1

De la casa de la derecha

Antes de ser la «malvada» y «fría» Odile, fui Michaela DePrince, y, antes de ser Michaela, fui Mabinty Bangura, y esta es la historia de cómo pasé de huérfana de guerra a convertirme en bailarina de ballet.

En África, mi padre amaba el polvoriento y seco viento harmattan, que soplaba procedente del desierto del Sáhara cada mes de diciembre o enero.

—¡Ah, el harmattan ha vuelto a traernos buena fortuna! —exclamaba al volver de recoger arroz. Yo sonreía cuando decía eso porque sabía que sus siguientes palabras serían—: Pero no tan buena fortuna como el año que nos trajo a Mabinty… ¡No, jamás tanta fortuna!

Mis padres decían que nací con un llanto potente y una personalidad tan espinosa como un erizo africano. Peor aún, era niña, y una niña con manchas, además, porque nací con una enfermedad de la piel llamada vitíligo, que hacía que pareciera un bebé leopardo. Sin embargo, mis padres celebraron con alegría mi llegada.

Cuando mi padre proclamó que mi nacimiento fue el mejor momento de su vida, su hermano mayor, Abdullah, sacudió la cabeza.

—No es un buen harmattan el que trae a una niña… —declaró—, una niña sin valor y con manchas, además, que ni siquiera te reportará una buena dote de novia.

Mi madre me contó que mi padre se rió de su hermano. El tío Abdullah y él no coincidían en casi nada.

Mi tío tenía razón en un aspecto: en una casa típica en el distrito de Kenema al sudeste de Sierra Leona, África oriental, mi nacimiento no habría sido motivo de celebración. Pero nuestra casa no era típica. En primer lugar, el matrimonio de mis padres no había sido concertado. Se habían casado por amor, y mi padre se negó a tomar una segunda esposa aun después de varios años de matrimonio, cuando se hizo patente que yo iba a ser su único retoño. En segundo lugar, mis padres sabían leer, y mi padre creía que su hija también debía aprender a leer.

—Si mi hermano tiene razón y nadie desea casarse con una chica con la piel como la de un leopardo, es importante que nuestra hija vaya a la escuela. Preparémosla para ese día —le dijo mi padre a mi madre.

Así que empezó a enseñarme el abjad, o alfabeto árabe, cuando no era más que un bebé que apenas andaba.

—¡Tonto! —espetó el tío Abdullah cuando vio a mi padre colocándome un trozo de carbón en los dedos—. ¿Por qué enseñas a una niña? Se creerá más de lo que es. Lo único que tiene que aprender es a cocinar, a limpiar, a coser y a cuidar de los niños.

Mis manchas asustaban a los demás niños. Nadie jugaba conmigo, salvo mis primos de vez en cuando, así que a menudo me sentaba sola en la puerta de nuestra choza a pensar. Me preguntaba por qué mi padre trabajaba tan duro cribando en busca de diamantes en las minas aluviales, unos diamantes que no le permitirían quedarse. Era un trabajo duro, agotador, permanecer doblado todo el día. Papá volvía a casa renqueando porque le dolían la espalda, los tobillos y los pies. Tenía las manos hinchadas y doloridas de filtrar la pesada tierra mojada. Luego, una noche, mientras mi madre le frotaba manteca de karité mezclada con ají picante en las articulaciones a mi padre, escuché a escondidas su conversación y comprendí.

—Es importante que nuestra hija vaya a la escuela para aprender más de lo que somos capaces de enseñarle. Quiero que vaya a un buen colegio.

—Si somos austeros, el dinero de las minas será suficiente para pagar la matrícula escolar, Alhaji —decía mi madre.

—Ah, Jemi, cuenta el dinero. ¿Cuánto hemos ahorrado hasta ahora? —preguntó mi padre.

Mamá rió.

—Todo esto, además de la cantidad que conté la última vez que preguntaste —respondió sosteniendo en alto las monedas que él había llevado a casa esa noche.

Yo sonreí para mis adentros desde mi escondite detrás de la cortina. Me gustaba escuchar las voces de mis padres por la noche. Aunque no podía decir lo mismo de las voces del tío Abdullah y de sus esposas.

Nuestra casa estaba situada a la derecha de la de mi tío. El tío Abdullah tenía tres esposas y catorce hijos. Para su desdicha, trece de ellos eran niñas, con lo que mi tío y su preciado hijo, Usman, de su primera esposa, eran los únicos hombres de la casa.

Muchas noches oía sus llantos y gritos de ira que llegaban a través del patio. Los sonidos del tío Abdullah pegando a sus esposas e hijas llenaban a mi familia de tristeza. Dudaba que el tío Abdullah hubiera amado jamás a ninguna de sus esposas, pues, de lo contrario, no les habría pegado. Estaba claro que tampoco amaba a sus numerosas hijas. Las culpaba de todas y cada una de sus desdichas.

A mi tío solo le importaba su hijo. Llamaba a Usman su tesoro y le daba de comer suculentos trocitos de carne mientras sus hijas miraban, hambrientas e hinchadas a causa de una dieta rica en almidón a base de arroz y yuca, ese tubérculo comestible largo y de piel marrón que carece de vitaminas y minerales. Y nada molestaba tanto a mi tío como encontrarme fuera, sentada con las piernas cruzadas sobre una esterilla, estudiando y escribiendo letras, que copiaba del Corán. No podía resistirse a darme con la puntera de la sandalia y ordenarme que hiciera las tareas propias de las mujeres.

—¡Tonto! —le espetaba el tío Abdullah a mi padre—. Pon a esta cría a trabajar.

—¿Qué necesidad tiene de saber realizar las labores propias de la mujer? No es más que una niña —le recordó mi padre a su hermano. Y luego no pudo resistirse a añadir—: Si ni siquiera tiene cuatro años y ya habla mendé, temné, limba, krio y árabe. Oye los idiomas en el mercado y aprende deprisa. Es evidente que se convertirá en una erudita.

Mi padre no necesitaba hurgar más en la herida del tío Abdullah recordándole que Usman, que era varios años mayor que yo, iba muy por detrás de mí en los estudios.

—Lo que necesita es una buena paliza —replicó el tío Abdullah—. Y esa esposa tuya también necesita una paliza de vez en cuando. Estás echando a perder a tus mujeres, Alhaji. Nada bueno saldrá jamás de esto.

Quizá mi padre no debería haber presumido de mi aprendizaje. Los aldeanos y mi tío ya me consideraban bastante rara debido a mis manchas, y que supiera leer hacía que fuera aún más rara a sus ojos y que mi tío me odiara.

Lo único que mi padre y su hermano tenían en común era la tierra que nos daba de comer, nos proporcionaba abrigo y el arroz, el vino de palma y la manteca de karité que vendíamos en el mercado.

Por la noche, cuando oía los gritos que llegaban a través del patio, yo dirigía mis oídos hacia mis padres, que descansaban al otro lado de la cortina. Desde ahí oía dulces palabras de amor y suaves risas. Luego daba gracias a Alá por haber nacido en la casa de la derecha en vez de hacerlo en la de la izquierda.

2

A la casa de la izquierda

En 1991 estalló una guerra civil en mi país, y para cuando yo tenía tres años, ya duraba siete. Había comenzado principalmente por el desmantelamiento del sistema educativo; sin estudios, la gente joven no podía conseguir trabajo, y esto dio lugar a la pobreza y el hambre, lo cual los sumió en la desesperación, así que formaron un ejército revolucionario para luchar por lo que necesitaban.

A medida que avanzaba la guerra, los jóvenes se desviaron de sus objetivos y comenzaron a matar aldeanos inocentes. Así pues, en vez de buena suerte, la estación seca trajo consigo una invasión de rebeldes del Frente Revolucionario Unido. Se llamaban a sí mismos el FRU, pero sus víctimas combinaron las palabras inglesas rebel y devil y los llamaban debils.

El harmattan que mi padre siempre había amado nos traicionó ese año. En vez de buena fortuna, trajo la guerra hasta nuestra aldea. Mi padre no estaba en casa el día que los debils incendiaron el arrozal y las palmeras que crecían en las laderas cercanas. Se encontraba en las minas de diamantes. Cuando llegó a casa, mi madre tuvo que decirle que los debils nos habían dejado sin cosecha que vender, sin arroz que comer y sin simiente para plantar al año siguiente.

Mamá y yo nos sentamos en un banco de madera delante de nuestra casa y contemplamos las llamas que los fuertes vientos del harmattan propagaban. El humo hacía que fuera difícil respirar. Yo sollozaba y tosía, y ella me envolvió en sus brazos.

—Mamá, ¿por qué tú no lloras? —le pregunté.

Mi madre señaló hacia otra aldea en la ladera. Podía ver el humo que se alzaba de sus casas.

—Tenemos suerte de que los debils hayan perdonado nuestras casas y nuestras vidas —respondió—. Deberíamos estar agradecidos a Alá por eso.

Tal vez tuviera razón, pero yo no sentía gratitud. Unos minutos más tarde, un hombre llegó a nuestra casa gimiendo y llorando. Nos contó que era el único superviviente de su aldea. Los debils lo habían obligado a mirar mientras asesinaban a sus amigos y a su familia. Luego le preguntaron entre risas si prefería la manga larga o corta. Él dijo que solía llevar manga larga, de modo que le cortaron la mano y le dejaron libre para que sembrara el miedo y la alarma por todo el campo.

La tía Yeabu, la esposa más joven del tío Abdullah, ayudó a mi madre a vendar el muñón del hombre mientras yo temblaba de miedo cerca de ellos. Mi madre le ofreció al hombre la pequeña porción de arroz que quedaba de nuestra comida de la mañana y le rogó que descansara en nuestra casa. Pero el hombre estaba seguro de que los debils no tardarían en atravesar nuestra aldea, lo reconocerían y también lo matarían. Así que, en vez de descansar, corrió al norte, hacia Makeni, una ciudad a muchos kilómetros de distancia, donde creía que podría estar a salvo.

Mi madre puso menos arroz de lo habitual en la olla aquella noche. Sabía que ella apenas comería para que mi padre y yo pudiéramos llenar nuestros estómagos. Decidí que iba a seguir su ejemplo. Después de trabajar todo el día en las minas de diamantes, mi padre necesitaría mayor cantidad de arroz.

Mientras el arroz se cocía en la olla, continuamos esperándolo. Mi madre insistió en que comiera.

—Quiero esperar a papá —protesté.

—No, come. Yo lo esperaré —dijo mi madre—. Tú eres una niña que está creciendo. Come.

—¡No tengo hambre! —grité.

Me acurruqué a su lado y me quedé dormida.

Desperté al oír la voz de mi primo Usman.

—Tía Jemi —dijo en voz baja—, tía Jemi, los rebeldes han venido hoy a las minas. Han disparado a todos los trabajadores.

—¿A todos los trabajadores? —repitió mi madre—. ¿Y a Alhaji?

—Sí, también al tío Alhaji —susurró Usman.

—¡Nooo! —grité—. ¡A papá no!

—¡Nooo! —gritó mi madre—. ¡A mi Alhaji no!

Mi madre y yo nos abrazamos con fuerza. Ella me meció en sus brazos mientras yo lloraba desconsolada.

Pronto toda la aldea se llenó de llantos porque casi todas las familias habían perdido a un padre, a un hermano, a un hijo o a un sobrino. El día en que murió mi padre creí que había sentido el dolor más grande del mundo…, que jamás volvería a sentir nada semejante. Luego me mudé a la casa de la izquierda y aprendí que el dolor, al igual que el verde de las hojas de la selva, tiene muchas tonalidades.

El tío Abdullah decidió alquilar nuestra casa a una familia de refugiados y nos obligó a mi madre y a mí a trasladarnos a la suya. De acuerdo con la sharia, la ley musulmana, el tío Abdullah se convirtió en nuestro tutor. Cogió los ahorros que mis padres habían guardado para mi educación y, como no nos quedaba más dinero, mi madre y yo no pudimos escapar. Mi tío quiso casarse con mi madre, pero la sharia también le otorgaba a ella el derecho de rechazar su oferta, cosa que hizo. Su rechazo lo encolerizó, y aprovechaba cualquier excusa para castigarnos.

Mi madre y yo vivíamos presas de un miedo constante hacia él. Nunca olvidaré lo que nos gritaba:

—¡Estáis castigadas! ¡Nada de comida para ninguna! ¡Nada de comida ni hoy ni mañana ni pasado mañana!

La tía Yeabu intentaba darnos comida a escondidas, pero no siempre podía hacerlo porque mis otras tías tenían vista de águila. A menudo pasábamos hambre, y durante meses mi madre me dio la mayor parte de su comida a mí.

—Hoy no tengo demasiada hambre. Cómete tú mi arroz —me decía. Yo no la creía, así que intentaba negarme, pero ella insistía—: Lo tiraré si no te lo comes —me amenazaba.

Las lágrimas me anegaban los ojos, y aunque tenía mucha hambre, el arroz se me hacía una bola en la garganta cuando intentaba tragarlo.

Ahora sé que mi madre se estaba matando de hambre y me daba su arroz para que yo no muriera de hambre con ella. Pero, aun con su comida, se me hinchó la cara y se me abultó el vientre, algo que a menudo sucede a los niños famélicos.

El tío Abdullah me gritaba:

—¡Eres una niña inútil! Mírate. Qué fea eres. Tienes manchas como los leopardos. Estoy desperdiciando comida y dinero contigo. Ni siquiera recibiré una dote por ti. ¿Quién querría casarse con una chica que parece una bestia peligrosa de la selva?

Oh, cuánto odié a mi tío. Quise gritarle, pero no me atreví. En lugar de eso fui corriendo con mi madre y me acurruqué entre sus brazos.

3

Cuando llegó la lluvia

La estación seca pareció durar una eternidad el año que murió mi padre, haciendo que la comida escaseara todavía más. Exhalé un suspiro de alivio cuando desperté temprano una mañana y olí la lluvia en el aire. Se estaban formando nubes en el horizonte. «Ah, la época de lluvias pronto empezará, y la fruta crecerá por doquier en los árboles y los animales silvestres engordarán», me dije.

Estaba impaciente por contárselo a mi madre, pero ella dormía plácidamente y no quise despertarla. Llevaba varios días enferma. La noche anterior había vomitado tanto que había sufrido una hemorragia nasal. La mayor parte de la noche había oído a mi madre dando vueltas en la cama. Justo antes de que amaneciera la oí suspirar en alto tres veces y por fin se quedó tranquila. Sonreí, aliviada. Saqué el cuaderno y el lapicero de mi padre y empecé a escribir, sabiendo que cuando el tío Abdullah despertara tendría que esconderlos de nuevo.

Finalmente se despertaron todos y solo mi madre y el tío Abdullah siguieron durmiendo. Empecé a preocuparme. Si el tío Abdullah despertaba y encontraba a mi madre durmiendo volvería a pegarle. Peor aún, no le daría más comida. Cuando oí a mi tío, me levanté de mi esterilla y fui deprisa a su lado.

—¡Mamá! Mamá, despierta —le urgí al tiempo que la sacudía del hombro—. El tío Abdullah te pegará si no te levantas. ¡Por favor, mamá! ¡Por favor, mamá! —le supliqué una y otra vez mientras la zarandeaba con más insistencia.

La tía Huda se acercó corriendo y vio sangre en la cara de mi madre.

—¿Cuánto tiempo lleva enferma? —preguntó a la tía Yeabu.

—Días —respondió la tía Yeabu.

—¡Imbécil! —gritó la tía Huda—. Tiene fiebre de Lassa. —Me miró con expresión extraña y preguntó a las otras esposas—: ¿El diablo de las manchas ha estado enfermo también?

La tía Yeabu negó con la cabeza, demasiado asustada para hablar. La tía Huda me echó al patio. Salí corriendo y me agazapé cerca de la entrada para oírlas discutir sobre la fiebre de Lassa.

Era posible que los refugiados que se hacinaban en los campos de refugiados cercanos la hubieran llevado hasta allí. Quizá la tía Huda tenía razón y mi madre se lo había buscado por ayudar al hombre al que le faltaba la mano.

—¡Mamá! —grité desde la entrada—. Por favor, ¿puedo entrar?

La tía Yeabu se separó de las otras esposas y vino hacia mí. Me cogió en brazos y me tapó los ojos con su lapa, el largo y colorido pañuelo que la envolvía y descansaba sobre su hombro.

—No, no te lo quites —me dijo cuando aparté la lapa—. Es mejor que no las veas llevarse el cuerpo de tu madre para enterrarlo.

Hasta ese momento no había sido consciente de que mi madre había muerto. De repente me abrumó la idea de que se había ido para siempre. Comencé a gritar.

—¡Por favor! —chillé rota de dolor—. ¡Por favor! ¡Quiero estar con mi mamá! ¡Enterradme a mí también! ¡No quiero estar viva! ¡Nadie me quiere!

—¡Chis! —me suplicó la tía Yeabu—. No me extrañaría que Abdullah te arrojara a la tumba con tu madre.

Pero no podía estar callada. Lloré y grité mientras ella me abrazaba aún con más fuerza por temor a que saltara al agujero que el tío Abdullah y los hombres de la aldea habían cavado.

Por fin escapé de las garras de la tía Yeabu mientras ellos arrojaban paladas de tierra sobre el cuerpo de mi madre, pero ya era demasiado tarde. Me rompí las uñas intentando apartar la tierra para llegar a ella, pero el tío Abdullah me agarró y me arrojó hacia sus esposas.

—¡Controlad a esta niña loca! —bramó.

Después de que enterraran a mi madre, el tío Abdullah quemó sus pertenencias, temeroso de que la fiebre las hubiera contaminado. Ya no tenía nada para recordarla.

El tío Abdullah dio la espalda a mi rostro lloroso. Solo le preocupaba una cosa:

—¿Qué voy a hacer si Usman contrae la enfermedad? —preguntó, y luego examinó a todas mis primas en busca de cualquier señal de la fiebre de Lassa.

—Mabinty no nos causa más que problemas. Son las manchas —masculló la primera esposa del tío Abdullah—. Eso y que sabe leer. Solo un niño demonio sabe leer tan joven. Solo ha traído mala suerte a esta familia. Hay que deshacerse de ella.

Estaba acostumbrada a que mi madre durmiera cerca de mí por las noches. Me envolvía en sus brazos y me cantaba para que me durmiera; su voz me transportaba a un lugar en el que podía olvidarme de mi pena. Sin ella no paré de dar vueltas hasta que mi tío me empujó con el pie.

—Coge tus cosas y sígueme —me dijo.

No tenía ni idea de adónde pensaba llevarme, pero sabía que querría tener mi cuaderno y mi lapicero allá donde fuera. Los escondí en un trozo de tela y me lo até al pecho debajo del vestido. Me di una palmadita, satisfecha de que fueran lo bastante planos para que mi tío no los notara. Luego enrollé la esterilla que mi madre había tejido para mí y me la cargué al hombro.

Seguí al tío Abdullah por la serpenteante carretera de tierra anaranjada que discurría más allá de nuestra casa.

—¿Adónde vamos? —pregunté, voz ronca de tanto llorar.

La única respuesta del tío Abdullah fue un gruñido, así que no le di la satisfacción de preguntar de nuevo, pero no pude contener las lágrimas. Echaba de menos a mis padres y, sin ellos a mi lado, temía lo que el futuro me depararía.

Pronto empezamos a ver más y más gente en la carretera, viajando con sus escasas pertenencias sobre las cabezas. El tío Abdullah hablaba con ellos, y me enteré de que estaban recorriendo a pie los ciento cuarenta y siete kilómetros hasta Makeni con el fin de escapar de los debils.

—¿Nos seguirán los debils a todos hasta Makeni? —pregunté, pero el tío Abdullah ignoró mi pregunta y me empujó en las piernas con su bastón, instándome a que caminara más rápido.

—Su hija parece cansada. Si lo desea puede subirse a mi carreta —dijo un hombre harapiento en la carretera—. Solo le cobraré una pequeña cantidad… Solo cinco leones.

El tío Abdullah soltó un bufido.

—No pagaría ni un leone. Puede andar…, y no es mi hija —respondió, ofendido por que el hombre hubiera supuesto que había engendrado una niña tan fea.

El tío Abdullah y yo seguimos el flujo de gente hasta Makeni. De pronto el cielo rugió y las nubes estallaron. El trueno ahogó mis sollozos y la lluvia se mezcló con mis lágrimas.

Sujeté el bulto con fuerza contra mi pecho mientras caminaba con dificultad por el barro, que intentaba tragarse mis sandalias de plástico. Finalmente el barro se tragó mi sandalia derecha. Caminé con una sandalia y un pie descalzo, pero pronto el barro reclamó también mi otra sandalia.

La mayoría se refugiaron bajo los árboles y arbustos, pero el tío Abdullah y yo seguimos andando. Luego un camión paró y una voz nos llamó. Al tío Abdullah se le iluminó la cara cuando reconoció a papá Mustapha, un amigo del mercado. Este hizo señas al tío Abdullah para que se acercara y le dijo algo.

De pronto el tío Abdullah me cogió en brazos y me arrojó en la cama descubierta del camión, donde aterricé sobre varios centímetros de agua de lluvia que cubrían el fondo. Él se subió en la cabina, seca, acto seguido.

El camión recorrió traqueteando la carretera a Makeni, y yo rebotaba con él mientras me envolvía en mi esterilla y continuaba llorando por la pérdida de toda mi felicidad. Al final me quedé dormida, hambrienta, mojada y más triste de lo que jamás me había sentido.

4

En el orfanato

La lluvia había cesado y los últimos rayos de sol se desvanecían cuando desperté.

El tío Abdullah abrió la plataforma trasera del camión y con un dedo me hizo una señal para que bajara. A continuación movió la cabeza en dirección a una verja sin dirigirme una sola palabra. Contemplé un letrero grande, pero no estaba en árabe, así que no pude leerlo.

Me bajé de un salto y lo seguí sin rechistar.

—¡Mi esterilla! ¡Espere! —le grité a papá Mustapha, pero él había pisado el acelerador y no me oyó. Se alejó antes de que pudiera subir de nuevo para cogerla.

El tío Abdullah me dio un empujón hacia la verja, sin importarle que hubiera perdido el último vínculo con mi madre que me quedaba. Una chica apareció de la nada detrás de la verja. Se puso en cuclillas y nos miró.

—No te quedes ahí mirando —le gruñó el tío Abdullah—. Ve a buscar al director —ordenó.

La chica se levantó de golpe y fue corriendo hasta un edificio cercano.

—¡Papá Andrew! —gritó—. Un hombre y una niña han venido a verte.

Un hombre con pantalones marrón claro, camisa azul y zapatos marrones de cordones salió del edificio.

—Bienvenido al Orfanato Safe Haven —dijo. Luego se presentó al tío Abdullah como Andrew Jah, el director del orfanato.

Levanté la cabeza de golpe y miré al hombre. ¿Había oído bien? ¿Había dicho «orfanato»? ¿Ya no era más que una huérfana? No tenía a nadie que me quisiera ni protegiera…, a nadie que pensara que era especial. Esas ideas retumbaban en mi mente mientras oía a mi tío explicarse:

—Mi hermano ha sido asesinado. Su esposa ha fallecido recientemente. Le traigo a su hija, mi sobrina de cuatro años. Soy su tutor, pero no puedo cuidar de ella. Tengo tres esposas y muchos hijos, así que no puedo desperdiciar comida con ella. Además, es una niña fea con manchas, de lengua viperina y mal carácter. Nunca conseguiré una dote por ella. Estoy seguro de que lo comprende.

Andrew Jah se acuclilló ante mí.

—¿Cómo te llamas? —quiso saber.

—Mabinty Bangura —respondí en el acto.

—¿Qué idioma hablas? —preguntó el director en krio.

Vacilé, y el tío Abdullah me golpeó la cabeza. Andrew Jah comenzó a hacerme la misma pregunta en mendé, pero yo le interrumpí en krio.

—Hablo krio, mendé, temné, limba y árabe.

—¡Cuántos idiomas para una niña tan pequeña! —exclamó el director.

—Aprendí en el mercado mientras ayudaba a mis padres en su puesto.

En ese preciso instante se me cayó el lapicero de mi padre de debajo del vestido y aterrizó a los pies del director. Cuando intenté recuperarlo, se me aflojó el atado alrededor del pecho y el cuaderno cayó también.

—¿Qué es eso que llevas debajo del vestido? —inquirió Andrew Jah señalando el bulto con la cabeza.

Yo retiré con cuidado la tela que envolvía el cuaderno, aliviada al descubrir que no se había mojado demasiado, y se lo ofrecí al director con las manos temblorosas. Él cogió el cuaderno y pasó las páginas con delicadeza.

—¿Qué tenemos aquí? —dijo con sorpresa.

—Es mi cuaderno —respondí en voz baja, temerosa de que me lo quitara.

—¿Y quién ha hecho todo esto? —Señaló lo escrito.

—Yo.

—¿Pretendes decirme que con solo cuatro años ya sabes leer y escribir en árabe? —preguntó el director, impresionado. Asentí, y él miró a mi tío—. Esta niña apunta maneras. Nuestro orfanato está lleno, pero le haré un hueco con una única condición: no puede volver para reclamarla.

—No tengo intención de hacerlo —contestó el tío Abdullah—. Me alegro mucho de deshacerme de ella.

Entonces el hombre nos invitó a una pequeña habitación en la que le dio a mi tío unos papeles para firmar. Los documentos estaban en inglés, idioma que mi tío no sabía leer, de modo que el hombre se los leyó y tradujo al krio mientras yo esperaba en silencio y escuchaba con atención. Muchas de las palabras eran demasiado complicadas para mí, pero entendí lo esencial del contenido de los documentos. Decían que me educarían y que más adelante enviarían a vivir con una familia en otro país.

—¿Qué país? —preguntó el tío Abdullah.

—Estados Unidos de América —respondió Andrew Jah, y luego le indicó a mi tío dónde tenía que estampar su nombre.

Mi corazón palpitó con fuerza al oír las palabras «Estados Unidos de América». El nombre de ese país había sido especial para mis padres. A menudo habían hablado de llevarme allí algún día.

«Es un lugar donde la educación es gratuita… ¡incluso para las niñas!», había dicho mi padre.

Cuando el director vio que el tío Abdullah no sabía escribir su nombre, sacó una pequeña almohadilla de tinta negra de su cajón, presionó el pulgar de mi tío sobre ella y luego sobre el documento, dejando una nítida huella del pulgar.

—Ahora ya puedo demostrar que usted estaba conforme —dijo Andrew Jah.

—¿Cuánto va a pagarme por la niña? —preguntó el tío Abdullah.

—No pagamos por los niños. Alimentarlos, cuidar de ellos, educarlos y buscarles un buen hogar es pago suficiente para la mayoría de los padres —adujo el director.

—Yo no soy su padre. Mis hijos no tienen manchas como ella —replicó el tío Abdullah. Cogió el documento con la huella de su pulgar—. Podría venderla a una plantación de cacao sin problemas —gritó mientras me agarraba del brazo y comenzaba a sacarme a rastras por la puerta.

Yo me agarré al marco y me resistí con fuerza. Quería ir a Estados Unidos de América, pero mi tío era alto y corpulento, de modo que me sacó sin demasiado esfuerzo. Le mordí aferrándome a su pierna con los dientes como un perro rabioso.

—¡Espere! —gritó Andrew Jah intercediendo. Me convenció para que dejara de morder a mi tío. Luego dijo las palabras que el tío Abdullah tanto anhelaba oír—: Tengo algo de dinero para usted. No solemos pagar por los niños, pero a veces ayudamos a sus familias cuando lo necesitan.

Abrió un cajón metálico de un armario, sacó unos billetes y se los ofreció a mi tío.

—Ah, sí. Esto me ayudará a alimentar a mi hambrienta familia —dijo el tío Abdullah mientras manoseaba los billetes.

Luego dio media vuelta y me dejó sin decirme adiós. No me entristeció verlo marchar, pero sí echaría de menos a algunas de mis primas y a la tía Yeabu. Ni siquiera me había dejado despedirme de ellas.

El director me puso la mano en el hombro.

—Me llamarás papá Andrew porque aquí yo seré tu padre. ¿Lo entiendes?

Se me encogió el estómago. Me ponía enferma llamar papá a ese desconocido. Antes de que pudiera responderle, el director hizo que me volviera hacia una mujer a la que llamó tía Fatmata, una mujer de la aldea que trabajaba y vivía en el orfanato. Tenía la boca fruncida en un gesto severo. Puso los ojos en blanco y farfulló. Pude ver que yo no le agradaba.

Cuando la tía Fatmata me vio dar saltitos, me condujo hasta una dependencia anexa con retretes, que en realidad no eran más que agujeros en la tierra cubiertos con unas tablas. Me dijo que tuviera cuidado porque los niños a veces se caían dentro.

—Y ten cuidado con las serpientes —me advirtió.

Luego rió y salió, dejándome sola en la oscuridad.

Cuando hube terminado de hacer mis necesidades en la letrina, la tía Fatmata me estaba esperando fuera. Me llevó a un edificio cerca del despacho de papá Andrew. Había una habitación amplia en la que dormían muchas niñas de dos en dos sobre esterillas tendidas en el suelo. La tía Fatmata me señaló una esterilla en la que había una niña sentada, como si esperase mi llegada. Era la niña de la verja.

Estaba a punto de decirle «Tengo mi propia esterilla, tejida por mi madre» cuando recordé que me la había dejado en el camión. Sentí una repentina punzada de dolor en el pecho. Aquella esterilla era el único vínculo con mi madre y la había perdido. Me dejé caer, como una muñeca de trapo, en la esterilla de la niña, tiritando con la ropa mojada.

Me temblaban los hombros cuando empecé a sollozar apoyando la cabeza en los brazos.

—Chis, chis —me susurró la niña a mi lado—. Si despiertas a la tía Fatmata con tu llanto esta noche, te pegará con su vara de sauce.

La idea de que me azotaran hizo que llorara con más fuerza. La niña empezó a darme palmaditas en la espalda y a cantar en voz baja, igual que hacía mi madre siempre que tenía una pesadilla. La dulce voz de la niña me arrulló despacio hasta que me sumí en un sueño sorprendentemente profundo.