Introducción

TODOS LOS PECADOS CAPITALES

Mi vida sexual comenzó temprano, más o menos a los cinco años, en el kindergarten de las monjas ursulinas, en Santiago de Chile. Supongo que hasta ese momento había permanecido en el limbo de la inocencia, pero no tengo recuerdos de aquella prístina edad relacionados con mi curiosidad sexual. Mi primera experiencia consistió en tragarme casualmente una pequeña muñeca de baquelita, de esas que ponían en las tortas de cumpleaños. «Te va a crecer adentro de la panza, te vas a poner redonda y después te nacerá un bebé», me explicó mi mejor amiga, que acababa de tener un hermanito. ¡Un hijo! Era lo último que yo deseaba. Siguieron días terribles, me dio fiebre, perdí el apetito y vomitaba escondida en el baño. Mi amiga confirmó que los síntomas eran iguales a los de su mamá antes de dar a luz. Por fin una monja me obligó a confesar la verdad y admití hipando que estaba encinta. Me vi cogida de un brazo y llevada en volandas hasta la oficina de la madre superiora, que llamó a mi casa para avisar que me habían suspendido por indecente. De esta manera trágica nació mi horror por las muñecas y mi interés por ese asunto misterioso cuyo nombre no debía pronunciarse: sexo.

Las niñas de mi generación carecíamos de instinto sexual, eso lo inventaron Master y Johnson mucho después. Sólo los varones padecían de ese mal, que podía conducirlos al infierno y hacer de ellos unos faunos en potencia durante todas sus vidas. Cuando las niñas preguntábamos algo escabroso, recibíamos dos tipos de respuesta, según la madre que nos tocara en suerte. La explicación tradicional era la cigüeña, que traía los bebés de París, y la moderna era sobre flores y abejas. Mi madre era moderna, pero la relación entre el polen y la muñeca en mi barriga me resultaba poco clara.

A los siete años las monjas me prepararon para la primera comunión. Antes de recibir la hostia consagrada había que confesarse. Me llevaron a la iglesia, me arrodillé temblando en un confesionario sepulcral, separada del sacerdote por una polvorienta cortina de felpa negra, y traté de recordar mi lista de pecados. Para no cometer la herejía de comulgar con alguna falta olvidada, había puesto en mi lista todo lo que figuraba en el decálogo de pecados posibles, desde robar y matar, hasta codiciar los bienes ajenos, pero estaba tan asustada que no pude sacar la voz. El cura esperó un tiempo prudente y luego tomó la iniciativa. En medio de la oscuridad y el olor a incienso escuché una voz con acento de Galicia.

—¿Te has tocado el cuerpo con las manos? —me preguntó.

—Sí, padre —farfullé.

—¿A menudo, hija?

—Todos los días...

—¡Todos los días! ¡Ésa es una ofensa gravísima a los ojos de Dios, la pureza es la mayor virtud de una niña, debes prometerme que no lo harás más!

Prometí, aunque no podía imaginar cómo iba a lavarme la cara o cepillarme los dientes sin tocarme el cuerpo con las manos. (Treinta y tantos años más tarde, este traumático episodio me sirvió para una escena de Eva Luna. Nada se pierde, todo se puede reciclar en la literatura.)

LAS LLAVES DE LA LUJURIA

Nací en el sur del mundo durante la Segunda Guerra Mundial, en el seno de una familia emancipada e intelectual en algunos aspectos, muy pocos, y paleolítica en todos los demás. Me crié en el hogar de mis abuelos, un caserón estrafalario donde deambulaban los fantasmas invocados por mi abuela con su mesa de patas de león, un pesado mueble español que, después de dar varias vueltas por el mundo, terminó en mi poder en California. Vivían allí dos tíos solteros, bastante excéntricos, como casi todos los miembros de mi familia. Uno de ellos había pasado varios años en la India y volvió convertido en faquir, se alimentaba de zanahorias y andaba cubierto apenas por un taparrabo, recitando los múltiples nombres de Dios en sánscrito. El otro era un personaje apasionado de la lectura, huraño y generoso, parecido en aspecto a Carlos Gardel, el ruiseñor del tango. (Ambos sirvieron de modelos —algo exagerados, lo admito— para Jaime y Nicolás Trueba en La casa de los espíritus.) Gracias al tío amante de la lectura, la casa estaba llena de libros que se amontonaban por todas partes, crecían como una flora indomable y se reproducían en el secreto de la noche. Nadie censuraba o guiaba mis lecturas; así, leí al Marqués de Sade a los nueve años, pero sus textos eran demasiados avanzados para mi edad, ya que el autor daba por sabidas cosas que yo ignoraba por completo, me faltaban referencias elementales. El único hombre que había visto desnudo era mi tío, el faquir, sentado en el patio en la posición del loto contemplando la luna, y me sentí defraudada por ese pequeño apéndice que descansaba entre sus piernas y cabía holgadamente en mi estuche de lápices de colores. ¿Tanto alboroto por eso?

A los once años yo vivía en Bolivia, porque mi madre se había casado con un diplomático, hombre de ideas avanzadas, que me puso en un colegio mixto. Tardé varios meses en acostumbrarme a convivir con varones, andaba eternamente con las orejas rojas y el corazón a saltos, me enamoraba cada día de un chico diferente. Mis compañeros eran unos salvajes cuyas actividades se limitaban al fútbol y las peleas en el recreo, mientras que las niñas estábamos en la etapa de medirnos el busto y anotar en una libreta los besos que recibíamos, especificando los detalles: con quién, dónde, cómo. Algunas afortunadas podían escribir: Felipe, en el baño, con lengua. Mi libreta estaba en blanco. Fingía que esas tonterías no me interesaban, me vestía de hombre y trepaba a los árboles para disimular que era casi enana y tenía el sex-appeal de un pollo desplumado.

En la clase de biología nos enseñaban algo de anatomía, pero conocíamos mejor el sistema reproductivo de la mosca que el nuestro. Eran tantos los eufemismos para describir el proceso de gestación de un crío, que era imposible visualizarlo; lo más atrevido que nos mostraron fue la estilizada ilustración de una madre amamantando a un recién nacido. Del resto nada sabíamos y nunca nos mencionaron el placer, así es que el meollo del asunto se nos escapaba. ¿Por qué los adultos hacían esa cochinada? La erección era un secreto bien guardado por los muchachos, como la menstruación lo era por las niñas. Yo era buena lectora y a veces encontraba alguna referencia oblicua en los libros, pero en esa época ya no contaba con la vasta biblioteca de mi tío y no había literatura erótica en las casas decentes.

En esa escuela mixta de Bolivia las relaciones con los muchachos consistían en empujones, manotazos y recados de las amigas: dice el Keenan que quiere darte un beso; dile que sí pero con los ojos cerrados; dice que ahora ya no tiene ganas; dile que es un estúpido; dice que más estúpida eres tú; y así nos pasábamos todo el año escolar. La máxima intimidad consistía en masticar por turnos el mismo chicle. Una vez pude luchar cuerpo a cuerpo con el famoso Keenan, un pelirrojo de grandes orejas a quien todas las niñas amábamos en secreto, porque su papá era rico y tenían piscina. Me hizo sangrar por la nariz, pero ese chiquillo pecoso y jadeante aplastándome contra las piedras del patio es uno de los recuerdos más excitantes de mi vida. En otra ocasión, en una fiesta, Keenan me invitó a bailar. A La Paz no había llegado el impacto del rock, que empezaba a sacudir al mundo, y todavía nos arrullaban Nat King Cole y Bing Crosby. (¡Oh, Dios! ¡Era la prehistoria!) Se bailaba abrazados, a veces con las mejillas pegadas, pero yo era tan diminuta que la mía apenas alcanzaba la hebilla del cinturón de cualquier joven normal. Por suerte, Keenan era bajo para su edad. Me apretó un poco y sentí algo duro a la altura del bolsillo de su pantalón y de mis costillas. Le di unos golpecitos con las puntas de los dedos y le pedí que se quitara las llaves, porque me hacían daño. Salió corriendo y no regresó a la fiesta. Ahora, que conozco mejor la naturaleza masculina, la única explicación que se me ocurre para su comportamiento es que tal vez no eran las llaves. Pobre niño.

MIL NOCHES ÁRABES

En 1956 mi familia se trasladó al Líbano, siguiendo los pasos de mi padrastro diplomático, y yo volví a un colegio de niñas, esta vez a una escuela inglesa donde el sexo simplemente no existía, había sido suprimido del universo por la pacatería británica y el celo cristiano de mis maestras.

Beirut era la perla de Oriente Próximo; allí se depositaban las fortunas de los jeques árabes en las sucursales de los bancos más importantes del mundo. Los grandes modistos y joyeros de Europa tenían sus tiendas en esa ciudad de contrastes, donde se podía ver en las calles un Cadillac con ribetes de oro junto a camellos y mulas. Muchas mujeres ya no usaban velo y algunas estudiantes de la Universidad Americana se ponían pantalones, pero todavía existía esa firme línea fronteriza que durante milenios ha separado los sexos. La sensualidad impregnaba el aire como el olor a manteca de cordero, era palpable como el calor del mediodía y persistente como el canto del muecín convocando a la oración desde el alminar. El deseo, la lujuria, lo prohibido... Las niñas no salíamos solas a ninguna parte y los niños también debían cuidarse. Mi padrastro les entregó largos alfileres de sombrero a mis hermanos para que se defendieran de pellizcos en la playa y a veces en la calle.

En el recreo de mi casto colegio pasaban de mano en mano fotonovelas subidas de tono, editadas en la India con traducción al francés, una versión muy manoseada de El amante de lady Chatterley y libros de bolsillo sobre los excesos de Calígula. Lo único que recuerdo de esas orgías es que los comensales se limpiaban los dedos grasientos en el cabello de los esclavos africanos y se rascaban la garganta con plumas de ganso para vomitar y poder seguir comiendo, como en las películas de Fellini.

Mi padrastro tenía Las mil y una noches bajo llave en su armario, porque no era literatura apta para menores, pero yo había descubierto la manera de abrir el mueble y leía a escondidas trozos dispersos de esos magníficos libros de cuero rojo con cantos de oro, buscando deprisa las escenas eróticas. Me zambullí en el mundo sin retorno de la fantasía y la sensualidad, guiada por huríes de piel de leche, genios en botellas y ladrones traviesos dotados de un inagotable entusiasmo por hacer el amor. Creo que esas lecturas clandestinas me marcaron para siempre y su influencia es evidente en mis libros, sobre todo en las escenas de amor. Mis hormonas explotaron como granadas y todo a mi alrededor invitaba al placer de los sentidos, pero vivía encerrada y, aparte de aquellos libros prohibidos, no tenía válvulas de escape para el deseo. Soñaba con el amor y contaba con un único admirador, el hijo de un mercader de alfombras, que me visitaba para tomar refrescos en la terraza. Era tan rico, que tenía motoneta con chófer. Entre la vigilancia de mi madre y la de su chófer, nunca tuvimos ocasión de estar solos.

En esa época yo era plana como un tablón. Ahora no tiene importancia, porque existe la silicona, pero entonces era una gran desgracia; los senos se consideraban la esencia de la feminidad y los míos eran casi invisibles. La moda se encargaba de resaltarlos con suéter ceñido, cinturón ancho de elástico y falda inflada con enaguas almidonadas. Una mujer pechugona tenía su futuro asegurado, como Jane Mansfield, Gina Lollobrigida y Sofía Loren. En algunas películas los senos parecían conos puntudos y en otras melones maduros, según el sostén que llevara la actriz, pero siempre eran enormes. ¿Qué podía hacer una chica con pechos como ciruelas? Ponerse relleno: dos medias esferas de goma que a la menor presión se hundían sin que una lo percibiera, volviéndose súbitamente cóncavas, hasta que de pronto se escuchaba un terrible plop-plop y las gomas volvían a su forma original, paralizando de estupor al pretendiente que estuviera cerca y sumiendo a la usuaria en atroz humillación. A veces los rellenos de goma se desplazaban y podía quedar uno sobre el esternón y el otro bajo el brazo, o ambos flotando en la piscina detrás de la nadadora, como patitos perdidos.

En 1958 el Líbano estaba amenazado por la violencia, que más tarde se convertiría en una larga guerra civil. Después de la crisis del canal de Suez se agudizaron las rivalidades entre los sectores musulmanes, inspirados por la política panarabista de Gamal Abdel Nasser, y el gobierno. El presidente Camile Chamoun, cristiano maronita, pidió ayuda a Eisenhower y en julio apareció la VI Flota estadounidense. Los portaaviones escupieron hordas de marines bien nutridos y ávidos de sexo. Los padres doblaron la vigilancia de sus hijas, pero era imposible evitar que los jóvenes se encontraran. Me escapé del colegio para bailar con los yanquis y pude experimentar la borrachera del rock’n’roll y de lo prohibido. Por primera vez mi escaso tamaño resultaba ventajoso, porque con una sola mano los fornidos marines podían lanzarme al aire, darme dos volteretas sobre sus cabezas rapadas y arrastrarme por el suelo al ritmo de la guitarra frenética de Elvis Presley. Entre dos saltos mortales recibí el primer beso de mi carrera y su sabor a cerveza y goma de mascar me duró dos años.

EL SOSTÉN EN UN PALO DE ESCOBA

Los disturbios en el Líbano obligaron a mi padrastro a enviarme con mis hermanos de regreso a Chile. Otra vez recibí acogida en la casa de mi abuelo, cuya severidad no me hizo mella, porque estaba acostumbrada al cautiverio del Líbano. En ese ambiente de gente vieja mis posibilidades de probar el amor eran mínimas, pero a los quince años, cuando planeaba meterme a monja para disimular que me quedaría solterona, un joven me distinguió por allí abajo, sobre el dibujo de la alfombra, y me sonrió. Tal vez le divertía mi aspecto. Me colgué de su cintura y no lo solté hasta cinco años más tarde, cuando por fin aceptó casarse conmigo. Se llamaba Miguel.

Ahora la virginidad es un estorbo, pero antiguamente se consideraba una virtud. Se suponía que el sexo era una compulsión masculina y el romance era una obsesión femenina; el hombre intentaba que ella le diera la «prueba de amor», como se decía, y la mujer se resistía, porque no debía colaborar en la propia seducción. La idea era llegar pura al matrimonio, no tanto por moralidad como por prudencia, ya que una vez otorgada la «prueba» ella pasaba a la categoría de fresca y el pretendiente se hacía humo y se lo contaba a los amigos. Además existía el riesgo de quedar preñada, horrible destino para una soltera, peor incluso que la muerte. Ya se había inventado la píldora anticonceptiva, pero en Chile se mencionaba en susurros y nadie la había visto. A pesar de los riesgos, dudo de que muchas chicas llegaran vírgenes al matrimonio. Creo que yo no lo era, pero no puedo asegurarlo, porque mi ignorancia sobre esos asuntos era tan abismal como la de mi novio. No sé exactamente cómo tuvimos dos hijos. Y entonces sucedió lo que todos esperábamos desde hacía varios años: la ola de liberación sexual de los sesenta recorrió América del Sur y llegó finalmente hasta ese rincón al sur del continente donde yo vivía. Arte pop, minifalda, droga, sexo, biquini y los Beatles. Al principio imitábamos a Raquel Welch, con sus piernas bronceadas y sus blusitas miserables a punto de reventar bajo la presión de su feminidad, pero muy pronto aparecieron los hippies, con una estética muy diferente. Fue un revés inesperado: las exuberantes divas del cine pasaron a segundo plano y se impuso la modelo inglesa Twiggy, una especie de hermafrodita famélico con maquillaje de payaso. Para entonces me habían crecido los senos, efecto secundario de la maternidad, así es que de nuevo me encontré en el lado opuesto de la moda.

Se hablaba de orgías, intercambios de parejas, pornografía, pero yo no tuve la buena suerte de participar en nada de eso. Algunos homosexuales salieron de la oscuridad; sin embargo yo cumplí veintiocho años sin imaginar cómo lo hacían. También nos llegó el movimiento feminista, que le dio nombre y estructura a la ira contra el patriarcado que yo venía sintiendo desde la infancia. Tres o cuatro mujeres nos sacamos el sostén, lo ensartamos en un palo de escoba y desfilamos por las calles de Santiago, pero como nadie nos siguió y ni siquiera salimos en los periódicos, regresamos abochornadas a nuestras casas.

Mi estilo de entonces era hippie, porque salía barato. Durante varios años anduve vestida con harapos y abalorios de la India y manejaba un Citroën de latón pintado de flores, pero barajaba tres trabajos, manejaba mi casa, criaba a mis hijos y tenía un sentido germánico de la responsabilidad. De hippie sólo tenía la falda y las chancletas. La consigna de entonces era «paz y amor», sobre todo amor libre, que a mí me llegaba tarde, porque estaba irremisiblemente casada con Miguel. Algunas de mis amigas casadas tenían amantes y otras contaban de fiestas donde los hombres ponían sus llaveros en un canasto y luego las mujeres cogían uno con los ojos vendados, dispuestas a pasar el resto de la noche con el propietario. Muy entretenido, pero no era para mí; yo defendía el concepto de fidelidad. Intenté fumar marihuana con la idea de relajar un poco la moral, porque no podía quedarme atrás, todo el mundo en Chile la plantaba en sus jardines o en sus tinas de baño, pero después de seis pitos sin consecuencias apreciables, decidí que tampoco era para mí. Yo me drogaba con café y chocolate.

INFIDELIDAD

Mi primer reportaje en la revista femenina donde trabajaba causó un escándalo. La cosa comenzó así: durante una cena en casa de un renombrado político, alguien me felicitó por unos artículos de humor que yo había publicado y me preguntó si pensaba escribir algo en serio. Respondí lo primero que me pasó por la mente: sí, me gustaría entrevistar a una mujer infiel. Hubo un silencio gélido en la mesa y la conversación cambió de rumbo, pero a la hora del café, la dueña de la casa —alta funcionaria del gobierno, treinta y ocho años, delgada, vestida de Chanel— me llevó aparte y me dijo que si le juraba guardar el secreto de su identidad, ella aceptaba ser entrevistada. Al día siguiente me presenté en su oficina con una grabadora y ella me contó que tenía varios amantes, porque disponía de tiempo libre después del almuerzo, porque le hacía bien para el ánimo, la propia estima y el cutis, y porque los hombres no estaban nada mal. Es decir, las mismas razones de tantos maridos infieles, incluso el suyo. Esa señora mantenía una discreta garçonnière, que compartía con dos amigas tan liberadas como ella, y me la ofreció amablemente, pero nunca tuve ocasión de usarla. La conclusión de mi reportaje, después de un simple cálculo matemático, fue que las mujeres son tan infieles como los hombres; si no ¿con quién lo hacen ellos? No puede ser sólo entre ellos o todos con el mismo puñado de voluntarias.

En el Chile de entonces los hombres exigían lo que no estaban dispuestos a ofrecer, es decir, que sus novias fueran castas y sus esposas fueran fieles. Todavía lo exigen, pero ahora nadie les hace caso. En mi juventud casi todas las parejas de mi edad estaban en crisis y la mayoría terminó separándose. En Chile no hubo divorcio hasta 2004, fue el último país del mundo en obtenerlo, lo cual facilitaba las cosas, porque la gente se separaba y se juntaba sin trámites burocráticos. El ejemplo más espectacular que conozco es el de mi madre, que vivió sesenta y cinco años con mi padrastro sin poder casarse —concubinato escandaloso, según la Iglesia católica— y finalmente, cuando él enviudó, esa pareja nonagenaria pudo legalizar su unión. Hoy, más de la mitad de los niños chilenos nacen fuera del matrimonio. Casarse sale caro y divorciarse es complicado.

En aquella sociedad católica, conservadora y mojigata de los años sesenta, nadie me perdonó el tono desenfadado del reportaje a esa mujer infiel, a pesar de que, como ya lo dije, era una práctica bastante común, incluso entre mis amistades. Si la entrevistada hubiera tenido un marido en silla de ruedas y amara a otro hombre, seguramente habría contado con la simpatía general, pero que lo hiciera por gusto y sin culpa era inaceptable. A la revista llegaron cientos de cartas indignadas, incluso una protesta formal del arzobispo de Santiago. Asustada, la directora me ordenó escribir un artículo sobre una mujer fiel, para apaciguar el clamor público, pero no encontré ninguna que tuviera algo interesante que decir al respecto.

Eran tiempos confusos para mi generación. Leíamos el Informe Kinsey, el Kamasutra y los libros de las feministas norteamericanas y europeas, pero vivíamos en un ambiente de remilgos, era difícil escapar a esa moralina hipócrita que nos aprisionaba. Mi vida tenía matices de esquizofrenia: en mi casa actuaba como una geisha, pero en público posaba de feminista desatada. Por un lado esperaba a mi marido con la aceituna de su martini entre los dientes y por otro aprovechaba la menor oportunidad que me ofreciera el trabajo de periodista para desafiar a la pacatería chilensis. Por ejemplo, una vez aparecí en la televisión disfrazada de corista, casi desnuda, con plumas de avestruz en el trasero y una esmeralda de vidrio pegada en el ombligo. Miguel lo tomó con humor, pero mis suegros no me hablaron durante cuatro meses. Desgraciadamente se salvó un vídeo de ese programa y de vez en cuando surge por allí, con riesgo de que lo vean mis nietos. Aquellas locuras me dieron mala reputación y provocaron chismes, decían que yo era «desprejuiciada», insulto grave en esa sociedad orgullosa de sus prejuicios, pero en realidad yo todavía era una esposa fiel y mi vida era un libro abierto que cualquiera podía examinar.

UN FLAUTISTA Y OTROS DESLICES

El golpe militar de 1973 en Chile puso fin a una larga tradición democrática y en 1975 emigré con mi familia, porque no podíamos ni queríamos vivir bajo la dictadura del general Pinochet. El apogeo de la liberación sexual nos sorprendió en Venezuela, país abierto y cálido, muy distinto al mío, donde la sensualidad se expresa sin subterfugios ni eufemismos. Las playas estaban pobladas de machos bigotudos con unos bañadores ínfimos, diseñados para resaltar lo que contenían. Las mujeres más hermosas del mundo, que ganaban todos los concursos internacionales de belleza, se paseaban buscando guerra al son de la música secreta de sus caderas. Allí me liberé finalmente, empecé a prestarle atención a mi cuerpo y descubrí que soy una criatura sensual. Tenía treinta y tres años.

No es el caso detenerme en los detalles de esa liberación, porque no hay nada extraordinario que contar. Basta con decir que aprendí algo que habría de servirme para el resto de la vida y para la literatura: el sexo sin conexión emocional, por acrobático que sea, me aburre; necesito humor, conversación, simpatía, algo que compartir más allá de las sábanas. Una vez leí por allí que la diferencia entre erotismo y pornografía es que en el primero se usa una pluma y en el segundo la gallina, pero para mí la diferencia es que la pornografía es copulación mecánica y el erotismo contiene sentimientos y una historia.

Es un hecho comprobado que en el exilio la mayor parte de las parejas se rompen, porque ya no cuentan con el andamiaje de la familia y la sociedad, que los sostenía en su tierra; así nos sucedió a Miguel y a mí. Él trabajaba en una provincia remota de Venezuela y yo me quedé en Caracas con los niños. Pronto nuestros caminos empezaron a divergir; un par de años más tarde se me cruzó por delante un flautista argentino, que iba rumbo a España, huyendo de otra dictadura, y abandoné todo por seguirlo, como las ratas de Hamelín. Durante un mes viví una pasión de novela en Madrid, que concluyó en un baño de lágrimas al comprender que fuera de la cama éramos incompatibles, tal como mi madre había pronosticado con sus cartas del tarot. Regresé con mi marido y mis hijos, decidida a olvidar al trovador, enmendar mis errores, trabajar, ahorrar, cambiar mis faldas gitanas por ropa seria y hacer feliz a Miguel, que me recibió de vuelta con el corazón abierto. Casi lo conseguí. Durante los nueve años siguientes ambos tratamos de salvar nuestra relación, pero era un cristal partido, muy difícil de reparar.

En la primera mitad de la década de los ochenta no se podía ver ninguna película, excepto las de Walt Disney, sin que aparecieran criaturas copulando. Hasta en los documentales científicos había mosquitos o pingüinos que lo hacían. La moral había cambiado tanto que fui con mi madre a ver una película japonesa, El imperio de los sentidos, en que una pareja muere por fornicación, y a mi vieja le pareció poética. Mi padrastro les prestaba Las mil y una noches a los nietos, porque resultaba de una ingenuidad conmovedora comparado con las revistas que vendían en los quioscos. Había que estudiar mucho para contestar las preguntas de los hijos —«mamá, ¿qué es bestialismo?»— y fingir naturalidad cuando los chiquillos inflaban condones y los colgaban como globos en las fiestas de cumpleaños.

Ordenando el dormitorio de mi hijo adolescente, Nicolás, encontré un libro forrado en papel marrón y, sin ser una experta, adiviné el contenido antes de abrirlo. Era uno de esos manuales sexuales que en el colegio se cambian por estampas de futbolistas. Al ver las ilustraciones de amantes desnudos frotándose mutuamente con mousse de salmón, comprendí cuán atrasada estaba. ¡Tantos años cocinando sin conocer los múltiples usos del salmón! ¿En qué limbo había estado durante ese tiempo? Ni siquiera contaba con un espejo o un trapecio en el techo del dormitorio. Miguel y yo decidimos actualizarnos, pero al cabo de algunas contorsiones muy peligrosas, como comprobamos más tarde en las radiografías de columna, amanecimos echándonos linimento en las articulaciones, en vez de mousse en el punto G.

Cuando mi hija Paula terminó el colegio y entró a estudiar psicología con especialización en sexualidad humana, le advertí que era una imprudencia, porque su vocación no sería bien comprendida; no estábamos en Suecia, sino en Latinoamérica, pero ella insistió. Paula tenía un novio siciliano y planeaban casarse y engendrar media docena de hijos, una vez que ella aprendiera a cocinar pasta. Físicamente, mi hija engañaba a cualquiera, parecía una virgen de Murillo: grácil, dulce, de pelo largo y ojos lánguidos, nadie podía imaginar que fuera experta en orgasmos. En esa época hice un viaje a Holanda y Paula me encargó ciertos materiales de estudio que necesitaba para sus clases. Me tocó ir, lista en mano, a una tienda de Ámsterdam y adquirir vídeos y libros explícitos, unos plátanos de goma rosada activados con pilas y condones con la cabeza de Mickey Mouse. Eso no fue lo más bochornoso. Peor fue cuando en la aduana de Caracas me abrieron el equipaje y debí explicar que nada de aquello era para mí, sino para mi hija. Paula circulaba por todas partes con una maleta de juguetes eróticos y, como yo se lo había profetizado, el joven siciliano perdió la paciencia y declaró que no estaba dispuesto a soportar que su novia anduviera midiéndole el pene a hombres que ni siquiera eran miembros de la familia. Puesta a escoger entre casarse o graduarse, Paula prefirió lo segundo y el novio se perdió de vista en el horizonte. Mientras duraron los cursos de sexualidad de mi hija, en casa vimos películas con todas las combinaciones posibles: mujer con perro, parapléjico con gorda, china con equipo de fútbol, etc. Venían a tomar el té transexuales, pederastas, necrofílicos, onanistas y, mientras la virgen de Murillo ofrecía pastelitos, yo aprendía cómo los cirujanos convierten a una mujer en hombre mediante un trozo de tripa.

UNA PAREJA DE VIEJOS PÍCAROS

 

En 1987 yo tenía cuarenta y cinco años, había publicado tres novelas y mis hijos ya no me necesitaban. Entonces terminó oficialmente mi matrimonio. Nicolás se había quitado los mechones verdes de la cabeza y las catorce argollas de las orejas y estaba en la universidad; Paula había reemplazado la sexología, que resultó poco rentable, por una maestría en educación cognoscitiva y había aprendido a cocinar pasta con la idea de conseguir otro novio. Ese año lo encontró, pronto se casaron y alcanzaron a ser felices por un tiempo breve, hasta que vino la muerte y se la llevó. Pero ésa es otra historia.

Mi divorcio de Miguel se llevó a cabo en Caracas, con los buenos modales que caracterizaron nuestra relación de casi tres décadas, y quedamos amigos, porque si bien el enamoramiento se había disipado, el cariño seguía intacto. Al cabo de un mes Miguel conoció a Marta, la mujer ideal para él, y regresaron a Chile, mientras yo me encontré sin pareja por primera vez en mi vida. Libre de ataduras, me dispuse a pasarlo bien, con la esperanza de que a mi edad todavía pudiera seducir a algunos varones distraídos. La libertad me duró exactamente cuatro meses y veinte días. Andaba presentando libros por el norte de California cuando conocí a Willie, un abogado americano que había leído mi segunda novela, De amor y de sombra, y había quedado enganchado con la escena de amor entre Irene y Francisco. «Esta autora entiende el amor como yo», le comentó a una amiga, y por eso fue a conocerme en la librería donde me tocó hablar.

Si le preguntan, Willie dirá que ése fue el encuentro de dos almas que ya se habían amado en otras vidas, pero para mí fue un golpe de lujuria. Ese hombre me pareció muy exótico: blanco como harina, con ojos azules de irlandés y hablando español como un bandido mexicano. Como este episodio de mi vida ya lo he contado mil veces, voy a resumir. Digamos que me introduje en su vida sin invitación y desde entonces estamos juntos. Al cabo de un par de semanas comprobé que además de la lujuria inicial estaba enamorada. Es fácil enamorarse de Willie, aunque es la antítesis del amante latino clásico: no me susurra halagos al oído, no baila apretado y me trata como a un compinche. Eso sí, tiene la virtud de ser monógamo y, dadas las condiciones adecuadas, yo también p