Boston, diciembre de 1930
De pie frente al espejo, Alexander Barrington se ajustaba la pañoleta de los Boy Scouts. Mejor dicho, intentaba ajustarla pero no lograba apartar los ojos de su rostro inusitadamente serio, con la boca curvada en una mueca de tristeza. Sus manos forcejeaban con la pañoleta blanca y gris, incapaces precisamente ese día de cumplir bien la tarea.
Alexander se apartó unos pasos, contempló la pequeña habitación y suspiró. No había mucho que ver: un suelo de madera, un ajado papel pintado con dibujos de ramas, una cama y una mesilla de noche.
A Alexander no le importaba porque aquél era sólo un cuarto alquilado y todos los muebles pertenecían a la casera, que vivía en la planta baja. La verdadera habitación de Alexander no estaba en Boston sino en Barrington; en ella se sentía muy cómodo, pero en ningún otro sitio había vuelto a sucederle lo mismo. Y había ocupado seis habitaciones diferentes en los últimos dos años, desde que su padre había vendido la mansión familiar y decidido marcharse de Barrington, alejando a Alexander de su pueblo natal y de su infancia.
Ahora estaban a punto de dejar también aquella habitación. Pero a Alexander no le importaba.
O mejor dicho, no era eso lo que importaba.
Alexander se volvió otra vez hacia el espejo y no le gustó la expresión entristecida del niño que le devolvía la mirada. Apoyó la frente en el cristal y exhaló un hondo suspiro.
–¿Y ahora qué? –se preguntó en un susurro.
Teddy, su mejor amigo, pensaba que irse a vivir a otro país era la aventura más emocionante del mundo.
Alexander no podía estar más en desacuerdo.
Oyó gritar a sus padres a través de la puerta entreabierta; no hizo caso, ya que estaba acostumbrado a oírlos discutir en los momentos de tensión. Al cabo de un momento la puerta se abrió de par en par y Harold Barrington, el padre de Alexander, entró en la habitación.
–¿Estás listo, hijo? El coche nos está esperando abajo. Y han venido tus amigos a decirte adiós. Teddy me ha preguntado si no querría llevármelo a él en lugar de a ti. –Harold sonrió–. Le he dicho que tal vez... ¿Tú qué opinas, Alexander? ¿Quieres cambiarte por él e irte a vivir con la loca de su madre y el chalado de su padre?
–Como vosotros estáis tan cuerdos, sería un cambio interesante –manifestó Alexander, lanzando una mirada a su padre.
Harold era un hombre delgado y de estatura mediana. Su único rasgo distintivo era la barbilla que destacaba con resolución en su cara ancha y cuadrada. A sus cuarenta y ocho años, en su denso cabello castaño empezaban a apuntar las canas y sus ojos azules conservaban la intensidad de la mirada. A Alexander le gustaba verlo de buen humor porque sus ojos perdían parte de su habitual severidad.
Jane Barrington, la madre de Alexander, apartó a Harold e irrumpió en la habitación vestida con su mejor traje de seda y su sombrerito blanco.
–Harold, deja en paz al niño –ordenó–. ¿No ves que se está poniendo guapo? El coche puede esperar. Y Teddy y Belinda, también. –Jane se atusó la cabellera larga y oscura recogida bajo el sombrerito. En su voz quedaban rastros del melodioso acento italiano que no había logrado borrar del todo en el tiempo que llevaba en Estados Unidos, donde se había instalado a los diecisiete años–. Belinda nunca me ha caído bien, ya lo sabes –añadió, bajando el tono.
–Ya lo sé, mamá. Por eso nos vamos a otro país, ¿no? –comentó Alexander.
Sin volverse, contempló a sus padres en el espejo. Físicamente se parecía a su madre; imaginaba que en el carácter terminaría pareciéndose más a su padre, pero no podía saberlo. Su madre lo divertía y su padre lo desconcertaba, como siempre.
–Ya estoy, papá –anunció.
Harold se acercó y le pasó un brazo por los hombros.
–Y tú que pensabas que apuntarte a los Boy Scouts sería emocionante. Este viaje será la aventura más emocionante de tu vida.
–Sí –contestó Alexander, pensando: «Me bastaba con los Boy Scouts». Sin mirar a su padre sino a su propia imagen reflejada en el espejo, añadió–: Papá, si no sale bien... podremos volver, ¿verdad? Podremos volver a... –se interrumpió para que su padre no se diera cuenta de que le temblaba la voz, tomó aliento y acabó la frase–: a Estados Unidos.
Harold no respondió. Jane se acercó y se colocó al otro lado de su hijo. Aunque no llevaba tacones era un palmo más alta que Harold, que a su vez era medio metro más alto que Alexander.
–Cuéntale la verdad al niño, Harold –dijo–. Díselo. Ya es mayor para saberlo.
–No, Alexander, no volveremos –explicó su padre–. Vamos a quedarnos a vivir en la Unión Soviética. En Estados Unidos no hay lugar para nosotros.
Alexander quiso decir que sí lo había para él. En Estados Unidos se sentía en su casa. Era amigo de Teddy y de Belinda desde que tenían tres años. Barrington era una población pequeña, con casas de fachadas blancas y postigos negros, tres iglesias de esbeltos campanarios y una calle principal que sólo medía cuatro manzanas de un extremo a otro. Alexander había disfrutado de una infancia feliz en los bosques de los alrededores. Pero calló porque sabía que su padre no quería escuchar esas cosas.
–Alexander, tu madre y yo estamos convencidos de que este traslado es lo mejor para la familia. Por primera vez en la vida, no nos limitaremos a defender de palabra los ideales comunistas sino que pondremos en práctica nuestras convicciones. Es muy fácil propugnar el cambio cuando estás rodeado de comodidades, ¿no? Por eso hemos decidido vivir dentro del sistema que defendemos. Me has visto luchar por él toda la vida, y tu madre también me ha visto.
Alexander asintió. Los había visto luchar a los dos. Había visto cómo los detenían por defender sus principios. Había visitado a su padre en la cárcel. Había conocido la animadversión de sus vecinos en Barrington. Sus compañeros de colegio se habían reído de él. Se había peleado con otros niños para defender las convicciones de su padre. Había visto a su madre al lado de Harold, participando en piquetes y protestas. Y él también los había apoyado. En una ocasión se habían trasladado los tres a Washington para intervenir en una manifestación comunista frente a la Casa Blanca y también habían terminado detenidos. A sus siete años, Alexander había pasado la noche en un reformatorio. Lo bueno era que Alexander era el único niño de Barrington que había visto la Casa Blanca.
En ese momento, Alexander pensó que ya habían hecho bastantes sacrificios. Más tarde, pensó que romper con la familia y dejar la mansión que había pertenecido a los Barrington durante ocho generaciones ya era bastante sacrificio. Y que vivir en una serie de cuartos alquilados en Boston para difundir el evangelio comunista ya era bastante sacrificio...
Al parecer, no lo era.
La decisión de su padre de trasladarse a la Unión Soviética había sido una sorpresa para Alexander, una sorpresa desagradable. Sin embargo, Harold estaba convencido de que en la Unión Soviética encontrarían su lugar, un lugar donde ningún niño se reiría de su hijo y donde los vecinos los recibirían con afecto y admiración. Un lugar donde su vida se llenaría de sentido. La nueva Rusia había dado el poder al obrero, y muy pronto el obrero gobernaría el mundo. A Alexander le bastaba con que su padre lo creyera.
Su madre le estampó un beso en la frente y le dejó una marca de pintalabios que se apresuró a limpiar con el dorso de la mano.
–Cariño, ya sabes que tu padre quiere que te eduques en un entorno adecuado, ¿verdad?
–No se trata de mí, mamá –contestó Alexander en un tono un tanto condescendiente–. Yo soy un niño...
–No –intervino Harold con rotundidad, sin quitarle la mano del hombro–. Por supuesto que se trata de ti, Alexander. Sólo tienes once años, pero dentro de poco serás un hombre. Si nos trasladamos a la Unión Soviética es para que llegues a ser el hombre que debes ser. Tú eres el único legado que puedo dejar al mundo, hijo mío.
–Pero papá, hay muchos hombres en Estados Unidos –observó Alexander–. Herbert Hoover, Woodrow Wilson, Calvin Coolidge...
–Sí, pero no son buenos. Estados Unidos produce hombres codiciosos y egoístas, orgullosos y resentidos, y yo no quiero que tú seas así.
–Alexander –intervino Jane, estrechando a su hijo contra su pecho–. Queremos que tengas las dotes de carácter que les faltan a los norteamericanos.
–Exacto –aceptó Harold–. Estados Unidos debilita el carácter.
Alexander se apartó y se volvió hacia el espejo. Era eso lo que estaba mirando antes de que sus padres irrumpieran en la habitación. Contemplaba su cara sombría y se preguntaba: «Cuando sea mayor, ¿qué clase de hombre seré?».
–No te preocupes, papá –declaró, volviéndose hacia Harold–. Podrás sentirte orgulloso de mí. No seré codicioso, egoísta, orgulloso ni vengativo. Y tendré el carácter más duro que se pueda tener... Vámonos, ya estoy listo.
–Yo no quiero que seas duro, Alexander, quiero que seas bueno. –Harold hizo un pausa–. Un hombre mejor que yo.
Mientras salían de la habitación, Alexander se volvió y observó su imagen en el espejo por última vez. «No quiero olvidarme de este niño –pensó–, por si alguna vez necesito volver a su lado.»
Estocolmo, mayo de 1943
Una fresca mañana de primavera, Tatiana se despertó y pensó: «No puedo seguir así».
Se levantó de la cama, se lavó, se cepilló el pelo, metió en la mochila sus libros y sus escasas prendas de vestir y arregló la habitación del hotel hasta dejarla impecable, como si no hubiera vivido en ella durante dos meses. La brisa agitaba los visillos blancos de las ventanas.
En su interior, Tatiana también se sentía agitada.
Sobre el escritorio había un espejo ovalado. Antes de recogerse el pelo, Tatiana observó un momento su imagen reflejada, pero no reconoció la cara que le devolvía la mirada. A sus dieciocho años su rostro había perdido la redondez de la infancia, y los pómulos salientes, la frente alta, la mandíbula recta y los labios finos destacaban en un óvalo demacrado. Los hoyuelos de las mejillas, si aún existían, eran invisibles. Hacía tiempo que no lucía los dientes o los hoyuelos en una sonrisa. De la cicatriz que se había hecho en la cara al golpearse contra el parabrisas sólo quedaba una línea rosada que empezaba a difuminarse. Sus pecas también empezaban a borrarse, pero lo menos reconocible era la mirada. Sus ojos verdes y antaño chispeantes, hundidos entre los rasgos demacrados, eran dos cristales sucios que constituían la única barrera de protección entre los extraños y su propia alma. Tatiana no se sentía capaz de mirar a nadie a la cara, ni siquiera a sí misma. En cuanto se asomaba al mar verde de sus ojos, distinguía demasiado bien la tormenta que bullía detrás de la frágil fachada.
Tatiana se cepilló la melena rubia que le llegaba por los hombros. Ya no odiaba su pelo.
Cómo iba a odiarlo, si Alexander lo adoraba...
No quería recordar. Quería borrarlo todo, esquilarse como una oveja camino del matadero, cortarse el pelo y arrancarse el blanco de los ojos y los dientes de la boca y las arterias de la garganta.
Tatiana se recogió el pelo y se cubrió la cabeza con un pañuelo para pasar lo más inadvertida posible, aunque en Suecia, un país lleno de rubias, no le resultaba difícil perderse entre la multitud.
De hecho, ya lo había conseguido.
Tatiana sabía que había llegado el momento de marcharse pero en su interior no encontraba el impulso necesario para seguir adelante. Llevaba a su hijo en el vientre, pero tener un niño era tan fácil en Suecia como en Estados Unidos. Más fácil aún. Si se quedaba en Estocolmo, se ahorraría viajar por un país desconocido, comprar un pasaje para un carguero con destino Gran Bretaña, cruzar el océano y desembarcar en Estados Unidos en plena guerra mundial. Los alemanes bombardeaban todos los días las aguas del hemisferio norte y sus torpedos convertían los submarinos aliados y los buques de la Armada de Bloqueo en bolas de fuego rodeadas de un denso humo negro que se elevaba sobre las plácidas aguas del golfo de Botnia, el mar Báltico, el Ártico o el Atlántico. En cambio, para seguir a salvo donde estaba no tenía que hacer mucho más de lo que había estado haciendo hasta entonces.
¿Qué había estado haciendo?
Había estado viendo a Alexander por todas partes.
Cuando andaba por la calle o se sentaba en un café, volvía la cara y allá estaba él, altísimo, con su uniforme de oficial y el fusil colgado del hombro, mirándola con una sonrisa. Tatiana extendía la mano para acariciarle el pelo pero sólo tocaba la almohada blanca sobre la que superponía la imagen de Alexander. Se volvía hacia él para ofrecerle un pedazo de pan, o se sentaba en un banco y lo veía cruzar la calle y avanzar resueltamente hacia ella. Echaba a andar detrás de un transeúnte de espaldas anchas y piernas largas o clavaba descortésmente la mirada en los ojos de un desconocido porque en su rostro había visto dibujados los rasgos de Alexander. Parpadeaba varias veces y la imagen desaparecía. Y ella desaparecía también. Agachaba la cara y seguía andando.
Sin embargo, cuando volvía a alzar los ojos se lo encontraba de nuevo a su lado, alto, guapo y risueño, acercándose a ella con la correa del fusil resbalándole del hombro.
Tatiana alzó la mirada hacia el espejo y vio a Alexander de pie detrás de ella, apartándole el pelo de la nuca e inclinando la cara hacia su cuello. Tatiana no sentía su olor ni el roce de sus labios sobre su piel, pero su mirada era casi capaz de notar el tacto de su pelo negro.
Tatiana cerró los ojos.
Más tarde, en el Spivak, pidió su desayuno habitual: dos lonchas de beicon, dos tazas de café negro y tres huevos escalfados, y fingió leer el periódico inglés que había comprado en el quiosco del puerto. Las palabras formaban una nebulosa dentro de su cabeza, y Tatiana decidió que ya leería por la tarde, cuando estuviera más tranquila. Salió del café y atravesó la calle en dirección al muelle, se acercó a un banco y se sentó a mirar a un estibador que cargaba bobinas de papel en una barcaza para enviarlas a Helsinki. Estuvo contemplándolo durante un rato, sin moverse. Sabía que al cabo de unos minutos el hombre se acercaría a charlar con los compañeros que trabajaban a unos cincuenta metros. Se fumaría un pitillo, se tomaría un café y se fumaría otro pitillo. Dejaría desatendida la barcaza durante unos treinta minutos, con la cabina unida a tierra por la pasarela de madera.
Media hora después, el hombre volvería y seguiría descargando bobinas de papel del camión, colocándolas en una carretilla y bajándolas por la plataforma. Al cabo de sesenta y dos minutos aparecería el capitán, y el estibador lo saludaría con un gesto y desharía las amarras. Y el capitán se llevaría su barcaza hacia Helsinki, a través del gélido mar Báltico.
Era la vigesimoquinta mañana que Tatiana lo observaba.
Helsinki estaba a sólo cuatro horas de Viborg. Y en los periódicos ingleses que compraba diariamente en el quiosco del puerto, Tatiana había leído que el Ejército Rojo había arrebatado a los finlandeses los territorios de la Carelia rusa y Viborg volvía a estar en manos soviéticas por primera vez desde 1918. Una barcaza que atravesara el mar hasta Helsinki, un camión que atravesara los bosques hasta Viborg, y ella también volvería a estar en manos soviéticas.
–A veces me gustaría que no fueras tan testaruda –dice Alexander.
Tiene un permiso de tres días. Es la última vez que están juntos en Leningrado, su último Leningrado, su último fin de semana de noviembre, su último todo.
–Dijo la sartén al cazo: «Apártate, que me tiznas»...
–Ojalá el cazo tiznara menos –responde Alexander, con un bufido de frustración–. Me consta que algunas mujeres hacen caso a sus parejas. Hay hombres que están con mujeres así...
–Pues parece que ellos se las quedaron todas. –Tatiana le hace cosquillas, pero no consigue hacerlo reír–. Muy bien, dime qué debo hacer –dice al final, bajando la voz–. Haré exactamente lo que me digas.
–Sal inmediatamente de Leningrado y vete a Lazarevo –le ordena Alexander–. Allá estarás a salvo.
–Anda, un último intento –contesta Tatiana con un gesto de fastidio–. Sé que puedes correr el riesgo.
–Puedo, pero no quiero –responde Alexander, sentado en el viejo sofá de los padres de Tatiana–. Nunca atiendes cuando te hablo de lo verdaderamente importante...
–Eso no es lo verdaderamente importante –asegura ella. Se arrodilla frente a él y toma sus manos entre las suyas–. Si el NKVD viene en mi busca, sabré que te has ido y aceptaré mi castigo. –Le oprime la mano con cariño–. Aceptaré el castigo que me reserven por ser tu esposa, sin lamentar ni uno solo de los segundos que habré pasado contigo. Así que déjame quedarme un momento contigo. Déjame olerte una vez más, saborearte una vez más, besarte una vez más. Corramos el riesgo, por triste que sea estar aquí, con este frío. Aprovechemos el milagro de volver a estar juntos, de acostarnos juntos. Dime qué tengo que hacer y lo haré.
–Acércate –responde Alexander, tomándola de la mano–. Siéntate encima de mí –añade, abriendo los brazos.
Tatiana obedece.
–Ahora ponme las manos en la cara.
Tatiana obedece.
–Acerca la boca a mis ojos y bésalos.
Tatiana obedece.
–Bésame en la frente.
Tatiana obedece.
–Bésame en la boca.
Tatiana obedece. Y vuelve a obedecer.
–Tania...
–Shhh...
–¿No ves que no puedo resistirlo más?
–¡Ah! –responde Tatiana–. Yo creía que podías resistirlo todo...
Tatiana se sentaba a mirar al estibador cuando hacía sol y se sentaba a mirarlo cuando llovía. O cuando había niebla, como casi siempre acontecía a las ocho de la mañana.
Esa mañana no sucedía ni una cosa ni otra. Esa mañana hacía frío. El muelle olía a pescado y a humedad. Se oían los chillidos de las gaviotas y la voz de un hombre que gritaba.
«¿Dónde está mi hermano para ayudarme, dónde están mi hermana, mi madre? Ayúdame, Pasha, ven a jugar al fútbol conmigo, escóndete en el bosque para que yo te encuentre. Mira qué ha ocurrido, Dasha, mira cómo ha acabado todo. ¿Todavía ves? Mamá, mamá. Quiero que venga mi madre. ¿Dónde está mi familia para interrogarme, para presionarme, para importunarme, para que nunca pueda estar a solas o en silencio, dónde están para ayudarme a sobrellevar todo esto? ¿Qué hago, deda? No sé qué hacer.»
Aquella mañana, el estibador, en lugar de irse a fumar con los compañeros del muelle contiguo, se acercó al banco y se sentó al lado de Tatiana.
Tatiana se sorprendió pero no dijo nada. Se ciñó la bata de enfermera y se acomodó el pañuelo de la cabeza, apretó los labios y clavó la mirada en el puerto.
–Soy Sven –se presentó el estibador, en sueco–. ¿Cómo se llama usted?
–Tatiana –respondió ella tras una pausa prolongada–. No hablo sueco.
–¿Quiere un cigarrillo? –propuso Sven, en inglés esta vez.
–No –contestó Tatiana en el mismo idioma.
Estuvo a punto de decirle que tampoco hablaba inglés. Estaba segura de que él no sabría ruso.
Sven se ofreció a traerle un café o un chal para los hombros. Tatiana dijo que no sin siquiera mirarlo.
–Quiere subir a la barcaza, ¿verdad? –preguntó el estibador tras una pausa–. Venga, yo la acompaño. –La agarró del brazo, pero Tatiana no se movió–. Ya veo que se deja algo –observó Sven, e hizo un gesto para ayudarla a levantarse–. Vaya a buscarlo.
Tatiana no se movió.
–Puede fumarse un cigarrillo, tomarse un café o subir a la barcaza. No me daré la vuelta, no hace falta que se esconda. La habría dejado subir el primer día que vino, sólo tenía que pedírmelo. ¿Quiere ir a Helsinki? Perfecto. Ahora ya sé que no es usted finlandesa. –Sven hizo una pausa–. Pero hace dos meses le habría sido más fácil huir; ahora, con un embarazo tan avanzado, lo tiene más complicado. Aun así, tiene que decidir si se echa atrás o sigue adelante. ¿Cuánto tiempo piensa quedarse ahí sentada, mirándome la espalda?
Tatiana clavó los ojos en las aguas del Báltico.
–¿Cuánto tiempo más va a esperar? –repitió Sven.
–Si lo supiera, ¿seguiría aquí sentada?
–No hace falta que siga sentada. Venga conmigo.
Tatiana negó con la cabeza.
–Lleva demasiado tiempo sola –insistió el estibador–. ¿Dónde está su marido? ¿Dónde está el padre de su hijo?
–En la Unión Soviética, muerto –dijo Tatiana con un suspiro.
–Ah, es usted soviética. –Sven asintió–. Ahora lo entiendo. Ha conseguido escapar... Muy bien, pues ahora que ya está en Suecia, quédese. Vaya al consulado y acójase al programa de protección de refugiados. Han entrado centenares en el país desde Dinamarca. Vaya al consulado.
Tatiana negó con la cabeza.
–Dentro de poco nacerá el niño –dijo Sven–. Tiene que decidir si se echa atrás o sigue adelante.
Tatiana se llevó las manos a la barriga y se le empañaron los ojos. El estibador le dio una palmadita afectuosa y se puso de pie.
–Parece que quiere volver a la Unión Soviética... ¿Por qué?
Tatiana no respondió. ¿Cómo decirle que se había dejado el alma?
–Si regresa, ¿qué será de usted?
–Lo más probable es que muera –susurró Tatiana.
–Y si sigue adelante, ¿qué será de usted?
–Lo más probable es que viva.
–¿Qué clase de alternativa es ésa? –preguntó Sven, palmeando con las manos–. No tiene más remedio que seguir adelante.
–Sí –aceptó Tatiana–, pero ¿cómo voy a vivir? Míreme. ¿Cree que no lo haría si pudiera?
–Así que prefiere quedarse en el purgatorio de Estocolmo, viéndome cargar rollos de papel día sí, día no, mirándome fumar, espiándome. ¿Qué va a hacer? ¿Sentarse en este banco con su niño en brazos? ¿Es eso lo que quiere?
Tatiana no dijo nada.
La primera vez que lo vio se estaba comiendo un helado, sentada en un banco.
–Siga adelante.
–No tengo coraje.
–Lo tiene, pero está cubierto por una capa de hielo –dijo Sven, meneando la cabeza–. Veo que es invierno en su interior... –Sonrió y añadió–: No se preocupe, el verano no tardará en llegar y el hielo se deshará.
Tatiana se puso torpemente en pie.
–El problema no es el hielo, marinero filósofo –dijo en ruso mientras se alejaba–. Es la pira funeraria.
... Mantén siempre la cabeza bien alta,
con esta marea
y con todas las mareas,
porque él era el hijo que criaste
y entregaste al vendaval y al oleaje.
RUDYARD KIPLING
Hospital de Morozovo, 13 de marzo de 1943
Entrada la noche, en el pueblecito pesquero donde el Ejército Rojo había instalado su cuartel general, un herido esperaba la muerte en la cama del hospital militar.
El herido estuvo varias horas con los brazos cruzados, hasta que se apagaron las luces y la sala quedó en silencio.
No tardarían en venir a buscarlo.
El herido era un soldado de veintitrés años castigado por la guerra. Los meses pasados en aquella cama de hospital habían dado a su rostro una palidez que no tenía que ver con el miedo ni con la añoranza. Iba sin afeitar y llevaba la cabeza rapada casi al cero. Sus ojos de color caramelo estaban clavados en la lejanía. Alexander Belov no era un hombre frío ni cruel, pero en esos momentos tenía una mirada sombría y resignada.
Unos meses antes, durante la batalla de Leningrado, Alexander había corrido a ayudar a su amigo Anatoli Marazov, caído sobre la superficie helada del Neva con una bala en la garganta. Además de Alexander, otra persona que corrió hacia el pobre Anatoli fue un médico de la Cruz Roja Internacional nacido en Boston y llamado Matthew Sayers. Pero el imprudente médico se hundió en el hielo y Alexander tuvo que sacarlo del agua arriesgando su vida y arrastrarlo sobre la superficie congelada del río hasta guarecerse con él detrás de un camión blindado. Los aviones alemanes bombardearon el camión y uno de los proyectiles cayó sobre Alexander. De pronto se acordó de Luga al principio de la guerra, cuando los alemanes bombardearon las tierras de labor llenas de civiles y de soldados. Ahora entendía por qué le habían causado tanta impresión: bajo las ráfagas de la Luftwaffe, había visto su propia muerte.
Fue Tatiana la que lo salvó de los cuatro jinetes que habían ido a buscarlo contando con sus dedos enfundados en guantes negros las buenas y las malas acciones de su vida. Tatiana, a la que Alexander había dicho: «Sal de inmediato de Leningrado y vete a Lazarevo». Lazarevo, la aldea de pescadores al pie de los Urales, en la ribera del caudaloso Kama, rodeada de bosques de coníferas. Lazarevo, donde Tatiana habría podido ponerse a salvo momentáneamente, si no hubiera sido tan imprudente como aquel médico de la Cruz Roja. «No iré», declaró; y no fue. Lo que hizo fue trasladarse al frente sin que Alexander lo supiera y plantar cara a los cuatro jinetes: «No os lo llevaréis, haré cuanto esté en mi mano para impedirlo», les dijo, desafiante.
Y Tatiana había cumplido su palabra. Había donado su propia sangre para impedir que los jinetes se llevaran a Alexander. Había vaciado sus arterias para alimentar las venas de Alexander, y lo había salvado.
Alexander le debía a Tatiana la vida, pero el doctor Sayers le debía la vida a él y por eso había aceptado llevarlos a los dos a Helsinki, para que desde allí pudieran trasladarse a Estados Unidos. Urdieron un plan con ayuda de Tatiana, y Alexander esperó dos meses en el hospital mientras se le curaban las heridas de la espalda, tallando figuritas y espadas de madera e imaginándose que atravesaba Estados Unidos con ella. Cerraba los ojos y pensaba que el dolor desaparecía y que hacía calor y que en el coche estaban solamente Tatiana y él, oyendo la radio y cantando.
Durante todo ese tiempo, Alexander se apoyó en las frágiles alas de la esperanza. Sabía que era una esperanza muy pequeña, pero aun así se dejó llevar por ella. Era la esperanza del hombre que corre en un último intento de salvación, suplicando a Dios que le dé tiempo a zambullirse en el agua antes de que el enemigo recargue sus armas y lo acribille. Alexander oye los chasquidos de los fusiles y los gritos de los soldados a sus espaldas, pero sigue corriendo. Zambullirse en el agua o morir. Zambullirse en las aguas del Kama.
Y después, tres días antes del momento actual, Alexander abrió los ojos y se encontró con su «buen» amigo Dimitri Chernenko delante de su cama, sujetando la mochila que creía haber perdido al caer sobre el hielo. Dimitri sacó el vestido blanco con rosas rojas de Tatiana y lo sostuvo en el aire en un gesto de amenaza: le estaba exigiendo que se olvidara de ella y se fuera a Estados Unidos con él. Lo estaba retando, pidiéndole que renunciara a su vida.
Alexander debería haberlo matado. De hecho, si no lo hubiera detenido un estúpido celador, habría acabado con él de una paliza. En cualquier caso, con Dimitri vivo o muerto, su destino estaba marcado. Alexander no sabía cuándo había quedado marcado, y tampoco quería saberlo.
Su destino había quedado marcado en diciembre de 1930, en el momento en que él y su familia salieron del último cuarto alquilado que habían ocupado en Boston.
Ahora, en 1943, si hubiera matado a Dimitri, Alexander estaría en el calabozo, esperando a comparecer ante un consejo de guerra por homicidio. Y Tatiana se habría quedado en la Unión Soviética para estar cerca de él, y Matthew Sayers, el médico de la Cruz Roja, se habría marchado solo a Helsinki.
Pero Alexander no lo había matado. Y lo primero que hizo Dimitri al volver en sí fue ir a hablar con el general Mejlis, el jefe de la rama militar del NKVD, para contarle todo lo que sabía de Alexander Belov. Y sabía muchas cosas.
Sin embargo, Dimitri no mencionó a Tatiana. Lo único que quería era arruinar la vida de Alexander, no la de ella. Tatiana, que era capaz de ver la verdadera naturaleza de las personas, había advertido a Alexander desde el principio de las malas intenciones de Dimitri. Alexander y ella actuaron con cautela, fingiendo que no se conocían y procurando no dejarse ver juntos en público. Pero Dimitri encontró el vestido blanco con rosas rojas en la mochila de Alexander y supo que se habían casado en secreto. Los tenía acorralados y estaba dispuesto a hacer lo que fuera para arruinarles la vida. Y lo hizo.
A pesar de todo, Alexander aún veía arder delante de él una pequeña llamita de esperanza. Dimitri estaba obsesionado con escapar de la Unión Soviética. Por eso, cuando corrió a hablar con el general Mejlis con el brazo medio arrancado y la cara llena de sangre, se limitó a delatar a su amigo Alexander Belov pero no mencionó a Tatiana Metanova. No dijo que Tatiana era la esposa de Alexander porque no quería que ella se marchara de la Unión Soviética; mejor dicho, quería que se marchara con él y no con Alexander.
Para salvar a Tatiana, Alexander Belov tuvo que armarse de valor y alejarse de ella. Más aún: tuvo que allanarle el camino para animarla a marcharse.
Ahora sólo le quedaba una cosa por hacer: curarse, reponer fuerzas y felicitar al médico que sacaría a su esposa de la Unión Soviética. Después regresaría al campo de batalla y volvería a enfrentarse al enemigo. Por el momento, lo único que podía hacer era esperar.
Alexander pidió a la enfermera del turno de noche que le trajera su uniforme de comandante y su gorra de oficial. Se afeitó con el cuchillo de combate y el vaso de agua de la mesilla, se vistió y se sentó a esperar con las manos en el regazo. Cuando fueran a buscarlo los esbirros del NKVD, y sabía que lo harían, quería recibirlos con toda la dignidad posible. Oyó la pesada respiración del soldado que ocupaba la cama contigua, oculta a la vista por una cortina de aislamiento.
¿Cuál era la situación de Alexander aquella noche? ¿Qué le había llevado a adoptar su decisión? Y lo más importante, ¿qué sería de él dos horas después, cuando el NKVD pusiera en cuestión todo lo que había sido hasta entonces? Es decir, cuando el jefe de la policía secreta, el general Mejlis, alzara sus ojillos incrustados en unos párpados grasientos y le ordenara: «Díganos quién es usted, comandante». ¿Cuál sería la respuesta de Alexander?
¿Era el marido de Tatiana?
Sí.
–No llores, cariño.
–No acabes. Por favor, no acabes. Aún no.
–Tania, tengo que marcharme.
Había asegurado al coronel Stepanov que estaría de vuelta el domingo por la noche a la hora del recuento y no podía retrasarse.
–Por favor. Aún no.
–Tania, me darán más permisos de fin de semana... –dice Alexander entre jadeos–. Volveré después de la batalla de Leningrado. Pero ahora...
–Por favor, Shura. Aún no...
–Me estás apretando. Relaja las piernas...
–No, no te muevas. Por favor. Espera...
–Son casi las seis, mi amor. Tengo que marcharme.
–Shura, cariño... Por favor, no te marches.
–No acabes, no te marches... ¿Qué puedo hacer?
–Quédate como estás. Dentro de mí, para siempre. No te retires aún, aún no...
–Shhh... Tania...
Cinco minutos después, Alexander corre hacia la puerta de la habitación.
–Tengo que irme. No, no me acompañes al cuartel, no quiero que andes sola de noche. ¿Tienes la pistola que te di? Quédate aquí. No hace falta que me despidas desde el corredor. Sólo... ven aquí. –Alexander la estrecha contra él, la envuelve con la guerrera y le besa el pelo y los labios–. Sé buena, Tania. No es una despedida.
Ella hace el saludo militar.
–Hasta pronto, capitán de mi corazón –dice Tatiana, a la que ya no quedan lágrimas porque las ha derramado todas entre el viernes y el domingo.
¿Era un soldado del Ejército Rojo?
Sí.
¿Era el hombre que había confiado su vida a Dimitri Chernenko, aquel canalla desalmado que se había hecho pasar por su amigo?
Sí, también era ese hombre.
Sin embargo, en otro tiempo había sido un ciudadano estadounidense, un Barrington. Hablaba como un estadounidense. Se reía como un estadounidense. En verano practicaba deporte al aire libre como cualquier estadounidense, nadaba como cualquier estadounidense y, como cualquier estadounidense, tenía una vida que daba por sentada. Como cualquier estadounidense, tenía amigos que pensaba conservar hasta la muerte y, como cualquier estadounidense, quería a sus padres.
En otro tiempo estaban los bosques de Massachusetts, su tierra natal. Y estaba la bolsa de tela donde guardaba sus pequeños tesoros infantiles: las conchas y los pedazos de cristal que recogía en la playa de Nantucket Sound, el envoltorio de un algodón de azúcar, los trozos de cordel y la foto de su amigo Teddy.
En otro tiempo tenía una madre, y su rostro moreno y de ojos grandes seguía sonriendo en su memoria.
En otro tiempo, cuando la luna era azul y el cielo era negro y las estrellas lo bañaban con su luz, durante un breve instante de la eternidad, Alexander había descubierto algo que no había vuelto a ver durante todo el tiempo que había pasado en la Unión Soviética.
En otro tiempo.
Alexander Barrington se acercaba a su fin. Pero no llegaría al final sin resistirse.
Se puso las tres medallas al valor y la Estrella Roja que le habían concedido por atravesar la peligrosa superficie helada de un lago al volante de un tanque, se encasquetó la gorra de oficial, se sentó en la butaca que había junto a la cama y esperó.
Alexander sabía cómo actuaban los agentes del NKVD cuando querían detener a alguien. Tenían que actuar en silencio, procurando que los viera el menor número de gente posible. Llegaban en medio de la noche o se presentaban en el andén abarrotado donde esperabas el tren que iba a llevarte a un centro de veraneo en Crimea. Aparecían entre los puestos del mercado, o bien obligaban a un vecino a llamarte un momento a su habitación. Te preguntaban si podían sentarse a tu lado cuando estabas tomándote un pelmeni en la taberna. Se colocaban detrás de ti en la cola de la tienda, carraspeaban y te decían que los acompañaras al departamento de entregas especiales. Se sentaban en el banco que ocupabas en el parque. Se mostraban siempre corteses y hablaban en voz baja e iban impecablemente vestidos. Al principio no veías las pistolas ni el coche que aparcaría junto al bordillo para llevarte a la Casa Grande. Una vez, una mujer a la que intentaron detener en plena calle se subió a una farola y comenzó a gritar hasta que los transeúntes abandonaron su indiferencia habitual. Los agentes del NKVD la dejaron en paz por el momento, pero ella, en lugar de esconderse en el campo, se fue a dormir a su casa, de donde se la llevaron aquella misma noche.
A Alexander habían ido a buscarlo una tarde a las puertas del instituto, cuando charlaba con un amigo. Se le acercaron dos hombres y le dijeron que su profesor de historia quería verlo un momento en el despacho. Alexander desconfió de inmediato. Sin alterarse, se aferró al brazo de su amigo y movió la cabeza negativamente. Pero su compañero decidió que su presencia no era deseada y se marchó a toda prisa. Cuando se quedó solo con los dos agentes, Alexander consideró sus posibilidades de escapar, pero al ver el coche negro que aparcaba lentamente junto al bordillo comprendió que eran muy pocas. Al final decidió que no se atreverían a dispararle por la espalda a plena luz del día y echó a correr. Los dos agentes echaron a correr tras él, pero tenían unos cuantos años más que Alexander y no lo alcanzaron. Al cabo de unos minutos los perdió de vista y se escondió en un callejón. Más tarde se fue al mercado de la iglesia de San Nicolás, compró un panecillo y pensó que no podía volver a casa. Como su padre no lo echaría de menos y su madre no se daría ni cuenta, pasó la noche al raso.
A la mañana siguiente volvió al instituto, pensando que en el aula estaría más seguro. El director en persona le envió una nota pidiéndole que fuera a verlo a su despacho.
En cuanto salió al pasillo, los dos agentes lo agarraron y lo obligaron a salir a la calle y a subir al coche que aguardaba junto a la acera.
En la Casa Grande le dieron una paliza y luego lo enviaron a la cárcel de Kresti. Alexander no se hacía muchas ilusiones sobre su destino. No podían acusarlo de nada, pero sabía que su inocencia o culpabilidad eran lo de menos. Además, tal vez no era tan inocente. Después de todo, era estadounidense y se llamaba Alexander Barrington. Ése era su delito. Lo demás eran detalles superfluos.
Fueran quienes fueran los que acudieran a buscarlo aquella noche a la sala de convalecencia del hospital militar, procurarían no armar ningún jaleo. Alexander suponía que el pretexto que se habían buscado (llevarlo a Voljov para ascenderlo a teniente coronel) bastaría para contentar a los apparatchik. Sin embargo, estaba decidido a no llegar a Voljov, donde debían «juzgarlo» y ejecutarlo. En Morozovo, rodeado de novatos, tenía más posibilidades de sobrevivir.
Según el artículo 58 del Código Penal soviético de 1928, Alexander no era un delincuente político. El Código se subdividía en 14 capítulos y utilizaba definiciones muy vagas. Daba igual que Alexander fuera o no estadounidense, que fuera o no prófugo de la justicia, que fuera o no agente extranjero, espía o pacifista e incluso que hubiera cometido o no un acto delictivo, ya que la mera intención de traicionar al Estado equivalía a un acto de traición y estaba sujeta a una severa pena. El gobierno soviético se enorgullecía de esta muestra de superioridad sobre las legislaciones occidentales, que esperaban ridículamente a que los delitos se llevaran a la práctica antes de aplicar el castigo pertinente.
Cualquier acto, efectivo o en grado de intención, contrario al Estado o a la estructura militar de la Unión Soviética estaba penado con la muerte. Y no sólo los actos. También la inacción se consideraba contrarrevolucionaria.
En cuanto a Tatiana, no viviría mucho tiempo si se quedaba en la Unión Soviética. Si Alexander y Dimitri hubiesen huido a Estados Unidos tal como tenían planeado, ella habría pasado a ser la esposa de un desertor del Ejército Rojo. Si él hubiera muerto en el frente, ella, viuda y huérfana, habría tenido pocas posibilidades de sobrevivir. Y si Dimitri denunciaba a Alexander al NKVD, como realmente había hecho, Tatiana se convertía en la única pariente viva de Alexander Barrington, la esposa rusa de un «espía» estadounidense, un enemigo de clase o, como se decía por entonces, un enemigo del pueblo. Ésas eran las únicas posibilidades de futuro que se abrían ante Alexander y la infortunada muchacha que se había casado con él.
«Cuando Mejlis me pregunte quién soy, ¿agacharé la cabeza y diré “Alexander Barrington” sin pensar en el pasado?»
¿Podría hacerlo? ¿No pensaría en el pasado?
Alexander no se veía capaz.
La llegada a Moscú, 1930
A los once años, Alexander entró con sus padres en una habitación pequeña y fría y sintió náuseas en cuanto traspasó el umbral.
–¿Qué es ese olor, mamá? –preguntó.
La habitación estaba a oscuras y Alexander no veía bien qué había en su interior. Cuando su padre encendió la luz, siguió sin ver apenas nada porque la bombilla estaba sucia y amarillenta. Alexander se tapó la nariz y volvió a preguntar qué era aquel olor. Su madre no dijo nada; se quitó el sombrerito y el abrigo, pero al sentir frío se los volvió a poner y encendió un cigarrillo.
El padre de Alexander recorrió la habitación con pasos viriles, palpando la cómoda, la mesa de madera y los visillos polvorientos.
–No está mal –concluyó–. Estaremos muy cómodos. Alexander, tú tendrás una habitación para ti solo y tu madre y yo nos quedaremos en ésta. Ven, voy a enseñarte tu dormitorio.
Alexander le dio la mano y salió detrás de él.
–Pero huele raro, papá...
–No te preocupes. –Harold sonrió–. Tu madre lo limpiará todo. Además, no pasa nada. Es sólo que... aquí vivían muchas personas. –Oprimió la mano del niño–. Es el olor a comunismo, hijo.
Ya era de noche cuando los llevaron por fin a la residencia. Alexander imaginó que no quedaba lejos del centro, pero no habría podido decirlo con seguridad. Habían llegado a Moscú al amanecer, después de viajar dieciséis horas en tren desde Praga. Antes habían viajado otras veinte horas desde París, donde habían tenido que aguardar dos días a que les dieran los documentos, los permisos o los billetes de tren, no sabía muy bien qué. Pero le había gustado París. Los adultos estaban muy atareados y le hacían poco caso, y él se entretenía leyendo su libro favorito, Las aventuras de Tom Sawyer. Cada vez que quería olvidarse de los mayores, abría el libro y se sentía mejor. Claro que luego su madre intentaba explicarle por qué había discutido con su padre, y Alexander tenía ganas de decirle que hiciera caso a papá y no le fuera a él con historias.
Alexander no quería escuchar las explicaciones de su madre.
Pero esta vez sí: esta vez quería una explicación.
–¿Olor a comunismo, papá? ¿Y eso qué puñetas es?
–¡Alexander! –protestó Harold–. ¿Dónde has aprendido a hablar así? Tu madre y yo no usamos estas palabrotas.
A Alexander no le gustaba criticar a su padre, pero tuvo ganas de recordarle que cuando discutían, Jane y él soltaban palabrotas como aquélla y otras aún peores. Su padre se comportaba como si no estuvieran en la habitación de al lado, o justo delante de su hijo. En Barrington, el dormitorio de sus padres estaba al final del pasillo, en el piso de arriba, a bastante distancia de su cuarto, y nunca oyó ni una palabra. Y así debía ser.
–Por favor, papá –insistió–, ¿qué olor es ése?
–Son los retretes, Alexander –respondió su padre, incómodo.
–¿Y dónde están? –preguntó Alexander, paseando la mirada por el dormitorio.
–Aquí no. Están cerca, en el pasillo. –Harold sonrió–. Míralo por el lado bueno: no tendrás que ir muy lejos si te despiertas en medio de la noche.
Alexander soltó la mochila y se quitó el abrigo. Le daba igual que hiciera frío. No pensaba dormir con el abrigo puesto.
–Papá –dijo, respirando por la boca para contener las náuseas–. ¿No sabes que nunca me despierto en medio de la noche? Tengo un sueño muy profundo.
En la habitación había un camastro cubierto con una mantita de lana. Cuando se fue Harold, Alexander se asomó a la ventana para ver qué había fuera. Hacía mucho frío en Moscú. Era diciembre y la temperatura era de varios grados bajo cero. Al asomarse a la calle desde el segundo piso, Alexander vio que en el suelo de uno de los portales dormían cinco personas. Dejó la ventana abierta. Hacía frío pero no le importaba. Prefería que se ventilara la habitación.
Salió al pasillo pero no pudo entrar en el baño y optó por bajar a la calle. Al volver se desvistió y se metió en la cama. El día había sido largo y Alexander sólo tardó unos segundos en dormirse, pero tuvo tiempo de preguntarse si también existiría el olor a capitalismo.
La llegada a la isla de Ellis, 1943
Tatiana se levantó de la cama y se acercó a la ventana. Ya había amanecido y la enfermera no tardaría en traerle al niño para que le diera de mamar. Apartó los visillos, quitó el pestillo y trató de levantar la ventana, pero no pudo moverla porque se había secado un poco de pintura blanca entre el marco y la pared. Tiró más fuerte para desengancharla, la subió del todo y asomó la cabeza al exterior. El aire era agradable y olía a agua salada.
Agua salada. Tatiana respiró hondo y sonrió. Le gustaba aquel olor. Era distinto de los demás olores que le resultaban familiares.
Las gaviotas que cortaban el aire con sus chillidos también le resultaban familiares.
Pero la vista no le resultaba familiar.
Bajo la bruma matinal, las aguas del puerto de Nueva York eran como un cristal verdoso. Al fondo se veían rascacielos, y a la derecha, entre la omnipresente niebla, una estatua que enarbolaba una antorcha encendida.
Tatiana se sentó frente a la ventana y contempló fascinada los edificios que se alzaban al otro lado del agua. ¡Eran tan altos y tan bellos! La línea del horizonte estaba formada por innumerables torres y bloques que proclamaban el poder de la humanidad mortal sobre los cielos inmortales. Los pájaros que volaban en el aire, la quietud del agua, la grandiosidad de los rascacielos del otro lado del puerto y la verde superficie de la bahía abierta al Atlántico: eso fue lo que vio Tatiana, hasta que empezó a darle el sol en los ojos y tuvo que apartarse. El puerto se fue animando a medida que entraban barcazas y cargueros y toda clase de embarcaciones, haciendo sonar los silbatos y las sirenas en un clamor tan bullicioso que Tatiana estuvo a punto de cerrar la ventana. Pero no la cerró.
Siempre había querido ver el océano. Había visto el mar Negro y el Báltico y muchos lagos, entre ellos uno tan grande como el Ladoga, pero nunca el océano, y el Atlántico era precisamente el océano que había cruzado Alexander de pequeño, cuando zarpó de las costas estadounidenses entre los fuegos del Cuatro de Julio. ¿No faltaban pocos días para la celebración? A lo mejor podría ver los fuegos artificiales. Se lo preguntaría a Brenda, su enfermera, una mujer más bien antipática que le informaba de todo con brusquedad, cubriéndose media cara (y el corazón entero) con una mascarilla que la protegía de Tatiana.
–Sí –respondió Brenda a su pregunta–. Habrá fuegos artificiales. Faltan dos días para el Cuatro de Julio. No serán tan espectaculares como antes de la guerra, pero algo habrá. Pero ¿por qué le interesan los fuegos? ¿Lleva menos de una semana en Estados Unidos y ya me pregunta por eso? En lo que tiene que pensar es en recuperarse y proteger a su bebé de la infección. ¿Ha salido a pasear? Ya sabe que el médico le dijo que saliera de vez en cuando y que se tapara la cara para no toser sobre el niño y que no lo llevara en brazos para no fatigarse. ¿Ha salido? ¿Y ha desayunado?
Tatiana pensó que la enfermera hablaba siempre muy deprisa, como si no quisiera que ella la entendiera.
Pero ni siquiera la presencia de Brenda podía arruinarle el desayuno: huevos, jamón, tomates y café con leche (normal o deshidratada). Tatiana lo devoró sentada en la cama. Tenía que reconocer que la blandura del colchón, la suavidad de las sábanas y el grosor de la manta de lana eran comodidades tan básicas como el pan.
–¿Podría traerme al niño? Tengo que darle de mamar.
Tatiana se notaba los pechos rebosantes.
Brenda subió la ventana de golpe.
–No vuelva a abrirla –le advirtió–. El niño podría resfriarse.
–¿Resfriarse con la brisa veraniega? –respondió Tatiana, soltando una risita.
–Sí, por la humedad.
–Pero si acaba de decirme que me conviene salir...
–Una cosa es el aire del exterior y otra el del interior –contestó Brenda.
–El niño no tiene tuberculosis como yo –dijo Tatiana, y tosió audiblemente para añadir énfasis a sus palabras–. Tráigamelo, por favor.
Después de amamantar al niño, Tatiana se acercó otra vez a la ventana y se sentó en el alféizar con el bebé en brazos.
–Mira, Anthony –susurró al oído del niño en su lengua natal–. ¿Lo ves? ¿Ves el agua de la bahía? Es bonita, ¿verdad? Y al otro lado del puerto hay una ciudad muy grande, llena de gente, de calles y de parques. En cuanto esté mejor, subiremos a uno de esos transbordadores y daremos un paseo por Nueva York. ¿Verdad que te gustará, Anthony? –Tatiana acarició la carita del niño y contempló el horizonte–. A tu padre le encantaría –susurró.
Morozovo, 1943
Matthew Sayers se acercó a la cama de Alexander a la una de la madrugada y constató lo obvio:
–Sigue usted aquí. –Tras una pausa, añadió–: A lo mejor no vienen a buscarlo.
Como buen estadounidense, el doctor Sayers era un eterno optimista.
Alexander negó con la cabeza.
–¿Ha guardado la medalla de Héroe de la Unión Soviética en la mochila de Tatiana? –fue todo lo que dijo. El médico asintió–. ¿La ha escondido bien, tal como le dije?
–La he escondido tan bien como he podido.
Esta vez fue Alexander el que asintió.
Sayers se sacó del bolsillo una jeringuilla, una ampolla y un frasquito de medicinas.
–Le hará falta esto.
–Lo que me hace falta es fumar. ¿Tiene tabaco?
Sayers sacó una pitillera repleta de cigarrillos.
–Ya están liados.
–Perfecto. Mechero ya tengo.
Sayers le enseñó una ampollita llena de un líquido incoloro.
–Le he traído 650 miligramos de solución de morfina. No la utilice de una sola vez.
–¿Y por qué razón iba a hacerlo? Hace semanas que no me dan morfina.
–¿Quién sabe? Podría necesitarla. Inyéctese 15 miligramos, 30 como máximo; 650 bastan para matar a dos hombres fornidos. ¿Ha visto administrarla alguna vez?
–Sí –respondió Alexander.
Entonces le vino a la mente la imagen de Tatiana con la jeringuilla en la mano.
–Muy bien. Como no podrá abrir una vía intravenosa, será mejor que se la inyecte en el estómago. También le he traído sulfamidas para combatir la infección. Y aquí tiene una botellita de ácido fénico: úselo para esterilizar la herida si se queda sin medicamentos. Y un rollo de vendas. Tendrá que cambiarse el apósito diariamente.
–Gracias, doctor.
Guardaron silencio durante un momento.
–¿Tiene las granadas de mano?
–Una en la mochila y la otra en la bota –respondió Alexander, asintiendo con un gesto.
–¿Y armas de fuego?
Alexander dio una palmadita a la funda de la pistola.
–Se lo quitarán todo.
–Tendrán que obligarme. No pienso entregarles nada.
El doctor Sayers le estrechó la mano.
–¿Recuerda lo que le dije? –preguntó Alexander–. Pase lo que pase, no pierda esto. –Se quitó la gorra de oficial y se la dio al médico–. Redacte un certificado de defunción y a ella dígale que me vio muerto sobre el lago y que luego arrojó mi cadáver por un agujero del hielo. ¿Está claro?
–Le ayudaré en la medida que pueda –asintió Sayers–. Pero no me gusta lo que me pide.
–Ya lo sé.
Sus rostros se ensombrecieron.
–Comandante... ¿qué hago si realmente lo encuentro muerto en el hielo?
Alexander había pensado en ello.
–Redacte mi certificado de defunción y sepúlteme en el Ladoga. Persígneme antes de arrojarme al lago. –Se estremeció un momento–. Y no se olvide de darle mi gorra a Tatiana.
–Chernenko anda siempre rondando el jeep –dijo Sayers.
–Sí. No los dejará marcharse sin él, téngalo por seguro. Tendrá que llevárselo con usted.
–No quiero llevármelo.
–Quiere salvarla a ella, ¿no? Si Chernenko no los acompaña, Tatiana no tiene ninguna oportunidad. Así que deje de dar vueltas a algo que no tiene remedio. Limítese a vigilarlo, sin confiar en él en ningún momento.
–¿Y qué voy a hacer con él en Helsinki?
–En eso no le puedo aconsejar –respondió Alexander, con una pequeña sonrisa–. Simplemente... no haga nada que pueda ponerlo en peligro a usted o poner en peligro a Tatiana.
–Claro que no.
–Tiene que actuar con cautela, con valentía y discreción –añadió Alexander–. Llévesela tan pronto como pueda. ¿Ha avisado a Stepanov de que se marcha?
El coronel Mijaíl Stepanov era el superior de Alexander.
–Le he dicho que voy a regresar a Finlandia, y él me ha pedido que acompañe a su esposa a Leningrado. Dice que no le conviene quedarse en Morozovo.
Alexander asintió.
–Ya he hablado con él y le he pedido que la deje marcharse con usted –explicó–. Tiene su permiso. Mejor, así le será más fácil salir de la base.
–Stepanov me ha dicho que es habitual que se concedan ascensos en Voljov, al otro lado del lago. ¿Debo creerlo? Me cuesta distinguir la verdad de la mentira.
–Bienvenido a mi mundo –dijo Alexander.
–¿Sabe lo que le va a suceder?
–Él es el único que me ha informado de lo que está a punto de sucederme. Me llevan a la otra orilla del lago porque aquí no hay cárcel –explicó Alexander–. Pero cuando mi mujer le haga preguntas, Stepanov le dirá lo mismo que le he dicho yo: que van a ascenderme. Cuando estalle el camión, a los del NKVD les será más fácil ceñirse a la versión oficial... No les gusta hablar de oficiales arrestados. ¡Es mucho más fácil decir que he muerto!
–En Morozovo sí que hay cárcel. –Sayers bajó la voz–. El otro día me llamaron para atender a dos soldados que se estaban muriendo de disentería. Los tenían en la escuela abandonada, en un cuartito del sótano. Han dividido el refugio antiaéreo en varias celdas minúsculas. Creo que los tenían aislados. –Sayers clavó la mirada en Alexander–. No pude ayudarlos. No sé por qué no los dejaron morir sin más, la cuestión es que me llamaron demasiado tarde.
–Le avisaron cuando les convenía, para que no se diga que no les proporcionaron atención médica. Así pueden decir que intervino la Cruz Roja Internacional. Todo muy legal.
–¿Tiene miedo? –preguntó el doctor Sayers, con la respiración entrecortada.
–Tengo miedo por ella –respondió Alexander–. ¿Y usted?
–Muchísimo.
Alexander asintió y se acomodó contra el respaldo de la butaca.
–Una cosa más, doctor. Tal como tengo ahora la herida, ¿estoy en condiciones de luchar?
–No.
–¿Volverá a abrirse?
–No, pero podría infectarse. No se olvide de tomar las sulfamidas.
–No me olvidaré.
–No se preocupe por Tania –añadió en voz baja el doctor Sayers antes de marcharse–. Todo irá bien. No la perderé de vista hasta que lleguemos a Nueva York, y una vez allá estará a salvo.
–Estará tan bien como la situación lo permita –admitió Alexander, con un pequeño gesto de asentimiento–. Ofrézcale chocolate.
–¿Cree que así se sentirá mejor?
–Usted ofrézcaselo –repitió Alexander–. Las cinco primeras veces le contestará que no, pero a la sexta aceptará.
Antes de salir de la sala, el doctor Sayers se dio la vuelta y se encaró con Alexander. Los dos se miraron a los ojos durante un breve instante y acto seguido Alexander despidió al médico con el saludo marcial.
La vida en Moscú, 1930
Después de ir a buscarlos a la estación de tren y antes de dejarlos en la residencia, los llevaron a un restaurante y les dejaron comer y beber cuanto quisieran. Alexander estaba contento de ver feliz a su padre; parecía que las cosas iban a salir bien. La comida era pasable y abundante, pero el pan no era del día y el pollo tampoco. La mantequilla estaba fría como el tiempo y el agua también, pero les dieron té caliente con azúcar y cuando todos alzaron los vasitos de cristal y brindaron gritando «Na zdorovye!» o «¡Salud!», Harold dejó que su hijo tomara un sorbo de vodka.
–¡Harold! –protestó la madre–. ¿Estás loco? ¿Cómo se te ocurre darle vodka al niño?
Ella, que no era bebedora, se limitó a acercarse el vasito a los labios.
Alexander probó el vodka por curiosidad pero le pareció horrible y sintió su quemazón durante un tiempo que le pareció interminable. Su madre se rió al ver la cara que había puesto. Cuando dejó de escocerle la garganta, Alexander se quedó dormido con la cabeza apoyada en la mesa.
Luego vino la llegada a la residencia.
Luego vino lo de los retretes.
La residencia era fétida y oscura. Era oscuro el papel de la pared y eran oscuros los suelos, que en algunas habitaciones (entre ellas la de Alexander) no eran del todo perpendiculares a las paredes. Alexander siempre había pensado que las paredes tenían que formar ángulo recto con los techos, pero ¿él qué sabía? A lo mejor las revolucionarias técnicas arquitectónicas soviéticas no habían llegado aún a Estados Unidos. A juzgar por cómo ensalzaba su padre el prometedor futuro de Rusia, a Alexander no le habría extrañado descubrir que la rueda no se había inventado hasta la Gloriosa Revolución de Octubre de 1917.
También eran oscuras las colchas de las camas y las tapicerías de los sofás, y las cortinas eran de color marrón oscuro, las alacenas eran de madera oscura y la cocina de leña era negra. Al fondo del pasillo mal iluminado vivían tres hermanos nacidos en Georgia, al borde del mar Negro, los tres de pelo rizado y oscuro, ojos oscuros y piel oscura. Enseguida acogieron a Alexander como un georgiano más, a pesar de su piel clara y su pelo liso. Lo llamaban Sasha, decían que era su niño y le daban a probar un yogur líquido al que llamaban kéfir y que a Alexander le parecía repugnante.
Para su desgracia, Alexander descubrió que ésa no era la única especialidad de la gastronomía rusa que le resultaba repugnante. No era capaz de sentarse a una mesa donde hubiera cualquier cosa rebosante de cebolla y vinagre. Y casi todos los platos rusos que les ofrecían los amables extranjeros que compartían con ellos la residencia rebosaban de cebolla y vinagre.
Aparte de los tres georgianos, ningún otro inquilino de la planta sabía hablar ruso. En el segundo piso del Hotel Derzhava («fortaleza»), vivían otras treinta personas que se habían trasladado a la Unión Soviética por razones parecidas a las de los Barrington. Había una familia de comunistas italianos que habían tenido que huir de Roma a finales de los años veinte y que la Unión Soviética había acogido como a sus hijos. En opinión de Harold y de Alexander, era una cuestión de honor.
También había una familia de Bélgica y dos de Inglaterra. A Alexander le caían especialmente bien los británicos porque hablaban algo parecido a su idioma. Pero Harold quería que su hijo hablara ruso y no le caían demasiado bien los ingleses ni los italianos, y en realidad casi ninguno de sus compañeros de planta. Cada vez que tenía ocasión trataba de impedir que Alexander jugara con las hermanas Tarantella o con Simon Lowell, el chaval de Liverpool. Harold Barrington quería que su hijo se hiciera amigo de niños soviéticos. Quería que se sumergiera en la cultura moscovita y que aprendiera ruso, y Alexander, deseoso de complacerlo, hizo lo que su padre quería.
Harold no tuvo problemas para encontrar trabajo en Moscú. En Estados Unidos se había dedicado a muchas cosas distintas a pesar de que no necesitaba trabajar, y aunque no dominaba ningún oficio en particular, aprendía muy deprisa. Las autoridades moscovitas lo colocaron en la rotativa del Pravda, el diario oficial, donde manejaba las planchas de impresión diez horas al día. Todas las noches volvía a casa con los dedos tan cubiertos de tinta azul que parecían negros. Por mucho rato que estuviera lavándose las manos, las manchas no se iban.
También podría haberse dedicado a techar casas, pero en Moscú el sector de la construcción no estaba demasiado activo. «De momento se construye poco, pero dentro de nada ya veréis», solía decir Harold. Podría haberse dedicado a asfaltar pero tampoco se construían ni reparaban demasiadas carreteras: «De momento no, pero dentro de poco ya veréis...».
La madre de Alexander siguió los pasos del padre. Todo le parecía bien, excepto el mal estado de las instalaciones y los edificios. A pesar de las bromas de Alexander («Papá, ¿te parece bien que mamá friegue el baño para que no huela a proletariado? Mamá, deja de limpiar, que papá protesta...»), Jane estaba una hora fregando con estropajo la bañera comunitaria antes de meterse dentro. Todos los días, al volver del trabajo y antes de hacer la cena, salía a limpiar el baño. Alexander y su padre tenían que esperar a que volviera para poder comer algo.
–Alexander, lávate las manos al salir del baño...
–Ya no soy un niño, mamá... –protestaba Alexander–. Ya sé que tengo que lavarme las manos. –Luego husmeaba el aire y añadía–: ¡Ah, el eau de comunismo! ¡Qué perfume tan denso y embriagador...!
–¡No hagas bromas con eso! Y acuérdate de lavarte las manos siempre, en el colegio también...
–Sí, mamá.
–Ya sabes –concluía su madre, encogiéndose de hombros–: aquí huele mal, pero al final del pasillo es peor. ¿Has visto cómo apesta la habitación de Marta?
–Claro. Allí se ha impuesto más el nuevo orden soviético.
–¿Sabes por qué huele tan mal? Vive con sus dos hijos en una sola habitación. ¡Señor, qué mugre y qué peste tan insoportables!
–No sabía que Marta tuviera dos hijos.
–Pues sí. El mes pasado vinieron a verla desde Leningrado y se van a quedar aquí.
Alexander sonrió.
–¿Y dices que el mal olor es por ellos?
–No es por ellos –respondió Jane con un mohín de repugnancia–. Es por las putas que trajeron de la estación de tren. Y la otra noche tenían a otra lagartona. Son ellas las que lo han dejado todo apestoso.
–Eres demasiado crítica, mamá. No todo el mundo ha tenido ocasión de comprarse perfume francés al pasar por París. Si quieres que se refinen las putas, dales un poco del tuyo –propuso Alexander, riendo.
–No digas palabrotas, se lo diré a tu padre...
–A lo mejor no diría palabrotas si tú no hablaras de estas cosas con un niño de once años –dijo el padre, que estaba en la misma habitación.
Jane sonrió irónicamente y decidió cambiar de tema:
–Feliz Nochebuena, Alexander, cariño. A papá no le gusta que recordemos estos rituales absurdos...
–No es que no me guste... –la interrumpió Harold–. Sólo quiero situarlos en la perspectiva adecuada... Son superfluos y una reliquia del pasado.
–Y yo estoy totalmente de acuerdo contigo –continuó Jane–, pero de vez en cuando es agradable recordarlos, ¿no?
–Sobre todo hoy –reconoció Alexander.
–Muy bien. Pues haremos una cena especial. Y tú tendrás un regalo de Año Nuevo, como todos los niños soviéticos. –Jane hizo una pausa y luego añadió–: Es un regalo que te hacemos nosotros, no Papá Noel. –Hizo otra pausa–. Tú ya no crees en Papá Noel, ¿verdad, hijo?
–No, mamá –contestó dubitativamente Alexander, sin mirar a su madre.
–¿Desde cuándo?
–Desde ahora mismo –contestó el niño, y se levantó y comenzó a quitar la mesa.
Jane Barrington consiguió trabajo en la sección de préstamo de una biblioteca universitaria pero al cabo de unos meses la trasladaron a la sección de referencia y luego a la de cartografía y al final la pusieron de camarera en el comedor de la facultad. Todas las noches, después de limpiar los baños, preparaba platos rusos para la familia y de vez en cuando se quejaba de la falta de mozzarella, aceite de oliva o albahaca fresca para cocinar unos espaguetis. Alexander y Harold no protestaban y engullían sin rechistar la col, las patatas, las salchichas, los champiñones y el pan negro con cristales de sal. Harold insistió en que su mujer aprendiera a cocinar un borscht de ternera como el que preparaban tradicionalmente las madres rusas.
Una noche, a Alexander lo despertaron los gritos de su madre. Se levantó de mala gana, salió al pasillo y vio a Jane vestida con su camisón blanco y lanzando improperios a uno de los hijos de Marta, que se alejaba por el pasillo sin mirarla. Jane tenía una cacerola en la mano.
–¿Qué ha pasado? –preguntó Alexander.
Harold no se había levantado.
–He salido al baño y me han entrado ganas de beber agua. Pensaba que a estas horas no habría nadie en la cocina, pero me he encontrado a ese guarro metiendo las zarpas en mi borscht. ¡Estaba sacando los pedazos de carne! ¡Comiéndose mi borscht directamente de la cacerola, el muy cerdo! –chilló en dirección al vestíbulo–. ¡No hay respeto por la propiedad privada!
Su madre soltó unos cuantos insultos más y arrojó furiosamente por el fregadero lo que quedaba del guiso.
–Y pensar que nos lo habríamos comido sin saber que ese bruto había metido sus manazas... –suspiró.
–Buenas noches, madre –se despidió Alexander antes de volver a la cama.
Jane siguió hablando de lo sucedido a la mañana siguiente, y también cuando su hijo volvió del colegio por la tarde, y durante la cena, que no consistió en un delicioso borscht sino en un plato de verdura hervida que a Alexander no le gustaba nada. Prefería la carne porque le daba fuerza. Su cuerpo crecía de una forma desconcertante, pero se había dado cuenta de que necesitaba alimentarlo con pollo, ternera, cerdo... y pescado cuando había. No le gustaba cenar solamente verdura.
–Cálmate, Jane –dijo Harold–. Este asunto te ha afectado demasiado.
–¿Y cómo no me va afectar? ¿Crees que el muy guarro se había lavado las manos después de sobar a esa puta que trajo de la estación y que es aún más guarra que él?
–Ya tiraste el guiso. ¿Por qué sigues tan rabiosa? –dijo Harold.
Alexander, esforzándose para no echarse a reír, miró a Harold. Como vio que su padre no decía nada más, carraspeó y decidió intervenir:
–Bueno, mamá, tengo que decirte que tu actitud no me parece demasiado socialista. El hijo de Marta tiene todo el derecho a compartir tu borscht contigo, igual que tú tienes derecho a compartir a su puta con él. Ya sé, ya sé que no quieres nada de esa mujer. Pero si quisieras, y si ella fuera propiedad de ese hombre (cosa que no es así, por supuesto, porque las personas no pertenecen a nadie), tendrías derecho a compartirla con él. Igual que tienes derecho a compartir su mantequilla. ¿Quieres la mantequilla del hijo de Marta? Voy a traerte un poco.
Harold y Jane miraron severamente a Alexander.
–¿Te has vuelto loco, Alexander? ¿Por qué voy a querer yo algo que pertenezca a ese hombre?
–Por eso lo digo, mamá. No hay nada que le pertenezca. Todo es tuyo también. Y por eso mismo, tampoco hay nada que te pertenezca a ti, puesto que también es suyo. Él tiene todo el derecho a hurgar en tu cacerola de borscht. Eso es lo que me habéis enseñado vosotros, y es lo que me enseñan en el colegio, aquí en Moscú. Así es mejor para todos. Y nos trasladamos aquí para prosperar en la prosperidad común, para que todo el mundo pueda beneficiarse de los logros de todo el mundo. Personalmente, no entiendo que prepararas tan poca cantidad de borscht. ¿No sabes que Nastia, la del fondo del pasillo, lleva un año sin añadir carne al guiso?
Alexander miró a sus padres con los ojos resplandecientes.
–Por amor de Dios, ¿qué te pasa, hijo? –preguntó Jane.
Alexander terminó de comerse la col con cebolla.
–¿Cuándo es la próxima reunión del Partido? –preguntó a su padre al final de la cena–. Estoy impaciente por ir.
–¿Sabes qué, hijo? Creo que para ti no habrá más reuniones del Partido –anunció Jane.
–Al contrario –protestó Harold, y acarició el pelo de su hijo–. Creo que necesita unas cuantas más.
Alexander sonrió.
Habían llegado a Moscú el invierno anterior, y tres meses después de su llegada se daban cuenta de que para conseguir cualquier cosa que necesitaran –desde un saquito de harina de trigo o de centeno hasta unas bombillas– tenían que comprársela a los vendedores clandestinos que merodeaban por los alrededores de las estaciones para colocar la fruta o el jamón que escondían bajo los abrigos de pieles. No había muchos y los precios eran exorbitantes. Harold estaba en contra de la venta clandestina y se conformaba con el escaso pan negro del racionamiento, el borscht sin carne y las patatas sin mantequilla pero con abundante aceite de linaza... que hasta entonces habían pensado que servía solamente para desleír pintura, fabricar linóleo o barnizar madera.
–No estamos en situación de malgastar en el estraperlo –decía–. Podemos aguantar un invierno sin fruta; ya habrá el año próximo. No andamos sobrados. ¿De dónde vamos a sacar el dinero para pagar los productos clandestinos?
Jane callaba y Alexander se encogía de hombros sin saber qué contestar, pero por la noche, cuando el padre ya dormía, Jane entraba de puntillas en la habitación de su hijo y entre susurros le decía que a la mañana siguiente se comprara unas naranjas para prevenir el escorbuto, o jamón para combatir la distrofia muscular, o un poco de leche, que escaseaba y no solía ser muy fresca.
–Escúchame bien, Alexander. Te he puesto unos dólares en el bolsillo interior de la cartera del colegio, ¿me has entendido?
–Muy bien, mamá. ¿De dónde los has sacado?
–No te preocupes por eso, hijo. Traje un poco de dinero extra, por si acaso. –Jane se acercaba en la oscuridad a la cabecera de la cama y le daba un beso en la frente–. Las cosas no pueden cambiar de la noche a la mañana. ¿Sabes cómo está la situación en Estados Unidos? Depresión económica, pobreza, paro... son tiempos duros en todas partes. Pero nosotros vivimos de acuerdo con nuestros principios, participamos en la construcción de un nuevo orden que no se basa en la explotación sino en la fraternidad y en la cooperación mutua.
–¿Con unos dólares extra por si acaso? –susurraba Alexander.
–Con unos dólares extra por si acaso –reconocía Jane, tomándole la cara entre las manos–. Pero no se lo digas a tu padre, porque se sentiría traicionado y se enfadaría.
–No le diré nada.
Al invierno siguiente, Alexander ya tenía doce años y en Moscú seguía sin haber fruta. Y el frío era tan terrible como el año anterior, y la única diferencia entre el invierno de 1931 y el invierno de 1930 era que los vendedores clandestinos que merodeaban junto a las estaciones habían desaparecido. A todos les habían caído diez años en Siberia por sus actividades contrarrevolucionarias y antiproletarias.
La vida en la isla de Ellis, 1943
Tatiana, aprovechando que tenía poca cosa que hacer aparte de guardar cama y recuperarse, decidió leer para mejorar sus nociones del idioma. En la pequeña pero bien surtida biblioteca de Ellis había libros en inglés donados por enfermeros, médicos y otros benefactores, además de algunas obras en ruso, de Mayakovski, Gorki, Tolstói... Tatiana se llevaba los libros a la habitación pero le costaba concentrarse leyendo en inglés, y cuando no se concentraba le venían a la mente escenas de hielo y sangre, mezcladas con imágenes de aviones y bombas, de mujeres que tejían y cosían, de madres mirando atónitas las bolsas que contenían los restos mortales de sus hijos, de hermanas muertas de hambre y frío y arrojadas a una pila de cadáveres, de hermanos que desaparecían en el incendio de un tren, de padres que acababan carbonizados, de abuelos que fallecían con los pulmones infectados y de abuelas que morían de pena. Una superficie blanca, un charco de sangre, un pelo negro y ensortijado, una gorra de oficial caída sobre el hielo... las imágenes eran tan vívidas que Tatiana no tenía más remedio que levantarse, salir tambaleándose de la habitación para vomitar en el baño común y a la vuelta esforzarse en seguir practicando hasta leer en inglés con la concentración necesaria para no verse arrastrada a aquel lugar donde su corazón no podía evitar agitarse desbocado en el agujero abierto en medio de su pecho, un agujero hueco y muy parecido al miedo que le inundaba todo el cuerpo en cuanto cerraba los ojos.
Entonces sacaba a Anthony de la cuna y se lo ponía en el regazo para consolarse con su cercanía. Sin embargo, ni el dulce olor de la piel del niño ni la suavidad de su pelo oscuro podían evitar que la mente de Tatiana comenzara a divagar otra vez. Si al menos...
A pesar de todo, le gustaba sentir el olor de su bebé. Le gustaba desvestirlo cuando no hacía frío y acariciar su cuerpecito rosado y gordezuelo. Le gustaba olisquear su pelo y su cuello y el aroma lechoso de su aliento. Le gustaba tumbarlo boca abajo y acariciarle la espalda y las piernas y los largos piececitos y husmearle la nuca. El niño dormía plácidamente, ajeno a las caricias y los olisqueos de su madre.
–¿Ese niño se despierta alguna vez? –le preguntó un día el doctor Edward Ludlow.
–Es como león –respondió Tatiana en su inglés balbuceante–. Duerme veinte horas al día y de noche se despierta para cazar.
–Parece que estás mejor. –Edward sonrió–. Ya bromeas.
Tatiana le dedicó una débil sonrisa. El doctor Ludlow era un hombre delgado y elegante que nunca alzaba la voz ni agitaba las manos. Su mirada, su forma de hablar y sus movimientos transmitían serenidad. Sabía qué expresión adoptar junto al lecho del enfermo, un conocimiento esencial para ser un buen médico. Andaba por la treintena y tenía un porte tan erguido que Tatiana estaba convencida de que había sido militar. La seriedad de sus ojos le inspiraba confianza.
Un mes atrás, cuando Tatiana había llegado al puerto de Nueva York, el doctor Ludlow la había asistido en el parto. Ahora pasaba todos los días a preguntarle cómo se encontraba, aunque Tatiana sabía por Brenda que el doctor sólo trabajaba dos días a la semana en Ellis.
–Es casi la hora de comer –añadió Edward después de mirar el reloj–. Si te encuentras bien, ¿te apetece dar un paseo hasta la cafetería? Anda, ponte la bata.
–No, no.
A Tatiana no le gustaba salir de la habitación.
–Sí, mujer. Vamos.
–¿Y la tuberculosis?
–Ponte la mascarilla para salir al vestíbulo –respondió el médico, agitando la mano con un gesto de despreocupación.
Tatiana obedeció sin muchas ganas. Se sentaron a una de las mesas rectangulares que flanqueaban las altas ventanas del comedor.
–Hay poca cosa –observó Edward, contemplando la bandeja–. He cogido un poco de carne. Ten, pruébala tú también.
Cortó la hamburguesa y puso la mitad en el plato de Tatiana.
–Gracias, pero mira todo lo que tengo yo –dijo Tatiana–. Pan blanco, margarina, patatas, arroz y maíz. Un montón de cosas.
Está sentada en la oscuridad y delante de ella hay un plato y en el plato hay una rebanada de pan negro gruesa como una baraja de cartas. El pan lleva aserrín y restos de cartón. Tatiana coge un cuchillo y un tenedor y corta lentamente la rebanada en cuatro trozos. Se lleva uno a la boca, lo mastica lentamente, lo hace bajar con dificultad por su garganta reseca, coge otro trozo y luego otro y por último el cuarto. Con éste se demora especialmente porque sabe que en cuanto haya desaparecido, no habrá más comida hasta la mañana siguiente. Le gustaría tener la fuerza necesaria para guardarse la mitad del pan hasta la cena, pero no puede. Cuando levanta la vista, ve a su hermana Dasha mirándola fijamente. El plato de Dasha hace rato que está vacío.
–Ojalá volviera Alexander –dice Dasha–. Nos traería comida.
«Ojalá volviera Alexander», piensa Tatiana.
Tatiana se estremece y se le cae al suelo el trozo de patata. Se agacha a recogerlo, sopla para limpiarlo y lo engulle sin decir palabra.
Edward la observa con seriedad, con el tenedor suspendido en el aire, entre el plato y la boca.
–Y hay azúcar, té, café y leche condensada –continúa Tatiana con voz temblorosa–. Y manzanas y naranjas.
–Apenas se encuentra pollo, prácticamente no hay ternera, la leche escasea y no hay mantequilla –observa Edward–. Los heridos se recuperan antes cuando comen mantequilla, pero no tenemos para darles.
–A lo mejor no quieren recuperarse antes, a lo mejor les gusta estar aquí –opina Tatiana, y Edward vuelve a mirarla muy serio. Tatiana recuerda algo y añade–: Edward, ¿has dicho que hay leche?
–No mucha, pero puedo encontrar leche normal, no condensada.
–Tráeme leche y un barreño grande y una cuchara larga de madera. Necesito diez litros de leche, o veinte. Cuantos más, mejor. Mañana tendremos mantequilla.
–¿Qué tiene que ver la leche con la mantequilla? –pregunta Edward.
Esta vez es Tatiana la que mira atónita a Edward.
–Soy médico, no granjero –añade él con una sonrisa–. Come, come. Lo necesitas. Y tienes razón. A pesar de todo, hay un montón de comida.
Morozovo, 1943
Fueron a buscarlo de madrugada, cuando Alexander se había quedado dormido en la butaca. Lo zarandearon para despertarlo, y cuando abrió los ojos se encontró con cuatro hombres trajeados que le indicaban con un gesto que se pusiera de pie.
Alexander se levantó pausadamente.
–Vamos a llevarlo a Voljov para concederle un ascenso. Dese prisa, no hay tiempo que perder. Tenemos que atravesar el Ladoga antes de que se haga de día. Los alemanes están bombardeando el lago.
Era obvio que el tipo de tez amarillenta y voz áspera que acababa de hablar era el que estaba al mando. Los otros tres no llegaron a abrir la boca.
Alexander cogió su mochila.
–Déjela aquí –le indicó el hombre.
–¿Eso es que voy a volver?
–Sí, mañana –contestó el hombre, parpadeando.
–Me alegro de saberlo, pero soy un soldado y siempre llevo la mochila conmigo. Tengo el tabaco y algo para leer. Si no les importa, voy a cogerla.
–¿Lleva pistola en la cartuchera?
–Por supuesto.
–¿Puede entregárnosla?
Alexander dio entonces un paso hacia ellos. Era una cabeza más alto que el más alto de los tres. Envueltos en sus gruesos abrigos grises, tenían pinta de matones. Las franjas azules de los abrigos eran el símbolo del NKVD, el Comisariado Popular para Asuntos Internos, igual que la cruz roja era el símbolo de la compasión internacional.
–A ver si entiendo lo que quieren –dijo Alexander, hablando en voz baja pero suficientemente audible–. ¿Me están pidiendo que les entregue la pistola?
–Sí. Será más cómodo para usted –masculló el primer agente–. Está herido y no está en condiciones de cargar con todo el equipo...
–No es todo el equipo, sólo algunos objetos personales. Vámonos –contestó Alexander, elevando un poco el tono. Se alejó de la cama y les dio un codazo para que lo dejaran pasar–. Vamos, camaradas. No perdamos más tiempo.
No era una discusión entre pares. Alexander era oficial militar. En cambio, ni los galones ni el comportamiento de los tres hombres señalaban una posición de autoridad. Para poder darle órdenes, tendrían que salir del edificio. Dentro del hospital, los agentes del NKVD tenían que procurar que sus palabras no llegaran a los oídos de una enfermera o de un soldado medio dormido. Actuaban como si su presencia estuviera justificada, como si fuera normal sacar a un herido de la cama en medio de la noche y obligarlo a atravesar el lago para concederle un ascenso. ¿Qué había de raro en eso? Pero si querían seguir con la farsa, tendrían que dejarle la pistola. De todos modos, no habrían podido arrebatársela por la fuerza.
Cuando iban a salir, Alexander observó que las dos camas contiguas a la suya estaban vacías. El soldado que tenía problemas respiratorios y otro de los heridos habían desaparecido.
–¿A ellos también los van a ascender? –preguntó secamente, meneando la cabeza.
–No haga preguntas y camine –dijo uno de los agentes–. Dese prisa.
Alexander tenía cierta dificultad para caminar deprisa.
Mientras avanzaban por el corredor, pensó que Tatiana podía estar durmiendo detrás de una de aquellas puertas. Sentía su presencia muy cercana. Alexander respiró hondo, como si buscara en el aire el olor de su esposa.
El camión blindado los estaba esperando en el exterior, detrás del hospital. Estaba aparcado junto al jeep de la Cruz Roja que conducía el doctor Sayers. Alexander reconoció el emblema rojo y blanco en la oscuridad. Cuando se acercaban emergió una silueta de entre las sombras. Era Dimitri. El brazo en cabestrillo lo obligaba a andar torcido y su cara era un amasijo oscuro con una protuberancia tumefacta en lugar de nariz.
Dimitri se quedó un momento mirándolos, sin moverse ni decir nada.
–¿Vas a alguna parte, comandante Belov? –preguntó al final.
Pronunció con retintín el apellido. Sonó Belofffff.
–No te me acerques, Dimitri –le advirtió Alexander.
Dimitri se apartó unos pasos, pero de pronto abrió la boca y emitió una risa silenciosa.
–Ya no puedes hacerme daño, Alexander.
–Ni tú a mí.
–¡Ah, créeme! –dijo Dimitri, con voz untuosa y agridulce–. Yo a ti sí que puedo hacerte daño.
Justo antes de que los milicianos del NKVD empujaran a Alexander para obligarlo a subir al camión, Dimitri inclinó la cabeza para atrás y lo amenazó con un dedo tembloroso, en una especie de delirio ensayado. Al abrir la boca dejó ver la dentadura amarillenta bajo la nariz tumefacta y sus ojos achinados se estrecharon aún más.
Alexander le dio la espalda, cuadró los hombros y se dispuso a subir al camión sin molestarse en mirarlo.
–¡Vete a la mierda! –gritó, en tono fuerte y claro y con todo el orgullo que su voz fue capaz de transmitir.
–Suba al camión y cierre el pico –le ordenó entre dientes uno de los agentes del NKVD. Se volvió hacia Dimitri y añadió–: Y usted vuelva al hospital, ya hace rato que empezó el toque de queda. ¿Qué hace aquí fuera?
En la trasera del camión, Alexander se encontró con sus dos compañeros de habitación temblando de miedo. No había imaginado que los acompañarían dos soldados del Ejército Rojo. Pensaba que sólo estarían él y los milicianos del NKVD, que nadie más correría el riesgo de morir. ¿Qué podía hacer ahora?
Uno de los milicianos aferró la tela de la mochila. Alexander intentó arrebatársela de un tirón, pero el hombre no la soltó.
–No está en condiciones de cargar con esto –dijo el agente mientras forcejeaban–. Ya se la daré cuando hayamos atravesado el lago.
–No, ya la llevo yo –protestó Alexander, negando con la cabeza.
Y se la arrancó de las manos con un gesto brusco.
–¡Belov!
–Está usted hablando con un oficial, sargento –precisó Alexander en voz alta–. Para usted soy el comandante Belov. Dejen en paz mis cosas, y arranquen de una vez. Nos queda un largo camino.
Sonrió para sí y volvió la cara sin mirar al agente. La espalda le dolía menos de lo que se había imaginado. Podía caminar, saltar, hablar, doblar la cintura y sentarse en el suelo. Pero se sentía muy débil y eso le inquietaba.
El motor se puso en marcha y el camión comenzó a alejarse del hospital, de Morozovo y de Tatiana. Alexander respiró hondo y miró a los dos hombres que estaban sentados delante de él.
–¿Quién coño son ustedes? –preguntó.
A pesar de la brusquedad de sus palabras, el tono era resignado. Alexander les lanzó una rápida ojeada. Estaba oscuro y apenas distinguía sus rasgos. Se habían acurrucado contra la pared del camión; el más bajito usaba gafas y sólo tenía un brazo y el más corpulento se había envuelto en el abrigo y el vendaje de la cabeza sólo dejaba ver sus ojos y su boca. Su mirada vigilante brillaba en la oscuridad de la noche. «Brillar» tal vez no sea el verbo más adecuado: sus ojos emitían un resplandor engañoso. El otro, en cambio, tenía una mirada opaca.
–¿Quiénes son ustedes? –repitió Alexander.
–Soy el teniente Nikolai Ouspenski y mi compañero es el cabo Boris Maikov. El 15 de enero caímos heridos a orillas del Voljov, cuando participábamos en la Operación Iskra, y estuvimos en un hospital de campaña hasta...
–No siga –ordenó Alexander, haciéndolo callar con un gesto.
Antes de continuar quiso estrecharles la mano para saber de qué pasta estaban hechos. Ouspenski le pareció correcto; el apretón de manos era firme, amistoso y tranquilo. Tenía una mano fuerte. No era el caso de Maikov, que tendió a Alexander su frágil mano izquierda.
Alexander se recostó contra la pared del camión y palpó la bota en busca de la granada. Maldijo para sí al oír la respiración entrecortada de Ouspenski. Era el enfermo que Tatiana había colocado bajo una tienda de oxígeno al lado de Alexander, el herido que sólo tenía un pulmón y no oía ni hablaba. Y sin embargo, allí estaba, respirando sin ayuda y charlando con él.
–No parece que estén siguiendo el procedimiento habitual...
–No es una situación normal –lo interrumpió Alexander–. Escúchenme los dos, y estén preparados. Procuren ahorrar fuerzas.
–¿Para recibir una medalla? –le preguntó Maikov con desconfianza.
–Si no se calma y deja de temblar, será una medalla póstuma –replicó Alexander.
–¿Cómo sabe que estoy temblando?
–Oigo el entrechocar de las botas –contestó Alexander–. Tranquilícese, soldado.
Maikov se volvió hacia Ouspenski.
–Ya se lo he dicho, teniente. No es normal que nos despierten en medio de la noche.
–Y yo le he dicho que cierre la boca –insistió Alexander.
Por la ventanilla que comunicaba la parte trasera del camión con la cabina entraba un tenue resplandor azulado.
–Teniente –dijo Alexander mirando a Ouspenski–, ¿puede ponerse de pie para que no me vean?
–La última vez que alguien me dijo eso, iban a hacerle una mamada a mi compañero de cuartel –explicó Ouspenski con una sonrisa.
–No se preocupe, aquí no habrá mamadas –dijo Alexander–. Póngase de pie.
Ouspenski obedeció.
–Díganos, ¿es verdad que van a ascendernos?
–¿Cómo voy a saberlo?
Cuando Nikolai tapó la ventanilla, Alexander se quitó la bota y sacó una de las granadas. El camión estaba a oscuras y ni Maikov ni Ouspenski se dieron cuenta de lo que hacía.
–Pues debería saberlo –respondió Nikolai–. Tengo la sensación de que estamos aquí por culpa suya.
Alexander estaba convencido de ello, pero no dijo nada. Gateó hasta el fondo y se sentó con la espalda apoyada contra las puertas. En la cabina sólo había dos agentes del NKVD. Eran jóvenes e inexpertos y ninguno de ellos tenía ganas de cruzar el lago, donde el peligro de las bombas alemanas siempre estaba presente. La juventud del conductor se apreciaba en su incapacidad para superar los veinte kilómetros por hora. Alexander pensó que si los alemanes estuvieran controlándolos en ese momento desde los altos de Siniavino, no les habría pasado inadvertido un camión tan lento. Irían más deprisa si cruzaran a pie el lago helado.
–Y a usted, comandante, ¿van a ascenderlo? –preguntó Ouspenski.
–Eso es lo que me han dicho, y no me han quitado el arma. Mientras no me digan otra cosa, soy optimista.
–Antes los he oído, y yo no diría que tuvieran intención de dejarle la pistola. Lo que pasa es que no han podido arrebatársela por la fuerza.
–Estoy herido –replicó Alexander, y sacó un cigarrillo–. De haber querido, me la habrían quitado.
Accionó el mechero.
–¿Tendría otro cigarro? Llevo tres meses sin fumar –preguntó Ouspenski, mirando a Alexander a los ojos–. Y sin ver a nadie aparte de las enfermeras –añadió, e hizo una pausa–. Pero le oía hablar a usted.
–No le conviene fumar –dijo Alexander–. Por lo que me han dicho, no tiene pulmones.
–Me queda uno, y la enfermera me mantuvo enfermo expresamente para que no me enviaran al frente otra vez. Eso hizo por mí.
–Ah, ¿sí? –preguntó Alexander.
Trató de no cerrar los ojos para no recordar a la enfermera de Nikolai, la muchachita menuda y dulce, rubia y con los ojos azules como el cielo de una clara mañana de verano en Lazarevo.
–Me traía hielo y me hacía respirar vapores fríos para que me siguiera sonando el pulmón. Ojalá hubiera hecho otra cosita por mí...
Alexander le dio un cigarrillo para no seguir escuchándolo. No creía que Ouspenski se alegrara de saber que salvarse sólo le había servido para terminar en la guarida de Mejlis.
–Camaradas –dijo Alexander–. ¿Qué voy a hacer con ustedes?
–¿Con nosotros? –preguntó Maikov, suspicaz e impaciente–. ¿Y usted qué está haciendo aquí?
Alexander no contestó. Desenfundó la Tokarev, se levantó, apuntó a la puerta trasera y disparó sobre el cerrojo. Maikov soltó un chillido. El camión redujo la velocidad. En la cabina se formó cierta confusión; era obvio que los milicianos no tenían muy claro el origen del ruido. Ouspenski se había caído al suelo y ya no tapaba la ventanilla. Alexander tenía sólo unos segundos de margen antes de que el camión se detuviera. Abrió las puertas de par en par y retiró la espoleta de la granada de mano. Trepando al techo de un salto, la arrojó delante del vehículo. La granada aterrizó a unos metros del camión y unos segundos después hubo un potente estallido. Alexander sólo tuvo tiempo de oír la voz de Maikov mascullando «¿Qué pasa...?», antes de salir despedido y caer sobre el hielo. El dolor que notó en la espalda tras el impacto fue tan agudo, que pensó que todas las cicatrices se le estaban abriendo milímetro a milímetro.
El camión dio una sacudida y avanzó traqueteando hasta detenerse. Resbaló sobre el hielo, osciló y terminó volcado sobre la superficie congelada, sin llegar a hundirse en el agujero abierto por la granada. El hueco era aún pequeño, pero el peso del vehículo comenzó a resquebrajar el hielo y ensanchar la abertura.
Alexander se incorporó y corrió cojeando hacia el camión, haciendo señas a los dos soldados para que saltaran.
–¿Qué ha sido eso? –gritó Maikov.
Se había golpeado la cabeza y le sangraba la nariz.
–¡Bajen! –chilló Alexander.
Ouspenski y Maikov obedecieron justo a tiempo, cuando la cabina empezaba a hundirse lentamente bajo la superficie helada del Ladoga. Los conductores debían de haber perdido el conocimiento, ya que no intentaron salir en ningún momento.
–Comandante, ¿qué demonios...?
–Cállese. Los alemanes empezarán a dispararle al camión dentro de nada.
Alexander no tenía ninguna intención de morir en el lago helado. Antes de ver a Ouspenski y a Maikov había supuesto que se quedaría solo y podría volver caminando a Morozovo y esconderse en el bosque. Por aquellos días, todas sus esperanzas parecían tener un denominador común: salvarse por los pelos.
–¿Quieren quedarse a comprobar la eficiencia del ejército alemán o prefieren venir conmigo?
–¿Y los conductores? –preguntó Ouspenski.
–¿Qué más da? Eran milicianos del NKVD. ¿Adónde pensaba que nos llevaban a estas horas de la madrugada?
Maikov intentó ponerse de pie. Sin darle tiempo a protestar, Alexander lo tumbó de un empujón sobre el hielo.
Estaban a unos dos kilómetros de la orilla. Aún no había amanecido y había niebla. La cabina del camión ya estaba bajo el agua y el hueco empezaba a ser lo suficientemente amplio para dejar pasar el resto del vehículo.
–Perdone, comandante –intervino Ouspenski–, pero lo que dice no tiene sentido. No he hecho nada malo en todo el tiempo que llevo en el ejército. No podían venir a por mí.
–No –dijo Alexander–. Venían a por mí.
–¿Y quién coño es usted?
El camión empezaba a desaparecer bajo el agua.
Ouspenski miró el hielo, miró al ensangrentado, tembloroso y desconcertado Maikov, miró a Alexander y se echó a reír.
–Comandante, ¿y si nos dice qué vamos a hacer los tres aquí solos cuando el camión termine de hundirse bajo el hielo?
–No se preocupe –contestó Alexander con un suspiro–. Le aseguro que no estaremos solos mucho tiempo.
Señaló con la cabeza hacia Morozovo y desenfundó las dos pistolas. Se acercaban los faros de un vehículo militar. El jeep se detuvo a unos quince metros y de él salieron cinco milicianos armados con cinco metralletas, todas ellas apuntando a Alexander.
–¡De pie! ¡Pónganse de pie sobre el hielo!
Ouspenski y Maikov se levantaron y alzaron las manos enseguida, pero a Alexander no le gustaba acatar órdenes de militares de categoría inferior a la suya y no tenía ninguna intención de ponerse de pie. Oyó el silbido de un proyectil y se cubrió la cabeza con las manos.
Al alzar la vista vio que dos de los milicianos del NKVD se habían tumbado boca abajo sobre el hielo y los otros tres gateaban hacia él, apuntándole con los fusiles y gritando: «¡No se mueva!». «Con suerte, los alemanes los matarán antes que yo», pensó Alexander. Gateó en dirección a la orilla. ¿Dónde estaba Sayers? No había llegado aún al lago, pero el jeep del NKVD estaba inmóvil y era un blanco fácil. Cuando llegó al alcance del oído de los milicianos, Alexander les propuso subir al vehículo y regresar a Morozovo a toda velocidad.
–¡No! –chilló uno de ellos–. ¡Tenemos que llevarlo a Voljov!
Otro proyectil pasó rozando y cayó a veinte metros del jeep, el único medio de transporte que podía llevarlos a Voljov o a Morozovo. En cuanto alcanzaran el vehículo, los alemanes sólo tardarían unos segundos en acribillar al grupo expuesto sobre el hielo.
Tumbado boca abajo, Alexander observó a los milicianos del NKVD, que también estaban tumbados sobre el hielo.
–¿Qué quieren hacer, camaradas? A ver si lo adivino. ¿Quieren conducir hasta Voljov bajo el fuego alemán? En marcha, pues.
Los agentes del NKVD miraron el camión blindado, que estaba a punto de desaparecer bajo la superficie del agua. Alexander observó divertido cómo se debatían entre su instinto de conservación y su deseo de acatar las órdenes.
–Volvamos a Morozovo y esperemos nuevas instrucciones –dijo uno de ellos–. Podemos llevarlo mañana a Voljov.
–Sabia decisión –opinó Alexander, ante la mirada de asombro de Ouspenski–. En marcha. Arranquen antes de que bombardeen el jeep.
Entre otras cosas, no quería que se le mojara la ropa. Si se mojaba no le habría servido de nada salvarse, porque tanto en Voljov como en Morozovo tardaría una eternidad en recibir un recambio, pillaría una neumonía mortal y acabarían enterrándolo con el uniforme empapado.
Gatearon todos hasta el jeep. Los tres milicianos del NKVD les ordenaron sentarse en la parte de atrás. Ouspenski y Maikov miraron inquietos a Alexander.
–¿Le parece una buena idea, señor? –preguntó Ouspenski.
–Suban.
Dos de los milicianos se sentaron con ellos en la parte de atrás del jeep. Ouspenski y Maikov suspiraron aliviados.
Alexander sacó el tabaco y ofreció un cigarrillo a Nikolai y otro a Maikov, que lo rechazó con la cara muy pálida.
–¿Por qué ha hecho eso? –susurró Ouspenski a Alexander.
–¿El qué?
–Ojalá pudiera decir que me encantaría que algún día me lo explicara, pero la verdad es que espero no volver a verlo nunca más a partir de hoy.
–Se lo explicaré de todos modos –dijo Alexander–. No me apetecía recibir un ascenso.
Cuando ya habían atravesado el lago, se cruzaron con un vehículo sanitario que iba hacia la orilla. Alexander vio al doctor Sayers sentado al lado del conductor. Sonrió sin dejar de fumar, aunque le temblaron las puntas de los dedos. Todo había salido a la perfección. El lago tenía todo el aspecto de haber sufrido un ataque alemán: soldados muertos sobre el hielo, un camión volcado... Sayers firmaría el certificado de defunción, y sería como si Alexander nunca hubiera existido. En el NKVD estarían contentos porque nadie hablaría de detenciones, y para cuando Stepanov se enterase de que Alexander seguía vivo, no tendría que mentir a Tatiana porque Sayers y ella llevarían ya tiempo fuera del país. Al principio creería que Alexander había muerto en el lago, junto con Ouspenski y Maikov.
Alexander se frotó las sienes y cerró los ojos, pero volvió a abrirlos enseguida. Prefería ver el desolado paisaje ruso que las imágenes que se agolpaban tras sus párpados cerrados.
Todos salían ganando. El NKVD no tendría que responder a las inoportunas preguntas de la Cruz Roja Internacional, el Ejército Rojo fingiría lamentar la muerte de unos cuantos soldados y Mejlis tendría entre sus garras a Alexander. Si hubieran querido matarlo lo habrían hecho desde el principio, pero tenían otras órdenes. Y Alexander sabía el motivo: el gato quería jugar un poco con el ratón antes de destrozarlo.
Cuando llegaron a Morozovo eran las ocho de la mañana. Como la base empezaba a cobrar vida y había que mantenerlos escondidos hasta poder trasladarlos sin peligro a un lugar mucho más peligroso, Alexander, Ouspenski y Maikov terminaron en el calabozo instalado en los sótanos de la antigua escuela. Los metieron en una celda de poco más de un metro de ancho y dos de largo. Maikov se había imaginado que lo llevarían otra vez a la cama del hospital, pero los agentes del NKVD se echaron a reír y les dijeron que se tumbaran en el suelo de cemento y que no se movieran.
La celda era demasiado pequeña para que Alexander se tumbara. En cuanto se marcharon los guardianes, los tres se sentaron. A Alexander le dolía mucho la herida, y el contacto con el cemento helado no mejoraba las cosas. La incomodidad se iba manifestando gradualmente, como si le dijera: «Vete acostumbrando porque dentro de nada, lo de ahora te parecerá tan dulce como tu infancia».
Ouspenski insistía en pedirle explicaciones.
–¿Qué quiere? –terminó diciéndole Alexander–. No me pregunte más. Así, si le interrogan, no tendrá que mentir.
–¿Y por qué iban a interrogarme?
–Está detenido. ¿Aún no se ha dado cuenta?
–¡Oh, no es posible! –exclamó Maikov, dejando de mirarse las manos–. Tengo una mujer, una madre, dos niños pequeños. ¿Qué me va a pasar?
–¿A usted? –preguntó Nikolai–. Yo también tengo una mujer y dos niños, dos niños pequeños. Y creo que mi madre aún vive.
Maikov no contestó, pero tanto él como Ouspenski se volvieron hacia Alexander. Maikov desvió enseguida la mirada; Ouspenski la mantuvo clavada en sus ojos.
–Vamos a ver –dijo Ouspenski–. Y usted ¿qué ha hecho?
–¡No quiero oírlo más, teniente!
Alexander les recordaba la diferencia de categoría cada vez que hacía falta.
–No tiene pinta de fanático religioso –insistió Ouspenski, sin dejarse intimidar.
Alexander no dijo nada.
–Ni de judío o de pervertido. –Ouspenski lo miró de arriba abajo–. ¿Es kulak? ¿Pertenece a la rama política de la Cruz Roja? ¿Es filósofo, socialista, historiador, especulador agrícola, saboteador de fábricas, agitador antisoviético...?
–Conduzco una carreta tártara –dijo Alexander.
–Le caerán diez años por eso... ¿Y dónde ha dejado la carreta? A mi mujer le vendría bien para transportar las cebollas que cultiva por aquí cerca. ¿Me está diciendo que nos han detenido porque tuvimos la puta mala suerte de ser vecinos de cama?
–¡Pero nosotros no sabemos nada! ¡No hemos hecho nada! –protestó Maikov con una voz sibilante que parecía un gemido.
–Ah, ¿no? –dijo Alexander–. Cuéntenselo a los músicos y los pocos melómanos que a principios de los años treinta decidieron organizar un pequeño concierto sin pedir permiso a la comisión de control de viviendas. Cada asistente pagó unos kopeks para financiar las bebidas. Terminaron todos detenidos por actividades antisoviéticas, acusados de recaudar dinero para favorecer a la casi extinta burguesía. Músicos y público fueron condenados a penas de entre tres y diez años. –Alexander hizo una pausa–. Bueno, no todos. Sólo los que confesaron sus delitos. Los que se negaron a confesar fueron ejecutados.
Ouspenski y Maikov lo miraron atónitos.
–¿Y cómo sabe usted eso?
–Porque yo tenía catorce años y pude escapar por la ventana antes de que me atraparan –contestó Alexander, encogiéndose de hombros.
Oyeron unos pasos y se quedaron callados. Alexander se puso de pie cuando se abrió la puerta de la celda.
–Cabo –dijo, dirigiéndose a Maikov–, imagine que la vida que ha llevado hasta ahora se acerca a su fin. Imagine que le han arrebatado todo lo que tenía y no le queda nada...
–¡Salga ya, Belov! –gritó un hombre corpulento, apuntándolo con un Nagant.
–Necesitas el fusil para convencerme –dijo Alexander.
Salió de la celda y la puerta se cerró de golpe detrás de él.
Entró en una de las aulas de la escuela abandonada y se sentó en una silla infantil, frente a un pupitre encarado hacia la pizarra. Pensó que en cualquier momento aparecería el maestro con un libro debajo del brazo, dispuesto a impartir una clase sobre los desastres del imperialismo.
Pero quienes aparecieron fueron dos milicianos del NKVD. Con ellos había cuatro personas en el aula: Alexander frente al pupitre, un guardián al fondo del aula y los dos agentes detrás de la mesa del profesor. Uno de ellos era calvo y muy delgado y tenía una nariz larga y reflexiva. Se presentó como Riduard Morozov.
–Pero no es el que da nombre a este pueblo, ¿verdad? –preguntó Alexander.
–No –contestó Morozov, con una pequeña sonrisa.
El otro era muy grueso y muy calvo y tenía una nariz bulbosa y cubierta de venillas rojas. Tenía pinta de borrachín. En tono menos amable, se presentó como Mitterand; a Alexander le pareció cómico que se llamara igual que el jefe de la resistencia francesa contra los nazis.
–¿Sabe por qué está aquí, comandante Belov? –comenzó Morozov, esbozando una sonrisa cortés y hablando en un tono casi cordial.
Estaban teniendo una conversación. Alexander pensó que Mitterand no tardaría en invitarle a un té o a un vasito de vodka. Lo pensó en broma, pero detrás de un pupitre aparecieron realmente una botella de vodka y tres vasitos de cristal. Morozov llenó los vasos.
–Sí –respondió jovialmente Alexander–. Ayer me comunicaron que iba a recibir un ascenso. Voy a ser teniente coronel. –Cuando Morozov le ofreció una copa, añadió–: No, gracias.
–¿Rechaza usted nuestra hospitalidad, camarada Belov?
–Comandante Belov –rectificó Alexander, poniéndose de pie y elevando el tono–. ¿Cuál es su rango? –preguntó a su interrogador. Esperó la respuesta, pero el otro no dijo nada–. Imagino que no es oficial, puesto que no lo veo con uniforme. Le contesto: no quiero vodka, y tampoco pienso quedarme aquí sentado hasta que se decidan a explicarme qué quieren. Estoy dispuesto a colaborar en la medida de lo posible, camaradas, pero no me insulten obligándome a sentarme con ustedes como si fuéramos amigos. ¿Qué es lo que pasa?
–Está usted detenido.
–Ah. ¿Así que no van a ascenderme? Sólo han necesitado diez horas para reconocerlo, desde que vinieron a buscarme a las cuatro de la madrugada. Pero aún no me han dicho qué quieren de mí. No sé si ustedes mismos lo saben. ¿Por qué no traen a alguien que esté en condiciones de informarme? Mientras tanto, llévenme a la celda y no me hagan perder el tiempo.
–¡Comandante!
Esta vez había hablado Morozov, con una voz menos amable.
Los dos agentes ya habían empezado a dar cuenta del vodka. Alexander sonrió. Si continuaban bebiendo a aquel ritmo, terminarían hablándole en inglés y acompañándolo ellos mismos a la frontera de Finlandia. De hecho, ya lo habían llamado «comandante». Alexander conocía bien la psicología militar. La única norma que regía en el ejército era la de tratar con respeto a los superiores, y en este caso la jerarquía había quedado establecida.
–No se mueva, comandante –repitió Morozov.
Alexander volvió a ocupar la silla.
Mitterand se dirigió en voz baja al joven guardián que esperaba junto a la puerta. Alexander no lo oyó, pero captó la esencia de la orden. Era obvio que el asunto quedaba fuera de las competencias de Morozov. Tendría que venir un pez gordo para hablar con Alexander. Y aunque el pez gordo no tardaría en llegar, primero intentarían acabar con la resistencia del detenido.
–Ponga las manos en la espalda, comandante –le ordenó Morozov.
Alexander arrojó el cigarrillo al suelo, lo apagó con el pie y se levantó.
Le quitaron la pistola y el cuchillo y le registraron la mochila. Como sólo encontraron vendas, bolígrafos y el vestido blanco de Tatiana, nada de lo cual les pareció interesante, le quitaron las medallas, le arrancaron los galones y le dijeron que ya no tenía derecho a usar el título de comandante. Aún no le habían dicho de qué se le acusaba ni le habían hecho ninguna pregunta.
Se quedaron con su mochila y se rieron cuando la reclamó. Alexander miró la mochila con resignación, sabiendo que dentro estaba el vestido de Tatiana. Una cosa más que quedaba atrás.
Lo llevaron a una celda sin ventanas, en la que no estaban ni Ouspenski ni Maikov. No había ningún banco, ningún catre, ninguna manta. Alexander estaba solo, y las únicas fuentes de oxígeno eran la puerta cuando la abrían los carceleros, la ventanilla metálica por donde introducían la bandeja de la comida, la mirilla que usaban para vigilarlo o el agujerito del techo que probablemente servía para introducir gas venenoso.
Le dejaron quedarse con el reloj, y no le quitaron los medicamentos que llevaba ocultos en las botas porque no lo cachearon. Alexander pensó que no estaban a buen recaudo, pero ¿dónde podía esconderlos? Se quitó las botas, sacó la jeringuilla, la ampolla de morfina y las píldoras de sulfamida y se lo metió todo en el bolsillo de los calzoncillos largos. Para encontrarlos tendrían que hacerle un registro más concienzudo de lo habitual.
Cuando se agachó recordó el dolor de espalda, que se había intensificado a medida que transcurrían las horas. Pensó en inyectarse morfina pero decidió que era mejor estar alerta durante los siguientes acontecimientos. Engulló una de las pastillas de sulfamida, amarga y ácida, sin machacarla y sin disolverla en agua. Simplemente se la llevó a la boca, la masticó un poco y se la tragó con un escalofrío. Se sentó en el suelo de cemento y cerró los ojos cuando se dio cuenta de que la celda estaba a oscuras y los carceleros no podían verlo. O quizá no llegó a cerrarlos, era difícil saberlo. A fin de cuentas, no había diferencia. Se sentó y esperó. ¿Era ya de noche? ¿Había pasado más de un día? Tenía ganas de fumar. Siguió esperando sin moverse. ¿Habrían escapado ya Sayers y Tatiana? ¿Sayers habría logrado convencerla, consolarla? ¿Habría cogido Tatiana sus cosas y habría subido al jeep? ¿Habrían dejado atrás Morozovo? No tenía ni idea. Temía que el doctor Sayers se hubiera venido abajo, que no hubiera podido convencer a su mujer y que ella hubiera decidido quedarse. Intentó imaginarla a su lado, pero sólo notó el frío de la celda. Si Tatiana se había quedado en Morozovo, el NKVD lo sabría y todo habría terminado para él. Empezó a respirar entrecortadamente al pensar que Tatiana podía seguir allí. Tenía que mantener controlados a los agentes del NKVD durante unas horas más, hasta estar seguro de que su mujer se había ido. Cuanto antes saliera ella de la Unión Soviética, antes podría entregarse él a las autoridades.
Tenía la sensación de tenerla a su lado. Casi podía extender el brazo hacia la mochila y ver a Tatiana con su vestido blanco de flores rojas, con su melena ondulante y su sonrisa resplandeciente. La sentía literalmente a su lado; en realidad, no necesitaba extender el brazo para tocar el vestido. Alexander necesitaba consuelo, y Tatiana también. Lo necesitaba para superar lo que le esperaba. ¿Cómo iba a superar la pérdida de Alexander sin la ayuda de Alexander?
Tenía que pensar en otra cosa.
Al cabo de un rato, no le hizo falta buscar otra cosa en la que pensar.
–¡Idiota! –atronó una voz fuera de la celda–. ¿Cómo vas a vigilar al prisionero si la celda está a oscuras? Podría suicidarse sin que te enterases. ¡Inútil!
La puerta se abrió y un hombre al que Alexander no podía ver y que sostenía en la mano una lámpara de queroseno irrumpió en el interior de la celda.
–¡Tiene que haber luz todo el tiempo! –dijo el hombre.
Se dio la vuelta hacia Alexander. Era Mitterand.
–¿Cuándo me va a decir alguien qué es lo que pasa? –quiso saber Alexander.
–¡No es usted el que hace las preguntas! –chilló Mitterand–. Ya no es comandante. No es nada. Se quedará sentado y esperará a que vengamos a buscarlo.
Al parecer, el único objetivo de su visita era soltarle unos cuantos gritos. Cuando se marchó Mitterand, el guardián entró con una jarra de agua y una hogaza de pan. Alexander se comió el pan, se bebió el agua y luego palpó el suelo de la celda en busca de un desagüe. Quería estar a oscuras y no quería repartirse el oxígeno con la lámpara de queroseno. Abrió la base y vertió el queroseno por el desagüe, dejando una pequeña cantidad que se consumió al cabo de diez minutos.
–¿Por qué está apagada la lámpara? –gritó el guardián, abriendo la puerta.
–Se ha acabado el queroseno –contestó jovialmente Alexander–. ¿No tienen más?
El carcelero no tenía más.
–Qué pena –comentó Alexander.
Durmió en la oscuridad, sentado en un rincón. Cuando se despertó, la celda seguía a oscuras. Alexander no sabía si seguía durmiendo. Soñó que abría los ojos y que todo estaba oscuro. Soñó con Tatiana y pensó en ella nada más despertarse. Ya no sabía dónde terminaba la pesadilla y dónde empezaba la vida real. Soñó que cerraba los ojos y dormía.
Se sentía desconectado de sí mismo, de Morozovo, del hospital, de su vida... pero esta desconexión, curiosamente, lo confortaba. Sintió frío, y la sensación de frío le devolvió la conciencia de su cuerpo agarrotado e incómodo. Prefería no sentir. La herida de la espalda era implacable. Alexander apretó los dientes y parpadeó para alejar la oscuridad.
Harold y Jane Barrington, 1933
Hitler se había convertido en el nuevo canciller de Alemania después de que el presidente Von Hindenburg «dejara el cargo». Alexander percibía una amenaza flotando en el ambiente, pero no habría sido capaz de definirla. Había dejado de desear más comida, más zapatos o un abrigo más grueso; era verano y no le hacía falta abrigarse. Por suerte, pasarían el mes de julio en una dacha de Krasnaia Poliana. Habían alquilado dos habitaciones en casa de una viuda lituana que tenía un hijo alcohólico que le pegaba para quedarse con el dinero.
Una tarde extendieron una manta sobre la hierba, cerca de un estanque, y dieron cuenta de una merienda a base de huevos duros, tomates y un poco de carne fría. Su madre se tomó un vasito de vodka («¿desde cuándo bebes, mamá?») y Alexander se tumbó a leer en la hamaca. Al cabo de un rato oyó unos pasos detrás de él, se volvió perezosamente y vio que sus padres arrojaban guijarros al agua mientras conversaban en voz baja. Alexander no estaba acostumbrado a verlos tan calmados, ya que el choque entre sus diferentes necesidades e intereses solía provocar estridentes discusiones. En circunstancias normales habría vuelto a concentrarse en la lectura, pero le intrigó aquella intimidad afectuosa... Jane soltó los guijarros y Harold la atrajo hacia él, tomó su mano y le enlazó la cintura. La besó y los dos comenzaron a bailar un vals. Bailaron lentamente en el claro, y Alexander oyó cantar a su padre.
Con los labios juntos, sus padres dieron varias piruetas en un abrazo conyugal, y Alexander sintió que le embargaban una felicidad y una nostalgia que no sabía cómo definir.
Sus padres deshicieron el abrazo, se volvieron hacia él y le sonrieron. Alexander les devolvió una sonrisa vacilante, avergonzado pero incapaz de desviar la mirada.
Sus padres se acercaron a la hamaca. Harold aún enlazaba con el brazo la cintura de Jane.
–Hoy es nuestro aniversario, hijo.
–Tu padre cantaba la canción que bailamos el día en que nos casamos, hace treinta y un años; yo tenía diecinueve –explicó Jane.
Miró a Harold y sonrió.
–¿Te vas a quedar leyendo un rato en la hamaca, hijo?
–No pensaba ir a ningún lado.
–Muy bien –dijo su padre, y cogiendo a Jane de la mano, se dirigió hacia la casa.
Alexander se enfrascó otra vez en el libro. Después de pasar páginas durante una hora, no era capaz de recordar ni una sola palabra de lo que había leído.
El invierno llegó demasiado pronto. Y todos los jueves del invierno, después de cenar, Harold cogía a Alexander de la mano y los dos andaban en el frío de la noche hasta la calle Arbat, el punto de reunión de músicos, escritores, poetas, rapsodas y ancianas que vendían shashkas de los tiempos del zar. Cerca de Arbat, en un apartamento de dos habitaciones cargado de humo, un grupo de soviéticos y de extranjeros, todos ellos acérrimos comunistas, se reunían entre las ocho y las diez para beber, fumar y debatir las posibilidades de implantar el comunismo en la Unión Soviética y acelerar el advenimiento de una sociedad sin clases en la que ya no serían necesarios el Estado, la policía o el ejército porque habría desaparecido toda fuente de conflicto.
–Marx dijo que el único conflicto verdadero es el conflicto económico entre clases. Cuando las diferencias de clase desaparezcan, ya no se necesitará la policía. ¿A qué estamos esperando, ciudadanos? ¿No se demora el cambio más de lo que pensábamos?
Ésas eran las palabras de Harold.
Alexander también intervenía de vez en cuando, recordando frases que había leído:
–«Mientras exista el Estado, no hay libertad. Cuando haya libertad, no habrá Estado.»
Harold dedicó a su hijo una sonrisa de aprobación al oír la cita de Lenin.
En estas reuniones, Alexander hizo amistad con Slavan, un hombre de sesenta y siete años, fatigado, canoso y con arrugas hasta en la calva, pero con unos ojos azules y despiertos que brillaban como estrellas y una boca que lucía eternamente una sonrisita burlona. Slavan no hablaba mucho, pero a Alexander le gustaba su expresión irónica y la mirada que se posaba con afecto sobre él.
Después de dos años, Harold y sus quince compañeros tuvieron que acudir a la sede local del Partido, el Obkom (Oblastni Kommitet), donde les insinuaron que sería mejor que debatieran algo que no fuera la posibilidad de mejorar la implantación del comunismo en Rusia, ya que este tema daba a entender que el sistema no funcionaba. Cuando su padre se lo explicó, Alexander preguntó cómo se enteraban en el Partido de lo que discutían quince borrachines una vez por semana en una ciudad donde vivían cinco millones de personas.
–«La libertad es algo precioso, tan precioso que debe ser racionado» –respondió Harold, citando a su vez a Lenin–. Es obvio que tienen alguna forma de acceder a nuestras conversaciones. Puede que sea Slavan. En tu lugar, yo dejaría de hablar con él.
–No es él, papá.
A partir de entonces siguieron reuniéndose los jueves pero dejaron de leer en voz alta el ¿Qué hacer? de Lenin, los panfletos de Rosa Luxemburgo o los pasajes del Manifiesto comunista de Marx.
Harold solía sacar a colación a los comunistas estadounidenses para demostrar que la doctrina soviética contaba con seguidores en todo el mundo y que su implantación general era sólo cuestión de tiempo.
–¿Sabéis qué dijo Isadora Duncan sobre Lenin? –preguntó, y citó las palabras de la bailarina–: «Otros se amaban a sí mismos o amaban el dinero, las teorías o el poder. Lenin amaba a sus congéneres... Lenin era Dios y Cristo era Dios, porque Dios es amor y Cristo y Lenin eran sólo amor».
Alexander miró a su padre con una sonrisa de aprobación.
Una noche, los quince amigos, excepto un silencioso y sonriente Slavan, estuvieron horas tratando de explicar a Alexander, que por entonces tenía catorce años, el significado de la expresión «valor añadido negativo»: es decir, el hecho de que un artículo manufacturado (por ejemplo, un par de zapatos) se vendiera por un precio inferior al coste global de los materiales y la mano de obra.
–¿Qué es lo que no entiendes? –exclamaba un frustrado comunista que de día trabajaba de ingeniero.
–¿Cómo queréis ganar dinero vendiendo los zapatos?
–¿Quién habla de ganar dinero? ¿No has leído el Manifiesto comunista?
–Sí.
–¿No recuerdas lo que dice Marx? La diferencia entre lo que la fábrica paga al obrero que fabrica los zapatos y el precio al que se venden es un robo capitalista y una forma de explotación del proletariado. Y eso es lo que el comunismo trata de erradicar. ¿No nos escuchabas?
–Sí, pero el valor añadido negativo no consiste solamente en eliminar el margen de beneficio –respondió Alexander–. Cuando hay un valor añadido negativo, fabricar los zapatos sale más caro que venderlos. ¿Quién pagará la diferencia?
–El Estado.
–¿Y de dónde sacará el Estado el dinero?
–Durante un tiempo pagará menos a los obreros que fabrican los zapatos.
–O sea que –dijo Alexander después de una pausa–, en un momento de inflación galopante en todo el mundo, ¿la Unión Soviética pagará menos dinero a sus trabajadores? ¿Cuánto menos?
–Menos, simplemente.
–Y entonces, ¿cómo compraremos zapatos?
–Estaremos un tiempo sin comprar, usaremos el mismo par del año pasado. Hasta que el Estado pueda andar solo...
El ingeniero sonrió.
–Muy bueno –observó pausadamente Alexander–. Hasta que el Estado pueda andar solo y hacerse cargo del Rolls Royce de Lenin, ¿no es así?
–¿Qué tiene que ver el Rolls Royce de Lenin con el tema que estamos debatiendo? –protestó el ingeniero. Slavan se echó a reír al oírlo–. La Unión Soviética encontrará el modo de salir adelante. Estamos en una fase inicial. Pediremos préstamos al extranjero si es necesario.
–Con todos mis respetos, ciudadano: ningún país del mundo volverá a prestar dinero a la Unión Soviética –puntualizó Alexander–. La deuda externa quedó cancelada en 1917, después de la Revolución Bolchevique. Pasará bastante tiempo antes de que podamos disponer de dinero extranjero. Los bancos del mundo tienen las puertas cerradas para la Unión Soviética.
–Debemos ser pacientes. Las cosas no cambian de la noche a la mañana. Y tú deberías tener una actitud más positiva. ¿Qué le enseñas a tu hijo, Harold?
Harold no dijo nada, pero cuando volvían a casa, preguntó:
–¿Qué te pasa, Alexander?
–Nada. –Alexander tenía ganas de darle la mano como siempre hacía, pero se sentía demasiado mayor de repente. Continuó andando junto a su padre y al final le tendió la mano–. Por el motivo que sea, la economía no funciona. Y el Estado revolucionario, que se apoya esencialmente en la economía, lo ha previsto todo, excepto cómo pagar la mano de obra. Los obreros cada vez se sienten menos proletarios y más una propiedad del Estado, como las fábricas o la maquinaria. Llevamos más de tres años en este país. Hace poco que ha terminado el primer plan quinquenal, y la comida escasea, las tiendas están vacías y...
Alexander quiso añadir: «y la gente desaparece», pero cerró la boca.
–¿Y qué crees que está pasando en Estados Unidos? –preguntó Harold–. Tienen un treinta por ciento de paro, Alexander. ¿Crees que viven mejor que nosotros? Las cosas van mal en todo el mundo. Acuérdate de la brutal inflación de Alemania. Y ahora ha salido ese tipo, Adolf Hitler, prometiéndoles que acabará con todos sus problemas. A lo mejor lo consigue. Al menos, sus compatriotas así lo esperan. Pues ya ves, el camarada Lenin y el camarada Stalin prometieron lo mismo en el caso de la Unión Soviética. ¿Cómo llamaba Stalin a Rusia? «El segundo Estados Unidos», ¿no? Debemos confiar en sus directrices, y ya verás cómo las cosas mejoran.
–Ya lo sé, papá. Puede que tengas razón. Aun así, el Estado tiene que encontrar la manera de pagar a la gente. ¿Cuánto tiempo estarán rebajándote el sueldo? Ya no podemos pagar ni la carne ni la leche, suponiendo que hubiera. Y a ti te irán rebajando el sueldo hasta... ¿hasta qué? Llegará el momento en que se den cuenta de que necesitan más dinero para gestionar los asuntos públicos, y tu trabajo es el coste variable más importante. ¿Qué harán entonces? Seguir bajándote la paga cada año, hasta... ¿hasta qué?
–¿De qué tienes miedo? –preguntó Harold, y oprimió con cariño la mano de su hijo–. Cuando seas mayor tendrás un buen trabajo. ¿Aún quieres ser arquitecto? Lo serás, tendrás una buena profesión.
–Me temo que no falta mucho para que tú y yo y todos nosotros terminemos siendo mero capital fijo –concluyó Alexander, y soltó la mano de su padre.