Prólogo

En el pasado más remoto

del que nada se conoce

No era divertido ser un guardián de la puerta del infierno. Solo había una ocupación peor: ser el recadero del mal. Y Makah’Alay Omawaya también lo había sido.

De buena gana.

Un tic nervioso apareció en su esculpido mentón mientras el fuerte viento le azotaba la larga melena negra, que lo fustigó como un látigo. Se encontraba al borde de un precipicio y su cuerpo quedaba recortado por la Luna del Cazador, al igual que las armas que llevaba enfundadas. Exhausto hasta la médula de los huesos, oteó el cañón de color rojo bañado por la luz de la luna, cuyas cambiantes sombras le recordaron su pasado.

¿Cómo podía un solo hombre arruinar tantas vidas?

No, arruinarlas no.

Destruirlas.

Ya no tenía derecho a seguir viviendo. No después de toda la sangre que había derramado gustoso con su cuchillo y con sus flechas. No después de todas las atrocidades que había cometido. Sin embargo, allí estaba. Solo.

Avergonzado.

Un no muerto.

Dos veces había sido designado como guardián de un mundo que se había esforzado por aniquilar. Sí, él tampoco le encontraba sentido. Los espíritus siempre fueron misteriosos. Ni siquiera alcanzaba a entender sus motivos para haberle permitido regresar a ese lugar.

No obstante y después de todo lo sucedido, había aprendido que, tal como rezaba el antiguo dicho, «el hombre tenía responsabilidad, no poder». Después de los años transcurridos, por fin comprendía lo que eso significaba.

No les fallaría.

No se fallaría a sí mismo.

«Estoy decidido...»

Vivía su existencia actual basándose en sus propias decisiones, no guiándose por la casualidad. Los espíritus no lo habían elegido para realizar esa tarea. Se había ofrecido voluntario. Puesto que ya no había más excusas que lo cegaran y lo bloquearan, cambiaría para mejor.

En esa ocasión, se sentía motivado para alcanzar la excelencia y para no dejarse manipular por el mal. Sería útil y no se dejaría utilizar. Se convertiría en el mejor sin competir. Porque a partir de ese momento confiaría en su propia sabiduría y desoiría tanto los consejos como la opinión de los demás. Ya no le quedaba más autocompasión, puesto que la había gastado toda. A partir de ese momento, cultivaría la autoestima.

A fin de vivir la existencia honorable que debería haber vivido durante todo ese tiempo.

Su mirada pasó sobre la cueva donde en otro tiempo luchó contra un poderoso inmortal durante un año y un día. Aún no sabía de dónde había sacado la fuerza para librar semejante batalla. Pero claro, la adrenalina y todas las humillaciones sufridas que llevaba acumuladas en el buche lo habían ayudado a superar el dolor. Lo habían ayudado a no sentir el cansancio ni las heridas. Una vez liberada, la furia reprimida durante décadas lo amamantó mejor que la leche materna.

Ojalá pudiera contar en ese momento con dicho consuelo. Pero con la lucha finalizada y con las manos llenas de sangre, se sentía cansado y disgustado. Asqueado. Ansiaba culpar a otro. A cualquiera. Sin embargo, era imposible huir de la verdad.

Él, y nadie más que él, era el culpable de lo que le había sucedido. Él había tomado la decisión y había permitido que otro dominara sus pensamientos.

Había llegado el momento de enmendar los errores.

«No eres libre, Makah’Alay. Jamás te liberaré. Ahora me servirás durante toda la eternidad.»

«¡No, no lo harás!», gritó su mente con la suficiente fuerza como para trasladar su grito desde ese plano hasta las Tierras del Oeste, donde estaba confinado el Espíritu del Oso.

Con suerte, para siempre.

El Espíritu del Oso había poseído a Makah’Alay Omawaya.

—Makah’Alay Omawaya está muerto.

Muerto a manos de la traición de su hermano. Un acto que también estaba justificado.

Sin embargo, había renacido como Ren Waya, el lobo traicionero, y su alma estaba en manos de una inmortal procedente de una tierra lejana.

Artemisa. La diosa había obrado la magia que lo había devuelto a ese plano. Y él se había jurado proteger ese mundo de las criaturas de su hermano, que cazaban las almas de los humanos. La simetría y la ironía de dicha circunstancia no le pasaban desapercibidas.

Pero claro, su pueblo siempre había creído en ciclos y círculos...

«Sé amable con todos, porque te los encontrarás de nuevo.»

Por eso su clan no creía en las despedidas. Las personas siempre eran las mismas, aunque las circunstancias cambiaran.

Que Artemisa fuera la dueña de su alma después de todo lo que él había hecho le parecía correcto. Por no mencionar que dicha coyuntura le permitía vigilar a su hermano y asegurarse de que no le ocasionaba más daño a la tierra del que él mismo le había causado cuando era su supervisor.

No obstante, era imposible negar que aunque el Espíritu del Oso estaba atrapado en las Tierras del Oeste, el muy cabrón aún poseía esa parte de sí mismo que había sido corrompida para siempre.

Una parte de sí mismo que esperaba mantener encerrada de la misma manera que lo estaba el Espíritu del Oso.

Sin embargo, en el fondo de su mente y gracias a los poderes que lo habían maldecido desde que nació, vio lo que se avecinaba. La puerta que mantenía encerrado al Espíritu del Oso se debilitaría. Y si bien él era un hombre fuerte, un no muerto, su fuerza era limitada. El Abuelo Tiempo avanzaba sin cesar y a medida que giraba sobre las tierras, las iba cambiando para siempre.

Sus fuertes manos modelaban y moldeaban ese mundo.

Y al igual que Ren, lo hería.

Algún día, el Abuelo Tiempo iría en su busca y le exigiría que pagara el precio por todo lo que había hecho.

Por todo lo que no había hecho.

Que los buenos espíritus de la tierra los ayudaran cuando llegara ese día. El cambio siempre conllevaba temor y sacrificio. Y aunque conocía de sobra su potencial, también conocía sus debilidades.

De la misma manera que las conocían el Espíritu del Oso y su doncella, la Zahorí del Viento. Ya lo habían reclamado como suyo en una ocasión.

La próxima vez que lucharan, Ren echaría el resto. Pero sabía que no bastaría.

Lo atraparían de nuevo y cuando lo hicieran...

Dio un respingo al contemplar las visiones del futuro y lo que le aguardaba a ese desdichado mundo que ignoraba la existencia de las cosas que los hombres como él mantenían a raya.

De todas formas, ese hecho no importaba y tampoco cambiaba nada. Lucharía por el bien con más denuedo del que demostró cuando luchó por el mal. Si ganaba, estupendo. Si perdía...

La muerte también tenía sus ventajas.

Capítulo 1

1

10 de diciembre de 2012

Las Vegas, Nevada

3.00 h. de la madrugada

—Las plumas se están formando en el cielo y la Luna Fría está al caer. Pronto Padre Serpiente abrirá los ojos y con ellos las siete puertas.

Ren ladeó la cabeza y miró hacia abajo al escuchar la voz de Choo Co La Tah, con su fuerte acento británico, que rompió la solemnidad de la noche. El Guardián estaba sentado, escuchando el silencio que lo rodeaba. Las plumas eran las del tocado de la constelación de la Serpiente, la misma que regía su calendario ancestral. Cuando dicho tocado se encontraba en su máxima expresión y se alineaba con el solsticio de invierno, las puertas entre ese plano y los demás se abrían. Y el mal que había sido expulsado no solo por su pueblo, sino también por los pueblos de los otros continentes, se extendía por el mundo.

Faltaban once días.

El 21 de diciembre. A las 11.11 de la mañana. En ese preciso instante el corazón del universo atravesaría el árbol de la vida. La cabeza, el corazón y el cuerpo estarían alineados por primera vez en siglos.

¿Podía ser más perfecto? Si alguien dudaba del equilibrio y de los ciclos del universo, eso bastaría para convencerlos de que si bien todo parecía ser fruto de las coincidencias, no lo era. Nadie, salvo el Gran Creador, podría haberlo planeado todo tan bien.

Once días para el Reinicio.

Ren escuchaba el tictac del reloj. Cada latido de su corazón los acercaba más a lo inevitable. Los acercaba más al infierno.

«Un buen momento para llamar diciendo que estoy enfermo y no ir a trabajar», pensó.

Ojalá pudiera. Sin embargo, semejantes lujos estaban reservados para los humanos, no para los seres inmortales como él. Para las criaturas como él nunca había días de baja, ni siquiera uno de vacaciones. Ganaran, perdieran o empataran, lucharían hasta el amargo final y se llevarían a tantos enemigos por delante como pudieran.

«Unidos luchamos. Y unidos morimos.»

Para un inmortal, la muerte era muchísimo más aterradora que para un humano. Cuando uno moría sin alma, padecía una agonía terrible durante el resto de la eternidad.

El infierno sería un camino de rosas comparado con la existencia que le esperaba si moría.

Ren le hizo una respetuosa inclinación de cabeza a Choo Co La Tah.

—He estado observando las señales. —Mientras lo hacía, había tenido una visión que aún lo atormentaba. Podía verla con claridad incluso con los ojos bien abiertos. Podía sentir su presencia como si estuviera allí, a su lado.

Sin embargo, no sabía quién era. Una mujer menuda con el valor de una criatura mítica que lo había buscado a través de la oscuridad. La había visto vestida con pieles amarillas y el pelo castaño oscuro trenzado y adornado con plumas blancas. Al igual que hiciera la diosa que le había arrebatado el alma, la mujer se había arrodillado junto a él mientras yacía en el suelo, herido. Su dulce voz lo había calmado mientras cantaba en una lengua que llevaba dos mil años sin escuchar de labios de una mujer.

La muerte se había negado a soltarlo hasta que ella le colocó una mano menuda en su mejilla ensangrentada. Tras inclinarse sobre él, la mujer siguió cantando, derramando su aliento sobre su piel. Su cálida caricia y su reconfortante voz desterraron el dolor que sentía hasta que solo fue consciente del calor de su piel contra su cuerpo. Esos ojos no se apartaron de los suyos mientras lo besaba suavemente en los labios. Fue un beso tan delicado que le pareció la caricia de las alas de un colibrí.

—He venido a por ti —le susurró la mujer un segundo antes de que lo apuñalara en el corazón. Mientras el dolor lo atravesaba, ella se echó a reír y lo abandonó para que muriera solo.

Apenas había salido del trance que supuso esa visión cuando Choo Co La Tah apareció en su patio trasero. Desde entonces, llevaba media hora observando el cielo con actitud solemne, en busca de alguna señal que desmintiera lo que sabía que se avecinaba.

«Nadie puede parar un tren», se dijo. Como mucho, se acababa sangrando sobre las vías en el intento.

Ren se puso en pie muy despacio, pero siguió en mitad del patio antes de volverse hacia el ancestral ser inmortal. Siglos atrás, habían pertenecido al mismo clan. Choo Co La Tah fue en otro tiempo el mejor amigo de su hermano, su consejero más fiel.

Sin embargo, las cosas cambiaban. Al igual que las personas. Con demasiada frecuencia uno se daba cuenta de que la persona con quien más relación se tenía era a la que menos se conocía de todas. Y tal como Ren había aprendido por experiencia propia, un amigo impregnado de maldad era lo peor del mundo. Si bien los enemigos podían herir el cuerpo, un amigo malvado hería el corazón y la mente... y ambas cosas podían resultar letales.

—No hay señales de la Protectora. —Choo Co La Tah observó las Pléyades, el lugar donde se emplazaba la primera puerta. Las mismas estrellas en las que Ren se había concentrado. Unas estrellas que ocupaban un lugar muy especial en su corazón—. ¿Y si ya está muerta?

—Un buen amigo me dijo una vez que no debía temer el futuro. De un modo u otro, acabaría llegando. El truco está en recibirlo con los brazos abiertos para no acabar con algo roto cuando me arrolle. —Choo sonrió—. Por aquel entonces era mucho más joven y muchísimo más flexible.

Ren se rió al escuchar al ser tan antiguo que físicamente parecía un hombre musculoso de treinta y pocos años. Vestido con un abrigo de ante y unos vaqueros, Choo llevaba la larga melena negra trenzada a la espalda, al igual que él, y en cada uno de sus ocho dedos llevaba un anillo de plata que protegía una piedra sagrada. Al igual que él, Choo fue en otro tiempo uno de los mejores guerreros de su clan. Habían luchado juntos y se habían enfrentado el uno al otro. Por irónico que pareciera, Ren fue el único capaz de derrotar a Choo Co La Tah.

Algo para lo que tuvo que hacer trampas.

Por suerte, Choo no era rencoroso.

O no lo era demasiado.

Ren cruzó los brazos por delante del pecho al percatarse de lo fría que se había vuelto la noche. Mientras meditaba, no le había prestado atención al descenso de la temperatura. En ese momento el frío viento del desierto se hacía notar.

—Además, deberíamos temer no tanto su muerte como la posibilidad de que su piedra haya caído en manos de algo que no debería tenerla.

Choo Co La Tah asintió con la cabeza, dándole la razón.

—Eso es lo que más temo. La ghighau ya debería haberse puesto en contacto conmigo. Dado que no lo ha hecho... —Su frustración era patente—. Ni siquiera sé quién es en esta vida.

Ren tampoco lo sabía. A fin de protegerla de todos los depredadores que la matarían de tener la oportunidad, los Espíritus jamás permitían que los Guardianes conocieran su identidad hasta que era necesario. Aunque los Guardianes eran inmortales, la Protectora no lo era. Era humana, y su piedra sagrada pasaba de madre a hija, junto con la historia de su deber más sagrado. Cada vez que llegaba el momento del Reinicio, la Protectora siempre enviaba un sueño a Choo Co La Tah para hacerle saber su identidad.

Con dos Guardianes muertos, los únicos que quedaban eran Choo y Coyote, el hermano de Ren, que estaban obligados a ayudarla a reiniciar el calendario y a mantener las puertas cerradas.

Un Guardián la protegería.

Su hermano, en cambio, la mataría.

Ren, que fue un Guardián hasta que su hermano le robó el puesto, se encontraba entre ambos. Aunque tenía la intención de luchar junto a Choo Co La Tah en la medida de sus posibilidades, no estaba seguro de poder enfrentarse a su hermano. Una parte de él seguía odiando a Coyote con tanta fuerza que le provocaba una tremenda amargura. Pero bajo ese odio yacía un sentimiento de culpa tan profundo que ni siquiera estaba enfadado con Coyote por haberlos torturado el año anterior, cuando lo capturó.

¿Cómo podía echárselo en cara cuando él le había hecho muchísimo más daño a Coyote?

Las traiciones eran algo complicado. Si las llevaba a cabo un desconocido, eran odiosas. Si las llevaba a cabo un amigo, dolían. Y si las llevaba a cabo un familiar...

Eran corrosivas.

Le dio una palmada a Choo Co La Tah en la espalda.

—Míralo por el lado positivo. Al menos nadie ha liberado a los anikutani.

—Todavía. Pero recuerda que aún nos quedan once días. Basta con una metedura de pata para deshacer todos nuestros esfuerzos por proteger este mundo, y no hay nada más peligroso que un capullo con una misión.

Ren resopló al escuchar semejante optimismo.

—Claro que lo hay, Choo.

—¿El qué?

—Un capullo con conexión a internet y seis latas de Red Bull.

Sin embargo y dejando a un lado las bromas, Choo Co La Tah tenía razón. Si durante el Tiempo sin Tiempo, alguien rompía el sello de piedra que mantenía encerrados a los hermanos de Ren...

Tendría que llamar al jefe y decirle que estaba enfermo.

Y encontrar un agujero en el que esconderse.

El simple hecho de pensar en su regreso le encogió el estómago y le puso el vello de los brazos de punta, como si su subconsciente quisiera advertirle de que ya era demasiado tarde para pensar en huir. Tenía la sensación de que habían roto el sello.

«Déjalo ya. Solo es el viento.»

Eso estaba claro. Pero la pregunta era: ¿el viento procedía del desierto?

¿O de los anikutani al ser liberados?

Capítulo 2

2

10 de diciembre de 2012

Tuscaloosa, Alabama

4.00 h. de la madrugada

Kateri Avani se debatía en sueños, atormentada por las pesadillas. En ellas no era una mujer adulta, sino una niña sentada en la casa de su abuela, jugando con las muñecas que esta les hacía a ella y a su prima Sunshine Runningwolf con el maíz que crecía en el jardín trasero. Kateri, que tendría unos doce años, le pasaba la mano al suave pelo negro de la muñeca que representaba a un hombre. No sabía por qué, pero siempre le ponía un arco para que lo sujetara.

Su abuela estaba sentada a su lado, delante de la antigua mesa roja de la cocina, desgranando guisantes mientras le hablaba con esa voz tan dulce que siempre lograba que se sintiera segura en un mundo que nunca lo había sido.

—Ter, las personas suelen decir que el amor al dinero es la raíz de todos los problemas. Pero es totalmente falso. —Tiró las vainas y las hebras de los guisantes en el cubo para compost que tenía a los pies—. Antes de que se inventara el dinero, incluso antes de que se inventaran los sistemas monetarios, había mucha maldad suelta.

Como no estaba segura del motivo por el que su abuela le contaba eso, Kateri enarcó una ceja al escuchar la seriedad de su voz.

La anciana llevaba el pelo níveo trenzado y recogido en un intrincado rodete que Kateri había intentado hacerse una y otra vez. A diferencia de su abuela, ella siempre acababa con un moño suelto del que se escapaban sus trenzas al menor movimiento que hacía.

Después de subirse las gafas con los nudillos, su abuela interrumpió la historia para coger más guisantes de la cesta de paja que descansaba sobre la mesa y, una vez desgranados, los echó al cuenco plateado que tenía en el regazo. Tras señalar a Kateri con una de las largas vainas, la miró fijamente con esos penetrantes ojos dorados en los que brillaba el fuego de una mujer sabia, fuerte y decidida.

—Presta atención a mis palabras, niña. Ni el dinero ni la avaricia destruyen la humanidad, y no arruinan ni una sola vida. En realidad, es todo mucho más siniestro. Eso solo son los síntomas de la verdadera enfermedad que te corroe desde dentro.

Kateri puso los ojos como platos.

—¿Qué corroe a la gente, abuela?

—La envidia —contestó esta con voz gélida—. Es lo más letal del mundo, niña. Es lo que motivó el primer crimen de la Humanidad, cuando un hombre golpeó a su hermano y lo dejó por muerto, y solo porque lo creía un privilegiado. A simple vista parece una palabra muy bonita. Pero como pasa con el mal absoluto, la belleza es engañosa y atrae a los ingenuos para capturarlos y arruinarlos. Como un remolino demoníaco, antes de que te des cuenta te ha atrapado y te estás ahogando, sin posibilidad de escapar por más que lo intentes.

El corazón le latía muy deprisa en el pecho. Esas palabras la asustaban. No quería volver a sentir eso jamás. El problema era que no sabía qué era «eso».

—¿Qué quiere decir «envidia»?

Su abuela siguió desgranando guisantes, pero sus movimientos eran más nerviosos que antes.

—Proviene del latín invidia, que quiere decir «provocar resentimiento» o «desearle mal a otro». La envidia es la incapacidad de sentir felicidad cuando otra persona tiene suerte o de desearle lo mejor a otro cuando se lo merece. Es cuando nos molesta que otro disfrute del sol o que tenga una vida que creamos que es mejor o más sencilla que la nuestra. Pero hazme caso, niña, todos padecemos tristezas y penas. Vergüenzas y sucesos que nos atormentan. Nadie puede librarse de eso, por más perfecta o buena que creas que es la vida de los demás. La vergüenza y el dolor no perdonan a nadie.

—Jamás haría algo así, abuela —le aseguró Kateri—. Sé que no debo hacerlo.

Su abuela esbozó una sonrisa cariñosa.

—Lo sé, cariño. Pero no está de más repetir la advertencia. Es muy fácil caer en las garras de la envidia y dejar que el odio y la amargura destruyan tu felicidad. —Le dio unos cuantos guisantes crudos para que se los comiera mientras ella seguía desgranándolos—. Cuando tenía tu edad, mi abuela me contó una historia que su abuelo le había contado a su vez. Aunque era joven cuando la escuché, me ha acompañado toda la vida.

Kateri masticó los guisantes mientras escuchaba. Siempre le habían encantado las historias de su abuela.

—Un día, un niño le preguntó a su abuelo, que era un antiguo jefe cherokee: «Eludi, ¿por qué estás tan triste?». El viejo jefe se mordió el labio y se frotó la barriga como si el estómago le doliera muchísimo. «Hay una lucha terrible en mi interior, vgilisi —contestó el anciano con seriedad—. Una lucha que no me deja dormir ni me permite tener paz.» —Su abuela le acarició la punta de la nariz con la vaina de un guisante mientras ponía la cara asombrada que habría puesto el niño—. «¿Una lucha, abuelo? No lo entiendo. ¿Qué clase de lucha tienes en tu interior?»

Kateri cogió otro puñado de guisantes del cuenco de su abuela.

—El anciano jefe se arrodilló delante del niño para explicárselo. «En el fondo de mi corazón hay dos lobos. Cada uno es lo bastante fuerte para devorar al otro y están en lucha constante. Uno es completamente malvado. Es la venganza, la pena, el arrepentimiento, la rabia, la avaricia, la arrogancia, la estupidez, la superioridad, la envidia, la culpa, la mentira, el ego, el falso orgullo, la inferioridad, la inseguridad, la sospecha y el resentimiento. El otro lobo es la bondad absoluta. Está hecho de paz, de bendita tranquilidad, de sabiduría, de amor, de alegría, de esperanza, de humildad, de compasión, de benevolencia, de generosidad, de confianza, de fe y de empatía. Se acechan el uno al otro en mi corazón y luchan a todas horas. Día y noche. No hay tregua. Ni siquiera mientras duermo.» El niño puso los ojos como platos mientras se quedaba sin aliento. «Qué terrible para ti», dijo. Su abuelo meneó la cabeza al escucharlo y le dio unos golpecitos en el pecho, justo encima de su corazón. «No solo es terrible para mí. Esta lucha también se libra en tu interior y en el interior de todas y cada una de las personas que caminan sobre la tierra con nosotros.»

Kateri se llevó la mano al corazón mientras se preguntaba si esos dos lobos también se encontraban en su interior.

—Esas palabras aterraron al niño —continuó la anciana—. «Dime, abuelo, ¿cuál de los dos lobos ganará esta lucha?», quiso saber. El jefe cherokee sonrió a su nieto y le tomó la mejilla con una mano mientras le contestaba con la simple verdad: «Siempre ganará aquel al que alimentes».

La voz de su abuela resonó a través del sueño de Kateri mientras intentaba despertarse por todos los medios. «Cuidado con lo que alimentas, niña. Porque esa bestia te seguirá a casa y vivirá contigo tanto si le haces una cama como si tienes la temeridad de echarla.»

Sin embargo, su abuela no había terminado con sus advertencias. Cogió la mano de Kateri y la hizo avanzar en el tiempo. La llevó a un lugar extraño y desconocido, pero que al mismo tiempo le resultaba muy familiar. Como si ya hubiera estado allí pero se le hubiera olvidado.

O lo hubiera desterrado de su cabeza.

Aunque el viento que soplaba era cálido, hizo que se le congelara la sangre en las venas por el miedo... como si en ese sitio acechara algo malvado. Algo que quería verla muerta. A su alrededor, estalactitas y estalagmitas creaban bestias deformadas que incrementaban su temor. Las paredes de piedra roja le recordaban a un paisaje marciano. Además, esas paredes tenían dibujos de antiguas batallas en las que luchaban unos guerreros contra una serpiente emplumada que se alzaba sobre ellos, escupiendo fuego por la nariz mientras intentaba derrotarlos.

—Aquí es donde comienza el final.

Antes de que pudiera preguntarle a su abuela qué quería decir, Kateri vio que una sombra se desplazaba por el suelo. La cogió desde atrás y la pegó a un torso duro como la piedra. El tamaño del hombre que la abrazaba con una facilidad aterradora pareció anularla. Iba vestido con una camisa blanca de lino, un chaleco negro y unos vaqueros, y tenía una melena negra que le caía hasta media espalda. Sus ojos oscuros resplandecían y sus facciones eran tan perfectas que no parecían reales.

Como ya había visto a ese desconocido, se relajó.

Hasta que lo oyó hablar.

—Para toda la eternidad —le susurró él al oído justo antes de clavarle un puñal en el corazón, tras lo cual la tiró al suelo para que muriera.

Lo último que Kateri vio fue que se convertía en un cuervo para alejarse de ella.

Temblorosa y aterrada, se despertó cubierta por un sudor frío cuando sonó el despertador. Eran las cuatro y media de la madrugada y su dormitorio seguía sumido en la más absoluta oscuridad, pero podía sentir la presencia de algo junto a su cama. Además, olía el leve aroma a hierbabuena y a loción Jurgen.

El olor de su abuela. Solo recordaba otra ocasión en la que se había despertado con esa sensación, con ese aroma: la noche que esta murió mientras ella estaba en la universidad. Se le puso el vello de punta al tiempo que se le llenaban los ojos de lágrimas.

—Elisi —dijo en voz baja, empleando la palabra cherokee para «abuela».

En ese momento un relámpago iluminó el interior de su habitación. Kateri jadeó al ver que en un rincón aparecía la silueta de una mujer.

Sin embargo, no se trataba de su abuela. Era una sombra deformada y espantosa. Fea.

Y lo peor de todo fue que se abalanzó sobre ella.

Llevada por el instinto, Kateri levantó un brazo y murmuró las antiguas palabras protectoras que su abuela le repitió incansablemente a fin de que las aprendiera y pudiera enfrentarse a las pesadillas cuando la atormentaran. Tal como la anciana le enseñó, ahuyentó a la intrusa con sus pensamientos, deseando que desapareciera y regresara al plano del que había salido. La criatura gritó al llegar a su cama, y su cara quedó a pocos centímetros de la suya. Sus ojos huecos refulgieron como llamas antes de que retrocediera como si se hubiera topado con un escudo de fuerza. Tras soltar un agudo graznido, la sombra se convirtió en una criatura que salió volando por la ventana con forma de grajo.

No. No era un grajo.

Un cuervo.

Sintió un escalofrío en la espalda mientras los recuerdos la catapultaban a un lugar y a una época a la que no quería volver. «Es un Espíritu del Cuervo.» Seres alados que solo aparecían ante las personas que estaban a punto de morir.

Ante las almas que querían devorar.

Kateri meneó la cabeza con brusquedad. No, ella no creía en esas cosas. Nada ni nadie podía arrebatarle el alma a una persona. Esas eran las historias que le contaba su abuela para entretenerla o asustarla de pequeña. Leyendas ancestrales.

«Soy una científica. Sé que no existen bestias capaces de cambiar de forma y de robar las almas de los moribundos.»

Era imposible.

Pero su abuela había creído en ellas, al igual que muchos de los cherokee que vivían en la reserva en la que había trabajado su abuela. Tanto era así que todos reclamaban su presencia cada vez que alguien se estaba muriendo. Día y noche, hasta que fallecían, su abuela permanecía en guardia para proteger a los moribundos de los Espíritus del Cuervo.

«He luchado contra muchos en mis tiempos, niña. Y al igual que yo, algún día tú también tendrás la habilidad de verlos. De luchar contra ellos para salvar las almas que quieren robar. Es un honor para ti seguir mis pasos. Y cuando llegue mi hora, quiero que me cojas las manos mientras cruzo hacia la siguiente aventura y que protejas mi alma hasta que se vea libre de este viejo cuerpo y atraviese las puertas del cielo. Después viviré entre las estrellas y te cuidaré todas las noches desde allí arriba.»

Era un sueño que nunca se había hecho realidad. En vez de morir apaciblemente mientras dormía tal como había imaginado, su abuela fue asesinada por un ladrón que se coló en su casa mientras Kateri se encontraba a miles de kilómetros de distancia.

«No pienses en eso», se ordenó. Cada vez que lo hacía, una rabia oscura y peligrosa se apoderaba de ella y le costaba la misma vida no convertirse en una justiciera rabiosa. Su abuela había sido la persona más amable y dulce de la Tierra y algún loco había echado su puerta abajo y...

«¡Ya vale!», se dijo. Tenía que ir a trabajar, así que...

Perdió el hilo de sus pensamientos al mirar hacia la cómoda. Sobre ella, junto a una pequeña foto en la que su prima Sunshine y ella estaban sentadas en el regazo de su abuela, se encontraban las muñecas de maíz con las que había soñado. Unas muñecas que llevaba años sin ver, desde que cumplió los dieciséis años y su abuela la guió a través del ritual que simbolizaba la pérdida de la infancia y la entrada en el mundo adulto.

Esas muñecas fueron quemadas aquel día y sus restos se esparcieron por el jardín para abonar la nueva cosecha de maíz: el símbolo de la vida y del ciclo del nacimiento, la renovación, la muerte y el renacimiento...

Sin embargo, no fue su presencia en la cómoda lo que la aterró.

Mientras dormía, alguien había entrado en su dormitorio y había escrito algo en el espejo con una pastilla de jabón, tal como solía hacer su abuela cuando Kateri se quedaba en su casa. Eran notitas que decían «Te quiero», «Buena suerte con el examen», «Que tengas un buen día en el colegio», «No te olvides del jersey» o cosas así.

Esa nota no era dulce.

«Lleva mi nayu al Valle de Fuego, donde la tierra pura debe domar al cuervo. Escucha al búfalo y protege a la mariposa. Juntos, sois más fuertes que cualquier enemigo. Y recuerda, Waleli, cuando el coyote aparece y la serpiente ataca, o te comes al oso o el oso te come a ti.»

En pleno día le resultaría irritante leer algo así. Pero a esa hora de la madrugada era muy cruel.

«No estoy de humor para estas chorradas», pensó.

—¿Quién anda ahí? —preguntó a voz en grito.

Solo le respondió el latido de su corazón. Habría llamado a la policía, pero ¿para qué?

«Disculpe, agente, pero es que me he despertado y me he encontrado un mensaje muy misterioso en mi espejo, escrito por alguien con un colocón o borracho... No, agente, no me he drogado. Y no, no hay nadie y no sé quién podría haber hecho algo así, pero ¿le importaría buscar al que haya sido y decirle que no me deje más notitas? ¿Que de quién sospecho? Pues ni idea. La única que me escribía este tipo de notas era mi difunta abuela.»

Sí, eso no la dejaría en muy buen lugar, y con la suerte que tenía seguro que la llevaban a comisaría y la arrestaban por presentar una denuncia falsa.

O peor todavía: la mandaban a un manicomio.

Sin embargo, lo más inquietante de la nota era que la llamaba «Waleli», que quería decir «colibrí». Fue el nombre que le dio su abuela al nacer. Un nombre que no aparecía en su certificado de nacimiento. Nadie vivo lo conocía.

Nadie.

De modo que o su abuela le había hecho una visita o...

«No crees en fantasmas», se recordó.

Cierto, pero ¿qué otra explicación cabía? ¿Por qué iba a entrar un desconocido en su casa para dejarle ese mensaje sin tocar nada y sin hacerle daño? La respuesta desafiaba a la lógica.

¿Cómo podría saber alguien que había recibido el nayu de su abuela por correo el día posterior a su muerte? ¿Cómo podían conocer el nombre con el que la llamaba esta únicamente cuando estaban solas?

Kateri meneó la cabeza.

Tal vez hubiera sido el Espíritu del Cuervo.

Claro, claro, la idea de que un Espíritu del Cuervo se pusiera a escribir con jabón en su espejo era incluso más ridícula y estrambótica que la teoría del fantasma, pero ¿quién había sido si no?

Cuando se eliminaba lo imposible, lo que quedaba, por improbable que pareciera, debía de ser la verdad. Puso los ojos en blanco al recordar que sir Arthur Conan Doyle decía algo muy parecido.

—¡No creo en estas tonterías, abuela! —le gritó al techo. Nunca lo había hecho. Seres sobrenaturales, Espíritus del Cuervo, tsi-nook, espíritus y demás... paparruchas.

Era una científica. Solo creía en lo que podía ver, saborear, tocar, oler y oír.

En lo que podía cuantificar.

El resto era paja para los novelistas y para los guionistas de Hollywood. No existía más allá de los sueños.

No existía.

De repente, algo crujió. Kateri volvió la cabeza hacia el sonido, que procedía de su cómoda.

En el espejo vio cómo aparecían más palabras delante de sus ojos.

«Pero yo creo en ti, Waleli. No me falles. Y sobre todo, no te falles a ti misma.»