2

Respirar. Cómo hacerlo para que nadie se diera cuenta de que estaba despierto. Fingir un ronquido profundo y regular, relajar el labio inferior. Y lo más importante: no mover los párpados, que el corazón lata con regularidad y las manos se queden flojas. A las dos de la madrugada, cuando entraran a comprobar si necesitaba otra dosis inmovilizante, verían al paciente de la habitación 17 de la segunda planta sumido en un sueño de morfina. Si quedaban convencidos, tal vez evitasen la inyección y le quitaran las correas, así sus manos podrían disfrutar de la sangre. La clave para imitar un semicoma, lo mismo que para hacerse el muerto boca abajo en un campo de batalla embarrado, consistía en concentrarse en un objeto neutro. En algo que asfixiara cualquier insinuación casual de vida. Hielo, pensó, un cubito, un carámbano, un estanque helado, un paisaje escarchado. No. Demasiada emoción en las lomas heladas. ¿Fuego entonces? Nunca. Demasiado activo. Necesitaba algo que no despertara ninguna sensación, que no alentara ningún recuerdo —agradable o vergonzoso—. Solo buscarlo ya le alteraba. Todo le recordaba hechos cargados de dolor. Imaginaba una hoja en blanco y se acordaba de la carta que había recibido, la que le había hecho un nudo en la garganta: «Ven cuanto antes. Ella habrá muerto si tardas mucho». Finalmente decidió que la silla del rincón sería su objeto neutro. Madera. Roble. Lacada o pintada. ¿Cuántos barrotes tenía el respaldo? ¿El asiento era plano o curvado, para el trasero? ¿Estaba hecha a mano o fabricada en serie? Si estaba hecha a mano, ¿quién fue el carpintero y de dónde sacó la madera? Inútil. La silla suscitaba preguntas, no vacía indiferencia. ¿Y el mar en un día soleado visto desde la cubierta de un transporte de tropas, sin horizonte ni esperanza de encontrarlo? No. Tampoco, porque entre los cuerpos que mantenían fríos abajo, quizá estuvieran sus amigos del pueblo. Tendría que concentrarse en otra cosa: un cielo nocturno y sin estrellas, o, mejor, unas vías de ferrocarril. Sin paisaje, sin trenes, solo vías interminables…, interminables.

Le habían quitado la camisa y las botas de cordones, pero los pantalones y la chaqueta del ejército (nada eficaces para el suicidio) los habían dejado colgados en el armario. No tenía más que recorrer el pasillo y salir por la puerta de emergencia, que nunca estaba cerrada desde que se declaró un incendio en aquella planta y una enfermera y dos pacientes murieron. Es lo que le había contado Crane, ese viejo charlatán que mascaba chicle como un poseso mientras lavaba los sobacos al paciente, pero para él que solo era un cuento inventado por el personal para poder salir a fumar. Su primer plan de fuga consistió en golpear a Crane cuando fuera a limpiarle la suciedad. Pero para eso tenía que soltarse las correas, y era demasiado arriesgado, así que optó por otra estrategia.

Dos días antes, esposado en el asiento trasero del coche patrulla, volvió la cabeza violentamente para ver dónde estaba y adónde le llevaban. Nunca había estado en aquel barrio. Su territorio era el centro de la ciudad. Nada destacaba en particular excepto el llamativo letrero de neón de un restaurante y un cartel enorme en el jardín de una iglesia diminuta: AME Sión. Si conseguía llegar a la salida de incendios, ahí se dirigiría, a Sión. Pero, antes de escapar, tenía que conseguir unos zapatos de algún modo, como fuera. Andar por la calle en pleno invierno sin zapatos era lo mejor que podía hacer para que lo arrestasen y le volvieran a encerrar en el pabellón y lo condenaran por vagancia. Interesante ley…, vagancia, o sea, estar en la calle o caminar sin un propósito claro. Llevar un libro ayudaría, pero ir descalzo desmentiría su «propósito», y quedarse quieto en algún sitio podría dar lugar a una denuncia por «merodear». Sabía mejor que la mayoría que no hacía falta estar en la calle para alterar el orden legal o ilegalmente. Podías estar bajo techo, llevar años viviendo en tu casa, y aun así hombres con placa o sin ella, pero siempre con pistola, podían obligarte a ti y a tu familia y a los vecinos a hacer las maletas y a largarte…, con o sin zapatos. Hace veinte años, a los cuatro años, tenía zapatos, aunque la suela de uno de ellos se despegaba a cada paso. Los vecinos de quince casas recibieron la orden de abandonar su pequeño barrio de la periferia. Veinticuatro horas, les dijeron, o ateneos a las consecuencias. Las «consecuencias» eran «la muerte». Por la mañana temprano les entregaron los avisos, así que, haciendo balance, el día consistió en confusión, ira y un ir y venir de maletas. Al anochecer, la mayoría se estaba marchando, en vehículos si los había, si no, a pie. Y, sin embargo, a pesar de las amenazas de aquellos hombres que llevaban la cara tapada o no, y de las súplicas de los vecinos, un viejo llamado Crawford se sentó en las escaleras del porche de su casa y se negó a desocupar su casa. Los codos en las rodillas, las manos entrelazadas, mascando tabaco, esperó toda la noche. Justo después del amanecer, al cumplirse las veinticuatro horas, le pegaron con tubos y culatas de fusil hasta matarlo y lo ataron a la magnolia más vieja del condado, la de su propio jardín. Quizá la querencia por aquel árbol que, solía presumir de ello, había plantado su bisabuela, lo puso tan terco. Al amparo de la noche, algunos vecinos volvieron furtivamente, lo desataron y lo enterraron bajo su amada magnolia. Uno de los sepultureros contó a quien quiso escucharle que al señor Crawford le habían sacado los ojos.

Aunque los zapatos eran vitales para la evasión, el paciente no tenía. A las cuatro de la madrugada, antes de salir el sol, consiguió aflojar las correas de lona, se desató e hizo jirones el camisón del hospital. Se puso los pantalones y la chaqueta del ejército y recorrió el pasillo descalzo. Salvo por el llanto en la habitación contigua a la salida de incendios, todo estaba tranquilo —ni el chirrido de los zapatos de algún viejo, ni risitas sofocadas, ni olor a tabaco—. Las bisagras gruñeron cuando abrió la puerta y el frío le golpeó como un martillo.

El hierro helado de la escalera de incendios dolía tanto que saltó por encima de la barandilla para hundir los pies en la nieve del suelo, más cálida. La maníaca luz de la luna, que hacía el trabajo de las estrellas ausentes, armonizaba con su desesperado frenesí e iluminaba su encorvada espalda y las huellas que dejaba en la nieve. Llevaba la medalla por los servicios prestados en el bolsillo pero ninguna moneda, así que no pensó en buscar una cabina para llamar a Lily. De todas formas no lo habría hecho, y no solo por su fría despedida, sino porque le daba vergüenza necesitarla en aquellos momentos: fugitivo del manicomio y descalzo. Cerrando con ahinco el cuello de la chaqueta, evitando la acera, de la que habían limpiado la nieve con palas, por los bordillos llenos de nieve recorrió tan deprisa como le dejaron los residuos de medicación las seis manzanas que separaban el hospital de AME Sión, la pequeña parroquia de madera de dos plantas de altura. Habían limpiado la nieve de los escalones del porche, pero no había luces encendidas. Llamó con los nudillos; fuerte, pensó, para lo ateridas que tenía las manos, pero sin amenazar, no como cuando un grupo de ciudadanos aporrea una puerta, o la chusma, o la policía. La insistencia dio sus frutos. Se encendió una luz y la puerta se abrió una rendija, y luego más, mostrando a un hombre canoso en bata de franela, con las gafas en la mano y frunciendo el ceño ante la insolencia de un visitante que llegaba antes del amanecer.

Quiso decir «Buenos días» o «Perdone», pero su cuerpo tiritaba violentamente, como si fuera una víctima del baile de san Vito, y los dientes le castañeteaban tanto y tan fuerte que no pudo articular palabra. El hombre de la puerta se hizo cargo de la situación de su tembloroso visitante y retrocedió para dejarle entrar.

—¡Jean! ¡Jean! —Se volvió hacia las escaleras y llamó al piso de arriba antes de invitar al visitante a pasar—. Dios mío —masculló cerrando la puerta—. Estás fatal.

El visitante quiso sonreír, pero no pudo.

—Soy Locke, reverendo John Locke. ¿Y tú?

—Me llamo Frank, señor. Frank Money.

—¿Vienes de abajo, del hospital?

Frank asintió mientras daba patadas al suelo para que los dedos de los pies volvieran a la vida.

El reverendo gruñó.

—Siéntate —dijo. Luego, meneando la cabeza, añadió—: Has tenido suerte, hermano Money. Venden muchos cuerpos en ese sitio.

—¿Venden cuerpos? —repitió Frank dejándose caer en el sofá. Solo vagamente le importó o le preocupó lo que aquel hombre estaba diciendo.

—Ajá. A la facultad de medicina.

—¿Venden cadáveres? ¿Para qué?

—Pues, ya sabes, los médicos necesitan trabajar con muertos pobres para ayudar a los ricos vivos.

—John, ya basta. —Jean Locke bajaba las escaleras atándose el cinturón de la bata—. No dices más que tonterías.

—Mi mujer —dijo Locke—. Dulce como la miel, pero a veces se equivoca.

—Señora… Siento… —Todavía tiritando, Frank se levantó.

La señora Locke le interrumpió.

—No es necesario. Sigue sentado —dijo, y se metió en la cocina.

Frank obedeció. En la casa no había viento, pero hacía casi tanto frío como en la calle, y las fundas de plástico bien tirantes que cubrían el sofá no ayudaban.

—Disculpa si la casa está demasiado fría —dijo Locke al ver los labios tiritantes de Frank—. A la lluvia estamos habituados, a la nieve no. ¿De dónde vienes?

—Del centro de la ciudad.

Locke volvió a gruñir. Eso lo explicaba todo.

—¿Y quieres volver?

—No, señor. Quiero ir al sur.

—Ya. ¿Y cómo es que has terminado en el hospital y no en la cárcel? Allí llevan a la mayoría de los que encuentran descalzos y a medio vestir.

—Por la sangre, supongo. Tenía mucha recorriendo mis mejillas.

—¿Y por qué tenías toda la cara manchada de sangre?

—No lo sé.

—¿No te acuerdas?

—No. Solo recuerdo que hubo un ruido. Fuerte. Muy fuerte. —Frank se frotó la frente—. ¿Quizá me metí en una pelea? —dijo con tono de pregunta, como si el reverendo supiera por qué le habían tenido dos días atado y sedado.

El reverendo Locke le miró con preocupación. No con nerviosismo, solo con preocupación.

—Tal vez creyeran que eras peligroso. Solo por estar enfermo no te habrían ingresado. ¿Adónde ibas exactamente, hermano? —Seguía de pie, con las manos a la espalda.

—A Georgia, señor. Si puedo.

—Eso nunca se sabe, queda mucho camino. Y bien, hermano Money, ¿tienes dinero? —Locke sonrió. Le hizo gracia su propio ingenio.

—Algo llevaba cuando me cogieron —respondió Frank. En esos momentos en los pantalones solo llevaba la medalla del ejército. Y no era capaz de recordar cuánto le había dado Lily. Solo sus labios curvados hacia abajo y su mirada implacable.

—Y ya no lo tienes, ¿verdad? —Locke entornó los ojos—. ¿Te busca la policía?

—No —dijo Frank—. No, señor. Solo me dieron unos cuantos empujones y me encerraron en el pabellón de los locos. —Formó un hueco con las manos y respiró en su interior—. No creo que me acusen de nada.

—Aunque lo hicieran, no llegarías a saberlo.

Jean Locke volvió con un cuenco de agua fría.

—Mete aquí los pies, hijo. Está fría, pero no conviene que los calientes demasiado deprisa.

Frank metió los pies en el agua y suspiró.

—Gracias.

—¿Por qué lo han encerrado? La policía, me refiero. —Jean dirigió la pregunta a su marido, que se encogió de hombros.

Por qué, ciertamente. Aparte de aquel rugido del B-29, no recordaba qué había hecho exactamente para llamar la atención de la policía. Si él no se lo podía explicar, cómo lo iba a hacer a una amable pareja que le había ofrecido ayuda. Si no se estaba peleando, ¿estaría meando en la acera? ¿Insultó a alguien que pasaba, a unos niños que volvían del colegio? ¿Se estaba golpeando la cabeza contra una pared o estaría escondido detrás de unas plantas en algún jardín trasero?

—Seguro que hice algo malo —dijo—. Eso tuvo que ser.

Era cierto que no se acordaba. ¿Se había tirado al suelo al oír de pronto una detonación? Tal vez se hubiera enzarzado en alguna trifulca o quizá se había echado a llorar delante de unos árboles —para pedirles disculpas por algo que no había hecho—. Lo que sí recordaba era que en cuanto Lily cerró la puerta tras él y a pesar de la importancia de su misión, su ansiedad se volvió inmanejable. Se tomó unas cuantas copas para tranquilizarse antes del largo viaje. Cuando salió del bar, la ansiedad había desaparecido, pero también la cordura. Volvieron la rabia —que flotaba libre a su alrededor—, el odio a sí mismo disfrazado de culpa de los demás. Y los recuerdos que habían madurado en Fort Lawton, donde, tan pronto como le licenciaron, empezó su vagabundeo. Nada más desembarcar pensó en mandar un telegrama a casa, porque en Lotus nadie tenía teléfono. Pero las operadoras estaban en huelga y con ellas los empleados de telégrafos. En una postal de dos centavos escribió: «He vuelto sano y salvo. Nos vemos pronto». «Pronto» no llegó porque no quería regresar a casa sin sus «compañeros». Estaba demasiado vivo para presentarse ante los padres de Mike y de Stuff. Su fácil respiración y su ser ileso serían un insulto para ellos. Por mucho que inventara alguna mentira sobre su heroica muerte, no podría culparles por su rencor. Además, odiaba Lotus. Sus vecinos crueles, su aislamiento y en especial su indiferencia con respecto al futuro solo resultarían tolerables si sus compañeros hubieran regresado con él.

—¿Cuánto hace que has vuelto? —El reverendo Locke seguía allí. Había suavizado la expresión.

Frank levantó la cabeza.

—Un año.

Locke se rascó la barbilla, y estaba a punto de decir algo cuando apareció Jean con un tazón y un plato de galletas saladas.

—No es más que agua caliente con mucha sal —dijo—. Bébetela, pero despacio. Voy a buscar una manta.

Frank dio dos sorbos y apuró el resto de un solo trago.

—Hijo —dijo Jean después de llevar más—, moja las galletas en el agua. Te entrarán mejor.

—Jean —dijo Locke—, mira a ver qué hay en la caja de los pobres.

—También le hacen falta unos zapatos, John.

No encontraron zapatos sobrantes, así que dejaron cuatro pares de calcetines y unos chanclos rajados junto al sofá.

—Duerme un poco, hermano. Te queda un viaje tortuoso, y no me refiero solo a Georgia.

Frank se quedó dormido entre una manta de lana y las fundas de plástico y soñó un sueño moteado de partes del cuerpo. Le despertó un sol de justicia y olor a tostadas. Tardó un rato, más del debido, en comprender dónde estaba. Los residuos de dos días de medicación le estaban abandonando, pero despacio. Estuviera donde estuviese, agradecía que el resplandor del sol no le diera dolor de cabeza. Se sentó y vio los calcetines, doblados pulcramente en la alfombra como pies rotos. A continuación oyó murmullos en otra habitación. Al mirar los calcetines recordó su pasado inmediato: la fuga del hospital, la carrera en medio de un frío glacial y, finalmente, el reverendo Locke y su mujer. Así que ya había vuelto al mundo real cuando entró Locke y le preguntó qué tal le habían sentado tres horas de sueño.

—Bien, bastante bien —respondió Frank.

Locke le acompañó al baño y colocó un peine y todo lo necesario para afeitarse en la repisa del lavabo. Lavado y calzado, Frank rebuscó en los bolsillos de los pantalones para ver si el celador había pasado algo por alto, una moneda de cuarto de dólar, diez centavos, pero no, la medalla al combate era lo único que le habían dejado. Por supuesto, el dinero que le había dado Lily también había desaparecido. Frank se sentó a la mesa de formica y desayunó copos de avena y una tostada con mantequilla. En el centro de la mesa había ocho billetes de un dólar y una bolsa con monedas. Podían ser las ganancias de una partida de póquer, pero reunirlas sin duda había costado mucho más esfuerzo: monedas de diez centavos salidas de pequeños monederos, de cinco centavos entregadas de mala gana por niños con planes distintos (y más dulces) para gastarlas; billetes de dólar que representaban la generosidad de toda una familia.

—Diecisiete dólares —dijo Locke—. Más que suficiente para un billete de autobús a Portland y, de allí, a algún lugar cerca de Chicago. Sin duda no te llevarán a Georgia pero, cuando estés en Portland, vas a hacer lo siguiente.

Dio instrucciones a Frank para ponerse en contacto con un reverendo llamado Jessie Maynard, pastor de una iglesia baptista, y le dijo que lo llamaría por teléfono para decirle que llegaba otro.

—¿Otro?

—No eres el primero ni mucho menos. El ejército integrado es un desastre. Vais todos a combatir, volvéis y os tratan como a perros. Perdón, como a perros no, a los perros los tratan mejor.

Frank se lo quedó mirando sin decir nada. El ejército no le había tratado tan mal. El ejército no tenía culpa de que de vez en cuando se pusiera hecho una fiera. En realidad, los médicos que le habían atendido antes de licenciarse habían sido amables y atentos, y le habían dicho que su locura acabaría pasando. Lo sabían todo sobre ella, pero le aseguraron que pasaría. Mantente alejado del alcohol, le dijeron. Cosa que no hizo. No podía. Hasta conocer a Lily.

Locke le escribió la dirección de Maynard en la solapa de un sobre y le dijo que tenía una congregación numerosa y podría ofrecerle más ayuda que su pequeño rebaño.

Jean había metido seis sándwiches, un poco de queso, algo de fiambre y tres naranjas en una bolsa de papel. Le dio la bolsa y un gorro de lana como el de los marineros. Frank se puso el gorro y le dio las gracias.

—¿Cuánto dura el viaje? —preguntó tras mirar dentro de la bolsa.

—Qué más da —contestó Locke—. Agradecerás cada bocado, porque cuando el autobús pare, no podrás bajar al bar a tomar nada. Y ahora escúchame. Eres de Georgia y has estado en un ejército no segregado y tal vez pienses que en el norte las cosas no son como en el sur. No lo creas ni por un momento y no cuentes con ello. Las costumbres son tan reales como las leyes y pueden ser igual de peligrosas. Y ahora ven conmigo. Te llevo.

Frank se quedó junto a la puerta mientras el reverendo cogía su abrigo y las llaves del coche.

—Adiós, señora Locke. Gracias, de verdad.

—Cuídate, hijo —respondió la señora Locke dándole unas palmaditas en el hombro.

En las taquillas de la terminal, Locke cambió las monedas por billetes y pagó el pasaje de Frank. Antes de ponerse a la cola en la puerta de Greyhound, Frank vio pasar un coche patrulla. Hincó una rodilla en el suelo simulando que se abrochaba los chanclos. Cuando pasó el peligro, se levantó. Luego se volvió hacia el reverendo Locke y le tendió la mano. Los dos hombres se estrecharon la mano y se miraron a los ojos unos segundos diciéndose nada y todo, como si «adiós» significara lo que siempre había significado: ve con Dios.

Había pocos viajeros pero, sumiso y obediente, Frank se sentó en el asiento de atrás, encogiendo cuanto pudo sus seis pies tres pulgadas de estatura y agarrando bien la bolsa de los sándwiches. A través de la ventanilla, bajo la piel de nieve, el paisaje se volvió más melancólico cuando el sol logró iluminar los árboles, mudos, incapaces de hablar sin hojas. Las casas, solitarias, daban forma a la nieve, y aquí y allá carritos de juguete contenían montones de ella. Solo las camionetas atascadas en los caminos de entrada parecían estar vivas. Frank se preguntó cómo sería la vida en aquellas casas, pero no pudo imaginar nada, en absoluto. De modo que, como le sucedía a menudo cuando estaba solo y sobrio no importaba dónde, vio a un niño devolviendo las tripas a su lugar, sosteniéndolas en la palma de la mano como si fueran una bola de cristal hecha añicos por una mala noticia, u oyó a otro niño al que solo le había quedado intacta la mitad inferior de la cara, cuyos labios llamaban a mamá. Él caminaba por encima de ellos, entre ellos, para seguir vivo, para evitar que su propia cara se disolviera, para conservar sus vistosas entrañas bajo esa capa de piel, ay, tan fina. Sobre el blanco y negro del paisaje invernal, la sangre roja ocupaba el centro de la escena. Nunca desaparecían, aquellas imágenes. Excepto con Lily. Prefería no pensar en aquel viaje como una ruptura. Solo una pausa, esperaba. Pero era difícil olvidar en qué se había convertido vivir con ella: una cansada crueldad asfixiaba la voz de Lily y el zumbido de la decepción definía su silencio. A veces el rostro de L