Agradecimientos

En el otoño de 2011, Penguin me planteó por primera vez la idea de escribir una introducción a la economía y las ciencias económicas que resultara accesible a un público lector lo más amplio posible a través de quien era mi editor en aquella época, Will Goodlad. Actualmente Will se dedica a otros asuntos, pero aun así sus aportaciones fueron fundamentales para la organización y redacción de este libro, a pesar de hallarse embarcado en una etapa intensa de sus nuevas ocupaciones.

No podría haber escrito este libro sin el generoso apoyo de Laura Stickney, mi editora. Supongo que no fue fácil para ella, puesto que tuvo que soportar largos períodos de silencio y numerosas reelaboraciones de los primeros capítulos. Sin embargo, tuvo fe en mí y me apoyó durante el proceso, limitando al mínimo sus intervenciones, estimulándome con discreción y brindándome una inmensa cantidad de consejos excelentes, tanto sobre temas específicos como sobre asuntos editoriales. Solo tengo palabras de agradecimiento para ella.

Ivan Mulcahy, mi agente literario, hizo aportaciones de suma importancia, como de costumbre. En particular, sus sugerencias sobre el primer borrador, bastante incompleto, hicieron que el libro volviera a cobrar vida precisamente cuando el proceso de escritura corría el peligro de perder impulso y yo corría el peligro de perder la fe en lo que intentaba escribir.

Peter Ginna, mi editor en Estados Unidos, hizo asimismo aportaciones de gran relevancia, sobre todo en la etapa final de la redacción.

Muchos amigos me ofrecieron ayuda y estímulo, pero tres de ellos merecen una mención especial. Duncan Green, William Milberg y Deepak Nayyar leyeron todos los capítulos (en algunos casos tuvieron que leer más de una versión de un mismo capítulo) y efectuaron comentarios extremadamente útiles. También me brindaron apoyo moral durante las etapas difíciles del proyecto, que fueron muchas.

Felix Martin hizo contribuciones muy importantes sobre la estructura desde el principio, cuando el libro no era sino un proyecto. También leyó varios capítulos e hizo comentarios sumamente útiles. Finlay Green tuvo la amabilidad de leer la mayoría de los capítulos y sugirió diversas maneras de mejorar mi estilo para volverlo más accesible y ameno.

También quiero dar las gracias a todas las personas que leyeron distintas versiones de la obra o diversos capítulos e hicieron comentarios útiles. Por orden alfabético, se trata de Jonathan Aldred, Antonio Andreoni, John Ashton, Roger Backhouse, Stephanie Blankenberg, Aditya Chakrabortty, Hasok Chang, Victoria Chick, Michele Clara, Gary Dymski, Ilene Grabel, Geoffrey Hodgson, Adriana Kocornik-Mina, David Kucera, Costas Lapavitsas, Sangheon Lee, Carlos López Gómez, Tiago Mata, Gay Meeks, Seumas Milne, Dimitris Milonakis, Brett Scott, Jeff Sommers, Daniel Tudor, Bashkar Vira y Yuan Yang.

Mi estudiante de doctorado y asistente de investigación, Ming Leong Kuan, fue extremadamente eficiente y creativo a la hora de recabar y procesar la información necesaria. Dada la importancia que otorgo a las «cifras de la vida real» en este libro, debo afirmar que la ayuda de Ming Leong fue esencial para que la obra llegara a ser lo que es.

Durante los dos años que me llevó la redacción de este libro, mi esposa, Hee-Jeong, mi hija Yuna y mi hijo Jin-Gyu sufrieron bastante, pero me brindaron muchísimo amor y un apoyo constante. Hee-Jeong y Yuna leyeron varios capítulos y realizaron comentarios sumamente útiles. Jin-Gyu me recordó todo el tiempo que existen cosas mucho más importantes en la vida que la economía, entre ellas el doctor Who, Hercule Poirot y Harry Potter.

La pequeña familia que tengo en Inglaterra no tendría esa solidez que afortunadamente la caracteriza sin el amor de nuestros familiares coreanos. Mis suegros nos dieron muchísimo cariño y apoyo. Mis padres, por su parte, han sido una constante fuente de amor y estímulo para nosotros. Sobre todo, yo no sería quien soy de no haber sido por el sacrificio y el amor de mis padres. Este libro se lo dedico a ellos.

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PRÓLOGO

¿Por qué tomarse la molestia?

¿POR QUÉ ES NECESARIO APRENDER ECONOMÍA?

¿Por qué la economía despierta tan poco interés en la gente?

Dado que eligió este libro, es probable que usted tenga al menos un interés pasajero en la economía. Sin embargo, también es probable que su lectura lo perturbe un poco. Se supone que la economía es difícil; tal vez no tanto como la física, pero sí lo bastante exigente. Más de un lector seguramente recordará haber oído en la radio a algún economista dando una explicación que le parecía cuestionable y aun así haberla aceptado porque, después de todo, el experto era él y uno ni siquiera se había leído un buen libro de economía.

Pero ¿es realmente tan difícil la economía? No tiene por qué serlo... si es explicada en términos claros y simples. En mi libro anterior, 23 cosas que no te cuentan sobre el capitalismo, me metí en camisa de once varas al afirmar que el 95 por ciento de la economía es sentido común, pero que se hace que parezca difícil mediante jergas y muchas matemáticas.

La economía no es la única disciplina que les parece difícil a los no iniciados. En todas las profesiones que implican una cierta competencia técnica —ya se trate de la economía, la fontanería o la medicina—, las jergas que facilitan la comunicación en el ámbito profesional la dificultan con los no iniciados. Desde una perspectiva un tanto más cínica, todas las profesiones técnicas tienen un interés manifiesto en parecer más complicadas de lo que en realidad son, para de ese modo justificar los elevados honorarios que cobran los profesionales por sus servicios.

Aun teniendo en cuenta todo esto, cabe señalar que la economía ha tenido un éxito enorme a la hora de lograr que el público en general se resista a adentrarse en sus dominios. A pesar de no tener la formación ni los conocimientos adecuados, la gente suele expresar opiniones tajantes sobre toda clase de cosas: el cambio climático, el matrimonio homosexual, la guerra de Irak, las centrales nucleares... Pero, en lo que atañe a la economía, muchos sencillamente no tienen el menor interés; por no mencionar que tampoco tienen opiniones firmes al respecto. ¿Cuándo fue la última vez que participó en una discusión sobre el futuro del euro, la desigualdad en China o las perspectivas de la industria manufacturera estadounidense? Estos temas pueden tener un fuerte impacto sobre su vida, cualquiera que sea su lugar de residencia, puesto que afectan —de manera positiva o negativa— a sus expectativas laborales, a su salario y en última instancia a su jubilación. No obstante, es harto probable que no se haya detenido a pensar en ellos.

El hecho de que los temas económicos carezcan de ese atractivo visceral que poseen otras cuestiones —el amor, los desplazamientos y el desarraigo, la muerte y la guerra— explica este (por lo demás curioso) estado de cosas. Se debe principalmente a que, sobre todo en las últimas décadas, a la gente se la indujo a creer que, al igual que la física o la química, la economía es una «ciencia» que tiene una única respuesta correcta para todo. Por eso mismo, los legos tendrían que avenirse a aceptar el «consenso profesional» y dejar de pensar en ello. Gregory Mankiw, profesor de economía de Harvard y autor de uno de los textos más populares sobre economía, afirma lo siguiente: «A los economistas les gusta hacerse pasar por científicos. Lo sé porque yo mismo lo hago con frecuencia. Cuando doy clase a los estudiantes universitarios, describo premeditadamente el campo de la economía como una ciencia para que ningún novato en estas lides piense que se ha embarcado en una empresa académica de mala muerte».1

Sin embargo, como podrá apreciarse durante la lectura de este libro, la economía nunca podrá ser una ciencia en el sentido en que lo son la química o la física. Existen muchos tipos diferentes de teoría económica, y cada una enfatiza aspectos diferentes de una realidad compleja emitiendo diferentes juicios morales y políticos y extrayendo conclusiones también distintas. Más aún: las teorías económicas fracasan constantemente a la hora de predecir acontecimientos en el mundo real, incluso en aquellas áreas en las que se especializan, en particular porque los seres humanos —a diferencia de las moléculas químicas o los objetos físicos— tienen voluntad propia y libre albedrío.2

Si la economía no posee una única respuesta correcta para sus interrogantes, entonces no podemos dejarla exclusivamente en manos de los expertos. Eso equivale a decir que todo ciudadano responsable necesita aprender un poco de economía, pero con esto no pretendo insinuar que deba abrir un manual voluminoso e incorporar un punto de vista económico en particular. Lo que en realidad necesita es aprender economía para poder reconocer los diferentes tipos de argumentos económicos y desarrollar la facultad crítica de juzgar cuál de ellos tiene más sentido en una circunstancia económica dada y en función de una serie de valores morales y metas políticas (nótese que no he dicho «cuál de ellos es correcto»). Para eso se necesita un libro que aborde y analice la economía de una manera aún inexplorada; algo que, creo, este libro hace.

¿En qué se diferencia este libro?

¿En qué se diferencia este libro de otros textos introductorios a la economía?

Una primera diferencia es que yo me tomo en serio a mis lectores. Lo digo en serio. Este libro no pretende ser una versión digerida y digerible de alguna complicadísima verdad eterna. Presento a mis lectores numerosas maneras distintas de analizar los sistemas económicos y la economía porque estoy convencido de que son perfectamente capaces de discernir entre diferentes enfoques. No rehúyo discutir los temas metodológicos más fundamentales de la economía; por ejemplo, si puede ser una ciencia o qué papel desempeñan en ella los valores morales. Siempre que sea posible, intento revelar los supuestos subyacentes a las diferentes teorías económicas para que los lectores puedan juzgar por sí mismos el realismo y la verosimilitud de cada una. También les planteo a mis lectores cómo se definen y se agrupan las cifras en economía y los insto a no tomárselas como algo objetivo, como el peso de un elefante o la temperatura de una olla de agua.* En suma, intento explicarles cómo pensar en vez de decirles qué pensar.

Instar al lector a realizar un análisis más profundo, sin embargo, no implica que el libro tenga que ser difícil. Aquí no hay nada que los lectores no puedan comprender, siempre y cuando tengan completados los estudios de secundaria. Lo único que les pido es curiosidad para descubrir lo que ocurre realmente y paciencia para leer simultáneamente algunos párrafos.

Otra diferencia crucial respecto a otros libros de economía es que el mío contiene muchísima información sobre el mundo real. Y cuando digo «mundo» hablo en serio. Aunque esta obra contiene información sobre muchos países diferentes, eso no implica que todos hayan suscitado el mismo nivel de análisis y atención. Sin embargo, a diferencia de la mayoría de los otros libros sobre el tema que nos ocupa, la información aquí incluida no se limita a uno o dos países o a un tipo de país (por ejemplo, los países ricos o los países pobres). Gran parte de la información proporcionada consiste en cifras: cuán grande es la economía mundial, cuánto de su producción corresponde a Estados Unidos o Brasil, qué porcentaje de sus réditos invierten China o la República Democrática del Congo, cuánto tiempo trabaja la gente en Grecia o Alemania. Pero esta información se complementa a su vez con otra de índole cualitativa sobre los acuerdos institucionales, el trasfondo histórico, las políticas al uso y otras cuestiones por el estilo. Tengo la esperanza de que, al finalizar este libro, el lector pueda decir que tiene al menos una idea aproximada de cómo funciona la economía en el mundo real.

«Y ahora, si quieren ver algo por completo diferente...»*

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PRIMER INTERLUDIO

Cómo leer este libro

Soy consciente de que no todos los lectores están dispuestos a dedicar mucho tiempo a la lectura de este libro, al menos en principio. Por tanto, sugiero varias maneras de leerlo, dependiendo de cuánto tiempo crea que puede dedicarle cada lector.

Si dispone usted de diez minutos: lea los títulos de todos los capítulos y la primera página de cada capítulo. Si tengo suerte, al cabo de esos diez minutos se dará usted cuenta de que puede dedicarle un par de horas.

Si dispone de un par de horas: lea los capítulos 1 y 2 y después el epílogo. Hojee el resto.

Si dispone de medio día: lea solo los encabezados, es decir, los títulos de los apartados y los subtítulos en cursiva que aparecen cada pocos párrafos. Si es un lector veloz, écheles también un vistazo a la introducción y a las conclusiones de cada capítulo.

Si tiene tiempo y paciencia para leer el libro completo: por favor, hágalo. Es el método más eficaz, y además me hará muy feliz. Pero, incluso así, puede saltarse las partes que no le interesen demasiado y leer solo los encabezados.

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PRIMERA PARTE

Familiarizarse con la economía

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CAPÍTULO 1

La vida, el universo y todo lo demás

¿QUÉ ES LA ECONOMÍA?

¿Qué es la economía?

Un lector que no esté familiarizado con el tema podría aducir que es el estudio de la actividad económica. Después de todo, la química es el estudio de las sustancias químicas, la biología es el estudio de los seres vivos y la sociología es el estudio de la sociedad, de modo que la economía debe de ser el estudio de la actividad económica.

No obstante, según algunos de los libros de economía más populares y difundidos de nuestra época, la economía es mucho más que eso. De acuerdo con ellos, la economía versa sobre la «pregunta fundamental» —es decir, sobre «la vida, el universo y todo lo demás»—, como en Guía del autoestopista galáctico, la comedia de ciencia ficción de Douglas Adams, un libro de culto que se convirtió en largometraje en 2005, con Martin «el Hobbit» Freeman en el papel de protagonista.

Según Tim Harford, periodista del Financial Times y autor del exitoso libro El economista camuflado. La economía de las pequeñas cosas, la economía versa sobre la vida misma; no es casual que titulara The Logic of Life [«La lógica de la vida»] a su segundo libro.

Hasta el momento, ningún economista ha proclamado a voz en cuello que la economía puede explicar el universo. Este, por ahora, sigue siendo territorio exclusivo de los físicos, a quienes desde hace siglos la mayoría de los economistas consideran su modelo con vistas a convertir su especialidad en una verdadera ciencia.* No obstante, algunos economistas estuvieron bastante cerca de hacerlo; señalaron que la economía versa sobre «el mundo». Por mencionar solo un ejemplo: el segundo volumen de la popular serie El economista naturalista, de Robert Frank, se titula Cómo la economía contribuye a darle sentido al mundo.

Pero después viene la parte que incumbe a «todo lo demás». El subtítulo de The Logic of Life es Uncovering the New Economics of Everything [«Descubrir la nueva economía de todo»]. De acuerdo con su subtítulo, Freakonomics, de Steven Levitt y Stephen Dubner —probablemente el libro de economía más conocido de nuestra época—, es una indagación del lado oculto de todo. Robert Frank está de acuerdo, aunque sus afirmaciones son mucho más modestas. En el subtítulo del primer volumen de El economista naturalista se limitó a plantearse Por qué la economía lo explica casi todo (la cursiva es mía).

Entonces, allá vamos. La economía (casi) versa sobre la vida, el universo y todo lo demás.*

No obstante, si lo pensamos un poco, esta afirmación proviene de una disciplina que ha fracasado estrepitosamente en lo que la mayoría de los no economistas consideran su tarea principal, es decir, explicar la actividad económica.

En vísperas de la crisis financiera de 2008, la mayoría de los economistas profesionales predicaban a voz en cuello que los mercados rara vez se equivocan y que la economía moderna sabe cómo planchar esas pocas arrugas que los mercados pueden tener de vez en cuando. Robert Lucas, ganador del premio Nobel de Economía en 1995,* afirmó en 2003 que «el problema de la prevención de las depresiones ya ha sido resuelto».1 Así pues, la crisis financiera mundial de 2008 cogió totalmente por sorpresa a la mayoría de los economistas.* Y no solo eso: tampoco han podido encontrar soluciones viables a los constantes coletazos de dicha crisis.

Teniendo en cuenta todos estos factores, podemos afirmar que la economía parece sufrir un serio caso de megalomanía; ¿cómo podría una disciplina que ni siquiera puede explicar su propia área pretender explicarlo (casi) todo?

¿La economía es el estudio de la elección humana racional...

Podría usted muy bien pensar que estoy siendo injusto. Todos esos libros ¿no están destinados acaso al mercado de masas, donde la competencia por los lectores es feroz y, por consiguiente, tanto los editores como los autores caen irremediablemente en la tentación de exagerar las cosas? Seguramente, pensará usted, los discursos académicos serios no formulan postulados tan grandilocuentes ni afirman que la economía versa sobre «todo».

Los títulos de esos libros son exagerados, sí, pero lo importante es que lo son de una manera particular. La exageración podría haberse limitado a «cómo la economía lo explica todo sobre la actividad económica», pero en cambio insiste en afirmar que «la economía puede explicar no solo la actividad económica, sino también todo lo demás».

Las exageraciones corresponden a esta variedad particular debido a la definición de la economía postulada por la escuela económica actualmente dominante, la llamada «escuela neoclásica». La definición neoclásica canónica de la economía —que, con algunas variantes, ha seguido utilizándose hasta hoy— apareció por primera vez en Ensayo sobre la naturaleza y significación de la ciencia económica (1932), de Lionel Robbins. En ese libro Robbins definía la economía como «la ciencia que estudia el comportamiento humano como una relación entre fines y medios escasos que tienen usos alternativos».

Según este punto de vista, la economía se define por su enfoque teórico antes que por su contenido, es decir, por el objeto del cual se ocupa. La economía es el estudio de la elección racional, esto es, la elección hecha sobre la base de un cálculo deliberado y sistemático para obtener el máximo provecho de los fines utilizando medios inevitablemente escasos. El objeto del cálculo puede ser cualquier cosa —el matrimonio, tener hijos, la delincuencia o la drogadicción, como en su momento hizo Gary Becker, el famoso economista de Chicago y premio Nobel de Economía en 1992— y no solo los temas «económicos» (así los definirían los no economistas), como el empleo, el dinero o el comercio internacional. Cuando en 1976 Becker tituló su libro The Economic Approach to Human Behaviour [«El enfoque económico del comportamiento humano»], su propósito era señalar, sin ninguna intención hiperbólica por su parte, que la economía versa sobre todo.

Esta tendencia a aplicar el «enfoque económico» a todas las cosas —que sus críticos bautizaron como «imperialismo de la economía»— alcanzó recientemente su punto culminante con libros como Freakonomics. A decir verdad, Freakonomics se ocupa poco de cuestiones económicas tal y como las definiría la mayoría de la gente. Trata sobre los luchadores de sumo japoneses, los maestros de escuela estadounidenses, las bandas de narcotraficantes de Chicago, los concursantes del programa de preguntas y respuestas The Weakest Link, los agentes inmobiliarios y el Ku Klux Klan.

La mayoría de la gente podría pensar (y los autores también lo admitirían) que esas personas —excepto los agentes inmobiliarios y las bandas de narcotraficantes— no tienen nada que ver con la economía. Pero, desde el punto de vista de la mayoría de los economistas actuales, cómo conspiran los luchadores japoneses de sumo para ayudarse unos a otros o cómo los maestros de escuela estadounidenses se inventan las notas de sus alumnos para obtener mejores evaluaciones laborales son temas tan legítimos para la economía como decidir si Grecia debe permanecer en la Eurozona, o las luchas entre Samsung y Apple por adueñarse del mercado de los smartphones, o cómo reducir el desempleo juvenil en España (que supera el 55 por ciento mientras escribo este libro). Para esos economistas, los temas «económicos» no tienen un estatus privilegiado en la economía, sino que son apenas algunas de las muchas cosas (perdón, casi lo olvido; son solo algunas entre todas las cosas) que la economía puede explicar, puesto que definen su tema en términos de enfoque teórico, no como materia de estudio.

... o es el estudio de la actividad económica?

Una definición alternativa obvia de «economía», que he dejado implícita, diría que es el estudio de la actividad económica. Pero ¿qué es la actividad económica?

La actividad económica tiene que ver con el dinero... ¿no?

La respuesta intuitiva de la mayoría de los lectores seguramente será que la actividad económica comprende todo aquello que tiene que ver con el dinero: no tenerlo, ganarlo, gastarlo, quedarse sin él, ahorrarlo, pedirlo prestado y devolverlo. Esto no es del todo correcto, pero ofrece un buen punto de partida para reflexionar sobre la actividad económica y la economía.

Ahora bien, cuando decimos que la actividad económica tiene que ver con el dinero, en realidad no estamos aludiendo al dinero físico. El dinero físico —ya sea un billete, una moneda de oro o las piedras enormes y prácticamente inamovibles que se utilizaban como dinero en algunas islas del Pacífico— no es más que un símbolo. En efecto, el dinero es un símbolo de lo que otros, en nuestra sociedad, nos deben, o de nuestro derecho a cantidades particulares de los recursos de la sociedad.2

La creación y la compraventa de dinero y de otros recursos financieros —entre ellos las acciones de empresas, los derivados y muchos otros productos financieros complejos que analizaré en los últimos capítulos de este libro— es un área de la economía, llamada «economía financiera». En la actualidad, dado el predominio de la industria financiera en numerosos países, muchos piensan que «economía» y «economía financiera» son sinónimos, pero en realidad la economía financiera es solo una pequeña parte de la economía.

Su dinero —o el derecho que usted pueda tener sobre otros recursos— puede generarse de muchas maneras diferentes, y gran parte de la economía está (o debería estar) relacionada con eso.

La manera más común de obtener dinero es tener trabajo

La manera común de obtener dinero —a menos que usted haya nacido rico— es tener trabajo (incluido ser su propio jefe) y ganar dinero con él. Por ende, gran parte de la economía tiene que ver con los empleos. Podemos reflexionar sobre los empleos desde diferentes perspectivas.

El trabajo puede entenderse desde el punto de vista del trabajador individual. Que usted consiga trabajo y cuánto le paguen por realizarlo dependerá de las capacidades que posea y de cuánta demanda exista para esas capacidades. Usted puede ganar un salario muy alto por tener capacidades extraordinarias, como Cristiano Ronaldo, el jugador de fútbol. Usted puede perder su empleo (o quedar desempleado) porque alguien inventó una máquina capaz de hacer cien veces más rápido lo que usted hace... como le ocurre al señor Bucket, el padre de Charlie, un fabricante de tapones de dentífricos, en la versión cinematográfica de 2005 de Charlie y la fábrica de chocolate, la novela de Roald Dahl.* O podría tener que aceptar un salario más bajo o peores condiciones laborales porque su empresa está perdiendo dinero a causa de las importaciones baratas procedentes de China (por poner un ejemplo). Y así sucesivamente. Por eso, para comprender el ámbito del empleo incluso a escala individual, necesitamos informarnos mínimamente sobre las capacidades requeridas, la innovación tecnológica y el comercio internacional.

Los salarios y las condiciones de trabajo también se ven profundamente afectados por las decisiones «políticas» encaminadas a cambiar la configuración y las características del mercado laboral (he entrecomillado la palabra «políticas» porque, en última instancia, la frontera entre la economía y la política es borrosa; nos ocuparemos de este asunto más adelante, en el capítulo 11). La incorporación de los países de Europa oriental a la Unión Europea ha tenido un enorme impacto sobre los salarios y el comportamiento de los trabajadores de Europa occidental, puesto que aumentó súbitamente el suministro de trabajadores en ese mercado laboral. Las restricciones impuestas al trabajo infantil a finales del siglo XIX y comienzos del XX tuvieron el efecto opuesto de estrechar las fronteras del mercado laboral; una gran proporción de los empleados potenciales fueron expulsados de la noche a la mañana del mercado laboral. Las regulaciones sobre los horarios de trabajo, las condiciones laborales y los salarios mínimos son ejemplos de decisiones «políticas» menos dramáticas, pero que también afectan a nuestros empleos.

La economía también guarda relación con las transferencias de dinero

Además de conseguir empleo, usted puede obtener dinero mediante transferencias, es decir, porque simplemente se lo dan. Ese dinero puede llegar en forma de efectivo o «en especie», esto es, mediante el suministro de bienes (alimentos, por ejemplo) o servicios (educación primaria, por mencionar uno). En efectivo o en especie, existen numerosas maneras de realizar transferencias.

Están las transferencias realizadas por «gente que usted conoce». Algunos ejemplos son: la cuota alimentaria que los padres aportan para sus hijos, las personas que se hacen cargo de los ancianos de su familia o los regalos de los miembros de la comunidad local para la boda de la hija de alguien.

También están las donaciones caritativas, es decir, las transferencias a extraños realizadas voluntariamente. Muchas personas —a veces individualmente, otras de manera colectiva (por ejemplo, a través de corporaciones o asociaciones de voluntarios)— donan dinero a instituciones de caridad que ayudan a otras personas.

En términos de cantidad, las donaciones a instituciones de caridad son superadas en muchos dígitos por las transferencias que realizan los gobiernos, que cobran impuestos a algunas personas para poder subsidiar a otras. Por lo tanto, gran parte de la economía —mejor dicho, el ámbito de la economía conocido como «economía pública»— tiene naturalmente que ver con estas cosas.

Incluso en los países muy pobres existen algunos programas gubernamentales que donan dinero o bienes (por ejemplo, granos gratis) a quienes se encuentran en peores condiciones (los ancianos, los discapacitados, los hambrientos). Pero las sociedades más ricas, especialmente las de Europa, tienen programas de transferencia de mucho mayor alcance y dotados con cantidades más generosas. Esto recibe el nombre de Estado del bienestar, y se basa en los impuestos progresivos (los que ganan más pagan partes proporcionalmente más grandes de su renta en forma de impuestos) y las prestaciones universales (todos los ciudadanos, no solo los más pobres o los discapacitados, tienen derecho a un ingreso mínimo y a servicios básicos como la sanidad y la educación).

Los recursos ganados o transferidos son consumidos en forma de bienes o servicios

Una vez que usted accede a los recursos, ya sea a través del empleo o de las transferencias, los consume. Como seres físicos, necesitamos consumir una cantidad mínima de alimento, ropa, energía, vivienda y otros bienes para cubrir nuestras necesidades básicas. Y después consumimos otros bienes para satisfacer necesidades mentales «más elevadas»: libros, instrumentos musicales, equipos para hacer ejercicio físico, televisores, ordenadores, etcétera. También compramos y consumimos servicios: un viaje en autobús, un corte de pelo, una cena en un restaurante o incluso unas vacaciones en el extranjero.3

Por lo tanto, buena parte de la economía se dedica al estudio del consumo: cómo las personas distribuyen su dinero entre diferentes tipos de bienes y servicios, cómo optan entre variedades competidoras de un mismo producto, cómo son manipuladas y/o informadas por las campañas publicitarias, cómo las empresas gastan dinero para forjar su «imagen de marca», etcétera.

En última instancia, hay que producir bienes y servicios

Para poder consumir esos bienes y servicios, en primer lugar hay que producirlos; los bienes son producidos en granjas y fábricas, y los servicios en oficinas y tiendas. Este es el reino de la producción, un ámbito de la economía bastante descuidado desde que la escuela neoclásica, que enfatiza el intercambio y el consumo, comenzó a dominar la disciplina en la década de 1960.

En los manuales de economía, la producción suele ser presentada como una suerte de «caja negra» que de algún modo misterioso combina cierta cantidad de trabajo (realizado por humanos) con cierta cantidad de capital (máquinas y herramientas) para producir bienes y servicios. Prácticamente no se reconoce que la producción es mucho más que combinar esos factores abstractos llamados «trabajo» y «capital», y que implica coordinar muchas cosas «esenciales». Estas son cuestiones que la mayoría de los lectores normalmente no asocian con la economía a pesar de su importancia crucial para la actividad económica: cómo organizar físicamente la fábrica, cómo controlar a los trabajadores o negociar con los sindicatos, cómo mejorar sistemáticamente las tecnologías utilizadas mediante la investigación.

La mayoría de los economistas están encantados de dejar el estudio de estos temas en manos de «otros», como los ingenieros y los gerentes. Sin embargo, si lo pensamos un poco, la producción es el fundamento último de toda economía. Cabe recordar aquí que los cambios en la esfera de la producción han sido casi siempre las fuentes más poderosas de cambio social. Nuestro mundo moderno es el resultado de una serie de cambios ocurridos desde la revolución industrial en las tecnologías e instituciones relacionadas con la esfera de la producción. La profesión económica —y el resto de nosotros, puesto que nuestras ideas sobre la economía están configuradas por ella— debe prestar muchísima más atención a la producción que la que le ha prestado hasta ahora.

Conclusiones: la economía como estudio de la actividad económica

Estoy convencido de que la economía no debe definirse según su metodología o su enfoque teórico sino en función de su objeto de estudio, como en todas las otras disciplinas. El objeto de estudio de la economía debe ser la actividad económica —el dinero, el trabajo, la tecnología, el comercio internacional, los impuestos y otras cuestiones relacionadas con nuestra manera de producir bienes y servicios, distribuir los beneficios generados durante ese proceso y consumir lo producido— y no «la vida, el universo y todo (o casi todo) lo demás», como piensan muchos economistas.

Esta manera de definir la economía hace que este libro se diferencie de la mayoría de las obras sobre economía en un aspecto fundamental.

Puesto que definen la economía en función de su metodología, la mayoría de los libros especializados en el tema dan por sentado que existe una sola manera correcta de «hacer economía»; es decir, el enfoque neoclásico. Los peores exponentes ni siquiera se toman el trabajo de informar a sus lectores de que existen otras escuelas de economía además de la neoclásica.

Al definir la economía según su objeto de estudio, este libro resalta que existen muchas maneras diferentes de hacer economía, cada una de ellas con sus énfasis, sus puntos ciegos, sus fortalezas y sus debilidades. Después de todo, lo único que le pedimos a la economía es la mejor explicación posible de los diversos fenómenos económicos, no una «prueba» constante de que una teoría económica particular puede explicar no solo la economía, sino todo lo demás.

Otras lecturas

R. Backhouse, The Puzzle of Modern Economics: Science or Ideology?, Cambridge, Cambridge University Press, 2012.

B. Fine y D. Milonakis, From Economics Imperialism to Freakonomics: The Shifting Boundaries between Economics and the Other Social Sciences, Londres, Routledge, 2009.

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CAPÍTULO 2

Del alfiler al PIN

CAPITALISMO EN 1776 Y 2014

Del alfiler al PIN

¿Qué fue lo primero sobre lo que se escribió en economía? ¿El oro? ¿La tierra? ¿La banca? ¿El comercio internacional?

La respuesta es el alfiler, esa pequeña pieza de metal que la mayoría de ustedes no utiliza... salvo que tengan la habilidad de coser su propia ropa.

La fabricación del alfiler es el tema del primer capítulo del que comúnmente (aunque equivocadamente)1 es considerado el primer libro sobre economía, La riqueza de las naciones, de Adam Smith (1723-1790).

Smith comienza su libro argumentando que la causa última del aumento de la riqueza es el aumento de la productividad por medio de una mayor división del trabajo, lo cual se refiere a la división de los procesos de producción en partes más pequeñas, especializadas. Smith aduce que esto aumenta la productividad de tres maneras. En primer lugar porque, repitiendo las mismas una o dos tareas, los trabajadores llegan más rápidamente a ser buenos en lo que hacen («la práctica conduce a la perfección»). En segundo lugar porque, al especializarse, los trabajadores ya no tienen que perder tiempo pasando —física y mentalmente— de una tarea a otra (reducción de los «costes de transición»). En tercer y último lugar, pero no por ello menos importante, la mayor compartimentación del proceso hace que cada paso sea más fácil de automatizar y, por lo tanto, permite realizarlo a una velocidad sobrehumana (mecanización).

Para ilustrar este punto, Smith analiza cómo diez personas que se repartan el proceso de producción de un alfiler especializándose en uno o dos de los subprocesos implícitos pueden producir 48.000 alfileres (a razón de 4.800 alfileres por persona) al día. Comparemos esta cantidad, señalaba Smith, con los 20 alfileres diarios que, en el mejor de los casos, podría producir cada trabajador si cada uno de ellos tuviera que realizar él solo todo el proceso de producción.

Smith afirmó que la fabricación del alfiler era un ejemplo «insignificante», y más adelante se ocuparía de destacar cuánto más compleja era la división del trabajo para la fabricación de otros productos. Aun así, es innegable que vivió en una época en que todavía se consideraba «normal» que diez personas trabajaran conjuntamente para fabricar un alfiler; bueno, al menos lo suficientemente «normal» como para dar pie a la futura obra magna del autor sobre un tema por entonces candente.

Los siguientes dos siglos y medio fueron testigos de espectaculares avances tecnológicos impulsados por la mecanización y el uso de procesos químicos, también en la industria del alfiler. Dos generaciones después de Smith, la producción por trabajador casi se había duplicado. Siguiendo el ejemplo de Smith, Charles Babbage, un matemático del siglo XIX reconocido como el padre intelectual del computador, estudió las fábricas de alfileres en 1832.* Babbage descubrió que se estaban produciendo cerca de 8.000 alfileres al día por trabajador. Ciento cincuenta años más de progreso tecnológico hicieron aumentar la productividad otras cien veces, a 800.000 alfileres al día por trabajador, según un estudio realizado en 1980 por el fallecido Clifford Pratten, un economista de Cambridge.2

El aumento en la productividad en la fabricación de un mismo artículo, como el alfiler, es apenas una parte de la historia. Hoy en día producimos muchas cosas con las que la gente que vivía en tiempos de Smith solo podía soñar, entre ellas la máquina de volar, o que ni siquiera podía imaginar, como el microchip, el ordenador, el cable de fibra óptica y muchas otras tecnologías que necesitamos para poder utilizar nuestro PIN.*

Todo cambia: cómo han cambiado los actores y las instituciones del capitalismo

No solo las tecnologías de producción —o, en otras palabras, cómo se fabrican las cosas— han cambiado desde la época de Adam Smith. Los actores económicos —aquellos que realizan actividades económicas— y las instituciones económicas —las reglas que establecen cómo organizar la producción y otras actividades económicas— también han experimentado transformaciones fundamentales.

La economía británica en tiempos de Adam Smith —lo que él denominaba la «sociedad comercial»— compartía ciertas similitudes fundamentales con la mayoría de las economías actuales (de lo contrario, su obra sería irrelevante). A diferencia de la mayor parte de las economías de la época (las otras excepciones eran Holanda, Bélgica y algunas zonas de Italia), la británica ya era una economía «capitalista».

Ahora bien, ¿qué es la economía capitalista o capitalismo? Es una economía en que la producción se organiza en función de la obtención de beneficios en vez de hacerlo para consumo propio (como en la agricultura de subsistencia, en la que cada cual cultiva su propio alimento) o por obligaciones políticas (como en las sociedades feudales o en las economías socialistas, donde las autoridades políticas —los aristócratas y la autoridad central, respectivamente— dicen qué se debe producir).

El beneficio es la diferencia entre lo que se obtiene vendiendo un producto en el mercado (el llamado «ingreso por venta» o simplemente ingreso) y los costes de todos los ítems involucrados en la producción de ese producto. En el caso de la fábrica de alfileres, el beneficio sería la diferencia entre el ingreso obtenido con la venta de los alfileres y los costes que requirió fabricarlos: el alambre de acero que se transformó en alfileres, los salarios de los obreros, el alquiler del edificio donde está situada la fábrica, etcétera.

Los capitalistas, o aquellos que poseen bienes de capital, son quienes organizan el capitalismo. Los bienes de capital también reciben el nombre de medios de producción, y son los insumos duraderos utilizados en el proceso de producción (por ejemplo las máquinas, pero no así las materias primas). En el uso diario, solemos utilizar también el término «capital» para referirnos al dinero invertido en un negocio.*

Los capitalistas poseen los medios de producción, ya sea directamente o, lo que es más común en la actualidad, indirectamente, como dueños o tenedores de acciones de una empresa —es decir, derechos proporcionales sobre el valor total de la empresa— que posee esos medios de producción. Los capitalistas contratan a otras personas sobre una base comercial para que manejen esos medios de producción. A esas personas se las llama trabajadores asalariados o simplemente trabajadores. Los capitalistas obtienen beneficios produciendo cosas y vendiéndoselas a otras personas a través del mercado, que es el lugar donde se compran y se venden los bienes y servicios. Smith creía que la competencia entre vendedores en el mercado aseguraría que los productores, en busca de la obtención de beneficios, produjeran a los costes más bajos posibles, beneficiando de ese modo a todos.

Sin embargo, las similitudes entre el capitalismo de Smith y el capitalismo actual no van mucho más allá de estos aspectos básicos. Existen diferencias enormes entre las dos eras respecto de cómo esas características esenciales —la propiedad privada de los medios de producción, la búsqueda de beneficios, el trabajo asalariado y el intercambio mercantil— se traducen en realidades.

Los capitalistas son diferentes

En los tiempos de Adam Smith, la mayoría de las fábricas (y granjas) pertenecían a —y estaban dirigidas por— capitalistas o sociedades integradas por un pequeño número de individuos que se conocían y hacían causa común. Por lo general, esos capitalistas se involucraban personalmente en el proceso de producción; a menudo hacían acto de presencia en la planta fabril para organizar a sus trabajadores, darles órdenes, insultarlos e incluso golpearlos.

Hoy en día, la mayor parte de las fábricas pertenecen a —y son dirigidas por— personas «jurídicas», no físicas; esto es, a corporaciones. A su vez, estas pertenecen a una multitud de individuos que compran acciones y se transforman así en sus dueños parciales. Pero ser accionista de una compañía no convierte a nadie en un capitalista en el sentido clásico. Tener 300 de los 300 millones de acciones de Volkswagen no da derecho a presentarse en la fábrica de Wolsfburg, en Alemania, y dar «órdenes» a los trabajadores de «su» fábrica por el hecho de poseer una millonésima parte de su jornada laboral. En las empresas más grandes, la propiedad y el control de las operaciones están muy separados.

Hoy por hoy, los propietarios de las corporaciones más grandes solo tienen responsabilidades limitadas. En una sociedad anónima —ya cotice o no en bolsa—, si algo anda mal en la empresa, los accionistas solo pierden el dinero invertido en sus acciones y allí acaba la cosa. En la época de Smith, la mayoría de los dueños de empresas tenían responsabilidades ilimitadas, lo cual significaba que, cuando los negocios fracasaban, tenían que vender sus activos personales para saldar las deudas, y si no conseguían hacerlo terminaban en la cárcel.* Smith se oponía rotundamente al principio de responsabilidad limitada. Argumentaba que quienes gestionan sociedades anónimas sin ser sus dueños están jugando con «el dinero de los demás» (en sus propias palabras, que también dieron título a una famosa pieza teatral y una película en 1991, protagonizada por Danny DeVito), y que por lo tanto no serán tan cuidadosos en sus tareas de dirección y gestión como quienes se ven obligados a arriesgar todo lo que poseen.

Las empresas actuales están organizadas de manera muy diferente. En tiempos de Smith, la mayoría eran pequeñas y tenían una sola planta de producción, cuya estructura de mando era muy simple, integrada por unos pocos capataces y trabajadores y quizá por un «encargado» (así llamaban entonces al gerente). Hoy en día muchas empresas son inmensas y con frecuencia dan trabajo a decenas de miles de trabajadores o incluso millones en todo el mundo. Walmart emplea a 2,1 millones de personas, mientras que McDonald’s, incluidas las franquicias,* emplea a cerca de 1,8 millones. Estas megacompañías poseen estructuras internas complejas integradas por departamentos, centros de beneficios, unidades semiautónomas y demás, y contratan personal bajo especificaciones laborales y tablas salariales enrevesadas dentro de una estructura de mando burocrática y compleja.

Los trabajadores también son diferentes

En tiempos de Smith, la mayoría de la gente no trabajaba para capitalistas como trabajadores asalariados, sino que continuaba trabajando en la agricultura incluso en Europa occidental, donde por entonces existía el capitalismo más avanzado.3 Una pequeña minoría trabajaba como mano de obra asalariada para capitalistas del sector agrario, pero la inmensa mayoría eran pequeños granjeros de subsistencia o arrendatarios (gente que arrendaba la tierra y pagaba con un porcentaje de la cosecha) de terratenientes aristócratas.

Durante esta era, incluso muchos de los que trabajaban para capitalistas no eran trabajadores asalariados. Todavía existían los esclavos. Como los tractores o los animales de tiro, los esclavos eran medios de producción propiedad de plantadores en el Sur de Estados Unidos, el Caribe, Brasil y otras partes. En Gran Bretaña la esclavitud no fue abolida hasta 1833, dos generaciones después de la publicación de La riqueza de las naciones, y en Estados Unidos perduró hasta 1862, casi un siglo después de la publicación de dicha obra y tras una cruenta guerra civil. Brasil no la abolió hasta 1888.

Si bien un gran porcentaje de la gente que trabajaba para capitalistas no eran trabajadores asalariados, muchos de estos últimos eran personas que hoy en día tendrían prohibido ejercer de tales. Eran niños. Pocos pensaban que contratar niños para trabajar tuviera algo de malo. En Un viaje por toda la isla de Gran Bretaña (1724), Daniel Defoe —el autor de Robinson Crusoe— expresaba su satisfacción ante el hecho de que en Norwich, entonces un centro productor de textiles de algodón, «hasta los niños de cuatro o cinco años podían ganarse el pan» gracias a que en 1700 se había prohibido la importación del calicó, el por entonces muy apreciado tejido indio.4 El trabajo infantil fue posteriormente restringido y luego prohibido de manera definitiva, pero eso ocurrió varias generaciones después de la muerte de Adam Smith en 1790.

Hoy en día, en Gran Bretaña y otros países ricos el panorama es totalmente diferente.* Los niños tienen prohibido trabajar excepto durante un horario limitado y en un espectro limitado de tareas, como el reparto de periódicos. No existen esclavos legales. De los adultos, cerca del 10 por ciento son trabajadores por cuenta propia —es decir, trabajan para sí mismos—, entre el 15 y el 25 por ciento trabajan para el gobierno, y el resto son trabajadores asalariados que trabajan para capitalistas.5

Los mercados han cambiado

En tiempos de Smith, la mayoría de los mercados eran locales o, a lo sumo, de alcance nacional, salvo los asociados a mercancías clave que eran objeto de un comercio internacional (por ejemplo, el azúcar, los esclavos y las especias) o a unos pocos bienes manufacturados (como las prendas de seda, lana y algodón). Estos mercados eran abastecidos por numerosas empresas a pequeña escala, dando por resultado lo que los economistas actualmente denominan competencia perfecta, en la que ningún vendedor puede influir sobre el precio de los productos. Para la gente de la época de Smith habría sido imposible concebir la existencia de empresas que contrataran a más del doble de la población del Londres de entonces (800.000 habitantes en 1800) y estuvieran presentes en territorios que superaran en número a las colonias británicas de la época (unas veinte) por un factor de seis (McDonald’s opera en más de 120 países).6

Hoy la mayoría de los mercados están poblados —y con frecuencia son manipulados— por grandes compañías. Algunas de ellas son el único suministrador (monopolio) o, más habitualmente, uno de los pocos suministradores (oligopolio) no solo a escala nacional sino, cada vez más, a escala mundial. Por ejemplo, Boeing y Airbus abastecen a cerca del 90 por ciento de las aerolíneas civiles del mundo entero. Las compañías también pueden ser el único comprador (monopsonio) o uno de los pocos compradores (oligopsonio).

A diferencia de las pequeñas empresas existentes en el mundo de Adam Smith, las firmas monopolísticas u oligopolísticas pueden influir en los resultados del mercado; poseen eso que los economistas llaman poder de mercado. Una firma monopolística puede restringir deliberadamente su producción para conseguir que los precios aumenten y maximizar así sus beneficios (explicaré los detalles técnicos en el capítulo 11; siéntase libre de ignorarlos por el momento). Las firmas oligopolísticas no pueden manipular tanto sus mercados como una monopolística, pero pueden conspirar deliberadamente para maximizar sus beneficios no rebajando los precios, algo que recibe el nombre de cártel. De resultas de ello, la mayoría de los países han promulgado leyes de competencia (a veces llamadas leyes antitrust) para contrarrestar los comportamientos anticompetitivos, erradicar los monopolios (el gobierno estadounidense desmanteló el de AT&T, la compañía telefónica, en 1984) y prohibir la conspiración entre firmas oligopolísticas.

Las firmas monopsónicas y oligopsónicas eran consideradas una suerte de curiosidad teórica hasta hace unas pocas décadas. En la actualidad, algunas de ellas son incluso más importantes que las firmas monopolísticas y oligopolísticas a la hora de configurar nuestra economía. Ejerciendo su poder como uno de los pocos compradores de ciertos productos, a veces a escala mundial, empresas como Walmart, Amazon, Tesco y Carrefour ejercen una gran influencia —a veces incluso definitiva— sobre qué se produce, dónde se produce, quién se lleva la mayor tajada de los beneficios y qué compran los consumidores.

El dinero —el sistema financiero— también ha cambiado7

Actualmente damos por sentado que los países tienen un solo banco con capacidad para emitir billetes (y monedas); es decir, el banco central, como la Reserva Federal estadounidense o el Banco de Japón. En la Europa de los tiempos de Adam Smith, la mayoría de los bancos (e incluso algunos grandes comerciantes) emitían su propia moneda.

Pero esos no eran billetes en el sentido moderno. Cada uno de ellos era emitido para una persona en particular, tenía un valor único y llevaba la firma del cajero que lo emitía.8 No fue hasta 1759 cuando el Banco de Inglaterra comenzó a emitir billetes con denominación fija (el de 10 libras en este caso; el de 5 libras fue emitido ya en 1793, tres años después de la muerte de Adam Smith), y tuvieron que pasar otras dos generaciones tras la defunción del economista escocés para que emitieran (en 1853) los primeros billetes enteramente impresos, sin el nombre del beneficiario ni la firma de los cajeros emisores. Pero ni siquiera esos billetes con denominación fija eran billetes en el sentido moderno del término, puesto que sus valores estaban explícitamente vinculados a metales preciosos —como el oro o la plata— que el banco emisor poseía en su haber. Esto se conoce como patrón oro (o plata o lo que sea).

El patrón oro (o plata) es un sistema monetario en que el papel moneda emitido por el banco central es libremente intercambiable por cierta cantidad de oro (o plata). Esto no significa que el banco central tuviera que tener en reserva una cantidad de oro igual al valor de la moneda corriente que había emitido; sin embargo, la convertibilidad del papel moneda en oro hizo necesario que los bancos centrales tuvieran una reserva de oro bastante grande; por ejemplo, la Reserva Federal estadounidense tenía el equivalente en oro al 40 por ciento de la moneda corriente que emitía. El resultado fue que el banco central tenía poco poder de decisión en cuanto a la cantidad de papel moneda que podía emitir. El patrón oro fue adoptado por primera vez por Gran Bretaña en 1717 —más específicamente por Isaac Newton,* por entonces a la cabeza del Royal Mint o Casa de la Moneda—, y en la década de 1870 por los otros países europeos. Este sistema desempeñó un papel muy importante en la evolución del capitalismo en las dos generaciones siguientes, pero nos ocuparemos de este tema un poco más adelante; véase el capítulo 3.

Utilizar billetes emitidos por los bancos es una cosa, y ahorrar y pedir prestado a los bancos —es decir, al sistema bancario— es otra. Esta última opción estaba todavía menos desarrollada, pues solo una pequeña minoría tenía acceso al sistema bancario. Tres cuartas partes de la población francesa no tuvo acceso a los bancos hasta la década de 1860, casi un siglo después de la publicación de La riqueza de las naciones. Incluso en Gran Bretaña, cuyo sector bancario estaba muchísimo más desarrollado que el de Francia, la banca estaba sumamente fragmentada (cabe recordar que los tipos de interés continuaron siendo diferentes en distintas partes del país hasta bien entrado el siglo XX).

Los mercados de valores, donde se compran y se venden las acciones de las empresas, existían desde hacía aproximadamente un par de siglos en la época de Adam Smith. No obstante, dado que pocas empresas emitían acciones (como mencioné antes, había solamente unas pocas sociedades anónimas), el mercado de valores siguió siendo una atracción secundaria dentro del drama capitalista en constante evolución. Peor aún: muchos pensaban que los mercados de valores eran poco más que garitos de apuestas (algunos afirman que todavía lo son). La regulación del mercado de valores era mínima y rara vez se cumplía; los corredores de bolsa no estaban obligados a revelar demasiada información sobre las empresas cuyas acciones vendían.

Otros mercados financieros eran todavía más primitivos. El mercado de bonos soberanos o de deuda pública —es decir, los pagarés que pueden ser transferidos a cualquiera—, emitidos por un gobierno que pide dinero prestado (el mercado que está en el centro de la crisis del euro que viene sacudiendo al mundo desde 2009), solo existía en unos pocos países, entre ellos Gran Bretaña, Francia y Holanda, mientras que el mercado de bonos corporativos (pagarés emitidos por empresas) no estaba muy desarrollado, ni siquiera en Gran Bretaña.

Hoy en día tenemos una industria financiera muy desarrollada —algunos dirían sobredesarrollada—, integrada no solo por la banca, los mercados de valores y los mercados de bonos, sino, cada vez más, por los mercados de derivados financieros (futuros, opciones, permutas) y la sopa de letras de productos financieros compuestos, como los MBS, las CDO y las CDS (no se preocupe, explicaré todas estas siglas en el capítulo 8). El sistema está respaldado en última instancia por el banco central, que actúa como prestamista de último recurso y presta sin límites durante las crisis financieras, cuando nadie más quiere hacerlo. De hecho, en la época de Adam Smith la ausencia de un banco central dificultaba sobremanera la gestión de los pánicos financieros.

A diferencia de lo que ocurría en los tiempos de Smith, hoy contamos con infinidad de normativas que especifican qué pueden hacer los actores en el mercado financiero: cuántos dígitos de su capital propio pueden prestar, qué clase de información deben revelar las empresas que venden acciones o qué clases de activos tienen permitido poseer las diferentes instituciones financieras (por ejemplo, los fondos de pensiones tienen prohibido comprar activos de riesgo). A pesar de esto, la multiplicidad y complejidad de los mercados financieros han dificultado su regulación; esa fue la dura lección que nos enseñó la crisis financiera mundial de 2008.

Conclusiones: los cambios en el mundo real y las teorías económicas

Como muestran estos contrastes, el capitalismo ha experimentado grandes cambios en los últimos 250 años. Y si bien algunos principios básicos de Adam Smith continúan siendo válidos, solo lo son en un plano muy general.

Por ejemplo, la competencia entre empresas que buscan obtener beneficios puede seguir siendo una fuerza impulsora clave del capitalismo, como en el planteamiento de Smith, pero no entre firmas pequeñas y anónimas que, aceptando el gusto del consumidor, se esfuercen por aumentar la eficiencia en el uso de una tecnología dada. Hoy la competencia se da entre las megacompañías internacionales que tienen la capacidad no solo de influir sobre los precios, sino también de redefinir las tecnologías en un breve lapso de tiempo (basta recordar la batalla entre Apple y Samsung) y manipular el gusto de los consumidores mediante la imagen de marca y la publicidad.

Por magnífica que sea una teoría económica, es específica de su tiempo y espacio. Así pues, para poder aplicarla de manera fructífera necesitamos conocer a fondo las fuerzas tecnológicas e institucionales que caracterizan a los mercados, las industrias y los países concretos que intentamos analizar con la ayuda de esa teoría. Es por eso por lo que, para poder entender las diferentes teorías económicas en sus contextos correctos, antes debemos saber cómo evolucionó el capitalismo. A esa tarea dedicaré el capítulo siguiente.

Otras lecturas

H.-J. Chang, Kicking Away the Ladder: Development Strategy in Historical Perspective, Londres, Anthem, 2002. [Hay trad. cast.: Retirar la escalera. La estrategia del desarrollo en perspectiva histórica, Madrid, Los Libros de la Catarata, 2004.]

R. Heilbroner y W. Milberg, The Making of Economic Society, 13.ª ed., Boston, Pearson, 2012. [Hay trad. cast.: La evolución de la sociedad económica, México, Prentice Hall, 1999.]

G. Therborn, The World: A Beginner’s Guide, Cambridge, Polity, 2011. [Hay trad. cast.: El mundo. Una guía para principiantes, Madrid, Alianza, 2012.]