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Ya está? —pregunto—. Hace ya por lo menos cinco minutos que se ha ido el sol.

A unos metros, Blaine se inclina a un lado, emergiendo parcialmente de detrás del lienzo. No me muevo, pero mi visión periférica me permite ver sus hombros, su cabeza calva y su perilla de un rojo vivo.

—En mi mente, la luz todavía te rodea. Quédate quieta y no hables.

—Vale —digo justo antes de oír su gruñido de enfado por mi evidente falta de respeto a sus normas.

Si no fuera por el hecho de que estoy totalmente desnuda delante de una puerta, nuestra conversación parecería completamente normal. Ahora ya estoy acostumbrada. Acostumbrada a que la fría brisa marina me endurezca los pezones. A la forma en que el sol remueve algo tan profundo y apasionado en mí que deseo cerrar los ojos y abandonarme a la rica complejidad de luz y de color.

Ya me da igual que Blaine me mire con ojos críticos. Tampoco me estremezco cuando se me acerca tanto que casi roza mis pechos y mi cadera para ajustar mi postura al ángulo adecuado. Incluso cuando me susurra: «Perfecta. Mierda, Nikki, eres perfecta», ya no se me hace un nudo en el estómago. He dejado de imaginarme apretando los puños en señal de protesta, clavándome las uñas en la suave piel de mis palmas. No soy perfecta para nada, pero ya no me vuelvo loca al oír esas palabras.

Ni en el más disparatado de mis sueños habría imaginado que pudiera sentirme tan cómoda a pesar de estar tan sumamente expuesta. Es cierto que he pasado la mayor parte de mi vida desfilando sobre las pasarelas, pero siempre lo he hecho vestida, e incluso durante los concursos en bañador iba modestamente tapada. Puedo imaginar lo mucho que se lamentaría mi madre si me viera así, con la barbilla en alto, la espalda arqueada, una cuerda de seda roja rodeando mis muñecas a la espalda para luego seguir entre mis piernas y enrollarse en torno a uno de mis muslos.

Llevo días sin ver el lienzo de Blaine, pero conozco su estilo y puedo hacerme una idea de cómo quedaré representada en pigmentos y pinceladas. Efímera. Sensual. Sumisa.

Una diosa atada.

No hay duda; mi madre se cogería un buen cabreo, pero a mí me gusta. Joder, quizá es por eso por lo que me gusta tanto. He dejado de ser la princesa Nikki y me he convertido en Nikki la rebelde, y eso me hace sentir increíblemente bien.

Oigo pasos en las escaleras y tengo que resistirme para mantener la pose y no volverme para mirarlo. «Damien.»

Damien Stark es la única cosa que no doy por sentada.

—La oferta sigue en pie.

La voz de Damien se oye mientras sube las escaleras de mármol del tercer piso.

No ha alzado la voz, pero su tono transmite tanta fuerza y seguridad que llena la habitación.

—Diles que les echen un buen vistazo al estado de sus cuentas. No van a obtener beneficios y, para finales de año, la compañía habrá desaparecido. Están en caída libre, y cuando se estrellen y quiebren, sus empleados estarán en la calle, la empresa habrá muerto, y las patentes quedarán sometidas a litigio durante años porque los acreedores pelearán por los activos. Si aceptan el acuerdo, yo les devolveré la vida. Lo sabes. Tú lo sabes y ellos también.

Los pasos se detienen y me doy cuenta de que ya ha llegado al final de las escaleras. La habitación es diáfana, diseñada para el ocio, y todo aquel que entra es recibido por una amplia panorámica del océano Pacífico.

Ahora Damien me ve.

—Charles, hazlo —dice con voz tensa—. Tengo que irme.

He llegado a conocer realmente bien a este hombre. Su cuerpo. Su forma de caminar. Su voz. No necesito verlo para saber que esa tensión no responde a la emoción de un nuevo negocio, sino a mi presencia, y ese simple hecho es tan embriagador como el champán para un estómago vacío. «Todo un imperio requiere su atención, pero, en este momento, yo soy todo su mundo.» Me siento halagada. Estoy aturdida. Y sí, también excitada.

No puedo evitar sonreír, lo que provoca las quejas de Blaine.

—Mierda, Nik. Borra esa sonrisa.

—Pero si mi cara ni siquiera se ve en el cuadro.

—Claro que se ve —dice Blaine—. Así que para.

Me está provocando.

—Sí, señor —respondo, y casi me echo a reír cuando Damien empieza a toser para ocultar su propia risa.

Ese «señor» es nuestro secreto, el juego que nos gusta y que terminará oficialmente esta noche, cuando Blaine dé los últimos retoques al cuadro que Damien le ha encargado. La idea es deprimente.

Aunque la verdad es que me alegro de no tener que seguir posando quieta. Incluso la emoción de ese imaginario corte de mangas al sentido dominante de la propiedad de mi madre palidece en comparación con el calambre en las piernas con el que acabo cada sesión. Pero echaré de menos todo lo demás, sobre todo el efecto que tiene la mirada de Damien sobre mí. Sus reconocimientos lentos e intensos hacen que me sienta húmeda y me obligan a concentrarme tanto para no moverme que resulta doloroso.

Y sí, echaré de menos nuestro juego. Pero quiero que haya algo más entre Damien y yo, y no puedo evitar sentirme entusiasmada ante lo que me espera mañana, cuando solo seamos Damien y Nikki, nada más. Y en cuanto a los secretos que aún hay entre nosotros… Bueno, con el tiempo, también desaparecerán.

Cualquiera diría ahora que, cuando Damien me lo propuso, me quedé estupefacta: un millón de dólares por mi cuerpo; por mi imagen permanentemente expuesta en un lienzo de proporciones épicas; y por el resto de mí a su libre disposición, cuando quisiera y como quisiera.

Mi conmoción ha dado paso a un evidente pragmatismo, una mezcla de pasión e indignación a partes iguales. Deseaba a Damien tanto como él a mí, pero, al mismo tiempo, quería castigarlo porque estaba segura de que él solo veía a la reina de la belleza y que, cuando llegara a atisbar a la mujer herida que había bajo la capa resplandeciente, vacilaría tanto por la afrenta de sus expectativas como por la pérdida económica.

Nunca me había alegrado tanto de estar equivocada.

Nuestro acuerdo había sido por una semana, pero finalmente se convirtieron en dos, el tiempo que Blaine se recreaba en su lienzo, dándose golpecitos en la barbilla con la punta del pincel, entrecerrando los ojos, frunciendo el ceño mientras susurraba entre dientes que había que esperar un poco más, hasta que todo quedara «perfecto». Esa palabra otra vez.

Damien no se había opuesto demasiado; al fin y al cabo, era él quien había contratado a Blaine por su creciente reputación como artista local. Su gran habilidad para realizar desnudos cargados de erotismo era innegable. Si Blaine quería más tiempo, Damien se lo daría con mucho gusto.

No me quejé por razones mucho menos prácticas. Simplemente quería que esos días y noches con Damien se prolongaran aún más. Como mi imagen en el lienzo, estaba cobrando vida.

Solo hacía unas semanas que me había mudado a Los Ángeles, decidida a conquistar el mundo de los negocios a los veinticuatro años. La idea de que alguien como Damien Stark pudiera estar interesado en mí, y mucho menos en un retrato mío, era algo que ni se me había pasado por la cabeza. Pero la chispa que había prendido entre nosotros se hizo evidente desde el mismo instante en que lo vi en una de las exposiciones de Blaine. Me persiguió sin descanso y yo hice todo lo posible por resistirme porque sabía que lo que quería de mí era algo que yo no estaba dispuesta a darle.

Yo no era virgen, pero tampoco tenía demasiada experiencia. El sexo no es algo a lo que alguien con mi historial, con mis cicatrices, quiera lanzarse precipitadamente. Había sufrido mucho por culpa de un chico en quien había confiado y mis emociones todavía estaban tan a flor de piel como las cicatrices que la recubrían.

Pero Damien no parece ver esas cicatrices o, para ser más exactos, las ve como lo que son: una parte de mí, heridas de guerra de todo por lo que he pasado y contra las que todavía lucho. Donde yo pensaba que mis cicatrices reflejaban mis debilidades, él veía una señal de fortaleza. Y es esa habilidad, la de verme plenamente y con claridad, lo que me había atraído tan absoluta e irremediablemente hacia él.

—Vuelves a sonreír —dice Blaine—. No necesito pistas para saber en qué estás pensando. O, mejor dicho, en quién. ¿Tengo que echar a nuestro Medici personal de la habitación?

—Tendrás que acostumbrarte a su sonrisa —replica Damien antes de que yo pueda responder y, una vez más, tengo que esforzarme para no darme la vuelta y mirarlo—. Porque nada me hará salir de esta habitación a no ser que Nikki se venga conmigo.

Me deleito en la suavidad aterciopelada de su voz y sé que realmente piensa lo que dice. Habíamos pasado toda la tarde viendo escaparates por Rodeo Drive, celebrando que a la mañana siguiente empezaba mi nuevo trabajo. Habíamos deambulado tranquilamente por las prístinas calles, cogidos de la mano, bebiendo un café helado alto en calorías y fingiendo que no había nadie más en el mundo. Ni los paparazzi, esos buitres con cámara que, por desgracia, tanto se interesan en cada pequeña cosa que Damien y yo hacemos, nos prestan ya atención.

Sylvia, la ayudante de Damien, había intentado pasarle varias llamadas, pero él se había negado a responderlas.

—Este tiempo es para nosotros —contestó en respuesta a mi pregunta no formulada.

—¿Debería avisar a la prensa económica? —me burlé de él tras su explicación—. ¿Se resiente el mercado si Damien Stark se toma el día libre?

—No me importaría poner en riesgo la economía mundial si así puedo pasar más tiempo contigo —dijo levantando mi mano para poder besar la punta de mis dedos—. Evidentemente, cuantas más compras hagamos, más reforzaremos la economía.

Su voz era pausada, sensual y llena de promesas tentadoras.

—O quizá deberíamos volver al apartamento. Se me ocurren varias formas interesantes de pasar la tarde carentes de impacto fiscal —continuó.

—Tentador —repliqué—. Pero no creo que pudiera soportar la culpa de saber que he canjeado un orgasmo por la ruina fiscal.

—Créeme, cariño, serían más de uno.

Me eché a reír y, al final, conseguimos compensar el colapso económico mundial. Los zapatos que me compró eran realmente geniales, sin por ello renunciar a mi orgasmo. De hecho, fueron tres. Damien es, ante todo, generoso.

En cuanto al teléfono, cumplió su palabra. A pesar de las constantes vibraciones, lo ignoró hasta que llegamos a la casa de Malibú y le insistí para que se apiadara de quien fuera que estuviera llamando con tanta insistencia. Entré corriendo para encontrarme con Blaine. Damien se quedó atrás asegurando a su abogado que el mundo no se había colapsado por su ausencia puntual al teléfono.

Estoy tan absorta en mis pensamientos que ni me doy cuenta de que Blaine se ha acercado hasta mí. Me da un golpecito en el labio inferior con la punta de su pincel y yo doy un salto.

—Maldita sea, Nikki, estás en éxtasis.

—¿Has acabado ya?

No me importa posar y Blaine se ha convertido en un buen amigo, pero en esos momentos quiero que se vaya. Todo lo que quiero ahora es a Damien.

—Casi —contesta con las manos en alto, mirándome a través de su marco improvisado—. Ponte allí.

Me señala el lugar con el pincel.

—La luz de tus hombros, la forma en que brilla tu piel, la mezcla de colores…

Su voz se va apagando a medida que se acerca al cuadro.

—Mierda —dice por fin—. Soy un maldito genio. Esta eres tú, pequeña. Si no lo hubiera pintado yo, podría jurar que has salido andando del lienzo.

—Entonces ¿has terminado ya? ¿Puedo verlo?

Me giro sin pensar para darme cuenta demasiado tarde de que, probablemente, quería que me quedara quieta. Pero, de repente, todo carece de importancia. Todos los pensamientos se desvanecen. Blaine, el cuadro, el mundo que me rodea… Porque no es el retrato lo que veo, sino a Damien.

Está justo donde me lo imaginaba, allí, quieto, en el escalón superior, apoyado en la barandilla de hierro forjado, incluso más encantador que en mi imaginación. Había pasado toda la tarde con él, pero no importaba. Cada mirada es una especie de ambrosía de la que nunca me canso.

Me recreo en él, en cada uno de sus rasgos perfectos. Su mandíbula cincelada destaca aún más por la sombra de una barba incipiente. Su pelo negro alborotado por el viento, grueso y suave, con el que mis dedos están tan familiarizados. Y sus ojos. Esos maravillosos ojos bicolores que me miran tan fijamente que casi puedo sentir su peso en mi piel.

Lleva puestos unos vaqueros y una camiseta blanca, pero incluso con un atuendo tan informal, no hay nada casual en Damien Stark. Es la fuerza personificada, energía en estado puro. Mi único miedo es la certeza de saber que nadie puede capturar ni resistirse a un rayo, y yo no quiero perder a este hombre.

Nuestras miradas se cruzan y tiemblo ante la conmoción de semejante conexión. El atleta, la celebridad, el empresario, el millonario, todos esos personajes desaparecen dejando ante mí solo al hombre y una expresión que me sube la temperatura y que hace que mis entrañas se estremezcan de deseo. Es tan rotunda y primitiva que, aunque todavía no estoy desnuda, estoy segura de que podría reducir mi ropa a cenizas, consumida por el fuego de su mirada.

Un escalofrío recorre mi piel y tengo que contenerme para permanecer quieta.

—Damien —susurro, incapaz de resistir la sensación de su nombre en mis labios. Una palabra que parece inundar la habitación, atrapada en el aire cada vez más denso que nos separa.

Blaine, junto al caballete, se aclara la garganta. Damien logra moverse lo suficiente como para mirarlo aparentemente sorprendido, como si hubiera olvidado que no estamos solos. Cruza la distancia que lo separa de Blaine y se coloca junto a él, frente al enorme retrato. Desde mi posición, puedo ver el marco de madera sobre el que se estira el lienzo y, junto a él, a los dos hombres estudiando una imagen que permanece oculta a mi mirada.

Mi corazón palpita contra mi pecho y mi mirada no se aparta del rostro de Damien. Hay algo de exultante en sus ojos, como si estuviera observando un objeto de culto, y su bendición silenciosa hace que me tiemblen las rodillas. Me gustaría extender una mano y sujetarme a la cama junto a la que estoy posando, pero todavía tengo atadas las manos a la espalda.

Mi inmovilidad me recuerda mi situación y vuelvo a sonreír: no soy libre. Soy de Damien.

Según la idea original de Blaine y Damien para mi retrato, solo tenía que quedarme quieta en un punto, con una cortina de gasa en torno a mí y el rostro girado, lejos de la vista del artista. La imagen era sensual aunque distante, como si alguien anhelara esa mujer pero jamás pudiera tocarla. El retrato era impresionante, pero faltaba algo. Damien sugirió que compensásemos la cortina que se posaba libre sobre mi piel con la opresión de una cuerda de un rojo intenso que me ciñera las manos a la espalda.

Consentí sin dudarlo. Quería a este hombre. Quería estar atada a él. Pertenecerle. Que me reclamara como suya.

Mi imagen ya no era inalcanzable. De hecho, la mujer del retrato era un premio. Una diosa efímera domada por un hombre digno.

«Damien.»

Busco su cara para ver si me da alguna pista sobre su opinión del cuadro, pero nada, tiene esa expresión corporativa, esa máscara indescifrable que se pone para ocultar sus secretos. Damien es extremadamente bueno en eso.

—¿Y bien? —pregunto cuando ya no puedo soportarlo más—. ¿Qué te parece?

Damien guarda silencio unos segundos. Junto a él, Blaine se mueve llevado por los nervios. Aunque solo han pasado unos cuantos segundos, el aire cada vez es más denso por el peso de la eternidad. Casi puedo sentir la frustración de Blaine y entiendo perfectamente que acabe explotando.

—Vamos, hombre. Está perfecto, ¿verdad?

Los hombros de Damien suben y bajan llevados por una profunda inspiración, y entonces se enfrenta a Blaine con respeto.

—Está más que perfecto —dice volviéndose hacia mí—. Es ella.

Blaine sonríe.

—Tengo que decirlo. No suelo cortarme cuando se trata de presumir de mi trabajo, pero este… Bueno, este es alucinante. Auténtico. Sensual. Y, sobre todo, es honesto.

Los ojos de Damien no se apartan de los míos y respiro entrecortadamente. Se me acelera el pulso con tanta fuerza que yo misma me sorprendo de poder oír algo más. Estoy segura de que ven cómo sube y baja mi pecho, y temo que Blaine se dé cuenta de que estoy intentando sin remedio remitir el gran deseo que bulle violentamente en mi interior. Tengo que esforzarme para no suplicar a Blaine que se vaya y pedir a Damien que me bese y me acaricie.

Un sonido agudo rompe el silencio y Damien saca el teléfono del bolsillo y suelta un improperio al leer el mensaje. Veo cómo las sombras se apoderan de su rostro mientras guarda el teléfono en su bolsillo sin responder. Aprieto los labios y siento un hormigueo por todo el cuerpo ante las primeras señales de preocupación.

Blaine, con la cabeza inclinada para inspeccionar el lienzo, parece distraído.

—Nik, no te muevas. Quiero retocar la luz aquí y…

El agudo sonido del teléfono de Damien interrumpe a Blaine. Espero que Damien ignore la llamada como había hecho con el mensaje, pero, para mi sorpresa, decide responder, no sin antes abandonar la habitación con pasos tan decididos y rápidos que casi no puedo oír su brusco «¿Qué?».

No busca mi mirada.

Me esfuerzo por permanecer quieta para Blaine mientras me invade una oleada de temor. No es una llamada de negocios; Damien Stark no se altera con los negocios. Por el contrario, suele crecerse.

No, pasa algo y no puedo evitar pensar en las amenazas recibidas y sus secretos ocultos. Damien me ha visto desnuda de todas las maneras posibles y, sin embargo, parece que yo solo conozco pequeñas pinceladas de él envueltas en sombras.

«¡Tranquilízate, Nikki!» Buscar algo de privacidad para hablar por teléfono no es lo mismo que guardar un secreto y no todas las llamadas son una gran conspiración para ocultar el pasado o un nuevo peligro.

Sé todo eso. Y lo creo. Pero mi faceta más racional no evita que me dé un vuelco el corazón y que se me forme un nudo en el estómago. Permanecer quieta estando desnuda con las manos atadas no es el camino más corto hacia un pensamiento ordenado, sino más bien una espiral de desasosiego por el que, de repente, desciendo a toda velocidad, sin frenos y sin poder evitar odiarme por ello.

Me gustaría poder abrazarme, pero mis muñecas atadas me lo impiden.

Cierto es que estoy con el alma en vilo desde que mi antiguo jefe amenazara a Damien. La compañía de Carl había postulado por un proyecto para la Stark Applied Technology y, cuando Damien lo rechazó, Carl me culpó a mí y me despidió. Pero no se detuvo ahí, y la última vez que lo vi, prometió que no pararía hasta que acabara con Damien. De momento no había pasado nada, pero Carl era una persona decidida y con recursos, y en su mente creía sentirse autorizado moralmente para ello. Por lo que a él respectaba, Damien había dado al traste con uno de los negocios más importantes de Carl. Las pérdidas de capital estimadas debían de ser de millones, pero Carl no es de los que piensan que el dinero o los desaires son asuntos que deban dejarse correr.

Que no haya pasado nada desde hace semanas me inquieta. ¿Qué se esconde tras ese silencio? Le he dado muchas vueltas y la única conclusión a la que he llegado es que quizá ha pasado algo y Damien ha decidido no contarme nada.

Tal vez me equivoque… O eso espero. Pero la preocupación y el temor se han apoderado de mí y me susurran al oído sin piedad. Aunque Damien conoce todos mis secretos, los suyos todavía permanecen ocultos para mí.

—Joder, Nikki, estás frunciendo el ceño —se queja Blaine con una sonrisa entre dientes—. A veces me gustaría penetrar en tu mente. Me encantaría saber qué estás pensando.

Fuerzo una sonrisa.

—Pensamientos profundos —digo—. Pero no de los malos.

—Bien —responde, pero casi se puede ver la incertidumbre en sus ojos e, incluso, algo de preocupación.

Me pregunto qué le habrá contado Evelyn, la amante de Blaine, que conoce a Damien desde que eran niños, sobre su pasado, y si Blaine sabe más que yo sobre ese hombre que tanto me consume. La sola idea me hace fruncir el ceño aún más.

Damien solo ha estado fuera unos minutos y cuando vuelve, solo quiero correr hacia él.

—¿Qué pasa? —pregunto.

—Nada que no pueda mejorar viéndote.

Me río con la esperanza de que no se dé cuenta de que es una risa vacía. Una vez más, tiene esa cara que pone en público. Pero yo no soy como esa gente y lo conozco bien. Lo miro con insistencia, esperando que sus ojos se fijen en los míos. Cuando por fin lo hace, algo ha cambiado. Su gesto de enfado se transforma en una sonrisa genuina y, una vez más, me siento iluminada por la luz de Damien.

Camina hacia mí y mi corazón se acelera al ritmo de sus pasos. Se detiene a tan solo unos centímetros y, de repente, me cuesta respirar. Después de todo lo que hemos compartido juntos, después de todo el dolor que ha aliviado y de todos los secretos que ha descubierto, ¿cómo es que cada momento a su lado me hace sentir como si fuera la primera vez?

—¿Sabes lo mucho que significas para mí?

—Yo… —Tomo aire y lo vuelvo a intentar—. Sí, tanto como tú para mí.

Me siento atrapada por el fuego de su mirada y su proximidad. No me está tocando, pero como si lo estuviera haciendo. No hay nada en mí en ese momento que no sea reflejo de Damien, de lo que siento por él y de lo que me hace sentir. Quiero consolarlo, quiero acariciar sus mejillas y recorrer su pelo con mis dedos. Quiero atraer su cabeza a mi pecho y susurrarle palabras al oído, y quiero hacerle el amor lenta y suavemente hasta que las sombras de la noche se vayan y la luz de la mañana nos inunde con sus colores.

Blaine, detrás del lienzo, tose educadamente. Los labios de Damien esbozan una sonrisa franca en respuesta a la mía. Lo único que hemos hecho ha sido mirarnos a los ojos y, sin embargo, es como si Blaine hubiera presenciado algo tremendamente íntimo.

—Bien, vale. Creo que me voy. La fiesta es el sábado a las siete, ¿no? Me pasaré más tarde para ver si necesito hacer algún retoque de última hora y me encargaré de colgarlo cuando coloque el resto de los lienzos en los caballetes.

—Perfecto —responde Damien sin ni siquiera mirarlo.

—Tengo que decir —añade Blaine mientras recoge sus cosas— que voy a echar de menos esto.

Durante unos segundos, creo percibir algo de melancolía en los ojos de Damien, pero se le pasa de inmediato.

—Sí —dice—, también yo.

No estoy segura de cuándo se ha ido Blaine, solo sé que lo ha hecho, y que Damien sigue ahí, frente a mí, y que todavía no me ha tocado. Me voy a volver loca como no sienta sus manos sobre mí ya.

—¿De verdad está acabado? —pregunto—. Todavía no lo he visto.

—Ven aquí.

Me tiende su mano y yo me muevo para darle la espalda con la esperanza de que me desate, pero no lo hace. De hecho, se limita a poner su mano en mi hombro y a ayudarme a llegar hasta el lienzo. Tengo que moverme con cuidado por culpa de la cuerda de seda roja que rodea mi pierna izquierda, pero no tiene ni la más mínima intención de desatarme. Ni siquiera se molesta en pasarme la cuerda que está enrollada en la pata de la cama.

Hago una mueca levantando las cejas a modo de pregunta. Damien ni siquiera finge no entenderlo.

—Señorita Fairchild, ¿por qué desaprovechar una oportunidad tan estupenda?

—Mmm…

Intento que suene hostil, pero estoy bastante segura de que puede notar una leve risa en mi voz. Sin embargo no responde, porque ya hemos llegado al cuadro.

Se me entrecorta la respiración: sí, soy yo. La curva de mi trasero, el volumen de mi pecho. Pero hay algo más. La imagen es seductora y sumisa, fuerte pero vulnerable. También es anónima, como Damien había prometido. En el retrato, tengo la cara girada y mis rizos dorados están recogidos en la parte alta de mi cabeza, con unos cuantos bucles caídos que acarician mi cuello y mis hombros. En el mundo real, esos rizos ya no existen porque mis largos mechones han sido recientemente sustituidos por un corte a la altura del hombro.

Frunzo el ceño al recordar el peso de las tijeras en mis manos, al rememorar cómo me corté el pelo cuando, en realidad, lo que quería era acercar las afiladas cuchillas a mi piel. Estaba perdida en ese momento, segura de que la única forma de reencontrarme era aferrarme al dolor como a un salvavidas.

Me recorre un escalofrío. No es un recuerdo agradable.

Automáticamente, bajo la mirada a las piernas de la chica del retrato. Sus (mis) muslos están juntos y colocados de tal forma que no se vean las peores cicatrices, aunque sí se ve la de mi cadera izquierda. Pero Blaine se las ha ingeniado para incorporar la parte más abultada de la cicatriz en la belleza del retrato. Los bordes están difuminados, casi como si tuviera un enfoque suave, y la cuerda roja cae sobre la piel dañada, como si estuviera tan apretada que fuera la causante de las heridas.

Si lo piensas bien, en realidad es así.

Aparto la mirada, perturbada por la indiscutible certeza de que la mujer del cuadro es bella a pesar de las cicatrices.

—¿Nikki?

Miro con el rabillo del ojo y veo a Damien observándome a mí y no al cuadro, con cara de preocupación.

—Tiene talento —digo esbozando una fugaz sonrisa—. Es un retrato maravilloso.

—Sí, lo es —coincide—. Es justo lo que yo quería.

Hay una pasión familiar en su voz y comprendo tanto las palabras pronunciadas como las que se quedan sin decir.

Sonrío y esta vez parezco sincera.

Damien me observa y veo esa luz pícara en sus ojos.

—¿Qué? —pregunto con tono divertido pero con cautela.

Se encoge de hombros y vuelve a mirar el cuadro.

—Será un milagro si consigo ponerme a trabajar en esta habitación.

Hace un gesto con la cabeza para señalar la pared de piedra de la que se supone que colgará el cuadro.

—Y estoy seguro de que debe exhibirse aquí —continúa.

—¿Eh? —respondo al recordar que tiene previsto dar una fiesta en esa misma habitación en tan solo dos días.

Damien suelta una risita.

—Creo que sería muy inapropiado socialmente dar una fiesta con una erección permanente.

—Bueno, entonces quizá deberías haber considerado colgar el cuadro en el dormitorio.

—No necesito que esté en el dormitorio. No si puedo tener a la auténtica modelo.

—Así es —digo con tono de provocación—. Comprada y pagada. Al menos hasta medianoche, cuando me convierta en calabaza.

Su mirada se enturbia y la alegría se esfuma.

—¿A medianoche? —repite, y yo me asombro por el tono severo de su voz.

Después de todo, no es como si realmente me fuera a convertir en una calabaza cuando se acabe el juego. Y, para ser honesta, tampoco me voy a ir; no quiero irme nunca. Lo único que cambiará es que ya no habrá más normas, se acabó lo de «señor»; se acabaron las órdenes y las palabras de seguridad. Habrá bragas, sujetadores y vaqueros si me apetece. Y sí, también habrá un millón de dólares.

Pero, sobre todo, todavía estará Damien.

—Sígueme —dice.

Vuelvo a mirar mi pierna y agito un poco mis manos atadas.

—Desátame.

Se queda inmóvil unos segundos, su mirada en mi mirada, y me doy cuenta de que todavía estamos jugando. Se me acelera el pulso y lo siento latir en la garganta; los pezones se me endurecen. Mis manos, atadas a la espalda, tiran de mis hombros y hacen que mi pecho destaque aún más. Los siento llenos, necesitados, y me muerdo el labio inferior mientras espero en silencio que Damien me toque.

Un juego, sí. Pero me gusta. En este juego nadie pierde.

Lentamente, baja la mirada recorriendo mi cuerpo. Mi respiración se hace menos profunda y pequeñas gotas de sudor se forman en mi nuca. Puedo sentir la humedad entre mis muslos, la urgente necesidad, y tengo que concentrar todas mis energías en quedarme quieta y en silencio, para no suplicarle que, por favor, por favor, me folle. La cama está a escasos metros de nosotros, la misma que Damien llevó hasta allí para el retrato. «¡Ahí!», quiero gritar. «¡Llévame ahí!»

Pero no, no lo hago, porque conozco a este hombre y, sobre todo, porque sé que todo lo que tiene que ver con Damien bien merece la espera.

Por fin se inclina y desenrolla la cuerda de mi pierna, pero cuando llega a mis muñecas, se detiene y las deja atadas a mi espalda con la seda roja colgando como si se tratara de una cola.

—Damien —digo intentando sonar firme, pero sin borrar la diversión y la excitación de mi voz—. Creía que ibas a soltarme.

—Lo he comprado y pagado, ¿recuerdas?

—Oh —susurro con un leve hilo de voz que a duras penas es algo más que una respiración.

—Ven, corre —ordena.

El doble sentido no se me escapa, sobre todo cuando pasa la cuerda de atrás hacia delante entre mis piernas y tira de ella como si fuera una correa. Una correa muy erótica y seductora. La suave seda roza mi sexo anhelante, y la fricción de la trenza de la cuerda hace que me fallen las piernas y que dude de mi capacidad para llegar adondequiera que me lleve.

Tira suavemente, pero con suficiente persuasión, y cuando llegamos al cuarto de baño, el deseo me hace flaquear. La excitación recorre mi cuerpo y miro con anhelo los ocho chorros estratégicamente colocados de la ducha. La simple idea de tener a Damien tras de mí, con sus manos en mis pechos y sus labios acariciando mi cuello es más de lo que puedo soportar y suelto un gemido.

Al mismo tiempo, Damien suelta una risita.

—Después —susurra—. Ahora quiero hacer otra cosa.

La cabeza me da vueltas ante las posibilidades. Hemos dejado atrás la cama. La ducha ya no me parece apetecible. Y, por lo que veo, a Damien no le interesa lo más mínimo la profunda bañera tipo jacuzzi.

No tengo ni idea de lo que tiene en mente y, la verdad, tampoco me importa. Lo principal esta noche no es el destino, sino el viaje. Y considerando el tacto de la mano de Damien sobre mi hombro y la presión sensual de la cuerda en mi sexo, este viaje está resultando realmente placentero.

El armario al que me lleva tiene el mismo tamaño que la sala de estar del apartamento que comparto con Jamie en Studio City. No es la primera vez que entro allí, pero todavía creo que necesito un mapa.

Harían falta diez años para poder usar toda la ropa que Damien me ha comprado. Y, a pesar de que el lado izquierdo del armario está completamente lleno, estoy segura en un noventa y nueve por ciento de que ahora hay, al menos, una docena más de trajes nuevos desde la última vez que me cambié de ropa.

—No recuerdo haber visto ese antes —digo volviendo la cabeza hacia un vestido plateado que brilla bajo la tenue luz, y que parece ser suficientemente pequeño y ajustado como para no dejar gran cosa a la imaginación.

—¿No? —replica con una leve y relajada sonrisa a juego con esa mirada que me observa—. Puedo asegurarte que no será un problema después de que te lo pongas. Nadie podrá olvidarlo.

—Sobre todo tú, ¿no? —comento en tono burlón.

Sus ojos se oscurecen mientras se me acerca. El movimiento hace que la cuerda se afloje y se aleje de mi cuerpo. Sin embargo, la decepción por la pérdida de contacto dura poco. Damien está ahí, a pocos centímetros, y el aire que nos separa parece bullir. Se me eriza la piel, como si me encontrara en plena tormenta eléctrica con el peligro acechando en torno a mí. No puedo evitar jadear cuando su pulgar acaricia suavemente la línea de mi mandíbula. Mis labios se entreabren. Quiero sentir su dedo en mis labios, en mi boca. Quiero saborear a Damien. Quiero devorarlo de la misma forma que el fuego me devora a mí por su proximidad.

—No hay nada de ti que pudiera olvidar —dice—. Estás marcada a fuego en mi memoria. El brillo de tu pelo a la luz de las velas. Tu piel, cubierta de rocío y suave, cuando sales de la ducha. La forma en que te mueves debajo de mí cuando hacemos el amor. Y la manera en que me miras, como si no hubiera nada dentro de mí que pudiera hacerte huir.

—Es que no lo hay —aseguro con suavidad.

Damien no dice nada, pero mantiene su mirada fija. Se acerca todavía más hasta que mis pezones rozan levemente el suave algodón de su camiseta. La descarga que me produce este contacto es muy fuerte, e intento no gritar. Siento un hormigueo en todo el cuerpo y, mientras acaricia mi brazo desnudo con las yemas de los dedos, solo pienso en abrazarlo. Quiero a Damien dentro de mí. Brusco, amable, me da igual. Solo sé que lo necesito, justo ahora, justo aquí.

—¿Cómo…? —murmuro, casi incapaz de formular la pregunta.

—¿Cómo qué?

—¿Cómo puedes hacerme el amor con tan solo un leve contacto?

—Soy un hombre de recursos. Creía que lo sabías —dice esbozando una sonrisa y con un leve brillo en sus ojos—. ¿Quizá debería ofrecerte una demostración algo más imaginativa?

—¿Imaginativa? —repito. Tengo la boca seca.

—Voy a hacer que te corras, querida Nikki, sin ponerte un dedo encima y sin acariciar tu cuerpo. Pero estaré observando. Veré cómo tus labios se separan y tu piel se sonroja. Te veré intentando controlarte. Y, déjame que te cuente un secreto, Nikki: también tendré que luchar por mantener el control.

Me doy cuenta de que he dado un paso atrás mientras habla y estoy apoyada contra el escritorio que divide nuestras respectivas partes de este inmenso armario. Eso me ayuda, porque sin ese apoyo dudo mucho que mis piernas temblorosas pudieran aguantar el peso de mi cuerpo.

—¿Dónde vas?

No sé por qué me dice que voy a tener que luchar para poder controlarme. Durante todo este tiempo con este hombre, he aprendido unas cuantas cosas y si algo sé es que con Damien puedo volverme totalmente loca. Entonces ¿por qué voy a querer contenerme ahora? Y ¿por qué espera que lo haga?

No responde a mi pregunta y me sorprendo a mí misma mordiéndome el labio inferior y escudriñándolo con los ojos entrecerrados en un intento por encontrar alguna pista sobre sus intenciones. Se aleja y, aunque estoy segura de que todo es producto de mi imaginación, el aire parece enfriarse a medida que va aumentando la distancia entre nosotros. La cuerda que antes había tirado al suelo ahora vuelve a subir. Damien se detiene a medio metro de distancia, pero sigue tirando de la cuerda hasta que vuelve a ascender entre mis piernas. Se mueve lentamente, pero pronto puedo volver a sentirla. Estoy tan excitada que empiezo a jadear con el contacto y mi cuerpo se estremece en algo parecido, pero no igual, a un orgasmo.

Encuentro la mirada de Damien y veo su sonrisa victoriosa.

—No se preocupe, señorita Fairchild —dice—. Le prometo que hay más de donde viene este.

Vuelve a acercarse, asegurándose de que jamás se interrumpa el contacto de la cuerda con mi cuerpo. Con cada movimiento, la suave trenza de seda se desplaza levemente. Cierro los ojos, intentando concentrarme en no morderme el labio y en no girar la cadera. No sé a qué está jugando Damien, pero sí sé que quiero que dure.

Sus dedos acarician mi cuello y mis ojos se abren de repente. Inclino la cabeza para poder mirarlo, pero él evita el contacto visual. Está totalmente absorto en su tarea, concentrado en anudar la cuerda en torno a mi cuello.

Trago saliva mientras las emociones bullen en mi interior. Hay excitación, sí, pero mezclada con miedo. De qué, no estoy segura. No tengo miedo a Damien. Pero, por Dios, ¿por qué me está atando? Y ¿cuánto va a apretar la cuerda?

—Damien —digo sorprendida de que mis palabras suenen normales—, ¿qué estás haciendo?

—Lo que quiero —responde, y aunque esas palabras no resuelven mi duda, me tranquilizan y dan paso a una deliciosa expectativa.

Así es como todo empezó, con estas tres simples palabras. Ayúdame a que esto nunca acabe.

2

Damien anuda el extremo de la cuerda de tal manera que, básicamente, forma una especie de gargantilla con una cola muy larga que baja hasta mis pechos y mi sexo, y que luego vuelve a mis manos, que todavía permanecen atadas a la espalda por el otro extremo de la misma cuerda. Me muevo un poco. Estoy nerviosa y excitada, y también un poco incómoda.

Me observa de arriba abajo muy despacio.

—Me siento tentado a encargar otro retrato, señorita Fairchild. Me encantaría tenerla así todo el tiempo.

Sonrío con superioridad.

—¿Esto es una negociación, señor Stark? No me vendo barata, pero tratándose de alguien con un gusto tan refinado, estoy segura de que podríamos llegar a un acuerdo.

Se echa a reír y tengo que morderme el labio para no unirme a su carcajada.

—Nada me gustaría más que negociar con usted, pero me temo que no nos queda tiempo.

—¿Tiempo?

—Tenemos sitios a los que ir —dice—, y gente a la que ver.

«Oh.» De repente, su advertencia de que me costaría no perder el control empieza a tener sentido.

Echo un vistazo a mi cuerpo, muy desnudo y muy atado.

—No voy vestida para la ocasión.

—Va tan bien vestida que la moral tradicional de nuestra sociedad no me permite sacarla así. Soy un hombre muy egoísta y no me interesa compartirla con el resto del mundo.

—Créame —digo con cierto tono de ironía—, tampoco me interesa que me comparta.

Mi mente vuelve al retrato, en el que estoy atada de forma muy parecida a como lo estoy ahora. Un cuadro enorme que colgará de la pared de una habitación destinada al ocio. En cierta forma, creo que Damien ya me ha compartido y que ya he consentido en ser compartida. Pero en el retrato soy anónima. Ha sido un término clave en nuestro acuerdo.

—Estoy realmente encantado de oírlo, señorita Fairchild. Sobre todo porque, como bien me ha recordado, es usted de mi exclusiva propiedad hasta la medianoche. Total y absolutamente mía para hacer lo que me plazca. ¿No es así?

—Sí.

—Para tocarla, provocarla y tentarla.

Mi cuerpo se tensa como respuesta a sus palabras, pero consigo asentir con la cabeza.

—Para castigarla y para alabarla.

—Damien…

Mi voz es franca y él me hace callar posando suavemente sus dedos sobre mis labios. Entonces me rodea muy despacio.

—Para vestirla, para alimentarla. Mía, Nikki —dice acariciando mi nuca con su aliento, con tanta intimidad como una mano en mi sexo.

—Mía para protegerla, mía para amarla.

Ha terminado de rodearme y ahora está frente a mí.

—Mía para gobernarla. Dígame, Nikki. Dígame lo que quiero oír.

—Soy suya —susurro.

Ansío sentir su tacto. Mi cuerpo está en tal grado de alerta que me siento embriagada, drogada por el dulce narcótico que supone Damien.

—Buena chica —murmura en un susurro casi inaudible.

Lentamente se vuelve a colocar detrás de mí. Giro la cabeza intentando verlo, pero no sé lo que está haciendo hasta que noto cómo afloja los nudos que mantienen atadas mis muñecas.

—Estoy sorprendida. Después de lo que ha dicho, no creía que me liberaría.

—¿Y quién dice que lo estoy haciendo? —dice con voz baja y sensual, y me abraza y acaricia—. Estoy cuidando de ti, Nikki. Total y absolutamente.

Cierro los ojos ante la expectativa. Detrás de mí, termina de deshacer los nudos. Suspiro y me froto las muñecas, algo insensibles tras tanto tiempo en la misma posición. Intento adivinar lo que Damien tiene planeado, pero es inútil. No tengo la más mínima idea y observo con impotencia cómo cruza la habitación hasta el armario donde se acumulan una selección de tops de diseño más amplia que la de Neiman Marcus, allí en Dallas. Escoge un jersey negro sin mangas de cuello vuelto y regresa a mi lado.

—Voy a vestirte —dice—. Levanta los brazos.

Obedezco. El nudo está flojo pero ajustado y no puedo negar que queda perfecto. Me llevo la mano al cuello, disfrutando de la libertad de movimiento y contenta al comprobar que el cuello alto y suelto tapa la cuerda que todavía cuelga entre mis pechos, bajo el jersey.

A continuación, coge una pequeña minifalda de cuero y yo, obediente, me la pongo con cuidado para no pisar la cuerda que todavía cuelga delante de mí y que Damien se asegura de ocultar debajo de la ropa.

—Damien —digo y, aunque intento que suene serio, no puedo ocultar la excitación que me provoca ese nombre.

—Silencio —responde.

Se coloca detrás de mí, imagino que para subirme la cremallera, pero, por el contrario, busca entre mis piernas la cuerda que cuelga y tira de ella. Una vez más, me estremezco al sentir el tacto de la seda sobre mi piel, extremadamente sensible. Tira de ella hacia arriba ocultándola bajo la falda, pero dejando un pequeño trozo engarzado en la cinturilla. Entonces, me sube la cremallera.

—No creo que eso aporte demasiado al conjunto —digo al ver por encima de mi hombro el destello del rojo que se asemeja a una cremallera exótica.

—Me permito disentir —replica, y enfatiza sus palabras con un lento aunque firme tirón de la cuerda.

Grito de placer y sorpresa. El roce simultáneo en mi sexo y mi trasero es más de lo que puedo soportar.

—Necesitas unos zapatos —dice con suavidad, esta vez cruzando a la zona de los estantes para zapatos.

Coge un par de sandalias negras de tiras con un tacón de ocho centímetros que no pasan desapercibidos.

—Estos valdrán —comenta—. Y por mucho que me guste que te pongas medias, prescindiremos de ellas esta noche.

Solo puedo asentir y sentarme en el banco de cuero blanco al que me lleva. Al hacerlo, la cuerda se tensa y estoy segura de que eso era justo lo que tenía pensado Damien.

Se arrodilla ante mí y coge mi pie. Tengo las rodillas separadas y, mientras me pone el zapato y abrocha la pequeña hebilla en torno a mi tobillo, levanta la mirada en busca de mis ojos para luego bajarla hacia la oscuridad de mis piernas entreabiertas. Excepto por una cuerda de seda roja, estoy totalmente desnuda bajo la falda. Desnuda y húmeda, y tan necesitada que quiero deslizar mis caderas como si le rogara en silencio que me toque. Que me tome.

Sin embargo, con Damien no tengo que suplicar. En cuanto abrocha la hebilla del otro zapato, me pone los pies en el suelo. Por culpa de los tacones, ahora mis rodillas sobresalen por encima del banco, lo que hace que mi falda también se suba un poco, permitiendo así que el hombre que hay delante de mí disfrute de una vista todavía mejor.

Suavemente, coloca la palma de su mano sobre mi rodilla desnuda. Entonces se inclina y recorre la sensible piel del interior de mi muslo derecho con sus labios. Tiemblo al sentir el contacto, y la presión de la cuerda hace que la sensación resulte todavía más erótica.

—Eres como una droga —dice Damien con voz suave, y su respiración sobre mi piel es tan seductora que tengo que cerrar los ojos y agarrarme con más fuerza al banco.

—No voy a tocarte… Todavía no. Pero no puedo negarme el sabor de tu piel.

—Sí —susurro. Es la única palabra que consigo pronunciar, pero también es la única que importa.

Sus manos dejan de presionar mis piernas mientras me besa suavemente el interior de los muslos.

—Arriba —ordena mientras empuja la falda.

Me levanto del banco y él aprovecha para subir la falda por encima de mi trasero desnudo, así que cuando me vuelvo a sentar, lo hago sobre el cálido banco de cuero. Sus manos siguen en mis caderas y su pulgar acaricia suavemente la peor de mis cicatrices, allí donde corté con demasiada profundidad y luego no quise ir a que me curaran en urgencias. Me hice un apaño con cinta adhesiva y pegamento. Sobreviví, pero me ha quedado esa horrible señal que me recuerda todo el daño emocional que puse en ella.

Entre mis piernas, los labios de Damien recorren otra cicatriz de enfado.

—Eres preciosa —murmura—. Fuerte, preciosa y mía.

Me estremezco y parpadeo para intentar no llorar. Espero sinceramente que tenga razón, pero sigo temiendo que mi fuerza sea como una goma elástica. Si tira demasiado, me romperé.

Pero no puedo preocuparme por eso ahora. No puedo pensar en otra cosa que en los labios de Damien recorriendo mi piel y en la presión de sus manos en mis piernas.

Con suavidad, aparta aún más mis muslos y yo obedezco voluntariamente, casi con desesperación. Lo necesito ahora, necesito perderme en sus manos, y Damien no me decepciona. Siento su respiración sobre mi sexo, y mi propia respiración se acelera, mi pecho sube y baja y mis pezones se endurecen bajo el jersey de punto.

Me provoca con su lengua acariciando la suave piel entre mis piernas y mi sexo. Cierro los ojos con fuerza e intento no retorcerme. Pero no puedo evitarlo y, cuando lo hago, esa maravillosa y detestable cuerda se desliza sobre mi húmedo centro. Estoy tan excitada que esa leve fricción basta para que una descarga eléctrica recorra mi cuerpo. Encojo los dedos de los pies dentro de los zapatos de tal forma que solo las puntas tocan el suelo y mis rodillas quedan todavía más altas. Quiero más, ayúdame, necesito más, y entonces, gracias a Dios, siento su lengua sobre mi clítoris y eso es todo lo que necesito. Me siento abrumada, reclinada, agarrándome con las manos al banco con tal fuerza que temo hundir el marco.

Me tiene embelesada con su boca dándome tanto placer, penetrándome con su lengua. El orgasmo que atormenta mi cuerpo parece eterno y cierro las piernas atrapando a Damien sin tener muy claro si lo hago porque quiero que no pare o porque no estoy segura de poder sobrevivir a tal avalancha de placer.

Siento su incipiente barba contra mis muslos y jadeo; me doy cuenta de que he estado aguantando la respiración. Me inclino hacia delante, recuperando el control de mis sentidos, y paso mis dedos por su pelo. No quiero que pare y, aun así, necesito que me rodee con sus brazos. Necesito tenerlo cerca y besarlo, y tiro de él bruscamente. Reclamo su boca con la mía y lo beso con intensidad, deleitándome con mi propio sabor en sus labios.

—Llévame a la cama —imploro unos segundos después.

Solo había saboreado a Damien una única vez y, como un refugiado muerto de hambre, estaba lejos de sentirme saciada.

—Por favor, llévame a la cama —repito.

—Todavía no —dice Damien con los ojos oscurecidos por la promesa—. Antes vamos a salir.

Me deslizo en el suave asiento de cuero del acompañante mientras Damien maniobra el elegante y veloz Bugatti Veyron por la autopista de la costa del Pacífico. Nunca lo ha mencionado, pero creo que, de todos los coches que tiene, este es su favorito. Desde luego, es el que más usamos e incluso he conseguido, por fin, memorizar la marca y el modelo. Ahora es «el Bugatti», no «ese coche de nombre impronunciable».

Damien sonríe y, obviamente, disfruta poniendo el coche a prueba mientras nos alejamos de Malibú en dirección a Dios sabe dónde. No me lo ha dicho y yo tampoco he preguntado. Adondequiera que vayamos, estoy segura de que será un lugar fabuloso, así que yo me dejo llevar, feliz mientras le observo. Damien Stark, mi sexy y juguetón multimillonario. Sonrío aún más. «Es mío», pienso. Eso es lo que él ha dicho de mí. Que soy suya.

Pero ¿realmente funciona también a la inversa? ¿Damien es mío? ¿Acaso puede un hombre como Damien Stark (un hombre celoso de su poder y aún más de sus secretos) pertenecer a alguien?

Aparta la atención de la carretera y levanta las cejas pensativo, creando dos surcos horizontales en su frente, hasta entonces perfecta.

—Un centavo por tus pensamientos —dice.

Me esfuerzo por esbozar una sonrisa que borre mis preocupaciones.

—Desconozco sus balances, señor Stark, pero estoy segura de que usted vale mucho más de un centavo.

—Me siento halagado.

—¿Por mi estimación de su valor?

—Porque estuvieras pensando en mí —dice apartando sus ojos de la carretera el tiempo suficiente como para encontrarse con los míos—. Aunque supongo que no debería asombrarme. No pasa un minuto sin que yo piense en ti.

Sus palabras suenan tan suaves como el whisky e igual de embriagadoras.

—Incluso al módico precio de un centavo, si tuviera que pagar cada vez que pensara en ti, mi fortuna ya se habría evaporado —concluye.

—Oh.

Mi sonrisa es dulce, ridícula y estúpidamente tímida. Acababa de borrar de un plumazo, de esa forma tan propia de Damien Stark, todas mis preocupaciones.

—Entonces no te cobraré. No me gustaría verte arruinado.

Esbozo una sonrisa pícara mientras me acurruco en el suave asiento de cuero.

—Además, me gustan demasiado tus coches —continúo.

—Imagino que hacen más llevadero el aguantarme.

—Oh, sí, por supuesto —digo—. Los coches, la ropa, el avión privado…

Empiezo a contar con los dedos.

—¿Los paparazzi? —pregunta mirándome e, incluso en ese breve contacto visual, puedo percibir preocupación en su rostro.

Hago una mueca.

—A veces me dan ganas de sacar mi Leica y hacerles fotos a ellos. Así sabrían lo que se siente —señalo frunciendo el ceño—. Por otra parte, me encanta la cámara.

Pienso en aquel día en el que Damien me sorprendió con ella después de decirle que me encantaría hacer mis pinitos en fotografía.

—No quiero ensuciarla sacándoles fotos —digo como si tuviera mal sabor de boca.

—Además —añade Damien—, ningún tabloide pagaría por una foto de ellos. Te prefieren a ti. Y por eso, por mi culpa, has perdido parte de privacidad.

Me muevo en el asiento para poder mirarlo directamente. ¿Es este el motivo de su preocupación? ¿Trataba sobre eso la llamada telefónica? ¿Lo había llamado su abogado para avisarle de que aparecerían nuevas fotos nuestras en las portadas de media docena de revistas la semana siguiente? Mentalmente, me retrotraigo a la semana pasada, intentando averiguar qué imagen podría ser tan perturbadora como para causarle semejante consternación.

Los tabloides ya tenían como una docena de fotos mías en bañador, cortesía de varios concursos de belleza en los que había participado a lo largo de los años. Verme expuesta así en la primera línea de caja en el supermercado había sido una experiencia bastante desagradable, pero después de respirar hondo como un millón de veces, me acordé de que muchos de esos concursos habían estado abiertos al público e incluso, al menos dos de ellos, habían sido televisados.

No se me ocurre nada más perturbador que pudiera publicarse sobre mí o sobre nosotros dos. Desde luego no hay nada que Damien y yo hayamos hecho en público que mi madre no pueda ver. Y en cuanto al ámbito privado, bueno, si los paparazzi tienen fotos de nuestro ámbito privado, tendrán que echarle mucho valor para publicarlas y hacer frente a la cólera de Damien.

«Pero también está el balcón de la casa de Malibú.»

Había posado desnuda y maniatada durante días delante de esa puerta abierta y, aunque la propiedad de Damien se extiende a lo largo de varios kilómetros y que la playa que hay a lo lejos es privada, es bastante probable que un fotógrafo con recursos pudiera…

Ni siquiera me atrevo a pensarlo. Una sensación de miedo me invade, tan real que, de repente, siento náuseas. Un sudor frío parece haberse apoderado de mí.

—No tienen nada nuevo, ¿no? —digo intentando conservar la calma.

Puedo soportar la atención que conlleva ser la novia de Damien, pero ¿imágenes mías, desnuda, en la prensa y en internet? «Oh, Dios mío…»

—No es que hayan dado un paso más allá, ¿no? Es decir, no han utilizado una lente de largo alcance enfocada hacia el balcón, ¿verdad?

—Gracias a Dios, no.

Su respuesta es tan rápida y parece tan sorprendido que tengo claro que no se trata de eso.

Me relajo y recupero el control.

—Bien —digo—. Creí que…

Hago una pausa porque necesito coger aire. Me descubro clavándome las uñas en las rodillas, así que aflojo las manos y hago un esfuerzo por relajarme. No necesito sentir dolor para superar esto. De hecho, no hay nada que superar excepto el miedo. Y, además, tengo a Damien para aferrarme a él.

—¿Nikki?

Cuando hablo, mi voz suena normal.

—Como sacaste el tema de los paparazzi, pensé que la llamada había sido sobre eso.

—¿Llamada?

—La de antes —digo—. En la casa. Parecías molesto.

Abre los ojos en un auténtico gesto de sorpresa.

—¿Ah, sí?

Levanto un hombro en señal de concesión.

—No creo que Blaine se diera cuenta, pero yo te conozco.

—Sí —admite—. Parece que sí me conoces. Pero no, esa llamada no ha tenido nada que ver con esos buitres.

Casi puedo ver una neblina roja de ira alrededor de Damien, pero no sé si está enfadado con la persona que lo llamó o conmigo.

Me aclaro la garganta y sigo hablando como si no hubiera dicho nada.

—Además —continúo—, los paparazzi no son una de tus propiedades, sino más bien una plaga. No me gustan, pero estoy aprendiendo a vivir con ellos.

Me mira y percibo una expresión de preocupación. Era mucho esperar que Damien no se hubiera percatado de mi pequeño ataque de nervios. Si algo tengo claro es que se da cuenta de todo.

—De verdad —digo y lo hago con total sinceridad. Mientras nadie tenga una foto mía desnuda hecha con una lente de largo alcance, todo irá bien—. Son como las hormigas coloradas de Texas. Se arremolinan alrededor, pero el truco es no ponerse en medio. Y si te muerden, su picadura se va rápido. —Lo digo con tanta firmeza que casi me lo creo—. Además, tu hotel de Santa Bárbara y tu ático hacen que todo merezca la pena.

Guarda silencio durante tanto tiempo que estoy segura de que mi táctica para cambiar de tema ha resultado del todo fallida.

—Y no te olvides de la casa de Hawái —dice, por fin.

Suspiro aliviada.

—Ah, pero ¿tienes una casa en Hawái?

—Y un apartamento en París.

—Oh, lo que quieres es que se me caiga la baba.

—¿Y he mencionado que Stark International tiene varias filiales en el sector de la alimentación, así como una importante participación en una empresa que produce bombones suizos de lujo?

Cruzo los brazos. Si esto es «Juguemos a enumerar todas las posesiones de Stark», podemos pasarnos horas.

—¿Eres consciente de que el hecho de que nunca me hayas ofrecido uno de esos bombones puede hacer que te guarde rencor durante, al menos, dos semanas?

—¿Dos semanas? —dice con la mano en el botón del volante que controla los altavoces—.Y usted, señorita Fairchild, ¿va a aguantar todo ese tiempo sin sexo?

Gruño de forma poco femenina.

—A duras penas. Además, la idea es castigarte a ti, no a mí misma.

—Ya veo —dice apartando la mano del botón—. Entonces no es necesario molestar a Sylvia a estas horas. Le diré que pida tus bombones mañana por la mañana.

Me río.

—Ahora mismo, esos bombones encabezan mi lista de tus activos, pero también estoy muy impresionada por tu fabuloso buen gusto a la hora de escoger restaurante. Por cierto, eso es una pista.

—Aplaudo tu sutileza.

—Lo intento.

—Y por ello te recompensaré diciéndote que ya casi hemos llegado.

—¿De verdad?

Había estado ignorando todo lo que rodeaba al coche, pero ahora miro por la ventanilla del acompañante. Llevamos en la carretera casi media hora, con el oscuro Pacífico y sus olas mecidas por la luna rompiendo a mi derecha mientras avanzamos en dirección sur. Ahora veo que hemos llegado a Santa Mónica y, tras unos cuantos giros y semáforos, estamos en Ocean Avenue, entre Santa Mónica y Arizona.

Damien se detiene frente a un elegante edificio blanco y, hasta donde puedo ver, solo se aprecian amplias curvas y ningún ángulo pronunciado. Tiene varias plantas y está casi a oscuras, pero cuando me acerco a la ventana y miro hacia arriba, veo que el último piso está bastante iluminado.

Hay un puesto de aparcacoches cerca y un chico no mucho más joven que Damien viene corriendo hasta mi puerta. Damien, a toda prisa, pulsa el botón que activa los seguros del coche. Lo miro con curiosidad, pero no me da ninguna explicación y se limita a salir y rodear el Bugatti hasta donde el aparcacoches espera en vano.

Me impresionan las diferencias entre ambos hombres. Supongo que el aparcacoches debe de tener unos veintiséis años, solo dos más que yo y cuatro menos que Damien. Sin embargo, Damien parece tan seguro de sí mismo que aparenta no tener edad. Como un héroe mitológico, sus tribulaciones lo han endurecido, dándole una seguridad tan atractiva y sexy que casi eclipsa la belleza física del hombre.

A los treinta, Damien ya ha conquistado el mundo. El aparcacoches, que ahora parece confundido al no tener ninguna puerta que abrir, probablemente tenga problemas para pagar el alquiler. No me siento mal por él, es como muchos de los jóvenes de Los Ángeles. Aspirantes a actores, escritores o modelos que llegaron a esta ciudad con la esperanza de triunfar. Aquí la excepción es Damien. Él no necesita esta ciudad; solo se necesita a sí mismo.

Una vez más, vuelvo a sentir esa desagradable punzada en el corazón porque, si mis divagaciones son ciertas, ¿qué dice eso de mí? Sé que me desea, veo el anhelo en sus ojos cada vez que lo miro, pero necesito a Damien tanto como el aire que respiro y, a veces, tengo miedo de que, aunque nuestra pasión es mutua, la necesidad solo sea mía.

Mis pensamientos melancólicos se evaporan cuando Damien abre la puerta y veo que me sonríe, y aprieta la mandíbula en un gesto protector tan feroz que no logro reprimir un suspiro. Me ofrece su mano para ayudarme a salir del automóvil, con su cuerpo colocado de tal forma que es imposible que el aparcacoches pueda ver nada inapropiado, a pesar de mis intentos fallidos de salir con recato de un vehículo tan sumamente bajo.

Gracias a Dios, puedo realizar la maniobra con éxito y Damien suelta mi mano para después rodearme la cintura con su brazo. Es verano, pero estando tan cerca de la playa el aire resulta fresco, así que me pego a él para aprovecharme de su calor. Damien le lanza las llaves al aparcacoches, que parece a punto de llorar de alegría al poder ponerse al volante de un coche tan excepcional.

—Déjame adivinar —digo mientras esperamos a que el chico, bastante incompetente, entregue el tíquet a Damien—. Eres el dueño del edificio.

Lo observo mientras hablamos. Solo la entrada está bien iluminada y, entre las sombras, veo grupos de personas. Parejas hablando. Hombres vistiendo desde bañadores hasta trajes de chaqueta. Supongo que es normal. Al fin y al cabo, la playa está al otro lado de la calle.

—¿Este edificio? No, aunque quizá haga una oferta si sale a la venta. En estos momentos, es un complejo de oficinas, pero con esta ubicación podría convertirse fácilmente en un hotel. Conservaría el restaurante de la azotea, y no solo porque sea amigo del propietario.

El aparcacoches le entrega a Damien el tíquet y, por primera vez, veo el nombre del restaurante.

—¿Le Caquelon? —pregunto mientras nos dirigimos a la puerta—. No había oído hablar de él.

—Es excelente. Tiene unas vistas maravillosas y una comida aún mejor —dice con una sonrisa de lobo mientras me recorre con su mirada de arriba abajo—. Y las mesas son muy, muy privadas.

—Oh.

Trago saliva porque ahí está: ese sonido sensual que es Damien. Eso me hace pasar en un segundo de la calma y la serenidad a una creciente necesidad carnal y sexual. «Voy a hacer que te corras», me dijo, y, Dios mío, espero que cumpla su promesa.

Me aclaro la garganta e intento calmarme y bajar las pulsaciones. Estoy segura de que puede notar el latido de mi corazón.

—¿Y qué significa el nombre? —pregunto.

Antes de que pueda responder, los grupos se separan y parecen apiñarse. De pronto las luces estroboscópicas de las cámaras destellan y los buitres gritan sus preguntas. Ha pasado tan deprisa que no me ha dado tiempo ni a pensar. Automáticamente borro toda expresión de mi cara y esbozo una pequeña sonrisa. Durante muchos años, me he escondido tras una máscara producto de la práctica. La Nikki social, la Nikki hija, la Nikki de pasarela.

Ahora soy la Nikki pública.

Damien aprieta su mano en torno a mi cintura y aunque no dice nada, siento cómo la tensión crece dentro de él.

—Camina —susurra—. Todo lo que tenemos que hacer es entrar.

Dentro, como su abogado Charles me había explicado, estábamos a salvo en una propiedad privada.

—¡Nikki! —grita una voz que destaca de entre la muchedumbre y que me resulta tan familiar que quiero darme la vuelta. Sin embargo, no reacciono y sigo mirando al frente, revelando únicamente mi pequeña sonrisa pública.

—Las fotos que salieron la semana pasada del concurso de bañadores de Miss Texas se ha extendido como un virus. ¿Es verdad que las ha filtrado para promocionar su nueva carrera como modelo?

En mi mente, me imagino apretando mi mano en un puño, clavándome las uñas en la carne.

—¿Y qué me puede decir de la televisión? ¿Es verdad que va a protagonizar un nuevo reality el año que viene?

No, nada de puños. Tengo una cuchilla de afeitar, y esa dura y afilada lámina de acero recorre mi piel, un dolor frío al que poder agarrarme.

«No.»

Aparto el pensamiento de las cuchillas y el dolor de la cabeza. Me enfurece que estos parásitos sean un catalizador de mis debilidades. No merece la pena que malgaste mi tiempo con ellos, y mucho menos mi dolor.

—Nikki, ¿qué se siente al haber atrapado a uno de los solteros más cotizados del mundo?

Respiro profundamente mientras la mano de Damien me aprieta aún más la cintura, acercándome más a él. Damien. No necesito el dolor, no. No son nada, nada. Estoy centrada y tengo a Damien aquí para ayudarme.

—¡Señor Stark! ¿Tiene algo que decir sobre los rumores que aseguran que se ha negado a ir a la inauguración del club de tenis el viernes que viene?

Por un momento, creo que Damien va a tropezar, pero seguimos avanzando y la puerta se abre ante nosotros. Un hombre que aparenta más de dos metros de altura aparece de repente flanqueado por otros dos hombres trajeados que se nos colocan a ambos lados. Los tres forman una barrera triangular y nos movemos como una flecha a través de la multitud hasta el otro lado del umbral, a un lugar seguro.

En cuanto la puerta se cierra a nuestras espaldas, mi pecho se relaja y mi respiración se ralentiza. Damien deja de rodearme con el brazo, pero entrelaza sus dedos con los míos. Me mira con una pregunta clara en su mirada.

—Estoy bien —digo mientras corremos hacia el ascensor—. De verdad.

El hombre alto, Damien y yo entramos en la cabina del ascensor, mientras que los otros dos se quedan fuera, posiblemente para asegurarse de que ninguno de los buitres intenta entrar en el restaurante alegando que quiere cenar. Cuando se cierra la puerta, miro a Damien. Sus ojos brillan de pura furia, pero bajo ella se intuye una preocupación por mí tan poderosa que casi se me saltan las lágrimas.

Poco a poco, levanta mi mano y me besa la palma con suavidad y dulzura.

—Lo siento muchísimo —dice el gigante con un acento que no consigo ubicar—. Un ayudante de camarero vio la reserva. Parece que esperaba sacar algo más que unas propinas esta noche.

—Lo entiendo —responde Damien.

Su tono es bastante neutro, pero con cierta tensión, y me aprieta aún más la mano. No creo ser la única que se da cuenta de que Damien se está esforzando por controlar ese temperamento que le hizo tan famoso en sus tiempos de tenista. De hecho, ese temperamento fue el causante de la lesión que lo dejó con un ojo de cada color.

—Me gustaría hablar con ese jovencito —apostilla.

—Ya lo he despedido —replica el hombre alto—. Se le ha acompañado a la puerta justo en el momento en el que he venido a ayudarte a ti y a la señorita.

—Bien —dice Damien, y yo estoy de acuerdo, porque teniendo en cuenta la ira que veo reflejada en la cara de Damien, si el chico llega a estar todavía en el edificio, debería haberse preocupado seriamente.