Antes de que se inaugurase el puente de Westminster, Kennington Road no era más que un sendero cubierto de zarzas. En 1750 se comenzó a construir una nueva carretera a partir del puente que enlazaba directamente con Brighton. Como consecuencia, Kennington Road, donde pasé la mayor parte de mi niñez, presumía de algunas mansiones señoriales de mérito arquitectónico, en cuyas fachadas había balcones con enrejado de hierro, desde los que sus ocupantes quizá vieron a Jorge IV cuando iba en coche a Brighton.
A mediados del siglo XIX, la mayor parte de las casas se habían deteriorado y convertido en pisos de alquiler. Sin embargo, algunas permanecían intactas y habitaban en ellas médicos, comerciantes prósperos y estrellas del vodevil. Los domingos por la mañana se veía a lo largo de Kennington Road una bonita yegua y un coche a la puerta de una casa dispuestos a llevar a algún artista de vodevil a dar un paseo de unas diez millas hasta Norwood o Merton, parándose al regreso en diversos pubs: el White Horse, el Horns y el Tankard, situados todos en Kennington Road.
Cuando tenía doce años me quedaba muchas veces frente al Tankard mirando cómo aquellos ilustres caballeros se apeaban de sus coches para entrar en el bar, donde se reunía la flor y nata del vodevil, como solían hacer los domingos para tomar «la última» antes de regresar a sus casas a comer. ¡Qué llamativos resultaban vestidos con sus trajes a cuadros y sus bombines grises, con sus refulgentes sortijas de diamantes y sus alfileres de corbata! Los domingos el pub cerraba a las dos de la tarde, y sus ocupantes se entretenían unos momentos en la puerta antes de despedirse; yo los miraba fascinado y divertido, por el aire ridículo con que se pavoneaban algunos de ellos.
Cuando ya se había marchado el último, era como si el sol se hubiera ocultado tras una nube, y yo volvía a una hilera de casas viejas y cochambrosas que se hallaban a espaldas de Kennington Road, al número 3 de Pownall Terrace, y subía las desvencijadas escaleras que conducían a nuestra pequeña buhardilla. La casa era deprimente y el aire viciado hedía a gachas rancias y a ropa vieja. Aquel domingo, en concreto, mi madre estaba sentada, mirando por la ventana. Se volvió y me sonrió débilmente. La habitación era agobiante, tenía poco más de doce pies cuadrados, y parecía más pequeña aún, porque su techo abuhardillado reducía su tamaño. La mesa, arrimada a la pared, estaba llena de platos y tazas sucios; y en un rincón, contra la pared baja, destacaba una cama de hierro que mi madre había pintado de blanco. Entre la cama y la ventana había una pequeña chimenea, y a los pies de la cama, un viejo sillón, que se desplegaba y se convertía en una cama, en la que dormíamos mi hermano Sydney y yo. Pero ahora Sydney estaba fuera, navegando.
Aquel domingo la habitación resultaba más deprimente porque, por alguna razón, mi madre no la había limpiado. Generalmente la tenía aseada, pues era briosa, alegre y joven todavía; no había cumplido aún treinta y siete años, y podía hacer que aquella buhardilla miserable brillara con dorada comodidad, sobre todo en las invernales mañanas de domingo, cuando solía traerme el desayuno a la cama, y yo me despertaba en una curiosa y reducida habitación, con la pequeña chimenea encendida, para contemplar el humeante hervidor sobre el fogón y un róbalo o un arenque ahumado junto al guardafuego de la chimenea para que se mantuviera caliente, mientras ella preparaba las tostadas. La alegre presencia de mi madre, la acogedora habitación, el sonido apagado del agua hirviendo que caía en la tetera de barro, mientras yo leía mi tebeo, eran los placeres de una tranquila mañana dominical.
Pero aquel domingo ella estaba sentada, distraída, mirando por la ventana. Durante los tres días anteriores había permanecido sentada junto a la ventana, y se mostraba extrañamente silenciosa e inquieta. Yo sabía que estaba preocupada; Sydney se encontraba en alta mar, no teníamos noticias de él desde hacía dos meses y nos habían quitado la máquina de coser alquilada, con la que ella trabajaba para mantenernos, porque se debían varios plazos (procedimiento al que ya estábamos acostumbrados). Y la aportación de cinco chelines a la semana que yo ganaba dando lecciones de baile había cesado de repente.
Apenas era consciente de la crisis porque vivíamos en una crisis constante, y yo, al ser un niño, me olvidaba fácilmente de nuestras preocupaciones. Como de costumbre, volvía corriendo a casa después de la escuela para hacer los recados a mi madre, retirar los restos de comida e ir a buscar un cubo de agua potable, para echar a correr enseguida a casa de los McCarthy y pasar allí la velada. Cualquier cosa con tal de huir de nuestra deprimente buhardilla.
Los McCarthy eran antiguos amigos de mi madre, a quienes había conocido en sus días de vodevil. Vivían en un piso confortable, en la mejor parte de Kennington Road, y, comparados con nosotros, gozaban de una posición relativamente desahogada. Los McCarthy tenían un hijo, Wally, con quien yo solía jugar hasta el anochecer, y siempre me invitaban a tomar el té. Dado que pasaba allí tanto tiempo comía más de una vez con ellos. De vez en cuando la señora McCarthy me preguntaba por mi madre, a la que no veía desde hacía tiempo. Yo inventaba cualquier excusa, pues desde que mi madre conocía la adversidad veía pocas veces a sus antiguos compañeros de teatro.
Por supuesto, había épocas en que me quedaba en casa, y mi madre me hacía té y me preparaba pan frito untado de mantequilla, que me gustaba mucho. Durante una hora me leía algo, pues era una excelente lectora, y yo me daba cuenta del encanto de su compañía y de que hacía mejor quedándome en casa en lugar de ir a la de los McCarthy.
Pero aquel día, al entrar en la habitación, se volvió y me miró con aire de reproche. Me impresionó su aspecto; estaba delgada y ojerosa y se leía el sufrimiento en su mirada. Me invadió una infinita tristeza y dentro de mí se entabló una lucha terrible entre el impulso de quedarme a hacerle compañía y el deseo de alejarme de toda aquella miseria.
—¿Por qué no te vas a casa de los McCarthy? —dijo, mirándome con indiferencia.
Yo estaba a punto de llorar.
—Porque quiero quedarme contigo.
Se volvió y miró distraídamente por la ventana.
—Vete a casa de los McCarthy y quédate a comer…; aquí no hay nada para ti.
Advertí que en su voz había un tono de reproche, pero no quise entenderlo.
—Iré si así lo quieres… —dije con un hilo de voz.
Sonrió lánguidamente y me acarició la cabeza.
—Si —dijo—, vete.
Y aunque le rogué que me permitiera quedarme, repitió que me fuera. Lo hice con sensación de culpabilidad, dejándola sola, sentada en aquella miserable buhardilla, sin percatarme de que pocos días después le esperaba una suerte terrible.
Nací el 16 de abril de 1889, a las ocho de la noche, en East Lane, Walworth. Poco después nos mudamos a West Square, St. George’s Road, Lambeth. Según mi madre mi mundo era feliz. Nuestra situación era, hasta cierto punto, acomodada; vivíamos en tres habitaciones amuebladas con gusto. Entre mis recuerdos más tempranos se cuenta uno en el que todas las noches, antes de que mi madre se fuera al teatro, nos metían a Sydney y a mí en una cómoda cama y quedábamos al cuidado de la criada. En mi mundo de tres años y medio todo era posible; si Sydney, que era cuatro años mayor que yo, podía hacer juegos de manos y tragarse una moneda, haciendo que apareciese luego por la nuca, yo podía hacer lo mismo; por eso un día me tragué una moneda de medio penique, y mi madre tuvo que llamar al médico.
Todas las noches, cuando regresaba del teatro, mi madre tenía la costumbre de dejar golosinas sobre la mesa —un pedazo de pastel napolitano o caramelos— para que Sydney y yo las encontrásemos por la mañana y como garantía de que no haríamos ruido, pues ella solía dormir hasta muy tarde.
Mi madre era actriz cómica en un teatro de variedades, una mujercita mignonne cuando lindaba los treinta años, de piel muy blanca, ojos azul violeta y largos cabellos castaño claro, tan largos que podía sentarse en ellos. Sydney y yo la adorábamos. Aunque no era una belleza excepcional, a nosotros nos parecía divina. Los que la conocieron me dijeron años después que era delicada y atractiva y que tenía un encanto arrebatador. Se enorgullecía al vestirnos para las excursiones de los domingos: a Sydney con un traje Eton de pantalón largo y a mí con uno de terciopelo azul y guantes a juego del mismo color. Esas ocasiones eran verdaderas orgías de presunción cuando paseábamos por Kennington Road.
Por aquellos días Londres era tranquilo y el ritmo de vida apacible; incluso los tranvías tirados por caballos que rodaban por el puente de Westminster marchaban a paso sosegado y daban la vuelta tranquilamente, sobre una plataforma giratoria, en la terminal próxima al puente. En los días prósperos de mi madre también nosotros vivimos en Westminster Bridge Road. Su ambiente era alegre y afable, con atractivas tiendas, restaurantes y music-halls. La frutería de la esquina que daba al puente era un alarde de color, con sus ordenadas pirámides de naranjas, manzanas, peras y plátanos fuera, en contraste con el gris solemne del Parlamento, que se erguía justamente al otro lado del río.
Ese fue el Londres de mi niñez, de mis ánimos y despertares: recuerdos de Lambeth en primavera; de hechos e incidentes triviales; de mis viajes sentado en lo alto de un autobús tirado por caballos, junto a mi madre, intentando alcanzar al paso los árboles llenos de lilas; de los billetes multicolores de autobús —naranja, azul, rosa, verde— que cubrían el pavimento en las paradas; de las rubicundas floristas de la esquina del puente de Westminster, que hacían alegres ramitos para la solapa, manipulando con sus hábiles dedos el papel plateado y el tembloroso helecho; del olor húmedo a rosas recién regadas, que me producía una vaga tristeza; de los domingos melancólicos; de los padres con caras pálidas, cuyos hijos llevaban molinillos de juguete y globos de colores por el puente de Westminster, y los maternales vaporcitos de un penique, que bajaban sus chimeneas al deslizarse bajo el puente. Creo que mi alma nació de estas cosas triviales.
Luego estaban los objetos de nuestra sala de estar, que afectaban a los sentidos: el retrato en tamaño natural de Nell Gwyn, que pertenecía a mi madre, y no me gustaba; las licoreras de cuello largo, colocados sobre nuestro aparador, que me deprimían, y la cajita redonda de música, con su tapa de esmalte representando un grupo de ángeles sobre nubes, que me atraía y me desconcertaba al mismo tiempo. Pero lo que más me gustaba era mi silla de seis peniques, comprada a unos gitanos, porque me daba una extraordinaria sensación de propiedad.
Recuerdos de momentos épicos: una visita al Royal Aquarium,* la contemplación de las barracas a ambos lados de la calle, de la cabeza viviente de una dama que sonreía en medio de las llamas; la pesca afortunada de seis peniques: mi madre aupándome hasta lo alto de un gran barril de serrín para que recogiera un paquete sorpresa, que contenía un silbato de caramelo que no sonaba y un broche de rubíes de juguete. Después una visita al music-hall de Canterbury, sentados en una butaca de terciopelo rojo, viendo cómo actuaba mi padre…
Ahora ya es de noche y estoy envuelto en una manta de viaje, en lo alto de un coche de cuatro caballos, en el que van mi madre y sus compañeros de teatro, agradablemente rodeado por su alegría y sus risas, cuando nuestro postillón, con su ruidoso clarín, nos abre paso a lo largo de Kennington Road, mientras resuenan rítmicamente los arneses y los cascos de los caballos.
Algo sucedió entonces, acaso un mes o unos días después. Fue una súbita revelación de que no todas las cosas marchaban bien entre mi madre y el mundo exterior. Ella había estado fuera de casa toda la mañana con una amiga suya, y regresó muy excitada. Yo estaba jugando en el suelo y me di cuenta de que por encima de mí reinaba una intensa agitación, como si estuviera escuchando desde el fondo de un pozo. Mi madre lloraba y lanzaba apasionadas exclamaciones, mencionando una y otra vez el nombre de Armstrong: ¡Armstrong ha dicho esto, Armstrong dijo aquello, Armstrong es un bestia! Su excitación era tan extraña y tan evidente, que rompí a llorar de tal manera que mi madre tuvo que cogerme en brazos y consolarme. Pocos años después me enteré de la importancia de aquella tarde. Mi madre había vuelto de los tribunales, ante los que había demandado a mi padre por no satisfacer la pensión por alimentos, y el asunto no se había resuelto demasiado bien para ella. Armstrong era el abogado de mi padre.
Yo apenas conocía la existencia de un padre, y no recuerdo que viviera nunca con nosotros. Era también artista de vodevil, un hombre tranquilo, reconcentrado, de ojos oscuros. Mi madre decía que se parecía a Napoleón. Tenía voz de barítono y se le consideraba un buen actor. Incluso en aquellos días ganaba la considerable suma de cuarenta libras esterlinas a la semana. Lo malo era que bebía demasiado, algo que, según mi madre, fue la causa de su separación.
A los artistas de ese género les resultaba difícil no beber en aquella época, pues se vendía alcohol en todos los teatros, y después de su trabajo era corriente que fueran al bar del propio teatro a alternar con los espectadores. Había teatros que sacaban más del bar que de la taquilla, y a algunas estrellas les pagaban sueldos elevados no solo por su talento, sino porque se gastaban la mayor parte del dinero en el bar. Así, más de un artista se echó a perder con la bebida; mi padre fue uno de ellos. Murió a causa de su alcoholismo a la edad de treinta y siete años.
Mi madre contaba historias acerca de él con un humor mezclado con cierto aire de tristeza. Cuando estaba bebido, tenía un genio violento y durante una de sus crisis mi madre se fue a Brighton con unos amigos; en respuesta a su frenético telegrama: «¿Qué estás haciendo? ¡Contesta enseguida!», ella le envió el siguiente: «¡Bailes, fiestas y excursiones, querido!».
Mi madre era la mayor de dos hermanas. Su padre, Charles Hill, un zapatero remendón irlandés, procedía del condado de Cork, en Irlanda. Tenía las mejillas sonrosadas como una manzana, un mechón de pelo blanco y una barba como la de Carlyle en el retrato de Whistler. Iba encorvado a causa del reúma, causado, según él, por dormir en los campos húmedos mientras se ocultaba de la policía durante los alzamientos nacionalistas. Con el tiempo se estableció en Londres y se dedicó al arreglo del calzado en East Lane, Walworth.
Mi abuela era medio gitana, algo que avergonzaba a la familia. Sin embargo, ella se ufanaba de que su familia había pagado siempre el alquiler del terreno donde acampaban. Su apellido de soltera era Smith. La recuerdo como una vivaz viejecita, que siempre me saludaba de manera efusiva, imitando el habla de un bebé. Murió antes de que yo cumpliera los seis años. Estaba separada de mi abuelo por una razón que ninguno de los dos quería aclarar; pero, según la tía Kate, hubo un conflicto doméstico porque mi abuelo sorprendió a mi abuela con un amante.
Calibrar la moral de nuestra familia con arreglo a los modelos ordinarios sería tan erróneo como meter un termómetro en agua hirviendo. Con tal herencia, las dos lindas hijas del remendón abandonaron rápidamente el hogar y se dedicaron al teatro.
La tía Kate, hermana menor de mi madre, era también actriz cómica; pero sabíamos poco de ella, pues entraba y salía de nuestras vidas de forma esporádica. Era guapa y apasionada y nunca se llevó bien con mi madre. Sus escasas visitas terminaban por lo general con brusquedad y de mala manera por algo que mi madre había dicho o hecho.
A los dieciocho años mi madre se fue a África con un hombre de mediana edad. Nos hablaba muchas veces de su estancia allí; vivía lujosamente en medio de plantaciones, criados y caballos de silla.
Cuando mi madre tenía dieciocho años nació mi hermano Sydney. Me dijeron que era hijo de un lord, y que cuando llegara a los veintiún años heredaría una fortuna de dos mil libras esterlinas, información que me agradó y me irritó a la vez.
Mi madre no estuvo mucho tiempo en África; regresó a Inglaterra y se casó con mi padre. Yo no sabía qué motivo puso fin a la aventura africana; pero al vernos en la aguda pobreza en que estábamos, le reprochaba que hubiera renunciado a una vida tan maravillosa. Ella se echaba a reír y replicaba que era muy joven entonces para ser cauta o prudente.
Nunca supe qué sentía ella por mi padre; pero siempre que hablaba de él lo hacía sin amargura, lo cual me hace sospechar que era demasiado objetiva para que estuviera profundamente enamorada. A veces nos hablaba de él con compasión; pero otras recordaba sus borracheras y su violencia. En los últimos años, siempre que se enfadaba conmigo solía decir: «Terminarás en el arroyo, como tu padre».
Lo había conocido antes de irse a África. Se hicieron novios y trabajaron juntos en un melodrama irlandés titulado Shamus O’Brien. A los dieciséis años ella interpretaba el papel principal. Mientras hacía una gira con su compañía, conoció a aquel lord, ya de cierta edad, y se fugó con él a África. Cuando regresó a Inglaterra, mi padre reanudó el idilio y se casaron. Tres años después nací yo.
Ignoro qué otros factores, además de la bebida, intervendrían, pero al año de mi nacimiento mis padres se separaron. Mi madre no exigió pensión alguna. Como era una estrella por derecho propio y ganaba veinticinco libras esterlinas a la semana, podía muy bien mantenerse a sí misma y a sus hijos. Solo cuando se cebó en ella la mala suerte buscó ayuda; de lo contrario, nunca hubiera acudido a los tribunales.
Se le empezó a estropear la voz, que nunca había sido vigorosa, y el menor resfriado le producía una laringitis que le duraba semanas enteras; pero tenía que seguir trabajando, lo que hizo que su voz empeorara cada vez más y no pudiera confiar en ella. En medio de una canción se le quebraba o cesaba de repente, convirtiéndose en un susurro, y el público empezaba a reírse y a abuchearla. Esta preocupación perjudicó su salud y acabó por destrozarle los nervios. Como consecuencia, sus contratos teatrales empezaron a escasear, hasta que se terminaron.
A eso debo mi aparición por primera vez, a los cinco años, en un escenario. Mi madre solía llevarme al teatro por la noche, para no dejarme solo en unas habitaciones alquiladas. Por aquella época trabajaba en The Canteen de Aldershot, un teatrillo ínfimo frecuentado en su mayoría por soldados, una ruidosa turbamulta a la que le bastaba poco para burlarse y ridiculizar a los actores. Para los artistas, una semana en Aldershot era una prueba aterradora.
Recuerdo que yo estaba entre bastidores cuando la voz de mi madre se quebró, convirtiéndose en un susurro. El público empezó a reírse, a cantar en falsete y a silbar. Todo era un tanto confuso para mí, que no entendía muy bien qué ocurría. Pero el escándalo aumentó, hasta que mi madre se vio obligada a salir del escenario. Cuando entró entre bastidores estaba abochornada y comenzó a discutir con el director de escena, quien, tras verme actuar delante de los amigos de mi madre, dijo algo acerca de que me dejara salir a mí en su lugar.
Recuerdo también que, en medio del tumulto, me llevó de la mano, y después de dirigir unas palabras de disculpa al público, me dejó solo en el escenario. Ante el resplandor de las candilejas y los rostros envueltos en humo empecé a cantar, acompañado por la orquesta que, tras un ligero tanteo, encontró mi tono. Era una canción muy conocida, llamada Jack Jones, que decía así:
Jack Jones es muy conocido por todos
en el mercado, ¿no es verdad?
No encuentro la menor falta en Jack,
al menos cuando es como era antes…
Pero desde que le han dejado parné
se ha vuelto de lo peor,
pues ver cómo trata a sus viejos compinches
me llena de disgusto.
Todos los domingos, por la mañana, lee el Telegraph.
Antes se contentaba con el Star.
Desde que Jack Jones ha reunido unos pocos cuartos,
ya no se acuerda de nadie.
Hacia la mitad de la canción cayó una lluvia de monedas al escenario. Inmediatamente me interrumpí y dije que primero recogería el dinero y luego seguiría cantando. Esto produjo una carcajada general. El director de escena acudió con un pañuelo y me ayudó a recoger el dinero. Creí que iba a quedarse con él. El público entendió mi preocupación y todavía se rió más, sobre todo cuando él salió con el dinero, mientras yo le seguía lleno de ansiedad. No volví a cantar hasta que se lo entregó a mi madre. Estaba a mis anchas. Hablé con el público, bailé e hice varias imitaciones, incluso una de mi madre, cantando una marcha irlandesa que decía:
Riley, Riley, ese es el muchacho que me camela;
Riley, Riley, ese es el muchacho para mí…
En todo el ejército, ni grande ni pequeño,
no hay nadie tan guapo y elegante
como el noble sargento Riley,
del bravo regimiento ochenta y tres.
Y al repetir el coro, con la mayor inocencia, imité la voz de mi madre quebrándose, y me quedé sorprendido por el efecto que aquello produjo en el público. Hubo risas, aplausos y me lanzaron más monedas, y al salir mi madre al escenario para retirarme, su presencia provocó unos estruendosos aplausos. Aquella noche fue mi primera aparición en un escenario y la última de mi madre.
Cuando los hados se ocupan del destino humano no tienen ni piedad ni justicia. Así trataron a mi madre. Nunca recuperó la voz. Lo mismo que al otoño sigue el invierno, nuestra situación económica fue de mal en peor. Aunque mi madre era previsora y había ahorrado algún dinero, pronto se esfumó, lo mismo que sus joyas y otros objetos de su propiedad, que fue empeñando para vivir, esperando que entretanto recuperaría la voz.
De tres cómodas habitaciones, nos mudamos a dos; luego a una, mientras nuestros enseres disminuían y la vecindad a la que nos trasladábamos era cada vez más mísera.
Mi madre recurrió a la religión, esperando, imagino, que le devolvería la voz. Acudía con regularidad a la iglesia de Cristo, en Westminster Bridge Road, y todos los domingos yo tenía que oír la música para órgano de Bach y escuchar con dolorosa impaciencia la ferviente y dramática voz del reverendo F. B. Meyer, que resonaba en la nave como unos pies arrastrándose. Sus sermones debían de ser elocuentes, pues algunas veces sorprendí a mi madre enjugándose una lágrima, lo que me turbaba ligeramente.
Me acuerdo muy bien de mi primera comunión en un caluroso día de verano, de la fresca copa de plata que contenía un delicioso mosto, pasando de unos fieles a otros, y de la suave mano de mi madre, que me detenía cuando iba a beber demasiado. Y qué aliviado me sentí cuando el reverendo cerró la Biblia, pues eso significaba que el sermón acabaría pronto y que empezarían las oraciones y el himno final.
Desde que mi madre frecuentaba la iglesia veía pocas veces a sus amigos del teatro. Aquel mundo se había evaporado, se había convertido en un mero recuerdo. Era como si hubiéramos vivido siempre en la miseria. Aquel año parecía toda una vida de fatigas. Ahora vivíamos en una penumbra, sin alegría; era difícil encontrar empleo, y mi madre, sin preparación para trabajo alguno, excepto el de la escena, estaba todavía más incapacitada. Era pequeña, delicada y sensible y luchaba contra terribles desventajas en aquella época victoriana, cuando la riqueza y la pobreza eran extremas y las mujeres de clase baja apenas podían elegir entre realizar las labores domésticas o hacer trabajos no cualificados a destajo. Ocasionalmente conseguía colocarse de niñera, si bien el empleo era escaso y de corta duración. Sin embargo, era una mujer de recursos, ya que ella misma se había hecho los trajes para el teatro, era experta en labores de aguja y podía ganarse unos chelines confeccionando prendas para otros miembros de la congregación. Pero esto a duras penas bastaba para mantenernos a los tres. Como mi padre seguía bebiendo, sus contratos teatrales se hacían cada vez más irregulares, al igual que sus entregas de diez chelines a la semana.
Mi madre había vendido ya la mayor parte de sus bienes. Lo último que vendió fue el baúl con sus trajes de teatro. Se aferraba a aquellas cosas con la esperanza de recuperar la voz y de volver a la escena. De vez en cuando revolvía en el baúl en busca de algo, y veíamos un traje de lentejuelas o una peluca, y le pedíamos que se los pusiera. La recuerdo con una toga y un birrete de juez, cantando con su débil voz una vieja canción escrita por ella misma y con la que había obtenido un gran éxito. La canción tenía un compás saltarín de dos por cuatro y decía así:
Soy una mujer juez,
y un buen juez, en verdad.
Juzgo los casos rectamente,
lo que se da raramente.
Quiero enseñar a los abogados
uno o dos casos
y mostrarles exactamente
lo que una muchacha puede hacer…
Con asombrosa facilidad iniciaba entonces una graciosa danza, olvidaba su costura, nos entretenía con otras canciones que habían tenido éxito y ejecutaba los bailes que las acompañaban, hasta que se quedaba sin aliento, agotada. Entonces evocaba viejos recuerdos y nos enseñaba algunos de sus viejos carteles. Uno de ellos decía:
¡ACTUACIÓN EXTRAORDINARIA!
La exquisita y talentosa
Lily Harley,
actriz cómica, imitadora y bailarina.
Actuaba ante nosotros no solo con su repertorio de vodevil, sino también haciendo imitaciones de otras actrices que había visto en los llamados teatros auténticos.
Cuando recitaba una comedia desempeñaba los distintos papeles: por ejemplo, en The Sign of the Cross era Mercia, quien, con un fulgor divino en los ojos, entraba en el circo, donde iba a ser devorada por los leones. Imitaba la aguda voz pontificante de Wilson Barrett, exclamando, elevado sobre tacones de cinco pulgadas, pues era muy bajo: «No entiendo qué es eso del cristianismo. Pero sé que si educó a mujeres como Mercia, Roma y el mundo entero serían más puros imitándola…». Esto lo declamaba con cierto tono humorístico, pero no sin dar a entender que apreciaba el mérito de Barrett.
Su instinto no se equivocaba al reconocer a los que tenían un auténtico talento. Tanto si se trataba de la actriz Ellen Terry como del artista de music-hall Joe Elvin, sabía explicar su arte. Conocía instintivamente la técnica y hablaba de teatro como solo quien lo ama puede hacerlo.
Contaba anécdotas y las escenificaba, refiriendo, por ejemplo, un episodio de la vida del emperador Napoleón: este se hallaba de puntillas en su biblioteca para coger un libro, pero le interrumpía el mariscal Ney (mi madre representaba ambos papeles, aunque siempre con fino humor): «Señor, permítame que se lo alcance. Yo soy más grande». A lo que Napoleón replicaba con gesto ceñudo: «¿Más grande? ¡Tú querrás decir más alto!».
Solía imitar a Nell Gwyn, plasmando con viveza el momento en que, inclinada en la escalera de palacio, levantaba en brazos a su hijito, amenazando a Carlos II: «¡Da un nombre a este niño o lo estrello contra el suelo!». Y Carlos respondía rápidamente: «¡Bien! Duque de Saint Albans».
Me acuerdo de una tarde en nuestra única habitación de la planta baja de Oakley Street. Yo estaba en la cama convaleciente de unas fiebres. Sydney se había ido a la escuela nocturna y mi madre y yo estábamos solos. Ya casi anochecía, y ella, sentada, leía de espaldas a la ventana, representando y explicando en su estilo inimitable el Nuevo Testamento, el amor y la piedad de Cristo por los niños. Tal vez su emoción se debía a mi enfermedad, pero hizo la interpretación de Cristo más luminosa e impresionante que jamás he visto u oído. Habló de su tolerante comprensión, de la mujer que había pecado, que iba a ser lapidada por el populacho, y de sus palabras: «El que esté libre de pecado que arroje la primera piedra».
Leía sumida en el crepúsculo y solo se interrumpía para encender la lámpara. Luego me habló de la fe que Jesucristo inspiraba a los enfermos, quienes no tenían más que tocar sus vestiduras para sanar.
Me habló del odio y de la envidia de los sumos sacerdotes y de los fariseos, y describió a Jesús y su prendimiento; su serena dignidad ante Poncio Pilato, quien, lavándose las manos, dijo (esto lo representaba ella teatralmente): «No encuentro culpa alguna en este hombre». Me contó cómo lo desnudaron y lo azotaron y cómo, colocando una corona de espinas en su cabeza, se burlaron de él y le escupieron, diciendo: «¡Salve, Rey de los Judíos!».
Mientras lo contaba se le llenaban los ojos de lágrimas. Me dijo que Simón le ayudó a llevar la cruz y que Cristo le dirigió una elocuente mirada de gratitud; me habló del ladrón arrepentido, que murió con él en una cruz pidiendo perdón, y que Jesús dijo: «Hoy estarás conmigo en el Paraíso». Desde la cruz miraba a su madre, diciendo: «Mujer, mira a tu hijo», y exclamaba en su agonía: «¡Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?». Los dos llorábamos.
«¿No ves —dijo mi madre— qué humano era? Como todos nosotros, él también dudó.»
Tanto me impresionó mi madre, que yo quería morir aquella misma noche para reunirme con Jesús. Pero ella no era tan entusiasta. «Jesús quiere primero que vivas y cumplas aquí tu destino», me dijo. En aquella oscura habitación del sótano de Oakley Street mi madre encendió en mí la luz más benigna que jamás haya conocido el mundo, la que ha dado a la literatura y al teatro sus temas más grandiosos y ricos: el amor, la compasión y la humanidad.
Viviendo, como era nuestro caso, en las capas sociales más bajas, era fácil caer en el vicio de la mala dicción. Pero mi madre intentaba que no se nos pegara el habla de ese ambiente y se fijaba en nuestra manera de expresarnos, corrigiendo nuestra gramática y haciendo que nos sintiéramos miembros de una clase más elevada.
Como cada vez nos hundíamos más en la pobreza, yo, en mi infantil ignorancia, le reprochaba que no volviera al escenario. Ella sonreía y decía que aquella vida era falsa y artificial y que en aquel mundo se podía olvidar fácilmente a Dios. Sin embargo, siempre que hablaba del teatro se olvidaba de sí misma y se dejaba llevar por el entusiasmo. En ocasiones, después de evocar algunos recuerdos, se sumía en un largo silencio, mientras se inclinaba sobre la labor, y yo me enfadaba porque ya no formábamos parte de aquella vida fascinante. Entonces mi madre alzaba la vista, me veía triste y me consolaba con alegría.
Se acercaba el invierno y Sydney no tenía qué ponerse; así que mi madre le hizo una americana con su vieja chaqueta de terciopelo, que tenía mangas de rayas rojas y negras, con los hombros plisados, detalle que mi madre se esforzó en suprimir, pero con poco éxito. Sydney se echó a llorar cuando le obligó a ponérsela.
—¿Qué pensarán los chicos de la escuela?
—¿Qué te importa lo que diga la gente? —contestó ella—. Además, es una chaqueta muy distinguida.
Mi madre era tan persuasiva que, a día de hoy, Sydney todavía no comprende cómo accedió a llevar aquella chaqueta. Pero lo hizo, y la chaqueta y un par de zapatos de mi madre, a los que había quitado los tacones, fueron la causa de que tuviera más de una pelea en la escuela. Los muchachos le llamaban «Joseph el de la chaqueta de muchos colores». Y yo, con un par de calzas rojas de mi madre, cortadas para que me sirvieran de medias (que parecían plisadas), fui bautizado con el apodo de sir Francis Drake.
En lo más profundo de aquel doloroso período, mi madre empezó a sufrir dolores de cabeza y tuvo que abandonar su trabajo de costura, viéndose obligada a estar tumbada en la habitación, a oscuras, con emplastos de hojas de té sobre los ojos. Picasso tuvo una época azul. Nosotros tuvimos una gris, en la que vivimos de la caridad de la parroquia, de vales de sopa y paquetes de ayuda. Sydney vendía periódicos entre las horas de escuela, y aunque su aportación era menos que una gota en el mar, nos suponía una módica ayuda. Pero en toda crisis hay siempre un punto culminante; en nuestro caso conoció un final feliz.
Un día, cuando mi madre estaba echada en la cama con una venda sobre los ojos, Sydney entró precipitadamente en la habitación en penumbras, arrojó los periódicos sobre la cama y exclamó: «¡He encontrado un bolso!». Y se lo entregó a mi madre. Cuando ella lo abrió, vio un montón de monedas de plata y de cobre. Lo cerró rápidamente y la excitación la tumbó de nuevo en la cama.
Sydney se había subido a los autobuses para vender periódicos. En el piso alto de uno de ellos vio un bolso en un asiento vacío. Rápidamente echó un periódico sobre él, como por casualidad; luego lo recogió, con el bolso dentro, y bajó corriendo del autobús. Detrás de un tablón de anuncios, en un solar vacío, abrió el bolso y vio un montón de monedas de plata y de cobre. Nos dijo que el corazón le dio un vuelco, y que, sin contar el dinero, cerró el bolso y echó a correr a casa.
Cuando se repuso, mi madre vació el contenido sobre la cama. Pero el bolso todavía pesaba. ¡Había un bolsillito interior! Mi madre lo abrió y vio siete soberanos de oro. Nuestra alegría rayó en el histerismo. El bolso no tenía ninguna dirección, a Dios gracias; así que los escrúpulos religiosos de mi madre no pudieron intervenir. Aunque dedicamos un compasivo recuerdo al desafortunado propietario, pronto se desvaneció ante la creencia de que Dios nos había enviado aquel dinero como una bendición del cielo.
No sé si la enfermedad de mi madre era física o psicológica. Pero se recuperó en una semana. En cuanto estuvo mejor fuimos a Southend-on-Sea de vacaciones y mi madre nos renovó el vestuario.
La primera visión del mar me produjo un efecto hipnotizador. Cuando me acercaba, bajo un sol radiante, desde una calle empinada, me pareció como si estuviera colgado, como si fuese un monstruo a punto de lanzarse sobre mí. Los tres nos quitamos los zapatos y chapoteamos. El templado mar, deslizándose entre las piernas y alrededor de los tobillos, y la suave arena cediendo bajo los pies fueron como la revelación de un nuevo placer.
Fue un día estupendo —la playa, rojiza, con los cubos azules y rosas y las palas de madera, con los toldos y sombrillas de colores y con los botes de vela surcando alegremente las alegres olas; y más allá, otros botes descansando con ociosidad sobre sus costados y oliendo a mar y brea—; el recuerdo de aquel día perdura aún en la memoria con encanto.
En 1957 volví a Southend y busqué en vano la estrecha y empinada calle desde la que había visto el mar por primera vez; pero no había el menor rastro de ella. Al final de la ciudad estaban los restos de lo que parecía una aldea de pescadores, con tiendas y escaparates anticuados. Desprendía cierto aire del pasado; o acaso fuera el olor a algas y a brea.
Lo mismo que la arena de un reloj, nuestro dinero se esfumó y de nuevo nos acosaron tiempos difíciles. Mi madre buscó otro trabajo, pero era difícil encontrarlo. Empezaron a acumularse los problemas. Debíamos varios plazos, y por ello se llevaron la máquina de coser de mi madre. Las entregas de mi padre, de diez chelines a la semana, habían cesado por completo.
Desesperada, mi madre buscó un nuevo abogado, que viendo que no habría gran cosa que ganar en el pleito, le aconsejó que pidiera ayuda a las autoridades del municipio de Lambeth, a fin de que estas obligaran a nuestro padre a pagarle la pensión.
No había otra alternativa: mi madre tenía que soportar la carga de dos hijos y carecía de salud; por ello decidió que los tres ingresáramos en el asilo de pobres de Lambeth.
Aunque nos dábamos perfecta cuenta de la vergüenza que suponía tener que ir al asilo de pobres, cuando mi madre nos habló de ello, tanto Sydney como yo lo consideramos una suerte y un cambio que nos libraba de la desagradable vida en aquella asfixiante habitación. Después me impresionó la nueva y terrible situación, porque tuvimos que separarnos: mi madre se marchó en una dirección, a la sala de las mujeres, y nosotros en otra, a la de los niños.
¡Qué bien recuerdo la penetrante tristeza del primer día de visita! ¡La impresión que me produjo ver a mi madre entrar en la sala de visitas con el uniforme del asilo! ¡Qué sola y avergonzada parecía! En una semana había envejecido y adelgazado; pero su rostro se iluminó al vernos. Sydney y yo nos echamos a llorar, lo cual la hizo llorar también a ella. Poco a poco logró serenarse, y nos sentamos en un tosco banco, con nuestras manos en sus rodillas, mientras ella nos las acariciaba dulcemente. Se sonrió al ver nuestras cabezas rapadas al cero, y nos pasó la mano por ellas, consolándonos, diciéndonos que pronto estaríamos otra vez juntos. De su delantal sacó un paquete de caramelos de coco que había comprado en el economato del asilo con lo que había ganado confeccionando puños de encaje para una de las enfermeras. Después nos separamos, y Sydney no cesaba de repetir con tristeza lo envejecida que la había encontrado.
Sydney y yo nos adaptamos enseguida a la vida del asilo; pero con una tristeza de fondo. Me acuerdo poco de los detalles, si bien la comida del mediodía, en una mesa larga, juntos con los demás niños, era algo agradable que esperábamos con impaciencia. La presidía un interno del asilo, un anciano de unos setenta y cinco años, que tenía un aspecto digno, una barbita blanca y unos ojos tristes. Me eligió para que me sentara junto a él porque yo era el más pequeño y, hasta que me cortaron el pelo, el que tenía el cabello más rizado. Me llamaba su «tigre», y me decía que cuando fuera mayor llevaría un sombrero de copa con una escarapela y me sentaría en la parte trasera de su coche, con los brazos cruzados. Este honor hizo que le tomase afecto al anciano. Pero un día o dos después apareció en escena un muchacho más joven, con el cabello más rizado que el mío, y ocupó mi puesto junto a él, porque, como comentaba él bromeando, un niño más joven y con el pelo más rizado tenía siempre preferencia.
Al cabo de tres semanas nos trasladaron desde el asilo de Lambeth a las escuelas Hanwell para huérfanos y niños pobres, situado a unas doce millas de Londres. Fue un viaje pintoresco, en el carromato de un panadero tirado por un caballo; un viaje más bien agradable en aquellas circunstancias, pues el campo de los alrededores de Hanwell estaba hermoso aquellos días, con caminos flanqueados por castaños de Indias, trigales y huertos repletos de frutas. Desde entonces, el penetrante y aromático olor del campo después de la lluvia siempre me ha recordado a Hanwell.
Al llegar allí nos hicieron pasar a la sala de reconocimiento y permanecimos en observación médica y mental antes de ingresar en la escuela propiamente dicha. La razón era que entre trescientos o cuatrocientos muchachos, un niño anormal o enfermo podría ser una influencia malsana para los demás niños, y además él mismo se encontraría en una situación penosa.
Los primeros días me sentí solo y desgraciado, porque en el asilo siempre tenía la impresión de que mi madre estaba cerca, lo cual me consolaba; pero en Hanwell nos separaban de ella varias millas. Sydney y yo pasamos de la sala de reconocimiento a la escuela, donde nos separaron: a Sydney lo llevaron con los muchachos mayores y a mí con los niños pequeños. Dormíamos en salas situadas en edificios diferentes, de modo que rara vez nos veíamos. Yo tenía poco más de seis años y estaba solo, algo que hacía que me sintiera muy desgraciado, especialmente en las noches de verano a la hora de acostarse, durante las oraciones, cuando, arrodillándome con otros veinte chicos, veía por las ventanas el sol que se ponía y las ondulantes colinas, y me sentía extraño a todo aquello mientras cantábamos con voz gutural y desafinada:
Ven a mí.
Rápidamente cae la tarde.
Aumenta la oscuridad. Señor, ven a mí.
Si otros consuelos me faltan,
ayuda a este desvalido, ¡oh, Señor!, y ven a mí.
Me sentía completamente deprimido. Aunque no entendía el himno, la canción y el crepúsculo incrementaban mi tristeza.
Pero, para nuestra grata sorpresa, a los dos meses mi madre logró que saliéramos y fuimos enviados de nuevo a Londres, al asilo de Lambeth. Mi madre estaba en la puerta principal, vestida con su propia ropa, esperándonos. Había solicitado nuestra salida solo porque deseaba pasar el día con sus hijos, con intención de estar unas horas fuera y regresar el mismo día, pues como se hallaba internada en el asilo, esa añagaza era el único medio de estar con nosotros.
Antes de ingresar nos habían quitado nuestra ropa para desinfectarla; ahora nos la devolvían sin planchar. Mi madre, Sydney y yo, con las prendas arrugadas, teníamos un aspecto desolado cuando franqueamos las puertas del asilo. Era por la mañana temprano y no teníamos adónde ir; así que nos dirigimos al parque de Kennington, que estaba a media milla de allí. Sydney tenía nueve peniques atados en un pañuelo; compramos media libra de cerezas y pasamos la mañana en aquel parque, sentados en un banco, comiendo. Sydney hizo una pelota con una hoja de periódico, la ató con una cuerda y durante un rato jugamos los tres a la pelota. A mediodía fuimos a un café y gastamos el resto del dinero en un pastel de dos peniques para el té, un arenque ahumado de penique y dos tazas de té de medio penique, que repartimos entre los tres. Después volvimos al parque, donde Sydney y yo jugamos de nuevo, mientras nuestra madre, sentada, hacía ganchillo.
Por la tarde regresamos al asilo. Como dijo mi madre con despreocupación: «Llegaremos justo a la hora del té». Los responsables estaban muy indignados, pues aquello suponía tener que repetir todo el proceso de desinfectar al vapor nuestra ropa y que Sydney y yo debíamos pasar más tiempo en el asilo antes de regresar a Hanwell, lo que nos dio oportunidad de ver de nuevo a nuestra madre.
Pero aquella vez estuvimos en Hanwell casi un año —un año muy formativo—, en el cual empecé a ir a la escuela y me enseñaron a escribir «Chaplin». La palabra me fascinaba, y yo creía que se parecía a mí.
La escuela de Hanwell estaba dividida en dos: una sección para los niños y otra para las niñas. El sábado por la tarde la casa de baños estaba reservada a los niños pequeños, a quienes bañaban las chicas mayores. Esto era por supuesto antes de haber cumplido los siete, y ya sentía un recatado pudor; tener que someterme a la ignominia de que una muchacha de catorce años pasara una toalla por toda mi persona fue el primer apuro que recuerdo en mi vida.
A los siete años me trasladaron del departamento de los pequeños al de los mayores, donde había niños de siete a catorce años. Ahora podía participar en todas las actividades de los mayores: en los ejercicios gimnásticos y en los paseos que dábamos fuera de la escuela dos veces por semana.
Aunque en Hanwell nos cuidaban bien, era una existencia desgraciada. La tristeza flotaba en el ambiente; se hallaba en los senderos campestres por donde paseábamos un centenar de niños en filas de dos. Aquellos paseos y las aldeas por donde pasábamos, mientras los vecinos nos miraban fijamente, me disgustaban muchísimo. Nos conocían como internos de lo que ellos llamaban el loquero, término vulgar con que designaban al asilo.
El patio de recreo tenía aproximadamente un acre y estaba pavimentado con losas. Alrededor había unos edificios de ladrillo de una sola planta, utilizados para oficinas, almacenes, dispensario del médico y del dentista y para guardarropa. En el rincón más oscuro del patio había una habitación vacía, y allí estaba encerrado desde hacía algún tiempo un chico de catorce años, un caso desesperado, según decían los otros internos. Había intentado escaparse de la escuela saltando por la ventana de un segundo piso al tejado, desafiando a los funcionarios, tirándoles piedras y castañas de Indias cuando trepaban para detenerlo. Eso ocurrió después de que se durmieran los pequeños. Nos lo relataron, atemorizados, los chicos mayores a la mañana siguiente.
El castigo para las faltas graves de aquella naturaleza lo imponían todos los viernes en el gimnasio grande: un salón lúgubre, de unos sesenta pies de largo por cuarenta de ancho, de techo muy alto, y en uno de cuyos costados había cuerdas para trepar que llegaban hasta unas anillas. Los viernes por la mañana, entre doscientos y trescientos muchachos cuya edad oscilaba entre siete y catorce años desfilaban militarmente, formando los tres lados de un cuadrado. El extremo más alejado era el cuarto lado, donde, detrás de un largo pupitre de escuela tan extenso como la mesa del comedor de un cuartel, estaban los «delincuentes» esperando el juicio y el castigo. A la derecha y delante del pupitre había un caballete, del que colgaban varias correas; del marco pendía, amenazadora, una vara de abedul.
Para las faltas leves tumbaban al chico sobre el largo pupitre, boca abajo, con los pies atados y sujetos por un sargento, mientras otro sargento le sacaba la camisa al chico, se la ponía sobre la cabeza y después tiraba con fuerza de los pantalones hacia abajo.
El capitán Hindrum, un oficial de la marina retirado que pesaba unas doscientas libras, le ponía una mano detrás; con la otra sostenía una caña tan gruesa como el pulgar y de unos cuatro pies de larga, y medía tranquilamente las nalgas del muchacho. Luego, lenta y dramáticamente, levantaba la caña, y con un sonido silbante la dejaba caer sobre el trasero del muchacho. El espectáculo era aterrador, e invariablemente algún chico de la fila se desmayaba.
El número mínimo de azotes era tres y el máximo seis. Si un culpable recibía más de tres azotes, sus gritos eran espantosos. A veces se quedaba inquietantemente callado porque se había desvanecido. Los azotes dejaban a la víctima paralizada, por lo cual la ponían a un lado y la echaban sobre una colchoneta del gimnasio, donde permanecía retorciéndose durante más de diez minutos, antes de que el dolor cediera y dejara tres ronchas rojas tan anchas como un dedo cruzando las nalgas.
La vara de abedul era distinta. Después de tres azotes el muchacho era conducido por dos sargentos a la enfermería para que lo curaran. Los chicos aconsejaban no negar una acusación, aunque se fuera inocente, porque si después le declaraban culpable recibía el castigo máximo. En general, los chicos no eran lo bastante elocuentes para defender su inocencia.
Yo tenía entonces siete años y estaba en la sección de los niños mayores. Recuerdo la primera vez que presencié un castigo: permanecí en silencio, con el corazón palpitante, cuando entraron los funcionarios. Detrás del pupitre estaba el desesperado muchacho que había intentado escaparse de la escuela; a duras penas veíamos la cabeza y los hombros sobre el pupitre, de tan pequeño como parecía. Tenía un rostro delgado, anguloso, y unos ojos grandes.
El director leyó con solemnidad la acusación y preguntó: «¿Culpable o inocente?».
El muchacho no quiso contestar y se quedó mirando con gesto desafiante; lo llevaron al caballete, y como era pequeño, lo obligaron a ponerse de pie sobre una caja de jabón para que le pudieran atar las muñecas con correas. Recibió tres azotes con la vara de abedul y se lo llevaron a la enfermería para curarlo.
Los jueves sonaba una trompeta en el terreno de juego y todos dejábamos de jugar, poniéndonos firmes como estatuas, mientras el capitán Hindrum, con un megáfono, anunciaba los nombres de los que serían castigados el viernes.
Un jueves, ante mi asombro, oí que decían mi nombre. No entendía qué había hecho. Por alguna razón incomprensible, estaba profundamente emocionado, quizá porque iba a ser la figura central de un drama. El día del juicio me adelanté y el director me dijo: «Se te acusa de haber prendido fuego al retrete».
No era verdad. Algunos chicos habían encendido unos pedazos de papel en el suelo de piedra, y mientras ardían entré para utilizar el retrete, pero yo no había intervenido en modo alguno en aquel incendio.
«¿Eres culpable o inocente?», me preguntó.
Nervioso e impulsado por una fuerza que no pude controlar, solté: «Culpable». No experimentaba ni rencor ni sensación alguna de injusticia, sino solo la emoción de una aventura espantosa, cuando me condujeron hasta el pupitre y me atizaron los tres azotes sobre las nalgas. El dolor fue tan espantoso que me cortó la respiración, y aunque estaba paralizado por él y me llevaron al colchón para recuperarme, me sentí valerosamente triunfante.
Como Sydney estaba trabajando en la cocina, no se enteró de nada hasta el mismo día del castigo, en que fue conducido al gimnasio con los demás y vio con asombro mi cabeza sobresaliendo del pupitre. Después me dijo que al ver cómo me azotaban lloró de rabia.
Un hermano pequeño, refiriéndose a su hermano mayor, acostumbraba a llamarle «mi hombre», lo que hacía que se sintiera orgulloso y le daba cierta seguridad. Así que de vez en cuando yo veía a «mi hombre», a Sydney, al salir del comedor, y como él trabajaba en la cocina, me daba a escondidas un panecillo untado con una gruesa capa de mantequilla. Yo lo escondía debajo del jersey y lo compartía con otro niño, no porque tuviéramos hambre, sino porque aquella generosa capa de mantequilla era un lujo excepcional. Pero tales golosinas no duraron mucho, porque Sydney se fue de Hanwell para ingresar en el buque escuela Exmouth.
A los once años el asilado podía elegir entre ingresar en el ejército o en la marina. Si elegía la marina, lo mandaban al Exmouth. Por supuesto, no era obligatorio, pero Sydney quería hacer carrera en el mar. Así pues, aquello me dejó solo en Hanwell.
El pelo es algo muy esencial en la vida de los niños. Lloran desconsoladamente cuando se lo cortan por primera vez; lo tengan liso, enmarañado o rizado, creen que les privan de una parte de su personalidad.
En Hanwell hubo una epidemia de tiña, y, como es muy contagiosa, los que estaban infectados fueron enviados a la sala de aislamiento de la enfermería, situada en el primer piso y con vistas al patio de recreo. A menudo mirábamos hacia las ventanas y veíamos a aquellos niños desgraciados que nos observaban con ansiedad, con las cabezas completamente afeitadas y manchadas de yodo. Era una visión repugnante y los observábamos con asco.
Por eso, cuando una enfermera se detuvo bruscamente detrás de mí en el comedor, separó la parte alta de mi pelo y anunció: «¡Tiña!», me eché a llorar con desesperación.
El tratamiento duró varias semanas y me pareció una eternidad. Me afeitaron la cabeza y me la embadurnaron con yodo, y me pusieron un pañuelo atado del modo de los jornaleros que recogen algodón. Pero lo que no hacía era mirar por la ventana a los niños de abajo, pues sabía el desprecio que sentían por nosotros.
Durante el aislamiento me visitó mi madre. Se las había arreglado de alguna forma para abandonar el asilo y se esforzaba a fin de establecer un hogar para nosotros. Su presencia fue como un ramillete de flores; parecía tan fresca y adorable que me sentía avergonzado de mi descuidado aspecto y de mi cabeza afeitada y cubierta de yodo.
«Tiene usted que disculpar su cara sucia», dijo la enfermera.
Mi madre se echó a reír. ¡Y qué bien recuerdo sus cariñosas palabras, mientras me estrechaba entre sus brazos y me besaba! «A pesar de estar sucio, te quiero igual.»
Poco después Sydney abandonó el Exmouth; yo salí de Hanwell y nos reunimos de nuevo con nuestra madre. Alquiló una habitación detrás del parque de Kennington y durante una breve temporada pudo mantenernos. Pero al poco tiempo tuvimos que reingresar en el asilo. Las circunstancias que nos obligaron a volver tenían cierta relación con la dificultad que tuvo mi madre para encontrar empleo y con el fracaso de los contratos teatrales de mi padre. En aquel breve intervalo nos mudamos de una habitación trasera a otra; era como un juego de damas, y la última jugada nos llevó al asilo.
Como vivíamos en una parroquia diferente, nos mandaron a un asilo distinto, y desde allí a las escuelas Norwood, que eran más sombrías que Hanwell, con los árboles más altos y de hojas más oscuras. Quizá allí el campo tuviera más grandeza, pero el ambiente era lúgubre.
Un día, mientras Sydney jugaba al fútbol, dos enfermeras lo sacaron del campo de juego y le dijeron que nuestra madre se había vuelto loca y que la habían llevado al manicomio de Cane Hill. Al oír aquella noticia, Sydney no reaccionó, sino que siguió jugando al fútbol; pero después del partido se escabulló y se puso a llorar.
Cuando me lo dijo no me lo creí. No lloré, aunque me invadió una desesperación tan grande que me quedé aturdido. ¿Por qué había hecho eso mi madre? Ella, tan animada y alegre, ¿cómo podía haberse vuelto loca? Tuve la vaga sensación de que se había evadido de su propia mente de un modo deliberado y que nos abandonaba. En mi desesperación, se me apareció como en una visión mirándome patéticamente; luego desaparecía en el vacío.
Una semana después nos dieron la noticia de manera oficial; también nos enteramos de que el tribunal había dictaminado que mi padre debía tomarnos a Sydney y a mí bajo su custodia. La perspectiva de vivir con mi padre era emocionante. No lo había visto más que dos veces en toda mi vida: una en escena y otra vez en que yo pasaba por delante de una casa de Kennington Road y él bajaba por el sendero del jardín con una señora. Yo me había detenido para mirarlo, sabiendo instintivamente que era mi padre. Me hizo señas con la mano para que me acercara y me preguntó mi nombre. Al darme cuenta de lo dramático de la situación, me hice el inocente y dije: «Charlie Chaplin». Entonces él miró de un modo significativo a la señora, metió la mano en el bolsillo y me dio media corona. Inmediatamente eché a correr a casa y le dije a mi madre que me había encontrado con mi padre.
Y ahora íbamos a vivir con él. Pasara lo que pasase, Kennington Road nos era familiar, y no un lugar extraño y sombrío como Norwood.
Los funcionarios nos condujeron en el carro del pan al número 287 de Kennington Road, la misma casa donde había visto bajar a mi padre por el sendero del jardín. Nos abrió la puerta la señora que estaba con él aquel día. Tenía el aspecto de una mujer fatigada y aburrida y, sin embargo, parecía atractiva, alta y bien formada, con unos labios gruesos y unos ojos de mirada melancólica, como los de una cierva; tendría unos treinta años. Se llamaba Louise. Al parecer el señor Chaplin no estaba en casa. Pero después de las formalidades de trámite y de la firma de los documentos, el funcionario nos dejó al cuidado de Louise, que nos condujo al primer piso y nos hizo entrar en una sala de estar. Había un niño jugando en el suelo cuando entramos. Era muy guapo, de unos cuatro años, con grandes ojos negros y el pelo rizado, color castaño: era el hijo de Louise, es decir, mi hermanastro.
La familia vivía en dos habitaciones, y aunque la de la fachada tenía ventanas grandes, la luz se filtraba como si brotara por debajo del agua. Todo era tan triste como Louise: el papel de la pared parecía triste, los muebles parecían tristes y el lucio disecado dentro de una vitrina, y que se había tragado a otro lucio tan grande como él —la cabeza le salía por la boca—, parecía también horriblemente triste.
En la habitación del fondo habían puesto una cama supletoria para Sydney y para mí, pero era demasiado pequeña. Sydney sugirió que podía dormir en el sofá de la sala de estar. «Tú dormirás donde se te diga», exclamó Louise. Eso produjo un incómodo silencio mientras volvíamos al salón.
El recibimiento que se nos hizo no fue muy entusiasta, lo que no era de extrañar. Sydney y yo representábamos ahora una carga para ella y, además, éramos los hijos de la otra mujer de mi padre.
Nos sentamos los dos en silencio, contemplando cómo preparaba la mesa para darnos algo de comer. «Oye —le dijo a Sydney—, haz algo útil y llena el cubo del carbón. Y tú —dijo, dirigiéndose a mí— vete a la tienda que está junto al White Hart y compra un chelín de carne en conserva.»
Estaba encantado de perder de vista tanto a ella como a todo cuanto allí nos rodeaba; dentro de mí brotaba un secreto temor y empecé a lamentar que nos hubiesen sacado de Norwood.
Mi padre llegó a casa tarde y nos saludó con cariño. Me fascinó. En las comidas vigilaba cada movimiento que hacía, la manera en que comía y el modo en que sujetaba el cuchillo como si fuera una pluma cuando cortaba la carne. Y durante años lo imité.
Cuando Louise le dijo que Sydney se había quejado porque la cama era pequeña, mi padre sugirió que durmiera en el sofá de la sala de estar. Esta victoria de Sydney despertó el antagonismo de Louise, que nunca se la perdonó. Se quejaba continuamente de él a mi padre. A pesar de que Louise era arisca y desagradable, nunca me pegó, ni siquiera me amenazó; pero el hecho de que le disgustara Sydney hacía que la temiera. Bebía mucho, lo que agravaba mis temores. Había algo atrozmente irresponsable en ella cuando estaba borracha; sonreía, divertida, a su hijito, quien, con su rostro bello y angelical, blasfemaba y decía palabrotas. Por algún motivo, jamás tuve contacto con el niño. Aunque era mi hermanastro, no me acuerdo de haber intercambiado jamás una sola palabra con él; claro que yo le llevaba casi cuatro años. A veces, cuando había bebido, Louise se sentaba pensativa y yo me inquietaba. Pero Sydney le hacía poco caso; rara vez volvía a casa antes de la noche. A mí me obligaban a volver directamente desde la escuela y a hacer los recados y algunos trabajillos.
Louise nos envió a la escuela de Kennington Road, lo que suponía una pequeña diversión, pues la presencia de los demás niños hacía que me sintiera menos aislado. El sábado por la tarde no teníamos clase; pero yo nunca quería que llegara, porque para mí significaba tener que ir a casa a fregar los suelos y limpiar los cuchillos, y además aquel día Louise acostumbraba a beber. Mientras yo limpiaba los cuchillos ella se sentaba con una amiga, bebiendo y mostrándose cada vez más desagradable, quejándose en voz alta a su amiga de que tenía que cuidar de Sydney y de mí y de la injusticia que eso suponía. Me acuerdo que decía: «Este es bueno —señalándome—, pero el otro es un pequeño cerdo y deberían llevarlo al reformatorio; además, ni siquiera es hijo de Charlie». Esos insultos contra Sydney me asustaban y deprimían; me iba a la cama sintiéndome muy desgraciado, y me quedaba tumbado despierto y de mal humor. Todavía no tenía ocho años, pero aquellos días fueron los más largos y tristes de mi vida.
A veces, los sábados por la noche, me sentía profundamente deprimido; entonces oía la animada música de un acordeón, que entraba por la ventana de la habitación del fondo, interpretando una marcha escocesa, acompañada por jóvenes alborotadores y las verduleras, que se reían. El vigor y la vitalidad de aquel cuadro parecían cruelmente indiferentes a mi desgracia; sin embargo, cuando la música se perdía a lo lejos lo lamentaba. En ocasiones cruzaba algún vendedor callejero voceando su mercancía; uno, en particular, pasaba todas las noches y parecía berrear el «Rule Britannia», terminando con una especie de gruñido; pero en realidad era un vendedor de ostras. El pub estaba tres puertas más abajo y me llegaban las voces de los parroquianos a la hora de cerrar, vociferando, borrachos, una sensiblera y deprimente canción, muy popular en aquellos días:
En recuerdo de los viejos tiempos, dejemos las pendencias.
En recuerdo de los viejos tiempos, olvidemos y perdonemos.
La vida es demasiado corta para reñir;
los corazones, demasiado preciosos para romperlos.
Estrechémonos las manos y seamos amigos,
en recuerdo de los viejos tiempos.
Nunca aprecié el sentimiento que encerraban esos versos; aunque la canción me parecía el acompañamiento adecuado a mi desgraciada situación y era para mí como una canción de cuna.
Cuando Sydney llegaba tarde, que era casi siempre, saqueaba la despensa antes de irse a la cama, lo que ponía furiosa a Louise y, una noche en que había bebido, entró en la habitación, le arrancó la ropa de la cama y le dijo que se marchara. Pero Sydney estaba preparado para hacerle frente. Rápidamente metió la mano debajo de la almohada y sacó un estilete, un largo abotonador que había afilado cuidadosamente.
—Acérquese —le dijo— y le clavo esto…
Ella retrocedió, asustada.
—¡Vaya con el cabroncete! ¡Me quiere asesinar!
—Sí —dijo Sydney dramáticamente—, ¡la voy a asesinar!
—¡Ya verás cuando llegue a casa el señor Chaplin!
Pero el señor Chaplin venía a casa raras veces. Sin embargo, me acuerdo de un sábado por la noche en que Louise y mi padre habían bebido y en que, por no sé qué motivo, nos hallábamos todos sentados con la dueña de la casa y su marido en la habitación delantera de la planta baja de los dueños. Bajo la lámpara incandescente, mi padre parecía mortalmente pálido; estaba de malhumor y hablaba solo. De repente metió la mano en el bolsillo, sacó un puñado de dinero y lo arrojó con violencia al suelo, esparciendo las monedas de oro y de plata en todas direcciones. El efecto fue extraordinario. No se movió nadie. La dueña estaba sentada, con gesto displicente; pero me fijé en que sus inquietos ojos seguían un soberano de oro que se deslizó rodando hasta un rincón alejado, debajo de una silla; mi mirada también lo siguió. No se movió nadie, así que pensé que lo mejor era empezar recogiendo aquel soberano de oro; la dueña de la casa y los demás me imitaron, recogiendo el resto del dinero, si bien poniendo un gran cuidado en hacer sus movimientos muy visibles ante los amenazadores ojos de mi padre.
Un sábado, después de la escuela, llegué a casa y no encontré a nadie. Sydney, como de costumbre, estaba todo el día en la calle jugando al fútbol, y la dueña de la casa me dijo que Louise y su hijo se habían marchado por la mañana temprano. Al principio me alegré, porque aquello significaba que no tenía que fregar los suelos y limpiar los cuchillos. Esperé hasta mucho después de la hora de comer y luego empecé a inquietarme. Quizá me habían abandonado. A medida que avanzaba la tarde empecé a echarlos de menos. ¿Qué había ocurrido? La habitación parecía triste y poco acogedora, y aquel vacío me asustaba. Empezaba también a tener hambre, y busqué en la despensa; pero no había nada para comer. Como no podía resistir más aquel espantoso vacío, me marché, desolado, y pasé la tarde recorriendo los mercados vecinos. Vagué por el paseo de Lambeth y por el Cat, mirando, hambriento, a través de los escaparates las humeantes chuletas de buey y de cerdo y las doradas patatas empapadas en jugo de carne. Durante unas horas miré cómo los charlatanes vendían sus mercancías. Todo aquello me distrajo y durante un rato me olvidé del hambre y de mi situación.
Cuando regresé era de noche; llamé a la puerta, pero no contestó nadie. Todo el mundo estaba fuera. Cansado, me dirigí a la esquina de Kennington Cross y me senté en el bordillo de la acera, junto a la casa, para no perderla de vista en caso de que alguien regresara. Me sentía rendido y desgraciado y me preguntaba dónde estaría Sydney. Se aproximaba la medianoche y Kennington Cross estaba desierto, a excepción de uno o dos trasnochadores. Todas las luces de los establecimientos empezaron a apagarse, menos la de la farmacia y las de los pubs; entonces me sentí deprimido del todo.
De pronto sonó una música. ¡Maravilloso! Procedía del pub que había en la esquina, el White Hart, y resonaba espléndidamente en la plaza vacía. La pieza era «The Honeysuckele and the Bee», interpretada con radiante virtuosismo por un pequeño armonio y un clarinete. Nunca había sido consciente de la música, pero aquella melodía era bella y lírica, tan jovial y alegre, tan calurosa y tranquilizadora, que olvidé mi desesperación y crucé la calle, dirigiéndome a donde estaban los músicos. El que tocaba el armonio era ciego: tenía las cuencas de los ojos vacías y con costurones; un hombre de rostro estúpido y amargado tocaba el clarinete.
Pronto acabó todo, y su marcha hizo que la noche fuera todavía más triste. Débil y cansado, crucé la calle en dirección a casa, sin preocuparme de si había alguien. Solo quería irme a la cama. Luego, de un modo vago, divisé a alguien que ascendía por el sendero en dirección a la casa. Eran Louise y su hijito, que corría delante de ella. Me quedé muy extrañado al ver que cojeaba exageradamente y que se inclinaba mucho hacia un lado. Al principio pensé que había tenido un accidente y se había lesionado la pierna; luego me percaté de que estaba borracha. Nunca había visto a un borracho que se venciera hacia un lado. Teniendo en cuenta su estado, pensé que lo mejor era apartarme de su camino; así que esperé a que hubiera entrado. Momentos después llegó la dueña de la casa y entré con ella. Cuando subía por las escaleras, en la oscuridad, esperando pasar desapercibido hasta llegar a la cama Louise apareció, tambaleándose, en el descansillo.
—¿Adónde diablos te crees que vas? —dijo—. Esta no es tu casa.
Me quedé inmóvil.
—No vas a dormir aquí esta noche. ¡Estoy harta de todos vosotros! ¡Lárgate! ¡Tú y tu hermano! ¡Que os cuide vuestro padre!
Sin dudar un momento, di la vuelta, bajé las escaleras y salí a la calle. Ya no estaba cansado; tenía una segunda opción. Había oído que mi padre era cliente del pub Queen’s Head, en Prince’s Road, a media milla de casa; así que me encaminé en aquella dirección, esperando encontrarlo allí. Pero de pronto vi su fantasmal figura viniendo hacia mí, recortada contra la farola de la calle.
—No quiere dejarme entrar —dije, sollozando—, y creo que ha bebido.
Mientras avanzábamos hacia la casa vi que también él andaba con paso tambaleante.
—Yo tampoco estoy muy sereno —dijo.
Intenté convencerle de que lo estaba.
—No, estoy borracho —musitó con remordimiento.
Abrió la puerta de la sala de estar y se quedó allí, silencioso y amenazador, mirando a Louise. Ella estaba junto a la chimenea, apoyada en la repisa y tambaleándose.
—¿Por qué no lo has dejado entrar? —dijo.
Ella lo miró, asombrada.
—Tú también puedes largarte… —respondió luego entre dientes—. ¡Todos vosotros!
De repente mi padre cogió del aparador un pesado cepillo de ropa y se lo arrojó violentamente; el revés del cepillo le dio de lleno en un lado de la cara. Cerró los ojos y luego se cayó inconsciente al suelo, dándose un porrazo, como si deseara olvidarlo todo.
Me sorprendió la actitud de mi padre; aquel gesto violento hizo que le perdiera el respeto. Recuerdo confusamente lo que ocurrió después. Creo que Sydney llegó al poco rato, que mi padre nos metió en la cama y que luego se marchó.
Me enteré de que mi padre y Louise habían reñido aquella mañana porque él la había dejado sola para pasar el día con su hermano, Spencer Chaplin, que era dueño de varios pubs en Lambeth y alrededores. Consciente de su posición, a Louise no le gustaba visitar a la familia de Spencer, por lo que mi padre fue solo; en venganza, Louise había pasado el día en otra parte.
Ella amaba a mi padre. Aunque yo era muy pequeño, lo percibí en su mirada aquella noche mientras la veía sentada junto a la chimenea, asombrada y dolida por su abandono. Y estoy seguro de que mi padre también la amaba. Lo noté en muchas ocasiones. Había veces en que se mostraba tierno y encantador y la besaba, dándole las buenas noches antes de irse al teatro. Y los domingos por la mañana, cuando no había bebido, desayunaba con nosotros y le hablaba a Louise de los actores de vodevil que trabajaban con él, fascinándonos con sus anécdotas. Yo lo observaba sin pestañear, sin perderme ni un solo gesto suyo. Una vez se enrolló en broma una toalla a la cabeza y persiguió a su hijo pequeño alrededor de la mesa, diciendo: «¡Soy Ruibarbo, el rey de Turquía!».
Hacia las ocho de la noche, antes de irse al teatro, sorbía seis huevos crudos disueltos en vino de Oporto; de hecho, rara vez hacía una comida sólida. Eso era todo lo que le sostenía un día tras otro. Aparecía por casa en contadas ocasiones, y si lo hacía era para dormir la borrachera.
Un día Louise recibió una visita de la Sociedad para la Prevención del Maltrato Infantil, que le indignó mucho. Vinieron porque la policía había dado parte tras hallarnos a Sydney y a mí a las tres de la mañana dormidos junto a la hoguera de un sereno. Fue una noche en que Louise nos dejó a los dos fuera, y la policía la obligó a abrir la puerta y a dejarnos entrar. Sin embargo, pocos días después, mientras mi padre actuaba en provincias, Louise recibió una carta anunciando que mi madre había salido del manicomio. A los dos días vino la dueña de la casa a decir que había una señora en el portal que buscaba a Sydney y a Charlie. «Ahí está vuestra madre», dijo Louise. Hubo un momento de confusión. Luego Sydney se precipitó escaleras abajo para arrojarse en sus brazos y yo lo seguí. Era la misma madre de siempre, dulce y sonriente, que nos abrazó cariñosamente.
Louise y mi madre estaban demasiado azoradas para saludarse; así que mi madre esperó en la puerta, mientras Sydney y yo recogíamos nuestras cosas. No hubo gestos huraños ni aversión por ninguna de las dos partes; en realidad Louise se mostró muy simpática, incluso con Sydney, cuando le dijo adiós.
Mi madre había alquilado una habitación en una de las calles traseras de Kennington Cross, cerca de la fábrica de encurtidos Hayward, y todas las tardes se percibía un desagradable olor agrio. Pero el cuarto era barato y estábamos juntos de nuevo. La salud de mi madre era excelente y nunca se nos pasó por la cabeza que había estado enferma.
No tengo ni la más remota idea de cómo vivimos durante aquella temporada. De todas maneras, no recuerdo haber tenido ni graves apuros ni problemas insolubles. Las entregas de mi padre de diez chelines a la semana llegaban casi con regularidad, y mi madre se dedicó de nuevo a la costura y reanudó su contacto con la iglesia.
En aquel período ocurrió un incidente notable. Al final de nuestra calle había un matadero y las ovejas pasaban delante de casa, de camino al sacrificio. Recuerdo que una se escapó y echó a correr calle abajo, ante la algazara de los transeúntes. Algunos intentaron echarle mano, tropezando entre ellos. Yo me reía, encantado de su pánico y de sus ágiles saltos. ¡La escena parecía tan cómica! Pero cuando la cogieron y se la llevaron al matadero me di cuenta de la realidad de la tragedia, y me metí corriendo en casa, gritando y llorando: «¡Van a matarla! ¡Van a matarla!». Recordé aquella bella tarde de primavera y aquella cacería cómica durante varios días. Me pregunto si aquel episodio no puso los cimientos de mis futuras películas: la combinación de lo trágico y lo cómico.
La escuela era ahora la iniciación de nuevos horizontes: historia, poesía, ciencias. Pero algunas de las asignaturas resultaban prosaicas y aburridas, especialmente la aritmética; al hacer sumas y restas me imaginaba a un oficinista y una caja registradora; su utilidad era, en el mejor de los casos, una protección para no ser engañados cuando nos daban el cambio.
La historia era una serie de maldades y de violencia, una sucesión continua de regicidios y de monarcas que asesinaban a sus mujeres, hermanos y sobrinos; la geografía era una mera cuestión de mapas; la poesía, tan solo un ejercicio de memoria. La enseñanza me aturdía con un montón de conocimientos y de hechos por los que sentía muy poco interés.
Si alguien hubiera tenido habilidad, si me hubiera trazado un prólogo estimulante para cada materia de estudio que hubiese iluminado mi pensamiento, si me hubiera nutrido de fantasía y no de hechos, si me hubiese divertido e intrigado con el cubileteo de los números, si hubiera poetizado los mapas, si me hubiese dado una visión histórica y enseñado la música de la poesía, tal vez me habría convertido en un hombre culto y estudioso.
Desde que mi madre había vuelto con nosotros empezó a estimular de nuevo mi interés por el teatro. Me inculcó el convencimiento de que yo tenía talento. Pero no fue hasta aquellas semanas previas a la Navidad, en que la escuela puso en escena La Cenicienta, cuando sentí el impulso de expresar todo lo que mi madre me había enseñado. Por un motivo que desconozco no me seleccionaron para esa obra, y sentí envidia, pues creía que era mejor que los que habían sido elegidos para participar en la función. Critiqué la forma torpe y carente de imaginación con que los chicos representaban sus papeles. Las hermanas feas no tenían ni gracia ni espíritu cómico. Recitaban los versos de una manera pedante, con inflexión escolar, y los subrayaban con enfático falsete. ¡Cómo me habría gustado hacer el papel de una de las hermanas feas, con las instrucciones que me hubiese dado mi madre! Sin embargo, me quedé cautivado por la chica que hacía de Cenicienta. Era bella, fina, de unos catorce años, y yo estaba enamorado de ella en secreto. Pero se encontraba muy lejos de mi alcance, tanto por su posición social como por su edad.
Al presenciar la representación me pareció aburrida, a excepción de la belleza de la muchacha, lo que me dejó un poco triste. Sin embargo, poco me figuraba entonces el glorioso triunfo que tendría dos meses después, cuando me llevaron por cada una de las clases y me hicieron recitar El gato de la señorita Priscilla. Era un monólogo que mi madre había visto en un puesto de periódicos, y le pareció tan divertido que lo había copiado del escaparate. Durante un descanso yo se lo había recitado a uno o dos condiscípulos. El maestro, el señor Reid, levantó la vista de su trabajo y se mostró tan encantado que cuando volvimos a clase me hizo recitarlo a los niños, que se rieron a carcajadas. Como consecuencia de ello se difundió mi fama y al día siguiente me llevaron por todas las clases de la escuela, tanto de niños como de niñas, y me hicieron repetirlo.
Aunque había trabajado en el teatro en sustitución de mi madre y delante del público a los cinco años, esta fue realmente la primera vez que gocé de un modo consciente del glamour. La escuela se convirtió en algo emocionante. De un niño oscuro y tímido, me convertí en el centro de interés tanto de los maestros como de los niños. Aquello incluso mejoró mis estudios. Pero mi educación se interrumpió cuando me fui de la escuela para unirme a la compañía de bailarines de claqué, los Ocho Muchachos de Lancashire.
Mi padre conocía al señor Jackson, director de la compañía, y este convenció a mi madre de que era una buena manera de empezar a hacer carrera en el teatro, al tiempo que la ayudaba económicamente: yo tendría comida y alojamiento y mi madre percibiría media corona a la semana. Al principio se mostró indecisa, pero cuando fue a ver al señor Jackson y a su familia, acabó aceptando.
El señor Jackson tendría algo más de cincuenta años. Había sido maestro de escuela en Lancashire, y tenía tres hijos y una hija que formaban parte de los Ocho Muchachos de Lancashire. Era un ferviente católico, y después de la muerte de su esposa había consultado a sus hijos acerca de su segundo matrimonio. Su nueva esposa era un poco mayor que él, y nos contaba cómo se había casado con ella. Publicó un anuncio en un periódico buscando una esposa, y recibió más de trescientas cartas. Después de rezar pidiendo a Dios que le guiase, abrió solo una, que resultó ser la de la señora Jackson. Ella había sido asimismo maestra de escuela, y como si respondiera a su plegaria, también era católica.
La señora Jackson no estaba dotada de una gran belleza, ni mucho menos, ni se podía decir que inspirase voluptuosidad en ningún sentido de la palabra. Tal como la recuerdo, tenía una cara pálida, delgada como una calavera, con muchas arrugas, quizá debido al hecho de haber obsequiado al señor Jackson con un niño siendo ya bastante mayor. Sin embargo, era una esposa leal y trabajadora, y aunque amamantaba todavía al niño, trabajaba de lleno, ayudando a su marido en la dirección de la compañía.
Cuando contaba la historia de su romance, esta variaba poco de la del señor Jackson. Habían intercambiado algunas cartas, pero no se vieron ninguno de los dos hasta el día de la boda. En la primera entrevista en la sala de estar, solos, mientras la familia esperaba en la otra habitación, el señor Jackson dijo: «Eres todo lo que deseo», y ella confesó lo mismo. Al concluir el relato nos decía a los niños con mucha delicadeza: «Pero no esperaba ser madre de ocho niños tan pronto».
La edad de los tres hijos oscilaba entre los doce y los dieciséis años; la hija tenía nueve y llevaba el pelo cortado como un muchacho, para parecer un miembro de la compañía.
Todos los domingos iban a misa. Como yo era el único protestante, me quedaba solo, aunque algunas veces les acompañaba. Si no hubiera sido por deferencia a los escrúpulos religiosos de mi madre, me habría convertido fácilmente al catolicismo, pues me gustaba su misticismo y los pequeños altares de fabricación casera con sus vírgenes de yeso, adornados con flores y velas encendidas, que los muchachos ponían en un rincón de su dormitorio y ante los cuales hacían una genuflexión cada vez que pasaban.
Tras seis semanas de práctica pude empezar a bailar con el grupo. Pero como entonces ya tenía más de ocho años, había perdido mi aplomo y enfrentarme al público por primera vez me produjo terror. Apenas podía mover las piernas. Pasaron semanas antes de que pudiera hacer un solo de baile como los demás.
No estaba muy entusiasmado con la idea de ser solamente un bailarín de claqué en una compañía de ocho muchachos. Lo mismo que los otros, ambicionaba tener un número propio, no porque ello significara ganar más dinero, sino porque instintivamente sentía que sería más satisfactorio que bailar. Me habría gustado ser un comediante, pero eso requería nervio para poder permanecer solo en escena. De todas maneras, mi primer impulso por hacer algo que no fuese bailar me empujaba hacia lo cómico. Mi ideal era un número de dos participantes, de dos muchachos vestidos como los vagabundos de comedia. Se lo dije a uno de los otros chicos y decidimos asociarnos. Se convirtió en nuestro sueño dorado. Nos llamaríamos Bristol y Chaplin, los Vagabundos Millonarios, y llevaríamos patillas como los vagabundos y grandes sortijas de diamantes. Aquello abarcaba todo lo que en nuestra opinión resultaría gracioso y lucrativo; pero, por desgracia, no llegó a cuajar.
Al público le gustaban los Ocho Muchachos de Lancashire porque, como decía el señor Jackson, no parecíamos niños de teatro. Se enorgullecía de que no saliéramos maquillados y de que nuestras mejillas sonrosadas fueran naturales. Si alguno de nosotros estaba un poco pálido antes de salir a escena, nos decía que nos pellizcáramos las mejillas. Pero en Londres, después de trabajar en dos o tres music-halls cada noche, nos olvidábamos de hacerlo y aparecíamos en escena algo cansados y aburridos, hasta que veíamos al señor Jackson entre bastidores haciéndonos muecas y grandes aspavientos, señalándose el rostro, lo cual producía el efecto instantáneo de hacernos poner una expresión risueña.
Cuando íbamos de gira por provincias acudíamos durante la semana a la escuela en la ciudad en que estábamos, lo que no contribuyó gran cosa a completar mi educación.
En Navidad nos contrataron para representar los papeles de gatos y perros en La Cenicienta, en el Hippodrome de Londres. Por aquellos días era un teatro nuevo, una mezcla de teatro de vodevil y de circo, profusamente decorado y con una tramoya sensacional. El suelo de la pista se hundía y se llenaba de agua, y sobre él se ejecutaban complicados ballets. Una fila tras otra de muchachas guapas, con relucientes armaduras, entraban marcialmente y desaparecían por completo bajo el agua. Cuando se sumergía la última fila, Marceline, el gran payaso francés, vestido con un esmoquin muy holgado y con un enorme sombrero de copa, aparecía con una caña de pescar, se sentaba en una silla plegable, abría una gran caja de joyas, cebaba el anzuelo con un collar de diamantes y después lo lanzaba al agua. Al cabo de un rato lo cebaba con joyas de menos valor, arrojando algunas pulseras, hasta vaciar por completo el joyero. De repente sentía un tirón del sedal y empezaba a dar vueltas cómicamente, luchando frenético con la caña, y sacando un perrito adiestrado, que imitaba todo cuanto hacía Marceline: si este se sentaba, el perro se sentaba; si se ponía cabeza abajo, el perro hacía lo mismo.
El número de Marceline era divertido y encantador, y todo Londres enloqueció. En la escena de la cocina me dieron un pequeño papel, que tenía que representar con Marceline. Yo era un gato, y Marceline, huyendo de un perro, caía sobre mi espalda, mientras yo me bebía la leche. Se quejaba siempre de que no arqueaba la espalda lo suficiente para suavizar su caída. Yo llevaba una careta de gato que tenía un gesto sorprendido, y en la primera matiné infantil en que intervine tenía que correr detrás de un perro y empezar a olfatearlo. Cuando el público se echó a reír me volví y lo miré con aire sorprendido, tirando de un cordelito que hacía parpadear un ojo, con una mirada fija. Tras varios olfateos y parpadeos, el director del circo me hizo señas frenéticas entre bastidores, pero yo seguí actuando. Después de oler al perro, olí el proscenio, y luego alcé la pata. El público se moría de risa, probablemente porque el gesto era impropio de un gato. Por fin me fijé en el director y salí del escenario en medio de grandes aplausos. «¡No lo vuelvas a hacer nunca más! —me dijo sin aliento—. ¡Harás que el lord chambelán nos cierre el teatro!»
La Cenicienta fue un gran éxito, y aunque Marceline tenía poco que ver con el argumento, era la principal atracción. Años más tarde Marceline fue al Hippodrome de Nueva York, donde también causó sensación. Pero cuando el Hippodrome suprimió la pista de circo, Marceline cayó pronto en el olvido.
Hacia 1918, el circo de tres pistas de los hermanos Ringling vino a Los Ángeles, y Marceline trabajaba con ellos. Esperaba que figuraría como la gran estrella, pero me sorprendió comprobar que era uno de tantos payasos que corrían alrededor de la enorme pista: un gran artista perdido en el vulgar lujo de un circo con tres pistas.
Fui después a su camerino y me di a conocer, recordándole que yo había hecho de gato en el Hippodrome de Londres con él. Pero reaccionó con apatía. Incluso, bajo el maquillaje de payaso, parecía malhumorado y como si estuviera sufriendo un melancólico letargo.
Un año más tarde se suicidó en Nueva York. Un breve suelto en los periódicos informaba de que un inquilino de su misma casa había oído un disparo y había encontrado a Marceline tendido en el suelo con una pistola en la mano, mientras seguía sonando un disco: Moonlight and Roses.
Muchos comediantes ingleses famosos se han suicidado. T. E. Dunville, un excelente cómico, oyó a alguien que le señaló al entrar en un bar: «Ese tipo está acabado». Aquel mismo día se pegó un tiro junto al Támesis.
Mark Sheridan, uno de los más famosos actores de Inglaterra, también se pegó un tiro, en un parque público de Glasgow, porque no había tenido éxito con el público de esa ciudad.
Frank Coyne, con quien trabajábamos en el mismo programa, era un tipo de comediante alegre, inquieto, célebre por su airosa canción:
No me volveréis a ver montar en un caballo.
No es la clase de caballo que a mí me gusta montar.
¡El único caballo en que sé montar
es un palo, un palo!
Fuera del escenario era agradable, siempre se estaba riendo. Pero una tarde, cuando se disponía a dar un paseo con su mujer con su carreta y su poni, se olvidó de algo y le dijo que lo esperase mientras él subía a la habitación. Al cabo de veinte minutos ella subió para averiguar por qué se retrasaba y se lo encontró tendido en el cuarto de baño en medio de un charco de sangre: se había cortado el cuello con una navaja de afeitar, casi decapitándose.
De los numerosos artistas que vi de niño, los que más me impresionaron no fueron siempre los que triunfaban, sino los que poseían una personalidad singular fuera del escenario. Zarmo, el malabarista, se sometía a una terrible disciplina, pues practicaba su arte durante varias horas todas las mañanas, en cuanto abrían el teatro. Lo veíamos al fondo del escenario sosteniendo en equilibrio un taco de billar sobre la barbilla, arrojando una bola a lo alto y cogiéndola con el extremo del taco; arrojando luego otra bola y cogiéndola por encima de la primera; un malabarismo que muchas veces fallaba. Durante cuatro años, nos contó al señor Jackson, había practicado aquel juego y tenía el propósito de intentarlo por primera vez delante del público a finales de la semana. Aquella noche estábamos todos entre bastidores mirándolo. Lo hizo a la perfección. ¡Y a la primera! Arrojó la bola a lo alto y la cogió con el extremo del taco de billar; luego arrojó una segunda bola y la cogió por encima de la primera. Pero el público solo aplaudió un poco. El señor Jackson contaba muchas veces lo que había ocurrido aquella noche.
—Usted hace que el juego parezca demasiado fácil —le dijo a Zarmo—. No lo adorna. Debería fallar varias veces y luego hacerlo bien.
Zarmo se echó a reír.
—No soy todavía lo bastante experto para que me falle.
A Zarmo le interesaba también la frenología y solía adivinar nuestro carácter. Me dijo que yo retendría todos los conocimientos que adquiriese y haría buen uso de ellos.
Estaban también los hermanos Griffith, divertidos e impresionantes, que me tenían perplejo. Eran unos payasos del trapecio que, mientras se balanceaban en el espacio, se atizaban feroces patadas en la cara con unos zapatos acolchados.
—¡Ay! —le decía el que recibía el golpe al otro—, ¿a que no te atreves a hacerlo otra vez?
—¿Ah, no? —Y, ¡zas!, le volvía a sacudir.
Y el que recibía ponía cara de sorpresa y se quedaba como aturdido.
—¡Pues sí que lo ha hecho otra vez! —replicaba.
A mí me parecía inconcebible aquella violencia tan insensata. Pero fuera del escenario eran unos hermanos cariñosos, tranquilos y serios.
Creo que Dan Leno fue el más grande comediante inglés desde el legendario Grimaldi. Aunque no vi a Leno en sus mejores tiempos, para mí era más un actor de carácter que un cómico. Según decía mi madre, sus fantásticas imitaciones de tipos de la clase baja de Londres eran humanas y cariñosas.
La famosa Marie Lloyd tenía fama de frívola. Sin embargo, cuando trabajamos con ella en el viejo Tivoli del Strand no hubo jamás una artista más seria y concienzuda. Yo solía mirar con los ojos muy abiertos a aquella inquieta y gordezuela mujercilla paseándose irritada de arriba abajo por detrás de los decorados, hasta que le llegaba el momento de salir a escena. Entonces se volvía inmediatamente alegre y despreocupada.
Bransby Williams, el mismo que encarnó a tantos personajes de Dickens, me hipnotizaba con sus imitaciones de Uriah Heep, de Bill Sykes y del viejo de La tienda de antigüedades. El juego de manos de aquel apuesto y digno joven maquillándose delante del público alborotador de Glasgow y transformándose en aquellos fascinadores personajes, me reveló otro aspecto del teatro. También despertó mi curiosidad por la literatura; deseaba saber qué era aquel oculto misterio que yacía en los libros, aquellos personajes en sepia de Dickens que se movían en ese mundo a lo Cruikshank.* Aunque apenas sabía leer, acabé comprando Oliver Twist.
Tan fascinado estaba con los personajes de Dickens, que imitaba las imitaciones de Bransby Williams. Era inevitable que un talento en ciernes no permaneciera oculto durante mucho tiempo. Así un día el señor Jackson me vio entreteniendo a los otros chicos con una imitación del anciano de La tienda de antigüedades. En aquel mismo lugar y momento me proclamaron un genio, y el señor Jackson decidió dárselo a conocer al mundo.
El trascendental acontecimiento tuvo lugar en el teatro de Middlesbrough. Después de nuestro número de baile, el señor Jackson salió a escena con la solemnidad del que va a anunciar la venida de un joven Mesías, afirmando que había descubierto entre sus muchachos a un niño prodigio y que este iba a hacer una imitación de Bransby Williams en el papel del anciano de La tienda de antigüedades que no quiere admitir la muerte de su pequeña Nelly.
El público no estaba demasiado bien dispuesto porque había soportado ya un espectáculo bastante aburrido. A pesar de todo, salí con el acostumbrado traje de baile, compuesto de una blusa de hilo blanco, un cuello de encaje, unos calzones bombachos de terciopelo y unos zapatos rojos de baile, y maquillado de tal modo que parecía un anciano de noventa años. De alguna manera habíamos adquirido, no sé dónde, una peluca vieja; tal vez la había comprado el señor Jackson, pero no me quedaba bien. Aunque yo tenía la cabeza grande, la peluca era todavía más ancha; estaba casi calva, orlada con un borde de pelos largos, grises y bastos, de modo que cuando aparecí en escena, encorvado como un anciano, produje el efecto de un escarabajo arrastrándose por el suelo, y el público me acogió con risas burlonas.
Después de aquello fue difícil tranquilizarlo.
—¡Silencio! ¡Silencio! —dije en un susurro—. ¡No hagáis ruido, o despertaréis a mi Nelly!
—¡Más alto! ¡Más alto! ¡No se oye! —gritaba el público.
Pero continué con un débil murmullo, con un tono muy íntimo, tan íntimo que el público empezó a patear. Fue el final de mi carrera como imitador de los personajes de Charles Dickens.
Aunque vivíamos frugalmente, la vida entre los Ocho Muchachos de Lancashire resultaba agradable. De vez en cuando teníamos nuestras pequeñas diferencias. Recuerdo una vez en que trabajábamos en el mismo programa con dos jóvenes acróbatas, unos aprendices de nuestra edad aproximadamente, quienes nos dijeron confidencialmente que sus madres cobraban siete chelines y seis peniques a la semana, y que a ellos les daban un chelín para sus gastos y se lo ponían debajo del plato de huevos con jamón todos los lunes por la mañana. «Pues a nosotros —se lamentó uno de nuestros compañeros— solo nos dan dos peniques y pan con jamón para desayunar.»
Cuando John, el hijo del señor Jackson, supo que nos quejábamos, se echó a llorar; nos dijo que algunas veces, trabajando esporádicamente durante unas semanas en los suburbios de Londres, su padre solo ganaba siete libras a la semana para todo el grupo, y que ellos hacían frente a los gastos con grandes dificultades.
El opulento modo de vivir de aquellos dos jóvenes acróbatas nos hizo desear ser como ellos. Así, durante varias mañanas, en cuanto se abría el teatro, uno o dos de nosotros dábamos saltos mortales con una cuerda atada a la cintura y sujeta a una polea, mientras que otro sostenía la soga. Yo hacía muy bien los saltos mortales, hasta que me caí y me disloqué el dedo pulgar. Aquello puso fin a mi carrera de acróbata.
Además de bailar, procurábamos aumentar nuestras habilidades. Yo quería ser malabarista. Para ello había ahorrado bastante dinero, a fin de comprar cuatro pelotas de goma y cuatro platos de estaño, y durante horas enteras me colocaba junto a la cama para practicar.
El señor Jackson era un hombre honrado a carta cabal. Tres meses antes de dejar la compañía, trabajamos en un número de beneficencia para mi padre, que había estado muy enfermo; muchos artistas de vodevil prestaron su servicio, incluso los Ocho Muchachos de Lancashire. La noche de la beneficencia, mi padre apareció en el escenario respirando con dificultad y haciendo grandes esfuerzos pronunció un discurso. Yo me encontraba entre bastidores mirándolo, sin darme cuenta de que mi padre era ya un moribundo.
Cuando estábamos en Londres visitaba a mi madre todos los fines de semana. Ella me decía que me veía pálido y delgado y que el baile dañaba mis pulmones. Eso le preocupó tanto que incluso escribió al señor Jackson, quien se indignó de tal manera que finalmente me mandó a casa, diciendo que yo no merecía que mi madre se preocupara tanto por mí.
Sin embargo, unas semanas después tuve un ataque de asma. Fue tan grave, que mi madre estaba convencida de que tenía tuberculosis, y se apresuró a llevarme al hospital Brompton, donde me hicieron un reconocimiento completo. No me encontraron nada malo en los pulmones; pero, en efecto, tenía asma. Durante varios meses sufrí una verdadera agonía, al no poder respirar. A veces sentía deseos de tirarme por la ventana. Las inhalaciones de hierbas, con una manta sobre la cabeza, me procuraron algún alivio. Pero, tal como pronosticó el médico, el asma desapareció con la edad.
Mis recuerdos de aquel período son borrosos. La impresión más destacada era la de una pesadilla de circunstancias miserables. No puedo recordar dónde estaba Sydney; como tenía cuatro años más que yo, solo aparece de manera ocasional en primer plano de mi conciencia. Posiblemente vivió con mi abuelo para aliviar la penuria de mi madre. Parecía que vagábamos de una vivienda a otra, y con el tiempo terminamos en una pequeña buhardilla, en el número 3 de Pownall Terrace.
Me daba perfecta cuenta del estigma que suponía nuestra pobreza. Incluso los niños más pobres tenían su comida casera los domingos. Un asado hecho en casa era el símbolo de la respetabilidad, como una parte del ritual que distinguía la clase más pobre de cualquier otra. Los que no podían hacer una comida caliente los domingos pertenecían a la clase mendicante, y nosotros estábamos incluidos en ella. Mi madre solía mandarme al café más cercano a comprar un almuerzo de seis peniques (carne y algunas verduras). ¡Qué vergüenza…, sobre todo en domingo! Yo me quejaba de que mi madre no preparara algo y ella trataba de explicar en vano que cocinar nos hubiera costado el doble.
Sin embargo, un viernes afortunado, después de ganar cinco chelines en las carreras de caballos, mi madre, para complacerme, decidió hacernos ella misma la comida del domingo. Entre otros manjares, compró un pedazo de carne para asar, que no se sabía si era de vaca o un montón de sebo. Pesaba cinco libras y tenía un letrero pegado que decía: «Para asar».
Como no disponía de horno, utilizaba el de la dueña de la casa, y como era muy tímida para andar entrando y saliendo de la cocina, había calculado a ojo el tiempo que se necesitaba para asar la carne. En consecuencia, y ante nuestra desilusión, la carne quedó reducida al tamaño de una pelota de críquet. Sin embargo, y a pesar de que mi madre insistía en que nuestras comidas de seis peniques eran más apetitosas, disfruté con aquella carne y sentí la satisfacción de vivir como los demás niños.
En nuestras vidas se produjo un cambio súbito. Mi madre se encontró con una vieja amiga que había prosperado, una mujer vistosa y guapetona, una especie de Juno, que había abandonado el escenario para convertirse en la amante de un rico y viejo coronel. Vivía en el elegante barrio de Stockwell y, entusiasmada por haber encontrado a mi madre, la invitó a pasar el verano en su casa. Como Sydney estaba en el campo recogiendo lúpulo, no se necesitaba mucho para convencer a mi madre, que gracias al hechizo de su aguja se puso muy presentable; y yo mismo, vestido con un traje de fiesta, recuerdo de los Ocho Muchachos de Lancashire, también tenía un aspecto muy adecuado para aquel acontecimiento.
Así pues, de la noche a la mañana, nos vimos instalados en una casa muy tranquila que hacía esquina con Lansdowne Square, rodeados de lujo, en una morada llena de criados, de alcobas de color azul y rosa, de cortinas de cretona estampada y de alfombras de piel de oso blanco; además, comíamos espléndidamente. ¡Qué bien recuerdo aquellos grandes racimos de uvas moradas de invernadero que adornaban el aparador en el comedor y mi sensación de culpabilidad por su misteriosa disminución, pues cada día parecían más esqueléticos!
El servicio constaba de cuatro mujeres: la cocinera y tres doncellas. Además de mi madre y yo, había otro huésped, un joven muy guapo y estirado, con un bigotito rojizo recortado. Se comportaba con una exquisita cortesía, era muy educado y parecía un accesorio permanente de aquella casa, hasta que aparecía el coronel de las patillas grises. Entonces el apuesto joven se eclipsaba.
Las visitas del coronel eran esporádicas, una o dos veces a la semana. Mientras estaba allí, el misterio y la omnipresencia invadían la casa, y mi madre me decía que me retirara para que no me viera. Un día entré corriendo en el vestíbulo cuando el coronel bajaba la escalera. Era un hombre alto, majestuoso, con levita y calva. Me sonrió y siguió su camino.
Yo no comprendía el motivo de todos aquellos apuros y aspavientos y por qué la llegada del coronel producía tan gran efecto. Pero él no se quedaba nunca mucho tiempo; el joven del bigotito reaparecía y la casa volvía a funcionar con normalidad.
Me hice muy amigo del joven del bigotito. Dábamos largos paseos por el parque de Clapham con los dos hermosos galgos de la señora. Aquel lugar ofrecía un ambiente distinguido por aquellos días. Incluso la farmacia, donde en ocasiones hacíamos alguna compra, destilaba elegancia con su mezcla familiar de olores aromáticos: perfumes, jabones y polvos. Desde entonces el olor de las farmacias me produce una grata nostalgia. El farmacéutico aconsejó a mi madre que me hiciera tomar baños fríos todas las mañanas para curarme el asma, y posiblemente aquellos baños me sentaron bien. Eran muy vigorizantes y acabaron por gustarme.
Es curioso ver con qué facilidad se adapta una persona a las mejoras sociales. ¡Qué pronto nos acostumbramos a las comodidades materiales! En menos de una semana aquello me parecía natural. Qué sensación de bienestar me producía realizar todos los actos de aquel rito matinal: sacar a pasear a los perros sujetando sus correas marrones de cuero nuevas; volver luego a la hermosa casa llena de criados y esperar a que anunciasen la comida, servida con elegancia en vajilla de plata.
Nuestro jardín trasero daba a otra casa, cuyos ocupantes tenían tantos criados como nosotros. Era una familia de tres personas: una pareja joven y su hijo, más o menos de mi edad, y que tenía un cuarto infantil lleno de bonitos juguetes. Me invitaron muchas veces a jugar con él y a comer y nos hicimos muy buenos amigos. Su padre ocupaba un cargo importante en un banco de la City, y su madre era joven y muy guapa.
Un día oí a nuestra doncella hablando confidencialmente con la doncella del niño; decía que el pequeño necesitaba una institutriz. «Eso es también lo que este necesita», dijo nuestra doncella, refiriéndose a mí. Me halagó que me considerasen un niño de familia rica; pero nunca comprendí muy bien por qué ella me elevó a esa condición social, a no ser que fuera para elevarse a sí misma, dando así a entender que las personas para las que trabajaba estaban en tan buena posición y eran tan respetables como los vecinos de la casa contigua. Después de oír esa conversación, siempre que comía con el niño de al lado me sentía un poco impostor.
A pesar de que el día en que abandonamos aquella bella casa fue muy triste, por tener que volver al número 3 de Pownall Terrace, tuvimos una sensación de descanso al disfrutar otra vez de nuestra libertad; después de todo, como invitados vivíamos con cierta tensión y, como decía mi madre, los huéspedes son como los pasteles: si se guardan mucho tiempo, se vuelven rancios y tienen mal sabor. Así se rompieron los hilos de seda de un episodio breve y lujoso y caímos de nuevo en nuestra habitual indigencia.