El poder puede parecer abstracto, pero para quienes están más en sintonía con él —es decir, los poderosos—, sus oscilaciones se viven de manera muy concreta. Al fin y al cabo, las personas con poder son quienes mejor detectan tanto sus posibilidades como los límites de lo que pueden hacer con él. Con frecuencia, esto los lleva a sentirse frustrados por la distancia que existe entre el poder que los demás suponen que tienen y el que en realidad poseen. Yo viví esa experiencia intensamente. En febrero de 1989 me acababan de nombrar, a los treinta y seis años, ministro de Fomento de mi país, Venezuela. Poco después de obtener una victoria electoral abrumadora, estalló en Caracas una fuerte oleada de saqueos y disturbios callejeros —desencadenados por la inquietud que despertaban los planes de recortar subsidios y subir los precios del combustible— que paralizaron la ciudad en medio de la violencia, el miedo y el caos. De pronto, a pesar de nuestra victoria y el claro mandato de cambio que los votantes parecían habernos otorgado, el programa de reformas económicas que habíamos defendido adquirió un significado muy diferente. En vez de simbolizar la esperanza de un futuro más próspero, justo y estable, el programa se percibía como la causa de la violencia callejera y del aumento de la pobreza y las desigualdades.
Tardé años en comprender del todo la lección más profunda que me dejó esa experiencia. Se trataba, como ya dije, de la enorme brecha entre la percepción y la realidad de mi poder. En principio, al ser uno de los principales ministros del área económica, yo gozaba de enorme poder. Sin embargo, en la práctica, no tenía más que una limitadísima capacidad de emplear recursos, de movilizar personas y organizaciones y, en términos generales, de hacer que las cosas sucedieran. Mis colegas tenían el mismo sentimiento, y creo que incluso el presidente, aunque no hablábamos de ello y nos resistíamos a reconocer que nuestro gobierno era un gigante lento, torpe y débil. ¿Cómo explicarlo? En esos momentos se lo atribuí a la legendaria precariedad institucional de Venezuela. Mi explicación era que nuestra impotencia se debía a la ineficiencia, la debilidad y el mal funcionamiento, conocidos y profundos, de nuestros organismos públicos. La imposibilidad de ejercer el poder desde el gobierno seguramente no era tan pronunciada en otros países con el mismo nivel de desarrollo, suponía yo.
Me equivocaba. Más tarde descubriría que mis experiencias en el gobierno de Venezuela eran muy comunes y que, de hecho, eran la norma en muchos otros países. Fernando Henrique Cardoso —el respetado ex presidente de Brasil, padre del reciente éxito económico de su país— me lo resumió. «Siempre me sorprendía ver el poder que me atribuía la gente —me dijo cuando le entrevisté para este libro—. Incluso personas bien informadas y con preparación política venían a mi despacho a pedirme cosas que demostraban que me atribuían mucho más poder que el que en realidad tenía. Siempre pensaba: “Si supieran lo limitado que es el poder de cualquier presidente en nuestros tiempos”. Cuando me reúno con otros jefes de Estado, solemos tener anécdotas muy similares en este sentido. La brecha entre nuestro verdadero poder y lo que la gente espera de nosotros es lo que genera las presiones más difíciles que debe soportar cualquier jefe de Estado».
Algo parecido me dijo Joschka Fischer, uno de los políticos más populares de Alemania y antiguo vicecanciller y ministro de Exteriores. «El poder me fascinó y me atrajo desde joven —me dijo Fischer—. Una de mis mayores sorpresas fue descubrir que los grandes palacios oficiales y todos los demás símbolos del poder del gobierno eran, en realidad, una escenografía bastante hueca. La arquitectura imperial de los palacios oficiales oculta lo limitado que es en la práctica el poder de quienes trabajan en ellos.»
Con el tiempo, empecé a oír comentarios semejantes no solo de jefes de Estado y ministros, sino también de líderes empresariales y dirigentes de organizaciones en los más variados ámbitos. Pronto me di cuenta de que ahí pasaba algo, de que no se trataba solo de que los poderosos se quejaran de la brecha entre su poder supuesto y su poder real. Era el poder mismo lo que estaba sufriendo mutaciones muy profundas. Todos los años, desde 1990, asisto a la reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos, a la que acuden muchas de las personas más poderosas del mundo (empresarios, jefes de gobierno, líderes de la política, medios de comunicación, organizaciones no gubernamentales, ciencia, religión, cultura, etcétera). Es más, he tenido la fortuna de estar presente e intervenir en casi todas las reuniones de poder más selectas del mundo, como la Conferencia Bilderberg, la reunión anual de magnates de los medios y el espectáculo en Sun Valley y las asambleas anuales del Fondo Monetario Internacional. Mis conversaciones con otros participantes han confirmado mi sospecha: los poderosos tienen cada vez más limitaciones para ejercer el poder que sin duda poseen. Las respuestas a mis preguntas siempre han ido en la misma dirección: el poder es cada vez más débil, más transitorio, más limitado. De ninguna manera quiero decir que en el mundo no haya muchísima gente e instituciones con un inmenso poder. Eso es así y es obvio. Pero lo que también es cierto —aunque menos obvio— es que el poder se está volviendo cada vez más débil y, por tanto, más efímero.
Mi propósito en este libro es delinear las repercusiones de la degradación del poder. En las páginas que siguen examino ese proceso de degradación —sus causas, manifestaciones y consecuencias— desde el punto de vista de los efectos que tiene no solo para la pequeña minoría que más tiene y más manda. Mi principal interés es explicar lo que significan estas tendencias para todos nosotros y escudriñar de qué manera se está reconfigurando el mundo en el que vivimos.
Moisés Naím
Octubre de 2013
Este es un libro sobre el poder.
En concreto, sobre el hecho de que el poder —la capacidad de lograr que otros hagan o dejen de hacer algo— está experimentando una transformación histórica y trascendental.
El poder se está dispersando cada vez más y los grandes actores tradicionales (gobiernos, ejércitos, empresas, sindicatos, etcétera) se ven enfrentados a nuevos y sorprendentes rivales, algunos mucho más pequeños en tamaño y recursos. Además, quienes controlan el poder ven más restringido lo que pueden hacer con él.
Solemos malinterpretar o incluso ignorar del todo la magnitud, la naturaleza y las consecuencias de la profunda transformación que está sufriendo el poder en estos tiempos. Resulta tentador centrarse exclusivamente en el efecto de internet y las nuevas tecnologías de la comunicación en general, en los movimientos del poder en una u otra dirección o en si el poder «blando» de la cultura está desplazando al poder «duro» de los ejércitos. Pero estas perspectivas son incompletas. De hecho, pueden enturbiar nuestra comprensión de las grandes fuerzas que están cambiando la forma de adquirir, usar, conservar y perder el poder.
Sabemos que el poder está fluyendo de quienes tienen más fuerza bruta a quienes tienen más conocimientos, de los países del norte a los del sur y de Occidente a Oriente, de los viejos gigantes empresariales a empresas más jóvenes y ágiles, de los dictadores aferrados al poder a la gente que protesta en plazas y calles y, en algunos países, hasta comenzamos a ver cómo va pasando de hombres a mujeres y de los más viejos a los jóvenes. Pero decir que el poder está pasando de un continente o de un país a otro o que está dispersándose entre muchos actores nuevos no basta. El poder está sufriendo una transformación fundamental que no se ha reconocido ni comprendido lo suficiente. Mientras los estados, las empresas, los partidos políticos, los movimientos sociales, las instituciones y los líderes individuales rivalizan por el poder como han hecho siempre, el poder en sí —eso por lo que luchan tan desesperadamente, lo que tanto desean obtener y conservar— está perdiendo eficacia.
El poder se está degradando.
En pocas palabras, el poder ya no es lo que era. En el siglo XXI, el poder es más fácil de adquirir, más difícil de utilizar y más fácil de perder. Desde las salas de juntas y las zonas de combate hasta el ciberespacio, las luchas de poder son tan intensas como lo han sido siempre, pero cada vez dan menos resultados. La ferocidad de estas batallas oculta el carácter cada vez más evanescente del poder. Por eso, ser capaces de comprender cómo está perdiendo el poder su valor —y de afrontar los difíciles retos que ello supone— es la clave para asimilar una de las tendencias más importantes que están transformando el mundo en el siglo XXI.
Esto no quiere decir, repito, que el poder haya desaparecido ni que no existan todavía personas que lo poseen, y en abundancia. Los presidentes de Estados Unidos y China, los consejeros delegados de J. P. Morgan, Shell Oil o Microsoft, la directora de The New York Times, la directora del Fondo Monetario Internacional y el Papa siguen ejerciendo un poder inmenso. Pero menos que el que tenían sus predecesores. Las personas que ocuparon esos cargos con anterioridad no solo tenían que hacer frente a menos rivales, sino que también estaban sometidos a menos limitaciones —las que imponen el activismo ciudadano, los mercados financieros mundiales, el escrutinio de los medios de comunicación o la proliferación de rivales— a la hora de utilizar ese poder. Como consecuencia, los poderosos de hoy suelen pagar por sus errores un precio más elevado y más inmediato que sus predecesores. A su vez, su reacción ante esa nueva realidad está alterando el comportamiento de las personas sobre las que ejercen el poder que tienen y poniendo en marcha una reacción en cadena que afecta a todos los aspectos de la interacción humana.
La degradación del poder está transformando el mundo.
El propósito de este libro es demostrar esta afirmación.
Las fuerzas que están impulsando la degradación del poder son múltiples, están entrelazadas y no tienen precedentes. Para comprender por qué, no piensen en Clausewitz, las listas de las quinientas empresas más grandes del mundo o el 1 por ciento más rico de la población de Estados Unidos que concentra una parte desproporcionada de la riqueza, sino en James Black, Jr., un jugador de ajedrez de una familia de clase trabajadora que vive en el barrio de Bedford-Stuyvesant en Brooklyn, Nueva York.
A los doce años, Black ya era un Maestro de Ajedrez, una categoría alcanzada por menos del 2 por ciento de los setenta y siete mil miembros de la Federación de Ajedrez de Estados Unidos; y solo trece de esos maestros eran menores de catorce años.1 Ocurrió en 2011, y Black tiene muchas posibilidades de llegar a conquistar el título de Gran Maestro, una distinción que concede la Federación Mundial de Ajedrez de acuerdo con el desempeño del jugador en los torneos contra los mejores ajedrecistas de ese momento. El grado de Gran Maestro es lo máximo a lo que puede aspirar un jugador. Una vez logrado, es un título vitalicio.2
Con su título de Maestro, Black seguía los pasos del Gran Maestro más joven jamás habido en Estados Unidos: Ray Robson, de Florida, que alcanzó esa categoría en octubre de 2009, dos semanas antes de cumplir quince años.3
Black aprendió a jugar por su cuenta, con unas piezas de plástico y un tablero de cartón, y enseguida pasó a los manuales de ajedrez y los programas de ordenador. Su ídolo es Mijail Tal, un campeón mundial ruso de los años cincuenta. Lo que inspira a Black, además de su amor por el juego, es la sensación de poder que le ofrece. Como dijo a un periodista: «Me gusta dictar lo que tiene que hacer el otro jugador»; imposible encontrar una expresión más clara del deseo innato de poder.4
Pero los logros de James Black y Ray Robson han dejado de ser excepcionales. Forman parte de una tendencia global, un nuevo fenómeno que está transformando el mundo tradicionalmente cerrado del ajedrez de competición. Los jugadores están aprendiendo y alcanzando la categoría de maestros a menor edad de lo que era la norma. Hoy existen más Grandes Maestros que nunca: más de mil doscientos, frente a ochenta y ocho en 1972. Cada vez es más frecuente que los recién llegados derroten a los campeones establecidos, por lo que la duración media de los reinados de los grandes jugadores está disminuyendo. Además, los Grandes Maestros actuales tienen orígenes mucho más variados que sus predecesores. Como observó el escritor D. T. Max: «En 1991, el año en que se desintegró la Unión Soviética, los nueve primeros jugadores del mundo eran soviéticos. De hecho, los jugadores formados en la URSS llevaban siendo campeones mundiales los 43 años anteriores, a excepción de tres».5
Ya no. Ahora hay más competidores capaces de escalar a lo alto de las clasificaciones de ajedrez y además proceden de una enorme variedad de países y entornos. Pero, una vez que llegan allí, les cuesta quedarse. En palabras de Mig Greengard, un bloguero especializado en el tema: «Hay doscientos tipos en el planeta que, con un poco de viento de cola, juegan lo bastante bien como para derrotar al campeón mundial».6 En otras palabras, para los Grandes Maestros actuales, el poder ya no es lo que era.
¿Cuál es la explicación de estos cambios en la jerarquía mundial del ajedrez? En parte (pero solo en parte), la revolución digital.
Desde hace algún tiempo, los jugadores de ajedrez tienen acceso a programas informáticos que les permiten simular millones de partidas con los mejores ajedrecistas del mundo. También pueden utilizar el software para calcular las repercusiones de cualquier posible jugada; por ejemplo, los competidores pueden repetir cualquier partida, examinar jugadas en diferentes situaciones y estudiar las tendencias de jugadores concretos. Es decir, internet ha ensanchado el horizonte de los jugadores de ajedrez en todo el mundo y, como demuestra el caso de James Black, ha abierto nuevas posibilidades para jugadores de cualquier edad y origen socioeconómico. Incontables páginas web dedicadas al ajedrez ofrecen datos y posibilidades de competir a cualquiera que pueda conectarse a la red.7
Sin embargo, los cambios no se deben solo a la tecnología. Pensemos, por ejemplo, en el caso del joven campeón noruego Magnus Carlsen, otro fenómeno del ajedrez que en 2010, cuando tenía diecinueve años, se convirtió en el jugador número 1 del mundo. Según D. T. Max, el éxito de Carlsen se debía, más que a ejercitarse en internet, a lo heterodoxo y sorprendente de sus estrategias (en gran medida, gracias a su prodigiosa memoria): «Como Carlsen ha pasado menos tiempo que la mayoría de sus colegas en el ordenador, tiene menos tendencia a jugar como ellos. Se fía más de su propio juicio. Eso hace que sea un rival difícil para jugadores que recurren a programas informáticos y bases de datos».8
La demolición de la estructura tradicional del poder en el ajedrez mundial también está relacionada con los cambios experimentados en la economía global, la política, la demografía y los patrones migratorios. La apertura de fronteras y el abaratamiento de los viajes han dado a más jugadores la oportunidad de participar en torneos en cualquier parte del mundo. La mejora de los niveles educativos y de salud infantil, así como la expansión de la alfabetización y los estudios de matemáticas, han ampliado las reservas de posibles Grandes Maestros. Y en la actualidad, por primera vez en la historia, vive más gente en las ciudades que en el campo, un fenómeno que, unido al prolongado período de crecimiento económico del que han disfrutado muchos países pobres desde los años noventa, ofrece nuevas posibilidades a millones de familias para las cuales el ajedrez antes era un lujo inasequible o incluso desconocido. Porque no es fácil convertirse en un ajedrecista de primera categoría para alguien que vive en una remota granja de un país pobre sin electricidad, o que no tiene ordenador, o que debe dedicar muchas horas al día a obtener alimentos o a llevar agua a casa. Para que internet pueda ejercer su magia y multiplicar las posibilidades, deben darse muchas otras condiciones.
El ajedrez es una metáfora clásica del poder, por supuesto. Pero lo que le ha sucedido al poder es la erosión, y en algunos casos la desaparición, de las barreras que antes hacían que el mundo de los campeones fuera un recinto pequeño, cerrado y estable. Los obstáculos para comprender las tácticas, adquirir dominio del juego y abrirse camino a la cima ya no logran impedir que nuevos rivales se enfrenten a quienes reinan en esa cima.
Lo que ha pasado en el ajedrez está pasando también en el mundo en general.
El colapso de las barreras está transformando la política local y la geopolítica, la competencia entre empresas para atraer consumidores o entre las grandes religiones para atraer creyentes, así como las rivalidades entre organizaciones no gubernamentales, instituciones intelectuales, ideologías y escuelas de ciencia y pensamiento filosófico. En todos los lugares en los que el poder importa, se está degradando y pierde potencia.
Algunos síntomas de esta transformación son meridianamente claros, mientras que otros están saliendo a la luz gracias a análisis de expertos e investigaciones académicas.
Empecemos por la geopolítica. Los estados soberanos se han cuadruplicado desde los años cuarenta; además, hoy compiten, luchan o negocian no solo entre sí, sino también con numerosas organizaciones transnacionales y no estatales. Un ejemplo es el nacimiento en 2011 de Sudán del Sur, la nación más joven del mundo, que fue posible gracias a la intervención de docenas de organizaciones no gubernamentales. Grupos cristianos evangélicos como la «Bolsa del Samaritano», un grupo de activistas religiosos dirigido por Franklin Graham, uno de los hijos del predicador estadounidense Billy Graham, desempeñaron un papel determinante en la creación de este nuevo país.
De hecho, en la actualidad, cuando las naciones-estado van a la guerra, el poder militar abrumador cuenta menos que antes. Las guerras son cada vez más asimétricas, con el enfrentamiento de grandes fuerzas militares contra otras más pequeñas y heterodoxas: rebeldes, movimientos separatistas, grupos insurgentes, milicias. Además, cada vez es más frecuente que las gane el bando con menos poder militar. Según un extraordinario estudio hecho en Harvard, en las guerras asimétricas que estallaron entre 1800 y 1849, el bando más débil (en número de soldados y armamento) alcanzó sus objetivos estratégicos en el 12 por ciento de los casos. Sin embargo, en las guerras que estallaron entre 1950 y 1998, el bando más débil prevaleció con más frecuencia: el 55 por ciento de las veces. Por diversas razones, el resultado de los conflictos asimétricos actuales tiene más probabilidades de decidirse en función de las estrategias políticas y militares de los dos bandos que de la pura fuerza militar. Es decir, un ejército moderno y de gran tamaño ya no basta para garantizar que un país pueda alcanzar sus objetivos estratégicos. Un factor importante que explica esta diferencia es que el bando más débil tiene cada vez más capacidad de infligir daños al adversario con un coste inferior. El uso de artefactos explosivos caseros (conocidos por sus siglas en inglés, IED) en Afganistán e Irak es un buen ejemplo. Un general de los Marines en Afganistán calculó que los IED habían causado el 80 por ciento de las víctimas en su unidad, y en Irak hubo unos años en los que estos explosivos fueron responsables de casi dos tercios de las bajas sufridas por las fuerzas de la coalición internacional. Esta intensidad letal se mantiene a pesar del dinero invertido por el Pentágono en medidas para combatirla, como los 17.000 millones de dólares gastados en la compra de cincuenta mil inhibidores de frecuencias de radio con el fin de neutralizar los rudimentarios dispositivos de control remoto (teléfonos móviles, mandos de garaje) que se utilizan para detonar las bombas.9
Los dictadores y los jefes de los partidos también han visto cómo disminuye su poder y se reduce su número. En 1977, nada menos que ochenta y nueve países estaban gobernados por autócratas; en 2011, la cifra había bajado a veintidós.10 Hoy, más de la mitad de la población mundial vive en democracias. Los temblores de la Primavera Árabe se sintieron en todos los rincones del mundo en los que no se celebran elecciones libres periódicas o la camarilla gobernante intenta aferrarse al poder indefinidamente. Incluso en los países no democráticos que permiten partidos políticos, los grupos minoritarios tienen hoy tres veces más representación en el parlamento que en los años ochenta. Y en todas partes los dirigentes de los partidos están desconcertados, porque se enfrentan a candidatos y líderes surgidos de ámbitos que nada tienen que ver con los tradicionales mecanismos más personalistas y opacos de selección de dirigentes. En las democracias establecidas, alrededor de la mitad de los grandes partidos emplean sistemas de primarias u otros métodos representativos para dar más voz y voto a sus bases a la hora de elegir a sus representantes. Desde Chicago hasta Milán y desde Nueva Delhi hasta Brasilia, los capos de las maquinarias políticas no tienen reparo en decir que han perdido la capacidad de tomar las decisiones unilaterales que sus predecesores daban por descontada.
El mundo económico también se está viendo afectado por esta tendencia. Es indudable que los ingresos y la riqueza están cada vez más concentrados, que los ricos acumulan capitales increíbles y que en todas partes hay algunos que no tienen reparo en tratar de convertir su dinero en poder político. Pero esa tendencia, alarmante e inaceptable, no es la única fuerza que moldea lo que les está sucediendo a los jefes de grandes empresas o a los más acaudalados dueños del capital.
Incluso el tan mencionado 1 por ciento de los más ricos en Estados Unidos ha dejado de ser inmune a los cambios repentinos de riqueza, poder y estatus. Pese al aumento de la desigualdad económica, la Gran Recesión también sirvió de correctivo, porque tuvo consecuencias desproporcionadas en los ingresos de los ricos. Según Emmanuel Saez, un catedrático de Economía en Berkeley, la crisis de 2008 provocó una caída del 36,3 por ciento en las rentas de ese 1 por ciento frente a una caída del 11,6 por ciento para el 99 por ciento restante.11 Steven Kaplan, de la Universidad de Chicago, ha calculado que la proporción de rentas correspondiente al 1 por ciento más rico pasó de su máximo del 23,5 por ciento de las rentas totales en 2007 al 17,6 por ciento en 2009, y siguió cayendo en los años posteriores, según demuestran los datos de Saez. Y tal como Robert Frank escribió en The Wall Street Journal, «los que ganan más dinero también son los que sufren las caídas más fuertes. El número de estadounidenses que ganaron 1 millón de dólares o más se redujo un 40 por ciento entre 2007 y 2009 para quedarse en 236.883, y el conjunto de sus ingresos cayó casi un 50 por ciento, mucho más que la reducción de las rentas totales de quienes ganan cincuenta mil dólares o menos, inferior al 2 por ciento, según las cifras de Hacienda».12 Todo esto no quiere decir, por supuesto, que la concentración de rentas y riqueza en muchas democracias avanzadas, y en especial en Estados Unidos, no haya aumentado de forma espectacular. El crecimiento de las desigualdades ha sido brutal. Pero ese hecho no debe impedirnos ver que la crisis económica también ha alcanzado a algunas personas y familias ricas que, como consecuencia, han experimentado un declive considerable de su fortuna y su poder económico.
Además, las rentas y las riquezas personales no son las únicas fuentes de poder. Es frecuente que los que llevan el timón de las grandes empresas tengan más poder que los que son «simplemente» ricos. Los empresarios ganan mucho más dinero que antes, pero su posición en la cima se ha vuelto tan inestable como la de los campeones de ajedrez. En 1992, el consejero delegado de una empresa de las quinientas más grandes según la revista Fortune tenía un 36 por ciento de probabilidades de conservar su puesto durante cinco años; en 1998, esa probabilidad había bajado el 25 por ciento. En 2005, la permanencia media de un consejero delegado estadounidense había descendido de diez a seis años. Y es una tendencia mundial. En 2012, el 15 por ciento de los consejeros delegados de las dos mil quinientas mayores empresas con cotización en bolsa de todo el mundo dejaron sus puestos. Hasta en Japón, famoso por su relativa estabilidad corporativa, la sucesión forzosa de los directivos de las grandes empresas se cuadruplicó en 2008.13
Lo mismo sucede con las empresas. En 1980, una compañía estadounidense que estuviera entre el 5 por ciento de las mejores de su sector no tenía más que un 10 por ciento de riesgo de perder esa posición en un plazo de cinco años. Veinte años después, la probabilidad había ascendido al 25 por ciento. Hoy, un simple recuento de las quinientas mayores empresas estadounidenses y mundiales que no existían hace diez años muestra que muchas firmas relativamente recién llegadas están desplazando a los gigantes empresariales tradicionales. En el mundo de las finanzas, los bancos están perdiendo poder e influencia en favor de fondos de inversiones de alto riesgo —los famosos hedge funds—, más ágiles y modernos; durante la segunda mitad de 2010, en medio de una terrible crisis económica, los diez mayores hedge funds —en su mayoría, desconocidos para el gran público— ganaron más que los seis mayores bancos del mundo, todos juntos. A esos fondos, incluso los más grandes, que administran cantidades inimaginables de dinero y obtienen beneficios gigantescos, les bastan unos centenares de empleados para funcionar.
Por otro lado, todas las empresas se han vuelto mucho más vulnerables a los «desastres de marca», que perjudican su reputación, sus ingresos y sus valoraciones en bolsa. Un estudio ha descubierto que para las empresas dueñas de las marcas con más prestigio en el mundo, el riesgo a cinco años de que sufran ese tipo de desastre ha pasado en las dos últimas décadas del 20 por ciento a nada menos que el 82 por ciento. Tiger Woods y la compañía de Rupert Murdoch, News Corporation, vieron reducir sus respectivas fortunas casi de la noche a la mañana como consecuencia de hechos que dañaron su reputación.
Otra manifestación de la difusión del poder en el mundo económico son los miembros de una nueva especie, la de las «multinacionales de países pobres» (es decir, nacidas en países menos desarrollados), que han desplazado o incluso adquirido algunas de las mayores compañías del mundo. Las inversiones procedentes de los países en vías de desarrollo pasaron de 12.000 millones de dólares en 1991 a 210.000 millones de dólares en 2010. La mayor productora de acero del mundo, ArcelorMittal, tiene su origen en Mittal Steel, una empresa india creada no hace mucho, en 1989.14 Cuando los estadounidenses beben su emblemática Budweiser, en realidad están bebiendo una cerveza de una empresa creada por la fusión de una cervecera brasileña y otra belga en 2004, que en 2008 se hizo con el control de Anheuser-Busch y, con ello, formó el mayor fabricante de cerveza del mundo. Su consejero delegado, Carlos Brito, es brasileño.
Estas tendencias se observan no solo en los ámbitos tradicionales de lucha por el poder —la guerra, la política y la economía—, sino en otros como la filantropía, la religión y la cultura, además del poder personal e individual. En 2010 se alcanzó un número sin precedentes de nuevos multimillonarios, y todos los años hay varios nombres que desaparecen de la lista para que otros, desconocidos y procedentes de todos los rincones del planeta, ocupen su lugar.
La filantropía, por su parte, también ha dejado de ser el dominio exclusivo de unas cuantas grandes fundaciones y organizaciones públicas e internacionales; ha estallado en una constelación de fundaciones pequeñas y nuevas formas de generosidad que, en muchos casos, ponen en contacto directo a los donantes con los beneficiarios y dejan de lado el modelo clásico de organización benéfica. Las donaciones internacionales de personas e instituciones estadounidenses, por ejemplo, se multiplicaron por cuatro en los años noventa, y de nuevo por dos entre 1998 y 2007, hasta alcanzar 39.600 millones de dólares, una suma que supera en un 50 por ciento a los compromisos anuales del Banco Mundial. En Estados Unidos, el número de fundaciones pasó de cuarenta mil en 1975 a más de setenta y seis mil en 2012. Actores, deportistas y otros famosos, como Oprah Winfrey, Bill Clinton, Angelina Jolie y Bono, han puesto de moda la generosidad. Y, por supuesto, las nuevas megafundaciones dotadas por Bill y Melinda Gates, Warren Buffett y George Soros han dado un vuelco total a los métodos tradicionales empleados por las grandes organizaciones como la Fundación Ford. Miles de magnates de las empresas de tecnología y de las finanzas, con sus enormes fortunas recién adquiridas, están incorporándose al mundo de las «donaciones» mucho antes y con aportaciones de dinero mucho mayores. La «filantropía como inversión» ha generado un nuevo sector económico, dedicado a asesorar, respaldar y encauzar ese dinero. La Agencia de Desarrollo Internacional de Estados Unidos (USAID), el Banco Mundial y la Fundación Ford tienen hoy más competidores que dominan internet y otras tecnologías, pero además se enfrentan a más escrutinio público y deben aceptar más condiciones de los activistas, de sus beneficiarios y de los gobiernos que las patrocinan. Hasta hace poco China no figuraba como donante importante. Hoy tiene un papel protagónico en África, América Latina y los países más pobres de Asia. Sus agencias y fundaciones compiten agresivamente, y en ciertos casos han desplazado a donantes como el Banco Mundial.
Del mismo modo, el arraigado e histórico poder de las grandes religiones organizadas está deteriorándose a gran velocidad. Por ejemplo, las iglesias pentecostales están extendiéndose en países que antes eran bastiones del Vaticano y las confesiones protestantes tradicionales. En Brasil, en 1960, los pentecostales y los carismáticos no representaban más que el 5 por ciento de la población, mientras que en 2006 sumaban el 49 por ciento. (Constituyen el 11 por ciento en Corea del Sur, el 23 por ciento en Estados Unidos, el 26 por ciento en Nigeria, el 30 por ciento en Chile, el 34 por ciento en Sudáfrica, el 44 por ciento en Filipinas, el 56 por ciento en Kenia y el 60 por ciento en Guatemala.) Las iglesias pentecostales suelen ser pequeñas y se adaptan a los fieles locales, pero algunas se han extendido y han cruzado fronteras; dos ejemplos, la brasileña Iglesia Universal del Reino de Dios (Igreja Universal do Reino de Deus, IURD), que cuenta con cuatro millones de fieles, y la nigeriana Iglesia Cristiana Redimida de Dios (Redeemed Christian Church of God, RCCG). Un pastor nigeriano dirige una iglesia con cuarenta mil seguidores en Kiev, Ucrania. Al mismo tiempo, lo que los expertos llaman las «iglesias orgánicas» —es decir, comunidades de base, cercanas y no jerárquicas— desafían desde dentro a la Iglesia católica y a la Iglesia anglicana. Y el islam, que nunca ha estado centralizado, vive cada vez más escisiones a medida que estudiosos e imanes ofrecen interpretaciones opuestas desde sus nuevas y poderosas plataformas televisadas y desde internet.
Si a todo esto se añaden las tendencias del mismo tipo que se observan en el trabajo, la educación, el arte, la ciencia e incluso el deporte profesional, el panorama está claro. Es la imagen de un poder repartido entre un número cada vez mayor de actores nuevos y más pequeños, de orígenes distintos e inesperados, igual que vemos en el mundo del ajedrez. Y esos nuevos elementos se rigen por unas normas muy diferentes a las que solían servir de guía a los poderosos tradicionales.
Sé que afirmar que el poder se está volviendo más frágil y vulnerable contradice la percepción más extendida de que vivimos en una época en la que el poder está cada vez más concentrado y de que quienes lo poseen son más fuertes y están más afianzados que nunca. En realidad, muchas personas creen que el poder es como el dinero: si se tiene, aumentan las posibilidades de tener todavía más. Desde este punto de vista, se puede considerar que el ciclo retroalimentado de concentración de poder y riqueza es un motor fundamental de la historia humana. Y, desde luego, el mundo está lleno de personas e instituciones que poseen un poder inmenso y no están a punto de perderlo. Pero las páginas que siguen demuestran que, cuando se contempla el mundo a través de este prisma, quedan ocultos aspectos muy importantes del cambio que estamos viviendo.
Como veremos, no se trata solo de un simple traspaso de poder de una camarilla de personajes influyentes a otra, de un país o de una región a otra, o de una empresa a otra. La transformación del poder es más amplia y más complicada. El poder es hoy más fácil de obtener y, de hecho, en el mundo actual hay más personas que lo tienen. Pero sus horizontes se han contraído y, una vez obtenido, es más difícil de utilizar. Y eso tiene una explicación.
El poder se afianza gracias a las barreras que protegen de rivales y aspirantes a quienes ya lo tienen. Esas barreras no solo hacen más difícil que los nuevos competidores se conviertan en amenazas significativas, sino que además ayudan a consolidar el dominio de los poderosos ya establecidos. Tales barreras son muchas, variadas y cambian de acuerdo con el sector, desde las reglas que rigen las elecciones hasta los arsenales de los ejércitos y las fuerzas de policía, pasando por un gran capital, el acceso exclusivo a ciertos recursos naturales, poder gastar más que otros en publicidad y saber hacerlo mejor, la tecnología, las marcas más codiciadas por los consumidores, una fórmula secreta, e incluso la autoridad moral de los líderes religiosos o el carisma personal de algunos políticos.
Sin embargo, durante los tres últimos decenios las barreras que protegen el poder se han debilitado a gran velocidad. Ahora es mucho más fácil aplastarlas, rodearlas o socavarlas. Como mostraremos al hablar de política nacional e internacional, economía, guerra, religión y otros ámbitos, las causas de este fenómeno están relacionadas no solo con las transformaciones demográficas y económicas y la difusión de las tecnologías de la información, sino también con los cambios políticos y la profunda alteración de las expectativas, los valores y las normas sociales. Las tecnologías de la información (que incluyen internet, pero no solo) desempeñan un papel importante en la manera de acceder y utilizar el poder. Pero la explicación fundamental del debilitamiento de las barreras tiene que ver con transformaciones tan variadas como el rápido crecimiento económico en muchos países pobres, los patrones migratorios, la medicina y la sanidad, la educación e incluso las costumbres y actitudes culturales; es decir, con los cambios experimentados por el alcance, el estado y las posibilidades de la condición humana en estos tiempos.
Al fin y al cabo, lo que más diferencia nuestro modelo de vida actual del de nuestros ancestros no son solo las herramientas que usamos ni las normas que rigen nuestras sociedades. Es también el hecho de que somos mucho más numerosos, y de que vivimos más tiempo, tenemos mejor salud, sabemos más y estamos más preparados. Hoy en día hay más gente en el planeta que no pasa hambre, y millones de personas disponen de más tiempo y dinero para dedicarse a otras cosas. Y, cuando estamos insatisfechos con nuestra situación, es más fácil y barato que nunca marcharnos para probar suerte en cualquier otro lugar. A medida que han aumentado nuestra proximidad y nuestra densidad poblacional, junto con la duración y la riqueza de nuestra vida, también se ha incrementado nuestro contacto con los demás, que ha servido para ampliar nuestras aspiraciones y nuestras oportunidades. Es indudable que la salud, la educación y la prosperidad no son universales, ni mucho menos. La pobreza, la desigualdad, la guerra, la enfermedad y el sufrimiento social y económico siguen existiendo. Pero las estadísticas globales sobre la expectativa de vida, la alfabetización, la mortalidad infantil, la nutrición, los niveles de renta, los logros educativos y el desarrollo humano muestran un mundo que ha experimentado —junto con las percepciones y las actitudes— cambios profundos que influyen de forma directa en la manera de obtener, conservar y perder el poder.
Los tres próximos capítulos desarrollarán esta idea en detalle. El capítulo 2 ofrece una manera práctica de pensar sobre el poder que, además, puede aplicarse a todos los ámbitos, de la guerra a los negocios o a la política. Aborda las distintas formas en que puede ejercerse el poder, aclara las diferencias entre distintos aspectos del poder, como la influencia, la persuasión, la coacción y la autoridad, y demuestra cómo el poder se refugia detrás de barreras que le permiten expandirse y concentrarse, hasta que esas barreras pierden fuerza y dejan de cumplir su función protectora. El capítulo 3 explica cómo creció el poder en diferentes ámbitos. ¿Por qué, pregunto, en la práctica el poder se equipara con la dimensión de las grandes organizaciones que lo respaldan? ¿Por qué las organizaciones grandes, jerárquicas y centralizadas se convirtieron —y siguen siendo en su mayoría— en los principales vehículos de ejercicio del poder? Esta vinculación del poder con el tamaño de la organización que lo posee alcanzó su apogeo durante el siglo XX. Y es una situación que en la actualidad sigue dominando los debates y las conversaciones, pese a que la realidad ha cambiado.
El capítulo 4 muestra cómo los grandes cambios sucedidos en múltiples ámbitos (la demografía, la tecnología, la economía, etcétera) hacen que sea más difícil crear y defender las barreras que mantienen a raya a los rivales. Todos estos cambios los agrupo en tres categorías de transformaciones revolucionarias que, a mi juicio, definen nuestro tiempo: la revolución del más, que se caracteriza por el aumento, la abundancia de todo (el número de países, la población, el nivel de vida, las tasas de alfabetización, el incremento en la salud y la cantidad de productos, partidos políticos y religiones); la revolución de la movilidad, que capta el hecho de que no solo hay más de todo sino que ese «más» (gente, productos, tecnología, dinero) se mueve más que nunca y a menor coste, y llega a todas partes, incluso a lugares que hasta hace poco eran inaccesibles, y la revolución de la mentalidad, que refleja los grandes cambios de modos de pensar, expectativas y aspiraciones que han acompañado a esas transformaciones.
Ciertos aspectos de estas tres revoluciones son muy conocidos; lo que no es tan conocido, ni se ha analizado detalladamente, es cómo cada una de ellas hace que sea más fácil obtener el poder pero más difícil emplearlo y conservarlo. El capítulo 4 muestra de qué forma estas revoluciones profundas y simultáneas están debilitando las barreras y dificultando el ejercicio del poder. Una de las consecuencias, por ejemplo, es el agudo entorpecimiento de las grandes organizaciones centralizadas modernas, cuyos enormes recursos han dejado de ser garantía de dominio e incluso, en algunos casos, se han convertido en desventajas. Las circunstancias en las que se expresan diferentes formas de poder —incluidas la coacción, la obligación, la persuasión y la utilización de incentivos— se han alterado de tal forma que reducen, y en ciertos casos extremos hasta anulan por completo, las ventajas del tamaño.
Los cambios que aquí discutimos han beneficiado a los innovadores y a nuevos protagonistas en muchos campos; entre ellos, por desgracia a delincuentes, terroristas, insurgentes, piratas informáticos, traficantes, falsificadores y ciberdelincuentes.15 Han creado oportunidades para los activistas en pro de la democracia, pero también para partidos políticos radicales con programas muy concretos o extremistas, y han abierto formas alternativas de adquirir influencia política que sortean o derriban la rígida estructura interna y formal del sistema político, tanto en los países democráticos como en los autoritarios. Pocos podían prever que, cuando un pequeño grupo de activistas malasios decidió «ocupar» en el verano de 2011 la plaza de Dataran, en Kuala Lumpur, a imagen y semejanza de los Indignados de la madrileña Puerta del Sol, iba a acabar surgiendo un movimiento similar que ocuparía Wall Street y desencadenaría iniciativas del mismo tipo en otras dos mil seiscientas ciudades del todo el mundo.
Aunque los cambios políticos concretos engendrados por los movimientos okupas han sido escasos hasta ahora, conviene destacar su repercusión. Como observó el famoso cronista de los años sesenta Todd Gitlin, «para que se produjeran unos cambios trascendentales en el debate público, similares a los que tardaron tres años en desarrollarse durante la lejana década de los sesenta —sobre la brutalidad de la guerra, la insatisfacción con la distribución de la riqueza, la degradación de la política y la asfixia de la promesa democrática—, en 2011 no hicieron falta más que tres semanas».16 Además, con su velocidad, su impacto y sus nuevas formas de organización horizontal, los movimientos okupas pusieron de relieve la erosión del monopolio que habían tenido los partidos políticos tradicionales sobre los cauces de los que disponía la sociedad para transmitir sus quejas, esperanzas y exigencias. En Oriente Próximo, la Primavera Árabe iniciada en 2010 no da muestras de calmarse; por el contrario, continúa extendiéndose y su onda expansiva llega a los regímenes autoritarios de todo el mundo.
Como ya dijimos antes, en el mundo empresarial está sucediendo algo muy similar. Pequeñas compañías desconocidas de países con mercados apenas abiertos han logrado dar el gran salto y, en ocasiones, hacerse con grandes multinacionales y marcas de prestigio, construidas a lo largo de muchos años por los más importantes empresarios.
En geopolítica, hay pequeños actores —países «menores» o entes no estatales— que han adquirido nuevas oportunidades de vetar, interferir, redirigir y obstaculizar los esfuerzos coordinados de las «grandes potencias» y organizaciones multilaterales como el Fondo Monetario Internacional (FMI). Por mencionar solo unos ejemplos: el veto de Polonia a la política de bajas emisiones de carbono de la UE, los intentos de Turquía y Brasil de desbaratar las negociaciones de las grandes potencias con Irán a propósito de su programa nuclear, la revelación de secretos diplomáticos de Estados Unidos por parte de WikiLeaks o Edward Snowden, las acciones de la Fundación Gates cuando disputa a la Organización Mundial de la Salud su liderazgo en la lucha contra la malaria, y la multitud de nuevos participantes de diversos tamaños, orígenes y pelajes en las negociaciones mundiales sobre comercio, cambio climático y muchas otras cuestiones.
Estos «pequeños actores», nuevos y cada vez más importantes, son muy distintos unos de otros, igual que lo son los ámbitos en los que compiten. Pero tienen en común el hecho de que ya no dependen del tamaño, la geografía, la historia ni la tradición para tener influencia. Pequeñas e incipientes organizaciones logran operar rápidamente en el ámbito internacional y tener repercusiones globales. Representan el ascenso de un nuevo tipo de poder —lo llamo micropoder— que antes tenía escasas posibilidades de éxito. Hoy en día, lo que está transformando el mundo está relacionado, más que con la rivalidad entre los megaactores, con el ascenso de los micropoderes y su capacidad de desafiarlos con éxito.
La degradación del poder no significa la extinción de los mega-actores. Las grandes burocracias de los estados, los grandes ejércitos, las grandes empresas y las grandes universidades tendrán más límites y restricciones que nunca, pero desde luego seguirán siendo importantes, y sus acciones y decisiones seguirán teniendo un peso enorme. Pero menos que antes. A los actores tradicionales les costará cada vez más tener el poder al que aspiran o incluso el que siempre han tenido. Y, aunque pueda parecer inequívocamente positivo que los poderosos sean menos poderosos que antes (al fin y al cabo, el poder corrompe, ¿verdad?), su degradación puede también crear inestabilidad, desorden y parálisis ante problemas complejos.
Los próximos capítulos también mostrarán cómo se ha acelerado la degradación del poder, pese a la existencia de tendencias aparentemente tan contrarias como la consolidación de enormes empresas, los rescates con dinero público de instituciones «demasiado grandes para quebrar», el constante aumento de los presupuestos militares de Estados Unidos y China o las crecientes disparidades de rentas y riqueza en todo el mundo. De hecho, la degradación del poder es una cuestión mucho más importante y profunda que las tendencias y los acontecimientos superficiales que hoy dominan los debates entre políticos y analistas.
En concreto, este libro cuestiona dos de los temas más habituales en las conversaciones sobre el poder en estos tiempos. Uno de ellos es la obsesión por internet como explicación de los cambios en el poder, sobre todo en la política y la economía. El otro es la obsesión por el cambio de guardia en la geopolítica, que afirma que el declive de algunas naciones (en especial Estados Unidos) y el ascenso de otras (sobre todo China) son la tendencia que más está transformando al mundo actual.
La degradación del poder no se debe a internet ni a las tecnologías de la información en general. Es innegable que internet, las redes sociales y otras herramientas están transformando la política, el activismo, la economía y, por supuesto, el poder. Pero ese papel, importante, se exagera y malinterpreta con demasiada frecuencia. Las nuevas tecnologías de la información son eso, herramientas, que para causar efecto necesitan unos usuarios que, a su vez, tienen objetivos, dirección y motivación. Facebook, Twitter y los SMS contribuyeron de manera crucial a fortalecer a los manifestantes en la Primavera Árabe. Pero los manifestantes y las circunstancias que les impulsaron a salir a la calle nacieron de situaciones dentro y fuera de sus países que no tenían nada que ver con Twitter o Facebook. Millones de personas participaron en las marchas que acabaron derrocando a Hosni Mubarak en Egipto, pero la página de Facebook a la que se atribuye haber ayudado a fomentar las protestas, en su momento de apogeo, no tenía más que trescientos cincuenta mil miembros. Es más, un estudio reciente del tráfico en Twitter durante las rebeliones en Egipto y Libia ha descubierto que más del 75 por ciento de las personas que en Twitter hicieron clic en enlaces relacionados con las luchas eran usuarios de fuera del mundo árabe.17 Otro estudio, del United States Institute of Peace, que también examina las pautas de utilización de Twitter durante la Primavera Árabe, llega a la conclusión de que los nuevos medios «no parecieron desempeñar un papel significativo ni en la actuación colectiva en el interior de los países ni en la difusión regional» de la revuelta.18
El primer y más importante motor de la protesta fue la realidad demográfica de los jóvenes en países como Túnez, Egipto y Siria, personas más sanas y mejor preparadas que nunca, pero sin trabajo y profundamente frustradas. Además, las mismas tecnologías de la información que dan poder a los ciudadanos han servido también para crear nuevas vías de vigilancia, represión y control gubernamental, como en el caso de Irán, donde se permitió que el Estado identificara y encarcelara a los participantes en su abortada «Revolución Verde». Sería un error tanto negar la función crucial que tienen las tecnologías de la información, en particular las redes sociales, en los cambios que estamos presenciando, como considerar que esos cambios son consecuencia exclusivamente de la adopción generalizada de estas tecnologías.
Tampoco hay que confundir la degradación del poder con esos cambios en la hegemonía mundial que se han puesto tan de moda y que los analistas diseccionan con ahínco desde que el declive de Estados Unidos y el ascenso de China se convirtieron en un axioma, en la transformación geopolítica clave de nuestra era, celebrada o deplorada según cada comentarista. Estudiar el declive de Europa y el ascenso simultáneo de los BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) es en estos momentos el gran tema de la geopolítica actual. Pero, si bien las rivalidades entre países son cambiantes (siempre lo han sido), la obsesión sobre quién está en declive y quién en ascenso es una distracción arriesgada. Es una distracción porque cada nueva hornada de vencedores hace un hallazgo desagradable: que quienes tengan poder en el futuro encontrarán opciones muy limitadas que hacen que su capacidad de actuar se reduzca en aspectos que seguramente no habían previsto y que sus predecesores no sufrieron.
Además, el efecto acumulado de estos cambios ha agudizado la corrosión de la autoridad y la moral, así como la legitimidad de los poderosos en general. Todas las encuestas de opinión revelan que una importante tendencia mundial es la pérdida de confianza en los líderes políticos, en los «expertos», las instituciones públicas, los empresarios y los medios de comunicación. La gente considera que los líderes de la sociedad son menos creíbles y dignos de confianza. Y los ciudadanos están mejor informados, tienen otros valores y son más conscientes de las muchas otras opciones que tienen. Las actitudes hacia el poder y los poderosos están cambiando a gran velocidad.
Ignorar que hay que mirar más allá de las batallas inmediatas para percibir los efectos de la degradación del poder entraña riesgos. Contribuye a la confusión e impide progresar en los problemas más importantes y complejos que exigen de forma urgente respuestas eficaces. Desde las crisis financieras que viajan de un lugar a otro, el desempleo crónico, la desigualdad y la pobreza profunda, hasta las matanzas indiscriminadas de inocentes en países en conflicto y el calentamiento global, los problemas persisten y muchos tienden a agravarse. Vivimos en una época en la que, por paradójico que parezca, conocemos y comprendemos estos problemas mejor que nunca, pero parecemos incapaces de afrontarlos de manera decisiva y eficaz. Desde la perspectiva de estas páginas, la razón de esta realidad frustrante y peligrosa es con frecuencia muy clara: nadie tiene el poder suficiente para hacer lo que se sabe que hay que hacer.
Un libro sobre el poder necesita una definición de poder.
Desde el comienzo de la historia, la búsqueda y la retención del poder han moldeado la interacción entre individuos, grupos y sociedades enteras. Para Aristóteles, el poder, la riqueza y las amistades eran los tres elementos que constituían la felicidad de una persona. La premisa de que los seres humanos buscan por naturaleza el poder y los gobernantes tratan de consolidar y expandir su dominio es algo sobre lo que existe consenso en filosofía. En el siglo XVI, Nicolás Maquiavelo escribió en El Príncipe, su manual para el hombre de Estado, que la adquisición de territorio y control político «es en verdad muy natural y común, y los hombres así lo hacen siempre que pueden».19 En el siglo XVII, el filósofo inglés Thomas Hobbes llevó la idea un poco más allá en Leviatán, su tratado clásico sobre la naturaleza humana y la sociedad. «Veo como una inclinación general de toda la humanidad un deseo perpetuo e incansable de adquirir poder tras poder, que solo termina con la muerte», escribió.20 Dos siglos y medio más tarde, en 1885, Friedrich Nietzsche diría, a través de la voz del heroico protagonista de Así habló Zaratustra: «Donde encontré un ser vivo, allí hallé la voluntad de poder; e incluso en la voluntad del siervo hallé la voluntad de ser amo».21
Esto no quiere decir que la vida humana se reduzca exclusivamente a tener poder. No cabe duda de que el amor, el sexo, la fe y otros impulsos y emociones también son motivaciones humanas fundamentales. Pero igual de indudable es que el poder siempre ha motivado a la gente. Y, tal como siempre ha sucedido, el poder estructura la sociedad, contribuye a regir las relaciones y a organizar las interacciones entre las personas dentro de cada comunidad y entre las comunidades y naciones. El poder es un factor en todos los ámbitos en los que luchamos, rivalizamos o nos organizamos: la política internacional y la guerra, la política nacional, la economía, la investigación científica, la religión, la filantropía, el activismo social, y en general en las relaciones sociales y culturales de todo tipo. El poder también está presente en nuestras relaciones más íntimas de amor y parentesco, en nuestro lenguaje e incluso en nuestros sueños. Estas últimas dimensiones van más allá del ámbito de este libro, pero ello no impide que en ellas también se observen los cambios y tendencias que aquí intento explicar.
Mi enfoque es práctico. El propósito es entender qué hace falta para adquirir poder, conservarlo y perderlo. Para eso es necesario partir de una definición, de modo que aquí va una: El poder es la capacidad de dirigir o impedir las acciones actuales o futuras de otros grupos e individuos. O, dicho de otra forma, el poder es aquello con lo que logramos que otros tengan conductas que, de otro modo, no habrían adoptado.
Este punto de vista práctico sobre el poder no es nuevo ni polémico. Aunque el poder es de por sí un tema complejo, muchas de las definiciones prácticas empleadas por los sociólogos son similares a la que se utiliza aquí. Por ejemplo, mi enfoque evoca un ensayo muy citado, escrito en 1957 por el politólogo Robert Dahl, «The Concept of Power». En palabras de Dahl: «A tiene poder sobre B en la medida en que puede conseguir que B haga algo que de otra manera no haría». Desde esta perspectiva surgen diferentes maneras de imponer la voluntad del poderoso —la influencia, la persuasión, la coacción— que discutiremos en el próximo capítulo. Pero todas persiguen lo mismo: que otros hagan o dejen de hacer algo.22
Si bien no hay duda de que el poder es una motivación humana muy básica, tampoco la hay acerca de que es una fuerza «relacional», en el sentido de que implica inevitablemente una relación entre dos o más protagonistas. Por lo tanto, no basta con medir el poder mediante indicadores indirectos, como quién tiene el ejército más grande, las mayores fortunas, la mayor población o el mayor número de votantes o fieles. Nadie se pasea con una cantidad fija y cuantificable de poder, porque, en realidad, el poder de cualquier persona o institución varía entre una situación y otra. Para que el poder se ejerza es necesaria una interacción o un intercambio entre dos partes o más: amo y siervo, gobernante y ciudadano, jefe y empleado, padre e hijo, profesor y alumno, o una compleja combinación de individuos, partidos, ejércitos, empresas, instituciones, incluso naciones. En la medida en que las partes implicadas pasan de una situación a otra, sus respectivas capacidades de dirigir o impedir las acciones de los demás —en otras palabras, su poder— también varían. Cuanto menos cambian los actores y sus atributos, más estable se vuelve ese reparto concreto de poder. Y cuando el número, la identidad, las motivaciones, las capacidades y los atributos de los actores cambian, también lo hace el reparto de poder.
No se trata de una cuestión meramente abstracta. Lo que quiero decir es que el poder desempeña una función social. Su papel no es solo garantizar la dominación o establecer una relación de vencedores y vencidos, sino que además organiza comunidades, sociedades, mercados y el mundo. Hobbes lo explicó muy bien. Como el ansia de poder es primitiva, afirmaba, se deduce que los seres humanos son intrínsecamente conflictivos y competitivos. Si se les dejase que expresaran su naturaleza sin la presencia de un poder que les inhiba y les dirija, lucharían entre sí hasta que no quedara nada por lo que luchar. Pero si obedecieran a un «poder común», podrían orientar sus esfuerzos a construir la sociedad en vez de destruirla. «Durante el período en el que los hombres viven sin un “poder común” que intimide y organice, se encuentran en la condición que denominamos guerra —escribió Hobbes—, y se trata de una guerra de todos contra todos.»23
El debilitamiento de las barreras que defienden a los poderosos está abriendo las puertas a nuevos protagonistas como los que han transformado el ajedrez y como los que, según veremos en los próximos capítulos, están transformando hoy otros grandes terrenos de la actividad humana.
Esos actores nuevos representan los micropoderes que mencioné antes. El poder que tienen es de un tipo nuevo: no es el poder masivo, abrumador y a menudo coercitivo de grandes organizaciones con muchos recursos y una larga historia, sino más bien el poder de vetar, contrarrestar, combatir y limitar el margen de maniobra de los grandes actores. Es negar a «los grandes de siempre» espacios de acción e influencia que se daban por descontado.
Es un poder que nace de la innovación y la iniciativa, sin duda, pero también del hecho de que cada vez existe más espacio para que los micropoderes empleen técnicas como el veto, la interferencia, la distracción, la posposición de las decisiones o la sorpresa. Las tácticas clásicas de los insurgentes en tiempo de guerra son ahora utilizables y eficaces en muchos otros ámbitos. Y eso significa que pueden abrir nuevos horizontes no solo a innovadores y fuerzas progresistas, sino también a extremistas, fanáticos, separatistas y personas o grupos cuyo objetivo no es el bien común sino el suyo propio. Esta acelerada proliferación de nuevos actores —una tendencia que hoy ya es fácilmente observable— debería suscitar serias preocupaciones sobre lo que puede ocurrir si la degradación del poder sigue avanzando de manera ignorada y descontrolada.
Todos sabemos que un exceso de concentración de poder causa daños sociales. Los dictadores, los monopolios y las demás circunstancias en las que el poder se concentra son obviamente indeseables, pero el otro extremo —las situaciones en las que el poder está demasiado fragmentado— también lo es. ¿Y qué sucede cuando el poder está completamente disperso, diseminado y descompuesto? Los filósofos ya conocen la respuesta: caos y anarquía. La guerra de todos contra todos que preveía Hobbes es la antítesis del bienestar y el progreso social. Y la degradación del poder implica el riesgo de generar una situación así. Un mundo en el cual todos tienen el poder suficiente para impedir las iniciativas de los demás, pero en el que nadie tiene poder para imponer una línea de actuación, es un mundo donde las decisiones no se toman, se toman demasiado tarde o se diluyen hasta resultar ineficaces. Sin la previsibilidad y la estabilidad que derivan de normas y autoridades legítimas y ampliamente aceptadas por la sociedad, reinaría un caos que sería fuente de inmenso sufrimiento humano. Siglos de conocimiento y experiencia acumulada por gobiernos, partidos políticos, empresas, iglesias, ejércitos e instituciones culturales pueden perderse a medida que estas instituciones se vuelvan inviables y caigan. En algunos casos son organismos nefastos y su desaparición no es de lamentar. Pero también los hay muy valiosos e indispensables para el sostén del indiscutible progreso que la humanidad ha alcanzado. Además, cuanto más resbaladizo es el poder, más se rigen nuestras vidas por incentivos y miedos inmediatos, y menos posibilidades tenemos de marcar el curso de nuestras acciones y trazar un plan para el futuro.
La mezcla de estos riesgos puede producir desafección. Las instituciones poderosas llevan tanto tiempo con nosotros, y las barreras en torno al poder han sido tradicionalmente tan altas, que hemos construido el significado de nuestras vidas —nuestras opciones sobre qué hacer, qué aceptar, qué rechazar— con base en sus parámetros. Si nos distanciamos demasiado, la descomposición del poder puede tener efectos muy negativos.
Es urgente que comprendamos y abordemos el carácter y las consecuencias de esa descomposición. Aunque los peligros mencionados no llegan a ser anarquía, es evidente que ya están interfiriendo en nuestra capacidad para abordar algunos de los grandes problemas de nuestro tiempo. El mundo se enfrenta al cambio climático, la proliferación nuclear, las crisis económicas, el agotamiento de los recursos, las pandemias, la miseria persistente de «los mil millones más pobres», el terrorismo, el tráfico ilícito y los delitos cibernéticos, entre otros retos cada vez más complejos que exigen la participación de grupos y agentes cada vez más variados. La degradación del poder es una tendencia estimulante en la medida en que ha abierto maravillosos espacios para nuevas aventuras, nuevas empresas y, en todo el mundo, nuevas voces y más oportunidades. Pero las consecuencias que puede tener para la estabilidad representan muchos peligros. ¿Cómo podemos mantener los prometedores avances de la pluralidad de voces y opiniones, iniciativas e innovaciones, sin vernos arrastrados al mismo tiempo a una parálisis total que anule con gran rapidez todo ese progreso? Comprender la degradación del poder es el primer paso para encontrar la manera de avanzar en un mundo que está renaciendo.