JERRY DIX SE HA (GLUM) SUICIDADO

Las Aerolíneas Timequake existían porque un niño llamado Reddy, Reddy Dolden, había pasado demasiado tiempo jugando a Dirige Tu Propia Aerolínea, un videojuego de estrategia del que sólo se habían vendido treinta y seis unidades en todo el mundo. Las otras nueve mil novecientas sesenta y cuatro se habían destruido impunemente, y su creador, un tipo llamado Jerry, Jerry Dix, que lo había perdido todo por culpa de aquel estúpido juego, se había (GLUM) suicidado. Pero nadie se había enterado. Sólo un niño, un niño llamado Reddy Dolden, que más tarde sería el propietario de Aerolíneas Timequake (BIENVENIDO A TU CÁPSULA DEL TIEMPO), la tercera compañía aérea del mundo, lloraría su muerte abrazado a su avión de peluche.

Aquella misma noche, la noche del 27 de octubre de 1997, el niño, Reddy Dolden, decidiría que su primer Boeing 767 real se llamaría Jerry. Jerry Dix. Y que algún día sus pasajeros, sus pasajeros reales, podrían llevarse a casa un Jerry Dix de juguete, en su más asequible versión muñeco piloto o en su más auténtica versión Boeing 767 de peluche. Una década más tarde, Reddy Dolden cumpliría su promesa al adquirir el primer avión de su flota y llamarle Jerry. Pero aún tendría que pasar otra década para que la versión avión de peluche del malogrado Dix se convirtiera en el objeto de merchandising aéreo más vendido del mundo. Cuando eso ocurriera, Reddy Dolden tendría tanto dinero que no sólo habría olvidado que una vez había sido un niño sin blanca que dormía abrazado a su avión de peluche sino que habría dejado de soñar, porque ¿qué sentido tiene hacerlo cuando eres el Genio de la Lámpara?

Porque algo así era Reddy Dolden.

Podía cumplir deseos.

Oh, bueno, ya me entienden.

El dinero los cumplía por él.

cap-1

LIBRO UNO

En el que un escritor de ciencia ficción ridículamente muerto (VOSS VAN CONNER) y una atractiva azafata aérea desesperadamente soltera (MIRANDA SHERIKOV) se topan en un avión de pasajeros de las exitosas aerolíneas Timequake (BIENVENIDO A SU CÁPSULA DEL TIEMPO) que se dirige a Bromma

cap-2

1

(CHICA MANDERLAN)

Miranda Sherikov se ajustó sus miniguantes, respiró hondo, empujó el carrito de bebidas y se dijo que le hubiera gustado conocer a Jerry Dix cuando todavía era de carne y hueso. Tal vez así no habría tenido que conocer a todos los demás. Todos los demás eran los tipos que conocía de seis en seis gracias al Programa de Citas para Azafatas Manderlan que Lemy Manderlan, consejero delegado de Aerolíneas Timequake, había impulsado tras descubrir que las azafatas de la compañía gozaban de una popularidad francamente astronómica y decididamente sexual entre la población mundial. Sus uniformes, diseñados por la siempre polémica Sandy Sapp, incluían calcetines de media blancos hasta mitad del muslo, minifaldas de tenista en cuero azul, cinturones de un naranja escandalosamente llamativo, pañuelos de un naranja escandalosamente llamativo que debían anudarse de forma altamente sugerente al cuello, escotes Mujer Maravilla, miniguantes que apenas cubrían los dedos de las azafatas y que sin embargo podían hacer volar la imaginación de los pasajeros, y gorritos a juego con las mini(mini)faldas, cruzados por tres líneas doradas que representaban, según Sapp, a las aerolíneas que dirigía Dolden.

Dado el carácter fetichista del uniforme diseñado por Sapp, no era de extrañar que circulara una versión calificada de Juguete Sexual por tiendas de lencería erótica de medio mundo. Esta versión era conocida como Pin Up Timequake Hostess y resultaba extremadamente rentable. Sandy se había comprado una isla gracias a ella. Y la estaba poblando de animales domésticos abandonados. Sandy los coleccionaba de la misma manera que algunos niños coleccionan dinosaurios galácticos.

La isla, por cierto, se llamaba Sappy.

Estaba en algún lugar del Pacífico.

Miranda Sherikov se preguntaba a menudo cómo sería ser abandonada allí. Pero Miranda era la clase de chica que a menudo se pregunta cómo sería ser devorada por un tiburón blanco.

Si es que esa clase de chica existe.

Jubb, Jubb Renton, era, sin saberlo, el hombre que más ejemplares poseía en el mundo de la, a ratos simplemente hilarante, a ratos descaradamente ridícula, tercera novela de Voss Van Conner, Excursión a Delmak-O. El protagonista de la novela era un astronauta que, en su día libre, decidía llevar a su familia a un agradable planeta llamado Delmak-O. Pero al llegar allí descubría que el planeta no era agradable en absoluto. De hecho, había dejado de serlo hacía mucho tiempo. En concreto, había dejado de serlo hacía dos siglos, cuando había sido asaltado y posteriormente sometido por una extraña raza de edificios deshabitados. ¿Y por qué seguía creyendo el astronauta protagonista que Delmak-O era un lugar agradable? Muy sencillo. Porque no había considerado oportuno actualizar la guía turística intergaláctica familiar.

La fascinación que Jubb, Jubb Renton, uno de los mejores vendedores puerta a puerta de Juguetes Para Todos Los Tiempos Harrington, sentía por aquella novela de Voss Van Conner era enorme. En aquel momento, Jubb poseía un total de 231 ejemplares de la misma y, aunque pudiera parecerlo, no era un auténtico coleccionista. La única razón por la que Jubb Renton compraba una y otra vez Excursión a Delmak-O era exactamente la misma razón por la que los viajeros solitarios acaban llamando tarde o temprano a casa: para sentir que siguen existiendo, que en alguna parte hay alguien, hay algo, que los mantiene anclados al mundo. Su existencia era a menudo tan vaporosa, tan irreal, como la de un fantasma que permaneciera esposado al pasamanos de un edificio sobre el que pesara una perpetua amenaza de derribo.

Sí, el éxito del Hoppy Harrington, el producto estrella de Juguetes Para Todos Los Tiempos Harrington, dependía de él, pero todos aquellos ejemplares dependían aún más de su existencia. Él debía encargarse de rescatarlos, porque nadie más lo haría. Porque nadie los quería.

Sí, Jubb Renton era esa clase de hombre.

La clase de hombre que Miranda Sherikov consideraría Un Tipo Adecuado. La clase de hombre que viaja en Medio Asiento con los bolsillos repletos de pastelitos de jengibre. La clase de hombre que a menudo resulta tan inútil como una corbata.

—¿Café, té, un refresco? —le preguntó Miranda al voluminoso pasajero del 23 Doble E, esbozando una sonrisa modelo Estoy Aquí Para Hacer Que Su Vuelo Resulte Aún Más Agradable—. ¿Un roscobollo?

El voluminoso pasajero del 23 Doble E la miró como si fuera la primera chica que se dirigía a él en toda su vida. Enrojeció, bajó la mirada, tartamudeó (EH EH OH OH) y, finalmente, susurró:

—Bollo.

—Roscobollo —corrigió, maliciosamente, Miranda.

El pasajero del 23 Doble E asintió, sin levantar la vista.

Miranda abrió el compartimento de la bollería sin perder su sonrisa y le tendió uno de aquellos insípidos roscobollos.

—¿Y usted, amigo? —le preguntó al ligeramente atractivo Medio Asiento que ocupaba el rincón de ventanilla del 23 Doble E—. ¿Café, té, un refresco?

—Café —dijo, dejando a un lado el libro que había estado leyendo.

Era moreno. Tenía los ojos azules y una exagerada cicatriz en la frente. La nariz era quizá demasiado grande, pero tenía exactamente el tipo de labios que podían volver loca a la clase de chica que era Miranda Sherikov.

—Muy bien —dijo ella—. Marchando.

¿Por qué no había tipos como ése en el Programa de Citas para Azafatas Manderlan? ¿Por qué el Programa de Citas para Azafatas Manderlan parecía un nido de Tipos Poco Adecuados?

—¿Sabe cómo llamamos a los de su clase?

Miranda trató de darle conversación, mientras llenaba su vaso de cartón con aquel líquido parduzco que ni siquiera era pariente lejano del café.

—No —dijo el Tipo Adecuado, esbozando una tímida sonrisa y mirando de reojo a su voluminoso compañero de asiento.

—Medio Asiento —informó la azafata, tendiéndole el café humeante.

—Vaya —dijo el Tipo Adecuado, aún mirando de reojo a su compañero de asiento, y, cogiendo el vaso de cartón, añadió, en tono cortés—: Muy amable.

—¿Recuerda la campaña? —insistió Miranda.

—¿Azúcar? —pidió el Tipo Adecuado.

La sonrisa de Miranda desapareció.

Estúpido, pensó.

Y dijo:

—Sí. Claro. —Y—: Aquí tiene.

El Tipo Adecuado lo cogió y sonrió sin demasiado interés.

Luego regresó a lo que fuera que estuviera leyendo.

Lo que estaba leyendo era Excursión a Delmak-O de Voss Van Conner.

—Dime que no vas a hacerlo, Suzz —susurró Brenda Jimson.

—¿Por qué no?

Suzz sonrió. Tenía una sonrisa realmente encantadora. Toda ella era, en realidad, realmente encantadora.

—Porque no es exactamente un tenista —susurró Brenda.

Suzzan Roberson era la más accesible de las azafatas supreme de la compañía. Seguía prestando sus servicios en lo que se consideraban vuelos menores como aquél, un ridículo vuelo doméstico Altoona-Bromma, pese a que no tenía por qué hacerlo, porque era un ser superior. Era una azafata supreme y, como tal, una estrella. Había protagonizado al menos 37 anuncios de la compañía y era realmente famosa. Su cara estaba en casi todas partes. En palabras de Lemy Manderlan, Suzz Roberson era un ser superior al que los pasajeros adoraban como los antiguos griegos habían adorado a sus muchos y muy violentos dioses.

—Oh, he dejado de coleccionarlos —respondió Suzz.

—¿Por qué?

—Porque he descubierto que odio el tenis —dijo Suzz, que aunque seguía prestándose a figurar como tripulación de cabina en vuelos menores no ejercía como tal.

Su trabajo consistía en pasear por el pasillo, dejarse fotografiar, firmar autógrafos y recoger tarjetas de visita de Tipos Adecuados realmente interesados en invitarla a cenar.

—¿Y por eso vas a acostarte con un asesino? —susurró Brenda.

Brenda tenía el pelo rizado, la nariz cubierta de pecas y los ojos ligeramente rasgados.

—No es un asesino, Bren, es un matador —la corrigió Suzz, mientras se pasaba la lengua por su perfecto y encantador labio superior, que aquella noche iba a ser probado por Alejandro Sesito Vargas, el torero—, y es francamente bueno, Bren.

—Oh, ¿bueno, Suzz?

Muy bueno, Bren. Pero, en serio, si quieres preocuparte por alguien, preocúpate por nuestra amiga.

—¿Miranda?

—Ajá, nuestra amiga —dijo la supreme—. ¿Sigue en el Programa de Citas?

—Sí. Pero no le sale nada serio —respondió Brenda.

—Oh, no, ¿acaso busca algo serio?

—No lo sé, Suzz, ¿sabes? No está siendo un buen día, de hecho, está siendo un día un poco horrible y no sé si me apetece hablar del Programa. —Brenda, Brenda Jimson, todas aquellas pecas, sus ojos rasgados, se masajeó las sienes—. El maldito Wankel Thompson dijo esta mañana que iba a toparme con algún tipo de nube, una condenada nube negra, y ¿sabes qué? Tenía razón.

—Oh, no, ¿sabes que Wankel salió con Dixie, mi condenado jefe?

Brenda frunció el ceño. El ceño de Brenda era un ceño especialmente coqueto y especialmente curioso. Si hubiera sido un chico en vez de un ceño le habría gustado estar despierto hasta tarde.

—¿Wankel salió con Dixie? ¿Dixie Voom?

—No me lo recuerdes, fue una época horrible. Trató de lanzar una nueva línea de tortitas. Las tortitas Ray Wankel Voom. —Suzz sonrió—. No funcionó. Ni lo suyo ni lo de las tortitas. Y el mundo es hoy un lugar mejor.

—Oh, vamos, Suzz.

La supreme sonrió, sonrió y dijo (HÁBLAME DE ESA NUBE).

—No es exactamente una nube.

—Por supuesto que no es exactamente una nube.

Brenda echó mano de su bolso y sacó de él un recorte de periódico.

Se lo tendió a Suzz.

Dijo:

—Mi escritor favorito ha muerto, Suzz.

El recorte consistía en una fotografía, la fotografía de un tipo de pelo rizado y ligeramente cardado, un tipo que lucía una tupida barba oscura y una camisa blanca horrible, una camisa blanca que dejaba al descubierto buena parte del decididamente poco trabajado pecho imberbe del tipo en cuestión, tres líneas sobre lo condenadamente torpe que había sido aquel tal (VOSS VAN CONNER) y un titular que no dejaba lugar a dudas:

MUERE ELECTROCUTADO ESCRITOR DE CIENCIA FICCIÓN.

Antes de convertirse en consejero delegado de Aerolíneas Timequake, Lemy, Lemy Manderlan, había sido el mejor amigo de Reddy Dolden, el chico que una vez había dormido abrazado a su avión de peluche. Lemy y Reddy se habían conocido en el instituto. Reddy había sorprendido a Manderlan leyendo a escondidas en el baño una novela titulada Vuele a otro momento y no había podido evitar preguntarle si el protagonista era piloto.

Sorprendido, Manderlan había asentido (AJÁ).

Y entonces Reddy había querido saber qué tipo de piloto era.

Y Manderlan había dicho:

—Uno que odia su trabajo.

Reddy no había podido creerse que un piloto (¡POR DIOS SANTO, UN PILOTO!) odiara su trabajo, y había dicho:

—Si trabajara para mí, estaría despedido.

Manderlan había sonreído. Sus gigantescos carrillos se habían alzado (ZAP), se habían mantenido suspendidos durante una ridícula fracción de segundo (SUUURP) y luego habían (FLOP) caído.

—Pero no trabaja para ti —había dicho a continuación Manderlan.

—A lo mejor algún día sí —había dicho Reddy.

Y había sonreído. Lemy también había sonreído. Uno y otro habían sentido, en aquel momento, algo parecido a una pequeña descarga eléctrica. No había sido nada del otro mundo, sólo algo parecido a una pequeña descarga eléctrica, y se habían mirado, extrañamente, a los ojos, como si en vez de mirarse, en vez de limitarse, sus pupilas, a reflejarse, se hubiesen, por un momento, zambullido, hubiesen buceado, unas en las otras, y aquello, aquella sensación de familiaridad, aquel reconocimiento, les hizo ruborizarse, y tener, al instante, la misma sensación, la sensación de que se conocían desde siempre, de que, con toda probabilidad, se habían conocido en alguna otra vida, o puede que en aquella misma, en el futuro, un futuro que ya habían vivido.

—Ya —se había limitado a decir Lem.

—Voy a dirigir mi propia aerolínea —había dicho Redd.

Manderlan se había reído. Tenía una risa francamente espeluznante. Sonaba más o menos así: JO JOJO JOU.

—Aventajo en dos billones de uves al mejor jugador de Dirige Tu Propia Aerolínea —había dicho, muy serio, Dolden.

¿Dirige tu propia aerolínea?

Dolden había asentido. Había dicho:

—Un juego de estrategia.

Manderlan se había reído.

—¿Crees que vas a dirigir una (JOU JOU) aerolínea (JOU) porque eres bueno jugando a un (JOU JOU) videojuego?

—No lo creo —había dicho Dolden—. Lo sé.

Manderlan no podía dejar de reír.

—No soy bueno —había dicho Dolden—. Soy el mejor. Soy mejor que el director de Dandy American Airlines. Mejor que el director de Konklin Mint Airlines. Y ellos saben lo que está pasando. Vendrán a buscarme —había sentenciado, convencido, el pequeño Dolden.

Y no se equivocaba.

Vinieron a buscarle.

Y tuvo que cumplir su promesa.

Reddy le había prometido a Manderlan un puesto en su futura compañía.

Un puesto importante.

Después de todo, con el tiempo, se había convertido en su mejor amigo.

Aquella extraña sensación de familiaridad se había ido agigantando, de manera que no había momento en que uno y otro pudiesen evitar pensar en lo que estaría haciendo el otro. Algo les mantenía unidos, y ese algo bien podía ser aquella novela. La novela que Lemy Manderlan leía a escondidas en el baño del instituto: Vuele a otro momento, de Voss Van Conner.

La mejor novela que Reddy Dolden había leído jamás.

—¿Seis tipos en una noche?

Suzz Roberson, la supreme Suzz Roberson, acababa de preguntarle a Miranda por el Programa de Citas para Azafatas Manderlan. Y no había nada en el mundo que Miranda Sherikov odiase más que hablar de aquel maldito Programa. Cada vez que oía hablar de aquel maldito Programa, Miranda deseaba poder descolgar un teléfono, cualquier teléfono, y llamar a aquella tal Sandy, Sandy Sapp, para decirle que ella no pensaba abandonar a ningún animal doméstico, que ella quería abandonarse a sí misma en aquella isla desierta porque todos los demás eran como todos los demás y no hacían más que recordarle que no formaba parte del sistema, que era un pequeño error del mismo, un error encantador pero un error al fin y al cabo, un error que debía eliminarse, o cuando menos, ignorarse, como si en vez de una chica, en vez de una azafata Timequake, fuese un fantasma, el fantasma de esa misma chica, el fantasma de esa misma azafata, un fantasma que desaparecía cuando alguien decía (CHICA MANDERLAN), como si en vez del nombre que se le daba a un determinado tipo de chicas, las chicas que se habían alistado voluntariamente en el Programa de Citas para Azafatas Manderlan, fuese una especie de hechizo, una maldición, algo que las eliminaba, una a una, de la faz de la Tierra.

Pero nunca lo hacía.

Se limitaba, como en aquella ocasión, a murmurar un:

—¿Has oído hablar del speed dating?

Jubb, Jubb Renton, el tipo que más ejemplares de Excursión a Delmak-O poseía en el mundo, se acomodó en su Medio Asiento, echando antes un rápido e incómodo vistazo a su voluminoso compañero, y se preguntó por primera vez si todo aquello había sido una buena idea. ¿Había sido una buena idea aceptar la Participación del señor Brent y cambiarle el destino a Sommerburg? ¿Qué diría el viejo Rent Renton si se enterara de que su único hijo prefería conocer a una chica, conocer, en realidad, a una azafata, a tratar de convertirse en vendedor estrella de Juguetes Para Todos Los Tiempos Harrington? Oh, seguramente diría algo parecido a:

—Vendrán a por ti, hijo.

Estúpido viejo del demonio.

Los Correctores no existen, querría gritarle Jubb.

Si existieran, jamás hubiese subido a este maldito avión.

Si existieran, estaría esperando mi pedido de tallarines Jasselin de los viernes por la noche, sentado en el sofá de mi mal iluminada sala de estar, con una copa de vino en una mano y un ejemplar de Excursión a Delmak-O en la otra, sintiéndome profundamente ridículo.

—Estúpido viejo del demonio —masculló en voz alta, sin advertirlo, Jubb.

—¿Disculpe?

El Doble Asiento detuvo su ejercicio de mandíbulas (¿ACASO NO PUEDE DEJAR DE MASTICAR? ¿QUÉ DEMONIOS SE SUPONE QUE ESTÁ MASTICANDO AHORA?) y le miró contrariado.

—Oh, lo siento. —Jubb trató de sonreír. No tenía una sonrisa especialmente bonita—. No pretendía molestarle.

El gigantesco Doble Asiento asintió y lo miró de forma compasiva, como si en vez de un Doble Asiento fuese El Hombre Más Atractivo del Mundo.

—Es mi primera vez —admitió Jubb, sintiendo que le debía una explicación a aquel proyecto de Ser Superior—. En Bromma.

—Oh. —El hombre mascó (CRUNCH), miró sin disimulo el libro que había estado leyendo y, como si acabara de atar todos los cabos, dijo—: Claro.

—Es, yo, uh. —Jubb titubeó—. ¿Conoce a Voss Van Conner?

El tipo negó rotundamente con la cabeza. Jubb se fijó en que se había cortado afeitándose en uno de los extremos de su descomunal papada.

—Es mi escritor favorito. —Jubb sonrió. Le mostró la portada de Excursión a Delmak-O—. Tengo cientos de ejemplares de este libro.

¿Cientos?

El Doble Asiento lo miró entre extrañado y divertido y Jubb decidió cerrar aquella puerta. ¿Por qué demonios siempre hablaba más de la cuenta? ¿Acaso necesitaba aquel tipo saber cuántos ejemplares de Excursión a Delmak-O poseía? Oh, no, claro que no.

—En realidad no —atajó Jubb—. Es mi, es, por mi, eh, trabajo.

Mi trabajo es tan horrible que necesito irme a otro planeta para dejar de tener la sensación de que hay demasiadas cosas que me estoy perdiendo en este mundo por su culpa, pensó Jubb.

Pero eso no fue lo que dijo.

Y no lo fue porque el Doble Asiento preguntó:

—¿Es usted escritor?

Y Jubb pensó que había leído tantas veces Excursión a Delmak-O que a menudo tenía la sensación de haberla escrito. Así que, desafiando a Los Correctores, aquellos enviados del Destino que no eran más que hombres sin cara, muñecos con traje, respondió:

—Ajá. —Y, sonriente, por primera vez orgulloso de quien decía ser, añadió—: Escritor de ciencia ficción.

Lemy Manderlan jamás había salido con una chica que no hubiera pagado. Envidiado entre sus subordinados por su buena mano con las chicas, el malogrado creador del Programa de Citas para Azafatas Manderlan jamás había tenido una verdadera cita, a menos que aquel baile de instituto al que había acudido con Reddy, Reddy Dolden, contara. Pero no contaba, porque Reddy no era una chica, Reddy era un chico. Todas las demás, todas aquellas otras citas que no habían sido la cita con Reddy Dolden, habían sido previamente pactadas con profesionales que en ningún caso soñaban con que aquel tipo las retirara de lo que ellas llamaban El Mercado. En la mitad de los casos, el hecho de que Manderlan rebuznara mientras hacían el amor era causa suficiente para que las chicas en cuestión prefirieran seguir cotizando en tan bizarro mercado a compartir mansión con el consejero delegado de Aerolíneas Timequake. En la otra mitad, la insoportable verborrea del personaje bastaba para repeler a la más ambiciosa de sus pactadas conquistas. Lemy Manderlan era, además de un lector compulsivo de revistas para adolescentes, uno de los 16 hombres más detestables sobre la faz de la Tierra. Seguía leyendo a Voss Van Conner, jamás se lavaba los dientes, hablaba sin parar sobre todo tipo de estupideces, prometía cosas con la misma facilidad con la que olvidaba haberlas prometido y creía que el mundo había sido creado única y exclusivamente para Él. Ésa era la razón de que acudiera dos veces por semana a la consulta de un psicólogo. En realidad, a dos consultas distintas.

Lemy Manderlan estaba convencido de que Dios le teledirigía.

O algo por el estilo.

Pero eso no era lo peor.

Lo peor era que fingía haberse casado con lo que en realidad era una chica de compañía especializada en falsos noviazgos a la que pagaba un sustancioso sueldo a cambio de que le acompañara a las numerosas fiestas a las que, como consejero delegado de la tercera compañía aérea del mundo, debía asistir.

Eso era lo peor.

—Señor Manderlan —decía, de vez cuando, Lissy, su secretaria, una aburrida rubia de pechos exultantemente grandes—, la señora Manderlan.

—Oh —solía contestar Lemy. Y a continuación, añadía—: Pásemela. —Y—: ¿Misty?

Ése era Lemy, aquel viernes, dejando a un lado la revista que había estado leyendo, una de aquellas revistas para adolescentes (JO, TÍA), para fingir que tenía una esposa.

—Lem. —Ésa era Misty, la chica de compañía, que además de acompañarle a todas las fiestas debía llamarle un par de veces al día para preguntarle cosas como (¿TE ESPERO PARA CENAR, CARIÑO?) o (¿TE APETECE UNA BARBACOA EN CASA DE LOS STILTON ESTE DOMINGO, PEQUEÑO?)—. He quedado con alguien esta noche.

—Oh, uh, ¿alguien, Mist? —Lemy atrapó el auricular entre su mofletudo hombro y su esperpéntica oreja derecha—. ¿Qué alguien?

—No le conoces. Toca la guitarra en el bar de la esquina. Anoche estaba aburrida, Lem, así que bajé al bar de la esquina y Rob me invitó a una copa. —Misty suspiró—. Nos acostamos, ¿vale? Y ahora creo que me gusta.

—¡OH, DIOS! ¡CHSSS…! —bramó Lemy, mirando a uno y otro lado. Estaba solo en el despacho pero de todas formas se sonrojó—. ¿Estás loca, Mist? ¿Cómo se te ocurre decírmelo? ¿Sabes que pueden, oh, Mist, sabes lo que pueden estar haciendo ahora mismo?

—Nadie nos escucha, Lem. Les trae sin cuidado lo que hagas.

—No les trae sin cuidado, Mist. Soy Lemy Manderlan —dijo Manderlan.

Mist suspiró una vez más. En realidad no suspiraba. En realidad estaba dando caladas a un cigarrillo diminuto.

—En fin —dijo—. Sólo quería que lo supieras.

Manderlan cogió aire. Luego lo expulsó. Se deshizo el nudo de la corbata. Dijo:

—¿Y qué se supone que debo hacer ahora, Mist? ¿Despedirte?

—No lo sé —dijo Mist. Seguía (FUUF) fumando. Su voz parecía provenir de muy lejos—. Haz lo que creas que debes hacer.

—¿Y si te ve alguien, Mist? ¿Has pensado en lo que pasaría si te ve alguien, Mist?

—Escucha, Lem. No soy yo quien tiene un problema —dijo Mist.

—¿Ah, no?

—No. Y, además, estoy harta. —Misty exhaló la última (FUUF) calada y aplastó la colilla en el cenicero—. ¿Sabes qué, Lem? Lo dejo. Me gusta Rob. Prefiero follármelo a ir a tus estúpidas fiestas. Prefiero follármelo a escucharte decir estupideces, Lem.

—¿QUÉ?

—Que he llamado para decirte hasta nunca, Lem.

—Oh, no no no no.

—¿Ah, no? ¿Por qué no?

—Porque no.

Mist suspiró, esta vez sí suspiró (FUUUUUF). Luego dijo:

—Envía un dragón a matarme, Lem.

—Mist, escucha.

—Hasta nunca, Lem.

—Oh, no, ¿Misty? —susurró Lem.

Pero Mist había colgado.

—Oh, no —se susurró Lem—. ¿Mist?

Incapaz de colgar, Lemy miró el aparato como si fuera él quien se había llevado a su esposa y no aquel tal Rob y, en un acto consciente y decididamente deliberado, lo mantuvo en su mano todo el tiempo que consideró oportuno, imaginando que era un pez al que mantenía alejado del agua, un pez agonizante que no iba a pedir clemencia porque no sabía cómo hacerlo.

Y fue entonces cuando la vio.

Su cara ocupaba buena parte de la página 117 del Álbum de Azafatas Para Citas Manderlan que no sólo no recordaba haber ojeado, sino de cuya presencia en su mesa no había sido consciente hasta aquel momento.

Lemy Manderlan no lo sabía aún, pero el nombre de la chica era Miranda.

Y el número de la página que ocupaba en el Álbum de Azafatas Para Citas Manderlan era exacto al número de novelas que había escrito Voss Van Conner antes de morir.

117.