El despacho de abogados Finley & Figg se definía a sí mismo como un «bufete-boutique». Ese inapropiado apelativo se empleaba siempre que era posible en las conversaciones rutinarias e incluso aparecía impreso en los distintos proyectos ideados por los socios para captar clientes. Utilizado con propiedad, habría denotado que Finley & Figg era algo más que el típico despacho formado por una simple pareja de abogados: «boutique» en el sentido de reducido, talentoso y experto en algún área especializada; «boutique» en el sentido de exquisito y distinguido, según la acepción más francesa de la palabra; «bou tique» en el sentido de un bufete satisfecho de ser pequeño, selectivo y próspero.
Sin embargo, salvo por el tamaño, no era nada de lo anterior. La especialidad de Finley & Figg consistía en tramitar casos de lesiones lo más rápidamente posible, una rutina cotidiana que requería poco talento, nula creatividad y que nunca sería considerada exquisita ni distinguida. Los beneficios resultaban tan esquivos como la categoría. El bufete era pequeño porque no tenía capacidad para crecer. Y si era selectivo, se debía exclusivamente a que nadie deseaba trabajar en él, ni siquiera los dos individuos que eran sus propietarios. También la ubicación delataba una monótona existencia entre las categorías inferiores de la profesión. Con un salón de masajes vietnamita a su izquierda y un taller de reparaciones de cortacéspedes a la derecha, saltaba a la vista incluso para el ojo menos experto que Finley & Figg no era un negocio próspero. Al otro lado de la calle había otro bufete-boutique —la odiada competencia— y más despachos de abogados a la vuelta de la esquina. De hecho, todo el barrio rebosaba abogados, algunos de los cuales trabajaban por su cuenta, otros en pequeños bufetes y unos cuantos más en sus propios bufetes-boutique.
F&F estaba en Preston Avenue, una bulliciosa calle llena de antiguos chalets reconvertidos y destinados a todo tipo de actividades comerciales. Los había dedicados al comercio minorista (licorerías, lavanderías, salones de masaje); a los servicios profesionales (despachos de abogados, clínicas dentales, talleres de reparación de segadoras) y de restauración (enchiladas mexicanas, baklavas turcas y pizzas para llevar). Oscar Finley había ganado el edificio en un pleito veinte años atrás. No obstante, lo que a la dirección le faltaba en cuanto a prestigio lo compensaba con la ubicación: dos números más abajo se hallaba el cruce de Preston, Beech y la Treinta y ocho, una caótica convergencia de asfalto y vehículos que garantizaba, como mínimo, un accidente espectacular por semana; con frecuencia, más. F&F cubría sus gastos generales con las colisiones que ocurrían a menos de cien metros de su puerta. Otros bufetes —boutiques o no— merodeaban por los alrededores con la esperanza de encontrar algún chalet disponible, desde donde sus hambrientos abogados pudieran oír el chirrido de los neumáticos y el crujido del metal.
Con solo dos letrados y socios, era obligatorio que uno de ellos fuera el «sénior» y el otro el «júnior». El sénior era Oscar Finley, de sesenta y dos años, que había sobrevivido treinta como exponente de la ley de los puños que imperaba en las calles del sudoeste de Chicago. Oscar había sido policía de a pie, pero unos cuantos cráneos rotos lo obligaron a dejarlo. Estuvo a punto de acabar en la cárcel, pero en vez de eso tuvo una re velación y se matriculó en la facultad para estudiar derecho. Al ver que ningún bufete lo contrataba, montó un pequeño despacho y se de dicó a demandar a todo el que pasara por allí. Treinta y dos años más tarde, le costaba creer que hubiera malgastado todo ese tiempo poniendo demandas por recibos vencidos, parachoques abollados y resbalones, y tramitando divorcios rápidos. Seguía casado con su primera esposa, una mujer aterradora a la que todos los días deseaba presentarle una demanda de divorcio, cosa que no podía permitirse. Tras treinta y dos años ejerciendo la abogacía, Oscar Finley no podía permitirse casi nada.
Su socio júnior —y Oscar era propenso a decir cosas como «haré que mi socio júnior se encargue del asunto» cuando intentaba impresionar a jueces, colegas y, en especial, a clientes potenciales— era Wally Figg, de cuarenta y cinco años. Wally se veía a sí mismo como un abogado duro, y sus airados anuncios prometían toda clase de comportamientos agresivos: «¡Luchamos por sus derechos!», «¡Las compañías de seguros nos temen!» o «¡Nosotros vamos en serio!». Esos anuncios se podían ver en los bancos del parque, en los autobuses, en taxis, en los programas de fútbol de los institutos e incluso en los postes telefónicos, aunque eso violara unas cuantas ordenanzas municipales. Había dos medios cruciales donde no aparecían: la televisión y las vallas publicitarias. Wally y Oscar seguían discutiendo sobre el asunto. Oscar se negaba a gastar tanto dinero —ambos medios eran tremendamente caros—, pero Wally no dejaba de insistir. Su sueño era ver algún día en televisión su sonriente rostro y su reluciente cabeza abominando de las compañías de seguros, al tiempo que prometía jugosas indemnizaciones a los accidentados que fueran lo bastante inteligentes para llamar a su número de teléfono gratuito.
Sin embargo, Oscar no estaba dispuesto a pagar ni siquiera por una valla publicitaria. A seis manzanas de la oficina, en la esquina de Beech con la Treinta y dos, muy por encima del denso tráfico y en lo alto de un edificio de pisos de cuatro plantas, se levantaba el mejor cartel publicitario de toda el área metropolitana de Chicago. A pesar de que en esos momentos exhibía publicidad de lencería barata (aunque con un anuncio muy bonito, según reconocía el propio Wally), aquella valla llevaba su nombre escrito en ella. Aun así, Oscar seguía negándose.
Si el título de Wally era de la prestigiosa facultad de derecho de la Universidad de Chicago, Oscar se había sacado el suyo en un centro ya desaparecido que en su día había ofrecido clases nocturnas. Ambos habían tenido que presentarse tres veces al examen. Wally llevaba cuatro divorcios a la espalda, mientras que Oscar seguía soñando con el suyo. Wally deseaba un gran caso, con muchos millones de dólares en concepto de honorarios. Oscar solo anhelaba dos cosas: el divorcio y la jubilación.
Cómo aquellos dos hombres habían llegado a ser socios en un chalet reconvertido de Preston Avenue era otra historia. Cómo sobrevivían sin estrangularse mutuamente era un misterio cotidiano.
Su árbitro era Rochelle Gibson, una mujer negra y fornida, con un carácter y una sabiduría ganados a pulso en las calles de las que provenía. La señora Gibson se encontraba en primera línea: atendía el teléfono, la recepción, a los clientes potenciales que llegaban llenos de esperanza y a los descontentos que se marchaban hechos una furia, el mecanografiado ocasional (sus jefes habían aprendido que si querían algo escrito a máquina les resultaba mucho más sencillo hacerlo ellos mismos), el perro del bufete y, lo más importante, las constantes discusiones entre Oscar y Wally.
Años atrás, la señora Gibson había sufrido un accidente de coche en el que no tuvo culpa alguna. Sus problemas se agravaron al contratar los servicios de Finley & Figg, aunque no lo hizo por propia elección: se despertó veinticuatro horas después del choque —saturada de analgésicos e inmovilizada por escayolas y tablillas— y lo primero que vio fue el rollizo rostro de Wallis Figg, que la miraba sonriente. El abogado se había puesto una bata de hospital, colgado un estetoscopio del cuello y representaba convincentemente el papel de médico. Consiguió engatusarla para que firmara un contrato de representación legal, le prometió la luna y se escabulló de la habitación tan sigilosamente como había entrado. Acto seguido, se dedicó a hacer una carnicería con el caso. Rochelle Gibson percibió una indemnización de cuarenta mil dólares que su marido se pulió en juego y bebida en cuestión de semanas, lo cual condujo a una demanda de divorcio que Oscar Finley se encargó de tramitar junto con su declaración de insolvencia. La señora Gibson no quedó especialmente complacida con la actuación de ninguno de los dos abogados y decidió demandarlos por negligencia profesional. Aquello fue un toque de atención para ambos —no era la primera vez que los denunciaban por ese motivo—, de modo que hicieron todo lo posible por aplacarla. A medida que sus problemas se multiplicaban, la señora Gibson se convirtió en una presencia habitual en el bufete, y con el tiempo los tres empezaron a encontrarse cómodos los unos con los otros.
Finley & Figg era un lugar difícil para cualquier secretaria: el sueldo era bajo; los clientes, a menudo desagradables; los colegas que llamaban por teléfono solían ser groseros, y las horas, interminables. Aun así, lo peor de todo era tratar con los dos socios. Oscar y Wally habían intentado la alternativa madura, pero las secretarias de cierta edad no soportaban la presión. También habían intentado la alternativa joven, pero solo consiguieron que los demandaran por acoso sexual cuando Wally no pudo mantener las manazas lejos de la chica de generosos pechos que habían contratado. (Zanjaron el asunto ante los tribunales con una indemnización de cincuenta mil dólares y lograron que sus nombres aparecieran en los periódicos.) Rochelle Gibson se hallaba en el bufete la mañana en que la secretaria de turno dijo «basta» y se largó. Entonces, entre el ruido de los teléfonos y los gritos de los dos socios, se acercó al mostrador para imponer un poco de calma. A continuación, preparó café. Al día siguiente volvió. Y también el otro. Ocho años más tarde, seguía dirigiendo el cotarro.
Sus dos hijos estaban en prisión. Wally había sido su abogado, pero, para ser justos, nadie habría podido librarlos de la cárcel. Siendo adolescentes, ambos chicos habían tenido a Wally muy ocupado con sus múltiples arrestos por drogas. Su actividad como traficantes fue a más, y Wally les advirtió repetidas veces que por ese camino solo les esperaba la cárcel o la muerte. Le dijo lo mismo a su madre, que ejercía muy poca influencia sobre sus hijos y rezaba para que acabaran en prisión. Cuan do la red de camellos cayó, los condenaron a veinte años. Wally consiguió que la cosa quedara en diez, pero no por ello recibió la gratitud de los muchachos. Su madre se lo agradeció con un mar de lágrimas. A pesar de los quebraderos de cabeza que el asunto le ocasionó, Wally nunca le cobró nada.
A lo largo de los años, había habido muchas lágrimas en la vida de la señora Gibson y a menudo las había derramado en el despacho de Wally, a puerta cerrada. Este la aconsejaba y procuraba ayudarla siempre que podía, pero su papel principal era el de oyente. Además, con el desordenado estilo de vida que llevaba, las tornas podían cambiar fácilmente. Cuando sus dos últimos matrimonios se fueron a pique, la señora Gibson estuvo a su lado para hacerle de paño de lágrimas. Cuando su afición a la bebida volvió a ir a más, ella no tuvo el menor reparo en decírselo a la cara. A pesar de que discutían diariamente, sus disputas eran siempre transitorias y a menudo artificiales, una manera de proteger sus respectivos territorios.
Había ocasiones en Finley & Figg en que los tres gruñían o andaban enfurruñados, y normalmente la causa era el dinero. Sencillamente, el mercado estaba saturado. Había demasiados abogados pateando las calles.
Y lo último que necesitaba el bufete era uno más.
David Zinc se apeó del tren L en Quincy Station, en el centro de Chicago, y se las arregló para bajar como pudo los peldaños que conducían a Wells Street. Pero algo le pasaba en los pies. Los notaba cada vez más pesados, y sus pasos eran cada vez más lentos. Se detuvo en la esquina de Wells con Adams y se miró los zapatos en busca de una respuesta. Nada: eran los mismos zapatos negros de cordones que calzaban todos los abogados del bufete, incluidas algunas mujeres. Le costaba trabajo respirar y, a pesar del frío, notaba sudor en las axilas. Tenía treinta y un años, demasiado joven para sufrir un ataque al corazón. A pesar de que se encontraba exhausto desde los últimos cinco años, había aprendido a vivir con su fatiga. O al menos eso creía. Dobló la esquina y contempló la Trust Tower: el reluciente monumento fálico que se alzaba hasta los trescientos metros de altura, entre las nubes y la bruma. Cuando se detuvo a mirar, el corazón se le aceleró y sintió náuseas. Los peatones lo rozaban al pasar junto a él. Cruzó Adams dejándose arrastrar por el gentío y siguió caminando con suma pesadez.
El vestíbulo de la Trust Tower era alto y despejado, decorado con abundante mármol y vidrio y una escultura incomprensible, la cual, aunque hubiera sido diseñada para inspirar calidez, en realidad resultaba fría e intimidante, al menos para David. Seis escaleras mecánicas se entrecruzaban y transportaban una multitud de cansados guerreros hacia sus cubículos y despachos. David lo intentó, pero sus pies no quisieron llevarlo hasta ellas. Así pues se sentó en un gran sofá de piel, junto a un montón de grandes rocas pintadas, e intentó comprender qué le estaba ocurriendo. La gente iba de un lado a otro con prisas, con cara de pocos amigos y aspecto estresado, y eso que solo eran las siete y media de aquella deprimente mañana.
Un «crac» no es desde luego un término médico. Los expertos utilizan expresiones más sofisticadas para describir el instante en que una persona agobiada por los problemas sobrepasa su límite. Aun así, un crac señala un momento muy concreto. Puede ocurrir en una fracción de segundo, como resultado de un suceso especialmente traumático. O puede ser la gota que colma el vaso, la lamentable culminación de una presión que se va acumulando hasta que tanto la mente como el cuerpo necesitan buscar una salida. El de David Zinc fue de estos últimos. Tras cinco años trabajando a destajo con unos colaboradores a los que despreciaba, algo le sucedió aquella mañana, mientras estaba sentado junto a las piedras pintadas y contemplaba cómo los zombis elegantemente vestidos subían para entregarse a una nueva jornada de trabajo inútil. Se derrumbó.
—Hola, Dave, ¿subes? —le preguntó alguien.
Era Al, de antitrust.
Dave se las arregló para sonreír, asentir y farfullar algo. A continuación, se levantó y lo siguió por alguna razón desconocida. Al iba un paso por delante y hablaba del partido de los Blackhawks de la noche anterior cuando subieron a la escalera. Dave se limitó a asentir mientras ascendían por el vestíbulo. Por debajo de él, siguiéndolo, había decenas de figuras embutidas en abrigos oscuros, más abogados jóvenes que subían, callados y sombríos como los portadores de un féretro en un funeral invernal. David y Al se unieron a un grupo ante uno de los ascensores del primer piso. Mientras esperaban, David escuchó las charlas sobre hockey, pero la cabeza le daba vueltas y volvía a tener náuseas. Entraron rápidamente en el ascensor y permaneció hombro con hombro junto a muchos otros como él. Silencio. Al se había callado. Nadie hablaba y todos evitaban mirarse entre ellos.
David se dijo: esta es la última vez que subo en este ascensor. Lo juro.
El ascensor osciló levemente, zumbó y se detuvo en la planta ochenta, territorio de Rogan Rothberg. Bajaron tres abogados, tres rostros que David había visto con anterioridad pero cuyos nombres desconocía, lo cual no era nada raro porque el bufete tenía seiscientos abogados repartidos entre los pisos setenta y cien. Otros dos trajes oscuros salieron en el ochenta y cuatro. A medida que seguían subiendo, David empezó primero a sudar y después a hiperventilar. Su diminuto despacho se encontraba en la planta noventa y tres, y cuanto más se acercaba, con más violencia le latía el corazón. En los pisos noventa y noventa y uno se apearon más figuras sombrías. David se sentía más débil con cada parada.
Cuando llegaron a la planta noventa y tres, solo quedaban tres personas: David, Al y una mujer a la que todos llamaban Lurch,* aunque ella no lo sabía. El ascensor se detuvo, sonó una campanilla, las puertas se abrieron silenciosamente y Lurch salió, seguida de Al. David, en cambio, era incapaz de moverse. Pasaron unos segundos. Al se volvió y dijo:
—Eh, David, es nuestra planta. Vamos.
No recibió respuesta de David, solo la mirada ausente y vacía de quien está en otra parte. Las puertas empezaron a cerrarse, y Al las bloqueó con su maletín.
—¿Te encuentras bien, David? —preguntó.
—Claro —farfulló este mientras lograba ponerse en marcha.
Las puertas se abrieron de nuevo al son de la campanilla y David salió al rellano, donde se detuvo y miró con nerviosismo a su alrededor, como si fuera la primera vez que lo veía. En realidad, apenas habían transcurrido diez horas desde que se había marchado de allí.
—Estás pálido —le dijo Al.
La cabeza le daba vueltas. Oía la voz de Al, pero no entendía nada de lo que le decía. Lurch estaba a unos metros de distancia, perpleja, mirándolos como si estuviera observando el resultado de un accidente automovilístico. La campanilla volvió a sonar, esta vez con un tono distinto, y las puertas del ascensor empezaron a cerrarse. Al le dijo algo más e incluso le tendió una mano como si quisiera ayudarlo. De repente, David dio media vuelta y sus pesados pies cobraron vida. Corrió hacia el ascensor y se lanzó dentro de cabeza, justo antes de que las puertas se cerraran del todo. Lo último que oyó en el rellano fue la asustada voz de Al.
Cuando el ascensor comenzó a bajar, David Zinc se echó a reír. El mareo y las náuseas habían desaparecido. Igual que el peso que le oprimía el pecho. ¡Lo estaba consiguiendo! Estaba abandonando la fábrica de esclavos de Rogan Rothberg y diciendo adiós a una pesadilla. De entre todos los miserables asociados y colaboradores júnior de los rascacielos del centro de Chicago, él y solo él, David Zinc, había tenido el valor de marcharse aquella lúgubre mañana. Se sentó en el suelo del vacío ascensor y contempló con una sonrisa cómo los números de los pisos descendían en el brillante marcador digital mientras luchaba por controlar sus pensamientos. La gente. Primero, su esposa, una mujer a la que descuidaba y que deseaba quedarse embarazada, pero que no lo lograba porque su marido estaba demasiado cansado para el sexo. Segundo, su padre, un juez prominente que prácticamente lo había obligado a estudiar derecho, y no en una universidad cualquiera, sino en Harvard, porque allí era donde había estudiado él. Tercero, su abuelo, el tirano de la familia, que había levantado un megabufete en Kansas partiendo de la nada y que, a los ochenta y dos años, seguía dedicándole diez horas diarias. Y cuarto, Roy Barton, su socio supervisor, su jefe, un tipo malhumorado e incordiante que se pasaba todo el día gritando y maldiciendo y que sin duda era la persona más rastrera que había conocido. Cuando pensó en Barton, se echó a reír de nuevo.
El ascensor paró en el piso ochenta. Dos secretarias se dispusieron a entrar, pero se detuvieron un instante cuando vieron a David sentado en un rincón, con el maletín a su lado. Pasaron con cuidado por encima de sus piernas y esperaron a que las puertas se cerraran.
—¿Se encuentra usted bien? —preguntó una de ellas.
—Muy bien —repuso él—. ¿Y usted?
No hubo respuesta. Las dos secretarias permanecieron inmóviles y en silencio durante el breve descenso y salieron a toda prisa en el piso setenta y siete. Cuando David se encontró solo de nuevo, lo asaltó una preocupación: ¿y si iban tras él? Estaba seguro de que Al correría a ver inmediatamente a Barton para informarlo de que él, David Zinc, había sufrido una crisis nerviosa. ¿Qué haría Barton entonces? A las diez tenían prevista una reunión crucial con un cliente especialmente descontento, un alto ejecutivo muy importante. En realidad, tal como David llegaría a pensar más adelante, aquel enfrentamiento era precisamente la gota definitiva y la responsable de su derrumbamiento. Roy Barton no solo era un gilipollas desagradable, sino también un cobarde que necesitaba a David y los demás para esconderse tras ellos cuando el ejecutivo apareciera con su larga lista de agravios más que justificados.
Cabía la posibilidad de que Barton enviara tras él a los de seguridad. Estos eran el habitual contingente de guardias uniformados de la puerta, pero también todo un tinglado de espionaje interno que se movía entre las sombras y se encargaba de cambiar cerraduras, grabar en vídeo y desarrollar todo tipo de actividades encubiertas pensadas para mantener a raya a los abogados. Se puso en pie de un salto, cogió el maletín y miró fijamente los dígitos que parpadeaban en el panel. El ascensor oscilaba ligeramente mientras bajaba hacia el centro de la Trust Tower. Cuando se detuvo, David salió y se dirigió hacia las escaleras mecánicas, que seguían llenas de individuos que subían en silencio con aire entristecido. Las de bajada estaban casi vacías, y David corrió hacia ellas.
—¡Eh, David! ¿Adónde vas? —preguntó alguien a lo lejos.
David se limitó a sonreír y saludar con la mano en la dirección de la voz, como si todo estuviera bajo control. Pasó ante la extraña escultura y las piedras pintadas y salió por una puerta de vidrio. Estaba fuera. El aire que antes le había parecido húmedo y deprimente en esos momentos contenía la promesa de un nuevo comienzo.
Respiró hondo y miró en derredor. Tenía que seguir caminando. Echó a andar a paso ligero por LaSalle Street, temeroso de volver la vista atrás. Procura no parecer sospechoso, se dijo; estate tranquilo, este es uno de los días más importantes de tu vida, de modo que no lo estropees. No podía ir a su casa porque no estaba preparado para semejante confrontación. No podía recorrer las calles indefinidamente porque tarde o temprano se toparía con alguien conocido. ¿Dónde podía esconderse un rato para aclarar la mente, poner en orden sus ideas y trazar un plan? Miró la hora: las siete y cincuenta y un minutos. La hora perfecta para desayunar. Un poco más abajo, en la misma calle, vio el parpadeante rótulo de neón verde y rojo de Abner’s, aunque al acercarse no supo si se trataba de un bar o una cafetería. Cuando alcanzó la puerta miró por encima del hombro, se aseguró de que no había nadie de seguridad a la vista y entró en el cálido y oscuro mundo de Abner’s.
Era un bar. Los reservados de la derecha se hallaban vacíos, y las sillas estaban apiladas, encima de las mesas, con las patas hacia arriba, a la espera de que alguien limpiara el suelo. Abner se encontraba detrás de la larga y pulida barra. Al verlo sonrió burlonamente, como si pensara: ¿qué demonios haces tú por aquí?
—¿Está abierto? —preguntó David.
—¿La puerta estaba cerrada? —replicó Abner, que llevaba un delantal blanco y secaba una jarra de cerveza.
Tenía unos antebrazos musculosos y velludos, y a pesar de sus rudas maneras, su rostro era el de un barman veterano que había visto y oído todo lo que se podía ver y oír en la profesión.
—Creo que no.
David se acercó lentamente a la barra, miró a su derecha y al fondo vio a un hombre que aparentemente se había desmayado sin soltar la bebida. Se quitó el abrigo gris oscuro y lo colgó en el respaldo de uno de los taburetes. Acto seguido se sentó y contempló la colección de botellas de licor que se alineaban ante él, los espejos, los tiradores de cerveza a presión y los innumerables vasos que Abner tenía perfectamente ordenados. Cuando por fin estuvo instalado preguntó:
—¿Qué me recomienda para antes de las ocho de la mañana?
Abner echó un vistazo al parroquiano desmayado con la cabeza en la barra.
—¿Qué tal un poco de café? —repuso.
—Ya me he tomado uno. ¿Sirve desayunos?
—Pues sí. Los llamo Bloody Mary.
—Tomaré uno.
Rochelle Gibson vivía en un apartamento de renta limitada con su madre, una de sus hijas, dos nietos y una combinación variada de sobrinas y sobrinos a la que a veces se sumaba algún primo necesitado de cobijo. Para huir del caos, a menudo buscaba refugio en la oficina, aunque a veces esta era todavía peor que su casa. Llegaba al trabajo todos los días alrededor de las siete y media de la mañana. Abría la puerta, recogía los periódicos del porche, encendía las luces, ajustaba el termostato, preparaba café y comprobaba que CA, el perro del bufete, estuviera bien. Solía canturrear o tararear algo en voz baja mientras realizaba sus tareas rutinarias. Aunque nunca lo habría reconocido ante sus jefes, se sentía bastante orgullosa de ser la secretaria de un despacho de abogados, incluso de uno como Finley & Figg. Siempre que le preguntaban por su trabajo o profesión se apresuraba a contestar que era «secretaria legal», no una secretaria cualquiera, sino de un bufete. Lo que le faltaba en concepto de formación académica lo compensaba con experiencia. Ocho años de práctica en aquel despacho en mitad de una calle con tanta actividad le habían enseñado muchas cosas acerca del derecho y aún más a propósito de los abogados.
CA era un chucho que vivía en la oficina porque nadie estaba dispuesto a llevárselo a casa. Pertenecía a los tres —a Rochelle, Oscar y Wally— a partes iguales, pero eso no impedía que toda la responsabilidad recayera en ella. Se trataba de un fugitivo que había elegido F&F como su hogar varios años atrás. Durante el día dormitaba en un pequeño colchón junto a Rochelle y durante la noche merodeaba por la oficina haciendo de vigilante. Era un aceptable perro guardián y con sus ladridos había logrado ahuyentar a unos cuantos ladrones, gamberros e incluso a algún que otro cliente descontento.
Rochelle le dio de comer y le llenó el bebedero. Luego fue a la pequeña nevera y sacó un yogur de fresa. Cuando el café estuvo listo, se sirvió una taza y arregló su mesa, que siempre mantenía escrupulosamente ordenada. Era de acero cromado y vidrio, recia e imponente y lo primero que veían los clientes al entrar. El despacho de Oscar también estaba bastante ordenado, pero el de Wally era un vertedero. Sus jefes podían ocuparse de sus asuntos a puerta cerrada, pero ella trabajaba a la vista de todos.
Desplegó el Chicago Sun-Times y empezó por la primera página. Leyó despacio y se fue tomando el yogur, entre pequeños sorbos de café, mientras CA dormitaba tras ella. Rochelle disfrutaba de aquel momento de tranquilidad a primera hora de la mañana. Los teléfonos no tardarían en sonar, los jefes aparecerían y con suerte llegarían los clientes, algunos con cita previa y otros sin.
Oscar Finley salía todas las mañanas de su casa a las siete con tal de alejarse de su esposa, pero rara vez llegaba al despacho antes de las nueve. Dedicaba esas dos horas a recorrer la ciudad. Aprovechaba para detenerse en una comisaría de policía, donde un primo suyo le entregaba una copia de los partes de accidentes; luego se acercaba a saludar a los conductores de la grúa para enterarse de las últimas colisiones, tomaba un café con el propietario de dos funerarias baratas, llevaba rosquillas a los bomberos, charlaba con los conductores de ambulancia y, de vez en cuando, hacía la ronda por sus hospitales favoritos, donde examinaba con ojo profesional a los que habían resultado heridos por la negligencia ajena.
Oscar llegaba a las nueve, pero con Wally, que llevaba una vida mucho menos organizada, nunca se sabía. Podía aparecer a las siete y media, rebosante de cafeína y Red Bull y dispuesto a demandar a cualquiera que se le pusiera por delante, o podía dejarse caer a las once, resacoso y con los ojos enrojecidos para encerrarse en su despacho.
Sin embargo, aquel trascendental día, Wally llegó pocos minutos antes de las ocho, con una gran sonrisa y la mirada despejada.
—Buenos días, señora Gibson —dijo lleno de energía.
—Buenos días, señor Figg —respondió ella de la misma manera.
En Finley & Figg el ambiente siempre era tenso, y las discusiones saltaban al menor comentario de más. Las palabras se escogían con esmero y eran recibidas con cautela. Los intrascendentes saludos matutinos se manejaban con cuidado porque siempre podían encerrar una emboscada. Incluso el uso de los términos «señor» y «señora» resultaba artificial y tenía su historia. En la época en que Rochelle no era más que una simple clienta, Wally cometió el error de referirse a ella llamándola «nena». Le dijo algo como «mira, nena, estoy haciendo todo lo que puedo». Sin duda no pretendía ofender, pero la reacción de Rochelle fue tajante e insistió en que a partir de entonces la llamaran siempre «señora Gibson».
Lo que la irritaba ligeramente era que le hubieran interrumpido su momento de soledad. Wally se acercó a CA y le acarició la cabeza. Luego, mientras iba por café, preguntó:
—¿Alguna novedad en el periódico?
—No —respondió ella, sin ganas de comentar las noticias.
—No me sorprende.
Era la primera puya del día. Ella leía el Chicago Sun-Times, y él, el Tribune; de modo que cada uno consideraba que los gustos informativos del otro eran poco menos que deplorables.
La segunda puya llegó poco después, cuando Wally reapareció y preguntó:
—¿Quién ha preparado el café?
Rochelle hizo caso omiso.
—Está un poco flojo, ¿no cree?
Ella se limitó a pasar la página y tomar un poco de yogur.
Wally sorbió el café ruidosamente, chasqueó los labios e hizo una mueca como si acabara de tragar vinagre. A continuación cogió el diario y se sentó a la mesa. Antes de que a Oscar le adjudicaran el chalet en un juicio, alguien había tirado varias de las paredes de la planta inferior para crear una zona de recepción lo más despejada posible. Rochelle tenía su espacio a un lado, cerca de la puerta. A unos pocos metros había una serie de sillas para que los clientes pudieran esperar y una mesa larga que en su momento alguien había utilizado para comer. Con el tiempo, la mesa se había convertido en el sitio donde todos leían el periódico, tomaban café e incluso anotaban declaraciones. Dado que su despacho estaba hecho una pocilga, a Wally le gustaba matar ahí el tiempo.
Abrió su Tribune lo más ruidosamente posible. Rochelle no le prestó atención alguna y siguió tarareando.
Pasaron unos minutos y sonó el teléfono. La señora Gibson hizo como si no lo oyera. Al tercer timbrazo, Wally bajó el periódico y dijo:
—¿Quiere hacer el favor de contestar, señora Gibson?
—No —respondió ella, escuetamente.
El teléfono sonó por cuarta vez.
—¿Y por qué no? —quiso saber Wally.
Rochelle hizo caso omiso. Tras el quinto timbrazo, Wally arrojó a un lado el periódico, se puso en pie y fue hacia el teléfono de pared que había cerca de la fotocopiadora.
—Yo, que usted, no lo haría —lo advirtió la señora Gibson.
Wally se detuvo.
—¿Por qué no?
—Es un cobrador de facturas.
—¿Cómo lo sabe? —Wally miraba la pantalla, donde aparecían las palabras «Número desconocido».
—Lo sé. Llama todas las semanas a esta hora.
El teléfono calló. Wally regresó a la mesa y a su periódico y se ocultó tras él mientras se preguntaba qué factura estaría pendiente de pago y qué proveedor podía estar lo bastante furioso para llamar al bufete y reclamar. Rochelle lo sabía, naturalmente, porque se encargaba de llevar la contabilidad y estaba al corriente de casi todo; aun así, Wally prefería no preguntarle. Si lo hacía, acabarían discutiendo acerca de las facturas impagadas, los honorarios no cobrados y la escasez de dinero en general. La cosa podía degenerar rápidamente en una acalorada discusión acerca de las estrategias del bufete, su futuro y las limitaciones de sus socios.
Nadie deseaba algo así.
Abner se enorgullecía de sus Bloody Mary. Utilizaba cantidades cuidadosamente medidas de zumo de tomate, vodka, rábano picante, limón, lima, salsa Worcestershire, pimienta, tabasco y sal. Para rematar, añadía siempre dos aceitunas y una ramita de apio.
Hacía mucho que David no disfrutaba de un desayuno tan estupendo. Tras haber consumido rápidamente dos de las creaciones de Abner, sonreía como un tonto y se sentía orgulloso de su decisión de tirarlo todo por la borda. El borracho del extremo de la barra había empezado a roncar, y en el bar no había más clientes. Abner se ocupaba de sus asuntos e iba de un lado para otro; lavaba y secaba vasos, hacía inventario de los licores y comprobaba los tiradores de la cerveza sin dejar de hacer comentarios sobre los temas más variados.
El teléfono de David sonó por fin. Era su secretaria, Lana.
—¡Vaya por Dios! —exclamó David.
—¿Quién es? —preguntó Abner.
—De mi despacho.
—Un hombre tiene derecho a desayunar, ¿no?
David sonrió traviesamente y contestó la llamada.
—Sí...
—David, ¿dónde estás? —preguntó Lana—. Son las ocho y media.
—Llevo reloj, cariño. Estoy desayunando.
—¿Te encuentras bien? Por ahí van diciendo que han visto cómo te metías de cabeza en el ascensor de bajada.
—Es solo un rumor, cariño, solo un rumor.
—Bien. ¿A qué hora volverás? Roy Barton ha llamado preguntando por ti.
—Déjame que acabe de desayunar, ¿quieres?
—Claro, pero tenme al corriente.
David dejó el teléfono, dio un largo sorbo a su bebida y declaró:
—Prepáreme otro.
Abner lo miró con aire cauteloso.
—¿No prefiere tomárselo con calma?
—Es justo lo que estoy haciendo.
—De acuerdo. —Abner cogió un vaso limpio y empezó a combinar los ingredientes—. Supongo que hoy no piensa aparecer por el despacho.
—Exacto. Lo dejo. Me largo.
—¿Dónde trabaja?
—En el bufete Rogan Rothberg. ¿Lo conoce?
—Me suena. Es uno de esos grandes bufetes, ¿no?
—Seiscientos abogados solo en las oficinas de Chicago y un par de miles repartidos por todo el mundo. Actualmente es el tercero del mundo en cuanto a tamaño, el quinto en cuanto a horas facturadas por letrado, el cuarto en cuanto a beneficios netos por socio, el segundo cuando se comparan los sueldos de los socios y el primero sin discusión en cuanto a número de gilipollas por metro cuadrado.
—Lamento haber preguntado.
David cogió el teléfono y se lo mostró a Abner.
—¿Ve este aparato?
—No estoy ciego.
—Este trasto ha dominado mi vida durante los últimos cinco años. No puedo ir a ninguna parte sin él y debo llevarlo siempre encima. Normas del bufete. Ha estropeado cenas agradables en todo tipo de restaurantes, me ha sacado de la ducha y me ha despertado a horas intempestivas de la noche. En una ocasión incluso me interrumpió mientras me acostaba con mi pobre y desatendida mujer. El verano pasado me encontraba en pleno partido de los Cubs, en unos asientos inmejorables y con dos amigos de la universidad, cuando este cacharro empezó a vibrar en mitad de la segunda entrada. Era Roy Barton. ¿Le he hablado de Roy Barton?
—Todavía no.
—Es uno de los socios principales del bufete y mi supervisor. Un cabrón y un impresentable. Cuarenta años y un carácter como el alambre de espino. Un regalo de Dios para la profesión, vamos. Gana un millón al año, pero no tiene bastante. Trabaja quince horas diarias, siete días a la semana porque todos los peces gordos de Rogan Rothberg trabajan sin descanso. Y Roy se considera uno de los grandes.
—Un tipo encantador.
—Lo aborrezco. Espero no volver a verlo jamás.
Abner puso el tercer Bloody Mary ante David.
—Pues me parece que va por el buen camino, amigo. Salud.
El teléfono volvió a sonar, y Rochelle decidió atenderlo.
—Bufete de Finley & Figg —dijo con gran profesionalidad.
Wally se abstuvo de levantar la mirada del diario. Rochelle escuchó un momento y contestó:
—Lo siento, pero no nos dedicamos a las transacciones inmobiliarias.
Cuando Rochelle había ocupado su puesto, ocho años atrás, el bufete sí se ocupaba de transacciones inmobiliarias. Sin embargo, ella no tardó en darse cuenta de que ese tipo de operaciones dejaban un margen escaso, dependían mucho del trabajo de la secretaria y prácticamente no exigían esfuerzo alguno a los letrados. Tras sopesarlo rápidamente llegó a la conclusión de que no le gustaban las transacciones inmobiliarias. Dado que atendía el teléfono y filtraba todas las llamadas, la rama inmobiliaria de Finley & Figg no tardó en marchitarse. Oscar se indignó y la amenazó con el despido, pero se retractó cuando ella les recordó que podía demandarlos por negligencia profesional. Al final, Wally logró negociar una tregua, pero durante semanas el ambiente en el bufete fue más tenso que de costumbre.
Poco a poco, otras especialidades fueron siendo descartadas por obra de la diligente labor de selección de la señora Gibson. Las cuestiones penales pasaron a la historia: no le gustaban porque no le gustaba el tipo de clientes. Los delitos por conducir bajo el efecto del alcohol o las drogas los aceptaba porque no eran frecuentes, se pagaban bien y para ella suponían poco trabajo. Las quiebras desaparecieron por la misma razón que las transacciones inmobiliarias: demasiado trabajo para la secretaria y honorarios escasos. Con el paso de los años Rochelle había logrado reducir el ámbito de actividad del bufete y eso no dejaba de ser motivo de problemas. La teoría de Oscar —teoría que durante casi treinta años lo había dejado sin un céntimo— decía que el bufete debía aceptar todo lo que se presentara, lanzar una red lo más grande posible y después seleccionar entre los restos con la esperanza de encontrar un buen caso de lesiones. Wally no estaba conforme: deseaba pescar el pez más grande. Aunque para cubrir gastos se veía obligado a realizar tareas jurídicas de lo más ordinario, seguía soñando con hallar su filón de oro.
—Buen trabajo, señora Gibson —dijo cuando Rochelle colgó—. Nunca me han gustado los temas inmobiliarios.
Ella pasó por alto el comentario y volvió a la lectura de su periódico. De repente CA gruñó. Lo miraron y lo vieron de pie en su colchón, con el hocico y el rabo en alto, los ojos concentrados en la puerta. Su gruñido se hizo más fuerte, y entonces oyeron el lejano sonido de una ambulancia. Las sirenas siempre excitaban a Wally. Durante un momento se quedó muy quieto, mientras la analizaba con oído experto. ¿Policía, bomberos o ambulancia? Esa era invariablemente la primera pregunta, y Wally era capaz de distinguir entre ellas al instante. Las sirenas de la policía o los bomberos no significaban nada especial y enseguida las descartaba, pero el aullido de una ambulancia le aceleraba el pulso.
—¡Ambulancia! —exclamó.
Dejó el periódico y fue hacia la puerta. Rochelle también se levantó, se acercó hasta la ventana y abrió la persiana para echar un rápido vistazo. CA seguía gruñendo, y cuando Wally abrió la puerta y salió al porche el perro lo siguió. Al otro lado de la calle, Vince Gholston emergió de su despacho —otro bufete-boutique— y lanzó una mirada esperanzada hacia el cruce de Beech con la Treinta y ocho. Cuando vio a Wally le mostró el dedo medio, y este le devolvió el gesto de cortesía.
La ambulancia pasó a toda velocidad por Beech, serpenteando entre el tráfico con furiosos bocinazos y causando más confusión y peligro que los que la aguardaban allí donde la esperasen. Wally la observó hasta que la perdió de vista y después volvió a entrar.
La lectura de periódicos prosiguió sin más interrupciones de sirenas ni de llamadas de posibles clientes o cobradores de facturas atrasadas. A las nueve la puerta se abrió y entró el socio de más edad. Como de costumbre, Oscar vestía un largo abrigo oscuro y cargaba con un maletín de piel negra tan abultado que parecía que se hubiera pasado toda la noche trabajando. Como siempre, también llevaba su habitual paraguas, hiciera el tiempo que hiciese. Oscar realizaba su trabajo lejos de los niveles más prestigiosos de la profesión, pero al menos tenía el aspecto de un abogado distinguido. Abrigos oscuros, trajes igualmente oscuros, camisas blancas y corbatas de seda. Su mujer se encargaba de comprarle la ropa e insistía en que tuviera buen aspecto. Wally, por su parte, se ponía lo primero que encontraba en el armario.
—Buenas —gruñó Oscar ante la mesa de la señora Gibson.
—Buenos días, señor Finley —contestó ella.
—¿Alguna novedad en los periódicos? —A Oscar no le interesaban los resultados deportivos, los sucesos ni las últimas noticias de Oriente Próximo.
—Un conductor de carretillas elevadoras ha sido aplastado en una fábrica de Palos Heights —respondió rápidamente la señora Gibson.
Aquello formaba parte del ritual matutino. Si no lograba encontrar un accidente —del tipo que fuera— para alegrar la mañana a su jefe, el humor de este no haría sino empeorar.
—Me gusta. ¿Ha muerto?
—Todavía no.
—Mejor. Eso significa dolor y sufrimiento. Tome nota, Rochelle, volveremos sobre el asunto más tarde.
La señora Gibson asintió como si el desdichado operario ya fuera cliente del bufete. Naturalmente no lo era ni lo sería. Finley & Figg rara vez llegaba el primero a la escena de un accidente. Lo más probable era que la mujer de ese hombre estuviera ya rodeada de abogados más agresivos, algunos de los cuales eran famosos porque incluso ofrecían dinero en efectivo y regalos materiales para conseguir que los perjudicados firmaran con ellos.
Animado por tan buena noticia, Oscar se acercó a la mesa y saludó a su socio.
—Buenos días.
—Buenas, Oscar —repuso Wally.
—¿Sale alguno de nuestros clientes en las esquelas de hoy?
—Todavía no he llegado a esa sección.
—Pues deberías empezar por ahí.
—Gracias, Oscar. ¿Alguna otra recomendación sobre cómo debo leer el periódico?
Oscar había dado media vuelta y se alejaba.
—¿Qué tengo para hoy en mi agenda, señora Gibson? —le preguntó hablando por encima del hombro.
—Lo de siempre: divorcios y borrachos.
—Divorcios y borrachos —masculló Oscar para sí, mientras entraba en su despacho—. Lo que necesito es un buen accidente de coche.
Colgó el abrigo detrás de la puerta, dejó el paraguas apoyado en la estantería y empezó a vaciar su maletín. Wally no tardó en aparecer, periódico en mano.
—¿No te suena de algo el nombre de Chester Marino? —preguntó—. Sale en las esquelas. Cincuenta y siete años, esposa, hijos, nietos y no se menciona la causa del fallecimiento.
Oscar se pasó la mano por los cortos y grises cabellos.
—Puede ser. Creo recordar que nos ocupamos de su testamento y últimas voluntades.
—Lo tienen en Van Easel & Sons. Esta tarde será el velatorio y mañana el funeral. Me acercaré a echar un vistazo. ¿Quieres que enviemos flores si es uno de los nuestros?
—No hasta que sepamos la cuantía de la herencia.
—Muy inteligente. —Wally seguía sosteniendo el diario—. Oye, ¿has visto esta historia de las Taser? Se les está yendo de las manos. Hay unos polis de Joliet acusados de haber utilizado sus Taser contra un hombre de setenta años que fue a Walmart a comprar Sudafed para su nieto enfermo. El farmacéutico creyó que el viejo iba a utilizar el medicamento para algo turbio y, como buen ciudadano, llamó a la policía. Resulta que la policía acababa de recibir sus Taser nuevas, así que cinco de esos idiotas detuvieron al viejo en el aparcamiento y un poco más y lo dejan frito con esas pistolas eléctricas. El pobre hombre se encuentra en estado crítico.
—¿Me estás diciendo que quieres que volvamos a ocuparnos de las Taser? ¿Es eso, Wally?
—Desde luego que sí, Oscar. Son unos casos estupendos. Deberíamos reunir unos cuantos.
Oscar tomó asiento pesadamente y suspiró.
—Así que esta semana tocan Taser, ¿no? La semana pasada fueron unos sarpullidos por culpa de unos pañales. Grandes planes para demandar a los de Pampers porque sus pañales habían provocado un sarpullido en el culo de unos cuantos recién nacidos. Y si no recuerdo mal, el mes pasado fue lo de esos tabiques chinos prefabricados.
—Pues la demanda colectiva contra esos tabiques ya ha conseguido cuatro millones en indemnizaciones.
—Sí, pero aquí no hemos visto ni un céntimo.
—A eso me refiero, Oscar. Tenemos que ir en serio con esas demandas colectivas. Ahí es donde está el dinero. Estoy hablando de empresas multimillonarias que pagan indemnizaciones multimillonarias.
La puerta estaba abierta, y Rochelle no se perdía una palabra, aunque el tema de discusión no era nada nuevo. Wally alzaba la voz.
—Lo que digo es que deberíamos reunir unos cuantos casos de esos y después ir a ver a esos especialistas en demandas colectivas para ofrecérselos y subirnos al carro. Después no tendríamos más que sentarnos a esperar mientras llegan a un acuerdo y nos marchamos con los bolsillos llenos. Es dinero fácil, Oscar.
—¿Por unos casos de urticaria infantil?
—De acuerdo, no funcionó, pero lo de esas pistolas Taser es una mina de oro.
—¿Otra más, Wally?
—Sí, y te lo demostraré.
—A ver si es verdad.
El borracho del final de la barra se había recuperado un poco. Tenía la cabeza levantada y los ojos entreabiertos mientras Abner le servía café y charlaba con él para convencerlo de que era hora de marcharse. Un adolescente barría el suelo con una escoba y colocaba las sillas. El pequeño bar empezaba a dar señales de vida.
David se miró en el espejo que tenía frente a él con el cerebro empapado de vodka e intentó en vano enfocar su situación con cierta perspectiva. En un momento dado se sentía emocionado y orgulloso por haber escapado de la marcha de la muerte que representaba Rogan Rothberg, y al siguiente se moría de miedo al pensar en su familia, en su mujer y en su futuro. Sin embargo, el alcohol le infundía valor, así que decidió seguir bebiendo.
Su teléfono vibró de nuevo. Era Lana, del despacho.
—¿Sí...? —dijo en voz baja.
—David, ¿dónde estás?
—Acabando de desayunar.
—Te noto extraño. ¿Te pasa algo?
—Nada. Estoy perfectamente.
Una pausa.
—¿Has estado bebiendo?
—Claro que no. Solo son las nueve y media.
—Está bien. Escucha, Roy Barton acaba de salir y está hecho una furia. Nunca lo había visto así. Iba soltando todo tipo de amenazas.
—Puedes decirle de mi parte que le den.
—¿Qué has dicho?
—Ya me has oído. Dile de mi parte que le den.
—David, tenían razón, te estás desmoronando. Lo sabía, lo veía venir. No me sorprende.
—Estoy bien.
—No estás bien. Estás borracho y te estás derrumbando.
—Vale, puede que esté bebido, pero...
—Creo que acabo de oír a Barton que vuelve. ¿Qué quieres que le diga?
—Que le den.
—Mejor hazlo tú, que para eso tienes teléfono. Llama tú a Barton —dicho lo cual colgó.
Abner se aproximó lentamente porque la llamada había despertado su curiosidad. Era la tercera o cuarta vez que limpiaba la barra desde que David había entrado.
—Era de mi despacho —le explicó David, y Abner frunció el entrecejo como si aquello fuera una mala noticia para los dos—. El tal Roy Barton me está buscando y de paso tirándolo todo. Me gustaría ser invisible. Ojalá le dé un infarto.
Abner se acercó un poco más.
—Perdone, pero no he oído su nombre.
—David Zinc.
—Un placer. Mire, David, el cocinero acaba de llegar. ¿Le apetece comer algo, quizá algo potente y lleno de grasa? ¿Unos aros de cebolla, unas patatas fritas o una hamburguesa bien grande?
—Una ración doble de aros de cebolla fritos con mucho ketchup.
—Así me gusta.
Abner desapareció. David apuró su último Bloody Mary y fue en busca del aseo. Cuando salió, ocupó de nuevo su taburete, miró la hora —las nueve y veintiocho minutos— y esperó a que llegaran los aros de cebolla. Podía olerlos desde donde estaba, siseando en el aceite hirviendo. El borracho de su derecha seguía tomando café y hacía esfuerzos por mantener los ojos abiertos. El adolescente barría y colocaba las sillas en su sitio.
El teléfono vibró en el mostrador. Era su mujer, pero David no hizo ademán de contestar. Cuando las vibraciones cesaron esperó un momento y comprobó el buzón de voz. El mensaje de Helen era como esperaba: «David, han llamado dos veces de tu oficina. ¿Dónde estás? ¿Qué estás haciendo? ¿Te encuentras bien? Llámame lo antes que puedas».
Helen era una estudiante de doctorado en Northwestern. Cuando se había despedido de ella por la mañana, a las seis menos cuarto, seguía durmiendo. Las noches que llegaba antes de las diez y cinco solían cenar las sobras de la lasaña delante del televisor antes de que él se quedara dormido en el sofá. Helen era dos años mayor y deseaba quedarse embarazada, algo que parecía cada vez más improbable dado el estado de perpetuo agotamiento de su marido. Entretanto, seguía con su doctorado en historia del arte, aunque sin demasiadas prisas.
El teléfono emitió un breve pitido. Era un mensaje de texto de Helen. «¿Dónde estás? ¿Te ocurre algo? Llama por favor.»
Prefería no hablar con ella durante unas horas, porque se vería forzado a admitir que se estaba derrumbando, y entonces ella insistiría en que buscara ayuda de un profesional. Su padre era una especie de psicólogo, y su madre se las daba de consejera matrimonial. Todos en su familia creían que todos los problemas y misterios de la vida podían solucionarse con unas pocas sesiones de terapia. A pesar de ello, no podía soportar la idea de que ella se preocupara de ese modo por su seguridad.
Escribió una respuesta: «Estoy bien. He tenido que salir del despacho durante un rato. No te preocupes. No pasa nada».
«¿Dónde estás?», contestó ella.
En ese momento llegaron los aros de cebolla, un montón de dorados anillos de crujiente masa recién salidos de la freidora. Abner se los puso delante y dijo:
—Los mejores de la ciudad. ¿Qué tal un vaso de agua?
—Estaba pensando en una cerveza.
—Eso está hecho. —Cogió una jarra y la llenó con el tirador a presión.
—Ahora mismo, mi mujer me está buscando —dijo David—. ¿Tiene usted esposa?
—No me lo pregunte.
—Lo siento. La mía es una chica estupenda que quiere una familia y todo eso, pero parece que no conseguimos que arranque. El año pasado trabajé cuatro mil horas, ¿se lo puede creer? ¡Cuatro mil horas! Normalmente ficho a las siete de la mañana y me marcho alrededor de las diez. Eso si es un día corriente. Pero también suele ser habitual que me quede trabajando hasta pasada la medianoche. Por lo tanto, cuando llego a casa se me cierran los ojos. Creo que la última vez que hice el amor con mi mujer fue hace un mes. ¡Es increíble! Tengo treinta y un años, y ella treinta y tres. Los dos estamos en la flor de la vida y deseosos de que se quede embarazada, pero el macho aquí presente es incapaz de aguantar despierto.
Abrió la botella de ketchup y vertió una tercera parte de su contenido encima de los aros de cebolla. Abner le puso delante una jarra de cerveza helada.
—Al menos estará ganando un montón de pasta.
David desenganchó un gran aro, lo sumergió en ketchup y le dio un buen mordisco.
—Sí, desde luego me pagan bien. ¿A santo de qué iba a soportar todo esto si no me pagaran? —David miró en derredor para asegurarse de que nadie lo escuchaba, pero nadie lo hacía. Bajó la voz y dejó el resto del aro—. Llevo cinco años en el bufete y soy socio sénior. El año pasado, mis ingresos netos fueron de trescientos mil. Eso es mucho dinero, pero como no tengo tiempo de gastarlo simplemente lo acumulo en el banco. Sin embargo, echemos un vistazo a los números. Trabajé cuatro mil horas, pero solo facturé tres mil. Tres mil son el máximo que admite el bufete. Las mil restantes son trabajo gratuito y actividades diversas del despacho. ¿Me sigue, Abner? No lo estaré aburriendo, ¿verdad?
—Soy todo oídos. No es usted el primer abogado al que sirvo, de modo que sé lo pelmazos que pueden ser.
David tomó un largo trago de cerveza y chasqueó los labios.
—Le agradezco la franqueza.
—Solo hago mi trabajo.
—El bufete factura mi tiempo a quinientos dólares la hora. Ponga tres mil horas. Eso supone un millón y medio de dólares para los buenos de Rogan Rothberg, que me pagan unos miserables trescientos mil. Multiplique lo que acabo de contarle por unos quinientos asociados que hacen más o menos lo mismo que yo y comprenderá por qué las facultades de derecho están llenas de estudiantes jóvenes y brillantes que creen que su mayor deseo es incorporarse a un gran bufete para convertirse en socios y hacerse millonarios. ¿Lo aburro, Abner?
—Es fascinante.
—¿Le apetece un aro de cebolla?
—No, gracias.
David se metió otro en su reseca boca y lo bajó con media jarra de cerveza. De repente se oyó un golpe sordo en el extremo de la barra. El borracho había sucumbido nuevamente y tenía la cabeza en el mostrador.
—¿Quién es ese tipo? —preguntó David.
—Se llama Eddie. Su hermano es el dueño de la mitad de todo esto, así que bebe sin parar y no paga. Estoy harto de él.
Abner se acercó a Eddie y le dijo algo, pero este no contestó. Entonces retiró la taza de café, limpió el mostrador alrededor de la cabeza de Eddie y volvió con lentitud junto a David.
—Así pues, está diciendo adiós a trescientos mil pavos anuales —dijo Abner—. ¿Y qué planes tiene?
David se echó a reír, pero su risa sonó forzada.
—¿Planes? Todavía no he llegado a eso. Hace dos horas me presenté a trabajar como todos los días y ahora me estoy desmoronando. —Dio otro trago—. Mi plan, Abner, consiste en quedarme aquí sentado durante un buen rato y analizar mi crisis nerviosa. ¿Quiere ayudarme?
—Es mi trabajo.
—Yo pagaré mi cerveza.
—Trato hecho.
—Pues ponme otra, por favor.
Al cabo de una hora leyendo el periódico, tomándose el yogur y disfrutando del café, Rochelle Gibson empezó a trabajar a regañadientes. Su primera tarea consistía en verificar el registro de clientes en busca de un tal Chester Marino, que en esos momentos descansaba pacíficamente en un económico ataúd con adornos de latón en la funeraria de Van Easel & Sons. Oscar tenía razón: seis años atrás, el bufete había redactado el testamento y las últimas voluntades del señor Marino. Encontró el delgado expediente en el almacén que había junto a la cocina y se lo llevó a Wally, que estaba enfrascado en su trabajo, rodeado por los restos que se acumulaban en su mesa.
Originariamente, el despacho de Wallis T. Figg, abogado en ejercicio, había sido un dormitorio, pero con los años y las reformas había ganado unos cuantos metros cuadrados. Fuera como fuese no tenía aspecto de haber sido un dormitorio, pero tampoco de ser un despacho. Empezaba con una puerta situada entre unas paredes separadas por no más de tres metros y después giraba a la derecha para abrirse a la zona donde Wally trabajaba tras una mesa de estilo años cincuenta que había comprado en una liquidación. En ella había montones de carpetas, libretas de anotaciones usadas y cientos de papelitos con mensajes de llamadas telefónicas, de modo que cualquiera que no conociera a Wally —incluidos los clientes potenciales— podía llevarse la impresión de que se hallaba ante un hombre muy ocupado, y puede que incluso importante.
Como de costumbre, la señora Gibson se acercó a la mesa con cuidado de no tocar las montañas de libros de leyes y los expedientes antiguos que se amontonaban en su camino y le entregó la carpeta a Wally al tiempo que decía:
—Nos encargamos del testamento y las últimas voluntades del señor Marino.
—Gracias. ¿Tiene bienes?
—No lo he comprobado —contestó ella. Acto seguido, retrocedió y salió sin decir más.
Wally abrió el expediente. Seis años atrás, el señor Marino trabajaba para el estado de Illinois como auditor, ganaba setenta mil dólares al año y disfrutaba de una vida tranquila en el extrarradio con su segunda esposa y los dos hijos adolescentes de esta; acababa de pagar la hipoteca de su casa, que constituía el único patrimonio de la pareja. Marido y mujer compartían una cuenta corriente, un plan de jubilación y unas pocas deudas. El único detalle interesante era una colección formada por tres mil fichas de béisbol que el señor Marino había valorado en noventa mil dólares. En la página cuatro del expediente había una fotocopia de una ficha de 1916 de Shoeless Joe Jackson con el uniforme de los White Sox. Al pie, Oscar había anotado: «75.000 $». Oscar no tenía el menor interés en los deportes y nunca había mencionado aquel pequeño detalle a Wally. El señor Marino había encargado que le prepararan un testamento y unas últimas voluntades que habría podido redactar él mismo sin gastar un céntimo; sin embargo, había preferido encargárselo a Finley & Figg por un importe de doscientos cincuenta dólares. Cuando Wally leyó las últimas voluntades del señor Marino comprendió enseguida que la única intención de este era asegurarse de que sus hijastros no pudieran meter mano a su colección de fichas de béisbol, que reservaba para su hijo, Lyle. En la página cinco, Oscar había escrito: «La esposa no sabe nada de la colección de fichas».
Wally calculó que el caudal hereditario rondaría el medio millón de dólares y que, con el trámite de validación testamentaria previsto, el abogado encargado del asunto se llevaría unos cinco mil. A menos que hubiese algún tipo de disputa con la colección de fichas —y Wally confiaba en que la hubiera—, todo ello sería una molesta rutina que podía alargarse durante año y medio. Sin embargo, si los herederos se peleaban, él podría alargarlo durante tres años y triplicar sus ganancias. Las testamentarías no le gustaban, pero en cualquier caso eran mejores que los divorcios o las demandas de custodia. Una testamentaría pagaba las facturas y, en ocasiones, podía dar pie a más honorarios.
El hecho de que Finley & Figg hubiera redactado el testamento no significaba nada a la hora de validarlo. Cualquier abogado podía hacerlo y, gracias a su gran experiencia en el terreno de la captación de clientes, Wally sabía que había multitud de picapleitos hambrientos que se dedicaban a repasar las esquelas y calcular las ganancias potenciales. Quizá le conviniera ir a ver a Chester y reclamar en nombre del bufete el trabajo legal necesario para poner en orden sus cosas. Como mínimo valía el esfuerzo que suponía conducir hasta Van Easel & Sons, una de las funerarias de su recorrido habitual.
A Wally todavía le quedaban por cumplir tres meses de suspensión del carnet por conducir ebrio, pero conducía igualmente. Eso sí, era precavido y se limitaba a las calles próximas a su casa y el despacho, donde conocía a los policías. Cuando tenía que ir a los juzgados del centro, cogía el autobús o el tren.
Van Easel & Sons estaba a unas pocas manzanas de distancia y fuera de su radio de acción; aun así, decidió arriesgarse. Si la policía lo paraba, seguramente podría convencerla para que lo dejaran ir; en caso contrario, conocía al juez. Utilizó en lo posible calles secundarias y se mantuvo alejado del tráfico.
Hacía años que el señor Van Easel y sus tres hijos habían muerto, y la funeraria había ido cambiando de manos con el tiempo. El negocio había ido declinando a la vez que perdía el «servicio atento y detallista» que seguía siendo su principal reclamo publicitario. Wally dejó el coche en el desierto aparcamiento de la parte de atrás y entró por la puerta principal como si hubiera ido allí para dar el pésame a alguien. Eran casi las diez de un miércoles por la mañana y durante unos segundos no vio a nadie. Se detuvo en el vestíbulo y echó un vistazo al tablón donde figuraban los horarios de visita. Chester Marino se encontraba dos puertas más adelante, a la derecha, en el segundo de los tres velatorios. A la izquierda había una pequeña capilla. Un individuo de tez pálida y dientes muy amarillos, vestido con un traje negro se le acercó y lo saludó.
—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarlo?
—Buenos días, señor Grayber —repuso Wally.
—Usted otra vez...
—Siempre es un placer.
Aunque Wally había estrechado la mano del señor Grayber en alguna otra ocasión, no hizo ademán de repetir el gesto. No estaba seguro, pero tenía la impresión de que ese hombre era uno de los que embalsamaban los cadáveres y recordaba el tacto frío y blando de su mano. Grayber tampoco se la ofreció. Estaba claro que ambos despreciaban la profesión del otro.
—El señor Marino era cliente nuestro —explicó Wally con expresión grave.
—El velatorio no empezará hasta esta noche —repuso Grayber.
—Sí, lo he visto, pero tengo que salir de la ciudad por la tarde.
—Muy bien —dijo Grayber, haciendo un gesto en dirección a las salas de vela.
—No habrán venido otros abogados, ¿verdad?
Grayber bufó y alzó los ojos al cielo.
—¡Quién sabe! La verdad es que con ustedes uno pierde la cuenta. La semana pasada celebramos el funeral de un trabajador mexicano, un pobre sin papeles que tuvo la mala suerte de ir a parar bajo una excavadora. Utilizamos la capilla —dijo, señalándola— y resultó que había más abogados que familiares. El infeliz nunca fue tan querido como ese día.
—Pues qué bien, ¿no? —repuso Wally, que había estado presente, aunque no consiguió el caso para el bufete—. Gracias de todas maneras —añadió y echó a andar hacia las salas de vela.
Pasó ante la primera —un ataúd cerrado y nadie a la vista— y entró en la segunda, una sala escasamente iluminada de unos cuatro metros por cuatro, con el ataúd dispuesto a lo largo de una de las paredes y varias sillas baratas distribuidas en hileras. El féretro estaba cerrado, lo cual agradó a Wally. Se acercó y apoyó la mano en la caja, como si luchara por contener las lágrimas. Él y Chester compartiendo los últimos momentos juntos.
La rutina para esos casos consistía en quedarse unos minutos con la esperanza de que apareciera algún amigo o pariente. Si eso no sucedía, Wally firmaba en el libro de visitas y dejaba su tarjeta al señor Grayber con instrucciones concretas para que dijera a la familia del señor Marino que su abogado había pasado por allí para darles el pésame. El bufete mandaba flores y una carta a la viuda y, pasados unos días, Wally llamaba a la mujer y actuaba como si ella estuviera obligada de algún modo a contratar los servicios del bufete, ya que este se había encargado de redactar el testamento y las últimas voluntades de su difunto marido. Aquello solía dar resultado el cincuenta por ciento de las veces.
Wally se disponía a marcharse cuando un joven entró en la sala. Tenía unos treinta años, aspecto agradable e iba razonablemente bien vestido con chaqueta y corbata. Miró a Wally con bastante desconfianza. Era el modo en que mucha gente lo hacía al principio, pero ya no lo molestaba. Cuando dos desconocidos se encontraban en un velatorio, las primeras palabras nunca eran fáciles. Al final, Wally se las arregló para presentarse.
—Sí, bueno, ese es mi padre. Yo soy Lyle Marino —respondió el joven.
¡Ah, el futuro propietario de una magnífica colección de fichas de béisbol! Sin embargo, Wally no podía mencionar eso.
—Su padre era cliente de nuestro bufete —explicó—. Nosotros nos encargamos de redactarle el testamento y las últimas voluntades. Le doy mi más sentido pésame.
—Gracias —contestó Lyle, que parecía visiblemente aliviado—. La verdad es que me cuesta creer lo que ha sucedido. La semana pasada fuimos a ver un partido de los Blackhawks y se lo pasó en grande. En cambio, ahora se ha ido.
—Lo lamento mucho. ¿Fue muy repentino?
—Un ataque al corazón. Así de rápido. —Lyle chasqueó los dedos—. Era lunes por la mañana y estaba en su despacho trabajando cuando de repente empezó a sudar y a jadear y se desplomó en el suelo, muerto.
—Lo siento mucho, Lyle —dijo Wally, como si lo conociera de toda la vida.
El joven acariciaba el ataúd y repetía:
—No me lo puedo creer.
Wally necesitaba llenar algunas lagunas.
—Sus padres se divorciaron hará unos diez años, ¿verdad?
—Más o menos.
—¿Su madre sigue viviendo en la ciudad?
—Sí —contestó Lyle, enjugándose las lágrimas con el dorso de la mano.
—Y la segunda mujer de su padre, ¿tiene usted buena relación con ella?
—No nos hablamos. El divorcio acabó mal.
Wally sonrió para sus adentros. Una familia mal avenida podía significar más honorarios.
—Lo siento, y ¿cómo se llama ella...?
—Millie.
—De acuerdo. Mire, Lyle, tengo que marcharme, pero aquí le dejo mis datos. —Wally sacó ágilmente una tarjeta y se la entregó—. Chester era un hombre estupendo. Llámeme si necesita cualquier cosa.
Lyle la cogió y se la guardó en el bolsillo del pantalón. Seguía contemplando fijamente el ataúd.
—Perdone, ¿cómo me ha dicho que se llama?
—Figg, Wally Figg.
—¿Y es usted abogado?
—Así es, de Finley & Figg. Somos un pequeño bufete que tramita muchos casos en los tribunales más importantes.
—¿Y dice que conocía a mi padre?
—Desde luego, y muy bien. Le encantaba coleccionar fichas de béisbol.
Lyle levantó la mano del ataúd y miró directamente a los inquietos ojos de Wally.
—¿Sabe usted que fue lo que mató a mi padre, señor Figg?
—Usted acaba de decirme que fue un ataque al corazón.
—Sí, así fue. ¿Y sabe usted lo que le provocó ese ataque?
—Pues no.
Lyle miró hacia la puerta para asegurarse de que estaban solos y nadie podía oírlos. Se acercó de modo que sus zapatos casi se tocaron con los de Wally, que en esos momentos esperaba escuchar que Chester Marino había sido asesinado de algún modo misterioso.
—¿Ha oído hablar alguna vez de un medicamento llamado Krayoxx? —le preguntó Lyle, entre susurros.
En el centro comercial situado enfrente de Van Easel había un McDonald’s. Wally pidió dos cafés y fue a sentarse con el hijo de Chester Marino en el reservado más alejado del mostrador. Lyle llevaba encima un montón de papeles —artículos obtenidos en internet— y estaba claro que necesitaba alguien con quien hablar. Estaba obsesionado con el Krayoxx desde la muerte de su padre, ocurrida cuarenta y ocho horas antes.
Hacía seis años que el medicamento había salido al mercado, y desde entonces sus ventas se habían incrementado rápidamente. En la mayoría de los casos, reducía el colesterol de los pacientes con sobrepeso. Chester había aumentado de peso progresivamente y eso, a su vez, había provocado otros aumentos: el de la presión sanguínea y el colesterol, por citar los dos más evidentes. Lyle había dado la lata a su padre con la cuestión del sobrepeso, pero Chester fue incapaz de renunciar a su helado de medianoche. Su manera de librarse del estrés a causa de su problemático divorcio fue sentarse en la oscuridad para dar buena cuenta de un tarro tras otro de Ben & Jerry’s. Una vez adquiridos los kilos de más, ya no pudo quitárselos de encima. Un año antes de su fallecimiento, el médico le recetó Krayoxx, y el colesterol le bajó de forma espectacular, pero al mismo tiempo Chester empezó a quejarse de arritmias y falta de aire. Se lo comentó a su médico, pero este le aseguró que no tenía nada malo. El descenso del nivel de colesterol compensaba sobradamente cualquier efecto secundario menor.
Krayoxx era fabricado por Varrick Labs, una empresa de Nueva Jersey que en esos momentos figuraba en el tercer puesto de las diez empresas farmacéuticas más importantes del mundo, con un largo y feo historial de litigios con las autoridades federales y los abogados especialistas en demandas conjuntas.
—Varrick gana seis mil millones al año con el Krayoxx —explicó Lyle, repasando los datos de su investigación—, y esa cifra se incrementa un diez por ciento todos los años.
Wally hizo caso omiso de su taza de café mientras estudiaba los informes. Escuchaba en silencio, pero los engranajes de su cerebro giraban a tanta velocidad que casi le daba vueltas la cabeza.
—Y aquí viene lo mejor —dijo Lyle—, cogiendo otra hoja de papel—. ¿Ha oído hablar alguna vez de un bufete llamado Zell & Potter?
Wally nunca había oído hablar del Krayoxx, y lo sorprendió que su médico no le hubiera dicho nada de él, sabiendo lo de sus cien kilos de peso y su colesterol un poco alto. Tampoco había oído hablar de Zell & Potter, pero intuía que se trataba de abogados importantes metidos en casos relevantes y no estaba dispuesto a admitir su ignorancia.
—Eso creo —respondió frunciendo el ceño en actitud pensativa.
—Es un bufete muy grande de Fort Lauderdale.
—En efecto.
—La semana pasada presentó en Florida una demanda contra Varrick, una demanda como la copa de un pino alegando que el Krayoxx es responsable de la muerte de varias personas. La historia sale en el Miami Herald.
Wally echó un vistazo al periódico y los latidos de su corazón se multiplicaron por dos.
—Seguro que está al corriente de esta demanda —dijo Lyle.
Wally no dejaba de sorprenderse ante la ingenuidad de aquel joven. En Estados Unidos se presentaban más de dos millones de demandas todos los años, y el pobre Lyle allí presente creía que Wally se había fijado en una en concreto, pre sentada en el sur de Florida.
—Sí, le he estado siguiendo la pista —contestó a pesar de todo.
—¿Su bufete se ocupa de casos como este? —preguntó Lyle, con el mayor candor.
—Es una de nuestras especialidades —le aseguró Wally—. Los casos de muerte y lesiones son lo nuestro. Nos encantaría ir contra Varrick Labs.
—¿Lo harían? ¿Los han demandado con anterioridad?
—No, pero hemos ido en contra de la mayoría de las empresas farmacéuticas.
—¡Esto es fantástico! ¿Estarían entonces dispuestos a llevar mi caso?
Desde luego que sí, pensó Wally. Sin embargo, los años de experiencia le aconsejaron no precipitarse o al menos no mostrarse excesivamente optimista.
—Digamos que su caso tiene potencial, pero antes debería consultar con mi socio, investigar un poco, hablar con los colegas de Zell & Potter y hacer los deberes. Las demandas conjuntas son bastante complicadas.
Y también podían ser demencialmente lucrativas. Ese era su principal pensamiento en esos momentos.
—Gracias, señor Figg.
A las once menos cinco, Abner se animó un poco y empezó a lanzar miradas hacia la puerta sin dejar de secar copas de martini con el trapo. Eddie se había despertado de nuevo y tomaba café, pero seguía en otro mundo.
—Perdone, David —dijo Abner al fin—. ¿Le importaría hacerme un favor?
—Lo que sea.
—¿Quiere correrse un par de asientos? El taburete donde está sentado suelo reservarlo para cierta persona que viene a las once.
David miró a su derecha, donde había ocho taburetes vacíos entre él y Eddie. A su izquierda había otros siete entre él y el final de la barra.
—¿Está de broma o qué?
—Por favor. —Abner le cogió la jarra de cerveza, que estaba casi vacía, y se la sustituyó por otra llena que depositó dos asientos a la izquierda.
David se levantó despacio y fue tras su cerveza.
—¿De qué va todo esto? —preguntó.
—Ya lo verá —contestó Abner, señalando la puerta con la cabeza. En el bar no había nadie más salvo Eddie.
Minutos más tarde la puerta se abrió y entró un asiático de edad avanzada. Llevaba un pulcro uniforme, corbata de pajarita, gorra de chófer y ayudaba a una señora mucho más vieja que él. La mujer se apoyaba en un bastón, y el hombre no le quitaba ojo. Los dos atravesaron el bar arrastrando los pies. David los contempló con fascinación y se preguntó si estaría viendo visiones. Abner mezclaba un cóctel y observaba. Eddie murmuraba para sus adentros.
—Buenos días, señorita Spence —dijo el barman muy educadamente, casi con una reverencia.
—Buenos días, Abner —repuso ella, encaramándose poco a poco al taburete. El chófer la acompañó en sus movimientos, pero sin tocarla. Cuando estuvo cómodamente sentada, la mujer dijo:
—Tomaré lo de costumbre.
El chófer hizo un gesto de asentimiento a Abner y se marchó con discreción.
La señorita Spence llevaba un abrigo largo de visón, gruesas perlas alrededor del cuello y numerosas capas de carmín y maquillaje que poco podían hacer para disimular que tenía más de noventa años. David no pudo evitar admirarla. Su abuela había cumplido noventa y dos y vivía atada a la cama de una residencia para ancianos, completamente fuera del mundo. En cambio, allí estaba aquella anciana dama, empinando el codo antes de comer.
La mujer no le prestó la menor atención. Abner siguió combinando ingredientes de lo más diverso y al final le puso una copa delante y la llenó.
—Su Pearl Harbor —dijo, empujando el combinado hacia ella.
La mujer se lo llevó muy despacio a los labios, tomó un pequeño sorbo con los ojos cerrados, se paseó el licor por la boca y obsequió a Abner con la más arrugada de las sonrisas. El barman pareció respirar de nuevo.
David, que no estaba del todo borracho pero que iba camino de estarlo, se apoyó en la barra y se volvió hacia ella.
—¿Viene por aquí a menudo?
Abner dio un respingo y se acercó a David.
—La señorita Spence es una cliente habitual y prefiere beber en silencio —explicó con voz temerosa.
La señorita Spence volvió a tomar otro sorbo con los ojos cerrados.
—¿Quiere beber en silencio en un bar? —preguntó David, incrédulo.
—Pues sí —le espetó Abner.
—Bien, en ese caso me parece que ha elegido el establecimiento adecuado —contestó David, señalando con un gesto de la mano el desierto bar—. Aquí no hay un alma. ¿Alguna vez tiene clientela?
—¡Silencio! —lo apremió Abner—. Estese callado un rato, ¿quiere?
Sin embargo, David no se dio por enterado.
—Solo ha tenido dos clientes durante toda la mañana, el viejo Eddie y yo, y ambos sabemos que él ni siquiera paga las copas.
En ese momento, Eddie levantaba la taza hacia su cara, pero con evidentes problemas para llevársela a la boca. Estaba claro que no había oído el comentario de David.
—Cállese de una vez o tendré que pedirle que se marche —gruñó Abner.
—Lo siento —repuso David, que guardó silencio.
No tenía ningunas ganas de marcharse de allí porque no sabía adónde ir.
El tercer sorbo pareció hacer efecto. La señorita Spence abrió los ojos y miró a su alrededor.
—Sí, vengo a menudo —dijo con una entonación a la antigua—. De lunes a sábado. ¿Y usted?
—Es mi primera visita —contestó David—, pero no creo que sea la última. A partir de hoy tendré más tiempo para beber y más razones para hacerlo. Salud. —Acercó su jarra de cerveza y la chocó levemente con la copa de la mujer.
—Salud —repuso ella—. ¿Y se puede saber por qué está aquí, joven?
—Es una larga historia que se alarga cada vez más. ¿Y usted? ¿Por qué está aquí?
—No lo sé. Por costumbre, supongo. Seis días a la semana, ¿desde hace cuánto, Abner?
—Al menos veinte años.
La mujer no parecía tener el menor interés por escuchar la historia de David. Tomó otro sorbo y dio la impresión de querer dormitar. De repente, también David se sintió soñoliento.