Prólogo
La sociedad se ha psicologizado; cualquier acontecimiento de la realidad social, si se analiza en profundidad, tiene un trasfondo psicológico. Dos de las disciplinas médicas que más han crecido en los últimos años en Occidente han sido la psiquiatría y la cirugía estética, lo que nos revela los cambios sociales ocurridos en estos inicios del siglo XXI.
Y al mismo tiempo vivimos tiempos de extravío. Hemos pasado de una sociedad sólida a otra líquida. Muchas cosas y muchos hechos actuales flotan difusos, etéreos, zigzagueantes, se mueven de aquí para allá de forma caprichosa, y es menester encontrar el sentido y la explicación de lo que está sucediendo.
La vida viene sin manual de instrucciones. Por eso la vida enseña más que muchos libros, es la gran maestra. Pido que un millón de personas de los cuarenta y cinco que forman la población de nuestro país, España, sean capaces de contagiar unas gotas de optimismo. El pesimismo llama al pesimismo y la capacidad de superación hace brotar el optimismo. Hay que educar para el esfuerzo, para la lucha, para ser capaces de vencernos a nosotros mismos e ir sacando poco a poco lo mejor que llevamos dentro. Aquí viene este libro de la doctora Santos para aclararnos muchas de las cuestiones que pongo sobre el tapete. Incluso el mismo título, Levantarse y luchar, es una declaración de principios. El bombardeo continuo en la sociedad de la información de noticias negativas se vuelve abrumador. Casi todo lo que nos llega en la prensa escrita y hablada está repleto de desaliento. No debemos olvidar que las noticias positivas son escasas, si exceptuamos el fútbol u otros acontecimientos deportivos y alguna que otra inauguración.
Últimamente se han hecho muchos trabajos de investigación con rigor que explican qué es la felicidad y cómo vivir sin estrés. Recientemente se ha afirmado que el país más feliz del mundo es Colombia, una tierra llena de vida y energía, donde la gente está en la calle y vive en el ahora. Tengo delante algunas escalas de conducta que miden la felicidad, que son instrumentos diseñados para calibrar de forma científica en qué consiste esta y cuáles son los principales ingredientes que se hospedan dentro de este concepto. Una de las primeras fue diseñada por el inglés Argile en 1989, a la que luego han seguido varias investigaciones. En ellas se miden el sentido positivo de la vida, la satisfacción, la realización personal, la alegría de vivir, así como la salud física personal y la salud ecológica del país donde uno reside o el ritmo de vida.
El libro que presento está dividido en siete capítulos. En cada uno de ellos late un tema específico: el dolor, el trauma, lo que quita la felicidad y el miedo, forman los cuatro primeros; los que restan tienen una expresión terapéutica: construir la resiliencia, saber que los límites de nuestra capacidad de superación de las adversidades están solo en nuestra mente, y termina el último capítulo del libro con un programa de entrenamiento para ser una persona con un buen nivel de resiliencia.
Bien, lo primero que tenemos que determinar es en qué consiste la resiliencia. La palabra procede del latín, resilio, -ire: «saltar, compensar»; es un muelle que se hunde hasta abajo y que después salta y recupera su extensión. Es un concepto que inicialmente proviene de la física y que se refiere a la capacidad de los metales para doblarse sin partirse. También asoma en la ingeniería, el mundo animal, la traumatología y la psicología, que es de lo que trata este libro. Resiliencia «es la capacidad para superar las dificultades y los reveses de la vida, sin quedarse atrapado en el sufrimiento y el dolor, y salir fuerte y airoso de esa vivencia». No hablamos de cualquier cosa. Su paternidad está en Michael Rutter y se prolonga con Boris Cyrulnik.
Es un error educar para el éxito y la felicidad. La felicidad es un resultado, es suma y compendio de la vida auténtica, y el éxito siempre es relativo, porque significa haber alcanzado un nivel de resonancia social alto, aunque hay que preguntarse qué precio ha habido que pagar para llegar a esa cima. Hay que educar para el esfuerzo, la lucha deportiva, el espíritu de superación, templar la conducta para crecerse ante las dificultades. Esto es lo que explica la doctora Santos recurriendo a ejemplos reales como los de Bosco Gutiérrez, Jose Villela, Jorge Font, Tim Guénard, Anne-Dauphine, Teresa Silva y algunos otros resilientes. Su idea es construir la resiliencia.
Desde Hans Selye conocemos mejor cómo se produce nuestra reacción al estrés: en los comienzos se produce una alarma, viene a continuación la fase de resistencia y culmina con la fase de agotamiento. Pero las investigaciones más pioneras han puesto de relieve la importancia de la percepción personal como ingrediente clave para tener una respuesta que sea positiva, creativa, que nos empuje a superar ese evento duro, inesperado y que anuncia una derrota. Pondré algunos ejemplos históricos a lo largo de estas breves páginas para que el lector vaya de la anécdota a la ley general.
Desde el siglo XVIII, con la Ilustración, empezó a hablarse con cierta fuerza de la felicidad, con tres grandes temas asomando: libertad, igualdad y fraternidad. Estas tres condiciones debían procurar la felicidad a la población, y al mismo tiempo se institucionaliza la razón; los instrumentos racionales se convirtieron en herramientas para llegar a cierto grado de bienestar. La reacción contraria apareció en el siglo XIX, cuando se produjo un giro copernicano con el Romanticismo, la exaltación de los sentimientos y las pasiones. Y apareció una concepción de la felicidad más centrada en la afectividad. Durante el siglo XX, lo ilustrado y lo emocional han ido paralelamente, como siguiendo cada uno su propio sendero, y el resultado no ha sido bueno. En las últimas dos décadas del siglo XX asoma un cambio de dirección, la necesidad de ensamblar a la vez corazón y cabeza, sentimientos y razones, lo afectivo y lo intelectual.
Hay algunos casos históricos de cómo el ser humano puede ser feliz a pesar de las adversidades de la vida en grado sumo, y quiero subrayar ejemplos estelares de personas que han sabido afrontar situaciones muy duras saltando por encima de ellas y consiguiendo buenas dosis de eso que llamamos ser feliz. Los ladrones de la felicidad asoman por doquier, pero si tienes las ideas claras no podrán contigo, porque más importante que la fortaleza es la capacidad de adaptación. La felicidad es una forma positiva de mirar la realidad; es una óptica especial que criba lo negativo y tira de lo positivo hacia arriba. Es un saltar airoso sobre los obstáculos. Así vemos historias poderosas como la de Tomás Moro, Solzhenitsin, Boris Cyrulnik, Van Thuan, Nelson Mandela y Vaclav Havel entre otros.
Tomás Moro murió en 1535 en la cárcel de Londres, donde un verdugo le cortó la cabeza. Era abogado de profesión y mano derecha de Enrique VIII. El rey se separó de su mujer y se casó con la de su hermano Arturo, Catalina de Aragón, cuando este murió. Hoy sabemos que ese monarca tuvo muchas mujeres y, con toda seguridad, que fue un manual de psiquiatría ambulante, cuando en esa época no existía esta disciplina médica. Tomás Moro murió solo, arruinado y en la cárcel, y en sus últimos escritos nos habla de la paz interior y de la felicidad. ¿Cómo es posible que un hombre en estas circunstancias dijera que se sentía feliz? En sus últimas palabras afirmó: «Muero amigo de rey y fiel a mi Dios». La felicidad no depende de la realidad, sino de la interpretación de la realidad que uno hace. Tomás Moro murió por sus ideales, por su sentido profundo de la vida. Inglaterra no ha tenido un personaje de esa talla moral en los últimos cinco siglos y que haya dejado una huella tan decisiva en las siguientes generaciones.
Otro personaje que no quiero dejarme es Alexander Solzhenitsin, un hombre excepcional que nació en el Cáucaso. En 1945 fue detenido por «delitos de opinión», ya que fue interceptada una carta suya en la que hablaba mal de Stalin y Lenin. Fue deportado a un campo de trabajo donde estuvo durante ocho años. Una vez fuera de allí, reconstruyó todo lo que había vivido y escribió en la clandestinidad sobre el Gulag, que era el nombre de la red de campos de castigo soviéticos. Su obra es un documento monumental en el que cuenta minuciosamente la vida en la industria penitenciaria en los tiempos de la Unión Soviética. Su primer libro lo escribió allí directamente: Un día en la vida de Ivan Denisovich, donde cuenta lo que hacía en una jornada en ese lugar de crueldad. Su disección se convierte en un viaje a través del miedo, del dolor, de la muerte..., con los que el comunismo acalló cualquier disidencia. Este libro estremeció los cimientos del comunismo ya que relató el horror que vivieron millones de personas. En muchas páginas de su Archipiélago Gulag habla de la felicidad. ¿Cómo puede un hombre asomarse a la ventana de la felicidad en esas condiciones infrahumanas? La respuesta está en el sentido de su vida: él sabía por lo que luchaba y quería contribuir a derrocar un sistema que nació de forma romántica, buscando justicia social, y terminó siendo demoledor. En 1970 recibió el Premio Nobel de Literatura.
Quiero contar también el caso del judío francés Boris Cyrulnik. Nació en Burdeos en 1937 y perdió a su familia en el campo de concentración de Auschwitz. Tenía seis años cuando logró escapar por debajo de la verja, y pasó varias semanas vagando por el campo hasta llegar a una granja de beneficencia. Al final terminó acogido en una familia que le ofreció cariño, alegría de vivir y pasión por la lectura. Él quería estudiar, ser médico y psiquiatra. Y fue consiguiendo las tres cosas. Es uno de los padres de la resiliencia, concepto tomado de la física, de la capacidad de los metales para chocar con otros objetos sin partirse o sin ser fracturados. Toda su teoría es que por muy mala que haya sido la infancia y los sufrimientos padecidos y las carencias que hayamos tenido, nuestra vida no está escrita, sino que dependemos de la capacidad que vayamos desarrollando para superar esas adversidades. En su libro El patito feo nos habla de esto, de superar frustraciones, heridas, descubriendo el sentido de la vida, la motivación por la que nos crecemos ante las dificultades. De esta manera él rompió el mito de que un niño maltratado cuando crece ha de ser un maltratador, y utiliza la leyenda del patito feo que cuando creció se convirtió en un cisne. La resiliencia nos habla de la capacidad para sacar fuerzas de donde parece no haberlas y extraer una lección positiva de una experiencia traumática, como he comentado anteriormente.
La resiliencia es equilibrio entre la persona y los factores de riesgo de su entorno. Los niños resilientes son capaces de desarrollar positivismo mental, autoconfianza y simpatía hacia los que sufren, volcándose con ellos para ayudarlos. Eso les convierte en adultos responsables, capaces de alcanzar los objetivos que se propongan.
Quiero referirme a otro personaje menos conocido que los anteriores, pero por el que tengo gran pasión, el vietnamita Van Thuan. Este sacerdote católico pasó nueve años solo en una celda, donde cualquier persona habría perdido la razón y se habría convertido en un vegetal, y cuatro años más con presos comunes. Fue detenido en 1975. Soportó con paciencia las penurias de la cárcel durante esos nueve años y las llamadas terapias de reeducación comunista, que en él no hicieron el menor efecto. Se hizo amigo de los carceleros y les dio lecciones de humanismo. En sus dos libros, titulados Testigos de esperanza, que es el más importante, y Cinco panes y dos peces, nos habla de esos años, que fueron decisivos para él, y nos explica que a pesar de no tener nada, se sentía libre interiormente y feliz con ese tipo de vida que le había tocado.
Se reitera, pues, la idea central que he mantenido a lo largo de estas líneas, esto es, que la felicidad es una forma de mirar la realidad, según la óptica de las ideas y creencias que habitan dentro de nosotros. Si el amor es la poesía de los sentidos, la inteligencia es la nitidez de la razón. La felicidad es estar contento con uno mismo al comprobar que se lucha por ser auténtico. La felicidad es un estado de ánimo positivo, de alegría y gozo interior, al comprobar que uno ha hecho en la vida el mayor bien posible y el menor mal consciente.
Querido lector, tienes delante de ti un libro sugerente, claro, preciso, con testimonios de personas que han recibidos golpes serios en la vida y han sido capaces de darle la vuelta a los argumentos. La doctora Santos ha sabido hilvanar un texto que invita a la reflexión y muestra cómo crecerse ante los mil y un avatares que nos pueden suceder en la vida. Lo que te hace crecer como persona son las derrotas bien asumidas, aceptadas y configuradas por dentro en el mapa del mundo personal. Esta psiquiatra española ha sabido dar con la fórmula adecuada para ir tejiendo un tapiz psicológico, en el que se graba a fuego aquella máxima latina: «Nihil difficile volenti»; nada es difícil, si hay voluntad. No hay obstáculo que no pueda ser vencido si la voluntad está fortalecida… Sin olvidar la fe.
Enrique Rojas, catedrático de psiquiatría
y director del Instituto Español de
Investigaciones Psiquiátricas de Madrid
Introducción
Largo es el camino de la enseñanza por medio de
teorías, breve y eficaz a través del ejemplo.
SÉNECA
El término «resiliencia» hace relativamente poco tiempo que empezó a difundirse más allá del ámbito científico. Sin embargo, en la actualidad, desgraciadamente, está poniéndose de moda debido a las situaciones límite que muchas personas se ven obligadas a afrontar.
Después de los acontecimientos traumáticos derivados del atentado terrorista del 11-S en Nueva York y por la creciente espiral de violencia que padecemos, desde la Sociedad Española de Especialistas en Estrés Postraumático (SETEPT) —fundada en 2001— observamos un considerable aumento de la vulnerabilidad en las personas que hace que se cronifiquen los miedos internos y se vea modificada la psicobiología cerebral.
Desde esa perspectiva de la neurociencia, muchos especialistas llevamos trabajando más de una década, con excelentes resultados, en el desarrollo de la resiliencia, entendida como la capacidad que tiene cada persona para poder afrontar las circunstancias más adversas. Y hemos comprobado que el daño provocado por el hecho de no aceptar la adversidad y, por tanto, de no saber adaptarse suele ser más pernicioso que las propias causas.
Mi interés por este tema en particular se remonta a una visita que realicé hace casi veinte años, junto con otros compañeros psiquiatras, a una empresa farmacéutica de Munich. Allí nos explicaron los experimentos que se llevaban a cabo en el laboratorio, en los que provocaban estrés en diminutos roedores para forzar el desarrollo de la resiliencia.
Impulsada por la pasión y la curiosidad científica de descubrir los misterios más oscuros de la naturaleza, empecé a madurar la idea de aplicar al desarrollo de la personalidad lo que aprendí en esa visita, con la creencia de que la esperanza nos hace resilientes.
Aquellos investigadores descubrieron que podían aumentar la resistencia natural en animales de laboratorio si estos habían tenido una experiencia positiva anterior. El experimento consistía en introducir un ratón en un bidón con agua para que nadara en busca de la salida. El animal daba vueltas y vueltas hasta que, agotado, no podía continuar y se hundía. Vieron que todos ellos aguantaban, aproximadamente, unas cincuenta vueltas. El siguiente paso fue introducir en el bidón una ramita rugosa cuando uno de los ratones estaba a punto de abandonar, exhausto, la búsqueda. El animal trepó a la ramita y se vio a salvo. Pasados unos días, y una vez recuperado del estrés sufrido, volvieron a introducirlo en el mismo bidón. El pobre animal repitió la operación pero esta vez aguantó hasta quinientas vueltas antes de rendirse. Multiplicó por diez su resistencia. No se abatió antes porque sabía que existía una salida.
Esto, en realidad, tiene mucho que ver con la esperanza del ser humano, quien, como el ave fénix, posee la capacidad para renacer de sus cenizas, para reinventarse, porque su potencial es enorme, aunque lo desconozca.
Los sueños y la felicidad recorren la misma senda. Si bien los sueños unas veces se cumplen y otras no, la felicidad depende en gran medida de mantener la ilusión por alcanzarlos. Lo ideal es acortar, día a día, la distancia entre lo que vamos consiguiendo y lo que deseamos. Se trata, en suma, de vivir sabiendo, como decía Platón, que lo importante es llegar, no el tiempo empleado en conseguirlo. Esto podemos aplicarlo en el ámbito personal y también en el profesional, y nos permite respirar tranquilos.
Poco a poco, con nuestras acciones, nos convertimos en lo que deseamos ser. Pensar que podemos nos abre la puerta de lo posible. Lo contrario supone echar el cerrojo a cualquier probabilidad de éxito. Por eso, pensar en lo que podemos conseguir, y olvidarnos de lo difícil que resulta, ha de convertirse en nuestra forma de vivir, sin miedo al fracaso e ilusionados con el futuro.
Es aquí, precisamente, donde entra en juego la resiliencia, es decir, la capacidad que todos tenemos —y que podemos desarrollar— para afrontar las dificultades de forma constructiva y, de este modo, lograr los recursos creativos que nos permitan seguir siendo productivos a pesar de haber sufrido un proceso traumático. Hoy en día, quizá más que nunca, es necesario desarrollar esta cualidad y aprender a sacar impulso después de las caídas. Es importante saber que tenemos muchas capacidades que no se desarrollan hasta que las circunstancias nos obligan a ponernos al límite.
Actualmente, la crisis financiera mundial, y por ende la española, nos ha sobrevenido a los ciudadanos de a pie casi por sorpresa, y ha motivado un conjunto de situaciones (pérdidas de trabajo, cambios en el nivel de vida, inseguridad sobre el futuro, etc.) que hacen que nos sintamos más vulnerables al no saber gestionar positivamente esta «nueva» circunstancia.
Cuando no se consiguen los objetivos que nos proponemos, puede aparecer un sentimiento de frustración acompañado de cambios de humor, irritabilidad y cansancio, así como sentimientos de incapacidad y de pérdida, o de baja autoestima, que frecuentemente se confunden con la depresión y, al mismo tiempo, van reduciendo nuestros deseos de superación y apagando nuestras motivaciones.
Desde el punto de vista clínico, sabemos que muchas depresiones son reacciones psicológicas producidas por la falta de adaptación ante algún conflicto difícil de superar, y podemos anticipar que, estadísticamente, a lo largo de la vida todos vamos a tener que afrontar dos o tres acontecimientos traumáticos que nos pondrán a prueba (la muerte de los padres o de otras figuras significativas, la dureza de una enfermedad crónica o degenerativa, algún revés económico grave o emocional, pasar por algún momento de mayor sufrimiento por su crudeza o violencia, situaciones de especial soledad o abandono. Excepcionalmente también podemos sufrir un ataque terrorista, un secuestro o una catástrofe natural). En esas circunstancias, se observa que algunas personas sobreviven y crecen mientras que otras se amargan y sucumben. El problema no está tanto en el suceso traumático como en el modo de afrontarlo, es decir, en nuestra propia respuesta.
Aprender a vivir es una asignatura difícil y necesita puntos de referencia. Actualmente, disponemos de mucha información, pero carecemos de criterios para seleccionar lo que es realmente importante. Por ese motivo es preciso tener modelos de identidad que nos transmitan lo atractivo del esfuerzo cuando se trata de alcanzar metas.
En este libro cito los testimonios de algunas personas para que sirvan de inspiración. Si bien no son personas excepcionales, todas son grandiosas. Son héroes y heroínas de carne y hueso, con una vida normal, que lucharon y vencieron. No se consideran víctimas de un drama sino protagonistas de un relato épico en el que la adversidad fue su punto de partida. Los llamamos «héroes» y «heroínas» porque, pudiendo haber sucumbido, aprendieron a levantarse. Conoceremos sus experiencias en primera persona, y las enseñanzas que se deducen de ellas serán la mejor aportación de este libro.
Viktor Frankl y Bosco Gutiérrez explican cómo lograron sobrevivir a un largo cautiverio. Con algunos empresarios atrapados en los negocios aprenderemos a iluminar la estancia, aunque tengamos que movernos en la oscuridad de la noche. Sabremos, de la mano de José Villela, lo que significa renacer, y caminaremos sin perder la brújula gracias a deportistas como Ismael Santos, ex jugador del Real Madrid. Incluso podremos adaptarnos a las nuevas circunstancias como han hecho Teresa Silva y Jorge Font, porque, al igual que sucede en el deporte de competición, la vida es una lucha constante. Esto lo sabe muy bien Rafa Nadal, por su férrea voluntad de volver a lograr el éxito a pesar de sus graves lesiones físicas. También lograrán conmovernos, sin duda alguna, el testimonio de Tim Guenard, abandonado y maltratado en la infancia, y la entereza con que Anne-Dauphine bebió con una sonrisa el trago amargo de una adversidad tras otra, o cómo Martha Rivera asumió con naturalidad que debía conciliar la vida cotidiana con la enfermedad.
En todas estas personas subyace una personalidad resiliente. Su actitud permanente ante las dificultades es la de levantarse y luchar, y por ello han podido afrontar la adversidad y salir fortalecidas. Aunque cada caso es distinto, tan diferente como las estrellas del firmamento, la esencia es la misma: todos responden brillando como un faro de esperanza que se enciende en el sombrío panorama de la tempestad actual. Todos nos muestran un camino de superación que hace posible continuar con la propia vida, porque, si ellos lo han logrado, nosotros también podemos hacerlo.
Este libro es para ti, para que puedas enfrentarte a la vida, crecer y ser punto de referencia para otros. No esperes a sufrir una tragedia para hacerte resiliente. La resiliencia no debe reducirse a las personas acuciadas por determinadas circunstancias, sino que es una actitud a desarrollar en nosotros mismos y en nuestro entorno, procurando vivir siempre de forma fructífera aunque tengamos el viento en contra. Contra corriente es avanzar plantando cara al viento.
Como comprobarás a lo largo de este libro, la vida es algo más que una carrera de velocidad sin sentido para conseguir la felicidad inmediata, porque, con frecuencia, eso nos hace perder la perspectiva. Pero la felicidad, tomando lo que William Faulkner dijo de la sabiduría suprema, es «tener sueños lo bastante grandes para no perderlos de vista mientras se persiguen».
En definitiva, el mensaje positivo que quiero hacer llegar es el siguiente: no se trata de huir de la adversidad sino de saber afrontarla. Tenemos que entrenarnos, no para el éxito, como se ha hecho en las últimas décadas, sino para el esfuerzo, y dejar que aflore lo mejor que hay dentro de nosotros. Esto es una carrera de fondo en la que no hay que perder de vista la meta y, como bien sabe el verdadero atleta, detrás de la brillante agilidad de movimientos que parecen naturales y espontáneos se esconde un entrenamiento disciplinario y repetido en el que contar con la constancia es vital.
Mi deseo como psiquiatra, acostumbrada a presenciar el sufrimiento humano, es que con estas páginas consiga motivar a mis lectores y lectoras a encontrar las claves de una felicidad más genuina y estable, así como facilitar el descubrimiento y el desarrollo de la fortaleza interior que, con absoluta seguridad, tienen pero desconocen. Solo entonces me daré por satisfecha.
Hacienda de Montefalco,
5 de agosto de 2012