Prefacio

La pequeñez siempre ha sido un atributo poco apreciado. Constantemente se nos pide que pensemos a lo grande, nunca al revés. Sin embargo, en estos momentos lo pequeño se halla en un punto donde convergen la química, la física y la biología, una intersección que recibe el nombre de nanotecnología. Esta disciplina está transformando el mundo de la investigación y el desarrollo científico y va a tener un enorme impacto en la medicina. A pesar de haber emergido a finales del siglo pasado, la nanotecnología ya mueve miles de millones de dólares, y sus aplicaciones comerciales van apareciendo cada vez en mayor número.

En el mundo de la nanotecnología, lo pequeño es pequeño de verdad. La unidad básica de medida es el nanómetro, que equivale a una mil millonésima parte de un metro, es decir, si una canica representara un nanómetro, el globo terrestre sería un metro. El diámetro de un átomo de hidrógeno mide la décima parte de un nanómetro, una molécula de ADN tiene dos o tres nanómetros de grosor. Entre los organismos vivos, el tamaño de los virus oscila entre los veinte y los cuatrocientos nanómetros; en cambio, las bacterias son más grandes: la salmonela, causante de la fiebre tifoidea y del noventa por ciento de los casos de envenenamiento alimentario del mundo, tiene unos dos mil quinientos nanómetros de longitud y unos quinientos de anchura, además de un flagelo a modo de cola de otros quinientos de largo. Las células que componen el cuerpo humano son aún más grandes. Por ejemplo: los discos que forman los glóbulos rojos de la sangre tienen un diámetro de unos siete mil nanómetros. Y los de los glóbulos blancos superan los diez mil.

Este mundo ultramicroscópico está más gobernado por la mecánica cuántica que por las leyes de la macroquímica y la física, de tal manera que las uniones, las fuerzas y los campos predominan sobre la masa, la gravedad y la inercia. Por si fuera poco, el poder de dichas uniones, fuerzas y campos resulta extraordinario y representa la energía potencial encerrada en los cataclismos de los miles de millones de explosiones de supernovas que se han producido a lo largo de la creación del universo.

Dentro del microcosmos de las construcciones de átomos y moléculas individuales de tamaño nano, los fenómenos de superficie adquieren una especial importancia porque la proporción de esta con respecto al volumen aumenta de modo espectacular, de manera que expone sus campos de electrones cargados negativamente y, en consecuencia, sus características. Así, en el mundo nano el oro no es ni de color dorado ni inerte. Más importante para la nanotecnología es el carbono, el pilar fundamental de la vida, ya conocido por su versatilidad para formar tanto diamantes como grafito. Recientemente, en los dominios de la nanotecnología se ha descubierto que los átomos de carbono sometidos a condiciones tan violentas como las que reinan en el interior de las estrellas denominadas gigantes rojas forman asombrosas estructuras de tamaño nano. Esas estructuras, llamadas «fulerenos», incluyen esferas geodésicas de sesenta átomos de carbono de un nanómetro de diámetro y, lo que es más importante para la nanotecnología, nanotubos de distintas estructuras y longitudes con diámetros de 1,3 nanómetros. Esas asombrosas formaciones tienen características físicas únicas (resistencia, ligereza, estabilidad y conductividad sorprendentes) y su importancia aumentará a medida que la nanotecnología avance.

Esta ciencia abre todo un mundo de posibilidades, pero también de peligros potenciales. Ni siquiera los expertos conocen a fondo los efectos que las nanopartículas tienen en el medio ambiente y en la salud. Por ejemplo, se ha comprobado que las concreciones de nanotubos de carbono (algo que estos tienen tendencia a formar) se parecen a la estructura microscópica del amianto, con sus conocidas tendencias carcinógenas. Se sabe que las nanopartículas pueden penetrar en el cuerpo humano e incluso en el cerebro. Lo que se desconoce por completo son los daños que pueden causar.

El segundo peligro de la nanotecnología está basado en su rápido éxito comercial. Nadie, literalmente, supervisa el multimillonario caos de su investigación y desarrollo. A diferencia de lo que ocurrió con los estudios sobre la recombinación del ADN, no existe el menor control en lo que se refiere al potencial impacto negativo de las nanopartículas. La investigación nanotecnológica se lleva a cabo en miles de laboratorios privados que se empeñan en ser los primeros en conseguir patentes valiosas en un campo muy competitivo, donde el secretismo es la norma y los riesgos se minimizan o ignoran.

Prólogo

Circuito del lago Carter, Boulder, Colorado

Domingo, 21 de abril de 2013, 8.28 h

El ciclista decidió dar un paseo tranquilo. Reanudaría la verdadera preparación el martes, cuando se hubiera sometido a más pruebas médicas. Los entrenadores le habían dicho que podía utilizar la bicicleta para combatir el agarrotamiento muscular que había acumulado el día anterior, pero habían insistido en que no se esforzara demasiado. También se habían asegurado de que llevase los habituales sensores para controlar el ritmo cardíaco, la respiración y la presión parcial del oxígeno, así como el dispositivo GPS para poder monitorizarlo adecuadamente.

La ruta que le habían asignado iba por el norte de Boulder hasta el lago Carter y regresaba. Eran un total de más de ciento veinte kilómetros, pero con muy pocos desniveles. Si tanto él como los demás pretendían competir al nivel deseado, tendrían que ser capaces de pedalear esa distancia sobre terreno llano sin tan siquiera sudar.

Al cabo de unos kilómetros, el ciclista empezó a sentirse aburrido e inquieto. Sabía que debía tomárselo con calma, pero se sentía muy bien. Era como si volara sobre el asfalto. Tenía las piernas más fuertes que nunca, y no solo no jadeaba, sino que además respiraba con la misma facilidad que si estuviera paseando por el parque. Era un precioso día de primavera y agradecía el calor del sol en la espalda. A pesar de las advertencias, estaba listo para aumentar el ritmo. ¿Por qué no aprovechar lo bien que se encontraba? Quizá lo castigaran de alguna manera, pero estaba seguro de que no cumplirían ninguna de las amenazas contra su familia. Aquel tipo de sanciones las reservaban para los que intentaban escapar, no para los que simplemente se esforzaban demasiado durante un entrenamiento. Es más, se le pasó por la cabeza que tal vez incluso lo recompensaran por la evidente mejora de su estado físico.

«¿Qué demonios podría pasarme?», pensó el hombre, y empezó a pedalear con fuerza, inclinado sobre el manillar para reducir la resistencia del aire. Solo llevaba un año dedicándose a la bicicleta, pero dudaba que existiera alguien que fuese mejor que él. ¿Acaso su país no se disponía a demostrar al mundo entero que podían competir a nivel internacional en todos los deportes basados en la resistencia?

En la ruta solo había una cuesta de cierto nivel, y el ciclista la atacó con fuerza y con la respiración contenida al principio. No aminoró la marcha en absoluto, ascendió por la carretera adoquinada como si fuera plana y no tuviese una pendiente del seis por ciento. Había comenzado a correr de verdad, a volar entusiasmado, cuando, de repente, a mitad del ascenso, notó una punzada en el pecho y otra en la parte superior izquierda del abdomen. Se llevó una mano a la garganta y sintió que se le contraía la tráquea. Intentó frenar, pero perdió el control. La bicicleta se desvió hacia la derecha, impactó contra el bordillo e hizo que el hombre saliera volando por los aires. Cayó por el talud de hierba y gravilla que bordeaba la cuneta y dio varias vueltas antes de detenerse. Tenía arañazos en brazos y piernas, y varios cortes, pero aquello carecía de importancia porque era incapaz de recuperar el aliento por más que lo intentara. Era como si hubiese exhalado todo el aire de los pulmones y no pudiera volver a llenarlos. Además, estaba sudando mucho, el corazón le latía a un ritmo frenético y el dolor no remitía. Se hallaba al borde de la inconsciencia, incapaz de levantarse o de moverse siquiera.

No tenía ni idea de cuánto tiempo llevaba allí tendido, aparentemente inmóvil pero fuera de control por dentro, como un reactor nuclear desbocado. Al cabo de un rato, tal vez diez o treinta minutos, se dio cuenta de que había varias figuras de pie a su alrededor. Tres o cuatro personas hablaban entre ellas. Alguien le agarró la muñeca. Se percató de que eran compatriotas suyos. Estaba en Estados Unidos, pero los que lo rodeaban eran chinos, igual que él. Formaban parte del equipo. Notó que lo sacaban de la cuneta y lo tumbaban sobre una superficie dura. Luego percibió otro tipo de movimiento. La última sensación que registró antes de perder la conciencia fue la de que lo trasladaban en un vehículo, seguramente de vuelta a la base.

El técnico de la furgoneta apagó el GPS. Había funcionado. El rastreador combinado con el sensor de constantes vitales había hecho saltar la alarma. El equipo había sabido en el acto que el número 5 estaba en apuros y dónde se encontraba. Les había resultado fácil localizarlo fuera de la carretera, y por suerte nadie lo había visto caer ni se había detenido a ayudarlo. Había aterrizado en un pequeño terraplén que quedaba fuera de la vista de los transeúntes. El médico al mando respiró aliviado.

En aquellos momentos, el sujeto mostraba una serie de síntomas de lo más infrecuentes, pero nada que no hubieran visto ya antes. El GPS indicaba que la velocidad a la que iba era muy superior a la que correspondía a aquella fase del ciclo de entrenamiento. Daba la sensación de que lo estuvieran perdiendo, pero el doctor sabía que aquel mismo día estaba programada la entrega de una nueva remesa de sujetos. En cualquier caso, era una lástima; aquel prometía, ya que había sido atleta antes de tener problemas con la ley.

Llegaron a su destino en menos de veinte minutos. La furgoneta dio marcha atrás y se internó en una plataforma de descarga donde esperaba otro equipo médico. Trasladaron al ciclista a una habitación sin ventanas equipada con aparatos médicos para emergencias. Mientras yacía inconsciente sobre la camilla, un ayudante le cortó la ropa y otro acercó lo que parecía una máquina de diálisis. Una vez conectado, el monitor del electroencefalograma mostró que no había función cerebral. Pero aquello era secundario. Lo prioritario era asegurarse de que el corazón seguía latiendo para que pudieran reciclar la sangre y averiguar qué había salido mal, aunque ya tuvieran una idea bastante clara.

Media hora después, el ciclista estaba clínicamente muerto, pero un sistema mecánico seguía manteniendo su corazón, sus pulmones y sus funciones vitales activos. Con casi toda probabilidad su cuerpo sería conservado en ese estado junto a los demás durante el tiempo que continuara siéndoles útil. Su sangre circulaba por un sistema que la centrifugaba en muestras de cien centímetros cúbicos, y que separaba los aditivos de los componentes habituales antes de reintroducir las células y el plasma en el sistema circulatorio mantenido artificialmente.

Un equipo quirúrgico entró en la habitación. Sus miembros iban vestidos y enguantados como para realizar una operación de rutina. La diferencia estribaba en que ninguno de ellos parecía preocupado por las condiciones de esterilidad y por que su desinfección hubiera sido somera, en el mejor de los casos. Sin la menor ceremonia le extirparon el bazo al ciclista muerto y le tomaron una muestra de tejido pulmonar. Uno de los científicos de mayor rango de la plantilla seccionó tanto el bazo como la muestra del pulmón y los examinó en la misma habitación. Al mirar por el potente microscopio vio lo que sabía que iba a encontrar: una profusión de esferas microscópicas de color azul zafiro bloqueando los capilares. El científico miró el reloj. Sabía que el jefe estaba fuera del país, pero debía informarle de aquello cuanto antes.

1

Boulder, Colorado

Domingo, 21 de abril de 2013, 11.53 h

La mujer está desesperada y se encuentra indefensa. Un individuo corpulento está sentado sobre su pecho y la mantiene inmovilizada mientras mira hacia el otro extremo de la habitación alargada. El hombre le impide ver más allá, pero ella sabe que lo que está ocurriendo, sea lo que sea, es malo. Intuye que alguien a quien conoce y quiere está a punto de morir. Intenta forcejear y levanta la mirada hacia su verdugo. Se trata de un tipo al que conoció en uno de los hogares de acogida en los que creció, alguien que se acercó demasiado a ella. Aparta la vista un momento y luego vuelve a mirarlo. Se ha convertido en otra persona, en su tío, el peor de los individuos que se hayan cruzado en su vida. Y sostiene la cámara de vídeo que ella ha llegado a odiar.

El tío al que tanto desprecia le dice algo en albanés a un colega que está en algún punto de la estancia. Es un idioma que ella reconoce pero que ya no entiende. La expresión del hombre, con su cruel sonrisa, es la de un depredador. Y ella es su presa. Mientras disfruta del terror de su víctima, vuelve a hablar, pero esta vez en una lengua que sí entiende. «¡Hazlo! —le gruñe a su compatriota—. ¡Dispárale!» La mujer levanta y ladea la cabeza de una forma antinatural para poder ver lo que sucede. Hay un hombre encapuchado y atado a una silla con cinta americana. Se agita frenéticamente tratando de liberar un brazo o una pierna, igual que un insecto atrapado en una telaraña. El otro individuo tiene una pistola. Da vueltas alrededor de la silla gritando en albanés, amenazando con el arma a su víctima, jugando con ella como haría un gato con un ratón acorralado. Luego alarga la mano libre, le quita la capucha al otro y mira a su compañero. La mujer reconoce al hombre maniatado. Es un antiguo compañero de la facultad de medicina llamado Will. Y ahora que puede ver al pistolero, también lo reconoce. Es su padre. Él la mira y se vuelve hacia Will. Entonces, mientras ella grita «¡No!» con todas sus fuerzas, él le pega un tiro en la cabeza al prisionero.

Tan rápidamente como había aparecido, la presión que sentía en el pecho se desvaneció cuando el pesado libro de texto de inmunología molecular que había estado leyendo cayó al suelo con un golpe sordo. La mujer se incorporó en el sofá, desorientada durante un momento. Sudaba y temblaba a causa de la frialdad de la sala de estar de su apartamento. Entonces tomó conciencia de un ruido poco habitual. No se trataba de gritos ni de disparos, sino de un zumbido penetrante. Era el timbre de la puerta, que probablemente no hubiera sonado más de dos veces a lo largo de los dieciocho meses que llevaba viviendo allí.

Todavía confundida, se levantó y caminó con paso inseguro hasta la estrecha entrada del piso. ¿Quién demonios sería el que llamaba? Atisbó por la mirilla, reconoció al visitante y se apoyó de espaldas contra la puerta, de nuevo perpleja. El ronco zumbido del timbre retumbaba en el apartamento casi vacío y parecía más atronador de lo que en realidad era; pero, a medida que iba recobrándose de la angustia y la tensión provocadas por la pesadilla, le resultaba menos insoportable. Se armó de valor y respiró hondo cuando oyó que el visitante dejaba el timbre y llamaba tres veces con los nudillos. Siempre fue muy persistente. Suspiró, se dio la vuelta, descorrió los dos cerrojos y abrió.

—¡Pia, qué bien que estés en casa! —exclamó George Wilson—. ¿Cómo estás?

El joven curvó los labios en una sonrisa incierta mientras intentaba mirarla a los ojos y calibrar su reacción ante tan inesperada aparición. Luego bajó la vista, recorrió con la mirada el cuerpo casi desnudo de la mujer y sonrió más abiertamente. Al menos contemplarla resultaba reconfortante. En su opinión, Pia Grazdani seguía siendo fascinante. En la mano llevaba un ramo de rosas que había conocido mejores tiempos.

—¿Qué demonios haces aquí, George? —preguntó ella subrayando cada palabra y sin molestarse en ocultar su intensa irritación. Tenía las manos en las caderas, el mentón alzado y los labios fruncidos. Solo cuando siguió la mirada de George se percató de que únicamente llevaba puestos un sujetador de deporte y unas bragas y de que estaba asomada a la entrada del complejo de apartamentos, donde jugaban algunos de los hijos de los vecinos. A sus pies se iniciaba un reguero de prendas deportivas que llegaba hasta el sofá sobre el que se había quedado dormida: zapatillas, calcetines tobilleros, un suéter blanco, una camiseta y unos pantalones cortos para correr, así como una mochila pequeña. Un iPod con sus auriculares descansaba sobre la mesita auxiliar.

—Será mejor que pases —dijo con mal disimulada resignación, y dio un paso atrás hacia el salón austero pero elegantemente amueblado—. ¿Para qué son las flores? —preguntó con un tono que reflejaba su exasperación.

—¿Para qué crees tú que pueden ser? Es 21 de abril, tu cumpleaños. ¡Felicidades, Pia!

George sonrió, se encogió de hombros con un gesto defensivo y cerró la puerta tras él; luego puso de pie su maleta con ruedas y plegó el mango telescópico.

—¿Ah, sí? —repuso Pia sin más—. ¿Es hoy?

Era consciente de qué fecha era, pero no se había molestado en establecer el nexo con su cumpleaños. Dio media vuelta y fue recogiendo la ropa de deporte a medida que se internaba en el salón.

George contempló la suave curva del trasero de Pia y comprobó que en carne y hueso tenía una figura tan espectacular como la que había recreado en su imaginación durante los muchos meses que llevaba sin verla. La observó cubrirse rápidamente con las prendas que había rescatado del suelo. Después se dejó caer en el sofá, se abrazó las rodillas y apoyó los pies en el borde de la mesa, y se quedó mirándolo. Aquello le dejó dolorosamente claro que su inesperada visita no la complacía en absoluto. George recorrió el apartamento con la mirada. Tenía un tamaño generoso, aunque apenas estaba decorado. Los muebles eran nuevos pero anodinos. La impresión que le dio fue la de que allí no vivía nadie. No vio objetos personales ni fotos, solo una pila de libros de texto de medicina sobre la mesa del comedor, por lo demás vacía.

—Bonito sitio —comentó, deseoso de mostrarse positivo.

Se sentía nervioso pero decidido. Después de meses enviándole mensajes de voz y de texto no correspondidos e incontables y suplicantes correos electrónicos que apenas habían merecido respuesta, había tomado la determinación de ir a verla con la excusa de que era su cumpleaños.

Desde la última vez que se vieron, dos años antes en Nueva York, George había intentado dar un giro a su vida e incluso había salido con un par de mujeres atractivas del UCLA Medical Center, donde trabajaba como residente de segundo año en radiología. Creía que se había vuelto más fuerte, pero al verse en compañía de Pia comprendió que no estaba menos enamorado de ella que antes, si es que se trataba de amor. Amor sonaba mejor que obsesión. La atracción que sentía hacia ella se había convertido en parte de su vida, y lo más probable era que siguiera siéndolo. Así de sencillo. Era como una adicción. En realidad George no acababa de comprender del todo su propio comportamiento, así que se limitaba a aceptarlo.

Se acercó al sofá intentando establecer contacto visual, pero, como de costumbre, Pia desvió la mirada. Aun así, no se lo tomó a mal. A lo largo de los cuatro años que habían pasado en la facultad se había acostumbrado a la aparente incapacidad de la joven para mirar a los ojos. Había leído mucho acerca del trastorno de estrés postraumático y del trastorno reactivo de vinculación desde que Pia y él se graduaron y emprendieron caminos diferentes. Al principio de su relación, y por sugerencia de Pia, George se puso en contacto con la antigua asistente social de la chica, Sheila Brown, que le dio a entender sin decírselo abiertamente que su amiga padecía esos trastornos. Para George, saber equivalía a poder, y el médico que llevaba dentro deseaba apoyar a Pia y curarla. Al menos eso se decía a sí mismo. Aquella información había sido una gran fuente de ayuda para él, pues durante aquellos años le había permitido enfocar desde un punto de vista médico la incapacidad de Pia para corresponder a su pasión. Gracias a ello logró superar lo que otros habrían considerado un fracaso o incluso un golpe devastador para su autoestima.

Alargó la mano hacia la mesita auxiliar y le tendió las flores. Pia suspiró y dejó caer los hombros, así que a George se le encogió el corazón. La verdad era que albergaba la esperanza de que lo recibiera con más efusividad.

—Feliz cumpleaños —murmuró.

—George, ya sabes que mi cumpleaños me da igual —le espetó Pia sin dejar de abrazarse las rodillas—. Además, es el ramo más patético que he visto en mucho tiempo. —Su tono había perdido parte de la anterior aspereza.

George contempló las flores. Pia tenía razón. Los pétalos estaban marchitos. Se rió de las rosas y de sí mismo.

—Es que han hecho un largo viaje. Las compré sin pensarlo en el aeropuerto de Los Ángeles. Luego, en el vuelo nocturno a Denver, me tocó sentarme entre dos tipos que debían de pesar ciento ochenta kilos cada uno y las llevé en la mano todo el tiempo porque no quería dejarlas en el compartimento de encima del asiento. Por último, tuve que hacer de pie un trayecto de noventa minutos en autobús antes de poder coger un taxi y llegar hasta aquí.

—¿Cómo es que no se te ocurrió comentármelo primero? —preguntó Pia, que sacudía la cabeza con incredulidad al pensar que George había volado desde Los Ángeles obedeciendo a un impulso, confiando en que ella se mostrara receptiva. Era algo que a la propia Pia no se le habría ocurrido ni en un millón de años.

—No podía comentártelo porque hace tiempo que no me contestas ni llamadas, ni correos ni mensajes. Por lo que sabía de ti, podrían haberte secuestrado otra vez.

—No nos pongamos melodramáticos —contestó Pia al tiempo que un escalofrío le recorría la espalda.

El comentario de George le había hecho dar un respingo, como si la hubieran abofeteado. Desde que la secuestraron en Nueva York, después de una serie de trágicos acontecimientos, había intentado borrar la experiencia por completo de su mente pero aún seguía acosándola. Al menos así lo demostraba la pesadilla de la que George acababa de rescatarla.

—Está bien —añadió con otro suspiro prolongado, igual que el de un globo que se deshincha—. Supongo que tienes razón. He estado desconectada, pero no ha sido a propósito. No es que no quisiera saber nada de ti en concreto, sino que he estado muy ocupada. La verdad es que llevo una temporada pasando de todo y de todos.

Pia iba poniendo orden en sus pensamientos a medida que la sorpresa de ver a George y la angustia de la pesadilla remitían.

—Mira —añadió—, no quisiera parecer grosera, pero he tenido una noche muy dura. He trabajado hasta las seis de la mañana y luego, en lugar de volver a casa y meterme en la cama, me he ido a correr y después he intentado leer. Lo siento, pero no creo que sea buena compañía.

Suspiró de nuevo. Empezaba a hacerse a la idea de que no iba a tener más remedio que enfrentarse a George.

Cuanto más se despejaba su mente, más claro veía que, probablemente, fuese por su culpa por lo que George estaba allí, y no solo porque hubiera hecho caso omiso de sus insistentes esfuerzos por reanudar el contacto. En realidad el problema derivaba de lo que ella le había dicho dos años antes en una habitación de hospital de Nueva York, tras los sucesos que habían rodeado su secuestro. Sabía que le había dado esperanzas al hablarle de amor, al decirle que no conocía lo que significaba aquella palabra, que deseaba cambiar y parecerse más a él, que la quería y se lo demostraba con una generosidad inquebrantable a pesar de las escasas recompensas que recibía a cambio.

Aquel día George y Pia hablaron en presencia de su compañero de estudios Will McKinley, que yacía en una cama de hospital, rodeado de monitores y entubado por todas partes. Los secuestradores de Pia —los hombres que habían intentado que primero ella y después George dejaran de investigar el fallecimiento de Tobias Rothman, el mentor de la joven, una muerte que finalmente ella había logrado demostrar que fue un asesinato— le habían disparado en la cabeza, al igual que en su pesadilla, y lo habían dado por muerto. Pia sintió otro escalofrío. Cada vez que pensaba en el espantoso suceso y en el disparo que había recibido Will, dudaba que consiguiera superarlo en algún momento de su vida.

—¿Sabes algo de Will? —preguntó confiando en que George tuviera alguna buena noticia, puesto que suponía que él tenía más contacto con sus antiguos compañeros de estudios que ella.

—Lo último que supe, y de eso hace ya unas cuantas semanas, fue que seguía más o menos igual. Ni los antibióticos ni las múltiples limpiezas del tejido han podido acabar con la infección.

Pia asintió. No era nada que no supiera. La persistente osteomielitis que afectaba la zona donde la bala le había perforado el cráneo a Will parecía inmune a cualquier antibiótico. Claro que lo sabía: los problemas de salud de Will eran en buena parte la razón de que ella estuviera en Boulder, Colorado.

—Pondré las flores en agua. A lo mejor reviven —dijo George, deseoso de tener algo que hacer.

Se encaminó hacia la pequeña cocina contigua al salón y buscó un recipiente adecuado. Al igual que el resto del apartamento, apenas parecía habitada. La nevera estaba vacía salvo por unas cuantas bebidas energéticas y un par de sándwiches envasados. Cogió uno y vio que la fecha de caducidad había pasado hacía más de tres semanas.

—¿Qué tal si salimos a comer algo? —propuso George, que no había comido nada desde el día anterior y estaba famélico. No recibió respuesta, de modo que siguió registrando los armarios en busca de un jarrón o algo parecido. Encontró vasos para agua, pero eran demasiado pequeños. Al final metió los tallos en el fregadero y los contempló con languidez. No se sentía mucho mejor que ellos.

—Escucha, George, lamento no haber respondido a tus mensajes estos últimos dos meses. —Pia se había levantado del sofá y estaba apoyada contra el marco de la puerta de la cocina.

A él le dieron ganas de contestarle que hacía mucho más de dos meses que no tenía noticias de ella, pero se mordió la lengua. Buscó sus ojos, pero Pia le esquivó, como de costumbre. George se preguntó si de verdad habría intentado cambiar, tal como había prometido en la habitación de hospital de Will. ¿Sería capaz de hablar con el corazón algún día o mantendría eternamente aquel muro que los separaba, temerosa de que él la traicionara? Sabía lo que le impedía abrirse. La infancia de Pia en diversos hogares de acogida desde los seis hasta los dieciocho años había sido una sucesión de abusos sexuales y traiciones que habían acabado con su capacidad de amar. Había logrado sobrevivir refugiándose en sí misma y desconfiando de todo el mundo.

—Sé lo que dije cuando estábamos en el hospital con Will —continuó Pia—. He intentado cambiar, estar más abierta al amor, pero creo que no soy capaz de conseguirlo.

Al igual que otras tantas veces, George se preguntó si aquella mujer le leería el pensamiento. En cualquier caso, le resultaba esperanzador que pareciera sinceramente apenada. Si estaba en lo cierto, se lo tomaría como una especie de avance. Aquello no iba a unirlos, pero al menos representaba un paso en la buena dirección.

—El hecho de que mi padre reapareciera como lo hizo y me salvara la vida en el último momento… —prosiguió Pia—. No sé, supongo que debería haberle mostrado más gratitud, pero me resultó difícil. Después de abandonarme en un hogar de acogida creía que podía volver a mi vida sin más. Decía que quería que fuéramos una familia, como si eso fuera posible. Tenía que alejarme de Nueva York y de él, y tú no fuiste de gran ayuda.

George bajó la mirada. Recordaba el desagradable encuentro que había mantenido con el padre de Pia, Burim Graziani —originariamente Grazdani— sin consultárselo ni pedirle permiso a ella. En aquella época, Pia se negaba a hablar de su secuestro, con George y con todo el mundo. La policía lo había interrogado durante días. ¿Qué sabía acerca de la muerte del famoso doctor Tobias Rothman y de su ayudante, el doctor Yamamoto? ¿Qué había ocurrido en la calle cuando Pia fue secuestrada y Will McKinley resultó herido de bala, acontecimientos que él había presenciado? ¿Sabía dónde habían encerrado a Pia y cómo había logrado escapar ella? ¿Había oído hablar de Edmund Mathews y Russell Lefevre, dos banqueros cuyas muertes se creía que estaban relacionadas con la de Rothman? Lo cierto era que George sabía muy poco, y cuando Burim lo llamó para decirle que era el padre de Pia, que se había cambiado el apellido después de darla en adopción y que quería hablar con él, fue como si lo hubiese fulminado un rayo. Aunque no fue muy acertado, en ese momento pensó que podría resultar de ayuda.

Cuando se reunieron, a pesar de lo poco familiarizado que estaba con el lado oscuro de la vida, George comprendió que Burim Grazdani —lo de Graziani no acababa de asimilarlo— era un hombre muy peligroso. Salió de la cafetería donde había tenido lugar el encuentro sumamente alterado, pero aun así aceptó mediar entre padre e hija. Una vez más, el impulso de intentar ayudar fue más fuerte que él. Cuando Pia se enteró del encuentro montó en cólera y le gritó que se mantuviera alejado de su vida, que aquel hombre que decía ser su padre estaba muerto para ella. Fue una de las últimas veces que George la vio antes de que él se mudara a Los Ángeles y ella se marchara para disfrutar de una estancia supuestamente larga en alguna playa —viaje sobre el que nunca le había dicho ni una palabra a George— antes de trasladarse también a Los Ángeles.

—Comprendo que quisieras alejarte de Nueva York y puede que fuera lo mejor para ti —concedió George, a pesar de que lamentó que se marchara—. Comprendo tu repentina confusión respecto a tu carrera, que pospusieras la residencia en medicina interna y que quisieras doctorarte tras la muerte de Rothman. Todo eso lo entiendo. Pero ¿Boulder? ¿Por qué Boulder?

—Porque esto me encanta, George. Me gusta el aire, me gusta mi trabajo y me gustan las montañas. Me he convertido en una entusiasta de la vida sana. He empezado a correr, a montar en bicicleta de montaña e incluso a esquiar.

Pia siguió hablándole de Boulder y le explicó en qué consistía su trabajo en aquellos momentos, pero George dejó de escucharla. No le interesaba Boulder. Lo que realmente quería saber era por qué ella no había terminado en Los Ángeles, adonde había dicho que iría antes de que se pelearan por culpa de su padre. El hecho de que Pia le hubiera comentado que pensaba instalarse en aquella ciudad durante varios años para dedicarse a la investigación había sido la única razón que lo había llevado a rechazar la residencia en el Columbia Medical Center y a mudarse a Los Ángeles. Tal como habría podido predecir, la ciudad le resultaba muy poco atractiva sin ella. Pia seguía hablando:

—… y otra razón por la que me vine a Boulder fue la osteomielitis del cráneo de Will. Por si no te habías dado cuenta, me siento terriblemente culpable por su estado. De forma indirecta, yo fui la responsable. Ahora mi esperanza es que podamos aplicarle la nanotecnología en forma de un tratamiento antibacteriano basado en los microbívoros. En Nano los tenemos, y funcionan. Ahora mismo lo único que nos falta es el visto bueno de las autoridades sanitarias, que es a lo que nos vamos a dedicar tan pronto como finalicemos los estudios de seguridad preliminares. Llevo trabajando con esos microbívoros desde que llegué, y son fantásticos.

—¿Microbívoros, dices? Creo que vas a tener ilustrarme un poco.

—No me has escuchado, George. ¿No has oído lo que acabo de explicarte sobre a qué me he estado dedicando aquí durante los últimos dieciocho meses?

—Lo siento, creo que me he despistado un poco —reconoció él con una sonrisa dubitativa.

El ansiado reencuentro con Pia estaba poniendo a prueba sus ya de por sí deficientes habilidades diplomáticas.

—Se supone que no puedo hablar de lo que hacemos hasta que las patentes se hayan formalizado debidamente, así que no le he dicho una palabra a nadie. Confío en que te guardes para ti lo que voy a contarte.

—Por supuesto —le aseguró George, deseoso de animarla.

Que Pia lo considerara digno de confianza era un paso más hacia la intimidad que él tanto anhelaba.

—Va a ser un nuevo tipo de antisepsia —siguió diciendo Pia—. La época de combatir las bacterias con antibióticos está llegando a su fin. Es decir, las bacterias tardan menos en desarrollar resistencia a esos fármacos de lo que tardamos nosotros en hallar otros nuevos. Nuestra esperanza radica en que la nanotecnología médica acuda en nuestro rescate y nos proporcione remedios eficaces, especialmente para la sepsis. Más en concreto, estoy convencida de que será capaz de curar la osteomielitis de Will.

—¿Cómo puede ayudar la nanotecnología a Will?

—Acabo de decírtelo: mediante la utilización de unos nanorrobots microscópicos llamados, muy apropiadamente, microbívoros, con los que llevo trabajando casi dos años. Son mucho más pequeños que los glóbulos rojos y devoran bacterias y otros microorganismos cuando son introducidos en el torrente sanguíneo de un animal vivo. Incluso será posible programarlos para que localicen, engullan y digieran proteínas infecciosas como los priones o las proteínas tau, asociadas con la enfermedad de Alzheimer, contra las que los antibióticos tradicionales son inútiles.

—Lamento tener que reconocerlo, pero mis conocimientos de nanomedicina son escasos. Conozco sus aportaciones a las cremas solares, pero poco más.

—Bueno, pues tendrás que ponerte al día o te quedarás atrás. La nanotecnología médica es el futuro. Va a revolucionar la medicina por completo, al menos tanto como la técnica de regeneración de las células madre. Dentro de cinco o diez años, el ejercicio de la medicina será completamente distinto gracias a ambas.

—Eso de los microbívoros corriendo por el interior del cuerpo humano mientras devoran bacterias me recuerda a aquella vieja película de ciencia ficción, El viaje alucinante.

—Puede ser. No la he visto. Pero esto no es ciencia ficción.

—¿Y dices que son más pequeños que los glóbulos rojos?

—Desde luego. Los microbívoros con los que trabajo son ovoides, con un eje alargado de unos tres micrómetros de longitud, unas seis veces más pequeño que el grosor de un cabello humano.

—Te lo repito: suena a ciencia ficción.

—Pues son muy reales. Trabajo con ellos a diario.

—Bueno, ¿y qué me dices de Los Ángeles?

Pia ladeó la cabeza y miró a George con aire interrogador.

—¿Qué quieres decir con eso de Los Ángeles?

Para ella el comentario de George carecía de sentido.

—Pues que creía que ibas a instalarte allí para dedicarte a la investigación. Nunca mencionaste Boulder…

—Bueno, durante un breve período de tiempo pensé en mudarme allí. Había localizado una empresa dedicada a la nanotecnología que estaba interesada en los microbívoros, pero su programa no ha superado aún la fase de diseño. Solicité un puesto de investigadora, pero entonces un cazatalentos que trabajaba para una empresa de aquí contactó conmigo. El laboratorio se llama Nano, y va muy por delante de sus competidores en lo que a fabricación molecular se refiere.

—Me temo que he vuelto a perderme. ¿Qué demonios es la fabricación molecular?

—Básicamente se trata de la fabricación átomo a átomo, molécula a molécula, de artefactos de tamaño nano. Esa es la clave para crear los nanorrobots. Cuando el cazatalentos me dijo que la empresa ya había logrado fabricar unos cuantos prototipos de microbívoros y que había empezado a probarlos con animales vivos lo tuve claro. Tendrías que ver las imágenes que tenemos de esas cosas vistas a través del microscopio de barrido electrónico. ¡Te quedarías de piedra! De verdad, ¡son increíbles!

—Está bien, ¡preparado para que me deslumbres! —contestó mirando a Pia, que mantuvo el contacto visual más tiempo del habitual.

Sabía que la formidable mente de la joven estaba funcionando a toda velocidad y, como solía ocurrir, le preocupaba que pudiera leerle el pensamiento y descubrir lo poco que sabía sobre el tema que tanto la apasionaba. En ese caso, los progresos que parecían estar haciendo en cuanto a la reconexión a nivel personal se esfumarían.

—Supongo que voy a tener que aprender un montón sobre nanotecnología…

—Espera un momento, George —lo interrumpió Pia—. ¿No te mudarías a Los Ángeles solamente porque yo…?

—No, claro que no —contestó él.

Estaba deseando cambiar de conversación. Lo cierto era que se había ido a vivir a Los Ángeles por ella, pero no estaba dispuesto a reconocerlo. Sabía que Pia detestaba que se mostrase débil y desesperado.

—Ese trabajo con los microbívoros tiene que ser fascinante —añadió con timidez—. ¿Crees que podrías mostrarme lo que haces? Me encantaría verlo.

Pia seguía escudriñándolo con una intensidad que lo obligó a apartar la mirada.

—Me muero de hambre —comentó George, que necesitaba decir algo—. ¿Qué te parece si salimos a comer? —propuso frotándose las manos—. Seguro que tú también estás hambrienta.

Pia miró la maleta con ruedas de George y después a él.

—¿Dónde pensabas alojarte?

—Bueno, la verdad es que confiaba en que… —Dejó la frase en el aire y esbozó su mejor aunque poco sincera sonrisa. Era un truco que le había funcionado con otras mujeres, pero algo le decía que con ella no iba a dar resultado.

Pia cerró los ojos un momento y sacudió la cabeza de manera casi imperceptible.

—¿Cuánto tiempo piensas quedarte en Boulder?

—No mucho —repuso George esperanzado—. Solo tengo un par de días libres. Le dije a mi jefe que tenía una emergencia familiar, así que el martes debo estar de vuelta. Tenía pensado convencerte para que fueses tú a visitarme a mí a Los Ángeles.

—De acuerdo. Ya hablaremos de eso. ¿Comer algo, dices? Está bien, pero tendremos que darnos prisa. ¿Qué tal si después vamos a mi laboratorio? Así podré enseñarte parte de lo que estoy haciendo. La verdad es que tengo en marcha dos experimentos que debería supervisar en breve.

—Me parece estupendo —repuso George.

Se alegró. Tuvo la impresión de que habían progresado algo.

2

A bordo de un Gulfstream G550 sobre el Pacífico occidental,
de camino al Aeropuerto Municipal de Boulder

Domingo, 21 de abril de 2013

Zachary Berman nunca era tan feliz como cuando volaba, y especialmente cuando lo hacía como en aquel momento, a bordo del Gulfstream propiedad de Nano, S. L., empresa de la cual era accionista mayoritario, presidente y consejero delegado. Le encantaba la sensación de hallarse suspendido en el aire a quince mil metros de altura sobre el vasto océano Pacífico mientras el aparato se dirigía a toda velocidad hacia el continente norteamericano. Por muy caótica y estresante que fuera su vida en tierra, allí arriba se sentía lejos de todo, a salvo y casi invencible. El avión contaba con un sistema de comunicaciones que rivalizaba con el del Air Force One, pero si lo apagaba tenía tiempo para planificar, trazar estrategias y felicitarse por los progresos de Nano, especialmente en los vuelos largos como aquel: de Pekín a Boulder, más de seis mil millas en línea recta. Naturalmente, Zach —como solía llamarlo la mayoría de la gente— sabía que la distancia que recorrería con su avión sería algo menor debido a la ruta polar y a la forma achatada de la Tierra.

En su opinión, el viaje había sido un gran éxito. Tanto que incluso le asomaba una sonrisa. Dejó el trabajo a un lado, bajó el respaldo de su asiento, alzó el reposapiés y convirtió el sillón en un confortable diván. Acomodado en el cuero marroquí seleccionado y cosido a mano, pensó en las necesidades financieras de Nano. Una sonrisa se dibujó en su rostro ensombrecido por la barba incipiente. De momento las cosas parecían ir a las mil maravillas. Incluso se permitió el lujo de dormitar un rato.

Una hora más tarde, ya con el respaldo en posición vertical, miró perezosamente por la ventanilla mientras daba vueltas en el vaso a los restos de su último whisky de malta del viaje. Pensó en su padre. Se preguntó qué habría opinado del enorme y reciente éxito de su hijo y de que regresara de un viaje de negocios a China volando en un suntuoso jet privado que, a todos los efectos, era de su propiedad. A diario, cuando se miraba al espejo para afeitarse, Zach torcía el gesto ante el creciente parecido que detectaba con su difunto padre, Eli, sobre todo a medida que iba acercándose a los cincuenta.

Aquella era una de las razones por las que llevaba el abundante cabello canoso mucho más largo que Eli. El precio de su corte de pelo habría hecho que el viejo empalideciera. Zach había crecido en un hogar de clase media de un barrio obrero de Palisades Park, en New Jersey, y a menudo veía a su padre volver a casa con restos de pintura en la cabeza. Era uno de los inconvenientes de ser pintor, pero Zach siempre se había preguntado por qué su padre manifestaba tan poco interés por las apariencias. Los veranos que Zach había trabajado para él —desde los catorce años hasta que entró en la universidad— siempre había insistido en ponerse una gorra de béisbol como protección contra las salpicaduras, pues temía que estas pudieran delatar su condición de obrero. Zach había apuntado alto desde muy joven.

Una de las diferencias esenciales entre padre e hijo era que Zachary siempre había interpretado la habitual actitud conformista y satisfecha de Eli como una irremediable falta de ambición. Cuando Zach ya triunfaba en Yale y después en la facultad de derecho de Harvard, su padre había seguido sin mostrar el menor interés por hacer crecer su pequeña empresa de pinturas. No obstante, aquello no le había impedido despreciar la incapacidad de su hijo para jugar al béisbol tan bien como él ni protestar por su decisión de no estudiar medicina a pesar de lo mucho que él le había insistido para que lo hiciera.

Con el paso de los años, el desdén de Eli hacia las elecciones profesionales de su hijo no hizo más que aumentar, especialmente cuando Zach abandonó de repente su bien remunerado trabajo de abogado corporativo en Manhattan para dedicarse a las finanzas; y luego, diez años más tarde, cuando dejó su muy lucrativo empleo como analista financiero en Wall Street. Zach intentó explicarle a un desconcertado Eli que se aburría, que para él Wall Street no era más que una gran mentira y que era posible hallar mucha más riqueza y, desde luego, satisfacción creando algo, y no simplemente jugando con papel y apostando dinero ajeno en un mercado amañado.

Cuando la alarma de su reloj emitió un tintineo para avisarle de la hora y, por tanto, de la proximidad de su destino, hizo girar su asiento para contemplar la parte trasera del avión. Un poco más allá se sentaba Whitney Jones, su ayudante personal y secretaria, que lo miró a la espera de sus instrucciones. Estaba perfecta con uno de sus trajes de chaqueta de Chanel. Se había recogido el oscuro cabello para destacar sus llamativas facciones, que combinaban lo mejor de su padre afroamericano y de su madre china de Singapur. Cada vez que Zach contemplaba aquel perfil no podía evitar recordar el famoso busto de Nefertiti que se conservaba en el Neues Museum de Berlín. Berman hizo un ligero gesto con la cabeza, y Jones, siempre atenta, hizo un leve asentimiento, se desabrochó el cinturón de seguridad y se levantó. Por las instrucciones recibidas previamente, sabía que era hora de despertar a los invitados.

Seguro de que ella se ocuparía de todo, Berman volvió a concentrarse en el paisaje y en sus ensoñaciones. «Un duro día de trabajo es una recompensa en sí mismo», le había dicho su padre al menos una vez a la semana durante toda su vida adulta. Le preocupaba el hecho de que su hijo pareciera incapaz de dedicarse a algo de forma continuada y no supiera apreciar lo que él había aprendido durante las décadas que había dedicado a su negocio. Zach sonrió al recordarlo. Sin duda prefería hallarse a quince mil metros de altura a bordo del Gulfstream a cualquier otra satisfacción fruto de un día de trabajo manual.

Jugueteó distraídamente con su anillo de casado. Las semanas que se avecinaban iban a resultar decisivas para su empresa, pues había miles de millones de dólares en juego; sin embargo, su mujer y sus hijos, que deberían haberse involucrado más en su triunfo, se encontraban en Nueva York, apenas conscientes de su trabajo y del papel que él estaba desempeñando en la fantástica evolución de la nanotecnología. Zachary había querido tener hijos, o al menos eso creía, pero la vida doméstica le había resultado tan aburrida como el ejercicio de la abogacía. Desde niño había sido adicto a los desafíos y la creatividad. No soportaba el statu quo ni lo predecible. Había roto varias veces su juramento de fidelidad conyugal —algunas incluso con Jones— y se había acostumbrado a pensar en su familia con un sentimiento que no iba mucho más allá de la obligación de proveerla de todo lo necesario.

—El trabajo es la propia recompensa —murmuró con silencioso desdén. Aquella era otra de las frases favoritas de su padre—. Pues alguien debería habérselo dicho a Jonathan —añadió.

Jonathan era su adorado hermano pequeño, el favorito de su padre, el que sabía jugar al béisbol. Había fallecido a causa de un cáncer de huesos tras un tratamiento fallido que había acabado siendo más doloroso que la propia enfermedad.

—No, papá, la recompensa es conseguir lo que quieres siempre que quieres.

Zach había cambiado tras la muerte de Jonathan. Siempre se había marcado retos, pero a partir de aquel momento fue más allá y empezó a mostrarse temerario. Dejó Wall Street cuando a su hermano le diagnosticaron el cáncer y lo ayudó a llevar el negocio paterno mientras duró el tratamiento.

Por desgracia, la agresiva enfermedad se impuso y Jonathan falleció cuatro meses después. Eli, a quien se le había partido el corazón, desarrolló una rápida demencia senil y no tardó en seguirlo. Aquello dejó a Zachary, una persona cínica y ambiciosa, al frente de una empresa de moderado éxito que seguía funcionando sin demasiada brillantez.

Como gesto de respeto hacia su hermano y su padre, Zach dedicó seis meses de su vida a convertir Berman Painting and Contracting en algo grande, y se tomó el desafío muy en serio. Bajó los precios de manera agresiva, contrató más cuadrillas y se sumergió en el día a día del negocio buscando un nuevo enfoque para convencerse de que valía la pena que le dedicase sus esfuerzos. Un día se topó con un reportaje sobre las posibles aplicaciones de la nanotecnología en el campo de la pintura y estuvo a punto de no molestarse en leerlo. Al fin y al cabo, la pintura no era más que pintura. ¿Qué importancia podía tener la nanotecnología cuando se estaba dejando el alma en intentar superar a la competencia del norte de New Jersey?

Sin embargo acabó leyendo el reportaje, en especial la parte dedicada a la utilización en pintura de unos nanotubos de carbono capaces de bloquear el paso de las señales de los móviles en las salas de conciertos. A partir de ahí leyó todo lo que pudo encontrar sobre nanotecnología y se convenció de que era un terreno fértil y por explotar. Aunque no entendía casi nada, su enorme potencial le pareció obvio, y un desafío emocionante. En la universidad no había querido saber nada de matemáticas, física, química o biología, y entonces lo lamentó. Tenía mucho que aprender, pero se dispuso a hacerlo con el apetito del hambriento que entra en un restaurante.

En cuestión de semanas vendió la empresa de Eli con un sustancioso beneficio que entregó a la viuda de su hermano. Con eso consideró cumplidas sus obligaciones hacia la familia de Jonathan. Unos meses más tarde, cuando a su madre le diagnosticaron Alzheimer, comprendió que la nanotecnología podría aportarle alguna esperanza y se convenció. De la noche a la mañana se obsesionó con lo que la nanotecnología podía representar para la medicina. ¿Y si lograba curar el cáncer de huesos como tributo a su difunto hermano? Y su madre, ¿lograría ayudarla? ¿Por qué no? Con la nanotecnología, el cielo era el límite.

Notó una leve presión en el brazo. Era Whitney. Se inclinó para hablarle al oído y Zach aspiró el embriagador perfume que llevaba, así como sus feromonas. Aquellos aromas despertaron en su mente la breve pero placentera imagen de su cuerpo, largo y tonificado, tendido en una cama.

—Están listos —susurró Whitney—. Aterrizaremos dentro de cuarenta y cinco minutos.

Zachary asintió, se levantó y estiró los brazos, los hombros y las piernas. La ropa —vaqueros azules y camiseta negra— se le ceñía al cuerpo musculoso. Tras la muerte de su hermano y la enfermedad de sus padres, se había vuelto especialmente sensible a todo lo relacionado con la salud. Aunque estuviera muy ocupado, que era lo habitual, siempre encontraba tiempo para ir al gimnasio y comer de modo saludable.

Berman reconocía abiertamente que se había vuelto un tanto hipocondríaco, y solía aprovechar la circunstancia de que Nano tenía en nómina un buen número de médicos. Lo que lo mortificaba era el miedo a sufrir la misma degeneración senil que había arrastrado a sus padres hacia la más completa inutilidad. Para tranquilizarse, se había hecho las pruebas de la apolipoproteína del gen E4, asociada con el riesgo de padecer la enfermedad. Pero el test tuvo el efecto contrario. Los resultados desvelaron que era homozigótico para el gen, un factor que incrementaba el riesgo de padecer Alzheimer, al igual que el hecho de que tanto su padre como su madre lo hubieran sufrido. Para Zach el interés en las aplicaciones médicas de la nanotecnología no tardó en convertirse en una cuestión personal.

—Ha llegado el momento de dar nuestro pequeño discurso —dijo antes de seguir a Whitney hacia la parte de atrás del avión.

Sentados en unas butacas de cuero parecidas a la suya había tres caballeros chinos vestidos con elegantes trajes de estilo occidental. Al fondo de la nave, en una banqueta plegable, había un individuo caucásico, corpulento y serio, cuya chaqueta abultada escondía todas las armas que se pueden utilizar dentro de un avión: una pistola Taser, cuchillos y una porra de goma. Nunca había tenido necesidad de emplearlas en viajes como aquel, ya que el cargamento principal no presentaba peligro alguno: en los bancos de delante yacían cuatro figuras vestidas con anodinos chándales marrones. Posiblemente los fabricantes del avión hubieran diseñado los asientos y la mesa para que los pasajeros pudieran disfrutar de una partida de cartas o de una comida durante un vuelo largo, pero desde el primer día a Zach la distribución le había parecido perfecta para sus propósitos. Los cuatro (tres hombres y una mujer) estaban esposados unos a otros y encadenados a la mesa. Los habían sedado cuando el avión había alcanzado su altura de crucero y en aquellos momentos se hallaban inconscientes.

Berman, con Whitney a su lado, se volvió hacia sus invitados y empezó a hablar. La joven traducía sus palabras al mandarín con total fluidez. Su dominio de la lengua era una de las razones por las que Zach le pagaba más de un millón de dólares al año.

—Dentro de poco tomaremos tierra en nuestro destino —anunció Berman—. Les ruego que sigan a nuestra representante hasta el vehículo que vendrá a recibirles al pie del avión. Acto seguido, nos dirigiremos al centro de investigación, donde se alojarán con todas las comodidades. Su equipaje llegará poco después a nuestras instalaciones. —Zachary hizo un gesto con la cabeza en dirección a los cuatro pasajeros, a quienes consideraba parte del cargamento—. Estamos entrando en una fase muy emocionante de nuestra asociación. A medida que avancemos en nuestro propósito común, deberemos centrarnos en el objetivo final que hemos definido y para el que hemos trabajado con tanto ahínco. —Hizo una pausa y esperó a que Jones acabara de traducir. Luego terminó su parlamento con unas breves palabras en mandarín—: Bienvenidos a Nano.

Los hombres asintieron y le dieron las gracias. Parecían nerviosos y muy conscientes de la responsabilidad que la rama secreta de su gobierno había depositado en ellos.

Zachary regresó a su asiento, entrelazó los dedos, se recostó en el sillón y cerró los ojos. Deseaba dedicar los últimos cinco minutos de su vuelta a casa a pensar en la mejor razón que pudiera tener para regresar a Boulder. Durante todo el viaje a China, incluso en los momentos más intensos en las negociaciones, un único pensamiento había ocupado su mente: Pia Grazdani.