Ni la educación. Ni la experiencia. Ni los conocimientos, ni la capacidad intelectual. Nada de todo eso sirve para determinar con rigor si una persona triunfará o no. Debe de haber algo más que la sociedad no parece tener en cuenta.
Vemos ejemplos de ello, a diario, en nuestro lugar de trabajo, en nuestra casa, en nuestra iglesia, en nuestra escuela y en nuestro barrio. Observamos que personas supuestamente brillantes y con una buena educación lo pasan mal, mientras que otras con aptitudes o atributos mucho menos obvios prosperan. Y nos preguntamos por qué.
La respuesta, casi siempre, tiene que ver con este concepto llamado «inteligencia emocional». Y si bien es más difícil de identificar y medir que el cociente intelectual o la experiencia, y evidentemente complicado de reflejar en un currículum, lo cierto es que no puede negarse su importancia.
Y además, tampoco puede decirse que sea precisamente un secreto.
Hace tiempo que la gente habla de la inteligencia emocional, pero, en cierta forma, nadie ha sido capaz de aprovechar su potencial. Al fin y al cabo, como sociedad, para mejorar seguimos dedicando la mayor parte de nuestra energía a la búsqueda de conocimientos, experiencia, inteligencia y educación. Eso estaría bien si, con honestidad, pudiéramos decir que somos plenamente conscientes de nuestras emociones y, por supuesto, de las emociones de los demás, y de lo mucho que nuestras emociones influyen a diario en nuestra vida.
Creo que el motivo de que exista esta brecha entre la popularidad del concepto de inteligencia emocional, por un lado, y su aplicación en la sociedad, por otro, es doble. En primer lugar, la gente no acaba de entender bien el concepto. A menudo confunde la inteligencia emocional con una forma de carisma o gregarismo. En segundo lugar, no la ve como algo que sea posible mejorar, sino como algo que se tiene o no se tiene.
De ahí, precisamente, la utilidad de este libro. Si sabemos qué es la inteligencia emocional con exactitud y cómo podemos manejarla, seremos capaces de empezar a aprovechar toda esa inteligencia, educación y experiencia que hemos ido almacenando a lo largo de nuestra vida.
Así pues, tanto si lleva años interesándose por la inteligencia emocional como si nunca hasta ahora había oído hablar de ella, este libro puede cambiar drásticamente la idea que usted tiene del éxito.
Le aconsejo que se lo lea un par de veces.
PATRICK LENCIONI,
autor de Las cinco disfunciones de un equipo;
presidente del Table Group
El cálido sol de California dio la bienvenida a Butch Connor cuando se bajó de su camioneta y pisó la arena de Salmon Creek Beach. Era el primer día de un largo fin de semana, y hacía una mañana perfecta para coger la tabla y hacer un poco de surf. Muchos surferos habían tenido la misma idea y al cabo de unos treinta minutos Butch decidió dejar atrás la multitud. Se adentró en el mar con largas y profundas brazadas que le impulsaron lejos de la orilla y de la playa; esperaba coger algunas olas lejos de todos.
Una vez que Butch hubo conseguido alejarse unos cuarenta metros de los demás surfistas, se sentó en su tabla y empezó a balancearse hacia arriba y hacia abajo mientras aguardaba la llegada de una buena ola. De pronto, comenzó a formarse una preciosa ola de color verde azulado y, mientras Butch estaba tumbado en su tabla esperando cogerla, una estrepitosa salpicadura tras él llamó su atención.
Butch miró hacia atrás por encima de su hombro derecho y se quedó horrorizado al ver que una aleta de unos treinta y cinco centímetros cortaba el agua e iba directamente hacia él. Los músculos de Butch se tensaron, y el pánico le dejó totalmente paralizado, haciendo incluso que respirara con dificultad. Se concentró en lo que tenía a su alrededor; podía oír el latido de su corazón mientras veía el reflejo del sol en la superficie húmeda de la aleta.
La enorme ola que se aproximaba se erigió orgullosa y dejó entrever la peor pesadilla de Butch en la brillante y translúcida superficie: un enorme tiburón blanco de más de cuatro metros. Paralizado por el miedo que corría por sus venas, Butch aprovechó la ola para dirigirse a toda velocidad al resguardo de la orilla. Estaba solo con el tiburón; nadó en un semicírculo y se dirigió directamente hacia él. El tiburón se le acercó lentamente por su lado izquierdo; la proximidad del enorme pez lo tenía paralizado, y no se dio cuenta de que su pierna izquierda colgaba peligrosamente de la tabla y se sumergía en la gélida agua salada. Es tan grande como mi Volkswagen, pensó Butch mientras la aleta se acercaba.
De pronto, sintió el impulso de tocar el tiburón. «En cualquier caso, me matará —se dijo—. ¿Por qué no tendría que tocarlo?»
El tiburón no le dio la oportunidad. Dejando sus enormes fauces al descubierto, golpeó con la cabeza la pierna de Butch. La pierna pasó por encima de la enorme cabeza del tiburón, sin llegar a meterse en su cavernosa boca, y Butch cayó por el lado opuesto de su tabla de surf a las oscuras aguas. El ruido que hizo Butch al caer al agua enloqueció al tiburón, que empezó a mover la cabeza como un poseso mientras abría y cerraba la boca sin parar. El enorme tiburón no conseguía morder nada; simplemente salpicaba agua en todas las direcciones. Butch no podía creer que se mantuviese a flote y sin un solo rasguño junto a una máquina de matar de mil trescientos kilos, pero sabía que era muy difícil que aquel terrible depredador volviera a fallar en su ataque. Pensamientos de huida y supervivencia se agolparon en la mente de Butch con tanta rapidez y detalle como el terror que había sentido un momento antes.
El tiburón dejó de dar sacudidas y empezó a nadar en círculos alrededor de Butch. En lugar de volver a subirse a la tabla, Butch se quedó flotando sobre el vientre con los brazos extendidos sobre ella. Conforme el tiburón daba vueltas en círculo a su alrededor, Butch lo esquivaba con la tabla, utilizándola como barrera entre él y el devorador de hombres.
Mientras esperaba el ataque de la bestia, el miedo de Butch se fue transformando en rabia. El tiburón volvió al ataque y Butch decidió que había llegado el momento de plantarle cara. Se puso frente al tiburón, apuntándole con la parte delantera de la tabla, y cuando este sacó la cabeza del agua para morderle, Butch le metió la tabla entre las branquias. El golpe volvió a desatar los nervios del tiburón. Butch se subió a la tabla y gritó «¡Tiburón!» al grupo de surferos que estaban en la playa. El grito de Butch y la visión de la espuma que había a su alrededor hizo que todos salieran corriendo hacia la arena.
Butch también intentó ponerse a salvo, pero el tiburón trató de detenerle golpeándole en varias ocasiones. De camino a la orilla, salió a la superficie y, una vez más, empezó a nadar en círculos a su alrededor. Butch llegó a la terrible conclusión de que esas tácticas evasivas no estaban haciendo nada más que retrasar lo inevitable, y volvió a sentir un miedo paralizante. Se quedó tumbado en la tabla, temblando, mientras el tiburón seguía nadando en círculos. Deseaba armarse del coraje suficiente para seguir apuntando al tiburón con la proa de la tabla, pero estaba demasiado aterrado para volver al agua y utilizarla como escudo.
Los pensamientos de Butch pasaban rápidamente del pánico a la tristeza. Se preguntaba qué harían sus tres hijos sin él y cuánto tiempo tardaría su novia en rehacer su vida.
Quería vivir. Quería escapar de aquel monstruo, y para conseguirlo, no tenía más remedio que calmarse. Se dijo que el tiburón podía sentir su miedo como un perro rabioso; decidió que tenía que controlarse porque era ese miedo el que estaba motivando al tiburón para que le atacara. Para la sorpresa de Butch, su cuerpo le escuchó. Dejó de temblar, y la sangre volvió a sus piernas y a sus brazos. Se sentía fuerte. Estaba preparado para remar. Y remó directamente a la orilla. La pequeña estela que iba dejando le hizo ver que su trayecto hasta la orilla eran cinco minutos de bracear como un loco, con la sensación de que el tiburón estaba en algún lugar detrás de él y que podía atacarle en cualquier momento. Cuando por fin Butch llegó a la playa, un atemorizado grupo de surferos y de bañistas le estaban esperando. Los surferos le agradecieron efusivamente que les hubiera avisado y le dieron palmaditas en la espalda. Por su parte, Butch Connor nunca había estado tan contento de pisar tierra firme.
Butch y el enorme tiburón blanco no fueron los únicos que esa mañana libraron una batalla en el agua. En lo más profundo del cerebro de Butch, su mente luchaba por controlar su comportamiento frente a una avalancha de emociones intensas.
Por lo general, se imponían sus sentimientos, lo cual iba básicamente en su detrimento (miedo paralizante) pero en ocasiones también en su beneficio (el miedo le llevó a utilizar la tabla para defenderse). Haciendo un gran esfuerzo, Butch fue capaz de tranquilizarse, y —al darse cuenta de que el tiburón no marcharía— de hacer el arriesgado recorrido a nado hasta la orilla, para salvar la vida. Aunque muchos nunca tendremos que lidiar con un enorme tiburón blanco, nuestro cerebro tiene que luchar, cada día, como el cerebro de Butch.
Superar el desafío diario de lidiar de manera eficaz con las emociones es fundamental para la condición humana porque nuestro cerebro está diseñado para dar prioridad a las emociones. Así es como funciona: todo lo que vemos, olemos, oímos, degustamos y tocamos es una información que recorre nuestro cuerpo en forma de señales eléctricas. Esas señales van pasando de célula en célula hasta que llegan a su destino último, el cerebro. Se introducen por la base del mismo, cerca de la médula espinal, pero antes de llegar al lugar en el que se produce el pensamiento racional y lógico, tienen que llegar hasta el lóbulo frontal (detrás de la frente). El problema es que han de pasar por el sistema límbico, donde se producen las emociones. Ese recorrido garantiza que las cosas puedan experimentarse emocionalmente antes de que entre en escena el razonamiento.
El área racional del cerebro (la parte frontal del mismo) no puede detener la emoción «sentida» por el sistema límbico, pero las dos áreas se influyen mutuamente y mantienen una comunicación constante.
La comunicación entre el «cerebro» emocional y el «cerebro» racional es la fuente de inteligencia emocional física.

El recorrido físico de la inteligencia emocional empieza en el cerebro, en la médula espinal. Aquí tienen lugar las primeras sensaciones que deben viajar hasta la parte frontal del cerebro para que podamos pensar racionalmente en una experiencia. Pero antes tienen que pasar por el sistema límbico, donde se experimentan las emociones. La inteligencia emocional requiere una comunicación efectiva entre los centros racional y emocional del cerebro.
Cuando se descubrió la inteligencia emocional, se utilizó como el eslabón perdido en una conclusión o teoría muy peculiar: las personas que tienen el cociente intelectual (CI) muy alto superan a quienes tienen un CI medio solo un 20 por ciento de las veces, mientras que las que poseen un CI medio superan a quienes tienen un CI muy alto el 70 por ciento de las veces.
Esta anomalía supuso un fuerte varapalo para lo que la gente siempre había considerado que era la fuente del éxito, es decir, el cociente intelectual. Los científicos llegaron a la conclusión de que tenía que haber otra variable que explicara el éxito, aparte del CI, y años de investigación e innumerables estudios apuntaron a la inteligencia emocional (CE) como el factor crítico.
Un artículo en portada del Time y horas de cobertura televisiva dieron a conocer a millones de personas la inteligencia emocional, y en cuanto supieron de su existencia, quisieron saber más. Quisieron saber cómo funcionaba y quién la tenía. Pero sobre todo quisieron saber si ellas tenían. Empezaron a aparecer libros que abordaban estas cuestiones, incluido el nuestro, The Emotional Intelligence Quick Book [Las claves de la inteligencia emocional]. Publicado en 2004, el quick book era único porque cada ejemplar contenía un código de acceso que ofrecía al lector la posibilidad de hacer online el test de CE (cociente emocional) más popular del mundo, el Emotional Intelligence Appraisal® (Test de Evaluación de Inteligencia Emocional). El libro satisfizo la curiosidad de los lectores mostrando los entresijos del CE y (gracias al test) ofreciéndoles una nueva perspectiva de sí mismos que no podían obtener en ningún otro medio.
The Emotional Intelligence Quick Book fue un éxito; de inmediato se convirtió en un best seller, que fue traducido a veintitrés idiomas y que actualmente está disponible en más de ciento cincuenta países. Pero los tiempos han cambiado. El campo de la inteligencia emocional se está extendiendo hacia nuevas áreas de investigación y está explorando cómo una persona puede aumentar su CE y obtener beneficios duraderos que tengan un impacto profundamente positivo en su vida. Del mismo modo que antes de publicarse The Emotional Intelligence Quick Book saber cuál era nuestro CE era un privilegio que estaba reservado a unos pocos, actualmente saber cómo puede mejorarse el CE es algo que está reservado a determinados círculos aislados. Nuestra empresa prepara a centenares de personas cada semana para que mejoren su CE, pero, incluso a este ritmo, ¡tardaríamos 3.840 años en llegar a todos los adultos que residen en este momento en Estados Unidos! Somos conscientes de que, sin darnos cuenta, hemos estado ocultando información muy importante. Creemos que todo el mundo ha de tener la oportunidad de mejorar su CE, y hemos escrito este libro para hacerlo posible.
Inteligencia emocional 2.0 tiene una finalidad: aumentar el cociente intelectual. Estas páginas le permitirán saber mucho más del CE y averiguar cuál es el suyo. Descubrirá estrategias probadas que puede empezar a poner en práctica hoy mismo para dar un buen impulso a su CE.
A medida que vaya cambiando e incorporando nuevas habilidades y capacidades, podrá aprovecharse de todos los beneficios que ofrece esta increíble habilidad humana.
Las 66 estrategias incluidas en este libro son el resultado de muchos años de observación y estudio centrado en personas como usted. Estas estrategias ofrecen los detalles específicos de todo lo que tiene que decir, hacer y pensar para aumentar su CE. Para sacarles el máximo partido posible, debe saber dónde concentrar su atención. El primer gran paso en su recorrido hacia una inteligencia emocional superior es entrar en internet y hacer la nueva edición del Test de Evaluación de Inteligencia Emocional; le proporcionará un punto de referencia a partir del cual podrá evaluar sus progresos a medida que vaya leyendo y aprendiendo. El cálculo del CE supone algo más que un ejercicio de aprendizaje conceptual o motivacional, pues la puntuación que obtenga pondrá de manifiesto aquellas habilidades que debe mejorar y le indicará las estrategias concretas de este libro que le ayudarán a conseguir esa mejora. Se trata de una nueva prestación y elimina la subjetividad a la hora de elegir las estrategias que pueden contribuir en mayor forma a mejorar el CE.
Cabría establecer un paralelismo entre medir el CE y aprender a bailar el vals. Si le digo cómo se baila, es probable que aprenda algo y puede que incluso tenga ganas de probarlo.
Si mientras le enseño a bailar el vals va practicando los pasos con su pareja, la probabilidad de que los recuerde cuando esté en la pista de baile aumenta exponencialmente. El perfil de CE que obtiene al hacer el test de inteligencia emocional es su pareja de baile a la hora de desarrollar esas habilidades. Le recordará qué paso tiene que dar con los distintos compases musicales.
El informe online incluye un sistema de seguimiento de objetivos que resume las aptitudes en las que está trabajando y ofrece recordatorios automáticos que le ayudarán a mantenerse concentrado. Las actividades de aprendizaje online incluyen ejemplos del CE a través de videoclips de películas de cine y de televisión, así como de acontecimientos reales. También podrá comparar sus puntuaciones con las de otras personas. Verá sobre qué porcentaje de la población ha obtenido una puntuación más alta y podrá comparar su puntuación con la de grupos específicos con los que comparte ciertas características. Podrá solicitar que la puntuación de su informe sea comparada con las de otros en función del género, la edad, la localización, el tipo de trabajo y el cargo. Por ejemplo, podría comparar su puntuación con la de otras mujeres de cuarenta años que también fueran directoras de marketing de una compañía en Estados Unidos.
Si hace el test de inteligencia emocional, aparte de obtener las puntuaciones más exactas posibles, podrá ver cómo van evolucionando sus puntuaciones con el tiempo.
Puede hacer el test dos veces, una ahora y otra cuando haya tenido tiempo suficiente para practicar y adoptar las estrategias incluidas en este libro. En cuanto haya completado el test por segunda vez, su informe actualizado le ofrecerá las dos puntuaciones, una al lado de la otra, y le indicará cómo ha cambiado y qué pasos tiene que dar a continuación para que su CE siga beneficiándole.
Las emociones pueden hacerle mucho bien y mucho mal, pero hasta que no las conozca y comprenda, le será imposible hacer nada al respecto. Le invitamos a iniciar su viaje ya, porque sabemos que el dominio y la comprensión de las emociones pueden convertirse en una realidad.