NICK DUNNE

El día de

Cuando pienso en mi esposa siempre pienso en su cabeza. Para empezar, en su forma. Lo primero que vi de ella, la primera vez que la vi, fue la parte trasera de su cráneo. Sus ángulos tenían algo de adorable. Como un duro y brillante grano de maíz o un fósil en el lecho de un río. Tenía lo que los victorianos habrían descrito como «una cabeza elegantemente torneada». Resultaba bastante fácil imaginar su calavera.

Reconocería su cabeza en cualquier parte.

Y lo que hay en su interior. También pienso en eso: su mente. Su cerebro, con todos sus recovecos, y sus pensamientos yendo y viniendo por dichos recovecos como rápidos y frenéticos ciempiés. Como un niño, me imagino abriéndole el cráneo, desenrollando su cerebro y examinándolo cuidadosamente, intentando apresar e inmovilizar sus ocurrencias. «¿En qué estás pensando, Amy?» La pregunta que más a menudo he repetido durante nuestro matrimonio, si bien nunca en voz alta, nunca a la única persona que habría podido responderla. Supongo que son preguntas que se ciernen como nubes de tormenta sobre todos los matrimonios: «¿Qué estás pensando? ¿Qué es lo que sientes? ¿Quién eres? ¿Qué nos hemos hecho el uno al otro? ¿Qué nos haremos?».

Mis ojos se abrieron por completo exactamente a las seis de la mañana. Ni aleteo aviar de las pestañas ni suave parpadeo hacia la conciencia. El despertar fue mecánico. Un espeluznante alzamiento de los párpados propio del muñeco de un ventrílocuo: el mundo está sumido en la negrura y de repente… «¡Comienza el espectáculo!» 6-0-0 anunciaba el reloj. Frente a mi cara, lo primero que vi. 6-0-0. Fue una sensación distinta. Raras veces me despertaba a una hora tan redonda. Era un hombre de despertares irregulares: 8.43, 11.51, 9.26. Mi vida carecía de alarmas.

En aquel preciso momento, 6-0-0, el sol se alzaba sobre el horizonte de robledales, revelando su plena y veraniega faz de dios airado. Su reflejo fulguraba sobre el río en dirección a nuestra casa, un largo y llameante dedo que me señalaba a través de las delicadas cortinas de nuestro dormitorio. Acusando: «Has sido visto. Vas a ser visto».

Me regodeé en la cama, que era nuestra cama de Nueva York en nuestra nueva casa, a la que seguíamos llamando «la nueva casa» a pesar de que llevábamos dos años viviendo en ella. Es una casa alquilada junto al río Mississippi, una casa que anuncia a los cuatro vientos «nuevo rico residencial»; el tipo de casa a la que aspiraba de niño desde mi barrio de adosados mal enmoquetados. El tipo de casa que resulta familiar al primer vistazo: genéricamente amplia, convencional y nueva-nueva-nueva. El tipo de casa que mi esposa estaba predeterminada a detestar (como de hecho ocurrió).

–¿Debo desprenderme del alma antes de entrar? –fue su primer comentario nada más llegar.

Fue una solución de compromiso. Amy había exigido que alquilásemos, en vez de comprar, pues tenía la esperanza de no quedar atrapados durante mucho tiempo aquí, en mi pequeño pueblo natal de Missouri. Pero las únicas casas en alquiler se hallaban apelotonadas en un inconcluso barrio residencial: un pueblo fantasma en miniatura de mansiones de precio reducido, incautadas por el banco debido a la crisis; un barrio cerrado antes de la fecha de apertura. Fue una solución de compromiso, pero Amy no lo consideraba así, ni mucho menos. Para Amy, fue un capricho punitivo por mi parte, una cuchillada egoísta y desagradable. La había arrastrado, estilo troglodita, hasta un pueblo que llevaba tiempo evitando con todas sus fuerzas para obligarla a vivir en el tipo de casa de la que solía burlarse. Supongo que no es una solución de compromiso si solo una de las partes la considera como tal, pero así es como solían ser todas las nuestras. Uno de los dos siempre estaba enfadado. Por lo general, Amy.

No me culpes por esta ofensa en particular, Amy. La ofensa de Missouri. Culpa a la economía, culpa a la mala suerte, culpa a mis padres, culpa a los tuyos, culpa a internet, culpa a la gente que utiliza internet. Yo antes era escritor. Un escritor que escribía sobre televisión y películas y libros. En los tiempos en los que la gente leía en papel impreso, cuando todavía había a quien le importaba lo que yo pudiera pensar. Llegué a Nueva York a finales de los noventa, el último estertor de los días de gloria, aunque en aquel momento nadie fuese consciente de ello. Nueva York estaba llena de escritores, escritores de verdad, porque había revistas, revistas de verdad, a carretadas. Eran los tiempos en los que internet seguía siendo una especie de mascota exótica agazapada en un rincón del mundo editorial: échale una golosina, mira cómo baila con la correa, qué mona es, no parece tener intención de devorarnos mientras dormimos. Piénsenlo: una época en la que los universitarios recién graduados podían ir a Nueva York y encontrar trabajo remunerado escribiendo. Cómo íbamos a sospechar que nos estábamos embarcando en carreras que desaparecerían en menos de una década.

Durante once años tuve un empleo que simplemente dejó de existir, fue así de rápido. Las revistas comenzaron a cerrar por todo el país, sucumbiendo a una infección repentina provocada por una economía en quiebra. Los escritores (mi tipo de escritores: aspirantes a novelista, pensadores meditabundos, individuos cuyo cerebro no trabaja lo suficientemente rápido para bloguear o vincular o tuitear; básicamente viejos pertinaces y testarudos) estábamos acabados. Éramos como los sombrereros o los fabricantes de látigos para coches de caballos: nuestro tiempo había pasado. Tres semanas después de que me despidieran, Amy también perdió su empleo. (Ahora puedo imaginar a Amy leyendo por encima de mi hombro, sonriendo burlonamente ante el espacio que he dedicado a hablar de mi carrera, de mi mala suerte, para luego despachar su experiencia en una sola frase. Eso, les diría ella, es típico. «Muy propio de Nick», diría. Era uno de sus latiguillos: «Muy propio de Nick», y lo que quiera que fuese a continuación, lo que quiera que fuese «muy propio de mí», siempre era negativo.) Convertidos en dos parados, nos pasamos semanas remoloneando en nuestro apartamento de Brooklyn, en pijama y calcetines, ignorando el futuro, diseminando el correo sin abrir sobre las mesas y los sofás, comiendo helado a las diez de la mañana y echando prolongadas siestas de media tarde.

Hasta que un día sonó el teléfono. Era mi hermana melliza, Margo, que había vuelto a casa hacía un año, tras su respectivo despido neoyorquino (siempre ha ido un paso por delante de mí en todo, incluida la mala suerte). Margo, que telefoneaba desde North Carthage, Missouri, desde la casa en la que ambos habíamos crecido, y que al oír su voz la vi tal como era a los diez años: el pelo corto y oscuro, vaqueros cortos con peto, sentada en el porche trasero de nuestros abuelos, el cuerpo encorvado como una vieja almohada, balanceando las delgaduchas piernas sobre el agua, observando el fluir del río sobre sus pies blancos como peces, completa y delicadamente serena incluso de niña.

La voz de Go sonó cálida y ondulante incluso al transmitirme esta cruda noticia: nuestra indómita madre se estaba muriendo. Nuestro padre tenía un pie en el otro barrio y la (maliciosa) mente y el (mísero) corazón enturbiados por la corriente que lo arrastraba hacia el gran y grisáceo más allá. Pero ahora parecía que nuestra madre se le iba a adelantar. Unos seis meses, quizás un año, era todo lo que le quedaba. Imaginé que Go se habría reunido personalmente con el doctor, habría tomado rigurosas notas con su descuidada caligrafía y ahora estaba conteniendo las lágrimas mientras intentaba descifrar lo que había escrito. Fechas y dosis.

–Joder, no tengo ni idea de qué pone aquí. ¿Es un nueve? ¿Tiene sentido? –dijo, y yo la interrumpí.

Allí, descansando como una guinda sobre la palma de mi hermana, había una tarea, un propósito. Casi lloré de alivio.

–Voy a volver, Go. Nos mudaremos al pueblo. No deberías afrontar todo esto tú sola.

No me creyó. Pude oír su respiración al otro lado de la línea.

–Lo digo en serio, Go. ¿Por qué no? Aquí no queda nada.

Un largo suspiro.

–¿Y qué pasa con Amy?

No dediqué el tiempo necesario a ponderar aquello. Simplemente asumí que haría un hatillo con mi neoyorquina esposa, sus neoyorquinos intereses y su neoyorquino orgullo, y que la alejaría de sus neoyorquinos padres –dejando atrás la excitante y frenética futurópolis de Manhattan– para trasplantarla a un pequeño pueblo a orillas del río en Missouri. Y que todo iría bien.

Todavía no entendía lo estúpido, lo optimista, lo… sí, lo «muy propio de Nick» que era pensar de aquel modo. El sufrimiento que iba a provocar.

–A Amy le parecerá bien. Amy…

Aquí es donde debería haber dicho: «Amy adora a mamá». Pero no podía decirle a Go que Amy adoraba a nuestra madre, porque después de todo aquel tiempo apenas si la conocía. Sus escasos encuentros las habían dejado perplejas a ambas. Después, Amy dedicaba días enteros a diseccionar las conversaciones («¿Y qué quiso decir con eso de…?»), como si mi madre fuese la anciana miembro de una tribu campesina que hubiese llegado de la tundra con un brazado de carne cruda de yak y algunos botones para trocar, intentando obtener de Amy algo que no estaba en oferta.

Amy no tenía ningún interés en conocer a mi familia, ningún interés en conocer mi lugar de nacimiento. Sin embargo, por algún motivo, pensé que volver a casa sería una buena idea.

Mi aliento matutino caldeó la almohada y cambié mentalmente de tema. No era aquel un día apropiado para lamentaciones y segundas opiniones, sino para actuar. Procedente de la planta baja, pude oír el regreso de un sonido largamente ausente: el de Amy preparando el desayuno. Un abrir y cerrar de armarios de madera (¡pim-pam!), un entrechocar de contenedores metálicos y de cristal (¡clinc-clanc!), un inspeccionar y seleccionar de ollas y sartenes (¡frus-fras!). Una orquesta culinaria afinando, trapaleando vigorosamente hacia la apoteosis mientras un molde para tartas rueda sobre el suelo y golpea la pared como un címbalo. Algo impresionante estaba siendo creado, probablemente un crepe, porque los crepes son especiales, y aquel día Amy querría cocinar algo especial.

Era nuestro quinto aniversario de boda.

Caminé descalzo hasta el rellano de la escalera y permanecí allí escuchando, hundiendo los pies en la mullida moqueta de pared a pared que Amy detestaba por principio, mientras intentaba decidir si estaba preparado para unirme a mi esposa. Amy seguía en la cocina, ajena a mis dudas. Estaba tarareando una melodía melancólica y familiar. Me esforcé por identificarla –¿una canción popular?, ¿una nana?– y entonces me percaté de que era la sintonía de M*A*S*H. «Suicide is painless», el suicidio es indoloro. Descendí a la planta baja.

Me quedé junto a la puerta, observando a mi mujer. Se había recogido la melena dorada como la mantequilla en una cola de caballo que oscilaba alegre como una comba y se estaba chupando distraídamente una quemazón en la punta del dedo, tarareando por encima de ella. Tarareaba para sí misma, porque a la hora de descuartizar las letras no tenía rival. Al poco de empezar a salir, oímos en la radio una canción de Genesis: «Ella parece tener un toque invisible y constante». Pero Amy cantó: «Ella aparca mi sombrero en el último estante». Cuando le pregunté cómo se le podía haber ocurrido que su versión fuese vaga, posible, remotamente correcta, me dijo que siempre había pensado que la mujer de la canción amaba de verdad al cantante porque había puesto su sombrero en el último estante. Supe entonces que me gustaba, que me gustaba de verdad aquella chica con una explicación para todo.

Tiene algo de perturbador, evocar un recuerdo cálido y que te deje completamente frío.

Amy estudió el crepe que siseaba sobre la sartén y se lamió algo de la muñeca. Parecía victoriosa, conyugal. Si la estrechaba entre mis brazos, olería a bayas y a azúcar glas.

Cuando se percató de que estaba allí, acechando, con mis calzoncillos mugrientos y los pelos de punta, Amy se apoyó contra la encimera de la cocina y dijo:

–Hola, guapo.

La bilis y el temor se abrieron paso a través de mi garganta. Pensé: «Vale, adelante».

Llegaba muy tarde a trabajar. Tras haber regresado al pueblo, mi hermana y yo habíamos cometido una estupidez. Hicimos lo que siempre habíamos dicho que nos gustaría hacer: abrimos un bar. Para ello, le pedimos dinero prestado a Amy, ochenta mil dólares, cantidad que en otro tiempo habría sido una menudencia para ella, pero que en aquel momento lo era casi todo. Juré que se lo devolvería, con intereses. No quería ser el tipo de hombre que recurre al dinero de su esposa. Podía ver a mi padre torciendo los labios solo de pensarlo. «En fin, hay hombres para todo», era su frase más reprobatoria, cuya segunda parte siempre quedaba sin pronunciar: «y tú eres del tipo equivocado».

Pero lo cierto es que fue una decisión práctica, una astuta maniobra empresarial. Tanto Amy como yo necesitábamos nuevas carreras; aquella sería la mía. Ella podría elegir la suya en el futuro –o no–, pero entretanto allí teníamos una fuente de ingresos, posibilitada por los últimos remanentes de su fondo fiduciario. Al igual que la McMansión que habíamos alquilado, el bar era un símbolo recurrente de mis recuerdos de infancia: un lugar al que solo van los adultos para hacer lo que sea que los adultos hagan. A lo mejor por eso me mostré tan insistente en comprarlo, tras haber visto cómo me arrebataban mi modo de ganarme la vida. Me servía como recordatorio de que, después de todo, era un adulto, un hombre, un ser humano útil, a pesar de haber perdido el oficio que me convertía en todas aquellas cosas. No volvería a cometer el mismo error: los otrora abundantes rebaños de escritores de revistas continuarían siendo diezmados por internet, por la recesión, por el público norteamericano que prefiere ver la tele o jugar a la consola o informar electrónicamente a sus amigos en plan, «¡ke asco de lluvia!». Pero no existe aplicación alguna que proporcione el cosquilleo de un bourbon en el interior de un bar oscuro y fresco en un día de calor. El mundo siempre querrá una copa.

Nuestro bar es un bar de esquina con una estética fortuita y fragmentada. Su mejor atributo es un gigantesco botellero victoriano con cabezas de dragón y rostros de ángel que emergen del roble, una extravagante obra de madera en esta era del plástico mierdoso. Como mierdoso es, de hecho, el resto del bar; un muestrario de las peores contribuciones del diseño de cada década: un suelo de linóleo de los tiempos de Eisenhower, cuyos bordes se han doblado hacia arriba como una tostada quemada; dudosas paredes machihembradas salidas de un vídeo porno casero de los setenta; lámparas halógenas, un tributo accidental a mi colegio mayor en los noventa. El efecto último es extrañamente hogareño; más que un bar parece una casa necesitada de reformas en un benigno estado de abandono. Y jovial: compartimos aparcamiento con la bolera local y, cuando nuestra puerta se abre de par en par, el estruendo de los plenos aplaude la entrada de los clientes.

Llamamos al bar El Bar.

–La gente pensará que somos irónicos en vez de poco imaginativos –razonó mi hermana.

Sí, nos creíamos que estábamos siendo neoyorquinos listos, que el nombre era un chiste que nadie más entendería. No como nosotros, no en plan meta. Nos imaginábamos a los locales arrugando las narices: «¿Por qué lo habéis llamado “El Bar”?». Pero nuestra primera clienta, una mujer de pelo cano con gafas bifocales y chándal rosa, dijo:

–Me gusta el nombre. Como el gato de Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes, que se llama Gato.

Nos sentimos mucho menos superiores después de aquello, lo cual fue bueno.

Estacioné en el aparcamiento. Esperé a que el estruendo de un pleno brotara de la bolera –«Gracias, gracias, amigos»– y después salí del coche. Admiré el entorno, cuya familiaridad seguía sin aburrirme: la achatada oficina de ladrillos claros del servicio postal en la acera de enfrente (ahora cerrada los sábados), el nada pretencioso edificio de oficinas de color beige situado calle abajo (ahora cerrado, punto). No era un pueblo próspero. Ya no, ni de lejos. Joder, ni siquiera era original, ya que en Missouri hay dos Carthage. El nuestro es técnicamente North Carthage, lo cual hace que suene a ciudades gemelas, a pesar de que la nuestra está a cientos de kilómetros de distancia de la otra, siendo la menor de las dos: un pintoresco pueblecito de los cincuenta hinchado hasta alcanzar el grosor de un suburbio de tamaño medio en nombre del progreso. Aun así, era el lugar en el que había crecido mi madre y en el que nos crió a Go y a mí, de modo que tenía algo de historia. La mía, al menos.

Mientras me encaminaba hacia el bar a través del aparcamiento de hormigón comido por las hierbas, eché una ojeada calle abajo y vi el río. Es lo que siempre he amado de nuestro pueblo. No estamos en lo alto de algún seguro risco con vistas al Mississippi; estamos en el Mississippi. Podría haber bajado la calle hasta hundirme en el muy cabrón; un salto de apenas un metro y estaría de camino a Tennessee. Todos los edificios del casco antiguo tienen trazadas a mano líneas que marcan la altura alcanzada por el río durante la Gran Inundación del 61, 75, 84, 93, 07, 08, 11. Etcétera.

Aquella mañana el río no iba crecido, pero fluía con urgencia, una corriente fuerte y llena de remolinos. Una larga fila india de hombres con la mirada fija en los pies y los hombros tensos discurría a la misma velocidad que el río, avanzando con resolución hacia ninguna parte. Mientras los observaba, uno de ellos alzó repentinamente la mirada hacia mí con el rostro envuelto en sombras, un óvalo de negritud. Le di la espalda.

Sentí una necesidad inmediata, intensa, de refugiarme en el interior. Para cuando hube dado veinte pasos, el sudor burbujeaba en mi cuello. El sol seguía siendo un ojo furibundo en el cielo. «Has sido visto.»

El estómago me dio un vuelco y aceleré el paso. Necesitaba una copa.

AMY ELLIOTT

8 de enero de 2005

FRAGMENTO DE DIARIO

¡Tra y la! Escribo esto con una enorme sonrisa de huérfana adoptada. Soy tan feliz que me avergüenzo, como una adolescente en un cómic de vivos colores que habla por teléfono con el pelo recogido en una coleta mientras el bocadillo sobre mi cabeza anuncia: «¡He conocido a un chico!».

Pero es que así ha sido. Es una verdad técnica, empírica. He conocido a un chico, un tío guapísimo y genial, un verdadero cachondo mental. Permite que te describa la escena, pues merece ser preservada para la posteridad (no, por favor, todavía no estoy tan mal, ¡posteridad!, bah). En fin. No es Año Nuevo, pero todavía sigue siendo en gran medida un año nuevo. Es invierno: oscurece temprano y hace mucho frío.

Carmen, una amiga reciente –semiamiga, apenas una amiga, el tipo de amiga de la que no puedes pasar–, me ha convencido para ir a Brooklyn a una de sus fiestas de escritores. A ver: me gustan las fiestas de escritores, me gustan los escritores, soy hija de escritores, soy escritora. Todavía me encanta garrapatear esa palabra –ESCRITORA– cada vez que un formulario, cuestionario o documento solicita mi ocupación. Vale, escribo tests de personalidad, no escribo sobre las Grandes Cuestiones del Momento, pero me parece justificado presentarme como escritora. Estoy utilizando este diario para mejorar: para pulir mi habilidad, para compilar detalles y observaciones. Para sugerir en vez de contar y demás bobadas propias de escritores. (O sea, «sonrisa de huérfana adoptada» no está nada mal, me parece a mí.) Pero sinceramente considero que solo con mis tests ya basta para calificarme al menos de manera honoraria. ¿Verdad?

Estás en una fiesta en la que te encuentras rodeada por escritores genuinamente talentosos que trabajan en revistas y periódicos célebres y respetados. Tú solo escribes tests en semanarios para mujeres. Cuando alguien te pregunta cómo te ganas la vida:

a) Te avergüenzas y dices: «¡Solo soy una humilde redactora de tests, una estupidez, vamos!».

b) Pasas a la ofensiva: «Ahora soy escritora, pero me estoy planteando hacer algo más digno y complejo. ¿Por qué? ¿A qué se dedica usted?».

c) Te enorgulleces de tus logros: «Escribo tests de personalidad basándome en los conocimientos adquiridos en mi doctorado en psicología. Oh, y una curiosidad: inspiré la creación de una admirada serie de libros para niños, seguro que la conoce. ¿La Asombrosa Amy? ¡Chúpate esa, pedazo de esnob!».

Respuesta: C, indiscutiblemente C

En cualquier caso, la fiesta ha sido cosa de un buen amigo de Carmen que escribe sobre películas para una revista de cine y que, según Carmen, es muy divertido. Por un momento me preocupa que quiera liarnos: no tengo el más mínimo interés en que me líen. Necesito ser emboscada, tomada por sorpresa, como una especie de fiero chacal del amor. De otra manera me siento demasiado envarada. Me noto intentando parecer encantadora y entonces me doy cuenta de que resulta evidente que estoy intentando parecer encantadora y entonces intento ser más encantadora aún para compensar el falso encanto y para entonces básicamente me he convertido en Liza Minnelli: bailando con mallas y lentejuelas, rogando tu amor. Hay un bombín, manos de jazz y muchos dientes.

Pero no, mientras Carmen sigue exaltando las virtudes de su amigo, me doy cuenta: es a ella a quien le gusta. Bien.

Ascendemos tres tramos de escaleras contrahechas y nos recibe una oleada de calor corporal y literario: muchas gafas negras de pasta y flequillos redondos; falsas camisas vaqueras y jerséis de cuello vuelto; guerreras negras de lana que se desparraman sobre el sofá para acabar amontonándose en el suelo; un póster alemán de La huida («Ihre Chance war gleich Null!») cubre una pared de pintura resquebrajada. En el equipo, Franz Ferdinand: «Take Me Out».

Un corrillo de tíos se arremolina junto a la mesa camilla sobre la que están apiñadas las botellas, rellenando sus bebidas a cada par de sorbos, perfectamente conscientes de lo poco que queda de alcohol para todos. Me abro camino, colocando mi vaso de plástico en el centro como un músico callejero, y obtengo un entrechocar de cubitos de hielo y un chorro de vodka gracias a un tipo de rostro afable que lleva una camiseta de Space Invaders.

La aportación irónica del anfitrión, una botella de licor verde de manzana de aspecto letal, será pronto nuestro sino a menos que alguien se ofrezca a salir para comprar más bebida, y eso parece poco probable, pues resulta evidente que todos están convencidos de haber hecho lo propio la última vez que ocurrió algo similar. Desde luego es una fiesta de enero, una fiesta de gente empachada y con sobredosis de azúcar debido a las fiestas, simultáneamente perezosa e irritada. Una de esas fiestas en la que los presentes beben en exceso y buscan gresca con frases ingeniosas, exhalando el humo de los cigarrillos por una ventana abierta incluso después de que el anfitrión les haya pedido que salgan afuera. Todos hemos hablado ya con todos en otras mil fiestas navideñas y no tenemos nada más que decir. Nos sentimos colectivamente aburridos, pero no queremos volver a salir al frío de enero; aún nos duelen los huesos de haber subido las escaleras del metro.

Carmen me abandona para ir en pos de su idolatrado anfitrión; les veo charlar intensamente en un rincón de la cocina, encorvando los hombros los dos, mirándose directamente a la cara, formando un corazón. Bien. Se me ocurre que si me pongo a comer tendré algo que hacer además de seguir plantada en mitad de la habitación, sonriendo como la chica nueva del comedor. Pero se lo han terminado casi todo. Quedan algunos trocitos de patatas fritas en el fondo de un gigantesco cuenco Tupperware. Sobre una mesita de salón, una bandeja de supermercado llena de zanahorias ajadas, apio mordisqueado y salsa semenosa permanece intacta, sembrada de colillas que sobresalen como palitos de verdura adicionales. Me entrego a mi rollo, mi rollo impulsivo: ¿y si salto ahora mismo desde el anfiteatro de este cine? ¿Y si beso con lengua al mendigo que se sienta delante de mí en el metro? ¿Y si me siento a solas en el suelo en mitad de la fiesta y me como todo lo que hay en esa bandeja, incluidos los cigarrillos?

–Por favor, no comas nada de esa bandeja –me dice.

Es él (bum bum BUMMM), pero yo todavía no lo sé (bum-bum-bummm). Por ahora solo sé que es un tipo que quiere hablar conmigo y que luce su jactancia como una camiseta irónica, pero le sienta mejor. La clase de tipo que se comporta como si mojara un montón, un tipo al que le gustan las mujeres, un tipo capaz de follarme como Dios manda. ¡Ya me gustaría a mí ser follada como Dios manda! Mi vida sentimental parece orbitar alrededor de tres clases de hombre: universitarios pijos que se creen personajes en una novela de Fitzgerald; corredores de Bolsa con signos de dólar en los ojos, en las orejas, en la boca; y listillos sensibles tan perspicaces que todo les parece una broma. Los pijos fitzgeraldianos tienden a ser improductivamente pornográficos en la cama: mucho ruido y acrobacias para llegar a un resultado prácticamente nulo. Los inversores se revelan coléricos y flácidos. Los listillos follan como si estuvieran componiendo una pieza de rock matemático: esta mano tamborilea por aquí y luego este dedo aporta un agradable ritmo de bajo… Me expreso como una fresca, ¿verdad? Hagamos una pausa mientras cuento cuántos… Once. No está mal. Siempre he pensado que doce era un número sólido y razonable en el que plantarse.

–En serio –dice Número 12 (¡ja!)–. Aléjate de esa bandeja. James tiene hasta tres ingredientes más en la nevera. Podría prepararte una aceituna con mostaza. Pero solo una aceituna.

«Pero solo una aceituna.» Una frase que no pasa de ligeramente graciosa, pero que contiene la semilla de una broma privada; una que se irá haciendo más divertida a base de sucesivas repeticiones nostálgicas. «Dentro de un año –pienso–, estaremos paseando por el puente de Brooklyn al atardecer y uno de los dos susurrará: “Pero solo una aceituna”, y nos echaremos a reír.» (Después me refreno. Terrible. Si él supiera que ya estaba pensando en dentro de un año, saldría corriendo y me sentiría obligada a aplaudirle por ello.)

Sobre todo, lo voy a reconocer, sonrío porque es guapísimo. Tan guapo que despista, el tipo de belleza que hace que los ojos te den vueltas y te entren ganas de recalcar lo obvio –«Sabes que eres guapísimo, ¿verdad?»– para poder seguir con la conversación. Apuesto a que los tíos lo odian: tiene el físico de rufián rico en una película para adolescentes de los ochenta, ese que abusa del inadaptado sensible, el que acabará con un pastel en toda la jeta y chorretones de nata en el cuello de la camisa vuelto hacia arriba mientras todos los presentes en la cafetería jalean.

Sin embargo, no se comporta como tal. Se llama Nick. Me encanta. Hace que parezca agradable y normal, que es lo que es. Cuando me dice su nombre, le digo:

–Mira, un nombre de verdad.

Él se anima y me lanza el anzuelo:

–Nick es la clase de chico con el que puedes quedar para beberte una cerveza, la clase de chico al que no le importa si vomitas en su coche. ¡Nick!

Cuenta una serie de chistes espantosos. Capto tres cuartas partes de sus referencias fílmicas. Puede que dos tercios. (Nota: alquilar Juegos de amor en la universidad.) Rellena mi copa sin que tenga que pedírselo, rateando de alguna manera un último vaso de alcohol del bueno. Me ha reclamado, ha clavado su bandera en mí: «He llegado el primero, es mía, mía». Tras toda la retahíla de hombres nerviosos, respetuosos y posfeministas con los que he salido últimamente, resulta agradable ser un territorio. Nick tiene una gran sonrisa, una sonrisa felina. A juzgar por cómo me mira, debería toser un montoncillo de plumas amarillas de Piolín. No me pregunta a qué me dedico, lo cual me parece bien, lo cual es una novedad. (Soy escritora, ¿lo había mencionado ya?) Habla con acento de Missouri, ribereño y sinuoso; nació y se crió a las afueras de Hannibal, el hogar de juventud de Mark Twain, la inspiración tras Tom Sawyer. Me cuenta que de adolescente trabajó en un barco de vapor, de los de cena y jazz para los turistas. Y cuando me río (como la mocosa que soy; una mocosa de Nueva York que jamás se ha aventurado por esos ingobernables estados del centro, esos estados-en-los-que-vive-mucha-otra-gente), me informa de que Messura es un lugar mágico, el más hermoso del mundo, que no hay otro estado más glorioso. Tiene los ojos traviesos, de pestañas largas. Puedo ver el aspecto que tenía de muchacho.

Compartimos el taxi de vuelta. Las farolas arrojan sombras atolondradas y el coche acelera como si alguien nos persiguiera. Es la una de la madrugada cuando nos topamos con uno de los inexplicables atascos de Nueva York a doce manzanas de mi piso, así que dejamos el taxi y salimos al frío, hacia el gran «¿Y ahora qué?». Nick anuncia su intención de acompañarme hasta casa apoyando una mano sobre la parte baja de mi espalda mientras el viento helado nos congela el rostro. A la que doblamos la esquina, la panadería local está recibiendo un pedido de azúcar glas que entra en el almacén a través de un gigantesco embudo, como si fuera cemento, y no podemos ver nada salvo las sombras de los repartidores entre una nube blanca y dulce. La calle se nubla, Nick me agarra con fuerza, vuelve a mostrar aquella sonrisa, agarra un único mechón de mi pelo entre dos dedos y lo recorre hasta la punta, dando dos tironcitos, como si estuviera haciendo sonar una campana. Tiene las pestañas cubiertas de polvillo y antes de inclinarse sobre mí, me limpia el azúcar de los labios para poder saborearme.

NICK DUNNE

El día de

Abrí de par en par la puerta de mi bar, me sumergí en la oscuridad y respiré hondo por primera vez en todo el día, inhalando el aroma a cerveza y cigarrillos; especiado el del bourbon derramado, acre el de las palomitas rancias. Únicamente había una clienta en el bar, sentada al extremo más alejado de la barra: una anciana llamada Sue que había ido todos los jueves con su marido hasta que este falleció hacía tres meses. Ahora iba todos los jueves sola, sin apenas trabar conversación. Se limitaba a sentarse con una cerveza y un crucigrama, preservando un ritual.

Mi hermana estaba detrás de la barra, llevaba el pelo recogido con horquillas de empollona y tenía los brazos rosados de meter y sacar las jarras de cerveza en el lavavajillas. Go es esbelta y de cara extraña, lo cual no quiere decir que no sea atractiva. Sus rasgos simplemente requieren un momento para cobrar sentido: la mandíbula ancha, la naricilla respingona, los ojos oscuros y globulares. Si estuviésemos en una película de época, los hombres silbarían al verla, se echarían hacia atrás el sombrero de fieltro y exclamarían: «¡Eso sí que es una mujer de bandera!». El rostro de una reina de las comedias alocadas de los treinta no siempre se ajusta a esta era nuestra de princesitas de cuento de hadas, pero sé de buena tinta, a raíz de los años que hemos pasado juntos, que a los hombres les gusta mi hermana, un montón, lo cual me coloca en esa extraña posición fraternal de sentirme a la vez orgulloso y preocupado.

–¿Se sigue fabricando el embutido con pimiento? –dijo Go a modo de saludo, sin levantar la vista, simplemente sabiendo que era yo.

Sentí el mismo alivio que solía sentir cada vez que la veía: puede que las cosas no fueran a las mil maravillas, pero todo saldría bien.

Mi melliza, Go. Tantas veces he repetido esa frase que las palabras han acabado por perder su sentido real para convertirse en un mantra tranquilizador: «Mimellizago». Nacimos en los setenta, cuando los mellizos aún eran algo anómalo, algo ligeramente mágico: primos del unicornio, parientes de los elfos. Incluso compartimos una pizca de telepatía. Go es realmente la única persona en todo el mundo junto a la que me siento yo mismo por completo. Cuando estoy con ella no siento la necesidad de explicarle mis motivos. No clarifico, no dudo, no me preocupo. No se lo cuento todo, ya no, pero le cuento más que a cualquier otra persona, con mucha diferencia. Le cuento hasta donde puedo. Pasamos nueve meses espalda contra espalda, protegiéndonos mutuamente. Pasó a ser una costumbre para toda la vida. Nunca me importó que fuese chica, algo extraño para un chaval tan inseguro como yo. ¿Qué puedo decir? Siempre fue una tía enrollada.

–¿El embutido con pimiento? Creo que sí.

–Deberíamos comprar –dijo Go, arqueando una ceja en mi dirección–. Siento curiosidad.

Sin preguntar, me sirvió una PBR de barril en una jarra de limpieza discutible. Cuando me vio inspeccionando el borde manchado, Go se acercó la jarra a la boca y lamió la mancha hasta borrarla, dejando un reguero de saliva. Después volvió a dejar la jarra frente a mí, sobre la barra.

–¿Mejor, mi príncipe?

Go cree a pies juntillas que siempre obtuve un trato privilegiado por parte de nuestros padres, que fui el chico que habían planeado, el hijo único que se habrían podido permitir, y que ella llegó sibilinamente a este mundo agarrada a mi tobillo, como una extraña indeseada. (Para mi padre, una extraña particularmente indeseada). Está convencida de que, durante toda nuestra infancia, nuestros padres dejaron que se las apañara sola, una lastimera criatura de prendas de segunda mano y boletines escolares sin firmar, presupuestos reducidos y remordimiento general. Puede que su visión esté en cierto modo justificada; apenas puedo soportar admitirlo.

–Sí, mi escuálida y pequeña sierva –dije, aleteando las manos en actitud regia.

Me encorvé sobre mi jarra. Necesitaba sentarme y beberme una cerveza o tres. Seguía teniendo los nervios a flor de piel desde la mañana.

–¿Qué te pasa? –dijo Go–. Pareces inquieto.

Me arrojó un poco de espuma, más agua que jabón. El aire acondicionado se puso en marcha, alborotándonos las coronillas. Pasábamos más tiempo del necesario en El Bar. Se había convertido en la casa en lo alto del árbol que nunca tuvimos de pequeños. El año anterior, durante una noche de cogorza, abrimos las cajas almacenadas en el sótano de nuestra madre, mientras esta aún seguía viva, pero poco antes del final, cuando andábamos necesitados de consuelo, y repasamos nuestros juegos y juguetes entre aahs, oohs y sorbos de cerveza de lata. Navidades en agosto. Tras el fallecimiento de mamá, Go se mudó a nuestra vieja casa y lentamente fuimos trasladando nuestros juguetes, de manera poco sistemática, a El Bar. Un buen día, una muñeca Tarta de Fresa ya sin aroma aparecía sobre un taburete (mi regalo para Go). Otro, un diminuto El Camino de Hot Wheels al que le faltaba una rueda amanecía sobre una balda en la esquina (un regalo de Go para mí).

Se nos ocurrió organizar una noche semanal dedicada a los juegos de mesa, a pesar de que la mayoría de nuestros clientes eran demasiado viejos para sentir nostalgia por el Tragabolas y el Juego de la Vida, con sus diminutos coches de plástico por llenar de diminutas esposas de plástico y diminutos bebés de plástico, todos igual de mentecatos. No consigo recordar cómo se ganaba. (Pensamiento profundo del día patrocinado por Hasbro.)

Go rellenó mi jarra, rellenó la suya. Tenía el párpado izquierdo ligeramente caído. Eran exactamente las 12.00 del mediodía y me pregunté cuánto tiempo llevaría bebiendo. Había tenido una década tormentosa. A finales de los noventa, mi inquisitiva hermana, con su cerebro de ingeniero espacial y sus ánimos de jinete de rodeo, había dejado la universidad para mudarse a Manhattan, donde fue una de las primeras en explotar el fenómeno puntocom. Estuvo dos años ganando una pasta gansa y después sufrió el estallido de la burbuja de internet en 2000. Go siguió impertérrita. Estaba más cerca de los veinte que de los treinta; no pasaba nada. A modo de segundo acto, terminó la carrera y se incorporó al mundo de traje gris de la banca de inversiones. Nivel medio, nada exagerado, nada censurable, pero volvió a quedarse sin empleo –nuevamente de golpe– con la crisis financiera de 2008. Yo ni siquiera sabía que había abandonado Nueva York hasta que me llamó desde casa de nuestra madre anunciando: «Me rindo». Le rogué de todas las maneras posibles que regresara, pero solo obtuve un silencio irritable a modo de respuesta. Nada más colgar, llevé a cabo un angustiado peregrinaje hasta su apartamento en el Bowery, donde encontré a Gary, su adorado ficus, muerto y amarillento en la escalera de incendios, y supe que Go nunca iba a volver.

El Bar parecía haberla animado. Llevaba los libros de contabilidad, servía cervezas y de vez en cuando le metía mano a la jarra de las propinas, pero por otra parte trabajaba más que yo. Nunca hablábamos de nuestras viejas vidas. Éramos Dunne, nuestras vidas habían terminado y nos sentíamos extrañamente satisfechos con ello.

–Entonces, ¿qué? –dijo Go, su modo habitual de iniciar una conversación.

–Eh.

–Eh, ¿qué? Eh, ¿mal? Tienes mal aspecto.

Me encogí de hombros afirmativamente; Go me estudió el rostro.

–¿Amy? –preguntó.

Era una pregunta fácil. Volví a encogerme de hombros, esta vez con resignación, un «¿Qué le vamos a hacer?».

Go me dedicó una expresión divertida, apoyando ambos codos sobre la barra y colocando las manos bajo la barbilla, inclinándose para llevar a cabo una incisiva disección de mi matrimonio. Un panel de expertos de una sola persona, esa era Go.

–¿Qué pasa con ella?

–Un mal día. Simplemente es un mal día.

–Pues no dejes que te lo amargue –dijo ella, encendiendo un cigarrillo. Fumaba exactamente uno al día–. Las mujeres están locas.

Go no se consideraba parte de la categoría «mujeres», palabra que siempre utilizaba en tono despectivo. Soplé para devolverle el humo de su cigarrillo.

–Hoy es nuestro aniversario de bodas. El quinto.

–Guau –dijo mi hermana, echando la cabeza hacia atrás. Había sido dama de honor, vestida de color violeta de la cabeza a los pies («la guapísima señora de pelo negro envuelta en amatista», la había llamado la madre de Amy), pero no tenía memoria para las fechas–. Joder. Tío. Parece que fue ayer. –Me echó más humo a la cara, un indolente juego de tú llevas el cáncer–. Organizará una de sus… uh… cómo se llaman, no son gincanas…

–Caza del tesoro –dije.

A mi esposa le encantaban los juegos, principalmente los juegos mentales, pero también los de verdad, los divertidos, y para nuestro aniversario siempre organizaba elaboradas cazas del tesoro en las que cada pista indicaba el escondite de la siguiente, y así sucesivas veces hasta llegar al final, que era mi regalo. Era lo mismo que hacía su padre por su madre en cada uno de sus aniversarios, y no se crean que no soy consciente del intercambio de papeles, que no pillo la indirecta. Pero yo no me crié en casa de Amy, me crié en la mía, y el último regalo que le hizo mi padre a mi madre fue una plancha que dejó sobre la encimera de la cocina. Sin envolver.

–¿Quieres que hagamos una apuesta a ver lo mucho que se cabrea contigo este año? –preguntó Go, sonriendo por encima de su jarra de cerveza.

Las cazas del tesoro de Amy tenían un inconveniente: que yo nunca desentrañaba las pistas. En nuestro primer aniversario, cuando todavía vivíamos en Nueva York, adiviné dos de siete. Fue el año que mejor se me dio. Esta fue la primera salva:

El sitio en cuestión es un poco anticuado,

pero en él me diste un buen beso, un martes del otoño pasado.

¿Alguna vez participaron de niños en un concurso de deletrear? ¿Recuerdan ese segundo de incertidumbre en el que te dedicas a peinar tu cerebro justo después de que hayan anunciado la palabra, preguntándote si serás capaz de deletrearla? Era la misma sensación: ese pánico al vacío.

–Un bar irlandés en un sitio no tan irlandés –me espoleó Amy.

Yo me mordí un costado del labio y empecé a encogerme de hombros, escudriñando nuestra sala de estar, como si la respuesta fuera a aparecer allí. Amy me concedió otro largo minuto.

–Estábamos perdidos bajo la lluvia –dijo al fin, en un tono de voz que sonaba a ruego en dirección al mosqueo.

Terminé mi encogimiento.

–McMann’s, Nick. ¿No te acuerdas, cuando nos perdimos bajo la lluvia en Chinatown intentando encontrar el restaurante de dim sum y se suponía que estaba cerca de la estatua de Confucio, pero resulta que hay dos estatuas de Confucio y acabamos por casualidad en aquel bar irlandés, completamente empapados, y nos tomamos un par de whiskys y me agarraste y me besaste y fue…?

–¡Claro! Deberías haber mencionado a Confucio en la pista, así sí que lo habría adivinado.

–El quid no era la estatua. El quid era el sitio. El momento. Sencillamente me pareció especial. –Pronunció aquellas últimas palabras con un soniquete infantil que en otro tiempo me había parecido atractivo.

–Porque fue especial –dije yo, atrayéndola hacia mí para besarla–. Este morreo acaba de ser mi recreación especial de aniversario. Vamos a repetirlo en McMann’s.

En McMann’s, el camarero, un enorme y barbado chico-oso, sonrió al vernos entrar, nos sirvió sendos whiskys y dejó sobre la barra la siguiente pista.

Cuando estoy triste y siento pesar

es el único sitio donde me apetece estar.

Resultó ser la estatua de Alicia en el País de las Maravillas en Central Park, la cual, según me había contado Amy –porque me lo había contado, ella sabía que me lo había contado muchas veces–, aligeraba sus penas cuando era niña. Yo no recuerdo ninguna de aquellas conversaciones. Estoy siendo sincero, sencillamente no las recuerdo. Tengo una pizca de TDA y además siempre me he sentido un tanto deslumbrado por mi esposa, en el sentido más puro de la palabra, el de perder claridad de visión, especialmente al mirar una luz brillante. Me conformaba con estar cerca de ella y oírla hablar, y no siempre importaba lo que estuviera diciendo. Debería haber importado, pero no era así.

Para cuando acabó la jornada y llegamos al verdadero intercambio de regalos –los tradicionales regalos de papel para el primer año de casados–, Amy había dejado de hablarme.

–Te quiero, Amy. Sabes que te quiero –dije, siguiéndola a través de los numerosos grupos de obnubilados turistas, inmóviles en mitad de la acera, boquiabiertos y ajenos a todo.

Amy serpenteó entre las multitudes de Central Park, sorteando corredores de mirada invariable y patinadores de glúteos endurecidos, padres arrodillados y bebés que se tambaleaban como borrachos, siempre por delante de mí, con los labios apretados, acelerando hacia ninguna parte mientras yo intentaba alcanzarla, agarrarla del brazo. Finalmente se detuvo, mostrándome un rostro imperturbable mientras intentaba explicarme, conteniendo mi exasperación con una pinza mental:

–Amy, no entiendo por qué necesito demostrarte mi amor recordando exactamente las mismas cosas que tú, exactamente de la misma manera que las recuerdas tú. Eso no significa que no esté encantado de vivir contigo.

Un payaso cercano hinchó un globo con forma de animal, un hombre compró una rosa, un niño lamió un helado de cono y en aquel momento nació una auténtica tradición, una que nunca olvidaría: Amy con su proclividad al exceso y yo con la mía a todo lo contrario, indigno incluso del esfuerzo. Feliz aniversario, gilipollas.

–Es un suponer, pero… ¿cinco años? Se va a cabrear muchísimo –continuó Go–. Así que espero que le hayas comprado un regalo bueno de verdad.

–Lo tengo en la lista de pendientes.

–¿Cuál es el símbolo para los cinco años? ¿Papel?

–Papel es el primer año –dije.

Al término de aquella primera e inesperadamente dolorosa caza del tesoro, Amy me obsequió con un elegante juego de papel de escritorio con mis iniciales grabadas en lo alto, de textura tan cremosa que esperaba que se me humedecieran los dedos. A cambio, yo le regalé una chillona cometa de papel comprada en un todo a cien, imaginando el parque, picnics, cálidas brisas veraniegas. A ninguno de los dos nos gustó nuestro regalo; ambos hubiéramos preferido el del otro. Fue como un cuento de O. Henry pero al revés.

–¿Plata? –preguntó Go–. ¿Bronce? ¿Hueso de ballena? Ayúdame.

–Madera –dije–. No hay manera de hacer un regalo romántico en madera.

Al otro extremo de la barra, Sue dobló pulcramente su periódico y lo dejó sobre la barra junto a la jarra vacía y un billete de cinco dólares. Los tres intercambiamos sonrisas silenciosas a su marcha.

–Ya lo tengo –dijo Go–. Vete a casa, échale un polvo de leyenda y luego la golpeas con la polla y gritas: «¡Toma madera, zorra!».

Nos echamos a reír. Después a los dos se nos encendieron las mejillas en el mismo lugar. Era el tipo de broma grosera y nada fraternal que a Go le encantaba arrojarme como una granada. También era el motivo de que, en el instituto, siempre corriesen los rumores de que nos acostábamos en secreto. Incestillizos. Manteníamos una relación demasiado estrecha: chistes privados, susurros huidizos en plena fiesta. Estoy bastante seguro de que no hará falta decirlo, pero como cualquiera que no sea Go podría malinterpretarme, lo haré: mi hermana y yo nunca nos hemos acostado juntos ni se nos ha pasado por la cabeza hacerlo. Simplemente nos llevamos francamente bien.

En aquel momento, Go estaba gesticulando como si estuviera azotando a mi esposa con el rabo.

No, Amy y Go nunca iban a ser amigas. Las dos eran demasiado territoriales. Go estaba acostumbrada a ser la chica alfa en mi vida, Amy estaba acostumbrada a ser la chica alfa en la vida de todos. Para tratarse de dos personas que vivían en la misma ciudad –la misma ciudad en dos ocasiones distintas: primero en Nueva York, ahora en Carthage– apenas se conocían la una a la otra. Iban y venían por mi vida como actrices de teatro bien sincronizadas; una salía por la puerta al tiempo que la otra entraba, y en las raras ocasiones en las que coincidían en la misma habitación, ambas parecían en cierto modo confundidas por la situación.

Antes de que Amy y yo empezásemos a ir en serio, nos prometiéramos, nos casáramos, vislumbraba retazos de los pensamientos de Go en frases ocasionales. «Es curioso, no consigo terminar de ficharla, me refiero a su verdadera personalidad.» Y: «Simplemente no pareces el mismo cuando estás con ella». Y: «Hay una diferencia entre querer de verdad a una persona y querer la idea que te has hecho de ella». Y finalmente: «Lo importante es que te haga verdaderamente feliz».

Eso cuando Amy me hacía verdaderamente feliz.

Amy también me obsequiaba con sus impresiones de Go: «Es muy… de Missouri, ¿verdad?». Y: «Has de estar del humor adecuado para hablar con ella». Y: «Necesita que estés siempre pendiente de ella, pero por otra parte imagino que, claro, no tiene a nadie más».

Tras acabar todos juntos en Missouri, yo había esperado que ambas enterraran el hacha de guerra y aprendiesen a vivir con sus desacuerdos. Ninguna de las dos lo hizo. Sin embargo, Go era más divertida que Amy, de manera que se trataba de una batalla desequilibrada. Amy era inteligente, corrosiva, sarcástica. Amy podía enervarme, desarrollar una argumentación afilada y penetrante, pero Go siempre me hacía reír. Es peligroso reírte de tu esposa.

–Go, creía que habíamos acordado que nunca volverías a mencionar mis genitales –dije–. Que dentro de los límites de nuestra relación fraternal, no tengo genital alguno.

Sonó el teléfono. Go le dio otro sorbo a su cerveza y contestó, puso los ojos en blanco y sonrió.

–¡Claro que está, un momento, por favor!

Después formó con los labios la palabra «Carl».

Carl Pelley vivía en la acera de enfrente de nuestra casa. Jubilado desde hacía tres años. Divorciado desde hacía dos. Fue entonces cuando se mudó a nuestra urbanización. Había sido vendedor ambulante –accesorios para fiestas infantiles– y yo percibía que, tras cuatro décadas viviendo en moteles, no se sentía cómodo en casa. Aparecía en el bar prácticamente a diario con una maloliente bolsa de Hardee’s, quejándose de su mala economía, hasta que le ofrecíamos una primera ronda a cuenta de la casa. (Aquella fue otra de las cosas que averigüé sobre Carl en El Bar, que era un alcohólico funcional pero irredento.) Tenía el detalle de aceptar cualquier cosa de la que «pretendiésemos librarnos», y lo decía en serio: durante todo un mes, Carl no bebió otra cosa que una partida de Zimas polvorientas, aproximadamente de 1992, que habíamos encontrado en el sótano. Cuando una resaca obligaba a Carl a quedarse en casa, buscaba cualquier motivo para llamar: «Vuestro buzón parece muy lleno hoy, Nicky, a lo mejor has recibido un paquete». O: «Parece que va a llover, quizá deberías cerrar las ventanas». Los motivos eran lo de menos. Carl solo necesitaba oír el entrechocar de cristales, el gorgoteo de una bebida al ser servida.

Cogí el teléfono y agité una cubitera cerca del receptor de modo que Carl pudiera imaginar su ginebra.

–Eh, Nicky –sonó la aguada voz de Carl–. Siento molestarte. Solo he pensado que deberías saberlo… La puerta de vuestra casa está abierta de par en par y el gato ha salido a la calle. Eso no debería ser así, ¿verdad?

Proferí un gruñido impreciso.

–Me acercaría a echar un vistazo, pero hoy no me encuentro demasiado bien –dijo Carl con pesadez.

–No te preocupes –dije yo–. De todos modos ya es hora de que vaya volviendo a casa.

Era un trayecto de quince minutos en coche, todo recto siguiendo la carretera del río. Conducir hasta nuestra urbanización me provocaba en ocasiones escalofríos, debido al número de casas oscuras y boquiabiertas que veía en el camino, hogares que nunca habían conocido habitante alguno u hogares cuyos propietarios habían sido desahuciados para dejar la casa alzándose triunfalmente vacía, deshumanizada.

Cuando Amy y yo nos mudamos, todos nuestros escasos vecinos cayeron de inmediato sobre nosotros: una madre soltera de mediana edad con tres hijos que nos trajo un guiso; un joven padre de trillizos con un pack de seis latas de cerveza (a su mujer la dejó en casa con los trillizos); una anciana pareja de cristianos que vivía un par de casas más allá y, por supuesto, Carl, el de la acera de enfrente. Nos sentamos en el porche trasero y admiramos el río, y todos ellos se quejaron de las hipotecas de interés variable y del cero por ciento y sin entrada, y todos recalcaron que Amy y yo éramos los únicos con acceso al río, los únicos sin hijos. «¿Solo ustedes dos? ¿En esta casa tan grande?», preguntó la madre soltera, repartiendo una tortilla de vaya usted a saber qué.

–Solo nosotros dos –confirmé con una sonrisa, y asentí agradecido mientras me llenaba la boca con huevo semilíquido.

–Qué solitario parece.

En eso tenía razón.

A los cuatro meses, la señora de la tortilla perdió la batalla contra la hipoteca y desapareció de la noche a la mañana con sus tres hijos. Su casa ha permanecido vacía desde entonces. La ventana del salón todavía exhibe pegado al cristal un dibujo infantil de una mariposa, con los brillantes colores de rotulador desgastados por el sol. Una noche, no hace mucho, pasé por delante con el coche y vi a un hombre con barba, desaliñado, oteando desde detrás del dibujo, flotando en la oscuridad como un pez triste en un acuario. Me vio y se refugió de inmediato en las profundidades de la casa. Al día siguiente, dejé una bolsa de papel marrón llena de bocadillos en el escalón de entrada; permaneció bajo el sol intacta durante una semana, descomponiéndose húmedamente, hasta que volví a cogerla y la eché a la basura.

Silencioso. El complejo permanecía en todo momento perturbadoramente silencioso. Estaba llegando a casa, consciente del ruido del motor del coche, cuando vi que, efectivamente, el gato estaba sobre los escalones de la entrada. Todavía fuera, veinte minutos después de la llamada de Carl. Aquello era raro. Amy adoraba al gato, el gato había sido desuñado, el gato no tenía permitido salir de casa, jamás de los jamases, porque el gato, Bleecker, era cariñoso pero extremadamente estúpido, y a pesar del chip implantado en algún lugar entre sus rollizos y peludos pliegues, Amy sabía que si alguna vez salía nunca volvería a verlo. Encaminaría sus torpes pasos derecho hacia el Mississippi –didel-di-dum– y flotaría hasta llegar al Golfo de México y las hambrientas fauces de un tiburón toro.

Pero resultó que el gato ni siquiera era lo suficientemente inteligente como para ir más allá de los escalones. Bleecker aguardaba sentado al borde del porche, como un obeso pero orgulloso centinela, el recluta Esforzado. Mientras aparcaba en el camino de entrada, Carl se asomó a la puerta y noté que tanto el gato como el anciano me observaban salir del vehículo y dirigirme hacia la casa por el sendero flanqueado de peonías rojas de aspecto orondo y jugoso que pedían ser devoradas.

Iba a colocarme en posición de bloqueo para interceptar al gato cuando vi que la puerta principal estaba abierta. Carl me había avisado, pero verlo era otra cuestión. No era una apertura de salgo-a-tirar-la-basura-y-vuelvo-en-un-minuto. Era una apertura completa, de par en par, ominosa.

Carl seguía al otro lado de la calle, aguardando mi respuesta, y como en una terrible performance me sentí interpretando el papel de Esposo Preocupado. Me detuve en mitad de la escalera, frunciendo el ceño, después ascendí rápidamente los peldaños restantes de dos en dos, pronunciando el nombre de mi esposa.

Silencio.

–Amy, ¿estás en casa?

Subí corriendo a la primera planta. Ni rastro de Amy. La tabla de planchar estaba preparada, la plancha todavía encendida, un vestido aguardaba a ser planchado.

–¡Amy!

Mientras bajaba corriendo las escaleras, alcancé a ver a Carl todavía enmarcado por la puerta abierta, observando con las manos en las caderas. Entré bruscamente en la sala de estar y me detuve en seco. La alfombra resplandecía con pedazos de cristal. La mesita del café estaba destrozada, las rinconeras caídas y los libros desparramados por el suelo como en un truco de naipes. Incluso la pesada y antigua otomana estaba volcada, alzando sus cuatro diminutas patas hacia el techo como un animal muerto. En mitad de todo aquel desorden destacaban un par de tijeras bien afiladas.

–¡Amy!

Eché a correr, bramando su nombre. A través de la cocina, donde se estaba quemando una tetera, escaleras abajo, donde el cuarto para invitados del sótano seguía completamente vacío, para salir finalmente al exterior por la puerta trasera. Atravesé con celeridad el patio hasta alcanzar el esbelto embarcadero que sobresalía sobre el río. Miré por un costado para ver si estaba en nuestro bote de remos, donde la había encontrado otro día, amarrada al muelle, dejándose mecer por la corriente con el rostro vuelto hacia el sol, los ojos cerrados. Mientras observaba los deslumbrantes centelleos del río y su hermoso rostro inmóvil, Amy abrió repentinamente sus azules ojos y me miró sin pronunciar palabra. Yo tampoco le dije nada a ella y regresé a casa solo.

–¡Amy!

No estaba en el agua ni estaba en la casa. Simplemente no estaba.

Amy había desaparecido.

AMY ELLIOTT

18 de septiembre de 2005

FRAGMENTO DE DIARIO

Vaya, vaya, vaya. ¿Adivina quién ha vuelto? Nick Dunne, el juerguista de Brooklyn, el besucón de las nubes de azúcar, artista del escapismo. Ocho meses, dos semanas y un par de días sin tener noticias de él y de repente reaparece, como si todo hubiese formado parte de un plan. Resulta que perdió mi número de teléfono. Su móvil estaba sin batería, así que se lo apuntó en un post-it. Después se guardó el post-it en el bolsillo de los vaqueros y metió los vaqueros en la lavadora, convirtiendo el post-it en un pedazo de pulpa arremolinada. Intentó desenrollarlo, pero solo fue capaz de distinguir un 3 y un 8. (Dice él.)

Y entonces el trabajo se le echó encima y de repente ya era marzo y había pasado tanto tiempo que le daba vergüenza intentar encontrarme. (Dice él.)

Por supuesto que me enfadé. Había estado enfadada. Pero ahora ya no. Deja que te describa la escena. (Dice ella.) Hoy. Vientos frescos de septiembre. Iba paseando por la Séptima Avenida, aprovechando la hora del almuerzo para estudiar los contenidos de los ultramarinos expuestos en la acera –interminables contenedores de plástico llenos con rodajas de melón verde, piel de sapo y sandía, dispuestas sobre hielo como la pesca del día–, cuando he notado que un hombre se pegaba a mí como un percebe siguiendo mi travesía. He mirado por el rabillo del ojo al intruso y me he dado cuenta de quién era. Era él. El chico de «¡He conocido a un chico!».

No he interrumpido el paseo, simplemente me he vuelto hacia él para decirle:

a) «¿Nos conocemos?» (manipuladora, desafiante)

b) «¡Oh, guau, cómo me alegro de verte!» (ansiosa, dispuesta como un felpudo)

c) «Vete a tomar por culo» (agresiva, molesta)

d) «Vaya, desde luego te tomas las cosas con calma, ¿eh, Nick?» (ligera, juguetona, relajada)

Respuesta: D

Y ahora estamos juntos. Juntos, juntos. Ha sido así de fácil.

Me resulta curioso ese don de la oportunidad. Propicio, si quieres. (Y sí que quiero.) Precisamente anoche se celebró la fiesta de lanzamiento del nuevo libro de mis padres. El gran día de la Asombrosa Amy. Sí, Rand y Marybeth han sido incapaces de resistir la tentación. Le han dado a la sosias de su hija justamente aquello que no pueden darle a su hija: ¡un marido! ¡Sí, en su vigésimo libro, la Asombrosa Amy se casa! ¡Síííííí! A nadie le importa. Nadie quería que la Asombrosa Amy creciese, yo la que menos. Dejad que siga llevando calcetines hasta la rodilla y lazos en el pelo y dejad que sea yo la que crezca sin tener que arrastrar la carga de un álter ego literario, lo mejor de mí misma encuadernado en rústica, la Amy que se supone que debería haber sido.

Pero fue Amy quien puso las lentejas en la mesa de los Elliott, y nos ha hecho un buen servicio, de modo que no puedo enfadarme porque haya conseguido a la pareja perfecta. Por supuesto, se casa con el bueno del Habilidoso Andy. Serán igual que mis padres: felices-felices.

Aun así, perturba comprobar lo increíblemente baja que ha sido la tirada realizada por el editor. En los ochenta, la primera edición de cada nuevo título de La Asombrosa Amy solía rondar los cien mil ejemplares. Ahora, diez mil. La fiesta de lanzamiento del libro, por lo tanto, no pudo ser menos fabulosa. Y discordante. ¿Qué tipo de fiesta puede merecer un personaje de ficción que cobró vida como precoz chicuela de seis años y que ahora es una futura esposa de treinta que aún sigue hablando como una niña? («Cáspita –pensó Amy–, mi querido prometido es un verdadero cascarrabias cuando las cosas no salen como a él se le antojan.» Es una cita literal. Todo el libro consiguió que me entrasen ganas de darle un puñetazo a Amy de lleno en su estúpida e inmaculada vagina.) Se trata de un producto nostálgico, dirigido a las mujeres que crecieron con La Asombrosa Amy, pero no estoy segura de quién podría tener el más mínimo interés en leerlo. Yo lo he leído, por supuesto. Y le he dado mi bendición, múltiples veces. Rand y Marybeth temían que pudiera tomarme el matrimonio de Amy como un golpe bajo contra mi estado de perpetua soltería. («Por mi parte, no creo que las mujeres deban casarse antes de los treinta y cinco», dijo mi madre, la cual se casó con mi padre a los veintitrés.)

A mis padres siempre les ha preocupado que pudiera tomarme a Amy de una manera excesivamente personal; siempre me dicen que no busque significados ocultos en ella. Y sin embargo no he podido evitar percatarme de que cada vez que la cago en algo, Amy va y lo hace bien: cuando finalmente abandoné el violín a los doce años, Amy se reveló como un prodigio en su siguiente libro. («Cáspita, el violín exige mucha dedicación, ¡pero la dedicación es el único modo de mejorar!») Cuando a los dieciséis pasé del campeonato juvenil de tenis para irme un fin de semana a la playa con unas amigas, Amy renovó su compromiso con el juego. («Cáspita, sé que es divertido pasar tiempo con las amigas, pero estaría decepcionando a todo el mundo y también a mí misma si no participase en el torneo.») Aquello solía volverme loca, pero tras haberme matriculado en Harvard (mientras Amy escogía correctamente la universidad de mis padres), decidí que todo era demasiado absurdo como para seguir dándole importancia. Que mis padres, dos psicólogos infantiles, hubiesen escogido aquella forma particularmente pública de comportamiento pasivo-agresivo, no solo era demencial, sino también ridículo, extraño y en cierto modo hilarante. Que así fuese.

La fiesta de lanzamiento fue tan esquizofrénica como el libro: en Bluenight, junto a Union Square; uno de esos establecimientos sombríos con butacas de orejas y espejos art déco que supuestamente deberían hacerte sentir joven y brillante. Martinis de ginebra que oscilan sobre bandejas llevadas por camareros con un rictus por sonrisa. Periodistas glotones de sonrisas burlonas y estómagos sin fondo que se atiborran de canapés antes de marcharse a otro sitio mejor.

Mis padres recorren la estancia cogidos de la mano; su historia de amor siempre ha sido una parte integral de la historia de La Asombrosa Amy: marido y mujer compartiendo labor creativa durante un cuarto de siglo. Compañeros del alma. Ellos realmente se definen así, lo cual tiene sentido, porque supongo que lo son. Puedo atestiguarlo, tras haberlos estudiado durante muchos años como hija única y solitaria. No tienen malos modos el uno con el otro, ningún conflicto relevante, pasan por la vida como dos medusas fundidas, expandiéndose y contrayéndose de manera instintiva, llenando líquidamente sus mutuos espacios. Haciendo que parezca sencillo, eso de ser compañeros del alma. La gente dice que los hijos de hogares rotos lo tienen difícil, pero los hijos de matrimonios privilegiados también tienen sus desafíos particulares.

Naturalmente, tengo que sentarme en un taburete aterciopelado en una esquina, lejos del ruido, para poder ofrecer entrevistas a un patético puñado de becarios a los que sus editores les han endilgado el marrón de «conseguir una declaración».

«¿Cómo se siente al ver a Amy finalmente casada con Andy? Porque usted no está casada, ¿verdad?»

Pregunta realizada por:

a) un ceporro de ojos saltones que equilibra el bloc de notas sobre su bolso bandolera

b) una joven demasiado arreglada para la ocasión, con el pelo alisado y unos tacones de «fóllame»

c) una rockabilly entusiasta cubierta de tatuajes que parece mucho más interesada en Amy de lo que cualquiera habría supuesto que podría estarlo una rockabilly cubierta de tatuajes

d) todos los anteriores

Respuesta: D

Yo: «Oh, me alegro mucho por Amy y Andy, les deseo lo mejor. Ja, ja».

Mis respuestas a todas las demás preguntas, sin ningún orden en particular:

«Algunas partes de Amy están inspiradas en mí, otras son simplemente ficción».

«Ahora estoy felizmente soltera, ¡no hay ningún Habilidoso Andy en mi vida!»

«No, no creo que Amy simplifique en exceso la dinámica entre hombre y mujer.»

«No, yo no diría que Amy se haya quedado anticuada; creo que la serie es un clásico.»

«Sí, estoy soltera. Ahora mismo no hay ningún Habilidoso Andy en mi vida.»

«¿Por qué Amy es Asombrosa y Andy únicamente Habilidoso? Bueno, ¿no conoce usted a cantidad de mujeres enérgicas y fabulosas que se conforman con tipos del montón? No, es una broma, no escriba eso.»

«Sí, estoy soltera.»

«Sí, mis padres son decididamente compañeros del alma.»

«Sí, a mí también me gustaría tener lo mismo algún día.»

«Sí, soltera, hijoputa.»

Las mismas preguntas una y otra vez, mientras yo intento fingir que son profundas. Y ellos intentan fingir que son profundos. Gracias a Dios por la barra libre.

Después ya nadie más quiere hablar conmigo –así de rápido– y la relaciones públicas finge que eso es bueno: «¡Ahora puedes volver a tu fiesta!». Vuelvo a mezclarme entre la (escasa) multitud y veo a mis padres completamente entregados a su papel de anfitriones, ruborizados; Rand con su sonrisa dentona de monstruo acuático prehistórico, Marybeth con sus alegres y gallináceos movimientos de cabeza, las manos entrelazadas; haciéndose reír el uno al otro, disfrutando de su mutua compañía, encantados de estar juntos, y yo pienso: «Me siento tan jodidamente sola».

Vuelvo a casa y lloro un rato. Tengo casi treinta y dos años. Eso no es ser vieja, especialmente en Nueva York, pero el hecho es que han pasado años desde la última vez que de verdad me gustó alguien. Así pues, ¿qué probabilidades tengo de conocer a alguien al que pueda amar, mucho menos al que pueda amar tanto como para casarme con él? Estoy cansada de no saber con quién estaré o si estaré con alguien.

Tengo muchas amigas casadas. Felizmente casadas no tantas, pero tengo muchas amigas casadas. Las pocas que son felices son como mis padres: les desconcierta mi soltería. Una chica lista, guapa y agradable como yo, una chica con tantos intereses y entusiasmos, un trabajo guay, una familia cariñosa. Y, reconozcámoslo: dinero. Fruncen los ceños y fingen pensar en hombres con los que poder emparejarme, pero todos sabemos que no queda ninguno, ninguno bueno, y yo sé que en secreto piensan que no soy del todo normal, que en mi interior se oculta algo que me vuelve a la vez insatisfecha e imposible de satisfacer.

Aquellas que no se han compañerodelalmatizado –las que se han conformado– se muestran más desdeñosas aún con mi soltería: no es tan difícil encontrar a alguien con quien casarse, dicen. Ninguna relación es perfecta, dicen. Ellas, que han aceptado el sexo por compromiso y los pedos nocturnos, que han cambiado la conversación por la tele, que creen que la capitulación conyugal –sí, cariño; está bien, cariño– es lo mismo que la concordia. «Te obedece sin rechistar porque ni siquiera le interesas lo suficiente para discutir contigo –pienso yo–. Tus mezquinas exigencias solo sirven para hacer que se sienta superior o rencoroso, y algún día se follará a una joven y bonita compañera del trabajo que no le exigirá nada a cambio y encima a ti te sorprenderá y todo.» Dame un hombre que tenga redaños, un hombre que plante cara a mis chorradas. (Pero que a la vez aprecie mis chorradas.) En cualquier caso, no me hagas caer en una de esas relaciones que se pasan la vida chinchándose, disfrazando los insultos de bromas, poniendo los ojos en blanco y discutiendo «juguetonamente» delante de los amigos con la esperanza de ponerlos de su parte en una discusión que no podría importarles menos. Esas espantosas relaciones de si… Este matrimonio sería estupendo si… y notas que la lista de si es mucho más larga de lo que cualquiera de los dos es consciente.

De modo que sé que hago bien en no conformarme, pero eso no hace que me sienta mejor al ver cómo mis amigas se van emparejando mientras yo me quedo en casa los viernes por la noche con una botella de vino y me preparo una cena extravagante y me digo: «Esto es perfecto», como si estuviese saliendo conmigo misma. Mientras encadeno interminables rondas de fiestas y noches de bares, perfumada, enlacada y esperanzada, dando vueltas alrededor del local como un postre dudoso. Tengo citas con hombres agradables, atractivos e inteligentes; hombres a priori perfectos que hacen que me sienta como si estuviese en una tierra extraña, intentando hacerme entender, intentando darme a conocer. Porque ¿acaso no es esa la esencia de toda relación? ¿Ser conocida por el otro, ser comprendida? Él sí que lo pilla. Ella sí que lo pilla. ¿No es esa la frase mágica y sencilla?

De modo que sobrellevas la velada junto al hombre a priori perfecto, su tartamudeo cuando no entiende los chistes, cada vez que malinterpreta o se le escapa uno de tus comentarios jocosos. O quizá comprende que has hecho un comentario jocoso, pero, inseguro de qué hacer con él, lo retiene en la mano como si fuera una especie de flema conversacional que se te hubiera escapado y que después se limpiará con la servilleta. Pasáis otra hora más intentando encontraros mutuamente, reconoceros en el otro, y bebes un poco de más y haces un esfuerzo ligeramente excesivo. Y vuelves a casa donde te aguarda una cama fría y piensas: «Ha sido agradable». Y tu vida es una larga sucesión de agradables.

Y entonces te topas con Nick Dunne en la Séptima Avenida mientras estás comprando una rodaja de melón y… pam, sabéis quiénes sois, os reconocéis mutuamente. Compartís el mismo criterio sobre qué cosas merecen la pena ser recordadas. («Pero solo una aceituna.») Tenéis el mismo ritmo. Clic. Simplemente os conocéis el uno al otro. De repente lo ves: leer juntos en la cama y crepes el domingo y reírnos de nada y su boca sobre la tuya. Y todo ello queda tan sumamente por encima de lo agradable que sabes que nunca podrás volver a conformarte con eso. Así de rápido. Piensas: «Oh, aquí está el resto de mi vida. Al fin ha llegado».

NICK DUNNE

El día de

En un principio esperé a la policía en la cocina, pero el olor acre de la tetera quemada se me estaba atravesando en la parte posterior de la garganta, subrayando mi necesidad de vomitar, de modo que salí al porche delantero, me senté sobre el último peldaño y me obligué a tranquilizarme. Seguí llamando al móvil de Amy y seguí escuchando el mensaje de su contestador, esa cadencia rápida con la que juraba que enseguida devolvería la llamada. Amy siempre devolvía las llamadas. Habían pasado tres horas, había dejado cinco mensajes y Amy no me había devuelto la llamada.

Tampoco esperaba que lo hiciera y así pensaba decírselo a la policía. Amy nunca habría salido de casa dejando una tetera al fuego. Ni la puerta abierta. Ni una prenda sin planchar. Vivía empeñada en solucionar marrones y no era propio de ella abandonar un proyecto a medias (por ejemplo, su marido por reformar) incluso aunque hubiera decidido que no le gustaba. Había que verle la cara en la playa durante nuestras dos semanas de luna de miel en Fiyi, viéndoselas y deseándoselas con el millón de páginas místicas de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, lanzándome miraditas irascibles mientras yo devoraba un thriller tras otro. Tras su despido y la mudanza a Missouri, la vida de Amy había (¿involucionado?) pasado a girar en torno a la consumación de interminables proyectos inanes e inconsecuentes. Habría dejado el vestido planchado.

Y después estaba la sala de estar, en la que todos los indicios apuntan a una pelea. Yo ya sabía que Amy no me iba a devolver las llamadas. Quería que diese comienzo la siguiente fase.

Era el mejor momento del día, ni una sola nube cubría el cielo de julio y el sol se estaba poniendo lentamente como un reflector, tiñéndolo todo de opulencia y oro, como en un cuadro de la escuela flamenca. Llegó la policía. Lo experimenté como algo accidental; yo sentado sobre los escalones, un pájaro vespertino cantando en un árbol, dos agentes saliendo relajadamente de su coche como si se dirigieran a un picnic vecinal. Minipolis de veintipocos años, confiados y aburridos, habituados a tranquilizar a padres preocupados porque sus hijos adolescentes llegan más tarde de lo previsto. Una muchacha hispana con el pelo recogido en una trenza larga y oscura y un tipo negro con pose de marine. En mi ausencia, Carthage había pasado a ser un poco (un poquito) menos caucásica, pero seguía estando tan acuciadamente segregada que las únicas personas de color que veía en mi rutina diaria solían ser trabajadores de empleo no sedentario: repartidores, médicos, carteros. Policías. («Este pueblo es tan blanco que me resulta perturbador», dijo Amy, que en el gran crisol de Manhattan había contado con una única afroamericana entre sus amistades. La acusé de estar echando en falta un escaparate étnico, minorías como telón de fondo. La charla no acabó bien.)

–¿Señor Dunne? Soy la agente Velásquez –dijo la mujer– y este es el agente Riordan. Tenemos entendido que está preocupado por su esposa…

Riordan miraba la carretera, chupando un caramelo. Vi que sus ojos seguían la estela de un pájaro que sobrevolaba velozmente el río. Después posó su mirada en mí y el rizo en sus labios me indicó que había visto lo mismo que todos los demás. Tengo una cara que cualquiera querría golpear: soy un chaval irlandés de clase trabajadora atrapado en el cuerpo de un cabronazo con fondo fiduciario. Sonrío mucho para compensar el efecto de mi cara, pero es una solución que solo funciona a veces. En la universidad, incluso me puse gafas durante una temporada, gafas de pega con lentes sin graduar que, en mi opinión, me aportaban una onda afable, nada amenazadora.

–¿No te das cuenta de que te hacen parecer más capullo aún? –razonó Go.

Las tiré y me dediqué a sonreír con más energía.

–Entren en casa y vean –dije haciendo una seña con la mano a los policías.

Ambos ascendieron los escalones, acompañados por los chirridos y roces de sus cinturones y pistolas. Me paré junto a la entrada de la sala de estar y señalé la destrucción.

–Oh –dijo el agente Riordan, haciendo sonar rápidamente los nudillos.

De repente parecía menos aburrido.

Riordan y Velásquez se inclinaron hacia delante en sus asientos frente a la mesa del comedor mientras me hacían todas las preguntas iniciales: quién, dónde, cuánto tiempo, alzando literalmente las orejas. Habían hecho una llamada sin estar yo presente y Riordan me informó de que habían solicitado la presencia de una pareja de inspectores. Experimenté el circunspecto orgullo de haber sido tomado en serio.

Riordan me estaba preguntando por segunda vez si había visto a algún desconocido últimamente por el vecindario y me estaba recordando por tercera vez las bandadas de individuos sin hogar que atravesaban Carthage, cuando sonó el teléfono. Me abalancé a través de la habitación y lo cogí.

Una malhumorada voz de mujer:

–Señor Dunne, le llamo de Comfort Hill.

Era la residencia donde Go y yo habíamos ingresado a mi padre.

–No puedo hablar ahora mismo, ya les llamaré –dije bruscamente y colgué.

Despreciaba a las mujeres que trabajaban en Comfort Hill: incapaces de sonreír, incapaces de ofrecer el más mínimo consuelo. Incapaces de cobrar un sueldo decente, lo cual probablemente fuese el motivo de que nunca sonrieran ni consolasen. Sabía que mi ira hacia ellas estaba mal dirigida; lo que me ponía furioso era que mi padre aún viviera mientras mi madre estaba bajo tierra.

Le tocaba a Go enviar el cheque. Estaba bastante seguro de que julio le correspondía a ella. Y estoy seguro de que Go estaba convencida de que era mi turno. No era la primera vez que nos pasaba. Go decía que los dos debíamos estar olvidando subliminalmente enviar los cheques porque lo que queríamos en realidad era olvidarnos de nuestro padre.

Le estaba contando a Riordan lo del extraño individuo que había visto en la casa deshabitada de nuestro barrio cuando llamaron a la puerta. Llamaron a la puerta. Como algo normal, como si estuviera esperando una pizza.

Los dos inspectores entraron haciendo gala del típico cansancio de final de turno. El hombre era alto y delgado y tenía un rostro que se iba estrechando exageradamente hasta terminar en una barbilla que parecía un goteo. La mujer era sorprendentemente fea; osadamente fea, más allá de los cánones habituales de fealdad: ojos redondos y diminutos, prietos como botones, una nariz larga y retorcida, la piel moteada con bultitos, pelo largo y lacio del color de un montón de pelusas. Siento afinidad por las feas. Fui criado por un trío de mujeres poco agraciadas –mi abuela, mi madre, su hermana– y todas eran inteligentes y cariñosas, divertidas y fuertes; buenas, buenas mujeres. Amy fue la primera chica guapa con la que salí, con la que salí en serio.

La mujer fea habló en primer lugar, como un eco de la agente Velásquez.

–¿Señor Dunne? Soy la inspectora Rhonda Boney. Este es mi compañero, el inspector Jim Gilpin. Tenemos entendido que siente cierta preocupación por su esposa.

Mi estómago gruñó lo suficientemente fuerte como para que todos lo oyéramos, pero hicimos como si nada.

–¿Podemos echar un vistazo, caballero? –dijo Gilpin.

Tenía ojeras carnosas y un bigote de pelos blancos y retorcidos. Su camisa no estaba arrugada, pero la llevaba como si lo estuviera; por su aspecto uno diría que debía de apestar a café amargo y cigarrillos, pero no era así. Olía a jabón Dial.

Les guié un par de cortos pasos hasta la sala de estar y señalé una vez más los destrozos, entre los que estaban cuidadosamente acuclillados los dos jóvenes agentes, como si estuvieran esperando a que les sorprendiesen haciendo algo útil. Boney me condujo hasta una silla del comedor, apartado pero a la vista de los indicios de lucha.

Rhonda Boney me hizo repetirle los mismos detalles básicos que ya les había contado a Velásquez y Riordan, sin quitarme de encima sus atentos ojos de gorrión. Gilpin se acuclilló sobre una rodilla, inspeccionando la sala de estar.

–¿Ha telefoneado a amigos o familia, personas con las que podría estar su esposa? –preguntó Rhonda Boney.

–Yo… No. Aún no. Supongo que les estaba esperando a ustedes.

–Ah –sonrió ella–. A ver si lo adivino: el pequeño de la familia.

–¿Qué?

–Es usted el benjamín.

–Tengo una hermana melliza. –Percibí que estaba teniendo lugar una especie de juicio interno–. ¿Por qué?

El jarrón favorito de Amy estaba tirado en el suelo, intacto, pegado contra la pared. Había sido un regalo de bodas, una obra maestra japonesa que Amy escondía cada semana el día que nuestra señora de la limpieza pasaba por casa, porque estaba convencida de que acabaría hecho añicos.

–Es solo una intuición mía que explica por qué nos ha esperado: está acostumbrado a que otra persona tome la iniciativa –dijo Boney–. Mi hermano pequeño es así. El orden en el nacimiento también marca. –Garabateó algo en una libreta.

–Vale –dije encogiendo airadamente los hombros–. ¿Necesita también mi horóscopo o podemos empezar?

Boney me sonrió afablemente, esperando.

–He esperado a hacer algo porque, o sea, es evidente que no está con una amiga –dije señalando el desorden de la sala de estar.

–Llevan viviendo aquí ¿cuánto, señor Dunne? ¿Dos años? –preguntó ella.

–Hará dos años en septiembre.

–¿Procedentes de dónde?

–Nueva York.

–¿Ciudad?

–Sí.

Boney señaló hacia arriba, solicitando permiso sin preguntar. Yo asentí y la seguí, seguido a mi vez por Gilpin.

–Me ganaba la vida escribiendo –espeté antes de ser capaz de contenerme.

Incluso entonces, dos años después de haber regresado, no podía soportar que alguien pensara que aquella había sido mi única vida.

Boney:

–Suena importante.

Gilpin:

–¿Sobre qué?

Coordiné mi respuesta con el ritmo de subida: escribía para una revista (peldaño), sobre cultura pop (peldaño), era una revista para hombres (peldaño). Cuando llegué al último peldaño, me volví para ver que Gilpin se había girado para observar la sala de estar. Después volvió a ponerse en marcha.

–¿Cultura pop? –dijo mientras reanudaba el ascenso–. ¿Qué incluye eso exactamente?

–Cultura popular –dije. Alcanzamos el rellano, donde Boney nos estaba esperando–. Películas, televisión, música, pero… eh… ya saben, nada de bellas artes, nada rimbombante.

Hice una mueca. ¿Rimbombante? Qué condescendiente. Ustedes que son unos paletos probablemente necesiten que traduzca mi inglés educado de la Costa Este al inglés populachero del Medio Oeste. «¡Garrapateo to lo que se me viene al colodrillo endespués de haber visto las pinículas!»

–A ella le encanta el cine –dijo Gilpin, señalando a Boney.

Boney asintió: «Así es».

–Ahora llevo El Bar, en el centro –añadí.

También daba clases en la universidad comunitaria, pero de repente añadir aquello me pareció demasiado. No estaba en una cita.

Boney estaba escudriñando el cuarto de baño, haciéndonos una seña con la mano a Gilpin y a mí para que nos quedásemos en el pasillo.

–¿El Bar? –dijo–. Lo conozco. Hace tiempo que quiero pasarme un día. Me encanta el nombre. Muy meta.

–Parece un cambio inteligente –dijo Gilpin. Boney se dirigió hacia el dormitorio y nosotros la seguimos–. Una vida rodeado de cerveza no puede ser demasiado mala.

–A veces la respuesta sí está en el fondo de una botella –dije, después hice otra mueca ante lo inapropiado de la frase.

Entramos en el dormitorio.

Gilpin se rió.

–Conozco esa sensación.

–¿Ven que la plancha sigue encendida? –empecé.

Boney asintió, abrió la puerta de nuestro espacioso ropero y se metió dentro, encendiendo la luz, aleteando con sus manos enguantadas en látex sobre camisas y vestidos mientras iba abriéndose paso hacia el fondo. Profirió un ruido repentino, se agachó y se volvió hacia nosotros sosteniendo una caja perfectamente cuadrada envuelta en papel de regalo plateado.

Se me encogió el estómago.

–¿Es el cumpleaños de alguien?

–Nuestro aniversario.

Boney y Gilpin se retorcieron como arañas y fingieron no haberlo hecho.

Para cuando regresamos a la sala de estar, la brigada juvenil se había marchado. Gilpin se puso de rodillas para observar la otomana volcada.

–Uh, estoy un poco alterado, evidentemente –empecé.

–No le culpo en absoluto, Nick –dijo Gilpin con toda seriedad. Sus ojos azul pálido temblaban sin moverse del sitio, un tic que ponía nervioso.

–¿Podemos hacer algo? Para encontrar a mi esposa. Quiero decir, porque está claro que aquí no está.

Boney señaló nuestra foto de boda en la pared: yo, de esmoquin con un bloque de dientes congelado en el rostro, los brazos curvados formalmente alrededor de la cintura de Amy; Amy, el pelo rubio enlacado, recogido y tenso, el velo hinchado por la brisa marina de Cape Cod, los ojos demasiado abiertos porque siempre parpadeaba en el último momento y se estaba esforzando al máximo por no hacerlo. Era el día después del 4 de Julio y el olor a sulfuro de los fuegos artificiales se entremezclaba con la sal oceánica. Verano.

El Cabo había sido bueno con nosotros. Recuerdo el momento en que descubrí que Amy, mi novia de hacía meses, también era bastante rica, la preciada hija única de unos padres creativos y geniales. Una especie de icono, debido a una serie de libros que me parecía recordar de cuando era niño. La Asombrosa Amy. Amy me explicó todo aquello en tonos tranquilos y mesurados, como si yo fuera un paciente que acabase de despertar de un coma. Como si hubiera tenido que hacerlo muchas veces con anterioridad y siempre le hubiera salido mal; una admisión de riqueza recibida con excesivo entusiasmo, la revelación de una identidad secreta que no había sido creada por ella.

Amy me contó quién y qué era, y después fuimos al hogar catalogado como de interés histórico de los Elliott en la bahía de Nantucket, salimos juntos a navegar y pensé: «Soy un muchacho de Missouri, surcando las olas junto a personas que han visto mucho más que yo. Aunque empezase ahora a ver cosas, a vivir a lo grande, nunca conseguiría ponerme a la altura». Aquello no me despertó envidia. Hizo que me sintiera satisfecho. Nunca había aspirado a la fama y la riqueza. No fui educado por unos padres soñadores de esos que imaginan a su hijo convertido en futuro presidente. Fui educado por unos padres pragmáticos que se imaginaban a su hijo convertido en futuro oficinista de cualquier cosa para ganarse más o menos la vida. Para mí, bastante embriagador resultaba ya estar en compañía de los Elliott, surcando el Atlántico para regresar a una acogedoramente restaurada casa construida en 1822 por un capitán de ballenero en la que preparar y degustar platos de alimentos orgánicos y saludables cuyos nombres no sabía ni cómo pronunciar. Quínoa. Recuerdo haber pensado que la quínoa era un pescado.

De modo que nos casamos en la playa un día de verano de un azul intenso, comimos y bebimos bajo una carpa blanca que se hinchaba como una vela y, al cabo de un par de horas, me escabullí entre las sombras llevándome a Amy hacia las olas, porque todo me parecía tan irreal que creía haberme convertido en meramente un destello. La fría bruma sobre la piel me hizo volver, Amy me hizo volver, hacia el resplandor dorado de la carpa, donde los dioses se daban un festín de pura ambrosía. Todo nuestro cortejo fue así.

Boney se inclinó para ver más de cerca a Amy.

–Su esposa es muy guapa.

–Lo es, una belleza –dije, notando que me daba un vuelco el estómago.

–¿Qué aniversario es hoy?

–El quinto.

Iba pasando el peso de mi cuerpo de un pie a otro, deseando hacer algo. No quería que debatieran la hermosura de mi esposa, quería que salieran en busca de mi esposa, joder. Pero no lo dije en voz alta; a menudo no digo las cosas en voz alta, ni siquiera cuando debería. Contengo y compartimento hasta un extremo preocupante: en el sótano de mi vientre hay cientos de botellas llenas de ira, desespero, temor, pero uno nunca lo adivinaría al verme.

–El quinto, uno de los importantes. A ver si lo adivino: ¿reserva en Houston’s? –preguntó Gilpin.

Era el único restaurante elegante de todo el pueblo. «En serio, un día tenéis que ir a comer a Houston’s», había dicho mi madre cuando nos mudamos con la esperanza de que a mi esposa fuera a gustarle, pensando que era un secreto único en Carthage.

–Por supuesto, en Houston’s.

Era mi quinta mentira a la policía. Solo estaba empezando.

AMY ELLIOTT DUNNE

5 de julio de 2008

FRAGMENTO DE DIARIO

¡Estoy henchida de amor! ¡Repleta de ardor! ¡Obesamente mórbida por la devoción! Una feliz y atareada abeja del entusiasmo marital. Zumbo literalmente a su alrededor, toqueteando y organizando. Me he convertido en algo extraño. Me he convertido en una esposa. Me sorprendo pilotando el timón de las conversaciones –de manera torpe, antinatural– solo para poder decir su nombre en voz alta. Me he convertido en una esposa, me he convertido en una pesada, me han exigido que renuncie a mi carné de Joven Feminista Independiente. Me da exactamente igual. Le llevo las cuentas, le corto el pelo. Me he vuelto tan retro que en algún momento probablemente acabaré utilizando la palabra «billetero», mientras salgo por la puerta con mi marchoso abrigo de tweed y los labios pintados de rojo, de camino hacia el «salón de belleza». Nada me molesta. A todo le encuentro el lado positivo, cada molestia transformada en una anécdota entretenida que contar a la hora de la cena. «Cariño, hoy he matado a un vagabundo… ¡Jajajaja! ¡Ah, cuánto nos divertimos!»

Nick es como un buen combinado: consigue que lo veas todo desde la perspectiva correcta. No desde una perspectiva distinta, desde la correcta. Con Nick, me doy cuenta de que en realidad no pasa nada si la factura de la electricidad se paga con un par de días de retraso o si mi último test resulta ser un poco cutrecillo. (El más reciente, y no es una broma: «¿Qué tipo de árbol serías?». ¡Yo soy un manzano! ¡No tiene ningún sentido!) No me importa que el nuevo libro de La Asombrosa Amy haya sido un desastre, que las críticas hayan sido terribles y las ventas hayan caído abismalmente en picado tras un inicio poco prometedor. No me importa el color que vayamos a elegir para el dormitorio, con cuánto retraso llegue por culpa del tráfico o si la basura que reciclamos acaba de verdad reciclada. (Dime la verdad, Nueva York: ¿sí o no?) No importa, porque he encontrado a mi media naranja. Es Nick, relajado y tranquilo, listo y divertido, sin complicaciones. Feliz, no se tortura. Amable. Buen pene.

Todas las cosas que me disgustan de mí misma han pasado a segundo término. Quizás eso es lo que más me gusta de él, el modo en que me hace. No el modo en que me hace sentir, sino simplemente me hace. Soy divertida. Soy juguetona. Soy decidida. Me siento naturalmente feliz y completamente satisfecha. ¡Soy una esposa! Me resulta extraño pronunciar esas palabras. (En serio, Nueva York, lo del reciclaje… venga, guíñame un ojo.)

Hacemos tonterías, como el fin de semana pasado, cuando condujimos hasta Delaware porque ninguno de los dos había hecho nunca el amor en Delaware. Permite que describa la escena, ahora sí, en serio, para la posteridad. Cruzamos la línea estatal. «¡Bienvenidos a Delaware!», dice el cartel, y también: «Una pequeña maravilla», y también: «El primer estado», y también: «Tierra de las compras libres de impuestos».

Delaware, un estado de muchas y fértiles identidades.

Le señalo a Nick el primer camino de tierra que veo y pegamos botes durante cinco minutos hasta encontrar pinos en todas direcciones. No hablamos. Él echa su asiento hacia atrás. Yo me levanto la falda. No llevo ropa interior, veo que su boca se curva hacia abajo y su rostro se reblandece, la expresión decidida y drogada que adopta cuando está excitado. Me encaramo sobre él, dándole la espalda, de cara al parabrisas. Estoy inclinada sobre el volante y al movernos al compás el claxon emite pequeños balidos que remedan los míos, y mi mano provoca un ruido de fricción pegada contra el parabrisas. Nick y yo somos capaces de corrernos en cualquier sitio; ninguno de los dos padece miedo escénico, es algo de lo que ambos nos sentimos bastante orgullosos. Después volvemos directamente a casa. Yo como cecina y apoyo los pies descalzos sobre el salpicadero.

Nos encanta nuestra casa. La casa que construyó La Asombrosa Amy. Un adosado marrón en Brooklyn que compraron mis padres para nosotros, justo frente al puente, con la gran vista de Manhattan en pantalla panorámica. Es extravagante y me crea sentimiento de culpa, pero es perfecto. Combato el rollo niña-rica-mimada siempre que puedo. Mucho «hazlo tú mismo». Pintamos las paredes en dos fines de semana: verde primavera, amarillo claro y azul terciopelo. En teoría. Ninguno de los colores nos quedó como lo habíamos imaginado, pero de todas maneras hacemos como que nos gustan. Llenamos nuestra casa con baratijas adquiridas en mercadillos; compramos discos para el tocadiscos de Nick. Anoche nos sentamos sobre la vieja alfombra persa, a beber vino y a escuchar los crujidos del vinilo mientras el cielo se iba oscureciendo y Manhattan se encendía, y Nick dijo: «Así es como siempre lo había imaginado. Es exactamente como lo había imaginado».

Los fines de semana hablamos bajo cuatro capas de ropa de cama, con los rostros cálidos bajo una colcha amarilleada por el sol. Incluso las maderas del suelo son alegres: hay dos viejas tablas rechinantes que nos saludan nada más entrar por la puerta. Me encanta, me encanta que sea nuestra, que tengamos una anécdota genial protagonizada por la antigua lámpara de pie, por la contrahecha jarra de barro que descansa junto a nuestra cafetera y que nunca contiene nada al margen de un clip para papeles. Paso los días pensando en tener detalles con Nick: salir a comprar una pastilla de jabón con aroma a menta que reposará sobre la palma de su mano como una piedra caliente o quizás un lomo de trucha que pueda cocinar y servirle, una oda a sus días en el vapor del río. Lo sé, es un comportamiento absurdo. Pero me encanta, nunca sospeché que fuese capaz de portarme de manera absurda por un hombre. Es un alivio. Incluso me emociono viendo sus calcetines, que deja tirados y enredados de las más variadas maneras, como si un cachorrillo los hubiera traído desde otra habitación.

Es nuestro primer aniversario y me siento ahíta de amor, a pesar de que la gente no hacía más que decir y decirnos que el primer año iba a ser muy duro, como si fuésemos niños ingenuos de camino a la guerra. No ha sido duro. Estábamos destinados a casarnos. Es nuestro primer aniversario y Nick saldrá del trabajo al mediodía; mi caza del tesoro le aguarda. Todas las pistas están relacionadas con nosotros y tienen que ver con el año que acabamos de pasar juntos:

Cada vez que mi maridito esté resfriado

aquí hay un plato que lo dejará bien sanado.

Respuesta: la sopa tom yun del restaurante Thai Town en la calle President. El encargado nos espera esta tarde con un cuenco lleno y la siguiente pista.

También McMann’s en Chinatown y la estatua de Alicia en Central Park. Una gran excursión por Nueva York. Acabaremos en la lonja de pescado de la calle Fulton, donde compraremos un par de hermosas langostas cuya caja sostendré sobre el regazo mientras Nick se remueve nervioso en el asiento del taxi, a mi lado. Volveremos rápidamente a casa y las meteré en una olla nueva sobre nuestro viejo fogón con toda la delicadeza propia de una muchacha que ha pasado muchos veranos en el Cabo mientras Nick se ríe y finge esconderse atemorizado al otro lado de la puerta de la cocina.

Yo había sugerido encargar unas hamburguesas. Nick prefería salir a cenar en algún restaurante de múltiples platos y camareros que alardean de clientes famosos… cinco estrellas, elegante. De modo que las langostas son un perfecto término medio, las langostas son lo que todo el mundo nos dice (y nos dice y nos dice) que es el matrimonio: ¡una solución de compromiso!

Comeremos langosta con mantequilla y haremos el amor sobre el suelo mientras la cantante de uno de nuestros viejos discos de jazz nos arrulla con su voz de ultratumba. Nos embriagaremos lenta y perezosamente con un buen escocés, la bebida favorita de Nick. Le daré su regalo: el papel de Crane & Co. con monograma que se le había antojado, con su limpia fuente de palo seco en verde cazador, sobre el grueso y cremoso papel que absorberá la lujuriosa tinta y sus palabras de escritor. Papel para un escritor y para una esposa de escritor que quizás esté esperando una o dos cartas de amor.

Después a lo mejor volveremos a hacer el amor. Y tomaremos una hamburguesa tardía. Y más escocés. Voilà: ¡la pareja más feliz del barrio! Y dicen que el matrimonio es un trabajo duro.

NICK DUNNE

La noche de

Boney y Gilpin trasladaron nuestra entrevista a la comisaría, que tiene el mismo aspecto que una caja de ahorros en declive. Me dejaron cuarenta minutos a solas en una pequeña sala, durante los que me obligué a no moverme. Fingir que estás tranquilo es, en cierto modo, estarlo. Me encorvé sobre la mesa, apoyé la barbilla sobre el brazo. Esperé.

–¿No quiere llamar a los padres de Amy? –había preguntado Boney.

–No quiero asustarles –dije–. Si no sabemos nada de ella en una hora, llamaré.

Habíamos repetido aquella conversación en tres ocasiones.

Finalmente, la pareja de inspectores entró y se sentó a la mesa, delante de mí. Tuve que contener las ganas de reír por lo mucho que se parecía aquello a una escena de cualquier serie. Era la misma sala que llevaba diez años viendo en la televisión nocturna por cable mientras zapeaba, y los dos policías –fatigados, intensos– se comportaban igual que los protagonistas. Resultaban completamente falsos. La comisaría de Epcot. Boney incluso sostenía un vaso de cartón con café y una carpeta que parecía una pieza de atrezo. Atrezo policial. Me noté entusiasmado, por un momento sentí que todos estábamos fingiendo: «¡Vamos a jugar al juego de la Esposa Desaparecida!».

–¿Todo bien, Nick? –preguntó Boney.

–Sí, ¿por qué?

–Está sonriendo.

Mi entusiasmo se estampó de golpe contra el suelo de azulejos.

–Lo siento, todo esto es…

–Lo sé –dijo Boney, dedicándome una mirada que bien podría haber sido una palmadita en la espalda–. Es demasiado extraño, lo sé. –Se aclaró la garganta–. En primer lugar, queremos asegurarnos de que está cómodo aquí. Si necesita cualquier cosa, solo tiene que hacérnoslo saber. Cuanta más información pueda aportarnos ahora mismo, mejor, pero puede marcharse en cualquier momento, eso tampoco es un problema.

–Cualquier cosa que necesiten.

–Bien, estupendo, gracias –dijo ella–. Mmm… vale. Primero queremos quitarnos de en medio todo lo más molesto. Lo desagradable. Si su esposa ha sido realmente secuestrada, algo que todavía no podemos asegurar, pero por si llegara a darse el caso, queremos detener al culpable. Y cuando lo detengamos queremos que sea condenado, punto. Sin posibilidad de escape. Sin dejarle un solo resquicio.

–Bien.

–Para poder conseguirlo, necesitamos antes que nada descartarle a usted, con toda rapidez, con toda facilidad. Para que el tipo no pueda aferrarse al argumento de que no le hemos descartado a usted, ¿entiende lo que le quiero decir?

Asentí mecánicamente. En realidad no sabía lo que quería decir, pero quería que pareciese que estaba cooperando todo lo posible.

–Cualquier cosa que necesiten.

–No queremos inquietarle –añadió Gilpin–. Solo queremos cubrir todas las bases.

–Por mí, bien.

«Siempre es el marido –pensé–. Todo el mundo sabe que siempre es el marido, así que ¿por qué no pueden limitarse a decirlo? Sospechamos de usted porque es el marido y el culpable siempre es el marido, como bien sabe cualquiera que haya visto un episodio de Dateline.»

–De acuerdo, estupendo, Nick –dijo Boney–. Primero vamos a pasarle un bastoncillo por la parte interior de la mejilla para poder diferenciar otras muestras de ADN en la casa que no sean suyas. ¿Le parece bien?

–Claro.

–También me gustaría hacerle una rápida prueba de residuos de pólvora en las manos. Una vez más, solo por si acaso…

–Esperen, esperen, esperen. ¿Han encontrado algo que les haga suponer que mi esposa haya podido ser…?

–Nonono, Nick –interrumpió Gilpin, acercando una silla a la mesa y sentándose en ella del revés.

Me pregunté si los policías harían aquello de verdad. O si fue idea de algún actor avispado y después los policías comenzaron a hacerlo porque se lo habían visto a los actores que hacen de policías y les había parecido molón.

–Solo es un protocolo bien establecido –continuó Gilpin–. Intentamos cubrir todas las bases: analizar sus manos, tomar una muestra de ADN, y si pudiéramos también registrar su coche…

–Por supuesto. Como ya he dicho, lo que necesiten.

–Gracias, Nick. Se lo agradezco de veras. En ocasiones, hay personas que nos ponen las cosas difíciles solo porque pueden.

Yo era exactamente del tipo opuesto, mi padre me había infundido durante la infancia una culpabilidad tácita. Era el tipo de individuo que acecha por la casa en busca de excusas para enfurecerse. Aquello había convertido a Go en una persona siempre a la defensiva y muy poco dada a aceptar mierdas injustificadas de nadie. A mí me había convertido en un bobalicón postrado ante la autoridad. Mamá, papá, profesoras: «Lo que sea que facilite su trabajo, señora o caballero». Tenía un ansia constante de aprobación. «Literalmente mentirías, engañarías y robarías –joder, hasta matarías– para convencer a la gente de que eres un buen tío», me dijo Go en una ocasión. Estábamos haciendo cola para comprar un knish en el horno Yonah Schimmel, no muy lejos del antiguo apartamento de Go en Nueva York –así de bien recuerdo el momento–, y perdí el apetito porque era completamente cierto y nunca me había percatado de ello, e incluso mientras me lo estaba diciendo, pensé: «Nunca olvidaré esto, este es uno de esos momentos que quedarán grabados para siempre en mi cerebro».

Mientras me analizaban las manos en busca de residuos de pólvora y me introducían un bastoncillo de algodón en la boca, los policías y yo charlamos sobre naderías, los fuegos artificiales del 4 de Julio y el tiempo. Pretendiendo que era normal, una visita al dentista.

Cuando terminaron, Boney dejó otro vaso de café delante de mí y me dio un apretón en el hombro.

–Siento todo esto. Es la peor parte del trabajo. Y ahora, ¿se ve con ánimos