Junio de 2000
La efímera rebelión adolescente de Elizabeth Fitch, que comenzó con el tinte «Negro intenso» de L’Oréal, unas tijeras y un carnet falso, terminó en un baño de sangre.
En sus dieciséis años, ocho meses y veintiún días, había seguido de manera obediente las directrices de su madre. La doctora Susan L. Fitch daba directrices, no órdenes. Elizabeth se había ceñido a los horarios que su madre había estipulado, había ingerido las comidas de la dieta elaborada por la nutricionista y la cocinera de su madre y había llevado también la ropa elegida por su asistente de compras.
La doctora Susan L. Fitch vestía de forma conservadora, tal y como en su opinión debía hacerlo la jefa de cirugía del Silva Memorial Hospital de Chicago. Esperaba e imponía que su hija hiciera lo mismo.
Elizabeth estudiaba con diligencia y destacaba en los programas académicos que su madre organizaba. En otoño regresaría a Harvard para empezar la carrera de Medicina y así poder convertirse en médico, como su madre; una cirujana, como su madre.
Elizabeth, nunca Liz, Lizzie ni Beth, hablaba español, francés e italiano con fluidez; ruso, de forma pasable, y japonés básico. Tocaba el piano y el violín. Había viajado a Europa, a África. Se conocía todos los huesos, nervios y músculos del cuerpo humano e interpretaba de memoria los conciertos n.º 1 y n.º 2 para piano de Chopin.
Jamás había tenido una cita ni besado a un chico. Nunca había paseado por el centro comercial con un grupo de chicas, asistido a una fiesta de pijamas ni reído con las amigas mientras tomaban una pizza o un helado.
A sus dieciséis años, ocho meses y veintiún días, era un producto del meticuloso y detallado plan de su madre.
Eso estaba a punto de cambiar.
Observó a su madre mientras hacía el equipaje. Susan, con el vivo cabello castaño recogido en su característico moño francés, colgó con cuidado otra prenda en el portatrajes y a continuación revisó la copia impresa con el programa diario desglosado en subgrupos de la conferencia médica de una semana de duración. El listado incluía una hoja de cálculo en la que figuraba cada evento, cita, reunión y comida, con el traje, los zapatos, el bolso y los accesorios idóneos para cada acontecimiento.
Trajes de diseño; zapatos italianos, por supuesto, pensó Elizabeth. Uno debía ir de punta en blanco, vestir buena ropa. Pero nada de colores vivos ni estridentes entre los negros, grises y marrones. Se preguntaba cómo su madre podía ser tan guapa y vestir de un modo tan soso a propósito.
Tras dos semestres intensivos en la universidad, Elizabeth pensaba que tal vez había empezado a desarrollar su propio sentido de la moda. De hecho se había comprado unos vaqueros, una sudadera con capucha y unas botas de tacón bajo en Cambridge.
Había pagado en efectivo para que el cargo no apareciera en el extracto de su tarjeta de crédito, en caso de que su madre o el contable revisaran y preguntaran por los artículos, que en esos momentos estaban escondidos en su cuarto.
Se había sentido una persona diferente con aquello puesto, tan distinta que había ido a un McDonald’s y había pedido su primer Big Mac con patatas fritas grandes y un batido de chocolate.
Había sentido un placer tan inmenso que tuvo que ir al baño y encerrarse para llorar un poco.
Suponía que las semillas de la rebelión se plantaron aquel día, o tal vez siempre habían estado ahí, latentes, y la grasa y la sal las habían despertado.
Pero podía sentirlas, podía sentirlas de verdad, germinando en su vientre.
—Tus planes han cambiado, madre. No significa que los míos tengan que cambiar con ellos.
Susan se tomó un momento para colocar bien una bolsa de zapatos en una maleta Pullman, guardándola con sus hermosas y diestras manos de cirujana, con su manicura perfecta. Manicura francesa, desde luego; nada de color tampoco ahí.
—Elizabeth. —Su voz era tan refinada y serena como su guardarropa—. Ha supuesto un esfuerzo considerable cambiar el programa y conseguir que te admitan este trimestre en el curso de verano. Completarás los requisitos para tu admisión en la facultad de Medicina de Harvard un semestre antes de lo previsto.
La sola idea hacía que a Elizabeth le doliera el estómago.
—Me prometiste tres semanas libres, incluyendo esta próxima en Nueva York.
—A veces se deben romper las promesas. Si no hubiera tenido esta semana libre, no podría haber sustituido al doctor Dusecki en la conferencia.
—Podrías haber dicho que no.
—Eso habría sido egoísta y demostraría muy poca visión de futuro. —Susan cepilló la chaqueta que había colgado y volvió para repasar su lista—. Obviamente eres lo bastante madura para entender que las exigencias del trabajo están por encima del placer y el asueto.
—Si soy lo bastante madura para entender eso, ¿por qué no lo soy para tomar mis propias decisiones? Quiero este descanso. Lo necesito.
Susan apenas le dedicó una mirada a su hija.
—Una chica de tu edad, condición física y agudeza mental difícilmente necesita un descanso de sus estudios y actividades. Además, la señora Laine ya se ha marchado a su crucero de dos semanas y no puedo pedirle que posponga sus vacaciones. No hay nadie para preparar tus comidas y atender la casa.
—Yo puedo prepararme mis propias comidas y encargarme de la casa.
—Elizabeth. —Logró adoptar un tono cortante a la vez que sufrido—. Está decidido.
—¿Y yo no tengo ni voz ni voto? ¿Qué hay de lo de fomentar mi independencia, de ser responsable?
—La independencia viene de forma paulatina, igual que la responsabilidad y la libertad de elección. Todavía necesitas que te orienten y asesoren. Bien, te he enviado por correo electrónico un horario actualizado para la próxima semana, y el paquete con toda la información sobre el programa está sobre tu escritorio. Asegúrate de darle las gracias personalmente al doctor Frisco por hacerte un hueco en el tercer trimestre.
Susan cerró el portatrajes mientras hablaba y luego la pequeña maleta. Acto seguido se acercó a su pequeña cómoda para comprobar el peinado y el carmín de los labios.
—No escuchas nada de lo que digo.
La mirada de Susan se desvió hacia su hija en el espejo. Era la primera vez que su madre se dignaba mirarla desde que había entrado en el dormitorio, pensó Elizabeth.
—Por supuesto que sí. He oído muy bien todo lo que has dicho.
—Oír no es lo mismo que escuchar.
—Puede que eso sea verdad, Elizabeth, pero ya hemos tenido esta conversación.
—No es una conversación, es una sentencia.
Susan apretó los labios durante un breve instante, la única evidencia de su irritación. Cuando se dio la vuelta, sus ojos azules eran fríos y serenos.
—Lamento que lo veas así. Como tu madre, he de hacer lo que creo que es mejor para ti.
—En tu opinión, lo que más me conviene es que haga, sea, piense, actúe y me convierta en lo que tú has decidido para mí antes de que te inseminaras con el esperma elegido de manera minuciosa. —Se percató de que estaba alzando la voz, pero no podía controlarlo; sintió el escozor de las lágrimas en los ojos, pero no podía contenerlas—. Estoy harta de ser tu experimento. Estoy cansada de tener cada minuto del día organizado, orquestado y coreografiado para cumplir con tus expectativas. Quiero tomar mis propias decisiones, comprar mi propia ropa, leer los libros que me apetezca Quiero vivir mi vida en vez de la tuya.
Susan enarcó las cejas en un gesto de leve interés.
—Vaya. Tu actitud no me sorprende, dada tu edad, pero has elegido un momento muy inoportuno para mostrarte desafiante y beligerante.
—Lo siento. No estaba en el programa.
—El sarcasmo también es típico, aunque impropio. —Susan abrió su maletín y revisó el contenido—. Hablaremos de todo esto cuando regrese. Pediré una cita con el doctor Bristoe.
—¡No necesito terapia! Lo único que pido es una madre que me escuche, a la que le importe lo que siento.
—Este tipo de lenguaje solo demuestra falta de madurez e inteligencia.
Furiosa, Elizabeth alzó las manos, haciendo aspavientos. Si no podía ser impasible y racional como su madre, se mostraría alocada.
—¡Mierda! ¡Mierda! ¡Mierda!
—Y la repetición no lo mejora. Tienes el resto del fin de semana para pensar en tu comportamiento. Tus comidas están en la nevera o el congelador, y están etiquetadas. La lista del equipaje, sobre tu mesa. Preséntate ante la señora Vee en la universidad el lunes a las ocho de la mañana. Tu participación en este programa te asegurará una plaza en la facultad de Medicina de Harvard el próximo otoño. Bueno, lleva mi portatrajes abajo, por favor. Mi coche llegará en cualquier momento.
Oh, aquellas semillas estaban germinando, agrietando aquel campo en barbecho y abriéndose paso de manera dolorosa. Por primera vez en su vida Elizabeth miró a su madre a los ojos y le dijo:
—No.
Dio media vuelta, se marchó con paso airado y se encerró en su dormitorio tras dar un portazo. Luego se tumbó en la cama, contempló el techo con los ojos empañados y esperó.
En cualquier momento, se dijo, en cualquier momento. Su madre entraría exigiendo una disculpa, exigiendo obediencia. Y Elizabeth no haría ninguna de las dos cosas.
Tendrían una pelea, una pelea de verdad, con amenazas de castigo y consecuencias. Habría gritos. Tal vez si se gritaban su madre la escucharía por fin.
Y tal vez si se gritaban ella podría decir todo lo que la había carcomido durante el último año. Cosas que probablemente había tenido dentro desde siempre.
No quería ser médico. No quería pasarse todo el día cumpliendo un horario ni esconder un puñetero par de vaqueros porque no se ajustaban al código de vestir de su madre.
Quería tener amigos, no citas autorizadas para socializar. Quería escuchar la música que escuchaban las chicas de su edad. Quería saber qué susurraban y de qué se reían y hablaban mientras ella estaba aislada.
No quería ser un genio ni un prodigio.
Quería ser normal. Solo quería ser como los demás.
Se limpió las lágrimas, se acurrucó y fijó la mirada en la puerta.
En cualquier momento, pensó otra vez. En cualquier momento. Su madre tenía que estar furiosa. Tenía que entrar y ejercer su autoridad. Tenía que hacerlo.
—Por favor —murmuró cuando los segundos se convirtieron en minutos—. No hagas que ceda otra vez. Por favor, por favor, no me obligues a ceder.
«Quiéreme lo suficiente. Solo esta vez.»
Pero cuando pasaron los minutos, Elizabeth se levantó de la cama. Sabía que la paciencia era el arma más efectiva de su madre. Eso, y la inquebrantable certeza de tener la razón, aplastaba a todos los enemigos. Y era evidente que su hija no era rival para ella.
Derrotada, salió de su cuarto y se encaminó hacia el de su madre.
El portatrajes, el maletín y la pequeña maleta de ruedas no estaban. Mientras bajaba las escaleras sabía que su madre ya se había ido.
—Me ha abandonado. Se ha marchado.
Sola, echó un vistazo al bonito y ordenado salón. Todo era perfecto; las telas, los colores, las obras de arte, la disposición. Las antigüedades pasaban de una generación a otra en la familia Fitch; todo serena elegancia.
Vacío.
Comprendió que nada había cambiado. Y nada lo haría.
—Pues lo haré yo.
No se permitió pensar, dudar ni tener remordimientos. En su lugar subió con paso decidido y cogió las tijeras de su zona de estudio.
Ya en el baño, analizó su rostro en el espejo. El color del pelo lo había sacado de su padre, castaño rojizo; espeso como el de su madre, pero sin las suaves y bonitas ondas. Los pómulos marcados de su madre; los ojos verdes, la piel pálida y la boca carnosa de su padre biológico, quienquiera que fuese.
Pensó que era atractiva físicamente, porque eso era una cuestión de ADN y su madre jamás se habría conformado con otra cosa. Pero no hermosa, no despampanante como Susan. Y suponía que eso había sido una decepción que ni siquiera su madre podía corregir.
—Bicho raro. —Elizabeth apoyó una mano en el espejo, odiando lo que veía en él—. Eres un bicho raro. Pero a partir de ahora ya no eres una cobarde.
Inspiró hondo, agarró un puñado de cabello que le llegaba al hombro y lo cortó.
Se sintió fortalecida con cada tijeretazo. Su cabello, su elección. Dejó que los mechones cayeran al suelo. Mientras cortaba y recortaba, una imagen se formó en su mente. Con los ojos entrecerrados y la cabeza ladeada, fue cortando más despacio. En realidad solo era geometría y física. Acción y reacción.
El peso físico y metafórico, pensó, simplemente disminuyó. Y la chica del espejo parecía más ligera. Sus ojos parecían más grandes; su rostro, no tan delgado, no tan tenso.
Parecía… otra, decidió Elizabeth.
Dejó las tijeras con cuidado y, al darse cuenta de que respiraba de forma acelerada, se esforzó por relajarse.
Muy corto. De manera tentativa se llevó la mano al cuello despejado, a las orejas, y luego rozó las puntas. Era un corte demasiado regular, se dijo. Buscó unas tijeras de manicura y probó a darle algo de estilo.
No estaba mal. Tampoco estaba bien del todo, pero era diferente, reconoció. Eso era justo lo que quería. Parecía y se sentía diferente.
Pero no había acabado.
Sin recoger los mechones del suelo, fue a su dormitorio y se puso la ropa que tenía escondida. Necesitaba espuma; así lo llamaban las chicas. Espuma para el pelo. Y maquillaje. Y más ropa.
Tenía que ir al centro comercial.
Dejándose llevar por la excitación, fue al despacho de su madre y cogió el segundo juego de llaves del coche. El corazón le latía con fuerza a causa de la emoción mientras se apresuraba en dirección al garaje. Una vez allí se sentó al volante y cerró los ojos durante un momento.
—Allá voy —dijo en voz baja.
A continuación apretó el botón de apertura de la puerta del garaje y salió marcha atrás.
Se perforó las orejas. Parecía un acto audaz aunque algo doloroso y quedaba bien con el tinte que había cogido de la estantería tras un análisis detenido y minucioso. Compró gomina para el pelo, ya que había visto usarla a una de las chicas de la universidad y pensó que podría recrear el look. Más o menos.
Se había gastado doscientos dólares en maquillaje porque no estaba segura de qué era apropiado.
Luego tuvo que sentarse porque le temblaban las rodillas. Pero no había acabado, recordó Elizabeth mientras veía pasar a las pandillas de adolescentes, los grupos de mujeres y las familias. Tan solo tenía que reorganizarse.
Necesitaba ropa, pero no tenía un plan, una lista, un orden del día. Comprar por impulso era estimulante y agotador. El mal humor que le había llevado hasta allí la abandonó con una leve jaqueca, y los lóbulos de las orejas le dolían un poco.
Lo lógico, lo sensato, era marcharse a casa y echarse un rato para más tarde hacer planes y elaborar aquella lista de artículos que tenía que comprar.
Pero esa era la antigua Elizabeth. La nueva solo iba a tomar aliento.
El problema al que se enfrentaba era que no estaba segura de a qué tienda o tiendas debería ir. Había muchísimas, y todos los escaparates estaban abarrotados de cosas. De modo que deambuló, pendiente de las chicas de su edad. Iría a donde ellas fueran.
Cogió sus bolsas, se puso en pie… y se tropezó con alguien.
—Discúlpeme —dijo, y de inmediato reconoció a la chica—. Ah, Julie.
—Sí. —La rubia de perfecto cabello liso y ojos de color chocolate fundido miró a Elizabeth con total perplejidad—. ¿Te conozco?
—Seguramente no. Hemos ido juntas al mismo instituto. Yo era profesora en prácticas en tu clase de español. Soy Elizabeth Fitch.
—Elizabeth, claro. La cerebrito. —Julie entrecerró sus malhumorados ojos—. Pareces diferente.
—Oh, yo… —Avergonzada, Elizabeth se llevó la mano a la cabeza—. Me he cortado el pelo.
—Mola mucho. Creía que te ibas a mudar o algo así.
—Fui a la universidad. He vuelto a casa para pasar el verano.
—Ah, sí, te graduaste antes. Qué raro.
—Supongo que sí. ¿Irás a la universidad este otoño?
—Se supone que voy a ir a Brown.
—Es una universidad estupenda.
—Vale. Bueno…
—¿Vas de compras?
—Estoy sin blanca. —Julie se encogió de hombros, y Elizabeth examinó su vestimenta; los vaqueros ajustados, con la cintura tan baja que dejaba al descubierto los huesos de la cadera, la ceñida camiseta con el ombligo al aire, el enorme bolso al hombro y unas sandalias de cuña—. Solo he venido al centro comercial a ver a mi novio… mi ex novio, ya que he roto con él.
—Lo siento.
—Que le den. Trabaja en Gap. Se suponía que íbamos a salir esta noche y va y me dice que tiene que currar hasta las diez y que luego quiere salir por ahí con sus colegas. Me he hartado, así que le he dado puerta.
Elizabeth se dispuso a señalar que no debería castigarle por cumplir con sus obligaciones, pero Julie siguió hablando. Lo más conveniente era no opinar porque esa chica no le había dirigido más de una docena de palabras desde que se habían conocido.
—Así que voy a pasarme por casa de Tiffany para ver si quiere salir, porque ahora ya no tengo novio para el verano. Menuda mierda. Supongo que tú saldrás con chicos universitarios. —Julie la miró con interés—. Irás a fiestas de fraternidades, fiestones con cerveza y esas cosas.
—Yo… Hay muchos hombres en Harvard.
—Harvard. —Julie puso los ojos en blanco—. ¿Hay alguno en Chicago para pasar el verano?
—No sabría decirte.
—Un universitario, eso es lo que necesito. ¿Quién quiere un fracasado que curra en el centro comercial? Necesito a alguien que sepa divertirse, que pueda llevarme a sitios y comprar alcohol. A menos que puedas entrar en los clubes, no lo consigues ni de coña. Ahí es adonde van. Solo necesito hacerme con un carnet falso.
—Yo puedo hacerlo.
En cuanto las palabras abandonaron su boca Elizabeth se preguntó de dónde habían salido. Pero Julie la agarró del brazo y le sonrió como si fueran amigas.
—¿Estás de coña?
—No. Bueno, no es muy difícil hacer un carnet falso con las herramientas adecuadas. Una plantilla, una fotografía, una máquina para plastificar y un ordenador con Photoshop.
—La cerebrito. ¿Cuánto costaría que me hicieras un carnet de conducir con el que pueda entrar en un club?
—Como he dicho, una plantilla…
—No, por Dios. ¿Qué quieres por ello?
—Yo… —Estaba negociando, se percató Elizabeth. Un trueque—. Tengo que comprar ropa, pero no sé qué debo comprar. Necesito que alguien me ayude.
—¿Una colega de compras?
—Sí. Alguien que sepa de ropa. Tú entiendes de eso.
La expresión malhumorada de Julie había desaparecido y su voz ya no sonaba aburrida; la chica tenía una sonrisa radiante.
—Esa es mi especialidad. Y si te ayudo a elegir algunos trapos, ¿me harás un carnet falso?
—Sí. Y además quiero ir contigo al club. Así que también voy a necesitar ropa para eso.
—¿Tú? ¿Salir de marcha? No es solo tu pelo lo que ha cambiado, Liz.
Liz. Era Liz.
—Voy a necesitar una foto y tardaré un poco en hacer los carnets. Podría tenerlos para mañana. ¿A qué club vamos a ir?
—Ya que estamos, iremos al club más guay de la ciudad. Warehouse 12. Brad Pitt estuvo allí cuando vino a la ciudad.
—¿Le conoces?
—Ojalá. Vale, vámonos de compras.
Aquello hizo que se sintiera aturdida; no solo que Julie la condujera a una tienda y cogiera ropa sin echarle más que un rápido vistazo, sino la idea en su conjunto. Una compañera de compras en vez de alguien que preseleccionaba lo que era apropiado y esperaba que ella solo expresara su conformidad. Alguien que agarraba ropa al azar y hablaba acerca de estar guapa, guay e incluso sexy.
Nadie le había sugerido jamás que podría estar sexy.
Se encerró en el probador con un batiburrillo de colores, lentejuelas, destellos metálicos. Se sentó y colocó la cabeza entre las rodillas.
Todo estaba sucediendo demasiado deprisa. Era como verse atrapada por un tsunami. La ola la arrastraba.
Le temblaban los dedos mientras se desvestía y doblaba su ropa con cuidado, y luego se quedó mirando todas las prendas colgadas en el diminuto cubículo.
¿Qué se ponía? ¿Qué iba con qué? ¿Cómo iba a saberlo?
—¡He encontrado un vestido alucinante!
Julie entró sin tan siquiera llamar. Elizabeth cruzó los brazos sobre los pechos.
—¿Aún no te has probado nada?
—No estaba segura de por dónde empezar.
—Comienza por esto. —Julie le pasó el vestido.
En realidad, con su altura resultaba más bien una chaqueta, pensó Elizabeth, y era de un rojo chillón y con los laterales fruncidos. Los finísimos tirantes eran de un brillante tono plateado.
—¿Qué hay que ponerse con esto?
—Unos taconazos de infarto. No, primero quítate el sujetador. No puedes llevar sujetador con este vestido. Tienes un cuerpo muy bonito —comentó Julie.
—Estoy predispuesta genéticamente y me mantengo en buena forma gracias al ejercicio diario.
—Ya te pillo.
Y el cuerpo humano desnudo, o casi desnudo, era algo natural, recordó Elizabeth. No era más que piel, músculos, huesos y nervios.
Dejó el sujetador sobre su ropa doblada y acto seguido se puso el ceñido vestido.
—Es muy corto —comenzó.
—Tendrás que deshacerte de esas bragas de cuello vuelto y comprarte un tanga. Esto sí que es perfecto para ir de marcha.
Elizabeth inspiró y se volvió hacia el triple espejo.
—¡Oh! —¿Quién era esa? ¿Quién era la chica del minivestido rojo?—. Parezco…
—Estás impresionante —declaró Julie.
Elizabeth vio que una sonrisa se dibujaba en su propia cara.
—Impresionante.
Compró ese vestido y otros dos más. Se llevó camisetas de tirantes que dejaban el ombligo al aire y pantalones de talle corto. Compró tangas. Y se dejó llevar por aquel tsunami hasta unos zapatos con el tacón plateado, con los que tendría que practicar.
Y rió como cualquier chica que va de compras con una amiga en un centro comercial.
También compró una cámara digital. Observó a Julie mientras se maquillaba en el lavabo. Le hizo varias fotos con el fondo gris claro de la puerta del cubículo.
—¿Funcionará?
—Sí, puedo hacer que funcione. ¿Qué edad deberías tener? Creo que es mejor ceñirse lo más posible a la edad legal. Puedo utilizar todos tus datos y cambiar solo el año de nacimiento.
—¿Lo has hecho antes?
—He experimentado. He leído y estudiado acerca del fraude de identidad, delitos cibernéticos. Es interesante. Me gustaría…
—¿Qué?
—Me gustaría estudiar delitos informáticos y prevención e investigación más seriamente. Me encantaría entrar en el FBI.
—¿En serio? Como Dana Scully.
—No sé quién es.
—Expediente X, Liz. ¿Es que no ves la tele?
—Tengo limitado a una hora a la semana el tiempo para ver la televisión popular y comercial.
Julie puso en blanco sus grandes ojos color chocolate.
—¿Qué tienes, seis años? Madre mía.
—Mi madre tiene opiniones muy tajantes.
—Estás en la universidad, por el amor de Dios. Ve lo que te dé la gana. En fin, me pasaré por tu casa mañana por la noche. Cogeremos un taxi desde allí. Pero quiero que me llames cuando hayas terminado los carnets, ¿vale?
—Sí.
—Te digo que romper con Darryl es lo mejor que he hecho. De lo contrario me habría perdido todo esto. Nos vamos de fiesta, Liz. —Riendo, Julie hizo un bailecito con las caderas allí mismo, en el aseo de señoras—. ¡Va a ser la bomba! Tengo que irme. A las nueve en punto. No me falles.
—No lo haré.
Eufórica por todo lo sucedido ese día, Elizabeth cargó con las bolsas hasta el coche. Ya sabía de lo que hablaban las chicas del centro comercial.
De chicos. De hacerlo; Julie y Darryl lo habían hecho. De ropa. De música. Tenía una lista mental de artistas que tenía que investigar. Actores de televisión y cine. De otras chicas. De lo que llevaban otras chicas. De con quién lo habían hecho otras chicas. Y, una vez más, de chicos.
Comprendía que las discusiones y los temas variaban según el estatus social y entre generaciones. Pero era algo de lo que ella había estado excluida hasta ese día.
Y creía que le caía bien a Julie, al menos un poco. Tal vez empezaran a salir. Quizá saldrían también con la amiga de Julie, Tiffany, que lo había hecho con Mike Dauber cuando el chico volvió a casa para las vacaciones de primavera.
Conocía a Mike Dauber, había sido compañero suyo en una clase. Y él le había pasado una nota en una ocasión. O le había pasado una nota para que se la pasara a otro, pero ya era algo. Era un contacto.
Al llegar a casa dejó las bolsas sobre la cama.
Esa vez iba a guardarlo todo a la vista. Y se desharía de aquello que no le gustaba —que era casi todo lo que poseía— y lo metería en cajas para la caridad. Vería Expediente X si quería y escucharía a Christina Aguilera, a ’N Sync y a Destiny’s Child.
Y cambiaría de carrera.
Pensar en todo ello hizo que el corazón se le subiera a la garganta. Estudiaría lo que quería estudiar. Y cuando tuviera sus títulos en Criminología y en Ciencias Informáticas, solicitaría el ingreso en el FBI.
Todo había cambiado ese día.
Decidida, sacó el tinte para el cabello y fue al cuarto de baño. Lo preparó todo y realizó la prueba de alergia que recomendaban. Mientras esperaba recogió los mechones del suelo y a continuación hizo limpieza en el armario y en la cómoda, colgando o doblando su nueva ropa de manera ordenada.
Cuando le entró hambre bajó a la cocina, se calentó una de las comidas etiquetadas y se la tomó mientras leía con atención un artículo acerca de la falsificación de documentos de identidad en su ordenador portátil.
Después de lavar los platos volvió arriba. Con una mezcla de inquietud y excitación siguió las instrucciones del tinte y programó el reloj. Mientras se cumplía el tiempo dispuso todo lo necesario para hacer el carnet. Después abrió el CD de Britney Spears que le había recomendado Julie y lo puso en el reproductor de su portátil.
Subió el volumen para poder oírlo mientras se metía en la ducha para retirarse el tinte del cabello.
¡El agua salía negra!
Se lo enjuagó una y otra vez, apoyando las manos en la pared de la ducha cuando se le empezó a encoger el estómago a causa de la expectativa, y no sin cierto temor. Cuando el agua salió limpia retiró el exceso de humedad con una toalla y luego se envolvió la cabeza con otra.
Las mujeres llevaban siglos cambiándose el color del pelo, recordó Elizabeth. Utilizando bayas, hierbas, raíces. Era un… rito iniciático, concluyó.
Era una elección personal.
Ataviada con el albornoz se miró al espejo.
—Es mi decisión —dijo, y se quitó la toalla.
Miró fijamente a la chica de piel clara y grandes ojos verdes, pelo negro, corto y de punta que enmarcaba aquel estrecho rostro de huesos marcados. Levantó una mano y se pasó los dedos por el cabello, palpando su textura, observando su movimiento.
Acto seguido se irguió y esbozó una sonrisa.
—Hola, soy Liz.
Teniendo en cuenta toda la ayuda que le había proporcionado Julie, a Elizabeth le pareció justo trabajar primero en el carnet de conducir de la chica. Crear una plantilla era muy sencillo. En todos los foros donde había consultado aseguraban que la calidad de la identificación dependía mucho del tipo de papel y el laminado.
Aquello no representaba un problema, ya que su madre no era partidaria de reducir el presupuesto para suministros escolares.
Con el escáner y el ordenador hizo una reproducción bastante decente y gracias al Photoshop añadió la fotografía digital y la modificó.
El resultado era bueno, aunque no lo suficiente.
Necesitó varias horas y tres intentos para sentir que había hecho algo que superaría la comprobación en un club nocturno. En realidad creía que podría incluso pasar una prueba más rigurosa de la policía. Pero esperaba que las cosas no llegaran a ese extremo.
Dejó a un lado el de Julie.
Elizabeth se percató de que era demasiado tarde para llamarla cuando miró la hora y descubrió que era casi la una de la madrugada.
Por la mañana, pensó, y comenzó con su propia identificación.
Primero la foto, decidió, y se pasó casi una hora con su nuevo maquillaje, imitando los pasos que le había visto dar a Julie en el centro comercial. Oscurecer los ojos, darle brillo a los labios y aplicar color en las mejillas.
No sabía que iba a ser tan divertido —y laborioso— jugar con tantos colores, pinceles y lápices.
Liz parecía mayor, pensó al estudiar el resultado. Liz parecía guapa y segura de sí misma; y normal.
Embriagada de éxito, abrió los productos para el cabello.
Descubrió que aquello resultaba más difícil, aunque creía que con cierta práctica acabaría aprendiendo. Pero le gustaban los descuidados y un tanto desaliñados mechones en punta. Aquel pelo corto, de un reluciente tono negro, era muy diferente de su melena castaña rojiza, larga, lacia e insulsa.
Liz era fresca. Liz podía y quería hacer cosas que Elizabeth ni siquiera había imaginado. Liz escuchaba a Britney Spears y llevaba vaqueros que dejaban el ombligo al descubierto. Liz iba a clubes los sábados por la noche con una amiga y bailaba, reía y… coqueteaba con chicos.
—Y los chicos coquetean con Liz —murmuró—. Porque Liz es guapa y divertida y no le tiene miedo a nada.
Tras realizar los cálculos, ajustar el ángulo y definir el fondo, utilizó su nueva cámara con un temporizador para tomar varias instantáneas.
Trabajó hasta pasadas las tres de la madrugada; el proceso le resultó más sencillo con el segundo documento. Eran casi las cuatro cuando dejó todas las herramientas y el equipo y se desmaquilló debidamente. Estaba segura de que no podría conciliar el sueño; su mente estaba llena de ideas, muy ocupada.
Se quedó dormida nada más cerrar los ojos.
Y por primera vez en su vida, salvo cuando enfermaba, durmió como un tronco hasta el mediodía. Lo primero que hizo fue correr al espejo para cerciorarse de que no lo había soñado.
Lo segundo fue llamar a Julie.
—¿Estamos listas? —preguntó la chica al descolgar el teléfono apenas repicó.
—Sí. Lo tengo todo.
—Y es bueno, ¿verdad? ¿Servirá?
—Son falsificaciones excelentes. No habrá ningún problema.
—¡Genial! Quedamos a las nueve en punto. Yo cogeré el taxi y te esperaré…, así que estate preparada. Y asegúrate de que das el pego, Liz.
—Anoche probé el maquillaje. Practicaré con él y con el pelo esta tarde. Y ensayaré con los tacones.
—Hazlo. Nos vemos luego. ¡Fiesta!
—Sí, yo… —Pero Julie ya había colgado.
Se pasó el día con lo que ya consideraba el «proyecto Liz». Se puso unos pantalones cortados y una camiseta, se maquilló la cara y se peinó. Después se colocó los zapatos nuevos y, cuando sintió que lo tenía dominado, empezó a bailar.
Practicó delante del espejo después de localizar una emisora de música pop en la radio. Ya había bailado antes así, sola, frente al espejo, imitando los movimientos que había observado a los chicos que bailaban en el instituto, cuando se había quedado al margen con tristeza, demasiado joven y vulgar como para llamar la atención de algún chico.
Se movía bien con los tacones, aunque girar con ellos le resultaba un tanto complicado, pero le gustaba que hicieran que su equilibrio no fuera tan firme, obligándole a relajar las rodillas y las caderas.
A las seis sacó su comida etiquetada y se la tomó mientras revisaba su correo electrónico. Pero no había ningún mensaje, nada en absoluto de su madre. Estaba convencida de que habría algo, un sermón, alguna cosa.
Pero la paciencia de Susan era infinita y su utilización del silencio, magistral.
Elizabeth decidió que esa vez no iba a funcionarle. Esa vez Susan iba a llevarse una buena sorpresa. Al marcharse había dejado tras de sí a Elizabeth, pero al regresar se encontraría a Liz. Y Liz no iba a asistir al programa de verano de la universidad. Liz iba a cambiar su horario y sus clases para el próximo trimestre.
Liz no iba a ser cirujana. Liz iba a trabajar para el FBI en el Departamento de Delitos Informáticos.
Se tomó treinta minutos para buscar universidades con los programas más prestigiosos en su nuevo campo de estudio. Tendría que trasladarse y eso podría suponer un problema. Si bien su fondo para la universidad estaba vinculado a un fideicomiso y procedía de sus abuelos, estos podían cerrarle el grifo. Le harían caso a Susan y seguirían su ejemplo.
De ser así solicitaría una beca. Su historial académico la respaldaría. Perdería un semestre, pero se buscaría un trabajo. Iría a trabajar. Se forjaría su camino hacia su propio destino.
Dejó todo a un lado y recordó que esa noche era para divertirse, para el descubrimiento. No para preocuparse ni hacer planes.
Subió a su habitación para vestirse para su primera salida nocturna. Su primera noche de verdadera libertad.
Como se había vestido tan pronto, Elizabeth tenía mucho tiempo para pensar, para cuestionarse las cosas, para dudar. Se había puesto demasiado elegante, se había maquillado poco y llevaba mal el pelo. Nadie la sacaría a bailar porque nadie lo hacía nunca.
Julie tenía dieciocho años, tenía más experiencia y sabía vestirse, sabía comportarse en situaciones sociales y hablar con los chicos. Ella estaba abocada a decir o hacer algo inapropiado. Avergonzaría a Julie y entonces ella no volvería a hablarle. Aquel débil vínculo de amistad se rompería para siempre.
Ella misma se generó tal estado de pánico y nervios que se sentía febril, indispuesta. Se sentó dos veces con la cabeza entre las piernas para combatir los ataques de ansiedad y aun así abrió la puerta, con las palmas sudorosas y el corazón desbocado, cuando Julie llamó.
—¡Madre mía!
—Está mal. Voy mal. —Todas las dudas y temores culminaron en autorrechazo y mortificación cuando Julie la miró—. Lo siento. Puedes llevarte tu carnet.
—Tu pelo.
—No sé en qué estaba pensando. Solo quería probar…
—¡Es la caña! Estás de escándalo. Jamás te habría reconocido. ¡Ay, Dios mío, Liz, aparentas veintiuno y estás sexy de la muerte!
—¿Sí?
Julie ladeó la cadera y apoyó una mano en la cintura, en un gesto desafiante.
—Qué guardadito te lo tenías.
El pulso palpitaba en su garganta como si tuviera una herida.
—Entonces ¿está bien? ¿Mi aspecto está bien?
—Estás mucho más que bien. —Julie agitó un dedo en el aire, trazando un círculo, y recibió una mirada inexpresiva—. Date una vuelta, Liz. Déjame ver el paquete completo.
Emocionada, casi llorando, Elizabeth giró sobre sí misma.
—Oh, sí. Esta noche vamos a arrasar.
—Tú también estás impresionante. Siempre lo estás.
—Eres un solete.
—Me gusta tu vestido.
—Es de mi hermana. —Julie se dio una vuelta y posó con su minivestido negro con cuello halter—. Como se entere de que se lo he cogido me asesina.
—¿Es agradable? ¿Tener una hermana?
—No está tan mal tener una hermana mayor que tiene tu misma talla, aunque sea una zorra la mitad del tiempo. Déjame que vea el carnet. El taxímetro corre, Liz.
—Oh. Sí.
Liz abrió el bolso de noche que había elegido de la colección de su madre y sacó el carnet de conducir falso de Julie.
—Parece auténtico —declaró Julie después de examinarlo con el ceño fruncido, luego miró a Elizabeth con sus ojos oscuros como platos—. Ya sabes, parece de verdad.
—Me han salido muy bien. Creo que podría haberlo hecho mejor con un equipo más sofisticado, pero nos valdrán para esta noche.
—Incluso parecen auténticos al tacto —murmuró Julie—. Tienes talento, chata. Podrías ganar una fortuna. Conozco a chicos que pagarían una pasta por carnets como estos.
El pánico la dominó de nuevo.
—No puedes decírselo a nadie. Es solo para esta noche. Es ilegal y si alguien lo descubre…
Julie dibujó una cruz sobre su corazón y luego sobre los labios.
—Nadie lo sabrá por mí.
Bueno, salvo Tiffany y Amber, pensó. Le brindó una sonrisa a Elizabeth, segura de que podría convencer a su nueva mejor amiga para que hiciera solo un par más para sus amigas íntimas.
—Empecemos la fiesta.
Después de que Elizabeth cerrara la puerta y echara la llave, Julie la cogió de la mano y tiró de ella hasta el taxi que les estaba esperando. Tras montarse en el vehículo le dio al taxista el nombre del club y luego se giró en su asiento.
—Vale, este es el plan. Lo primero es ir en plan frío.
—¿Debería haber cogido un jersey?
Julie rió y después parpadeó cuando se dio cuenta de que Elizabeth hablaba en serio.
—No, quiero decir que tenemos que ser guays, actuar como si fuéramos a clubes todo el tiempo. Como si esto no fuera algo especial para nosotras. Tan solo otra noche de sábado.
—Quieres decir que debemos estar tranquilas y que nos integremos.
—Eso es lo que he dicho. Una vez que estemos dentro cogemos una mesa y pedimos unos cosmos.
—¿Qué es eso?
—Ya sabes, como las chicas de Sexo en Nueva York.
—No sé lo que es eso.
—Da igual. Es lo último. Tenemos veintiuno, Liz; estamos en un club guay. Pedimos bebidas guays.
—Ah. —Elizabeth se acercó y bajó la voz—: ¿Y tus padres no sabrán si has bebido?
—Se separaron el invierno pasado.
—Oh. Lo siento.
Julie se encogió de hombros, mirando por la ventana durante un momento.
—Son cosas que pasan. De todas formas no veré a mi padre hasta el miércoles y mi madre está pasando el fin de semana fuera, en algún retiro con sus aburridos amigos. Emma tiene una cita; además, de todas formas no le importa. Puedo hacer lo que quiera.
Elizabeth asintió. Las dos estaban igual. No había nadie en casa de quien preocuparse.
—Tomaremos unos cosmos.
—Así se habla. Y miraremos el percal. Por eso bailaremos juntas al principio…, eso nos dará tiempo para echarle el ojo a los chicos… y dejar que ellos nos lo echen a nosotras.
—¿Por eso bailan juntas las chicas? Me lo he preguntado a menudo.
—Además es divertido…, y muchos chicos no bailan. ¿Llevas el móvil?
—Sí.
—Si nos separamos nos llamamos. Si algún chico te pide el teléfono no le des el número de tu casa. El del móvil vale, a menos que tu madre te controle las llamadas.
—No. Nadie me llama.
—Con lo cañón que estás, eso va a cambiar esta noche. Si no quieres que el chico tenga tu número, dale uno falso. Y a por el siguiente. De todas formas estás en la universidad, así que eres guay. Diremos que yo estoy estudiando Humanidades. ¿Qué estudias tú?
—Se supone que iba a ir a la facultad de Medicina, pero…
—Será mejor que te ciñas a eso. Cíñete a la verdad siempre que sea posible. Así no te lías.
—Entonces voy a estudiar Medicina y empiezo la residencia. —Solo pensar en ello le deprimía—. Pero no quiero hablar de la universidad a menos que tenga que hacerlo.
—Los tíos solo quieren hablar de sí mismos. Madre mía, casi hemos llegado. —Julie abrió su bolso, se miró en un espejito y se aplicó de nuevo brillo de labios, de modo que Elizabeth hizo lo mismo—. ¿Puedes pagar tú el taxi? Yo he cogido cien pavos de los ahorros secretos de mi madre, pero por lo demás estoy tiesa.
—Pues claro.
—Puedo devolvértelo. Mi padre es fácil de convencer.
—No me importa pagar. —Elizabeth preguntó al taxista cuánto le debía y calculó la propina.
—Jo, tía, tengo la piel de gallina. No puedo creer que vaya a ir al Warehouse 12. ¡Es la caña!
—¿Qué hacemos ahora? —preguntó Elizabeth cuando se apearon del taxi.
—Nos ponemos a la cola. No dejan entrar a todo el mundo, ya sabes, ni siquiera con carnet.
—¿Por qué?
—Porque es un club de moda, así que no dejan pasar a los zumbados ni a los feos. Pero siempre dejan pasar a las tías buenas. Y nosotras estamos muy buenas.
La cola era larga y la noche, calurosa. El tráfico pasaba de largo, el ruido que producía se escuchaba por encima de las conversaciones de otros que esperaban. Elizabeth se empapó del momento; los sonidos, los olores, las imágenes. Era sábado por la noche, pensó, y ella estaba haciendo cola en un club de moda con la gente guapa. Llevaba un vestido nuevo —un vestido rojo— y unos tacones de infarto que la hacían sentir alta y poderosa.
Nadie la miraba como si aquel no fuera su sitio.
El hombre que pedía los carnets en la puerta vestía traje y zapatos muy relucientes. Llevaba el pelo negro recogido en una coleta que dejaba su cara despejada. Una cicatriz le recorría la mejilla izquierda y tenía un pendiente de brillante en el lóbulo derecho.
—Es un gorila —le susurró a Julie—. He investigado un poco. Saca a la gente que causa problemas. Parece muy fuerte.
—Lo único que tenemos que hacer es conseguir que nos deje pasar.
—El club es propiedad de Five Star Entertainment. Está dirigido por Mikhail y Sergei Volkov. Se cree que tienen conexiones con la mafia rusa.
Julie puso los ojos en blanco.
—La mafia es italiana. Ya sabes, como Los Soprano.
Elizabeth no sabía qué tenía que ver la ópera con la mafia.
—Desde la caída del comunismo en la Unión Soviética el crimen organizado ha ido en alza. De hecho ya estaba muy organizado y dirigido por la SS, pero…
—Liz. Ahórrame la lección de historia.
—Sí. Lo siento.
—Tú le entregas el carnet y sigues hablando conmigo. —Julie alzó la voz de nuevo a medida que se acercaban a la puerta—. Darle la patada a ese perdedor ha sido lo mejor que he hecho en meses. ¿Te he dicho que me ha llamado tres veces hoy? Por Dios, como si eso sirviera de algo.
Una sonrisa rápida para el gorila y Julie le pasó el carnet mientras continuaba su conversación con Elizabeth.
—Le he dicho que lo olvidara. Si no tiene tiempo para mí, otro lo tendrá.
—Es mejor no comprometerse con una sola persona, por lo menos no en esta etapa.
—Tú lo has dicho. —Julie extendió la mano para que le pusieran el sello del club—. Y estoy lista para echar un vistazo al resto del ganado. Primer asalto para mí.
Rodeó al gorila mientras este realizaba el mismo registro y le ponía el sello a Elizabeth; su sonrisa era tan amplia que Elizabeth se sorprendió de que no se tragara entero al hombre.
—Gracias —le dijo cuando le puso el sello en el dorso de la mano.
—Divertíos, chicas.
—Nosotras somos la diversión —respondió Julie, luego agarró a Elizabeth de la mano y tiró de ella para atravesar la pared de sonido—. ¡Madre mía, estamos dentro!
Julie dejó escapar un grito, que quedó ahogado casi por completo por la música, dio un saltito sobre sus tacones y le dio un abrazo a Elizabeth.
Aturdida por el abrazo, Elizabeth se quedó rígida, pero Julie pegó otro saltito.
—Eres un genio.
—Sí.
Julie rió con expresión eufórica.
—Vale, una mesa, cosmos, baile y ojear el percal.
Elizabeth esperaba que la música ocultara el latido de su corazón como había hecho con el grito de Julie. Había mucha gente. No estaba acostumbrada a estar con tanta gente en un mismo lugar. Todo el mundo se movía o hablaba mientras la música sonaba a todo volumen en una avalancha que saturaba cada brizna de aire. La gente abarrotaba la pista de baile, sacudiéndose, girando, sudando. Se apiñaba en reservados, alrededor de mesas, en la larga curva de la barra de acero inoxidable.
Estaba decidida a mostrarse fría, aunque no iba a necesitar un jersey. El calor corporal vibraba en todas partes.
Atravesar la multitud, esquivando, zigzagueando y chocándose con otros cuerpos, hizo que a Elizabeth se le disparara el corazón. La ansiedad se apoderó de su garganta y le oprimía el pecho. Lo único que impedía que se diera la vuelta era que Julie la agarraba con fuerza.
Julie por fin fue directa hacia una mesa del tamaño de un plato llano.
—¡Conseguido! Madre mía, parece que todo el mundo esté aquí. Tenemos que seguir buscando una mesa más cerca de la pista de baile. ¡Esto es la bomba!, ¿no te parece? El DJ lo está petando. —Por fin se centró en la cara de Elizabeth—. Oye, ¿estás bien?
—Está muy lleno y hace mucho calor.
—Bueno, sí. ¿Quién quiere ir a un club vacío en el que hace frío? Escucha, necesitamos bebidas ya, así que voy a la barra. Invito yo, ya que tú has pagado el taxi. De esa forma tendré tiempo para empezar a ojear el ganado. Haz tú lo mismo desde aquí. ¡Marchando dos cosmos!
Sin la mano de Julie para tranquilizarla, Elizabeth se agarró las suyas. Reconocía las señales, ansiedad, claustrofobia, y se concentró en regular su respiración. Liz no se dejaba llevar por el pánico solo porque hubiera sido tragada por una multitud. Clavó los ojos en los dedos de sus pies y fue subiendo poco a poco hasta lograr relajarse.
Cuando llegó al vientre se había tranquilizado lo suficiente como para asumir el papel de observadora. Los propietarios y el arquitecto habían hecho un buen uso del espacio del almacén; recrearon una atmósfera industrial urbana, con conductos y tuberías a la vista, y utilizaron las viejas paredes de ladrillo. El acero inoxidable, presente en barras, mesas, sillas y taburetes, reflejaba el color de las parpadeantes luces; otro pulso sincronizado con la música, pensó.
Escaleras de hierro abiertas a cada lado subían a una segunda planta, también abierta. La gente se apiñaba en las barandillas o se apretaban alrededor de las mesas. Con toda probabilidad había otra barra en ese nivel. Las copas eran ganancias.
Abajo, en una amplia plataforma elevada, al ritmo de las luces, pinchaba el DJ. Otro observador, decidió Elizabeth. Encaramado en una posición de autoridad y honor desde la que podía ver a la multitud. Su largo pelo negro se agitaba mientras trabajaba. Llevaba una camiseta serigrafiada. No alcanzaba a distinguir el dibujo a causa de la distancia, pero era de un naranja chillón sobre la tela negra.
Justo debajo de su podio, varias mujeres se movían de manera insinuante, meneando las caderas como una invitación para aparearse.
Ya calmada se entregó a la música. Le gustaba el contundente y repetitivo ritmo, el retumbar de la percusión, el ronco y metálico rasgueo de la guitarra. Y le gustaban las distintas formas de moverse de los bailarines. Con las manos hacia arriba, con los brazos doblados como un púgil con los puños cerrados, con los codos salientes, las piernas separadas y levantando los pies.
—Guau. ¡Guau! —Julie dejó las copas de cóctel llenas de un líquido rosa sobre la mesa antes de sentarse—. Casi me las echo por encima viniendo hacia aquí, lo que habría sido una putada. Cuestan ocho dólares cada una.
—Las bebidas alcohólicas generan el mayor margen de beneficios en clubes y bares.
—Supongo. Pero están buenas. He bebido un poco de la mía y ¡está de vicio! —Rió arrimándose a ella—. Deberíamos hacer que nos duraran hasta que encontremos a unos tíos que nos paguen las copas.
—¿Por qué iban a pagarnos las copas?
—Tía, somos unos pibones y estamos disponibles. Bebe un poco, Liz, y vamos ahí a enseñar lo que tenemos.
Elizabeth tomó un sorbito de forma obediente.
—Está bueno. —Saboreándolo, tomó otro traguito—. Y es muy bonito.
—¡Quiero soltarme el pelo! Oye, me encanta esta canción. Hora de menear el culo.
Una vez más Julie la cogió de la mano.
Cuando la multitud la rodeó, Elizabeth cerró los ojos. Solo la música, pensó. Solo la música.
—Oye, bailas bien.
Elizabeth abrió los ojos de nuevo con cautela, concentrándose en Julie.
—¿Qué?
—Temía que fueras un pato mareado, ya sabes. Pero sabes moverte. Sabes bailar —le explicó.
—Ah. La música es tribal y está pensada para estimular. Es solo cuestión de coordinar las piernas y las caderas. E imitar. He observado mucho bailar a los demás.
—Vale, lo que tú digas, Liz.
A Elizabeth le gustaba mover las caderas. Al igual que los tacones, hacía que se sintiera poderosa, y la manera en que el vestido le rozaba la piel añadía un elemento sexual. Las luces hacían que todo pareciera irreal, y la música en sí lo engullía todo.
Su incomodidad con la aglomeración cesó, de modo que rió con sinceridad cuando Julie chocó las caderas contra las suyas.
Bailaron un rato más. De vuelta a la minúscula mesa, bebieron sus cosmos y cuando una camarera se acercó, Elizabeth pidió dos más sin pensarlo.
—Bailar me da sed —le dijo a Julie.
—Yo ya llevo un puntito de borrachera. Y ese tío de allí nos está echando el ojo. ¡No, no mires!
—¿Cómo voy a verle si no miro?
—Confía en mí; es una monada. Dentro de un momento voy a lanzarle la miradita y a sacudirme el pelo, entonces podrás girarte en el taburete como quien no quiere la cosa. Es rubio y con el pelo un poco rizado. Lleva una camisa blanca ajustada y una chaqueta negra con vaqueros.
—Oh, sí, le he visto antes en la barra. Estaba hablando con una mujer. Ella tenía el pelo rubio y largo y lucía un vestido rosa chillón muy escotado. Él llevaba un pendiente de aro dorado en la oreja izquierda y un anillo de oro en el dedo corazón de la mano derecha.
—Joder, ¿tienes ojos en la espalda, como mi madre solía decir? ¿Cómo lo sabes si no has mirado?
—Le he visto cerca de la barra —repitió Elizabeth—. Me he fijado en él porque la mujer rubia parecía muy cabreada. Y lo recuerdo porque tengo memoria eidética.
—¿Es mortal?
—No, no es un tipo de enfermedad ni una afección. Oh. —Elizabeth se sonrojó un poco y encorvó los hombros—. Estabas bromeando. Se le suele llamar memoria fotográfica, pero no es correcto, ya que es algo más que visual.
—Pues vale. Prepárate.
Pero Elizabeth estaba más interesada en Julie; la miradita incluía ladear la cabeza, una sonrisa pausada y reservada y desviar la mirada hacia él con los ojos entornados. A aquello siguió un rápido meneo de cabeza, que hizo que su cabello se agitara.
¿Era algo innato? ¿Era una conducta aprendida? ¿Una mezcla de ambas cosas? En cualquier caso, Elizabeth creía poder emularlo, aunque ya no tenía pelo que menear.
—Mensaje recibido. Oh, tiene una sonrisa preciosa. Ay, Dios mío, viene hacia nosotras. Viene de verdad.
—Pero querías que lo hiciera. Por eso… le has enviado el mensaje.
—Sí, pero… debe de tener unos veinte años por lo menos. Seguro. Tú sígueme el rollo.
—¿Perdona?
Elizabeth alzó la vista tal como hizo Julie, pero no se arriesgó a sonreír. Antes tenía que practicar.
—Me pregunto si puedes ayudarme con una cosa.
Julie se sacudió el pelo de manera diferente.
—A lo mejor.
—Me preocupa que la memoria me esté fallando, porque jamás me olvido de una mujer hermosa, pero no os recuerdo a ninguna de las dos. Dime que no habéis estado aquí antes.
—Es la primera vez.
—Ah, eso lo explica todo.
—Supongo que tú vienes mucho.
—Cada noche. Es mi club… es decir —repuso con una sonrisa deslumbrante—, soy accionista.
—¿Eres uno de los Volkov? —Elizabeth habló sin pensar. Acto seguido sintió que se ponía roja cuando él volvió sus ardientes ojos azules hacia ella.
—Soy Alex Gurevich, primo de los dueños del local.
—Julie Masters —Le tendió una mano, que Alex asió y besó con elegancia en los nudillos—. Y esta es mi amiga Liz.
—Bienvenidas a Warehouse 12. ¿Lo estáis pasando bien?
—La música es genial.
Cuando la camarera llegó con las copas, Alex cogió la cuenta de la bandeja.
—A las chicas guapas que vienen a mi club por primera vez no se les permite que paguen las copas.
Julie le dio un toquecito en el pie a Elizabeth por debajo de la mesa mientras le brindaba una amplia sonrisa a Alex.
—Entonces tendrás que unirte a nosotras.
—Lo haré encantado —le murmuró algo a la camarera—. ¿Estáis de visita en Chicago?
—Soy nacida y criada aquí —le dijo Julie tomando un buen trago de su copa—. Las dos lo somos. Hemos vuelto a casa durante el verano. Estamos en Harvard.
—¿Harvard? —Ladeó la cabeza; le brillaban los ojos—. Guapa y lista. Ya casi me he enamorado. Si sabes bailar, estoy perdido.
Julie tomó otro trago.
—Vas a necesitar un mapa.
Él rió y tendió ambas manos hacia ella. Julie asió una y se puso en pie.
—Venga, Liz. Vamos a enseñarle cómo se divierten un par de chicas de Harvard.
—Oh, pero si quiere bailar contigo.
—Con las dos. —Alex mantuvo la mano extendida—. Lo que me convierte en el hombre más afortunado de este lugar.
Se disponía a rehusar, pero Julie le lanzó otra versión de la miradita a espaldas de Alex, que entrañaba poner los ojos en blanco, fruncir las cejas y algunas muecas. Así que asió la mano de Alex.
En realidad no le estaba pidiendo bailar, pero Elizabeth le concedió cierto reconocimiento por su educación cuando podría haberla dejado sola, sentada a la mesa. Hizo todo lo posible por unirse sin interponerse. Daba igual, le encantaba bailar. Le encantaba la música. Le encantaba el ruido que la rodeaba, los movimientos, los olores.
Cuando sonrió no fue algo que hubiera practicado, sino una simple curvatura de labios. Alex le guiñó un ojo y le dedicó una amplia sonrisa mientras colocaba las manos en las caderas de la risueña Julie.
Entonces hizo una señal con la barbilla a alguien que estaba detrás de ella.
Mientras se volvía a mirar alguien la cogió de la mano y le dio una vuelta tan rápida que casi la hizo caer.
—Como siempre mi primo es un avaricioso. Él tiene a dos mientras que yo no tengo ninguna. —Un exótico acento ruso teñía su voz—. A menos que te apiades y bailes conmigo.
—Yo…
—No digas que no, guapa. —La atrajo más cerca para mecerse con ella—. Solo un baile.
Elizabeth únicamente podía mirarle. Era alto, y sentía su cuerpo duro y firme contra el suyo. En tanto que Alex era la luz, él era la oscuridad. Largo cabello ondulado, ojos que casi parecían negros y piel bronceada. Cuando sonrió, unos hoyuelos aparecieron en sus mejillas. El corazón le dio un vuelco y se estremeció.
—Me gusta tu vestido —le dijo.
—Gracias. Es nuevo.
Su sonrisa se hizo más amplia.
—Y es mi color favorito. Soy Ilya.
—Yo soy… Liz. Soy Liz. Hum… priyatno poznakomit’sya.
—Yo también estoy encantado de conocerte. Hablas ruso.
—Sí. Bueno, un poco. Hum…
—Una chica guapa, vestida de mi color favorito y que habla ruso. Es mi noche de suerte.
No, pensó Liz mientras él se llevaba su mano a los labios, estrechándola aún contra él. Ah, no. Era su noche de suerte.
Era la mejor noche de su vida.
Fueron a un reservado. Todo sucedió de un modo tan natural, tan fluido, que pareció mágico. Tanto como la preciosa bebida rosa que apareció ante ella.
Era la Cenicienta del baile y la medianoche estaba a toda una vida de distancia.
Cuando se sentaron, él se mantuvo cerca, con la mirada clavada en su rostro y el cuerpo vuelto hacia el de ella, como si la multitud y la música no existieran. La tocaba mientras hablaba y cada roce de sus dedos sobre el dorso de la mano, el brazo o el hombro era increíblemente excitante.
—Bueno, ¿qué estudias en Harvard?
—Estoy en la facultad de Medicina. —Eso no sería cierto, se prometió, pero en esos momentos era la verdad.
—Un médico. Eso son muchos años, ¿no es cierto? ¿Qué clase de médico vas a ser?
—Mi madre quiere que siga sus pasos y sea neurocirujana.
—¿Eso es un cirujano del cerebro? Esos médicos importantes que hurgan en los cerebros. —Le acarició la sien con la yema del dedo—. Para eso debes de ser muy lista.
—Lo soy. Soy muy lista.
Él rió como si hubiera dicho algo fascinante.
—Es bueno que te conozcas a ti misma. Dices que eso es lo que quiere tu madre. ¿Es lo que quieres tú?
Elizabeth tomó un sorbo de su copa y pensó que él también era muy listo… o al menos muy astuto.
—No, en realidad no.
—Entonces ¿qué clase de médico quieres ser?
—No quiero ser médico.
—¿No? ¿A qué te gustaría dedicarte?
—Quiero trabajar en Delitos Informáticos para el FBI.
—¿El FBI? —Sus ojos negros se abrieron como platos.
—Sí. Quiero investigar delitos tecnológicos, fraude informático…, terrorismo, explotación sexual. Es un campo importante que cambia cada día a medida que la tecnología avanza. Cuanta más gente utilice y dependa de los ordenadores y aparatos electrónicos, más elementos criminales explotarán esa dependencia. Ladrones, artistas de la estafa, pedófilos e incluso terroristas.
—Esa es tu pasión.
—Yo… supongo que sí.
—Entonces debes dejarte llevar. Siempre debemos dejarnos llevar por nuestras pasiones, ¿verdad?
Cuando su mano le rozó la rodilla, una lenta y líquida sensación de calor se extendió por el vientre de Elizabeth.
—Nunca lo he hecho. —¿Aquello era pasión?, se preguntó. ¿Aquel calor fluido?—. Pero quiero empezar a hacerlo.
—Debes respetar a tu madre, pero ella también debe respetarte a ti. Eres una mujer adulta. Y una madre quiere que su hijo sea feliz.
—Ella no quiere que desperdicie mi intelecto.
—Pero el intelecto es tuyo.
—Empiezo a creer eso. ¿Tú vas a la universidad?
—Yo he acabado con eso. Ahora trabajo en el negocio familiar. Esto me hace feliz.
Le hizo una señal a la camarera para que les llevara otra ronda antes de que Elizabeth se diera cuenta de que su copa estaba casi vacía.
—Porque es tu pasión.
—Así es. Yo me dejo llevar por mis pasiones… como esta.
Iba a besarla. Tal vez no la hubieran besado antes, pero se lo había imaginado muy a menudo. Descubrió que la imaginación no era su fuerte.
Sabía que besar transmitía información biológica a través de las feromonas, que el acto estimulaba todas las terminaciones nerviosas de los labios y la lengua. Generaba una reacción química; una sensación placentera que explicaba por qué, salvo contadas excepciones, besar era parte de la cultura humana.
Pero comprendía que ser besada era muy diferente a elaborar teorías sobre ello.
Sus labios eran suaves y tersos y se frotaron con suavidad sobre los suyos, aumentando la presión despacio, poco a poco, mientras deslizaba la mano de su cadera a la caja torácica. El corazón le dio un vuelco a un palmo de su mano cuando él le coló la lengua entre los labios para rozar con indolencia la de ella.
Contuvo el aliento, luego lo soltó dejando escapar un sonido involuntario, casi de dolor…, y el mundo empezó a girar.
—Dulce —murmuró él, y la vibración de sus palabras contra los labios, la tibieza de su aliento en la boca, hicieron que un estremecimiento le recorriera la espalda—. Muy dulce. —Sus dientes le rozaron el labio inferior al apartarse para estudiarla—. Me gustas.
—Tú también me gustas. Me ha gustado besarte.
—Entonces debemos repetirlo mientras bailamos. —La hizo levantar y le rozó de nuevo los labios con los suyos—. No estás… ¿cuál es la palabra, cuál es?… hastiada. Esa es la palabra. No como tantas mujeres que vienen a bailar, beber y coquetear con hombres.
—No tengo demasiada experiencia en ninguna de esas tres cosas.
Aquellos ojos negros centelleaban bajo las parpadeantes luces.
—Pues los demás hombres no son tan afortunados como yo.
Elizabeth volvió la cabeza para mirar a Julie mientras Ilya la arrastraba a la pista de baile y descubrió que a su amiga también la estaban besando. No de manera tierna ni despacio, pero a Julie parecía gustarle; de hecho estaba participando con mucho entusiasmo, con…
Entonces Ilya la estrechó entre sus brazos, meciéndose con ella a diferencia del resto de bailarines, que se movían aceleradamente, meneándose y dando vueltas. Moviéndose suavemente mientras él acercaba la boca a la suya una vez más.
Elizabeth dejó de pensar en reacciones químicas y terminaciones nerviosas. Al contrario, se esforzó al máximo en participar de forma activa. El instinto hizo que levantara los brazos para rodearle el cuello. Cuando percibió el cambio en él, la dureza cada vez mayor que se apretaba contra ella, fue consciente de que se trataba de algo normal, casi involuntario.
Pero le pareció maravilloso de todas formas. Esa reacción la había provocado ella. Él la deseaba y nadie lo había hecho nunca.
—Qué me haces —le susurró al oído—. Tu sabor, tu olor.
—Son las feromonas.
Él la miró con el ceño fruncido.
—¿Las qué?
—Nada. —Y apoyó la cara en su hombro.
Reconocía que el alcohol le afectaba al juicio, aunque no le importaba. Aun sabiendo que la razón de que no le importara era esa influencia, alzó de nuevo la cara. Esa vez ella inició el beso.
—Deberíamos sentarnos —dijo él tras largo rato—. Haces que se me doblen las rodillas.
La cogió de la mano mientras regresaban a la mesa. Julie, con los ojos demasiado brillantes y la cara roja, se puso en pie de un salto. Se tambaleó un instante, rió y agarró el bolso.
—Enseguida volvemos. Vamos, Liz.
—¿Adónde?
—¿Adónde va a ser? Al lavabo.
—Oh. Disculpadnos.
Julie se cogió de su brazo para no perder el equilibrio y por solidaridad.
—Ay, Dios mío. ¿Te lo puedes creer? Nos hemos ligado a los tíos más buenos del club. Joder, son muy sexis. Y el tuyo tiene acento. Ojalá el mío lo tuviera, pero besa mucho mejor que Darryl. ¿Sabes?, prácticamente es el dueño del local y tiene una casa en el lago. Vamos a largarnos todos e iremos allí.
—¿A su casa? ¿Crees que deberíamos hacerlo?
—Oh, claro que deberíamos. —Julie abrió la puerta del aseo de un empujón y echó un vistazo a la hilera de retretes ocupados—. ¡Típico, y tengo que hacer pis! ¡Voy un poco pedo! ¿Cómo es tu chico…? ¿Besa bien? ¿Cómo se llama?
—Ilya. Sí, es muy bueno. Me gusta mucho, pero no estoy segura de que debamos ir con ellos a casa de Alex.
—Oh, relájate. No puedes fallarme. Voy a hacerlo con Alex y no puedo ir allí con él yo sola…, no en la primera cita. Tú no tienes por qué hacerlo con Ilya si es que eres tan virginal.
—El sexo es un acto natural y necesario no solo para la procreación, sino también, como sin duda sucede en los humanos, para obtener placer y distender el estrés.
—Te pillo. —Julie le dio con el codo—. Así que ¿no crees que sea una puta por hacerlo con Alex?
—El que a las mujeres se nos tache de putas o fáciles por mantener relaciones sexuales por placer, en tanto que se considera algo vital en los hombres, es una desafortunada consecuencia de una sociedad patriarcal. La virginidad no debería ser un premio que ganar o proteger. El himen no tiene propiedades provechosas, beneficios ni poderes. A las mujeres se nos debería, se nos tendría que permitir nuestra propia gratificación sexual, tenga o no por objeto la procreación o si la relación es monógama, igual que el hombre es libre de hacerlo.
Una pelirroja flaca se ahuecó el pelo y le brindó a Elizabeth una deslumbrante sonrisa al pasar.
—Cántalo bien alto, hermana.
Elizabeth se arrimó a Julie cuando la mujer se dispuso a salir sin detenerse.
—¿Por qué tengo que cantar? —susurró.
—Es solo una expresión. Sabes, Liz, te tenía por una mojigata que no se deja tocar de cintura para abajo, y solo por encima de la ropa de cintura para arriba.
—Que no tenga experiencia no me convierte en una puritana.
—Lo pillo. Sabes, pensaba darte la patada en cuanto entrara y ligara, pero eres divertida…, aunque la mitad de las veces hables como una profesora. Siento haberlo pensado.
—No pasa nada. No lo has hecho. Y sé que no soy como tus amigas.
—Oye. —Julie le rodeó los hombros con el brazo para darle un apretón—. Ahora eres mi amiga, ¿vale?
—Eso espero. Yo nunca…
—¡Oh, gracias a Dios! —Tras exclamar con entusiasmo, Julie emprendió una tambaleante carrera cuando se abrió la puerta de uno de los retretes—. Así que vamos a ir a casa de Alex, ¿verdad?
Elizabeth echó un vistazo al atestado aseo de señoras. Todas las mujeres se estaban retocando el maquillaje y el pelo, esperando en la cola, riendo y charlando. Ella era probablemente la única virgen de la habitación.
La virginidad no era un premio, concluyó. Aunque tampoco era una carga. Era algo suyo, y le correspondía a ella conservarla o perderla. Era su elección. Su vida.
—¿Liz?
—Sí. —Después de tomar aire para serenarse, fue hacia el siguiente retrete desocupado—. Sí —repitió cerrando la puerta y los ojos—. Iremos. Juntas.
En la mesa, Ilya levantó su cerveza.
—Si estas chicas tienen veintiuno yo tengo dieciséis.
Alex se limitó a reír y a encogerse de hombros.
—Se acercan lo suficiente. Y la mía está cachonda, créeme.
—Está pedo, Alexi.
—¿Y qué? Yo no la he obligado a beber. Estoy listo para un poco de carne fresca y pienso follar esta noche. No me digas que tú no tienes pensado tirarte a la morena buenorra, tío.
—Es dulce. —Una sonrisa afloró en los labios de Ilya—. Y un poco inmadura. No está tan pedo como la tuya. Si está dispuesta, me la llevaré a la cama. Me gusta su forma de pensar.
Alex hizo una mueca.
—No me jodas.
—No, en serio. Aporta algo. —Miró en derredor. Demasiado de lo mismo, pensó de las mujeres que pasaban, totalmente predecible—. Refrescante…, esa es la palabra.
—La rubia lo está arreglando para que vayamos a mi casa. Todos. Me ha dicho que no irá a menos que vaya su amiga. Puedes quedarte con la habitación libre.
—Prefiero mi casa.
—Mira, o las dos o ninguna. No me he pasado dos horas camelándomela para que su lindo culito se pire porque tú no puedes ligarte a la amiga.
Ilya clavó los ojos en su cerveza.
—Puedo ligármela, dvojurodny brat.
—¿Y cómo crees que te la ligarás mejor, primo? ¿Con la mierda de apartamento en el que todavía vives o con mi casa en el lago?
Ilya se encogió de hombros.
—Yo prefiero mi sencilla casa, pero vale. Iremos a la tuya. Nada de drogas, Alexi.
—Oh, por el amor de Dios.
—Nada de drogas. —Ilya frunció el ceño y golpeó un dedo contra la mesa—. Mantente dentro de la legalidad. No las conocemos, pero creo que la mía no lo aprobaría. Dice que quiere ser del FBI.
—¿Estás de coña?
—No. Nada de drogas, Alexi, o no voy… y tú te quedas sin follar.
—Vale. Aquí vienen.
—Levántate. —Ilya le dio una patada por debajo de la mesa—. Finge que eres un caballero.
Ilya se puso en pie y le tendió una mano a Liz.
—Nos encantaría irnos de aquí —anunció Julie echándose encima de Alex—. Nos encantaría ver tu casa.
—Entonces eso es lo que haremos. No hay nada como una fiesta privada.
—¿A ti te parece bien? —murmuró Ilya cuando se disponían a salir.
—Sí. Julie tiene muchas ganas de ir y las dos vamos juntas, así que…
—No, no te pregunto qué quiere Julie. Te pregunto qué quieres tú.
Elizabeth le miró, sintiendo alivio y un cosquilleo. A él le importaba lo que ella quería.
—Sí. Quiero ir contigo.
—Es estupendo. —Le cogió la mano y se la llevó al corazón mientras se abrían paso entre la gente—. Quiero estar contigo. Y puedes contarme más cosas sobre Liz. Quiero saberlo todo de ti.
—Julie dice que los chicos…, los hombres…, solo quieren hablar de sí mismos.
Ilya rió, rodeándole la cintura con el brazo.
—Entonces ¿cómo aprenden a conquistar a las mujeres?
Cuando llegaban a la puerta, un hombre vestido con traje se acercó y le dio un golpecito a Ilya en el hombro.
—Un momento —le dijo Ilya a Liz cuando se hizo a un lado.
No alcanzaba a oír demasiado, y además hablaban en ruso. Aunque a juzgar por la cara de Ilya, pudo ver que no le satisfacía lo que estaba oyendo.
Pero estaba razonablemente segura de que el chyort voz’mi que gruñó era una maldición. Le indicó al hombre que esperara y condujo a Liz afuera, donde aguardaban Julie y Alex.
—He de ocuparme de algo. Lo siento.
—No pasa nada. Lo comprendo.
—Gilipolleces, Ilya, deja que se encargue otro.
—Es trabajo —replicó Ilya de manera concisa—. No tardaré mucho; no más de una hora. Vete con Alexi y tu amiga. Yo iré en cuanto acabe.
—Oh, pero…
—Vamos, Liz, no pasa nada. Puedes esperar a Ilya en casa de Alex. Tiene todo tipo de música… y una televisión de pantalla plana.
—Espérame. —Ilya se inclinó y le dio un beso largo y profundo a Elizabeth—. Yo iré pronto. Conduce con cuidado, Alexi. Llevas una carga valiosa.
—Así que ahora tengo dos mujeres hermosas para mí solo. —Alex agarró a las chicas del brazo, poco dispuesto a desaprovechar la ventaja—. Ilya se toma todo muy en serio. A mí me gusta la fiesta. Somos demasiado jóvenes para tomarnos las cosas tan en serio.
Un todoterreno negro se arrimó al bordillo. Alex hizo una señal y acto seguido enganchó las llaves que le lanzó el aparcacoches. Abrió la puerta. Atrapada por la educación y el compromiso, Liz subió a la parte de atrás. Contempló la entrada del club, estirando el cuello para no perderla de vista ni siquiera cuando Alex se puso en marcha mientras Julie cantaba al son del equipo de música.
No le parecía correcto. Sin Ilya la excitación y la expectación se disiparon, haciendo que todo resultara anodino y aburrido. Combinado con el alcohol, ir en el asiento de atrás le provocó un ataque de náuseas. Mareada y súbitamente agotada, apoyó la cabeza en la ventanilla.
No la necesitaban, pensó Elizabeth. Julie y Alex cantaban y reían. Él conducía demasiado rápido y tomaba las curvas de un modo que hacía que el estómago le diera un vuelco. No iba a vomitar. Mientras una oleada de calor la recorría, se esforzó por respirar de manera pausada y regular. No iba a humillarse poniéndose a vomitar en el asiento de atrás del todoterreno de Alex.
Bajó la ventanilla unos centímetros para dejar que el aire le diera en la cara. Quería tumbarse, quería dormir. Había bebido demasiado y aquella era otra reacción química más.
Y ni mucho menos tan agradable como un beso.
Se concentró en respirar, en el aire que le azotaba la cara, en las casas, los coches y las calles. En cualquier cosa salvo en su estómago revuelto y en su cabeza.
Mientras él recorría Lake Shore Drive pensó en lo relativamente cerca que estaba de su casa en Lincoln Park. Si pudiera ir a casa podría tumbarse en silencio, dormir hasta que se le pasaran las náuseas y el mareo. Pero cuando Alex aparcó junto a una preciosa finca tradicional de dos plantas pensó que al menos podría salir del coche y poner los pies en tierra firme.
—Tiene unas vistas impresionantes —estaba diciendo Alex cuando Julie y él se apearon—. Pensé en comprarme un apartamento, pero me gusta la intimidad. Aquí hay mucho espacio para celebrar fiestas y nadie se queja porque la música está demasiado alta.
Julie se tambaleó y rió con cierta exageración cuando Alex la agarró y le apretó en el culo con la mano.
Elizabeth fue tras ellos, como una sujeta velas, sintiéndose descompuesta.
—Vives aquí tú solo —logró decir.
—Dispongo de mucho espacio para tener compañía. —Abrió la puerta principal con la llave e hizo un gesto—: Las damas primero.
Y al pasar Elizabeth le dio una palmadita juguetona en el trasero.
Quería decirle que tenía una casa preciosa, pero lo cierto era que todo resultaba demasiado brillante, demasiado nuevo, demasiado moderno. Todo lleno de aristas, superficies radiantes y reluciente piel. Una barra de color rojo chillón, un enorme sofá negro de cuero y una gigantesca televisión de pantalla plana dominaban el salón, cuando las amplias puertas y ventanas de cristal que conducían a la terraza deberían haber sido el punto focal.
—Oh, Dios mío, me encanta esto. —Julie se dejó caer en el sofá y se estiró—. Es decadente.
—Esa es la idea, nena. —Cogió un mando a distancia, pulsó un botón y una música atronadora lo inundó todo—. Os prepararé una copa.
—¿Sabes hacer cosmos? —le preguntó Julie—. Me encantan los cosmos.
—Te lo prepararé.
—¿Podría tomar un poco de agua? —inquirió Elizabeth.
—Oh, Liz, no seas aguafiestas.
—Estoy un poco deshidratada. —Y necesitaba más aire, por Dios—. ¿Te parece bien si echo un vistazo fuera? —Se encaminó hacia las puertas de la terraza.
—Claro. Mi casa es tu casa.
—¡Quiero bailar!
Mientras Julie se levantaba como podía y se ponía a menearse y contonearse de manera erótica, Elizabeth abrió las puertas y escapó. Imaginaba que la vista era maravillosa, pero todo se tornó borroso cuando fue tambaleándose hasta la barandilla y se apoyó en ella.
¿Qué estaban haciendo? ¿En qué estaban pensando? Aquello era un error. Un error estúpido e insensato. Tenían que marcharse. Tenía que convencer a Julie de que se marcharan.
Pero aun con el ruido de la música podía oír la risa empapada en cosmo de Julie.
Quizá si se sentaba allí unos minutos, se despejaba la cabeza y esperaba a que el estómago se le calmase… Podía decir que le había llamado su madre. ¿Qué más daba otra mentira en una noche llena de ellas? Inventaría alguna excusa, un pretexto lógico para marcharse. Una vez que se le despejara la cabeza.
—Aquí estás.
Se volvió cuando Alex salió.
—Una de cada. —En una mano llevaba un vaso de agua con hielo, dorado bajo la escasa luz, y en la otra una copa de cóctel de aquella preciosa bebida, que en esos momentos hacía que se le revolviese el estómago.
—Gracias. Pero creo que solo quiero el agua.
—Tienes que mantener el subidón, nena. —Pero dejó la copa a un lado—. No tienes por qué estar aquí fuera tú sola. —Cambió de posición, apoyando la espalda contra la barandilla—. Los tres podemos divertirnos. Puedo ocuparme de las dos.
—No creo que…
—¡A saber si Ilya va a venir! Trabajo, trabajo y trabajo, es lo único que hace. Pero se ha fijado en ti. Yo también. Vuelve dentro. Nos lo pasaremos bien.
—Creo que… voy a esperar a Ilya. Tengo que ir al baño.
—Tú te lo pierdes, nena. —Aunque se limitó a encogerse de hombros, Elizabeth creyó captar una chispa mezquina en sus ojos—. Ve a la izquierda. Está al lado de la cocina.
—Gracias.
—Si cambias de opinión, ya sabes —le dijo cuando ella corrió hacia la puerta.
—Julie. —La agarró del brazo mientras esta trataba de realizar un tambaleante giro discotequero.
—Me lo estoy pasando de muerte. ¡Es la mejor noche de mi vida!
—Julie, has bebido mucho.
Después de un resoplido, Julie se zafó de Elizabeth.
—Eso es imposible.
—Tenemos que irnos.
—¡Tenemos que quedarnos y divertirnos!
—Alex me ha dicho que las dos deberíamos irnos a la cama con él.
—Hum. —Con una carcajada, giró de nuevo—. Solo hace el tonto, Liz. No te pongas en plan cerebrito conmigo. Tu chico llegará en unos minutos. Tómate otra copa y relájate.
—No quiero beber más. Me encuentro mal y quiero irme a casa.
—Nada de ir casa. Allí a nadie le importas una mierda. ¡Vamos, Lizzy! Baila conmigo.
—No puedo. —Liz se llevó la mano al estómago mientras una película de sudor le cubría la piel—. Tengo que…
Incapaz de contenerse, corrió hacia la izquierda y vislumbró a Alex apoyado contra la puerta de la terraza, sonriéndole.
Con una especie de sollozo atravesó la cocina tambaleándose y estuvo a punto de caerse sobre las baldosas cuando salió disparada hacia la puerta del baño.
Se arriesgó a perder el medio segundo que tardó en echar el pestillo a la puerta para después caer de rodillas delante del retrete. Vomitó algo viscoso de color rosa y por los pelos consiguió tomar aire antes de hacerlo de nuevo. Las lágrimas resbalaban por su cara cuando se levantó, utilizando el lavabo como apoyo. Con la vista borrosa abrió el grifo del agua fría para echarse un poco en la boca y sobre la cara.
Temblando, levantó la cabeza y se vio en el espejo; estaba blanca como el papel y tenía el rímel y el delineador corridos bajo los ojos, dando la impresión de que tuviera moratones recientes. Buena parte del maquillaje descendía por las mejillas, como lágrimas negras.
Se sintió dominada por la vergüenza mientras un nuevo ataque de arcadas hacía que se arrodillase otra vez.
Estaba exhausta y la habitación le daba vueltas, de modo que se hizo un ovillo sobre el suelo y lloró. No quería que nadie la viera así.
Quería irse a casa.
Quería morirse.
Se quedó tumbada, tiritando, con la mejilla contra las frías baldosas, hasta que pensó que podía arriesgarse a sentarse erguida. El cuarto apestaba a vómito y a sudor, pero no podía salir hasta que se hubiera limpiado.
Hizo lo que pudo con el jabón y el agua, frotándose la cara hasta que la piel se le enrojeció, deteniéndose a cada minuto para doblarse en dos y luchar contra las arcadas.
Estaba pálida y tenía manchas en la cara a causa de los esfuerzos, los ojos vidriosos y enrojecidos. Le temblaban las manos, con lo que el intento de retocarse el maquillaje fue casi peor que si no hubiera hecho nada al respecto.
Tendría que tragarse la humillación. Saldría a la terraza, al aire fresco, y esperaría hasta que llegara Ilya. Entonces le pediría que la llevara a casa; esperaba que él lo comprendiera.
Él no querría volver a verla. Jamás la besaría otra vez.
Causa y efecto, recordó. Había mentido, había mentido una y otra vez, y el resultado era aquella nueva humillación y, lo que era aún peor, aquella vislumbre de lo que podría ser y perder al mismo tiempo.
Bajó la tapa del retrete y se sentó agarrando el bolso, preparándose para dar el siguiente paso. Sin apenas energía se quitó los zapatos. ¿Qué más daba? Le dolían los pies y ya era medianoche para Cenicienta.
Atravesó la cocina, con sus enormes electrodomésticos negros y sus encimeras de un cegador color blanco, con tanta dignidad como pudo reunir. Pero cuando se disponía a girar hacia el salón vio a Alex y a Julie desnudos, manteniendo relaciones sexuales sobre el sofá de piel.
Aturdida, fascinada, se quedó petrificada durante un momento, observando los tatuajes de la espalda de Alex moverse mientras embestía con las caderas. Julie dejaba escapar gemidos guturales debajo de él.
Avergonzada por haberse quedado mirando embobada, Elizabeth retrocedió con sigilo y utilizó la puerta junto a la cocina para acceder a la terraza.
Iba a quedarse sentada en la oscuridad, al aire libre, hasta que hubieran terminado. No era una puritana. A fin de cuentas solo era sexo. Pero deseaba con todas sus fuerzas que hubieran mantenido relaciones detrás de una puerta cerrada.
Luego ansió tener agua para calmar su dolorida garganta y una manta porque tenía frío; estaba pasando frío y se sentía vacía y muy, muy frágil.
Entonces se quedó dormida, acurrucada en la silla en un oscuro rincón de la terraza.
No sabía qué la había despertado (voces, un estrépito), pero se espabiló y dejó a un lado el agarrotamiento. Vio en su reloj que solo había dormido unos quince minutos, aunque se sentía aún peor que antes.
Tenía que irse a casa. Se aproximó a la puerta con suma cautela para ver si Julie y Alex habían acabado.
No veía a Julie, solo a Alex, que no llevaba puesto más que unos calzoncillos negros, y a dos hombres totalmente vestidos.
Se acercó un poco más, mordiéndose el labio. Tal vez habían ido a decirle a Alex que Ilya se había retrasado. Ay, Dios, ojalá estuviera allí y la llevara a casa.
Al recordar su aspecto se mantuvo en la sombra y se dirigió hacia la puerta que Alex había dejado abierta.
—Por el amor de Dios, habla en inglés. He nacido en Chicago. —Cabreado, Alex fue hacia la barra y se sirvió un vaso de vodka—. ¿Qué es tan importante que no puede esperar hasta mañana, Korotkii?
—¿Por qué dejar para mañana lo que puedes hacer hoy? ¿Es lo bastante americano para ti?
El hombre que había hablado era corpulento y atlético. Las mangas cortas de su camisa negra se ceñían a sus bíceps. Tenía los brazos cubiertos de tatuajes. Al igual que Alex, era rubio y guapo. ¿Sería un pariente?, se preguntó Elizabeth. El parecido era sutil, pero estaba presente.
El hombre que le acompañaba era más alto, más mayor, y su postura era la de un soldado.
—Sí, eres todo un yanqui. —Alex apuró el vodka de un trago—. La oficina ya ha cerrado.
—Y trabajas tan duro. —La suave voz de Korotkii se deslizaba sobre las palabras, pero bajo aquella fluidez y el fascinante acento, había roca pura, afilada—. Requiere trabajo duro robarle a tu tío.
Alex se detuvo mientras vertía polvo blanco de una bolsa transparente en un pequeño espejo cuadrado sobre la barra.
—¿De qué estás hablando? Yo no robo a Sergei.
—Robas a los clubes, al restaurante; sisas de los timos de internet, de los beneficios de las putas. De todo lo que puedes echar mano. ¿Crees que eso no es robarle a tu tío? ¿Crees que es imbécil?
Alexi hizo una mueca, cogió una delgada herramienta metálica y empezó a cortar el polvo con ella.
Elizabeth se percató de que se trataba de cocaína. Ay, Dios, ¿qué había hecho al ir allí?
—Sergei tiene mi absoluta lealtad —repuso Alexi mientras separaba las rayas de cocaína— y mañana hablaré de esto con él.
—¿Crees que no sabe cómo pagas el Rolex, los Armani y Versace, esta casa, todos tus otros juguetitos… y tus drogas, Alexi? ¿Crees que no sabe que has hecho un trato con la poli?
La pequeña herramienta repiqueteó cuando Alex la dejó caer.
—Yo no hago tratos con polis.
Estaba mintiendo, pensó Elizabeth. Podía verlo en sus ojos, percibirlo en su voz.
—Te pillaron hace dos días por posesión. —Korotkii señaló la cocaína con asco—. Y sí llegaste a un acuerdo con ellos. Traicionar a tu familia a cambio de tu libertad, de tu buena vida. ¿Sabes lo que les ocurre a los ladrones y los traidores, Alexi?
—Hablaré con Sergei. Se lo explicaré. Tenía que darles algo, pero era una trola. Solo una trola. Les engañé.
—No, Alexi, te engañaron ellos a ti. Y has perdido.
—Hablaré con Sergei.
Cuando retrocedió, el segundo hombre se movió con la rapidez de un rayo y le sujetó los brazos a la espalda.
El pánico estalló en su cara y, presa del miedo, habló en ruso.
—No lo hagas. Yakov, somos primos. Nuestras madres son hermanas. Tenemos la misma sangre.
—Eres una deshonra para tu madre, para los de tu sangre. De rodillas.
—No. No lo hagas.
El segundo hombre empujó a Alexi al suelo.
—No. Por favor. Somos familia. Dame una oportunidad.
—Sí, suplica. Suplica por tu miserable vida. Dejaría que Yegor te hiciera pedazos, pero tu tío ha dicho que seamos clementes por el bien de su hermana.
—Por favor. Tened clemencia.
—Esta es tu clemencia. —Korotkii sacó una pistola de la espalda, apretó el cañón contra la frente de Alexi y disparó.
A Elizabeth se le doblaron las piernas. Cayó de rodillas, con la mano sobre la boca para contener el grito.
Korotkii habló en voz baja cuando puso el arma en la sien de Alexi y disparó dos veces más.
Su expresión no cambió en ningún momento, se mantuvo como una máscara mientras cometía el asesinato. Luego se puso en alerta cuando levantó la vista y la dirigió hacia la cocina.
—No me siento bien, Alex. Tengo que tumbarme o tal vez deberíamos… ¿Quiénes sois vosotros? —dijo Julie al entrar.
—¡Ah, me cago en la puta! —farfulló, y disparó a Julie dos veces—. ¿Por qué no sabíamos que estaba con su zorra?
El segundo hombre se acercó al cuerpo y meneó la cabeza.
—Esta es nueva. Muy joven.
—Ya no envejecerá más.
A Elizabeth se le oscureció la visión. Era un sueño. Una pesadilla causada por la bebida y los vómitos. Despertaría en cualquier instante. Acurrucada en la oscuridad, miró a Alex. Se percató de que casi no había sangre. Si fuera real, ¿no habría más sangre?
Despierta, despierta, despierta.
Pero el terror aumentó cuando vio entrar a Ilya.
Iban a matarle también. El hombre le dispararía. Tenía que ayudarle. Tenía que…
—Joder, ¿qué has hecho?
—Lo que se me ha ordenado.
—Las instrucciones eran romperle los brazos y hacerlo mañana por la noche.
—Las órdenes han cambiado. Nuestro informador nos dio el soplo. Alexi se alió con la pasma.
—Joder. Qué hijo de puta.
Elizabeth vio con horror que Ilya le propinaba tres patadas al cuerpo muerto de Alex.
Uno de ellos, pensó. Era uno de ellos.
Ilya se detuvo, se apartó el pelo y luego vio el cuerpo de Julie.
—Ah, joder. ¿Eso era necesario?
—Nos había visto. Nos dijeron que su puta se había ido con otro tío.
—Esta tuvo la mala suerte de que estuviera buscando carne fresca. ¿Dónde está la otra?
—¿La otra?
Aquellos preciosos ojos negros se convirtieron en hielo.
—Había dos. Esta y otra; pelo negro y corto, vestido rojo.
—Yegor.
Con un gesto, el hombre alto sacó una navaja y fue escaleras arriba. Ilya hizo algunas señales y, siguiendo órdenes, Korotkii se dirigió a la cocina en tanto que Ilya fue hacia las puertas de la terraza.
—Liz —murmuró—. No pasa nada, Liz. Yo cuidaré de ti.
Sacó una navaja de su bota, la sujetó a la espalda y encendió las luces de fuera.
Vio los zapatos de Liz, escudriñó la terraza y corrió hasta la barandilla.
—Aquí no hay nadie —le dijo Korotkii desde la entrada.
—Lo había. Encontradla.