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15 de agosto. Otro más de una sucesión de días de sudor y cielos caliginosos. No había cúmulos de nubes ni brisas suaves, solo una capa de humedad tan espesa que casi se podía nadar en ella. Los partes meteorológicos de las seis y las once anunciaron consternados que la cosa no quedaría ahí. La ola de calor avanzaba imparable hacia su segunda semana y se convertía en la noticia estrella de la ciudad de Washington D.C., sumida en el letargo de aquellos interminables últimos días del verano.

El Senado estaba de vacaciones hasta septiembre, así que Capitol Hill se movía a paso lento. El presidente se relajaba en Camp David antes de su aclamada visita a Europa. Sin los vaivenes diarios de la política, Washington se transformaba en una ciudad de turistas y vendedores ambulantes. Al otro lado del Smithsonian un mimo actuaba ante una multitud que se había detenido allí, más por darse un respiro que por apreciar su arte. Los delicados vestidos de verano se marchitaban mientras los niños lloriqueaban pidiendo helados.

Jóvenes y mayores acudían al parque de Rock Creek para protegerse del calor al amparo de la sombra, o dándose un baño. La gente bebía litros y litros de agua y de refrescos; también cerveza y vino, pero con mayor discreción. Las botellas desaparecían misteriosamente cuando pasaba la policía del parque. La gente se enjugaba el sudor y achicharraba salchichas en sus picnics o barbacoas mientras miraba a bebés en pañales gatear sobre la hierba. Las madres gritaban a sus hijos que se alejaran del agua, que no corrieran cerca de la carretera, que tirasen el palo o la piedra que acababan de coger del suelo. Como de costumbre, la música de las radios portátiles sonaba a un volumen alto y desafiante: los locutores hablaban de temas candentes y anunciaban temperaturas cercanas a los cuarenta grados.

Entre las rocas del riachuelo se congregaban pequeños grupos de estudiantes que discutían sobre el devenir del mundo, mientras otros, más interesados en el devenir de su bronceado, permanecían tumbados sobre la hierba. Los que disponían de tiempo y dinero para la gasolina habían huido a la playa o las montañas.

Algunos universitarios tenían energía incluso para jugar al frisbee, y los hombres, desnudos de cintura para arriba, mostraban un moreno impecable en sus torsos. Una joven y hermosa artista pasaba el tiempo dibujando sentada al pie de un árbol. Uno de los chicos, cansado de intentar sin éxito que se fijara en esos bíceps que había trabajado durante seis meses, optó por derroteros más obvios. El frisbee cayó con un ruido sordo sobre el cuaderno de la chica, y cuando esta alzó la vista con fastidio, el joven se acercó hasta ella corriendo. Sonrió a modo de disculpa, con la intención de encandilarla, o al menos eso esperaba.

—Lo siento. Se me ha escapado.

La artista se apartó el pelo de la cara y le tendió el frisbee.

—No pasa nada.

Volvió a su dibujo sin tan siquiera dirigirle una mirada.

Pero si algo tienen los jóvenes es empeño. Se agachó junto a ella y miró su dibujo. No tenía ni la más remota idea sobre arte, pero de alguna forma tenía que seducirla.

—Eh, ese dibujo es muy bueno. ¿Dónde estudias?

La chica reconoció la táctica y empezó a pensar cómo quitárselo de encima, pero lo miró el tiempo suficiente para apreciar su sonrisa. Tal vez fuera poco sutil, pero debía reconocer que era mono.

—Georgetown.

—¿En serio? Yo también. Hago el curso de introducción al derecho.

Su compañero se impacientó y lo llamó desde el otro lado.

—¡Rod! ¿Vamos a por esa birra o qué?

—¿Vienes mucho por aquí? —preguntó Rod, ignorando a su amigo.

Nunca había visto unos ojos castaños tan grandes como los de esa artista.

—De vez en cuando.

—¡Rod, venga ya! Vamos a tomar esa cerveza.

Rod miró a su sudoroso amigo entrado en carnes, y después volvió la vista a los fríos ojos castaños de la artista. Ni punto de comparación.

—¡Luego nos vemos, Pete! —gritó, y lanzó el frisbee a lo alto, casi sin mirar.

—¿Has terminado de jugar? —preguntó la artista al observar la trayectoria.

El joven sonrió y le tocó las puntas del pelo.

—Depende.

Pete maldijo y salió en busca del disco. Acababa de pagar seis pavos por él. Esquivó a un perro con el que estuvo a punto de tropezar y bajó una cuesta a trompicones, esperando que no cayera al río, porque las sandalias de cuero le habían costado mucho más. Soltó un taco al ver que el frisbee se dirigía hacia el agua, pero al final dio en un árbol y acabó perdiéndose entre los arbustos. Pete apartó las ramas y se abrió camino, sudando a chorros y pensando en la Moosehead bien fría que le esperaba.

El corazón se le detuvo un instante y después bombeó toda la sangre directamente a su cabeza. No le dio tiempo a recobrar el aliento para gritar. Echó todo el almuerzo: un paquete de Fritos y dos perritos calientes. El frisbee había caído a menos de un metro del agua. Allí descansaba, nuevo, rojo y resplandeciente, encima de una mano blanca y fría que parecía querer devolvérselo.

Se trataba de Carla Johnson, una estudiante de teatro de veintitrés años, camarera a tiempo parcial. La habían estrangulado unas doce o quince horas antes con un amito de sacerdote. Blanco, con los bordes dorados.

El detective Ben Paris acabó el informe del homicidio de Johnson y se derrumbó sobre su escritorio. Había tecleado los hechos con solo dos dedos, al estilo metralleta. Pero seguía teniéndolos en la cabeza. No había agresión sexual, ni robo aparente. El bolso había aparecido bajo el cuerpo, y contenía veintitrés dólares con setenta y seis centavos y una MasterCard. Su dedo todavía conservaba un anillo de ópalo que podría haberse empeñado por unos cincuenta dólares. No había móvil del crimen ni sospechosos. Nada.

Ben y su compañero habían pasado la tarde hablando con los familiares de la víctima. Pensó en lo desagradable que resultaba aquello. Necesario, pero desagradable. Todos habían dado las mismas respuestas. Carla quería ser actriz. Los estudios eran su vida. Había salido con chicos, pero nada serio; se dedicaba en cuerpo y alma a una ambición que jamás lograría alcanzar.

Ben repasó de nuevo el informe y se detuvo unos instantes en el arma del crimen. El amito del sacerdote. Junto a él habían encontrado una nota. Hacía unas horas que la había leído, arrodillado junto a la víctima: «Sus pecados han sido perdonados».

Amén, murmuró Ben antes de exhalar un hondo suspiro.

Aquella noche de mediados de septiembre Barbara Clayton cruzó por el césped de la catedral de Washington a la una de la madrugada. Hacía una brisa cálida y las estrellas refulgían, pero ella no estaba de humor para disfrutarlo. Iba maldiciendo en voz baja mientras caminaba. Una estrella fugaz pasó dejando una estela brillante en el cielo y ni tan siquiera se percató.

Como tampoco lo hizo el hombre que la vigilaba. Había estado esperándola. ¿No le habían dicho que permaneciera atento? ¿No estaba a punto de reventarle la cabeza por la presión de la Voz, incluso a pesar de atenderla? Era el elegido para soportar tanto esa carga como su gloria.

Dominus vobiscum, murmuró mientras apretaba fuertemente la blanca y suave tela del amito de sacerdote.

Y en cuanto acabó con su cometido sintió el cálido torrente de poder que salía de sus entrañas. Su sangre bullía. Estaba limpio. Y también ella lo estaba. Le pasó el pulgar despacio y con delicadeza por la frente, los labios y el corazón, haciendo la señal de la cruz. Le dio la absolución, pero apresuradamente. La Voz le había advertido que muchos no comprenderían la pureza de sus obras. Abandonó el cuerpo de la mujer entre las sombras y se puso en camino con los ojos velados por lágrimas de gozo y locura.

—Los periodistas se nos están echando encima con este caso —dijo el comisario Harris dando un golpe sobre el periódico que había abierto encima del escritorio—. Toda la maldita ciudad está aterrada. Cuando me entere de quién ha estado filtrando noticias del caso del cura a la prensa...

El comisario dejó en suspenso la diatriba y se controló. Normalmente nunca estaba tan cerca de perder los papeles. Se dijo que aunque estuviera en un despacho seguía siendo un policía, uno de los mejores. Y un buen policía nunca perdía el control. Dobló el periódico para ganar tiempo y repasó con la mirada al resto de los agentes que había en la sala. Varios de los mejores, admitió Harris. No habría permitido que fuera de otro modo.

Ben Paris jugueteaba con un pisapapeles Lucite apoyado en una esquina del escritorio. Lo conocía lo suficiente para saber que le gustaba tener algo en las manos mientras pensaba. Joven, reflexionó Harris, pero curtido, tras diez años en el cuerpo. Un policía serio, aunque se saltara a veces el reglamento. Sus dos menciones al valor estaban más que merecidas. En los momentos de tranquilidad incluso le divertía verlo como la versión que haría un guionista de Hollywood de un policía secreta: rasgos marcados, complexión fuerte, moreno, fibroso. Se apartaba de la norma con su cabello demasiado largo y abundante, si bien se lo cortaba en una de esas pequeñas peluquerías de moda de Georgetown. Tenía unos ojos verdes claros que no pasaban por alto ningún detalle de importancia.

Ed Jackson, el compañero de Ben, estaba sentado en una silla con sus enormes piernas extendidas. Sus casi dos metros de altura y más de cien kilos de peso eran suficientes para intimidar a un sospechoso. Tal vez por capricho, o quizá por moda, llevaba una barba tupida, tan rojiza como su rizada melena. Sus ojos eran azules y de mirada amable. Un hombre capaz de acertar al águila de una moneda de cuarto de dólar con el arma reglamentaria de la policía.

Harris apartó el periódico, pero no se sentó.

—¿Qué tenemos?

Ben se pasó el pisapapeles de una mano a otra antes de soltarlo.

—Aparte de la complexión y del color de piel, no hay nada que vincule a las dos víctimas. No tenían amigos en común, ni frecuentaban los mismos sitios. Ya ha visto el informe de Carla Johnson. Barbara Clayton trabajaba en una tienda de ropa, estaba divorciada y no tenía hijos. Su familia es de clase obrera y vive en Maryland. Hasta hace tres meses salía en serio con un chico. La relación se enfrió y él se mudó a Los Ángeles. Estamos investigándolo, pero parece que está limpio.

Se llevó la mano al bolsillo para sacar un cigarrillo y vio que su compañero lo miraba.

—Ese es el sexto —dijo Ed con calma—. Ben está intentando bajar del paquete diario —explicó para después seguir él mismo con el informe—. Clayton pasó la noche en un bar de Wisconsin. Algo así como una noche de chicas con su compañera de trabajo. Su amiga dice que se fue alrededor de la una. Encontraron su coche averiado a un par de manzanas del lugar de los hechos. Por lo que parece, tenía problemas con la transmisión y ella decidió seguir a pie. Su apartamento está a menos de un kilómetro de allí.

—Lo único que las victimas tenían en común es que eran mujeres, rubias y blancas. —Ben aspiró el humo con fuerza, dejó que llenara sus pulmones y exhaló—. Y ahora, que están muertas.

En su jurisdicción, pensó Harris, tomándoselo como algo personal.

—El arma del crimen, el pañuelo del cura.

—Amito —apuntó Ben—. No parecía muy difícil de rastrear. Nuestro hombre usa el de mejor calidad: seda.

—No lo compró en la ciudad —continuó Ed—. Al menos no durante el pasado año. Hemos revisado todas las tiendas de efectos religiosos y todas las iglesias. Sabemos que hay tres tiendas en Nueva Inglaterra que venden amitos de ese tipo.

—Las notas estaban escritas en papel corriente del que venden en cualquier baratillo —añadió Ben—. No hay manera de seguirles la pista.

—Dicho de otra forma: no tenéis nada.

—Dicho de cualquier forma —repuso Ben, aspirando una nueva bocanada de humo—: no tenemos nada.

Harris observó a sus hombres en silencio. Tal vez le habría gustado que Ben llevara corbata, o que Ed se recortara un poco la barba, pero eso era una cuestión personal. Se trataba de sus mejores hombres. Paris, con su atractivo despreocupado y su aparente pasotismo, tenía la intuición de un zorro y una inteligencia penetrante como la hoja de un cuchillo. Jackson era tan meticuloso y eficiente como una institutriz solterona. Se tomaba los casos como un rompecabezas, y nunca se cansaba de dar vueltas a las piezas.

Harris aspiró un poco de humo del cigarrillo de Ben y se recordó que había dejado de fumar por su propio bien.

—Volved y hablad de nuevo con todos ellos. Quiero un informe sobre el ex novio de Clayton y la lista de clientes de las tiendas de efectos religiosos. —Harris miró el periódico una vez más—. Quiero atrapar a ese tipo.

—El Sacerdote —murmuró Ben al tiempo que echaba un vistazo al titular—. A la prensa le encanta poner nombres a los psicópatas.

—Y que aparezcan en portada —añadió Harris—. Saquémoslo de los titulares y metámoslo entre rejas.

La doctora Teresa Court bebía el café mientras ojeaba el Post, aturdida tras una larga noche de papeleo. Ya había pasado una semana completa desde el segundo asesinato y el Sacerdote, como la prensa lo llamaba, seguía suelto. Leer lo que decían de él no era la mejor manera de empezar el día, pero le interesaba profesionalmente. Tampoco es que fuera inmune al asesinato de dos mujeres en la plenitud de sus vidas, pero estaba acostumbrada a observar los hechos y diagnosticar. Llevaba toda la vida haciéndolo.

Su vida laboral era un compendio de problemas, dolor y frustraciones varias. Para compensarlo, procuraba mantener su espacio personal organizado y simple. Al haberse educado con las comodidades que ofrecen la riqueza y la cultura, le parecía lo más normal del mundo tener un grabado de Matisse en la pared y cristalería Baccarat sobre la mesa. Prefería los pasteles y los trazos limpios, pero de vez en cuando se sentía atraída por algo más discordante, como el óleo abstracto de líneas enérgicas y colores chillones que tenía colgado sobre la mesa. Era consciente de que necesitaba tanto la crudeza como el refinamiento, y era feliz con ello. Seguir siendo feliz era una de sus principales prioridades.

El café se le había quedado frío, así que lo apartó con la mano. Un momento después hizo lo mismo con el periódico. Le habría gustado saber más acerca del asesino y de las víctimas, conocer todos los detalles. Entonces recordó ese viejo dicho: «Ten cuidado con lo que deseas, porque puede hacerse realidad». Echó un vistazo al reloj y se levantó de la mesa. No había tiempo para comerse el coco con una noticia del periódico. Tenía que atender a sus pacientes.

El otoño es la estación en que las ciudades del este de Estados Unidos disfrutan de su máximo esplendor. En verano son un horno, y en invierno se paralizan y se vuelven sombrías, pero el otoño les confiere cierta dignidad con su explosión de colores.

Eran las dos de la madrugada de una fría noche de octubre, y Ben Paris se descubrió completamente despierto de repente. No merecía la pena preguntarse qué lo había despertado y alejado de ese interesante sueño en el que aparecían tres rubias. Se levantó, se acercó desnudo hasta el armario y palpó en busca de los cigarrillos. Veintidós, contó para sí.

Encendió uno y dejó que el familiar sabor acre colmara su boca antes de ir a la cocina a preparar un café. Encendió únicamente el fluorescente del fogón y aguzó la vista a la caza de cucarachas. No vio nada sospechoso colándose entre las grietas. Prendió el fuego en que había puesto la cafetera y se quedó pensando en el buen resultado de la última desinsectación. Al coger la taza, tiró varias cartas de hacía un par de días que todavía no había abierto.

A la fría luz de la cocina sus facciones se veían duras, incluso peligrosas. También es cierto que estaba pensando en un asesinato. Su cuerpo al desnudo, flexible y anguloso, era tan delgado que habría parecido esquelético sin las sutiles curvas de su musculatura. El café no le quitaría el sueño. Cuando tuviera la cabeza despejada, su cuerpo respondería sin vacilar. Las interminables noches de vigilancia policial lo habían entrenado para ello. Una gata esmirriada de color ceniciento saltó sobre la mesa y se quedó mirándolo mientras fumaba y bebía el café. Cuando se percató de que estaba distraído, la gata dio por perdida su ración de leche nocturna y empezó a asearse.

El caso no había avanzado nada desde el descubrimiento del primer cadáver. Y cualquier atisbo de pista se había esfumado tras las primeras pesquisas. Un callejón sin salida, pensó Ben. Cero. Nada.

Como cabía esperar, se produjeron cinco confesiones en un solo mes. Todas ellas a cargo de perturbados con ansias de protagonismo. Habían transcurrido veintiséis días desde el segundo asesinato y no tenían nada. Y Ben sabía que cada día que pasaba el rastro era más difícil de seguir. Cuando la prensa dejaba de dedicar atención a un caso el personal empezaba a relajarse. No le hacía ninguna gracia. Encendió otro cigarrillo con la colilla del primero y pensó en la calma que precede a la tempestad. Contempló la fría noche iluminada por una media luna y se quedó allí, obnubilado.

El Doug’s estaba a unos ocho kilómetros del apartamento de Ben. Ya habían apagado las luces del pequeño club, los músicos se habían marchado y el suelo estaba fregado. Francie Bowers salió por la puerta de atrás y se puso el jersey. Le dolían los pies. Sus dedos parecían querer salirse de las playeras después de seis horas soportando unos tacones de diez centímetros. Al menos las propinas habían merecido la pena. Una camarera de coctelería se pasaba todo el tiempo de pie, pero si tenía buenas piernas —y ella las tenía—, las propinas no tardaban en llegar. Se dijo que con un par de noches más como aquella podría pagar la entrada para ese pequeño Volkswagen. Y se despediría del engorro que suponía el autobús. No había nada que deseara más que ese coche.

Francie sintió una pequeña punzada en el empeine. Hizo una mueca de dolor y miró en dirección al callejón. Le ahorraría casi quinientos metros, pero estaba oscuro. Avanzó un par de pasos hacia la farola hasta que se convenció. No pensaba caminar ni un paso más de lo necesario, por más oscuro que estuviera.

Él la había estado esperando durante un buen rato; estaba seguro de que ella aparecería. La Voz le había anunciado la llegada de una de las descarriadas. Se dirigía hacia él a toda prisa, como si no pudiera esperar más para recibir la salvación. Hacía días que rezaba por ella, por la purificación de su alma. Tenía el momento del perdón casi al alcance de la mano. Él no era más que un instrumento.

Empezó a sentir una presión en la cabeza que pronto se extendió al resto del cuerpo. Le pareció henchirse de poder. Rezó escondido entre las sombras hasta que la chica pasó ante él. Actuó con rapidez, ya que era misericordioso. Francie solo tuvo un instante de sobresalto antes de que él le apretara el amito fuertemente alrededor del cuello. Dejó escapar un hilillo de voz líquido al quedarse sin aire. Después, el terror se apoderó de ella y soltó el bolso de lona para aferrarse a la tela con ambas manos.

A veces su poder era extraordinario y podía soltarlas con rapidez. Sin embargo, el mal que habitaba en aquella mujer suponía un desafío. La chica se agarraba a la seda y tiraba de sus guantes con mucha fuerza. Al ver que oponía resistencia la levantó a pulso, pero ella continuó forcejeando. Uno de sus pies alcanzó una lata y la hizo rodar por el suelo. El sonido retumbó en su cabeza hasta que estuvo a punto de gritar para silenciarlo.

Luego el cuerpo de la mujer quedó exánime y el viento de otoño secó las lágrimas que brotaron de sus ojos. Reposó su cuerpo con cuidado sobre el asfalto y le dio la absolución en la antigua lengua. Dejó una nota enganchada a su jersey y la bendijo.

Ahora ella estaba en paz. Y también él, al menos por el momento.

—No hace falta que nos matemos por el camino —dijo Ed con voz serena al ver que Ben cogía la curva a ochenta por hora con el Mustang—. La chica ya está muerta.

Ben puso segunda y tomó la siguiente calle a la derecha.

—Fuiste tú quien destrozó el último coche. Mi último coche —añadió sin mala intención—. Solo tenía ciento veinte mil kilómetros.

—Aquello era una persecución a toda velocidad —masculló Ed. El Mustang se tambaleó al pasar por un bache, y Ben recordó su intención de revisar la suspensión—. Y no nos matamos.

—Contusiones y magulladuras —repuso él, saltándose un semáforo en ámbar y metiendo la tercera marcha—. Contusiones y magulladuras múltiples.

Ed sonrió al recordarlo.

—Pero los cogimos, ¿no?

—Estaban inconscientes. —Ben frenó en seco junto a la acera y se metió las llaves en el bolsillo—. Y tuvieron que ponerme cinco puntos en el brazo.

—Quejas, quejas y más quejas.

Ed salió del coche bostezando y se quedó de pie en medio de la acera.

Apenas había amanecido y hacía tanto frío que sacaban vaho por la boca, pero ya había gente congregada alrededor de la escena. Ben se ajustó el cuello de la chaqueta con unas ganas enormes de tomarse un café y se abrió paso entre los curiosos para llegar hasta el cordón policial del callejón.

—Qué ruin.

Ben saludó al fotógrafo de la policía con la cabeza y echó un vistazo a la víctima número tres. Según sus cálculos, tendría entre veintiséis y veintiocho años. Llevaba un jersey de poliéster barato y las suelas de sus playeras estaban tan gastadas que no se veía el dibujo. De sus orejas colgaban unos pendientes bañados en oro. El maquillaje bajo el que se ocultaba su rostro no concordaba con el jersey de grandes almacenes y los pantalones de pana.

Ben encendió el segundo cigarrillo del día y escuchó el resumen del policía de uniforme que lo acompañaba.

—Un vagabundo la encontró. Lo hemos metido en un coche patrulla hasta que se le pase la borrachera. Al parecer estaba rebuscando en las basuras cuando la vio. Salió corriendo del callejón cagado de miedo y por poco no se mete debajo de mi coche.

Ben asintió mientras contemplaba la perfecta caligrafía de la nota enganchada al pecho del cadáver. Sintió una furia y una frustración tan arrebatadoras que cuando empezó a aceptarlo apenas si pudo darse cuenta. Se agachó y recogió el desmesurado bolso de lona que la chica había tirado al suelo. Un puñado de billetes de autobús emergía de él.

Tenía un largo día por delante.

Seis horas más tarde llegaron a la comisaría. El departamento de Homicidios no tenía el sórdido atractivo de Antivicio, pero estaba casi tan limpio y ordenado como una comisaría de barrio residencial. Hacía dos años que lo habían pintado de un color que Ben calificó como beige de apartamento. Las baldosas del suelo sudaban en verano y mantenían el frío en invierno. Por más que los bedeles se esmerasen con el ambientador de pino y pasaran el paño, las salas seguían oliendo a humo estancado, filtros de café y sudor diario. Es cierto que habían hecho un bote y encargado a uno de los detectives que comprase plantas para poner en los antepechos de las ventanas. No habían muerto, pero tampoco florecían.

Ben pasó por delante de un escritorio y saludó al detective Lou Roderick, que estaba escribiendo un informe. Se trataba de un policía que se tomaba los casos con mucha seriedad, como un contable que revisa los impuestos de su empresa.

—Harris quiere verte —dijo Lou consiguiendo mostrar comprensión sin levantar la vista del papel—. Acaba de salir de una reunión con el alcalde. Y creo que Lowenstein tiene un mensaje para ti.

—Gracias. —Ben vio que Roderick tenía una barrita de Sneakers en el escritorio—. Oye, Lou...

—Ni lo pienses —contestó Roderick, siguiendo con su informe sin perder el ritmo.

—Menudo compañerismo —murmuró Ben, y fue a ver a Lowenstein.

Se quedó pensando en lo diferentes que eran esos dos policías. Ella trabajaba a base de arrebatos, de manera intermitente, y estaba más cómoda en la calle que delante del escritorio. Ben respetaba la precisión en el trabajo de Lou, pero si tenían que cubrirle las espaldas prefería a Lowenstein, una mujer a quien le resultaba imposible ocultar que tenía las mejores piernas del cuerpo de policía, ya fuera de traje o con vestido. Ben les echó un vistazo antes de sentarse en una esquina de su escritorio. Qué lástima que esté casada, pensó.

Se quedó jugueteando con los papeles del escritorio mientras esperaba a que terminara de hablar por teléfono.

—¿Cómo va eso, Lowenstein?

—El triturador de basura de mi cocina vomita comida y el fontanero me pide trescientos dólares, pero no pasa nada, porque mi marido va a arreglarlo. —Puso un folio en la máquina de escribir—. Así solo acabará costándonos el doble. ¿Y tú, qué tal? —Le dio un manotazo para evitar que le quitara la lata de Pepsi que tenía sobre el escritorio—. ¿Hay algo nuevo sobre el cura?

—Un cadáver —dijo sin que pareciera afectarle realmente—. ¿Has ido alguna vez a Doug’s, ese sitio que hay junto al canal?

—No tengo una vida social tan ajetreada como la tuya, Paris.

Ben resopló y cogió la enorme taza que hacía de lapicero.

—Trabajaba de camarera en una coctelería. Veintisiete años.

—No dejes que te afecte. No sirve de nada —murmuró Lowenstein, que le pasó la Pepsi al ver la cara que ponía. Un asesinato siempre acababa afectando—. Harris quiere veros a Ed y a ti.

—Sí, ya lo sé. —Le dio un largo trago, dejando que la cafeína y el azúcar se mezclaran en su cuerpo—. ¿No te han dejado un mensaje para mí?

—Ah, sí. —Puso una sonrisa socarrona y rebuscó entre sus papeles hasta que encontró la nota—. Te ha llamado Bunny. —Al ver que no reaccionaba ante el tono agudo y aterciopelado de su voz lo miró alzando una ceja y le dio la nota—. Quería saber a qué hora la recogerás. Parecía toda una monada, Paris.

Ben se metió la nota en el bolsillo y sonrió.

—Es toda una monada, Lowenstein, pero la dejaría al momento si quisieras ponerle los cuernos a tu marido.

Lowenstein vio que se iba sin devolverle la lata, rió y siguió con la redacción del informe.

—Han puesto mi piso en venta. —Ed colgó el teléfono y echó a caminar junto a Ben hasta el despacho de Harris—. Cincuenta mil dólares. Por Dios bendito.

—Las cañerías están mal. —Ben bebió el resto de la Pepsi y la tiró a una papelera.

—Sí. ¿Hay algún piso libre en tu bloque?

—El que sale de allí lo hace con los pies por delante.

A través del grueso cristal de su despacho se veía al comisario Harris hablar por teléfono. Se conservaba bien para ser un hombre de cincuenta y siete años que había pasado los últimos diez detrás de un escritorio. Su fuerza de voluntad le obligaba a correr para engordar. Su primer matrimonio había sucumbido por culpa del trabajo; el segundo por culpa de la bebida. Ahora Harris se había desembarazado de sus mujeres y del alcohol y se dedicaba exclusivamente al trabajo. No todos los policías de su comisaría le tenían aprecio, pero sí lo respetaban. A Harris le gustaba que fuera así. Alzó la vista y les hizo señas para que entraran.

—Quiero los informes del laboratorio antes de las cinco. Quiero saber de dónde ha salido hasta la última pelusa de ese jersey. Haced vuestro trabajo. Y dadme algo con lo que yo pueda hacer el mío. —Colgó el teléfono, se volvió hacia la cafetera y se sirvió un poco de café. Habían pasado cinco años y todavía deseaba que fuera whisky—. Contadme algo de Francie Bowers.

—Llevaba trabajando casi un año en Doug’s. Vino a la ciudad de Washington desde Virginia en noviembre. Vivía sola en un apartamento de la zona noroeste. —Ed cambió el pie de apoyo y repasó sus notas—. Se casó dos veces y ninguno de ambos matrimonios duró más de un año. Estamos investigando a sus dos ex. Trabajaba por la noche y dormía durante el día, así que los vecinos no sabían mucho de ella. Salía del trabajo a la una de la madrugada. Parece que atajó por el callejón para llegar a la parada de autobús. No tenía coche.

—Nadie oyó nada —añadió Ben—. Ni vio nada.

—Preguntad de nuevo —dijo Harris simplemente—. Y encontradme a alguien que oyera o viera algo. ¿Algún dato más acerca de la número uno?

Ben se metió las manos en los bolsillos, disgustado con la idea de que se nombrara a las víctimas por el número.

—El novio de Carla Johnson está en Los Ángeles. Tiene un papel secundario en un culebrón. Está limpio. Parece ser que la chica tuvo una discusión con uno de los estudiantes el día antes de que la mataran. Los testigos dicen que la cosa se puso muy caliente.

—El chico lo admitió —continuó Ed—. Habían salido un par de veces y ella no quería verlo más.

—¿Coartada?

—Dice que se emborrachó y se enrolló con una estudiante de primero. —Ben se sentó en el reposabrazos de una silla, encogiéndose de hombros—. Están prometidos. Podemos hacerle venir otra vez, pero no creemos que tenga algo que ver en esto. No hay nada que lo relacione con Clayton, ni con Bowers. Cuando revisamos su historial vimos que era el típico chaval americano de familia bien. Un fiera del atletismo. Pensaría antes en Ed como psicópata que en ese universitario.

—Gracias, compañero.

—Bueno, investigadlo de nuevo de todas formas. ¿Cómo se llama?

—Robert Lawrence Dors. Tiene un Honda y viste con polos de hilo. —Ben sacó un cigarrillo—. Mocasines blancos sin calcetines.

—Roderick puede traerlo.

—Un momento...

—Voy a asignar un destacamento especial para este caso —dijo Harris parándole los pies a Ben y sirviéndose otra taza de café—. Roderick, Lowenstein y Bigsby trabajarán con vosotros. Quiero que me traigáis a ese tipo antes de que mate a la próxima chica que se le cruce caminando sola por la calle. —El tono de su voz era sereno, razonable y resolutivo—. ¿Tienes algún problema con eso?

Ben se acercó hasta la ventana y miró afuera. Era algo personal y ya sabía a lo que se avenía.

—No, todos queremos cogerlo.

—Incluido el alcalde —añadió Harris con la pizca justa de acritud—. Quiere tener algo positivo que dar a la prensa para finales de semana. Hemos llamado a una psiquiatra para que nos haga el perfil.

—¿Una loquera? —Ben se dio la vuelta, a punto de echarse a reír—. Venga ya, comisario.

A él tampoco le hacía ninguna gracia, así que habló con frialdad.

—La doctora Court ha accedido a cooperar con nosotros, a petición del alcalde. No sabemos qué aspecto tiene el asesino. Tal vez vaya siendo hora de que averigüemos su forma de pensar. Llegados a este punto —precisó mirándolos a ambos a los ojos—, estoy dispuesto a consultar incluso una bola de cristal, si nos da alguna pista. Volved a las cuatro.

Ben se disponía a añadir algo, pero captó la advertencia que Ed le hacía con la mirada. Salieron sin decir más.

—Tal vez sería mejor llamar a una vidente —murmuró Ben.

—Qué cerrado eres.

—Soy realista.

—La mente humana es un misterio fascinante.

—¿Ya has estado leyendo otra vez?

—Y los que saben comprenderla pueden abrir puertas contra las que los profanos no hacen más que golpearse.

Ben suspiró y tiró el cigarrillo al suelo del aparcamiento mientras salían de la comisaría.

—Mierda.

—Mierda —dijo Tess al mirar por la ventana de su despacho.

Había dos cosas que no tenía ganas de hacer en ese momento. La primera era luchar contra el tráfico bajo esa lluvia fría y desagradable que empezaba a caer. La segunda verse involucrada en la cadena de homicidios que asolaba la ciudad. Tendría que enfrentarse a lo primero, porque el alcalde y su abuelo la habían presionado para que hiciera lo segundo.

Ya tenía suficientes casos en la cartera. Con un poco de tacto podría haberse negado a ayudar al alcalde y hacerle ver que lo lamentaba mucho. Pero su abuelo era otra historia. Cuando estaba con él, nunca se sentía como la doctora Teresa Court. Después de cinco minutos de conversación, su cuerpo dejaba de ser el de una mujer de un metro sesenta con un título universitario enmarcado en negro a sus espaldas. Volvía a ser esa niña flacucha de doce años, abrumada por la personalidad del hombre a quien más quería en el mundo.

¿Acaso no era cierto que había conseguido ese diploma enmarcado en negro gracias a él? Gracias a su confianza, pensó, gracias a su apoyo, a su ilimitada capacidad para creer en ella. ¿Cómo iba a negarse a poner su talento a su servicio? Porque para manejar su extensa lista de pacientes necesitaba al menos diez horas diarias. Tal vez había llegado el momento de ser menos obstinada y buscarse un compañero de trabajo.

Tess echó un vistazo en torno a su consulta de tonos pasteles, con esas antigüedades y acuarelas que había escogido a conciencia. Suyas, se dijo. Todas y cada una. Y entonces miró el alto archivador de roble de los años veinte. Estaba hasta los topes de historiales de pacientes. También esos eran suyos. No, no pensaba trabajar con ningún compañero. Le faltaba un año para cumplir los treinta. Tenía sus propias prácticas, su propia consulta y sus propios problemas. Y así era exactamente como quería que continuase.

Sacó del armario su gabardina forrada de visón y se la enfundó. Y sí, por qué no, tal vez ayudara a la policía a encontrar a ese hombre que salía todos los días en los titulares de los periódicos. Podía ayudarlos a encontrarlo y detenerlo y, como recompensa, él recibiría la ayuda que necesitaba.

Cogió su bolso y el maletín, atiborrado de casos que tenía que solucionar esa misma tarde.

—Kate —dijo Tess cuando salió al recibidor, subiéndose el cuello del abrigo—, voy a ver al comisario Harris. No pases ninguna llamada, a no ser que sea urgente.

—Debería ponerse un gorro —contestó la recepcionista.

—Tengo uno en el coche. Nos vemos mañana.

—Cuidado con la carretera.

Tess, que ya pensaba en otra cosa, salió por la puerta buscando las llaves del coche. Podía comprar comida china para llevar camino de casa y cenar algo tranquilamente antes de...

—¡Tess!

Un paso más y habría llegado al ascensor. Tess se volvió y logró esbozar una sonrisa mientras maldecía para sí.

—Frank.

Había conseguido evitarlo durante casi diez días.

—Vaya, señorita. No hay quien te pille —dijo dirigiéndose hacia ella.

Impecable. Esa era la palabra que le venía a la mente cuando veía al doctor F. R. Fuller. E inmediatamente después: aburrido. Llevaba un traje gris perla de Brook Brothers con una corbata a rayas que tenía trazos de esa tonalidad y del rosa bebé de su camisa Arrow. El peinado era perfecto y de estilo conservador. Tess intentó con todas sus fuerzas que no se le borrara la sonrisa. Frank no tenía la culpa de que a ella no le gustara la perfección.

—He estado liada.

—Pues ya sabes lo que dicen de trabajar tanto, Tess.

Apretó los dientes para evitar responderle: «No, ¿qué dicen?», consciente de que él simplemente reiría y le soltaría el resto del cliché.

—Tendré que arriesgarme.

Apretó el botón del ascensor y suplicó que llegara pronto.

—Pero hoy sales antes.

—Tengo cita fuera de la consulta.

Tess miró la hora unos segundos. Tenía tiempo.

—Ya voy tarde —mintió sin reparos.

—He tratado de ponerme en contacto contigo. —Frank puso la palma de la mano contra la pared y se inclinó sobre ella. Otro de esos hábitos que a Tess le parecían detestables—. Cualquiera diría que tenemos la consulta puerta con puerta.

¿Dónde diablos estaba el ascensor cuando una lo necesitaba?

—Ya sabes lo difícil que es compaginar la agenda, Frank.

—Por supuesto que lo sé. —Le mostró su sonrisa de anuncio de dentífricos, y Tess se preguntó si creería que su perfume la ponía caliente—. Pero todos necesitamos relajarnos de vez en cuando, ¿verdad, doctora?

—Cada uno a su modo.

—Tengo entradas para la obra de Noel Coward que hacen en el Kennedy Center mañana por la noche. ¿Por qué no nos relajamos juntos?

La última vez, la única, que había accedido a relajarse con él tuvo suerte de escapar con la ropa puesta. Y lo que era peor, se dijo Tess, el preámbulo a ese tira y afloja fueron tres horas de aburrimiento mortal.

—Es todo un detalle que pienses en mí, Frank —mintió de nuevo sin dudar—. Me temo que ya tengo plan para mañana.

—¿Por qué no hacemos...?

Las puertas del ascensor se abrieron.

—Lo siento, llego tarde —dijo con una sonrisa desenfadada al tiempo que entraba—. No trabajes demasiado, Frank. Ya sabes lo que dicen del trabajo.

El tráfico y la lluvia le hicieron emplear casi todo el tiempo que le quedaba conduciendo hasta la comisaría. Lo curioso era que, aunque había pasado media hora bregando con la carretera, estaba de buen humor. Tal vez fuera porque había escapado de Frank sin problemas. Si hubiera tenido agallas, le habría dicho simplemente que era un capullo, y ahí se acabaría la historia. Pero Tess continuaría usando el tacto y las excusas hasta que se cansara de verse acorralada. Cogió un sombrero de felpa del asiento de atrás y se recogió el pelo. Se miró en el retrovisor y arrugó la nariz. No tenía sentido arreglarse más. Con esa lluvia sería una pérdida de tiempo. Además, seguramente habría un lavabo de señoras donde hurgar en su bolso de los mil trucos, y podría salir de él con un aspecto digno y profesional. Por el momento lo único que conseguiría sería que la vieran empapada.

Tess abrió la puerta del coche, cogió el sombrero con la otra mano y salió corriendo hacia la comisaría.

—Mira eso. —Ben detuvo a su compañero en la escalera de entrada.

Se quedaron mirando cómo Tess saltaba entre los charcos, ajenos a la lluvia.

—Bonitas piernas —comentó Ed.

—Joder. Son mejores que las de Lowenstein.

—Puede —dijo Ed pensándolo un momento—. Es difícil decirlo con la lluvia.

Tess, que seguía corriendo con la cabeza gacha, subió los escalones apresuradamente y chocó contra Ben. La oyó maldecir justo antes de que la tomara por los hombros y la apartara un poco para verle bien la cara.

Merecía la pena mojarse por ella.

Elegancia. Eso fue lo primero que vino a la mente de Ben, a pesar de verla chorreando de agua. Tenía unos pómulos marcados y afilados que le hacían pensar en las doncellas vikingas. Su boca, suave y húmeda, le recordaba otras cosas. Era de piel pálida, con el toque justo de rubor. Pero fueron sus ojos los que le hicieron olvidar el chiste fácil que estaba a punto de hacer: grandes, de mirada fría, solo un poco enojados. Y violetas. Ben pensaba que ese color le estaba reservado únicamente a Elizabeth Taylor y a las flores silvestres.

—Perdón —consiguió decir Tess cuando recuperó el aliento—. No le había visto.

—Ya. —Ben quería seguir mirándola, pero logró recuperar la compostura. Tenía una reputación mítica con las mujeres. Exagerada, pero basada en hechos—. No me extraña, corriendo a tal velocidad. —Le gustaba sentirla en sus manos mientras veía cómo la lluvia mojaba sus párpados—. Podría encerrarla por agresión a un agente de policía.

—La señorita se está mojando —dijo Ed.

Hasta ese momento Tess solo se había percatado de la presencia del hombre que la sujetaba y la miraba como si acabara de salir de una nube de humo. Tuvo que obligarse a desviar la mirada y luego a alzar la vista. Se encontró con un hombretón empapado de ojos azules risueños y una mata de pelo rojizo chorreante de agua. ¿Dónde estaba, en una comisaría de policía o en un cuento de hadas?

Ben abrió la puerta, pero siguió sujetándola con una mano. Aunque la dejaría pasar, no tenía intención de dejarla escapar. Todavía no.

Una vez en el interior Tess volvió a fijarse en Ed, se convenció de que era real, y miró a Ben. También él lo era. Y seguía agarrándola por el brazo. Arqueó una ceja, divertida con la situación.

—Agente, le advierto que si me arresta por agresión presentaré cargos por brutalidad policial. —Cuando lo vio sonreír algo se agitó en su interior. Vaya, pensó, no era tan inofensivo como parecía en un principio—. Ahora, si me disculpan...

—Olvide lo de la denuncia —dijo Ben todavía con la mano en su brazo—. Si necesita que le retiren una multa...

—Sargento...

—Detective —la corrigió—. Ben.

—Detective, tal vez le tome la palabra en otra ocasión, pero ahora mismo llego tarde. Si quiere usted ser de ayuda...

—Soy un empleado público.

—Entonces podrá soltarme el brazo y decirme dónde puedo encontrar al comisario Harris.

—¿El comisario Harris? ¿De Homicidios?

Tess advirtió su reacción de sorpresa y recelo, y también que liberaba su brazo. Intrigada, se quitó el sombrero y lo miró de medio lado. Su melena rubia platino le cayó sobre los hombros.

—Exactamente.

Ben contempló el movimiento de sus cabellos antes de mirarla a la cara de nuevo. No le cuadraba. Y las cosas que no cuadraban le resultaban sospechosas.

—¿Doctora Court?

Siempre es difícil contestar con gracia a la grosería y al cinismo. Tess ni se preocupó por intentarlo.

—Acierta de nuevo, detective.

—¿Una loquera?

—¿Un madero? —preguntó ella, devolviéndole la mirada de estupor.

Probablemente si Ed no hubiera prorrumpido en una carcajada, cualquiera de los dos habría añadido algo cercano al improperio.

—Fin del primer asalto —dijo Ed tranquilamente—. El despacho de Harris es un rincón neutral.

Esa vez fue él quien la agarró del brazo y le mostró el camino.