1

UNA LUNA LLENA DE INVIERNO derramaba luz sobre la piedra y el ladrillo vetustos del hotel de la Plaza. Bajo sus rayos, los porches y puntales nuevos relucían y el luminoso cobre del tejado centelleaba. Lo viejo y lo nuevo —pasado y presente— se ensamblaban allí en un maridaje sólido y feliz.

Sus ventanas permanecían oscuras esa noche de diciembre, ocultando en sombras sus secretos. Pero, en pocas semanas, brillarían como las demás de la Main Street de Boonsboro.

Desde su camioneta, a la luz de la Plaza, Owen Montgomery echó una ojeada calle abajo, a las tiendas y pisos engalanados de Navidad. Las luces titilaban y parpadeaban. A la derecha, un precioso árbol adornaba el gran ventanal del apartamento de la segunda planta. La residencia temporal de su futura gerente reflejaba su estilo: absoluta elegancia.

Las próximas Navidades forrarían el Hotel Boonsboro de luces blancas y follaje. Y Esperanza Beaumont pondría su precioso arbolito delante de la ventana del apartamento de la gerente, en la tercera planta del hotel.

Miró a su izquierda, donde Avery MacTavish, propietaria de Pizzería y Restaurante familiar Vesta, tenía el porche principal engalanado de luces.

Su piso, el de encima de la pizzería —antes propiedad de su hermano Beckett—, también lucía un árbol en la ventana. Por lo demás, sus ventanas estaban tan oscuras como las del hotel. Trabajaría esa noche, pensó, observando el jaleo del restaurante. Owen se revolvió en el asiento; no soportaba verla detrás del mostrador.

Cuando la luz del semáforo cambió, giró a la derecha, hacia Saint Paul Street, y luego a la izquierda, al aparcamiento de detrás del hotel. Después estuvo sentado en la camioneta un instante, pensando. Podía acercarse a Vesta, se dijo, tomarse una porción de pizza y una cerveza, quedarse por allí hasta la hora del cierre. Luego podía darse una vuelta por el hotel.

En realidad, no era necesario que se diera una vuelta por el hotel, se recordó, pero no había estado en la obra en todo el día, pues había andado de reuniones y otros negocios de la empresa de construcción de la familia Montgomery. No quería esperar a la mañana para ver lo que sus hermanos y los trabajadores habían hecho ese día.

Además, Vesta parecía concurrido, y apenas quedaba media hora para el cierre. No es que Avery fuera a echarlo a patadas cuando cerrara, al menos eso creía. Más bien se sentaría a tomarse una cerveza con él.

Tentador, reconoció, pero debía hacer esa ronda rápida por el hotel e irse a casa. Tenía que estar en la obra, con sus herramientas, a las siete de la mañana.

Salió de la camioneta al aire gélido y cogió las llaves. Alto como sus hermanos, más bien delgado, se puso la cazadora mientras rodeaba el muro de piedra del patio en dirección a las puertas del Vestíbulo.

Sus llaves eran de varios colores, algo que sus hermanos creían una cursilada y él juzgaba práctico. En cuestión de segundos, pudo refugiarse del frío en el edificio.

Encendió las luces y se quedó allí, sonriendo como un imbécil.

El mosaico decorativo resaltaba el suelo, añadía más encanto a las paredes claras con su particular zócalo de madera de color crema. Beckett había estado muy acertado al insistir en que se dejara al descubierto el ladrillo de la pared lateral. Y su madre había dado en el clavo con la lámpara de araña.

No era ni clásica ni moderna, sino más bien orgánica, con sus ramas de bronce y sus estrechos globos flotantes centrados sobre ese mosaico. Miró a la derecha, observó que se habían pintado los baños del Vestíbulo, con su moderno alicatado y sus lavabos de mármol verde.

Sacó su libreta y anotó algunos retoques necesarios antes de cruzar el arco de piedra hacia la izquierda.

Más ladrillo visto, sí, a Beckett le chiflaba. Las estanterías de la lavandería revelaban una organización implacable, y eso era cosa de Esperanza. Con voluntad férrea, había conseguido echar a Ryder de su oficina en la obra para organizarla.

Se detuvo en lo que sería el despacho de Esperanza y vio el sello de su hermano Ryder allí: los caballetes y una lámina de contrachapado como su improvisado escritorio; el grueso archivador blanco —la biblia de la obra—, unas herramientas y latas de pintura.

Esperanza no tardaría mucho en echar a Ryder de allí también, supuso Owen.

Prosiguió, y luego se detuvo para admirar la diáfana cocina.

Habían instalado ya las luces, aquella gran pieza de hierro situada sobre la isla, y una versión algo más pequeña junto a cada ventana. También habían colocado los armarios de maderas cálidas con notas de color crema y el suave granito que tan bien sentaba a los electrodomésticos de reluciente acero inoxidable.

Abrió el frigorífico y se dispuso a coger una cerveza. Conduciría en breve, se dijo, y optó por una lata de Pepsi en su lugar, luego anotó que debía solicitar cuanto antes la instalación de las persianas y los acabados de las ventanas.

Ya casi estaban listos para esa fase.

Continuó hasta Recepción, hizo otro repaso visual y volvió a sonreír.

La repisa de la chimenea que Ryder había hecho con una vieja plancha gruesa de madera reciclada combinaba perfectamente con el viejo ladrillo y la chimenea abierta. De momento, plagaban el lugar lonas de polipropileno, latas de pintura y herramientas. Tomó algunas notas y retrocedió, pasó el primer arco y se detuvo al cruzar el Vestíbulo camino de lo que sería el Salón porque oyó pasos en el segundo piso.

Atravesó el siguiente arco, que llevaba, por un breve pasillo, hacia la escalera. Observó que Luther había estado trabajando en la barandilla de hierro, y la acarició mientras empezaba a subir.

—Vale, alucinante. ¿Ry? ¿Estás ahí arriba?

Una puerta se cerró de golpe y le hizo dar un respingo. Al llegar arriba, frunció sus ojos azules y tranquilos. A sus hermanos les gustaba cabrearle, y no sería él quien le diera a ninguno de los dos un motivo de pitorreo.

—Oooh —dijo fingiéndose asustado—. Será el fantasma. ¡Qué miedo!

Giró hacia la fachada principal del edificio y vio que la puerta de la suite Elizabeth y Darcy estaba, desde luego, cerrada, al contrario que la de Titania y Oberón, que se encontraba enfrente.

Muy gracioso, pensó, mosqueado.

Se acercó despacio a la puerta con intención de abrirla de golpe, entrar de pronto y posiblemente darle un susto al que fuera de sus hermanos que le estaba vacilando. Agarró el pomo redondeado, tiró hacia abajo con cuidado y empujó.

La puerta no cedía.

—Para, gilipollas. —Pero, a su pesar, rió un poco. Al menos hasta que la puerta se abrió, al mismo tiempo que las dos del balcón.

La ráfaga de aire gélido le olió a madreselva, agradable como el verano.

—Madre mía.

Casi había aceptado que tenían un fantasma, casi lo creía. A fin de cuentas, había habido algunos incidentes, y Beckett se mostraba inflexible al respecto. Tanto que incluso la había llamado Elizabeth, en honor a su habitación preferida.

Sin embargo, aquella era la primera experiencia personal, directa e indiscutible de Owen con el espectro.

Se quedó boquiabierto, viendo cómo la puerta del baño se cerraba de golpe, volvía a abrirse y se cerraba de nuevo.

—Vale. Uau, vale. Eh, perdona que te moleste. Yo solo… —La puerta se le cerró en las narices, o lo habría hecho de no haberse retirado a tiempo para evitarlo—. Eh… vamos. Que a estas alturas nos conocemos de sobra. Paso por aquí casi todos los días. Soy Owen, hermano de Beck. Ah, y vengo en son de paz y todo eso.

La puerta del baño volvió a cerrarse de golpe y el portazo le provocó una mueca.

—Cuidado con los materiales, ¿vale? ¿Qué te pasa? Yo solo… Ah. Lo pillo.

Carraspeando, se quitó su moderna gorra y se peinó el recio pelo castaño oscuro con las manos.

—Oye, que lo de gilipollas no lo decía por ti. Creía que era Ry. Ya conoces a mi otro hermano, Ryder, ¿no? A veces es un poco gilipollas, tendrás que reconocerlo. Y yo aquí, en el pasillo, dándole explicaciones a un fantasma.

La puerta se abrió una rendija. Con cautela, Owen la abrió del todo.

—Solo voy a cerrar las puertas del balcón. Hay que dejarlas cerradas, de verdad.

Admitía que el resonar de su propia voz en el cuarto desierto le daba escalofríos, pero se metió la gorra en el bolsillo del abrigo mientras se dirigía a la puerta del fondo, la cerró y echó la llave. Al llegar a la segunda puerta, vio encendidas las luces del apartamento de Avery encima del restaurante.

La vio pasar por delante de la ventana, o tal vez fuera un destello de su figura.

La ráfaga de aire cesó; el aroma a madreselva se endulzó.

—Ya te he olido antes —masculló sin dejar de mirar las ventanas de Avery—. Beckett dice que le avisaste la noche en que ese cabrón, con perdón, de Sam Freemont fue a por Clare. Así que gracias. Se van a casar, Beck y Clare. Seguro que lo sabes ya. Él ha estado colado por ella prácticamente toda la vida.

Cerró la puerta al fin y se volvió.

—Así que gracias otra vez.

La puerta del baño estaba abierta, y Owen se vio en el espejo, con su marco curvado de hierro, encima del lavabo encastrado.

Admitía que tenía cara de susto, y el pelo que le brotaba entre los dedos le daba cierto aire espectral.

Automáticamente, volvió a pasarse las manos por el pelo para intentar calmarse.

—Solo estoy dando una vuelta, tomando notas. Andamos ya con los remates. Aquí no, claro. Me parece que los obreros querían terminar esta cuanto antes. A algunos les daba cierto reparo. Sin ánimo de ofender. Bueno… voy a terminar y me marcho. Nos vemos… o no… pero…

Lo que fuera, decidió, y salió de la habitación.

Pasó más de treinta minutos yendo de habitación en habitación, de planta en planta, tomando notas. A veces volvía el olor a madreselva, o se abría alguna puerta.

La presencia de la fantasma —que ya no podía discutir— le parecía benigna. Pero tampoco pudo negar la leve sensación de alivio que le produjo poder cerrar el hotel hasta el día siguiente.

El hielo crujía ligeramente bajo las botas de Owen mientras hacía malabares con el café y los donuts. Media hora antes del amanecer, volvió al hotel, se fue derecho a la cocina a dejar la caja de donuts, la bandeja de café para llevar y su maletín. Para animarse y porque estaba ahí, pasó por Recepción y encendió los leños de gas de la chimenea. Satisfecho con el calor y la luz, se quitó los guantes y los metió doblados en los bolsillos de la cazadora.

De vuelta ya en la cocina, abrió el maletín, sacó el portapapeles de clip y comenzó a repasar —una vez más— la agenda del día. Sonó el móvil que llevaba en el cinturón, indicándole que era la hora de la reunión matinal.

Se había comido medio donut de azúcar cuando oyó a Ry aparcar la camioneta. Su hermano llevaba gorra, una cazadora raída de trabajo y lucía su gesto ceñudo de «necesito más café». Bobo, el perro de Ryder, entró tras él, olisqueó el aire y luego miró con anhelo la otra mitad del donut de Owen.

Ryder gruñó y cogió un café.

—Ese es el de Beck —le dijo Owen sin apenas mirarlo—, como indica la «B» con la que lo he marcado.

Ryder volvió a gruñir y cogió el vaso marcado con una «R». Tras un trago largo, miró los donuts y se decidió por uno relleno de mermelada.

Al ver cómo agitaba la cola Bobo, Ryder le lanzó un pedazo.

—Beck llega tarde —comentó Owen.

—Has sido tú el que ha decidido que teníamos que reunirnos antes del amanecer. —Ryder le dio un buen mordisco al donut y lo mojó en el café. No se había afeitado, y una barba de varios días cubría los ángulos de su rostro. Pero con la cafeína y el azúcar, sus ojos verdes moteados de dorado perdieron en parte su furiosa somnolencia.

—En cuanto lleguen los trabajadores, no pararán de interrumpirnos. Eché un vistazo anoche cuando iba de camino a casa. Se os dio bien el día.

—Cojonudamente. Esta mañana terminaremos los remates de la tercera planta. Retoques y molduras, unas luces y esos puñeteros toalleros eléctricos que van en un par de cuartos de la segunda. Luther está avanzando con las barandillas y los pasamanos.

—Ya lo he visto. He hecho algunas anotaciones.

—Sí, sí.

—Tendré más, supongo, cuando acabe de revisar la segunda y suba a la tercera.

—¿Y por qué esperar? —Ryder cogió un segundo donut y salió de la habitación. Sin molestarse en mirarlo, le tiró otro pedazo al perro, que trotaba a su lado.

Bobo lo cazó al vuelo con la precisión de un receptor profesional de béisbol.

—Beckett aún no ha venido.

—El pobre ya tiene mujer —señaló Ryder—, y tres críos. Hoy es día de colegio. Vendrá cuando pueda, ya se pondrá al día.

—Aquí abajo hay una pintura que necesita retoques —empezó Owen.

—Yo también tengo ojos.

—Voy a pedir que vengan a instalar cuanto antes todas las persianas. Si terminamos hoy con la tercera, puedo pedirles que empiecen con las cortinas a principios de la semana que viene.

—Los obreros han limpiado, pero es limpieza de obra. Hace falta otra en condiciones, pulirlo todo. Tendrás que comentárselo a la gerente.

—Hablaré con Esperanza esta mañana. También con el condado para que nos dejen empezar a amueblar.

Ryder miró de soslayo a su hermano.

—Nos quedan otras dos semanas largas, y eso sin contar las Navidades.

Pero Owen, como siempre, tenía un plan.

—Podemos terminar con la tercera, Ry, e ir bajando. ¿Tú crees que mamá y Carolee, por no hablar de Esperanza, no van a seguir comprando cosas cuando ya esté todo en su sitio?

—Me lo imagino. No interesa que estorben más de lo que ya lo hacen.

Cuando subían a la tercera, oyeron que se cerraba una puerta abajo.

—¡Estamos en la tercera! —gritó Owen—. Hay café en la cocina.

—Dios, gracias.

—Dios no ha comprado el café. —Owen pasó los dedos por la placa ovalada de bronce envejecido con la palabra GERENTE grabada en ella—. Un toque clásico.

—Este sitio está plagado de ellos. —Ryder bebió más café mientras entraban.

—Está quedando bien. —Owen asintió con la cabeza mientras daba una vuelta, entraba y salía de la cocinita, del baño y rodeaba los dos dormitorios—. Un espacio agradable y acogedor. Bonito y práctico, como nuestra gerente.

—Casi tan insufriblemente pejiguera como tú.

—Recuerda quién te proporciona los donuts, hermano.

Al oír la palabra «donut», Bobo se levantó de un salto y meneó el cuerpo entero.

—No hay más, colega —le dijo Ryder al animal, que con un suspiro perruno se desparramó en el suelo.

Owen echó un vistazo a Beckett, que subía por la escalera.

Se había afeitado, observó Owen, y le brillaban los ojos. Parecía algo alterado, como cualquier hombre, suponía, con tres niños de menos de diez años y el caos que generaban una mañana de colegio.

Recordaba bastante bien las suyas, y se preguntaba cómo sus padres habían podido resistirse a las drogas duras.

—Uno de los perros ha vomitado en la cama de Murphy —anunció Beckett—. Prefiero no tocar el tema.

—Por mí, bien. Owen está hablando de las cortinas y de empezar a amueblar.

Beckett hizo una breve pausa para rascarle un momento la cabeza a Bobo.

—Aún quedan retoques pendientes, pintura, remates.

—Aquí arriba, no. —Owen se acercó a la primera de las dos suites, el Ático—. Podríamos equipar esta suite. Esperanza podría trasladar sus cosas al otro lado del pasillo. ¿Cómo va la Westley y Buttercup?

—Está terminada. Ayer colgamos el espejo y las luces del baño.

—Entonces le diré a Esperanza que pase la fregona, que le saque brillo a esta planta. —Aunque confiaba en Ryder, revisaría la habitación él mismo—. Ella tiene la lista de dónde va cada cosa, así que puede bajar a Bast y pedirles que nos lo traigan.

Hizo unas anotaciones en su portapapeles de clip: envío de toallas y ropa de cama, compra de bombillas y demás. A su espalda, Beckett y Ryder se miraron.

—Supongo que vamos a amueblar.

—No sé a quién te refieres con lo de «vamos» —lo corrigió Ryder—. Desde luego no a mí ni a los obreros. Nosotros vamos a terminar la puñetera obra.

—A mí no me liéis —se eximió Beckett—. Yo tengo que hacer los cambios del proyecto de la panadería de al lado si todavía queremos trasladar a nuestro equipo allí sin mucha demora.

—Pues a mí no me vendría mal un poco de demora —masculló Ryder, pero fue detrás de Owen.

Owen se detuvo delante de Elizabeth y Darcy y le echó un vistazo a la puerta abierta.

—Beckett, no nos vendría mal que tuvieras una charla con tu amiguita, Lizzy. Asegúrate de que sabe que esta puerta tiene que estar abierta y las del balcón cerradas.

—Si está abierta. Y las del balcón, cerradas.

—Ahora. Anoche estaba un poco molesta.

Intrigado, Beckett arqueó las cejas.

—¿Ah, sí?

—Supongo que tuve mi propio encuentro personal con ella. Anoche vine a echar un vistazo y oí a alguien aquí arriba. Creí que era uno de vosotros, que quería vacilarme. Ella pensó que la había llamado gilipollas y me hizo saber que le daba igual.

Beckett esbozó enseguida una amplia sonrisa.

—Tiene mucho carácter.

—Dímelo a mí. Hicimos las paces… creo. Pero, por si me guarda rencor…

—Esta ya está terminada también —le dijo Ryder—. Y la Titania y Oberón. Hay que hacer la moldura y el rodapié de Nick y Nora y unos retoques en Eve y Roarke, y el plafón de ese baño. Llegó ayer. La del fondo, Jane y Rochester, está llena de cajas. Lámparas, lámparas y más lámparas, estanterías y Dios sabe qué. Pero está acabada.

»Yo también tengo una lista. —Ryder se dio unos toquecitos en la cabeza mientras el perro se acercaba para sentarse a su lado—. Solo que no me hace falta anotarlo todo en diez puñeteros sitios.

—Colgadores, toalleros, dispensadores de papel higiénico —siguió Owen.

—Previstos para hoy.

—Espejos, televisores, mecanismos y bases de enchufe, topes para puertas.

—Previstos, Owen.

—¿Tienes la lista de dónde va cada cosa?

—Como para no tenerla.

—Hay que colgar los rótulos de salida —prosiguió Owen, repasando su lista mientras se dirigía al Comedor—. Los apliques de aquí, y unos retoques en la pintura. Hay que pintar los cofres que hacemos para los extintores.

—Si te callas, podré ponerme a trabajar.

—Folletos, web, publicidad, tarifas finales, paquetes, carpetas de habitaciones.

—No es asunto mío.

—Exacto. Date con un canto en los dientes. ¿Cuánto crees que tardarás en tener los planos revisados del proyecto de la panadería? —le preguntó Owen a Beckett.

—Los llevaré a la oficina mañana por la mañana.

—Perfecto. —Sacó el móvil y consultó el calendario—. Vamos a concretar. Voy a pedirle a Esperanza que abra las reservas para el 15 de enero. Podríamos reservarnos el 13 para la gran inauguración, dejar un día de descanso y luego abrir.

—Falta menos de un mes —protestó Ryder.

—Sabes, como Beck y como yo, que quedan menos de dos semanas de trabajo. Habréis terminado antes de Navidad. Si empezamos a amueblar esta semana, estará todo listo para primeros de año, y no hay razón para que no nos concedan la licencia de uso y ocupación después de las fiestas. Eso nos dejaría dos semanas para cosas varias, para resolver cualquier problema una vez que Esperanza ya viva aquí.

—Yo estoy de acuerdo con Owen. Esto está yendo viento en popa, Ry.

Metiéndose las manos en los bolsillos, Ryder se encogió de hombros.

—Se hace raro, no sé, pensar que de verdad estamos terminándolo.

—Anímate —dijo Owen—. Un sitio como este… jamás estará acabado del todo.

Mientras asentía, Ryder oyó cómo se abría y se cerraba la puerta de atrás, y el sonido de botas pesadas sobre el embaldosado.

—Ya llegan los trabajadores. ¡Al tajo!

Owen estuvo ocupado, y feliz, tirando la moldura. Sin inquietarse por las interrupciones para contestar una llamada, responder a un mensaje de texto o leer un correo electrónico. El móvil era para él tan necesario como la pistola de clavos. El edificio bullía de actividad y resonaban en él las voces de la radio de trabajo de Ryder. Olía a pintura y a madera recién cortada, a café cargado. La combinación era para él un distintivo de Montgomery Family Contractors, y siempre le recordaba a su padre.

Todo lo que sabía de carpintería y construcción lo había aprendido de él. Al bajarse de la escalera para estudiar el trabajo, supo que su padre se sentiría orgulloso.

Habían cogido el viejo edificio, con sus porches derruidos y sus ventanas rotas, sus paredes estropeadas y sus suelos destrozados, y lo habían transformado en la joya de la plaza del pueblo.

La visión de futuro de Beckett, recordó, la imaginación y el buen ojo de su madre, el sudor y la destreza de Ryder y su propia atención a los detalles —sumados al trabajo de un equipo de obreros competente— habían hecho realidad lo que inicialmente fuera una simple idea comentada durante una sobremesa.

Dejó la pistola de clavos e hizo unos giros de hombros mientras se volvía para contemplar la habitación.

Sí, el buen ojo de su madre, pensó de nuevo. Reconocía que se había enfrentado a su propuesta de pintar las paredes de azul pálido y los techos de marrón chocolate… hasta que lo había visto acabado. «Glamour» era el término que mejor definía Nick y Nora, y alcanzaba su máxima expresión en el baño. Ese patrón de colores, incluida una pared de baldosas de vidrio azules que contrastaban en marrón sobre marrón, todas relucientes bajo las luces de cristal. Lámparas de araña en el retrete, pensó, y negó con la cabeza. Funcionaba de maravilla.

No había allí nada corriente o típico de un hotel, no cuando Justine Montgomery tomaba el mando. Esa habitación, se dijo, con su aire art decó, podría ser su favorita.

La alarma del móvil le indicó que era hora de empezar a hacer algunas llamadas.

Salió y se dirigió a la puerta trasera camino del porche mientras Luther trabajaba en las barandillas que conducían abajo. Rechinando los dientes, cruzó al trote el porche en medio del viento frío y recio, bajó a la planta principal y entró por Recepción.

—Joder, hace un frío de narices. —Retumbaba la radio; percutían las clavadoras. Ni de broma iba a intentar hacer negocios con ese ruido. Cogió la chaqueta y el maletín.

Se asomó al Salón, donde Beckett, sentado en el suelo, claveteaba los perfiles.

—Me voy a Vesta.

—No son ni las diez. Aún no han abierto.

—Precisamente por eso. Si ves a Ry, dile que está puesta la moldura de N y N. Falta que alguien cubra de masilla los agujeros de los clavos y lo retoque un poco.

—No tengo ni idea de dónde diablos está.

—Bien. No te preocupes.

Mientras salía, Owen sacó el móvil del cinturón y le envió a Ry un mensaje. Fuera, encogido de frío en el semáforo, maldijo que el tráfico se dilatara de tal modo que le impidiera cruzar Main a la brava. Esperó, despidiendo nubes de vaho por la boca, hasta que el semáforo se puso en verde. Trotó en diagonal, ignoró el letrero de cerrado de la puerta principal de cristal del restaurante y la aporreó.

Vio luces encendidas, pero nada de movimiento. Una vez más, sacó el móvil y buscó el número de Avery en la agenda.

—Maldita sea, Owen, me has hecho pringar de masa el móvil.

—Entonces estás ahí dentro. Ábreme antes de que me congele.

—Maldita sea —repitió ella, luego le colgó. Pero al poco la vio, con el delantal blanco sobre unos vaqueros y un suéter negro remangado hasta los codos. El pelo… ¿de qué color lo llevaba ahora? Le pareció similar al nuevo cobre intenso del tejado del hotel.

Había empezado a teñírselo hacía unos meses, de casi todos los colores posibles salvo su rojo de guerrera escocesa natural. Se lo había rapado también, recordó, aunque había vuelto a crecerle lo bastante para recogérselo en una coletita diminuta cuando trabajaba.

Sus ojos, de un azul tan luminoso como cobrizo era su pelo, lo miraron furiosos mientras abría la puerta cerrada con llave.

—¿Qué quieres? —le preguntó—. Estoy liada con los preparativos.

—Quiero espacio y tranquilidad. Ni te enterarás de que estoy aquí. —Se coló antes de que le cerrara la puerta en las narices—. No puedo hablar por teléfono con todo el jaleo que hay en el hotel y necesito hacer unas llamadas.

Los ojos azules de Avery miraron desconfiados el maletín.

Así que él trató de conquistarla con su sonrisa.

—Vale, igual tengo que hacer un poquito de papeleo. Me sentaré en la barra. Estaré muy calladito.

—De acuerdo, muy bien. Pero no me des la lata.

—Eh, antes de que vuelvas a lo tuyo, ¿no tendrás un poco de café?

—No, no lo tendré. Estoy haciendo la masa, que ahora pringa mi móvil nuevo. Anoche hice el cierre y Franny me ha llamado esta mañana a las ocho para decirme que no viene, que se encuentra mal. Sonaba como si le hubieran pasado la laringe por una picadora. Ayer se me fueron dos camareros por lo mismo, con lo que hoy seguramente tendré que quedarme hasta el cierre. Dave no puede trabajar esta noche porque a las cuatro le hacen una endodoncia. Y a las doce y media me viene un autobús de excursionistas.

Como le iba escupiendo la información a latigazos, Owen se limitó a asentir.

—Vale.

—No… —Señaló la larga barra—. Haz lo que quieras.

Volvió corriendo a la cocina con sus Nike de color verde loro.

Se habría ofrecido a ayudar, pero era evidente que ella no estaba de humor. Conocía bien sus estados de ánimo —eran amigos de toda la vida— y sabía cuándo estaba agobiada, nerviosa y estresada.

Se le pasaría, pensó. Siempre se le pasaba. Aquella pequeña pelirroja descarada de su infancia, la que fuera animadora del instituto de Boonsboro —cocapitana del equipo junto con Clare, la de Beckett— era de repente la respetable dueña de un restaurante. Y hacía una pizza extraordinaria.

Dejó tras de sí un aroma suave a limón y una estela de energía. Owen pudo oír el leve ajetreo de su quehacer mientras ocupaba un taburete en la barra. Lo encontraba relajante, rítmico en cierto modo.

Abrió el maletín, sacó el iPad, el portapapeles de clip y soltó el móvil del cinturón.

Hizo las llamadas, mandó correos, mensajes de texto, reajustó el calendario e hizo algunos cálculos.

Se sumergió en los detalles, y únicamente regresó a la realidad cuando vio aparecer una taza de café delante de sus narices.

Alzó la vista y descubrió el hermoso rostro de Avery.

—Gracias. No hacía falta que te molestases. No voy a estar mucho.

—Owen, ya llevas aquí cuarenta minutos.

—¿En serio? Ni me he dado cuenta. ¿Quieres que me vaya?

—No importa. —Aunque parecía resentirse de dolor lumbar, habló relajada—. Lo tengo todo controlado.

Le llegó otro olor delicioso y, al mirar el enorme fogón, vio que Avery estaba preparando ya sus salsas.

El pelo rojo, la piel blanca como la leche y las pecas quizá fueran un distintivo de su herencia escocesa, pero su marinara era tan gloriosamente italiana como un traje de Armani.

A menudo se preguntaba de dónde sacaba ese don, y ese empuje, pero ambos parecían tan innatos en ella como sus enormes y vivos ojos azules.

Agachándose, abrió la nevera de debajo de la barra, sacó unas cubetas y comenzó a llenar los recipientes de los ingredientes.

—Siento lo de Franny.

—Yo también. Se encuentra fatal. Y Dave está hecho polvo. Solo va a venir un par de horas esta tarde porque yo no puedo con todo. Me fastidia tener que pedírselo.

Owen estudió su rostro mientras trabajaba. Mirándola bien, se fijó en las ojeras que tenía.

—Pareces cansada.

Ella le lanzó una mirada de asco por encima de la cubeta de aceitunas negras.

—Gracias. Es lo que a todas nos gusta oír. —Se encogió de hombros—. Lo estoy. Pensé que podría dormir un poco más esta mañana. Iba a abrir Franny, y yo iba a venir hacia las once y media. No tardo mucho en llegar desde que me mudé al piso de arriba. Así que anoche estuve viendo a Jimmy Fallon y terminé un libro que llevaba toda la semana queriendo leer. Eran casi las dos cuando me acosté. Y entonces Franny va y me llama a las ocho. Seis horas de sueño no están mal, salvo después de hacer un doblete y con otro a la vista.

—Lo bueno es que el negocio va sobre ruedas.

—Pensaré en lo bueno cuando se vayan los de la excursión. Pero en fin… ¿Cómo va el hotel?

—Tan bien que vamos a empezar a equipar la tercera planta mañana.

—¿A equipar de qué?

—De muebles, Avery.

Ella dejó la cubeta y lo miró con los ojos como platos.

—¿En serio? ¡En serio!

—El inspector echará un vistazo esta tarde y nos dirá si podemos o no. Yo creo que dará el visto bueno, no hay razón para que no lo haga. Acabo de hablar con Esperanza. Va a empezar a limpiar. Mi madre y mi tía también vienen… puede que ya estén ahí, porque ya casi son las once, para echar una mano.

—Yo también quería. Pero no puedo.

—No te preocupes por eso. Tenemos manos de sobra.

—Me gustaría que las mías estuvieran entre ellas. Igual mañana, dependiendo de cómo vayan las laringitis y las endodoncias. Uau, Owen, esto ya son palabras mayores. —Se marcó un bailecito con sus deportivas verdes—. ¿Y has esperado casi una hora para soltármelo?

—Estabas demasiado ocupada regañándome.

—Si me lo hubieras dicho, habría estado demasiado emocionada para regañarte. Es culpa tuya.

Le sonrió… La hermosa Avery MacTavish, de ojos cansados.

—¿Por qué no te sientas unos minutos?

—Hoy no puedo parar, como los tiburones, siempre en marcha. —Cogió la tapa de la cubeta, volvió a colocarla y luego se acercó a echar un ojo a las salsas.

La observó mientras trabajaba. Siempre parecía estar haciendo media docena de cosas a la vez, como una malabarista que tuviera unas pelotas en el aire y otras botando como locas hasta que podía atraparlas para lanzarlas de nuevo.

Asombraba a la mente organizada de Owen.

—Más vale que vuelva. Gracias por el café.

—De nada. Si alguno de los trabajadores piensa comer aquí hoy, diles que esperen hasta la una y media, para entonces ya habrá pasado todo el jaleo.

—Vale. —Recogió sus cosas y se detuvo junto a la puerta—. ¿Avery? ¿Qué color es ese? El de tu pelo.

—¿Esto? Cobre.

Owen sonrió y meneó la cabeza.

—Lo sabía. Hasta luego.

2

OWEN SE CIÑÓ EL CINTURÓN DE HERRAMIENTAS y comparó su lista de chequeo con la de Ryder.

—La tercera planta está llena de mujeres —le dijo Ryder con cierta amargura.

—¿Están desnudas?

—Una de ellas es mamá.

—Vale, borra lo de desnudas.

—Mamá, Carolee, la gerente… Igual Clare aún sigue arriba. Son una plaga. Siempre hay una de ellas que no para de bajar a preguntarme cosas. —Ryder cogió su Gatorade de la isla de la cocina, donde tenía extendidos los planos y las listas desde que Esperanza lo había echado de su futuro despacho—. Como has sido tú el que ha abierto las puertas, contesta tú todas las puñeteras preguntas. Por cierto, ¿dónde coño te habías metido?

—He dejado aviso. He ido al local de Avery a hacer unas llamadas. El inspector va a echar un vistazo a la tercera planta para darle luz verde al amueblado. De paso que está aquí, mirará también el resto. Los muebles de esa parte ya están listos y empezarán a meterlos y a instalarlos esta misma mañana. Las persianas también están. Esta tarde comenzarán las de arriba. ¿Te cuento lo demás?

—Me estás dando dolor de cabeza.

—Por eso hago yo las llamadas. Puedo empezar a pulir la segunda.

—No, tú a la tercera —dijo Ryder clavándole el dedo en el pecho—. Con las mujeres. Todas tuyas, hermano.

—Vale, vale.

Quería trabajar, dejarse llevar por el ritmo de clavadoras, martillos y taladros. Hombres. Pero volvió fuera, maldijo el frío mientras rodeaba el edificio y subió corriendo las escaleras.

Y entró en el mundo de las mujeres.

Olió a perfume, a loción, a tónico limpiador con aroma a limón. Y oyó resonar desde abajo las voces de las mujeres por encima del estrépito de la obra. Se encontró a su madre a cuatro patas, fregando el suelo de la ducha del Ático.

Se había recogido la melena morena en un moño y llevaba una amplia sudadera de color gris remangada. Su trasero, enfundado en unos vaqueros, se mecía de lado a lado al ritmo de lo que quiera que sonase por sus auriculares.

Owen rodeó la mampara de cristal, se agachó. Ni se inmutó; Owen siempre había creído que su madre, como ella misma decía, tenía ojos en el cogote. Justine levantó la cabeza, le sonrió, se sentó sobre los tobillos y se quitó los auriculares de diadema.

—Por Dios, qué calor.

—¿Estás preparada para esto, mamá?

—Lo estaba. Quedará como una patena, aunque había olvidado lo que cuesta quitar la porquería de las obras. Nos hemos repartido el trabajo. Carolee está al fondo, en la Westley y Buttercup, y Esperanza se encarga de su apartamento. Clare se pasará un rato esta tarde.

—Acabo de estar en Vesta. Avery tiene bus turístico hoy, y Franny está enferma. Quería ayudaros. —Owen miró el cubo de agua jabonosa—. Sabe Dios por qué.

—Este es un trabajo gratificante, a su modo. Mira esto, Owen. —Recolocándose un par de horquillas sueltas, miró alrededor—. Mira lo que tus hermanos y tú habéis hecho aquí.

—Lo que hemos hecho junto con nuestra madre —la corrigió, y la hizo sonreír.

—Cuánta razón tienes. Oye, ya que has venido, saca los estantes de esa caja. Uno va aquí arriba; el otro, allí.

Le señaló el sitio.

—¿Aquí hay estantes?

—Los habrá cuando los pongas. Después le puedes pedir a uno de los chicos de la cuadrilla que te ayude a colgar el espejo del dormitorio. Cuando estés listo, te digo cómo lo quiero.

—Espera, que lo apunto.

—Tú pon los estantes y yo ya te voy diciendo.

A fin de cuentas, usaría las herramientas. Quizá no como a él le gustaba, con una lista, con los artículos anotados por orden de prioridad y preparados para que los tachara, pero usaría las herramientas.

Cuando hubo instalado los estantes decorativos, enganchó a uno de la cuadrilla para que lo ayudara a llevar al dormitorio el enorme espejo mural de marco dorado.

Justine, con los brazos en jarras, fue dándole indicaciones de dónde colocarlo: «Un poco más a la izquierda, más arriba… no, más abajo». Owen marcó el sitio, midió, hizo los agujeros mientras ella continuaba fregando el suelo.

—¡Ya está! —le gritó.

—Un segundo.

La oyó vaciar el cubo de agua. Cuando volvió a salir, se puso de nuevo en jarras.

—¡Me encanta!

Se acercó y se puso a su lado para verse en el espejo con él. Sonriendo, le pasó el brazo por la cintura.

—Está perfecto. Gracias, Owen. Anda, ve a buscar a Esperanza, ¿quieres? Ella sabe lo que hay que instalar abajo. Aún me quedan un montón de baldosas por limpiar.

—¿Quieres que contrate un servicio de limpieza?

Ella negó con la cabeza.

—Esto es cosa de familia.

Supuso que entonces Esperanza Beaumont era familia. Su madre y ella habían hecho muy buenas migas, se dijo mientras cruzaba el vestíbulo. Desde el primer momento.

La ex miss estaba subida en un taburete de la cocina de su apartamento limpiando las puertas de los armarios. Se había tapado el pelo oscuro con un pañuelo, llevaba un trapo colgando del bolsillo de atrás de los vaqueros, salpicados de pintura y casi agujereados por la rodilla derecha.

Se volvió a mirarlo y soltó un soplido que le voló las puntas de su pelo corto.

—No parecía que estuviera tan sucio.

—La porquería de una obra se mete por todas partes. —Se preguntó si debía decirle que se pasaría días limpiando y fregando. Semanas, quizá.

Ya lo vería por sí misma, decidió.

—Vamos avanzando —le dijo en cambio.

—Pues sí. —Esperanza se sentó un instante en el taburete, cogió una botella de agua de la encimera y la destapó—. ¿De verdad tendremos ya los muebles colocados mañana?

—Parece ser que sí.

Bebió y sonrió.

Esperanza tenía una voz grave y algo ronca que le iba de miedo a su aspecto sensual, todo ojos grandes y oscuros, labios gruesos y boca perfecta.

Nunca iba mal tener a una mujer atractiva de gerente, pero lo mejor, lo más importante para él, era que su grado de organización y eficiencia eran muy semejantes al suyo.

—Si tienes un minuto, mamá dice que había algunas cosas que querías montar en la segunda planta.

—Y en la primera, si nos da tiempo. Cuantas más cajas vaciemos, más fácil será limpiar y más sencillo resultará amueblar.

—En eso tienes razón. —Aquella mujer, pensó, hablaba su mismo idioma—. Soy todo tuyo. ¿Necesitas que haga algo aquí?

—Tengo unas estanterías por colgar.

Vaya, pensó él. Aquel era el día de las estanterías.

—Yo te las cuelgo.

—Te lo agradecería. Están en el otro apartamento. Luego te las traigo.

—Puedo mandar a alguien a por ellas.

—Claro, si hay alguien disponible. Pero mejor nos encargamos primero de lo que hay aquí. Tengo todo lo que me ha pedido Justine en la J y R.

Su idioma, se dijo de nuevo.

—¿Necesitas un abrigo? —le preguntó al verla bajar del taburete.

—No, no hace falta. Es aquí al lado. —Pero se estiró las mangas de la sudadera hasta las muñecas—. He hablado con Avery esta mañana —siguió mientras se dirigían a la parte posterior del edificio—. Con tanta baja en la plantilla, está hecha un trapo. Quería pasarme a echarle una mano, pero me temo que aquí tenemos hasta entrada la noche.

Al salir, se llevó una mano al pañuelo para evitar que el viento se lo arrancara.

—Con el frío que hace, apuesto a que tiene un montón de entregas esta noche. ¿Quién quiere salir con este tiempo?

Entró un momento en la Jane y Rochester, se frotó las manos.

—Podemos empezar por la W y B. O, ya que estamos aquí, podemos ir de atrás hacia delante en la segunda. Empezando por esto, por los estantes y el espejo del baño. —Dio un toquecito a las cajas cuidadosamente etiquetadas como ESPEJO DEL BAÑO.

Repasó los artículos de cada habitación, de la segunda a la primera planta.

—Con eso tengo para rato. Para ahorrar tiempo, empecemos por donde estamos.

—Muy bien. Si te parece, te enseño dónde va cada cosa y ya te lo organizas tú. Si tienes alguna duda, mándame a alguien. —Se sacó una navaja del bolsillo y rasgó una de las cajas selladas con cinta de embalar.

—Me gustan las mujeres que llevan su propia navaja.

—Desde que me mudé, me he ido haciendo con mis propias herramientas. Incluso estuve a punto de comprarme una clavadora, pero me pareció excesivo. —Sacó dos estantes curvados de cobre—. Y me he consolado con material de oficina. ¿Qué tienen los nuevos archivadores y los Post-its de gamas de colores?

—¿Qué me vas a contar a mí?

Hablaron animadamente mientras ella le indicaba altura, espacio, y él medía, nivelaba y taladraba.

—Queda fenomenal. Fíjate cómo combina el oro antiguo de la moldura del espejo con las baldosas, y el cobre de la bañera, con los estantes. Espera a que Justine vea todo esto. —Con un giro, se volvió de nuevo hacia el dormitorio—. Estoy impaciente por decorar esta habitación. Todas las habitaciones. Con la chimenea y esa cama fantástica aquí, creo que va a ser una de las más populares.

Se sacó un cuaderno del bolsillo, tachó algunos puntos, hizo anotaciones.

Cuando volvió a guardárselo, él sonrió.

—Me gusta tener a alguien de los míos, para variar.

—Anotar las cosas ahorra mucho tiempo a la larga.

—Por supuesto, ¿qué me vas a contar a mí?

Cogieron las cajas entre los dos, las sacaron al porche y siguieron adelante.

Esperanza se metió en Eve y Roarke, y a punto estuvo de darse de bruces con Ryder.

—Mamá quiere que instalemos la luz del techo. ¿Dónde coño está?

—La llevo yo —le dijo Owen.

—Pues instálala tú.

—Eso iba a hacer. Esperanza tiene que traer a su cuarto algunas cosas de su piso. ¿Por qué no vas tú a buscarlas?

—Ya voy yo luego —intervino Esperanza.

—¿Qué cosas? ¿Dónde están?

—Estanterías de pared. Del baño y del salón. Las tengo en cajas marcadas, guardadas en el trastero. En el cuarto de las visitas —rectificó—. Lo uso de trastero.

—Ya voy yo.

—Vas a necesitar una llave —le dijo ella al verlo marcharse. Se metió la mano en el bolsillo y se la ofreció.

Ryder la cogió y se la guardó en el suyo.

—¿Lleváis ahí percheros de esos de puerta?

—Alguno —respondió Owen.

—Ponedlos, por lo que más queráis. No quiero volver a oír hablar de ellos. ¿Dónde está el de la habitación para minusválidos?

Como empezaban a dolerle los brazos, Esperanza dejó las cajas en el suelo.

—En Jane y Rochester, en la pared que daba a Saint Paul Street, en una caja rotulada con M y P, BARRA DE PERCHERO. Si coges esa, igual te podrías bajar también las dos cajas que están en la misma zona, unas en las que pone M y P, ESTANTES PARA BAÑO. Pero no los instales si no estamos tu madre o yo. Además, en M y P queremos poner una pequeña rinconera junto al lavabo.

Sacó el cuaderno, pasó las páginas.

—Estas son las dimensiones, algo básico.

Ryder lo miró con los ojos fruncidos, luego la miró a ella.

—¿Por qué?

—Porque debido a la normativa para minusválidos y la distribución del espacio, no habría ni una repisa para algo tan elemental como el cepillo de dientes. De este modo, sí.

—Dame el puñetero papel.

Esperanza arrancó la página.

—Si tienes mucho lío, quizá lo puedan hacer Owen, o Beckett, o alguno de los de la cuadrilla.

Ryder se guardó el papel en el bolsillo y se fue.

—¿Seguro que es hermano tuyo? —masculló Esperanza.

—Segurísimo. Lo agobian un poco los plazos de la puesta en marcha del hotel, la obra de la casa de Beck, la demolición de la panadería de al lado…

—Son muchas cosas —reconoció—. ¿Por qué tú no te estresas? Tienes tanto que hacer como él.

—Lo mío es distinto, supongo. Yo no tengo jefe. Puedo negociar. —Dejó la caja en el suelo del baño.

Pensativa, Esperanza sacó de la caja el pequeño estante de cristal.

—Algo discreto, uno de esos detalles en los que nadie repara.

—Salvo que no esté.

—Como un espacio para dejar el cepillo de dientes. —Sonrió y dio un golpecito en la pared—. Justo aquí. Si no me necesitas, me subo mientras tanto.

De camino, Esperanza se metió un momento en la Westley y Buttercup, donde encontró a Carolee atareada, fregando el suelo del dormitorio.

—Carolee, el baño ha quedado genial. Brilla y todo.

La hermana de Justine, colorada por el esfuerzo, se apartó el pelo rubio de la cara.

—Juro que hacía años que no limpiaba así. Pero merece la pena. ¡Voy a trabajar aquí como sea! No quiero perder de vista esta habitación. ¿No necesitáis a nadie? ¿Alguien que mande?

Esperanza rió.

—Me estás dejando atrás. He ido un momento a pedirle a Owen que se ponga con los estantes y eso. Voy a ver cómo va Justine, después me subiré a mi apartamento. ¡El de la gerente! Ah, casi se me olvidaba: si tienes un rato entre mañana y pasado, quisiera repasar contigo otra vez el programa de reservas. Vamos a empezar a hacerlas.

—Madre mía. —Carolee agitó las manos triunfante—. Madre mía, madre mía.

Ella se sentía igual, reflexionó Esperanza mientras volvía dentro a toda prisa. No la había entusiasmado tanto un empleo desde que empezara a trabajar en el Hotel Wickham de Georgetown. Salvando las diferencias, claro está, porque aquello no había salido bien.

Sin embargo, la debacle con Jonathan Wickham y la decisión de ella de dimitir como directora le habían abierto las puertas del Hotel Boonsboro.

Un edificio precioso, por fuera y por dentro, en una ciudad deliciosa, con sus dos mejores amigas cerca. No, jamás la había entusiasmado tanto un trabajo.

Se asomó al Ático y vio a Justine sentada en el ancho alféizar de la sala, mirando a Main Street.

—Descansando un poquito —le dijo Justine—. Ese baño es enorme, y la culpa es mía y solo mía.

—Ya lo termino yo.

—Está terminado, pero me parece que le daremos otro repaso antes de la fiesta de inauguración. Estaba aquí sentada pensando en cómo estaba este sitio cuando arrastré a los chicos aquí por primera vez para que le echaran un vistazo. Madre mía. Y también en lo contento y orgulloso que estaría Tommy. Y en que andará algo cabreado por no haber podido poner ni un solo clavo aquí.

—Fue él quien enseñó a sus hijos a ponerlos, así que ha participado en esto tanto como ellos.

A Justine se le enterneció la mirada.

—Eso que has dicho es muy bonito. Y, además, es cierto. —Le tendió una mano y le dio un apretón cuando se unió con la suya—. Ojalá nevara. Quiero ver cómo queda bajo la nieve, y en primavera y en verano y en otoño. Quiero verlo resplandecer en todas las estaciones del año.

—Yo te lo tendré precioso.

—Sé que lo harás. Serás feliz aquí, Esperanza. Lo serás porque verás que todo el que venga a este lugar también será feliz.

—Ya soy feliz aquí.

Más feliz de lo que había sido en mucho tiempo, se dijo Esperanza retomando la limpieza de los armarios de la cocina. Tenía la ocasión de hacer un buen trabajo para gente buena.

Ladeó la cabeza mientras estudiaba los armarios. Y para recompensarse, pasaría por la tienda de regalos antes de que cerrara y se compraría aquellos boles maravillosos a los que había echado el ojo. Un regalito personal de bienvenida.

Ryder entró cargando unas cajas en la carretilla.

—¿Qué os pasa a las mujeres con las estanterías? —quiso saber—. ¿Cuántos metros de superficie plana puede necesitar uno?

—Eso depende de cuántas cosas quiera uno enseñar al mundo —respondió ella con frialdad.

—Nidos de polvo.

—Lo que para unos son nidos de polvo para otros son recuerdos y personalidad.

—¿Dónde narices quieres poner las repisas de tus recuerdos y tu personalidad? No tengo todo el día.

—Déjalas ahí. Luego me encargo de ellas.

—Muy bien.

Las dejó en el suelo y dio media vuelta.

Se encontró a su madre en el umbral de la puerta, cruzada de brazos, mirándolo de una forma que aún le hacía agachar los hombros y le encogía un poco las pelotas.

—Disculpa a mi hijo, Esperanza. Es obvio que ha perdido los modales con ese humor de perros.

—No pasa nada. Ryder está liado. Todos estamos liados hoy.

—Estar liado no es excusa para ser grosero. ¿Verdad que no, Ryder?

—No, señora. —Y dirigiéndose a Esperanza dijo—: Te cuelgo encantado las estanterías si me dices dónde las quieres.

—Así, mejor. —Justine le lanzó una última mirada reprobatoria antes de volver al otro lado del pasillo.

—Bueno… —dijo Ryder—. ¿Dónde las pongo?

—Ahora mismo el único sitio que se me ocurre no son las paredes.

Él sonrió enseguida, de oreja a oreja, sorprendiéndola.

—Como por el momento no me apetece meterme por el culo ningún recuerdo, ¿qué tal si me propones otro sitio?

—Déjalas ahí, y tú… —Le señaló la puerta.

Escudriñándola, se enganchó los pulgares del cinto de las herramientas.

—A ti no te tengo miedo, pero a ella sí. Si no las cuelgo ahora, me lo hará pagar. Así que no me voy de aquí hasta que me digas dónde.

—Ya está.

—Ya está ¿qué?

—Ya están marcadas las estanterías, medido el espacio. He señalado las zonas. —Mostró el espacio que había entre las ventanas de la fachada, después al baño—. Puedes empezar por ahí, creo.

Tiró el trapo y salió airada. Le echaría una mano a Owen hasta que el antipático de su hermano terminara lo suyo.

Avery estaba al tanto del avance de la obra por los mensajes de texto y una breve visita de Clare. Terminado el turno del bus turístico y acabado el agobio, hizo un breve receso en el comedor de la trastienda para engullir algo de pasta.

De momento, las máquinas de videojuegos guardaban silencio. Calculó que pasarían una o dos horas más hasta que los niños salieran de clase y las pusieran a pitar y a hacer ruido.

Era dinero, se recordó.

—Quería acercarme un segundo a echar un ojo. —Le dio un trago al Gatorade. Energía, pensó. Necesitaba toda la que pudiera lograr para aguantar hasta el cierre—. Esperanza me ha mandado unas fotos al móvil.

—Yo tampoco he podido prestarle atención. Los del bus nos han invadido. Benditos sean, todos ellos. —Clare sonrió y picoteó su ensalada—. Beckett me ha dicho que el inspector ha autorizado la instalación del mobiliario. De todo.

—¿De todo?

—Quedan algunas cosillas por ultimar, luego volverá, pero ha dicho que podían empezar a meterlo todo. Esperanza no se puede mudar, claro, pero podemos prepararlo.

Mohína, Avery atacó la pasta.

—¡No me voy a quedar fuera de esto!

—Avery, tardarán días. Semanas, más bien.

—Yo quiero ir ahora. —Resopló—. Bueno, ahora mismo no, porque me duelen los pies una barbaridad. Pero mañana sí. Puede. —Siguió engullendo pasta—. Mírate. Se te ve tan feliz.

—Cada día soy más feliz. Yoda ha vomitado esta mañana en la cama de Murphy.

—Eso es motivo de celebración, desde luego.

—Pues no, pero Murphy ha venido corriendo a buscar a Beckett. Ha sido genial.

—Sí, yo también agradecería no tener que limpiar el vómito del perro.

—Un detalle. —A Clare le brillaron los ojos—. Pero lo que más feliz me hace es lo que lo quieren los niños, lo mucho que confían en él. Que ya sea parte de nosotros. Me voy a casar, Avery. Qué suerte, poder amar y casarme con dos hombres increíbles en una misma vida.

—Me parece que te has llevado mi parte. Deberías cederme a Beck.

—Ni hablar. Me lo quedo. —Y la coleta dorada le bailó al negar con la cabeza—. Pídete a uno de los otros.

—Igual engancho a los dos. No me vendrían mal dos pares de manos esta noche. Y aún no he hecho las compras de Navidad. ¿Por qué siempre creo que me dará tiempo?

—Porque siempre ves de dónde sacarlo. ¿Les has dicho algo a los Montgomery del local de enfrente?

—Todavía no. Aún me lo estoy pensando. ¿No se lo habrás explicado a Beckett?

—Dije que no lo haría. Pero cuesta. Me estoy acostumbrando a contárselo todo.

—Ay, el amor, el amor, el condenado amor. —Avery suspiró y meneó los dedos de los pies, cansados—. De todos modos, en momentos como este, me parece de locos. Pero…

—Podrías hacerlo, y lo harías bien.

—Lo dices por si acaso. —Avery rió y parte de la fatiga de su rostro se evaporó de pronto—. Y porque me quieres. Debo volver al tajo. ¿Vas a pasar por el hotel?

—Laurie y Charlene se ocupan de la tienda. Había pensado pasar una hora o así. Luego tengo que ir a recoger a los niños.

—Mándame fotos.

—Vale. —Clare se levantó, se puso un gorro de lana sobre su lacio pelo rubio y se echó un abrigo por encima de su esbelta figura—. Duerme un poco, cielo.

—Tranquila, en cuanto cerremos, me subo, me tiro en plancha en la cama y duermo ocho horas de un tirón. Hasta mañana. Ya lo hago yo —dijo, al ver que Clare iba a recoger los platos—. Tengo que volver a la cocina de todas formas.

Le hizo una seña para que se fuera, giró los hombros doloridos y se puso manos a la obra.

Antes de las siete ya estaba en marcha, metiendo pizzas en el horno y sacándolas después para guardarlas en las cajas de los pedidos o pasárselas a las camareras.

El local bullía de actividad, y eso estaba bien, se recordó. Los platos de pasta y de hamburguesas con patatas contemplaban al muchacho que, sentado al mostrador, jugaba al Mega-Touch como si aquello fuera todo su mundo.

Volvió corriendo a la cocina a por más existencias justo cuando entraba Owen.

Él echó un vistazo y frunció el ceño al no verla tras el mostrador.

—¿Dónde está Avery? —le preguntó a la camarera.

—Anda por ahí. Los del coro del instituto han decidido venir a tomarse una pizza después del ensayo. No damos abasto. Estará en la trastienda.

—Muy bien. —No se lo pensó, se acercó a la caja, cogió un bloc de comandas y se dirigió al comedor del fondo.

Cuando volvió, ella estaba al mostrador, con las mejillas encendidas por el calor, echando cacitos de salsa en la masa.

—Las comandas del comedor del fondo —le dijo él, y las dejó en su sitio—. Voy a por las bebidas.

Extendió la mozzarella, añadió los ingredientes y lo observó.

Con Owen se podía contar, reflexionó Avery, para lo malo y para lo peor, se podía contar con él.

Durante las tres horas siguientes, Avery hizo lo que tocaba. Coció pasta, preparó pizza del guerrero, berenjenas a la parmesana, calzone, gyro griego… Hacia las diez fue como si estuviera en trance, haciendo caja, limpiando mostradores, cerrando hornos.

—Tómate una cerveza —le indicó a Owen—. Te la has ganado.

—¿Por qué no te sientas un rato?

—Ahora, cuando termine de cerrar.

Cuando el último de sus empleados se hubo ido, cuando hubo cerrado con llave la puerta, se volvió. Sobre el mostrador había una copa de tinto junto a una porción de pizza pepperoni. Owen se sentó en un taburete, con su copa y su porción.

Dios, sí, con Owen siempre se podía contar.

—Venga, siéntate ya —le ordenó.

—Ahora sí. Gracias. De verdad, Owen, gracias.

—Es divertido, si no tienes que hacerlo todos los días.

—Aun así, es divertido, casi siempre. —Se sentó y dio el primer sorbo al vino—. Ay, qué maravilla. —Tomó un bocado de pizza—. Como esto.

—Nadie la hace mejor.

—Tendría que estar hartísima de la pizza, pero sigue siendo mi comida favorita. —Flotando de agotamiento, suspiró y le dio otro mordisco—. Clare me ha dicho que ya os han autorizado a amueblar el edificio. ¿Cómo va el equipo de limpieza?

—Bien, muy bien. Aún queda mucho por hacer, pero casi lo tenemos.

—Me pasaría por allí si tuviera fuerzas para llegar tan lejos.

—Seguirá allí mañana.

—Todos los que han pasado por aquí hoy, esta noche, de la ciudad o alrededores, lo comentaban. Debéis de estar muy orgullosos. Recuerdo cómo me sentía cuando estaba a punto de inaugurar esto, colgando cuadros, desempaquetando utensilios de cocina… Orgullosa, emocionada y algo asustada. Tengo un negocio. Lo estoy consiguiendo. Todavía me siento así a veces. Esta noche, no —rió sin ganas—. Pero a veces, sí.

—Tienes mucho de lo que sentirte orgullosa. Este es un buen establecimiento.

—Sé que muchos pensaron que tu madre estaba loca por alquilarme el local. ¿Cómo iba yo a llevar un restaurante?

Owen negó con la cabeza; la veía tan pálida que casi la encontraba transparente. La ausencia de su habitual energía arrolladora hacía que su fatiga pareciera aún mayor.

Le daría conversación hasta que se acabara la porción de pizza, decidió, así se aseguraría de que comía algo. Luego la acompañaría arriba, para que durmiera un poco.

—Yo nunca pensé que estuvieras loca. Tú puedes hacer todo lo que te propongas. Siempre has podido.

—No he podido ser estrella del rock. Y mira que me lo he propuesto.

La recordó aporreando la guitarra, con más entusiasmo que destreza.

—¿Cuántos años tenías, catorce?

—Quince. Pensé que a mi padre le daba algo cuando me teñí el pelo de moreno y me hice aquellos tatuajes.

—Menos mal que eran de pega.

Ella sonrió y sorbió un poco más de vino.

—No todos.

—¿Ah, no? ¿Dónde…? Espera un segundo —dijo cuando le sonó el móvil—. ¿Qué pasa, Ry?

Se bajó del taburete, escuchó y respondió mientras contemplaba las luces del hotel a través de la puerta de cristal.

Cuando volvió a colgarse el teléfono del cinturón, se dio la vuelta y vio a Avery profundamente dormida, con la cabeza sobre los brazos apoyados en el mostrador.

Se había comido como la mitad de la pizza y tomado como la mitad del vino, observó. Limpió el mostrador, apagó las luces de la cocina cerrada y todas las demás salvo las de seguridad.

La estudió un momento.

Podía subirla a casa en brazos —no pesaba mucho—, pero no estaba seguro de cómo iba a cerrar el local cargando con ella. Tendría que subirla primero, pensó, y bajar luego a cerrar.

Pero, cuando iba a levantarla, se agitó y casi le golpeó en la cara con el hombro.

—¿Qué? ¿Qué pasa?

—Hora de ir a dormir. Ven, que te llevo arriba.

—¿He cerrado ya?

—La puerta principal está cerrada. Ahora vuelvo.

—Estoy bien. Ya lo hago yo.

Cuando sacó las llaves, se las quitó. Pero cogerla en brazos ahora iba a resultar un poco raro, así que le pasó el brazo por la cintura y la acompañó medio dormida hasta su piso.

—Solo he cerrado los ojos un segundo.

—Pues sigue haciéndolo así durante las próximas ocho o nueve horas. —La apoyó en su costado y cerró con llave la puerta de la calle—. Vamos para arriba —dijo, y la llevó a su piso.

—Estoy un poco atontada. Gracias por todo y eso.

—De nada por todo y eso.

Abrió la puerta del piso e intentó no mostrar su sorpresa al ver que aún no había desembalado las cajas de la mudanza, que había sido hacía ya un mes. Dejó las llaves en la mesita de la entrada.

—Cierra con llave cuando me vaya.

—Muy bien. —Le sonrió balanceándose por el agotamiento—. Eres encantador, Owen. Te elegiría a ti.

—¿Para qué?

—Para mí. Buenas noches.

—De acuerdo. Cierra con llave, Avery.

Se quedó fuera, esperando a oír el clic de la cerradura.

«¿Para mí?», se dijo. Luego meneó la cabeza y bajó las escaleras que llevaban al aparcamiento trasero y a su camioneta.

Alzó la vista hacia las ventanas de Avery mientras subía al vehículo. Aún olía el limón que perfumaba su pelo, sus manos.

No dejó de olerlo en todo el camino a casa.