VENEGAS








21:45

Soy el único poeta vivo. Todos los demás, vegetando en oficinas de revistas, editoriales, embajadas, bibliotecas, museos, becas. Los becarios: esa especie de gallinas atenidas a que les rieguen su maicito, antes sí pero ahora no hay, y toda la corte de agradecimientos, pagos por favores recibidos, venganzas, envidias, pegarles en grupo o a uno por uno. Están todos cadáveres no muy exquisitos aunque bien que están cerdos por todas las comidas, cenas, brindis, cocteles a los que tienen que seguir yendo para que los vean, para ser parte de la comunidad artística. Semejante fiasco. Soy el único poeta vivo porque no me he envilecido elogiando para que me elogien, golpeando para que me estimen los contrarios, siendo entrevistado sólo para que pongan mi nombre en la pantalla de televisión. Puercos, rameras, pestilencias, empequeñecidos reintegros con los culos llagados porque se sientan a esperar su reconocimiento. Todos ellos de lentecitos porque es la única explicación a que les digan “escritores”. Si tienen anteojos es que han de leer reteharto. Pero yo se los digo: nadie lee nada, todo mundo hojea para machacarte en público. Los traen, los lentes, sin aumento, sobre las narices, para tener algo que acomodarse cuando no saben qué contestar. Y no saben porque tienen cultura de contraportada. Y ellas, las más feas de todas. No hay seres más deformes que las escritoras. Y es que son las que se refunden en un escondite para que nadie las vea y de pura aburrición en el recreo acaban haciéndose unos versitos sobre la soledad. A la larga todos y todas reciben su premiecito, su homenajito, sus aplausitos. Tan tan: Mira, mamá, soy alguien. Y se les atoran los labios entre los dientes.

No he tratado con escritores en años. No estoy aquí para avisarles lo contrario, sino para contarles la pequeña historia de para qué le sirvió, hace mucho tiempo, mi poesía a tres personas con las que podría tapar el sol con un sombrero e irme, niño de ojos cerrados, soplándole al humo de un tren. Un aviso antes.

Mi poesía

No se vende

porque no se imprime

porque no se ve.

Sólo se escucha por mi propia boca

como terrón de azúcar flotando

en la taza de café del mundo.

O quizá mi Acción Poética 1976 debería proponer lo contrario: llamar a todos los escritores y artistas a empinarse lo más que puedan. Que la genuflexión sea la nueva reflexión. Que la celebridad y la celeridad sustituyan a la celebración y a lo cerebral. Que la actriz que firmó sus memorias sea más importante que el escritor que las hizo. Que el fabricante de bolsas del súper se haga, finamente, artista plástico y el de efectos especiales, director de cine. Que todos seamos parte de la alegre carrera de la estupidez. Que lo banal reine sobre lo cabal. Pensar el envilecimiento de todos como una obra, una instalación masiva de cuerpos desnudos hartándose de lodo, cuando lo que se les pidió es que tragaran mierda, no que pidieran otro plato para llevar. Olvidémoslos. Qué más me da. Sus vidas pueden ser postes de luz pasando a toda velocidad, unos iguales a otros. O agua encharcada. No me importa. Que ruede el mundo.

Otra ronda, siempre otra ronda, hasta que suene la campana como en Liverpool. A todos nos va a sonar. Y a algunos se los van a sonar, pero sus esposas, las Lovely Ritas. A mí no.

Todos ustedes, vírgenes a la palabra escrita, que piensan que los poetas no servimos para nada, que lo que hacemos es una especie de locura lánguida, una inspiración de señorita que se marea en el pesero, les tengo otra noticia. Están súper pendejos. Podría escribir los versos más tristes esta noche pero tengo mala visión nocturna. La poesía sirve para la vida. Yo me emborracho con ustedes todos los días para escribirla. Otros lo hacen por haberla publicado. Así es la vida: hay quien se abstrae de ella con esperanza y hay quien lo hace con decepción.

Pero sigo. Preñé a Nadia, mi ex esposa, hace como trece años. Sí, cabrón, pues a las cosas por su nombre y a los nombres por las orejas. Luna de miel en Chapultetrepo, Nocturno dentro de Rosario y ni madre entre los dos. No te ofendas, no es tu esposa. Pero te digo lo que le escribí a Nadia, mi esposa, hace como diez años:

Andaba yo en los funerales del viento

cuando vi el clavel sobre su cabello

y lo llamé sol.

¿Contento? Sigo, dos puntos. Y como no teníamos ni un centavo, Nadia preñada y yo nos fuimos a casa de mis papás. Oigan los gritos, todos al mismo tiempo, en medio de una pelea familiar:

—Pero, ¿qué les hemos hecho? —gritaba mi madre tomando a Nadia del cuello de su camiseta del “no” contra Pinochet.

—Nada —decía Nadia aliterada, con el bebé en brazos.

Lo que sucedía era simple: después de sobrevivir ahí el embarazo, nos íbamos a vivir a otro lugar, lejos de mis padres. No teníamos tiempo para discusiones pero le veía yo las caras de terror a mis tías, la Beba —no por cara de niña sino por beoda— Sarita y Recolección —en mi familia aseguraban que existía algo llamada María de la Recolección, Señora de las Escobas— y parecía que les estábamos anunciando que nos íbamos a suicidar juntos, Nadia, el bebé y yo.

—Cuídense —suspiró la Beba y me besó con tres litros de gin.

—Hablen en cuanto lleguen —suplicó Sarita como si nos fuéramos a Kenia.

Recolección se santiguó y pasó a enfrentar a mi hermano Jorge que cargaba una maleta en cada mano y en el hombro una pañalera.

—Todo esto es tu culpa, Caín —le soltó mi mamá a Jorge, mi hermano.

—Me voy al baño —declaró mi padre pero a mitad del camino se dio vuelta—. No, creo que fue una falsa alarma —corrigió agarrándose la panza.

—Nos están esperando, madre —quise cortar un abrazo del tipo colgante.

Porque se los digo: los abrazos pueden ser

reconfortantes (justo bajo los hombros)

pielosos (en la cadera)

manoseadores (manos que se mueven para arriba y para abajo)

complacientes (tamborileando el omóplato)

¿Omóplato, mano? La alita, pues. No confundir con el canibalismo: el homo-plato.

apenas (apretón en el hombro)

colgante (del cuello y ejerciendo gravedad)

Y ese era el de mi madre que se separó de mí y le clavó la mirada a mi hermano Jorge. ¿Por qué él parecía el culpable de que Nadia, el bebé y yo, nos fuéramos de la casa?

Todo tiene que ver con este poema:

Nuestro sol se escondió/ nuestro sol su rostro ocultó/ y en la oscuridad nos dejó/ pero sabemos que volverá/ que retornará y nos alumbrará./ Pero mientras esté en la mansión del silencio, de los muertos/ reunámonos y estrechémonos/ ocultemos todo lo que nuestro corazón ama/ en el lugar donde nadie buscaría: nuestro corazón./ Hagan saber a sus hijos cuán buena ha sido hasta ahora nuestra amada madre tierra Anáhuac./ Que no olviden informar a sus hijos cuán buena será/ como se levantará/ el destino de nuestra amada tierra./ Un día de estos volveremos con el sol y la fiera.

¿Alguien aquí lo ha oído? Es correcto, mano. Pero no es Moctezuma. Es la profecía de Cuauhtémoc un día antes de que se rindieran los aztecas luego del sitio de 13 meses a la ciudad de México. Era Uno Serpiente, es decir, 12 de agosto de 1521. Qué optimismo del Cuate: lo mejor de morirse es que renacerás. La rueda del tiempo. Otra ronda, aunque no hemos terminado ésta. Siempre otra ronda. Tequila y cerveza. No me acuerdo qué marca, Macizo. No me interrumpas. Estoy a la mitad de una historia, cabrón. Un buen mesero es como un buen árbitro de futbol: si nadie lo notó es el mejor. No se ofenda, le compongo ahorita una calaverita:

El Macizo, el Macizo,

no sabe por qué Dios lo hizo

agarrado a una bandeja ya es occiso.

Vuelvo al poema supuestamente de Cuauhtémoc tras el sitio de la ciudad de México en el que mueren los aztecas. Y un brindis, un brindis por nuestros hermanos caídos, chingaos. Nomás no me lloren encima, cabrones. Ah, claro, y hoy, para más datos, es día de la Independencia. Con razón están tan briagadales haciendo sus visiones. Saluuuud. Bola de independentistas hidalguistas. Sigo y dos puntos. Mi hermano Jorge andaba en ese entonces con unos danzantes concheros quesque aztecas renovados, ya saben cuales: los que hacen ruido cuando caminan porque traen cascabeles amarrados a los tobillos. Ya saben cuales: los que, siguiendo la teoría de que el ochenta por ciento del calor corporal se pierde por la cabeza, se la cubren con plumas pero se dejan sin camisa. Ya saben cuales: los del tambor en las noches que bailan en círculo y a brinquitos en las plazas de México, Barcelona y París. Éstos en particular eran los que bailaban en La Villa. Se creían aztecas renacidos que iban a restaurar algún día el uso de la pirámide y la sabiduría cósmica del asesor Tlacaelel. Con esos pues andaba el Jorge, mi hermano, y daba vueltas hasta que —decía— se le juntaba el cuerpo con el cosmos. Lo que se le juntaba era con el jugoso cosmos de una tal Eréndira Chitontequiza. A ella le seguía brincando el cuerpo después de tres segundos de haber dejado de saltar. Que no me oiga la Dione porque me pega. Ya saben de cuales: ella, de pelo lacio negro con su bandita en la frente, una como seguidora de Charles Manson con pretensiones de Pocahontas. Bella y loca, la mejor combinación. Y mi hermano Jorge se metió al grupo sólo para ver si las vueltas se las daban juntos pero en un petate. Y así se hizo de la idea de que Cuauhtémoc había escrito ese poema que ellos llamaban “La profecía de Anáhuac”. La entendían como que la cultura azteca iba a resurgir en algún momento —había cálculos: que si en el 2012, en 2666 o en 3125— y todos íbamos a regresar a los valores de la vida náhuatl, es decir, a algo que no sabemos bien a bien qué nos depara esta corta vida, pero que a la larga te acostumbras. ¿Eh?

La cosa es que Jorge me lo contó una noche en que veíamos Los Simpson mientras Nadia vomitaba en el baño y mis tías preparaban brebajes de hierbas contra la náusea del embarazo. La Beba, entusiasmada, no pasó a la cocina y sólo se preparó otro martini. Al rato, se disputaba con Nadia el baño para vomitar. Una estaba engendrando. La otra, degenerando. Cada quien su labor en la vida.

Eso, mi Macizo. Esto es todo. Salucita.

El tequila te aniquila

mientras te sientas

el primero de la fila.

Yo conocí a Andrés Segura Granados. Uno de los Guardianes de la Tradición. Se supone que algunos aztecas, haciendo caso a la profecía de Cuauhtémoc, guardaron danzas, lengua y poesía para pasársela a sus hijos, y que, así, en una labor silenciosa, llegó todo hasta nuestros días. No sé bien quiénes son, pero son como alumnos que en la escuela los obligaron a hacer un reporte de La visión de los vencidos y que leyeron en los setenta a Carlos Castaneda. Se les juntó la derrota con la mística. La religión de perder. El capitán Segura Granados vivía, igual que yo ahora, en Tlatelolco. Lo primero que me extrañó es que habitara en los edificios, no en la pirámide. Lo segundo fue que estaba convencido de que los sacrificios humanos de los aztecas eran operaciones del corazón. Lo tercero fue que nos dijo a Jorge, a Nadia y a mí que Cuauhtémoc había escrito La profecía justo a espaldas del Hospital Gregorio Salas. La idea era genial, no sólo porque esa clínica atiende por ley a “prostitutas, indigentes e indígenas”, sino porque, según el capitán Segura, abajo del edificio de República de Argentina, había estado la Casa del Canto, el lugar donde los aztecas adolescentes, o sea los aztequitas, aprendían la poesía y el baile. La flor y el canto, dijo confiado detrás de sus anteojos oscuros, muñecas y cuello repletos de cadenas doradas. Se vestía como jubilado en Miami. Como Rigo Tovar danzante. Como José Feliciano narco.

—Pues vamos ahí a recuperarlo —dice mi hermano Jorge—. Como postula “La profecía de Cuauhtémoc”.

Y el Guardián calculó los días mágicos y nos dijo:

—Hace tres días soñé que venían ustedes a proponerme esto mismo. Los he estado esperando. Tiene que ser el 13 de agosto.

Se cumple la profecía y ahí está Jorge mi hermano con dos maletas y una pañalera al hombro, mientras mi madre le dice quedito: “Caín”. Visualizo a los danzantes esperando en la calle con sus pies descalzos y sus cuerpos que dejan de cimbrarse tres segundos después de que terminan de brincar. Y Nadia, el bebé, sin nombre todavía, y yo nos despedimos de las tías. Y de mi madre que se me cuelga en un abrazo. Y mi papá avisa:

—Ahora sí me voy al baño. Nos vemos otro día.

Del comedor al baño

atado al potro del colon

mi padre iba y venía

entre falsas profecías.

Cuando bajamos la escalera vimos que los concheros no estaban disfrazados. No traían penachos, ni cascabeles en las piernas, ni siquiera los tambores o el caracol. Salían de trabajar aquel atardecer y portaban las cajas de herramientas como escudos, los puños aceitosos como mazos, los zípers de la chamarra como cascabeles. Sólo uno iba disfrazado de luchador porque acababa de salir de la arena en su calidad de ídolo infantil: “Zarpazo”. ¿Nunca han oído hablar de él? Pues me vas a tener que creer, mano, porque es mi historia. Luego cuentas las tuyas. Mi hermano Jorge y yo le llamábamos el Cacahuazintle porque sonreía y sus dientes se revelaban como si trajera una mazorca en el hocico. No eran las llaves y las patadas voladoras lo del Cacahuazintle, sino las mordidas. De hecho usaba media máscara, hasta acá, arriba del labio superior, porque ninguna era capaz de taparle la media hectárea de trompa que se gastaba este maese. Así que imagínense, camaradas de la noche, a ese contingente que danzaba en círculos en La Villa hasta perder la conciencia cuando, subido en un pesero —uno de los concheros era chofer— cree, con toda la fe de la que es capaz, que va rumbo a recuperar el lugar del canto, el sitio donde había nacido la poesía azteca, los cuicapicque, nos instruía el capitán Segura Granados, que eran los “compositores de la flor y el canto” y al punto preciso donde el máster Cuauhtémoc había llamado al silencio, a guardar la tradición para esperar a que volviera un amanecer para su cultura. O un anochecer como era este el caso.

Debo decirles que no fue así, sino como lo recuerdo, que es un bicho distinto. Fue algo que discutieron los concheros y acabaron por convencerse para hacer un pequeño ejército que actuaba con indicaciones dadas 470 años antes. Yo recuerdo que fue casi de inmediato. Una orden militar. En algún momento mi hermano Jorge les dijo que Nadia, el bebé y yo íbamos a hacer la primera guardia para asegurar el lugar. Los Guardianes de la Tradición lo aceptaron sin chistar.

Total, que llegamos al edificio de la calle República de Argentina. Yo estoy pensando en que nos va a salir una horda de inquilinos con tubos y bates de beisbol y me pongo atrás de Nadia y el bebé. Nadie le pega a una mujer con un niño. El capitán Segura Granados saluda a los cuatro vientos en la puerta y le ordena al Cacahuazintle que patee la puerta. Y yo que creí que iba a agarrar el candado a mordidas. La puerta no sólo se abrió sino que se cayó de lado. Pasamos a un patio donde se amontonaban tambos de petróleo llenos de costales que contenían piedras, huacales, bolsas de plástico y, en una esquina, una silla de ruedas oxidada. Subimos las escaleras y no había un alma en ninguno de los departamentos. Nadia escogió el número 9 para que fuera nuestro. Nadia era muy fan de John Lennon. Ahí el capitán Segura Granados encendió un periódico viejo con el que saludó a los cuatro puntos cardinales —el tizne volando hacia nuestras caras— y nos encargó el resguardo:

—Son responsables de este pedazo de Nuestro Eterno Retorno al Anáhuac. Ustedes, Nadia y Jorge Venegas…

—Javier, Javier —lo corrigió Eréndira Chitontequiza tomando a mi hermano Jorge de la mano.

—…Javier Venegas —siguió Segura Granados— son la primera pareja del Anáhuac, junto con el bebé. ¿Cómo se llama?

—No hemos decidido —intervino Nadia.

—A mí me gusta Annabel Lee —dije.

—Colibrí, pues —respondió, sordo a Occidente, el capitán Segura Granados.

Saludó a los cuatro puntos cardinales, apagó la antorcha, Jorge me dio un abrazo fuerte, y los escuchamos bajar la escalera en penumbras. Nadia y yo callados por primera vez en un año. Sin tías. Sin luz. Nomás los dos y una criatura dormida dentro de una pañalera. Cuando nos acostamos en el piso, sobre nuestra ropa, sentimos que algo estaba mal: la inclinación nos hacía resbalar hacia el otro extremo. Dormimos del lado más bajo. A la mañana siguiente comprobamos que el edificio estaba ladeado, con cuarteaduras, y tenía tantas humedades que podías sacar un garrafón de agua si exprimías las paredes. Medio vaso si apretabas un puño. Pero algo, al fin, era nuestro.

Y esa fue, amigos, la primera vez que la poesía sirvió de algo: me consiguió un hogar.

Casa agujerada por vientos

despierta del letargo por un llanto vivo.

No más recámara de fantasmas extraños;

la llenamos con los nuestros.

22:05

No, mira, te voy a explicar. El tema de los hermanos es complejo, ¿no? Son los cabrones que vas a conocer la mayor parte de tu vida. Ni los padres, ni los amigos, ni las esposas duran tanto. Los que son hijos únicos, como este animal, los añoran. Los que tuvieron tres, siete hermanos, prefieren tomarlos por sentado. Los que tienen doce, olvidan a uno o dos cada vez que se van de vacaciones. Son como los deseos.

Mi hermano
el cercano extraño
aliteración de uno mismo
me empujaba para darme la mano
me curaba para hacerme incluso más daño
y, los dos, cada mañana, en la orilla de un risco.

Cuando éramos chicos. Me acuerdo, ¿no?, de mi hermano Jorge. De un momento que lo retrata, para mí. Su amigo del alma, Héctor, por ejemplo, fumaba tres cajetillas diarias. El Teté, además de tartamudo, estaba gordo. Jorge usaba lentes de fondo de botella y en la infancia, zapatos ortopédicos, si me acordaré cómo mi papá le daba de gritos porque no podía andar en bici. Molinero corría como niña, con las manos pegadas al pecho. Y el Wayne era el único convencido de que vestirse de vaquero para ir a la prepa era una forma de la seducción. Ellos sabían que la escuela entera los despreciaba en cualquier actividad extracurricular que no fuera el club de ajedrez. Y su reacción al rechazo los constituyó en el grupo de amigos de mi hermano Jorge, cuyos coeficientes sumados se asemejaban a los años entre el descubrimiento de América y el ataque palestino a la Olimpiada de Munich, menos el número que pensaste. Hacían bromas al respecto que nadie entendía. Cosas con el peso molecular de los elementos de una tabla de la que sólo sé que se compra en las papelerías.

Me acuerdo de ese día, mi amigo. Fui el primero en sospechar que tramaban algo. La recámara de mi hermano Jorge se cerró una tarde de marzo y comenzó a salir humo de cigarro por debajo de la puerta. Luego escuché la máquina trabada que era la lengua del Teté y las puntas de metal de las botas vaqueras del Wayne ir en círculos. Estaban tramando algo. Pero jamás me lo dijeron. Jorge me creía un subnormal porque no entendía sus chistes sobre el ciclo de Krebs —creo que se escribe así—, algo que contenía las siglas de “In certain parties Ana Bell telephones”, o algo así. Ni siquiera recuerdo la broma. Menos sé qué carajos era el ciclo de Krebs. Y por más que pegué la oreja a la puerta de la recámara no pude enterarme. Hablaban ya un idioma propio. Fenómenos de circo escolar, queridos escuchas, pinches inadaptados, si hubo algunos.

Cuando se fueron de la casa, hurgué entre los papeles de mi hermano. Sobre sus juegos de lógica matemática hallé una hoja con un campo de futbol dibujado en sus detalles más absurdos —no sólo era verde el pasto, sino que alguien había trazado el área técnica con entrenadores— y lo poblaban flechas que iban para todos lados junto a frases crípticas: “recuperación de balones”, “tiros de media distancia”, “volante por izquierda”, “achicamiento de áreas”, “cerrar el ángulo de disparo”. Me sentí ultrajado. En la familia yo era el que sabía de futbol, jugaba de defensa central todas las tardes, y no me perdía un solo partido del único equipo que viene de una cooperativa de trabajadores del cemento pero que, no obstante, tiene sangre azul. Lo único que hacía mejor que mi hermano mayor era el deporte. Jorge daba un salto en el básquetbol y perdía los anteojos. ¿Qué hacía este tipo metiéndose con mi tema? “Pero, ¿qué va a hacer?”, me tranquilicé, “de todas formas parece una cosa, no física, sino de física; creen que el futbol es un asunto de balística”.

Cuando los anunciaron en la pequeña cancha de cemento para equipos de cinco jugadores de la liga de la escuela hubo expectación. Me subí a la escalera que llevaba a los talleres de dibujo, música, flor y canto, donde mi hermano y yo éramos incapaces de subvertir nuestra mediocridad, y vi casi con lástima a su equipo: “Los reactivos”, se habían puesto por nombre. Hasta la fecha no sé qué es un reactivo. Supongo que tiene algo de química, para variar. Pero recuerdo el nombre porque lo tenían estampado en una camiseta con número y todo, mucho más profesional de lo que la liga de la prepa acostumbraba.

Y salieron a la cancha de concreto —en las tardes era un estacionamiento— aquellos desposeídos de la tierra, los excluidos de la habilidad física, los que encogían los hombros para proteger lo único que les valía el reconocimiento general: el cerebro. Me sorprendió su confianza en los primeros minutos cuando Héctor gritó: “recorre tu zona”, en lugar del clásico “súbete, güey”. “Achica el ángulo” en lugar del normal: “Tápalo”, le gritaban a su quinto integrante, el Bus, un obeso que a sus diecisiete ya parecía una señora. Verlos jugar era un desastre. Escucharlos era como una clase de física newtoniana. La teoría no correspondía con la práctica.

Pero todo cambió cuando les metieron el primer gol.

Empezaron a perder en el momento en que el Wayne quiso despejar, ponchó la pelota con las puntas de metal de sus botas y la bola quedó muerta en el área para que algún delantero enemigo y atento la rematara. El gol para el equipo contrario no supo a victoria sino a fracaso: a la red entró un hule muerto, no un balón. Las decenas de estudiantes que se reunieron a ver cómo los genios del laboratorio jugaban al futbol, se puso inmediatamente de su lado. Cada vez que “Los reactivos” tocaban la pelota el auditorio aplaudía. La táctica que yo había visto dibujada en sus diagramas se disolvió. Ahora eran cinco tipos corriendo, barriéndose, yendo a la pierna del contrario. Como cualquier equipo que va perdiendo.

Cuando Héctor se agarró el corazón después de una carrera desde su portería a la media —escasos diez metros— la gente lo adoró: le estaba dando un infarto pero daba la vida en la cancha. La gordura del Teté se convirtió por única vez en algo positivo cuando trató de conectar un balón que de todos modos era fuera del contrario y cayó al concreto como un bulto. Se levantó quejándose de un dolor de espalda y le reclamó al árbitro que la cancha no tuviera “almohadas o, de perdida, colchonetas como en la gimnasia”. Los estudiantes lo vitorearon, en una mezcla de burla y reconocimiento, morbo y aceptación, freak-show e identificación con lo que de extraños llevamos todos adentro.

Yo veía a mi hermano Jorge recorrer la cancha de cabo a rabo sosteniéndose los lentes con una mano y con ese andar bruto de los que han tenido problemas ortopédicos. Por la rodilla inflexible durante años, sujeta a una correa de metal, falló un tiro a balón parado y la voló a la casa de junto. El público aplaudió. Él alzó los brazos, incrédulo, y se llevó las manos a la cara, como si creyera de verdad que podía haber metido un gol, el primero en su vida.

Vino el segundo gol en contra. Los espectadores se indignaron con el equipo contrario. La sensación general era que estaba bien que importara el resultado para subir en la tabla pero mal aprovechar la indefensión ajena para sumar goles gratis. Hubo protestas, mentadas de madre. “Los reactivos” tenían, de pronto, una afición a la incompetencia, a la derrota anticipada, pero vivida con intensidad en cada tropiezo. “Vamos, Jorge”, grité y me siguieron varios en las escaleras, siempre entre risas.

Vino el tercero, el cuarto, el quinto gol. Todos en contra.

Para el segundo tiempo “Los reactivos” se arrastraban por la cancha repletos de dolores en zonas de sus cuerpos que antes no sabían que existían, toses, pulsaciones de venas en la cabeza. En un tiro de esquina en territorio propio el balón le rebotó a Molinero en la mano. Pero, como corría como niña, la tenía pegada al pecho.

—La regla —intervino mi hermano Jorge— dice que si la mano está pegada al cuerpo no es penal. Y siempre está pegada, salvo que a uno lo amputen.

El árbitro asintió a las sabias palabras de mi hermano y no marcó la infracción que hubiera significado el seis-cero.

Con cinco en contra se silbó el final del partido. El público aplaudió la derrota de “Los reactivos” como si fuera un triunfo. Bajé la escalera y fui al encuentro con mi hermano Jorge. Lo miré por primera vez sudado, mugroso, con una rodilla escaldada por el concreto, roja de carne viva. Se la señalaba como si no fuera suya, pensando, quizá, que eran las células dejando a la sangre salir o algo por el estilo. Lo abracé sin saber por qué. Había perdido y, al mismo tiempo, no del todo. “Felicidades”, le susurré al oído. Él se echó a reír y yo también.

22: 15

¿Cómo de qué nos reíamos? Tú no sabes nada porque no tienes hermanos, cabrón. No tienes ni una idea luminosa sobre la familia debajo de tu peinado de aerosol. Lo más sólido que tienes sobre los hombros es el cabello. ¿Qué vas a saber de lo que duelen los hermanos? Porque duelen, cabrón. Tú, mi amigo, me entiendes. Lo sé. Yo a mi hermano Jorge lo traté de ayudar pero, cuando ya lo tenía de la mano, se me soltó. Sí, metafóricamente, enano. Ni te cuento porque no vas a entender. ¿Como de qué se reían? Si serás imbécil.

22:45

Esta es una historia de la desaparición de mi hermano y comienza cuando apenas acababa de nacer mi segundo hijo, Robinson; le pusimos así porque en ese entonces vivíamos en una isla rodeada de sahumadores de copal, bailes y poesías en náhuatl. El capitán Segura rebautizó a mi hijo como Quetzal. Y usábamos ese nombre plumífero cuando estaban los concheros en el edificio. Por respeto. Hasta la fecha mi hijo no sabe bien a bien cuál es su primer nombre. Los usa indistintamente, el Robinson o el Quetzal. Éramos la isla rodeada por la ciudad mestiza que se quería olvidar de que alguna vez había perdido un imperio indígena. Ahora vivo en Tlatelolco, tú has estado en mi casa, my man. Y afuera, en la plaza, ¿qué dice el letrero? “Aquí nos cargó la chingada pero no fue ni victoria ni derrota”. ¿Entonces, qué fue? Por eso somos una bola de simuladores. Si no nos chingaron ni ganamos, entonces no hicimos nada. Hay que ser algo. Seríamos más claros, más fáciles de entender, si aceptáramos que nos derrotaron. Bueno, a una parte de nosotros, a un porcentaje del ADN lo goleó el otro ADN.

Sólo dos veces perdimos, pero a lo bestia: contra españoles perdimos un imperio, contra los gringos, la mitad de la república. Pero ahora estamos a la mitad de la nada tratando de tirar un penal frente a la portería convencidos de que los dioses nos van a traicionar otra vez, y en el instante clave. Y fallamos. Dicen que los mexicanos somos muy devotos, muy esperanzados, pero tampoco: le tenemos desconfianza a los designios divinos, nos arrasa la fatalidad de que, si algo está saliendo bien, probablemente, acabará haciéndose ceniza. Eso es lo que está detrás de la quema de las pirámides en Teotihuacán, mi amigo. ¿Conoce la historia? Un día, los propios sacerdotes las incendiaron. Habían perdido la confianza. Eso nos sigue ocurriendo.

Esas cosas las pienso ahora que vivo en Tlatelolco pero no me importaban demasiado cuando tratábamos a diario con el capitán Segura Granados, para quien todo eso era una cuestión “occidental”. ¿Pues qué será este maese?, me preguntaba yo. ¿Un azteca oriental? Y no. Me di cuenta cuando conocí a unas de sus mujeres en turno: una rubia, una sueca, que andaba por su casa con una banda roja en la frente, sandalias y un vestido pegado, untado, pintado al cuerpo, bordado con glifos mayas. Patty. El capitán llamaba a su affaire sueco: “mi conquista de retache”. Y ella lo miraba como babosa porque ni siquiera entendía bien el castellano. Luego me di cuenta de que siempre estaba en ácido porque se había tomado el definitivo en los setenta, seguro en Ashbury y Haight. Y ya no ataba ni desataba. Luego sospeché si era rubia o sólo es que tenía el cabello lleno de canas. Todos cambiamos, tarde o temprano, de raza. Patty. Sólo se paseaba por la casa del capitán cargando una estatua pesadísima en bronce del águila devorando una serpiente, símbolo de la fundación de México Tenochtitlán. Cuando el capitán decía: “Traite la efigie”, sabías que continuaría un curso de interpretaciones del tipo:

—Ve bien. El águila no devora a la serpiente, la sostiene. El cielo dota a la tierra de razones para existir: la lluvia.

Pero esas eran las locuras de habitar un departamento chueco donde los danzantes celebraban las glorias de la Tenochtitlán devastada. Un delirio que yo aceptaba divertido porque mi hermano Jorge estaba con esta gente, con Eréndira Chitontequiza, más exactamente, y sus vueltas en el petate. Ambos fueron los padrinos de Robinson o Quetzal.

Pero resultó que Nadia quedó rara después del segundo parto. Parece que es bastante común, pero me preocupé porque ya no se levantaba de la cama, ni le daba de comer a los niños. Le dije a Jorge mi hermano cómo me sentía con ella sin moverse, casi sin poder hablar, durmiendo todo el santo día. Y él llegó a la puerta con el capitán Segura Granados sin camisa y en taparrabo, con una cabeza de jaguar de cartón en la cara, y con tenis