Trig

Trig

1

Marzo, y hace un tiempo desapacible.

El Círculo de Abstinencia se reúne en el sótano de la iglesia metodista de Buell Street todos los días laborables entre las cuatro y las cinco de la tarde. En rigor, es una reunión de Narcóticos Anónimos, pero también asisten muchos alcohólicos; normalmente el salón del Círculo de Abstinencia está abarrotado. Según el calendario, ya es primavera, lo es desde hace casi una semana, pero en Buckeye City —conocida a veces como el Segundo Error del Lago, siendo Cleveland el primero— la primavera real llega con retraso. Cuando termina la reunión, flota en el aire una tenue llovizna. Al anochecer, arreciará y se convertirá en aguanieve.

Veinte o treinta asistentes se congregan cerca del cenicero situado junto a la entrada y encienden pitillos, porque inhalar nicotina es una de las dos adicciones que les quedan, y después de una hora en el sótano necesitan ese chute. Otros, la mayoría, doblan a la derecha y se encaminan hacia The Flame, una cafetería a una manzana de allí. El café es la otra adicción que aún pueden permitirse.

A uno de los hombres lo aborda el reverendo Mike, que también asiste a estas reuniones y a otras muchas con regularidad; el Reve se está recuperando de su adicción a los opiáceos. En las reuniones (asiste a dos o tres al día, fines de semana incluidos) se presenta diciendo: «Amo a Dios, pero por lo demás soy un yonqui como cualquier otro». Esas palabras siempre se reciben con gestos de asentimiento y murmullos de aprobación, aunque a algunos de los asiduos más veteranos el Reve los aburre un poco. Lo llaman Mike Libro Grande, por su costumbre de citar (textualmente) largos fragmentos del manual de Alcohólicos Anónimos.

El Reve da un enérgico apretón de manos al hombre.

—No se te ve mucho por aquí, Trig. Debes de vivir en el norte del estado.

No es ahí donde Trig vive, pero se lo calla. Tiene sus razones para ir a las reuniones fuera de la ciudad, donde es poco probable que lo reconozcan, pero hoy ha sido una emergencia: acudir a una reunión o beber, y después de la primera copa ya no tendría la menor opción. Lo sabe por experiencia.

Mike apoya una mano en su hombro.

—En tu intervención, Trig, se te notaba preocupado.

Trig es un apodo de la infancia. Es el nombre con el que se identifica al principio de las reuniones. Ni siquiera en las de AA y NA de fuera de la ciudad habla apenas, excepto por esa presentación inicial. Por lo general, en las reuniones de discusión dice: «Hoy solo quiero escuchar», pero esta tarde ha levantado la mano.

—Soy Trig, y soy alcohólico.

—Hola, Trig —ha respondido el grupo. Pese a hallarse en el sótano, no en la iglesia, conservan la práctica del diálogo litúrgico propia de las reuniones evangélicas. El Círculo de Abstinencia es, de hecho, la Iglesia de los Perdedores y los Derrotados.

—Solo quiero decir que hoy estoy bastante alterado. No quiero explicar nada más, pero eso necesitaba compartirlo. No tengo nada que añadir.

A eso los demás responden con susurros: Gracias, Trig y Aguanta y Sigue viniendo.

Ahora Trig cuenta al Reve el motivo de su preocupación: acaba de enterarse de que hace dos días falleció un conocido suyo. El Reve le pide más detalles —intenta sonsacárselos, de hecho—, pero Trig se limita a decir que la persona cuya pérdida lamenta murió en chirona.

—Rezaré por él —dice el Reve.

—Gracias, Mike.

Trig se marcha, pero no hacia The Flame; recorre tres manzanas y sube por la escalinata de la biblioteca pública. Necesita sentarse y pensar en el hombre que murió el sábado. Que fue asesinado el sábado. Que fue apuñalado el sábado, en la ducha de la cárcel.

Encuentra una silla desocupada en la hemeroteca y coge un ejemplar del periódico local, solo por tener algo que sostener. Lo abre por la página cuatro, que incluye una nota sobre un perro perdido que ha rescatado Jerome Robinson, de la agencia Finders Keepers. La acompaña una foto de un joven negro apuesto y sonriente con el brazo alrededor de un perro grande, quizá un labrador retriever. El titular se reduce a una sola palabra: ¡ENCONTRADO!

Trig, pensativo, fija la vista en la foto pero no la ve.

Su verdadero nombre salió en ese mismo periódico hace tres años, pero nadie ha establecido la conexión entre aquel hombre y el que asiste a las reuniones de recuperación fuera de la ciudad. Aun cuando aquel artículo hubiera incluido también una fotografía suya (no era así), ¿por qué habrían de relacionarlo? Aquel hombre tenía una barba un poco canosa y usaba lentillas. En esta otra versión, va afeitado, lleva gafas y aparenta menos edad (eso es por haber dejado la bebida). Le gusta la idea de ser una persona nueva. También le pesa. Es la paradoja con la que convive. Eso, y el recuerdo de su padre, que desde hace un tiempo acude a su mente cada vez con mayor frecuencia.

Déjalo estar, piensa. Olvídate de eso.

Hoy es 24 de marzo. Se olvida solo durante trece días.

2

El 6 de abril, Trig, sentado en la misma silla de la hemeroteca, mantiene la vista fija en la noticia destacada del dominical de hoy. El titular anuncia, o más bien clama: BUCKEYE BRANDON: ¡ES POSIBLE QUE EL RECLUSO ASESINADO FUERA INOCENTE! Trig ha leído el artículo y ha escuchado tres veces el podcast de Buckeye Brandon. Fue Buckeye, el autoproclamado «Bandido de las Ondas», quien sacó a la luz la noticia y, según él, ese «es posible» sobraba. ¿Es cierta la información? Trig considera que, teniendo en cuenta la fuente, debe de serlo.

Lo que te propones hacer es una locura, se dice. Y es verdad.

Si lo haces, no habrá vuelta atrás, se dice. Y también es verdad.

En cuanto empieces, tendrás que seguir adelante, se dice. Y esa es la mayor verdad de todas. El mantra de su padre: Tienes que perseverar hasta el amargo final. Sin miedo, sin echarte atrás.

Y… ¿qué sentiría? ¿Qué sentiría si hiciera una cosa así?

Necesita reflexionar un poco más. No solo para tener más claras las ideas sobre lo que se propone hacer, sino para dejar pasar un tiempo entre lo que ha averiguado por gentileza de Buckeye Brandon (también gracias a este artículo de fondo) y los actos —los horrores— que tal vez cometa, para que nadie establezca la conexión.

Espontáneamente, acude una y otra vez a su memoria el titular sobre el joven que rescató al perro robado. Era de una simplicidad máxima: ¡ENCONTRADO! Trig solo puede pensar en lo que ha perdido, en lo que hizo, y en cómo reparar el daño causado.

Capítulo 1

1

Ya es abril. En el Segundo Error del Lago se funden por fin los últimos restos de nieve.

Izzy Jaynes llama con los nudillos a la puerta del despacho de su teniente por cortesía y entra sin esperar la respuesta. Retrepado en su silla, Lewis Warwick tiene un pie apoyado en la esquina del escritorio y las manos laxamente entrelazadas sobre el abdomen. Da la impresión de que medita o sueña despierto. A Izzy no le extrañaría que así fuera. Al verla aparecer, Warwick se endereza y vuelve a apoyar el pie en el suelo co­mo corresponde.

—Isabelle Jaynes, la investigadora sin par. Bienvenida a mi guarida.

—Para servirte.

Izzy no le envidia el despacho, porque sabe que conlleva un sinfín de gilipolleces burocráticas, acompañadas de un aumento de sueldo tan insignificante que podría considerarse testimonial. Ella se contenta con su modesto cubículo en el piso de abajo, donde trabaja con otros siete inspectores, incluido su actual compañero, Tom Atta. Es la silla de Warwick lo que Izzy codicia. Reclinable y con un respaldo alto diseñado para el relax de la columna vertebral, es una silla que propicia la meditación.

—¿Qué puedo hacer por ti, Lewis?

Él coge un sobre de tamaño carta del escritorio y se lo entrega.

—Dime qué opinas de esto. Sin compromisos. Puedes tocar el sobre con total libertad. Lo ha manoseado todo el mundo, desde el cartero hasta Evelyn, la de abajo, y a saber quién más. Pero quizá haya que examinar las huellas de la nota. En parte según lo que tú digas.

El sobre va dirigido al INSPECTOR LOUIS WARWICK, EN COURT PLAZA, 19. Debajo de la ciudad, el estado y el código postal, en mayúsculas aún más grandes, se lee: ¡CONFIDENCIAL!

—¿Lo que yo diga? El jefe eres tú, jefe.

—No estoy escurriendo el bulto, es asunto mío, pero respeto tu opinión.

El sobre está abierto por un extremo. No figura remitente. Izzy despliega con cuidado la única hoja de papel que contiene, sosteniéndola por los bordes. El mensaje, redactado casi con toda seguridad con ordenador, está impreso.

Para: teniente Louis Warwick

De: Bill Wilson

Cc: jefa Alice Patmore

En mi opinión, debería añadirse un corolario a la fórmula de Blackstone. Creo que debería castigarse a INOCENTES por la MUERTE innecesaria de un inocente. ¿Habría que condenar a muerte a quienes han causado esa muerte? Diría que no, porque entonces esas personas desaparecerían y terminaría así su sufrimiento por lo que hicieron. Eso es cierto incluso si obraron con la mejor intención del mundo. Deben reflexionar sobre sus actos. Deben «maldecir el día». ¿Tiene eso sentido para usted? Para mí sí, y con eso basta.

Mataré a 13 inocentes y 1 culpable. De ese modo sufrirán quienes causaron la muerte del inocente.

Esto es un acto de EXPIACIÓN.

BILL WILSON

—Uy —dice Izzy. Con el mismo cuidado que antes, dobla la nota y la introduce en el sobre—. Aquí alguien está como una regadera.

—Eso sin duda. He buscado en Google la fórmula de Blackstone. Dice…

—Ya sé lo que dice.

Warwick vuelve a apoyar el pie en el escritorio, y esta vez entrelaza las manos tras la nuca.

—Ilústrame.

—Es preferible que diez personas culpables escapen a que un solo inocente sufra.

Lewis mueve la cabeza en un gesto de asentimiento.

—Ahora el doble desafío, donde hay más puntos en juego. ¿De qué hombre inocente podría estar hablando nuestro regadera?

—Puestos a adivinar, diría que es Alan Duffrey. Apuñalado el mes pasado en Big Stone. Murió en la enfermería. Luego Buckeye Brandon, el podcastero, lo proclamó a los cuatro vientos, el muy bocazas, y la noticia salió también en el diario. Tanto en un caso como en el otro se hablaba del individuo que se decidió a confesar que había inculpado falsamente a Duffrey.

—Cary Tolliver. Tenía cáncer… de páncreas, en fase avanzada…, y quería irse con la conciencia tranquila. Dijo que no era su intención que Duffrey muriera.

—Así que esta nota no es de Tolliver —dice Izzy.

—Difícilmente. Está ingresado en el Kiner Memorial, ya en las últimas.

—La confesión de Tolliver llegó un poco tarde, ¿no te parece? A burro muerto, la cebada al rabo.

—Puede que sí, puede que no —contesta Lewis—. Según Tolliver, envió su confesión en febrero, días después de diagnosticársele la enfermedad terminal. Nadie hizo nada. Luego, tras el asesinato de Duffrey, Tolliver acudió a Buckeye Brandon, alias el Bandido de las Ondas. Allen, el ayudante del fiscal, sostiene que todo eso son gilipolleces suyas para llamar la atención.

—¿Tú qué crees?

—Yo le veo cierta lógica a la versión de Tolliver. Según él, solo pretendía que a Duffrey le cayeran un par de años. Dijo que el verdadero castigo era que su nombre constara en el Registro.

Izzy lo entiende. De ese modo habrían prohibido a Duffrey residir en zonas de seguridad infantil o cerca: colegios, áreas de juego, parques públicos. Le habrían prohibido comunicarse por medio de mensajes de texto con menores, a excepción de sus hijos. Le habrían prohibido tener revistas pornográficas o el acceso a porno por internet. Habría estado obligado a informar al agente encargado de su supervisión de cualquier cambio de lugar de residencia. Figurar en el Registro Nacional de Delincuentes Sexuales era una condena a perpetuidad.

Si hubiera vivido, claro.

Lewis se inclina hacia delante.

—Dejando de lado la fórmula de Blackstone, que en realidad no tiene mucho sentido, o yo no se lo veo, ¿hay algún motivo para preocuparnos por ese Wilson? ¿Es una amenaza o una gilipollez? ¿Tú qué dices?

—¿Puedo pensármelo?

—Por supuesto. Pero más tarde. Quiero saber qué te dice el corazón ahora mismo. Lo que sea no saldrá de este despacho.

Izzy se detiene a reflexionar. Podría preguntar a Lew si la jefa Patmore ha expresado su opinión, pero ese no es el estilo de Izzy.

—Ese hombre está loco, pero no cita la Biblia ni Los protocolos de los sabios de Sion. Ni padece el síndrome del sombrero de papel de aluminio. Esto podría ser un despropósito. Si no lo es, hay motivos para preocuparse por él. Probablemente sea alguien cercano a Duffrey. Diría que su mujer o sus hijos, pero no tenía ni lo uno ni lo otro.

—Un solitario —dice Lewis—. Allen insistió mucho en eso durante el juicio.

Izzy y Tom conocen ambos a Doug Allen, uno de los ayudantes del fiscal del condado de Buckeye. El compañero de Izzy llama a Allen el Tragabolas, por un juego de mesa que les gusta a sus hijos. En otras palabras, es ambicioso. Lo que también induce a pensar que posiblemente Tolliver haya dicho la verdad. Los fiscales ambiciosos no ven con buenos ojos que se anulen condenas.

—Duffrey no estaba casado, pero ¿tenía pareja?

—No, y si era gay, seguía en el armario. En lo más hondo del armario. No hay rumores al respecto. Gerente de crédito del First Lake City Bank. Y estamos dando por sentado que este tipo se refiere a Duffrey, pero sin nombrarlo concretamente…

—Podría ser otra persona.

—Podría ser, pero no es probable —responde Lewis—. Quiero que tú y Atta habléis con Cary Tolliver, en el supuesto de que siga en el mundo de los vivos. Hablad con todos los conocidos de Duffrey, en el banco y en cualquier otro sitio. Hablad con el tío que defendió a Duffrey. Conseguid su lista de contactos conocidos. Si hizo bien su trabajo, estará al tanto de todas las personas con quienes Duffrey se relacionaba.

Izzy sonríe.

—Sospecho que querías una segunda opinión que confirmara lo que tú ya habías decidido.

—Concédete algún mérito. Quería la segunda opinión de Isabelle Jaynes, la investigadora sin par.

—Si lo que buscas es una investigadora sin par, deberías llamar a Holly Gibney. Puedo darte su número.

Lewis baja el pie al suelo.

—Aún no hemos caído tan bajo como para externalizar nuestras investigaciones. Dime qué piensas tú.

Izzy golpetea el sobre.

—Pienso que este tipo podría ir en serio. ¿«Debería castigarse a inocentes por la muerte innecesaria de un inocente»? Puede que eso tenga sentido para un chiflado, pero ¿para una persona en su sano juicio…? Lo dudo.

Lewis deja escapar un suspiro.

—Los verdaderamente peligrosos, los que están locos y al mismo tiempo no lo están, me provocan pesadillas. Timothy McVeigh mató a más de ciento cincuenta personas en el edificio Murrah y era un individuo totalmente racional. Describió a los niños que murieron en la guardería como daño colateral. ¿Quién hay más inocente que un grupo de críos?

—Crees que va en serio, pues.

—Quizá vaya en serio. Quiero que Atta y tú le dediquéis un tiempo. A ver si encontráis a alguien tan indignado por la muerte de Duffrey…

—O tan desolado.

—Claro, eso también. Buscad a alguien tan fuera de sí, por una razón o por otra, como para enviar esta amenaza.

—¿Por qué trece inocentes y un culpable, me pregunto? ¿Eso equivale a un total de catorce, o el culpable es uno de los trece?

Lewis niega con un gesto de la cabeza.

—Ni idea. Podría haberse sacado el número de la manga.

—Otro detalle sobre la carta —señala Izzy—. Sabes quién era Bill Wilson, ¿no?

—Me suena vagamente, pero ¿cómo no va a sonarme? Tal vez no sea un nombre tan corriente como Joe Smith o Dick Jones, pero tampoco es precisamente Zbigniew Brzezinski.

—El Bill Wilson en quien estoy pensando fue el fundador de Alcohólicos Anónimos. A lo mejor va a las reuniones de AA y está dándonos una pista en esa dirección.

—¿Como si quisiera ser detenido?

Izzy se encoge de hombros dando a entender: No tengo opinión.

—Enviaré la carta al laboratorio forense, aunque de poco va a servir. Dirán: ninguna huella, fuente informática, tipo de papel de impresora corriente.

—Mándame una foto.

—Eso puedo hacerlo.

Izzy se levanta para marcharse. Lewis pregunta:

—¿Te has apuntado ya al partido?

—¿Qué partido?

—No te hagas la tonta. Armas contra Mangueras. El mes que viene. Yo seré el capitán del equipo del Departamento de Policía.

—Ah, todavía no he encontrado el momento, jefe. —Ni tiene la menor intención de hacerlo.

—El Cuerpo de Bomberos ha ganado tres años consecutivos. Este año vamos a por la revancha, y más después de lo que pasó la última vez. Lo de la pierna rota de Crutchfield, ¿sabes?

—¿Quién es Crutchfield?

—Emil Crutchfield. Policía motorizado, que trabaja sobre todo en el lado este.

—Ah —dice Izzy, y piensa: Los hombres y sus jueguecitos.

—¿Tú no jugabas antes? ¿En aquella universidad donde estudiaste?

Izzy se ríe.

—Sí. Allá cuando los dinosaurios rondaban por la tierra.

—Deberías apuntarte. Piénsatelo.

—Me lo pensaré —contesta Izzy.

No tiene intención.

2

Holly Gibney levanta la cara hacia el sol.

—T. S. Eliot dijo que abril es el mes más cruel, pero a mí esto no me parece muy cruel.

—Poesía —dice Izzy con displicencia—. ¿Qué vas a comer?

—Tacos de pescado, creo.

—Siempre pides tacos de pescado.

—No siempre, pero casi. Soy un animal de costumbres.

—No me digas, Sherlock.

Pronto una de ellas se pondrá en pie y se incorporará a la cola frente al Fabuloso Puesto de Pescado de Frankie, pero de momento siguen sentadas tranquilamente a su mesa de pícnic, disfrutando del cálido sol.

Izzy y Holly no siempre han mantenido una relación especialmente cercana, pero eso cambió a raíz de su encuentro con un par de ancianos profesores universitarios, Rodney y Emily Harris. Los Harris estaban locos y eran muy peligrosos. Podría aducirse que Holly se llevó la peor parte, ya que se enfrentó a ellos cara a cara, pero fue la inspectora Isabelle Jaynes quien se vio obligada a informar a muchos de los seres queridos de las víctimas de los Harris. También tuvo que explicar a los seres queridos en cuestión qué habían hecho los Harris, y eso tampoco fue plato de buen gusto. Las dos mujeres conservaban las cicatrices, y cuando, pasado ya el interés de la prensa (tanto nacional como local), Izzy telefoneó a Holly para preguntarle si quería quedar a comer, Holly accedió.

«Quedar a comer» se convirtió en algo semirregular, y entre las dos se formó un cauto vínculo. Al principio, hablaban de los Harris, pero con el paso del tiempo eso fue a menos. Izzy empezó a hablar de su trabajo, Holly del suyo. Como Izzy era policía y Holly investigadora privada, tenían áreas de interés similares, aunque rara vez superpuestas.

Holly tampoco había renunciado por completo a la idea de atraer a Izzy al lado oscuro, y menos ahora que su socio, Pete Huntley, se había retirado y la había dejado sola al frente de Finders Keepers (con la ayuda esporádica de Jerome y Barbara Robinson). Al proponérselo a Izzy, recalcaba que Finders no aceptaba casos de divorcio.

«Espiar por el ojo de una cerradura, rastrear en las redes sociales. Mensajes de texto y teleobjetivos. Uf».

Cuando Holly planteaba la posibilidad, Izzy siempre decía que lo tendría en cuenta. Lo que significaba, pensaba Holly, que Iz cumpliría sus treinta años en el cuerpo de policía municipal y luego se retiraría a un apartamento en un edificio contiguo a un campo de golf en Arizona o Florida. Probablemente sola. Perdedora dos veces en la lotería del matrimonio, Izzy sostenía que no buscaba otro rollo, y menos de tipo conyugal. Según dijo a Holly durante una de sus comidas, ¿cómo iba a llegar a casa y hablarle a su marido de los restos humanos que habían encontrado en el frigorífico de los Harris?

«Por favor —la interrumpió Holly en esa ocasión—, no mientras intento comer».

Hoy han quedado a almorzar en el Dingley Park. Al igual que el Deerfield Park, al otro lado de la ciudad, el Dingley puede ser un entorno poco recomendable de noche («un puto mercado de droga», así lo define Izzy), pero durante el día es un lugar de lo más agradable, sobre todo con un tiempo como este. Ahora que el calor viene de camino, pueden comer en una de las mesas de pícnic, no muy lejos de los pinos que rodean la vieja pista de patinaje sobre hielo.

Holly se ha vacunado hasta las cejas, pero en Estados Unidos el covid sigue matando a una persona cada cuatro minutos, y ella no quiere correr riesgos. Pete Huntley aún padece las secuelas de su lucha contra el virus, y la madre de Holly murió a causa de eso. Así que ella mantiene la cautela: se pone la mascarilla en espacios cerrados y lleva un botellín de gel hidroalcohólico Purell en el bolso. Covid aparte, le gusta comer al aire libre cuando hace buen tiempo, como hoy, y espera con impaciencia esos tacos de pescado. Dos, con una ración extra de salsa tártara.

—¿Qué tal Jerome? —pregunta Izzy—. Vi que el libro sobre su bisabuelo el gángster entró en la lista de más ven­didos.

—Solo durante un par de semanas —precisa Holly—, pero eso les permitirá poner «Best seller de The New York Times» cuando salga la edición en tapa blanda, lo que favorecerá las ventas. —Holly quiere a Jerome casi tanto como a su hermana Barbara—. Ahora que ha terminado la gira de promoción del libro se ha ofrecido a ayudarme en la agencia. Dice que es trabajo de investigación, que su próximo libro tratará de un «detective privado». —Expresa con una mueca lo mucho que le desagrada ese término.

—¿Y Barbara?

—Estudia en el Bell College, aquí en la ciudad. Literatura inglesa, claro. —Holly lo dice con lo que, a su juicio, es un orgullo justificado. Los dos hermanos Robinson son autores publicados. El libro de poemas de Barbara, por el que ganó nada menos que el premio Penley, salió hace un par de años.

—A tus chavales les va bien, pues.

Holly no pone ningún reparo a eso; aunque los señores Robinson están vivos y gozan de excelente salud, Barb y Jerome son en cierto modo «sus chavales». Los tres han vivido guerras juntos. Brady Hartsfield… Morris Bellamy… Chet Ondowsky… Los Harris. Vaya si fueron guerras.

Holly pregunta qué novedades hay en el mundo de la gente de azul. Izzy la mira pensativamente y al cabo de un momento dice:

—¿Puedo enseñarte una cosa en el teléfono?

—¿Es porno? —Izzy es una de las pocas personas con las que Holly bromea sin sentirse incómoda.

—Supongo que en cierto modo sí.

—Ahora me pica la curiosidad.

Izzy saca el teléfono.

—Lewis Warwick recibió esta carta. También la jefa Patmore. Échale una ojeada.

Entrega el teléfono a Holly, que lee la nota.

—Bill Wilson, ¿eh? ¿Sabes quién es?

—El fundador de AA. Lew me llamó a su despacho para conocer mi opinión. Le contesté que yo me andaría con cuidado. ¿Tú que crees, Holly?

—La fórmula de Blackstone. Que dice…

—Es preferible que diez culpables escapen a que un hombre inocente sufra. Blackstone era abogado. Lo sé porque en Bucknell elegí la especialidad de estudios jurídicos. ¿Piensas que este individuo podría dedicarse al derecho?

—Diría que no es una deducción acertada —responde Holly con relativa amabilidad—. Yo no he estudiado derecho en mi vida, y sin embargo lo sabía. Lo incluiría en la categoría de conocimiento medianamente común.

—Tú eres una esponja de información —señala Izzy—, pero lo acepto. Al principio, Lew Warwick pensó que tenía algo que ver con la Biblia.

Holly vuelve a leer la carta y dice:

—Me parece que el hombre que escribió esto podría ser creyente. En AA se insiste mucho en la figura de Dios: «Déjalo todo en manos de Dios», ese es uno de sus lemas. Está también la costumbre del alias, más eso de la expiación, que es un concepto muy católico.

—Eso reduce la lista a, digamos, medio millón de personas —comenta Izzy—. Una gran ayuda, Gibney.

—¿Podría estar esa persona indignada…, es un suponer…, por lo de Alan Duffrey?

Izzy bate palmas en un aplauso silencioso.

—Aunque no lo menciona concretamente… —señala Holly.

—Lo sé, lo sé, nuestro señor Wilson no menciona a nadie, pero parece lo más probable. Pedófilo asesinado en la cárcel, y luego resulta que quizá no era pedófilo. Los tiempos coinciden, más o menos. Te has ganado que te pague yo los tacos.

—Te tocaba a ti de todas formas —recuerda Holly—. Refréscame la memoria sobre el caso Duffrey. ¿Puedes?

—Claro. Pero prométeme que no me robarás el caso y descubrirás por tu cuenta quién es ese Bill Wilson.

—Prometido. —Holly lo dice sinceramente, pero siente interés. Esta clase de asuntos le despiertan una atracción innata, y eso la ha llevado a veces por extraños derroteros. El único problema de su trabajo cotidiano es que le exige sobre todo rellenar formularios y mantener conversaciones con fiadores, más que resolver misterios.

—Abreviando, Alan Duffrey era el gerente de crédito del First Lake City Bank, pero hasta 2022 fue solo un empleado del departamento de préstamos metido en su cubículo como cualquier otro. Es un banco muy grande.

—Sí —contesta Holly—. Lo sé. Es mi banco.

—También es el banco del Departamento de Policía, y de no pocas empresas locales, pero eso no viene al caso. Se jubiló el gerente de crédito y dos hombres competían por el puesto, que representaba un sustancioso aumento salarial. Alan Duffrey era uno de ellos. Cary Tolliver era el otro. Duffrey consiguió el cargo y Tolliver consiguió mandarlo a la cárcel por consumo de porno infantil.

—Una reacción un poco extrema —comenta Holly, y parece sorprenderse cuando Izzy rompe a reír—. ¿Qué? ¿Qué he dicho?

—Nada…, en fin, una salida de las tuyas, Holly. No diré que sea eso lo que me gusta de ti, pero puede que llegue a gustarme, con el tiempo.

Holly mantiene una expresión ceñuda.

Izzy, todavía sonriente, se inclina hacia delante.

—Hols, eres un prodigio de la deducción, pero creo que a veces pierdes de vista la verdadera esencia de la motivación criminal, en particular cuando se trata de delincuentes trastocados por la rabia, el resentimiento, la paranoia, la inseguridad, los celos, lo que sea. En lo que Cary Tolliver admite haber hecho hay un motivo económico, eso sin duda, pero estoy segura de que intervinieron también otras causas.

—Reconoció su culpa cuando Duffrey fue asesinado, ¿no? —dice Holly—. Acudió a ese podcastero que siempre anda buscando trapos sucios.

—Sostiene que admitió su culpa antes del asesinato de Duffrey. En febrero, tras recibir el diagnóstico de cáncer terminal. Envió una carta de confesión al ayudante del fiscal, y sostiene que el ayudante del fiscal se quedó de brazos cruzados. Así que al final se lo contó todo a Buckeye Brandon.

—Ese podría ser el motivo de la expiación.

—Esto no lo escribió él —asegura Izzy tocando la pantalla del teléfono con el dedo—. Cary Tolliver está muriéndose, y no le queda mucho. Tom y yo vamos a interrogarlo esta tarde. Así que mejor será que vaya a buscar nuestra comida.

—Para mí, ración extra de salsa tártara —dice Holly cuando Izzy se levanta.

—Holly, nunca cambias.

Holly alza la vista, una mujer menuda con el pelo cano y una parca sonrisa.

—Ese es mi superpoder.

3

Esa tarde, en la oficina, Holly rellena formularios de seguros. Comprende la inutilidad de odiar a las grandes compañías de seguros, pero desde luego las ha incluido en su Lista de Cacas, y detesta sus anuncios de televisión. Es difícil odiar a Flo, la mujer de Progressive Insurance —y no solo porque Jerome Robinson dijera una vez: «¡Se parece un poco a ti, Holly!»—, pero es fácil odiar a Doug y su ridículo emú Limu, y a Mayhem, el hombre de Allstate. Aborrece al pato de Aflac…, a este, gracias a Dios, ya lo han retirado, junto con el cavernícola de GEICO (aunque no puede descartarse que tanto el pato como el cavernícola vuelvan). Como investigadora que ha trabajado con peritos de muchas compañías, conoce su gran secreto: la diversión se acaba en cuanto se presenta una reclamación, en especial si es cuantiosa.

Esta tarde los formularios son de Global Insurance, cuyo engatusador televisivo es Buster, el Burro Parlante, con su molesta risa en forma de rebuzno. Buster, presente en todos los formularios, despliega una sonrisa (un tanto insolente) y le enseña su enorme dentadura. Holly detesta los formularios, pero le complace saber que en este caso el Burro Parlante de Global pronto no tendrá más remedio que reintegrar el valor de unas joyas sustraídas en un allanamiento de morada. Entre sesenta y setenta mil dólares, menos la franquicia. A no ser que ella localice las piedras preciosas desaparecidas, claro está.

—A ver, ¿quién va a bajarse ahora del burro? —dice Holly a su despacho vacío, y no puede contener la risa.

Suena el teléfono, no el de las llamadas profesionales sino el particular. Ve la cara de Barbara Robinson en la pantalla.

—Hola, Barbara, ¿cómo estás?

—¡Estupendamente! ¡Estoy estupendamente! —Y lo parece, rebosante de entusiasmo—. ¡Tengo una noticia magnífica!

—¿Ha entrado tu libro en la lista de más vendidos? —Esa sería en efecto una excelente noticia. El de su hermano subió hasta el puesto número once en la lista del Times. No llegó a colarse entre los diez primeros, pero no estuvo nada mal.

Barbara se echa a reír.

—Los libros de poesía, a excepción de los de Amanda Gorman, no entran en las clasificaciones. Tendré que conformarme con cuatro estrellas en Goodreads. —Se interrumpe—. Casi cuatro.

Holly opina que el libro de su amiga debería tener cinco estrellas en Goodreads. Ella desde luego lo calificó con cinco. Dos veces.

—¿Y cuál es la noticia, Barb?

—¡Esta mañana he sido la decimonovena oyente que ha llamado a K-POP y he conseguido dos entradas para el concierto de Sista Bessie! ¡Ni siquiera lo han anunciado todavía!

—No tengo muy claro si sé quién es —contesta Holly…, aunque casi lo sabe. Probablemente lo sabría si no tuviera la cabeza tan saturada por las preguntas de las aseguradoras, todas sutilmente sesgadas para favorecer a la compañía—. Recuerda que ya empiezo a tener una edad. Mi conocimiento y disfrute de la música popular prácticamente terminó con Hall & Oates. Siempre me gustó aquel rubio.

Además, tiene un interés nulo en el rap y el hip-hop. Piensa que tal vez le gustara esa música si tuviera el oído más joven y más fino (se le escapan muchas de las rimas) y si estuviera más en sintonía con las serenatas callejeras de los artistas a quienes escuchan Barbara y Jerome, personas con nombres exóticos como Pos’ Top, Lil Durk y —el preferido de Holly, aunque no entiende ni remotamente sobre qué rapea— YoungBoy Never Broke Again.

—Deberías saberlo, Holly; es de tus tiempos.

Ah, piensa Holly.

—¿Una cantante soul?

—¡Sí! Y góspel.

—Vale, ya lo sé —dice Holly—. ¿No tiene una versión de una canción de Al Green? ¿«Let’s Stay Together»?

—¡Sí! ¡Era una pasada! ¡Yo la canto en el karaoke! La canté en directo en el festival de primavera de mi último curso en el instituto.

—Yo me crie escuchando Q102 —dice Holly—. A muchos roqueros de Ohio como Devo y Chrissie Hynde y Michael Stanley, pero eran blancos. En Q no ponían mucha música negra, pero esa versión…, esa la recuerdo.

—¡Sista Bessie arranca la gira de su vuelta al escenario aquí! ¡En el auditorio Mingo! Dos conciertos, todas las entradas ya agotadas en los dos, pero yo tengo dos… ¡y pases entre bastidores! Ven conmigo, Holly, dime que vendrás, por favor. —En tono lisonjero, añade—: También canta un poco de góspel, y sé que eso te gusta.

A Holly sin duda le gusta. Es una gran fan de los Blind Boys of Alabama y de los Staple Singers, sobre todo de Mavis Staples, y, aunque apenas se acuerda de Sista Bessie, o de la mayor parte de la del siglo XX, le encanta ese viejo soul sólido y sublime de la década de los sesenta, gente como Sam Cooke y Jackie Wilson. También Wilson Pickett. Una vez intentó ir a uno de los conciertos de The Wicked Pickett, pero su madre se lo prohibió. Y ahora que ha acudido a su memoria Mavis Staples…

—En los años ochenta se hacía llamar Little Sister Bessie. Por entonces yo escuchaba la WGRI. Una emisora pequeña de AM, que dejaba de emitir al anochecer. Ponía música góspel. —Pero Holly solo escuchaba la GRI cuando su madre no estaba en casa, porque muchos de esos grupos, como BeBe & CeCe Winans, eran negros—. Recuerdo a Little Sister Bessie cantando «Sit Down, Servant».

—Seguramente era ella antes de hacerse…, o sea, superfamosa. El único disco que grabó después de retirarse era todo góspel. Lord, Take My Hand. Mi madre lo pone mucho, pero a mí me gusta lo otro. Dime que vendrás conmigo, Holly. Por favor. Es el primerísimo concierto, y nos lo pasaremos genial.

El auditorio Mingo trae a Holly malos recuerdos, que guardan relación con un monstruo llamado Brady Hartsfield. Barbara estaba presente en aquella ocasión, pero no fue ella quien aporreó a Brady; de eso se encargó la propia Holly. Con malos recuerdos o sin ellos, es incapaz de negarle nada a Barbara. O a Jerome, si a eso vamos. Si Barb dijera que tiene dos entradas para ver a YoungBoy NBA, accedería. (Probablemente).

—¿Cuándo es?

—El mes que viene. El 31 de mayo. Tienes tiempo de sobra para despejar tu agenda.

—¿Es muy tarde? —Holly detesta trasnochar.

—¡No, nada tarde! —Barbara sigue rebosando entusiasmo, la desborda la felicidad, lo cual alegra el día a Holly en grado sumo—. Empieza a las siete; habrá terminado a las nueve, nueve y media, como mucho. Seguramente la propia Sista no quiere acostarse tarde. Ya es mayor, debe de rondar los sesenta y cinco.

Holly, que ya no considera los sesenta y cinco una edad muy avanzada, no hace ningún comentario.

—¿Vendrás?

—¿Te aprenderás «Sit Down, Servant» y me la cantarás?

—Sí. ¡Sí, dalo por hecho! Y tiene un grupo de soul magnífico. —Barbara baja la voz y, casi en un susurro, exclama—: ¡Algunos son de Muscle Shoals!

Holly no sabe ni remotamente qué es Muscle Shoals, pero no importa. Y quiere que Barbara se lo trabaje un poco más.

—¿También cantarás «Let’s Stay Together»?

—¡Sí! Si así consigo que vengas, la cantaré en el karaoke hasta no poder más.

—Pues vale. Quedamos en eso.

—¡Hurra! Pasaré a buscarte. Tengo un coche nuevo, que he comprado con el dinero del premio Penley. ¡Un Prius, como el tuyo!

Charlan un rato más. Barbara le cuenta que apenas ve a Jerome desde que él volvió de su gira. O bien anda ocupado con la investigación para el nuevo libro, o ronda por la oficina de Finders Keepers.

—Yo tampoco lo veo desde hace unos días —dice Hol­ly—, y, cuando lo vi, se le notaba un poco depre.

Antes de cortar la llamada, Barbara (sin disimular su satisfacción) afirma:

—Más depre se quedará cuando se entere de que vamos a ver a Sista Bessie. ¡Gracias, Holly! ¡De verdad! ¡Nos lo vamos a pasar fenomenal!

—Eso espero —dice Holly. Añade—: No te olvides de que has prometido cantarme. Tienes una excelente vo…

Pero Barbara ya ha cortado.

4

Izzy y Tom Atta suben en ascensor a la cuarta planta del Kiner Memorial. Cuando salen, unas flechas en la pared les dan a elegir entre Cardiología (derecha) u Oncología (izquierda). Doblan a la izquierda. En el puesto de enfermeras enseñan sus placas y preguntan por la habitación de Cary Tolliver. Izzy advierte con interés el momentáneo amago de disgusto en el rostro de la enfermera de guardia: una contracción hacia abajo de las comisuras de los labios, que asoma y desaparece al instante.

—Está en la 419, pero seguramente lo encontrarán en el solárium, tomando el sol y leyendo una de sus novelas de misterio.

Tom no se anda con rodeos.

—Según he oído, el de páncreas es de los malos. ¿Cuánto tiempo cree que le queda?

La enfermera, una veterana que aún viste rayón blanco de la cabeza a los pies, se inclina hacia delante y habla en voz baja.

—Según su médico, es cuestión de semanas. Un par, supongo, quizá menos. Lo habrían mandado ya a casa de no ser porque lo cubre su seguro, que debe de ser mil veces mejor que el mío. Entrará en coma, y después buenos días, buenas tardes, buenas noches.

Izzy, conocedora de la arraigada inquina de Holly Gibney contra las compañías de seguros, dice:

—Me sorprende que el seguro no haya encontrado la manera de desentenderse. Es decir, inculpó falsamente a un hombre que luego acabó asesinado en la cárcel. ¿Lo sabía?

—Cómo no voy a saberlo —contesta la enfermera—. Alardea de lo mucho que lo siente. Ha venido a verle un pastor. ¡Lágrimas de cocodrilo, eso pienso yo!

—El fiscal desistió de procesarlo —dice Tom—. Según él, Tolliver tiene mucho cuento, así que él no carga con nada y la compañía de seguros carga con la factura.

La enfermera alza la vista al techo.

—Tiene mucho de algo, eso desde luego. Pasen primero por el solárium.

Mientras recorren el pasillo, Izzy piensa que, si hay una vida después de la muerte, puede que Alan Duffrey esté allí esperando al que en otro tiempo fue su colega, Cary Tolliver.

—Y tendrá unas palabras con él.

Tom la mira.

—¿Cómo?

—Nada.

5

Holly pone ante sí el último formulario de Global Insurance, suspira, coge el bolígrafo —estos formularios, a saber por qué, debe rellenarlos a mano para tener una mínima opción de encontrar la quincalla perdida— y enseguida lo deja. Levanta el teléfono y examina la carta de Bill Wilson, quienquiera que sea en realidad. No es su caso, y jamás se lo birlaría a Isabelle, pero, aun así, Holly nota que se le enciende una luz interior. Con frecuencia su trabajo la aburre, hay demasiado papeleo, y ahora mismo los encargos —los buenos, los atractivos— escasean, así que siente interés. Hay también otra cuestión, aún más importante. Cuando se le enciende esa luz interior…, le encanta. Lo adora.

—Esto no es asunto mío. Zapatero a tus zapatos, y déjate de otros tratos.

Uno de los dichos de su padre. Su difunta madre, Charlotte, tenía mil aforismos muy contundentes; su padre solo unos cuantos… y ella los recuerda todos. Pero ¿cuáles podían ser esos otros tratos del zapatero? No lo sabe y reprime el impulso de consultar en Google la procedencia del refrán. Sí sabe cuáles son los suyos: rellenar este último formulario y después acudir a los peristas y las casas de empeños en busca de un montón de joyas robadas a una viuda rica de Sugar Heights. Si las encuentra, recibirá una bonificación de Buster el Burro Parlante. Que seguramente echará él mismo por el culo, piensa. Muy a su pesar.

Suspira, vuelve a coger el bolígrafo, lo deja y opta por escribir un e-mail.

Iz: Esto ya lo sabrás, porque es muy evidente, pero el tipo que andas buscando es listo. Habla de la fórmula de Blackstone, que no forma parte del vocabulario de un hombre sin cultura. Reconocerás que eso de que debería castigarse a inocentes por la muerte innecesaria de un inocente, aunque parezca una idea descabellada, es una frase bien compuesta. Equilibrada. En la nota, toda la puntuación es perfecta. Fíjate en que utiliza los dos puntos en el encabezamiento y Cc en referencia a la jefa Patmore. Hace años, cuando yo estudiaba correspondencia comercial, eso significaba «copia carbón». Ahora solo quiere decir «enviado también a», y es de uso corriente en el mundo profesional. Eso me induce a pensar que quizá Bill Wilson se dedique a un trabajo administrativo.

Pasaré ahora al nombre: Bill Wilson. No creo que ese hombre se lo haya sacado de la manga. (En el supuesto de que sea un hombre). Yo no descartaría que conociera al hombre asesinado, Alan Duffrey, en AA o NA. (También en el supuesto de que sea Duffrey a quien se refiere el autor de la carta). Tal vez puedas ponerte en contacto con alguien que vaya a esas reuniones. Si no, yo tengo un informante que está en NA y es muy franco al respecto. Es camarero (nada menos) y lleva seis años limpio y sobrio. A lo mejor él, o alguien a quien tú puedas sonsacar información, sería capaz de localizar a una persona bien hablada y con buena presencia. O incluso una persona que quizá hiciera algún comentario sobre Duffrey en una reunión, o sobre «Ese tío que apuñalaron en la cárcel». La cuestión del anonimato en AA y NA complica las cosas, pero podría localizarse a ese hombre por esa vía. Las probabilidades son escasas, lo sé, pero es una línea de investigación.

HOLLY

Coloca el cursor sobre Enviar, pero decide añadir unas frases más.

¡PD! ¿Te has fijado en que escribió mal el nombre de pila de Lewis Warwick? Si detienes a alguien que, según crees, podría ser tu hombre, no le pidas que escriba su nombre. Repito: este tipo no es tonto. Pídele que escriba algo así como: «Lewis Black nunca me cayó bien». Fíjate en si pone «Louis». Seguramente todo esto ya lo sabes, pero estoy aquí sentada, sin nada que hacer.

H

Lo relee y añade: «¡PPD! Lewis Black es un humorista». Reflexiona y llega a la conclusión de que Izzy podría pensar que Holly la considera tonta o una absoluta inculta. Lo borra y al cabo de un instante se dice: Bien podría no saber quién es Lewis Black, e incluye de nuevo la línea. Ese tipo de cosas la atormentan.

Bill Hodges, el fundador de Finders Keepers, señaló una vez a Holly que sentía un exceso de empatía por las personas, y cuando ella contestó: «Lo dices como si fuera algo malo», Bill dijo: «En este oficio, puede serlo».

Envía el e-mail y se insta a dejar de meterse en camisa de once varas (una expresión muy propia de Charlotte Gibney) y empezar a buscar las joyas desaparecidas. Pero continúa ahí sentada aún durante un rato, porque le ronda por la cabeza algo que ha dicho Izzy.

—No, no Izzy. Barbara.

Holly domina la informática —ese fue el cauce por el que Jerome y ella establecieron su vínculo—, pero, en cuestión de citas, es de la vieja escuela y lleva una agenda en el bolso. Rebusca en el interior, la saca y pasa las hojas hasta llegar al final de mayo. Ahí ha escrito: «Kate McKay, AM 20h. Quizá». AM equivale a auditorio Mingo.

Holly va al cine con relativa frecuencia desde que remitió el covid (siempre con mascarilla incluso si la sala está a medio aforo), pero casi nunca va a charlas y conciertos. Aun así, se planteó la posibilidad de asistir a la charla de McKay. Siempre y cuando no tuviera que hacer mucha cola, claro está, y en el supuesto de que consiguiera entrada. Holly no está de acuerdo con todo lo que McKay defiende, pero, cuando habla de los abusos sexuales que padecen las mujeres, Holly Gibney coincide plenamente. Ella misma sufrió abusos sexuales de joven y la mayoría de las mujeres a quienes conoce —incluida Izzy Jaynes— han pasado por eso de un modo u otro. Además, Kate McKay posee lo que Holly considera autosuficiencia. Holly, poco autosuficiente ella misma, ve ese rasgo con buenos ojos. Supone que demostró cierta autosuficiencia en el asunto de los Harris, pero aquello fue básicamente una cuestión de supervivencia. También de suerte.

Decide que ya aclarará más tarde el misterio de la doble programación en un mismo día. Como aún tiende a sentirse culpable de todo, supone que quizá sea ella quien anotó mal la fecha. En cualquier caso, por lo visto, el destino ha querido que la noche del sábado 31 de mayo esté en el auditorio Mingo, y, por más que admire la autosuficiencia de Kate McKay, en esencia prefiere estar con Barbara.

—Joyas —dice, y se pone en pie—. Debo encontrar las joyas.

Los formularios de Global Insurance pueden quedar para más tarde.

6

Izzy, quizá inspirándose en un folleto que recibió por correo o en un programa de televisión, se ha formado una vaga idea de cómo debería ser el gerente de crédito del First Lake City Bank. Un poco rechoncho, pero bien arreglado, con un buen traje, colonia (no demasiada), una sonrisa afable, listo para decir: «¿Cuánto necesita?».

Cary Tolliver no es ese hombre.

Tom y ella lo encuentran adormilado en la sala de la cuarta planta con un ejemplar de una novela policiaca titulada Toxic Prey abierto sobre el pecho. En lugar de un elegante traje con chaleco, viste una ajada bata de hospital encima de un pijama arrugado con caras de Hello Kitty. En las hundidas mejillas exhibe un asomo de barba entrecana. Su cabello tira a largo y tira a ralo. En las calvas se entrevén placas eccematosas amarillentas. En el rostro, la piel no cubierta por la de­sigual barba es tan blanca que casi parece verdosa. Está esquelético, excepto por el abultado vientre, que es enorme. Como un champiñón a punto de esporular, piensa Izzy. A un lado hay una silla de ruedas y al otro se alza el soporte de un gotero. Cuando se acercan, Izzy advierte que Tolliver no huele muy bien. En realidad, eso no es del todo exacto. En realidad, apesta.

Tácitamente, Tom e Izzy se separan, situándose él junto a la silla de ruedas y ella al lado del gotero, cuyo líquido transparente penetra en el dorso de la mano de Tolliver.

—Despierte, Cary —dice Tom—. Despierte, bella durmiente.

Tolliver abre los ojos, que tiene enrojecidos y legañosos. Mira primero a Tom Atta, después a Izzy y luego nuevamente a Tom.

—Polis —dice—. Ya le conté al fiscal del condado todo lo que sé. Le escribí una carta. El muy cabrón no movió un dedo. Siento que Duffrey fuera asesinado. No era eso lo que debía ocurrir. No tengo nada más que decir.

—Bueno, quizá un poco más sí —responde Tom—. Iz, enséñale la carta.

Ella saca el teléfono e intenta entregárselo. Tolliver mueve la cabeza en un gesto de negación.

—No puedo sostenerlo. Estoy demasiado débil. ¿Por qué no me dejan morir en paz?

—Si puede sostener ese libro, puede sostener esto —dice Izzy—. Léala.

Tolliver coge el teléfono y se lo acerca a la nariz. Lee la carta de Bill Wilson y se lo devuelve.

—¿Y? ¿Es que creen que este tipo piensa que yo soy el culpable? Pues vale. Pese a que intenté retractarme, vale. Que venga y me mate. Me haría un favor.

Izzy no ha pensado que «Bill Wilson» pueda considerar a Tolliver la persona culpable…, aunque sospecha que Holly sí lo ha hecho ya.

—Necesitamos su ayuda —dice—. Bill Wilson es casi con toda seguridad un alias. ¿Sabe quién podría haber escrito esto? ¿Quién tenía una relación con Alan Duffrey tan estrecha como para lanzar una amenaza así?

—Puede que la carta sea una gilipollez, pero, si no lo es, podría usted salvar unas cuantas vidas —añade Tom.

—A mí no me van los niños —contesta Tolliver, e Izzy advierte que está empastillado hasta las cejas—. Eso ya se lo dije a los otros polis. Y al cabrón del fiscal. El material que encontraron en mi ordenador lo guardé solo para que me creyeran. Lo eliminé, y después, cuando enfermé, lo recuperé. Envié a Duff duplicados de la mayor parte. —Cuando dice «Duff», contrae el labio superior como un perro al gruñir, e Izzy ve que le faltan algunos dientes. Los que le quedan se le están ennegreciendo. Desde luego apesta: eau de pisse, eau de merde y eau de mort. Izzy está deseando marcharse y respirar un poco de aire limpio.

—Él tenía revistas además de la mierda del ordenador —señala Tom—. He hablado con Allen y he leído el expediente de camino hacia aquí. Una de ellas se titulaba Uncle Bill’s Pride and Joy, «El orgullo y la alegría del tío Bill». ¿No lo encuentra asqueroso?

—Si fue usted… —empieza a decir Izzy.

—Sí, fui yo, y el cabrón del ayudante del fiscal Allen lo sabe. Le mandé una carta en febrero después de recibir el diagnóstico. Se lo expliqué todo. Le di datos que no aparecían en la prensa. No movió un dedo. Duffrey debería haber salido de la cárcel. El culpable es Allen.

—Si fue usted —repite Izzy—, nos da igual cómo lo hizo. Lo que ahora nos preocupa es quién podría haber escrito esta carta.

Tolliver no la mira. Mantiene la vista fija en Tom. A Izzy no la sorprende: cuando trabaja con un compañero de sexo masculino, por lo general los sujetos de sexo masculino actúan como si ella no estuviera. Las mujeres hacen lo mismo.

—Las revistas las compré en la dark web —contesta Tolliver—. Las metí furtivamente en su casa…, la trampilla de acceso al sótano no estaba cerrada con llave…, y las escondí detrás de la caldera.

—Díganos quiénes mantenían una relación estrecha con Duffrey —le pide Izzy—. ¿Quién podría haberse cabreado tanto como para…?

Tolliver sigue ajeno a su presencia. Es a Tom Atta a quien habla, y va entrando en calor.

—¿Quiere saber cómo descargué el material en su ordenador? Se lo expliqué todo a Allen, pero ese cabrón no me hizo ni caso. Así que cuando acepté el hecho de que me moría…, lo acepté hasta cierto punto, supongo, como cualquier persona…, se lo dije a Buckeye Brandon. Ese sí me escuchó. Envié a Duffrey un aviso supuestamente del Servicio Postal. Un paquete con la dirección equivocada. Todo el mundo sabe que eso es phishing, hasta las abuelas saben que es phishing, pero ese tarado…, en teoría lo bastante listo para ser gerente de crédito, pero en realidad no más listo que un interruptor averiado…, ese tarado fue y clicó el enlace. A partir de ahí lo tuve en mis manos. Le mandé un archivo zip oculto en su declaración de renta. Pero mi intención no era que acabara muerto. Por eso confesé.

—¿No porque se enterara de que iba a morir? —Aunque esa no es la razón por la que están aquí, Iz no puede contenerse.

—Bueno…, claro. Eso tuvo algo que ver. —La mira por un instante y después desplaza de nuevo la atención hacia Tom—. Parte de la culpa tiene que atribuirse al individuo que lo apuñaló, ¿no? Yo solo quería que, al salir de la cárcel, constara en el Registro. Aquel ascenso me correspondía a mí. Me correspondía a mí, y me lo robó. —Asombrosamente, Tolliver se echa a llorar.

—Contactos —dice Izzy. Se plantea tocar a Tolliver en el hombro descarnado para redirigir su atención, pero no se anima a hacerlo. Tiene el estómago revuelto por el hedor que despide—. Los conocidos de Duffrey. Ayúdenos, y lo dejaremos en paz.

—Hable con Pete Young, del departamento de préstamos. Claire Rademacher, la cajera jefa. Duffrey estaba compinchado con esos dos. O con Kendall Dingley, el director de la sucursal. —Vuelve a contraer el labio superior como un perro al gruñir—. Kendall es tonto de remate. Consiguió el puesto de director solo porque su abuelo fundó el banco y su tío dirige el Cuerpo de Bomberos. Hay un parque que lleva el nombre del viejo Hiram Dingley, ¿sabe? También a Kendall debería haberle enviado un poco de material infantil, todo el mundo habría pensado que Duff y el tarado de Ding estaban metidos en eso juntos, pero me abstuve porque soy buen tío. Sé que no lo cree, pero en el fondo soy buen tío. Duff no paraba de lamerle el culo al tarado de Ding. Por eso consiguió el ascenso.

Izzy anota los nombres.

—¿Alguien más?

—Quizá tenía amigos en su barrio, pero de eso no sé na… —Hace una mueca y alza su barriga de embarazada. Deja escapar un trompetazo de flatulencia, y, cuando Izzy percibe el olor, piensa que es tan intenso que podría levantar ampollas en la pintura—. Dios, qué dolor. Tengo que volver a mi habitación. Ahora ya se habrá reactivado la bomba de morfina. Acérqueme la silla, ¿quiere?

Tom se inclina hacia delante, dentro de la nube de hedor, y baja la voz.

—Cary, aunque estuvieras ardiendo, no mearía encima de ti para apagar el fuego. Si lo que dices es verdad, mandaste a un hombre inocente a la cárcel, donde fue apuñalado y tardó un día en morir. ¿Crees que eso tuyo es dolor? Lo suyo sí fue dolor, y no lo merecía. Te daría un puñetazo en esa tripa grotesca, pero te tirarías otro pedo.

—Me abandonó mi mujer —dice Tolliver. Sigue llorando—. Se llevó a los niños y me abandonó. Lo hice tanto por ella como por mí. Siempre andaba quejándose de que no podíamos permitirnos tal cosa o no podíamos permitirnos tal otra, ¿y quién me enterrará? ¿Eh? ¿Quién me enterrará? ¿Mi hermano? ¿Mi hermana? No contestan a mis e-mails. Mi madre dijo…

—Me trae sin cuidado lo que dijera.

—… dijo: «Recoges lo que siembras». ¿No es una putada?

Levanta las caderas y suelta otro trompetazo. Izzy dice:

—Salgamos de aquí. Ya tenemos todo lo que puede darnos.

—Lo confesé todo —dice Tolliver mientras ellos salen—. Dos veces. Primero al cabrón del ayudante del fiscal, después a Buckeye Brandon. No tenía por qué hacerlo. Y ahora ya me ven. Ya me ven.

Izzy y Tom regresan al puesto de enfermeras. La veterana del uniforme blanco de rayón rellena impresos.

—Ese hombre quiere volver a su habitación. Dice que la bomba de morfina ya debe de haberse reactivado —la informa Izzy.

Sin alzar la vista, la veterana contesta:

—Puede esperar.

7

Mayo, y hace un tiempo magnífico.

En las afueras de la ciudad, no muy lejos, hay una zona residencial rodeada de bosque que se conoce como Upriver. Limita por el norte con un parque de bolsillo donde unas cuantas personas realizan posturas de meditación que tal vez se llamen «asanas» (o tal vez no). A Trig le da igual cómo se llamen. Esas personas miran hacia el horizonte, no a él. Eso le favorece. Ha comprado una hamburguesa en un autoservicio, pero la ha echado al asiento del acompañante después de un par de bocados. Está demasiado nervioso para comer. La carta que envió a la policía era una advertencia. Esto es la hora de la verdad.

Duda si será capaz de hacerlo. Cómo no va a dudarlo. Cree que quizá sea capaz, pero es consciente de que no lo sabrá con certeza hasta que haya completado la acción. De niño mataba ardillas y pájaros con una escopeta de perdigones, y eso se consideraba aceptable. Se veía con buenos ojos, de hecho. La única vez que su padre lo llevó a cazar ciervos, no le permitió cargar con un arma real. Su padre dijo: «Conociéndote, seguro que te caes en un agujero y te vuelas un pie». Papá aseguró a Trig que, si veían un ciervo, le dejaría disparar, pero no vieron ninguno, y él estaba casi seguro de que su padre no le habría entregado el arma aunque lo hubieran visto. Papá se hubiera reservado el disparo para él.

¿Y ahora va a estrenarse matando a un hombre? Trig es consciente de que tan pronto como traspase esa línea no habrá vuelta atrás.

La calle situada detrás del parque de bolsillo tiene un nombre gracioso: Anyhow Lane, «Pasaje de Cualquier Modo». No tiene salida. Trig ha estado aquí tres veces antes y sabe que la Senda de Buckeye pasa cerca del extremo cerrado de la calle. La Senda es un recorrido de veintinueve kilómetros. Antes era una vía de tren, pero hace treinta años, con financiación del condado, retiraron los raíles y los sustituyeron por un ancho camino de asfalto que serpentea entre árboles y matorrales hasta desembocar junto al peaje de la autovía y terminar en los aledaños de la ciudad propiamente dicha.

Al final de Anyhow Lane hay una pequeña plaza de tierra batida con un cartel que reza: PROHIBIDO APARCAR A PARTIR DE LAS 19.00 HORAS. En cada una de sus anteriores visitas de reconocimiento había una polvorienta pala cargadora Komatsu aparcada allí, indiferente al cartel, y esta tarde allí sigue. Por lo que Trig ve, es muy posible que lleve años ahí y que ahí permanezca durante otros muchos. Le permitirá poner a cubierto su coche, y eso es lo único que le importa. Más allá se extiende un bosque con varios carteles en los que se lee SENDA DE BUCKEYE y NO TIRAR BASURA y PASEE A PIE O EN BICICLETA BAJO SU PROPIA RESPONSABILIDAD.

—Eh, papá; eh, papá.

Su padre murió hace mucho tiempo, pero Trig a veces le habla de todos modos. Eso no lo reconforta, no exactamente, pero siente que le trae suerte.

Trig aparca detrás de la pala cargadora y coge una mochila y un mapa de senderismo del asiento trasero de su Toyota. Se carga la mochila a los hombros y se guarda el mapa en el bolsillo de atrás. De la consola central saca un revólver Taurus de cañón corto, calibre 22. Se lo mete en el bolsillo delantero derecho. En el izquierdo lleva una fina carpeta de piel que contiene trece tiras de papel. Deja atrás los bancos de pícnic, una papelera llena de latas de cerveza y un poste pintado en el que cuelga un mapa plastificado de la Senda. En sus inspecciones anteriores ha visto en la Senda a numerosos excursionistas y ciclistas, a veces de dos en dos o de tres en tres —circunstancia poco propicia para sus intenciones de hoy—, pero a veces solos.

Puede que hoy no vea a nadie solo, piensa. Si no veo a nadie, será una señal. «Detente ahora que aún estás a tiempo, antes de rebasar la línea. En cuanto rebases la línea no habrá vuelta atrás».

Eso lo lleva a pensar en un mantra de AA: Una copa es demasiado y mil no son suficientes.

Viste un jersey marrón y una sencilla gorra marrón promocional calada casi hasta las cejas. La gorra no muestra ningún logo que pudiera recordar un viandante. No se dirige hacia el oeste sino hacia al este, para que el sol no le ilumine la parte de la cara que queda a la vista. Se cruza con una pareja de ancianos en bicicleta rumbo al oeste. El hombre lo sa­luda. Trig alza una mano pero no habla. Sigue adelante. A unos dos kilómetros el bosque es menos denso, y allí la Senda bordea una urbanización donde los niños estarán jugando en los jardines de las casas y las mujeres tendiendo ropa. Si llega hasta allí sin haberse cruzado con nadie que vaya solo, desistirá. Tal vez únicamente por hoy, tal vez para siempre.

Cómo no, dice su padre. Ya tienes miedo, cobardica de mierda.

Trig continúa avanzando sin prisa, con una mano en la empuñadura del revólver. Silbaría, pero tiene la boca muy seca. Y de pronto el caminante solitario que esperaba (y también temía) sale de la siguiente curva de la Senda. Bueno, no totalmente solitario; lleva un caniche estándar sujeto con una correa roja. Siempre ha imaginado que su primera víctima sería un hombre, pero esta es una mujer de mediana edad con vaqueros y sudadera.

No lo haré, piensa. Esperaré a que aparezca un hombre, uno sin perro. Volveré otro día. Solo que, si se propone llevar a cabo su misión —hasta el final—, debe incluir a cuatro mujeres.

La distancia se acorta. Pronto la mujer y el perro estarán a su altura. Ella seguirá con su vida. Preparará la cena. Verá la televisión. Llamará a una amiga por teléfono y dirá: Ah, el día me ha ido bien, ¿y a ti?

Ahora o nunca, piensa, y saca el mapa del bolsillo trasero con la mano izquierda. Mantiene el revólver aferrado con la derecha. No te vueles el pie, piensa.

—Hola —saluda la mujer—. Una tarde preciosa, ¿no?

—Y que lo diga. —¿Tiene la voz ronca o son imaginaciones suyas? Debe de ser lo segundo, porque la mujer no se alarma—. ¿Puede indicarme dónde estoy exactamente?

Trig tiende el mapa. Le tiembla un poco la mano, pero al parecer la mujer no lo nota. Ella se acerca y baja la vista. El caniche olfatea la pernera del pantalón de Trig. Este saca el revólver del bolsillo. Por un momento el percutor se engancha en el forro del bolsillo, pero enseguida se desprende. La mujer no lo ve. Está atenta al mapa. Trig le rodea los hombros con un brazo y ella levanta la vista. Él piensa: No tengas miedo.

Antes de que la mujer pueda apartarse, apoya el cañón corto del Taurus en su sien y aprieta el gatillo. Ha probado el arma con fuego real y sabe qué esperar: no una sonora detonación sino más bien un chasquido, como el que se produce al partir un trozo de leña seca contra la rodilla. La mujer pone los ojos en blanco y saca la lengua. Esa es la única parte horrenda. Trig sostiene su cuerpo inerte con el brazo.

Un hilillo de sangre brota del orificio en la sien. Coloca el cañón del Taurus sobre el orificio ennegrecido por la pólvora y dispara de nuevo. La primera bala no ha salido por el lado opuesto, se ha quedado en su cerebro ensombrecido, pero esta sí sale. Ve agitarse el pelo, como si se lo levantara un dedo juguetón. Mira alrededor. Sin duda hay alguien mirando, tiene que haber alguien mirando, pero no hay nadie. Al menos todavía no.

El caniche, gimoteando, observa a su dueña. Tiene la correa en torno a las patas delanteras. Mira a Trig y parece preguntarle con los ojos si ocurre algo. Trig le da una palmada con la mano libre en los rizados cuartos traseros y dice:

—¡Vete!

El caniche da un brinco y se aleja corriendo seis o nueve metros por el camino, para situarse fuera del alcance de su mano, y allí se detiene y vuelve a mirarlo. La correa parece una cinta roja arrastrándose detrás de él.

Trig tira de la mujer a través de los arbustos que bordean la Senda y se adentra entre los escasos árboles, mirando en ambas direcciones hasta quedar a cubierto. Cerca de allí pasan coches, pero no los ve.

El perro, piensa. Alguien se preguntará por qué anda suelto con la correa a rastras. O volverá. Debería haber dejado que la mujer se fuera.

Ya es demasiado tarde.

Saca la carpeta de piel del bolsillo. Ahora las manos le tiemblan mucho, y casi se le cae. Tiene una mujer muerta a los pies. Todo lo que ella era ha desaparecido. Rebusca torpemente entre las tiras de papel. Andrew Groves…, no… Philip Jacoby…, no… Steven Furst…, no. ¿Dónde están las mujeres? ¿Dónde están las puñeteras mujeres? Al final da con Letitia Overton. Una mujer negra, y la mujer que ha matado es blanca, pero no importa. Puede que no le sea posible dejar un nombre con todas sus víctimas, pero con esta sí puede. Se lo coloca entre dos dedos de la mano abierta; luego se da media vuelta y se encamina de regreso a la Senda. Todavía entre los arbustos, se detiene, en busca de excursionistas o ciclistas, pero no hay nadie. Sale y se dirige hacia el oeste, a la zona de aparcamiento y su coche.

El caniche continúa allí, con la correa a rastras. Al acercarse a él, Trig agita las dos manos. El perro se encoge y se escabulle. Cuando Trig dobla la siguiente curva, ve al perro con las patas delanteras en el asfalto y las traseras entre los arbustos. El animal retrocede, espera a que Trig pase y luego, arrastrando la correa, sale disparado en dirección contraria. Encontrará a su dueña y seguramente empezará a ladrar: ¡Despierta, ama, despierta! Alguien pasará y se preguntará por qué ladra ese perro tonto.

Como la Senda sigue vacía, Trig comienza a trotar y después a correr a toda velocidad. Llega al aparcamiento sin ser visto, se desprende de la mochila y la deja en el asiento trasero; luego, sin aliento, se sienta al volante.

Tienes que marcharte de aquí. El pensamiento es suyo; la voz, de su padre. Ahora mismo.

Hace girar la llave y suena un tintineo, pero no ocurre nada más. El coche no arranca. Dios está castigándolo. Trig no cree en Dios, pero Dios lo castiga igualmente. Baja la mirada hacia la consola y ve que, al apagar el motor, ha dejado la palanca del cambio automático en posición Drive. La desplaza hacia Park y el motor arranca. Retrocede, sale de detrás de la pala cargadora y avanza por Anyhow Lane, conteniendo el impulso de acelerar. Anda despacio, se dice. Anda despacio si quieres llegar temprano.

Por lo visto, las asanas, o saludos al sol, o lo que sean, han terminado. Los hombres y las mujeres charlan y regresan a sus coches. Ninguno de ellos mira al individuo de la gorra marrón que pasa en su anodino Toyota Corolla.

Lo he hecho, piensa. He matado a esa mujer. Su vida ha acabado.

No siente culpabilidad, sino solo un sordo arrepentimiento que lo lleva a pensar en su último año de alcoholismo, cuando cada primer sorbo le sabía a muerte. Esa mujer estaba en el lugar y el momento menos oportunos (aunque para él sí eran el lugar y el momento oportunos). Hay un libro que ella nunca terminará, e-mails y mensajes de texto a los que nunca contestará, unas vacaciones que nunca hará. Puede que esta noche alguien le dé de comer al caniche estándar, pero no será ella. Ella tenía la mirada puesta en su mapa, y de pronto… ya no estaba.

La cuestión es que Trig lo ha hecho. Llegado el momento, no se ha volado el pie ni lo ha vencido el miedo. Lamenta que la mujer del vaquero y la sudadera haya tenido que formar parte de su expiación, pero está seguro de que, si hay un cielo, alguien está ya enseñándoselo a esa mujer. ¿Por qué no?

Es una de los inocentes.