
Se recogió la larga melena pelirroja en una coleta alta porque se estaba muriendo de calor. No habían pasado ni cuatro días desde que había regresado del campamento y Lucía ya estaba más que aburrida de estar encerrada en casa. ¡Qué fastidio de agosto! Era viernes, pero tenía la sensación de que todos los días eran domingo. Quedaba menos de un mes para que empezara el colegio y hasta tenía ganas de que llegara...
¡RARÍSIMO!
Para sorpresa de su madre, había ordenado la habitación mil quinientas veces: se había deshecho de la ropa que ya no le valía y la había dejado preparada en tres o cuatro bolsas gigantes para que alguien la ayudara a llevarlas al contenedor de ropa usada y... ¡se había leído enterito el programa para el curso que empezaría en septiembre: 2.º de ESO, nada más y nada menos! Como siguiera así, incluso empezaría a hojear el libro de sociales, o a practicar las fórmulas de matemáticas. Desde luego estaba irreconocible. Pero ¿qué podía hacer si no? Se había peleado con las chicas y ella no iba a ser la primera en dar su brazo a torcer. ¡Tenía la sensación de que siempre se mojaba ella! ¿Quién le iba a decir que el campamento de verano que tanto esfuerzo les había costado conseguir iba a acabar por separarlas? De haberlo sabido, no se habría molestado en preparar el Rastrillo de los Sueños, ni en pasear a los perros de la señora Bosco, ni nada de nada. Total, hubiera sido mejor que cada una pasara esos quince días de agosto en su casa, quizá así no hubieran reñido y en ese momento estaría con las chicas tomando el sol en la playa o dejándose refrescar por el aire acondicionado de alguna de las tiendas del centro comercial. Así Frida no habría conocido a ese grupo de chicos y chicas por los que había decidido abandonarlas... Aquello significó el principio de toda la tormenta que vino después. Con lo bien que había empezado el campamento...

Marta, Frida, Bea y Lucía, las cuatro amigas de siempre, llegaron a Cádiz el 1 de agosto con sus zapatillas rojas puestas, más que felices de pasar ese tiempo solas. Bueno, no solas solas, claro, iban a estar rodeadas de chicos y chicas de su edad, y las posibilidades de vivir aventuras crecían por momentos. Lucía recordaba la primera noche en la playa gaditana y se le ponía la piel de gallina. Habían estado charlando en unas hamacas junto al fuego hasta que los monitores las habían obligado a meterse en sus habitaciones, y había sido como antes: juntas, cara a cara, hablaron absolutamente de todo, sin ordenadores ni móviles de por medio, sin prisas... ¡El Club de las Zapatillas Rojas al poder!
Pero en cuanto al día siguiente comenzaron las actividades deportivas, las cosas cambiaron. El primer partido de vóley playa que Frida jugó y ganó con su nuevo equipo la catapultó directamente a la fama de los deportistas. Entonces aparecieron en escena Martina, Sandra, Alicia, Hugo y, por supuesto, Nico. Ellas eran como lo más de lo más, auténticas atletas, guapas, divertidas... Y ellos eran esculturales, con músculos de verdad, e incluso parecían mayores, si no lo eran. Lucía se dio cuenta de todo eso nada más acercarse a ellas tras el partido, cuando felicitaban a Frida por el gran trabajo que acababa de hacer.
—¿Eres profesional? —preguntó Nico a Frida sin decir hola siquiera.
—Algo así... —respondió haciéndose la misteriosa. Aunque Frida era alta, Nico le sacaba casi dos cabezas.
—Has jugado muy bien. Enhorabuena —dijo alargando la mano para coger la de Frida y darle un buen apretón.
Lucía percibió perfectamente como las mejillas de Frida se encendían con el contacto. No es que eso fuera raro (¡qué va!), porque Nico era un chico impresionante: el pelo castaño, cortado en capas y despeinado, enmarcaba unos extraordinarios ojos de color miel que destacaban más por el bronceado. Además, con la camiseta arrugada en el hombro, iba solo con el bañador, dejando al aire unos abdominales con forma de tableta de chocolate y unos brazos que nada tenían que envidiar a los de Popeye. Pero a Lucía el chico le dio mala espina desde el principio, y no se equivocaba...
—¿Quieres venir a celebrar la victoria a nuestra cabaña?
Frida miró a sus amigas, preguntándoles mentalmente si les apetecía y, también, rogando por que dijeran que sí. Era lo que tenía conocerse desde hacía mil años... ¡que incluso podían comunicarse por telepatía! Pero Lucía había quedado para hablar con Eric por la noche y, además, viendo la cara que ponía Bea supo que a su amiga no le apetecía nada pasar el rato con ese grupete de chulillos.
—Pero habíamos quedado para repetir la noche de ayer. —Lucía le hizo ojitos a Frida para que entendiera la situación.
—Eso podemos hacerlo cada día, ¿no? —insistió ella arqueando las cejas.
Lucía se había olvidado de un pequeño detalle: Marcos, el amor de Frida, se había marchado a Inglaterra todo el mes. Como Frida sabía que allí no iba a pasarse el día estudiando precisamente, se había propuesto olvidarlo como fuera. Los amigos de Nico parecían divertidos y era una buena forma de conseguirlo... Sin embargo, el inconveniente era que Lucía no se fiaba de ellos.
—Pues no lo sé, porque han dicho que mañana tendremos que hacer un concurso de no sé qué por la noche. —Lucía miró a Marta y a Bea, que la apoyaron con grandes asentimientos de cabeza.
—Ven tú y otro día ya vendrán ellas —se entrometió Sandra, agarrando del brazo a Frida. Llevaba la melena rubia recogida en un moño alto y despeinado, y tenía una nariz respingona que a Lucía enseguida le dio rabia.
—¡Vale! En cuanto termine la celebración vuelvo con vosotras.
Frida se dio media vuelta, despreocupada, y se alejó de ellas sin mirar atrás. Aquel día empezó el desastre y, quince días después, todavía no había terminado. Lucía dudaba que algún día se fuera a arreglar...
Unos golpes en la puerta del cuarto la distrajeron de sus recuerdos y del libro de
que tenía abierto sobre las rodillas para nada, porque de poco se iba a enterar ella de una asignatura que, más que atravesada, la tenía del revés. Reclinada en la silla junto al escritorio, preguntó quién llamaba a pesar de que lo sabía de sobra. Por desgracia, no esperaba a nadie. Su vida social se había desvanecido de un plumazo:

—¿Se puede? —preguntó María.
Su madre había aprendido a llamar a la puerta después de todo. El comportamiento de Lucía en los últimos días le estaba haciendo ganar varios puntos del tirón. La hizo pasar, pero tardó un rato en darse cuenta de que los ojos de su madre se abrían de manera desmesurada.
—¿Estás, estás... es-es-es... estudiando matemáticas? —tartamudeó.
—Bueno, solo estaba hojeando un poco el libro. Ya sabes, para que no me pille desprevenida...
Lucía guiñó un ojo para quitarle importancia y dejó el libro en la mesa. Su madre respiró hondo, expulsando el aire lentamente, y se sentó en la cama. Parecía que, a pesar de su conducta impecable desde que había regresado, iba a recibir una charla.
—¿No has vuelto a hablar con las chicas? —preguntó María. Si algo caracterizaba a su madre era que no perdía el tiempo andándose por las ramas.
—No, he estado ocupada... —Abarcó con el brazo la habitación con las bolsas de ropa preparadas para el contenedor.
—Ya. ¿Y no piensas hablar con ellas pronto?
—No lo sé.
María la miró entrecerrando sus grandes ojos, como si leyera el interior de su hija, y Lucía apartó la vista para que no lo consiguiera.
—¿Ocurrió algo en el campamento?
No, no quería contarle a su madre lo que había pasado. Quizá porque así todo se haría más real de lo que ya era. Aunque a su madre tampoco la pillaría por sorpresa, después de que el día 15, cuando volvieron de Cádiz, salieran por la puerta de llegadas del aeropuerto cada una por su lado.
—Tuvimos algunas diferencias —confesó al final, abducida por la mirada absorbente de María.
—Entonces arregladlas —le aconsejó, muy sabia ella.
—Como si fuera tan fácil.
—Solo hay que hacerlo, Lucía. Ya habéis discutido otras veces y siempre te parece el final.
Lucía ya sabía todo eso. Pero esa vez no habían tenido una discusión y ya está, era más bien que cada una se había ido marchando por su lado y a todas parecía darles completamente igual. Si para las demás su amistad no era importante, ¿por qué iba a serlo para ella?
—Además... —dejó escapar su madre para recuperar la atención de Lucía, que se había vuelto hacia la mesa, dando por terminada la conversación.
—Además ¿qué?
—¿Te acuerdas del casting que hicisteis las cuatro antes de iros de campamento?
Claro que se acordaba. Había sido un día estupendo: su madre les había pedido que se presentaran a un casting para un anuncio de la marca americana Collister, que a Lucía y a las demás les pirraba desde que la habían descubierto el año anterior. Sobre todo vendían vaqueros y ropa deportiva al estilo californiano, con camisas de cuadros y sudaderas chulísimas. El problema era que sus precios no eran lo que se dice demasiado accesibles. Lo mejor de hacer ese casting era que si lo ganaban y salían en el anuncio... ¡les regalarían la ropa que llevaran puesta!
Así que cuando su madre les propuso que se presentaran, aunque ellas no eran un grupo de chicas de esas que se mueren por lo fashion, aceptaron encantadas: debían aparecer siendo ellas mismas, tan amigas como siempre, en unas imágenes que se rodarían en la playa. Lo importante era el equipo unido. Hicieron el casting a finales de julio y, como era de esperar, se lo pasaron bomba. Era un día caluroso y estaban felices porque en nada se marcharían a ese campamento tan fabuloso. Se pusieron a perseguirse entre ellas en la orilla, a jugar con el mar y la arena, olvidándose de las cámaras (porque sí, los castings también se graban): incluso tuvieron que avisarlas de que la prueba había terminado. La tercera vez que sonó la palabra «corten», las chicas volvieron a la realidad con las melenas revueltas y las mejillas encendidas de las carreras y el sol. Era imposible que ganaran, aquello no había sido demasiado serio...
—Lucía, ¿me escuchas? —María la miraba exasperada esperando que regresara al presente.
—Sí, perdona. ¿Qué decías del casting?
—Pues eso, que lo habéis ganado. Tenéis que rodar el anuncio el próximo 6 de septiembre.
Mientras su madre despotricaba sobre cómo se había retrasado el resultado porque el mes de agosto era como si no existiera en el calendario, Lucía se quedó paralizada. ¿Había oído bien?
—¿Me oyes? Esta niña... Ya vuelves a pasar de mí... Lucía, mueve la cabeza si estás ahí.
Lucía fue capaz de decir que sí con la cabeza una vez y después volvió a quedarse muy quieta. Su madre debió de comprender el estado de shock en el que se encontraba porque no la presionó: esperó pacientemente a que su hija se recuperara. Se colocó detrás de las orejas el pelo pelirrojo que Lucía había heredado y cruzó las manos a la altura de las rodillas.
—¿Cómo puede ser que hayamos ganado? Si solo estuvimos haciendo el tonto... —consiguió pronunciar Lucía cuando encontró algo de voz.
—Porque era eso lo que ellos buscaban: ver a un grupo de amigas pasárselo en grande, sin artificios ni guiones. Y vosotras sois eso.
—
—la corrigió.
María arrugó la boca y se puso firme otra vez.
—Pues sí que te rindes fácil. Te tenía por una luchadora.
Con esa frase lapidaria, su madre salió de la habitación y cerró la puerta a su espalda. Desde luego, sabía qué hacer para dar énfasis a su mensaje. Esas últimas palabras estuvieron resonando en la cabeza de Lucía el resto del día. Y también de la noche.

Al mirar el reloj de la mesilla de noche, Lucía por poco dio un salto de la cama: era ya más de medianoche y ahí seguía ella dando vueltas. La sábana se le había enredado en las piernas y ya no sabía ni dónde colocarla. Resopló con fuerza al tiempo que daba una patada a un cojín que tenía en los pies y lo tiraba al suelo. A ver si así... Aunque tenía la ventana abierta de par en par y la persiana subida hasta arriba, no entraba ni una pizca de aire. Ese agosto estaba siendo demasiado caluroso. Ni siquiera por la noche se respiraba un poco mejor. ¡Qué agobio!
Encima, la cabeza de Lucía no paraba de maquinar: la historia del anuncio, lo que le había dicho su madre sobre ser una luchadora... Nunca se había imaginado que María tuviera esa imagen de ella (más bien lo contrario), y le dolía, porque la verdad era que no quería decepcionarla. Sí, le gustaba que la viera de esa manera.
Un pitido del móvil la sobresaltó. Se volvió hacia la mesilla para averiguar quién le escribía a esas horas. Ahí estaba el simbolito del WhatsApp; al pulsarlo apareció el nombre de Eric. Entonces sí que se incorporó de golpe con el corazón latiéndole a ocho mil pulsaciones por segundo. ¿Qué hacía Eric despierto a esas horas? Sabía que hasta que no llegaba al hotel no podían hablar por WhatsApp porque era el único momento del día en que podía conectarse a un wifi, pero nunca escribía tan tarde. Debía de estar pasándoselo de miedo mientras ella se peleaba con el calor, las sábanas y todas sus preocupaciones. Rápidamente abrió el mensaje:

Lucía notó perfectamente como se le retorcía el estómago. Pues sí que volvía tarde Eric de hacer turismo por Roma... Si se hubiera ido de vacaciones solo con su familia seguramente no le habría importado, pero es que su novio se había llevado de vacaciones a una bonita chica de melena negra hasta la cintura y misteriosos ojos grises. A ver, tampoco era eso exactamente, pero Lucía no podía evitar mirarlo desde esa perspectiva y morirse de celos mientras se los imaginaba todo el día juntos visitando el Panteón o la Fontana de Trevi.
La versión oficial era que Eric y su familia se habían ido tres semanas de vacaciones a hacer una ruta por Italia con otra familia amiga. La hija de esa familia, Mía, era la que llevaba a Lucía loca. Era amiga de Eric desde niños, y aunque él le había jurado que la veía como una hermana, ella no podía evitar verla como una rival en toda regla. Si hubiera estado en su mano, la habría sacado al ring y habría combatido con ella por Eric. Vaya, parecía que después de todo sí podía ser una luchadora si se lo proponía...

No tenía ganas de hablar de pizza y tampoco iba a sacar a relucir sus celos otra vez, que bastantes discusiones les habían provocado a los dos mientras ella estaba en el campamento gaditano. Y pensar que todavía faltaban dos semanas y media para que Eric volviera... Iba a tener que aprender a morderse la lengua por todas partes. Además, tenía otras cosas en la cabeza, cosas que la preocupaban tanto o más que eso. Eric debió de captar su tonillo algo molesto porque le respondió:
Eric ya sabía que había discutido con las chicas, pero Lucía reflexionó un momento sobre si debía contarle las últimas novedades: él estaba de viaje y tampoco podía hacer mucho desde otro país. Sin embargo, tras unos pocos segundos se dio cuenta de que no sabía con quién más compartirlo y... ¡qué narices! Se suponía que los novios estaban para lo bueno y para lo malo, ¿no? Al final le soltó absolutamente todo en varios mensajes seguidos: lo del anuncio, lo de no ser una luchadora... Sus dedos tecleaban frenéticos en el teclado del smartphone.

Cuando Lucía vio la respuesta de Eric el Comprensivo, le dieron ganas de responderle con un insulto. CON TODO LO QUE LE HABÍA CONTADO Y LO ÚNICO QUE SE LE OCURRÍA DECIR ERA ESA TONTERÍA. En lugar de insultarlo, acabó por enviarle un mensaje con el icono de una nube de tormenta que Eric interpretó como una broma. Se despidieron como si nada y Lucía se quedó hecha polvo. Definitivamente, no había nada que hacer. Los chicos no tenían ni pizca de sensibilidad. Ella con quien necesitaba hablar era con alguna de sus amigas. El problema era que en ese momento no le quedaba ni una.