El avión sobrevoló el Lincoln Memorial. Grace tenía el maletín abierto en el regazo y un montón de cosas por recoger, pero miró por la ventanilla, deseosa de ver todos los detalles del descenso. Volar le encantaba.
El vuelo llegaba con retraso. Lo sabía porque el hombre sentado frente a ella en el asiento 3B no cesaba de quejarse. Grace tuvo ganas de darle una palmadita en la mano y asegurarle que diez minutos más o menos no eran tan importantes. Pero el hombre no tenía cara de agradecer semejante gesto.
Kathleen también se habría quejado, pensó. No en voz alta ni con aspavientos, imaginó Grace mientras sonreía y se preparaba para el aterrizaje. Su hermana se habría irritado tanto como el hombre del 3B, pero sin cometer la grosería de quejarse.
Si conocía bien a su hermana, y la conocía, Kathleen habría salido de casa una hora antes, procurando tener en cuenta el impredecible tráfico de Washington. Grace había percibido en su voz un leve disgusto porque ella, Grace, había escogido un vuelo que llegaría a las seis y cuarto, la hora punta por excelencia. Con veinte minutos de adelanto, Kathleen habría dejado el coche en el aparcamiento de estancia corta y, tras asegurarse de dejar bien cerradas ventanillas y puertas, se dirigiría a llegadas nacionales sin fijarse en las tiendas. Nunca se distraía ni mezclaba las cosas en su cabeza.
Kathleen siempre llegaba con antelación y Grace siempre llegaba tarde. No era nada nuevo, pero aun así, confiaba en que hubiese un punto de encuentro entre ellas, algo que las uniera. Aunque eran hermanas, no se entendían muy bien.
El avión tocó tierra y Grace empezó a meter sus cosas en el maletín. Amontonó el pintalabios con las cerillas, los bolígrafos con las pinzas de depilar. Era algo que jamás comprendería una mujer organizada como Kathleen, para quien cada cosa tenía su sitio. Grace estaba de acuerdo en el principio, pero sus sitios cambiaban continuamente.
A veces, Grace se preguntaba cómo podían ser hermanas. Ella era descuidada, despistada y conseguía fácilmente lo que quería. Kathleen era organizada, práctica y se esforzaba mucho por las cosas. No obstante, tenían los mismos padres, habían crecido en la misma casa de ladrillo de las afueras de Washington y habían asistido a los mismos colegios.
Las monjas de Saint Michael nunca lograron enseñar a Grace cómo organizar un cuaderno, pero en sexto curso ya les fascinaba su habilidad para contar historias.
Cuando el avión finalmente se detuvo, Grace esperó sentada mientras los pasajeros que tenían prisa colapsaban el pasillo. Kathleen seguramente se pondría nerviosa, pensando que su incorregible hermana había vuelto a perder el vuelo, pero necesitaba un minuto para centrarse. Quería recordar el afecto entre ellas, no las discusiones.
Como Grace preveía, Kathleen la esperaba en la puerta de llegadas, observando la fila de pasajeros con gesto de impaciencia. Su hermana siempre viajaba en primera clase, pero no se encontraba entre los primeros desembarcados que iban saliendo al vestíbulo. Tampoco entre los cincuenta primeros. Seguramente estaría charlando con la tripulación, pensó Kath leen, tratando de ignorar una punzada de envidia.
Grace nunca había tenido que esforzarse para hacer amigos. La gente sencillamente se acercaba a ella. A los dos años de licenciarse y tras habérselo pasado de maravilla en la universidad, su hermana ya tenía una próspera carrera. En cambio ella, Kathleen, la estudiante con matrículas de honor, después de toda una vida aún seguía en el mismo instituto donde ambas habían estudiado. Ahora se sentaba en el pupitre del profesor, pero aparte de eso, poco había cambiado.
Los anuncios de las llegadas y las salidas crepitaban en los altavoces. Había cambios de puertas y retrasos, pero Grace seguía sin aparecer. Kathleen ya se disponía a preguntar en el mostrador de información cuando de pronto la divisó. La envidia desapareció y la irritación se desvaneció. Resultaba casi imposible enfadarse con Grace cuando la tenías delante.
¿Por qué siempre parecía recién bajada de un tiovivo? Llevaba el pelo, del mismo color negro azabache que Kathleen, cortado a la altura de la barbilla y alborotado. Tenía un cuerpo largo y esbelto, como el de Kathleen, pero mientras que esta era robusta, Grace parecía un sauce a punto de inclinarse a merced de la brisa. En aquel momento presentaba un aspecto desaliñado, con un jersey holgado que le caía sobre los leotardos, unas gafas de sol torcidas y las manos cargadas de bolsas y maletines. Kathleen llevaba las mismas falda y chaqueta con que había dictado su clase de historia. Grace lucía unas zapatillas de deporte de color amarillo canario a juego con el jersey.
—¡Kath! —exclamó esta al verla, y dejó sus cosas en el suelo sin reparar en que bloqueaba el paso de los que venían detrás. La abrazó como lo hacía todo: con entusiasmo desbordante—. ¡Qué alegría verte! ¡Estás estupenda! Oh, nuevo perfume. —Olisqueó—. Me gusta.
—Señora, ¿le importaría moverse?
Sin soltar a su hermana, Grace sonrió al agobiado ejecutivo. —Pase. —El hombre lo hizo, murmurando—. Buen viaje. —Se olvidó de él como olvidaba la mayoría de los inconvenientes—. ¿Qué aspecto tengo? —preguntó—. ¿Te gusta mi pelo? Espero que sí. He gastado una fortuna en fotos publicitarias.
—Te peinarías antes, supongo.
Grace se llevó una mano al pelo.
—Probablemente.
—Te sienta bien —cedió Kathleen—. Vamos, provocaremos un altercado si no movemos tus cosas. ¿Qué es esto? —Levantó uno de los maletines.
—Es Maxwell. —Grace empezó a recoger bolsas—. Mi ordenador portátil. Tenemos una relación maravillosa.
—Pensé que venías de vacaciones. —Kathleen logró contener su súbita crispación. Aquel ordenador de última generación era un ejemplo más del éxito de Grace. Y de su propio fracaso.
—Y así es. Pero escribiré un poco cuando estés en el colegio. Si el avión se hubiese retrasado diez minutos más, habría acabado un capítulo. —Consultó su reloj, comprobó que se había vuelto a parar y al instante lo olvidó—. En serio, Kath, se trata del asesinato más increíble.
—¿Traes equipaje? —interrumpió Kathleen, sabiendo que Grace se lanzaría a contarle la trama sin necesidad de que la animara.
—Llevarán mi baúl a tu casa mañana.
El baúl era otra de las excentricidades deliberadas de su hermana.
—Grace, ¿cuándo empezarás a utilizar maletas como la gente normal?
Pasaron ante la cinta de equipajes, donde la gente se amontonaba, dispuesta a abalanzarse en cuanto apareciese su Samsonite. «Cuando el infierno se congele», pensó Grace, pero sonrió.
—La verdad es que tienes muy buen aspecto. ¿Cómo te sientes?
—Bien. —Como se trataba de su hermana, Kathleen no se puso a la defensiva—. Mejor, de verdad.
—Estás mejor sin ese cabrón —dijo Grace, mientras pasaban por las puertas automáticas—. Odio decirlo porque sé que le querías, pero es cierto. —Corría una fría brisa del norte que hacía olvidar la primavera. El fragor de los aviones que despegaban martilleaba sobre sus cabezas. Grace bajó la acera para dirigirse al aparcamiento sin mirar a derecha ni a izquierda—. La única alegría que trajo a tu vida fue Kevin. Por cierto, ¿dónde está mi sobrino? Esperaba que viniese.
La punzada de dolor iba y venía. Cuando Kathleen aceptaba algo con la cabeza, también lo aceptaba con el corazón.
—Está con su padre. Acordamos que lo mejor sería que estuviese con él durante el curso escolar.
—¿Qué? —Grace se detuvo en medio de la calle. Sonó una bocina, pero no le hizo caso—. Kathleen, no hablarás en serio. Kevin solo tiene seis años. Necesita estar contigo. Jonathan seguramente lo pondrá a ver las noticias de McNeil -Lehrer en vez de Barrio Sésamo.
—La decisión está tomada. Nos pareció lo mejor para todos.
Grace conocía esa expresión. Significaba que Kathleen se había cerrado en banda y le costaría mucho volver a abrirse.
—De acuerdo. —Grace se puso a su altura, apretando el paso. Kathleen siempre se apresuraba; Grace zigzagueaba—. Ya sabes que puedes hablar conmigo siempre que quieras.
—Lo sé. —Se detuvo ante un Toyota de segunda mano. Un año antes, conducía un Mercedes. Pero esa era la pérdida menos importante—. No quería preocuparte diciéndotelo por teléfono, Grace. Solo necesito aislarme una temporada. Casi he conseguido ordenar mi vida otra vez.
Grace dejó sus bolsas y maletines en el asiento de atrás y no dijo nada. Era un coche de segunda mano y muy inferior a lo que Kathleen estaba acostumbrada, aunque le preocupaba más la crispación de su voz que el cambio de estatus. Quería consolarla, pero sabía que Kathleen consideraba la compasión lo más cercano a dar lástima.
—¿Has hablado con papá y mamá?
—La semana pasada. Están bien. —Kathleen subió y se puso
el cinturón—. Cualquiera pensaría que Phoenix es el paraíso.
—Mientras sean felices... —Grace se sentó y se fijó en el entorno por primera vez. El aeropuerto nacional. Su primer vuelo había salido de allí ocho años, no, Dios, casi diez años antes. Y había pasado mucho miedo. Casi deseó volver a experimentar aquella sensación novedosa e inocente.
«¿Estás harta, Gracie?», se preguntó. Demasiados vuelos. Demasiadas ciudades. Demasiada gente. Había regresado, se hallaba a escasos kilómetros de la casa en que se había criado, sentada junto a su hermana. Pero no tenía la sensación de volver al hogar.
—¿Por qué has vuelto a Washington, Kath?
—Quería salir de California. Y esto me resulta familiar.
«Pero ¿no querías estar cerca de tu hijo? ¿No lo necesitabas?» No era el momento de preguntar, así que se tragó las palabras.
—Y dar clase en Nuestra Señora de la Esperanza —dijo—. También es familiar, pero ha de resultar extraño.
—Me gusta. Supongo que necesito la disciplina de las clases. —Salió del aparcamiento con estudiada precisión. En el coche guardaba el tíquet del aparcamiento y tres billetes de dólar. Grace se fijó en que su hermana verificaba el cambio.
—Y la casa, ¿te gusta?
—El alquiler es razonable y está solo a quince minutos en
coche del colegio.
Grace disimuló un suspiro. ¿Acaso Kathleen no era capaz de tener sentimientos intensos hacia nada?
—¿Estás saliendo con alguien?
—No. —Pero esbozó una leve sonrisa cuando se mezcló
con el tráfico—. El sexo no me interesa.
Grace arrugó la frente.
—A todo el mundo le interesa el sexo. ¿Por qué crees que
Jackie Collins siempre está en el primer puesto en la lista de
los más vendidos? Pero me refería más bien a compañía.
—No hay nadie con quien me apetezca estar en este momento. —Posó una mano sobre la de Grace, lo cual era todo lo que podía ofrecer a cualquiera que no fuese su marido o su hijo—. Excepto contigo. De verdad me alegro de que hayas venido.
Como siempre, Grace respondió al calor recibido.
—Habría venido antes si me hubieras dejado.
—Estabas en medio de un viaje de promoción.
—Las promociones se pueden cancelar. —Movió los hombros con inquietud. Nunca se había considerado temperamental ni arrogante, pero habría sido ambas cosas si con eso hubiera ayudado a Kathleen—. Bien, pero la promoción se ha
acabado y ahora estoy aquí. Washington en primavera. —Bajó
la ventanilla, aunque el viento de abril aún conservaba el frío
de marzo—. ¿Han florecido los cerezos?
—Se malograron con la última helada.
—Nada cambia. —¿Tenían tan poco que contarse? Grace
dejó que la radio llenase el vacío. ¿Cómo podían dos personas
crecer juntas, vivir juntas, luchar juntas y sentirse tan extrañas? Siempre esperaba que sus encuentros fuesen diferentes,
pero siempre eran lo mismo.
Cuando cruzaban el puente de la calle Catorce, se acordó de la habitación que habían compartido de niñas. Limpia como un crisol en un lado, desordenada y hecha un desastre en el otro. Había sido una de las manzanas de la discordia. También estaban los juegos que Grace inventaba. Frustraban más que divertían a su hermana. ¿Cuáles eran las reglas? Aprender las reglas siempre había sido la prioridad esencial de Kathleen. Y cuando no había reglas o eran demasiado flexibles, no conseguía asimilar el juego.
«Siempre reglas, Kath», pensó mientras ambas guardaban silencio. Colegio, iglesia, vida. No era de extrañar que su hermana se confundiese cada vez que cambiaban las reglas. Y en aquel momento habían vuelto a cambiar para ella.
«¿Abandonaste el matrimonio, Kathy, igual que abandonabas el juego cuando las reglas no se adaptaban a ti? ¿Regresaste a donde habíamos empezado para borrar el tiempo intermedio y recomenzar según tus propias reglas?» Ese era el estilo de Kathleen, pensó, y por su bien esperó que funcionase.
Lo único que la sorprendió fue la calle que Kathleen había elegido para vivir. Se había imaginado un apartamento moderno con electrodomésticos de última generación y servicio de mantenimiento permanente, más que aquel barrio trasnochado y un poco decadente de grandes árboles y casas viejas. Aquel lugar no cuajaba con el estilo de su hermana.
La suya era una de las casas más pequeñas de la manzana, y aunque Grace estaba segura de que no había hecho nada en la diminuta parcela de hierba, aparte de recortarla, unos cuantos bulbos crecían junto al sendero de entrada cuidadosamente barrido.
Cuando bajó del coche, echó un vistazo a la calle. Bicicletas, viejas camionetas y olor a pintura fresca. Usado, gastado, vivido, el barrio se encontraba a punto de renacer o de deslizarse lentamente por la pendiente del deterioro. Le gustó, desde luego que le gustó la sensación que rezumaba todo aquello.
Era exactamente lo que ella habría elegido si hubiera decidido mudarse. Y si tuviera que elegir una casa... sería la de al lado, decidió. Clamaba por una mano de pintura, una ventana estaba tapiada con tablas y se habían caído algunas tejas de la techumbre. Pero alguien había plantado azaleas. La tierra estaba recién removida y formaba montoncitos en el suelo, y las plantas eran pequeñas, de apenas treinta centímetros. Pero los brotes estaban casi a punto de abrirse. Mientras los contemplaba, esperó quedarse el tiempo suficiente para verlos florecer.
—¡Oh, Kath, qué sitio más bonito!
—Es muy diferente de Palm Springs —comentó esta inexpresivamente mientras descargaba las cosas de su hermana.
—No, cariño, lo digo de verdad. Es un verdadero hogar. —Y no mentía. Con sus ojos de escritora y su imaginación lo veía así.
—Quería poder ofrecerle algo a Kevin cuando... cuando venga.
—Le encantará —repuso Grace con su proverbial optimismo—. Esta zona es ideal para patinar. Y los árboles. —Al otro lado de la calle había uno que parecía partido por un rayo, pero Grace lo pasó por alto—. Kath, al ver esto me pregunto qué demonios hago en la parte alta de Manhattan.
—Enriquecerte y ser famosa. —De nuevo habló inexpresivamente. Le entregó las bolsas a su hermana.
Grace volvió a contemplar la casa de al lado.
—No me importaría tener un par de azaleas. —Cogió del
brazo a Kathleen—. Bueno, enséñame el resto.
El interior no deparaba sorpresas. A Kathleen le agradaban las cosas ordenadas. Los muebles eran sólidos, de buen gusto y estaban limpios. Igual que su propietaria, pensó Grace con una punzada de remordimiento. A ella le gustaba el batiburrillo de las pequeñas habitaciones abarrotadas.
Kathleen había convertido una de ellas en un despacho. La mesa brillaba por ser nueva. No se había llevado nada consigo, pensó Grace, ni siquiera a su hijo. Le pareció extraño que se permitiese tener un teléfono sobre la mesa y otro a escasos metros, junto a un sillón, pero no hizo comentarios. Conociendo a Kathleen, seguro que había una razón perfectamente lógica.
—Huelo a salsa de espaguetis. —El aroma la condujo a la cocina. Si alguien le hubiera preguntado por sus pasatiempos favoritos, comer habría encabezado la lista.
La cocina estaba tan impecable como el resto de la casa. Si Grace apostara, lo habría hecho a que no había ni una miga en el tostador. Las sobras debían de estar pulcramente guardadas y etiquetadas en el frigorífico, y los vasos ordenados por tamaño en las estanterías. Así era Kathleen, y no había cambiado un ápice en treinta años.
Antes de pisar el viejo linóleo, Grace dio gracias por haberse acordado de restregar las zapatillas en el felpudo de la entrada. Levantó la tapa de una olla e inspiró hondo.
—Juraría que no has perdido tu toque.
—Lo he recuperado. —Después de varios años de cocineras y criados—. ¿Tienes hambre? —Por primera vez esbozó
una sonrisa sincera y relajada—. No sé por qué lo pregunto.
—Espera, he traído algo.
Mientras su hermana iba al vestíbulo, Kathleen se volvió hacia la ventana. De repente reparaba en lo vacía que había estado la casa. ¿Qué magia tenía su hermana para llenar una habitación, una casa, un estadio? Y por el amor de Dios, ¿qué haría cuando volviera a quedarse sola?
—Vino de Valpolicella —anunció Grace entrando en la cocina—. Como ves, confío en Italia. —Kathleen apartó la vista de la ventana con lágrimas en los ojos—. Oh, cariño. —Grace se acercó con la botella en la mano.
—Oh, Gracie, lo echo mucho de menos. A veces creo que voy a morirme.
—Lo sé. Oh, cariño, lo sé muy bien. Lo siento mucho. —Le acarició el cabello—. Deja que te ayude, Kathleen. Dime qué puedo hacer.
—Nada. —Le costó un gran esfuerzo, pero contuvo las lágrimas—. Será mejor que prepare la ensalada.
—Olvida eso. —La condujo hasta la mesita de la cocina—. Siéntate. Yo me ocuparé de todo. Luego me contarás.
Aunque Kathleen era un año mayor, acató la autoridad de su hermana. Otra cosa que se había convertido en costumbre.
—No quiero hablar, Grace.
—Supongo que es algo demasiado malo. ¿Sacacorchos?
—En el cajón superior.
—¿Copas?
—Segundo estante del armario al lado del frigorífico.
Grace descorchó la botella. Aunque estaba oscureciendo,
no se molestó en encender la luz. Puso una copa delante de
Kathleen y la llenó hasta el borde.
—¡Bebe! Es un vino muy bueno. —Encontró un frasco vacío de mayonesa Kraft, su madre también los guardaba, y le quitó la tapa para convertirla en cenicero. Sabía que su hermana aborrecía el tabaco y Grace había decidido portarse bien, pero como la mayoría de las promesas que se hacía, la rompió fácilmente. Encendió un cigarrillo, se llenó una copa y se sentó—. Cuéntame, Kathy. No te dejaré en paz hasta que lo hagas.
Kathleen lo sabía antes de aceptar que fuese a visitarla. Tal vez por eso había aceptado.
—Yo no quería la separación. Y no me digas que soy estúpida por aferrarme a un hombre que no me quiere, porque ya lo sé.
—No creo que seas estúpida. —Grace exhaló el humo con cierta sensación de culpa, porque en realidad había pensado eso mismo más de una vez—. Amas a Jonathan y a Kevin. Te pertenecían y quieres retenerlos.
—Supongo que eso lo resume. —Bebió otro sorbo de vino. Grace tenía razón. Hablar era bueno. Le costaba admitirlo, odiaba admitirlo, pero necesitaba hablar con alguien. Y quería que ese alguien fuera Grace, porque, por encima de sus diferencias, ella la apoyaría sin vacilar—. Llegó un momento en que tuve que aceptar la separación. —Aún no era capaz de pronunciar la palabra «divorcio»—. Jonathan... me maltrataba.
—¿A qué te refieres? —Hubo un matiz áspero en su voz ligeramente ronca—. ¿Te pegó? —Y se levantó, ya decidida a coger el próximo vuelo a California para ajustarle las cuentas a aquel cretino.
—Hay otras clases de malos tratos —repuso Kathleen con expresión abatida—. Me humillaba. Había otras mujeres, muchas. Oh, claro que era muy discreto. Dudo que su agente de bolsa lo supiera, pero procuraba que yo me enterase. Para darme en las narices.
—Lo siento. —Grace se sentó otra vez. Sabía que Kathleen habría preferido un puñetazo en la mandíbula a la infidelidad. Al pensarlo, tuvo que reconocer que ambas estaban de acuerdo en eso, por lo menos.
—Sé que nunca te cayó bien.
—No, y no lo lamento. —Grace echó la ceniza en el improvisado cenicero.
—Supongo que ya no importa. En cualquier caso, cuando acepté la separación, Jonathan me dejó bien claro que él impondría las condiciones. Él presentaría los papeles y no habría acusaciones. Como un mero accidente de circulación. Ocho años de mi vida y ningún culpable.
—Kath, sabes que no tenías por qué aceptar sus condiciones. Si te había sido infiel, lo tenías todo a tu favor.
—Ya, pero ¿cómo podía demostrarlo? —repuso con amargura, alterada. Había esperado mucho para desahogarse—. No sabes en qué mundo vivía yo, Grace. Jonathan Breeze wood tercero es un hombre irreprochable. Es abogado, por amor de Dios, socio de un bufete familiar que podría representar al diablo contra Dios y alcanzar un acuerdo. Aunque lo hubieran sabido o sospechado, nadie me habría ayudado. Eran amigos de la esposa de Jonathan. La señora de Jonathan Breeze wood tercero. Esa fue mi identidad durante ocho años. —Y después de Kevin, lo más difícil de perder—. A nadie le importaba un bledo Kathleen McCabe. En eso me equivoqué, lo admito. Me dediqué a ser la señora Breezewood, la esposa perfecta, la anfitriona perfecta, la madre perfecta y el alma del hogar. Y me volví una mujer aburrida. Cuando él se aburrió de mí a su vez, no vaciló en librarse de mí.
—Maldita sea, Kathleen, ¿por qué eres siempre tu peor crítica? —Grace aplastó la colilla y bebió un sorbo de vino—. La culpa la tiene él, por Dios, no tú. Le diste todo lo que te pidió. Renunciaste a tu carrera, a tu familia, a tu hogar, y centraste tu vida en él. Ahora estás renunciando otra vez, y por si fuera poco te desprendes de Kevin.
—No he renunciado a Kevin.
—Has dicho que...
—No discutí con Jonathan, no pude. Tenía miedo de lo que
pudiera hacer.
Grace dejó la copa con cuidado.
—¿Miedo de lo que te pudiera hacer a ti o a Kevin?
—A Kevin, no —se apresuró a puntualizar Kathleen—. Al
margen de lo que haya hecho, Jonathan nunca perjudicaría a
Kevin. Lo adora. Y aunque fue un marido pésimo, es un padre
maravilloso.
—Muy bien. —Aunque Grace no estaba muy segura—. Entonces tenías miedo de lo que pudiera hacerte. ¿Físicamente?
—Jonathan casi nunca pierde los estribos. Se controla mucho porque se conoce. Es sumamente irascible. Una vez, cuando Kevin era un bebé, le regalé una mascota, un gatito. —Kathleen relató con detalle el episodio, sabiendo que Grace siempre recogía las migajas y luego hacía un pastel con ellas—. Estaban jugando y el cachorrillo arañó a Kevin. Entonces Jonathan se puso hecho un basilisco y arrojó al gatito por el balcón desde el tercer piso.
—Siempre dije que era una monada de hombre —murmuró Grace y bebió otro sorbo de vino.
—Luego pasó lo del ayudante del jardinero. El pobre hombre trasplantó uno de los rosales por error. Fue un mero malentendido, porque era extranjero y no entendía bien el inglés. Jonathan lo despidió al momento y se enzarzaron en una discusión. Acabó atizándolo de tal manera que el hombre tuvo que ir al hospital.
—Dios mío.
—Jonathan pagó la factura, naturalmente.
—Naturalmente —repitió Grace, aunque el sarcasmo sobraba.
—Luego le pagó para que no lo contara a la prensa. Pero se trataba solo de un rosal, ¿entiendes? No sé qué haría si yo quisiese trasplantar a Kevin.
—Kath, cariño, eres su madre. Tienes derechos. Estoy segura de que hay abogados excelentes en Washington. Iremos a ver a alguno y averiguaremos qué se puede hacer.
—Ya he contratado uno. —Kathleen bebió otro sorbo; tenía la boca seca. El vino hacía que las palabras le saliesen con fluidez—. Y también un detective. No va a ser fácil, y me han advertido que tal vez haga falta mucho tiempo y dinero, pero he de intentarlo.
—Estoy orgullosa de ti. —Grace le cogió las manos. El sol se había puesto y la habitación estaba en penumbra. Los ojos de Grace, grises como la luz, ardían—. Cariño, Jonathan Breezewood tercero se va a llevar una sorpresa con los McCabe. Tengo relaciones en California.
—No, Grace. Debo llevarlo con discreción. Nadie debe saberlo, ni siquiera mamá y papá. Eso podría estropearlo todo.
Grace pensó en los Breezewood un momento. Las familias de renombre y ricas tenían largos tentáculos.
—De acuerdo, seguramente será lo mejor. Puedo esperar. Los abogados y los detectives cuestan dinero, y yo tengo más del que necesito.
Por segunda vez, a Kathleen se le humedecieron los ojos, pero consiguió disimularlo. Sabía que Grace tenía dinero y no quería que eso la molestase. Pero la molestaba. Vaya sí la molestaba.
—Tengo que hacerlo yo sola —dijo.
—No es momento para el orgullo. No puedes enfrentarte
a una batalla como esta con un sueldo de profesora. Si has sido
una idiota al permitir que Jonathan se librara de ti sin darte un
centavo, no significa que debas rechazar mi dinero.
—No quería nada de Jonathan. Salí del matrimonio exactamente con lo que entré. Tres mil dólares.
—No hablaremos de los derechos de la mujer y de que tú también ganaste algo en ocho años de matrimonio. —Grace era una activista solo cuando le convenía—. El caso es que soy tu hermana y quiero ayudarte.
—No con dinero. Tal vez sea orgullo, pero tengo que hacerlo sola. Estoy pluriempleada.
—¿En qué? ¿Vendiendo Tupperwares? ¿Enseñándoles a los niños la batalla de Nueva Orleáns? ¿Haciendo la calle?
Kathleen sirvió más vino para las dos y rio de verdad por primera vez desde hacía semanas.
—Es cierto.
—¿Vendes Tupperwares? —Grace lo pensó un momento—. ¿Siguen existiendo esos pequeños cuencos de cereales
con tapa?
—Ni idea. No vendo Tupperwares. —Bebió un largo trago—. Hago la calle.
Kathleen se levantó para encender la luz y Grace cogió su copa. Era raro que Kathleen hiciese un chiste, así que no supo si reír o no. Decidió que no.
—Creí que habías dicho que no te interesaba el sexo.
—A mí no, al menos de momento. Gano un dólar al minuto por una llamada de siete minutos, diez dólares si el que
llama es habitual. La mayoría de los míos lo son. Recibo una
media de veinte llamadas por noche tres días a la semana, más
veinticinco o treinta los fines de semana. Eso supone más o
menos unos novecientos dólares a la semana.
—Caray. —Lo primero que pensó fue que su hermana tenía mucha más energía de lo que creía. Lo segundo, que era una broma para que no se metiera en sus asuntos.
Grace la miró a la dura luz fluorescente. Nada en sus ojos indicaba que estuviera bromeando. Pero reconoció aquella mirada de autosatisfacción. Era la misma que tenía cuando a los doce años Kathleen había vendido cinco cajas más que ella de galletas de las exploradoras.
—Caray —repitió, y encendió otro cigarrillo.
—¿Ahora es cuando me toca una lección de moralidad,
Gracie?
—No. —Se llevó la copa a los labios y le costó tragar el sorbo. No estaba segura de cómo considerar el tema moralmente, aún no—. Lo estoy asimilando. ¿Hablas en serio?
—Totalmente.
Por supuesto. Kathleen siempre hablaba en serio. Veinte cada noche, pensó, y apartó la idea.
—No habrá lección de moralidad, pero te daré una de sentido común. Por amor de Dios, Kathleen, ¿sabes qué clase de degenerados y locos andan por ahí? Hasta yo lo sé, y eso que en los últimos seis meses no he tenido una cita que no fuera de negocios. Y no solo es cuestión de quedar embarazada, sino de pescar algo que no podrás tener en tus rodillas cuando pasen nueve meses. Me parece una estupidez, Kathleen, una estupidez peligrosa. Vas a dejarlo ahora mismo o...
—¿Se lo contarás a mamá?
—No es un chiste. —Grace se removió, incómoda—. Si no
piensas en ti misma, piensa en Kevin. Si Jonathan se entera de
esto, no tendrás la menor oportunidad de recuperar a tu hijo.
—Estoy pensando en Kevin. Es en lo único que pienso. Bébete el vino, Grace, y escúchame. Siempre tuviste tendencia a completar las historias sin conocer todos los hechos.
—Me parece suficiente el hecho de que mi hermana esté pluriempleada como prostituta telefónica.
—Tú lo has dicho. Una prostituta telefónica. Vendo mi voz, Grace, no mi cuerpo.
—Un par de copas de vino más y las nieblas de mi cerebro se disiparán. ¿Por qué no me lo explicas bien, Kathleen?
—Trabajo para Fantasy Incorporated. Se trata de una pequeña empresa especializada en servicios telefónicos.
—¿Servicios telefónicos? —repitió Grace mientras exhalaba humo—. ¿Servicios telefónicos? —Enarcó las cejas—. ¿Estás hablando de sexo telefónico?
—Hablar de sexo es lo más íntimo que he hecho el último año.
—¿Un año? —Grace tuvo que digerirlo—. Te felicitaría, pero estoy demasiado fascinada. ¿Me estás diciendo que llevas un año haciendo lo que se anuncia en las últimas páginas de las revistas masculinas?
—¿Desde cuándo lees revistas masculinas? —Investigación. ¿Y dices que ganas casi mil dólares a la semana solo por hablar con hombres por teléfono?
—Siempre tuve buena voz.
—Ya. —Grace se reclinó para asimilarlo. No recordaba que
Kathleen hubiese hecho nunca nada extravagante. Había esperado a casarse para acostarse con Jonathan. Grace lo sabía
porque se lo había preguntado. A los dos. En su momento, el
hecho le había llamado la atención por insólito y divertido.
—La hermana Mary Francis decía que tenías la mejor voz de octavo curso. Me pregunto qué diría la pobrecilla si supiera que su mejor alumna es una puta telefónica.
—No me gusta ese término, Grace.
—Oh, vamos, suena bien. —Soltó una risita mirando el
vino—. Lo siento. Bueno, cuéntame cómo funciona.
Kathleen sabía que Grace acabaría viendo el lado frívolo del asunto. Con ella casi nunca había recriminaciones. Relajó los hombros mientras bebía otro trago. Después dijo:
—Los hombres la llaman oficina de la fantasía. Si son asiduos, pueden solicitar una mujer determinada. Si son nuevos, les piden que expliquen sus preferencias para luego emparejarlos con alguien adecuado.
—¿Qué clase de preferencias?
Bien sabía que Grace tenía tendencia a curiosear, pero tres copas de vino impidieron que eso la molestase.
—A algunos les gusta explayarse sobre lo que harían a la mujer o sobre lo que están haciendo ellos. Otros prefieren que hable la mujer, una especie de examen, ya sabes. Quieren que se describa a sí misma, lo que lleva, la habitación en la que está. Otros se decantan por hablar de sadomasoquismo y violencia. Yo no acepto esa clase de llamadas.
Grace se esforzó por tomárselo en serio.
—¿Solo sexo heterosexual?
Por primera vez en meses Kathleen se sentía agradablemente relajada.
—En efecto. Y lo hago bien. Soy de las más requeridas.
—Felicidades.
—Los hombres llaman, dejan un teléfono de contacto y los datos de una tarjeta de crédito. Tras comprobar que la tarjeta
tiene fondos, la oficina se pone en contacto con una de nosotras. Si acepto al cliente, a los pocos minutos este me llama al
teléfono seguro que Fantasy ha instalado aquí.
—Claro. ¿Y luego?
—Luego hablamos.
—Ajá. Luego hablas —murmuró Grace—. Por eso tienes
un teléfono extra en tu despacho.
—Siempre te fijas en los detalles. —Kathleen se dio cuenta, con satisfacción, de que iba camino de emborracharse. Le sentaba bien tener un zumbido en la cabeza, haberse quitado el peso de los hombros y que su hermana estuviera allí.
—Kath, ¿cómo evitas que esos tipos averigüen tu nombre y dirección? Alguno podría empeñarse en hacer algo más que hablar.
Kathleen sacudió la cabeza mientras limpiaba cuidadosamente la marca de la copa sobre la mesa.
—Los datos de las empleadas de Fantasy son estrictamente confidenciales. A los clientes no se les proporciona nuestro número bajo ningún concepto. La mayoría de nosotras utilizamos nombres falsos. Yo soy Desirée.
—Desirée —repitió Grace con cierto respeto.
—Mido uno sesenta, soy rubia y tengo un cuerpo que quita el aliento.
—¡No jodas! —Aunque Grace aguantaba bien el alcohol, ese día solo había comido una barrita de chocolate camino del aeropuerto. La idea de que Kathleen tuviese una doble personalidad no solo resultaba perfectamente posible, sino lógica—. Felicidades de nuevo. Pero, Kath, imagínate que a alguien de Fantasy se le ocurre estrechar las relaciones entre empresario y trabajadora.
—Ya estás escribiendo otra novela —repuso Kathleen, restándole importancia.
—Tal vez, pero...
—Grace, es absolutamente seguro. Se trata de un simple acuerdo de negocios. Lo único que hago es hablar. A los hombres les compensa lo que pagan, a mí me pagan bien y Fantasy
saca tajada. Todos felices.
—Suena lógico. —Grace agitó el vino en la copa y procuró desechar sus reparos—. Y moderno. La nueva moda del sexo de los noventa. No se coge el sida a través de un auricular.
—Sí, es muy higiénico. ¿De qué te ríes?
—Me lo estoy imaginando. —Se enjugó los labios con el
dorso de la mano—. «¿Miedo al compromiso, harto del placer
solitario? Llame a Fantasy Incorporated y hable con Desirée,
Delilah o DeeDee. Orgasmos garantizados a cambio de un
módico precio. Se aceptan tarjetas de crédito.» Debería redactaros un anuncio con gancho.
—Nunca me lo he tomado a broma.
—Nunca has bromeado demasiado con la vida —repuso
Grace sin acritud—. Oye, cuando estés trabajando, ¿puedo
quedarme a escuchar?
—No.
Grace se encogió de hombros.
—Bueno, ya hablaremos de eso más tarde. ¿Hay algo para
cenar?
Cuando Grace se acostó esa noche en la habitación de invitados, ahíta de pasta y vino, sintió por su hermana algo que no experimentaba desde que eran niñas. No recordaba la última vez que se habían quedado hasta tan tarde bebiendo y hablando como amigas. En realidad nunca lo habían hecho, pero le costaba admitirlo.
Kathleen estaba haciendo algo nada habitual y defendiéndose sola. Era estupendo, siempre que no tuviese problemas. Su hermana se había hecho cargo de su propia vida. Y seguramente lo haría bien.
Esa noche, él estuvo atento durante tres horas, esperándola. Desirée no apareció. Hubo otras mujeres, sí, con nombres exóticos y voces sensuales, pero no eran Desirée. Acurrucado en la cama, intentó librarse del recuerdo de su voz, pero no lo consiguió. Se estiró, frustrado y sudoroso, preguntándose cuándo tendría el valor de acercarse a ella.
Pronto, pensó. A ella le encantaría verlo. Se acercaría y lo desnudaría, tal como siempre decía. Y dejaría que él la tocase donde quisiese. Sí, tenía que ser pronto.
Se levantó entre las sombras del claro de luna y se dirigió al ordenador. Quería comprobarlo una vez más antes de dormirse. Se puso en marcha con un discreto zumbido. Sus dedos, finos y hábiles, teclearon una serie de números y en unos segundos la dirección apareció en la pantalla. La dirección de Desirée.
Pronto se reuniría con ella.