Principio

He decidido comenzar este libro contando una serie de experiencias que atañen a mi vida y reflejan una comprensión de los mensajes esenciales sobre los que leerás en Todo lo que puedas imaginar. Estos acontecimientos preñados de significado coincidieron con la creación del libro, y contienen elementos de sinergia y sincronicidad que me parecen muy estimulantes y prometedores. Lo que ofrezco, a mi entender, es un programa que te garantiza poder manifestar todo lo que desees en tu vida, a condición de que lo que desees no se aparte de la Fuente de tu ser. En mi vida cotidiana, mientras escribía el libro, tuve la suerte de vivir el proceso de primera mano, y he optado por narrar estos sucesos milagrosos de manera muy personal.

Ahora que empiezo mi octava década en el planeta Tierra rememoro las mayores influencias de mi vida, que aparecieron como por casualidad, y desde esta distancia percibo su influjo en revertir los derroteros egoístas que tomaba mi vida en esa época inicial. En su momento, cuando surgieron esos hechos o personas excepcionales, no supe verlos desde una perspectiva más amplia, como suele ocurrirnos a la mayoría de las personas. Ahora que en retrospectiva, desde mi observatorio espiritual, describo lo que significa vivir con los deseos cumplidos, veo esos hechos como piezas de un puzle, de un gran tapiz que hoy me sobrecoge y se me antoja lleno de sentido.

SAN FRANCISCO

Una de las figuras que «aparecieron» en mi vida es un personaje que vivió en el siglo XIII, y que actualmente es conocido por el nombre de san Francisco de Asís. A mí no me educaron en ninguna fe concreta, probablemente debido a que estuve en diversas casas de acogida a lo largo de mi infancia. Lo ignoraba todo del catolicismo, y ni los santos ni sus enseñanzas estuvieron presentes en mi vida. Sin embargo, por algún misterio (que ahora ya no lo es tanto), este monje de vida sugestiva, tan llena de Cristo, estaba destinado a ser una de las figuras más extraordinarias e influyentes que se cruzasen en mi camino vital.

La influencia de san Francisco se manifestó por primera vez en mi vida a través del texto íntegro, muy bien impreso y enmarcado, de la «Oración de san Francisco», regalo de alguien en una conferencia, hace más de veinticinco años. El contenido de la plegaria me afectó profundamente. Además me encantaba su aspecto, de modo que la puse en el pasillo que conducía a los dormitorios de mis hijos. Durante los diez años en que estuvo allí colgada debí de pasar al menos diez mil veces por su lado. Me detenía con frecuencia para leer algunas líneas y meditar sobre la magia de aquellas palabras: «Donde haya odio, permíteme sembrar amor». «Donde haya oscuridad, luz.»

Más que una oración, me parecía una técnica. Me gustaba mucho la idea de que el odio pudiese derivar en amor, y de que pudieran iluminarse las tinieblas, pero no pidiéndoselo a Dios, sino siendo uno mismo amor y luz. Era como la promesa de que los seres humanos teníamos la facultad de cambiar literalmente el sufrimiento y el dolor transformándonos a nosotros mismos, una hazaña sobre la que me complacía mucho meditar. Ahora, sin embargo, me doy cuenta de que aún no estaba preparado para llevar a la práctica el mensaje de san Francisco; ni siquiera para darle forma escrita, como he logrado en este libro.

El caso es que Francesco di Pietro di Bernardone (1181-1226) ya estaba en mi vida, y con el paso de los años empecé a verme envuelto en su influencia. En la década de 1990 me convencieron de ir a Asís. Durante mi estancia allí, sin saber por qué, me sentí en casa. Caminé por los mismos campos que Francisco, medité en la misma capilla donde rezaba él, y ante su tumba caí preso de la abrumadora sensación de estar físicamente unido a aquel hombre que había vivido más de ochocientos años antes de mi nacimiento.

Empecé a leer sobre él, y quedé profundamente conmovido por su ardiente deseo de cumplir su dharma y por su determinación de que ningún obstáculo se interpusiera en su sueño. También yo he sentido esa llamada interior, que ha impulsado mi trabajo todos estos años. También en mi caso ha habido épocas en las que me he apartado del camino, pero no ha faltado jamás una voz interior que me ha empujado a seguir escribiendo y viviendo cada día; una voz que me ha devuelto a mi Misión Divina.

Hace unos diez años tuve claro que escribiría un libro titulado La fuerza del espíritu. Lo que ya no tenía tan claro era cómo organizarlo. En un momento de meditación profunda oí una voz que me decía con vehemencia: «Básalo en la “Oración de san Francisco” que tienes colgada en la pared de tu casa». Fue un momento de tanta claridad, de una visión tan pura, que sentí como si el libro ya estuviera escrito y solo quedara prestarme a ser «un instrumento de tu paz».

Más tarde volví a Asís y tuve otra experiencia milagrosa: viví en mi cuerpo una curación que a día de hoy sigue siendo un misterio, tanto para mí como para mis amigos médicos. (La historia de esta curación, y mi visión de san Francisco, las cuento en mi película El cambio.) Aquel monje del siglo XIII había vuelto a transformar mi vida con su presencia, demostrando que cuando alguien vive desde un punto de vista realizado en Dios no existen límites en lo que puede suceder.

Con todas las notas que acumulé durante mi segundo viaje a Asís, el libro salió sin esfuerzo. Por si fuera poco, la temática de La fuerza del espíritu dio pie a un programa especial de la televisión pública, así que gracias a mi vocación de escribir sobre aquellas verdades de tan profundo poder transformador las enseñanzas de san Francisco penetraron en millones de hogares.

Hace años me llamó la atención una recreación ficticia de la vida del santo escrita por uno de los grandes literatos de nuestra época, Nikos Kazantzakis: El pobre de Asís. Aún hoy releo a menudo esta novela excepcional, que nunca deja de arrancarme alguna lágrima, ni de aumentar mi comprensión de lo que explica.

Hace aproximadamente un año, en el transcurso de una profunda meditación, sentí de nuevo una poderosa llamada: la de llevar a un grupo de personas a tres centros espirituales europeos, a saber: Lourdes, en Francia; Medjugorje, en Bosnia-Herzegovina, y Asís, en Italia, cómo no. El nombre que pusimos al viaje fue «Experimentar lo milagroso». Ciento sesenta y dos personas de todo el mundo se inscribieron para visitar estos santos lugares, donde se produjeron auténticos milagros durante los siglos XIII, XIX y XX. En cada localidad impartí una conferencia de dos horas. Durante la primera reunión nocturna en Asís expliqué que estábamos cumpliendo la visión de san Francisco, cuyo objetivo había sido transmitir al mundo entero la conciencia de Cristo, parroquia por parroquia, ciudad por ciudad y país por país: en aquel viaje había gente de todos los continentes y representantes de todos los grupos de edad, desde adolescentes hasta octogenarios. Todas las profesiones y los credos unidos por una misma idea: ayudar a nuestro mundo a estar habitado por personas resueltas a «hacer de ellas mismas un instrumento de paz», y crear ese mundo a partir de nuestro más profundo deseo de plenitud.

Durante el segundo día de la visita (la tercera que he hecho a la divina población de Asís), los ciento sesenta y dos inscritos se congregaron en una antigua iglesia construida hace muchos siglos, en vida de san Francisco, que por aquel entonces estaba fundando la orden franciscana. Y en aquel sagrado edificio, ya cerca del final de mis dos horas de exposición, me ocurrió algo que no he sentido nunca más en mis casi cuatro décadas de conferencias. Sentí que algo se apoderaba de mi cuerpo, y me quedé sin voz. Estaba leyendo El pobre de Asís, de Kazantzakis, y al final me quedé paralizado. Tal cual. Mi cuerpo no me obedecía. Me eché a llorar, casi con rabia, y todo el público se levantó y tendió las manos hacia mí en silencio. Todos sabían que se estaba produciendo algo realmente metafísico. (Todo el viaje, incluidas aquella conferencia y otras dos, fue filmado; quien desee comprobar lo que digo no tiene más que ver los cuatro DVD publicados por Hay House con el título de Experiencing the Miraculous.)

Mientras hablaba en la iglesia, debajo de una efigie de Jesús, me hicieron muchas fotos. Al observar una de ellas, puede verse el círculo de grandes dimensiones que apareció durante aquella conferencia paralizadora en la sagrada iglesia de Asís. Más adelante explicaré más cosas de estos círculos.

Lo que puedo asegurar sin duda alguna es que volví a sentir en mi cuerpo el poder de san Francisco. No viví al santo solo en sus palabras, ni a mi alrededor, sino dentro de mí (como yo), mientras me dirigía a las ciento sesenta y dos personas, a quienes veo ahora como un grupo catalítico reunido con la finalidad de cumplir un dharma colectivo nacido de una idea concebida en mi imaginación, y que se ha convertido en una fuerza activa del bien en nuestro mundo. Al rememorar mi vida, y los acontecimientos que trajeron a ella a san Francisco, es evidente que en aquel momento no entendí la importancia de lo que pasaba. Me limité a hacer algo a lo que me sentía llamado. Debo decir que san Francisco no llegó a mi vida solo con un mensaje puntual que me indujese a despertar espiritualmente, sino que se apoderó de ella y cambió el rumbo que tomaba mi existencia. La mayor parte del tiempo san Francisco vivía en mi interior.

Voy a dejar un momento a san Francisco y a contar la presencia de otro ser luminoso que llegó a mi vida hará unos seis años.

LAO-TSÉ

En 2005 volví a familiarizarme con el Tao Te Ching, antiguo texto espiritual compuesto hace unos dos mil quinientos años por el maestro chino Lao-Tsé. De este libro, formado por ochenta y un versos cortos, han dicho algunos que es el más sabio que se ha escrito. Yo tenía un conocimiento superficial de la obra, que por lo demás distaba mucho de constituir una enseñanza importante dentro de mi vida. A los sesenta y cinco años, sin embargo, reparé en que leía y recibía constantemente mensajes del Tao Te Ching, cuya traducción aproximada sería «el libro de vivir la virtud del gran camino».

Algunos de los pasajes más citados del texto ya los conocía; incluso los había usado en libros anteriores, pero en 2005, por alguna razón, fue como si me bombardeasen diariamente con ellos. En un restaurante aparecieron en la carta varios versos del Tao. También lo oí citar en un par de programas de la tele. En una librería se habían equivocado al ordenar los libros y habían puesto una traducción del Tao al lado de uno de los míos. Un buen amigo me explicó que se presentaba a los demás como taoísta, y me habló de la paz que le aportaba, y un desconocido me envió una baraja que reproducía los ochenta y un versos del Tao junto a un dibujo de Lao-Tsé sentado en un buey, imagen que me dio la impresión de hablarme como nunca me había hablado ninguna otra.

A todo ello, una mañana, mientras meditaba, sentí el poderoso llamamiento interno de leer íntegramente el Tao Te Ching, cosa que hice el mismo día. Por la noche llamé a mi editorial y expresé mi deseo de escribir un texto corto sobre cada uno de los ochenta y un versos, en los que explicaría cómo aplicar las antiguas enseñanzas de Lao-Tsé al mundo actual. Deseaba publicarlos en un solo volumen con el título Nuevos pensamientos para una vida mejor. A partir de ese momento empecé a sentir que mantenía con Lao-Tsé la misma relación que me unía a san Francisco desde hacía una década, poco más o menos. En mis meditaciones matinales comencé a oír que me hablaba con su propia voz.

Cuando lo comenté en mi programa de radio semanal en HayHouseRadio.com, una artista llamada Magali me explicó en directo que había generado una imagen de Lao-Tsé durante un frenesí de pintura automática, y prometió mandármela. El cuadro llegó el día siguiente, por un servicio de paquetería, y me pasé literalmente todo el año 2006 hablando con él.

Cada semana me pasaba cuatro días y medio estudiando, meditando, intelectualizando y analizando un verso del Tao Te Ching. A mediodía, después de meditar en compañía del cuadro de Lao-Tsé, me limitaba a dejar fluir las palabras en la página. Comulgué con Lao-Tsé durante todo 2006, contemplando su retrato, cuyos ojos parecían seguir mis movimientos por el espacio donde escribo; pero lo más importante es que dejaba fluir las palabras a través del corazón hasta posarse en la página.

El año durante el que me impregné del Tao Te Ching cambió radicalmente mi vida. Aprendí y practiqué sus mensajes esenciales de humildad, misterio vivido, satisfacción, sencillez, serenidad y búsqueda de Dios en la naturaleza, y no en ninguna ortodoxia. La compañía de Lao-Tsé se hizo constante, y el Tao Te Ching me orientó hacia una forma de vida más iluminada. No solo a mí, sino a millones de personas: la radio pública —el Public Broadcasting Service (PBS)— me permitió exponer la esencia de las antiguas enseñanzas de Lao-Tsé en un programa benéfico que se emitió miles de veces (a menudo en prime time) en las principales emisoras de Estados Unidos y Canadá. Por algún misterio que solo conocían el Tao invisible o la Mente Única Divina, me convertí en un instrumento para que esos mensajes tan poderosos llegasen a un número elevado de personas veinticinco siglos después de la muerte de Lao-Tsé.

San Francisco y Lao-Tsé, y las enseñanzas de ambos, siguen teniendo un peso enorme en mi vida cotidiana, pero, más allá de su importancia como maestros espirituales, el caso es que sus apariciones en mi vida han incidido en las de innumerables personas, incluido tú, que te embarcas ahora en la lectura de este libro.

LA CARTA DE BRENDA

Voy a hablar de una carta excepcional que recibí hace pocos días, mientras me disponía a escribir las páginas introductorias de Todo lo que puedas imaginar. Te pido que la leas sin prejuicios, y que una vez leída me permitas explicarte la importancia que reviste para ti al empezar la lectura de este libro.

Querido doctor Wayne:

Los milagros existen. Me siento obligada a contarle una experiencia que tuve hace poco, porque fue usted uno de los protagonistas del milagro que viví.

Hace varios meses oí hablar de su viaje «Experimentar lo milagroso» y tuve la seguridad de que debía participar. Estoy viviendo momentos complicados; mi vida está pasando por un cambio profundo, y por eso la logística de embarcarme en el viaje por Europa habría necesitado de un milagro. Aun así, no me cerré a nada. Expuse en voz alta mi propósito. Dije: «Quiero vivir lo milagroso con el doctor Wayne», y lo dejé en manos de Dios.

Pasaron unos meses. Como mi situación tardaba mucho en cambiar, no reservé plaza en el viaje. Pero seguí teniendo fe, y la seguridad de vivir con usted lo milagroso, aunque la realidad insistiera en que era «poco probable». A principios de abril mi apretada agenda me llevó a Kelowna, en British Columbia, con mi hija de catorce años, Emily, que participaba en un festival de canto. Son ocho horas en coche desde donde vivo, pero Emily es una apasionada de la ópera, y fue todo un placer darle la oportunidad de ir a Kelowna para trabajar con un grupo de expertos. Como resulta que allí viven mis padres, los llamé para avisarlos de nuestra llegada.

Estuve hablando unos minutos con mi madre para decirle cuándo llegaríamos. Mientras hablábamos de varios temas, oí al fondo la voz de mi padre, que mascullaba algo. Mi madre me tradujo sus palabras: «Dice tu padre que el martes por la noche estará en Vernon el doctor Wayne Dyer, y que si quieres verlo». En fin... Después de recoger el teléfono del suelo (y levantarme también yo), le pregunté a mi padre si me acompañaría. Después compré entradas por internet. No hace falta que le diga cuánto me emocionó que Dios tuviera la bondad de llevarlo a usted hasta mí, en vez de llevarme a mí hasta Europa.

Llegó la noche de la conferencia. Me senté en la fila 14, impaciente. En el momento en que salía usted al escenario y empezaba a hablar pasó algo raro. Ya me había ocurrido una vez antes, al ver aparecer un halo enorme de luz alrededor de un niño que cantaba el Ave María. Era la misma luz que lo envolvía a usted. Esa luz seguía sus movimientos por el escenario, sin despegarse ni un momento de usted. Pensé que podían ser los focos, o el ambiente del pabellón, pero la presentadora no tenía ningún halo.

Después pasó algo todavía más raro, doctor Wayne: estaba usted hablando sobre san Francisco y se transformó ante mi vista. Llevaba una túnica larga, y sus facciones habían cambiado de tal manera que era usted san Francisco. Solo duró un momento, pero fue algo potente, emotivo y muy, muy real.

Lo que sucedió luego resultó aún más extraño. Empezó a hablar sobre Lao-Tsé... ¡y se convirtió en él! Le caía por la espalda una trenza muy larga, y vi que su cara se transformaba en la de Lao-Tsé. Fue tan solo un instante como en el caso anterior, pero es una experiencia que nunca olvidaré.

Durante el intermedio mi padre fue al lavabo y yo me levanté para estirar las piernas (y secarme los ojos). Al sentir una mano pequeña y caliente dentro de la mía, bajé la vista y vi a una mujer muy vieja, con una sonrisa maravillosa, que me instaba a sentarme a su lado. Lo hice. Ella me miró a los ojos. Me explicó que me miraba tanto porque yo irradiaba luz, y tenía la sensación de estar viendo a un ángel. Yo no podía apartar la vista de sus ojos. Pensé que la conocía de algo, porque reconocía aquellos ojos verdes y brillantes. Nos pusimos a hablar. De vez en cuando decíamos lo mismo al mismo tiempo, como «somos todos iguales», «solo existe el amor» y otras frases profundamente espirituales. Parecía un sueño. De repente, sin que nos diéramos ni cuenta, volvió usted al escenario y obró su magia. Decidí que necesitaba mantener el contacto con aquella mujer, y me propuse pedirle su nombre y su teléfono después del espectáculo, pero, a pesar de mis buenas intenciones, al final, cuando nos levantamos para irnos, ya no estaba. Me sorprendió, porque había estado sentada a dos butacas de distancia y yo no había visto que se fuera.

Mi padre y yo nos marchamos. Al salir del aparcamiento dando marcha atrás me vi en el retrovisor y fue cuando entendí dónde había visto antes aquellos ojos verdes y brillantes.

¿Imposible? Puede que sí... o tal vez no. No tengo explicación para nada de lo que me pasó durante aquella noche, pero cada día doy gracias por haber podido «experimentar lo milagroso» con el doctor Wayne de una forma tan excepcional y tan valiosa.

Namaste,

BRENDA BABINSKI

Si te ha extrañado lo de los «ojos verdes y brillantes», que sepas que a mí me parece de lo más normal, porque conservo muy vivo el recuerdo de cuando Marcelene, la madre de siete de mis hijos, me contó la experiencia de dar a luz a su primogénito, Shane. Estaba en el hospital, con dolores de parto ya que se negaba a que la anestesiaran. Entonces llegó una enfermera muy pelirroja que le secó la frente, le explicó con palabras tranquilizadoras y cariñosas cómo tenía que respirar y se quedó con ella durante todo el parto. El día siguiente, al preguntar por aquella enfermera tan maravillosamente atenta, a quien quería dar las gracias, le dijeron que en el hospital nunca había trabajado nadie que se ajustase a aquella descripción. La ayuda de un ángel, tal vez... Por otra parte, el encuentro de Brenda con la viejecita también pudo ser un encuentro con su yo supremo (véase el capítulo 3).

Si reproduzco aquí la carta de Brenda, al principio del libro, es para que entiendas las posibilidades que se abren cuando empiezas a asumir la sensación de un deseo cumplido, tal como detallo en el capítulo 6. Mi primer pensamiento al leer las palabras de Brenda salió directamente de mi ego, que afirmó: «Es probable que en dos de tus vidas anteriores hayas sido Lao-Tsé y san Francisco. ¿Por qué no? Piensa en lo importante que eres, y en todo lo que haces para que en este mundo haya más iluminación espiritual». Más tarde hablé por teléfono con la escritora Anita Moorjani y le leí la carta. Anita, que estaba en Hong Kong, descartó de un plumazo las ideas surgidas de mi ego. Dijo que su vivencia del «otro lado» le había dejada muy clara una cosa: que todo ocurre a la vez. No hay pasado ni futuro; todo es uno y ahora. También me dijo que la explicación más aproximada que podía darme es que todas las vidas son paralelas.

Comprendo que es desconcertante plantearse la idea de que no existan ni el pasado ni el futuro, ni haya una conciencia lineal, sobre todo cuando el cerebro (que es lo único de lo que disponemos para hacernos ese planteamiento) pertenece a un cuerpo que es lineal y sí que tuvo un principio, como tendrá un final. Esta idea de que todo sucede al mismo tiempo es simplemente uno de los grandes misterios de la vida, pero el caso es que en sueños, o en algún que otro momento de meditación profunda, yo he vislumbrado esta no linealidad. Te aconsejo que leas el libro de Anita, Morir para ser yo; tal vez te ayude a entender un poco más cómo se le apareció la ahora-unicidad al embarcarse en su viaje curativo a partir de un pronóstico de muerte segura.

Durante la lectura de este libro te aconsejo que prestes atención a lo importante que es poder sentir físicamente lo que se desea poner de manifiesto. Atiende en especial a lo que significa conocer en tu interior que en realidad eres un ser divino, aquí, en la Tierra, en este mundo material. En las siguientes páginas subrayaré más de una vez la importancia de que tu imaginación cree una vida de deseos cumplidos. Ahora bien, la imaginación es un ámbito estrictamente controlado por tus procesos de pensamiento: una vez que introduzcas en ella un pensamiento sobre cómo quieres ser, te insto a vivir de ese momento en adelante como si el deseo ya se hubiera materializado físicamente.

Es lo que he estado haciendo yo con ambas enseñanzas, la de san Francisco y la de Lao-Tsé: vivir intelectualmente sus mensajes, escribir sobre ellos, dar conferencias al respecto, analizarlos e interpretarlos, todo ello en mi imaginación. A estas alturas de mi vida, sin embargo, ya he ido más allá de mi intelecto en lo que se refiere a las doctrinas de estos divinos maestros. Aquella tarde en Vernon, al subir al escenario, y en Asís, al dirigirme al público y sentirme obnubilado por la presencia de san Francisco, los sentía dentro de mi cuerpo y vivía sus mensajes como si fueran yo (o, dicho de otro modo, asumía la sensación del deseo de conocer sus verdades como algo ya cumplido). Cuando se es capaz de sentir con apasionamiento lo que se desea tener o llegar a ser, se convierte uno en ello, y ello en uno, siempre a condición de que no haya ninguna discordancia respecto a nuestro yo supremo, es decir, Dios.

Enseñar estos mensajes tan profundos es para mí mucho más que un ejercicio intelectual: los siento, como observó Brenda Babinski en el fugaz momento en que me vio transfigurado sobre el escenario. Si lo imaginas, si lo vives como si fuera tu realidad, si no permites que nada te detenga, pero sobre todo si asumes ese sentimiento, te fundirás con él y se fundirá él contigo, de modo que ya no será una dualidad, sino la fusión de tu ser con lo que deseas.

Aquella misma noche, durante la firma de libros en el escenario, Brenda vino a verme. Todo el estadio de hockey estaba lleno de círculos, como si confirmasen que las verdades de san Francisco y de Lao-Tsé convergían en una sola al asumir yo el sentimiento de ambas en el centro de mi ser. Los círculos también aparecen en las fotos de la iglesia de Asís, donde sentí en mi cuerpo la presencia de san Francisco al estar donde había vivido él, y hablar donde había hablado él. Yo no creo que el hecho de que una espectadora me viera transformado en estos grandes maestros sea indicativo de que yo haya tenido una vida como la de ellos hace muchos siglos. Sé que cuando empiezas a ir más allá del intelecto y a sentir la presencia de lo que más deseas como un hecho ya presente, y lo adoptas como base vital, con una pasión sin cortapisas, te fusionas con él y comprendes que las leyes del mundo material no son aplicables en presencia de los que se han realizado en Dios.

NICOLLETTE

He decidido contar otra historia, aquí, al principio de Todo lo que puedas imaginar; una historia que resalta lo más importante de este libro: que dentro de todos existe una chispa divina, llamada «soy el que soy», y que cuando esa chispa se enciende y se alimenta puede hacer milagros a una escala asombrosa.

En mayo de 2011, durante un paseo junto al mar en Maui, conocí a un grupo de mujeres con el que iban una madre y su hija de veinte años. Linda, la madre, me reconoció, y conversamos un momento. Al mirar a su hija, Nicollette, me di cuenta enseguida de que sufría algún tipo de parálisis facial que le distorsionaba las facciones. Era como si en toda la mitad izquierda hubiese desaparecido cualquier actividad muscular. Algo me impulsó a tocarle la cara y a preguntarle qué le había pasado. Fue el principio de una larga historia que con permiso de ambas he decidido contar aquí, en este libro, como muestra de las posibilidades que se abren cuando usamos el poder inherente a nuestra propia esencia (llamado «presencia Soy») para cumplir nuestros deseos de filiación divina.

Sentí el impulso de invitar a mi casa a todo el grupo de mujeres, y de hablar con Nicollette sobre las enseñanzas de deseos cumplidos que estaba transmitiendo y poniendo por escrito diariamente desde hacía varios meses. Estuve con ella aproximadamente una hora, mientras su madre, su abuela y dos de sus amigas se mantenían algo retiradas. Durante ese tiempo sentí en el cuerpo que algo portentoso y místico me infundía energías, no solo a mí, sino al conjunto de la sala.

Después de hablar con Nicollette, insistí en que pasase una hora con mi amiga Kate MacKinnon, una terapeuta craneosacral que me dispensaba tratamientos de CST (terapia craneosacral). Como estaba citado con ella al día siguiente, le cedí la consulta a Nicollette. A continuación reproduzco dos descripciones de los hechos. El primero es la carta de Linda a Kate sobre su interpretación de la experiencia.

Hola, Kate:

Quería decirte que antes de ir a Hawái Nicollette no sabía nada de Wayne Dyer. Es una universitaria que dedica todo el tiempo a clases, a trabajos, a estudiar y a fiestas. Nunca ha estado en ninguna conferencia de Wayne, ni ha leído ninguno de sus libros. De hecho sigue sin saber gran cosa, aunque ha empezado El poder de la intención.

El sábado llegué a Hawái con mi marido Gordon y mi hijo Jason. Al día siguiente Nicollette me llamó desde Victoria y me dijo que había tenido un extraño dolor de cabeza por la noche, y que se le estaba quedando dormida la parte izquierda de la cara. Le costaba sonreír por un lado. Estaba preocupada. Me mandó una foto por el móvil. Nosotros le dijimos que fuera rápidamente a urgencias, para que le echasen un vistazo. ¡Podía ser un derrame, o algo así! Nicollette no quiso ir; decía que tenía demasiado trabajo, que debía preparar los exámenes finales y que no se encontraba bastante bien para ir. Yo insistí en que necesitábamos una valoración profesional. Al final fue y la atendieron enseguida para hacerle una serie de pruebas.

Más o menos una hora después me llamó para decirme que le habían diagnosticado una parálisis de Bell grave, de causa desconocida. Los médicos tenían sus teorías, pero les desconcertaba no observar ningún otro efecto físico de los que provoca este tipo de parálisis. Le pusieron medicación antiviral profiláctica y altas dosis de prednisona. Al no haber peligro de muerte, le dijeron: «Perdona, pero no podemos hacer nada más; ya se irá viendo», y la mandaron a su casa.

Nicollette estaba fuera de quicio. Nos llamó desesperada. Nosotros le propusimos que se viniera a Hawái, siempre que los médicos no tuvieran nada en contra, o que cogería yo un avión e iría a verla. Los siguientes dos días se los pasó yendo de un médico al otro para asegurarse de que podía viajar. Llegó a Hawái el martes.

Cuando llegó nos dimos cuenta de que la parálisis se había agravado. Progresaba, estaba claro. A partir de entonces empeoró durante varios días. Yo, que estaba en contacto con nuestro médico de cabecera, le mandé otra foto de Nicollette con la parálisis en su apogeo, y él me dijo que por lo que se veía en la foto era un caso grave. Nos dijo que nos preparásemos para la posibilidad, muy elevada, de que solo se recuperase parcialmente... ¡o nada! Por si fuera poco, este tipo de parálisis (Ramsay Hunt) puede ser muy dolorosa y tener unos efectos secundarios tremendos, por las lesiones nerviosas.

A petición del médico fuimos a la farmacia más cercana y compramos parches para todo el ojo y unos lubricantes oculares, para que no se le ulcerase el ojo izquierdo, que ya no se cerraba.

Pasó una semana, día más, día menos. La parálisis seguía igual, sin movimiento ni sensaciones gustativas en la mitad izquierda de la lengua. Era como si ya no tuviera nervios en la ceja izquierda. No se le cerraba el ojo. También estaban afectadas la aleta de la nariz y la boca. A Nicollette le costaba masticar. Estaba agobiada, angustiada y con muchos dolores.

Fue entonces cuando intervino el universo y conocimos al doctor Wayne Dyer durante el paseo.

Estuvimos cerca de una hora en casa de Wayne, que se concentró totalmente en el estado de ánimo y en la curación de Nicollette. Tras oír que tenía la capacidad de curarse ella misma, Nicollette quiso hacerlo enseguida, pero no sabía acceder a la fuente de esa curación. Wayne le puso las manos en la cara y le dijo varias veces las mismas palabras hasta que lo entendió: «¡Ya no estoy paralizada!». Mis amigas, que estaban al fondo de la sala, lloraban. Mi madre estaba alucinada. Al irnos de su casa, Wayne insistió en que era necesario, imprescindible, que Nicollette viera a su terapeuta creaneosacral al día siguiente, y al ser un caso urgente le cedió su cita. Hizo las gestiones necesarias.

Nicollette acudió a la sesión de terapia con mucha gratitud, y con la nueva idea de que se curaría, pero uno de los obstáculos, dijo, era que no podía ponerse en situación de «dejarse ir y dejarlo en manos de Dios», porque estaba en modo de lucha o huida. «¿Cómo voy a ponerme en un estado de relajación física y curarme, si no sé relajar el cuerpo?»

Recuerdo que te expuso sus temores, y que tú la entendiste. Le preguntaste (como ya le había preguntado Wayne) cómo era su vida antes de que le pasara todo aquello, y ella dijo: «Nada, todo bien. Estaba estudiando para los finales de económicas y de informática. Al mismo tiempo tenía que pintar un cuadro para el taller de arte y escribir una redacción sobre él. Mi compañera de cuarto está a punto de marcharse. También tengo muchas ganas de saber si me aceptarán en la McGill University de Montreal. Son muchas cosas, pero puedo con todo».

Tú le dijiste: «Nicollette, no es poca cosa, es mucho. En tu caso se ve que el pensamiento y el estrés provocado por el pensamiento pueden afectar al cuerpo. Es la conexión mente-cuerpo, o mejor dicho, la desconexión».

Al volver a Vancouver, Nicollette y yo fuimos a ver a nuestro médico de cabecera, que le dijo a mi hija que su caso era «muy moderado», aunque a juzgar por su expresión y por lo que me había dicho por teléfono en Hawái en realidad era grave. Nicollette se dio cuenta. Ella era consciente de la gravedad, pero no le importaba, porque desde su punto de vista se estaba curando. Entonces nuestro médico nos dio estadísticas sobre los grados de recuperación y nos mentalizó sobre que este tipo de parálisis puede tardar dos años o más en pasar, si es que pasa. Nos dijo que pidiéramos hora cuatro semanas después, y que entonces derivarían a Nicollette a un neurólogo.

No estoy del todo segura de cuándo mejoró de manera visible, porque volvió casi enseguida a la Universidad de Victoria para recuperar el tiempo perdido en Hawái en relación a los estudios. Volvió confiando en seguir adelante. Después de lo que había dicho el médico y teniendo en cuenta que seguía paralizada, me sorprendió que se separase de nosotros y volviera enseguida a la vida universitaria.

En todo caso, al margen de lo que pudiera pensar o decir yo, Nicollette siempre me decía lo mismo y con la misma convicción: «¡Mamá, que no lo entiendes! ¿No oíste lo que dijo Wayne? Estoy curada y sin parálisis. ¿No oíste que yo también lo decía? ¿Cuál es la parte que no entiendes? ¡Estoy curada, lo que pasa es que tú y el resto del mundo aún no lo veis!».

Cuatro semanas después la parálisis había desaparecido.

Namaste,

LINDA

Quizá te suenen raras, por no decir absurdas, las expresiones «Estoy curada» y «Ya no estoy paralizada» que pronunció Nicollette cuando los datos físicos indicaban todo lo contrario, pero te aseguro que lo entenderás a medida que leas Todo lo que puedas imaginar.

La segunda descripción son los recuerdos de Nicollette en una carta a la terapeuta craneosacral, Kate MacKinnon.

Hola, Kate:

Muchísimas gracias por contarle a mi madre lo del programa de hoy del doctor Dyer en la radio. Lo he escuchado esta noche con mi familia y te estoy muy agradecida por habernos permitido oír cosas tan maravillosas. Ha sido una experiencia increíble, de verdad. No tengo palabras para agradecerte todo lo que has hecho.

Al principio, cuando me diagnosticaron parálisis de Bell el primer día de primavera, lo único que me pasaba es que no podía mover el lado izquierdo del labio inferior de la misma manera que el derecho. Cuatro días más tarde ya no podía mover ninguna parte del lado izquierdo de la cara. Ni siquiera podía cerrar el ojo izquierdo. Me lo tenía que pegar con celo cada noche. Veía que la parálisis empeoraba día a día, aunque yo pensase que mejoraría. Llegué a la conclusión de que no controlaba el lado izquierdo de la cara. Me dijeron que podía ser que nunca me recuperase, o que tardase años. Me desesperé. Estaba destrozada. Sufría.

El día antes de salir de Maui conocí al doctor Dyer. No sabía ni quién era ni a qué se dedicaba. Al enterarse de mi enfermedad, me pasó la mano por la cara y me explicó la idea de que tengo el poder de curarme a mí misma. Solo tengo que pensar en cómo me siento cuando no estoy paralizada. Me acordé de la foto que me hizo un amigo hace un año, cuando no tenía parálisis. Sonreía. Lo siguiente que le oí explicar fue que lo físico es una representación de lo que empieza en mi cabeza, en mi imaginación, de lo que quiero ser físicamente. Es de donde arrancan la manifestación y la curación. Empecé a pensar que si cambiaba mis procesos mentales y solo pensaba en conectar con la certeza de que no estoy paralizada, lo físico reflejaría mi nuevo estado mental. Después el doctor Dyer me aconsejó una sesión contigo y me dio tu número. Yo te llamé, y gracias a la generosidad y a la bondad del doctor Dyer me atendiste el día siguiente.

Justo después de conocer al doctor Dyer me costó conectar con la idea de no estar paralizada, porque veía reflejada la parálisis en todos mis actos. No podía masticar bien, ni notaba bien los sabores, ni podía pronunciar ciertas palabras sin molestias. De día siempre tenía el ojo seco, y de noche debía cerrármelo con celo después de ponerle un lubricante.

También pensaba en muchas cosas. La semana siguiente tenía dos exámenes finales que representaban más del 60 por ciento de mi nota de licenciatura, y tenía que mantener un determinado promedio para seguir en mi programa de la universidad de Victoria y conservar mis posibilidades de entrar en la McGill University. Encima solo me quedaban tres semanas para buscar piso. Tenía muchas cosas en la cabeza, y todo lo que hacía me lo incomodaba la parálisis. Me aferré al estrés. Seguía concentrada en la parálisis de Bell. No quería que tuviese una influencia negativa en mi vida, pero la tenía. El día siguiente fue el de la sesión contigo.

Me preguntaste cómo era mi vida antes de que pasara todo, y yo te dije: «Nada, iba todo bien». Tenía la sensación de gestionar bien el tiempo con mis estudios, entregando en el plazo exigido los trabajos de económicas, informática y bellas artes. Mi compañera de cuarto iba a marcharse, y yo también. Estaba impaciente por saber si me aceptarían en la McGill University. Yo era consciente de que llevaba a cabo muchas cosas a la vez, pero no acusaba la tensión. Hasta recuerdo haber pensado que debería haber sentido más estrés del que sentía.

Tú me dijiste: «Nicollette, no es poca cosa, es mucho. En este caso se ve que el pensamiento y el estrés provocado por el pensamiento pueden afectar al cuerpo. Es la conexión mente-cuerpo, o mejor dicho, la desconexión».

Me tumbé, y empezó la curación. Lo primero que hiciste fue ponerme las manos en los tobillos. Mientras tanto le hacías preguntas a mi madre: de dónde éramos, y cosas así. Fue una manera de que me sintiese a gusto, porque la situación me era desconocida; nunca pude imaginarme algo así. Al no saber cómo tomármelo, empecé a pensar en el modo de beneficiarme al máximo de la sesión. Pensé en lo que me había dicho el día antes el doctor Dyer, y en lo que había leído en el artículo de Anita Moorjani sobre la experiencia de estar al borde de la muerte. Me decía constantemente: «No estoy paralizada», y pensaba en la foto de hace un año donde salgo sonriendo.

Me preguntaste si me gustaba el mar. Contesté que sí. Me pediste que escuchase el ruido de las olas cuando rompen en la arena de la playa. Recuerdo haber oído el sonido tranquilizador del oleaje y haber mirado hacia arriba, al techo blanco. Al mirarlo, casi fue como si se me hubiera quedado todo el cuerpo insensible y ya no notara tus manos, que me estaban tocando las piernas. Al llegar a la parte izquierda de la caja torácica me preguntaste si me dolía la barriga. Yo te expliqué que cada vez que comía algo me dolía mucho toda la zona del estómago; lo atribuía a la medicación que me habían recetado para la parálisis de Bell. Pero había acabado la medicación hacía una semana y todavía me dolía. Tú te centraste en mi barriga y en mi caja torácica. Yo miraba el techo. Empecé a sentir una presión justo debajo de las costillas, pero no supe si decir algo. Entonces tú dijiste: «Si notas presión en algún sitio me lo dices».

Sentí enseguida más presión en el mismo lugar, así que te lo dije. Miraba fijamente el techo, que empezó a cambiar de colores. Tú me preguntaste de qué forma sería el dolor si tuviera forma, y de qué color. Yo dije que sería ovalado y amarillo. Tú preguntaste si el óvalo tenía nombre. No se me ocurrió nada. Entonces dijiste que podíamos llamarlo óvalo amarillo, y me preguntaste si el óvalo colaboraba conmigo. Tuve la sensación de que no, de que iba contra mí, y lo dije. Tú contestaste: «Pues eso no está bien». Estaba de acuerdo contigo aunque no lo expresé verbalmente.

Me pediste que hablara con el óvalo amarillo y le preguntase si podíamos colaborar. Fue lo que hice. Unos segundos más tarde me di cuenta de que había desaparecido. Era como si el óvalo hubiera explotado en un millón de trozos que flotaban por todo mi cuerpo. Me fundí con él y alcancé un estado de relajación completa. Yo diría que a partir de esa experiencia me ayudaste a darme cuenta del control que poseo sobre mi propio cuerpo. Me ayudaste a establecer la comunicación entre mi mente y mi cuerpo. Entré en contacto con la idea de que mi mente y mi cuerpo eran una sola cosa.

Recuerdo que oía las olas y me repetía: «No estoy paralizada». Llegaste a mi cabeza. Sentí tus dedos justo al principio de la columna, donde empieza el cuello. Me pareció que dejabas los dedos un momento en el mismo sitio. Después sentí el contacto entre la base de mi espalda y la superficie en la que me apoyaba. Sentí como si hubiera salido de mi cuerpo lo que en todo aquel tiempo me había incomodado tanto. Respiré profundamente, y tengo muy vivo el recuerdo de la facilidad con que entró el aire. Al notar la libertad con que entraba y salía el aire, me sentí conectada con mi cuerpo.

Después te centraste en el lado izquierdo de mi boca y estuviste unos minutos con los dedos al final de mis muelas, las de arriba a la izquierda. Luego me tocaste el lado izquierdo de la cara. Yo estaba relajada, y me veía sonriendo. Me abrí a la idea de que ibas a ser la catalizadora de mi proceso curativo. Me pediste una palabra que ayudara a curarme, y el color que necesitaría. Me salió la palabra «sentir», y un color azul claro. Te los repetí.

Entonces me pediste que sintiera tu mano en la cara e imaginase esta última como una esponja que absorbía tu energía. Visualicé cómo se contraía la esponja azul. Sentí tu mano en mi cara, efectivamente. Tuve una imagen mental de la esponja y me dije: «Ya no estoy paralizada». Cuando imaginaba la esponja, sentía tu mano y oía las olas del mar estaba en un estado de total relajación. Me sentía una con mi cuerpo; notaba que lo controlaba y que sonreía sin estar paralizada.

Me pareció que dejabas tus manos en mi cara cinco minutos, aunque mi concepto del tiempo en aquella sesión podría ser erróneo. Después apartaste la mano de mi cara y abrí los ojos. Me mirabas. Me preguntaste cómo me encontraba. No recuerdo mi respuesta, aunque estaba relajada y era consciente de lo que ocurría dentro de mi cuerpo y a su alrededor. Recuerdo que me dijiste que apretase los dientes en el lado izquierdo de la boca, y me preguntaste si me pasaba algo en la frente. (Más tarde te conté que el día antes me había dado un golpe con el techo del coche al llegar a Hawái.) Me acuerdo de que me dijiste que tenía que hacer más a menudo lo que solía hacer antes para relajarme, porque aquello me curaría.

Aparte de las sensaciones que acabo de describir, en general tengo un recuerdo confuso de toda la sesión. Al final casi esperaba poder sonreír físicamente sin parálisis, pero me decepcionó un poco darme cuenta de que no. Luego, en cuestión de minutos desde que entró en mi cerebro aquella idea de desilusión, entraron otros pensamientos, pensamientos curativos. Después de ponerme los zapatos que me había quitado antes de la sesión, me di cuenta de que experimentaba una sensación rara en el cuerpo, algo físico: estaba claro que algún cambio se había producido. Tuve una sensación de paz. Supe que mi sufrimiento había terminado. Ya no estaba físicamente incómoda, sino llena de entusiasmo y energía. Sabía que me estaba curando. Lo sabía.

Durante varias semanas seguí pensando en lo que habías dicho, lo de que una se cura al relajarse. Por eso cada