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INTRODUCCIÓN

Las sombras de los santos

A menudo se contempla a los santos como criaturas angelicales que ni sienten ni padecen, santos azucarados que nacieron para serlo sin el menor esfuerzo ni contrariedad. Se acostumbra ponerlos en un pedestal ya en la tierra, como si fueran perfectos y no tuvieran miserias humanas contra las que luchar, secretos inconfesables que revelar o sufrimientos que desahogar en sus oraciones o con los demás.

Las hagiografías de los últimos siglos ensalzan de hecho a figuras de hombres y mujeres inalcanzables, más propias de superhéroes que de personas de carne y hueso. «¿Santo yo…?». Es una pregunta recurrente que suele acompañarse de una risita irónica y de un encogimiento de hombros, como si la llamada universal a la santidad efectuada por Jesucristo en el Evangelio («Sed perfectos como mi Padre Celestial es perfecto») fuese un mandato reservado a unos cuantos lunáticos o enchufados.

Pero si seguimos de cerca los pasos de los santos sin prejuicios ni fanatismos apreciaremos sus defectos como en el común de los mortales, y constataremos también que solo se distinguieron de los demás por su lucha titánica contra esas imperfecciones y adversidades que los apartaban del Dios a quienes ellos adoraban.

Longinos, el soldado que atravesó con su lanza el costado de Cristo, no era antes de ser declarado santo una hermanita de la caridad, precisamente. Tampoco Francisco de Borja lo era al principio, por más que fuera nieto del papa Alejandro VI y del rey Fernando V de Aragón o el Católico, como el lector prefiera, además de primo del emperador Carlos V.

Hasta ahora ha prevalecido así la «cara A» de los santos, pero en estas páginas me propongo alumbrar esa otra «cara B» oscura y soslayada por considerarse «políticamente incorrecta» o simplemente por pura ignorancia. Muchas veces, los enemigos de los futuros santos han estado dentro de la propia Iglesia, como sucedió con san Pío de Pietrelcina, más conocido como el padre Pío, a quien le colocaron micrófonos en el confesionario vulnerando así el sigilo sacramental mientras le calumniaban al asegurar que mantenía relaciones sexuales con sus hijas espirituales. A lo que él respondía, escueto y abnegado, tras recogerse en oración al final de su vida: «Si ellos no me hubiesen perseguido, yo no me habría salvado».

Y qué decir de san Luis Orione, amigo del padre Pío, víctima también de un complot para desacreditarle haciendo creer a los demás que un octogenario como él pecaba con mujeres. El ladino plan consistió en que un barbero de Mesina, ciudad situada al nordeste de Sicilia, accediese a hacerle a Luis Orione una pequeña herida en la nuca, en apariencia involuntaria, para proceder enseguida a «desinfectarla» con un frasquito que contenía ni más ni menos que pus sifilítico. ¿Un santo con sífilis…? ¡Menuda incongruencia era aquella!

La perversidad cometida contra Orione me recuerda a la más reciente padecida por el papa Juan Pablo II cuando, días antes del atentado de 1981, los servicios secretos británicos advirtieron del peligro de un plan para envenenar al pontífice, a quien pretendían pinchar con la punta de un paraguas para inocularle una dosis letal de veneno.

Con san Juan Bosco intentaron también acabar de modo violento, emponzoñándole, como a Karol Wojtyla, solo que en su caso con una copa de vino. Por no hablar de santa Teresa de Lisieux, intoxicada con mercurio en el lecho de muerte, según revela un concienzudo estudio del profesor Philippe Charlier, patólogo forense y director del laboratorio de la Universidad París-Saclay, que ha pasado hasta hoy casi inadvertido.

Desfilan también mártires por estas páginas, como los veintiún cristianos coptos asesinados por el autoproclamado Estado Islámico el 15 de febrero de 2015 en la playa de Sirte, en Libia. Todavía hoy estremece ver el vídeo colgado en las redes sociales de aquellas víctimas inmoladas, a quienes el papa Francisco incluyó en el Martirologio Romano, un catálogo de mártires y santos de la Iglesia católica ordenados según la fecha de celebración de sus fiestas, en mayo de 2023.

Y hablando de mártires, no debe olvidarse tampoco a uno de sus más ilustres: el diácono Lorenzo de Osca. En las actas de su martirio consta que las autoridades romanas le exigieron la entrega de los tesoros de la Iglesia y que él pidió un plazo de tres días para poder reunirlos todos. Finalmente, hizo honor a su palabra dada, pues al tercer día se presentó rodeado de todos los pobres y desvalidos socorridos por las limosnas eclesiásticas y, mostrándoselos a las autoridades, les dijo resuelto: «Aquí están los tesoros de la Iglesia». Sus palabras sonaron a burla y poco después fue quemado vivo ante la rabia e impotencia de sus justicieros. La incineración se llevó a cabo en una parrilla en la vía Tiburtina de Roma por orden del emperador Valeriano.

La palma del martirio acompañó también a san Maximiliano Kolbe, tras ofrecerse a morir de hambre en el campo de concentración de Auschwitz en lugar del sargento Franciszek Gajowniczek, casado y con hijos. Su proposición fue aceptada al final.

Pero, sin más preámbulos, rindamos ya homenaje a dieciocho santos de la historia, ninguno de los cuales se libró de grandes padecimientos mereciendo así que la Iglesia católica los subiese a los altares para rendirles culto. Conozcamos ahora, por fin, sus «vidas paralelas» que los enaltecen; las mismas que, por diversas razones, se han pretendido ocultar o al menos disimular mirando hacia otro lado.

JOSÉ MARÍA ZAVALA,

en Campoamor, a 23 de septiembre de 2025,

fiesta litúrgica del padre Pío

1

Longinos de Jerusalén (¿?-37 d. C.)

El ciego y mudo que vio y habló

Juan no pronuncia su nombre en el cuarto Evangelio canónico, sino que se limita a consignar que «uno de los soldados le atravesó [a Jesús crucificado] con su lanza el costado, y al instante salió sangre y agua».

¿Por qué entonces se ha dado en llamar Longinos a ese soldado, que no centurión como algunos autores sostienen aún hoy, hasta el punto de inscribirle con tal nombre en el Santoral Católico y en el Martirologio Romano? Es necesario advertir que Longinos, en su caso, no es un nombre propio sino una denominación de oficio, puesto que longinos o lancero era el portador de una lanza o longé, término proveniente del griego antiguo. Sea como fuere, la tradición cristiana le bautizó como Longinos hasta hoy.

Pero volvamos al principio: el evangelista Juan nos refiere que la tarde iba cayendo y que se aproximaba el sábado o Shabat, el séptimo día de la semana judía dedicado al descanso, la oración y la desconexión de las actividades laborales. Resultaba necesario, por tanto, según la ley mosaica, apresurarse a sepultar los cadáveres de los ajusticiados para festejar la Pascua. No olvidemos que Juan, quien lo refiere en su Evangelio, era un testigo presencial de los hechos que relata así con detalle:

Como era la Parasceve —escribe el apóstol de Jesús, el mismo que estuvo en el Calvario—, o sea la víspera de la Pascua, los judíos, a fin de que no quedasen los cuerpos en la cruz durante el sábado, pues era muy solemne la fiesta de aquel sábado, pidieron a Pilato que les quebrasen a los ajusticiados las piernas y que fuesen descolgados de las cruces. Vinieron, pues, los soldados y les quebraron las piernas, primero a uno y luego al otro [los ladrones] que habían sido crucificados juntamente con Él. Pero cuando vieron a Jesús, como comprobaron que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó con su lanza el costado, y al instante salió sangre y agua. Y el que lo ha visto lo ha testificado, y su testimonio es válido. Y Él sabe que dice la verdad, para que vosotros también creáis (Jn 19:31-36).

Los soldados encargados de rematar a los crucificados se valieron de una maza o «clava», como dirían los romanos, para romper las piernas a los dos malhechores. Era lo que técnicamente se conocía por crurifragium, que se aplicaba a los crucificados para acortar sus padecimientos, pues de lo contrario podían permanecer vivos hasta dos o tres días suspendidos de la cruz. Tras la rotura de las piernas, la muerte era inminente, ya que, al fallar el sostén de esos huesos, se descolgaba la caja torácica y provocaba en el ajusticiado la muerte por asfixia.

Como a Jesús le vieron ya muerto, Longinos con una lanza o jabalina le asestó un golpe en el costado «abriéndoselo», según la expresión del texto de Juan. De la herida salió sangre y agua. Ríos de tinta han corrido desde entonces entre los médicos para precisar su significado, si realmente fue o no líquido pleural el que brotó por la perforación.

ESCRITO ESTÁ

En el Antiguo Testamento se anticipaba ya el modo y las circunstancias en que se daría muerte al Mesías tantos siglos después. La sombra de Longinos se cernía ya en las Sagradas Escrituras. Resulta en verdad sorprendente cómo en el segundo libro del Pentateuco, el Éxodo, con más de un milenio de antigüedad respecto a la pasión de Cristo, se encuentra ya la profecía de que Jesús sería sacrificado durante la Pascua sin un solo hueso roto. Para eso un soldado romano debía comprobar antes que Jesús había muerto y solo entonces, ante la inminencia de la Pascua, conformarse con propinarle una lanzada.

Mientras en el Éxodo se prosigue el relato del Génesis sobre la creación, el pecado de los hombres, el castigo divino y la renovación, la llamada de Abraham para bendecir al mundo y las luchas de Isaac y luego de Jacob para llevar adelante el anhelo divino, hallamos este significativo oráculo (12:43-46):

Dijo Yahvéh a Moisés y a Aarón: «Estas son las normas sobre la Pascua: […] Se ha de comer dentro de casa; no sacaréis fuera de casa nada de carne, ni le quebraréis ningún hueso».

El mismo vaticinio se encuentra también en el Libro de los Números (9:12), donde se da cuenta de cómo los descendientes de Jacob vulneraron más de una vez su pacto con Yahvéh, razón por la cual los adultos que salieron de Egipto fueron sentenciados a perecer en el desierto, y sus hijos los reemplazaron como guerreros y líderes para recibir después la tierra prometida. ¿Qué se dice en este libro sobre el asunto que ahora tanto nos interesa? Esto mismo:

No dejarán nada para la mañana, ni le quebrantarán ningún hueso. Según todo el ritual de la Pascua la celebrarán.

En el Salmo 34, y en concreto en los versículos 20 y 21, se repite la profecía sobre la muerte de Jesús:

Muchas son las desgracias del justo, pero de todas le libera Yahvéh; todos sus huesos guarda, no será quebrantado ni uno solo.

LA LEYENDA CRISTIANA

Del mismo modo que no se sabe con total certeza el verdadero nombre del lancero romano, se ignora también su fecha de nacimiento, aunque no la de su muerte, en torno al año 37 d. C. Sabemos por Juan, eso sí, que el soldado que arrojó su lanza contra el costado de Jesús es un personaje real, aunque anónimo, que permaneció absorto al pie de la cruz contemplando el chorro de agua y sangre que manaba de aquel cuerpo extenuado. Desde entonces, la tradición cristiana ha dado rienda suelta a la leyenda, recogida en el Flos Sanctorum (Flores de los Santos), género hagiográfico de enorme difusión entre los siglos XIV y XVIII donde se compendian las vidas de los santos en una sola obra; entre ellas, naturalmente, la de Longinos.

En esa leyenda popular basada en la tradición cristiana, transmitida de una generación a otra, se cuenta que, al presenciar el oscurecimiento del sol y el terremoto que siguió a la muerte de Jesús, Longinos se abrazó por fin a la fe cristiana. Era un soldado ya veterano, con la vista muy deteriorada, pero al traspasar el pecho de Jesús le salpicaron en los ojos algunas gotas de su sangre y empezó a ver ya con total claridad. Decidió así seguir al Nazareno desde aquel mismo instante. Abandonó la milicia, recibió de los apóstoles la instrucción necesaria y se retiró a Cesarea de Capadocia, donde permaneció durante veintiocho años consecutivos llevando una vida monástica y convirtiendo a muchos a la fe de Cristo con su predicación y su buen ejemplo.

El gobernador de aquella provincia lo detuvo y trató de obligarle a ofrecer sacrificios en homenaje a los ídolos. Pero, al negarse Longinos, ordenó que le arrancasen todos los dientes con unas pinzas metálicas y le cortasen la lengua, pese a lo cual y gracias a un milagro, él conservó la facultad de hablar y siguió combatiendo la idolatría con más ahínco todavía que antes. Llegó incluso a emplear un hacha para destrozar las imágenes de las falsas divinidades.

—Ahora veremos —dijo Longinos, mientras quebraba las efigies— si estas figuras representan a dioses verdaderos.

Tras cebarse con ellas a hachazo limpio, los demonios se quedaron sin morada y no tuvieron más remedio que alojarse en el cuerpo del gobernador y en el de sus secuaces, quienes con el juicio trastornado y ladrando como fieras acudieron a Longinos y se prosternaron ante él. El antiguo centurión preguntó entonces a los demonios:

—¿Por qué moráis dentro de los ídolos?

A lo que ellos respondieron:

—Nos refugiamos siempre en los lugares donde jamás se pronuncia el nombre de Cristo, ni nadie dobla la rodilla ante él ni tampoco se persigna.

Longinos se dirigió a continuación al gobernador, quien tras resultar poseído por el diablo había enloquecido y estaba ciego.

—Tú sanarás —vaticinó—, pero solo después de que me hayas matado. Y cuando lo hagas, yo rogaré por ti para que el Señor te devuelva la salud del cuerpo y del alma.

El gobernador mandó degollar a Longinos y, poco después, se postró ante el cuerpo del mártir gimiendo con amargura. Desde entonces, hizo penitencia, recobró la vista y se entregó a las buenas obras hasta el final de su vida.

A esas alturas, Longinos había tenido oportunidad de recordar ya que, como «el buen ladrón» Dimas, arrepentido en la cruz junto a Jesús, o como él mismo había experimentado en propia carne, «si uno no nace de nuevo, no podrá gozar del Reino de Dios», según le dijo el Maestro a Nicodemo. Todo el mundo podía así nacer dos veces. Solo hacía falta anhelarlo.

Una maravillosa escultura barroca del siglo XVII, obra de Bernini, conmemora hoy la mítica figura de Longinos en la basílica de San Pedro, en el Vaticano. Longinos fue canonizado finalmente por la Santa Sede con todos los honores.

OBJETOS DE DESEO

Desde entonces, aquella lanza de Longinos que penetró en el costado de Jesús y conservaba en su punta los vestigios resecos de su sangre y agua se convirtió en uno de los objetos más deseados por quienes curiosamente perseguían a muerte a los judíos.

El Santo Cáliz con el que Jesús celebró la Última Cena constituía, con toda probabilidad, el vestigio arqueológico más ansiado de todo el mundo. Fue este objeto el que impulsó al propio Heinrich Himmler, jefe de las temidas SS alemanas, a desplazarse hasta la abadía de Montserrat en octubre de 1940 con la intención exclusiva de llevarse de allí el Santo Grial. El principal colaborador de Hitler estaba convencido de que el tesoro se había escondido en aquel monasterio, a raíz de una antigua canción popular catalana cuya letra mencionaba una «fuente de vida» oculta en el viejo castillo sobre el cual se alzaría más tarde la abadía, entre los escarpados peñascos del macizo.

Sin embargo, aquella «fuente de vida» no guardaba finalmente relación alguna con la copa sagrada que Himmler buscó con tanta insistencia, al igual que hizo con el Arca de la Alianza, en su vano propósito de agradar a Hitler y de alimentar la mitología nazi con una reliquia capaz de someter a sus adversarios bajo la pretendida supremacía aria. Y esto fue así por una razón muy simple: el verdadero objeto ya se hallaba perfectamente custodiado en la catedral de Valencia y no en la abadía de Montserrat.

Una decepción parecida habrían sufrido tanto Hitler como Himmler si hubiesen descubierto que la llamada Lanza del Destino, también conocida como Lanza Sagrada o Lanza de Longinos, cuya autenticidad perseguían con tal empeño, terminó resultando falsa. Obsesionados por la leyenda, según la cual quien la sostuviera en sus manos controlaría —para bien o para mal— el destino del mundo, ambos buscaron con igual intensidad aquella ansiada reliquia con la que el soldado Longinos verificó que Jesús había fallecido.

Desde el momento en que observó la llamada Lanza de Viena, el gran tesoro imperial que los Habsburgo conservaban en el palacio Hofburg, Hitler quedó fascinado por esa pieza metálica. A decir verdad, no era más que una punta de hierro de aproximadamente medio metro de largo con un clavo incrustado en el centro y una inscripción dorada que decía: LANCEA ET CLAVUS DOMINUS (la lanza y el clavo del Señor).

Se comentaba de esa lanza que propició la victoria del emperador Teodosio frente a los godos en el año 385; que hizo retroceder a Atila y que, gracias a su poder, Carlos Martel contrarrestó el avance de los árabes en la batalla de Poitiers en el año 773. Desde los emperadores romanos, la lanza pasó a manos de Carlomagno, Federico Barbarroja y Napoleón, sucesivamente.

En 1938, tras la anexión forzosa de Austria a Alemania, Hitler envió la lanza a Núremberg, primero a la iglesia de Santa Catalina, y más tarde la custodió en una cámara blindada escondida bajo la fortaleza de esta ciudad. La lanza fue hallada por los americanos meses después de la muerte de Hitler y su lugarteniente Himmler. Pero en 1947 pudo comprobarse, tras la preceptiva prueba del carbono 14, que había sido fabricada en el siglo VII. Hitler se suicidó en su búnker sin conocer la verdad.

LA SACRA LANZA

Dejémonos llevar ahora de la mano de Nicoletta de Matthaeis, licenciada en Lenguas y Literaturas Extranjeras Modernas por la Universidad La Sapienza de Roma y una gran apasionada del arte medieval. Nadie como ella ha seguido hasta ahora con tanto celo y acierto el rastro de la Lanza de Longinos y de tantas otras reliquias importantes del cristianismo.

Según ella, únicamente la lanza conservada hoy en la basílica vaticana, en uno de los llamados cuatro pilares de la cúpula de San Pedro, podría ser la auténtica porque, a diferencia de las otras, como la que buscaba Hitler, se ha datado en el siglo I y guarda similitudes con las empleadas por las legiones romanas.

¿Cómo era la lanza o jabalina que empuñaba Longinos aquel Viernes de Pasión? Se trataba del llamado pilum, de unos dos metros de largo, con un asta de madera y una punta de hierro. Su característica distintiva era que la varilla de metal se doblaba al impactar con el escudo enemigo, impidiendo así que el arma pudiera ser devuelta o reutilizada. Resultaba mortífera si, como en el caso de Jesús, la víctima carecía de escudo para proteger sus carnes. La herida debió de ser brutal. Existían dos tipos de pilum, el pesado y el ligero, y se lanzaba a unos quince metros de distancia, aunque Jesús debió de recibir la lanzada mucho más cerca.

Esta lanza que tanto nos preocupa ahora fue un regalo de sultán Bayazid II, del Imperio otomano, al papa Inocencio VIII en 1492 a cambio de un favor político. Conocida como la Sacra Lanza, al principio se hallaba en el pilón de Longinos, llamado así porque es precisamente el soldado romano uno de los cuatro que sostienen la cúpula en la escultura de Bernini; más tarde, se trasladó al pilón de la Verónica.

Algunas fuentes aseguran que la Sacra Lanza es la verdadera, la cual formaba parte del tesoro de los soberanos bizantinos y que en el momento de la donación se encontraba en Constantinopla. La reliquia —pero solo la parte metálica, sin el asta, según matiza Nicoletta de Matthaeis—, conservada en el tesoro del Imperio bizantino, llegó por mar al puerto de Ancona en 1492. Así lo atestiguaba el entonces obispo Marco Vigerio i della Rovere. En Ancona se reunieron los obispos de la región para venerar la Sacra Lanza.

Por desgracia, se rompió la punta, donada a la ciudad. Este fragmento de la lanza se venera hoy en Ancona, custodiado en el Museo Diocesano de la localidad, en el interior de un relicario de plata dorada y lapislázulis.

Más tarde, la Sacra Lanza se trasladó desde Ancona hasta Roma a lomos de un caballo blanco precedido de una gran luminaria. Llegó el 31 de mayo de 1492, festividad de la Ascensión. El papa Inocencio VIII impartió la bendición con ella a todo el pueblo y la reliquia se depositó luego en la iglesia de Santa María del Popolo.

Hasta que en 1629, con motivo de la consagración de la nueva basílica de San Pedro, el probable pilum esgrimido por Longinos contra Jesús se instaló en una de las cuatro capillas situadas en los pilares que sostienen la cúpula. Más tarde, la reliquia se trasladó a la vecina capilla de la Verónica, donde se guarda el velo de la Verónica y un fragmento de la Vera Cruz procedente de la capilla de Santa Elena.

INDULGENCIAS POR DOQUIER

La veneración de la Sacra Lanza ha congregado a multitud de peregrinos a lo largo de la historia, atraídos también por las generosas indulgencias recibidas por inclinarse ante ella. Si residían en Roma, se veían recompensados con tres mil años de purgatorio menos; si procedían de ciudades cercanas, la indulgencia se duplicaba a seis mil años; y finalmente, si viajaban desde otros países, alcanzaba los doce mil años y la remisión de la pena de la tercera parte de los pecados cometidos.

En la basílica de San Pedro se cobija hoy la maravillosa estatua de bronce de Antonio Pollaiuolo, pintor, escultor, orfebre y grabador cuatrocentista, que representa al pontífice Inocencio VIII sosteniendo con una mano la Sacra Lanza mientras con la otra imparte la bendición.

AMPOLLAS DE SANGRE

Advierte Nicoletta de Matthaeis que, en la tradición hebrea, la sangre de quienes fallecían de muerte violenta debía guardarse y sepultarse junto con el cuerpo, lo mismo que cualquier otro tejido u objeto impregnado con líquido orgánico del difunto.

Una de las tradiciones sostiene que fueron María de Nazaret y el apóstol Juan quienes introdujeron la preciosa sangre de Jesús en una ampolla de cristal, mientras que otra se decanta porque fue José de Arimatea quien lo hizo, el mismo que cedió la tumba de su propiedad para sepultar en ella a Jesús.

Dos ampollas con la sangre y el agua emanadas del costado de Cristo podrían custodiarse hoy en la archibasílica de San Juan de Letrán, catedral de la diócesis de Roma, dado que aparecen citadas en la Tabula Magna Lateranensis, un mosaico con la relación de reliquias conservadas en este templo, como recuerda Nicoletta de Matthaeis. Robert de Clari, cronista de la IV Cruzada, asegura haber visto una ampolla con sangre en Constantinopla, junto a otras reliquias de Cristo.

En la ciudad italiana de Mantua, rodeada por tres lagos artificiales al norte de la región de Lombardía, y en concreto en la cripta de la basílica de San Andrés, se conservan hoy dos relicarios con tierra presuntamente empapada en la sangre de Cristo procedente del monte Calvario. Se baraja que pudo llevarla hasta allí Longinos en persona.

Según la tradición generalmente aceptada, Longinos murió en Capadocia predicando la fe cristiana. Pero existe otra corriente que lo sitúa en Mantua, donde recibió la palma del martirio. La tradición italiana va incluso más allá al atribuir raíces transalpinas al célebre soldado romano, quien habría nacido así en la región de Emilia-Romaña, cuya capital y ciudad más poblada es Bolonia.

De acuerdo con esa tradición, Longinos habría enterrado la reliquia en Mantua, en un lugar donde se levantó luego el Hospital del Peregrino. Y, tras su martirio en el año 37 d. C., su cadáver se inhumó cerca de aquel vestigio.

En el año 804, una aparición del apóstol Andrés a un feligrés posibilitó el hallazgo de la reliquia, a cuyo lado se encontraron enterrados varios huesos humanos atribuidos a Longinos, los cuales se conservan hoy en una de las capillas de la basílica de San Andrés. El papa León III, nacido hacia el año 750 y muerto en 816, declaró auténtica la reliquia y donó una pequeña parte de esta a Carlomagno, emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, quien mandó resguardarla en la Capilla Real de París.

Durante la invasión húngara del año 923, una parte de la reliquia se escondió en la iglesia de San Pablo, adyacente a la catedral, y la otra se repartió en dos copas de cristal que luego fueron sepultadas en el huerto del oratorio dedicado a la Sangre de Cristo. Más tarde, y a fin de custodiar la reliquia, se construyeron una iglesia y un monasterio. En 1053, el papa León IX y el emperador Enrique III de Francia recibieron como obsequio una pequeña parte de ella que llegó finalmente hasta Weingarten, en Alemania, en 1094. Longinos fue canonizado en 1340.

En 1472 comenzaron los trabajos de construcción de la nueva catedral que albergaría la reliquia, y en 1479 se encontró la parte escondida en la iglesia de San Pablo. En 1530 la reliquia se depositó en dos nuevos relicarios de oro macizo diseñados por el célebre escultor y orfebre Benvenuto Cellini, los cuales se sustrajeron en 1848 por un grupo de soldados austrohúngaros y nunca más aparecieron. Con los fragmentos guardados pudo recomponerse la reliquia y preservarla en otros dos relicarios donados por el emperador austriaco Francisco José.

El preciado vestigio se encuentra hoy en la cripta de la basílica de San Andrés, en el interior de una caja fuerte cuya apertura requiere la presencia de cuatro personas: el prefecto, el obispo, el capítulo de la catedral y un representante de la fábrica de San Andrés, los cuales poseen las doce llaves necesarias. Cada Viernes Santo, se extraen los dos relicarios de la caja fuerte para darlos a venerar a los miles de feligreses.

Respecto al fragmento conservado en la localidad alemana de Weingarten, todos los años, en la festividad de la Asunción, se celebra una ceremonia conocida como «la Cabalgata de la Sangre» (Blutritt) consistente en un desfile en el que participan unos tres mil caballos montados por representantes de las parroquias del condado y por jinetes mantuanos. No en vano, la ciudad alemana está hermanada con Mantua desde el 12 de marzo de 1998, como recuerda Nicoletta de Matthaeis.