en activo, atacarían con extrema rapidez y debían ser detenidos mediante un fuerte contraataque en la frontera oriental. Para este fin, los franceses tenían que estar organizados con una proporción tan amplia como fuera posible de soldados en servicio y la menor cantidad posible de reservistas. Por ello pedían la institución de la ley de tres años de servicio obligatorio, que aseguraría la estancia en filas de, al menos, dos contingentes completos de soldados jóvenes. El espíritu dominante en el Estado Mayor francés, excepto el de su jefe, era partidario de la doctrina ofensiva, cuyo más activo apóstol era el coronel De Grandmaison, y creía sinceramente que podría lograrse la victoria desde el primer momento por un ataque vehemente y furioso sobre el enemigo.

Esta colisión de opiniones fue fatal para el general Michel. Podría ser que su personalidad y temperamento no fueran iguales a la justeza previsora y profunda de sus ideas. Tales discrepancias han frustrado con frecuencia políticas exactas. Se formó en el Consejo de Guerra una coalición contra él. Durante la tensión de Agadir la disputa alcanzó al general. El nuevo ministro de la Guerra, el coronel Messimy, insistió en la discusión del plan Michel en un pleno del Consejo. El vicepresidente se encontró solo; casi todos los generales manifestaron su desacuerdo. En consecuencia, a los pocos días, el ministro de la Guerra le manifestó que no tenía la confianza del ejército y, el 23 de julio, dimitió su cargo de vicepresidente del Consejo de Guerra.

Intentó el Gobierno que el general Michel fuese sustituido por Galliéni o Pau, pero este último solicitó la libertad de elegir a los comandantes de grandes unidades, lo que no pudo ser admitido por el ministro. No se procedió, pues, a su designación, aparentemente a causa de su edad, pretexto aún de más fuerza en el caso de Galliéni, que era todavía más viejo. Estas circunstancias determinaron el nombramiento del general Joffre.

Joffre procedía del arma de Ingenieros, y después de varios empleos en Madagascar, a las órdenes de Galliéni, y en Marruecos, se había ganado una reputación de soldado de carácter firme, prudente y ponderado. En 1911, ocupaba un sitio en el Consejo Superior de Guerra. Habría sido difícil encontrar un tipo más distanciado de la idea que tenían los británicos de un francés en este personaje bucólico, flemático, lento en el pensar y terco; tampoco hubiera sido fácil encontrar un tipo que pareciera menos adecuado para tejer o descifrar la trama gigantesca de una guerra moderna. Era el miembro más joven del Consejo de Guerra. Nunca había mandado un cuerpo de ejército, ni dirigido grandes maniobras ni aun en prácticas; en tales ejercicios, solo había desempeñado el papel de inspector general de Comunicaciones, y para tal puesto estaba designado en el caso de una movilización.

Joffre recibió la propuesta de su trascendental nombramiento con temor y embarazo, ambos naturales y sinceros. Sus recelos fueron vencidos al asegurarle que estaba a su disposición el general Castelnau, muy versado en los planes y teorías del Estado Mayor francés y en las grandes operaciones de guerra. Así pues, Joffre aceptó el poder como nómino de los elementos preponderantes en el Estado Mayor francés y como exponente de sus doctrinas. Siempre fue leal a estas concepciones, y los inmensos desastres que Francia estaba destinada a sufrir tres años más tarde fueron inevitables a partir de este momento.

Sin embargo, las cualidades del general Joffre hicieron de él el hombre apropiado para rendir un servicio muy útil a los fugaces gobiernos que precedieron al conflicto; representaba la «estabilidad» en un mundo tornadizo y la «imparcialidad» en un mundo de facciones. Era un «buen republicano» con un punto de vista político definido, sin llegar a ser un militar político o un militar que medrase en la intriga. Nadie podía sospechar en él religiosidad, pero, por otra parte, no podía acusarle nadie de favorecer a los ateos a expensas de los católicos. De todos modos había en él algo para Francia en que se podía confiar a pesar de sus políticos parlanchines, disipados y frívolos. Durante casi tres años y bajo gobiernos sucesivos, Joffre continuó en su puesto y así había la seguridad de que sus trabajos técnicos y orientaciones eran casi siempre adoptados por los diversos ministros que pasaban fugaces por una escena tan oscura; estuvo a las órdenes de Caillaux y Messimy, de Poincaré y Millerand, de Briand y Étienne; estaba aún con Viviani y de nuevo con Messimy cuando sobrevino la explosión.

Volvamos ahora a la Gran Bretaña.

En el mes de octubre, mister Asquith me invitó a ir con él a Escocia. Al día siguiente de mi llegada, cuando volvíamos del campo de golf, me preguntó a boca de jarro si me gustaría ir al Almirantazgo; esta cuestión ya me la había planteado cuando ocupó el cargo de primer ministro. Esta vez no tuve duda alguna al responder; estaba obsesionado con las graves cuestiones que planteaba una guerra y acepté con presteza. «Claro que acepto», fueron mis palabras. Mister Asquith me dijo que mister Haldane iba a venir a verlo al día siguiente y que hablaríamos los tres. Pero pude observar que estaba resuelto. La luz del crepúsculo descubría las siluetas distantes de dos barcos de guerra que salían lentamente del Firth of Forth; me pareció que tenían una nueva significación para mí.

Aquella noche, cuando me fui a dormir, vi una gran Biblia encima de la mesa de mi cuarto; yo estaba dominado por las noticias del completo cambio de mi situación y por la nueva misión que me había sido encomendada. Pensé en los peligros de mi patria, pacífica, irreflexiva y poco precavida, pensé en su fuerza y en sus virtudes, en su misión de buen juicio y lealtad; pensé en la nación alemana con todo el esplendor de su Estado imperial y ahondé en sus especulaciones profundas, pacientes, frías y despiadadas; recordé las maniobras de cuerpo de ejército de Breslau en 1907 y sus despliegues de oleadas de hombres jóvenes y valientes, en los millares de fuertes caballos que arrastraban los cañones y pesados obuses a través de la campiña y a lo largo de carreteras en los alrededores de Wurzburg en 1910. Pensé en la educación y progreso de esta gran nación y en todos sus triunfos en los campos de la ciencia y de la filosofía, en las victoriosas guerras relámpago que habían formado su poder. Abrí el libro al azar y en el capítulo 9 del Deuteronomio leí:

1. Escucha, Israel: tú estás hoy día a punto de pasar el Jordán para conquistar naciones grandísimas, y más fuertes que tú, ciudades magníficas, y cuyos muros llegan hasta el cielo.

2. Un pueblo de grande y alta estatura, los hijos de los enaceos, que tú mismo has visto, y cuya fama has oído, y a quienes nadie puede contrarrestar.

3. Pues has de saber hoy que irá delante de ti el mismo Señor Dios tuyo, fuego devorador y consumidor, que los ha de desmenuzar y consumir, y disipar delante de tus ojos rápidamente, como te lo ha prometido.

4. No digas en tu corazón cuando el Señor Dios tuyo los haya deshecho en su presencia: por razón de la justicia que has visto en mí, me ha introducido el Señor en la posesión en esta tierra, siendo cierto que por sus impiedades son asoladas estas naciones.

5. Porque no por tus virtudes, ni por la rectitud de corazón entrarás a poseer sus tierras, sino porque aquellas obraron impíamente, por eso al entrar tú han sido destruidas; y, a fin de cumplir Dios su palabra, que confirmó con juramento a sus padres Abraham, Isaac y Jacob.

Me pareció un mensaje lleno de esperanza.

IV. En el Almirantazgo

IV

En el Almirantazgo

Mister McKenna y yo permutamos nuestros puestos con la formalidad del caso; por la mañana, vino al Ministerio del Interior y le presenté a los altos funcionarios del departamento; por la tarde, fui al Almirantazgo, donde me presentó la Junta de aquel, los altos oficiales y los jefes de departamento, y se despidió. Yo sabía que él sentía mucho aquel cambio de ministerio, pero nadie lo habría notado en su conducta. Tan pronto como se marchó convoqué a la Junta, en la que el secretario leyó los documentos que me acreditaban como jefe de la misma, y según las palabras de la orden del Consejo yo era «responsable ante la Corona y ante el Parlamento de todas las actividades del Almirantazgo». Por mi parte, iba a intentar cumplir esta misión de responsabilidad en los cuatro años más memorables de mi vida.

Me orienté, inmediatamente, hacia aquellas cuestiones navales de primera importancia y que estimaba que requerían otra directriz. En primer lugar, los planes de guerra de la flota, que hasta aquel momento estaban planteados a partir de un bloqueo próximo. En segundo lugar, la organización de la escuadra con vistas al aumento inmediato de su potencia disponible. En tercer lugar, las medidas previsoras para hacer frente a todos los aspectos inesperados de un repentino ataque enemigo. En cuarto lugar, la formación de un Estado Mayor naval. En quinto lugar, concertar los planes de guerra del ejército y de la marina mediante una estrecha colaboración de ambos departamentos. En sexto lugar, el desarrollo de proyectos para aumentar la potencia de fuego de los nuevos barcos de guerra en todos los rangos. Y en séptimo lugar, los cambios en los altos mandos de la Flota y en la composición de la Junta del Almirantazgo.

De todos modos, di instrucciones propias para que me permitieran «dormir tranquilamente». Los depósitos y almacenes navales iban a ser custodiados directamente por la Marina de Guerra; se dispuso la asistencia ininterrumpida de oficiales, adicional a la de los jefes de oficina, de tal modo que a cualquier hora del día o de la noche, inclusive los días festivos, no hubiera posibilidad de perder un momento a causa de una alarma; tenía que estar siempre en servicio un lord naval en el Almirantazgo o en sus inmediaciones, a fin de recibir el aviso de alarma. Detrás de mi sillón de trabajo había una gran caja cuyas tapas abiertas desplegaban un gran mapa del mar del Norte; en esta carta, todos los días marcaban los oficiales del Estado Mayor con una banderita la posición de la flota alemana; no se interrumpió esta costumbre hasta que estalló la guerra, y los grandes mapas que cubrían un costado completo de la Sección de Operaciones empezaron a servir. Me acostumbré a mirar todos los días mi mapa cuando entraba en mi despacho. No lo hacía, las más de las veces, para tomar información, puesto que esta la tenía por otros conductos, sino para inculcarme en mí mismo y en los que me rodeaban una sensación, siempre presente, de peligro. Con este espíritu trabajábamos todos.

Ahora, debo presentar al lector los dos almirantes más importantes de la Flota; lord Fisher y sir Arthur Wilson, cuyas sobresalientes cualidades y vida de trabajo tanto a bordo como en el Almirantazgo, añadidas a las energías y patriotismo de lord Charles Beresford, habían hecho que la Marina Real fuera lo que era en aquel momento. Los nombres de ambos almirantes se encontrarán con frecuencia en estas páginas, pues desempeñaron papeles decisivos en todo lo que voy a relatar.

Por lo menos durante diez años, todos los pasos más importantes para ampliar, perfeccionar o modernizar la escuadra eran debidos a Fisher. Las calderas tubulares, los barcos armados con grandes cañones, la introducción de los submarinos (los «juguetitos de Fisher», como los llamaba lord Charles Beresford), el plan general de instrucción, el sistema de grupos de tripulaciones en reserva y últimamente —para hacer frente a la rivalidad alemana— la concentración de las escuadras en las bases del país, el desgüazado de un gran número de barcos pequeños de poca eficiencia combativa, los grandes programas navales de 1908 y 1909, el aumento del calibre de los cañones de 30,5 cm a 34,3 cm, todo ello era obra suya.

En la ejecución de todos estos profundos cambios, el almirante Fisher se había creado violentas oposiciones a sí mismo y a sus métodos, de los que se preciaba; sus métodos eran de la especie que avivan las aversiones, que él correspondía gustosamente. El almirante hizo saber, proclamó, que, sin importar la categoría del oficial que se opusiera a sus normas, este sería hundido en su carrera profesional. Todos los traidores, es decir, todos los que se opusieran a él, abierta o secretamente, «merecían que sus mujeres quedasen viudas, sus hijos, huérfanos y su casa, convertida en un muladar». Esto lo repetía continuamente; «despiadado, implacable, cruel» eran palabras que siempre estaban en sus labios, y muchos ejemplos tristes de almirantes y capitanes consumiéndose en tierra demostraban que llevaba a cabo todo lo que prometía. No dudaba lo más mínimo en expresar su conducta en los términos más desfavorables, como para desafiar a sus enemigos y críticos. En su diario del Dartmouth College escribió: «el favoritismo es el secreto de la eficiencia». Lo que él quería decir con «favoritismo» era una selección de personal sin consideración alguna a la antigüedad, en beneficio de elementos de valor y por interés público, pero la palabra subsistió. Se dijo que los oficiales tenían que estar «en el vivero» —¡desgraciados de aquellos que no lo estaban!—. Manifestaba su desprecio por las opiniones y argumentos de todos los que no estaban de acuerdo con sus planes y los maltrataba abiertamente de palabra y por escrito.

Sin embargo, en la Marina Real había un número considerable de oficiales de influencia social y medios independientes, muchos de los cuales se convirtieron en enemigos de Fisher; tenían acceso al Parlamento y a la prensa. Simpatizaban con ellos, aunque no con sus métodos, otro número mucho mayor de buenos y experimentados oficiales. Al frente de la oposición se encontraba lord Charles Beresford, por aquel tiempo comandante en jefe de la escuadra principal o del Canal. Se produjo así un cisma deplorable en la Marina Real que se extendió a cada flotilla y a cada unidad. Había partidarios de Fisher y de Beresford. Todo lo que proponía el primer lord era rechazado por el comandante en jefe, y todos los capitanes y tenientes fueron incitados a tomar partido por uno de los dos bandos. La discusión se llevaba a base de tecnicismos y de personalismos; ninguno de los bandos era suficientemente fuerte para aplastar al otro. El Almirantazgo tenía sus defensores en la Flota y esta tenía sus amigos en aquel; ambos lados, por consiguiente, poseían buena información de lo que pasaba en el campo contrario. La lamentable situación podría haber destrozado la disciplina de no haber sido por el hecho de que un grupo numeroso de oficiales se negaron rotundamente, aun a costa de sí mismos, a participar en la lucha; estos oficiales trabajaron silenciosa y continuamente en su misión hasta que pasó la tormenta de los partidismos. Debo hacer aquí honor a su conducta.

No hay duda de que Fisher tenía razón en las nueve décimas partes de lo que defendía. Sus grandes reformas mantuvieron la potencia de la Marina Real en el momento más crítico de su historia; dio a la Flota el sello característico de ofensiva que recibió el Ejército durante la guerra sudafricana. Después de un período de complacencia, serena e inalterable, se oyó el estampido de un trueno lejano. Fue Fisher quien percibió la señal de tormenta y puso en guardia a todas las secciones; forzó a todos los departamentos del Servicio Naval a revisar su estado y las necesidades de su existencia; les obligó, rogó y aduló para que pasaran de su estado semidormido al de actividad intensa. Pero la marina no era un sitio fácil de regentar en esta época. La tradición transmitida por Nelson con el lema de «Agrupación de hermanos» había desaparecido en aquel tiempo, solo por aquel tiempo, y detrás de la abierta hostilidad de los jefes florecieron las venenosas intrigas de sus seguidores.

Me he preguntado a mí mismo si no se habría podido evitar esto; si no habríamos podido llevar adelante las reformas Fisher sin los métodos Fisher. Mi convicción es que el almirante estaba enloquecido por las dificultades y obstrucciones que encontró, y se hizo violento en el proceso de una lucha más dura a cada paso que daba. En el gobierno de un gran servicio de guerra tiene que haber siempre la combinación de autoridades políticas y profesionales. Para que un primer lord pueda llevar a cabo una política enérgica, necesita la asistencia de un ministro que lo apoye y lo defienda; la unión de ambos les confiere mucho más del doble de su autoridad. Cada uno puede prestar servicios de suprema importancia al otro cuando los dos son factores efectivos; el trabajo en armonía los multiplica entre sí y la concentración resultante de la combinación de poderes no deja espacio ni resquicio a la facción. Para lo bueno y para lo malo, todo lo que decidan de mutuo acuerdo en interés del servicio debe ser aceptado lealmente. Desgraciadamente, en los últimos años, los esfuerzos de Fisher no encontraron apoyo porque el Almirantazgo estaba regido por dos ministros que estaban enfermos, casi sin esperanza; aun cuando eran hombres públicos capaces y correctos, tanto lord Cawdor y lord Tweedmouth, primeros lores desde 1904 hasta 1908, se encontraban en un estado de salud deplorable. Además, ninguno de los dos estuvo en la Cámara de los Comunes ni fue capaz por sí mismo, mediante una exposición responsable ante la Cámara, de proclamar de un modo incontestable la política que debía seguir el Almirantazgo y que tenía que ratificar la Cámara de los Comunes. Cuando mister McKenna fue primer lord, hubo un cambio. Dotado de una clara mentalidad, un carácter resuelto, con plenas facultades en su plenitud de vida y habiendo conquistado una fuerte posición política en la Cámara de los Comunes, estaba capacitado para ejercer una grande e inmediata influencia. Pero era muy tarde para Fisher. La furia le seguía la pista; la oposición y los odios habían aumentado mucho, el cisma en la marina continuaba obstinadamente abierto.

El incidente más comúnmente asociado con el fin de esta parte de su carrera es el de las «cartas de Bacon». El capitán Bacon era uno de los mejores oficiales de la marina y muy partidario de Fisher. En 1906, había prestado servicio en el Mediterráneo a las órdenes de lord Charles Beresford. Fisher le había pedido que le escribiera de vez en cuando informándole de todo lo que pasara; así lo hizo por medio de cartas de mucho valor y energía, pero expuestas al reproche de contener críticas a su jefe inmediato. Si hubiera sido esto solo, podría haber pasado inadvertido, pero el primer lord tenía la costumbre de imprimir cartas, notas y memorándums con tipos esmerados y bonitos, y que trataban de asuntos de instrucción y de afianzamiento de la moral. Admirador de la fuerza lógica de las cartas de Bacon, las imprimió en 1909 y las hizo circular ampliamente por el Almirantazgo. Finalmente, cayó una copia en manos hostiles y fue a parar rápidamente a un periódico vespertino de Londres. El primer lord fue acusado de alentar a sus subordinados en la deslealtad a sus jefes inmediatos. Este episodio fue fatal, y, a principios de 1910, sir John Fisher abandonó el Almirantazgo y pasó, todo el mundo lo creyó así, a la situación de retiro y a la Cámara de los Lores, coronado por sus trabajos, cargado de honores, pero perseguido por la difamación en medio del triunfo de sus enemigos.

Tan pronto como supe con seguridad que iba al Almirantazgo, hice llamar a Fisher; estaba fuera del país. No nos habíamos visto desde la disputa sobre los presupuestos navales de 1909; él se consideraba ligado por lealtad a mister McKenna, pero tan pronto como supo que yo no tenía nada que ver con la decisión que nos hizo cambiar de departamento vino enseguida. Pasamos tres días juntos y confortablemente en la Reigate Priory.

Encontré en Fisher un volcán de conocimientos y de inspiración; tan pronto como supo cuál era mi propósito principal, pasó a un estado de erupción vehemente. Realmente, tenía que haber sido muy duro para él esperar y seguir en vano desde el lago de Lucerna todas las incidencias de la larga crisis de Agadir, cuando todo el trabajo de su vida, su querida marina, tal vez tenía que ser puesto a prueba en cualquier momento. Empezó de nuevo y apenas podía parar. Yo le hice muchas preguntas y me dio muchas ideas. Siempre fue para mí una satisfacción hablar con él sobre estos importantes asuntos, pero lo más agradable era oírle hablar de cuanto se refería a proyectos de barcos. También habló muy bien de los almirantes, pero aquí había que hacer un gran descuento teniendo en cuenta sus enemistades. Mi intención era mantener la balanza en equilibrio y, mientras adoptaba en general la política de Fisher, insistía en el cese absoluto de la vendetta.

Conociendo perfectamente cuanto he escrito en las páginas precedentes, empecé nuestras conversaciones sin pensar en la reposición de Fisher en su puesto. Pero el domingo por la noche estaba bajo la influencia de aquel hombre y casi resuelto a hacer lo que hice tres años más tarde: colocarle al frente del Servicio Naval. No tenía miedo al alboroto que ello podía producir, pues me sentía bastante fuerte para hacerle frente. Pero temía que se reavivaran y continuaran los antagonismos, y era evidente que era inevitable, dado el carácter de Fisher. Además, me preocupaba mucho su edad; no podía sentir una confianza completa en el equilibrio de una mente a los setenta y un años de edad. Al día siguiente y durante todo el viaje de regreso a Londres estuve a punto de decirle: «Venga conmigo a ayudarme», y seguramente se lo habría dicho si hubiese pronunciado él una palabra que diese a entender sus deseos de volver; pero mantuvo una actitud digna y al cabo de una hora estábamos ya en Londres. Sobrevinieron otras reflexiones, no faltaron consejos en contra y al cabo de pocos días resolví definitivamente buscar a otro para el cargo de primer lord naval.

No sé si tuve o no razón.

Aun siendo un hombre que había ocupado durante muchos años cargos muy importantes y que había estado al corriente de tantos secretos y asuntos difíciles, siempre le había quedado tiempo a lord Fisher para escribir cartas que expresaban su carácter. Cuando para los fines de este trabajo y para la satisfacción de sus biógrafos coleccioné todas las cartas que había recibido del almirante, reuní más de trescientas, densamente escritas a máquina; en ellas, se repetían, por lo general, las principales concepciones y doctrinas que había seguido a lo largo de su vida. Aun cuando era fácil descubrir en las mismas muchas inconsistencias y contradicciones, la tónica general era invariable. Las cartas estaban presentadas de un modo curioso, con intercalaciones de notas felices y a veces recónditas, con frases y conceptos brillantes, con chistes mordaces y personalismos de carácter corrosivo. Todo lo escrito por él era transcripción ardiente e inmediata de su pensamiento, su pluma corría siguiendo la estela de su poderosa facultad de pensar; con frecuencia, dejaba volar audazmente en el papel ideas que otras personas apenas podrían aceptar en su propia mentalidad. No es extraño que este paso turbulento levantara en su estela la agitación de muchos enemigos furiosos. Lo asombroso es que no naufragara él en muchas ocasiones; solo la euforia de su genio soportaba la carga. Ciertamente, en el curso de los años, la violencia profusa y airada de sus cartas llegó a convertirse, en cierto sentido, en su propia protección. Mucha gente creía que este era el estilo airoso apropiado a nuestros guardianes del mar, y el almirante persistió en su impetuosa conducta.

La llegada de sus cartas, en los tiempos de preparación, era siempre para mí una fuente de cosas interesantes y de placer; cada carta era un regalo de ocho o diez páginas con escritura muy apretada, reunidas por medio de un alfiler o un trozo de cinta de seda y conteniendo toda clase de noticias y consejos que comprendían desde el reproche enérgico a las formas más elevadas de la inspiración y del alentamiento. Las cartas estaban redactadas desde sus comienzos con un estilo afectuoso y paternal; empezaban con un «My beloved Winston», terminaban corrientemente con una variación en «Yours to a cinder», «Yours till Hell freezes» o «Till charcoal sprouts»7 seguida de un P. S. y dos o tres páginas más con asuntos interesantes. Me ha sido imposible volver a leer estas cartas sin un sentimiento de profundo respeto hacia él, a su espíritu enérgico, a su energía volcánica, a su mente creadora, a sus impulsos abiertos de odio, a su amor a Inglaterra. Pero, ¡cosas del destino!, llegó un día en que el infierno se heló, el carbón de leña retoñó y en que la amistad se redujo a cenizas: cuando el «mi querido Winston» dejó sitio a un «primer lord: No puedo seguir siendo vuestro colega». Tengo la satisfacción de poder decir que esto no fue el final de nuestra íntima y larga amistad.

Sir Arthur Wilson, el primer lord naval, me recibió con la digna sencillez a que estaba acostumbrado. Por supuesto, no podía desconocer las causas que me habían llevado al Almirantazgo. Cuando conversando con los otros lores navales llegó por primera vez al Almirantazgo el secreto, bien guardado, de mi nombramiento, dijo: «Vamos a tener nuevos jefes; si quieren que les sirvamos, así lo haremos; si no, ya encontrarán otros para hacer el trabajo». Hasta entonces, solo me había encontrado con él en las conferencias del Comité de Defensa Imperial y la opinión que me merecía estaba dividida entre lo que había oído hablar sobre su carácter y un total desacuerdo con lo que yo entendí que eran sus puntos de vista estratégicos. Él consideraba absolutamente innecesario el Estado Mayor: yo había venido a organizarlo. No estaba conforme con los planes del Ministerio de la Guerra para enviar un cuerpo expedicionario a Francia en caso de guerra: yo creía que era mi deber preparar esta expedición hasta en su último detalle. Él era, según tenía entendido, un partidario de un riguroso bloqueo de los puertos alemanes, que, según mi manera militar o profana de pensar, era imposible a causa de los torpedos.8 Estas diferencias eran muy grandes y vitales. El almirante creía, probablemente, que nosotros habíamos sufrido un pánico innecesario con motivo de la crisis de Agadir, y que no habíamos comprendido bien la fuerza y movilidad de la flota británica ni el verdadero carácter de la fuerza estratégica británica. Tenía que retirarse del servicio por la edad dentro de tres o cuatro meses, a menos que se prorrogase su mandato. Por mi parte, yo iba al Almirantazgo con la clara intención de tener una nueva Junta elegida por mí. En estas circunstancias, no podíamos trabajar juntos.

No obstante, este es el momento para mí de dar mi opinión sobre su relevante personalidad naval. Era, sin excepción, el hombre más poco egoísta que había visto. No necesitaba nada y nada temía, absolutamente nada. Tanto si estaba mandando la flota británica como si estaba reparando un automóvil viejo, él estaba igualmente tranquilo y contento. El ir desde un alto cargo a un retiro absoluto y el retorno desde este hasta la cúspide del mundo naval eran para él transiciones que no alteraban lo más mínimo el latido de su corazón. Todo era deber, sin importar de qué se tratara ni dar más importancia al asunto; todo se reducía a cumplir su deber tan bien como fuera posible, fuera aquel grande o pequeño, y, naturalmente, no cabía esperar recompensa alguna. Este había sido el espíritu con que había vivido su vida y que había extendido ampliamente con su ejemplo a todos los escalones del personal de la Flota. Esto lo hizo muy antipático en bastantes ocasiones, tanto ante los oficiales como ante sus hombres. Órdenes son órdenes, tanto si estas acababan con la carrera profesional, como si les conducían a la fama; tanto si se trataba de un trabajo agradable como desagradable, apretaba los dientes y mostraba su triste sonrisa ante toda queja, sentimiento o emoción de cualquier clase que fuesen. Nunca vi turbada su compostura, nunca se descubría a sí mismo, nunca condescendía, ni una sola vez, hasta que en un día muy triste para mí, conocí que mi obra era estimada con buenos ojos por su parte.

Pero, a pesar de estos modos antipáticos, Tug (así se le llamaba porque siempre estaba trabajando esforzándose en ejercicios de tirar, remolcar o halar) o «old ’Ard ’Art» (viejo y animoso aldeano), era muy estimado en la flota. La gente hacía el trabajo desagradable y duro, aun cuando dudaran de su utilidad, porque lo había ordenado él y era «su manera». Había servido como guardiamarino en la guerra de Crimea; todo el mundo conocía la historia de su Cruz Victoria: la revuelta irrumpió en Tamai en el Sudán y, con las municiones de su Gatling agotadas, se le vio repartiendo sucesivamente golpes con sus puños sobre los lanceros derviches usando la empuñadura rota de su espada a modo de arma contundente. Se contaban historias sobre su aparente insensibilidad al tiempo y al clima; podía llevar un simple chaquetón de piloto en medio del invierno del mar del Norte con apariencia satisfecha, mientras todo el mundo estaría temblando bajo gruesos abrigos; podía estar con la cabeza al descubierto bajo un sol tropical sin sentir sus efectos. Tenía una fuerte intuición inventiva y un gran conocimiento de la mecánica. El sistema de contraminado usado durante cuarenta años en la marina y los semáforos, que subsistieron hasta que fueron desplazados por la telegrafía sin hilos, eran productos de su ingenio. Era un experimentado jefe de escuadra en el mar. En adición a todo esto, se expresaba con gran claridad y competencia en los documentos, muchos de los cuales eran extensas argumentaciones con exactitud de detalle y de amplio alcance. Me impresionó desde el primer momento como hombre de calidad y talla, pero, tal como pensaba, muy aferrado al pasado arte naval y poco abierto a las nuevas ideas cuando las condiciones estaban cambiando tan rápidamente, y, por supuesto, tenaz y terco hasta el último grado.

Después de nuestras conversaciones preliminares, vi que no llegaríamos a un acuerdo. Le envié una minuta sobre la creación de un Estado Mayor naval que correspondía a una decisión inequívoca. Fue recibida con una denegación razonada y completa; entonces determiné formar sin demora una nueva Junta del Almirantazgo. Los lores del Almirantazgo eran nombramientos casi ministeriales y fue necesario, naturalmente, que hiciese mis propuestas al primer ministro y obtener su aprobación. Después de informarle, el día 5 de noviembre, que, en vista de la oposición de sir Arthur Wilson, al principio, de un Estado Mayor de Guerra para la armada, yo consideraba un imperativo que la nueva Junta estuviera constituida en enero a más tardar. El 16 de noviembre, pude enviar al primer ministro mis propuestas completas: sir Francis Bridgeman como primer lord naval, el príncipe Luis de Battenberg como segundo lord naval, el capitán Pakenham como cuarto lord naval, el contraalmirante Briggs tenía que conservar su puesto de interventor y de tercer lord naval. El vicealmirante sir George Callaghan, segundo en el mando, fue propuesto para reemplazar a sir Francis Bridgeman en el mando de la flota metropolitana. El nombramiento decisivo fue, sobre todo, el de sir John Jellicoe como segundo comandante, puesto que pasó por encima de los almirantes antiguos más importantes de la lista en activo y, virtualmente, quedaba designado para el mando supremo en un futuro próximo.

El anuncio de estos cambios (28 de noviembre) produjo una gran conmoción en la Cámara de los Comunes cuando, a última hora de la noche, fue conocido. Todos los lores navales, excepto uno, habían sido reemplazados. Fui interrogado inmediatamente: «¿Habían dimitido o se les había dicho que se marcharan?», y así sucesivamente. Di brevemente las explicaciones necesarias. Por entonces, yo ocupaba una posición fuerte, porque muchos de los que conocían la historia anterior de la crisis de Agadir estaban preocupados por la Flota y, además, era bien sabido que yo había ido al Almirantazgo para hacer un nuevo y enérgico esfuerzo.

Sir Arthur Wilson y yo nos despedimos amigable y correctamente, pero al mismo tiempo en términos fríos. No mostró el más leve resentimiento por la disminución de su categoría. Era de tan buen temple e indiferente como siempre. Solo una vez denotó signo de vehemencia: cuando le dije que el primer ministro deseaba proponer su nombre al rey para hacerle par del reino. Se defendió de ello con mucho vigor. ¿Qué iba a hacer él con semejante título? ¡Era ridículo! No obstante, Su Majestad resolvió conferirle la Orden del Mérito y fue persuadido a aceptarla. En su última noche en el cargo, dio una cena a los nuevos lords navales en un estilo de verdadera agupación de hermanos, y se retiró a Norfolk. No pude menos de pensar desazonadamente en el famoso boceto de Tenniel Dropping the Pilot, donde se pinta al inexperto e impulsivo emperador alemán observando indiferente la venerable figura de Bismarck cuando descendía las escaleras. Sin embargo, yo había obrado única y exclusivamente en vista de los altos intereses públicos, y en ellos me hice fuerte.

Como podrá verse más adelante, tendría que trabajar de nuevo con sir Arthur Wilson.

A las pocas semanas de mi llegada al Almirantazgo, pusieron en mi conocimiento que deseaba verme, entre otros oficiales de esta categoría, el contraalmirante Beatty, a quien yo no había visto nunca. No obstante, sobre él tenía las impresiones siguientes: primero, que era el contraalmirante más joven de la Flota; segundo, que había mandado la cañonera que había ascendido por el Nilo para prestar apoyo inmediato al 21 de lanceros cuando se dio la carga de Omdurman; tercero, que había tenido muchas experiencias de combate en tierra firme y, en consecuencia, tenía experiencia naval y militar; cuarto, que procedía de una familia de jinetes, su padre había estado en mi regimiento, el cuarto de húsares, y le había oído frecuentemente hablar de su hijo, el contraalmirante era un jinete consumado, sabía moverse en el campo, como dicen los militares; y quinto, que se hablaba mucho en los círculos navales de que había ascendido en su carrera con demasiada rapidez. Estas eran las impresiones que trajo el nombre de este oficial a mi mente, y me acuerdo de él con todo detalle, porque las decisiones que tuve el honor de tomar respecto a él eran las más eficientes para el enriquecimiento de la armada y del ejército.

No obstante, en el Almirantazgo me previnieron acerca de él en sentido adverso. Había ascendido con rapidez excesiva, tenía muchos intereses en tierra, se decía que su interés máximo no era el servicio; se le había ofrecido un nombramiento en la escuadra del Atlántico de acuerdo con su categoría y lo había declinado (un paso muy serio para un oficial de marina cuando los puestos eran pocos en relación a los candidatos). Por consiguiente, no se le debía ofrecer ningún cargo más, pues esto sería contrario al precedente. Había estado sin colocar durante dieciocho meses, y probablemente sería retirado regularmente al expirar el plazo de los tres años sin empleo.

Pero mi primer encuentro con el contraalmirante me indujo inmediatamente a descartar esta opinión desfavorable y lo nombré mi secretario naval (o secretario privado, tal como se escribió en el nombramiento). Trabajando así en estrecha colaboración, discutimos durante los siguientes quince meses los problemas de una guerra naval con Alemania. Cada vez estaba más claro para mí que él veía las cuestiones de táctica y estrategia naval de un modo distinto al de la mayoría de los oficiales de marina; las abordaba, tal como me parecía a mí, con más espíritu de soldado; sus experiencias por tierra se habían complementado con su instrucción naval. No era partidario exclusivo del material bélico, sino que consideraba a este, no como un fin, sino como un medio; pensaba en los problemas de la guerra en un aspecto de unidad de tierra, mar y aire. Sus decisiones eran rápidas y flexibles, apropiadas a sus cualidades de buen jugador de polo y conocedor de las situaciones en las cacerías en el campo, cualidades enriquecidas por las variadas experiencias contra el enemigo a bordo de cañoneras y en tierra en el Nilo. Era realmente un placer discutir con él nuestro problema naval desde todos los puntos de vista, y para mí cada vez más sorprendente la profunda y aguda sagacidad de sus comentarios expresados en un lenguaje particularmente desprovisto de tecnicismos.

Cuando el mando de la Escuadra de Cruceros de Batalla quedó vacante en 1913 no vacilé en preferirle a él por encima de todos, y le confié el mando de aquel núcleo famoso de la Flota, la caballería estratégica de la Marina Real, combinación magnífica de velocidad y potencia a la que estaba orientado el espíritu del Almirantazgo. Y cuando, dos años más tarde (3 de febrero de 1915), lo visité a bordo del Lion, con las cicatrices de una batalla reciente y victoriosa en el banco Dogger, oí de sus capitanes y almirantes manifestaciones de un entusiasmo respetuoso e intenso hacia su jefe. Me acuerdo perfectamente de que, cuando estaba a punto de abandonar el barco, el imperturbable almirante Pakenham me tiró de la manga: «Primer lord, deseo hablarle en privado», y me acuerdo también de la intensa convicción de su voz al decirme: «Nelson ha vuelto otra vez». Son palabras que nunca olvido.

Mucha parte de mi trabajo de preparación de la Flota para la guerra dependió de las directrices y de la ayuda que recibí del príncipe Luis de Battenberg, quien, en conjunto, fue mi principal consejero como segundo lord naval desde enero de 1912 a marzo de 1913 (cuando sir Francis Bridgeman faltó temporalmente por causas de salud), y después, como primer lord naval, hasta finales de octubre de 1914. Es necesario, por consiguiente, dar más detalles de este notable príncipe y marino británico. Tanto más cuanto que el accidente de su parentesco lo derrumbó en los primeros meses de la Gran Guerra y terminó con su larga carrera profesional.

El príncipe Luis era un miembro de la Marina Real; desde sus más tiernos años había sido criado en el mar; su casa fue el puente de un barco británico. Su alcurnia, lejos de haberlo ayudado en su carrera, más bien lo perjudicó. No hay duda de que, hasta cierto punto, aquella lo ayudó, pero, más tarde, fue una irrefutable rémora. En consecuencia había gastado una gran parte de sus cuarenta años de servicio a bordo y, generalmente, en los mandos menos agradables. Era corriente oír cómo acostumbraba conducir a toda marcha su flota de cruceros dentro del pequeño y abarrotado puerto de Malta y cómo en un instante, y escasamente con 50 brazas para maniobrar, echaba anclas, frenaba sobre sus cables y a toda marcha hacia popa llevaba sus barcos a la base. Tenía más conocimiento sobre la guerra por mar y tierra, y sobre el continente europeo, que la mayoría de los almirantes que he conocido. Su hermano, como rey de Bulgaria, había mostrado grandes aptitudes y en muy alto grado en la batalla de Slivnitza, y estaba muy versado en todo detalle, práctico y teórico, del servicio naval británico. No había carecido de razón su nombramiento, bajo el mando de lord Fisher, como jefe del Departamento de Información Naval, parte vital de nuestra organización. Era un oficial del Estado Mayor muy completo y adiestrado, dotado, además, de un juicio claro y lúcido, y de la perseverancia paciente que no hemos desdeñado nunca en la raza alemana.

Se dijo de él que, en una ocasión, con motivo de una visita a Kiel con el rey Eduardo, un almirante alemán de elevado empleo le había reprochado que estuviera sirviendo en la flota británica, a lo que el príncipe había contestado con rapidez: «Señor, cuando yo entré en la flota británica, el año 1868, aún no existía el Imperio alemán».

El papel desempeñado por el príncipe en los acontecimientos que estoy tratando será varias veces mencionado en el curso de esta narración.

Nuestra primera labor fue la creación del Estado Mayor. Todos los detalles fueron preparados por el príncipe Luis y aprobados por el primer lord naval. Repuse también en su cargo a sir Douglas Haig, que, por aquel tiempo, tenía un mando en Aldershot; este general me orientaba magistralmente en la formación de doctrina para la organización del Estado Mayor, y constituía, en muchos aspectos, un profesor formidable de los métodos navales existentes. Provisto yo de estas variadas opiniones, hice públicas mis conclusiones en enero de 1912 en un documento orientado todo lo posible a combatir los prejuicios existentes acerca del servicio naval.

Nunca cesé, pues, de laborar para la formación de un verdadero Estado Mayor General de la armada.

Pero esta labor requiere que pase una generación. El cambio no puede crear nuevos estados de mentalidad en los oficiales más antiguos, de los cuales depende la Flota. Los oficiales jóvenes pueden ser preparados, pero después tienen que recorrer todos los escalones de mandos de responsabilidad en el servicio. El peso muerto de la opinión profesional era una rémora. Ellos habían funcionado bien sin el nuevo organismo; no necesitaban una clase especial de oficial profesional más hábil que el resto de los compañeros. El tiempo de embarque tenía que ser la calificación máxima de un oficial y, después, las aptitudes técnicas. Así pues, cuando yo fui al Almirantazgo pude ver que no había un momento en la carrera e instrucción de un oficial de marina destinado a leer un simple libro sobre guerra naval o para versarse rudimentariamente en la historia naval. La Marina Real no ha contribuido en modo apreciable a la historia naval. La obra más generalizada sobre Marina de Guerra estaba escrita por un almirante americano.9 Las mejores narraciones de estrategia naval y de los combates de la flota británica estaban compiladas por un escritor civil inglés.10 Al sevicio naval no se lo llamaba «servicio silencioso» precisamente porque estuviera absorbido en el estudio, sino porque estaba agotado por la rutina cotidiana y por una técnica complicada y diversificada. Teníamos administradores competentes, expertos brillantes de todas clases, navegadores sin parangón, conocedores de la disciplina, oficiales de mar, corazones marinos fuertes y fieles; pero cuando estalló el conflicto teníamos más capitanes de barcos que capitanes de guerra. Se requerían como mínimo quince años de política y orientación constante para dar a la Marina Real aquel amplio punto de vista sobre los problemas y situaciones de la guerra, sin el cual no hubiera sido posible que los marinos, artilleros, especialistas de todas clases y de lealtad máxima hubiesen podido encontrar la satisfacción del deber cumplido.

¡Quince años! ¡Y solo disponíamos de treinta meses!

Ya he mencionado antes que el ministro de Hacienda estaba conforme durante la crisis de Agadir con cualquier medida que tendiera a aumentar la fuerza de la actitud británica. Pero, tan pronto como pasó el peligro, adoptó una actitud diferente. Creía que tenía que hacerse un esfuerzo para subsanar los resquemores que pudiera tener Alemania y llegar a un común acuerdo sobre fuerzas navales. Sabíamos que estaba en preparación una nueva y formidable ley naval que sería pronto promulgada. Si Alemania estaba resuelta definitivamente a competir con Inglaterra, nosotros debíamos aceptar el desafío, pero podría ser posible evitar este curso peligroso de cosas mediante conversaciones sinceras, amistosas e íntimas. No éramos enemigos de la expansión colonial alemana y habríamos dado pasos para ayudarlos en este deseo. Seguramente había algo que se pudiera hacer para romper la cadena de causas ciegas de incidentes. Si ayudar Alemania en la esfera colonial era un medio para obtener una situación estable, era un precio que nos aveníamos a pagar. Yo estaba completamente de acuerdo con esta orientación. Aparte de otras razones, tenía la sensación de que sería mejor pedir al Gabinete y a la Cámara de los Comunes el dinero suficiente, si yo podía ir siempre de acuerdo con el ministro de Hacienda y testimoniar que habíamos hecho todo lo posible para asegurar una mitigación de la rivalidad naval y que habíamos fracasado. En consecuencia consultamos juntos a sir Edward Grey y entonces, con autorización del primer ministro, invitamos a sir Ernest Cassel a ir a Berlín para ponerse en contacto directo con el emperador. Sir Ernest era muy apropiado para esta misión, pues conocía bien al emperador y era además leal a los intereses de su patria. Le proveímos de un memorándum breve, pero eficiente, que no podía ser mejor resumido que con las propias palabras de Von Bethmann-Hollweg:11 «Aceptación de la superioridad de Inglaterra en el mar, no aumentar el programa naval alemán, una reducción, la mayor posible, de este programa; y por parte de Inglaterra no poner impedimentos a nuestra expansión colonial, discusión y ayuda a nuestros propósitos coloniales, proposiciones por declaraciones mutuas de que las dos potencias no tomarían parte en planes agresivos o convenios que pusieran a una frente a otra». Cassel aceptó esta misión y salió seguidamente para Berlín, donde estuvo solo dos días, vino a verme a su regreso. Traía consigo una carta cordial del emperador y una exposición completa de Von Bethmann-Hollweg sobre la nueva ley naval alemana. Devoramos, por decirlo así, en el Almirantazgo durante toda la noche este documento inestimable. Estaba claro que nuestro proyectado programa de seis años de 4, 3, 4, 3, 4, 3 como contrapartida a su 2, 2, 2, 2, 2, 2 tenía que ser aumentado a 5, 4, 5, 4, 5, 4 frente a su proyecto de 3, 2, 3, 2, 3, 2. Esto solo nos permitiría mantener una superioridad de un 60 % en dreadnoughts y cruceros de batalla sobre Alemania, y tenían que ponerse dos quillas por cada una de sus tres barcos adicionales. La creación de una tercera escuadra alemana nos obligaría a traer a la flota metropolitana todos los acorazados del Mediterráneo y confiar el Mediterráneo a Francia. Para hacer frente al aumento de personal, tendríamos que doblar nuestro proyectado aumento y añadir 4.000 hombres en este año y otros 4.000 en el siguiente.

Expusimos estos hechos al Gabinete, que decidió que un ministro del mismo debía ir a Berlín; se elegió a mister Haldane a tal fin. Después de previas conversaciones entre ambos gobiernos, el secretario de Estado para la Guerra salió el 6 de febrero con dirección a Berlín, acompañado de sir Ernest Cassel.

Algunas semanas antes me había propuesto pronunciar un discurso en Belfast, para apoyar la Ley para el Gobierno de Irlanda; en la inflamable capital del Ulster se levantó una viva hostilidad a este proyecto. Como había sido comisionado para ello, no me quedaba otro remedio que cumplir mi misión, aun cuando, para evitar una provocación innecesaria, el lugar del mitin se designó en un gran pabellón que se erigió en los alrededores de la ciudad, en vez del Ulster Hall. Se anunció por todas partes el peligro de violencias y de motín, y se concentraron cerca de 10.000 soldados para guardar el orden. Yo tenía proyectado, si todo iba bien en Belfast, ir al día siguiente a Glasgow, para inspeccionar alguno de los astilleros a lo largo del Clyde y pronunciar un discurso sobre la posición naval británica y exponer con claridad nuestras intenciones fundamentales y constituir así la contrapartida necesaria a la misión de Haldane. Cuando estaba esperando el tren que tenía que tomar en Londres para Irlanda, leí en la última edición de los periódicos de la noche el discurso del emperador en la apertura del Reichstag, en el que anunciaba la promulgación de leyes para el aumento del ejército y de la armada. La nueva ley naval era todavía un secreto para las naciones alemana y británica, pero conociendo, como yo ya conocía, su alcance y carácter, y considerándola en relación con la ley sobre el ejército, sufrí como una fuerte impresión de peligro inmediato. Unas frases, que revelaban a Alemania a sí misma, decían enérgicamente: «Son mi deber y cuidado constantes el mantener y reforzar en tierra y en el mar el poder defensivo del pueblo alemán, a quien no le faltan hombres jóvenes, listos para empuñar las armas». Y así era realmente. Era fácil imaginarse cómo estaría Francia, con su desfavorable problema demográfico, observando por encima de su fortaleza los campos alemanes y reflexionando en silencio sobre aquellos «hombres jóvenes listos para empuñar las armas». Mi pensamiento, olvidándose del día de agitación en Irlanda y del engorro del discurso a mi cargo, se fijó sobre Glasgow como lugar apropiado en que quizá se podría dar la respuesta a aquella amenaza de dominación continental. Una vez más, Europa podía encontrar la salvaguardia contra una dominación militar en una isla que nunca había estado ni estaría con «escasez de marinos fuertes y adiestrados, criados desde su primera juventud para el servicio en los mares».

En consecuencia y después de terminada la dura prueba irlandesa, dije en Glasgow:

Los propósitos del poder naval británico son esencialmente defensivos. No tenemos, ni hemos tenido nunca, intenciones agresivas y no atribuimos tales intenciones a otras grandes potencias. Sin embargo, hay una diferencia entre la potencia naval británica y la del amigable gran Imperio alemán, a quien deseo que pueda continuar siempre grande y amigo. La flota británica nos es necesaria por varias razones, mientras que la flota alemana tiene para ellos más bien un carácter de lujo. Nuestra potencia naval está ligada directamente a la existencia de Inglaterra. Es la existencia misma para nosotros, para ellos es la expansión…

Tenemos grandes reservas de personal marino en este país. Hay medidas que pueden ser tomadas para hacer un empleo mayor de dichas reservas del que ha sido posible hasta ahora, y he dado instrucciones para que este aspecto sea estudiado detalladamente por los expertos navales que me informan. Nuestras reservas, tanto de la Marina Real como de la Marina Mercante, son un gran apoyo, y esta isla nunca ha estado ni estará escasa en marineros fuertes y adiestrados, aliados desde mi primera juventud para el servicio en los mares.

Suceda lo que suceda en el mundo, aquí no habrá lamentaciones, no se denotarán señales de angustia, no pediremos socorro ni ayuda. Haremos frente al futuro igual que lo habrían hecho nuestros antepasados, con calma y sin arrogancia, pero con firme e inflexible determinación. De todas las potencias, seremos los primeros en acoger una pausa o disminución de la rivalidad en los efectivos navales; tal disminución estamos dispuestos a hacerla, no con palabras, sino con hechos.

Pero si hay aumento de efectivos en el continente europeo, no se vacilará en hacerles frente para satisfacción de nuestro país. A medida que se agudice la competición naval, nosotros aumentaremos, no solo la cantidad de barcos en construcción, sino la proporción que deba tener nuestra fuerza naval para hacer frente a otras grandes potencias navales, de tal modo, que nuestro margen de superioridad sea cada vez mayor y nunca menor a medida que la tensión aumente. Así debemos dejar bien sentado y sin lugar a duda alguna que las potencias navales, en vez de alcanzarnos mediante esfuerzos crecientes, solamente conseguirán quedar más distanciadas a consecuencia de las medidas que tomaremos.

Este discurso produjo grandes quejas en Alemania, que fueron reflejadas por una gran parte de nuestra prensa liberal. Parece ser que la palabra «luxury» tuvo una mala interpretación en su traducción al alemán. La «Luxus Flotte» fue una expresión desagradable que iba de boca en boca. Tal como yo esperaba, encontré enojados a mis colegas cuando regresé a Londres. Sus felicitaciones sobre Belfast quedaron silenciadas por sus reproches sobre Glasgow. Mister Haldane regresó de Berlín dos días más tarde y se reunió el Gabinete para recibir el informe de su misión. Contrariamente a lo que esperaba todo el mundo, el secretario de Estado para la Guerra declaró que el discurso de Glasgow, lejos de dificultar sus negociaciones, había sido la mejor ayuda posible. En realidad, él había expuesto argumentos casi iguales el día antes a Von Bethmann-Hollweg. Le había dicho al canciller que, si Alemania añadía una tercera escuadra a su flota, nosotros «mantendríamos cinco o seis escuadras en nuestras aguas, recurriendo tal vez a traer los buques del Mediterráneo para reforzarlas»; que si los alemanes añadían barcos a su programa, «nosotros procederíamos simultáneamente a colocar dos quillas por cada una de las alemanas»; y que, haciendo honor a la marina, «el pueblo no se lamentaría del aumento de otro chelín a sus impuestos». Mister Haldane explicó cómo él mismo había leído los pasajes más efectivos de mi discurso al mismo emperador y a Von Tirpitz, como prueba y confirmación de todo lo que había estado diciendo en las discusiones preliminares. Esto solventó el asunto en lo que a mí se refería. Esto fue solo un ejemplo más de la actitud valiente y leal que adoptó siempre mister Haldane en toda cuestión referente a la preparación de su país para la guerra con Alemania.

Mister Haldane trajo consigo el texto de la nueva ley naval alemana, o «Novelle» como fue llamada por entonces. El emperador se la había entregado durante el curso de la discusión. Era una detallada documentación técnica. Mister Haldane había tenido la prudencia de omitir su opinión sobre la misma hasta que no hubiera sido examinada por los expertos del Almirantazgo. Sometimos, entonces, el documento a un estudio riguroso y el resultado confirmó, una vez más, nuestra primera y desfavorable opinión.

El 9 de marzo, informé que la proposición fundamental de las negociaciones, desde el punto de vista del Almirantazgo, había sido que la ley naval alemana existente no debía ser aumentada, sino, en lo posible, disminuida, pues, todo lo contrario, iba a ser promulgada otra ley naval previendo grandes y progresivos aumentos, no solo en 1912, sino en los cinco años siguientes. Prácticamente, las cuatro quintas partes de la armada alemana iban a ser puestas permanentemente en pie de guerra. El Gobierno alemán estaría en condiciones de tener disponibles en toda época del año, veinticinco, o quizá veintinueve, acorazados, completamente en activo, mientras que, en aquel momento, el Gobierno británico tenía en servicio en las aguas de las islas Británicas solo veintidós, contando incluso con la flota del Atlántico.

Encontramos una resistencia inflexible en la proposición fundamental. No obstante, perseveramos y la discusión fue llevada al terreno de una declaración mutua contra planes agresivos; sir Edward Grey propuso la siguiente fórmula: «Inglaterra no efectuará un ataque sobre Alemania que no haya sido provocado y no seguirá una política de agresión contra este país. La agresión a Alemania no es finalidad de Inglaterra y tal objeto no forma parte de ningún tratado, conversación o acuerdo firmado actualmente por Inglaterra, ni será tampoco parte de nada que tiende a tal fin». El Gobierno alemán consideró inapropiada esta fórmula y sugirió por conducto de su embajador la cláusula adicional siguiente: «Por consiguiente, Inglaterra observará, como mínimo, una actitud de neutralidad benévola, en caso de serle impuesta una guerra a Alemania», o bien, «Por consiguiente, Inglaterra permanecerá neutral, naturalmente, si se le impone una guerra a Alemania».

Esta última condición nos hubiera llevado más allá de nuestra primera intención, y podría esgrimirse para privarnos de ir en ayuda de Francia en una guerra «impuesta» o alegada como «impuesta» a Alemania, como consecuencia de una disputa entre Austria y Rusia. Ello induciría, ciertamente, a considerar como terminada la Entente. Sin embargo, aun en el caso de dar nosotros ese paso, la nueva ley naval alemana no iba a ser retirada; a lo sumo, sería modificada. Así, pues, se llegó en la primera fase a un punto muerto. De todos modos, considerábamos tan importante crear como mínimo un espíritu amistoso y estábamos tan predispuestos a aplacar a Alemania y a ayudar a sus aspiraciones que aun persistimos en la empresa de llegar a un acuerdo beneficioso para Alemania en la esfera colonial. Estas negociaciones estaban progresando y casi habían llegado a una conclusión definitiva y ventajosa para Alemania cuando estalló la guerra.

A principios de marzo, cuando aún no se había publicado la nueva ley naval alemana, fue necesario presentar nuestro informe a la Cámara de los Comunes. Por supuesto, hubiera sido una falta de lealtad por mi parte al emperador de Alemania si hubiese puesto en mis labios la sugerencia de que nosotros ya conocíamos el texto de la ley naval. Estaba, por consiguiente, obligado a pronunciar mi primer discurso sobre temas navales a base de hipótesis: «Esto es lo que nosotros vamos a hacer, si no se hacen más aumentos en la flota alemana. Si, desgraciadamente, se confirmaran los rumores que llegan a nuestros oídos, presentaré un presupuesto extraordinario a la Cámara, etc.».

En este discurso dejé establecido claramente, con el consentimiento del Gobierno, los principios que regirían nuestra construcción naval en los próximos cinco años y los tipos de proporción de fuerza que seguiríamos en acorazados de combate. Esta proporción era la siguiente: el 60 % en dreadnoughts por encima de Alemania, en tanto que esta nación se ciñera a su programa declarado en aquel momento, y dos quillas por cada una de las puestas por ella. Los barcos de los Dominios tenían que ser considerados como adicionales a cuanto nosotros pudiéramos construir; de otro modo los esfuerzos de los Dominios no habrían traído como resultado el debido estímulo. De acuerdo con estas orientaciones, establecí los seis años de construcción por parte de Inglaterra en 4, 3, 4, 3, 4, 3, contra una construcción constante de dos barcos por año por parte de los alemanes. No estábamos seguros de que Alemania aceptara una oferta hecha por mister Haldane de renunciar a uno de los barcos adicionales de su nueva ley naval. Este fue, sin embargo, el caso y constituyó, de todos modos, un resultado tangible de la misión de Haldane. Dicho, con palabras de Von Tirpitz: «Él —Haldane— hizo, a continuación, una propuesta de una cierta pausa en la construcción de los tres barcos; ¿no podríamos distribuirlos en doce años? Necesitaba solo una muestra de nuestra buena disposición hacia Inglaterra, más que por nada por pura fórmula… Haldane propuso que debíamos retardar la proporción de nuestro aumento para «lubricar» las negociaciones, o bien que renunciáramos, como mínimo, al primero de los tres barcos. Trazaba él, al escribir su proposición, el mismo principio que yo había fijado previamente sobre mi pensamiento como concesión posible. Por consiguiente sacrifiqué el barco».

Nosotros, en consecuencia, «sacrificamos» dos barcos hipotéticos y nuestros programas, que tenían que ser aumentados a 5, 4, 5, 4, 5, 4, fueron fijados al final en 4, 5, 4, 4, 4, 4. El magnífico donativo del Malaya, hecho por los Estados Confederados de Malaya, aumentó la cifra del primer año a cinco.

Al anunciar estas decisiones al Parlamento al final del mismo mes, hice públicas y definitivas estas proposiciones para una tregua naval, que fueron inútiles en lo que concernían a Alemania e Inglaterra, pero la principal de las cuales ha sido desde entonces adoptada por los pueblos de habla inglesa:

Tomemos, como ejemplo de esta propuesta que someto a consideración, el año 1913. En este año, según mis noticias, Alemania construirá tres acorazados, y será necesario por consiguiente que nosotros construyamos cinco.

Suponiendo que adoptemos una tregua en este año e introduzcamos una página en blanco en el libro de las desavenencias, suponiendo que Alemania no construya acorazados este año, nosotros nos ahorraremos entre seis y siete millones de libras esterlinas. Pero eso no es todo. En circunstancias ordinarias, nosotros no empezaríamos la construcción de nuestros barcos hasta que Alemania hubiera empezado la de los suyos. Los tres barcos que Alemania dejaría, por consiguiente, de construir harían desaparecer automáticamente no menos de cinco potentes superdreadnoughts británicos. Esto es más de lo que yo creo que ellos pueden esperar de una brillante acción bélica.

Al principio del mes de abril, se hizo evidente que no se podía llegar a un acuerdo con Alemania para conseguir una tregua. El emperador me envió por mediación de sir Ernest Cassel un atento mensaje expresando su gran disgusto, pero añadiendo que tales acuerdos eran solo posibles entre aliados.

El aumento de la potencia alemana produjo consecuencias inevitables. La flota británica tuvo que concentrarse en aguas de la metrópoli, con fines de seguridad; nos vimos obligados a retirar los acorazados del Mediterráneo. Solo con esta medida se pudieron obtener los hombres instruidos para formar la Tercera Escuadra de Batalla en activo en las aguas de las islas. El Gabinete decidió que debíamos mantener todavía una fuerza potente en el Mediterráneo y, en última instancia, se situaron en la base de Malta cuatro cruceros de batalla y una escuadra de cruceros protegidos. Después se resolvió que para el año 1916 tenía que haber en el Mediterráneo una escuadra de dreadnoughts igual en potencia a la de la creciente flota austríaca. Se tomaron estas decisiones con el deliberado fin de volver a ganar nuestra completa independencia. Pero la retirada de los acorazados del Mediterráneo, aunque no fuese más que por pocos años, era un acontecimiento de importancia, pues nos hacía parecer como dependientes de la flota francesa en aquellas aguas. Los franceses simultáneamente reorganizaron sus fuerzas. Bajo la presión creciente ejercida por los armamentos alemanes, Inglaterra trasladó toda su flota naval al mar del Norte y Francia desplazó todos sus grandes barcos al Mediterráneo, con lo que la sensación de alianza mutua prosperó entre las marinas de los dos países.

Es asombroso que el almirante Von Tirpitz no comprendiera nunca cuáles serían las consecuencias de su política. Incluso, después de la guerra, escribió:

Para poder estimar la fuerza de la carta de triunfo que puso por entonces nuestra flota en manos de una diplomacia activa, hay que recordar que, a consecuencia de la concentración que habíamos provocado de la escuadra británica en el mar del Norte, había prácticamente terminado el dominio británico de las aguas del Mediterráneo y de Extremo Oriente.

La única «carta de triunfo» que aseguró Alemania con esta política fue el aproximar más y más a Francia y a Inglaterra. El momento en que la flota francesa y británica estuvieron dispuestas por este camino a colaborar en interés común fue de la máxima importancia. Como quiera que fuera lo que nosotros estipuláramos con Alemania, los cargos morales que Francia podía hacer a Inglaterra si aquella nación fuese atacada por Alemania serían mucho más fundamentados, cualesquiera que fueran las razones de descargo de Inglaterra. Ciertamente, mi ansiedad estaba en el intento de impedir que esta llamada de nuestros barcos nos ligara demasiado fuertemente con Francia y nos privara así de la libertad de acción de nuestra fuerza para poder impedir una guerra.

Cuando, en agosto de 1912, el Gabinete decidió que tuvieran lugar conversaciones militares entre los almirantazgos francés y británico, similares a las que se habían sostenido desde 1906 entre los estados mayores de los ejércitos, expuse este punto de vista tan claro como me era posible en un escrito que dirigí al primer ministro y al ministro de Asuntos Exteriores, e hicimos todo lo posible para salvaguardamos nosotros mismos.

Sir Edward Grey

Primer ministro

23 de agosto de 1912

El punto a salvaguardar y objeto de mi ansiedad es nuestra libertad de acción si fuera necesario y, por consiguiente, poder influir de antemano sobre la política francesa. Esta libertad quedará notablemente perjudicada si los franceses pueden decir que han dejado desguarnecida su costa atlántica y que han hecho concentraciones en el Mediterráneo en la confianza de los acuerdos navales hechos con nosotros. Esto no será del todo exacto. Si nosotros no existiéramos, los franceses no podrían tomar mejores disposiciones que las del presente; no son suficientemente fuertes para hacer frente solos a Alemania y mucho menos mantenerse en dos campos de lucha. Por consiguiente, ellos concentrarían con razón su flota en el Mediterráneo donde, a salvo, tendrían superioridad para asegurar las comunicaciones con África. Tampoco es exacto que nosotros estemos confiando en Francia para mantener nuestra posición en el Mediterráneo… Si Francia no existiera, nosotros no dispondríamos tampoco nuestras fuerzas en otra forma.

Pueden presentarse circunstancias en las que, a juicio mío, sería aconsejable y conveniente para nosotros ir en ayuda de Francia con todas nuestras fuerzas de mar y de tierra. Pero nosotros no pedimos nada a cambio. Si fuésemos atacados nosotros, no haríamos cargo alguno de mala fe a Francia, si esta nos dejara ir solos a la lucha; y ninguno de los preparativos navales y militares debería traer consigo la exposición a una carga semejante si, cuando se presente la ocasión, nosotros decidimos apartarnos.

Este es mi punto de vista, y estoy seguro de que estoy de acuerdo con usted en lo fundamental. De todos modos, no lo estoy en los detalles de cómo hay que hacer efectivo este punto de vista y no sé cual es el documento a redactar. Pero [considérese] el arma tremenda que esgrimiría Francia para forzarnos a intervenir si pudiera decir: «Apoyados en vuestra opinión y mediante acuerdo con vuestras autoridades navales hemos dejado sin defender nuestras costas del Norte; no podemos volver atrás a tiempo». Ciertamente [añadí yo, no sin algo de inconsecuencia] sería probablemente decisivo lo que ahora se firmara. Todos los que conozcan los hechos tendrán la sensación de que tenemos las obligaciones de una alianza sin sus ventajas y, sobre todo, sin sus estipulaciones precisas.

W. S. C.

La dificultad demostró ser cierta. Las discusiones técniconavales solo podían ser planteadas en función de que la flota francesa tenía que concentrarse en el Mediterráneo y de que, en caso de una guerra en la que ambos países tomaran parte, incumbiría a la flota británica defender las costas septentrionales y occidentales francesas. Los franceses, tal como yo había previsto, suscitaron, naturalmente, la cuestión de que si Inglaterra no tomaba parte en la guerra, sus citadas costas quedarían indefensas. Sin embargo, nosotros, aunque reconociendo la dificultad, rehusamos firmemente que los preparativos navales nos ligaran en sentido político. Fue acordado, circunstancialmente, que, si hubiera una amenaza de guerra, los dos gobiernos se consultarían y concertarían de antemano cuál era la acción común, caso de haberla, que deberían emprender. Los franceses no tuvieron más remedio que aceptar esta posición y afirmar definitivamente que las conversaciones navales no traían consigo ninguna obligación de acción común. Esto es lo mejor que pudimos hacer para nosotros mismos y para ellos. Cuando llegara el momento, no habría lugar a dudas sobre lo que Inglaterra tendría que hacer.

La organización de una flota difiere completamente de la de un ejército. Los ejércitos solo mantienen una pequeña proporción de sus soldados en servicio activo. Estos forman los cuadros de los batallones, instruyen a los reclutas y forman la guardia de los tiempos de paz. Cuando se da la orden de movilización, todos los hombres que han recibido instrucción y que viven la vida civil son llamados a medida que se necesitan; entonces y solo hasta entonces el ejército está listo para la lucha.

Los navíos de guerra, en cambio, están en su mayoría siempre listos. La marina británica tenía sus mejores barcos con tripulaciones permanentes y completas de hombres en servicio activo. Desde el punto de vista de la calidad, se podía disponer en todo momento de la plenitud de potencia de dichos barcos; desde el punto de vista del número, podían entrar en acción y sin llamar a las reservas casi las tres cuartas partes de los barcos. Solo los más viejos y anticuados eran tripulados en tiempo de paz por las reservas, es decir, por hombres que habían dejado la marina y habían vuelto a la vida civil. Estos barcos anticuados eran la parte de flota que tenía que ser «movilizada» al igual que los ejércitos de Europa.

Así pues, la movilización, que es la base de todos los grandes ejércitos, desempeña un papel poco importante en las flotas. Todo barco que realmente contaba estaba dispuesto siempre para navegar y combatir cuando recibía la orden al efecto.

La organización de las flotas metropolitanas cuando yo llegué al Almirantazgo parecía dejar mucho que desear a los acostumbrados a la simetría militar. Informado por sir Francis Bridgeman, el príncipe Luis y el contraalmirante Troubridge, el primer jefe del nuevo Estado Mayor, proyecté una organización nueva y simétrica de las flotas.

Todos los barcos disponibles para la defensa de la metrópoli fueron divididos en primera, segunda y tercera flota, comprendiendo ocho escuadras de batalla de ocho acorazados cada una, junto con sus escuadras correspondientes de cruceros, flotillas y auxiliares. La primera flota comprendía un buque almirante y cuatro escuadras de batalla «en pleno activo», tripulados completamente con personal de servicio activo y por consiguiente siempre listos. Para formar esta flota fue necesario fondear la anterior Escuadra del Atlántico en puertos de la metrópoli en vez de en Gibraltar y fondear los acorazados del Mediterráneo en Gibraltar en vez de en Malta. Con esta combinación había siempre lista en aguas de las islas una escuadra adicional de combate a base de grandes barcos (del tipo del King Edward). La segunda flota consistía en dos escuadras de batalla, tripuladas también con personal en activo, pero con un 40 % de este personal instruyéndose y especializándose en las escuelas de artillería, de torpedos entre otras. Esta flota fue calificada como de «servicio activo», porque podía combatir en cualquier momento, pero para comprobar su mayor eficiencia requería fondear en sus puertos de la metrópoli y llevar a bordo el resto de las tripulaciones que estaban en las escuelas. En las seis escuadras que contenían, además de las escuadras de cruceros, todos los barcos modernos y semimodernos no se podía encontrar ni un solo reservista. Por consiguiente, no era necesaria la movilización para poner en acción el total de dicha fuerza. La tercera flota consistía también en dos escuadras de combate y cinco de cruceros de nuestros barcos más viejos; estos estaban tripulados solo por personal en cuadro y de instrucción, y necesitaban que se llamaran a las reservas para poderlos hacer salir a la mar. Para poder acelerar la movilización de las escuadras de combate y de ciertos cruceros de la tercera flota, se formó entonces una clase especial de reserva llamada «reserva inmediata», que recibía mayores emolumentos e instrucción periódica y que estaba en condiciones de ser llamada antes que se ordenase la movilización general.

Alemania estaba añadiendo una tercera escuadra a la flota de alta mar, aumentando así su fuerza siempre lista de 17 a 25. Nosotros replicamos con las medidas citadas anteriormente y con varias otras demasiado técnicas para ser descritas en este lugar, elevando nuestra flota siempre lista de 33 acorazados a 49, y las otras fuerzas en proporción análoga. Las cifras alemanas después de la movilización se elevarían a 38 y las británicas a 57 al principio, y, en última instancia, a 65 cuando estuviera completada la nueva organización.

El lector no comprenderá los acontecimientos implicados en la consumación y movilización de las flotas en vísperas de una guerra a menos que se sepa a fondo la organización que se ha expuesto más arriba.

Hicimos una gran concentración de la Marina de Guerra en Portland, en la primavera de 1912. Las banderas insignia de doce almirantes, los gallardetones de tantos jefes de escuadra y los gallardetes de unos ciento cincuenta barcos flotaban en el aire. Vino el rey en el yate real con la insignia de almirante en el proel, el estandarte en el palo mayor y la bandera de popa en la mesana; estuvo entre sus marineros durante cuatro días. Uno de los días se emprendió un largo crucero entre una niebla densa y terriblemente sombría; toda la flota navegaba completamente invisible, guardando su formación entre fantásticos alaridos de potentes sirenas. Parecía increíble que no ocurriera accidente alguno y entonces, de un modo súbito, la niebla se levantó y pudieron distinguirse los lejanos objetivos y la larga formación de acorazados de combate apareciendo uno tras otro; emitían sus espantosos fogonazos y lanzaban sus proyectiles con detonaciones atronadoras y en el mar se levantaban grandes masas de agua. La flota vuelve a sus bases con tres escuadras de combate en formación frontal, con sus cruceros y flotillas de torpederos a popa y a proa. La velocidad es aumentada a veinte nudos. En las popas de cada barco aparecen estelas de blanca espuma. La tierra surge cercana; la ancha bahía abraza esta rápida armada gigante; los barcos llenan la bahía con su formación. Los oficiales extranjeros que están conmigo en el puente del Enchantress miran con ansia; navegamos aún aprisa. Cinco minutos más y la vanguardia de la flota encallará. Cuatro minutos. Tres minutos. ¡Aquí! Por fin. ¡La señal! Una tira de brillantes banderines es arriada de las drizas del Neptune. Caen todas las anclas, sus cadenas discurren con estruendo por sus enormes boquetes; todas las hélices giran en marcha atrás. Parece como si en unos ciento cincuenta metros de recorrido se hubieran inmovilizado todos los barcos. Se observan las líneas de formación en muchas millas a un lado y a otro y se tiene la sensación de haber sido trazadas aquellas con una regla. Los observadores extranjeros están atónitos.

Fueron días grandes: desde el amanecer a medianoche, día tras día, la mente está absorbida por la fascinación y novedad de los problemas que se presentaban en aumento. Y en todo momento había una sensación de poder para actuar, para formar, para organizar; todos los oficiales más capacitados de la marina argumentaban, aconsejaban e informaban a punto con lealtad y avidez; todo el mundo sentía que había pasado un gran peligro cerca de nosotros, que había un plazo de respiro antes de que volviera y que había que estar mejor preparados para la próxima vez. Los sábados, los domingos y todos los días que podía, los pasaba con las flotas en Portsmouth, o en Portland, o en Devonport, o con las flotillas en Harwich. Venían a almorzar o cenar conmigo oficiales de todas las categorías y se seguían discutiendo sin cesar todos los aspectos de la guerra y de la administración naval.

El yate del Almirantazgo Enchantress iba a ser ahora y durante muchos días mi oficina, casi mi hogar; y mi trabajo, mi sola ocupación y recreo. En total, estuve ocho meses embarcado de los tres años que precedieron a la guerra. Visité todos los arsenales, astilleros y establecimientos navales de las islas Británicas y del Mediterráneo, y todos los barcos importantes. Examiné por mí mismo todos los puntos de importancia estratégica y todos los dominios del Almirantazgo. Continué trabajando para conocer cómo eran todas las cosas, para qué servían y cómo estaban conectadas entre sí. Al fin podía poner mi mano en todo aquello que era una necesidad y conocí a fondo el estado corriente de nuestras cuestiones navales.

Me acuerdo perfectamente de mi primer viaje de Portsmouth a Portland, donde estaba la flota. Un triste atardecer tocaba a su fin. Cuando vi la flota por primera vez emergiendo de la niebla, un amigo me hizo recordar «aquella larga fila de barcos batidos por la tempestad a los que nunca habían visto los ojos del Gran Ejército», pero que en su día «se colocó entre Napoleón y el dominio del mundo». En el puerto de Portland, el yate estaba fondeado en las inmediaciones de los grandes acorazados. Todo el puerto estaba animado con las idas y venidas de lanchas y pequeñas embarcaciones de todas clases, y cuando la noche cayó, nacieron millares de luces del mar y de la playa; y todos los mástiles centelleaban sus mensajes entre barcos y escuadras. ¿Quién podía fallar en el trabajo para tal servicio? ¿Quién podía fallar cuando la misma oscuridad aparecía como cargada con la amenaza de una guerra próxima?

Pero considérense estos barcos, tan grandes en sí mismos y, sin embargo, tan pequeños, tan fácilmente desaparecidos de la superficie de las aguas. Confiábamos en que fueran suficientes para llevar a cabo su misión, pero solo por un pequeño margen de ventaja. Eran todo lo que teníamos, pues con ellos, tal como los concebíamos, flotaban la poderosa y majestuosa fuerza y dominio del Imperio británico. Nuestra larga historia, formada siglo tras siglo; todos nuestros grandes intereses en todas las partes del globo; todos los medios de subsistencia y seguridad de nuestro industrioso y activo pueblo dependían de ellos. Si se abrieran las llaves de las compuertas y se hundieran en el mar, como pasó más adelante con otra flota en un puerto del norte de las Islas, entonces, escasamente en pocos minutos —media hora todo lo más—, cambiaría el aspecto del mundo. El Imperio británico se disolvería como un sueño; cada comunidad del mismo tendría que luchar aisladamente para su propia existencia, el poder central de unión quedaría roto; poderosas provincias, imperios en sí mismos, perderían irremisiblemente el rumbo y caerían presa del extranjero. Y Europa, después de una breve convulsión, sería presa de las tenazas de hierro de los teutones y de todo lo que significa el sistema teutónico. Solo allá lejos, con el Atlántico por medio, quedaba América, todavía desarmada, sin preparación y sin instrucción, para mantener por sí sola la ley y la libertad entre los hombres.

¡Guardadlos bien, almirantes, capitanes, fuertes marineros! ¡Guardadlos y empleadlos bien!