1://EMMA

Hoy no puedo romper con Graham, aunque les dije a mis amigos que lo haría la siguiente vez que lo viera. Por eso estoy escondida en mi habitación, instalando el ordenador nuevo mientras él juega con su Ultimate Frisbee en el parque del otro lado de la calle.

Mi padre me envió este ordenador porque se sentía culpable, otra vez. El verano pasado, antes de que él y mi madrastra se mudaran de Pensilvania a Florida, me regaló las llaves de su viejo Honda y empezó su nueva vida. Como acaban de tener su primera hija, me han regalado este ordenador portátil con Windows 95 y monitor a color.

Voy avanzando por distintos salvapantallas cuando alguien llama al timbre. Dejo que vaya a abrir mi madre, porque todavía no me he decidido entre un laberinto de muros de ladrillo en movimiento y una red de cañerías. Por suerte quien está en la puerta no es Graham.

—¡Emma! —dice mamá en voz alta—. Es Josh.
¡Menuda sorpresa! Josh Templeton vive en la casa de al lado, y de pequeños nos pasábamos el día corriendo de un lado al otro. Acampábamos en el jardín, construíamos fuertes, y los sábados por la mañana él venía con su cuenco de cereales y se sentaba conmigo

en el sofá a ver dibujos animados. Incluso cuando ya íbamos al instituto salíamos juntos. Sin embargo, en noviembre, las cosas cambiaron. Ahora seguimos almorzando con nuestro pequeño grupo de amigos, pero hace seis meses que no viene a casa.

Selecciono el salvapantallas de los muros de ladrillo y bajo. Josh está en el porche, dando golpecitos en el marco de la puerta con la punta descosida de su zapatilla deportiva. Va un curso por detrás de mí, es decir, está en primero. Sigue teniendo el pelo lacio y largo, rubio rojizo y sonríe con timidez, como siempre, aunque este año ha crecido trece centímetros.

Veo que el coche de mi madre sale marcha atrás por el camino de entrada. Mamá toca el claxon y se despide con la mano antes de incorporarse a la calzada.

—Tu madre dice que no has salido de tu habitación en todo el día —dice Josh.

—Estoy instalando el ordenador —respondo, evitando el tema de Graham—. Está bastante bien.

—Si tu madrastra vuelve a quedarse embarazada, dile a tu padre que te compre un móvil.

—Sí, claro.

Hasta noviembre, Josh y yo nunca nos habríamos quedado plantados incómodamente en el umbral. Mamá le habría invitado a entrar, y él habría subido directamente a mi habitación.

—Mi madre quería que te trajera esto —dice Josh con un CD en la mano—. America Online te regala cien horas gratis si lo contratas. Llegó por correo la semana pasada.

Nuestra amiga Kellan tiene acceso desde hace poco a AOL. Y se pone a chillar cada vez que alguien le envía un mensaje instantáneo.

Pasa horas encorvada frente al teclado escribiéndose con gente que ni siquiera va al instituto Lake Forest.

—¿Tu familia no lo quiere? —pregunto.

Josh sacude la cabeza.
—Mis padres no quieren internet. Dicen que es una pérdida de tiempo, y mamá piensa que los chats están llenos de pervertidos.

Me río.
—¿Por eso quiere regalármelo a mí?

Josh se encoge de hombros.
—Se lo he contado a tu madre, y le parece bien que firmes el contrato, si Martin y ella también pueden tener cuentas de correo.

Todavía no soy capaz de oír el nombre de Martin sin poner los ojos en blanco. Mamá se casó con él el verano pasado asegurando que esta vez había encontrado el amor de su vida. Aunque también dijo lo mismo de Erik, y solo duró dos años.

Acepto el CD de Josh, y él se mete las manos en los bolsillos traseros.

—He oído que tarda un poco en descargarse —comenta. —¿Te ha dicho mi madre cuánto tardará en volver? —pregunto—. Puede que ahora sea un buen momento para ocupar la línea.

—Me ha dicho que recoge a Martin, y que luego se van a Pittsburgh a mirar fregaderos.

Nunca me sentí unida a Erik, mi último padrastro, pero al menos él no desmontó la casa de arriba abajo. Al contrario, convenció a mamá para que criáramos periquitos, y los trinos de los pájaros me acompañaron durante los primeros años de secundaria. Martin, en cambio, ha convencido a mamá para que emprenda una reforma in

tegral, y la casa está llena de serrín y de olor a pintura. Acaban de terminar con la cocina y la moqueta, y ahora se han lanzado a por el baño de la planta baja.

—Si quieres —digo, más que nada por llenar el silencio—, puedes venir un día a probar con AOL.

Josh se aparta el cabello de los ojos.
—Tyson dice que es increíble. Dice que te cambiará la vida. —Ya, pero también cree que un episodio de Friends te puede cambiar la vida.

Josh sonríe y se da la vuelta para marcharse. Casi se da en la cabeza con los tintineantes móviles que Martin ha colgado del porche delantero. No puedo creer que Josh mida un metro ochenta y tres. A veces, de lejos, apenas lo reconozco.

Meto el CD en el ordenador y lo oigo girar. Hago clic en las pantallas de presentación y presiono «Intro» para iniciar la descarga. La barra azul de estado de la pantalla dice que la descarga tardará noventa y siete minutos. Contemplo con nostalgia una tarde de mayo perfecta a través de la ventana. Tras un invierno borrascoso, seguido de varios meses de fría lluvia primaveral, por fin llega el verano.

Mañana tengo competición de atletismo, pero hace tres días que no corro. Sé que es una tontería preocuparme por si me tropiezo con Graham. El parque Wagner es enorme. Se extiende a lo largo del centro y llega hasta las últimas zonas urbanizables. Graham podría estar jugando con el frisbee en cualquier parte. Lo que pasa es que, si me ve, me cogerá por el hombro para que nos vayamos y que nos liemos. El fin de semana pasado, en el baile del instituto, no me lo

quité de encima. Incluso me perdí la «Macarena» con Kellan, Ruby y los demás.

Se me ocurre interrumpir la descarga para llamar a Graham y ver si todavía está en casa. Si responde, colgaré. Aunque Kellan me ha explicado que algunos teléfonos cuentan con un nuevo servicio que muestra el número entrante. No, pienso comportarme como una adulta. No puedo esconderme en mi habitación para siempre. Si veo a Graham en el parque, lo saludaré de lejos y le gritaré que tengo que correr.

Me pongo unos pantalones cortos y un sujetador de deporte, y me recojo los rizos con una banda elástica. Me ato el discman al brazo con velcro y salgo al césped de la entrada de casa para hacer unos estiramientos. Se abre la puerta del garaje de Josh. Unos segundos después sale él montado en su monopatín.

Cuando me ve, se detiene.
—¿Has empezado a descargarlo?
—Sí, pero tardará siglos. ¿Adónde vas?
—A SkateRats —responde él—. Necesito unas ruedas nuevas. —Pásalo bien —le digo mientras él se da impulso hacia la calle. Hubo una época en la que Josh y yo habríamos charlado más, pero ya hace tiempo. Corro por la acera y doblo a la izquierda. Cuando llego al final de la manzana, cruzo y enfilo en el sendero pavimentado que lleva al parque. Presiono «Play» en el discman. Kellan me preparó esta mezcla para correr, que empieza con Alanis Morissette, sigue con Pearl Jam y termina con Dave Matthews.

Corro a toda velocidad por el circuito de cuatro mil ochocientos metros, aliviada de no ver a nadie jugando con el frisbee. Cuando me aproximo otra vez a mi calle, suena la guitarra que abre «Crash Into Me».

«Lost for you —vocalizo—. I’m so lost for you.» La letra siempre me recuerda a Cody Grainger. Cody está en mi equipo de atletismo. Estudia duodécimo grado y es un velocista increíble, clasificado entre los veinte mejores del estado. En primavera, cuando volvíamos en autocar de una competición, se sentó a mi lado y me contó que le habían llamado de varias universidades. Al cabo de un rato, cuando yo ya no podía reprimir los bostezos, me dijo que me apoyara en su hombro. Cerré los ojos y fingí que me había quedado dormida, pero seguí pensando: «Aunque no creo en el amor verdadero, podría reconsiderarlo por Cody».

Kellan dice que deliro; ¡quién fue a hablar! Cuando salió con Tyson el verano pasado, parecía que ella hubiera inventado el amor. A pesar de tener el coeficiente intelectual de un genio y escribir sesudos artículos para el periódico del instituto, no hacía más que decir «Tyson esto», «Tyson lo otro». Cuando rompió con ella, después de las vacaciones de invierno, se quedó tan hundida que faltó dos semanas a clase.

Puede que yo suspire por Cody, pero tengo que hacer mi vida. Llevo dos meses saliendo con Graham Wilde. Tocamos en la misma banda. Él, la batería; yo, el saxofón. Es sexy, y lleva el pelo, rubio, hasta los hombros, pero me molestó que no se me despegara en el baile del instituto. Pienso terminar pronto con él, eso seguro. O quizá deje que pase el verano, a ver si las cosas se diluyen.

La barra de estado sigue activa.

Me ducho y me siento en mi butaca Papasan a repasar los apuntes del examen final de Biología. Este año he estado sacando sobre

saliente en la asignatura, la que sin duda se me da mejor. Kellan intenta convencerme de que en otoño me apunte con ella a un curso de Biología en la universidad, pero no creo que lo haga. No quiero complicarme la vida el último año.

Cuando se completa la descarga, cierro el libro de texto y reinicio el ordenador. Marco el número de AOL, y el módem chisporrotea y pita. Cuando me conecto, compruebo si «EmmaNelson@aol. com» está disponible, pero la dirección ya existe. «EmmaMarieNelson» también. Al final, me decido por «EmmaNelson4Ever». Para la contraseña, valoro algunas opciones y tecleo «Millicent». El verano pasado, cuando Kellan y Tyson rompieron, Josh y yo nos reímos de ellos imaginándolos como una pareja de viejos locos y enamorados, Millicent y Clarence, unos devoradores de comida envasada Hamburger Helper que paseaban por la ciudad en una camioneta de helados destartalada. A Kellan y a Tyson no les hizo ninguna gracia, pero Josh y yo nos desternillábamos.

Pulso «Intro» y aparece la pantalla de AOL que he visto en el ordenador de Kellan.

«¡Bienvenida!», canturrea una voz electrónica.

Me pongo a escribir mi primer mensaje a Kellan cuando una luz brillante destella en la pantalla. Una cajita blanca con el reborde azul me pide que vuelva a introducir mi dirección de correo y me pide la contraseña.

«EmmaNelson4Ever@aol.com —tecleo—. Millicent.»

El monitor se cuelga durante unos veinte segundos. A continuación, la ventana blanca se volatiliza en un puntito azul y aparece una nueva página web. Tiene una banda azul en la parte superior donde dice Facebook. La columna del centro se titula «Últimas Noticias»,

y debajo hay unas fotos diminutas de personas a las que no reconozco. Al pie de cada foto se leen unas frases cortas.

Jason Holt

Me encanta Nueva York. ¡Me he comido dos pastelillos en Magnolia Bakery!

Hace 3 horas · Me gusta · Comentar

Kerry Dean ¿Y no te has partido uno conmigo? Yo la quiero con cobertura de chocolate y cacahuete.

Hace 2 horas · Me gusta

Mandy Reese

Acabo de enredarme en una telaraña y no me ha entrado el pánico. ¡Yupiii!

Hace 17 horas · Me gusta · Comentar

Avanzo por la pantalla con el ratón, confundida por la mezcla de fotografías y palabras. No tengo ni idea de lo que significan «Estado», «Personas que quizá conozcas» y «Dar un toque».

De repente, justo debajo de la banda azul, veo algo que me estremece. Junto a una foto en miniatura de una mujer sentada en la playa, leo «Emma Nelson Jones». La mujer tiene unos treinta años, el pelo castaño y rizado, y los ojos marrones. Siento una punzada en el estómago, porque esa mujer me resulta familiar.

Demasiado familiar.

Cuando muevo el ratón por encima de su nombre, la flecha blanca se convierte en una mano. Hago clic y otra página empieza a cargarse lentamente. En esta ocasión la foto es más grande, y hay tanta

información que no sé por dónde empezar a leer. En la columna central, junto a la misma foto en tamaño menor, veo:

Emma Nelson Jones

Pensando en hacerme reflejos

Hace 4 horas · Me gusta · Comentar

Dice que Emma Nelson fue al instituto Lake Forest. Está casada con alguien llamado Jordan Jones hijo, y nació el 24 de julio. Aunque no menciona el año, el 24 de julio es mi cumpleaños.

Me llevo las manos a la cabeza e intento respirar hondo. A través de la ventana abierta oigo a Josh, que vuelve a casa en monopatín, golpeando el bordillo con las ruedas. Bajo corriendo la escalera, salgo precipitadamente por la puerta principal y entrecierro los ojos cegada por la luz del sol.

—¡Josh! —grito.

Josh enfila el caminito de entrada a su casa y da un puntapié al monopatín para cogerlo con la mano.

Me agarro a la barandilla del porche para no perder el equilibrio. —Ha pasado algo cuando he cargado el AOL.

Josh me mira de hito en hito, las campanillas del móvil llenan el silencio.

—¿Puedes subir un momento? —pregunto.

Josh mira la hierba cabizbajo, pero no dice nada.
—Por favor —añado.

Con el monopatín en la mano, Josh me sigue y entramos en casa.

2://JOSH ubo la escalera tras Emma y cuento con los dedos los meses que van de noviembre a mayo. Llevo seis meses sin entrar en su casa. Antes era como mi segundo hogar. Sin embargo, después de ir todos al estreno de Toy Story, malinterpreté las cosas y creí que ella quería que fuéramos algo más que amigos.

No era así.

Entramos en su dormitorio, y Emma me señala el ordenador. —Ahí está.

En el monitor se ejecuta un salvapantallas que hace que parezca que estás recorriendo un laberinto de muros de ladrillo.

—Es bonito —digo al tiempo que apoyo el monopatín en su cómoda—. Casi no hace ruido.

Su habitación está igual que antes, salvo por un jarrón con unas mustias rosas blancas que hay en la cómoda. Unos farolillos rojos de papel cuelgan del techo. Los dos corchos que tiene junto a la cama están llenos de fotos y de entradas para el cine y los bailes del instituto.

Emma niega con la cabeza.
—Lo siento —dice riéndose para sus adentros—. Es una tontería.

S —¿Qué es una tontería? —Me aparto el pelo sudado de los ojos. Después de recoger mis ruedas nuevas, he quedado con Tyson en el aparcamiento de la Primera Iglesia Bautista para patinar. Entre las misas de la mañana y de la tarde, el aparcamiento está vacío, y hay unos salientes de muerte en el asfalto.

Emma está de pie junto a su silla y la gira hacia mí.
—Bien, ahora necesito que me sigas la corriente durante unos segundos.

Me siento, y Emma me hace volverme hasta que me encuentro frente al monitor.

—Mueve el ratón —me indica— y dime lo que ves.

No sé si es por el hecho de volver a estar en su dormitorio o por la manera tan extraña que tiene de comportarse, pero esta situación me está haciendo sentir incómodo.

—Por favor —insiste, y se va hacia la ventana.

Muevo el ratón. El muro de ladrillo se congela y desaparece. Aparece en su lugar un sitio web con textos y fotos diminutas por todos lados, como un caleidoscopio. No entiendo qué tengo que mirar.

—Esta mujer se parece a ti —digo—. ¡Qué guay! —Echo un vistazo a Emma, pero ella está mirando fuera. Su ventana da al césped de la entrada, y también a la ventana de mi baño, en la primera planta—. No es que se parezca a ti exactamente, pero si fueras mayor, se parecería.

—¿Qué más ves? —pregunta Emma.
—Se llama como tú, salvo por este Jones del final.

En el sitio web, arriba, pone «Facebook». Está desorganizado, y hay gráficos y textos por todas partes.

—Esto no lo has inventado tú, ¿verdad? —pregunto. Este año tengo Procesamiento de Textos I, que consiste en crear, cambiar y archivar ficheros del ordenador. Emma está un curso por encima, en Procesamiento de Textos II.

Se vuelve hacia mí arqueando las cejas.
—Podrías haberlo inventado tú —digo.

Es como si Emma hubiera creado un sitio web para hacer algún trabajo de clase y hubiera diseñado en ella un futuro ficticio. Dice que Emma Nelson Jones estudió en nuestro instituto, que ahora vive en Florida y está casada con un individuo llamado Jordan Jones hijo. El nombre de su marido me suena a falso, pero al menos no se ha hecho llamar Emma Nelson Grainger, por el tío ese de atletismo. O Emma Nelson Wilde, por el tío con el que ahora se ha encaprichado. Hablando de Graham, ¿no había dicho que iba a romper con él?

Emma se sienta en el borde de la cama con las manos apretadas entre los muslos.

—¿Qué te parece?
—No estoy muy seguro de lo que te propones —le digo. —¿De qué estás hablando?
—¿Cuándo tienes que entregarlo? —pregunto.
—¿Cuándo tengo que entregar qué?

Emma se acerca a mí y se queda mirando la pantalla mientras tamborilea con un par de dedos en sus labios. El pelo le gotea sobre la camisa, y empiezan a transparentarse las estrellitas de colores de su sujetador. Intento no mirar.

—Josh, dime la verdad —dice ella—. ¿Cómo lo has hecho? —¿Yo?

—Eres tú quien me ha dicho que descargara este CD —dice Emma. Se acerca y presiona «Expulsar» en la unidad de disco del ordenador—. Has dicho que era de AOL.

—¡Y lo era! —exclamo yo señalando la pantalla—. ¿Crees que sabría hacer algo así?

—Tienes muchas fotos mías. Quizá has escaneado una en el instituto y…

—¿Y la he retocado para que parezcas mayor? ¿Cómo podría hacer algo así?

Me empiezan a sudar las manos. Si no ha sido Emma, entonces… Me froto las palmas en las rodillas. Una parte de mi cerebro me dice que podría tratarse de un sitio web del futuro. La otra le grita a la primera que es imbécil.

En la pantalla, Emma Nelson Jones, con unas incipientes patas de gallo, sonríe.

Emma hace aspavientos frente al monitor.
—¿Crees que es un virus?
—O una broma —digo.

Saco el CD del ordenador y lo examino. Quizá alguien del instituto se haya enterado de que a Emma iban a regalarle un ordenador, ha creado un disco que parece real y… ¿lo ha echado en mi buzón?

En la pantalla aparece una serie de frases cortas que van bajando por la parte central de la página. Las escribe Emma Nelson Jones, y otras personas le contestan.

Emma Nelson Jones

Pensando en hacerme reflejos.

Hace 4 horas · Me gusta · Comentar

Mark Elliot ¡No cambies nada, E!

Hace 57 minutos · Me gusta Sondra McAdams ¡¡¡Hagámoslo juntas!!! :) Hace 43 minutos · Me gusta —Si es una broma, no entiendo nada —dice Emma—. ¿Qué significa?

—Está claro que tiene que ver con el futuro —contesto riendo—. A lo mejor esta página web significa que eres famosa.

Emma se parte de la risa.
—Vale. ¿Cómo me he hecho famosa? ¿Con el saxo? ¿En atletismo? ¿O crees que soy una patinadora mundialmente conocida?

Le sigo la broma.
—A lo mejor el patinaje es un deporte olímpico en el futuro. Emma chilla y bate las palmas.
—¡A lo mejor Cody se clasifica en atletismo y vamos juntos a las Olimpiadas!

Odio que saque a Cody Grainger en cualquier conversación. Emma señala algo al final de la página.
—¿Qué es esto?

Emma Nelson Jones

¿Alguien quiere saber dónde ha estado mi costilla este fin de semana?

Hace 20 horas · Me gusta · Comentar

Al pie del texto, casi oculta debajo de la pantalla, hay una foto. En la parte de arriba parece que se ve el mar. Sitúo el ratón encima.

—¿Hago clic para ver si…?
—¡No! —exclama Emma—. ¿Y si es un virus y cuantas más pantallas abrimos peor? No quiero cargarme el ordenador.

Me quita el CD de la mano y lo deja en el cajón superior de la mesa. Giro la silla y la miro directamente a los ojos.
—Vamos, aunque sea una broma, ¿no quieres ver con quién terminas casándote?

Emma lo considera durante un segundo.
—Vale —responde.

Hago clic en la foto y aparece otra ventana. Vemos un gran cuadro central que va completándose despacio, de arriba abajo. Primero, las olas encrespadas del mar. A continuación, el rostro de un hombre. Lleva unas gafas de sol negras. Luego aparecen sus dedos, que sujetan un pez con la mandíbula en forma de espada. Cuando la foto se carga del todo, vemos que el hombre está de pie en la proa de una barca de pesca.

—¡Ese pez es enorme! —exclamo—. ¿Dónde estará el tío este? Supongo que debe de ser Florida.

—¡Está buenísimo! —dice Emma—. Para ser un tío mayor. Me pregunto dónde han sacado la foto.

Nos sobresaltan el ruido de unos nudillos llamando a la puerta del dormitorio de Emma, y acto seguido entra su madre.

—¿Te gusta el nuevo ordenador? —pregunta ella—. ¿Estáis aprovechando todas esas horas gratis para navegar por la red?

Emma se desplaza un poco hasta situarse delante del monitor. —Estamos haciendo búsquedas sobre el pez espada.
—Y sobre futuros maridos —añado, y me gano un fuerte pellizco en el brazo, por detrás.

—¿Podéis seguir luego? —pregunta su madre—. Marty tiene que llamar a un cliente antes de cenar y no puede hacerlo si estáis conectados a internet.

—Es que no he terminado… —protesta Emma—. No sé si podré volver a esta página.

Tiene razón. ¿Qué pasará si no podemos volver? Aunque todo sea una broma, tenemos que comprobar muchas cosas. Es preciso que Emma diga algo convincente para poder seguir conectados.

—Solo tenemos una línea de teléfono —dice su madre—. Escribe el nombre de la página en un papel y conéctate más tarde. Si esto de internet va a ser un problema…

—No lo será —ataja Emma. Coge el ratón y, con un suspiro, sale de AOL.

La voz electrónica suelta un alegre «¡Adiós!».
—Gracias —dice la madre de Emma. Y entonces ladea la cabeza—. Me alegra verte por aquí otra vez, Josh. ¿Te apetece quedarte a cenar?

Me levanto y cojo el monopatín, evitando mirar a Emma a los ojos.

—No puedo. Tengo muchos deberes, y mis padres… —Se me quiebra la voz, y noto que se me ponen rojas las mejillas.

Los tres nos dirigimos a la planta baja. La madre de Emma va a ver a Martin, que está trajinando con unas bolsas de Home Depot en el baño. Emma me abre la puerta principal y se acerca a mí.

—Intentaré conectarme más tarde —susurra.
—Vale —digo desviando la mirada hacia el monopatín—. Llámame si necesitas algo.

3://EMMA urante la cena no puedo pensar en otra cosa que no sea Emma Nelson Jones.
—Nadie diría que este queso es bajo en calorías —le espeta mamá a Martin mientras mordisquea su pizza—. Y pera en lugar de pimientos… ¡Qué delicia!

—Es cierto —dice Martin.

Comemos en bandejas delante del televisor, mirando Seinfeld. Lo graban en VCR cada jueves y luego lo vemos el domingo por la noche. Cojo otro trozo de pizza y me lo llevo al plato.

—Cuidado —me recuerda Martin.
—La moqueta nueva… —añade mamá.

La serie da paso a los anuncios. En lugar de adelantar la cinta, Martin se acerca a mi madre y le acaricia el brazo. No lo soporto. Con el plato en una mano, cojo el vaso de leche con la otra y subo a mi habitación.

Me siento en la cama con las piernas cruzadas y me como la pizza mientras contemplo los muros de ladrillo del salvapantallas. Quizá no sea una broma, ni un virus. Quizá en realidad existe una mujer de treinta y pico que se llama Emma Nelson Jones, fue al instituto Lake

D

Forest hace años y cuyo cumpleaños es el mismo día que el mío. Ahora bien, aunque todo eso no sea más que una coincidencia, ¿por qué sale en mi ordenador?

Descuelgo el teléfono y marco el número de Josh. Me lo sé de memoria y no me hace falta mirar la lista que tengo colgada en el tablón de corcho. Sin embargo, vuelvo a colgar el auricular. Josh no quiere verse metido en esto. Ha salido zumbando de mi habitación en cuanto ha tenido oportunidad.

Lo intento con Kellan, pero comunica, y no me decido a llamar a mi padre. Cuando Cynthia y él vivían en Lake Forest, nos veíamos todo el tiempo. Íbamos a correr juntos y, cuando él tocaba el saxo con su banda de jazz, a veces me subía al escenario para acompañarlos en alguna canción. Ahora, en cambio, cada vez que llamo, tengo la sensación de que estoy invadiendo el tiempo que dedican al bebé. Solo he ido a verlo un par de veces desde que se mudó: una semana en Navidad y cuatro días durante las vacaciones de primavera.

Me termino la pizza y me dirijo al baño. Dado que el de la planta baja está fuera de servicio, tengo que cruzar el dormitorio de Martin y mi madre cada vez que necesito hacer pis. Cuando me miro en el espejo, pienso en Emma Nelson Jones y en sus reflejos.

Siempre me ha gustado el color de mi pelo, sobre todo en verano, cuando lo vaporizo con Sun-In y me tumbo en el jardín de atrás. Aunque quizá yo también me plantee hacerme reflejos algún día.

Algún día quizá.

Me acerco corriendo al ordenador y muevo el ratón. Cuando marco el número de AOL, solo aparece la página de «Inicio» acostumbrada. Aunque luego consulto la ventana de «Lugares Favoritos»,

donde sé que Kellan guarda los enlaces de todas las páginas web que le gustan.

Y ahí está. Facebook. Cuando hago clic encima de la palabra, aparece una ventana que me pide mi dirección de correo y la contraseña, y los introduzco inmediatamente.

Joy Renault

Es la primera vez que veo a los Harmony Alley Carjackers desde la facultad.

Hace 17 horas · Me gusta · Comentar

Gordon Anderson

Me siento extraño al pedir zumo de manzana como los adultos. Preferiría decir «tsumomantsana».

Hace 4 horas · Me gusta · Comentar

Doug Fleiss A mí siempre me recuerda a la gipsófila. Hace 2 horas · Me gusta

En la esquina superior, junto al lugar donde dice «Emma Nelson Jones», hay una foto distinta de la de la última vez. Cuando hago clic sobre el nombre, aparece una página con una ampliación de la misma foto. Emma Nelson está irresistible con su sombrero de ala ancha y sus gafas de sol.

Al pie de la foto hago clic en un botón en el que pone «Info».

Instituto Promoción 1997 del instituto Lake Forest

¿1997? Es cuando me graduaré yo. ¡El año que viene!

Me obligo a apartar la vista de la fiesta de promoción que todavía no se ha celebrado y desplazo el cursor hacia abajo. Emma Nelson Jones ha creado varias listas con sus películas, música y libros favoritos.

Películas American BeautyTitanicToy Story 3

No me suenan las dos primeras, aunque me alegro de que Toy Story tenga, por lo que parece, dos secuelas, aunque es el apartado de libros el que en realidad me llama la atención.

Libros Tuck para siempreHarry PotterCriadas y señoras

No conozco Harry Potter o Criadas y señoras, pero Josh me regaló Tuck para siempre cuando cumplí once años. Todavía recuerdo la escena en que Tuck lleva en bote a Winnie por el lago. El bote se enreda en unas raíces, y Tuck explica que el agua que corre es como si el tiempo pasara sin ellos. Leyendo esas palabras me sentí profunda y filosófica.

Vuelvo a hacer clic en la página en la que Emma Nelson Jones hablaba de que quería hacerse reflejos en el pelo, pero ahora no consigo encontrar nada de eso. Sigue diciendo que está casada con Jordan Jones hijo, pero ya no veo ninguna foto de él con el pescado.

Es extraño. ¿Cómo es posible que lo que he visto hace un rato haya cambiado tanto?

Emma Nelson Jones

El jueves 19 de mayo es un día que pasará a la historia.

La pregunta es: ¿será para bien o para mal? Pensaré en ello mientras preparo la cena.

Hace 2 horas · Me gusta · Comentar

¡Hoy es 19 de mayo! Significa que esto está pasando ahora mismo. Pero hoy no es jueves. Es domingo.

Tres personas han escrito a Emma para preguntarle qué va a cocinar. Extrañamente, ella ha respondido con uno de mis platos favoritos.

Emma Nelson Jones

Macarrones con queso.

Necesito comer algo que me consuele desesperadamente.

Hace 1 hora · Me gusta

Han escrito varias personas más para decir que les encanta buscar consuelo en la comida. Y luego, al final de la página, Emma ha escrito un texto hace tan solo doce minutos. Al leerlo, se me pone la piel de gallina.