Prólogo

Cumple catorce años y está sentada a proa. Los ojos verdes, risueños y melancólicos, están imantados por el horizonte: una línea tan clara que tiene que dar miedo. El mundo es una caracola. Le hace eco a la luz, da toda la que recibe, hasta en forma de sombras. Y la luz es la única orden del alba. Una orden severa, porque cuando sale la luz también nos salen las lágrimas.

—¡Pareces un mascarón! —le grita el padre, tratando de hacerse oír por encima del viento que empuja el barco mar adentro de la Bahía del Silencio. Las gaviotas acarician el agua en busca de presas y, cansadas, se posan en el mar. El olor seco de la costa ya está lejos.

Margherita, las piernas abandonadas al viento y al vacío, se vuelve y extiende sobre la madera del casco sus catorce años recién estrenados. Lo observa. Una sonrisa talla el rostro del padre, que ha llegado a la edad en la que cada pliegue o arruga se halla ahí donde ha de estar y el rostro revela con gracia impúdica quién eres, quién has sido y quién serás. Tiene el pelo tupido y negro, como el de Margherita, y los ojos aún más negros, si cabe, que el pelo —Margherita, que los tiene verdes y transparentes, le ha robado los suyos a su madre—, la piel de la barba recién afeitada y perfumada con el aftershave que su mujer le regala desde novios.

Eleonora se ha quedado en casa con Andrea, el hijo menor, preparando la comida de la fiesta. Con la barbilla apoyada en las manos juntas, Margherita, fingiéndose ofendida, dice:

—¿Un cascarón?

—Un cascarón no… ¡un mascarón!

El padre, dejando por un momento el timón y lanzando una ojeada a los catavientos, bien pegados a la vela, le responde gesticulando, casi pintando en el aire las palabras:

—Los antiguos marineros tallaban en la proa de los barcos una figura humana, que cumplía la función de protegerlos. Al principio solo eran ojos enormes, que permitían a los barcos ver la ruta. Después los convirtieron en divinidades femeninas: mujeres preciosas, de mirada hipnótica, capaz de embrujar a las olas y de atemorizar a los enemigos.

Margherita sonríe y entorna los ojos. Se retuerce y vuelve a la postura de antes. El pelo la sigue, una cascada negra alborotada por el viento e impregnada de luz. Hermosa e inmóvil como un mascarón, con sus ojos de mar: iris verdes húmedos de lágrimas que el aire seca muy rápidamente dejando apenas un leve rastro. A los catorce años se llora con frecuencia, de alegría o de dolor, da lo mismo. Las lágrimas no se distinguen, y la vida es tan tierna que se derrite como la cera al fuego para convertir a una niña en mujer.

Margherita balancea las piernas en el vacío y el mar salpica confetis de luz y agua contra sus plantas desnudas, que dan patadas contra la línea del horizonte tratando de romperla. Pero la línea permanece intacta. La mira: hilo de la vida, suspendido entre cielo y tierra, sobre el que se imagina a sí misma en equilibrio. A vita è nu filu,* dice siempre su abuela Teresa, en la lengua carnal de su tierra.

Y a los catorce años eres un funámbulo descalzo sobre tu hilo y el equilibrio es un milagro.

Es el verano de su vida. Es el alba de una edad nueva. Su padre y ella, solos en un barco de vela, a pocos días de que empiece el instituto, el día de su cumpleaños. Margherita cierra un instante los ojos, estira la espalda sobre el casco y extiende los brazos. Cuando abre los ojos, una fuerza invisible inunda la vela. Es el viento. No lo ves ni lo oyes hasta que encuentra un obstáculo, como todas las cosas que han existido siempre. Hasta el mar parece no tener límites, pero canta solo cuando los encuentra: al estrellarse contra la quilla se vuelve espuma; al romper contra la escollera, vapor; al terminar en la orilla, resaca. La belleza nace de los límites, siempre.

El padre bloquea el timón y se acerca a Margherita por atrás, la sorprende con un abrazo y la levanta. La luz penetra en cada cosa, atraviesa la piel, llega hasta el interior de la carne. Los brazos fuertes de su padre, tapados por una camisa blanca remangada hasta los codos, la estrechan. El aroma del mar y del cálido y seco aftershave se mezclan. Apoya la nariz en la nuca de su hija y le da un beso. Contempla el horizonte con ella, abochornada por su cuerpo inquieto y nuevo, que siente casi como una culpa. Sin embargo, al lado de su padre, la línea que parte en dos el cielo y el mar no asusta, y van a su encuentro, para recorrerla, para explorarla y para agujerearla con la proa, como si fuera una escenografía de papel.

—Eres la chica más bonita del mundo. Mi perla. ¡Felicidades! —le dice besándola de nuevo. La llama así porque su nombre, Margherita, en latín significa «perla». Se lo ha repetido infinidad de veces—. Era bueno en latín —añade siempre.

—Un día podríamos llegar a Sicilia. Quiero ver la casa amarilla de la que habla siempre la abuela y el jardín con el jazmín trepador de la fachada y las chumberas —dice Margherita imitando la voz de la abuela y pensando que frutas como las de sus relatos, tan bermejas, amarillas y blancas, no pueden existir en la realidad.

—Iremos.

—¿Me lo prometes?

—Te lo prometo.

Las olas lavan los costados del Perla, así se llama también el barco.

—¿Por qué todos los barcos tienen nombre de mujer?

El padre no responde, reflexiona en silencio y elige las palabras como si las encontrase en el fondo de un pozo. Su padre lo sabe siempre todo.

—En el barco de Ulises que había dibujado en el libro que más me gustaba de niño, ponía Penélope. Todo marinero tiene un puerto, una casa a la que volver, porque allí hay una mujer esperándolo, y el nombre de la embarcación le recuerda el motivo por el cual surca el mar…

Su padre se maneja bien con las palabras. Es un poeta, cuando quiere.

—¿Como mamá para ti?

El padre asiente con la cabeza.

—Papá, tengo miedo… de empezar el instituto. No sé si doy la talla, si podré, si los compañeros me caerán bien… si llegará a haber alguien… si encontraré un chico… Me da miedo el latín, yo no soy como tú…

—Oye, también a mí me da miedo el latín… Todavía sueño que me preguntan los paradigmas de los verbos y que no me acuerdo de nada…

—¿Paradigmas? ¿Qué es eso?

—A ver. Por ejemplo…

Se dispone a comenzar una de sus explicaciones interminables y ella lo interrumpe enseguida.

—Papá, tengo miedo… —Las lágrimas asedian sus ojos.

—Pase lo que pase, estaré yo.

—Lo sé, pero eso no me quita el miedo.

—Eso es que estás ganando.

—¿Qué quieres decir?

—Tener miedo es señal de que la vida está empezando a tutearte. Te estás haciendo mujer, Margherita.

Ella calla y le da vueltas a esa palabra, «mujer». Le da miedo. Da demasiada luz.

Su padre la estrecha con más fuerza.

El golfo de Génova, detrás de ellos, amplifica el abrazo de su padre en forma de escolleras, costas, montañas, continentes, multiplicándolo hasta el infinito, como si el universo entero la estuviese abrazando a través de su padre.

Margherita aspira el olor fresco de él, capaz de calmarla y de convencerla de que está en el mundo para explorarlo, como en el curso de submarinismo que hizo ese verano.

Silencioso, el Perla corta el mar, que se cicatriza en espuma ligera. No se distinguen las lágrimas que son de alegría de las que son de miedo. En el rostro de Margherita las primeras lavan las segundas y el mundo entero es el regalo que le hace un padre a su hija el día de su cumpleaños.

El padre le seca las lágrimas con el índice doblado, semejante a un tallo sobre el que ha caído el rocío. Le muestra una a Margherita, brilla como una perla.

Le explica:

—Una vez soñé con una mujer preciosa, vestida con una capa blanca. Me miraba y sonreía. Le pregunté: «¿De dónde procede tu belleza?». Y la mujer me respondió: «Un día llorabas y yo me froté el rostro con tus lágrimas». —Hace una pausa, luego añade—: Todo saldrá bien, Margherita, todo saldrá bien…

Margherita confía en esas palabras, se confía a esos brazos. No puede saber que nada saldrá bien, quizá por eso sigue llorando de alegría y de dolor a la vez, y no sabe cuál de los dos prevalece en la composición química de las perlas generadas por los ojos. Quisiera preguntárselo a su padre, pero se contiene.

Son cosas que nadie sabe.

PRIMERA PARTE

EL DEPREDADOR

Todos pueden dominar un dolor menos el que lo padece.

W. SHAKESPEARE,
Mucho ruido y pocas nueces

1

—Mita está en el armario —dijo el niño a la madre.

Margherita y Andrea acababan de entrar en casa. El comienzo de las clases estaba al caer y aquel luminoso domingo de septiembre parecía no querer resignarse al hecho de que faltaban veinticuatro horas para el final de las vacaciones. Como cada domingo, habían estado en casa de la abuela Teresa.

Margherita tenía las vacaciones en el corazón y en la piel: en esos meses parecía que el mar, como hace con la playa de noche, le hubiese bruñido el cuerpo y el alma, dejando en la orilla una de esas caracolas que guardan los sonidos y los secretos. A Margherita le gustaba llevarse al oído la caracola que adornaba la vieja mesilla de cristal que había en la casa de la abuela: revivía las vacaciones y le susurraba sobre mundos perdidos, de los que solo quedaba un eco indescifrable, pues nadie conocía su alfabeto.

Las vacaciones después de la primaria, una etapa que habría querido prolongar hasta el infinito: sin deberes, sin libros que leer. Solo el miedo al instituto: colegio nuevo, compañeros nuevos, profesores nuevos. Estaba a punto de empezar una vida nueva, cuyos contornos eran tan inciertos como los de una acuarela. Pero Margherita se sentía segura y lista para terminar ese cuadro. Septiembre prestaba los colores.

La abuela Teresa era un pez de colores, o al menos eso era lo que había dicho Andrea. Por otra parte, la abuela siempre decía que si quieres la verdad, se la preguntes a los niños: Si vu’ sapiri a verità, dumannala ai picciridi. Vivía sola. Su marido, el abuelo Pietro, había muerto hacía tres lustros. Ahora su única compañía eran los nietos y Ariel, un pez de colores que vivía en una pecera de cristal. Andrea se pasaba horas mirándolo: tenía una raya blanca en el borde de las aletas, una filigrana concedida a la belleza, y dos grandes ojos inexpresivos. Daba vueltas por la bola de cristal, en compañía de un alga desflecada y de un trozo de coral rojo, único escenario de su vida. Se movía a saltos, como si cada vez descubriese algo nuevo.

—Abuela, ¿Ariel no se aburre de estar metido siempre en el mismo cuarto?

—No, Andrea, los peces de colores tienen memoria cortita, de tres segundos —le había explicado la abuela—. En el cuarto se olvidan de todo, dan un brinco y empiezan de nuevo. Cada tres segundos Ariel ve su alga por primera vez, se restriega contra su coral por primera vez. Está siempre priato, contento, nunca se aburre.

Andrea no había respondido nada; se refugiaba a menudo en una silenciosa burbuja infantil, hecha de una mezcla de realidad y fantasía.

Con el paso del tiempo, durante sus visitas, la abuela Teresa empezó a repetir cada vez más las mismas cosas, nadie sabía si para recordarlas mejor o porque las olvidaba demasiado rápido, y un día Andrea le dijo a Margherita:

—La abuela es como los peces de colores.

Margherita lo miró con curiosidad, paró por un momento de escribir el enésimo SMS de tres palabras, y se limitó a pensar que su hermano tenía algo de genial en su ADN. En realidad, era la genialidad natural de los niños, que dicen las cosas como son: Si vu’ sapiri a verità, dumannala ai picciridi. El alma de la abuela con el paso del tiempo se volvía semejante a la de Ariel: preguntaba si habían echado los huevos a la masa, cuando ella misma acababa de hacerlo. Margherita a veces se irritaba, en cambio Andrea ni se inmutaba; para los niños repetir las cosas es lo más normal del mundo: él también quería escuchar siempre la misma historia antes de dormirse, con los mismos detalles.

Para los viejos y para los niños, las palabras no sirven para explicar, para justificar, para juzgar, sino que son nudos en un hilo, sirven para asegurar que todo permanece en orden: Cu’ nun fa lu gruppu a la gugliata, perdi lu cuntu chiù di na vota. Eso decía la abuela, pero nadie se daba cuenta de que afirmaba una verdad simple como sus recetas: quien no hace nudos pierde el hilo. También en la vida.

Volvieron a casa, con la tarta bien envuelta en el papel color avellana y atada con una de esas cintas rojas que la abuela guardaba en un cajón que nunca recordaba. Margherita fue a su habitación y se dejó abrazar por la luz de septiembre que entraba por la ventana abierta. Encendió la radio y el espejo imantó su rostro, más asimétrico desde hacía unas semanas, consecuencia de una extraña transformación que primero le había alargado las mejillas, resaltado los mofletes y rasgado los ojos verdes, antes muy redondos. Unas manos invisibles le amasaban el cuerpo cual una tarta, y a ella le habría encantado introducir las suyas en el espejo para participar en aquel ritual misterioso. También su cuerpo emitía un eco, la respiración siempre antigua y siempre nueva de la vida.

Margherita volvió el rostro a derecha e izquierda para comprobar cómo era el cuerpo en que se estaba transformando. Se consolaba con el pelo negro, largo y suave, la parte de ella que, junto con los ojos, le gustaba más. En cambio las orejas le parecían aún demasiado pequeñas, y ella se las estiraba como si así fueran a crecerle. Tenía los dientes blancos y alineados; los labios, finos, pero expresaban bien los sentimientos más variados; el pecho, todavía apenas esbozado.

La radio llenaba la habitación de palabras; el sol, de luz; el viento, de diferentes olores:

Maybe I’m in the black, maybe I’m on my knees.
Maybe I’m in the gap between the two trapezes.

Los ojos de Margherita se perdieron en el vacío. Recordaba las palabras de su padre en el barco como un estribillo pegadizo que no puedes quitarte de la cabeza: «Todo saldrá bien».

Fuera, el mundo parecía un escenario a la espera de su baile, y aunque el público le daba miedo, sabía que entre bastidores había personas que la querían y le infundían fuerza: su padre, su madre, su hermano, su abuela, sus amigas.

Andrea entró sin llamar en el santuario de Margherita y ella ni se dio cuenta. Se le colgó del brazo en el intento de sacarla de su trance de adolescente.

—¡Palomitas! —dijo, avanzando ligeramente el labio inferior, como solía hacer cuando quería convencer de algo a su hermana, incapaz de resistirse a ese gesto de gato abandonado bajo la lluvia.

Tenía cinco años, la cara muy blanca, el pelo rubio, los ojos azules. Hablaba muchas veces solo, siguiendo el hilo de tramas y personajes imaginarios. Creía que sabía leer, pero en realidad solo reconocía algunas letras, aún no era capaz de juntarlas. Margherita le había enseñado a distinguirlas con hojas de gran formato, más o menos como las cartulinas de los parvularios, en las que ella misma había impreso enormes y bonitas letras asociadas a imágenes vívidas: mariposas y cerezas, gnomos y dragones… Lo malo es que la tinta de la impresora, sometida a una dura prueba con el experimento, se había agotado, y Andrea había tenido que conformarse con poco más de la mitad del alfabeto y, por tanto, del mundo. Pero él solo necesitaba inventarse las historias ocultas en aquellos personajes que en el corazón de la noche se despegaban de las hojas: el gnomo tragón devoraba todas las cerezas, mientras que el dragón escupefuego se enamoraba perdidamente de la mariposa.

Cada vez que podía, Andrea le pedía que le hiciera palomitas, más por oírlas estallar que por comérselas. Margherita, como la mujer que empezaba a ser, se resistió. Le gustaba que su hermano le rogase, con ese labio salido y los ojos lánguidos. Luego sonrió.

—Espérame en la cocina. Ahora voy.

Quería escuchar el final de la canción. No soportaba que le interrumpieran una canción, era como si algo inconcluso permaneciese suspendido en el aire y en el mundo, y ella no quería dejar nada en desorden. La canción se apagó:

Every tear
Every tear
Every teardrop is a waterfall.

No comprendía todas las palabras, pero le gustaba la idea de que cada lágrima es una cascada.

En la cocina, Andrea ya se había puesto el mandil de cocinero que le habían regalado sus padres. En realidad, era un babero gigantesco en el que se leía «Catador oficial». Estaba quieto, con las manos levantadas, reproduciendo los gestos que había aprendido de la abuela Teresa, que prohibía cualquier operación culinaria sin enseñar antes las manos bien lavadas y secas. Esperaba que Margherita diese instrucciones, como un cirujano listo para una importante operación.

Margherita reparó en el parpadeo del contestador automático. No le parecía haber oído el teléfono: o la música a todo volumen la había aislado de la realidad y de sus aparentes emergencias, o habían llamado cuando estaban en la casa de la abuela. Había dos mensajes. El primero era de Anna, una amiga de su madre, con sus típicas novedades, que tenía que comunicarle necesariamente y que en general guardaban relación con un traje aparecido en un escaparate del centro perfecto para su físico y para sus ojos: «Eleonora, llámame en cuanto puedas».

El segundo mensaje era de su padre.

Lo escuchó tres veces, en un silencio incrédulo.

Margherita se quedó petrificada. La piel tierna de sus catorce años se tensó; en cualquier momento podía desmoronarse. El domingo y el mar abandonaron inmediatamente sus poros. Sus ojos verdes se cerraron y parecieron marchitarse, impregnados de miedo. Las manos le temblaban sobre la mesa de la cocina, los labios vibraban, mordidos por los dientes. La luz del rostro se apagó como una bombilla fundida.

Fue al dormitorio de sus padres, en silencio, con pasos cortos, como eran sus pies de niña de catorce años, funámbula suspendida en el hilo de la vida. A vita è nu filu.

—¿Adónde vas, Mita? —preguntó Andrea. Pronunciaba así ese nombre tan largo, eliminando la parte central.

Margherita no respondió. Abrió el armario de sus padres, en el que de niña se escondía los domingos por la mañana para asustarlos cuando se despertaran. Ellos conocían las reglas del juego y repetían ritualmente la frase acordada: «Vamos a despertar a Margherita, a esa dormilona se le habrán pegado las sábanas». Y entonces ella salía del armario. Amor y felicidad eran sinónimos de vida, y el miedo no existía. Ella salía del vientre del armario y sus padres la abrazaban y la subían a la cama, sobre la cual comenzaba a saltar. La oscuridad del armario quedaba olvidada en el abrazo dominical de sus padres.

Abrió el armario y le pareció un desierto de madera. Una mitad estaba vacía, lo que producía la impresión tristemente desoladora de las cosas que solo nos gustan cuando están llenas: las piscinas, los sobres, las cunas.

El vacío omnívoro del abandono devoró la luz de Margherita. Solo quedaba el aroma de la ropa que faltaba de su padre y el olor fresco y seco de su aftershave. En ese preciso instante la nostalgia se convirtió en el sentimiento dominante de su vida, cristalizado en la cavidad del alma, como coral del corazón, precioso por raro e inaccesible.

Se agazapó en el rincón, como un gato en el motor de un coche. Los ojos como platos de su hermano la seguían e intentaban averiguar qué juego estaba pergeñando para él, qué palabra desconocida definía esa novedad. A los cinco años, cada misterio, hasta el más doloroso, solo es un juego: de un momento a otro lo sorprendería con un asalto como los del tigre Hobbes a Calvin en los cómics de su padre.

—Cierra —le dijo Margherita con frialdad.

Andrea obedeció, guiñándole un ojo, a la espera de instrucciones.

—¿Hasta cuánto debo contar, Mita? —le preguntó desde el otro lado de esa capa de madera convertida en un muro de cemento. El niño trataba de convertir en juego el más perfecto de los dolores. Pero el dolor, por definición, no tiene reglas, cánones, leyes: es irregular, asimétrico, ilegal.

—Hasta la eternidad.

—¿Ese qué número es? No lo conozco.

—Tú cuenta —dijo Margherita.

Andrea, procurando ayudarse con la yema de sus dedos aún demasiado cortos, se alejó gritando los números desde el fondo del pasillo, pero ya más o menos en el catorce comenzó a inventar.

Margherita en la oscuridad era un molusco metido en una concha que un depredador ha sorprendido abierta e indefensa. La carne tierna trata de aferrar las extremidades perfectamente, como una caja fuerte capaz de resistir toda la presión del mar, pero no puede con las pinzas afiladas y quirúrgicas del enemigo. El depredador intentaba arrancarla de aquellas paredes seguras, dejarla vacía, desierta, cáscara partida, batida por las corrientes. Su padre la llamaba así: «mi perla». Eso significa Margherita, lo había repetido mil veces. Mil veces mentiroso, él y su perfume.

Margherita sintió de nuevo que el corazón le latía ferozmente, como cuando su padre la abrazaba. Palpitaba con fuerza, acuciado por la amenaza de muerte, por el veneno, por el dolor.

—Mita está en el armario —le confirmó el niño a su madre.

—¡Andrea, deja de jugar! —respondió Eleonora con sequedad.

—¿Dónde está papá?

Eleonora no respondió.

Andrea la precedió en el dormitorio.

—¿Qué número viene después del catorce?

—El quince.

—¿Y después?

—El dieciséis.

—¿Y cuánto hay que contar para llegar al que se llama «eternidad»?

Eleonora abrió las puertas del armario y el vacío se volcó al exterior. Su hija estaba acurrucada en el rincón, con el cuerpo enroscado alrededor del dolor: una caracola arrollada en espiral, un nautilo construido en perfecta proporción geométrica por la sabiduría del tiempo en torno a un centro. Quien conoce el dolor reproduce su eco durante toda la vida, como las caracolas hacen con el mar.

La cabeza de Margherita había desaparecido entre los brazos, solo asomaba su pelo negro. Su hija no tenía ojos.

Se sentó a su lado y trató de abrazarla, pero la caracola solo podía ser abrazada arrancándola de su escollo y abandonándola a merced de la corriente.

Andrea cerró el armario y empezó a contar de nuevo, encantado de que mamá también jugase. Solo faltaba papá.

—¿Tú también juegas a «eternidad», mamá?

La madre respondió con una sonrisa sombría e inútil.

En la sombra no se oía más que la respiración de las dos mujeres.

—¿Qué ha pasado con el mundo que me habías prometido? —Fue lo único que Eleonora le oyó decir a su hija, con un tono de voz que pertenecía a una Margherita desconocida.

—No lo sé —respondió la madre.

Margherita no añadió nada más, jamás volvería a hablarle a su madre.

Andrea intentaba en vano contar hasta «eternidad» buscando números demasiado grandes en la yema de sus dedos. Pero ¿qué juego era ese si sabía dónde estaban escondidas? A lo mejor a quien tenía que buscar era a su padre. ¿Dónde estaba escondido su padre?

Se detuvo delante del armario cerrado.

—¡No me gusta este juego! ¡No hago más que contar y nadie gana!

El profesor atravesaba la noche de Milán en su bicicleta negra manchada de óxido; la cadena se salía de vez en cuando y el faro lucía intermitente. Parecía un don Quijote moderno en su Rocinante de hierro, pero en sus ojos no se vislumbraba locura, sino más bien la mirada transparente de quien ve espectáculos que no pueden ver quienes se detienen en el umbral de las cosas.

La velocidad de la bicicleta era perfecta para él; una velocidad que permite contemplar a personas y hechos como es debido. Solo en bicicleta puedes ver las cosas sin ser visto, como saben hacer los poetas. Y él tenía los ojos de los poetas: da lo mismo de qué color sean, lo fundamental es que sean luminosos, que no puedan reprimir el fuego que llevan dentro, como creían los antiguos. En coche no descubres nada, a pie continuamente te descubren. No había nada mejor que la bicicleta: ver sin ser visto mientras el aire de septiembre alborotaba el pelo negro, libre de las armaduras exigidas por los vehículos motorizados, y penetraba en los pliegues de la camisa blanca. Los zapatos de tela azul se movían al compás de los pedales.

Aparcó en el patio, no ató un hierro que nadie hubiera robado jamás. Empujó el portón con suavidad, para evitar que doña Elvira —portera que no se despega nunca de su escoba, tanto que parece otra extremidad— lo oyese y le cerrase el paso. Además de portera, era la dueña de su estudio y, para variar, él había invertido el dinero del alquiler en libros, su droga.

Se descalzó y, a pasos sigilosos, subió de dos en dos los escalones que lo condujeron a la primera planta. Abrió a hurtadillas la puerta, girando lentamente la llave para no hacer ruido, y entró. Era un solo espacio, con cocina americana: treinta metros cuadrados. Totalmente forrados de libros, atestados de libros, invadidos de libros.

Un libro puede contener todo el caos del mundo, pero sus páginas están cosidas y numeradas, el caos no escapa de ahí. Ordenar sus libros dándoles la forma de sus intereses e interrogantes era un placer no corriente, que repetía cada día para no aburrirse mucho. Creía en los libros con una fe religiosa, hallaba más realidad en sus líneas que en las calles, o quizá tenía miedo de tocar la realidad directamente, sin el escudo de un libro.

En el único hueco de la pared que había dejado sin libros estaba escrita la frase «Timeo hominem unius libri». Los hombres de un solo libro son los más peligrosos. Era muy cierto. La frase la había escrito Stella en elegantes letras cursivas, pero doña Elvira no había apreciado su talento y le había subido diez euros el alquiler. La que debía ser la cama no era más que un tablero sujeto por cuatro columnas de libros, tres o cuatro en cada extremo, que renovaba periódicamente: garantes de su sueño y de su vigilia, de sus sueños y de sus despertares. Por entonces dormía sobre una columna tolstoiana: Anna Karenina, Guerra y paz (en dos volúmenes) y La sonata a Kreutzer (este último, para corregir un molesto e imperceptible desnivel, había reemplazado a La muerte de Iván Ilich). En el otro extremo del mismo lado estaban Moby Dick, Don Quijote y algunas tragedias de Shakespeare. Uno de los dos extremos de la parte de los pies —el opuesto a Tolstoi— reposaba sobre Crimen y castigo, Los hermanos Karamazov, El idiota y Las noches blancas. El otro, sobre clásicos de la antigüedad: un volumen de tragedias de Sófocles, la Eneida de Virgilio, las Metamorfosis de Ovidio y una antología de líricos griegos.

Para dormir a gusto se necesitaban lecturas consistentes, y en cierto modo lo tranquilizaba encontrarse entre esos brazos. En el escritorio, sobre un atril, había una edición de la Odisea abierta en el canto sexto, el de Nausícaa, el más dulce enamoramiento jamás narrado de la historia de la literatura.

Faltaban pocos días para el primer día de clase. Ese año le tocaba un primero de ciencias: italiano y latín, ocho horas. Volvió a ver la escena dantesca: los candidatos apiñados como vacas en un matadero en esa sala de la Consejería de Educación de Milán donde voces sin cuerpo ofrecían jirones de cátedras como destinos trágicos e ineluctables. Había tenido que aceptar y no le había ido tan mal. Los requisitos para conseguir una plaza fija de profesor eran el goteo burocrático de la infelicidad. La enseñanza estaba atascada por apagados profesores sin pasión que impedían que pudieran acceder a ella jóvenes que ya no eran jóvenes. Esa suplencia anual iba a salvarlo; no de la miseria, pero sí al menos de la depresión. Había luchado por ser profesor. Ante todo con sus padres, que le habían repetido mil veces: «Pasarás hambre».

Había tenido que cambiar de ciudad e ir a Lombardía, donde había más plazas: ya no podía limitarse a dar clases particulares, pese a que resultaban mucho más rentables que las pocas horas de clase en el instituto, por las que ganaría unos quinientos euros netos al mes. Ese dinero iba a los bolsillos voraces de doña Elvira, pero por lo menos experimentaba el sutil y dulce placer de tener un trabajo capaz de alimentar no solo el cuerpo, sino también el espíritu, el suyo y el de las jóvenes, inexpertas y áridas mentes que le habían sido confiadas.

Mientras preparaba un bocadillo con los restos de algo indefinible y se consolaba con la voz ronca de Paolo Conte, recordó el día en que había decidido ser profesor. Su profesor de letras le había prestado su libro de poemas preferido. Una vieja antología de Hölderlin llena de anotaciones a lápiz.

—Échale una ojeada, puede que lo comprendas —le dijo.

Aquel préstamo, aquel día, convocó, como todo gesto que es fruto de una atención especial, todos sus recursos ocultos. El profesor, gafas gruesas y cabeza rapada, supo captar signos aún tenues que en cierto modo eran una profecía de su futuro. Lo apreciaba, y vislumbró al hombre en que se convertiría; no dio demasiada importancia a la imagen esmirriada del parado que le tocaría ser.

Ese libro, en las noches del cuarto año de instituto, fue una especie de refugio nocturno. Y por medio de aquellas palabras y de las marcas a lápiz vio por primera vez la noche: «Centelleante y mutante es la noche, cuando irrumpe la oscuridad descansa la ciudad, el callejón encendido calla». Las cosas permanecen invisibles sin las palabras adecuadas. La noche que estaba muda al otro lado de la ventana se le apareció, viva, por primera vez. Gracias a las palabras. Comprendía poco de esos versos, pero despertaron en él la sed del misterio. Lo fascinaba que aquel extraño poeta creyese en los dioses y hubiese dedicado la última parte de su vida a escribir solamente poemas sobre las estaciones. Pero lo más raro de todo era que algunos textos tuvieran fechas de un siglo antes o de un siglo después, y que estuvieran firmados con un seudónimo italiano. Aquel poeta, en pocas palabras, estaba loco. O bien, y eso lo fascinó todavía más, ya se había liberado del tiempo y el espacio, y la poesía le permitía oír el ritmo de las cosas del mundo, en todos los tiempos y en todos los hombres. La libertad, la gratuidad, la confianza de aquellas noches silenciosas, preñadas de un futuro no establecido de antemano, lo convencieron de ser profesor. O loco, que viene a ser lo mismo.

Pasaría hambre, pero por suerte siempre estaban las clases particulares. El mercado de los ignorantes es como el de los muertos: no conoce altibajos.

Trataba de imaginarse las caras de los chicos que iba a tener ese curso, todavía niños, y a los que quería transmitir todo su entusiasmo por la fantasía humana, en especial la de los griegos. Abordaría la épica y había decidido prescindir de las asfixiantes antologías poéticas. Se proponía pasar por alto el programa y hacerles leer toda la Odisea. Ningún texto de pasajes escogidos puede contener el aroma de la vida, y él se negaba a destrozar a Homero… Esas antologías olían a carroña. Quería que sus alumnos penetraran en el mundo en que él entraba cada vez que leía la Odisea; que percibiesen el aroma amargo del mar, el olor acre de la sangre, las lágrimas de una madre, el sudor de un padre que vuelve a casa. Quería conducirlos ahí donde solo la literatura sabe llevarte: al corazón de las cosas del mundo, cuando fueron creadas y se perdió el código. Y el arte es el código que vuelve visibles las cosas que tocamos todos los días, que, justo porque las tocamos más de la cuenta, se tornan opacas, trilladas, invisibles. Quería transmitir todo eso a treinta adolescentes, aún niños en el rostro y en el corazón, pero que un lustro después serían adultos: hombres y mujeres. Como había hecho su profesor, él también quería brindarles una posibilidad más de realizarse a sí mismos.

Le dio un mordisco a una manzana, puso el CD de la Quinta de Beethoven, se tumbó en la cama y empezó a leer en voz alta las palabras con las que iba a presentarse al día siguiente en clase: Cartas a un joven poeta de Rainer Maria Rilke. Debería incluir el «¡ta-ta-ta!» de aquella sinfonía. Los dejaría boquiabiertos, las notas atronandoras del destino los dejarían alucinados:«¡ta-ta-ta!». Movía las manos como un director de orquesta perdido en el golfo místico de la orquesta y declamaba las palabras que entregaría a los chicos como «programa de vida escolar»:

Por ser usted tan joven, estimado señor, y por hallarse tan lejos aún de todo comienzo, yo querría rogarle, como mejor sepa hacerlo, que tenga paciencia frente a todo cuanto en su corazón no esté todavía resuelto. Y procure encariñarse con las preguntas mismas, como si fuesen habitaciones cerradas o libros escritos en un idioma muy extraño. No busque de momento las respuestas que necesita. No le pueden ser dadas, porque usted no sabría vivirlas aún —y se trata precisamente de vivirlo todo. Viva usted ahora sus preguntas. Tal vez, sin advertirlo siquiera, llegue así a internarse poco a poco en la respuesta anhelada y, en algún día lejano, se encuentre con que ya la está viviendo también.

Estaba totalmente absorto en la declamación, cuando alguien golpeó con fuerza contra la pared y le gritó que bajase la música. Obedeció pensando en los bíceps de Sancho. Así habían apodado Stella y él al vecino: cerveza, fútbol y rasca y gana. El destino con su «¡ta-ta-ta!» se apagó y Stella, como siempre, se coló en sus pensamientos y lo reconfortó como el sol que se filtra entre las nubes de un día lúgubre.

Se lavó los dientes y los repasó varias veces con la lengua, para palpar su superficie. Apagó la luz después de leer algunos versos de Rimbaud. En el duermevela, el viejo móvil se iluminó. En la pantalla surcada por una grieta, en negro sobre verde, se leía: «Mañana donde sabes. Debo hablarte de una cosa importante. Tráete tanto el corazón como la cabeza, por favor. Te amo. S.».

«De acuerdo», respondió, pero nadie podía ver la inquietud que recorría sus dedos. Algo importante para una mujer es una declaración de guerra. Sintió miedo e inconscientemente se defendió: no escribió «Yo también», como solía hacer (ni siquiera se le pasó por la cabeza escribir «Te amo», habría supuesto decir sí a ciegas). Le costó dormirse. Se preguntaba por qué amar, tan sencillo en poesía, es tan difícil y arriesgado en la vida. En la oscuridad de la noche y de sus pensamientos interrogaba a sus escritores, sin encontrar ninguna respuesta, y se sentía como Balzac, que ya moribundo le pedía ayuda al único médico del que se fiaba: uno de sus personajes. Y así murió.

Esa misma noche envolvía los pensamientos de Margherita como una araña que teje la tela alrededor de su víctima. Faltaban pocas horas para que empezara el nuevo curso escolar. Era una funámbula suspendida a un millón de metros del suelo. Sin ninguna red de protección.

Detalles sumergidos como corales ascendían del pozo de la memoria, todos los cuales tenían que ver con su padre. La memoria de las mujeres no está ubicada en la cabeza, sino en cada rincón del cuerpo. En una mujer, el alma y el cuerpo están más unidos, y cada parte del cuerpo recuerda, sobre todo cuando ha perdido la mano que la acariciaba, los brazos que la levantaban, los labios que la besaban. Recordó el rostro de su padre la vez que le preguntó por qué en el circo había siempre una red tan grande.

«También los trapecistas pierden el equilibrio. Pero si caen, está la red y no se hacen daño. El circo es un juego, Margherita.»

Pero la vida no. Al otro lado de la ventana la gente se movía en la oscuridad como si todo estuviese bien, pero lo que ella veía era una multitud de funámbulos sin red sobre los hilos frágiles y entrelazados de la vida.

Mientras todos sus compañeros elegían la ropa que se iban a poner para tapar la piel inconsistente de la adolescencia, Margherita tenía que elegir la piel que iba a llevar, porque ya no tenía ninguna. Estaba desollada por el dolor, y nadie puede mostrarse tan desnudo. Menos aún el primer día de clase.

Cuando Eleonora entró en la habitación sin llamar, atraída por la franja de luz bajo la puerta, distinguió en el débil resplandor eléctrico el cuerpo desnudo e inmóvil de Margherita, en el centro de la habitación, de pie.

La madre se acercó y Margherita, al darse cuenta, estiró los brazos.

Para alejarla.