PARÍS

FAUBOURG SAINT-GERMAIN

Finales de noviembre de 1899

 

 

El muchacho se retrasaba.

Brigitte se arrebujó en su capa de marta cibelina para protegerse del frío. En el jardín tapiado todo estaba en calma, con ese silencio resonante que llega justo después de la medianoche. Piezas de arpillera salpicadas de nieve cubrían los rosales, dándoles un aspecto fantasmal bajo la luna brillante, y jirones de nubes se deslizaban vertiginosamente por el cielo.

Se sentía como una tonta. Había llegado a creer que acudiría.

Debió de tomarle el pelo en el mercado el día anterior, cuando se conocieron. Brigitte solía enviar allí a los criados, pero estaba aburrida de las galerías comerciales, y su amiga Jacqueline había tenido la idea. Cuando Jacqui se alejó para mirar unos anillos baratos, Brigitte se fijó en el muchacho que permanecía de pie tras su carretilla de chirivías y patatas.

La muchacha pasó por alto deliberadamente sus manos ásperas de trabajador, así como el raído abrigo y los andrajosos pantalones de tweed, para centrar su atención en lo que se veía por encima de los hombros. El chico era guapísimo. El castaño con matices dorados de sus ojos y su pelo dejaba la mejor madera de roble a la altura del betún. Brigitte sabía que él no estaba a su altura (¡se dedicaba a la venta ambulante de verdura!) ni era digno de su atención. Tal vez por eso desease tanto concedérsela. Sin pensárselo dos veces, Brigitte le había dado su dirección y habían quedado en verse.

Y allí estaba ella.

Pero ¿dónde estaba él?

Brigitte se quedó mirando la puerta del jardín, con la parra marchita que invadía los arqueados tablones. De pronto la asaltó el deseo de volver al interior, donde estaría caliente y a salvo. Inició una lenta retirada hacia la casa. Si al menos el muchacho de la carretilla hubiese pertenecido a su propia clase social, habrían podido verse durante el día. Ni siquiera el jardín de la familia de Brigitte era del todo seguro. No en esos momentos.

Todas las jóvenes cuya pista se había perdido en las dos últimas semanas habían desaparecido de sus propios hogares. Blanche era la última. Brigitte la conocía de haber coincidido con ella en un par de fiestas. Nadie sabía dónde estaban las muchachas, pero la policía empezaba a temerse lo peor. Tal vez fuese mejor que el muchacho de la carretilla no acudiese a la cita y la sacase del jardín tapiado.

Fue entonces cuando oyó el afligido grito de un búho. La muchacha se detuvo, y le pareció que el corazón se le paraba a la vez que los pies. El chico de la carretilla le había dicho que imitaría tres veces ese sonido. Tras gritar tres veces, el búho se quedó en silencio. Esperanzada, Brigitte volvió hacia la puerta y levantó el perno, notando la frialdad del pestillo de hierro a través de los suaves guantes de cabritilla.

—Lo lamento —dijo una voz masculina desde la izquierda—. Espero que no lleves mucho rato esperando.

El muchacho emergió de entre las sombras, y Brigitte se quedó sin habla una vez más. Era muy apuesto. Sintió deseos de enroscarle el pelo con los dedos y disfrutar de su tacto sedoso.

—No mucho —consiguió responder—. ¿Me dirás ahora cómo te llamas?

El día anterior, en el mercado, se había negado a hacerlo. «Un pequeño misterio para mantener el interés», había dicho. Tenía aspecto de llamarse Jean, Hugo o Amato. El muchacho la apartó de la puerta y cerró con cuidado. Brigitte vaciló un instante mientras el pestillo volvía a su lugar. Pero todas las chicas raptadas estaban solas, sin nadie que las protegiese. Ella no estaría sola.

—Debes adivinar cómo me llamo —dijo él, conduciéndola por la breve pendiente de césped hacia el camino del huerto.

La mano del chico era un foco de calor, y su contacto borró todo el frío que sentía Brigitte. Su pelo largo despedía un brillo trémulo a la luz de la luna, como si cada mechón hubiese sido rociado con polvos mágicos.

—¿Amato?

Brigitte supo al instante que no había acertado, porque él soltó su mano como para vengarse.

—Vuelve a intentarlo —insistió, antes de deslizarse detrás del tronco áspero de un manzano.

Las ramas desnudas del árbol aparecían negras y dobladas. El tacón de Brigitte aplastó una manzana helada entre la hierba demasiado alta y resbaló en la pulpa.

—¿Jean?

Su silencio persistió. No. Tampoco era Jean. La luna se ocultó tras un ovillo de nubes y el camino del huerto se convirtió en un borrón de tinta.

—Me rindo —dijo ella, cansada de aquel juego estúpido.

El camino seguía a oscuras. El muchacho de la carretilla no hacía ruido alguno. ¿Adónde había ido?

—Dímelo o… o me vuelvo por donde he venido.

Brigitte tenía helada la punta de la nariz. Salir al jardín había sido una locura. Aquel chico podía ser cualquiera, y sus evasivas estaban acabando rápidamente con la ilusión que sentía.

La chica dio un paso atrás. Las nubes se abrieron y la luna iluminó el huerto. Brigitte vio un movimiento detrás de un árbol, a su derecha.

—Me marcho —anunció.

Las ramas desnudas crujieron. El muchacho de la carretilla continuaba sin responder. Brigitte siguió retrocediendo con movimientos torpes mientras las grises nubes volvían a tapar la luna. Un sudor frío le humedeció el pecho. Algo le daba mala espina.

No había retrocedido ni tres pasos más cuando impactó contra un cuerpo sólido. Brigitte sintió un dolor agudo y frío en el abdomen. Abrió la boca para gritar, pero de sus labios solo brotó un silbido. Sus dedos temblorosos resbalaron sobre un par de barras lisas, una incrustada bajo su ombligo y la otra en el arranque de las costillas. A la luz de la luna, las barras brillaban como colmillos de elefante. Una sustancia densa y negra fluía por cada colmillo. Sangre. Su sangre.

La joven oyó un gruñido, y una cálida ráfaga de aliento rancio le provocó náuseas. En el preciso momento en que Brigitte comprendió que nunca conseguiría volver al jardín tapiado, la criatura de los colmillos la alzó bruscamente del suelo. «Qué tonta», pensó mientras perdía el mundo de vista. Sí que estaba sola.

Como las demás muchachas.

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PARÍS

SAINT-GERMAIN-DES-PRÈS

Diciembre de 1899

 

 

De modo que ese era el aspecto que tenía una pesadilla a la luz del día.

Ingrid miró por la ventanilla mientras el coche de caballos se detenía junto a la acera nevada de la rue Dante, a solo una manzana de distancia del Sena, cubierto con una costra de hielo. Su madre no podía hablar en serio. ¿Ese sitio, esa ruina, iba a ser su nuevo hogar? Ingrid frotó el cristal empañado y vio con claridad la antigua y desolada abadía.

—Tienes que haber perdido el juicio —susurró Ingrid.

Su madre la ignoró y continuó mirando por la ventanilla del ­coche.

Los bloques de piedra caliza, de un sucio tono gris, estaban plagados de marcas, lo que proporcionaba a la abadía el aspecto de una víctima de la viruela. Las cuatro ventanas en forma de arco que daban a la fachada contenían unas vidrieras mates y combadas, con más grietas y huecos que plomo y vidrio. Alguien había dejado entreabiertos los dos tablones de madera reseca que hacían las veces de puertas como para invitar a entrar a alguien, a quien fuese. Ingrid pensó que nunca en su vida había visto un sitio tan solitario.

A su madre se le empañaron los ojos.

—¿No es maravilloso, niñas?

—Mamá, por favor, no empieces a llorar otra vez. Has acabado con todos tus pañuelos —dijo Gabriella, la hermana menor de Ingrid, abriendo su bolso de malla con pedrería para coger uno de los suyos.

Su madre, lady Charlotte Brickton, no paraba de gimotear desde que el vapor en el que viajaban había atracado en Calais y sus pies habían pisado suelo francés por primera vez en más de dieciséis años. Le encantaba estar en su tierra. Ingrid, por su parte, se sentía aliviada de haber salido de Londres. Tras los sucesos que allí se habían producido y su participación en ellos, no quería regresar jamás. Sin embargo, esa abadía era como huir del fuego para caer en las brasas.

—¿Maravilloso? Este edificio parece declarado en ruinas.

La descomunal construcción parecía a punto de derrumbarse. Ni siquiera la reciente capa de nieve que cubría como azúcar glas los barrotes de la alta verja de hierro colado podía suavizar esa impresión. Gruesas barras retorcidas formaban la puerta, adornada con hiedra, rosas y espinosas parras forjadas con el mismo metal. Todo resultaba frío e inhóspito, como las aguas blanquecinas del canal de la Mancha que acababan de surcar.

—Es absolutamente horroroso —susurró Gabby.

En sus labios se dibujó una sonrisa impresionada. La hermana de Ingrid apretó la punta de la nariz contra el frío cristal para ver mejor.

—Gabby, entre la gente juiciosa, las cosas horribles no suelen provocar sonrisas —comentó Ingrid, dando un manotazo sobre la negra capucha de visón de su capa.

—Tiene encanto —replicó Gabby, sacando su carnoso labio inferior.

—Si te resultan encantadoras las iglesias abandonadas y llenas de fantasmas —le espetó Ingrid.

Su madre les dedicó una mirada de irritación mientras el lacayo abría la puerta del coche.

—No os pongáis tan dramáticas, niñas. La abadía es una obra maestra, y resulta completamente apropiada para mi galería.

El lacayo bajó de una patada el corto tramo de peldaños y ayudó a la madre a apearse. Detrás se detuvo un segundo carruaje en el que viajaban las sirvientas junto con el equipaje de las damas.

—¿De verdad crees que hay fantasmas? —inquirió Gabby—. Habrá que preguntarle a Grayson si ha notado algo. ¡Oh, ya sé! ¡Organizaremos una sesión!

Ingrid suspiró y se mordió la lengua. Su hermano gemelo, Grayson, tendría más posibilidades de quitarle a Gabby de la cabeza la idea de que allí viviese un fantasma. Grayson, sin haber cumplido aún los dieciocho años y sin un solo criado que lo acompañase, había sido enviado a París antes que ellas, dos meses atrás, en busca de una ubicación para la galería de arte de su madre. Ambas decisiones, la del viaje y la de la galería, habían sido repentinas. Ingrid no podía creer que su padre, lord Philip Northcross Waver­ly III, conde de Brickton, hubiese decidido por fin financiar el sueño dorado de su madre, consistente en abrir una galería. El conde había rechazado la idea año tras año, pues el mecenazgo artístico era una afición de su esposa, y no suya, y además no estaba seguro de querer que el apellido Brickton se asociase con una actividad tan bohemia.

Por eso, cuando Grayson emprendió el viaje menos de dos días después de que el padre anunciase de repente su apoyo, Ingrid empezó a preguntarse si la galería de arte se inauguraría en realidad debido al creciente distanciamiento entre su padre y Grayson, y no para cumplir el sueño de su madre.

La relación entre su padre y su hermano nunca había sido fácil, pero en el último año sus discusiones se habían intensificado. Y que Grayson se tomase la vida como un crápula descontrolado en busca de placeres solo había servido para empeorar la situación. Ingrid confiaba en que solo se tratase de una fase de rebeldía, pero su padre no se mostraba nada tolerante. Era muy posible que hubiese enviado a Grayson a París para mantenerle ocupado, aunque quizá pretendía simplemente quitárselo de encima. Ingrid no dejaba de preguntarse por qué se habían precipitado los acontecimientos. Grayson no le había abierto su corazón antes de partir, y en los dos últimos meses la muchacha no había podido evitar la sensación de que algún suceso grave lo había acelerado todo.

El lacayo ayudó a Ingrid a bajar los peldaños hasta la acera. El frío de diciembre atravesó su vestido de terciopelo color burdeos como si fuese una fina combinación de seda. Se quedó mirando la abadía, los frescos que se habían deshecho hasta convertirse en escenas irreconocibles y las docenas de tejas que faltaban en el tejado. ¿Cómo se le había ocurrido a su hermano invertir en aquel ruinoso edificio? Ingrid se alegraba de que su padre no pudiese verlo. Algún asunto relacionado con su escaño en la Cámara de los Lores le había impedido acompañarlas a París tal como pensaba hacer. Les había asegurado que iría más tarde, y que sin duda estaría allí para asistir a la inauguración de la galería.

—¿Dónde está Grayson? Creía que nos esperaría aquí —dijo Gabby mientras ponía los pies en la acera, abriendo su sombrilla rosa de volantes para protegerse de la nieve que caía de las nubes color platino.

Con los ojos grises, la nariz corta y respingona, los labios bien dibujados y unos cabellos del color del ron dorado, Gabby era a sus quince años el vivo retrato de su madre. Ingrid, por su parte, contrastaba nítidamente con ellas. Tenía el pelo muy rubio, como Grayson y su padre, y la tez clara. En sus diecisiete años de vida le habían dicho en incontables ocasiones que, debido al color crema de su piel y sus suaves labios rosados, era la personificación de la belleza inglesa. Esa apariencia sugería un carácter amable, aunque quienes conocían a Ingrid lo descartaban de inmediato.

—Hace demasiado frío para que Grayson se pase aquí el día entero esperándonos —contestó Ingrid.

La muchacha cerró los puños. Detestaba el poso de nerviosismo que la acompañaba desde hacía meses. Esa inquietud siempre estallaba ante la simple mención de Grayson, convirtiendo su sangre en una copa de espumoso champán. La sensación de temor no le preocupaba. Siempre había tenido un sexto sentido que compartía con Grayson, del mismo modo que habían compartido útero, cuarto y, antes de la reciente fase de rebeldía de su hermano, personalidad. No, lo que le preocupaba era lo que siempre significaba: que a su gemelo le pasaba algo.

Cuanto antes viese a Grayson, mejor. Quizá entonces por fin pudiese obtener respuestas acerca de lo sucedido con el padre.

Lady Charlotte Brickton habló en su lengua materna con el lacayo, señalando con un gesto las bolsas, las cajas y los baúles atados a las partes superior y trasera del coche de las criadas. Ingrid no pudo entender el francés hablado con fluidez. Nunca había aprovechado las lecciones como Gabby y Grayson. Solo adivinó que su madre le indicaba al lacayo que ordenase a los cocheros dar la vuelta hasta la rectoría de la abadía. Grayson decía en su carta que el edificio se hallaba en diagonal con respecto a la abadía que ocupaba parte del terreno. Todos vivirían allí mientras su madre dirigía las reformas de la abadía, que sin duda serían más cuantiosas de lo que Ingrid había imaginado.

Su madre abrió las grandes puertas de hierro. Las bisagras chirriaron, espantando a una bandada de mirlos que descansaba en los canalones de cobre, verdes de óxido, que corrían a lo largo del tejado de la abadía. El movimiento repentino de los pájaros hizo que Ingrid levantara la mirada. Cuando se despejó la nube de negras alas agitadas, quedaron a la vista unas estatuas inmensas que coronaban cada uno de los campanarios gemelos de la abadía.

Casi todas las estatuas, que a Ingrid le parecieron ángeles, puesto que distinguió la forma de las alas, estaban cubiertas de polvo blanco. Sin embargo, algunas figuras más pequeñas descansaban expuestas en los salientes de la base de las torres rectangulares y el viento les había quitado la nieve, por lo que Ingrid pudo verlas con claridad: no eran ángeles, sino gárgolas.

Sus bocas emitían grandes gritos silenciosos, y las lenguas sobresalían entre unos dientes agudos como dagas. Tenían los ojos saltones, las orejas cortadas como las de ciertos perros y unas garras que se clavaban directamente en la piedra labrada del tejado. En algunas, las alas aparecían desplegadas, mientras que en otras habían sido esculpidas en forma de pliegues tras los dorsos encorvados.

Ingrid se quedó en la calle, junto a la puerta, con un nudo en el estómago. ¿Por qué iba a instalar nadie gárgolas en una iglesia? Las criaturas de piedra eran tan horrendas que le ponían los pelos de punta. Desvió la mirada. La abadía se hallaba situada al principio de una travesía flanqueada por grandiosos edificios de piedra clara. Viviendas, supuso Ingrid, distribuidas aquí y allá, con tiendas en la planta baja y toldos de colores. Había algunas personas en la calle, pero la ancha avenida parecía tan desolada como la abadía que la coronaba.

Gabby y su madre habían alcanzado ya las puertas dobles abo­vedadas y desaparecieron en el interior. Ingrid siguió despacio sus huellas sobre la nieve. Quería llegar hasta Grayson. Quería seguir avanzando. Cada paso la alejaba más de Londres, de su hogar en Grosvenor Square, de su padre e incluso de su mejor amiga, Anna Bettinger. Echaría de menos a su amiga, pero, francamente, el viaje a París no habría podido llegar en mejor momento. Jamás podría mirar a Anna de nuevo a la cara.

No después de lo que Ingrid había hecho.

Inspiró hondo, enderezó los hombros y cruzó el umbral para entrar en el vestíbulo. Tenía entumecidos los dedos enguantados, y el aire del vestíbulo resultaba igual de frío que el de la calle. Además, el ambiente era oscuro y húmedo. Ingrid apenas veía nada dentro de la nave mayor. Era escasa la luz que entraba por las vidrieras mugrientas y agrietadas que se alineaban a cada lado de la abadía. Detrás del púlpito, un amplio rosetón de vidrio amarillo claro florecía en el centro del ábside. Ingrid arrugó la nariz al percibir un olor a cerrado, a humedad.

La voz de Gabby resonó contra los techos abovedados.

—Es aún más terrible por dentro, ¿no crees, Griddy?

Ingrid se dio un golpe en la espinilla contra uno de los bancos, que estaba volcado y envuelto en tinieblas. La muchacha susurró una palabra impropia de una señorita.

—Por favor, no me llames así. Ya es bastante penoso que ese repelente diminutivo tuviese éxito en Londres.

Lady Griddy, en lugar de lady Ingrid Waverly, el título que le correspondía como hija de un conde, sonaba como el nombre de una vieja matrona arrugada.

Su madre apareció desde detrás de una columna, pasando la mano por las vetas del mármol color crema.

—Esta será la galería principal. Creo que Grayson eligió muy bien, ¿verdad, niñas? Este lugar rebosa carácter. Además, hasta que llegue vuestro padre para la inauguración disponemos de bastante tiempo, de sobra para hacer todas las reparaciones que precisa.

Ingrid se quedó mirando a su madre con una clara expresión de duda en el rostro. Su madre le restó importancia con un gesto.

—Sinceramente, Ingrid, ¿tienes que ser tan caprichosa? Piensa en París como un nuevo comienzo. —Le volvió la espalda antes de continuar—: Pasar el invierno fuera de Londres era lo mejor para ti, cariño, sobre todo teniendo en cuenta lo que sucedió con el señor Walker.

El calor invadió las mejillas de Ingrid, y sus dedos se aferraron al brazo curvo de un banco. El señor Walker. Jonathan Walker.

—¡Mamá! —exclamó Gabby.

Nadie había pronunciado el nombre de Jonathan desde la desastrosa fiesta y el suceso que había supuesto la muerte de la intachable reputación de Ingrid en Londres.

Ingrid intentó luchar contra el rubor que se extendía por sus mejillas.

—Es verdad. Salir de Londres era lo mejor para mí.

Con la cabeza gacha continuó hacia el púlpito, pero se desvió hacia la derecha antes de llegar y echó a andar por la nave lateral del crucero. Más allá había una puerta de madera. Por el denso silencio que se instaló a sus espaldas dedujo que su madre y su hermana debían de estar cambiando miradas significativas y enfáticos gestos con los brazos. Gabby quería evitar el tema, mientras que la madre deseaba reprocharle a Ingrid haberse mostrado demasiado audaz y abierta acerca de sus sentimientos por Jonathan. Sin embargo, ninguno de los dos enfoques cambiaría las cosas. Ingrid había querido casarse con Jonathan, y este le pidió matrimonio… a la mejor amiga de Ingrid, Anna Bettinger.

Y entonces Ingrid incendió la casa de Anna.

Fue un accidente. Un horrible accidente que Ingrid nunca se perdonaría. Pero no importaba. Su vida en Londres estaba acabada.

Ingrid abrió la puerta de la nave lateral del crucero y la luminosidad del patio nevado de la abadía la deslumbró. Cuando sus ojos se adaptaron a la luz, vio una rectoría gótica de piedra de dos plantas detrás de la rotonda de vidrio y hierro de la abadía. El lacayo se hallaba ante la puerta abierta de la rectoría con un hombre alto de grandes patillas. El desconocido llevaba un traje gris de tela satinada y guantes y sombrero grises, y se confundía con el desolado entorno.

—¿Quién es? —preguntó su madre mientras salía al patio detrás de Ingrid.

La mujer avanzó tan deprisa como se lo permitían su rechoncha figura y la cintura de avispa ceñida por el entallado corsé y la falda en forma de trompeta.

—Mamá no debería haberte dicho nada —murmuró Gabby mientras Ingrid y ella la seguían a cierta distancia.

Ingrid se ajustó el cuello de la capa, evitando la mirada franca de su hermana, y respondió:

—Puede decir lo que le plazca. No me afecta.

Ingrid mentía fatal. Gabby lo sabía, pero tuvo la delicadeza de dejarlo correr.

Cuando llegaron a la puerta de la rectoría, su madre y el extraño estaban terminando las presentaciones.

—Niñas, os presento a monsieur Constantine —dijo la mujer con una amplia sonrisa—, el administrador de vuestro hermano.

Monsieur Constantine cogió la mano de Ingrid y se inclinó sobre ella.

Enchanté, señorita.

Ella murmuró un «bonjour» distraído y se deslizó detrás de su madre para entrar en la rectoría, mientras que Gabby atraía la atención del hombre con su encanto natural, su amplia sonrisa y su francés perfecto.

Ingrid se adentró en el amplio recibidor. Una joven con un sencillo vestido gris y un delantal negro hizo una reverencia y luego, sin una palabra, se puso a despojar a Ingrid de su capa y sus guantes. La temperatura en la rectoría era solo un poco más alta que en la abadía. Una alfombra persa cubría el suelo de piedra, y gruesos cortinajes de color azul eléctrico proporcionaban intimidad a dos habitaciones.

—El resto de su equipaje llegó hace dos días y fue trasladado a sus dormitorios —dijo monsieur Constantine, esa vez en inglés—. Sus criadas se están familiarizando con la casa.

Ingrid echó un vistazo a la escalera, cubierta por una suntuosa alfombra de color rojo.

—¿Y dónde está nuestro hermano? —preguntó.

Tenía los nervios de punta. La sensación de vacío con la que había aprendido a vivir en los últimos dos meses se agrandó en su interior. Estaba más que preparada para que alguien colmase ese vacío, y la única persona que podía hacerlo era su hermano gemelo.

Monsieur Constantine tomó aliento y lo contuvo. En ese preciso momento, Ingrid empezó a sospechar que algo iba mal.

—Me temo que lord Fairfax no está aquí —contestó Constantine, refiriéndose a Grayson con el título de cortesía que usaban todos los herederos del condado de Brickton desde hacía generaciones. El hermano gemelo de Ingrid prefería el nombre de «Grayson», menos imponente, pero había renunciado tiempo atrás a pedirles a los demás que lo utilizasen.

—¿No está aquí? —repitió la madre—. Mi hijo sabía que lle­garíamos esta tarde. ¿Qué asunto puede alejarle de aquí en un día como hoy?

Constantine se alisó la barba plateada y estrecha, balanceándose sobre los talones.

—Señora, no deseo disgustarla —respondió—. Sin embargo, he de decirle que al parecer su hijo lleva cuatro días ausente de la rectoría.

La tormenta que se avecinaba y que Ingrid había estado intuyendo, esa que susurraba el nombre de Grayson, adquirió sentido de pronto. Sobresaltada, la muchacha miró a su madre. La condesa de Brickton no solía dejar que sus emociones se trasluciesen en su rostro, pero en ese momento la inquietud le encendió la mirada.

—Si no está aquí, ¿dónde está? —inquirió.

—Solo sé lo que me ha contado el personal de servicio —respondió Constantine—. Al parecer, su hijo asistió a una cena la noche del jueves. Según el cochero, después de la cena, el señor no apareció, y cuando fue a preguntar por él, le dijeron que había desaparecido antes de que se sirviese el primer plato. Todos los presentes habían dado por supuesto que se había marchado.

Ingrid frunció el entrecejo.

—Monsieur Constantine, ¿dónde se celebraba esa cena? ¿Eran los anfitriones amigos de mi hermano?

A la muchacha no le gustó la expresión vaga que adoptó el hombre.

—Señorita, lo único que sé es que se celebraba en el Cuarto Distrito, no demasiado lejos de aquí. Además, el cochero me ha dicho que los anfitriones eran conocidos del señor.

—¿Dónde está ese cochero? —preguntó la madre de Ingrid—. Je veux lui parler immédiatement.

Monsieur Constantine apartó una de las cortinas azules y llamó. En menos de un minuto acudió al recibidor un reducido grupo de hombres y mujeres. Los hombres se quitaron las remendadas gorras de tweed y las señoras unieron las manos agrietadas sobre sus delantales almidonados.

—He contratado al servicio, lady Brickton, y tal como usted solicitó todos hablan muy bien inglés. Bertrand llevó a lord Fairfax al Cuarto el jueves pasado.

Chasqueó los dedos para llamar la atención de un hombre de cierta edad, medio calvo y con una banda de pelo negro que le salía de las sienes. El sirviente sujetaba su gorra con fuerza.

—Señora —dijo Bertrand con una profunda inclinación.

—¿Ha mandado mi hijo algún mensaje? —preguntó la madre de Ingrid con voz temblorosa.

A Ingrid se le hizo un nudo en el estómago. Hasta ese momento confiaba en que algún problema de poca importancia fuese la causa de sus intuitivos temores. Nada más grave que un corazón roto o, en el peor de los casos, un hueso quebrantado. Grayson debería estar allí, estrechándola en uno de aquellos abrazos que le producían vértigo. Pero Bertrand expresó exactamente los temores de Ingrid:

Je suis désolé, mais non —contestó, negando con la cabeza como para traducir sus palabras con un gesto.

—Resolveremos esto, lady Brickton —se apresuró a decir Constantine con tono sincero—. Su ausencia debe tener una explicación. Si usted lo desea, podemos pedir ayuda a la policía.

—¿Por qué no les han avisado todavía? —preguntó Gabby con los ojos brillantes.

Constantine masculló unas cuantas palabras en su propio idioma antes de cambiar al inglés.

—Me han dicho que una ausencia como esta no resulta del todo insólita en lord Fairfax —explicó—. El señor es bastante… impetuoso, según los criados. No para ni un momento. A veces se ausenta durante un día entero o más.

Ingrid soltó un suspiro de decepción. Hasta ese momento esperaba que su hermano hubiese aprendido a controlar su gusto por las fiestas, los clubes y las salas de juego. Esa esperanza se desmoronó ante la explicación de monsieur Constantine.

Se produjo un silencio incómodo mientras la madre intentaba sobrellevar con elegancia aquellas palabras acerca de la reputación de su hijo. Al cabo de un momento, Constantine la ayudó iniciando una larga presentación del personal que había contratado en colaboración con Grayson: el ama de llaves y el mayordomo, la cocinera, una ayudante de cocina, dos doncellas, dos lacayos, un mozo de establo y el cochero, Bertrand. Todos aquellos nombres sonaban como un torbellino de acentos y sonidos para Ingrid, que paseaba la vista de una cara a otra, intentando seguir quién era quién. Las divagaciones de Constantine parecieron interrumpirse cuando la mirada de la chica tropezó con otra.

Al instante, todo quedó en silencio: su mente, la habitación, su respiración… Los ojos que atravesaban los suyos pertenecían a un joven. Los iris, de un verde luminoso con motas doradas, eran descarados y vibrantes, como una zona de pálido musgo de bosque olvidada tiempo atrás por el sol. Unas espesas pestañas gris marengo los rodeaban.

No parecía ser más que un año o dos mayor que Ingrid, y la observaba con perturbadora curiosidad. Ella le devolvió la mirada, percibiendo hostilidad en su manera de contemplarla. Los labios del chico no dibujaban una mueca, pero sus dilatadas ventanas nasales expresaban un claro desprecio, como si Ingrid le hubiese agraviado de algún modo. Lo cual era absurdo. Ella nunca había visto a aquel chico.

Ingrid se obligó a apartar los ojos y se encontró mirando el espejo rococó del recibidor, en el que se reflejaban sus pómulos encendidos. ¡Dichosa piel! No podía sentirse enfadada o incómoda sin mostrarlo al mundo entero.

—Ingrid, estás colorada —dijo su madre una vez que Constantine hubo acabado sus presentaciones, lo cual solo sirvió para que sus mejillas enrojeciesen aún más—. Estás disgustada por tu hermano. Necesitas descansar. Madame Bertot, ¿puede servirle un té a lady Ingrid? —A continuación se volvió hacia la doncella de Ingrid, que las había acompañado en el viaje—. Cherie, prepárale un baño caliente.

Por alguna razón, la tez de Ingrid y su físico esbelto hacían creer a la gente que era frágil y más propensa a caer enferma que su escultural hermana. La suposición carecía por completo de fundamento, teniendo en cuenta que Ingrid no había estado enferma ni un solo día de su vida. De hecho, Grayson tampoco. El médico de la familia se maravillaba con frecuencia de la perpetua buena salud de que gozaban los gemelos, pero eso nunca impidió que su madre se inquietase.

—Me encuentro perfectamente, mamá.

Pero Cherie y madame Bertot, la cocinera, habían salido ya de la habitación. Los demás, entre ellos el joven de los ojos lima y oro, se quedaron.

—No debes descuidar tu salud, cariño —dijo su madre.

—Mi salud está perfectamente —replicó Ingrid con los dientes apretados—. Creo que saldré a dar un paseo. —Necesitaba aire. Mucho aire. Ingrid se volvió hacia Constantine—. ¿Hay alguna librería por aquí cerca, monsieur?

A su hermano le gustaban los libros casi tanto como le gustaba respirar. Si había alguna librería en las proximidades, sin duda Grayson la frecuentaría. Cualquier cosa que pudiese hacer para localizarlo valdría la pena.

Constantine miró a los criados y carraspeó. Ellos lo interpretaron como una orden y volvieron a salir en fila apartando los cortinajes. Todos salvo el joven, que se mantuvo rígido, clavando en Ingrid sus ojos llenos de curiosidad.

Constantine siguió la trayectoria de la mirada del joven y carraspeó por segunda vez.

—¿Luc? ¿Hay algo que desee decir?

Luc bajó la vista en respuesta, a lo que Constantine respondió con impaciencia:

—Entonces puede retirarse.

Luc desapareció tras los cortinajes, dejando a sus espaldas un silencio incómodo. Constantine lo llenó contestando a la pregunta de Ingrid:

—Está a punto de anochecer, y la Préfecture de Police ha distribuido un aviso en el que aconseja que los ciudadanos permanezcan en sus casas al caer la noche.

Ingrid y Gabby se miraron levantando las cejas.

—Debido a varios incidentes, los desplazamientos nocturnos resultan poco seguros —dijo el hombre en respuesta a sus expresiones confusas.

—¿Guardan esos incidentes alguna relación con la desaparición de mi hijo? —preguntó la madre.

Constantine las hizo pasar al salón. Aquella habitación parecía sacada de un castillo medieval, con los tapices, las ventanas con parteluz y las paredes hechas con toscos bloques de piedra que absorbían el calor del fuego, una barrera natural contra el crepúsculo del crudo invierno.

—Desde luego que no. Me temo, lady Brickton, que su hijo lleva aquí una vida bastante pintoresca —respondió él, conduciéndola hasta el sofá más próximo a la chimenea.

—Es joven —dijo la madre en su defensa mientras tomaba asiento. Era la misma excusa que a menudo trataba de utilizar con el padre. Lady Charlotte tuvo ocasión de comprobar que daba mejores resultados ante Constantine.

—Desde luego —contestó este—. Lord Fairfax es un joven excelente, y por supuesto no está implicado en los recientes incidentes.

—¿Qué ha sucedido? —preguntó Gabby, acomodándose en el brazo del sofá, junto a su madre.

Constantine movió nerviosamente los pies de un lado al otro, y sus labios dibujaron una mueca de reticencia.

—Se ha denunciado la desaparición de unas cuantas señoritas. Los periódicos solo publican rumores, claro, y no me gusta especular, pero se dice que hubo violencia.

La madre se enderezó con un estremecimiento.

—No deseo que mis hijas oigan nada más sobre el asunto. Por el momento, permanecerán en la casa. Gracias, monsieur Constantine.

El hombre hizo una profunda inclinación.

—Por favor, no se inquieten. Han hecho un largo viaje y, tal como la señora ha dicho, necesitan descansar.

La madre se levantó para acompañarlo hasta la puerta, dejando a Gabby y a Ingrid solas en el salón.

—¿Lo has oído? —preguntó Gabby, levantándose de golpe del brazo del sofá—. «No se inquieten.» Nos dice que nuestro hermano ha desaparecido y que deberíamos evitar las calles oscuras de París para salvar la vida, ¡y luego nos suelta que no pasa nada!

Ingrid no respondió. A veces era mejor dejar que los arrebatos de Gabby se disiparan por sí solos. Fue hasta la ventana. En el marco inferior habían instalado unas contraventanas de madera pintadas de un azul idéntico al de los cortinajes. Pensativa, Ingrid pasó los dedos por la pintura desconchada. Ella siempre reflexionaba allá donde Gabby actuaba.

A sus espaldas, Gabby recorría la habitación como un animal enjaulado.

—No me importa cuál sea la reputación de Grayson: cuatro días sin aparecer ni decir una palabra es demasiado tiempo. Ya deberían haber llamado a la policía.

A través de los cristales superiores de la ventana con parteluz, la nieve que cubría el patio de la abadía parecía violeta pálido. Había una fuente de piedra sin agua, manzanos y arbustos de boj. Cuatro días. Los efectos de cualquier velada salvaje a la que pudiese haber asistido Grayson habrían pasado en menos tiempo, y además, el sexto sentido de Ingrid echaba fuego.

—Deberíamos averiguar más acerca de esos incidentes —sugirió Gabby nerviosa, al tiempo que se daba palmaditas en la falda—. No sé qué pensar.

Sin embargo, Ingrid sí lo sabía. Algo malo le había ocurrido a su hermano. No era un conocimiento que pudiese formular con palabras. Solo era algo que podía sentir. De niños, después de que abandonasen la habitación que compartían para ocupar sus propios dormitorios, si Grayson despertaba de un mal sueño, también Ingrid lo hacía, de forma instintiva. Aunque su propio sueño hubiese sido alegre, despertaba, se colaba en la habitación de Grayson y se metía en su cama para asegurarle que lo que creía estar viviendo no era más que una pesadilla.

Ingrid se quedó mirando la abadía en ruinas y la oscura serie de gárgolas de piedra recortada contra el cielo crepuscular. Su visión la estremeció, y empezó a desviar la mirada.

De reojo vio alzarse las alas de una encorvada estatua negra.

Ingrid se volvió con un grito ahogado y se acercó más al cristal, forzando la vista a través de la luz decreciente. Las alas de la gárgola ya no estaban arriba, sino que colgaban como cortinas. ¿Qué acababa de ver?

Ingrid cerró los ojos y apoyó la frente contra el frío cristal. Nada. No había visto nada. Solo estaba abrumada, y la escasa luz le había jugado una mala pasada.

Su hermano había desaparecido. Un secuestrador o un asesino podía estar acechando a las muchachas de París. Ingrid tenía que permanecer en la rectoría durante la noche, pero lo primero que pensaba hacer a la mañana siguiente era salir en busca de Grayson.

2

Aquello era el infierno.

Tenía que serlo.

Grayson volvió la cara hacia la tierra apisonada y gimió. Dios, cómo dolía. Su cuerpo entero palpitaba como una gigantesca herida abierta y vibrante. No recordaba cómo había sucedido, pero sabía que estaba muerto.

Grayson puso a prueba el funcionamiento de sus miembros haciéndose un ovillo. Se movió con bastante facilidad, aunque notó un dolor sordo en lo más profundo de los huesos.

—Eres fuerte.

Abrió los ojos. Una voz. La voz de una mujer.

—Has perdido mucha sangre, y sin embargo no expiras. Simplemente duermes. ¿Estás despierto ahora?

Su mejilla, apoyada en el suelo, estaba caliente y seca. La única luz era un resplandor azul, incesante y parpadeante. Le recordaba los rayos de calor durante las tormentas de verano.

—¿No… no estoy muerto?

Tenía los labios cubiertos de tierra. Le invadió una sensación de alivio, a la que sucedió enseguida una punzada de miedo. Si no estaba muerto, ¿dónde estaba? ¿Qué le había ocurrido?

La visión borrosa de Grayson se despejó, y este vio la silueta de una figura encapuchada y envuelta en una capa que se agachaba junto a él. No podía verle la cara; estaba demasiado oculta por la capucha para que le llegase la oscilante luz azul.

—Me sentiría decepcionada si hubieses muerto, Grayson Wa­verly —le contestó la mujer.

El muchacho se dio cuenta de que la voz despertaba un eco, como si atravesase algún valle profundo en lugar de rebotar contra el techo bajo de la cueva en la que se hallaban. La voz reverberó en la cabeza de Grayson e hizo vibrar sus tímpanos.

—¿Dónde estoy?

Intentó levantarse del suelo, pero el dolor lo abrasó por dentro. Se sentía agotado y vacío. Y, extrañamente, también se sentía hambriento.

Una cena. Había acudido a una cena.

El recuerdo se desvaneció cuando una criatura fuerte lo agarró por los hombros y lo obligó a sentarse de un tirón. No era la encapuchada, sino otra persona. Un hombre. Aquellas manos feroces descendieron hasta los antebrazos de Grayson. La luz parpadeante proyectó sombras azules y negras sobre el rostro del hombre.

Grayson entrecerró los ojos. Había algo raro en aquella boca. Sus labios aparecían demasiado estirados sobre los dientes, como si tuviese un trozo de cáscara de naranja allí escondido y estuviese esperando a sonreír para provocar una carcajada. Sin embargo, el hedor que desprendía… Grayson nunca había olido nada tan pútrido.

—Suéltame y apártate —ordenó Grayson, adoptando el tono imperioso de su padre. Echó los brazos atrás, pero hizo una mueca de dolor cuando los dedos del hombre se volvieron tan inflexibles como una esposa de hierro.

—Se te permitirá marcharte a su debido tiempo —señaló la mujer encapuchada, y sus palabras sonaron ondulantes y melosas—. Todo a su tiempo, Grayson Waverly. Ahora quédate quieto. Debemos comenzar.

El hombre soltó un gemido largo y persistente que a Grayson le pareció de placer. Era el mismo sonido que hacían su hermana y él cuando la institutriz no miraba y podían introducir caramelos de melaza a hurtadillas en la sala de estudio. Cuando el hombre abrió los labios, aquella extravagante idea acerca de la sonrisa de naranja se vino abajo.

Un par de nacarados caninos azules se curvaba sobre las comisuras del labio inferior del hombre. Grayson se echó atrás al ver que surgía de su mandíbula un segundo par de colmillos, que crecieron por encima de los caninos y no se detuvieron hasta que las dos puntas, finas como agujas, llegaron al labio superior del hombre.

No. No era un hombre. Era una especie de monstruo.

Su mandíbula se ensanchó de golpe para emitir un áspero gruñido que sonó como unas piedras rascando y clavándose en un cristal.

—¡No! —gritó Grayson, forcejeando—. ¡Para!

La criatura rasgó una de las mangas de Grayson a lo largo de la costura.

—Ya lo entenderás —dijo la encapuchada, y su voz sonó cristalina y serena por encima de los gritos de Grayson—. Todo esto es por tu bien.

La criatura lanzó la cabeza hacia delante y clavó sus colmillos en la carne de Grayson.

Luc rodó a un lado de las puertas del pajar donde se guardaba el coche de caballos y dio un paso en dirección al precipicio. Se inclinó hacia el viento nocturno. El aire solía aliviar su mal humor, aunque esa noche no fue así. Las estrellas atravesaban el firmamento como puñales, y un torrente de nubes cruzaba el cielo a toda velocidad. Luc inspiró hondo. Sus fosas nasales se dilataron al percibir la desagradable esencia que le traía el viento.

Estaban cerca. Muy cerca. Justo al otro lado de los muros de la Abbaye Saint-Dismas. El terreno sagrado era la primera línea de protección contra las criaturas que habían atravesado la barrera entre este mundo y el Inframundo.

Luc era la segunda.

Miró hacia la rectoría, que se hallaba a menos de veinte metros de distancia. Casi todo el primer piso estaba a oscuras, pero las ventanas del segundo piso, donde se situaban los dormitorios, mostraban suaves y parpadeantes luces en su interior. Las mesdemoiselles Waverly. La muchacha de ojos oscuros y su pálida hermana mayor habían llegado, tal como Grayson había dicho. Luc las había estado esperando, y a su madre y las criadas, pero no las quería allí. Como si Luc no tuviese ya suficientes problemas. Humanos. Se habían convertido en una plaga interminable.

Grayson Waverly. Lord Fairfax. Futuro conde de Brickton. Fuera quien fuese, Luc no había podido protegerlo, y eso había tenido consecuencias. A veces se producían errores, claro. Deslices. Accidentes. Siempre había que soportar un castigo por tales pasos en falso.

Luc no se había librado.

Las lámparas del segundo piso se apagaron una tras otra, salvo la del dormitorio que ocupaba la esquina occidental de la rectoría. La muchacha pálida estaba en esa habitación. Podía percibirla. Su inquieta energía lo colmaba.

La abadía y la rectoría llevaban décadas abandonadas, y a lo largo de ese tiempo el propio Luc había permanecido latente. Sin embargo, unos meses atrás, cuando Grayson Waverly compró la rectoría y pasó su primera noche bajo su techo, Luc despertó. La sensación familiar de conciencia había regresado. Luc no quería recuperarla. Se había acostumbrado a no saber. A no sentir ese incontrolable e innegable impulso de protección.

En ocasiones, Luc se ponía enfermo de furia al pensar que alguien o algo dirigiese su mente. Sus acciones. No echaba de menos ser uno de los Desposeídos de París. Habría preferido expiar su castigo eterno en las vigas del tejado del campanario septentrional, acurrucado como una de las encorvadas gárgolas de granito que lo jalonaban, con las alas pegadas al cuerpo y las escamas cubriéndose despacio con una costra de piedra.

Sin embargo, estaba despierto y debía velar por todo aquel que habitase en la abadía y la rectoría. Había sido fácil proteger a sus últimos humanos, un decrépito profesor de la Sorbona y su esposa casi ciega. No obstante, con las hermanas de Grayson no ocurriría lo mismo. La más pálida se había enfrentado a la feroz mirada de Luc con unos ojos que contenían demasiada inteligencia y curiosidad. Lo había mirado como si ya conociese su secreto.

Luc aspiró el frío gélido. Prefería el invierno, cuando había menos esencias que descifrar. Percibía mejor los peligros que acechaban fuera del terreno sagrado de la abadía cuando el aire no estaba perfumado por la hierba recién cortada o las prímulas de verano que trepaban por los altos muros de piedra en torno al patio. No le gustaba lo cerca que se hallaban esa noche los demonios del Inframundo. Parecían estar enterados de la llegada de las señoritas Waverly. De que sangre nueva y joven llenaba la rectoría.

—Buitres.

Luc no se inmutó al oír aquella voz áspera. Ya había notado la llegada de Marco, y no estaba solo. Lo acompañaban Yann y René, como de costumbre. El latido cálido y vibrante que aparecía en la base del cuello de Luc cada vez que otro Desposeído se encontraba cerca se había vuelto tan exasperante como los propios humanos.

Marco atravesó el pajar con paso oscilante mientras Yann y René pisaban el suelo de anchos tablones detrás de él.

—Me sorprende que hayas venido caminando —le dijo Luc por encima del hombro—. ¿No notas el olor de las jaurías demoníacas esta noche? Solo en la rue Dante debe de haber por lo menos cinco mastines.

Los tres habrían podido llegar en estado natural. Los Desposeídos podían quitarse su piel humana siempre que lo deseaban, y la noche era el mejor momento para hacerlo. El cielo oscuro y la escasez de miradas ayudaban a ocultar su existencia al resto del mundo, tal como había dictado la Orden Angélica, sus comandantes. Luc prefería el estado natural. Las escamas como acero templado en lugar de piel, los músculos tallados en piedra. La fría sensación de invulnerabilidad.

Marco se encogió de hombros y se dejó caer en el gastado colchón relleno de algodón de Luc. El recién llegado apoyó una bota encima del arcón de madera situado al pie de la cama.

—Parece que las bestias están demasiado concentradas en las idas y venidas de los ocupantes de la abadía para encargarse de nosotros. —Marco levantó las cejas, gruesas y oscuras—. ¿Tan atractivas son tus nuevas humanas, hermano?

René se situó junto a Luc y comentó:

—Ya sabemos que tienen sed de sangre británica.

Luc miraba fijamente hacia delante. No pensaba reaccionar ante las provocaciones de René. Todos los Desposeídos de París, incluyendo a Luc, creían que un mastín infernal, uno de los demonios del Inframundo, se había llevado a Grayson Waverly. Monsieur Constantine y la policía podían buscar tanto como quisieran. Nunca lo encontrarían.

Al menos Grayson no estaba muerto. Irindi, el ángel del reino celestial, se lo había dicho a Luc durante la visita en la que lo quemó con su fuego de ángel, el castigo obligatorio por fracasar en la protección de un humano. Grayson estaba vivo y prisionero en el Inframundo, un lugar en el que ningún ángel ni Desposeído podía entrar, independientemente de su rango o poder. Sin embargo, seguía siendo un misterio cómo había logrado un mastín infernal eludir los sentidos de Luc y por qué había raptado a Grayson.

René le dio a Luc una palmada en el hombro.

—Anímate —le dijo—. Al menos te has librado de un humano.

René le sacaba una cabeza, era muy musculoso y tenía una actitud grosera e inaccesible. Él, Yann y Marco no eran amigos. Eran aliados, y para los Desposeídos, los aliados resultaban mucho más útiles que los amigos.

—Tienes una buena carga por la que velar —continuó Marco—. Un humano menos, seis más añadidos a tu rebaño. ¿Seguro que estás a la altura?

—No soy un bebé —respondió Luc, deseando con todas sus fuerzas que sus tres indeseados huéspedes se marchasen.

—Claro que no, pero has despertado de una larga hibernación para enfrentarte a una casa llena de humanos y una evidente epidemia de mastines infernales. Y parecen concentrarse en tu abadía —declaró Yann.

La voz de Yann siempre sorprendía a Luc. Su forma humana era baja y delgada, y sin embargo, cada vez que hablaba, cosa que no hacía tan a menudo como sus dos homólogos, su voz era profunda y resonaba como un desfiladero. Esa voz siempre otorgaba peso a sus palabras.

—Y ya has fracasado con uno —añadió René con una sonrisa llena de petulancia.

Hubo un tiempo en el que Luc habría sido lo bastante estúpido para tratar de borrarle esa sonrisa de la cara de un puñetazo.

—No necesito que me lo recuerden —replicó Luc, al tiempo que se apartaba de la puerta del pajar.

Sin duda, a Marco y a los demás les divertía la noticia de ese fracaso. Grayson no les importaba. A decir verdad, tampoco le importaba demasiado a Luc. Los humanos eran una molestia. Suponían una obligación constante, y protegerles era la cruz con la que se veía obligado a cargar por lo que había hecho cuando él mismo era humano. Sin embargo, nunca había perdido a ninguno. Hasta la llegada de Grayson, Luc jamás había fracasado.

—Lo que tratamos de decirte, hermano —dijo Marco, haciendo chirriar el tacón de su bota contra la tapa del arcón al girar despacio el tobillo—, es que estamos en condiciones de ayudarte. Mis humanos han abandonado el Hôtel Dugray hasta la primavera, el puente de Yann está cerrado al público durante su reconstrucción, y la plaza de René permanece casi desierta entre semana. Podríamos ayudarte a velar por tus humanos.

Luc resistió el impulso de apartar de un manotazo la bota de Marco de la tapa del arcón. Lo conocía muy bien, y sabía que había hablado en nombre de los Lobos, su casta dentro de los Desposeídos de París. Los Lobos no eran conocidos precisamente por su generosidad. ¿Por qué razón iba Marco a ofrecerle su ayuda?

—No estarán aquí mucho tiempo —respondió Luc, rechazando la oferta del visitante.

—¿No crees que las muchachas buscarán a su hermano? —agre­gó Marco, dejando escapar un resoplido de desdén.

Claro que lo harían. Tendrían esperanza. Era una predecible y desgraciada tendencia humana. Pero no lo encontrarían. Su hermano no estaba en ningún lugar de la superficie de la Tierra. De lo contrario, Luc habría advertido su presencia, sus emociones. Su localización exacta. Los lazos de Luc con quienes vivían entre los muros de la abadía y la rectoría eran muy profundos. Había sido así durante trescientos veintisiete años. Desde el día en que murió Luc, recién cumplidos los diecisiete. El día en que se le prohibió la entrada en el Paraíso y pasó a formar parte de los Desposeídos.

El día en que Luc se convirtió en una gárgola.

—Déjamelas a mí —dijo Luc.

Tenía pensado demostrar a las Waverly que debían abandonar toda esperanza. Cuando comprendiesen que su hermano no volvería, se marcharían de la abadía. Los criados se irían a continuación, y aquel lugar sería una vez más la propiedad cerrada y descuidada que había sido en los últimos treinta años. De nuevo los parisinos pasarían por delante sin ver sus muros resquebrajados, sin percatarse siquiera de su existencia. Y Luc volvería a hibernar satisfecho.

—Haz lo que quieras —repuso Marco, levantándose del colchón—. Al fin y al cabo, son tus humanas. Pero recuerda mi oferta si se muestran obstinadas.

Luc asintió con la cabeza, aunque no tenía la menor intención de invitar a Marco, Yann o René a velar por las Waverly. Por muy inoportuna y desagradable que le resultase su presencia, seguían siendo las humanas de Luc. Estaba obligado a protegerlas como ninguna otra gárgola.

Luc volvió a mirar la luz que parpadeaba en la habitación de la hermana de piel clara. «Ingrid». Pronunció su nombre mentalmente. Su vínculo con ella era ya más fuerte que el que tenía con su hermana. Luc conectaba con un humano a través de su esencia, todas las gárgolas lo hacían, y el simple aliento de ella había estado a punto de dejarlo paralizado. Hacía mucho tiempo que no olía nada tan ligero y limpio, con un leve rastro de tierra oscura y dulce hierba primaveral. Y sin embargo, debajo de esa esencia limpia, había un olor penetrante e imposible de identificar, algo que hacía que las crestas de su espina dorsal se estremeciesen de deseo de mudar.

—Este no es su sitio —continuó Marco, tan ágil y silencioso que se había situado detrás de Luc sin que este se apercibiese—. Lo noto. Tampoco era el de su hermano. Tienes mucha suerte de haberte librado de él con tanta facilidad. Tal vez tengas suerte por segunda vez.

La siniestra sugerencia de Marco golpeó a Luc con tanta intensidad como el aire invernal. Por eso no tenía sentido su oferta de ayuda. Luc bajó la barbilla mientras un temblor le recorría la espina dorsal. Sintió que sus vértebras se expandían y que los huesos de sus manos empezaban a cambiar de posición. La piel de sus mejillas se tensó.

Marco contuvo una sonrisa.

—No tenía intención de ofenderte. Mantén tus huesos en forma humana. Ya sabes lo feos que estáis los Perros cuando os transformáis.

René soltó una risita burlona al oír el insulto contra la casta de Luc, pero este no sintió vergüenza alguna. Observando con la suficiente atención, era fácil percatarse de que todos los grotesques alineados en el tejado de la abadía tenían las orejas puntiagudas, la nariz en forma de hocico y afilados caninos. Luc había sido asignado a la abadía por algún motivo. La casta de una gárgola decía mucho sobre la clase de persona que había sido en vida. Los Perros eran extremadamente leales e implacables en la batalla. Los Lobos, como Marco y René, eran líderes poderosos y persuasivos. Las Quimeras, como Yann, eran dos complejas mitades fusionadas: Yann era un grifo, con el cuerpo de un león, y la cabeza y las alas de un águila. Noble y cruel.

Independientemente de su casta, todos los Desposeídos tenían algo en común. En vida todos habían cometido el mismo pecado: el asesinato a sangre fría de un ministro del Señor.

Los deseos de mudar de Luc se desvanecieron. Sus huesos y vértebras volvieron a su sitio. Su piel se aflojó en torno a los pómulos y la barbilla. Marco retrocedió hacia la escalera de mano.

—No pretendía pasarme de la raya. Son tu carga, así que te dejo con ellas.

Marco alcanzó la escalera, pero un cambio en el aire alertó a Luc, que inclinó la cabeza y localizó la esencia gris y ahumada de otro de los humanos a su cargo. Este dormía en un rinconcito de la cochera que antiguamente se había utilizado como establo.

—Bertrand está despierto —dijo Luc—. No puedes marcharte tal como has venido.

Marco les hizo un gesto a Yann y René, y los tres se apresuraron a despojarse de sus ropas. Marco era alto y fornido; los músculos de su pecho y sus muslos resultaban impresionantes si se comparaban con la constitución ágil y compacta de Luc. Este aguardó con paciencia a que acabaran de desvestirse. No había lugar para la vergüenza entre los Desposeídos. Todos eran hombres, e iban desnudos demasiado a menudo para sentir pudor alguno.

—Gracias por tu hospitalidad —bromeó Marco mientras caminaba a zancadas hacia la puerta abierta del pajar, con la ropa y los zapatos hechos un ovillo en la mano.

—No hay de qué —respondió Luc.

Los tres se quedaron ante la puerta del pajar. La nacarada luz de la luna bañaba sus cuerpos. La transformación se desarrolló en cuestión de segundos. En un movimiento simultáneo, la espina dorsal de Marco se prolongó y arqueó. Los brazos y las piernas de René se alargaron, y su rostro se transformó en un hocico de lobo. Los dedos de las manos y los pies de Yann se convirtieron en mortíferas garras. Tras incontables cambios a lo largo de siglos, sus huesos, articulaciones y tendones se movían con soltura, deslizándose de un punto a otro, creando cartílago donde sus formas humanas carecían de él.

La piel de Marco se cubrió con una espesa capa de escamas de un oscuro tono dorado, como un ocaso de verano. La nueva piel se estiró en torno a los huesos en movimiento de su cara. En un abrir y cerrar de ojos, dos alas cubiertas de escamas se desplegaron desde su espalda. Lo mismo ocurrió con René, aunque en su caso las escamas eran de un tono más claro y despedían un tenue resplandor, como si fuesen hilo de oro. Los grotesques de piedra gris nunca podrían reflejar los magníficos colores de una gárgola de carne y hueso. Esos colores, exageraciones de sus tonos humanos, casi compensaban lo horrendo de sus formas de gárgola.

Las alas de Marco se abrieron de golpe. La punta de cada ala cobriza y escamosa rozó el techo. Las alas de afiladas plumas de Yann aparecían estriadas de plata, igual que su negro pelo humano. Este fue el primero en alzar el vuelo, seguido de René.

Marco se agachó; su espina dorsal formaba una prominente cresta. Se volvió a mirar a Luc con los delgados labios abiertos mostrando dos hileras de dientes afilados y lanzó un chillido. Si Bertrand se despertaba, le parecería oír el grito de un halcón. Pero Luc entendió a la perfección el mensaje: «Échalas pronto, hermano».

Marco saltó al vacío y se elevó en el cielo nocturno.