El rápido Mauretania, de la naviera Cunard,
se hace a la mar
—¿Lo oyes?
—¿Si oigo qué? —preguntó Archie.
—Una lancha motora.
—Tienes oídos de murciélago, Isaac. Yo solo oigo el barco.
Isaac Bell, un hombre de treinta años, alto, esbelto, con una espesa cabellera rubia y un poblado bigote perfectamente recortado, se acercó a la borda y escrutó la oscuridad. Iba vestido con la sobriedad de un directivo de seguros de Hartford, Connecticut: traje de cubierta de tweed Harris, sombrero de copa baja y ala ancha, botas hechas a medida y la cadena de oro del reloj cruzada sobre el chaleco.
—No es el barco.
Regresaban a Estados Unidos en el rápido de la Cunard Mauretania, el transatlántico más veloz del mundo, que se dirigía a Nueva York con dos mil doscientos pasajeros, ochocientos tripulantes y seis mil sacas de correo. En la abrasadora penumbra del cuarto de calderas trabajaban cientos de hombres con el torso desnudo, cargando carbón a paletadas para obtener el vapor que aquella vertiginosa travesía de cuatro días y medio por el Atlántico exigía. Por el momento, no obstante, el Mauretania aún se deslizaba plácidamente por el canal de la Mancha y cruzaba la barra del Mersey hacia la negra noche, con solo unos centímetros de marea por debajo de la quilla. Seis cubiertas por encima de las calderas, y casi doscientos metros por delante de la hélice más próxima, Isaac Bell oía solo la embarcación.
Aquel sonido, claro y poderoso, de una lancha con motores de gasolina V-8 capaces de impulsarla a treinta nudos era una nota discordante. Bell supuso que sería una Wolseley-Siddeley, de fabricación inglesa. Su exuberancia sonora evocaba más bien una regata en la soleada Costa Azul, no una ruta transatlántica nocturna.
Se volvió. No se veía la luz de ningún barco. Distinguió tan solo el resplandor cada vez más difuso de Liverpool, con el que Inglaterra quedaba atrás, a dieciocho kilómetros de la popa.
Nada se movía junto al Mauretania, en la invisible intersección del agua opaca y el cielo nublado.
Frente a ellos la boya se encendía y se apagaba.
El sonido fue debilitándose. Tal vez fuera el engañoso efecto de una racha de viento del mar de Irlanda al sacudir la lona que cubría los botes salvavidas, al otro lado de la borda de teca.
Archie abrió ceremoniosamente una pitillera de oro de la que sacó dos cigarros La Aroma de Cuba.
—¿Qué te parece si fumamos para celebrarlo? —Se palpó los bolsillos del chaleco—. Me he olvidado el cortapuros. ¿Tienes tu cuchillo?
Visto y no visto, Bell se lo sacó de una bota y seccionó las puntas de los habanos con la limpieza de corte de una guillotina.
El pelirrojo Archie —Archibald Angell Abbott IV, muy conocido en la alta sociedad de Nueva York— habría podido pasar por un hombre de mundo y buena posición. Era el dorado disfraz que adoptaba siempre que viajaba con su joven esposa, Lillian, hija del más osado de los magnates estadounidenses del ferrocarril. El capitán y el primer sobrecargo eran los únicos que estaban al corriente de que trabajaba como detective privado para la agencia Van Dorn, y de que Isaac Bell era el investigador jefe de esta última.
A resguardo del viento bajo un toldo, encendieron los puros para celebrar la captura de un estafador bursátil de Wall Street cuyos expolios habían causado el cierre de varias fábricas y dejado sin trabajo a miles de personas. Aquel tipo se había refugiado en Europa a todo lujo y había cometido el error de pensar que, con el mar de por medio, el lema de los detectives de Van Dork —«Nunca nos rendimos. ¡Nunca!»— sería papel mojado. Pero Bell y Abbott le habían echado el guante en un casino de Niza. Ahora, encerrado en la bodega de equipajes de proa del Mauretania, dentro de una jaula de leones alquilada a un circo (dado que el calabozo del buque estaba ya ocupado), aguardaba el momento de ser juzgado en Manhattan, custodiado por un agente de los servicios de protección de Van Dorn.
Bell y Abbott, íntimos amigos desde que se enfrentaron en un legendario combate de boxeo interuniversitario en el que Bell había representado a Yale y Archie a Princeton, estaban solos en la cubierta. Ya era tarde. El viento frío y la niebla habían hecho que los pasajeros de primera, segunda y tercera clase del Mauretania se refugiasen en sus suites, camarotes o literas de hierro galvanizado, respectivamente.
—Estábamos hablando —dijo Archie, medio en broma y medio en serio— de tu inminente, o no tanto, boda con la señorita Marion Morgan.
—Ya están casados nuestros corazones.
La prometida de Isaac Bell se dedicaba al mundo cinematográfico. Había abandonado Londres en el último tren, después de realizar para Picture World News Reels un reportaje fotográfico del cortejo fúnebre de Eduardo VII. Los rollos de negativos con las imágenes tomadas por las máquinas que Marion había repartido a lo largo del recorrido fueron revelados, lavados, secados y positivados de inmediato, y aquella misma noche, solo nueve horas después del entierro del viejo rey Teddy, se proyectaban ciento sesenta metros de «película temática» en los teatros de Piccadilly mientras la directora disfrutaba de un más que merecido baño caliente en su camarote de primera, junto a la cubierta de paseo del Mauretania.
—Nadie duda de tu pasión —dijo Archie con un guiño tan insinuante que a cualquier otro le habría valido un puñetazo en el ojo—. Además, habría que estar ciego para no fijarse en la enorme esmeralda que ella luce en el dedo, muestra de vuestro compromiso. Pero los amigos constatamos que ha pasado cierto tiempo desde el anuncio del mismo… ¿Te lo estás pensando?
—Yo no —respondió Bell—. Y Marion tampoco —se apresuró a añadir—. Estamos los dos tan ocupados que no hemos tenido tiempo de fijar la fecha.
—Pues ahora es la ocasión. Cuatro días y medio en alta mar. No puede escaparse. —Archie señaló con el puro el puente de mando sin luz del Mauretania—. ¿Qué te parece si pedimos al capitán que os case? —preguntó con toda naturalidad, como si no hubiera ensayado aquella conversación con su mujer el día mismo de la compra de los pasajes.
—Cuando tú vas yo vuelvo, Archie.
—¿Qué quieres decir con eso?
Una amplia sonrisa iluminó el rostro de Bell; una dentadura tan perfecta que casi brillaba en la oscuridad.
—Ya he hablado con el capitán Turner.
—¡Excelente! —Archie le cogió la mano a Bell y se la estrechó con ímpetu—. Yo seré el padrino y Lillian, la dama de honor. De invitados está el barco lleno. He ojeado la lista de pasajeros, y en el Mauretania viaja la mitad de los Cuatrocientos y una buena parte de los Burke’s Peerage.
La sonrisa de Bell reflejaba determinación.
—Ahora solo me falta acorralar a Marion.
Archie, que se estaba recuperando de una herida de bala, anunció de pronto que se iba a acostar. Bell lo ayudó a abrir una pesada puerta por la que se accedía a un pasillo y notó que temblaba.
—Te acompaño.
—No hay que desperdiciar tan buen tabaco —dijo Archie, firmemente sujeto a la baranda—. Acábate el puro, ya bajo por mis propios medios.
Bell estuvo pendiente de Archie hasta que se aseguró de que había bajado sin percances. Acto seguido salió de nuevo a la cubierta y aguzó el oído, vuelto hacia el oscuro mar.
Se asomó por la borda. Veinte metros más abajo se reflejaban en los remolinos de agua las luces de la lancha del práctico, que se acercaba soltando bocanadas de humo y vapor. El timonel aproximó con destreza la proa de la barca al casco con remaches del Mauretania, que parecía un negro acantilado en movimiento. El práctico que había conducido fuera del río y de la barra de arena al gigantesco buque de vapor bajó por una escalerilla de madera y soga. Todo se llevó a cabo de manera impecable. Un minuto después las dos embarcaciones se separaron, y la más pequeña apagó sus luces de cubierta y desapareció a popa mientras la más grande aumentaba la velocidad.
Bell, que todavía escrutaba la noche, de nuevo distinguió con claridad el motor V-8. Esa vez se oía más cerca, calculó que a menos de doscientos metros, y se aproximaba a todo trapo. Calculó que la lancha se encontraría a unos cien metros del buque. Seguía sin verla, pero la oía deslizarse junto al barco sin quedarse atrás, lo cual, en un mar cada vez más agitado, era toda una proeza. Le pareció no ya insólito, sino peligroso que navegara con las luces apagadas. De pronto se encendieron, pero no eran las de navegación, sino las de un reflector de señales que emitía destellos en código.
Isaac Bell miró la popa que se extendía a lo largo de la cubierta. Esperaba ver los destellos de respuesta del Mauretania, pero en el puente de mando no había oficiales ni marineros que pudieran contestar. Tampoco apreció respuesta alguna desde el trinquete de sesenta metros que desaparecía en la oscuridad del cielo. Encaramado a la cofa, el vigía miraba hacia delante, no hacia el costado al que el reflector había dirigido su estrecho haz de luz.
De pronto, a popa, vio romper una ola cuyo blanco resplandor contrastó intensamente con el agua negra. Después fue la lancha lo que vio aproximarse. En efecto, era una Wolseley-Siddeley que, con el morro oculto bajo el oleaje, hendía el mar con velocidad y fuerza, guiada por un avezado timonel. Se colocó justo a los pies de Bell: doce metros de cortante eslora cuya hélice dejaba tras de sí una estela de espuma luminosa.
Oyó una exclamación a su espalda, un grito de miedo que se interrumpió bruscamente. Se volvió para observar la oscura cubierta del buque. Lo que captó a continuación fue un gemido de dolor seguido de unos pasos apresurados.
Por el pasillo donde había deseado buenas noches a Archie irrumpió un compacto grupo de hombres que se peleaban entre sí con encarnizamiento, siluetas que se tambaleaban delante de la luz que salía de las ventanas de la biblioteca de primera clase. Tres individuos corpulentos estaban empujando hacia la borda a dos más bajos. El detective oyó otro grito, la voz de alguien que pedía ayuda; luego un fuerte impacto y un gruñido sordo. Una víctima se dobló sin aliento con las manos en el vientre.
Isaac Bell cubrió corriendo la distancia que lo separaba de ellos.
Se movía en absoluto silencio.
Tan concentrados estaban los tres hombres que no se percataron de la presencia del alto detective hasta que un potente derechazo dejó tumbado en la cubierta al que estaba más cerca de él. Bell giró sobre la punta de los pies y lanzó un directo con la izquierda, al que aplicó toda su energía y el peso de su cuerpo. De haber dado en el blanco habría equilibrado la balanza, uno contra uno.
El hombre a quien había querido noquear se movió con una rapidez inusitada, evitando recibir en la cabeza el puñetazo, que acabó por impactarle en un hombro. Aun así, y a pesar de que llevaba colgada del hombro una gran soga que amortiguó el impacto gracias a la flexibilidad del cáñamo, la potencia del golpe bastó para arrojarlo a la cubierta.
De la oscuridad surgió un contragolpe que estalló con la violencia concentrada de un mazazo. Isaac Bell lo esquivó parcialmente, pero el impulso del choque lo lanzó contra la borda y quedó asomado a ella, con la lancha motora a sus pies, pegada al casco. El autor del golpe que lo había hecho salir despedido arrastró a sus dos víctimas a la baranda y gruñó una orden a su cómplice, quien tras saltar por encima de su camarada caído se lanzó sobre Bell para terminar la faena.
El detective vio reflejarse en un cuchillo las luces de la biblioteca.
Recuperado el equilibrio, se apartó de la borda e intentó eludir una brutal puñalada. El filo pasó a pocos centímetros de su cara. Bell propinó una enérgica patada a su contrincante, y este chocó con la borda y se precipitó al otro lado. Un grito de dolor y miedo fue cortado en seco por el tremendo impacto del cuerpo al estamparse veinte metros más abajo contra la lancha.
La embarcación se alejó a toda velocidad, con un rugido de máxima aceleración.
Isaac Bell sacó de su abrigo una pistola.
—¡En pie! —ordenó al de la soga enrollada en el hombro, el tipo inusitadamente rápido y fuerte a quien solo veía como una sombra—. Manos arriba.
Una vez más, no obstante, el cabecilla de los agresores se movió como un rayo; lanzó la soga hacia Bell, y esta se le enroscó en la mano con la que sujetaba la pistola. Mientras el detective se desembarazaba de la cuerda vio, sorprendido, que su contrincante levantaba de la cubierta a su inconsciente cómplice y lo lanzaba por la borda. Después echó a correr.
Bell tiró la soga al suelo y alzó el arma.
—¡Deténgase!
El atacante siguió corriendo.
El detective esperó serenamente a que la luz que salía de la biblioteca iluminara su avance para poder detenerlo con un tiro en las piernas. Su Browning modelo 2 semiautomática, una pistola de gran precisión que disparaba cartuchos del calibre 380, no podía fallar. Justo antes de llegar a la luz el fugitivo apoyó ambas manos en la baranda, dio un salto digno de un acróbata circense y desapareció en la oscuridad.
Bell corrió hacia el punto donde había saltado y miró por la borda.
Sobre las oscuras aguas solo vio la estela blanca dejada por el raudo casco del Mauretania. No acertó a distinguir si el fugitivo estaba nadando o se había hundido bajo las olas. En cualquier caso, a menos que la lancha volviese y que su tripulación tuviera mucha suerte al buscar, era poco probable que lo rescatasen antes de que el gélido mar de Irlanda acabara con su vida.
Enfundó la pistola y se abrochó el abrigo. Nunca había visto nada igual. ¿Qué idea absurda había impulsado a aquel hombre a arrojar por la borda, a una muerte segura, a su cómplice inconsciente y poco después condenarse a sí mismo a la misma suerte?
—Gracias, señor, muchísimas gracias —dijo una voz con el acento y la barroca cadencia de los vieneses cultos—. No me cabe duda de que sin su rapidez y su coraje ya estaríamos muertos.
Bell miró hacia bajo de nuevo, pero la oscuridad era absoluta.
—Lástima que no nos haya salvado antes de recibir el puñetazo en el vientre —dijo otra voz, que parecía la de un americano—. Me siento como si me hubiera atropellado un tranvía.
—¿Estás bien, Clyde? —preguntó el vienés.
—Lo estaría si una enfermera rubia y bien capacitada me cuidara durante un mes. —Clyde se levantó con dificultad—. Gracias. Nos ha salvado el pellejo.
—¿Qué pretendían esos tipos? —inquirió Isaac Bell—. ¿Matarlos o raptarlos?
—Raptarnos.
—¿Por qué?
—Es largo de contar.
—Dispongo de toda la noche —anunció Isaac Bell en un tono que exigía respuestas—. ¿Conocían a esos hombres?
—Sabíamos de sus actos y su fama —dijo el vienés—, pero gracias a usted no hemos llegado a conocerlos formalmente.
Bell los tomó a ambos con firmeza por el brazo y se los llevó al interior del barco, a la sala de fumadores, donde los sentó en dos sillones contiguos y observó sus caras. El americano era un joven con el bigote de un dandi y el pelo alborotado, que no debía de tener más de veinte años y que no solo se despertaría con dolor de barriga, sino también con un ojo a la funerala.
El vienés era un hombre maduro y de aspecto bondadoso, un digno caballero con unos quevedos tintados de rosa, que milagrosamente seguían sobre su nariz, bajo la frente despejada y una mirada inteligente. Su atuendo era de calidad. Llevaba una corbata oscura y una camisa de cuello redondo. En contraste con su sobria vestimenta, su bigote se torcía sinuoso en las puntas. Bell supuso que era un hombre de letras, y no anduvo muy errado, como se vería. También luciría dentro de unas horas un ojo morado. Además, le habían partido el labio, que sangraba.
—No deberíamos estar aquí. —Miró con admiración la opulencia de las tallas y los artesonados de la enorme estancia, decorada a la manera del Renacimiento italiano—. Es el salón de fumadores de primera clase, y nosotros viajamos en segunda.
—Son ustedes invitados míos —se limitó a decir Bell—. ¿Qué ha pasado?
Apareció el sobrecargo del salón de fumadores, quien tras una gélida mirada a los pasajeros de segunda clase informó a Bell, con todo el empaque con que podía hacerse un anuncio semejante, de que el bar estaba cerrado.
—Necesito toallas y hielo para las contusiones de estos caballeros —dijo Isaac Bell—. Que venga enseguida el médico del barco. Ah, y quiero whisky escocés para todos, sin hielo. Empezaremos por el whisky, por favor. Tráigame la botella.
—No hace falta, no hace falta.
El americano se apresuró a mostrarse del mismo parecer.
—Estamos bien. Ya se ha molestado bastante. Bastará con que nos acostemos.
—Me llamo Bell, Isaac Bell. ¿Y ustedes?
—Disculpe mi mala educación —dijo el vienés con una reverencia mientras se palpaba el chaleco con manos temblorosas—. Parece que he perdido mis tarjetas durante la refriega —murmuró, disgustado—. Me llamo Beiderbecke, profesor Franz Bismark Beiderbecke.
Dio la mano a Bell y este se la estrechó.
—Le presento a mi ayudante, Clyde Lynds.
El joven simuló un saludo militar. Bell le dio la mano y escudriñó su semblante. Dejándose de bromas, Lynds le sostuvo la mirada, y Bell distinguió en la expresión de sus ojos una firmeza que no se apreciaba a simple vista.
—¿Por qué han intentado raptarlos?
Los dos hombres se miraron con cautela. El primero en hablar fue Beiderbecke.
—Es de suponer que fueran agentes de una empresa de fabricación de municiones.
—¿Qué empresa es esa?
—Una alemana —dijo Lynds—. Krieg Rüstungswerk GmbH.
Bell reparó en la fluidez con que lo pronunciaba.
—¿Dónde ha aprendido el alemán, señor Lynds?
—Mi madre era alemana, aunque se casó muchas veces. Pasé mi infancia entre Dakota del Norte, donde mi padre (un inmigrante sueco) cultivaba trigo, Chicago y las bambalinas de los teatros de Nueva York. Al final Mutter se ligó a un vienés, que era lo que siempre había querido sin saberlo, así que aterricé en Viena y me aceptó el bueno del profesor.
—Más que bueno, afortunado, señor Bell, si quiere que le diga la verdad. Clyde es un científico de gran talento. Mis colegas aún se dan con un canto en los dientes por que eligiera trabajar en mi laboratorio.
—Es porque salía barato —dijo Clyde Lynds con una sonrisa.
—¿Por qué iban a raptarlos unos agentes de una empresa de fabricación de municiones? —preguntó Bell.
—Para robarnos nuestro invento —respondió Beiderbecke.
—¿Qué tipo de invento?
—Nuestro invento secreto —contestó Lynds anticipándose al profesor. Se volvió hacia él—. Señor, habíamos quedado en que la confidencialidad es primordial.
—Sí, claro, claro, pero es que el señor Bell ha sido tan bueno con nosotros… Ha puesto su vida en peligro para salvar las nuestras.
—El señor Bell es muy diestro con los puños. ¿Qué más sabemos de él? Mi consejo es que nos ciñamos al pacto de no revelar nada, que es lo que habíamos acordado.
—Por supuesto. Tienes razón, claro. —El profesor Beiderbecke miró a Bell, avergonzado—. Perdone usted. A pesar de mi edad no soy hombre de mundo. Mi brillante y joven protegido me ha convencido de que soy demasiado confiado. Es obvio que es usted un caballero. También es obvio que ha salido en nuestra defensa sin tener en cuenta su propia integridad. Por otra parte, me conviene recordar que ya hemos sido cruelmente utilizados por otros que aparentaban ser caballeros.
—Y que intentaron sacarnos hasta los empastes de las muelas —dijo Lynds, burlón—. Perdone, señor Bell. ¿Verdad que me entiende? No es que no le estemos agradecidos por haberse lanzado en nuestro rescate…
La sonrisa de Isaac Bell podía considerarse amistosa.
—No tienen que mostrarme su gratitud revelando un secreto importante. —Aquella comedida respuesta disimulaba una curiosidad que sería satisfecha si sabía ser paciente. Tal como Archie había observado, tenían por delante cuatro días y medio en alta mar; nadie abandonaría el barco en ese tiempo—. Ahora bien, me preocupa su seguridad —añadió—. Esta gente de las municiones ha organizado una campaña audaz y de una precisión militar para raptarlos de un transatlántico británico que acaba de zarpar. ¿Por qué creen que no volverán a intentarlo?
—En un transatlántico británico seguro que no —replicó Lynds—. Si se tratara de uno alemán, nos preocuparía la tripulación. Por eso elegimos este.
—¿Quiere decir acaso que ya lo habían intentado antes?
—En Bremen.
—Y dígame, por curiosidad, ¿cómo se libraron ustedes entonces?
—Tuvimos suerte —dijo Lynds—. Como nos lo veíamos venir, reservamos pasaje a bordo del Prinz Wilhelm, para llamar la atención, y luego nos dirigimos a toda prisa a Rotterdam, desde donde viajamos a Hull en un vapor. Cuando averiguaron que no habíamos embarcado en el Prinz Wilhelm ya íbamos en tren a Londres.
Bell tenía muchas más preguntas, pero le impidió formularlas la llegada del médico del barco. Justo tras él irrumpió el primer oficial, momento en que Bell vació con disimulo su vaso de whisky en una escupidera y se lo rellenó ostensiblemente con la botella.
La expresión del primer oficial se fue tiñendo de incredulidad a medida que el profesor y Lynds le explicaron que acababan de atacarlos tres hombres que luego habían saltado por la borda. Después, mientras el médico examinaba el corte del labio de Beiderbecke y el ojo hinchado de Lynds, el oficial dijo a Bell en voz baja, con una elocuente mirada al whisky que tenía en la mano:
—Es inevitable preguntarse si estos dos señores no se habrán peleado entre sí y habrán querido encubrirlo con un cuento chino sobre… ¿Cómo lo titularíamos? ¿Quizá «Piratas en la bahía de Liverpool»?
Isaac Bell dio un sorbo a su whisky. Estaba resuelto a llegar hasta el fondo de aquel extraño ataque, así como de aquello que lo había motivado, el invento calificado como «secreto» por los propios Beiderbecke y Lynds, pero los secuestradores habían sido engullidos por la noche y se encontraban a varias millas náuticas del barco. Las únicas fuentes de información disponibles eran el austríaco y el suecoalemán criado en Estados Unidos. Por otra parte, los oficiales del Mauretania estaban menos capacitados que un policía de pueblo para investigar el móvil de la agresión. No harían más que estorbarle.
—Mire usted, señor Bell… —añadió el primer oficial. Sus primeras palabras habían sido corteses, casi tímidas: era el perfecto empleado de la compañía, un hombre con don de gentes que no se inmutaba ante los pecadillos de los pasajeros ricos. Fijó en Bell una mirada penetrante, con la que sin duda atemorizaba a los suboficiales—. Habida cuenta de que nadie ha saltado, se ha caído o ha sido arrojado por la borda, tengo curiosidad por saber cómo lo han convencido para que adornara su historia.
—Lo he hecho por compasión —dijo Isaac Bell con una sonrisa. Se llevó el vaso a los labios—. Les daba tanta vergüenza lo que habían hecho, pobres… Y yo me había tomado alguna que otra copa. —Lanzó una mirada al interior del vaso—. En su momento parecía buena idea… —Miró al oficial a la cara y sonrió un tanto avergonzado—. Me tentó ser un héroe, al menos durante un momento…
—Le agradezco su franqueza, señor Bell. Seguro que estará usted de acuerdo en que lo mejor, en cuanto el médico haya hecho su trabajo, es que nos acostemos todos y tengamos la fiesta en paz.
—¿Krieg Rüstungswerk GmbH? —repitió Archie Abbott. Desde niño había viajado a lo largo y ancho de Europa, y poco tiempo atrás, en el transcurso de su prolongada luna de miel, había orquestado los preparativos para abrir sucursales de la agencia Van Dorn en el Viejo Continente—. Es una empresa privada de municiones estrechamente relacionada con el ejército, como es previsible en un fabricante de cañones que se prepara para una guerra en Europa.
Estaban en el comedor, donde Isaac Bell se había reunido con Archie poco después de que se anunciara el desayuno con un toque de corneta. El Mauretania acababa de rebasar el cabo Malin, el punto más septentrional de la geografía irlandesa, y al dejar atrás el mar de Irlanda había empezado a sentir los efectos de unas olas atlánticas de altura inusitada, que elevaban su proa y alimentaban rumores en los ascensores y en los vestíbulos de que les esperaba mal tiempo.
—¿Por qué lo preguntas?
—¿Te acuerdas de la lancha motora que no oíste anoche?
—¿Cómo quieres que me acuerde si no la oí?
Bell explicó lo sucedido a Archie, y este se quedó de piedra.
—En buen momento se me ocurrió acostarme temprano… ¿Por la borda, los tres?
—El que intentó apuñalarme, el que fue arrojado por su jefe… y este también, por iniciativa propia.
—Siempre eres el único que se divierte, Isaac.
—¿Qué loco se lanzaría al mar para ahogarse a propósito?
Archie sonrió.
—Quizá tuviera miedo de alguien que ya había dejado tiesos a sus dos compinches y que tenía una pistola en la mano.
Bell negó con la cabeza.
—Un hombre asustado no se habría entretenido en lanzar por la borda a su cómplice. No, se aseguró de que no quedara nadie que pudiera confesar. Ni siquiera él mismo. Demencial.
—¿Estás seguro de que no saltó a un bote salvavidas?
—Segurísimo. Volví a la baranda y miré hacia abajo. Estaba en la zona del medio de estribor, esa donde no hay botes, como mínimo a diez metros del más cercano.
Archie se llenó la boca de arenque ahumado.
—Más que demencial, yo diría fanático. Los de Krieg Rüstungswerk son uña y carne con el ejército imperial alemán, así que si buscan el «invento secreto» del profesor debe de tratarse de algún artilugio bélico, ¿no te parece?
—Un artilugio bélico, sin la menor duda.
—En cuyo caso es muy posible que Krieg reclute a soldados alemanes para robarlo. Son unos fanáticos en todo lo tocante al Der Tag, «el día» en que pondrán en marcha el Wille zur Tat del káiser Guillermo. Y ya sabemos todos qué significa Wille zur Tat.
—Un eufemismo para no decir: «Empezar una guerra» —puntualizó Bell—. Aunque yo sigo confiando en que todo esto de la guerra en Europa no pase de las palabras a los hechos.
—Yo también —dijo Archie—. De todos modos, Inglaterra está paranoica con los acorazados alemanes, y la Alemania imperial es ambiciosa. Al káiser le encanta su ejército, y ocurre como en la antigua Prusia: es el ejército el que gobierna la sociedad. El servicio militar dura tres años, y la burguesía anda tan loca por los uniformes que acepta estar en la reserva solo para poder vestirse de soldado.
—La industria alemana no la han construido los soldados, sino los civiles.
—No cabe duda de que muchos millones de alemanes de bien preferirían ganar dinero y mandar a sus hijos al colegio que entrar en guerra. La cuestión es si el káiser puede azuzarlos al combate… Pero ¡dejémonos de guerras y de armas secretas! Si no es indiscreción, ¿te ha vuelto a decir Marion que sí?
—Todavía no la he preparado.
—¿Qué pasa, que estabas demasiado ocupado arrojando granujas por la borda? Eh, ¿adónde vas? Aún no has acabado de desayunar.
—Voy a radiotelegrafiar a la oficina de Berlín antes de que estemos tan lejos de la costa que nos resulte imposible hacerlo. Que Art Curtis se ponga a investigar sobre Lynds, Beiderbecke y Krieg Rüstungswerk.
—Que tengas suerte. La oficina la lleva Art a solas, y acaba de empezar.
—Art Curtis es más rápido que una mangosta y más listo que el hambre. Encima domina el alemán. ¿Por qué crees que el señor Van Dorn le asignó Berlín?
—Nos vemos en la sala de fumadores. Tenemos que hablar de ese precioso toro al que vas a tomar por los cuernos. Por cierto, Isaac, ¿qué ha sido de la cuerda que te lanzó aquel hombre?
—Cuando volví a mirar, ya no estaba.
—Debió de llevársela algún marinero.
—O un cómplice.
Bell tomó un formulario en blanco de la mesa del contador y lo rellenó con su mensaje, pero en vez de dejarlo en manos de otro, exponiéndolo a miradas indiscretas, se lo llevó directamente al puesto del telegrafista, situado en la última cubierta del barco, entre la segunda y la tercera chimenea.
Cuando entró en la sala de radio, donde el viento sacudía una cortina que el humo del carbón había teñido de gris, tenía en su mano un billete británico de una libra (cinco dólares, un día de paga) para disuadir de antemano a cualquiera que le insinuara que mandara el mensaje a través del contador. El operador, que no formaba parte de la tripulación del Mauretania, sino que era un empleado de la Marconi Wireless Telegraph Company, se abstuvo también de comentar que el escrito de Bell era un galimatías, ya que estaba cifrado.
Bell esperó a que el hombre transmitiera su mensaje por código Morse a un puesto de radiotelegrafía del cabo Malin, desde donde sería telegrafiado por tierra, después por cable bajo el mar de Irlanda y el canal de la Mancha, y de nuevo por telégrafo hasta la oficina de Van Dorn en Berlín. En función de la distancia que hubiera cubierto el Mauretania, la respuesta de Arthur Curtis se transmitiría desde Irlanda o a través de otros barcos.
—Justo a tiempo para oír pontificar —dijo Archie a Bell a modo de saludo cuando el alto detective se reunió con él en la sala de fumadores.
Mediaba la mañana, y el masculino refugio se había llenado de varones distinguidos que fumaban puros, pipas y cigarrillos, jugaban al ajedrez, hacían solitarios y leían el periódico del barco. Las vidrieras y el humo de tabaco filtraban la débil luz del norte, que se reflejaba en los asientos, las mesas y los sillones agrupados sobre una alfombra de color verde claro. Dos hombres de mediana edad con el rostro colorado discutían en voz alta. Bell prestó oídos. En los salones de fumadores hasta los más juiciosos caían en la jactancia y ofrecían a manos llenas valiosa información.
—¿Quién es el hombre corpulento y vestido de tweed? —preguntó Bell a Archie.
—El conde de Strone, oficial retirado del ejército británico.
—¿Y a quién se enfrenta el señor conde?
—A Karl Schultz, un magnate del carbón pangermanista que entre las clases obreras del valle del Ruhr recibe el poco cariñoso apodo de Barón Chimeneas. Antes de que alcen aún más la voz, permíteme que te dé valor. Amigo mío, te ruego que amarres a la bella Marion antes de que se aleje a la deriva.
—Esta medianoche —dijo Isaac Bell—. Tengo preparado hasta el último detalle. Para empezar, champán y música.
—El champán nunca falla, pero ¿de dónde piensas sacar una orquesta a esas horas? Hasta el camarero que toca la corneta se acuesta después de haber anunciado la puesta de sol.
—Voy a sorprenderla con un gramófono.
—¿Y no te chafará la sorpresa el bulto de la bocina del gramófono en la chaqueta del esmoquin?
—Es que es de cartón. Se guarda todo doblado en una cajita que no es más grande que la funda de una cámara.
Archie miró a Bell con sincera admiración.
—Eres un estratega implacable, Isaac.
—Lillian está al otro lado de la puerta. Ya puedes darle luz verde. Esto está hecho.
—¿Es demasiado temprano para brindar por tu éxito?
Bell ya había llamado la atención del camarero.
—Dos McEwan’s Export, por favor.
—Vaya por Dios —dijo Archie al tiempo que se ponía en pie y saludaba con la mano—. ¡Si es Hermann Wagner, el banquero! Nos organizó una cena de luna de miel en Berlín. ¡Herr Wagner!
Wagner se acercó sonriendo. Bell reconoció en él a un refinado berlinés cuya elegancia lo situaba en las antípodas de su paisano Karl Schultz, el rudo Barón Chimeneas. Mientras charlaban sobre los rumores de mal tiempo, como buenos pasajeros, y se mostraban de acuerdo en que para ser un barco de aquella eslora el Mauretania ya cabeceaba mucho, se vieron interrumpidos bruscamente por la voz del conde de Strone, desde el otro extremo de la sala.
—¿Y puede saberse por qué Alemania necesita más acorazados?
—Porque es la hora del apogeo del poder alemán —repuso en el mismo tono Schultz.
Se interrumpieron las conversaciones. En el salón de fumadores todos aguardaban la respuesta del conde de Strone.
El británico sacó un reloj de su chaleco, lo abrió con el pulgar, miró la esfera e hizo un anuncio que fue acogido con risas.
—Según mi reloj, parece que son las once y media.
—Me refiero a los logros de Alemania —aclaró con orgullo Schultz—. Hemos superado a Inglaterra en la producción de carbón y acero, y nuestros científicos dominan los campos de la química y la electricidad. Producimos la mitad de los aparatos eléctricos de todo el mundo. Y poseemos una cultura superior en cuanto a música, poesía y filosofía.
Hermann Wagner, el amigo de Archie, lo interrumpió con suavidad.
—No sé si no es un poco fuerte la palabra «superior» entre compañeros de barco… La fuerza se aprecia en la humildad.
—La humildad es de tontos —gruñó Schultz—. Nosotros no somos ni déspotas, como los rusos, ni demócratas flojuchos, como los franceses. Nuestros logros otorgan a Alemania el derecho, el deber, ¡el noble deber!, de buscar nuevas colonias.
—Pero hombre, por Dios, si ya tienen el África Oriental alemana y el África del Sudoeste alemana. Si mal no recuerdo, gobiernan hasta una parte de Togolandia. ¿Qué más necesitan?
—Leopoldo, rey de la minúscula Bélgica, posee el Congo entero. Alemania reclama la porción de África a la que tiene derecho. Y también de Sudamérica, y del Pacífico y de China. Inglaterra ha tenido demasiado durante demasiado tiempo.
El conde apretó los labios y se dispuso a levantarse.
Hermann Wagner intervino para apaciguarlo con sonrisas y buenas palabras. Strone se aposentó en su sillón mientras rezongaba como un mastín indignado.
—Las colonias ya están comprometidas.
—Pero ¡qué buen actor es Strone! —dijo Isaac Bell a Archie.
—¿Actor? ¿Qué quieres decir?
—Diez a uno a que es de la inteligencia militar británica.
Archie Abbott prestó más atención.
—Y veinte a uno —añadió Bell— a que no está retirado.
Archie, que se habría dedicado al teatro si su madre no le hubiera prohibido abandonar de ese modo el seno de la buena sociedad, asintió con la cabeza.
—No hay apuesta.
El británico siguió hablando con el alemán.
—Ustedes quieren que haya guerra con la esperanza de quedarse con los despojos.
—Las potencias que intentan obstaculizar la supremacía alemana acabarán por recuperarse del correctivo que administraremos y aceptarán su lugar en el nuevo orden.
De pronto lord Strone la tomó con Isaac Bell.
—Usted, señor. Le veo aspecto de norteamericano.
—Tengo ese honor.
—¿Estados Unidos aceptará el «nuevo orden»?
Bell respondió con diplomacia:
—La Marina británica domina los mares, y el ejército alemán es el mayor del mundo. Nosotros albergamos la esperanza de que limen ustedes sus diferencias. De hecho —añadió muy serio—, confiamos en que lo hagan.
—Mientras Alemania siga construyendo acorazados no parece muy probable —dijo el conde.
A Schultz se le encendieron las mejillas.
—Cito al káiser Guillermo: «Nuestra armadura no puede tener ni un solo punto débil».
Una vez más intervino Hermann Wagner:
—Pero si Inglaterra y el Imperio alemán, Dios no lo quiera, se enfrentan, ¿de qué lado estará Estados Unidos?
—Al otro lado del Atlántico —dijo con voz cansina Archie Abbott, para regocijo de todos los presentes.
El berlinés se sumó a las risas. Incluso el Barón Chimeneas sonrió. En cambio lord Strone contestó con gravedad:
—Nos hemos embarcado en una travesía de cuatro días, señor. El Mauretania se dirige a Nueva York a una velocidad de veintiséis nudos. El mundo está más cerca de lo que creen los americanos.
—No tanto para no verlas venir —dijo Isaac Bell.
Hubo más risas al tiempo que se bebía y se daban caladas a los cigarrillos y los puros.
Fue Hermann Wagner quien rompió el silencio. Isaac Bell se preguntó por qué era tan tenaz.
—Pero si Estados Unidos tuviera que elegir, si se viera obligado a ello, ¿por quién se inclinaría?
—Por Alemania —contestó Schultz—. En Estados Unidos hay más inmigrantes alemanes que de cualquier otro país.
—Los americanos y los ingleses compartimos sangre y siglos de tradición —replicó el conde de Strone—. Somos hermanos.
—Pero los americanos combatieron contra sus hermanos en la guerra de Secesión.
Isaac Bell y Archie Abbott se miraron con mala cara. Todo apuntaba a que tarde o temprano los imperios alemán y británico entrarían en combate. Quedaba por saber si también se apuntarían Francia, Rusia, Italia y Austria. De lo que no tenían duda los dos detectives era de que Estados Unidos debía mantenerse al margen de la caótica política europea.
Isaac Bell se irguió en toda su estatura y miró a los ojos al agente de los servicios secretos, que de retirado no tenía nada. Al menos el británico debería ser consciente de que ya había pasado la época de las cargas románticas de caballería. Acto seguido miró al alemán.
—Antes de que recurran ustedes a la guerra —les dijo a todos—, les aconsejo que observen atentamente los efectos de las ametralladoras más modernas. Si no son capaces de resolver sus diferencias, caballeros, convertirán Europa en un matadero.
—¿Se dedica usted a la industria armamentística, señor Bell? —preguntó Wagner.
—A los seguros.
—¿En serio? ¿En qué compañía, si me permite la pregunta?
—Dagget, Staples & Hitchcock.
—Venerable empresa —retumbó la voz de lord Strone—. Es con la que trabajan mis abogados para mis propiedades americanas. Pero dígame una cosa, amigo mío: ¿es habitual que en el sector de los seguros se observen los efectos de las ametralladoras modernas?
—Tenemos entre nuestros clientes a fábricas de armas de Connecticut y Massachusetts —contestó sin inmutarse Bell—. Y por extensión, a otras del extranjero con las que colaboran. La inglesa Vickers, por supuesto —dijo a Strone—. Y la alemana Krieg Rüstungswerk —añadió también para Schultz—. ¿La conocen ustedes?
—Solo por su fama —respondió Hermann Wagner mientras el Barón Chimeneas apartaba la vista.
—¿De qué tiene fama Krieg?
—De innovadora —interrumpió de nuevo Hermann Wagner—. Tiene mucha iniciativa, como dirían los americanos.
Arthur Curtis, responsable de la oficina berlinesa de la agencia de detectives Van Dorn (de hecho, una única sala), era un hombre bajo y rechoncho oriundo de Colorado. De sonrisa fácil y efusiva, con unos ojos azules de simpático brillo y un vientre a duras penas contenido por su chaleco, tenía más aspecto de floreciente vendedor de bebidas alcohólicas que de investigador privado de primera clase.
Comenzó a investigar a Beiderbecke y a Lynds en cuanto recibió el radiotelegrama de Bell. Por lo general, no era hombre que aplazara las cosas, pero en el caso de Isaac Bell, además, nunca olvidaría que tras el asesinato de su viejo colega Glenn Irvine a manos del Carnicero había sido Bell, herido por dos balas en ese tiroteo, quien había pagado de su propio bolsillo la manutención de la anciana madre del difunto detective.
Curtis llevaba menos de un año en Berlín y aún estaba tejiendo la red de contactos —tanto en el gobierno, el mundo empresarial, el ejército y la policía como entre los delincuentes— que necesitaría para que la oficina cumpliera con los requisitos de Van Dorn. Aun así, obtuvo resultados poco menos que inmediatos, como fue determinar que el profesor Franz Bismark Beiderbecke ocupaba una prestigiosa cátedra en el Imperial-Real Instituto Politécnico de Viena y que las múltiples titulaciones de Clyde Lynds confirmaban la genialidad que su mentor le atribuía.
Por el contrario, en cuanto formuló la primera pregunta sobre Krieg Rüstungswerk chocó con un muro de piedra. Un policía de rango medio con quien tenía tratos se quedó callado al teléfono. Al oír el zumbido de la línea, Curtis se preguntó el porqué de aquella reticencia súbita.
—Podría ser peligroso —dijo finalmente el policía.
—¿Qué es lo que podría ser peligroso?
—Cuando Krieg Rüstungswerk GmbH se entere de que anda usted haciendo preguntas sobre ellos, será muy peligroso.
Amenazar a Arthur Curtis era una manera segura de irritarlo.
—¡No me diga!
—Se lo digo, herr detective privado —contestó el alemán—. Ya he prolongado demasiado esta conversación telefónica. Buenos días.
Arthur Curtis dejó el auricular en su sitio, sacó su pistola favorita, una ligera y muy bien fabricada Browning de 1899 que cabía en su pequeña mano, y la desmontó y limpió para poner en orden sus ideas. Un golpe brusco en la puerta le informó de que tenía problemas.
—Ya te he dicho que te vayas —gruñó sin levantar la vista cuando se abrió la puerta.
—He venido por su bien —contestó Pauline Grandzau mientras entraba sin ser invitada y dejaba en el perchero el abrigo y el sombrero que ya se había quitado—. Me necesita.
Art Curtis apretó los dientes. Ya pensaba en ella como Pauline la Pesada.
—Por última vez: en esta oficina no me hacen falta chicas y, aunque necesitara alguna, que no es el caso, no sería una muchacha de diecisiete años que probablemente mienta sobre su edad, la cual es muy posible que ni siquiera alcance los dieciséis.
—Todos los grandes detectives necesitan un aprendiz.
Curtis levantó la vista, fatigado. Llevaban así varias semanas. Allí estaba Pauline, con la sonrisa esperanzada de siempre en un rostro salpicado de pecas: una colegiala alemana flaca, de trenzas rubias, ojos azules y el arrojo de un matón callejero berlinés.
—Yo no soy ningún gran detective —dijo Curtis, un maestro del despiste y el disfraz. Sacó uno de los favoritos de su repertorio: el de un rudo hombre del Oeste—. No tengo nada que ver con ese Sherlock Holmes de quien siempre lees, aquel tan elegante. Soy un simple peón; o sea, que bórrame de tu lista.
—Su deber para con la sociedad es tomar un aprendiz. Si no, ¿cómo se formará la juventud?
—Yo no creo en las chicas detectives. Tampoco dirijo ninguna organización benéfica. Vete.
Pauline se había acercado un poco más a Art Curtis y se había colocado a su espalda para mirar los papeles de la mesa por encima de su hombro. Suerte con las claves de Van Dorn, pensó él.
—Ya sabe que al final me contratará —dijo alegremente la muchacha—. Me necesita. Hablo un inglés perfecto. Estoy estudiando para bibliotecaria y puedo documentarme sobre cualquier cosa. Por si fuera poco, soy una gran esquiadora; aprendí en los Alpes con mi abuelo.
Curtis apoyó la cabeza en las manos. Ya adivinaba lo siguiente. En efecto, Pauline citó al Holmes de los demonios:
—«Cuando el otro compañero tiene todos los triunfos es tiempo de abandonar el juego.»
—¡Fuera!
Pauline Grandzau cogió el abrigo y el sombrero y se despidió con un gesto de la mano al salir de la oficina. Art Curtis echó el cerrojo. A decir verdad, el inglés de aquella chica era muy bueno, aunque no tanto como ella pensaba. Por otra parte, a Curtis no le hacía ninguna falta una traductora.
Tras una consulta a su lista de conocidos, que no dejaba de crecer, llamó por teléfono a un parlanchín director de una sucursal bancaria, con quien había entablado amistad, y lo invitó a un Biergärten, donde mantuvieron una agradable conversación a la sombra de los árboles, sentados en sillas de madera alabeada. De vez en cuando entrechocaban sus jarras de peltre y hacían su aportación a la azul bruma de los puros.
El banquero tenía alguna información acerca de Krieg Rüstungswerk. La fábrica de municiones la controlaba la antigua familia prusiana de los Roth, famosa por su secretismo, algo que poco tenía de sorprendente en el negocio de las armas. Krieg, que así era como todos llamaban en la compañía, estaba especialmente bien relacionada con el ejército, ya que el káiser la miraba «con una sonrisa». Además, era una firma proclive a adquirir empresas de otros sectores. A diferencia del policía del teléfono, el director bancario no aludió a ningún peligro en que pudieran derivar las preguntas. Justo cuando Curtis estrechaba su mano para despedirse, con la intención de ir a un Biergärten obrero que frecuentaba un sargento retirado del ejército alemán, el director bancario hizo un comentario al vuelo:
—Conozco a alguien que trabaja en las oficinas de Berlín.
—¿Ah, sí? ¿A qué nivel?
—La verdad es que bastante arriba. Es un directivo.
—¿Podrías presentármelo?
—Te costará una comida cara. Es un tacaño.
—¿Por qué no cenamos los tres? —preguntó Arthur, justo lo que quería oír el banquero.
Arthur cambio de Biergärten y encontró al sargento retirado, quien con una jarra llena de cerveza en la mano expresó su admiración por la precisión de los cañones fabricados por Krieg Rüstungswerk y repitió lo que ya había oído Curtis acerca del afecto que el káiser sentía por la empresa. Tras echarse al coleto una cerveza más, el sargento recordó con nostalgia los tiempos en que el káiser en persona pasaba revista a su regimiento, con el uniforme negro de los húsares de la muerte.
Arthur Curtis volvió a su despacho para preparar su respuesta a Isaac Bell.
Abrió la puerta y, al entrar, se le erizó el vello de la nuca. Se echó a un lado y se arrimó a la pared, al tiempo que sacaba su pistola del arnés.
—Tranquilo que soy yo —dijo la sombra sentada en el escritorio.
—Pauline, ¿cómo has entrado?
—Aunque si hubiera sido el coronel Moran podría haberle disparado con mi silenciosa pistola de aire comprimido, sin que lo oyera nadie en todo el edificio.
—¿Quién demonios es el coronel Moran?
—Uno que intentó matar a Sherlock Holmes. Al final Holmes lo arrestó.
—Te he preguntado cómo has entrado.
Pauline señaló la ventana, a la que se accedía por una escalera de incendios que daba a un callejón. De vez en cuando Curtis la usaba para salir de la oficina sin ser visto.
—Como Watson dijo a Sherlock en El hombre encorvado, «elemental».
—¿Elemental? Lo elemental es esto. —Curtis descolgó el teléfono—. Como no te vayas de una vez, para no volver, llamo a la poli para que te detenga por intrusión.
—Adivine qué he encontrado en la biblioteca sobre Clyde Lynds.
Art Curtis notó que se quedaba boquiabierto.
—¿De dónde has sacado ese nombre?
—Aparecía en el radiotelegrama que recibió del Mauretania, el que hablaba del profesor Beiderbecke y de Krieg Rüstungswerk.
—Ese mensaje estaba cifrado.
Pauline se encogió de hombros.
—La clave no era complicada.
—Algo tramas.
Plantando firmemente los pies para contrarrestar el vaivén del barco, Marion observó a Isaac Bell con la serenidad del almirante de un acorazado. Sus ojos de color verde coral, que en opinión de Bell, si hubiera tenido que elegir, eran su rasgo más hermoso, brillaban a partes iguales de amorosa entrega y sano escepticismo.
—Un picnic —contestó él.
—Es medianoche, y somos los únicos dos pasajeros que no están mareados en su camarote. No veo ninguna cesta de mimbre. Lo que sí llevas, por alguna razón, es una cámara.
—No es una cámara, aunque lo parezca. Agárrate a mi brazo para que no nos caigamos por la escalera.
Había muchas olas. La gran escalera de honor oscilaba de manera majestuosa con el cabeceo del buque, pero después de veinticuatro horas de tormenta en el norte del Atlántico ya estaban acostumbrándose. Bell se aferró a la barandilla. Subieron calculando cada cabezada y compensando el balanceo. Al llegar al último escalón, el detective condujo a Marion a través del vestíbulo hasta la sala de música de primera clase, un espacio abovedado, con una mullida moqueta de motivos florales y muebles con brocados en tonos rosas, azules, rojos y amarillos. La luz era tenue. No había nadie salvo un adormilado camarero que sujetaba un cubo de champán entre un sofá y una columna. Bell le dio una generosa propina.
—Ya la abro yo, gracias. Buenas noches.
El camarero se fue sonriendo.
—Ahora intentarás achisparme —dijo Marion.
—¿Bailas?
—Con mucho gusto. En cuanto llegue la orquesta.
El detective abrió la funda de cámara y la encajó en un rincón del sofá. Marion se acercó tanto que le rozó la mejilla con sus mechones del color del champán.
—¿Qué es eso? ¡Madre mía, pero si es un gramófono en miniatura! ¿Dónde está la bocina?
Bell desplegó un cartón plano, le dio forma cónica y lo ajustó al fonógrafo con pericia. Después giró una manivela para dar cuerda al mecanismo, puso un cilindro de dos minutos y lo dejó girar.
—¿Te acuerdas? Vimos la obra en Broadway.
—«A las obreras el cielo les da amparo» —contestó Marion cuando las primeras y débiles notas sonaron a través de la bocina amplificadora.
El último grito en comedias musicales era una sátira de las viejas tonadas románticas de la década de 1890. Isaac Bell se puso a cantar con una voz que no tenía nada que envidiar a la de un barítono.
La trató con el respeto que usan los bellacos,
y ella supuso que era todo un caballero,
pero lo descubrió una noche en la que fueron
a cenar un simpático menú barato,
y él le dijo: «¡Después de esto un cafecito!».
Empezó a cantar Marion:
La chica contestó con verbo osado.
A continuación entonó el estribillo:
«¡Atrás, bellaco! ¡Lejos de mi lado!
Aunque sea costumbre entre los ricos
la indigna tentación del cafecito,
a las obreras el cielo les da amparo.»
Bell abrió la botella de Mumm y sirvió dos copas.
—¿Por qué brindamos? —preguntó Marion.
—¿Por el amor?
—Vale, pues por el amor.
Se miraron a los ojos, se besaron y bebieron. Bell cambió el cilindro. A través de la bocina de cartón sonaron los acordes de otra nueva canción, el éxito romántico «Deja que te llame cariño».
—¿Me concede usted esta pieza?
Tomó de los brazos a Marion y dieron pasos de vals entre los muebles, como si la cubierta, con su moqueta y su vaivén, fuera una concurrida sala de baile.
—¿Te acuerdas de la primera vez que te pedí que te casaras conmigo?
Marion pegó su mejilla a la de él.
—Sí, fue durante un terremoto.
—¿Y de la segunda?
—En el vestíbulo del hotel Saint Francis. Yo contesté que era demasiado mayor para ti, y tú me dijiste que no.
—¿Y de la tercera?
—En Nueva York, cuando me regalaste esta esmeralda tan bonita que al principio me pareció demasiado brillante, pero que ahora me encanta, como si fuera nuestro amuleto.
—¿Y de la cuarta?
—Sobrevolando el Golden Gate con tu aparato volador.
—¿Quieres casarte conmigo?
—Por supuesto.
—Mañana —dijo Isaac Bell.
—¿Mañana? —La sonrisa de Marion era muy curiosa. Se detuvo la música. Marion se apartó de Bell y lo miró con expresión inquisitiva, después bajó la vista a la esmeralda de su dedo—. Tiene gracia.
—¿Qué tiene de gracioso que un hombre pida cinco veces a su prometida que se case con él?
Fue como si no lo hubiera oído.
—Cuando iba a la estación de Euston para subir al tren del barco —dijo, pensativa—, en el último momento hice parar al chófer en Hanover Square para entrar en Lucile’s y comprarme un vestido. Tiempo de hacer uno no lo había, obviamente, pero es que en Londres hablé con una rusa que me dijo que para el luto por el rey Eduardo había tanta demanda de trajes femeninos negros (al final ha resultado que tenía muchas más amantes de lo que se rumoreaba) que en Lucile’s tenían montones de vestidos no negros muy rebajados. Quería pedirte tu opinión antes de ponérmelo. Ahora ya no puedo.
—Pues claro que no puedes. Da mala suerte ver a la novia antes de la boda.
Miró a Bell a los ojos. Los de ella, tan bellos, se habían cuajado de lágrimas.
—Estás llorando. ¿Qué pasa?
—Es que estoy muy feliz.
—Pero…
—Te quiero tanto…
—Pero…
—¿Me prestas tu pañuelo?
Bell le dio un cuadrado de tela inmaculada.
—Me sorprende que me hayas hecho tan absolutamente feliz. Creo que ya me había acostumbrado a que siempre estuviéramos prometidos. Ya me iba bien, pero es que te quiero de todo corazón y sé que tú también me quieres. Supongo que me contenía un poco, porque tengo muchísimas ganas de casarme contigo… Isaac, ¿estás seguro de que el capitán Turner nos casará? He oído que es muy arisco.
—Ha ido por los pelos —reconoció Bell—. No tiene en mucha estima a los pasajeros de primera clase. Lo primero que me preguntó fue por qué quería invitar a nuestra boda a «esa maldita pandilla de monos». Yo alegué que algunos de nuestros mejores amigos eran monos, y él ni siquiera sonrió. Lo único que dijo fue que al ser divorciado no era, en sus propias palabras, «de utilidad en cuestiones maritales».
—¿Y cómo le has hecho cambiar de opinión? ¿Enseñándole tu pistola?
—Estuve a punto, pero, cuando el capitán Turner te vio correr hacia el barco desde el tren, de repente se puso a sonreír. Casi se cae al agua de tanto como se asomaba por la borda para mirarte. Entonces le dije: «Es mi prometida». Y él contestó: «¡Caramba, me pondré el uniforme de gala! ¡Con todas las medallas!».
—Yo no diría que mi vestido sea «de gala». No es que sea blanco; más bien es de color crema y más parecido a un vestido de noche que a uno de boda tradicional. —Tras un último toque en los ojos, Marion le devolvió el pañuelo—. Hablando de tradiciones, Isaac, ¿no es costumbre que un hombre dé un beso a una mujer cuando le ha propuesto matrimonio y ella ha contestado que sí?
Isaac Bell volvió a estrecharla entre sus brazos.
—No me acuerdo de si da buena o mala suerte besar a la novia antes de la boda.
—Es un requisito —dijo Marion.
—¿Justo unas horas antes?
—Toda la noche.