Índice

El emperador de todos los males. Una biografía del cáncer

Nota del autor

Prólogo

Primera parte. «De negra color, sin hervir»

«Una supuración de la sangre»

«Un monstruo más insaciable que la guillotina»

El guante de Farber

Una peste privada

Onkos

Humores evanescentes

«Simpatía remota»

Una idea radical

El tubo rígido y la luz débil

Teñir y morir

Envenenando la atmósfera

La bondad del mundo del espectáculo

La casa que construyó Jimmy

Segunda parte. Una guerra impaciente

«Siempre se asocian»

«Estos nuevos amigos de la quimioterapia»

«La carnicería»

Una primera victoria

Ratones y hombres

VAMP

El tumor de un anatomista

Un ejército en marcha

El carro y el caballo

«Un lanzamiento espacial contra el cáncer»

Tercera parte. «¿Me echarán a la calle si no mejoro?»

«En Dios confiamos. Todos los demás [deben] traer referencias»

«El oncólogo sonriente»

Conocer al enemigo

Las cenizas de Halsted

Cuantificar el cáncer

Cuarta parte. La prevención es la cura

«Ataúdes negros»

Las medias de nailon del emperador

«Un ladrón en la noche»

«Una declaración de advertencia»

«Cada vez más curiosa»

«Una telaraña»

STAMP

El mapa y el paracaídas

Quinta parte. «Una versión distorsionada de nuestro ser normal»

«Una causa unitaria»

Bajo las lámparas de los virus

«La caza del sarc»

El viento en los árboles

Una predicción arriesgada

Las marcas distintivas del cáncer

Sexta parte. Los frutos de prolongados afanes

«Nadie había trabajado en vano»

Nuevos fármacos para viejos cánceres

Una ciudad de cuerdas

Fármacos, cuerpos y pruebas

Una milla en cuatro minutos

La carrera de la Reina Roja

Trece montañas

La guerra de Atosa

Agradecimientos

Glosario

Bibliografía selecta

Galería fotográfica

Imágenes

Notas

Biografía

Créditos

A Robert Sandler (1945-1948)
y a quienes vinieron antes y después de él

La enfermedad es el lado nocturno de la vida, una ciudadanía más onerosa. Todos, al nacer, somos ciudadanos de dos reinos, el de los sanos y el de los enfermos. Y aunque todos prefiramos usar solo el buen pasaporte, tarde o temprano cada uno de nosotros se ve obligado, al menos por un tiempo, a identificarse como ciudadano de aquel otro lugar.

SUSAN SONTAG*

En 2010, unos seiscientos mil estadounidenses y más de siete millones de personas en todo el mundo morirán de cáncer. En Estados Unidos, una de cada tres mujeres y uno de cada dos hombres desarrollarán un cáncer durante su vida. Una cuarta parte de las muertes de estadounidenses, y alrededor del 15 por ciento de todos los fallecimientos en el mundo, se atribuirán a él. En algunos países, el cáncer superará a las enfermedades cardíacas como la causa más habitual de muerte.

Nota del autor

Este libro es una historia del cáncer. Es la crónica de una antigua enfermedad —antaño clandestina y solo mencionada entre murmullos— que se ha metamorfoseado en una entidad letal y de formas cambiantes, imbuida de una potencia metafórica, médica, científica y política tan penetrante que a menudo se caracteriza al cáncer como la peste definitoria de nuestra generación. Este libro es una «biografía» en el sentido más fiel de la palabra: un intento de entrar en la mente de esta enfermedad inmortal, entender su personalidad, desmitificar su comportamiento. Pero mi objetivo último, más allá de la biografía, es plantear un interrogante: ¿puede imaginarse en el futuro un final del cáncer? ¿Es posible erradicar para siempre esta enfermedad de nuestro cuerpo y nuestras sociedades?

El cáncer no es una sola enfermedad, sino muchas. Las llamamos «cáncer» porque comparten una característica fundamental: el crecimiento anormal de las células. Y más allá de ese factor común biológico, hay profundos temas culturales y políticos que recorren las diversas encarnaciones del cáncer y justifican un relato unificador. No es posible considerar las historias de todas sus variantes, pero he procurado destacar los grandes temas que atraviesan esta historia cuatro veces milenaria.

El proyecto, indudablemente vasto, se inició como una empresa más modesta. En el verano de 2003, tras terminar una residencia en Medicina y un trabajo de posgrado en inmunología oncológica, comencé un curso de formación avanzada en medicina del cáncer (oncología médica) en el Instituto del Cáncer Dana-Farber y el Hospital General de Massachusetts, en Boston. En un principio contemplé la posibilidad de escribir un diario de ese año: una visión desde las trincheras del tratamiento del cáncer. Pero la búsqueda no tardó en convertirse en un viaje más grande de exploración que me llevó a las profundidades no solo de la ciencia y la medicina, sino de la cultura, la historia, la literatura y la política, al pasado del cáncer y a su futuro.

Dos personajes se sitúan en el epicentro de esta historia, ambos contemporáneos, ambos idealistas, ambos hijos del auge de la ciencia y la tecnología en los Estados Unidos de la posguerra, y ambos atrapados en la vorágine de una ambición obsesiva e hipnótica de lanzar una «guerra contra el cáncer» de dimensiones nacionales. El primero es Sidney Farber, padre de la quimioterapia moderna, que descubre por azar un poderoso fármaco anticanceroso en un análogo de vitamina y comienza a soñar con una cura universal para la enfermedad. La segunda es Mary Lasker, miembro de la alta sociedad de Manhattan legendaria por su energía social y política, que se une a Farber en su largo viaje. Pero Lasker y Farber solo ejemplifican el tesón, la imaginación, la inventiva y el optimismo de generaciones de hombres y mujeres que libraron sus batallas contra el cáncer a lo largo de cuatro mil años. En cierto sentido, esta es una historia militar, la lucha contra un enemigo informe, intemporal y ubicuo. También en ella hay victorias y derrotas, campañas seguidas de más campañas, heroísmo y arrogancia, supervivencia y resiliencia, y, como no podía ser de otra manera, heridos, condenados, olvidados, muertos. En definitiva, el cáncer verdaderamente aparece, tal cual escribió un cirujano decimonónico en la portada de un libro, como «el emperador de todos los males, el rey de los terrores».

Un descargo de responsabilidad: en ciencia y medicina, donde la precedencia en un descubrimiento tiene un peso supremo, el honor de inventor o descubridor es asignado por una comunidad de científicos e investigadores. Si bien en este libro hay muchas historias de descubrimiento e invención, ninguna determina, en términos legales, derecho alguno de precedencia.

Esta obra descansa en gran medida sobre los hombros de otros libros, estudios, artículos de revistas, memorias y entrevistas. También se apoya en los enormes aportes de individuos, bibliotecas, colecciones, archivos y trabajos señalados con agradecimiento al final del volumen.

Sin embargo, hay un agradecimiento que no puede dejarse para el final. Este libro no es solo un viaje al pasado del cáncer, sino también un itinerario personal hacia mi mayoría de edad como oncólogo. Ese segundo viaje habría sido imposible sin los pacientes, quienes, por encima y más allá de todos los aportes recogidos, siguieron enseñándome e inspirándome mientras escribía. Tengo con ellos una deuda eterna.

Esa deuda tiene sus obligaciones. Las historias del libro representan un importante desafío en lo que se refiere a preservar la privacidad y dignidad de los pacientes. En los casos en que el conocimiento de la enfermedad ya era público (como ocurre cuando hay entrevistas o artículos previos), he utilizado los verdaderos nombres. Cuando no había un conocimiento público previo o cuando los entrevistados solicitaron permanecer en el anonimato, utilicé nombres ficticios y confundí deliberadamente las fechas y las identidades para dificultar su identificación. Se trata, sin embargo, de pacientes reales y encuentros reales. Insto a mis lectores a respetar sus identidades y sus límites.

Prólogo

Los males desesperados

exigen desesperados remedios,

o jamás se curan.

Hamlet, WILLIAM SHAKESPEARE1

El cáncer empieza y termina con la gente. En medio de la abstracción científica, a veces puede olvidarse este hecho elemental. ... Los médicos tratan las enfermedades pero también tratan personas, y en ocasiones esta precondición de su vida profesional los empuja en dos direcciones a la vez.

JUNE GOODFIELD2

La mañana del 19 de mayo de 2004, Carla Reed, una maestra de treinta años de un jardín de infancia de Ipswich, Massachusetts, y madre de tres hijos pequeños, se despertó con dolor de cabeza. «No un dolor de cabeza cualquiera —recordaría más adelante— sino una especie de entumecimiento en la cabeza. El tipo de entumecimiento que te dice al instante que algo está terriblemente mal.»

Hacía casi un mes que algo estaba terriblemente mal. A finales de abril Carla se había descubierto algunos cardenales en la espalda. Habían aparecido de improviso una mañana, como extraños estigmas, y, luego de crecer a lo largo del mes siguiente, se desvanecieron, dejándole grandes marcas a la manera de mapas en la espalda. De forma casi imperceptible, las encías habían empezado a ponérsele blancas.

Hacia comienzos de mayo, Carla, una mujer vivaz y enérgica acostumbrada a pasar horas en el aula yendo detrás de niños de cinco y seis años, apenas podía subir unos pocos escalones. Algunas mañanas, exhausta e incapaz de levantarse, se arrastraba por los pasillos de su casa para ir de una habitación a otra. Dormía intermitentemente durante doce o catorce horas al día y luego se despertaba con un cansancio tan abrumador que necesitaba tumbarse en el sofá para volver a dormir.

En esas cuatro semanas, Carla, acompañada por su esposo, consultó dos veces a una médica generalista y una enfermera, sin conseguir que le hicieran análisis ni le dieran un diagnóstico. Dolores fantasmas le aparecían y desaparecían en los huesos. La médica procuró a tientas darle una explicación. Quizá era una migraña, sugirió, y le recetó unas aspirinas. Estas no hicieron sino empeorar las hemorragias en las encías.

Comunicativa, sociable y entusiasta, Carla estaba más perpleja que preocupada por los altibajos de su salud. Nunca había tenido una enfermedad grave. Para ella el hospital era un lugar abstracto; jamás había conocido o consultado a un especialista, y menos aún a un oncólogo. Se imaginaba y urdía varias causas para explicar sus síntomas: exceso de trabajo, depresión, dispepsia, neurosis, insomnio. Pero al final surgió en su fuero interno algo visceral, «un sexto sentido» que la convenció de que algo agudo y catastrófico se gestaba en su cuerpo.

La tarde del 19 de mayo Carla dejó a sus tres hijos con una vecina y volvió a la clínica para pedir que le hicieran algunos análisis de sangre. Su médica le realizó un análisis de rutina para verificar el recuento globular. Tras hacerle la extracción, el técnico observó con detenimiento, y evidentemente intrigado, el color de la sangre en el tubo de la jeringa. Acuoso, pálido y diluido, el líquido que manaba de las venas de Carla apenas se parecía a la sangre.

El resto del día transcurrió sin noticias. A la mañana siguiente, mientras estaba en la pescadería, Carla recibió una llamada: «Tenemos que hacer otra extracción», le dijo la enfermera de la clínica. «¿Cuándo debo ir?», preguntó Carla, con vistas a planificar su complicado día. Recuerda haber mirado un reloj de pared. Un filete de salmón de un cuarto de kilo se calentaba en la cesta de la compra, y corría el riesgo de echarse a perder si lo dejaba allí demasiado tiempo.

En definitiva, detalles prosaicos constituyen los recuerdos de la enfermedad de Carla: el reloj, el transporte compartido, los niños, un tubo de sangre pálida, la imposibilidad de ir a una reunión para agasajar a una embarazada, el pescado al sol, el tono tenso de una voz en el teléfono. Carla casi no recuerda qué dijo la enfermera; solo evoca una sensación general de urgencia. «Venga inmediatamente», supone que fueron sus palabras. «Venga inmediatamente.»

Me enteré del caso de Carla a las siete de la mañana del 21 de mayo, en un tren que corría a toda velocidad entre Kendall Square y Charles Street, en Boston. La frase que parpadeaba en mi buscapersonas tenía el staccato y la fuerza impasible de una auténtica urgencia médica: «Carla Reed/Nueva paciente con leucemia/14.ª planta/Por favor, ve a verla en cuanto llegues». Al salir el tren de un largo y oscuro túnel, se divisaron de improviso las torres de cristal del Hospital General de Massachusetts, y pude distinguir las ventanas de las habitaciones de la decimocuarta planta.

Suponía que Carla estaba sentada en una de esas habitaciones, terriblemente sola. Fuera del cuarto comenzaba probablemente a percibirse el rumor de una actividad frenética. Tubos de sangre iban y venían entre la sala y los laboratorios del segundo piso. Las enfermeras se movían de aquí para allá con muestras, los internos recolectaban datos para los informes matutinos, sonaban despertadores y los altavoces bramaban. En algún lugar en las profundidades del hospital titilaba un microscopio, con las células de la sangre de Carla bajo su lente.

Puedo tener relativa certeza con respecto a todo esto porque la llegada de un paciente con leucemia aguda todavía provoca un estremecimiento en la espina dorsal del hospital, desde las salas de cancerosos en las plantas superiores hasta los laboratorios clínicos en las profundidades del subsuelo. La leucemia es un cáncer de los glóbulos blancos: el cáncer en una de sus más explosivas y violentas encarnaciones. Como una de las enfermeras de las salas solía recordar a sus pacientes, con esta enfermedad «aun el corte causado por un papel es una urgencia».

Para un oncólogo en formación la leucemia también representa una encarnación especial del cáncer. Su ritmo, su agudeza y su pasmosa e inexorable trayectoria de crecimiento fuerzan a tomar decisiones rápidas y a menudo drásticas; es terrorífico experimentarlo, terrorífico observarlo y terrorífico tratarlo. El cuerpo invadido por la leucemia es empujado a su frágil límite fisiológico: todos los sistemas, corazón, pulmones, sangre, trabajan en la más extrema de las exigencias. Las enfermeras llenaron las lagunas que yo tenía en esta historia. Los análisis de sangre realizados por la médica de Carla habían revelado que su recuento globular era críticamente bajo, menos de un tercio de lo normal. En vez de glóbulos blancos normales, atestaban su sangre millones de grandes glóbulos blancos malignos: los blastos, en el vocabulario del cáncer. Tras dar finalmente con el verdadero diagnóstico, la médica la había derivado al Hospital General de Massachusetts.

En el largo y desnudo corredor junto a la habitación de Carla, cuyo suelo recién fregado con lejía diluida brillaba con fulgor antiséptico, repasé la lista de análisis de sangre que sería necesario hacerle y ensayé mentalmente la conversación que tendría con ella. Noté con pesar que aun en mi actitud comprensiva había algo artificial y robótico. Me encontraba en el décimo mes de mi «residencia de especialización» oncológica —un programa médico de inmersión de dos años para formar especialistas en cáncer— y me parecía haber tocado fondo. En esos diez meses indescriptiblemente intensos y difíciles habían muerto decenas de pacientes a mi cuidado. Sentía que me estaba habituando poco a poco a la muerte y la desolación, como si me hubieran vacunado contra el impacto emocional constante.

En el hospital había siete residentes de oncología. Sobre el papel parecíamos una fuerza formidable: graduados de cinco facultades de Medicina y cuatro hospitales universitarios, acumulábamos entre todos sesenta y seis años de formación médica y científica y doce títulos de posgrado. Pero ninguno de esos años ni de esos títulos podía habernos preparado para este programa de capacitación. La Facultad de Medicina, las prácticas y la residencia habían sido abrumadoras en lo físico y lo emocional, pero los primeros meses de la especialización deshicieron esos recuerdos como si todo hubiera sido un juego de niños, el jardín de infancia de la formación médica.

El cáncer era una presencia que lo consumía todo en nuestra vida. Invadía nuestra imaginación; ocupaba nuestros recuerdos, e infiltraba todas y cada una de las conversaciones, todos y cada uno de los pensamientos. Y si nosotros, en cuanto médicos, estábamos sumergidos en el cáncer, nuestros pacientes comprobaban que su vida quedaba virtualmente obliterada por la enfermedad. En El pabellón del cáncer, la novela de Aleksandr Solzhenitsyn,3 Pável Nikolaievich Rusánov, un juvenil cuarentón ruso, descubre que tiene un tumor en el cuello y es trasladado en un santiamén al pabellón de cancerosos de un hospital sin nombre en el gélido norte. El diagnóstico de cáncer —no la enfermedad, sino los meros estigmas de su presencia— se convierte en una sentencia de muerte para Rusánov. La enfermedad lo despoja de su identidad. Lo viste con la bata de los pacientes (un uniforme de tragicómica crueldad, no menos pestilente que el mono de los presos) y asume un control absoluto de sus actos. Recibir un diagnóstico de cáncer —comprueba Rusánov— es ingresar en un gulag médico sin fronteras, un estado aún más invasivo y paralizante que el que se ha dejado atrás. (Tal vez Solzhenitsyn, con este hospital oncológico de un totalitarismo absurdo, haya procurado trazar un paralelo con el Estado exterior también absurdamente totalitario, pero por mi parte, cuando una vez le pregunté a una mujer que tenía cáncer cervical uterino invasivo qué pensaba de ese paralelo, recibí esta sarcástica respuesta: «Por desdicha, no necesité ninguna metáfora para leer el libro. El pabellón de cancerosos era mi Estado restrictivo, mi prisión».)

En mi condición de médico en pleno proceso de aprendizaje de la atención que debe brindarse a los pacientes de cáncer, yo solo tenía un atisbo parcial de ese confinamiento. Pero aun el simple hecho de rozar su superficie me hacía sentir su poder: la densa e insistente atracción gravitacional que arrastra todo y a todos a la órbita del cáncer. En mi primera semana, un colega que acababa de terminar su residencia hizo un aparte para darme algunos consejos. «Se lo llama programa de inmersión en formación médica —dijo, bajando la voz—. Pero lo de inmersión significa en realidad que te ahogas. No dejes que se inmiscuya en todo lo que haces. Ten una vida al margen del hospital. Vas a necesitarla; de lo contrario, te tragará.»

Era imposible, sin embargo, no ser tragado. En el aparcamiento del hospital, una fría caja de hormigón iluminada por reflectores de neón, después de las rondas, pasaba el fin de la noche sumido en una incoherencia atontada, con la vaga crepitación de la radio del coche como fondo, mientras trataba compulsivamente de reconstruir los hechos del día. Las historias de mis pacientes me consumían, y las decisiones que tomaba me atormentaban. ¿Valía la pena someter a otra ronda de quimioterapia a un farmacéutico de sesenta y seis años con cáncer de pulmón, en quien habían fracasado todos los demás fármacos? ¿Qué era mejor: intentar una combinación probada y potente de fármacos en una mujer de veintiséis años con enfermedad de Hodgkin, a riesgo de que quedara estéril, o escoger una combinación más experimental que acaso le ahorrara ese peligro? ¿Una hispanoparlante con cáncer de colon, madre de tres hijos, debía participar de una nueva prueba clínica cuando apenas podía leer el inescrutable lenguaje formal de los formularios de consentimiento informado?

Sumergido en el tratamiento cotidiano del cáncer, solo podía ver la vida y el destino de mis pacientes como si se reprodujeran en detalles saturados de colores, a la manera de un televisor con el contraste demasiado fuerte. No podía ver más allá de la pantalla. Sabía por instinto que esas experiencias formaban parte de una batalla mucho más vasta contra el cáncer, pero sus contornos estaban por completo fuera de mi alcance. Tenía la ansiedad del principiante, pero también su incapacidad para imaginar lo que me esperaba.

Pero cuando la extraña desolación de esos dos años de residencia quedó atrás y pude salir otra vez a la superficie, los interrogantes acerca de la historia más general del cáncer se plantearon con urgencia: ¿qué antigüedad tiene la enfermedad? ¿Cuáles son las raíces de nuestra batalla contra ella? O, como muchas veces me preguntaban los pacientes: ¿en qué punto nos encontramos de la «guerra» contra el cáncer? ¿Cómo llegamos allí? ¿Hay un final? ¿Será posible ganar esta guerra?

Este libro es el fruto del intento de responder a esas preguntas. Me sumergí en la historia del cáncer para dar forma a la enfermedad de perfiles cambiantes con la que me enfrentaba. Utilicé el pasado para explicar el presente. El aislamiento y la rabia de una mujer de treinta y seis años con cáncer de mama en fase III tenía antiguos ecos en Atosa, la reina persa que envolvía su pecho enfermo en un lienzo para ocultarlo y luego, en un arranque de furia nihilista y presciente, hizo tal vez que un esclavo lo cercenara con un cuchillo.4 El deseo de una paciente de amputarse el estómago, atormentado por el cáncer —«sin dejar nada», me dijo—, traía el recuerdo de William Halsted, un cirujano decimonónico obsesionado por la perfección, que trabajaba el cáncer como un escultor para extirparlo por medio de cirugías más grandes y más desfigurantes, siempre con la ilusión de que cortar más significaba curar más.

Por debajo de estos abordajes médicos, culturales y metafóricos del cáncer a lo largo de los siglos, un factor enturbiaba la cuestión: la concepción biológica de la enfermedad, una concepción en metamorfosis constante, a veces radical, década tras década. Hoy sabemos que el cáncer es una enfermedad causada por el crecimiento sin control de una sola célula. Este es desencadenado por mutaciones, cambios en el ADN que afectan específicamente a los genes encargados de estimular un crecimiento celular ilimitado. En una célula normal, poderosos circuitos genéticos regulan la división y la muerte celulares. En una célula cancerosa estos circuitos se rompen, por lo que esta no puede dejar de crecer.

El hecho de que este mecanismo aparentemente simple —un crecimiento celular sin barreras— sea el corazón de una grotesca y multifacética enfermedad es un testimonio del insondable poder de dicho crecimiento. La división celular nos permite, como organismos, crecer, adaptarnos, recuperarnos, repararnos: vivir. Y cuando se distorsiona y se desata, permite a las células cancerosas crecer, prosperar, adaptarse, recuperarse, repararse: vivir a costa de nuestra vida. Las células cancerosas pueden crecer más rápido y adaptarse mejor. Son una versión más perfecta de nosotros mismos.

El secreto de la batalla contra el cáncer radica, entonces, en encontrar los medios de impedir que esas mutaciones se produzcan en las células vulnerables, o en eliminar las células mutadas sin poner en riesgo el crecimiento normal. Lo conciso de la afirmación oculta la enormidad de la tarea. El crecimiento maligno y el crecimiento normal están tan entrelazados en el aspecto genético que su disyunción podría ser uno de los desafíos científicos más importantes enfrentados por nuestra especie. El cáncer forma parte de nuestro genoma: los genes que sueltan las amarras de la división celular normal no son ajenos a nuestro cuerpo, sino versiones mutadas y desfiguradas de los genes mismos que llevan a cabo funciones celulares vitales. Y el cáncer imprime su marca en nuestra sociedad: a medida que prolongamos la duración de nuestra vida como especie, desencadenamos inevitablemente un crecimiento maligno (las mutaciones de los genes del cáncer se acumulan con el envejecimiento; así, la enfermedad tiene una relación intrínseca con la edad). En consecuencia, si la inmortalidad es nuestra aspiración, también lo es, en un sentido bastante perverso, la de la célula cancerosa.

La manera precisa como una generación futura podría aprender a separar los hilos entrelazados del crecimiento normal y del crecimiento maligno sigue envuelta en el misterio. («El universo —le gustaba decir a J. B. S. Haldane, un biólogo del siglo pasado— no solo es más raro de lo que suponemos, sino más raro de lo que podemos suponer»,5 y lo mismo sucede con la trayectoria de la ciencia.) Pero hay algo indudable: la historia, sea cual fuere su desarrollo, contendrá núcleos indelebles del pasado. Será una historia de inventiva, resiliencia y perseverancia contra lo que un autor calificó del «enemigo más implacable e insidioso» entre las enfermedades humanas. Pero será también una historia de desmesura, arrogancia, paternalismo, percepciones erróneas, falsas esperanzas y mucho bombo, todo puesto al servicio de la lucha contra una enfermedad que, hace apenas tres décadas, se vendía generalizadamente como «curable» al cabo de unos pocos años.

En el desnudo cuarto de hospital ventilado con aire esterilizado, Carla libraba su propia guerra contra el cáncer. Maestra al fin, cuando llegué estaba sentada en la cama con singular tranquilidad, tomando apuntes. («Pero ¿qué apuntes? —recordaría más adelante—. No hacía más que escribir y reescribir los mismos pensamientos».) Su madre, recién llegada tras un vuelo nocturno, irrumpió en la habitación con los ojos enrojecidos y llenos de lágrimas y luego se sentó en silencio en una silla junto a la ventana y comenzó a mecerse enérgicamente. El estrépito de la actividad alrededor de Carla se había convertido en algo borroso: enfermeras que entraban y salían con fluidos, médicos con mascarillas y batas, antibióticos en los soportes para suero que se vertían gota a gota en sus venas.

Expliqué la situación lo mejor que pude. Carla tenía por delante todo un día de análisis, idas y vueltas de un laboratorio a otro. Yo le extraería una muestra de médula ósea. Los patólogos harían otros análisis. Pero los exámenes preliminares sugerían que tenía leucemia linfoblástica aguda. Se trata de una de las formas más comunes de cáncer en niños, pero es rara en adultos. Y a menudo —hice una pausa para dar mayor énfasis a mis palabras, mientras alzaba la mirada— es curable.

Curable. El término hizo que Carla asintiera con la cabeza, y la mirada se le aguzó. Preguntas inevitables invadieron la habitación. ¿Curable hasta qué punto? ¿Qué posibilidades tenía de sobrevivir? ¿Cuánto duraría el tratamiento? Planteé las probabilidades. En cuanto se confirmara el diagnóstico comenzaría la quimioterapia, que se prolongaría durante más de un año. Sus posibilidades de curarse eran de alrededor del 30 por ciento, un poco menos de un tercio.

Hablamos durante una hora, tal vez más. Ahora eran las nueve y media de la mañana. Debajo, la ciudad se agitaba ya plenamente despierta. Al irme la puerta se cerró detrás de mí y una corriente de aire me depositó fuera de la habitación, mientras sellaba a Carla en su interior.

Primera parte

«De negra color, sin hervir»

Al resolver un problema de este tipo es importante ser capaz de razonar retrospectivamente. Esto es algo muy útil y también muy sencillo, pero la gente no lo practica demasiado.

Sherlock Holmes, en Estudio en escarlata

SIR ARTHUR CONAN DOYLE1

«Una supuración de la sangre»

Médicos de la más grande fama
al instante convocados fueron; pero, nada más llegar,
al unísono respondieron mientras su paga embolsaban:
«Es un mal que nada puede curar».

HILAIRE BELLOC1

Su alivio es una tarea diaria; su cura, una ferviente esperanza.

WILLIAM CASTLE,
en referencia a la leucemia en 19502

En una mañana de diciembre de 1947, en un húmedo laboratorio de algo más de cuatro metros por seis, un hombre llamado Sidney Farber esperaba impaciente en Boston la llegada de un paquete de Nueva York.3 El «laboratorio» era poco más que un armario empotrado, una habitación mal ventilada y olvidada en un semisótano medio enterrado del Hospital Infantil, casi encajado en su callejón trasero. No muy lejos, los pabellones médicos del hospital comenzaban lentamente a zumbar de actividad. Pequeñas camillas de hierro forjado trasladaban incansablemente a niños cubiertos con batas blancas. Los médicos y las enfermeras se movían laboriosos entre las habitaciones para controlar las historias clínicas, escribir instrucciones y repartir medicamentos. Pero el laboratorio de Farber era desolado y vacío, una desnuda madriguera de productos químicos y recipientes de vidrio conectada con el edificio principal del hospital por una serie de helados corredores. Flotaba en el aire el penetrante hedor del formol para embalsamar. En esas habitaciones no había pacientes: solo los cuerpos y los tejidos de pacientes enviados al sótano a través de los túneles para ser sometidos a autopsias y exámenes. Farber era patólogo. Su trabajo incluía la disección de muestras, la realización de autopsias, la identificación de células y el diagnóstico de enfermedades, pero nunca el tratamiento de pacientes.

Su especialidad era la patología pediátrica,4 el estudio de las enfermedades infantiles. Farber había pasado casi veinte años en esas habitaciones subterráneas obsesivamente dedicado a hacer observaciones con su microscopio, mientras ascendía en el escalafón académico hasta llegar a ser jefe de Patología del hospital. Pero la patología comenzaba a ser para él una forma disyuntiva de medicina, una disciplina más preocupada por los muertos que por los vivos. Farber se sentía ahora impaciente al observar la enfermedad desde los márgenes, sin tocar ni tratar jamás a un paciente vivo. Estaba cansado de tejidos y células. Era como si estuviera atrapado, embalsamado en su propio gabinete de cristal.

Y por esa razón había decidido dar un drástico giro en su carrera. En vez de entornar los ojos para observar muestras inertes bajo su lente, trataría de dar un salto a la vida de la clínica en las plantas superiores, de pasar del mundo microscópico que tan bien conocía al amplificado mundo real de los pacientes y las enfermedades. Intentaría usar el conocimiento que había obtenido con sus muestras patológicas para idear nuevas intervenciones terapéuticas. El paquete de Nueva York contenía algunas ampollas de una sustancia química cristalina y amarilla llamada aminopterina. El producto despachado con destino a su laboratorio de Boston alentaba en él la débil esperanza de detener el desarrollo de la leucemia en los niños.

Si Farber hubiera interrogado a cualquiera de los pediatras que circulaban por las salas situadas varios pisos por encima de su laboratorio acerca de la probabilidad de crear un fármaco contra la leucemia, habría recibido esta respuesta: «No se moleste en intentarlo». Hacía más de un siglo que la leucemia infantil fascinaba, confundía y frustraba a los médicos. La enfermedad había sido meticulosamente analizada, clasificada, subclasificada y subdividida; en los mohosos libros encuadernados en cuero que descansaban en los anaqueles de la biblioteca del hospital —la Patología de Anderson o la Pathology of Internal Diseases de Boyd— había páginas y páginas repletas de imágenes de células leucémicas y elaboradas taxonomías que las describían. Sin embargo, todo este conocimiento no hacía sino amplificar la sensación de indefensión médica. La enfermedad se había convertido en un objeto de fascinación vacía —una muñeca de museo de cera—, estudiado y fotografiado hasta el más mínimo de sus detalles, pero sin que se registrara ningún avance terapéutico o práctico. «Daba a los médicos mucho tema de discusión en las reuniones de la profesión —recordó un oncólogo—, pero no ayudaba en nada a sus pacientes.»5 Los pacientes con leucemia aguda eran trasladados al hospital con agitada premura, se discutía su caso en las rondas médicas con grandilocuencia profesoral y luego, como señaló con sequedad una revista médica, «se los diagnosticaba, se les hacían transfusiones y se los enviaba a su casa a morir».6

El estudio de la leucemia había estado empantanado en la confusión y la desesperación desde el descubrimiento mismo de la enfermedad. El 19 de marzo de 1845, un médico escocés, John Bennett, había descrito un caso infrecuente, un pizarrero de veintiocho años con una misteriosa hinchazón en el bazo. «Es de tez oscura —escribía Bennett sobre su paciente—, de ordinario saludable y sosegado; afirma que hace veinte meses comenzó a afectarle una gran languidez en el esfuerzo, que ha continuado hasta el día de hoy. En junio pasado advirtió un tumor en el lado izquierdo del abdomen, que luego, a lo largo de cuatro meses, creció poco a poco de tamaño hasta quedar estacionario.»7

Es posible que el tumor del pizarrero hubiera llegado a su punto estacionario final, pero sus trastornos constitucionales no hicieron sino acelerarse. En las semanas siguientes el paciente de Bennett entró en una espiral de síntomas —fiebres, hemorragias repentinas, ataques súbitos de dolor abdominal—, graduales en un principio, y luego pasando de un ataque a otro a un ritmo más continuado y veloz. Pronto, el pizarrero se encontró al borde de la muerte, con más tumores inflamados que sobresalían de sus axilas, su ingle y su cuello. Lo trataron con las sanguijuelas y las purgaciones habituales, pero sin resultado. En la autopsia realizada algunas semanas después, Bennett creyó encontrar la razón subyacente a los síntomas. La sangre de su paciente estaba llena hasta los topes de glóbulos blancos. (Los glóbulos blancos, principales componentes del pus, señalan de manera característica la respuesta a una infección, y Bennett estimó que el pizarrero había sucumbido a una de ellas.) «El siguiente caso me parece de especial valor —escribió seguro de sí mismo—, dado que será útil para demostrar la existencia de un auténtico pus, universalmente formado dentro del sistema vascular».*

La explicación habría sido perfectamente satisfactoria si Bennett hubiera podido encontrar el origen del pus. Durante la necropsia estudió con detenimiento todo el cuerpo y peinó los tejidos y órganos buscando signos de un absceso o una herida. Pero no iba a encontrar ninguna otra marca de infección. Al parecer, la sangre se había echado a perder —había supurado— por propia voluntad: una combustión espontánea la había convertido en auténtico pus. «Una supuración de la sangre»:8 así llamó Bennett a su caso. Y no pasó de ahí.

Estaba equivocado, desde luego, en lo concerniente a la «supuración» espontánea de la sangre. Poco más de cuatro meses después de que Bennett describiera la enfermedad del pizarrero, un investigador alemán de veinticuatro años, Rudolf Virchow, publicó por su parte el informe de un caso que presentaba llamativas similitudes con el de aquel.9 La paciente de Virchow era una cocinera cincuentona. La sangre de esta mostraba un crecimiento explosivo de los glóbulos blancos, que formaban densas y pastosas acumulaciones en el bazo. En la autopsia, es probable que los patólogos ni siquiera necesitaran un microscopio para distinguir la espesa y lechosa capa de glóbulos blancos que flotaban sobre los glóbulos rojos.

Virchow, que conocía el caso de Bennett, no podía decidirse a dar crédito a la teoría de este. No había razón alguna, argumentaba, para que la sangre se transformara impetuosamente en nada. Por otra parte, le molestaba el carácter poco común de los síntomas: ¿qué pasaba con el masivo agrandamiento del bazo? ¿Y con la ausencia de cualquier herida o foco de pus en el cuerpo? Virchow comenzó entonces a preguntarse si la sangre misma no era anormal. Incapaz de hallar una explicación unificadora para ello, y en la búsqueda de un nombre para esa afección, se decidió en última instancia por llamarla weisses Blut —sangre blanca—, una mera descripción literal de los millones de glóbulos blancos que había visto con el microscopio. En 1847 abandonó ese nombre por otro de sonido más académico, «leucemia», de leukos, ‘blanco’ en griego.10

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Cuesta ver en el cambio de nombre de la enfermedad —del florido «supuración de la sangre» al anodino weisses Blut— un acto de genio científico, pero el hecho es que tuvo un profundo impacto en la comprensión de la leucemia. Una enfermedad, en el momento de su descubrimiento, es una idea frágil, una flor de invernadero, extremada y desproporcionadamente influenciada por los nombres y las clasificaciones. (Más de un siglo después, a comienzos de la década de 1980, otro cambio de nombre —de enfermedad inmune relacionada con la homosexualidad [GRID, por sus siglas en inglés] a síndrome de inmunodeficiencia adquirida [sida]—11 señalaría una modificación épica en la concepción de esa enfermedad.)* Como Bennett, Virchow no entendió la leucemia. Pero, a diferencia de su colega, no pretendió entenderla. El carácter de su intuición es completamente negativo. Al hacer borrón y cuenta nueva con todas las ideas preconcebidas, despejó el camino para el avance del pensamiento.

La humildad del nombre (y la humildad subyacente a su comprensión de la causa) sintetizaban el abordaje que Virchow proponía de la medicina.12 Como joven profesor de la Universidad de Wurzburgo, su trabajo pronto se extendió mucho más allá del bautismo de la leucemia. Patólogo de formación, lanzó un proyecto que lo ocuparía la vida entera: describir las enfermedades humanas en simples términos celulares.

Era un proyecto nacido de la frustración. Virchow empezó Medicina a principios de la década de 1840, cuando casi todas las enfermedades se atribuían a la actuación de alguna fuerza invisible: miasmas, neurosis, malos humores e histerias. Desconcertado con lo que no podía ver, Virchow se volcó con celo revolucionario a estudiar lo que podía ver: las células bajo el microscopio. En 1838 el botánico Matthias Schleiden y el fisiólogo Theodor Schwann, que trabajaban en Alemania, habían sostenido que todos los organismos vivos estaban compuestos de elementos básicos esenciales llamados células. Tomando y ampliando esta idea, Virchow se propuso crear una «teoría celular» de la biología humana, basada en dos dogmas fundamentales. Primero, que el cuerpo humano (como el de todos los animales y todas las plantas) estaba constituido por células. Segundo, que las células solo nacían de otras células: omnis cellula e cellula, conforme al apotegma acuñado por él.

Aunque puedan parecer simplistas, esos dos dogmas permitieron a Virchow proponer una hipótesis de crucial importancia acerca de la naturaleza del crecimiento humano. Si las células, solo nacían de otras células, el crecimiento podía ocurrir únicamente de dos maneras: o bien con el aumento de la cantidad de células, o bien con el incremento de su tamaño. Virchow dio a estas dos maneras los nombres de hiperplasia e hipertrofia, respectivamente. En la hipertrofia, la cantidad de células no cambiaba; sucedía simplemente que cada una de ellas aumentaba su tamaño, como un globo al inflarlo. La hiperplasia, en contraste, designaba el crecimiento en virtud del aumento del número de células. Cualquier tejido humano en crecimiento podía describirse en términos de hipertrofia e hiperplasia. En los animales adultos, la grasa y los músculos crecen habitualmente por hipertrofia. En cambio, el hígado, la sangre, el intestino y la piel crecen por hiperplasia: células que se convierten en células que se convierten en más células, omnis cellula e cellula e cellula.

La explicación era convincente y dio origen a una nueva concepción, no solo del crecimiento normal sino también del crecimiento patológico. Como el primero, el segundo podía lograrse asimismo por hipertrofia e hiperplasia. Cuando el músculo cardíaco se ve forzado a presionar contra una válvula aórtica obstruida, a menudo se adapta haciendo que todas sus células aumenten de tamaño, con el resultado, a la larga, de un corazón tan agrandado que quizá sea incapaz de funcionar normalmente: hipertrofia patológica.

A la inversa —y la cuestión es importante para nuestra historia—, Virchow no tardó en dar con la quintaesencia de la hiperplasia patológica, el cáncer. Sus observaciones de desarrollos cancerosos a través del microscopio lo llevaron a descubrir un crecimiento descontrolado de las células: la hiperplasia en su forma más extrema. Al examinar la arquitectura de los cánceres, comprobó que el crecimiento parecía con frecuencia haber adquirido vida propia, como si las células estuviesen poseídas por una nueva y misteriosa pulsión de crecimiento. En este caso no se trataba de un mero crecimiento corriente, sino de una nueva forma que era preciso redefinir. De manera presciente (aunque olvidando el mecanismo), Virchow lo denominó neoplasia —un nuevo crecimiento, inexplicable y distorsionado—, una palabra que resonaría a lo largo de toda la historia del cáncer.*

Hacia 1902, año de su muerte, todas esas observaciones se habían conjugado lentamente en una nueva teoría del cáncer. El cáncer era una enfermedad de hiperplasia patológica en la que las células adquirían la voluntad autónoma de dividirse. Esta división celular aberrante y descontrolada creaba masas de tejido (tumores) que invadían los órganos y destruían los tejidos normales. Esos tumores también podían extenderse de un lugar a otro, provocando afloramientos de la enfermedad —llamados metástasis— en sitios distantes, como los huesos, el cerebro o los pulmones. El cáncer tenía diversas formas: de mama, de estómago, de piel, cáncer cervical, leucemias y linfomas. Pero todas estas enfermedades estaban profundamente conectadas en el nivel celular. En todos los casos, las células presentaban la misma característica: una división celular patológica incontrolable.

Con esta concepción, los patólogos que estudiaban la leucemia desde fines de la década de 1880 volvieron ahora al trabajo de Virchow. La leucemia, entonces, no era una supuración sino una neoplasia de la sangre. La anterior fantasía de Bennett había germinado en todo un campo de fantasías entre los científicos, que habían salido a buscar (y a encontrar, como correspondía) toda clase de parásitos y bacterias invisibles que brotaban de las células leucémicas.13 Pero una vez que los patólogos dejaron de buscar causas infecciosas y volvieron a focalizar sus lentes en la enfermedad, descubrieron las analogías evidentes entre las células leucémicas y las de las otras formas de cáncer. La leucemia era una proliferación maligna de glóbulos blancos en la sangre. Era cáncer en una forma fundida, líquida.

Con esa observación seminal, el estudio de las leucemias ganó de improviso claridad y dio un salto adelante. Hacia comienzos del siglo XX era evidente que la enfermedad se presentaba en varias formas. Podía ser crónica e indolente y estrangular poco a poco la médula ósea y el bazo, como en el caso original de Virchow (luego se la denominó leucemia crónica). O podía ser aguda y violenta, casi una enfermedad diferente por su personalidad, con ramalazos de fiebre, episodios hemorrágicos paroxísticos y un crecimiento pasmosamente rápido y excesivo de las células, como en el paciente de Bennett.

Esta segunda versión de la enfermedad, llamada leucemia aguda, presentaba otros dos subtipos, según el tipo de célula cancerosa en cuestión. A grandes rasgos, los glóbulos blancos normales pueden dividirse en dos tipos de células, las mieloides y las linfoides. La leucemia mieloide aguda (LMA) era un cáncer de las células mieloides. La leucemia linfoblástica aguda (LLA) era un cáncer de las células linfoides inmaduras. (Los cánceres de células linfoides más maduras se denominan linfomas.)

En los niños la leucemia más común era la LLA, casi siempre rápidamente letal. En 1860 un discípulo de Virchow, Michael Anton Biermer, describió el primer caso conocido de esta forma de leucemia infantil.14 Maria Speyer, una activa, vivaz y juguetona niña de cinco años, hija de un carpintero de Wurzburgo, fue atendida inicialmente en la clínica porque había comenzado a mostrar un comportamiento letárgico en la escuela y le aparecían cardenales sanguinolentos en la piel. A la mañana siguiente de la consulta tenía el cuello rígido y fiebre, lo que precipitó una llamada a Biermer para que le hiciera una visita a domicilio. Esa noche el médico extrajo una gota de sangre de las venas de Maria y, junto a la cabecera de su cama, examinó la muestra en un microscopio bajo la luz de una vela; encontró millones de células leucémicas en ella. Maria durmió de manera irregular hasta bien entrada la noche. Al caer la tarde del día siguiente, mientras un emocionado Biermer mostraba a sus colegas las muestras de un «exquisit Fall von Leukämie» («un exquisito caso de leucemia»), Maria vomitó sangre de intenso color rojo y cayó en coma. Cuando Biermer llegó a su casa esa noche, la niña ya llevaba muerta varias horas. Desde su primer síntoma hasta el diagnóstico y la muerte, su enfermedad, galopante e implacable, no había durado más de tres días.15

Si bien distaba de ser tan agresiva como la leucemia de Maria Speyer, la enfermedad de Carla era asombrosa de por sí. De promedio, los adultos tienen unos cinco mil glóbulos blancos por microlitro de sangre. La sangre de Carla contenía noventa mil glóbulos blancos por microlitro, casi veinte veces más que el nivel normal. El 95 por ciento de esas células eran blastos, células linfoides malignas producidas a un ritmo frenético pero incapaces de madurar y convertirse en linfocitos plenamente desarrollados. En la leucemia linfoblástica aguda, como en algunos otros cánceres, la sobreproducción de células cancerosas se combina con una misteriosa detención en la maduración celular normal. Así, las células linfoides se producen en cantidades muy excesivas, pero, incapaces de madurar, no pueden cumplir su función normal en la lucha contra los microbios. Carla tenía pobreza inmunológica en medio de la plenitud.

Los glóbulos blancos se producen en la médula ósea. La biopsia de la médula de Carla, que observé bajo el microscopio tras conocerla esa mañana en el hospital, era profundamente anormal. Aunque amorfa en la superficie, la médula ósea es un tejido muy organizado —un órgano, a decir verdad— que genera la sangre en los adultos. Por lo común las biopsias de médula contienen espículas de hueso y, dentro de ellas, islas de glóbulos blancos en crecimiento: viveros para la génesis de nueva sangre. En la médula de Carla esa organización estaba completamente destruida. Una capa tras otra de blastos malignos atestaban el espacio medular y obliteraban toda anatomía y arquitectura, sin dejar lugar alguno a la producción de sangre.

Carla se encontraba al borde de un abismo fisiológico. Su recuento de glóbulos rojos había llegado a ser tan bajo que la sangre no podía transportar toda su provisión de oxígeno (en retrospectiva, sus dolores de cabeza habían sido el primer signo de la carencia de oxígeno). Las plaquetas, las células encargadas de coagular la sangre, se habían reducido casi a cero, lo cual explicaba sus cardenales.

Su tratamiento exigiría una extraordinaria delicadeza. Carla iba a necesitar quimioterapia para acabar con la leucemia, pero como efecto secundario la quimioterapia diezmaría las células sanguíneas normales restantes. La hundiríamos aún más en el abismo para tratar de rescatarla. Su única salida iba a ser cruzar ese abismo.

Sidney Farber nació en Buffalo, Nueva York, en 1903, un año después de la muerte de Virchow en Berlín. Su padre, Simon Farber, ex barquero en Polonia, había emigrado a Estados Unidos a finales del siglo XIX y trabajaba en una compañía de seguros. La familia llevaba una vida modesta en los arrabales del este de la ciudad, como parte de una comunidad judía muy unida, insular y con frecuencia afectada por la precariedad económica, compuesta de tenderos, obreros fabriles, contables y mercachifles. Inflexiblemente empujados al éxito, los hijos de la familia estaban obligados a alcanzar altos niveles académicos. En el piso de arriba se hablaba yiddish, pero en el de abajo solo se permitían el alemán y el inglés. El padre de los Farber llevaba a menudo libros de texto a casa y los desparramaba sobre la mesa del comedor, esperando que cada niño eligiera y llegara a dominar uno de ellos, y que luego le hiciera un informe detallado de su contenido.

Tercero de catorce hijos, Sidney prosperó en ese entorno de elevadas aspiraciones. Estudió Biología y Filosofía y se graduó en la Universidad de Buffalo en 1923; para poder pagarse su educación universitaria tocaba el violín en salones de baile. Gracias a su fluido alemán pudo estudiar Medicina en Heidelberg y Friburgo y luego, gracias a un sobresaliente desempeño en Alemania, logró ingresar en la Facultad de Medicina de Harvard, en Boston, como estudiante de segundo año. (El viaje circular de Nueva York a Boston a través de Heidelberg no era inusual. A mediados de la década de 1920, a los estudiantes judíos les resultaba casi imposible encontrar plazas en las facultades de Medicina estadounidenses y con frecuencia estudiaban con éxito en las europeas, incluidas las alemanas, antes de volver a cursar Medicina en su país natal.) Así, Farber llegó a Harvard como un intruso. Sus compañeros lo consideraban arrogante e insufrible, pero también él, al reaprender lecciones que ya había aprendido, parecía sufrir todo eso. Era formal, preciso y meticuloso, almidonado en su apariencia y sus gestos y de presencia imponente. Pronto lo apodaron Sid Cuatro Botones por su inclinación a usar trajes formales en las clases.

Farber terminó su formación avanzada en Patología a finales de los años veinte y se convirtió en el primer patólogo a tiempo completo del Hospital Infantil de Boston.16 Escribió un maravilloso estudio sobre la clasificación de los tumores infantiles y un libro de texto, The Postmortem Examination, considerado un clásico en ese campo. Hacia mediados de la década de 1930 estaba firmemente instalado en los callejones oscuros del hospital como un patólogo eminente, un «médico de los muertos».

Sin embargo, la ambición de tratar pacientes seguía movilizándolo. Y en el verano de 1947, sentado en su laboratorio del sótano, tuvo una idea inspirada: entre todos los cánceres, decidió concentrar la atención en una de sus variantes más raras y desesperadas, la leucemia infantil. Para entender el cáncer en su conjunto, razonó Farber, es preciso comenzar por el fondo de su complejidad, por su sótano. Y pese a sus muchas idiosincrasias, la leucemia tenía un rasgo constante de singular atractivo: podía medirse.

La ciencia empieza con la cuantificación. Para entender un fenómeno, el científico debe, ante todo, describirlo; para describirlo objetivamente, debe ante todo medirlo. Si la medicina del cáncer pretendía transformarse en una ciencia rigurosa, sería menester cuantificarlo de algún modo: medirlo de una manera confiable y reproducible.

En este aspecto la leucemia era diferente a casi todos los otros tipos de cáncer. En un mundo anterior a las tomografías computarizadas y las resonancias magnéticas, la cuantificación del cambio de tamaño de un tumor sólido interno en el pulmón o en un pecho era virtualmente imposible sin cirugía: no se podía medir lo que no se podía ver. Pero la leucemia, que circulaba libremente por la sangre, podía medirse con tanta facilidad como los glóbulos sanguíneos, mediante la extracción de una muestra de sangre o médula ósea y su observación en un microscopio.

Si la leucemia podía cuantificarse, pensaba Farber, sería posible entonces evaluar la eficacia de cualquier intervención —un fármaco que se hiciera circular por la sangre, digamos— en pacientes vivos. Farber podría observar el crecimiento o la muerte de las células en la sangre y usar esa información para apreciar el éxito o el fracaso de un medicamento. Podría realizar un «experimento» con el cáncer.

La idea lo hipnotizó. En las décadas de 1940 y 1950 la posibilidad de usar modelos simples para entender fenómenos complejos movía a la acción a los biólogos jóvenes. La mejor manera de comprender la complejidad era ir de abajo arriba. Organismos unicelulares como las bacterias revelarían el funcionamiento de animales multicelulares de gran tamaño como los seres humanos. Lo que es cierto para la E. coli (una bacteria microscópica), declararía con grandilocuencia el bioquímico francés Jacques Monod en 1954, también debe ser cierto para los elefantes.17

Para Farber, la leucemia resumía este paradigma biológico. Lo aprendido con esta simple y atípica bestia se extrapolaría al mundo enormemente más complejo de otros cánceres; la bacteria le enseñaría a pensar en el elefante. Farber era, por naturaleza, un pensador rápido y a menudo impulsivo. Y también en este caso dio un salto veloz e instintivo. El paquete procedente de Nueva York esperaba en su laboratorio esa mañana de diciembre. Mientras lo abría y sacaba las ampollas con los productos químicos, difícilmente imaginaba que estaba inaugurando una manera completamente nueva de pensar el cáncer.

«Un monstruo más insaciable que la guillotina»

La importancia médica de la leucemia siempre ha sido desproporcionada con respecto a su incidencia real. ... En efecto, los problemas con que se tropezaba en el tratamiento sistémico de la leucemia indicaban las direcciones generales por las cuales se encaminaba la investigación del cáncer en su conjunto.

JONATHAN TUCKER,
Ellie: A Child’s Fight Against Leukemia1

Los éxitos en el tratamiento del cáncer diseminado eran escasos. ... Por lo común la cuestión pasaba por ver crecer el tumor y al paciente empequeñecerse gradualmente.

JOHN LASZLO,
The Cure of Childhood Leukemia: Into the Age of Miracles2

El paquete de compuestos químicos de Sidney Farber acertó a llegar en un momento particularmente crucial en la historia de la medicina. A finales de la década de 1940 una multitud de descubrimientos farmacéuticos inundaba los laboratorios y las clínicas de toda la nación.3 Entre esas nuevas sustancias, las más emblemáticas eran los antibióticos. La penicilina, ese precioso fármaco que hubo que aprovechar hasta la última gota durante la Segunda Guerra Mundial (en 1939 era reextraído de la orina de los pacientes a quienes se había administrado, con el fin de conservar hasta la más mínima molécula),4 se producía a comienzos de los años cincuenta en cubas de miles de litros. En 1942, cuando Merck despachó su primer lote de penicilina —apenas cinco gramos y medio—, esa cantidad representaba la mitad de todas las existencias del antibiótico en Estados Unidos.5 Una década después, la penicilina se producía en masa de manera tan eficaz que su precio había caído a cuatro centavos la dosis, una octava parte del coste de dos litros de leche.6

Nuevos antibióticos siguieron los pasos de la penicilina: el cloranfenicol en 1947,7 la tetraciclina en 1948.8 En el invierno de 1949, después de que otro antibiótico milagroso, la estreptomicina, se extrajera por purificación de un fragmento de moho tomado del gallinero de un criador de pollos, la revista Time incluyó en su portada, en caracteres destacados, la frase «Los remedios están en nuestro propio jardín».9 En un edificio de ladrillos del rincón más lejano del hospital, el jardín de Farber, un microbiólogo llamado John Enders hacía cultivos del virus de la polio en matraces de plástico laminado, primer paso del proceso que culminaría con las vacunas antipoliomielíticas de Sabin y Salk.10 La aparición de nuevas sustancias farmacológicas se producía a un ritmo asombroso: hacia 1950, más de la mitad de los medicamentos de uso habitual eran productos desconocidos apenas diez años antes.11

Aún más significativos, tal vez, que estos fármacos milagrosos, los cambios en materia de salud e higiene públicas también modificaron drásticamente la fisonomía nacional de la enfermedad. La fiebre tifoidea, un contagio cuya espiral letal podía diezmar barrios enteros en cuestión de semanas, desapareció cuando masivas iniciativas municipales limpiaron los pútridos sistemas de alcantarillado de varias ciudades.12 Incluso la tuberculosis, la infame «peste blanca» del siglo XIX, estaba desvaneciéndose: entre 1910 y 1940 su incidencia se desplomó a menos de la mitad, sobre todo debido a la implementación de mejores medidas sanitarias y de higiene pública.13 La esperanza de vida de los estadounidenses pasó de cuarenta y siete a sesenta y ocho años en medio siglo, un salto de la longevidad más grande que el alcanzado en el transcurso de varios siglos anteriores.14

Las victorias generalizadas de la medicina de la posguerra ilustraban la poderosa capacidad transformadora de la ciencia y la tecnología en la vida estadounidense. Los hospitales proliferaban: entre 1945 y 1960 se construyeron en toda la nación casi mil nuevos establecimientos, mientras que entre 1935 y 1952 la cantidad de pacientes ingresados aumentó más del doble, de siete a diecisiete millones por año.15 Y con el crecimiento de la atención médica apareció la expectativa concomitante de la cura médica. Como señalara un estudiante: «Cuando un médico debe decir a un paciente que no hay un remedio específico para su dolencia, es lógico que el paciente se sienta ofendido o se pregunte si el conocimiento del médico está a la altura de la época».16

En las nuevas y saneadas aglomeraciones suburbanas, una joven generación soñaba así con las curas: una existencia libre de la muerte y de las enfermedades. Arrullada por la idea de la perdurabilidad de la vida, se lanzaba al consumo de bienes durables: Studebakers grandes como barcos, ropa deportiva de rayón, televisores, radios, casas de vacaciones, clubes de golf, barbacoas, lavadoras.17 En Levittown, una pujante población suburbana levantada en terrenos que antes eran un patatal de Long Island —una utopía simbólica—, la «enfermedad» ocupaba ahora el tercer lugar en la lista de «preocupaciones», detrás de la «economía» y la «crianza de los hijos».18 De hecho, la natalidad empezaba a alcanzar un nivel sin precedentes entre las preocupaciones nacionales. La fertilidad crecía con firmeza: hacia 1957, en Estados Unidos nacía un bebé cada siete segundos.19 La «sociedad opulenta», conforme la describía el economista John Kenneth Galbraith,20 también se imaginaba como eternamente joven, con la garantía concomitante de una salud también eterna: la sociedad invencible.

Sin embargo, a diferencia de las demás enfermedades, el cáncer se había negado a participar en esta marcha del progreso. Si un tumor era estrictamente local (es decir, limitado a un solo órgano o sitio, de modo que un cirujano podía extirparlo), existía una probabilidad de cura. Las extirpaciones, nombre que esas intervenciones llegaron a adquirir, eran un legado de los espectaculares avances de la cirugía decimonónica. Un solitario bulto maligno en el pecho, digamos, podía extirparse mediante una mastectomía radical, en la que había sido precursor el gran cirujano William Halsted, del Hospital Johns Hopkins en la década de 1890. Con el descubrimiento de los rayos X a comienzos del siglo XX, también podía utilizarse la radiación para matar células cancerosas en sitios locales.

Pero desde un punto de vista científico el cáncer seguía siendo una caja negra, una entidad misteriosa que era mejor amputar en bloque en vez de tratarla con alguna intuición médica más profunda. Para curar el cáncer (si acaso era posible curarlo), los médicos contaban solo con dos estrategias: extirpar quirúrgicamente el tumor o quemarlo con radiación, una elección entre el rayo caliente y el cuchillo frío.

En mayo de 1937, casi una década exacta antes de que Farber comenzara sus experimentos con productos químicos, la revista Fortune publicó lo que llamaba una «investigación panorámica» de la medicina oncológica. El artículo distaba de ser tranquilizador:

Lo alarmante es que no se ha planteado ningún nuevo principio de tratamiento, sea para la cura o para la prevención. ... Los métodos de tratamiento son hoy más eficientes y humanitarios. La cirugía brutal sin anestesia ni asepsia ha sido reemplazada por una moderna cirugía indolora de exquisito refinamiento técnico. La radiación con rayos X y radio ha convertido en obsoleto el uso de los crueles productos cáusticos que corroían la carne de las pasadas generaciones de pacientes de cáncer. ... Pero lo cierto es que la «cura» del cáncer todavía se realiza de acuerdo con solo dos principios: la extirpación y la destrucción del tejido enfermo [la primera mediante cirugía, la segunda mediante rayos X]. No se ha puesto a prueba ningún otro medio.

El artículo de Fortune se titulaba «Cancer: the great darkness» («Cáncer: la gran oscuridad») y esa «oscuridad», sugerían los autores, era tanto política como médica. La medicina oncológica estaba atascada en una rutina no solo debido a la profundidad de los misterios médicos que la rodeaban, sino a la omisión sistemática de la investigación del cáncer:

No hay en Estados Unidos más de dos docenas de fondos dedicados a la investigación fundamental del cáncer. Su capital oscila entre unos cinco mil y unos dos millones de dólares, pero su capitalización total no asciende sin duda a mucho más de cinco millones. ... El público gasta alegremente un tercio de esa suma en una tarde para ver un partido de fútbol americano de las ligas mayores.21

Ese estancamiento en la asignación de fondos para la investigación representaba un agudo contraste con el rápido ascenso de la propia enfermedad a un lugar de suma importancia. El cáncer, desde luego, había estado presente y había sido perceptible en Estados Unidos durante el siglo XIX, pero en lo fundamental acechaba a la sombra de enfermedades mucho más comunes. En 1899, cuando Roswell Park, un conocido cirujano de Buffalo, sostuvo que algún día el cáncer dejaría atrás a la viruela, la fiebre tifoidea y la tuberculosis para llegar a ser la principal causa de muerte en la nación, sus palabras fueron recibidas como una «profecía bastante inaudita», las especulaciones hiperbólicas de un hombre que, después de todo, pasaba sus días y sus noches operando el cáncer.22 Sin embargo, hacia finales de la década las observaciones de Park parecían cada vez menos inauditas y más proféticas día tras día. La fiebre tifoidea, al margen de unos pocos brotes dispersos, era cada vez más infrecuente. La viruela declinaba; hacia 1949 desaparecería por completo de Estados Unidos.23 Entretanto, el cáncer ya superaba a otras enfermedades y seguía abriéndose paso hacia la cumbre en la jerarquía de las afecciones letales. Entre 1900 y 1916, la mortalidad relacionada con el cáncer se incrementó un 29,8 por ciento, desplazando a la tuberculosis como causa de muerte.24 Hacia 1926 la enfermedad se había convertido en la segunda de mayor mortalidad de la nación, apenas por detrás de las enfermedades cardíacas.25

El artículo «Cancer: the great darkness» no estaba solo en el esfuerzo por promover una respuesta nacional coordinada al cáncer. En marzo del mismo año, 1937, Life presentó, con un tono similar de urgencia, su propio informe sobre la investigación de la enfermedad.26 The New York Times publicó dos artículos sobre los índices crecientes del cáncer, en abril y junio. Cuando la enfermedad apareció en las páginas de Time en julio de 1937, el interés en lo que se daba en llamar «problema del cáncer» se asemejaba a un feroz contagio en los medios.27

Las propuestas para elaborar una respuesta nacional sistemática contra el cáncer habían crecido y menguado rítmicamente en Estados Unidos desde comienzos del siglo XX. En 1907 un grupo de cirujanos oncológicos se había reunido en el New Willard Hotel de Washington para crear una organización cuyo objetivo sería presionar al Congreso en demanda de más fondos para la investigación de la enfermedad.28 Hacia 1910 esta organización, la Asociación Estadounidense para la Investigación del Cáncer (American Association for Cancer Research), había convencido al presidente Taft de proponer al Congreso la creación de un laboratorio nacional dedicado a estudiar la enfermedad. Pero a pesar del interés inicial en el proyecto, los esfuerzos llegaron a un punto muerto en Washington tras algunos intentos espasmódicos, principalmente debido a la falta de apoyo político.

A finales de los años veinte, un decenio después de haberse dejado a un lado la propuesta de Taft, la investigación sobre el cáncer encontró un nuevo e inesperado adalid, Matthew Neely, un obstinado y brioso ex abogado de Fairmont, Virginia Occidental, que cumplía su primer mandato en el Senado. Si bien tenía relativamente poca experiencia en la política de la ciencia, Neely había advertido el pronunciado incremento de la mortalidad por cáncer en el decenio anterior, de 70.000 hombres y mujeres en 1911 a 115.000 en 1927.29 Por ello, pidió al Congreso que anunciara una recompensa de cinco millones de dólares por cualquier «información que condujera a la detención del cáncer humano».30

Era una estrategia elemental —el equivalente científico a colgar una foto de ficha policial en la oficina de un sheriff— y generó una respuesta relativamente elemental. Al cabo de unas semanas, el despacho de Neely en Washington estaba inundado de miles de cartas de curanderos y sanadores que pretendían tener todos los remedios imaginables para el cáncer: fricciones, tónicos, ungüentos, pañuelos ungidos, bálsamos y agua bendita.31 El Congreso, exasperado con la respuesta, terminó por autorizar la suma de 50.000 dólares destinados al proyecto de ley de control del cáncer propiciado por Neely, lo que representaba un recorte casi cómico de su presupuesto hasta el 1 por ciento del importe solicitado.

En 1937 el infatigable Neely, elegido otra vez senador, volvió a la carga con su iniciativa para lanzar un ataque nacional contra el cáncer, ahora junto con el senador Homer Bone y el diputado Warren Magnuson. A esas alturas el cáncer había cobrado considerables dimensiones en la mirada del público. Los artículos de Fortune y Time habían echado leña al fuego de la angustia y el descontento, y los políticos estaban ansiosos por demostrar que podían dar una respuesta concreta. En junio se celebró una conferencia conjunta del Senado y la Cámara de Representantes para redactar una ley que abordara la cuestión.32 Tras las audiencias iniciales, el proyecto recorrió a toda prisa el Congreso y fue sancionado por unanimidad en una asamblea legislativa reunida el 23 de julio de 1937. Dos semanas después, el 5 de agosto, el presidente Roosevelt promulgó la ley de creación del Instituto Nacional del Cáncer.

La ley creaba en efecto una nueva unidad científica llamada National Cancer Institute (NCI), cuya finalidad sería coordinar la investigación y la educación en materia de cáncer.* Miembros de universidades y hospitales constituyeron un consejo asesor científico del instituto.33 Un laboratorio de última generación, con pasillos relucientes y salones de conferencia, se construyó en medio de frondosas galerías y jardines en Bethesda, una localidad suburbana situada a algunos kilómetros de la capital del país. «La nación aúna sus fuerzas para derrotar al cáncer, el mayor azote que jamás haya asolado a la especie humana», anunció tranquilizadoramente el senador Bone al poner la piedra fundamental del edificio el 3 de octubre de 1938.34 Tras cerca de veinte años de esfuerzos casi siempre infructuosos, por fin parecía ponerse en marcha una respuesta nacional coordinada al cáncer.

Todas estas iniciativas eran un paso audaz y valiente en la dirección correcta, salvo por su oportunidad. Hacia comienzos del invierno de 1938, apenas unos meses después de la inauguración del campus del NCI en Bethesda, la batalla contra el cáncer quedó eclipsada por los temblores de un tipo diferente de guerra. En noviembre, las tropas nazis lanzaron un pogromo nacional contra los judíos de Alemania, llevados a miles a los campos de concentración. Hacia finales del invierno habían estallado conflictos militares en Asia y Europa, como preparación del escenario para la Segunda Guerra Mundial. En 1939 esas escaramuzas eran un incendio con todas las de la ley, y en diciembre de 1941 Estados Unidos se vio inexorablemente arrastrado a la conflagración global.

La guerra exigía una drástica reorganización de las prioridades. El Hospital de la Armada de Estados Unidos en Baltimore, que el NCI había contado con convertir en un centro clínico oncológico, era ahora objeto de una acelerada reconversión como hospital de guerra.35 La asignación de fondos para la investigación científica se suspendió o se canalizó hacia proyectos directamente relacionados con la guerra. Científicos, grupos de presión, médicos y cirujanos desaparecieron de la pantalla de los radares públicos: «en el mayor de los silencios», como recordó un investigador, «y con sus aportes reducidos de ordinario a un resumen en los obituarios».36

También podría haberse escrito un obituario para el Instituto Nacional del Cáncer. Los fondos prometidos por el Congreso para dar una «respuesta programática al cáncer» nunca se materializaron y el NCI languideció en el olvido.37 Dotado de todas las instalaciones modernas imaginables en la década de 1940, el deslumbrante campus del instituto se transformó en un pueblo fantasma científico. En tono de broma, un científico lo calificó de «bonito y tranquilo lugar en el campo. En esos días —proseguía— era agradable dormitar bajo las grandes y soleadas ventanas».*3839

La protesta social relacionada con la enfermedad también se silenció poco a poco. Tras la breve oleada de atención de la prensa, el cáncer volvía a ser lo innombrable, la enfermedad solo aludida en un susurro y jamás mencionada en público. A comienzos de la década de 1950, Fanny Rosenow, una superviviente de cáncer de mama y activista de la lucha contra la enfermedad, llamó al New York Times para poner un anuncio sobre un grupo de apoyo a mujeres que padecían ese tipo de cáncer.40 Para su gran desconcierto, le pasaron con el editor de Sociedad del diario. Cuando preguntó sobre la colocación de su anuncio, una larga pausa precedió a la respuesta. «Lo siento, señora Rosenow, pero el Times no puede publicar en sus páginas las palabras mama y cáncer. Tal vez —prosiguió el editor— podría decir que va a hacer una reunión para hablar de enfermedades de la pared torácica.» Indignada, Rosenow colgó.

Cuando Farber se estrenó en el mundo del cáncer en 1947, la protesta pública del decenio anterior se había disipado. El cáncer había vuelto a ser una enfermedad políticamente silenciosa. En las bien ventiladas salas del Hospital Infantil, médicos y pacientes libraban sus batallas privadas contra la enfermedad. Abajo, en los túneles, Farber libraba una batalla aún más privada con sus fármacos y sus experimentos.

Este aislamiento fue un factor clave en su éxito inicial. Al margen de las luces del escrutinio público, trabajaba con una pequeña y oscura pieza del rompecabezas. La leucemia era una enfermedad huérfana, abandonada por los internistas, que no tenían medicamentos que ofrecer para combatirla, y por los cirujanos, que no tenían manera alguna de operar la sangre. «En algunos sentidos, la leucemia —como dijo un médico— no había sido [siquiera] un cáncer antes de la Segunda Guerra Mundial.»41 Esta afección vivía en los territorios fronterizos de las enfermedades, como un paria que merodeara por disciplinas y departamentos, no muy diferente del propio Farber.

Si había un lugar al que la leucemia «pertenecía», era el de la hematología, el estudio de la sangre normal.42 De pretenderse encontrar una cura, razonaba Farber, habrá que estudiar la sangre. Si podía descubrir cómo se generaban los glóbulos sanguíneos normales, tal vez le fuera posible desandar el camino y dar con una manera de bloquear el desarrollo de las células leucémicas anormales. Su estrategia, entonces, consistía en abordar la enfermedad de lo normal a lo anormal: afrontar el cáncer al revés.

Gran parte de lo que Farber sabía de la sangre normal lo había aprendido de George Minot. Aristócrata delgado de incipiente calvicie e intensos ojos claros, Minot dirigía un laboratorio en una estructura de ladrillo y piedra engalanada con una columnata frente a la avenida Harrison de Boston, a escasos kilómetros del extenso complejo hospitalario de la avenida Longwood que incluía el Hospital Infantil. Como muchos hematólogos de Harvard, Farber había pasado por un breve período de capacitación con Minot en la década de 1920, para incorporarse luego al personal de aquel centro.

Cada década tiene un único enigma hematológico, y en la época de Minot ese enigma era la anemia perniciosa. La anemia es el déficit de glóbulos rojos, y su forma más común se debe a una falta de hierro, un nutriente crucial utilizado para la fabricación de esos glóbulos. Pero la anemia perniciosa, la poco habitual variante estudiada por Minot, no era causada por un déficit de hierro (en rigor, su nombre procede de su intransigencia al tratamiento convencional de la anemia con hierro). Mediante la alimentación de los pacientes con mejunjes cada vez más macabros —doscientos cincuenta gramos de hígado de pollo,43 hamburguesas a medio cocer, estómago de cerdo crudo e incluso, en una ocasión, los jugos gástricos regurgitados de uno de sus estudiantes44 (condimentados con manteca, limón y perejil)—,45 en 1926 Minot y su equipo de investigadores46 demostraron de manera concluyente que la anemia perniciosa estaba causada por la falta de un micronutriente crítico, una sola molécula identificada más adelante como la vitamina B12 47 En 1934 Minot y dos de sus colegas ganaron el premio Nobel por este innovador trabajo.48 Con él habían demostrado que el reemplazo de una sola molécula podía restablecer la normalidad de la sangre en esa compleja enfermedad hematológica. La sangre era un órgano cuya actividad podía ser iniciada o cancelada por interruptores moleculares.

Había otra forma de anemia nutricional de la que el grupo de Minot no se había ocupado, una anemia igualmente «perniciosa», aunque esta vez en el sentido moral de la palabra. A unos trece mil kilómetros de distancia de Boston, en los talleres textiles de Bombay (propiedad de comerciantes ingleses, pero administrados por sus feroces testaferros locales), los salarios habían caído a niveles tan bajos que los trabajadores vivían en una pobreza abyecta, malnutridos y sin atención médica.49 Cuando médicos ingleses hicieron análisis a estos trabajadores textiles en la década de 1920 para estudiar los efectos de esa malnutrición crónica, comprobaron que muchos de ellos, en especial las mujeres después de dar a luz, sufrían una grave anemia. (Esta fue otra más de las fascinaciones coloniales: crear las condiciones para que una población viviera en la miseria, y luego someterla a la experimentación social o médica.)

En 1928, una joven doctora inglesa llamada Lucy Wills, que acababa de licenciarse en la Facultad de Medicina para Mujeres de Londres, obtuvo una subvención para viajar a Bombay y estudiar esa anemia.50 Wills era una figura exótica entre los hematólogos, una mujer intrépida movida por una intensa curiosidad acerca de la sangre y dispuesta a viajar sin pensarlo mucho a un país remoto para resolver una misteriosa anemia. Conocía el trabajo de Minot. Pero, a diferencia de la anemia de este, Wills verificó que la de Bombay no podía revertirse con los mejunjes preparados por el médico estadounidense ni mediante la administración de vitamina B12. Para su propio asombro, comprobó que podía curarla con Marmite, una pasta oscura de extracto de levadura, popular por entonces entre los fanáticos de la salud de Inglaterra y Australia. Incapaz de determinar el nutriente químico clave de esa sustancia, le dio el nombre de «factor Wills».51

El factor Wills resultó ser ácido fólico o folato, una sustancia similar a las vitaminas presente en frutas y verduras (y en generosas cantidades en la Marmite). Cuando las células se dividen, deben hacer copias del ADN, el compuesto químico que transporta toda la información genética de una célula. El ácido fólico es un pilar fundamental para el ADN y, en consecuencia, tiene un papel vital en la división celular. Como los glóbulos sanguíneos se producen a un ritmo que es posiblemente el más tremendo de la división celular en el cuerpo humano —más de 300.000 millones de células por día—, la génesis de la sangre es particularmente dependiente del ácido fólico. En ausencia de este (en hombres y mujeres muy privados de verduras, como sucedía en Bombay), la producción de nuevos glóbulos sanguíneos en la médula se interrumpe. Millones de células no del todo maduras salen a borbotones para apilarse como objetos a medio terminar en un cuello de botella de una línea de montaje. La médula ósea se convierte en una fábrica disfuncional, un taller biológico malnutrido curiosamente reminiscente de los talleres textiles de Bombay.

Estos vínculos —entre las vitaminas, la médula ósea y la sangre normal— eran la preocupación de Farber a comienzos del verano de 1946. De hecho, su primer experimento clínico, inspirado por esa misma conexión, resultó ser un terrible error. Lucy Wills había observado que el ácido fólico, si se administraba a pacientes privados de nutrientes, podía restablecer la génesis normal de la sangre. Farber se preguntaba si su administración a niños con leucemia podía también restaurar la normalidad de su sangre. Sobre la base de esa tenue pista, obtuvo ácido fólico sintético, reclutó una cohorte de niños leucémicos y comenzó a inyectarles el ácido.

En los siguientes meses Farber comprobó que el ácido fólico, lejos de detener la progresión de la leucemia, en realidad la aceleraba. En un paciente, el recuento de glóbulos blancos casi se duplicó. En otro, las células leucémicas inundaron el torrente sanguíneo y enviaron su prole de células malignas a infiltrar la piel. Farber se apresuró a interrumpir el experimento. Calificó el fenómeno de aceleración, como si se tratara de un objeto peligroso en caída libre hacia su fin.52

La prueba enfureció a los pediatras del Hospital Infantil. Los análogos de folato no solo habían acelerado la leucemia; probablemente habían apresurado la muerte de los niños. Pero Farber estaba intrigado. Si el ácido fólico aceleraba las células leucémicas en los niños, ¿qué pasaría si se podía interrumpir su provisión con alguna otra sustancia, un antifolato? ¿Podría un fármaco que bloqueaba el desarrollo de los glóbulos blancos detener la leucemia?

Las observaciones de Minot y Wills comenzaban a encajar en una imagen brumosa. Si la médula ósea era, para empezar, una afanosa fábrica celular, una médula ocupada por la leucemia era esa misma fábrica llevada al límite, una trastornada unidad manufacturera de células cancerosas. Minot y Wills habían puesto en marcha las líneas de producción de la médula ósea mediante el agregado de nutrientes al cuerpo. Pero ¿podría apagarse una médula maligna si se sofocaba la provisión de nutrientes? ¿Podría la anemia de los trabajadores textiles de Bombay recrearse terapéuticamente en las unidades médicas de Boston?

En las largas caminatas desde su laboratorio en los sótanos del Hospital Infantil hasta su casa de la calle Amory, en Brookline, Farber pensaba sin pausa en ese posible fármaco.53 La cena, en los cuartos revestidos con paneles de madera oscura de la casa, era por lo común escasa y previsible. Su esposa, Norma, música y escritora, hablaba de ópera y poesía; Sidney, de autopsias, pruebas y pacientes. Por la noche, mientras él emprendía el camino de vuelta al hospital, acompañado con las tintineantes escalas de práctica del piano de Norma, la perspectiva de un fármaco contra el cáncer lo acosaba. Lo imaginaba palpable, visible, con el entusiasmo de un fanático. Pero no sabía qué era ni cómo llamarlo. La palabra quimioterapia, en el sentido que le damos hoy, nunca se había utilizado para medicamentos contra el cáncer.* El elaborado arsenal de «antivitaminas» que Farber había soñado tan vívidamente en sus fantasías no existía.

La provisión de ácido fólico utilizada por Farber en su primera y desastrosa prueba provenía del laboratorio de un viejo amigo, Yellapragada Subbarao (Subba Row), o Yella, como lo llamaba la mayoría de sus colegas. En muchos aspectos Yella era un pionero, un médico convertido en fisiólogo celular, un químico que había caído por accidente en la biología. Sus vagabundeos científicos habían sido presagiados por vagabundeos materiales más desesperados y aventureros. Había llegado a Boston en 1923 sin un centavo y con escasa preparación, tras terminar su formación médica en la India y obtener una beca para asistir a la Escuela de Salud Tropical de Harvard.54 Yella descubrió que el clima de Boston distaba de ser tropical. Imposibilitado para conseguir un empleo de médico en el glacial y tormentoso invierno (no tenía licencia para ejercer la medicina en Estados Unidos), comenzó a trabajar como celador nocturno en el Brigham and Women’s Hospital, abriendo puertas, cambiando sábanas y limpiando orinales.

La cercanía con la medicina tuvo su rédito. Subbarao hizo amistades y conexiones en el hospital y pasó a tener un puesto diurno como investigador en el Servicio de Bioquímica. Su proyecto inicial implicaba la extracción de moléculas de células vivas y su disección química para determinar su composición: en esencia, una «autopsia» bioquímica de las células. El enfoque exigía más persistencia que imaginación, pero rindió notables dividendos. Subbarao purificó una molécula llamada ATP, fuente de energía en todos los seres vivos (la ATP contiene la «energía» química de la célula), y otra de nombre creatina, transportadora de energía en las células musculares. Por sí solo, cualquiera de estos logros habría sido suficiente para garantizarle una cátedra en Harvard. Pero Subbarao era extranjero, un vegetariano dado a recluirse, nocturno y con un fuerte acento, que vivía en un piso de un solo cuarto en el centro, amigo solamente de otros reclusos nocturnos como Farber. En 1940, como se le negaban cargos y reconocimiento, Yella se marchó enfadado de Boston para trabajar en Lederle Labs, un laboratorio farmacéutico del norte del estado de Nueva York, propiedad de la American Cyanamid Corporation, donde se le había pedido que encabezara un grupo dedicado a la síntesis química.

En Lederle, Yella Subbarao reformuló rápidamente su antigua estrategia y se concentró en la fabricación de versiones sintéticas de los elementos químicos naturales que había encontrado dentro de las células, con la esperanza de utilizarlos como suplementos nutricionales. En la década de 1920, otra compañía farmacéutica, Eli Lilly, había ganado fortunas con la venta de una forma concentrada de vitamina B12, el nutriente que falta en la anemia perniciosa.55 Subbarao decidió fijar la atención en la otra variante de la enfermedad, la ignorada anemia del déficit de folato. Pero en 1946, tras muchos intentos fallidos de extraer la sustancia química del hígado de cerdos, modificó su táctica y comenzó a sintetizar ácido fólico desde cero, con la colaboración de un equipo de científicos.56

Las reacciones químicas para fabricar ácido fólico redundaron en un muy buen descubrimiento fortuito adicional. Como dichas reacciones tenían varios pasos intermedios, el equipo de Subbarao* podía crear variantes del ácido fólico por medio de ligeras alteraciones de la receta. Estas variantes —remedos moleculares estrechamente relacionados— tenían propiedades opuestas a lo que cabría esperar. La función habitual de las enzimas y los receptores celulares consiste en reconocer las moléculas por medio de su estructura química. Pero una estructura molecular «señuelo» —que imite muy fielmente la molécula natural— puede ligarse al receptor o la enzima y bloquear su acción, como una llave falsa que atranca una cerradura. Algunos de los remedos moleculares de Yella podían, de tal modo, comportarse como antagonistas del ácido fólico.

Esas eran precisamente las antivitaminas que habitaban las fantasías de Farber. Este escribió a Kiltie y Subbarao para preguntarles si podía utilizar sus antagonistas del folato en pacientes con leucemia. Subbarao aceptó. A finales del verano de 1947 el primer paquete de antifolato salido del laboratorio de Lederle en Nueva York llegaba al laboratorio de Farber.

El guante de Farber

A lo largo de los siglos el paciente de esta enfermedad fue sometido a casi todas las formas imaginables de experimentación. Los campos y los bosques, la botica y el templo se saquearon en busca de algún medio exitoso de alivio de este mal intratable. Casi ningún animal eludió su aporte, en pelo o cuero, dientes o uñas, timo o tiroides, hígado o bazo, en la vana búsqueda humana de un instrumento de alivio.

WILLIAM BAINBRIDGE1

La búsqueda de una manera de erradicar este azote ... ha quedado librada a un escarceo fortuito y una investigación carente de coordinación.

The Washington Post, 19462

A unos once kilómetros al sur del complejo hospitalario de Longwood, en Boston, el pueblo de Dorchester es un típico y pujante suburbio de Nueva Inglaterra, un triángulo encajado entre las fuliginosas aglomeraciones industriales al oeste y las bahías de tono gris verdoso del Atlántico al este. A finales de la década de 1940 oleadas de inmigrantes judíos e irlandeses —trabajadores de astilleros, fundidores, maquinistas de tren, pescadores y obreros fabriles— se instalaron allí, en filas de casas de ladrillo y tablillas que serpenteaban a lo largo de la avenida Blue Hill. Dorchester se reinventó como la quintaesencia de la población suburbana ideal para la familia, con parques y patios de juego a lo largo del río, un campo de golf, una iglesia y una sinagoga. Las tardes de los domingos las familias convergían en Franklin Park para caminar por sus frondosos senderos o contemplar los avestruces, los osos polares y los tigres de su zoológico.

El 16 de agosto de 1947, en una casa enfrente del zoológico, el hijo de un obrero naval de los astilleros de Boston cayó misteriosamente enfermo con una fiebre leve cuyas oscilaciones a lo largo de las dos semanas siguientes no respondían a patrón alguno, y tras ella un letargo y una palidez crecientes. Robert Sandler tenía dos años. Su hermano mellizo, Elliott, era un niño que apenas empezaba a andar, activo y angelical de salud perfecta.3

Diez días después de su primera fiebre el estado de Robert empeoró de manera significativa. La temperatura subió. El color de la tez pasó de rosado a un espectral blanco lechoso. Lo trasladaron al Hospital Infantil de Boston. El bazo, un órgano del tamaño de un puño que almacena y produce sangre (por lo común apenas palpable debajo de la caja torácica), estaba notoriamente agrandado, sobre todo en la parte inferior, como una bolsa cargada en exceso. Una gota de sangre observada bajo el microscopio de Farber reveló la identidad de su enfermedad; miles de inmaduros blastos leucémicos linfoides se dividían a un ritmo frenético y sus cromosomas se aglomeraban y desaglomeraban, como diminutos puños apretados que se abrieran y volvieran a cerrarse.

Sandler llegó al Hospital Infantil apenas unas semanas después de que Farber recibiera su primer paquete de Lederle. El 6 de septiembre de 1947 el médico comenzó a inyectarle ácido pteroilaspártico (PAA por sus siglas en inglés), el primero de los antifolatos de Lederle.4 (No era habitual exigir el consentimiento para realizar el ensayo clínico de un fármaco, ni siquiera cuando este era tóxico. De vez en cuando los padres recibían una información somera sobre el ensayo; casi nunca se informaba ni se consultaba a los niños. El Código de Nuremberg para la experimentación humana, que exige el consentimiento explícito y voluntario de los pacientes, se redactó el 9 de agosto de 1947, menos de un mes antes del ensayo con el PAA. Es dudoso que Farber, en Boston, hubiese oído hablar siquiera de un código sobre el requisito del consentimiento.)

El PAA surtió escaso efecto. A lo largo del siguiente mes el letargo de Sandler fue en aumento. El niño desarrolló una cojera como consecuencia de la presión de la leucemia sobre la médula espinal. Aparecieron dolores en las articulaciones y otros violentos dolores migratorios. Luego, la leucemia irrumpió en uno de los huesos del muslo, causando una fractura y desencadenando un dolor cegadoramente intenso e indescriptible. Hacia diciembre el caso parecía desesperado. La punta del bazo de Sandler, más densa que nunca a causa de las células leucémicas, cayó hasta la pelvis. El niño estaba retraído, indiferente, hinchado y pálido y se encontraba al borde de la muerte.

Sin embargo, el 28 de diciembre Farber recibió de Subbarao y Kiltie una nueva versión del antifolato, la aminopterina, un fármaco que mostraba un pequeño cambio con respecto a la estructura del PAA. En cuanto tuvo la sustancia farmacológica en sus manos, Farber comenzó a inyectar al niño con la esperanza, a lo sumo, de un breve aplazamiento en la evolución del cáncer.

La respuesta fue notoria. El recuento de glóbulos blancos, que había escalado a niveles astronómicos —diez mil en septiembre, veinte mil en noviembre y casi setenta mil en diciembre— dejó de repente de crecer y se mantuvo en una meseta. Luego, hecho aún más notable, comenzó a caer efectivamente y los blastos leucémicos menguaron poco a poco en la sangre hasta casi desaparecer. Para fin de año, el recuento había disminuido hasta alrededor de una sexta parte de su valor máximo y rozaba un nivel casi normal. El cáncer no había desaparecido —bajo el microscopio todavía se observaban glóbulos blancos malignos—, pero había cedido temporalmente, congelado en un punto muerto hematológico en el helado invierno bostoniano.

El 13 de enero de 1948 Sandler volvió a la clínica, caminando por sí solo por primera vez en dos meses. El bazo y el hígado se habían reducido de manera tan espectacular que la ropa del niño, señaló Farber, caía «floja en torno al abdomen». Robert ya no tenía hemorragias. Mostraba un hambre voraz, como si tratara de recuperar seis meses de comidas perdidas. En febrero, indicó Farber, el estado de alerta, la nutrición y la actividad del niño eran iguales a los de su hermano mellizo. Durante más o menos un mes, Robert y Elliott Sandler volvieron a parecer idénticos.

La remisión de Sandler, sin precedentes en la historia de la leucemia, desencadenó un torbellino de actividad para Farber. Hacia comienzos del invierno de 1948 había más niños en su clínica: un varón de tres años al que habían llevado por un dolor de garganta y una niña de dos años y medio con bultos en la cabeza y el cuello, a quienes se diagnosticó finalmente una leucemia linfoblástica aguda. Bajo un diluvio de antifolatos enviados por Yella y con pacientes que los necesitaban con desesperación, Farber reclutó en su ayuda a otros médicos: un hematólogo llamado Louis Diamond y un grupo de asistentes compuesto por James Wolff, Robert Mercer y Robert Sylvester.

Con su primer ensayo clínico Farber había enfurecido a las autoridades del Hospital Infantil. El segundo fue demasiado para ellas. El personal del hospital decidió por votación sacar a todos los médicos internos de pediatría de la unidad de quimioterapia para la leucemia (se estimaba que el ambiente en las salas dedicadas a esta enfermedad era demasiado desesperado y experimental, y por lo tanto contraproducente para la educación médica): en esencia, la medida significaba dejar que Farber y sus asistentes se encargaran por sí solos de todo lo concerniente a la atención de los pacientes.5 Como señaló un cirujano, los niños con cáncer solían estar «escondidos en los lugares más recónditos de las salas del hospital».6 De todas maneras, estaban en su lecho de muerte, argumentaban los pediatras; ¿no sería más amable y generoso, insistían algunos, «dejarlos morir en paz»?7 Cuando un clínico sugirió que los novedosos «productos químicos» de Farber se reservaran como recurso de última instancia para los niños leucémicos, este, recordando su anterior labor de patólogo, replicó: «Para entonces, el único producto químico que necesitaremos será el líquido para embalsamar».8

Farber equipó el cuarto trasero de una sala cercana a los baños para que sirviera de clínica improvisada. Su reducido personal se alojó en diversos espacios sin uso del Departamento de Patología: cuartos traseros, huecos de escaleras y oficinas vacías. El apoyo institucional era mínimo.9 Los asistentes de Farber afilaban sus propias agujas de médula ósea, una práctica tan anticuada como la de un cirujano que afilara sus bisturíes en una rueda.10 El grupo seguía con puntillosa atención el desarrollo de la enfermedad en los pacientes: había que dejar asentados todos los recuentos de glóbulos, todas las transfusiones, todas las fiebres. Si iban a vencer a la leucemia, Farber quería que cada minuto de la batalla quedara registrado para la posteridad, aun cuando nadie más estuviera dispuesto a verla.

Ese invierno de 1948 un frío cortante y lúgubre cayó sobre Boston. Arreciaron las tormentas de nieve y, como consecuencia, la clínica de Farber quedó paralizada. El estrecho camino de asfalto que llevaba a la avenida Longwood estaba cubierto de aguanieve lodosa y los túneles del sótano, poco caldeados aun en otoño, eran ahora un congelador. Resultaba imposible aplicar inyecciones diarias de antifolato, por lo que el equipo de Farber decidió reducirlas a tres por semana. En febrero, cuando las tormentas cedieron, se volvió al ritmo de la aplicación diaria.

Entretanto, las noticias sobre la experiencia de Farber con la leucemia infantil comenzaban a difundirse y un lento cortejo de niños empezaba a llegar a su clínica. Y caso por caso surgía un patrón increíble: los antifolatos podían reducir el recuento de células leucémicas y a veces provocaban su completa desaparición, al menos por un tiempo. Hubo otras remisiones tan espectaculares como la de Sandler. Dos varones tratados con aminopterina regresaron a la escuela.11 Una niña de dos años y medio empezó a «jugar y corretear» tras siete meses en cama.12 La normalidad de la sangre casi devolvía una trémula y momentánea normalidad a la infancia.

Pero siempre sucedía lo mismo. Después de unos meses de remisión había una recaída inevitable en el cáncer, que en última instancia invalidaba el efecto de los más potentes fármacos de Yella. Las células aparecían nuevamente en la médula ósea, luego invadían la sangre y ni siquiera los antifolatos más activos eran capaces de reducir su crecimiento. Robert Sandler murió en 1948, tras haber respondido al tratamiento durante algunos meses.

No obstante, las remisiones, aunque temporales, eran auténticas... e históricas. Hacia abril de 1948 había datos suficientes para redactar un trabajo preliminar destinado al New England Journal of Medicine.13 El equipo había tratado a dieciséis pacientes. De ellos, diez habían respondido. Y cinco niños —alrededor de un tercio del grupo inicial— habían vivido entre cuatro y seis meses después de su diagnóstico. En la leucemia, seis meses de supervivencia eran una eternidad.

El trabajo de Farber, publicado el 3 de junio de 1948, tenía siete páginas de extensión, llenas a rebosar de cuadros, figuras, fotografías de imágenes microscópicas, valores de laboratorio y recuentos globulares. Su lenguaje era almidonado, formal, imparcial y científico. No obstante, como todos los grandes trabajos médicos, era apasionante. Y como todas las buenas novelas, era intemporal: leerlo hoy es presenciar entre bambalinas la tumultuosa vida de la clínica de Boston, con sus pacientes que se aferraban a la vida mientras Farber y sus asistentes se lanzaban a la búsqueda de nuevos medicamentos contra una espantosa enfermedad que no hacía más que retirarse por un momento para luego reaparecer. La trama tenía un planteamiento, un nudo y, lamentablemente, un desenlace.

Según recuerda un científico, el artículo fue recibido «con escepticismo, incredulidad e indignación».14 Pero para Farber el estudio transmitía un mensaje tentador: el cáncer, aun en su forma más agresiva, había sido tratado con un medicamento, un producto químico. En seis meses transcurridos entre 1947 y 1948, Farber vio así abrirse —breve, seductoramente— una puerta que luego volvió a cerrarse bajo siete llaves. Y a través de ella vislumbró una posibilidad deslumbrante. La desaparición de un agresivo cáncer sistémico por medio de una sustancia química carecía virtualmente de precedentes en la historia de la enfermedad. En el verano de 1948, al realizar la biopsia de la médula de un niño tras el tratamiento con aminopterina, un asistente de Farber observó incrédulo los resultados. «La médula ósea parecía tan normal —escribió— que se podía soñar con una cura.»15

Y con eso soñaba Farber. Soñaba con la muerte de las células malignas por obra de sustancias anticancerosas específicas, y con la regeneración de las células normales que recuperarían entonces sus espacios fisiológicos; soñaba con toda una gama de antagonistas sistémicos capaces de diezmar las células malignas, y soñaba con curar la leucemia por medio de la química para aplicar luego su experiencia con una y con otra a tipos más comunes de cáncer. Arrojaba el guante a la medicina del cáncer. Tocaba entonces a toda una generación de médicos y científicos recogerlo.

Una peste privada

Nos revelamos en las metáforas que escogemos para describir el cosmos en miniatura.

STEPHEN JAY GOULD1

Así, durante tres mil años o más, la profesión médica ha conocido esta enfermedad. Y durante tres mil años o más la humanidad ha golpeado a la puerta de la profesión médica en busca de una «cura».

Fortune, marzo de 19372

Hoy toca al cáncer ser la enfermedad que entra sin llamar.

SUSAN SONTAG, La enfermedad y sus metáforas3

Solemos pensar en el cáncer como una enfermedad «moderna» porque sus metáforas lo son, y tanto. Es una enfermedad de sobreproducción, de crecimiento fulminante: crecimiento imparable, crecimiento inclinado sobre el abismo del descontrol. La biología moderna nos insta a imaginar la célula como una máquina molecular. El cáncer es esa máquina en su incapacidad de desactivar su orden inicial (crecer), y transformada con ello en un autómata indestructible y autopropulsado.

La idea del cáncer como una aflicción que pertenece de manera paradigmática al siglo XX recuerda, como Susan Sontag sostuvo con tanto vigor en su libro La enfermedad y sus metáforas, otra enfermedad considerada antaño emblemática de otra era: la tuberculosis en el siglo XIX. Ambas, como Sontag señaló con agudeza, eran parecidamente «obscenas, en el sentido original de la palabra: de mal agüero, abominables, repugnantes a los sentidos». Ambas agostan la vitalidad; ambas extienden el encuentro con la muerte, y en ambos casos es la agonía, aún más que la muerte, lo que define la enfermedad.

Con todo, a pesar de esos paralelismos, la tuberculosis pertenece a otro siglo. También llamada consunción, era el romanticismo victoriano llevado a su extremo patológico: febril, inexorable, jadeante y obsesiva. Era una enfermedad de poetas: John Keats en su regresión silenciosa hacia la muerte en una pequeña habitación que dominaba la plaza España de Roma,4 o Byron, un romántico obsesivo, que fantaseaba con morir de esa enfermedad para impresionar a sus amantes. «La muerte y la enfermedad suelen ser bellas, como ... el resplandor palpitante de la consunción», escribió Thoreau en 1852.5 En La montaña mágica de Thomas Mann ese «resplandor palpitante» libera una febril fuerza creativa en sus víctimas: una fuerza esclarecedora, edificante y catártica que también parece estar cargada con la esencia de su época.

En el cáncer, sin embargo, abundan imágenes más contemporáneas. La célula cancerosa es un individualista desesperado: «un inconformista, en todos los sentidos posibles», según escribió el cirujano y autor Sherwin Nuland.6 La palabra metástasis, utilizada para describir la migración del cáncer de un sitio a otro, es una curiosa mezcla de meta y stasis —«más allá de la quietud» en griego—, un estado sin amarras, parcialmente inestable, que hace eco a la singular inestabilidad de la modernidad. Si la consunción mataba otrora a sus víctimas por medio de la evisceración patológica (el bacilo de la tuberculosis ahueca gradualmente el pulmón), el cáncer nos asfixia al llenar el cuerpo con demasiadas células; es consunción en su significado alternativo, la patología del exceso. El cáncer es una enfermedad expansionista; invade los tejidos, establece colonias en paisajes hostiles, busca un «santuario» en un órgano y luego migra a otro. Vive desesperada, inventiva, feroz, territorial, astuta y defensivamente; por momentos, como si nos enseñara a sobrevivir. Confrontar al cáncer es ponerse frente a una especie paralela, quizá aún más adaptada que nosotros a la supervivencia.

Si esta imagen —la del cáncer como nuestro desesperado y malévolo doppelgänger contemporáneo— nos inquieta tanto, es porque describe, al menos parcialmente, una verdad. Una célula cancerosa es una pasmosa perversión de la célula normal. El cáncer es un invasor y colonizador fenomenalmente exitoso, en parte, porque explota las características mismas que nos hacen exitosos como especie o como organismo.

Al igual que la célula normal, la célula cancerosa depende del crecimiento en el sentido más básico y elemental: la división de una célula para formar dos. En los tejidos normales este proceso tiene una delicada regulación, de manera tal que señales específicas estimulan el crecimiento y otras lo detienen. En el cáncer, el crecimiento desenfrenado da origen a una generación tras otra de células. Los biólogos utilizan el término clon para describir células que comparten un ancestro genético común. El cáncer, hoy lo sabemos, es una enfermedad clonal. Casi todos los cánceres conocidos tienen su origen en una célula ancestral que, tras adquirir la capacidad de dividirse ilimitadamente y sobrevivir, genera una cantidad sin límite de descendientes: el omnis cellula e cellula e cellula de Virchow repetido ad infinitum.

Pero el cáncer no es simplemente una enfermedad clonal: es una enfermedad clonalmente evolutiva. Si el crecimiento se produjera sin evolución, las células cancerosas no estarían imbuidas de su potente capacidad de invadir, sobrevivir y hacer metástasis. Cada generación de células cancerosas crea un pequeño número de células que son genéticamente diferentes de sus progenitores. Cuando una sustancia quimioterapéutica o el sistema inmunológico atacan el cáncer, los clones mutantes que pueden ofrecer resistencia al ataque se desarrollan. Las células cancerosas más aptas sobreviven. Este amargo y despiadado ciclo de mutación, selección y crecimiento excesivo genera células que están cada vez más adaptadas a la supervivencia y el crecimiento. En algunos casos, las mutaciones aceleran la adquisición de otras mutaciones. La inestabilidad genética, como una locura perfecta, no hace sino dar mayor impulso a la generación de clones mutantes. De tal modo, el cáncer explota la lógica fundamental de la evolución como ninguna otra enfermedad. Si nosotros, como especie, somos el producto final de la selección darwiniana, también lo es entonces esta increíble enfermedad que acecha dentro de nuestro cuerpo.

Seducciones metafóricas de esta naturaleza pueden llevarnos demasiado lejos, pero son inevitables en un tema como el del cáncer. Para la escritura de este libro empecé por imaginar mi proyecto como una «historia» del cáncer. Pero tenía la sensación ineludible de que no escribía sobre algo sino sobre alguien. El tema elegido se metamorfoseaba día a día en algo que se asemejaba a un individuo: una imagen enigmática, aunque un tanto desquiciada, en el espejo. Lo que hacía era menos la historia médica de una enfermedad que algo más personal, más visceral: su biografía.

Para empezar, entonces, y visto que todos los biógrafos deben ocuparse del nacimiento de su biografiado: ¿cuándo «nació» el cáncer? ¿Qué edad tiene? ¿Quién fue el primero en documentarlo como una enfermedad?

En 1862, Edwin Smith —un personaje fuera de lo común: en parte erudito y en parte mercachifle, falsificador de antigüedades y egiptólogo autodidacta— compró (o robó, dicen algunos) un papiro de cuatro metros y medio de largo a un anticuario de Luxor, Egipto.7 El estado del papiro era calamitoso, con páginas amarillentas y en proceso de desintegración, llenas de caligrafía cursiva egipcia. Hoy se cree que fue escrito en el siglo XVII a. C. y que es la transcripción de un manuscrito de alrededor de 2500 a. C. El copista —un plagiario terriblemente apurado— había cometido errores mientras garrapateaba, y en los márgenes hay abundantes correcciones en tinta roja.

Traducido en 1930, en nuestros días se estima que el papiro contiene una compilación de las enseñanzas de Imhotep, un gran médico egipcio que vivió en torno a 2625 a. C. Este Imhotep, uno de los pocos individuos no pertenecientes al linaje real que conocemos en el reino antiguo, era un hombre renacentista situado en el centro de un generalizado renacimiento egipcio. Como visir en la corte del rey Zoser, mostró cierto interés en la neurocirugía, hizo algunos escarceos en materia arquitectónica, así como tempranas incursiones en astrología y astronomía. Incluso los griegos, al dar con la fiera e intensa onda expansiva de su intelecto mientras marchaban a través de Egipto, lo imaginaron como un mago antiguo y lo fundieron con su propio dios médico, Asclepios.

Pero la característica sorprendente del papiro de Smith no radica en la magia y la religión, sino en su ausencia. En un mundo sumergido en hechizos, encantamientos y conjuros, Imhotep hablaba de huesos rotos y vértebras dislocadas con un vocabulario científico objetivo y aséptico, como si escribiera un manual quirúrgico moderno. Los cuarenta y ocho casos del papiro —fracturas de la mano, abscesos abiertos en la piel o huesos destrozados del cráneo— se abordan como afecciones médicas y no como fenómenos ocultos, y cada uno de ellos cuenta con su glosario anatómico, su diagnóstico, su informe y su pronóstico.

Y el cáncer aparece por primera vez como una enfermedad por derecho propio bajo la esclarecedora luz de un cirujano de la Antigüedad. En la descripción del caso número cuarenta y cinco, Imhotep aconseja:

Si examinas [un caso] con masas abultadas en [el] pecho y compruebas que se han diseminado por él; si pones la mano en [los] pechos y los sientes fríos, sin fiebre alguna en ellos cuando los tocas; no tienen granulaciones, no contienen fluidos y no producen ninguna descarga líquida, pero aparecen protuberantes al tacto, debes decir al respecto: «Tengo que enfrentarme aquí con un caso de masas abultadas. ... Los tumores abultados del pecho implican la existencia de hinchazones en él, grandes, extendidas y duras; tocarlas es como tocar una bola de vendas, o bien puede comparárselas a un fruto sanguíneo no maduro, duro y frío al tacto».8

Una «masa abultada en el pecho», fría, dura, densa como un fruto de sangre, y que se propaga insidiosamente bajo la piel: cuesta encontrar una descripción más vívida del cáncer de mama. Cada caso del papiro era seguido por un conciso examen de los tratamientos, aunque solo fueran paliativos: leche derramada en los oídos de los pacientes neuroquirúrgicos, emplastos para las heridas, bálsamos para las quemaduras. Pero en el caso cuarenta y cinco Imhotep exhibe un silencio atípico. En la sección titulada «Cura» propone una lacónica frase: «No hay ninguna».

Con esa admisión de impotencia, el cáncer virtualmente desapareció de la historia médica antigua. Otras enfermedades recorrieron cíclica y violentamente el planeta, dejando sus crípticas huellas en leyendas y documentos. Una furiosa peste —tifus, tal vez— azotó la ciudad portuaria de Avaris en 1715 a. C., diezmando su población.9 Hubo volcánicas erupciones localizadas de viruela, enfermedad que dejó sus reveladoras marcas en el rostro de Ramsés V en el siglo XII a. C.10 La tuberculosis fluyó y refluyó a través del valle del Indo como sus inundaciones estacionales.11 Pero el cáncer vivió en los intersticios de estas epidemias masivas; existió en silencio, sin dejar huellas de fácil identificación en la literatura médica, ni en ninguna otra.

Para volver a oír hablar de él tenemos que esperar más de dos milenios después de la descripción de Imhotep. Y se trata otra vez de una enfermedad envuelta en el silencio, una vergüenza privada. En sus expansivas Historias, escritas alrededor de 440 a. C., el historiador griego Heródoto menciona la historia de Atosa, reina de Persia, súbitamente afectada por una enfermedad poco común.12 Atosa era hija de Ciro y esposa de Darío, los emperadores aqueménidas de legendaria brutalidad que gobernaron consecutivamente una vasta extensión de tierras desde Lidia, en las costas del Mediterráneo, hasta Babilonia, sobre el golfo Pérsico. En medio de su reinado, Atosa notó la presencia de un bulto sangrante en el pecho, que tal vez tuviera su origen en una forma particularmente maligna de cáncer de mama calificada de inflamatoria (en el cáncer de mama inflamatorio las células malignas invaden los ganglios linfáticos del pecho y generan una masa enrojecida e hinchada).

Si Atosa hubiera querido, toda una comitiva de médicos, desde Babilonia a Grecia, habría acudido en tropel a su cabecera para atenderla. Pero la reina se hundió en cambio en una feroz e impenetrable soledad. Sometida a una cuarentena autoimpuesta, se envolvió en sábanas. Es posible que los médicos de Darío hubieran intentado tratarla, pero sin éxito. Finalmente, un esclavo griego llamado Democedes la convenció y la reina lo autorizó a extirparle el tumor.

Poco después de la operación Atosa desaparece misteriosamente del texto de Heródoto. Para este, ella no es más que un giro menor de la trama. No sabemos si el tumor reapareció ni cómo o cuándo murió la reina, pero la intervención fue al menos un éxito temporal. Gracias a Democedes, Atosa vivió. Y esa recuperación sobre el dolor y la enfermedad la sumió en un frenesí de gratitud y ambiciones territoriales. Darío había planeado una campaña contra Escitia, en la frontera oriental de su imperio. Aguijoneada por Democedes, que quería volver a su tierra natal, Atosa rogó a su esposo que trasladara su campaña al oeste e invadiera Grecia. Ese viraje del Imperio Persa del este al oeste y la serie de Guerras Médicas que siguieron señalarían uno de los momentos definitivos en la historia inicial de Occidente. Fue el tumor de Atosa, pues, el que lanzó mil naves a la mar. Aun como enfermedad clandestina, el cáncer dejaba su huella digital en el mundo antiguo.

Pero Heródoto e Imhotep son narradores, y como todas las historias, las suyas tienen lagunas e inconsistencias. Los «cánceres» descritos por ellos pueden haber sido auténticas neoplasias, pero también es posible que se tratara de una confusa descripción de abscesos, úlceras, verrugas o lunares. Los únicos casos irrefutables de cáncer en la historia son aquellos en que, de algún modo, el tejido maligno se ha preservado. Y para encontrarse cara a cara con uno de esos cánceres —para mirar realmente a los ojos a la antigua enfermedad—, es preciso viajar a un sitio sepulcral de mil años de antigüedad en una remota planicie barrida por la arena en el extremo sur del Perú.

La planicie se encuentra en el borde septentrional del desierto de Atacama, una franja reseca y desolada de casi mil kilómetros de largo, inmovilizada bajo la sombra de sotavento del gigantesco plegamiento de los Andes que desde el sur del Perú penetra en Chile. Continuamente barrido por un viento cálido y seco, el terreno no ha recibido lluvias en toda su historia documentada. Cuesta imaginar que la vida humana haya florecido alguna vez en él, pero así fue. La planicie está sembrada de cientos de tumbas, pequeñas fosas superficiales excavadas en la arcilla y luego cuidadosamente revestidas con piedras. A lo largo de los siglos fueron asoladas por perros, tormentas y ladrones de tumbas, que exhumaban así la historia.

Las tumbas contienen los restos momificados de integrantes de la tribu chiribaya. Los chiribayas no se esforzaban por preservar a sus muertos, pero el clima es casi providencialmente perfecto para la momificación. La arcilla filtra el agua y los fluidos del cuerpo desde abajo, y el viento seca los tejidos desde arriba. Los cuerpos, a menudo sentados, quedan así rápidamente congelados en el tiempo y el espacio.

En 1990 uno de esos grandes y resecos sitios sepulcrales, que contenía unos ciento cuarenta cuerpos, atrajo la atención de Arthur Aufderheide, un profesor de la Universidad de Minnesota en Duluth. Aufderheide es patólogo de formación, pero su especialidad es la paleopatología, el estudio de los especímenes antiguos. Sus autopsias, a diferencia de las de Farber, no se llevan a cabo en pacientes muertos hace poco, sino en restos momificados descubiertos en sitios arqueológicos. Aufderheide almacena estos especímenes humanos en pequeños recipientes estériles de leche, depositados en una cámara abovedada de Minnesota. Hay en sus gabinetes casi cinco mil fragmentos de tejido, decenas de biopsias y cientos de esqueletos incompletos.

En el sitio chiribaya, Aufderheide instaló una mesa de disección improvisada y realizó ciento cuarenta autopsias a lo largo de varias semanas.13 Uno de los cuerpos le permitió hacer un extraordinario hallazgo. La momia pertenecía a una mujer de no mucho más de treinta años, sentada, con los pies hacia arriba, en una tumba poco profunda de arcilla. Cuando Aufderheide la examinó, sus dedos se toparon con una «masa bulbosa» dura en el antebrazo izquierdo. Los pliegues apergaminados de piel, extraordinariamente conservados, cedían ante esa masa, que estaba intacta y tachonada de espículas de hueso. Se trataba, sin duda, de un tumor óseo maligno, un osteosarcoma, un cáncer milenario preservado dentro de una momia. Aufderheide sospecha que el tumor atravesó la piel mientras la mujer todavía vivía. Aun los osteosarcomas pequeños pueden provocar un dolor inimaginable. El dolor de la mujer, sugiere el paleopatólogo, debe de haber sido cegadoramente intenso.

Aufderheide no es el único paleopatólogo que ha encontrado cánceres en especímenes momificados. (Debido a que forman un tejido endurecido y calcificado, los tumores óseos tienen muchas más probabilidades de sobrevivir durante varios siglos, y son los mejor conservados.) «Hay otros cánceres hallados en momias en los que se ha preservado el tejido maligno. El más antiguo es un cáncer abdominal de Dakhleh, en Egipto, más o menos del siglo IV d. C.», dijo Aufderheide. En otros casos, los paleopatólogos no encontraron los tumores mismos, sino signos dejados por ellos en el cuerpo. Algunos esqueletos estaban repletos de diminutos agujeros provocados por el cáncer en el cráneo o los huesos de los hombros, y derivados de la metástasis de un cáncer de piel o de mama. En 1914 un equipo de arqueólogos descubrió una momia egipcia de dos mil años de antigüedad en las catacumbas de Alejandría, con un tumor que invadía el hueso pélvico.14 Louis Leakey, el arqueólogo que sacó a la luz a algunos de los primeros esqueletos humanos conocidos, también descubrió en un sitio cercano una mandíbula de dos millones de años que tenía los signos de una forma peculiar de linfoma endémico en el sudeste de África (aunque el origen de este tumor nunca se confirmó patológicamente).15 Si ese descubrimiento representa en efecto una vieja marca de neoplasia maligna, habrá que deducir que el cáncer, lejos de ser una enfermedad «moderna», es uno de los males más antiguos jamás vistos en un espécimen humano: muy posiblemente, el más antiguo.

La revelación más sorprendente, empero, no es que el cáncer existió en el pasado remoto, sino que era raro y fugaz. Cuando le pregunté a Aufderheide al respecto, se rió. «La historia primitiva del cáncer —me dijo— es que hay muy poca historia primitiva del cáncer.»16 Los mesopotámicos conocían las migrañas; los egipcios tenían una palabra para denominar las convulsiones. Una enfermedad parecida a la lepra, tsara’at, se menciona en el libro del Levítico.17 Los Vedas hindúes contienen un término médico para designar la hidropesía y una diosa específicamente dedicada a la viruela. La tuberculosis era tan omnipresente y familiar para los antiguos que —como en el caso del hielo para los esquimales— existían distintas palabras para cada una de sus encarnaciones. Pero los cánceres comunes, como el de mama, el de pulmón y el de próstata, están notoriamente ausentes. Con pocas y notables excepciones, en la vasta extensión de la historia médica no hay libro ni divinidad para el cáncer.

Varias razones explican esta ausencia. El cáncer es una enfermedad relacionada con la edad, a veces de manera exponencial. El riesgo de sufrir cáncer de mama, por ejemplo, es de alrededor de uno entre cuatrocientos en una mujer de treinta años y aumenta a uno entre nueve para las mujeres de setenta.18 En la mayoría de las sociedades antiguas la gente no vivía lo suficiente para tener cáncer. Hombres y mujeres fueron durante mucho tiempo consumidos por la tuberculosis, la hidropesía, el cólera, la viruela, la lepra, la peste o la neumonía. Si el cáncer existía, permanecía sumergido bajo el mar de las otras enfermedades. En rigor, su aparición en el mundo es el producto de un doble negativo: solo se torna común con la eliminación de todas las otras enfermedades letales. Los médicos del siglo XIX solían vincularlo a la civilización: esta enfermedad, suponían, era causada por la prisa y el vértigo de la vida moderna, que de algún modo incitaba el crecimiento patológico en el cuerpo. El vínculo era correcto, pero la causalidad no: la civilización no causó el cáncer sino que, al extender la duración de la vida humana, lo sacó a la luz.

La longevidad, aunque sin duda es el factor que más contribuye a la prevalencia del cáncer a comienzos del siglo XX, probablemente no sea el único. Nuestra capacidad de detectarlo de manera cada vez más temprana y de atribuirle muertes con exactitud también experimentó un aumento espectacular en el siglo pasado. La muerte de un niño con leucemia en la década de 1850 habría sido atribuida a un absceso o una infección (o, como hubiera dicho Bennett, a una «supuración de la sangre»). Y las técnicas de la cirugía, la biopsia y la autopsia han aguzado aún más nuestra capacidad de diagnosticar el cáncer. La introducción de la mamografía para detectar el cáncer de mama en las primeras etapas de su desarrollo incrementó de forma pronunciada su incidencia, un resultado paradójico, en apariencia, que se comprende a la perfección cuando sabemos que los rayos X permiten detectar tumores menos avanzados.

Para terminar, los cambios en la estructura de la vida moderna han modificado radicalmente el espectro de los cánceres: se ha aumentado la incidencia de algunos y se ha reducido la de otros. El cáncer de estómago, por ejemplo, tuvo elevada prevalencia en algunas poblaciones hasta finales del siglo XIX, quizá como consecuencia de varios carcinógenos presentes en los reactivos y conservantes utilizados para encurtir, y exacerbados por la infección endémica contagiosa con una bacteria que causa justamente ese tipo de cáncer. Con la introducción de la refrigeración moderna (y posiblemente con el progreso de la higiene pública que redujo los índices de infección endémica), la epidemia de cáncer de estómago parece haber cedido. En contraste, la incidencia del cáncer de pulmón en los hombres creció drásticamente en los años cincuenta como resultado de la expansión del hábito de fumar desde comienzos del siglo XX. En las mujeres, una cohorte que empezó a fumar en la década de 1950, la incidencia de este cáncer no ha alcanzado todavía su punto culminante.

La consecuencia de estos cambios demográficos y epidemiológicos fue y sigue siendo enorme. En 1900, como señaló Roswell Park, la tuberculosis era, con mucho, la causa más común de muerte en Estados Unidos. Le seguían la neumonía (William Osler, el famoso médico de la Universidad Johns Hopkins, la llamaba «capitán de los hombres de la muerte»),19 la diarrea y la gastroenteritis. El cáncer todavía ocupaba un rezagado séptimo puesto.20 Hacia comienzos de la década de 1940 había avanzado hasta el segundo lugar de la lista, inmediatamente detrás de las enfermedades cardíacas.21 En ese mismo lapso, la esperanza de vida de los estadounidenses se había incrementado en alrededor de veintiséis años.22 La proporción de personas de más de sesenta años —la edad en que la mayor parte de los cánceres comienzan a atacar— casi se había duplicado.

Pero pese al carácter poco frecuente de los cánceres antiguos, es imposible olvidar el tumor que se desarrolló en los huesos de la momia de una mujer de treinta y cinco años examinada por Aufderheide. La mujer debe de haberse preguntado por el insolente dolor que le roía el hueso y el bulto que le aparecía lentamente en el brazo. Es difícil mirar el tumor y no apartarse con la sensación de que nos hemos topado con un poderoso monstruo en su infancia.

Onkos

La bilis negra sin hervir provoca cánceres.

GALENO, 130 d. C.1

No hemos aprendido nada, por tanto, de la causa real del cáncer o de su verdadera naturaleza. Estamos donde estaban los griegos.

FRANCIS CARTER WOOD en 19142

Es la mala bilis. Son los malos hábitos. Son los malos jefes. Son los malos genes.

MEL GREAVES, Cancer: The Evolutionary Legacy, 20003

En algunos aspectos, la enfermedad no existe hasta que acordamos que lo haga, al percibirla, nombrarla y darle una respuesta.

CHARLES E ROSENBERG4

Hasta un monstruo antiguo necesita un nombre. Bautizar una enfermedad es describir cierto estado de sufrimiento: un acto literario antes de ser un acto médico. Mucho antes de convertirse en objeto del escrutinio médico, un paciente es, ante todo, simplemente un cronista, un narrador del sufrimiento, un viajero que ha visitado el reino de los enfermos. Para aliviar una enfermedad es preciso, entonces, empezar por descargarle de su historia.

Los nombres de las enfermedades antiguas son en sí mismos historias condensadas. El tifus, una enfermedad tormentosa, con fiebres erráticas y vaporosas, debe su nombre al griego typhon, el padre de los vientos, una palabra que también da origen al tifón moderno. Influenza (término inglés para «gripe») proviene del latín influentia porque los médicos medievales imaginaban que las estrellas y los planetas, en los giros que los acercaban y los alejaban de la Tierra, influían sobre las epidemias cíclicas de gripe. Tuberculosis se formó a partir del latín tuber, con referencia a los bultos inflamados de ganglios que tenían la apariencia de pequeños tubérculos. La tuberculosis linfática, tuberculosis de los ganglios linfáticos, se denominó escrófula sobre la base de la palabra latina que significa ‘cochinillo’, evocación de la imagen bastante mórbida de una cadena de ganglios inflamados y alineados como un grupo de cerdos que estuvieran mamando.

La primera aparición de una palabra para designar el cáncer en la literatura médica data de la época de Hipócrates, alrededor de 400 a. C.: karkinos, ‘cangrejo’ en griego. El tumor, con el racimo de vasos sanguíneos inflamados en su torno, recordaba a Hipócrates un cangrejo enterrado en la arena con las patas extendidas en círculo. La imagen era singular (pocos cánceres tienen una verdadera semejanza con los cangrejos), pero también vívida. Autores ulteriores, tanto médicos como pacientes, la adornaron aún más. Para algunos la superficie apelmazada y endurecida del tumor evocaba el duro caparazón del cuerpo del cangrejo.5 Otros sentían que un cangrejo se movía debajo de la carne a medida que la enfermedad se propagaba a hurtadillas por todo el cuerpo. Y para otros la repentina punzada de dolor producida por la enfermedad era como quedar atrapado en las pinzas de un cangrejo.

Otra palabra griega se cruzaría con la historia del cáncer, onkos, utilizada ocasionalmente para describir tumores, y de la cual tomaría su nombre moderno la disciplina de la oncología. Onkos designaba en griego una masa, una carga o, más comúnmente, un peso; el cáncer se imaginaba como un peso llevado por el cuerpo. En el teatro griego, la misma palabra onkos se empleaba para indicar una máscara trágica que a menudo se «cargaba» con un peso cónico rígido sobre la cabeza y que servía para denotar el fardo psíquico que abrumaba a su portador.

Pero si bien estas vívidas metáforas pueden tener su eco en nuestra concepción contemporánea del cáncer, lo que Hipócrates llamaba karkinos y la enfermedad que hoy conocemos como cáncer eran, en realidad, criaturas enormemente diferentes. El karkinos hipocrático aludía en general a grandes tumores superficiales fáciles de advertir a simple vista: cánceres de mama, de piel, de mandíbula, de cuello y de lengua. Es probable que aun la distinción entre tumores malignos y benignos escapara a Hipócrates: su karkinos incluía todas las formas imaginables de hinchazón —nódulos, forúnculos, pólipos, protrusiones, tubérculos, pústulas y ganglios— agrupadas sin distinción alguna en la misma categoría de patología.

Los griegos no tenían microscopios. Nunca habían concebido una entidad llamada célula y menos aún habían visto una, y no existía posibilidad alguna de que se les ocurriera la idea de que el karkinos era el crecimiento sin control de las células. Les interesaba, empero, la mecánica de los fluidos —norias, émbolos, válvulas, cámaras y esclusas—, una revolución en la ciencia hidráulica que tuvo su origen en la irrigación y la excavación de canales y su culminación en Arquímedes y el descubrimiento de las leyes epónimas en su bañera. Este interés por la hidráulica también se manifestaba en la medicina y la patología griegas. Para explicar una enfermedad —todas las enfermedades—, Hipócrates daba forma a una elaborada doctrina basada en fluidos y volúmenes, que aplicaba con toda libertad a la neumonía, los forúnculos, la disentería y las hemorroides. A su entender, el cuerpo humano estaba compuesto de cuatro fluidos cardinales llamados humores: sangre, bilis negra, bilis amarilla y flema. Cada uno de estos fluidos tenía su color (rojo, negro, amarillo y blanco), su viscosidad y su carácter esencial específicos y únicos. En el cuerpo normal los cuatro fluidos se mantenían en equilibrio perfecto, aunque precario. En la enfermedad, el exceso de uno de ellos perturbaba ese equilibrio.

Claudio Galeno, un prolífico autor y médico griego que ejerció su arte entre los romanos en torno a 160 d. C., llevó a su apogeo la teoría humoral de Hipócrates. Como este, Galeno se propuso clasificar todas las enfermedades en función de los excesos de diversos fluidos. La inflamación —una distensión roja, caliente y dolorosa— se atribuía a una abundancia excesiva de sangre. Los tubérculos, las pústulas, el catarro y los nódulos linfáticos —todos fríos, edematosos y blancos— eran excesos de flema. La ictericia se debía a un desborde de bilis amarilla. Para el cáncer, Galeno reservaba el más malévolo e inquietante de los cuatro humores, la bilis negra. (Solo otra enfermedad, colmada de metáforas, se atribuiría a un exceso de este humor untuoso y viscoso: la depresión. En efecto, melancolía, su denominación medieval, proviene de las palabras griegas melas, ‘negro’, y khole, ‘bilis’. Así, la depresión y el cáncer, las enfermedades psíquica y física de la bilis negra, estaban intrínsecamente entrelazadas.) Galeno sostenía que el cáncer era bilis negra «atrapada», esto es, bilis estática incapaz de escapar de un lugar y, con ello, coagulada en una masa apelmazada. «De la negra color [bilis], sin hervir, proviene el cáncer», escribía Thomas Gale, un cirujano inglés del siglo XVI, con referencia a la teoría galénica, «y de ser ácido el humor, provoca ulceración y tal es la causa de que más negra sea la color de estos tumores».6

Esa breve y vívida descripción tendría profundo impacto en el futuro de la oncología: un impacto mucho más amplio de lo que quizá pretendiera Galeno (o Gale). El cáncer, sugería la teoría galénica, era el resultado de un estado maligno sistémico, una sobredosis interna de bilis negra. Los tumores no eran más que afloramientos locales de una disfunción corporal arraigada en lo profundo, un desequilibrio de la fisiología que había penetrado el cuerpo entero. Hipócrates había sostenido antaño, en forma abstrusa, que lo más adecuado era «no tratar el cáncer, ya que de ese modo los pacientes viven más».7 Cinco siglos después, Galeno explicó las cavilaciones gnómicas de su maestro en una conjetura fisiológica de fantástica concepción. El inconveniente de tratar quirúrgicamente el cáncer, señalaba, era que la bilis negra estaba por doquier, tan inevitable y ubicua como cualquier otro fluido. Uno podía extirpar el cáncer, pero la bilis volvería a fluir, como la savia que se filtra por las ramas de un árbol.

Galeno murió en Roma en 199 d. C., pero su influencia sobre la medicina se extendió a lo largo de los siglos. La teoría de la bilis negra como causa del cáncer era tan seductora desde un punto de vista metafórico que la mente de los médicos se aferró tenazmente a ella. La ablación quirúrgica de tumores —una solución local a un problema sistémico— se percibió entonces como una operación de tontos. Generaciones de cirujanos agregaron sus propias observaciones a la de Galeno, consolidando aún más la teoría. «No te dejes llevar y te ofrezcas a operar —escribió Juan de Arderne a mediados del siglo XIV 8 Y agregaba—: No te acarreará más que vergüenza.» Leonardo Bertipaglia, quizá el cirujano más influyente del siglo XV, añadió una advertencia de su propia cosecha: «Quienes pretenden curar el cáncer mediante su incisión, su remoción y su extirpación no hacen sino transformar un cáncer no ulceroso en un cáncer ulceroso. ... En toda mi práctica nunca vi un cáncer curado por incisión ni conocí a nadie que lo hubiera hecho».9

Sin saberlo, es posible que en realidad Galeno haya hecho a las futuras víctimas del cáncer un favor, al menos temporal. A falta de anestesia y antibióticos, la mayoría de las operaciones quirúrgicas realizadas en el frío y húmedo aposento de una clínica medieval —o más habitualmente en la trastienda de un barbero, con una cuchilla oxidada y correas de cuero como ataduras— eran un desastre y ponían en riesgo la vida. Ambroise Paré, un cirujano del siglo XVI, describió la cauterización de tumores con un soldador calentado sobre carbones, o su abrasión química con una pasta de ácido sulfúrico.10 Hasta un pequeño rasguño en la piel, así tratado, podía supurar rápidamente y terminar en una infección letal. Los tumores solían sangrar profusamente a la menor provocación.

Lorenz Heister, un médico alemán del siglo XVIII, describió una vez una mastectomía realizada en su clínica como si fuera un sacrificio ritual:

Muchas mujeres pueden soportar la operación con el mayor de los corajes y muy pocas quejas. Otras, en cambio, generan tal clamor que pueden llegar a amedrentar al más impertérrito de los cirujanos e impedir la intervención. Para llevar a cabo la operación, el cirujano debe ser inquebrantable y no dejarse perturbar por los gritos de la paciente.11

No es una sorpresa que, en vez de arriesgarse con esos «impertérritos» cirujanos, la mayoría de los pacientes prefirieran dejar su destino en manos de Galeno y probar con medicamentos sistémicos para purgar la bilis negra. Así, los boticarios no tardaron en acumular una enorme lista de remedios contra el cáncer: tintura de plomo, extractos de arsénico, colmillos de jabalí, pulmones de zorro, raspaduras de marfil, ricino descascarado, coral blanco molido, ipecacuana, sen de la India y un surtido de purgantes y laxantes.12 Y para el dolor imposible de mitigar se apelaba al alcohol y a la tintura de opio. En el siglo XVII se popularizó una pasta de ojos de cangrejo que se vendía a cinco chelines la libra: fuego para combatir el fuego. Los ungüentos y bálsamos, a lo largo del siglo, fueron cada vez más extraños: boñiga de cabra, ranas, patas de cuervo, hinojo de sabana, hígado de tortuga, la imposición de manos, aguas benditas o la compresión del tumor con planchas de plomo.

Pese al consejo de Galeno, todavía podía extirparse quirúrgicamente algún que otro tumor pequeño. (Se decía que incluso él había realizado cirugías de ese tipo, posiblemente por razones cosméticas o paliativas.) Pero la idea de la ablación quirúrgica del cáncer como tratamiento curativo solo se consideraba en las circunstancias más extremas. Cuando los medicamentos y las operaciones fracasaban, los médicos recurrían al único tratamiento establecido para el cáncer, tomado de las enseñanzas de Galeno: una intrincada serie de rituales con sangrías y purgas para exprimir los humores del cuerpo, como si este fuera una esponja saturada y pesada.

Humores evanescentes

Los cadáveres en el potro mala anatomía hacen.

JOHN DONNE1

En el invierno de 1533, Andreas Vesalio, un estudiante de diecinueve años procedente de Bruselas, llegó a la Universidad de París con la esperanza de aprender la anatomía y la patología galénicas y comenzar a ejercer la cirugía. Para su escándalo y su decepción, en las clases de Anatomía de la universidad reinaba la más descabellada de las confusiones. La facultad carecía de un espacio específico para realizar las disecciones. El sótano del Hôpital Dieu, donde se hacían las demostraciones anatómicas, era un espacio de macabra teatralidad en el que los profesores se abrían paso cortando cadáveres en descomposición, mientras los perros masticaban los huesos y entrañas que caían al suelo. «Al margen de los ocho músculos del abdomen, lastimosamente destrozados y puestos en desorden, nadie me ha mostrado jamás un músculo ni un hueso, y mucho menos una sucesión de nervios, venas y arterias», escribió Vesalio en una carta.2 Sin un mapa de los órganos humanos que los guiara, los cirujanos no tenían más remedio que abrir el cuerpo a cuchillazos como marinos enviados al mar sin carta náutica alguna: el ciego guiaba al enfermo.

Frustrado con esas disecciones ad hoc, Vesalio decidió crear su propio mapa anatómico. Como necesitaba muestras, comenzó a recorrer los camposantos parisinos en busca de huesos y cuerpos.3 En Montfaucon tropezó con el macizo patíbulo de la ciudad de París, donde a menudo se dejaban colgando los cuerpos de los delincuentes de poca monta. Unos kilómetros más lejos, en el Cementerio de los Inocentes, los esqueletos de las víctimas de la Gran Peste yacían medio expuestos en sus tumbas, carcomidos hasta los huesos.

El patíbulo y el camposanto —los supermercados de barrio del anatomista medieval— entregaban espécimen tras espécimen a Vesalio, que se abalanzaba compulsivamente sobre ellos y a menudo hacía dos viajes por día para cortar los trozos colgantes de las cadenas y llevarlos a escondidas a su cámara de disección. La anatomía cobraba vida para él en ese truculento mundo de los muertos. En 1538, mientras colaboraba con artistas en el taller de Tiziano, Vesalio comenzó a publicar sus detallados dibujos en láminas y libros: elaborados y delicados aguafuertes que cartografiaban el curso de arterias y venas y trazaban el mapa de nervios y ganglios linfáticos. En algunas láminas apartaba a un lado capas de tejido para exponer por debajo de ellas delicados planos quirúrgicos. En otro dibujo rebanaba el cerebro en diestras secciones horizontales —una tomografía humana siglos antes de su tiempo— para demostrar la relación entre las cisternas y los ventrículos.

El proyecto anatómico de Vesalio había nacido como un ejercicio puramente intelectual, pero no tardó en impulsarlo una necesidad pragmática. La teoría humoral de la enfermedad de Galeno —a saber, que todas las enfermedades eran acumulaciones patológicas de los cuatro fluidos cardinales— exigía sangrar y purgar a los pacientes para eliminar del cuerpo los humores culpables. Pero para que los sangrados tuvieran resultado, era menester hacerlos en sitios específicos del cuerpo. Si se aspiraba a someter al paciente a un sangrado profiláctico (es decir, para prevenir la enfermedad), la purga tenía que realizarse lejos del posible sitio de la enfermedad, a fin de que los humores estuvieran apartados de él. Pero si el sangrado tenía un objetivo terapéutico —para curar una enfermedad ya instalada—, debía llevarse a cabo en vasos cercanos que condujeran al sitio.

Con objeto de aclarar esta teoría ya brumosa, Galeno había adoptado una expresión hipocrática igualmente brumosa, (‘directamente hacia’ en griego), para describir la identificación de los vasos que llevaban «directamente hacia» los tumores. Pero la terminología galénica había sumido a los médicos en una confusión aún mayor. ¿Qué diablos había querido decir Galeno, se preguntaban, con «directamente hacia»? ¿Qué vasos llevaban «directamente hacia» un tumor o un órgano, y cuáles salían de ellos? Las instrucciones se convirtieron en un laberinto de malentendidos. A falta de un mapa anatómico sistemático —sin el establecimiento de la normalidad—, la anatomía anormal era imposible de descifrar.

Vesalio decidió resolver el problema mediante el croquis sistemático de todos los vasos sanguíneos y nervios del cuerpo, y producir con ello un atlas anatómico para cirujanos. «Mientras explicaba la opinión del divino Hipócrates y de Galeno —escribió en una carta—, acerté a delinear las venas en un diagrama, con la idea de que así podría demostrar fácilmente lo que Hipócrates entendía con la expresión , pues bien sabe usted cuántas disensiones y controversias se suscitaron sobre la venosección, incluso entre las personas instruidas.»4

Pero una vez iniciado ese proyecto, Vesalio advirtió que no podía detenerse. «Mi dibujo de las venas complace tanto a los profesores de Medicina y a los estudiantes que me han pedido encarecidamente un diagrama de las arterias y también uno de los nervios. ... No podía decepcionarlos.» El cuerpo tenía incesantes interconexiones: las venas corrían paralelas a los nervios, los nervios se conectaban con la médula espinal, esta con el cerebro y así sucesivamente. La anatomía solo podía aprehenderse en su totalidad, y pronto el proyecto adquirió dimensiones tan monumentales y complejas que para completarlo fue necesario recurrir a la ayuda de otros ilustradores.

Sin embargo, por mucha diligencia que Vesalio pusiera en escrutar el cuerpo, no podía encontrar la bilis negra de Galeno. La palabra autopsia viene del griego ‘ver por sí mismo’; y Vesalio, al aprender a ver por sí mismo, ya no pudo hacer que las visiones místicas de Galeno coincidieran con la suya. El sistema linfático transportaba un fluido claro y acuoso; los vasos sanguíneos estaban llenos, como era de esperar, de sangre. La bilis amarilla se encontraba en el hígado. Pero la bilis negra —el exudante portador galénico del cáncer y la depresión— no podía encontrarse en ninguna parte.

Vesalio se hallaba ahora en una extraña posición. Provenía de una tradición empapada de saber galénico; había estudiado, editado y republicado los libros de Galeno. Pero no había lugar donde encontrar la bilis negra, esa refulgente pieza central de la fisiología de aquel. Este descubrimiento azoraba a Vesalio. Sintiéndose culpable, prodigó aún más elogios a un Galeno que llevaba cientos de años muerto. Sin embargo, empirista hasta la médula, dejó en sus dibujos las cosas tal cual las había visto; que otros sacaran sus propias conclusiones. La bilis negra no existía. Vesalio había puesto en marcha su proyecto anatómico para salvar la teoría de Galeno, pero, en definitiva, la enterró en silencio.

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En 1793, Matthew Baillie, un anatomista que ejercía en Londres, publicó un manual titulado The Morbid Anatomy of Some of the Most Important Parts of the Human Body. Este libro, destinado a cirujanos y anatomistas, era el reverso del proyecto de Vesalio: si este había cartografiado la anatomía «normal», Baillie trazaba el mapa del cuerpo en su estado enfermo, anormal. Era el estudio de Vesalio leído a través de una lente invertida. Las especulaciones fantásticas de Galeno sobre las enfermedades estaban aún más en juego en este caso. La bilis negra quizá no existiera de una forma discernible en el tejido normal, pero los tumores debían de estar rebosantes de ella. Nada, empero, habría de encontrarse. Baillie describía cánceres de pulmón («grande como una naranja»),5 de estómago («una apariencia fungosa»)6 y de testículos («una úlcera profunda y nauseabunda»)7 y presentaba vívidos grabados de esos tumores. Pero no pudo encontrar en ningún lado los canales de la bilis, ni siquiera en sus tumores del tamaño de una naranja y tampoco en las cavidades más profundas de sus «úlceras profundas y nauseabundas». Si la red galénica de fluidos invisibles existía, existía fuera de los tumores, fuera del mundo patológico, más allá de las fronteras de la exploración anatómica normal; en suma, fuera de la ciencia médica. Como Vesalio, Baillie dibujó la anatomía y el cáncer tal y como los veía. Por fin, los vívidos canales de bilis negra, los humores en los tumores, que habían penetrado con tanta fuerza en la mente de médicos y pacientes durante siglos, desaparecían del cuadro.