—Eres famosa, Patrick.
Pongo los ojos en blanco cuando Jake me guiña un ojo. Es una broma que tenemos entre nosotros desde quinto curso, cuando participé en la representación de Los tres chiflados que hicimos en el colegio. Yo interpreté al niño pequeño, y durante el resto del curso, todos me llamaron Patrick, que, la verdad, no se parecía en nada a Paige, pero ellos mismos. En mi clase no había mucha creatividad.
Contesté como siempre:
—Oye, al menos a mí me conocen por algo.
La verdad es que siempre he sido un pelín diferente. Como el botón de un abrigo que no está alineado del todo con el ojal. Soy la menor de cuatro hermanos, oriunda de Portland y tengo un grave problema de afectividad temporal, sencillamente… no encajo. Ni en mi familia ni en mi ciudad natal. A veces ni siquiera encajo con Jake, que me ha estado sermoneando los últimos veinte minutos sobre los graves problemas sanitarios del consumo de productos lácteos. Solo ha dejado de hablar porque hay un cartel de mi última obra en la entrada de Powell’s. Lo colgamos el mes pasado. Me sorprende que no lo hayan quitado todavía.
Jake y yo somos como uña y carne desde que llevábamos pañales, pero somos polos opuestos. Él es callado e inteligente, un genio que cambiará el mundo algún día. Yo soy muy parlanchina y se me dan bien los estudios, pero tengo que currármelo. Nunca he tenido el don natural de Jake para la biología o la química. Ni, a decir verdad, para ninguna otra cosa.
Salvo para el teatro.
—¿Por qué no tienes una buena foto todavía? —pregunta Cassandra.
Se da un tironcito de una de las coletas y me mira con una ceja levantada. Es bajita, pero tiene una personalidad enorme, como su pelo, que es una maraña de rizos rubios imposibles de peinar. Es raro que ella no sea la actriz de nuestro dinámico trío. Actúa como si estuviera siempre en un escenario. Incluso cuando teníamos cinco años, que es desde cuando la conozco. Pero quiere ser bióloga marina.
—Jake me dijo que me las haría —respondo yo con la vista clavada en el cartel.
No hay foto junto a mi nombre, solo un espacio en blanco. Paige Who, la desconocida. Ha pasado casi un mes desde que le pedí a Jake que me hiciera las fotos, pero ha estado de sentadas casi todos los fines de semana.
Jake siempre está protestando por algo. Por los plásticos, por el desarrollo urbano, por la tala de árboles o por las palomitas de maíz. Esa cosa que venden en los cines está genéticamente modificada. Perdemos una semana de vida por culpa de esos granos.
Cassandra mira a Jake con lástima y se vuelve hacia mí.
—Si tu carrera está en sus manos, vas a acabar en gestión de residuos. —Jake intenta replicar, pero Cassandra sigue hablando—. Pues las hago yo. —Se pone el bolso delante y saca algo—. Tengo cámara nueva.
—Ni de coña. —Jake se la quita de las manos, y Cassandra suelta un chillido—. ¿Cómo la has conseguido? —pregunta él.
—Haciendo de canguro —contesta Cassandra, orgullosa.
—Genial. Deberíamos hacer fotos de la protesta de la semana que viene. Seguro que, si sacamos buenas fotos, podríamos mandarlas al periódico.
—¿Otra protesta? —pregunto. Intento no sonar decepcionada, pero tampoco me esfuerzo mucho.
Jake me mira con esa expresión seria que tan bien conozco.
—Se acabarán las protestas cuando se acabe con la contaminación, cuando se trate a los animales con humanidad. Cuando los seres humanos comiencen a aceptar la responsabilidad de sus actos y de este planeta.
—Lo siento —susurro.
Siempre me siento mal por no apoyar a Jake en su última cruzada. Que sí, que yo también quiero que el mundo sea un lugar mejor, pero a veces también me apetece ir al cine.
Cassandra me pasa el brazo por encima de los hombros y me gira hacia el tablón.
—A lo mejor ponen algo bueno en el Aladdin este fin de semana.
Ojeamos los carteles, pero yo solo los miro de pasada. Estoy pendiente de Jake, que no para de juguetear con la cámara de Cassandra. No lo he visto tan emocionado por algo desde que Starbucks empezó a usar materiales biodegradables.
—¡Ay, ay, Dios! —chilla Cassandra, así que me tapo los oídos.
A Jake casi se le cae la cámara.
—¿Qué te pasa? —le pregunta Jake.
—¡Mira, mira, mira! —Señala algo en el tablero—. ¿Es que no lo veis?
Miro donde señala su dedo. Es un cartel de Aislados, el libro con el que Cassandra está obsesionada. Bueno, son tres libros en realidad. Es una trilogía, pero de momento solo han publicado dos. Son la leche. Se venden como rosquillas en todo el mundo. Los ha escrito una mujer llamada Parker Witter y van de una chica que aparece en una isla mágica desierta después de un accidente aéreo. El chico que sobrevive con ella (que es el mejor amigo de su novio) tiene alguna especie de conexión sobrenatural con la isla, y se enamoran. Sin embargo, ella sigue enamorada de su novio, a quien da por muerto, ya que los tres iban en el avión. Todavía no me he leído los libros, pero los busqué en Google porque Cassandra no paraba de hablar de ellos. Lo que se habla en internet es una pasada. Hay cientos de miles de vídeos en YouTube, foros y muchísimos blogs de fanfic. Noah y August son los modernos Romeo y Julieta, al parecer. Cassandra hizo cola desde medianoche en Barnes & Noble la víspera de la salida del segundo libro. Se supone que el tercero y último sale en noviembre.
—¡Van a hacer un casting aquí! —grita Cassandra. Se pone a bailotear de puntillas.
Miro el cartel con los ojos entrecerrados.
—¿Un casting para qué? —pregunta Jake, que le devuelve la cámara.
—Para la peli.
El estómago me da un vuelco, acompasando los pies de Cassandra, y cuando levanto la vista, la veo mirándome con una sonrisilla ufana.
—¿Ahora sí te interesa?
Aunque estamos en Portland, una ciudad que atrae a un montón de artistas, pocas veces se ruedan películas aquí, y los directores de reparto nunca vienen en busca de nuevos talentos. Las pruebas son para gente que vive en Los Ángeles… y yo ni siquiera he puesto un pie allí.
Les he suplicado a mis padres que me dejen ir a California, pero siempre me contestan que eso me distraería de mis estudios. Lo que quieren decir en realidad es que soy la pequeña de los cuatro hermanos y que, en lo que a ellos respecta, un billete de avión sin el motivo de una boda o de un funeral no resulta práctico.
Eso no quiere decir que no vaya a cualquier casting aquí, porque lo hago, pero suele ser para las obras de teatro de la comunidad, como el cartel sin foto que estábamos mirando. Pero ¿una película de verdad? Nunca he tenido esa oportunidad.
Cuando consigo papeles, como una obra local o un anuncio de la zona o algo así, siempre me caracterizan de niña pequeña, aunque ya tengo diecisiete años. Tengo la sensación de que llevo una década interpretando el mismo papel. Mido un metro cincuenta justo, lo que significa que soy bajita incluso para una cría de doce años. Tengo una larga melena pelirroja, un pelín ondulada, vamos, que ni rizada ni lisa, y la cara llena de pecas, algo muy poco elegante, la verdad. Pero ¿el papel de hermana menor petarda? Lo bordo. Me pregunto si habrá alguna hermana pequeña en Aislados.
—¿Dónde es? —pregunto. Bajo la vista para hacer que me da igual, pero como estoy con Jake y con Cassandra, nadie se traga el numerito del desinterés.
—El sábado en el Aladdin. —Jake arranca el cartel y me lo da.
—A lo mejor le interesa a alguien más —digo.
—Pues así reduces la competencia. —Cassandra se cuelga de mi brazo—. Prométeme que lo vas a pensar.
Me sonríe, y sé que ella sabe que voy a presentarme. Pero también sabe que tengo una regla de oro cuando voy a un casting: nunca comento que me voy a presentar.
A lo mejor es por ser la pequeña de una familia numerosa, pero siempre espero llevarme un chasco. El lema tácito de nuestra casa es: «Si no te alejas mucho del suelo, el porrazo será menor». Supongo que ha funcionado en el caso de mis padres. Los dos son maestros de educación primaria, que está genial de por sí, pero no creo que fuera lo que querían ser. Mi madre quería ser actriz. Participó en unas cuantas obras de teatro regionales cuando era más joven, aunque lo dejó cuando nació mi hermano mayor. Nunca habla del tema, pero sé que se arrepiente. Una vez, buscaba un collar en su joyero y me encontré un sobre lleno de entradas de teatro. De obras y de espectáculos a los que mi madre había asistido. Incluso había algunos de los años setenta, de cuando mis padres todavía no estaban juntos. Tal vez ella actuara en alguno. No creo que alguien guarde todas esas cosas si no desea que su vida hubiera seguido un camino un poco distinto. En cuanto a mí, no quiero un montón de entradas de teatro metidas en un sobre en el fondo de mi joyero. Quiero carteles enmarcados con mi nombre escrito. Esos son los recordatorios que quiero. Los que otras personas puedan ver.
Jake me echa un brazo por encima de los hombros.
—Serías una August increíble —me dice.
—¿August? —Lo miro con la ceja levantada.
—¿Qué pasa? —me suelta con una sonrisa perezosa y cada vez más amplia—. Me gusta estar al tanto de la cultura popular.
—No tienes ni idea de lo increíble que es la historia —interviene Cassandra al tiempo que se enrosca un tirabuzón alrededor de un dedo—. No sé ni cómo voy a aguantar hasta noviembre para saber cómo acaba.
Jake asiente con la cabeza.
—¿De verdad? —pregunto—. Vais a tener que fundar un grupo de apoyo.
—Ya estoy en uno —contesta Cassandra—. Nos reunimos los domingos. Los martes si ha sido una semana muy dura por el mono.
Jake se echa a reír y yo pongo los ojos en blanco.
—Estás loca.
—Pero me quieres —susurra ella con la nariz pegada a mi mejilla.
—Pese a todo —le aseguro.
—Oye —protesta ella al tiempo que se aparta—, que son grandes obras de la literatura.
—Eso es lo mismo que dijiste de Desde el cielo. Y estamos hablando de unos libros cuyos protagonistas son unos ángeles cachondos.
—Ángeles de la guarda —me corrige Cassandra, que se echa una coleta por encima del hombro—. No es culpa mía que no sepas apreciar unas novelas geniales.
—Sé apreciarlas —replico.
—Que te hayas leído El zoo de cristal veintidós veces no lo convierte en un libro. Lo siento. —Me mira con la nariz arrugada.
—Ya, pero sigue siendo una gran muestra de literatura —le suelto.
No se trata de que no lea novelas, que las leo, pero no las leo de la misma manera que leo guiones. Vamos, que me encanta Jane Austen y puede que me haya leído El guardián entre el centeno unas siete veces desde segundo de secundaria, pero lo que más leo son guiones. Se puede decir que me he leído prácticamente todos los que tiene Powell’s, y son un montón. Lo tienen todo, desde La semilla del diablo hasta Dando la nota, y me gusta sentarme allí los domingos lluviosos y ponerme a leer los guiones que acaban de llegarles. Algunos me los sé de memoria, y pasar la primera página es como escuchar las primeras notas de tu canción preferida en la radio. Esa cuya letra te sabes de cabo a rabo. Cuando era pequeña, solía recitar los diálogos delante del espejo de mi dormitorio. Escarlata O’Hara, Holly Golightly... Fingía ser Audrey Hepburn o Meryl Streep y que estaba rodando una película que iba a ver el mundo entero.
A veces, todavía lo hago.
—¿Qué queréis hacer esta tarde? —pregunta Cassandra.
Miro el reloj, un regalo de Jake cuando cumplí los quince. Tiene la cara de Mickey Mouse en la esfera, y sus manos enguantadas son las agujas que marcan la hora y los segundos. Jake hizo que le grabaran: «Del gato al ratón». Esos eran nuestros disfraces de Halloween todos los años. Él se vestía de gato, y yo, de ratón, y me perseguía por las calles mientras íbamos en busca de caramelos. A veces, me imagino saliendo juntos más adelante, y que adquiera otro significado. Que Jake diga algo como «Llevo años persiguiéndote y por fin eres mía». Es una tontería, lo sé, pero sería una historia genial.
Para que conste, nos hemos besado dos veces, pero nada desde el primer año de instituto. Jake fue el primer chico al que besé y el único al que he besado, salvo por el chico aquel del campamento de verano. Pero no estamos juntos. Nunca lo hemos estado. No creo que ninguno de los dos esté dispuesto a poner en peligro nuestra amistad por ello; además, la idea de que se convierta en mi novio me parece una ecuación sin solución.
—Tengo que ir al trabajo —digo.
Me paso todos los veranos desde segundo de secundaria trabajando en Trinkets n’ Things, una tiendecita que vende toda clase de cosas y que, como el resto de Portland, huele a pachuli. Vuelvo a casa apestando a incienso, pero es un buen curro. El sueldo es decente y nunca está abarrotada.
—¿Alguien quiere ver una peli? —Cassandra le da un empujoncito a Jake, que me quita el brazo de los hombros.
—Pero que no sea el documental ese sobre budismo, ¿vale? Ya lo hemos visto tres veces.
—Lo que tú digas. Pero fuiste tú quien quiso verlo por tercera vez.
Cassandra me mira parpadeando, y yo sé que quería guiñarme un ojo. Es incapaz de cerrar un solo ojo. Es una de las cosas que más me gusta de ella.
A ver, que hay muchas cosas que me gustan. Como que no sabe saltar a la pata coja o que sus colores preferidos sean inventados: dorado cereza, verde grillo, rojo nariz de payaso. Me encantaba que me dijera que tenía restos de comida en la ortodoncia. Es sincera. No tenemos secretos. Nunca los hemos tenido.
—Divertíos, niños —les digo.
Jake me hace un saludo y Cassandra me da un beso enorme en la mejilla, y luego los dos salen corriendo hacia la salida. Miro fijamente el cartel arrugado que tengo en la mano y luego me lo meto en el bolsillo antes de seguirlos a la calle y echar a andar en dirección al Trinkets n’ Things. No necesito leer los detalles del casting, ya los he memorizado. También sé que le pondré una excusa a mi jefa, Laurie, e iré al casting el sábado. El cartel dice que comienza a las tres, pero estoy segura de que habrá cola desde varias horas antes.
Sé que no tengo oportunidad alguna. Sé que la probabilidad de conseguir un papel como ese es tan ínfima que no podría ni contabilizarla, pero siempre pasa lo mismo cuando voy a un casting. Me siento un poco… esperanzada. Como si esta vez las cosas fueran a cambiar. Como si después del próximo fin de semana, todo pudiera ser distinto.
Oigo llorar a mi sobrina, Annabelle, nada más entrar por la puerta. No sé qué le pasa a la cría, pero siempre está berreando. Su negativa a que pasen de ella llega a ser impresionante. Todavía no tiene ni dos años, pero parece que ya sabe que para sobrevivir en esta casa tiene que hacerse notar y, si lo sabe, ya tiene mucho ganado.
—¿Hay alguien en casa? —Suelto la mochila en un taburete de la cocina.
—¡Peg! —grita Annabelle.
Mi hermana, Joanna, baja la escalera corriendo, con Annabelle debajo del brazo como si fuera una pelota de fútbol americano.
—¿Has visto a mamá? —me pregunta. Tiene la cara roja y el pelo húmedo.
—No, acabo de llegar. —Giro la cabeza para mirar a Annabelle a los ojos—. Hola.
Annabelle esboza una sonrisa tontorrona y extiende sus bracitos regordetes. Se la quito a Joanna y la tomo en brazos.
Mi hermana parece derrumbarse en cuanto cojo a Annabelle, ya que agacha los hombros y se encorva.
—¿Qué pasa, Jo? ¿Estás bien?
—¡Bien! —repite Annabelle.
Mi hermana y yo somos las únicas que seguimos viviendo en la casa. Nuestros dos hermanos mayores ya se han independizado. Se ha estado hablando de que Bill, el novio de mi hermana y padre de Annabelle, se mude a casa, pero acaba de empezar la universidad y la casa de sus padres está más cerca. La familia de Bill no permite que Joanna se vaya a vivir con ellos, así que de momento las visita los fines de semana. Un dato curioso: cuando tienes diecinueve años y has tenido un crío sin dinero, tus padres controlan la situación muchísimo más de lo que te gustaría.
Mi hermana pasa de la pregunta y me mira de arriba abajo.
—¿Dónde te has metido?
Desde que se quedó embarazada, Joanna se considera una adulta. El día que se graduó en el instituto tenía un barrigón enorme, pero me estaba dando órdenes para que limpiara mi cuarto y no volviera a casa después de la hora tope. Como si convertirse en madre la convirtiera también en mi madre.
Me encojo de hombros.
—He estado en Trinkets n’ Things.
Me mira fijamente.
—¿Qué has estado haciendo?
—He estado vendiendo drogas por la puerta de atrás.
Joanna pone los ojos en blanco y se tira en el sofá.
—Se suponía que mamá tenía que estar en casa hace una hora.
—No sé qué decirte. —Le froto la espalda a Annabelle trazando círculos, pero ella se limita a parpadear varias veces antes de ponerse a berrear de nuevo.
Joanna se levanta del sofá, me quita a Annabelle de los brazos y suspira.
—Mira, dile a mamá que me he ido.
Se cuelga el bolso del hombro, cambia a Annabelle de postura y echa a andar hacia la puerta. Annabelle se despide mientras se alejan, moviendo una mano como si fuera el pico de un pajarito. Una lágrima le resbala por la mejilla.
Después de irse, la casa es como una tumba. El silencio me resulta raro. Cuando era pequeña, nuestra casa estaba llena de niños, y a medida que me iba haciendo mayor, llegaba más gente. Mis hermanos siempre traían a sus amigos, y cuando llegué a quinto Joanna ya estaba saliendo con Bill.
Me cuelgo la mochila del hombro y subo la escalera. Una vez en mi dormitorio, me saco el cartel del bolsillo, aliso los bordes sobre la alfombra y lo miro.
En el centro hay una foto en blanco y negro de una chica, pero es una silueta, de modo que cuesta ver los detalles para adivinar quién es y qué aspecto tiene. Impreso en la parte superior de la página se puede leer «Casting abierto para Aislados». Esas letras me ponen la piel de gallina. Es la misma sensación que tengo en un teatro o en un cine cuando se apagan las luces. Como si pudiera ser yo la que estuviera ahí arriba. Como si algún día la gente pudiera conocer mi nombre, incluso pudiera reconocerme. Como si pudiera dejar de ser la pequeña Paige, la enana de los Townsen. Sería Paige Townsen: única e irrepetible. Esa sensación de que es posible. Del hecho de que en este preciso momento y lugar todo puede cambiar.
La probabilidad de que consiga este papel es ínfima, lo sé, pero alguien tiene que hacerlo. ¿Por qué no yo?
Me llaman al móvil. Es Cassandra. Que se pone a hablar incluso antes de que la salude.
—… creo que me he quedado dormida a la mitad.
—¿La película?
Cassandra resopla como si hubiera dicho una tontería.
—¿Qué haces esta noche?
Doblo el cartel con las manos, avergonzada por sostenerlo siquiera. Voy a ensayar. Voy a leerme ese libro de pe a pa.
—Estoy un pelín cansada —contesto.
—¿Laurie te ha obligado a reponer los estantes?
—Sí —miento.
La verdad es que solo he mantenido una lucha de pulgares conmigo misma detrás del mostrador. Hoy no han aparecido más que dos clientes, y ninguno ha comprado nada.
—Jake está aquí —dice Cassandra. Oigo unos ruidos de fondo y alguien que susurra, y luego Cassandra habla de nuevo—. ¿Te apetece que nos pasemos más tarde?
Me imagino a Jake apagando el móvil. Le aterran las radiaciones y se niega a llevar uno encima, lo que dificulta mucho quedar con él. Por suerte, normalmente está con una de nosotras.
—Me parece bien —contesto.
Jake se despide a gritos (Cassandra seguro que le ha acercado el teléfono para que lo haga) y luego se corta la llamada.
Oigo que el coche de mi padre aparca en el camino de entrada. No tengo que mirar por la ventana para saber que abre la puerta, rodea el coche, saca el maletín, comprueba los retrovisores y las ruedas, cierra con el mando dos veces y luego echa a andar hacia la puerta de la casa. Hace lo mismo todos los días y seguramente lo ha hecho desde que tiene carnet de conducir. Me imagino a mi padre haciendo lo mismo cuando llegaron al hospital las noches que mis hermanos y yo nacimos. ¿Habría gritado mi madre? Durante todos los años del régimen de aparcamiento de mi padre, no la he oído meterle prisa ni una vez.
Salgo al descansillo y lo veo entrar. Mi padre lleva pajarita todos los días. Incluso tiene una chaqueta de pana con coderas.
—Pareces un maestro —le digo.
Mi padre levanta la vista y sonríe.
—Tiene gracia que lo digas. Acabo de volver del colegio.
—Estamos en las vacaciones de verano —le recuerdo mientras bajo la escalera—, ¿no te has enterado?
—La programación no descansa por nadie.
Mi padre es el único miembro de la familia que me entiende. También es la persona más silenciosa que conozco. Ni me había dado cuenta de que le gustaba madrugar hasta que me uní al equipo de natación el primer año de instituto y tuve que levantarme pronto para ir a los entrenamientos. Bajé una mañana a las cinco y me lo encontré tomándose una taza de café. Estaba tan quieto que si el aire que lo rodeaba hubiera sido agua, no la habría perturbado.
Me sonríe cuando llego al último escalón.
—¿Dónde está tu hermana?
Intento recordar adónde me ha dicho que iba. Me encojo de hombros y lo sigo a la cocina.
—Ni idea.
A diferencia del resto de la familia, mi padre no me desanima para que abandone mis aspiraciones interpretativas. Mi hermana cree que soy muy egoísta y mis hermanos no lo entienden porque no se trata de un deporte en equipo. Mi madre cree que la interpretación está muy bien para soñar despierta y para alguna que otra obra local, pero no para la «vida real».
Mi padre, en cambio… Mi padre nunca me ha dicho sin rodeos lo que piensa, pero percibo su apoyo. Dice a menudo que ser padre es como construir un edificio. Una persona tiene que ser la altura; otra, los pilares. Mi padre no es muy alto, pero es recio. Con cuatro hijos, si vas a ser los pilares, tienes que tener una buena cimentación.
Me saluda con un breve gesto de cabeza y se va a su dormitorio. Se pasará la tarde arreglando lo que sea que falle en casa. Se encarga de todo el mantenimiento, siempre lo ha hecho.
Estiro el cuello para asegurarme de que mi hermana no está aparcando en la entrada y luego me acerco a su estantería, donde paso las manos por los lomos de los libros hasta dar con su ejemplar de Aislados. No sé por qué ando con tanto secretismo. Ni que se negara a prestármelo o algo parecido. Es que tengo la sensación de que si me ve, lo sabrá de alguna forma. Encajará las piezas y cuando no consiga el papel, vendrá a confirmar todavía más que mis sueños son estúpidos, egoístas y absolutamente irreales. No necesito más opiniones así. Y sin embargo…
«¿Qué sacrificarías en nombre del amor?»
La primera línea, impresa en la parte superior de la contracubierta, hace que el corazón esté a punto de salírseme del pecho. Me llevo el libro a mi dormitorio y cierro la puerta. Saco el cartel de debajo de mi cama y sostengo ambas cosas en las manos. La chica de la portada está de espaldas, pero a diferencia del cartel, se puede ver claramente que es pelirroja. La melena le cae por la espalda y da la sensación de que se funde con las olas del mar. Parecen rodearla, tragársela.
Abro el libro por la primera página y empiezo a leer.
El sábado se me hace larguísimo. Los fines de semana hay menos clientes en Trinkets n’ Things que entre semana, y Laurie ha decidido aprovechar el día para organizar un taller de aromaterapia en la trastienda. ¿Habrá muerto alguien alguna vez por una sobredosis de sándalo?
Acabé el primer libro ayer por la mañana. Me lo leí de un tirón, de una sentada. Y la verdad es que ahora entiendo por qué Cassandra se pasa el día hablando del libro y por qué el mundo entero está enganchado a la trilogía. Son fantásticos. Y la historia de amor es genial. Es la historia de amor ideal. August y Noah, que es el amor de su vida y el mejor amigo de su novio, son los únicos supervivientes de un accidente de avión en el que también viajaban el novio de August y su hermana menor. Después del accidente, descubren que Noah es descendiente de los habitantes de la isla, una posición que le otorga cierto poder. El de curar a August, que ha quedado muy malherida tras el accidente. Pero no pienso contarte más. Digamos que el amor no es fácil, ni siquiera en el caso de un par de supervivientes que están colados el uno por el otro.
Me lanzo de cabeza al segundo libro y llego a la mitad antes de preguntarle a Laurie si puedo salir un poco antes. Me dice que sí, claro. En realidad, lo que me dice es: «Es sábado. El sábado no viene nadie».
Cierro la puerta de la trastienda y dejo las llaves en el gancho que está junto a la estantería de las cartas del Tarot. Después de coger mi bolso de detrás del mostrador y mientras estoy agachada, me miro en el espejo. El pelo me cae a ambos lados de la cara y estoy colorada. Por un instante no me reconozco. Podría ser cualquiera. Incluso August.
Cuando llego descubro que hay montones de chicas en los alrededores. No me sorprende, pero me resulta asombroso. Debe de haber al menos mil personas junto al teatro Aladdin. La última vez que vi tanta gente en el mismo lugar fue cuando mi hermano me llevó a un concierto de Muse el primer año de instituto. La verdad es que no pasábamos mucho tiempo juntos. Me refiero a mis hermanos y yo. Durante una época mi hermana estuvo muy unida a ellos; pero creo que cuando yo crecí, ya habían superado la novedad de tener una hermana. Recuerdo que me sorprendió mucho que Jeff me invitara al concierto. Cuando llegamos, descubrí que solo quería que le vigilara el coche, porque era muy difícil encontrar aparcamiento gratuito.
—Siéntate aquí y escucha la música —me dijo.
Yo no dije nada, por temor a echarme a llorar. Después, cuando me dejó en casa y mi madre me preguntó cómo me lo había pasado, mentí y le dije que genial. Decirle la verdad me pareció muy humillante.
Consigo llegar a la zona donde se va a realizar el casting. Parece haber dos filas. Una para la gente que ya se ha inscrito y otra para la que no lo ha hecho. La fila de las no inscritas es muchísimo más corta. La mayoría de la gente se ha preparado para la prueba, como yo. Todas tienen ya el impreso y están rellenándolo. Sentadas en sillas o en el suelo, apoyadas en las paredes.
Casi todas las chicas van acompañadas por sus madres, y por un segundo siento la conocida punzada de tristeza. Mi madre y yo solo hemos asistido juntas a dos pruebas de este estilo. La primera fue para un anuncio de cereales cuando yo tenía siete años. Recuerdo que vi la información sobre la prueba en el supermercado y le supliqué a mi madre que me llevara. Ella no quería, pero al final mi padre la convenció de que no era una idea tan terrible, y de que a lo mejor hasta podía ganar dinero con el asunto. Me puse mi mejor vestido y los zapatos que me había regalado mi madre en Navidad y fuimos juntas, cogidas de la mano.
Sin embargo, ni siquiera llegamos a entrar en el lugar donde se realizaba el casting. Mi madre les echó un vistazo a las otras chicas y decidió que no íbamos a «jugar», según dijo.
—Es un concurso de belleza —añadió—. Me niego a participar en esto.
Así que siempre he ido sola, en secreto. Mi madre apoya los proyectos relacionados con el instituto y con el teatro, porque dice que de algún modo son «académicos», pero desde el principio ha estado en contra de cualquier cosa que huela a cine.
Me abro paso para llegar al mostrador de recepción, donde una mujer con una sonrisa tensa me entrega una hoja de papel. Relleno el impreso en el mismo mostrador y se lo devuelvo con una sonrisa forzada. Ella me entrega un número y me hace un gesto con la mano para que me aleje. No hay sillas libres, así que me apoyo en la pared y me pongo los cascos.
Para mi cumpleaños, que fue en primavera, Jake me grabó una recopilación de las bandas sonoras de mis películas favoritas. Y después me la puso en el iPod. Ahora puedo escuchar la música de Empire Records mientras vuelvo a casa en bici del instituto o voy andando al trabajo.
Hoy he elegido la banda sonora de Cantando bajo la lluvia. Está muy trillada, pero siempre me han gustado los clásicos. Las películas antiguas, sin efectos especiales y sin imágenes generadas por ordenador, me parecen muy cinematográficas. Grandes. Como si el trabajo de los actores significara algo de verdad.
La voz de Gene Kelly me rodea y me siento en el suelo, con la espalda apoyada en la pared y las rodillas pegadas al pecho. Me dejo llevar e imagino lo que sería conseguir el papel. Participar en una película de verdad. Demostrarle a mi familia que es más que una fantasía adolescente.
Me dejo llevar e imagino lo que sería que mi sueño se hiciera realidad.
Y así, de esa forma, me convierto en Debbie Reynolds. Cierro los ojos y cuando ella habla, soy yo. En el escenario. Bajo los focos. Hasta tal punto que cuando me llaman y les entrego el número, horas después, sigo cantando a pleno pulmón. Y cuando leo el diálogo, es como si lo leyera Debbie Reynolds. Y después, cuando llaman a un chico para que me acompañe leyendo el diálogo, veo aparecer a un chico muy guapo, alto y rubio, y creo que de verdad es Gene Kelly. Y cuando nos piden que sigamos interpretando la escena juntos, es como si estuviéramos en la película y estuviera lloviendo a nuestro alrededor. Hasta oigo el repiqueteo constante de la lluvia.
—Soy Rainer. —Extiende la mano y nos damos un apretón.
Tira de mí y antes de poder decirle siquiera mi nombre, hemos comenzado a actuar. Somos August y Noah. Y todo parece genial. Mucho más que genial. Es perfecto. Como si todos los momentos de mi vida me hubieran llevado hasta este momento.
Cuando el casting termina, y con la impresión de que han pasado días, salgo a la calle, me doy cuenta de que está lloviendo de verdad. Y lo más gracioso de todo es que, aunque llevo toda la vida en Portland, es la primera vez que se me olvida el paraguas.
Tres meses después, estamos en el set de rodaje.