1

El cristal de la puerta tiene una maltrecha inscripción en negro: «Philip Marlowe. Investigaciones». Es una puerta moderadamente sórdida al final de un pasillo moderadamente sórdido en ese tipo de edificios que fueron nuevos en la época en que los baños alicatados se convirtieron en los cimientos de la civilización. La puerta está cerrada con llave, pero al lado hay otra, con el mismo letrero, que no está cerrada. Adelante: dentro no hay nadie, solo yo y un moscardón. Pero absténganse los nativos de Manhattan, Kansas.

Era una de esas mañanas de verano claras y brillantes, frecuentes en California a principios de la primavera, antes de que baje la niebla. Las lluvias han terminado. Las colinas siguen verdes y en el valle al otro lado de Hollywood puede verse la nieve sobre las montañas más altas. Las peleterías anuncian las rebajas anuales. Las casas de citas especializadas en vírgenes de dieciséis años están haciendo grandes negocios. Y en Beverly Hills las jacarandas empiezan a florecer.

Yo había estado acechando durante cinco minutos al moscardón, esperando a que se posara. No quería posarse. Solo quería volar y cantar el prólogo de Pagliacci. Tenía el matamoscas en posición, y estaba dispuesto a dar el golpe. Había una franja de sol en la esquina del escritorio, y sabía que tarde o temprano pasaría por allí. Pero cuando lo hizo, en un primer momento no lo vi. El zumbido se había interrumpido, y ahí estaba. Entonces, sonó el teléfono.

Llevé centímetro a centímetro una lenta y paciente mano izquierda hasta el aparato. Levanté el auricular muy lentamente y hablé en voz baja:

—Un momento, por favor.

Deposité el teléfono suavemente sobre el vade de piel marrón. El moscardón seguía allí, brillante y azul verdoso, lleno de malicia. Aspiré con fuerza y descargué el golpe. Lo que quedó del insecto voló por media habitación y cayó sobre la alfombra. Fui hasta allí, lo cogí por el ala que le quedaba y lo tiré a la papelera.

—Gracias por esperar —dije al teléfono.

—¿Es usted el señor Marlowe, el detective?

Era una vocecita juvenil y preocupada. Dije que era el señor Marlowe, el detective.

—¿Cuánto cobra por sus servicios, señor Marlowe?

—¿Qué quiere que haga?

La voz se endureció un poco.

—No puedo contárselo por teléfono. Es… es muy confidencial. Antes de perder el tiempo yendo a su oficina querría tener una idea…

—Cuarenta por día más gastos. Salvo que sea la clase de trabajo que puede hacerse por la tarifa simple.

—Es demasiado —dijo la vocecita—. Podría costar cientos de dólares y yo vivo de un pequeño sueldo y…

—¿Dónde está ahora?

—Estoy en un café. Justo enfrente del edificio donde está su oficina.

—Podría haberse ahorrado la moneda. El ascensor es gratis.

—¿Pe… perdón?

Se lo repetí.

—Suba y déjeme verla —añadí—. Si tiene el tipo de problemas que puedo arreglar, podré darle una idea…

—Tengo que saber algo sobre usted —dijo la vocecita con mucha firmeza—. Es un asunto muy delicado, muy personal. No podría hablar de él con cualquiera.

—Si es tan delicado —dije—, quizá lo que necesita es una detective mujer.

—Cielos, no sabía que hubiera. —Pausa—. Pero no creo que una detective mujer pudiera hacerlo. Sabe, Orrin estaba viviendo en un barrio muy duro, señor Marlowe. O al menos a mí me pareció duro. El administrador de la pensión es una persona sumamente desagradable. Olía a alcohol. ¿Usted bebe, señor Marlowe?

—Bueno, ya que lo menciona…

—No me veo capaz de contratar a un detective que consuma bebidas alcohólicas de ningún tipo. No apruebo ni siquiera el tabaco.

—¿Me despedirá si me ve pelando una naranja?

Oí una súbita inhalación al otro lado de la línea.

—Al menos podría hablar como un caballero —dijo.

—Será mejor que pruebe en el Club Universitario —repliqué—. Tengo entendido que allí quedan dos o tres, aunque no sé si le permitirán llevárselos a su casa.

Colgué.

Fue un paso en la dirección correcta, pero no lo bastante enérgico. Debería haber cerrado con llave la puerta y haberme escondido bajo el escritorio.

2

Cinco minutos después sonó el timbre de la puerta exterior de la pequeña oficina que uso como sala de espera. Oí cerrarse la puerta. Después no oí nada más. La puerta que une la sala de espera con mi despacho estaba entornada. Escuché y pensé que alguien se había asomado, había visto que no era la oficina que buscaba y se había marchado sin entrar. Entonces alguien golpeó muy suavemente sobre la madera. Después se oyó esa especie de tos que se usa con el mismo fin. Bajé los pies del escritorio, me puse de pie y fui a mirar. Allí estaba. No tuvo que abrir la boca para decirme quién era. Y nadie se pareció nunca menos a Lady Macbeth. Era una chica bajita, pulcra, de aire más bien remilgado, con el cabello castaño lacio y gafas sin montura. Llevaba un traje marrón y de una correa en el hombro le colgaba una de esas raras carteras cuadradas que hacen que uno piense en una hermana de la caridad auxiliando a los heridos. Sobre el cabello castaño reposaba un pequeño sombrero arrancado del nido demasiado pronto, sin darle tiempo a crecer. No llevaba maquillaje, ni pintalabios, ni joyas. Las gafas sin montura le daban un aire de bibliotecaria.

—No es modo de hablarle a la gente por teléfono —dijo con energía—. Debería darle vergüenza.

—Estoy demasiado orgulloso de mí mismo para avergonzarme —repliqué—. Pase.

Le aguanté la puerta abierta. Después le acerqué una silla.

Se sentó a no más de cinco centímetros del borde.

—Si yo le hablara así a uno de los pacientes del doctor Zugsmith —dijo—, perdería mi empleo. El doctor es muy exigente en cuanto a la forma de dirigirme a los pacientes… incluso a los más difíciles.

—¿Cómo está el viejo doctor? No lo he visto desde aquella vez que me caí del tejado del garaje.

Pareció sorprendida y muy seria.

—Estoy segura de que usted no puede conocer al doctor Zugsmith.

La punta de su lengua más bien anémica asomó entre sus labios y buscó furtivamente algo invisible.

—Conozco a un doctor George Zugsmith —dije—, en Santa Rosa.

—Oh, no. Este es el doctor Alfred Zugsmith, de Manhattan. Manhattan, Kansas, ¿sabe?, no Manhattan, Nueva York.

—Es otro Zugsmith entonces —dije—. ¿Y usted es…?

—No sé si debo decirle mi nombre.

—¿Tan solo está tanteando el terreno, eh?

—Supongo que podría llamarlo así. Si tengo que contarle mis problemas familiares a un extraño, al menos tengo el derecho de decidir si es la clase de persona en la que puedo confiar.

—¿Alguien le ha dicho alguna vez que es una pequeña astuta?

Los ojos detrás de los cristales sin montura relampaguearon.

—Tengo la esperanza de que nunca llegue a suceder.

Cogí la pipa y empecé a llenarla.

—No creo que «esperanza» sea la palabra exacta —dije—. Deshágase de ese sombrero y hágase con una de esas gafas de montura de colores. ¿Sabe?, esas que son alargadas y orientales…

—El doctor Zugsmith no permitiría nada de eso —replicó enseguida. Y añadió—: ¿De veras, usted cree? —Y al preguntarlo se ruborizó ligeramente.

Acerqué una cerilla a la pipa y empecé a expulsar humo sobre el escritorio. Ella parpadeó.

—Si me contrata —dije—, yo soy el tipo al que contrata. Yo. Tal como soy. Si cree que conseguirá pacatas ratas de biblioteca en este negocio, está loca. Yo le he colgado, pero usted ha venido de todos modos. Así que necesita ayuda. ¿Cómo se llama y cuál es su problema?

Se limitó a mirarme fijamente.

—Escuche —seguí—. Usted viene de Manhattan, Kansas. La última vez que memoricé el Almanaque Mundial, eso era un pueblecito no lejos de Topeka. Con unos doce mil habitantes. Trabaja usted para el doctor Alfred Zugsmith y está buscando a alguien llamado Orrin. Manhattan es un pueblo pequeño. Tiene que serlo. Apenas media docena de localidades en Kansas no lo son. Ya tengo bastante información sobre usted como para enterarme de toda la historia de la familia.

»Pero ¿por qué iba a hacerlo? Estoy harto de que la gente me cuente sus historias. Estoy sentado aquí solo porque no tengo adonde ir. No quiero trabajar. No quiero nada.

—Habla demasiado.

—Sí —dije—. Hablo demasiado. Los hombres solitarios siempre hablamos demasiado. O eso o no hablamos nada. ¿Pasamos a los negocios? Usted no parece el tipo de persona que va a ver a un detective privado, y menos a un detective privado al que no conoce.

—Lo sé —dijo en voz baja—. Y Orrin se pondría como una fiera si lo supiera. Mamá también se pondría furiosa. Simplemente elegí al azar su nombre en la guía telefónica…

—¿Con qué método? —pregunté—. ¿Con los ojos cerrados o abiertos?

Me miró fijamente un momento, como si yo fuera una especie de monstruo.

—Siete y trece —dijo en voz baja.

—¿Cómo?

—«Marlowe» tiene siete letras —explicó—, y «Philip Marlowe» tiene trece. El siete junto con el trece…

—¿Cómo se llama usted? —casi gruñí.

—Orfamay Quest. —Arrugó los ojos como si fuera a llorar. Me deletreó el nombre—. Vivo con mi madre —añadió, hablando cada vez más rápido, como si mi tiempo le estuviera costando dinero—. Mi padre murió hace cuatro años. Era médico. Mi hermano Orrin iba a ser médico también, pero se pasó a ingeniería después de dos años de medicina. Hace un año, Orrin fue a trabajar a Bay City, para la Cal-Western Aircraft Company. No porque tuviera necesidad. Tenía un buen empleo en Wichita. Supongo que lo que quería en realidad era venir a California. Todo el mundo quiere venir aquí.

—Casi todo el mundo —dije—. Si va a usar esas gafas sin montura al menos debería tratar de estar a la altura.

Soltó una risita y dibujó una línea sobre el escritorio con la punta del dedo, con la mirada gacha.

—¿Se refiere a esas gafas alargadas que hacen parecer oriental?

—Ajá. Volvamos a Orrin. Ya lo tenemos en California, en Bay City. ¿Qué hacemos con él ahora?

Lo pensó un momento y frunció el entrecejo. Después me examinó como si tratara de tomar una decisión. Al fin brotaron sus palabras.

—No era propio de Orrin dejar de escribirnos con regularidad. En los últimos seis meses solo ha escrito dos veces a mamá, y tres a mí. Y la última carta llegó hace varios meses. Mamá y yo nos preocupamos. Así que, aprovechando mis vacaciones, vine a buscarlo. Él nunca había salido de Kansas. —Paró—: ¿No toma notas? —preguntó.

Gruñí.

—Pensaba que los detectives siempre escribían en libretitas.

—Yo haré los chistes —dije—. Usted cuente la historia. Ha venido en sus vacaciones. ¿Y luego qué?

—Le había escrito a Orrin avisándole de mi visita, pero no me contestó. Después le mandé un telegrama desde Salt Lake City, y tampoco recibí respuesta. Así que todo lo que pude hacer fue ir adonde vivía. Está terriblemente lejos. Fui en autobús. Es en Bay City. Idaho Street, número 449.

Volvió a parar, después repitió la dirección, y yo seguí sin apuntarla. Me quedé como estaba, mirando sus gafas y su cabello castaño lacio, y el tonto sombrero y las uñas sin pintar, y la boca sin carmín y la punta de la lengua que iba y venía entre los labios pálidos.

—Quizá usted no conoce Bay City, señor Marlowe.

—Sí —dije—. Todo lo que sé de Bay City es que cada vez que voy tengo que comprar una cabeza nueva. ¿Quiere que termine la historia por usted?

—¿Qué? —Abrió tanto los ojos que las gafas les dieron la apariencia de algo visto dentro de una pecera.

—Se ha mudado —dije—. Y usted no sabe adónde. Y tiene miedo de que esté viviendo una vida de pecado en un ático en lo alto de las Regency Towers con un ser envuelto en visones y perfumes interesantes.

—¡Por Dios!

—¿O soy demasiado grosero? —pregunté.

—Por favor, señor Marlowe —dijo al fin—. No pienso nada semejante de Orrin. Y si él le oyera decir esto, usted lo lamentaría. Puede ser terriblemente severo. Pero sé que algo ha pasado. Era una pensión barata, y el encargado no me gustó nada. Era un hombre horrible. Me explicó que Orrin se había mudado un par de semanas atrás, pero no sabía adónde ni le importaba, y lo único que quería era un buen trago de ginebra. No sé por qué Orrin tuvo que vivir en un lugar así.

—¿Ha dicho usted «un trago de ginebra»? —pregunté.

Se ruborizó.

—Es lo que dijo el encargado. Se lo estoy contando.

—De acuerdo —dije—. Continúe.

—Bueno, llamé al lugar donde trabajaba. La Cal-Western Company, ¿sabe? Y me dijeron que lo habían despedido junto con muchos otros empleados, y que eso era todo lo que sabían. Así que fui a la oficina de correos y pregunté si Orrin había comunicado un cambio de dirección para su correspondencia. Me dijeron que no podían darme esa información. Va en contra de las reglas. Así que les conté lo que pasaba y el hombre dijo que bueno, que si yo era su hermana, iría a ver. Fue a mirar, volvió y dijo que no. Orrin no había comunicado ningún cambio de dirección. Entonces empecé a asustarme un poco. Puede haber tenido un accidente o algo.

—¿Se le ha ocurrido ir a preguntar a la policía?

—Jamás me atrevería. Orrin no me lo perdonaría. Incluso sin problemas, es una persona difícil. Nuestra familia… —Vaciló y en el fondo de sus ojos apareció algo que ella habría preferido no mostrar. De modo que siguió adelante, sin aliento—: Nuestra familia no es la clase de familia…

—Escuche —interrumpí cansado—, no me refería a que el tipo haya robado una billetera. Pensaba que puede haberlo atropellado un coche y que puede haber perdido la memoria o estar demasiado herido para hablar.

Me dirigió una mirada no muy admirativa.

—Si hubiera pasado algo así, lo sabríamos —dijo—. Todo el mundo lleva cosas en los bolsillos que dicen quiénes son.

—A veces lo único que les queda son los bolsillos.

—¿Está tratando de asustarme, señor Marlowe?

—Si es mi intención, parece que estoy logrando avances. ¿Qué cree usted que puede haber pasado?

Se llevó un delgado dedo índice a los labios y lo tocó muy cuidadosamente con la punta de la lengua.

—Creo que si lo supiera no habría venido a verlo. ¿Cuánto me cobrará por encontrarlo?

No respondí durante un largo momento, y después pregunté:

—¿Quiere decir solo, sin decírselo a nadie?

—Sí. Quiero decir solo, sin decírselo a nadie.

—Ajá. Bueno, depende. Ya le he dicho cuál es mi tarifa.

Unió las manos sobre el borde del escritorio y las apretó con fuerza. Su gesticulación era la más desprovista de significado que había visto nunca.

—Pensé que siendo un detective y todo eso podría encontrarlo de inmediato —dijo—. No puedo permitirme pagarle más de veinte dólares. Tengo que pagar la comida aquí y el hotel y el pasaje de vuelta en tren, y no sé si usted sabe que el hotel es terriblemente caro y la comida en el tren…

—¿En cuál se aloja?

—Yo… preferiría no decírselo, si no le molesta.

—¿Por qué?

—Simplemente lo preferiría. El carácter de Orrin me da un miedo terrible. Y además, yo puedo llamarlo, ¿no?

—Ajá. Dígame, señorita Quest, ¿qué es lo que le da miedo, además del carácter de Orrin?

Había dejado que la pipa se apagase. Encendí una cerilla y la acerqué, mirándola por encima de la llama.

—¿Fumar en pipa no le parece un hábito muy sucio? —preguntó.

—Es probable —dije—. Pero se necesitarían más de veinte dólares para conseguir que lo abandonara. Y pare de esquivar las preguntas.

—No puede hablarme así —protestó—. Fumar en pipa es un hábito inmundo. Mamá nunca dejó fumar en casa a papá, ni siquiera los últimos dos años después de su ataque. A veces él se sentaba con la pipa vacía en la boca. Pero a ella no le gustaba. Debíamos mucho dinero y decía que no podía permitirse darle dinero para cosas inútiles como el tabaco. La Iglesia lo necesitaba mucho más que él.

—Empiezo a entenderlo —dije lentamente—. En una familia como la suya no puede faltar la oveja negra.

Se puso de pie de manera abrupta y apretó con fuerza el botiquín de primeros auxilios contra el cuerpo.

—Usted no me gusta —dijo—. No creo que vaya a contratarlo. Si está insinuando que Orrin ha hecho algo malo, bueno, puedo asegurarle que Orrin no es la oveja negra de la familia.

No moví ni una pestaña. Dio media vuelta, fue hasta la puerta y puso la mano en el picaporte, allí volvió a dar media vuelta y regresó hacia el escritorio, y de pronto se echó a llorar. Reaccioné como lo haría un pez embalsamado en presencia de un cebo. Sacó un pañuelito y se secó los ojos.

—Y ahora supongo que llamará a la po… policía —dijo con la voz trémula—. Y el di… diario de Manhattan se enterará y pu… publicarán algo horrible sobre nosotros.

—No suponga nada de eso. Deje de jugar con mis sentimientos. Enséñeme una foto de él.

Guardó el pañuelo a toda prisa y sacó algo del bolso. Me lo pasó por encima del escritorio. Un sobre. Delgado, pero podría haber un par de fotos dentro. No miré en el interior.

—Descríbamelo tal como lo ve usted —dije.

Se concentró. Eso le brindó la oportunidad de hacer algo con las cejas.

—Cumplió veintiocho años en marzo. Tiene el pelo castaño claro, mucho más claro que yo, y los ojos azules, más claros también, y se peina el pelo hacia atrás. Es muy alto, más de un metro ochenta. Pero no pesa más de setenta kilos. Es huesudo. Antes llevaba un pequeño bigote rubio, pero mamá se lo hizo afeitar. Decía…

—No me lo diga. El cura de la parroquia lo necesitaba para rellenar un almohadón.

—¡No puede hablar así de mi madre! —ladró, poniéndose pálida de ira.

—Vamos, no sea tonta. Hay muchas cosas sobre usted que no sé. Pero ya puede dejar de jugar a la violeta de los prados. ¿Orrin tiene alguna marca distintiva, como lunares o cicatrices, o un tatuaje del salmo veintitrés en el pecho? Y no se moleste en ruborizarse.

—Bueno, no tiene que gritarme. ¿Por qué no mira la foto?

—Probablemente salga vestido. Al fin y al cabo, usted es su hermana. Debería saberlo.

—No, no tiene —dijo tiesa—. Solo una pequeña cicatriz en la mano izquierda, donde le extirparon una verruga.

—¿Y sus hábitos? ¿Qué hace para divertirse, además de fumar, beber o salir con chicas?

—¿Por qué…? ¿Cómo lo sabe?

—Su mamá me lo dijo.

Sonrió. Empezaba a preguntarme si sabía sonreír. Tenía los dientes muy blancos, y las encías en su lugar. Era algo.

—No sea tonto —dijo—. Estudia muchísimo, y tiene una cámara muy cara con la que le gusta retratar a la gente cuando no se enteran. A veces la gente se indigna. Pero Orrin dice que todos deberían ver cómo son en realidad.

—Esperemos que nunca le pase a él —comenté—. ¿Qué clase de cámara es?

—Una de esas cámaras pequeñas con una lente muy buena. Permite sacar fotos con cualquier luz. Una Leica.

Abrí el sobre y saqué dos pequeñas fotografías, muy claras.

—Estas no las sacaron con una Leica —dije.

—Oh, no. Las sacó Philip. Philip Anderson. Un chico con el que salí un tiempo. —Hizo una pausa, y suspiró—. Y me temo que es el motivo por el que he venido a verlo, señor Marlowe. Porque usted también se llama Philip.

Me limité a gruñir, pero vagamente me sentí conmovido.

—¿Qué pasó con Philip Anderson?

—Pero se trata de Orrin…

—Lo sé —interrumpí—. Pero ¿qué pasó con Philip Anderson?

—Sigue en Manhattan. —Apartó la vista—. A mamá no le gusta demasiado. Supongo que ya se imagina usted.

—Sí —dije—. Me imagino. Puede llorar, si quiere. No se lo reprocharé. Yo también soy un sentimental.

Estudié las dos fotografías. En una miraba hacia abajo, y no me servía. La otra era una toma bastante buena de un tipo alto y anguloso de ojos juntos, boca delgada y tensa, y mentón en punta. Tenía la expresión que esperaba de él. Si uno se olvidaba de limpiarse el barro de los zapatos, él era el chico que se lo haría notar. Aparté las fotos y miré a Orfamay Quest, tratando de encontrar algo en su cara que se pareciera siquiera remotamente a él. No lo hallé. Ni la más ligera huella de parecido familiar, lo que por supuesto no significaba absolutamente nada. Nunca significa nada.

—De acuerdo —dije—. Iré a echar un vistazo. Pero usted debería empezar a adivinar qué pasó. Su hermano está en una ciudad extraña. Gana un buen sueldo durante un tiempo. Más de lo que ha tenido en su vida, quizá. Conoce la clase de gente que nunca ha conocido. Y no es la clase de ciudad (créame que no, porque conozco Bay City) que es Manhattan, Kansas. Así que se ha salido del camino recto, y no quiere que su familia lo sepa. Ya volverá.

Se limitó a mirarme fijamente durante un momento, y después negó con la cabeza.

—No. Orrin no es la clase de hombre que hace eso, señor Marlowe.

—Todos lo son —dije—. Especialmente un tipo como Orrin. La clase de pueblerino virtuoso que ha vivido siempre la vida con la madre colgada al cuello y el cura agarrándole la mano. Una vez que se encuentra solo, quiere resarcirse. Quiere comprar un poco de dulzura y luz, y no precisamente de la que entra por los ventanales de la iglesia que dan al este. No es que yo tenga nada en contra de eso. Quiero decir, de lo otro ya tuvo suficiente, ¿no?

Asintió con la cabeza, en silencio.

—Entonces empieza a jugar —seguí—, y no sabe cómo se hace. Para eso se necesita experiencia también. Termina enredado con alguna falda y una botella, y lo que ha hecho le parece tan grave como haberle robado los calzoncillos al obispo. Después de todo, el tipo va para los veintinueve años y si quiere revolcarse en el arroyo, es cosa suya. Ya encontrará a alguien a quien culpar.

—Odio creerle, señor Marlowe —dijo despacio—. Lo odiaría por mamá…

—Se ha dicho algo sobre veinte dólares —interrumpí.

Me miró escandalizada.

—¿Tengo que pagarle ya?

—¿Cómo se haría en Manhattan, Kansas?

—No tenemos ningún detective privado en Manhattan. Solo la policía común. Es decir, no creo que haya.

Volvió a buscar en el interior de su caja de herramientas y extrajo un monedero rojo, del que sacó una cantidad de billetes, todos prolijamente doblados y separados. Tres cincos y cinco unos. No parecía quedar mucho más. Hizo un gesto con el monedero como para que yo viera lo vacío que quedaba. Después planchó los billetes sobre el escritorio, uno sobre otro, y los empujó hacia mí. Muy despacio, muy triste, como si estuviera ahogando a su gato favorito.

—Le daré un recibo —dije.

—No necesito recibo, señor Marlowe.

—Yo sí. Usted no me dará su nombre y su dirección, así que quiero algo con su nombre escrito.

—¿Para qué?

—Para demostrar que estoy actuando en su nombre.

Saqué el talonario de recibos, hice uno y le tendí el duplicado para que lo firmara. No quiso hacerlo. Al cabo de un momento, de mala gana, cogió el lápiz y escribió «Orfamay Quest» con una pulcra caligrafía de secretaria.

—¿Sin dirección? —pregunté.

—Preferiría que no.

—Entonces llámeme a cualquier hora. El número de mi casa está en la guía también. Apartamentos Bristol, número 428.

—No es muy probable que vaya a visitarlo —dijo fríamente.

—Todavía no se lo he pedido —repliqué—. Llame alrededor de las cuatro si quiere. Quizá tenga algo. Quizá no.

Se puso de pie.

—Espero que mamá no piense que he cometido un error —dijo, apretándose el labio con el dedo pálido—. Al venir aquí, quiero decir.

—Por favor, no vuelva a hablarme de lo que no le gustaría a su madre —solté—. Deje esa parte en silencio.

—¡Realmente…!

—Y deje de usar ese tipo de expresiones.

—Pienso que es usted una persona muy ofensiva —dijo.

—No, no lo piensa. Piensa que soy listo. Y yo pienso que usted es una fascinante mentirosilla. No creerá que estoy haciendo esto por los veinte dólares, ¿no?

Me dirigió una mirada neutra, súbitamente fría.

—Y entonces, ¿por qué? —Y como yo no respondía, agregó—: ¿Porque la primavera está en el aire?

Seguí sin responder. Se ruborizó un poco. Después soltó una risita.

No tuve el coraje de decirle que simplemente estaba aburrido y sin nada que hacer. Quizá era por la primavera también. Y algo en sus ojos que iba mucho más lejos que Manhattan, Kansas.

—Creo que es usted muy agradable… de veras —susurró.

Entonces se volvió rápidamente y salió de la oficina casi corriendo. Sus pasos en el corredor exterior sonaban pequeños y agudos, algo así como el tamborileo de los dedos de mamá en el borde de la mesa cuando papá intentaba servirse una segunda porción de pastel. Y ya no aportaba más dinero a la casa. Ni dinero ni nada. Estaba sentado todo el día en su mecedora en la galería de delante allá en Manhattan, Kansas, con su pipa vacía en la boca. Meciéndose en la galería de delante, despacio, porque cuando uno ha tenido un ataque tiene que hacerlo todo despacio. Y esperar el próximo. Y la pipa vacía en la boca. Sin tabaco. Nada más que esperar.

Puse los duramente ganados veinte dólares de Orfamay Quest en un sobre, sobre el que escribí su nombre, y lo metí en un cajón del escritorio. No me gustaba la idea de andar por la calle con tanto dinero encima.

3

Se puede conocer desde mucho tiempo atrás Bay City sin llegar a conocer Idaho Street. Y se puede conocer muchísimo Idaho Street sin conocer el número 449. La manzana de enfrente tenía el pavimento tan roto que casi había vuelto a ser de tierra. En la calzada del otro lado una cerca en mal estado encerraba el terreno de un depósito de maderas. En el centro, un portón de madera cerrado con cadenas, que no parecía haber sido abierto en los últimos veinte años. Los niños habían dibujado con tizas en el portón y a lo largo de la cerca.

El número 449 tenía una mezquina galería delante, sin pintar, con cinco mecedoras de madera y caña unidas entre sí con un cable y con la humedad del aire de la playa. Las persianas verdes de las ventanas estaban bajadas dos tercios, y llenas de rajaduras. Junto a la puerta de entrada había un gran cartel que decía «No hay habitaciones». El cartel había estado en su sitio mucho tiempo. Se había desteñido y descascarado. La puerta se abría a un largo vestíbulo del que subía una escalera. A la derecha había un estante estrecho con un lápiz colgando de una cadena. Había un botón y encima un cartel amarillo y negro que decía «Encargado», pegado a la pared por tres chinchetas diferentes. En la pared de enfrente había un teléfono público.

Llamé al timbre. Sonó en algún lugar cercano, pero no produjo respuesta alguna. Volví a llamar. La misma nada. Fui hasta una puerta con un cartel blanco y negro: «Encargado». Llamé. Primero con el puño, después con el pie. A nadie pareció importarle.

Salí de la casa y bajé por un estrecho sendero lateral de hormigón que debía de conducir a la entrada de servicio. Parecía corresponder al apartamento del administrador. El resto del edificio serían simples habitaciones. Había un cubo de basura en la pequeña galería lateral y una caja de madera llena de botellas. Ya detrás, había una puerta de alambre tejido con la puerta de atrás abierta. Arrimé la cara y miré dentro. Vi una silla de respaldo recto con una chaqueta de hombre colgando de ella, y en la silla un hombre en camisa con el sombrero puesto. Era un hombre bajo. No pude ver qué estaba haciendo, pero parecía estar sentado a la cabecera de una mesa de desayuno, en el rincón de desayunar de la cocina.

Agité el alambre. El hombre no prestó atención. Insistí, más fuerte. Esta vez echó atrás la silla y me mostró una pequeña cara pálida con un cigarrillo entre los labios.

—¿Qué quiere? —ladró.

—Al encargado.

—No está.

—¿Quién es usted?

—¿Qué le importa?

—Quiero una habitación.

—No hay habitaciones. ¿No puede leer un letrero?

—Es que tengo información diferente —dije.

—¿Sí? —Sacudió la ceniza del cigarrillo con la punta de la uña, sin sacárselo de su boquita triste—. Vaya a freír espárragos con su información.

Dio media vuelta con la silla otra vez y siguió con lo que estaba haciendo.

Hice ruido al salir de la galería, pero no hice ninguno al volver a entrar. Probé cuidadosamente la puerta de alambre tejido. Estaba enganchada. Con la hoja de un cortaplumas levanté el gancho. Al dar la vuelta hizo un pequeño sonido metálico, pero lo taparon los sonidos que venían de la cocina.

Entré en la casa, crucé el pequeño pasillo y me metí en la cocina. El hombrecito estaba demasiado ocupado para fijarse en mí. Había una cocina con tres fogones, una pila de platos grasientos sobre unas estanterías, un congelador cascado y la mesa. La mesa estaba cubierta de dinero. En su mayor parte billetes, pero también había monedas, de centavos y de dólar. El hombrecito estaba contándolo, apilándolo y haciendo anotaciones en una libreta. Mojaba la punta del lápiz en la lengua sin molestar en lo más mínimo al cigarrillo que vivía en su cara.

Debía de haber varios cientos de dólares en esa mesa.

—¿Han pagado los inquilinos? —pregunté de buen humor.

El hombrecito se volvió muy deprisa. Por un momento sonrió y no dijo nada. Era la sonrisa de un hombre cuya mente no sonríe. Se quitó la colilla de la boca, la tiró al suelo y la pisó. Sacó otro cigarrillo del bolsillo de la camisa, lo metió en el mismo agujero de la cara, y empezó a palparse en busca de una cerilla.

—Ha entrado en silencio —dijo a modo de comentario.

Al no encontrar ninguna cerilla, se volvió distraídamente en la silla y llevó una mano al bolsillo de la chaqueta colgada del respaldo. Algo pesado golpeó contra la madera de la silla. Le agarré de la muñeca antes de que la cosa pesada saliera del bolsillo. Echó todo su peso hacia atrás y el bolsillo de la chaqueta, con su mano dentro, empezó a levantarse hacia mí. Le arranqué la silla de debajo del cuerpo.

Cayó pesadamente al suelo y se golpeó la cabeza contra el borde de la mesa. Eso no impidió que tratara de patearme la entrepierna. Di un paso atrás con su chaqueta, y saqué una 38 del bolsillo con el que el hombre había estado jugueteando.

—No es necesario que se siente en el suelo solo por hacerse el gracioso —le dije.

Se levantó lentamente, fingiendo estar más aturdido de lo que estaba. Se llevó una mano a la nuca, y la luz rebotó en algo metálico al lanzar el brazo hacia mí. Era un tipo de recursos.

Le hice girar la mandíbula con su propia pistola y volvió a terminar sentado en el suelo. Me paré sobre la mano que sostenía el cuchillo. Retorció la cara de dolor pero no soltó ningún sonido. De un puntapié mandé el cuchillo a un rincón. Era un cuchillo largo y delgado, y parecía muy afilado.

—Debería avergonzarse —dije—. Atacar con pistolas y cuchillos a gente que solo busca un lugar donde vivir. Ni siquiera el precio de los alquileres lo justifica.

Se apretó la mano lastimada entre las rodillas, la hizo girar y empezó a silbar entre dientes. El golpe en la mandíbula no parecía haberle dolido demasiado.

—De acuerdo —dijo—. De acuerdo. No pretendo ser perfecto. Coja el dinero y váyase. Pero ni se le ocurra pensar que no lo encontraremos.

Miré la colección de billetes y monedas.

—Debe de encontrar mucha resistencia a las ventas, a juzgar por las armas que lleva —dije.

Fui hasta la puerta interior y la probé. No estaba cerrada. Volví.

—Le dejaré la pistola en el buzón —continué—. La próxima vez atienda el timbre.

Seguía silbando suavemente y apretándose la mano. Me dirigió una mirada suspicaz, pensativa, después metió el dinero en un viejo portafolios y lo cerró. Cogió el sombrero, le pasó una mano alrededor alisándolo, se lo puso sobre la nuca y me dirigió una tranquila sonrisa eficiente.

—No se preocupe por la pistola —dijo—. La ciudad está llena de hierro viejo. Pero podría dejarle a Clausen el cuchillo. Lo he trabajado mucho para ponerlo en forma.

—¿Y ha trabajado con él?

—Podría ser. —Me señaló con el dedo—. Quizá volvamos a encontrarnos un día de estos. Cuando yo esté con un amigo.

—Dígale que se ponga una camisa limpia —dije—. Y que le preste una a usted.

—Vaya, vaya —el hombrecito me regañó—. Qué duros nos ponemos cuando nos ponen esa insignia en la solapa.

Pasó tranquilamente a mi lado y bajó los escalones de madera de la galería posterior. Sus pasos resonaron en la calle hasta perderse. Se parecía al sonido de los pasos de Orfamay Quest alejándose por el pasillo del edificio de mi oficina. Y por algún motivo tuve ese sentimiento vacuo de haberme equivocado de cartas. No tenía motivo para pensarlo. Tal vez fuera por la calidad metálica del hombrecito. Sin gritos, sin gemidos, solo la sonrisa, el silbido entre los dientes, la voz suave y los ojos que no olvidarían.

Me incliné a recoger el cuchillo. La hoja era larga y redonda, delgada, como una lima delgada alisada. El mango era de plástico liviano, y parecía de una pieza con la empuñadura. Apreté el mango y sacudí el cuchillo en dirección a la mesa. La hoja se soltó y fue a clavarse en la madera.

Con un suspiro volví a meter el mango en su lugar y arranqué la hoja de la mesa. Un cuchillo curioso, diseñado con un propósito muy claro, y nada agradable.

Abrí la puerta interior y pasé, con el cuchillo y la pistola en una mano.

Entré en una salita con un sofá cama abierto y deshecho. Había un sillón con un agujero quemado en un brazo. Un escritorio alto de roble, con portezuelas anticuadas como las de una bodega, se apoyaba en una pared junto a la ventana principal. Cerca de esta había un sofá, y en el sofá un hombre. Los pies, con medias grises, colgaban de un extremo. La cabeza no alcanzaba la almohada por medio metro. A juzgar por el color de la funda, no se perdía gran cosa. La parte superior de su cuerpo estaba dentro de una camisa incolora y una chaqueta gris. Tenía la boca abierta y la cara le brillaba del sudor, respiraba como un viejo Ford con problemas en el carburador. En una mesa cerca de él había un plato lleno de colillas, algunas de las cuales parecían de confección casera. En el suelo, una botella de ginebra casi llena y una taza que parecía haber contenido café, aunque no recientemente. La habitación olía a ginebra y a cerrado, pero también tenía una reminiscencia de marihuana.

Abrí una ventana y apoyé la frente contra el alambre tejido para que me entrara un poco de aire limpio en los pulmones, y de paso mirar la calle. Dos chicos pasaban en bicicleta a lo largo de la cerca del aserradero, deteniéndose aquí y allá para estudiar las pinturas. No había otro movimiento en el barrio. Ni siquiera un perro. En dirección a la esquina había algo de polvo en el aire, como si hubiera pasado un coche.

Fui al escritorio. Dentro había un registro de la pensión, me dediqué a pasar las hojas hasta dar con el nombre «Orrin P. Quest», escrito con letra angulosa y meticulosa, y el número 214 agregado con lápiz por otra mano que de ninguna manera parecía angulosa ni meticulosa. Revisé todo el registro pero no encontré ninguna otra entrada de la habitación 214. Alguien de nombre G. W. Hicks tenía la habitación 215. Cerré el registro, lo dejé en su lugar, y fui hacia el sofá. El hombre interrumpió los ronquidos y los burbujeos y sacudió en el aire el brazo derecho, como si estuviera pronunciando un discurso. Me incliné y le apreté con fuerza la nariz con el índice y el pulgar, al mismo tiempo que le metía el jersey en la boca. Dejó de roncar y los ojos se abrieron automáticamente. La mirada era lejana e inyectada. Se debatió bajo mis manos. Cuando estuve seguro de que estaba del todo despierto lo solté, cogí la botella de ginebra del suelo y serví un poco en un vaso que había cerca. Se lo mostré al hombre.

Levantó una mano con esa hermosa ansiedad de una madre recibiendo a su hijo perdido.

Lo aparté de su alcance y pregunté:

—¿Es usted el encargado?

Se pasó una lengua sucia por los labios y dijo:

—Grrrr.

Dio un manotazo en dirección a la ginebra. Puse el vaso en la mesa frente a él. Lo agarró cuidadosamente con ambas manos y se volcó la bebida en la cara. Después se rió con ganas y me arrojó el vaso. Logré cogerlo en el aire y lo devolví a la mesa. El hombre me miraba con un deliberado pero infructífero gesto de severidad.

—¿Qué le importa? —graznó en tono disgustado.

—¿El encargado?

Asintió, y faltó poco para que se cayera del sofá.

—Debe de ser que estoy borracho —dijo—. Un poco, muy poquito, borracho.

—No está tan mal —comenté—. Todavía respira.

Puso los pies en el suelo y se enderezó con un movimiento espasmódico. Rompió a reír, súbitamente divertido, dio tres pasos vacilantes, cayó sobre las manos y las rodillas, y trató de morder la pata de una silla.

Volví a ponerlo de pie, lo senté en el sillón con el brazo quemado y le serví otra dosis de medicina. Se la bebió, temblando con violencia, y de pronto su mirada se hizo racional y astuta. Los borrachos de su especie tienen ciertos equilibrados momentos de realidad. Uno nunca sabe cuándo llegarán ni cuánto durarán.

—¿Quién diablos es usted? —gruñó.

—Estoy buscando a un hombre que se llama Orrin P. Quest.

—¿Eh?

Lo repetí. Se frotó la cara con las manos y dijo:

—Se mudó.

—¿Cuándo?

Hizo un gesto vago con la mano, casi se cayó del sillón y volvió a gesticular en dirección contraria para mantener el equilibrio.

—Deme un trago —dijo.

Serví otro vaso de ginebra y lo sostuve lejos de su alcance.

—Démelo —dijo el hombre con urgencia—. No me encuentro bien.

—Lo único que quiero es la dirección actual de Orrin P. Quest.

—Lo pensaré —propuso ingeniosamente y lanzó un zarpazo sin decisión hacia el vaso que yo seguía sosteniendo.

Puse el vaso en el suelo, saqué una de mis tarjetas y se la tendí.

—Quizá esto lo ayude a concentrarse —dije.

Miró la tarjeta de cerca, soltó un resoplido, la dobló en dos y volvió a doblarla. Se la puso en la palma de la mano, escupió encima y la arrojó por encima del hombro.

Le tendí el vaso de ginebra. Lo bebió a mi salud, asintió con solemnidad, y arrojó el vaso por encima del hombro también. Rodó por el suelo hasta chocar con el zócalo. El hombre se puso de pie con sorprendente facilidad, levantó el pulgar en dirección al techo y profirió un ruido agudo con la lengua y los dientes.

—Al diablo con usted —dijo—. Tengo amigos. —Miró el teléfono en la pared y después a mí, con gesto de astucia—. Un par de muchachos que se encargarán de usted.

No dije nada.

—¿No me cree, eh? —gruñó, de pronto enojado.

Negué con la cabeza.

Fue hacia el teléfono, arrancó el auricular de la horquilla y marcó los cinco dígitos de un número. No le saqué la vista de encima. Uno-tres-cinco-siete-dos.

Eso terminó de agotar sus energías. Dejó caer el auricular, que quedó colgando, y se sentó en el suelo. Volvió a cogerlo, se lo acercó a la oreja y gruñó a la pared:

—Ponme con el Doc. —Yo escuchaba en silencio—. ¡Vince! ¡El Doc! —gritó furioso. Sacudió el auricular y lo soltó. Puso las manos en el suelo y empezó a arrastrarse en un círculo. Cuando me vio pareció sorprendido y molesto. Trémulo, logró ponerse de pie y me tendió una mano—: Deme un trago.

Recuperé el vaso caído y le eché algo de ginebra. Lo aceptó con la dignidad de una vieja ebria, lo vació de un trago, caminó muy tranquilo hasta el sofá y se acostó, metiendo el vaso bajo la almohada. Se durmió al instante.

Devolví el auricular del teléfono a la horquilla, eché otro vistazo a la cocina, volví al sofá y palpé los bolsillos del hombre en busca de llaves. Encontré una llave maestra. La puerta del pasillo tenía un cierre automático y lo dejé puesto de modo que pudiera volver a entrar. Me detuve para anotar en un sobre «Doc-Vince, 13572». Quizá fuera una pista.

La casa estaba en perfecto silencio mientras subía.