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Rascar y oler

El señor Fétido no olía mal... sino requetefatal. Lo suyo era lo que se dice una fetidez fétidamente fétida. Es una lástima que no exista el verbo «fetidar», porque le habría ido que ni pintado. Podría decirse que era el ser más apestoso, nauseabundo y maloliente que haya atufado jamás la faz de la Tierra.

La fetidez es la peor clase de olor que existe. Es peor incluso que un hedor. Y un hedor es peor que una peste. Y una peste es peor que un tufo. Y con un ligero tufo basta para que se te arrugue la nariz.

El señor Fétido no tenía la culpa de oler tan mal. Al fin y al cabo, era un vagabundo. No tenía casa, y por tanto no podía ducharse, como hacemos tú y yo. Con el paso del tiempo, su fetidez se fue haciendo cada vez más insoportable. He aquí al señor Fétido.

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Está hecho un figurín, con esa pajarita y esa chaqueta de tweed, ¿verdad? Pero no os dejéis engañar. Esta ilustración no le hace justicia, porque falta el olor. Este podría ser uno de esos libros que huelen cuando los rascas, pero apestaría tanto que tendríais que tirarlo a la basura. Y luego enterrar el cubo. Muy hondo.

Esa perrita negra que veis a sus pies es Duquesa. No era un perro de raza, sino un simple chucho, y también apestaba lo suyo, aunque no tanto como el señor Fétido. Nada en el mundo olía tan mal como él. A no ser su barba. La barba del señor Fétido estaba llena de trocitos de huevo, salchicha y queso que se le habían caído de la boca años atrás. Nunca, pero nunca, se la había lavado con champú, así que la barba tenía su propia y peculiar fetidez, peor aún que la general.

Cierta mañana, el señor Fétido se presentó en el barrio sin más y se instaló en un viejo banco de madera. Nadie sabía de dónde había venido ni adónde se dirigía, si es que iba a alguna parte. Por lo general, la gente del barrio se mostraba amable con él. A veces dejaban unas pocas monedas a sus pies y se alejaban a toda prisa tapándose la nariz. Pero nadie quería ser su amigo. Nadie se paraba a charlar un rato con él.

Eso cambió el día que una niña reunió el valor suficiente para dirigirle la palabra. Y ahí es donde empieza esta historia.

—Hola —dijo la niña, con la voz algo temblorosa por los nervios. Se llamaba Chloe. Solo tenía doce años y nunca había hablado con un mendigo. Su madre le tenía prohibido acercarse a «esa gentuza». De hecho, ni siquiera le gustaba que Chloe hablara con los chicos que vivían en los bloques de protección oficial. Pero Chloe no creía que el señor Fétido fuera gentuza, sino un hombre que seguramente tenía una historia muy interesante que contar, y si algo le gustaba a Chloe eran las historias.

Todos los días pasaba por delante del vagabundo y de la perrita en el coche de sus padres, de camino a su escuela privada para niñas pijas. Lloviera o hiciera sol, allí estaba el señor Fétido, siempre sentado en el mismo banco con la perra a sus pies. Mientras Chloe iba tan ricamente en el asiento de cuero del coche, junto a su hermana pequeña, una viborilla llamada Annabelle, lo veía por la ventanilla y no podía evitar hacerse preguntas.

Los pensamientos se atropellaban en su mente. ¿Quién era ese hombre? ¿Por qué vivía en la calle? ¿Habría tenido un hogar alguna vez? ¿Qué comía su perro? ¿Tendría algún amigo o familiar? Y si los tenía, ¿sabrían que vivía en la calle?

¿Dónde pasaría la Navidad? Si querías mandarle una carta, ¿qué dirección tenías que poner en el sobre?, ¿«El banco, ya sabéis cuál, un poco más allá de la parada de autobús, nada más doblar la esquina»? ¿Cuándo se habría bañado por última vez? ¿Y se llamaría realmente señor Fétido?

Chloe tenía una imaginación muy fértil. A menudo se tumbaba en la cama e inventaba historias acerca del señor Fétido. A solas en su habitación, se le ocurrían toda clase de peripecias fantásticas. Tal vez el señor Fétido fuera un viejo y heroico marino que había ganado muchas medallas al valor pero no había podido adaptarse a la vida en tierra firme. O quizá fuera un famoso cantante de ópera que una noche, tras dar el do de pecho en la ópera de Londres, se había quedado sin voz y nunca había podido volver a cantar. O tal vez fuera en realidad un agente secreto ruso que iba disfrazado de mendigo para espiar a la gente del barrio...

Chloe no sabía nada de él. Pero lo que sí sabía, el día que se paró a hablar con él por primera vez, era que el vagabundo necesitaba mucho más que ella ese billete de cinco libras que tenía en la mano.

También parecía muy solo, no porque no hubiese nadie a su lado, sino porque daba la impresión de no tener ningún amigo. Eso apenó a Chloe. Sabía muy bien qué era la soledad, porque la había experimentado en sus propias carnes. Veréis, a Chloe no le gustaba demasiado ir al cole. Su madre se había empeñado en apuntarla a una escuela de secundaria muy pija solo para chicas en la que no había podido hacer ni una amiga. Tampoco es que le gustara demasiado estar en casa. Allá donde fuera, siempre tenía la sensación de que no acababa de encajar.

Además, era la época del año que menos le gustaba: la Navidad. Se supone que todo el mundo adora la Navidad, sobre todo los niños, pero Chloe la detestaba. Detestaba el espumillón, las galletas sorpresa y los villancicos, detestaba tener que ver el discurso de la reina por la tele, detestaba los dulces típicos y que nunca cayera una nevada como las de las tarjetas navideñas, detestaba sentarse a la mesa con su familia sabiendo que la cena se alargaría durante horas y horas, y por encima de todo detestaba tener que fingir que estaba contenta solo porque era 25 de diciembre.

—¿En qué puedo servirla, joven dama? —preguntó el señor Fétido. Para sorpresa de Chloe, hablaba con un tono exquisitamente educado. Como nadie se había parado nunca a hablar con él, se quedó mirando a esa niña regordeta, un poco desconfiado.

De pronto Chloe sintió una punzada de miedo. Tal vez no hubiese sido tan buena idea pararse a hablar con el viejo vagabundo. Llevaba semanas, meses incluso, intentando reunir el valor necesario para hacerlo, pero no era así como había imaginado que pasaría.

Para colmo de males, Chloe tuvo que dejar de respirar por la nariz. El hedor empezaba a marearla. Era como si una criatura viva se le hubiese metido por la nariz sin que se diera cuenta y le escociera en la garganta.

—Hummm, perdone que le moleste...

—¿Sí...? —dijo el señor Fétido, un poco impaciente, para sorpresa de Chloe. ¿A qué venía tanta prisa? El hombre se pasaba el día sentado en su banco. No podía creer que de repente tuviera que irse.

En ese momento Duquesa empezó a ladrarle, y Chloe se sintió todavía más asustada. El señor Fétido tiró de la correa, que en realidad era un viejo trozo de cuerda, para que la perra dejara de ladrar.

—Pues, verá... —empezó a explicar Chloe, nerviosa—, mi tía me ha mandado cinco libras para que me compre un regalo de Navidad, pero en realidad no necesito nada, así que he pensado dárselas a usted.

El señor Fétido sonrió. Chloe le devolvió la sonrisa. Por un momento parecía que iba a coger el dinero de Chloe, pero luego clavó los ojos en el suelo.

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—Gracias —dijo—. Es muy generoso por tu parte, aunque no puedo aceptarlo, lo siento.

Chloe se sintió confusa.

—¿Por qué no? —preguntó.

—No eres más que una niña. ¿Cinco libras? Es demasiada generosidad.

—Pero he pensado que...

—Eres muy amable, de verdad, pero me temo que no puedo aceptarlo. Dime, ¿cuántos años tienes, jovencita? ¿Diez?

—¡DOCE! —contestó Chloe, levantando la voz. Era un poco bajita, pero le gustaba pensar que era mayor en muchos otros sentidos—. Tengo doce años. ¡El 9 de enero cumpliré trece!

—Ah, perdona, ya tienes doce años. Casi trece. ¿Por qué no vas y te compras uno de esos nuevos discos que se pueden oír en estéreo? No te preocupes por un viejo vagabundo como yo.

El señor Fétido sonrió, y sus ojos centellearon.

—Si no le molesta —continuó Chloe—, ¿puedo hacerle una pregunta?

—Sí, por supuesto.

—Pues me encantaría saber por qué vive usted en un banco y no en una casa, como yo.

El señor Fétido se removió un poco. Parecía incómodo.

—Es una larga historia, pequeña —contestó—. Tal vez te la cuente otro día.

Chloe se sintió decepcionada. No creía que fuera a haber algún «otro día». Si su madre descubría que se había parado a hablar con él, y no digamos ya a ofrecerle dinero, pondría el grito en el cielo.

—Bueno, perdone que le haya molestado —dijo Chloe—. Que tenga un buen día.

Nada más decirlo, se arrepintió. ¡Qué tontería se le había ocurrido! ¿Cómo iba a tener un buen día el pobre hombre? Era un viejo vagabundo apestoso, y el cielo empezaba a llenarse de nubarrones negros. Se alejó unos pasos calle arriba, deseando que se la tragara la tierra.

—¿Qué es eso que llevas en la espalda, pequeña? —preguntó el señor Fétido.

—¿El qué? —replicó Chloe, intentando mirar por encima del hombro.

Alargó la mano y se arrancó un trozo de papel que llevaba pegado a la espalda. Leyó lo que ponía.

Había una sola palabra escrita en el trozo de papel, en gruesas letras negras:

 

Chloe sintió que se le encogía el estómago de vergüenza. Rosamund debía de haberle pegado el papel en la espalda al salir de clase. Rosamund era la cabecilla de las chicas más guays de la escuela. Siempre estaba metiéndose con Chloe por comer demasiadas chucherías, o por ser más pobre que las demás alumnas del cole, o por ser la jugadora que ninguno de los dos equipos quería en los partidos de hockey. Ese día, al salir de clase, Rosamund le había dado unas palmaditas en la espalda y le había deseado feliz Navidad mientras las demás chicas se desternillaban de risa. Chloe comprendió entonces por qué. El señor Fétido se levantó del banco con esfuerzo y cogió el papel de las manos de Chloe.

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—No puedo creer que lleve toda la tarde con eso pegado a la espalda... —dijo Chloe.

Sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas y apartó la cara, parpadeando como si le molestara la luz del sol.

—¿Qué ocurre, pequeña? —preguntó el señor Fétido con dulzura.

Chloe se sorbió la nariz.

—Bueno —dijo—, al fin y al cabo es verdad... Soy una pringada.

El señor Fétido se agachó un poco para mirarla a la cara.

—No —replicó, muy seguro de sí mismo—. No eres una pringada. La verdadera pringada es la persona que te ha pegado ese papel a la espalda.

Chloe intentó creerle, pero no era fácil. Desde que tenía uso de razón se había sentido como una pringada. Tal vez Rosamund y todas las chicas de su pandilla tuvieran razón.

—Solo hay un lugar para esto —añadió el señor Fétido. Arrugó el trozo de papel y, como si fuera un jugador de críquet profesional, lo lanzó a la papelera con gran agilidad y mejor puntería. Al verlo, la imaginación de Chloe se disparó. ¿Habría sido el señor Fétido capitán de la selección inglesa de críquet en sus años mozos?

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El hombre se sacudió las manos.

—¡La basura, a la papelera! —dijo.

—Gracias —murmuró Chloe.

—No hay de qué —contestó el señor Fétido—. No puedes dejar que unos sinvergüenzas te amarguen la vida.

—Lo intentaré —dijo Chloe—. Encantada de conocerle, señor... hum...

Todo el mundo lo llamaba señor Fétido, pero ella no sabía si él estaba al tanto de ese detalle. Le parecía grosero decírselo a la cara.

—Fétido —dijo el hombre—. Me llaman señor Fétido.

—Ah. Encantada de conocerle, señor Fétido. Yo me llamo Chloe.

—Encantado de conocerte, Chloe —dijo el señor Fétido.

—¿Sabe, señor? —empezó Chloe—, puede que aún me vaya de compras. ¿Hay algo que necesite, como una pastilla de jabón o algo así?

—Gracias, querida —contestó el hombre—, pero no sabría qué hacer con el jabón. Verás, ya me bañé el año pasado. Eso sí, me encantaría comerme unas buenas salchichas. Se me hace la boca agua solo de pensarlo...

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2

 

Un silencio desolador

 

 

—Mamá... —dijo Annabelle.

La mujer se tomó su tiempo para acabar de masticar la comida que tenía en la boca y solo después de tragarla contestó a la niña.

—¿Sí, tesorín mío?

—Chloe acaba de coger una de las salchichas que tenía en el plato y se la ha escondido en la servilleta.

Era sábado por la noche, y la familia Mendrugo estaba sentada a la mesa del comedor, perdiéndose Mira quién baila también ahora y Factor X por estar cenando. La madre de Chloe les había prohibido ver la tele y comer al mismo tiempo, porque decía que era «de lo más vulgar». Así que la familia cenaba en medio de un silencio desolador y mirando las paredes. A veces la madre de Chloe proponía un tema de debate, que por lo general giraba en torno a lo que ella haría si gobernara el país. Ese era su tema preferido, desde luego. La señora Mendrugo había renunciado a llevar un salón de belleza para presentarse como candidata al Parlamento, y no le cabía la menor duda de que algún día llegaría a ser primera ministra.

La madre de Chloe había puesto Elizabeth a la gata persa de la familia en honor a la reina. Estaba obsesionada con «tener mucha clase». En la planta baja había un lavabo que nadie usaba porque estaba reservado para «los invitados muy importantes», como si algún miembro de la familia real fuera a llamar a la puerta para hacer pis. En el aparador había una vajilla de porcelana que también se reservaba para «las visitas» y que nunca habían usado. La señora Mendrugo echaba ambientador hasta en el jardín. Nunca salía a la calle, ni contestaba al timbre siquiera, sin ir de punta en blanco, con sus adoradas perlas en torno al cuello y el pelo más tieso que un ajo de tanta laca. Se echaba tal cantidad que para entonces ya había hecho su propio agujero en la capa de ozono. Estaba tan acostumbrada a mirar a todo el mundo por encima del hombro que corría el peligro de que una tortícolis la dejara así para siempre. He aquí una foto de la madre de Chloe.

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¿A que parece sacada del manual de la perfecta pija?

Como era de esperar, el señor Mendrugo, o simplemente papá, como prefería que lo llamaran cuando su mujer no andaba cerca, era un hombre discreto y por lo general no abría la boca a menos que alguien le dirigiera la palabra. Era grande y fuerte, pero su mujer lo hacía sentirse pequeñito por dentro. El señor Mendrugo solo tenía cuarenta años, aunque se estaba quedando calvo y empezaba a caminar encorvado. Trabajaba de sol a sol en una fábrica de automóviles en las afueras de la ciudad.

—¿Has escondido una salchicha en la servilleta, Chloe? —preguntó la señora Mendrugo.

—¡Siempre intentas fastidiarme! —le soltó Chloe a su hermana.

No le faltaba razón. Annabelle, que tenía dos años menos que Chloe, era una de esas criaturas que los adultos consideran perfectas pero los otros niños no soportan porque son unas estiradas y unas chivatas. Annabelle disfrutaba metiendo a su hermana en toda clase de líos. Tenía la costumbre de tumbarse en la cama, en su habitación pintada de rosa fucsia, y ponerse a chillar: «¡SAL DE ENCIMA, CHLOE, QUE ME HACES DAÑO!», aunque su hermana estuviera escribiendo tranquilamente en la habitación de al lado. Podría decirse que Annabelle era mala. Desde luego lo era con su hermana mayor.

—Lo siento, mamá, se me ha caído la salchicha al regazo —dijo Chloe, compungida. Su plan era sacar la salchicha sin que nadie se diera cuenta y llevársela al señor Fétido. Llevaba toda la noche pensando en él. Lo imaginaba temblando a oscuras esa noche fría de diciembre mientras ellos comían hasta reventar en su casa calentita.

—Bueno, Chloe, pues sácala de la servilleta y vuelve a dejarla en el plato —le ordenó su madre—. ¡Bastante vergüenza me da que estemos cenando salchichas! Mira que le dije a tu padre que se personara en el súper y comprara cuatro filetes de lubina salvaje. Y va y me trae una bandeja de salchichas. Si alguien se presentara de visita y nos viera comiendo esta clase de comida me moriría de vergüenza. ¡Nos tomarían por cavernícolas!

—Lo siento, querida esposa —intervino el padre de Chloe—, pero los filetes de lubina salvaje se habían agotado.

El señor Mendrugo miró a Chloe y le guiñó el ojo con disimulo mientras hablaba, confirmando sus sospechas de que había desobedecido voluntariamente las órdenes de su esposa. Chloe le sonrió con discreción. Tanto su padre como ella adoraban las salchichas y muchos otros alimentos que la señora Mendrugo veía con malos ojos, como las hamburguesas, los palitos de pescado, los refrescos con gas y sobre todo los helados de máquina («espuma del demonio», como los llamaba ella). «Nunca se me ocurriría comer nada comprado en un puesto ambulante —solía decir—. ¡Antes muerta!»

—Venga, a echar una mano, todo el mundo —señaló la madre de Chloe cuando acabaron de cenar—. Annabelle, angelito mío, tú recoge la mesa. Chloe, tú puedes lavar los platos, y tú, marido, puedes secarlos.

Cuando la madre de Chloe decía «a echar una mano, todo el mundo», se refería a todo el mundo excepto a sí misma. Mientras el resto de la familia se afanaba en dejarlo todo limpio y recogido, ella se dejaba caer en el sofá y abría el envoltorio de una finísima oblea de chocolate mentolado. Las mordisqueaba con tanta parsimonia que cada una le duraba una hora. Era desesperante.

—¡Ha vuelto a desaparecer una de mis obleas de chocolate mentolado Bendicks! —proclamó a gritos.

Annabelle miró a Chloe con aire acusador antes de volver al comedor para acabar de recoger la mesa.

—¡Apuesto a que has sido tú, gordi! —le dijo en susurros.

—Eso no es manera de hablarle a tu hermana, Annabelle —le regañó el señor Mendrugo.

Chloe se sintió culpable, aunque no era ella quien había estado robando las chocolatinas de su madre. Se volvió de nuevo hacia el fregadero.

—Chloe, ¿por qué intentabas esconder esa salchicha? —preguntó el señor Mendrugo—. Si no te gustaba, podías haberlo dicho.

—No intentaba esconderla, papá.

—Y entonces ¿qué estabas haciendo con ella?

De pronto Annabelle entró en la cocina cargada con otra pila de platos sucios, por lo que padre e hija enmudecieron. Esperaron hasta que la niña salió otra vez.

—Bueno, papá, ¿sabes ese vagabundo que siempre está sentado en el mismo banco todos los...?

—¿El señor Fétido?

—Sí. Bueno, he pensado que su perro parecía hambriento y se me ha ocurrido llevarle una o dos salchichas.

Era una mentira, pero no demasiado gorda.

—Bueno, supongo que no hay nada de malo en darle algo de comida al pobre animal —dijo su padre—. Pero solo esta vez, ¿de acuerdo?

—Es que...

—Solo esta vez, Chloe. Si no el señor Fétido esperará que des de comer a su perro todos los días —le advirtió su padre—. Escucha, he escondido otro paquete de salchichas detrás de la crème fraîche, que no sé ni lo que es. Mañana las haré antes de que tu madre se despierte para que puedas llevárselas a...

—¿A QUÉ VIENE TANTO CUCHICHEO? —preguntó la madre de Chloe desde la sala de estar.

—Ah, hum... estamos tratando de decidir a cuál de los cuatro hijos de la reina admiramos más —mintió su padre—. Yo voto por Ana, que es una amazona excelente, pero Chloe se decanta por el príncipe Carlos, por sus deliciosas galletas ecológicas.

—Muy bien. ¡Seguid así! —gritó la madre de Chloe desde la otra habitación.

El señor Mendrugo miró a Chloe con una sonrisa pícara.