El 1 de noviembre de cada año era el día más temido por Valerie Wyatt, al menos desde su cuarenta cumpleaños, dos décadas atrás. Había logrado retrasar los estragos del tiempo, y nadie que la viese esa mañana habría imaginado que acababa de cumplir los sesenta. Llevaba algún tiempo quitándose años, y a nadie le costaba dar crédito a sus creativas afirmaciones en cuanto a su edad. Según la revista People, Valerie contaba con cincuenta y un años, una edad que a ella ya le parecía bastante mala. Tener sesenta le resultaba de todo punto impensable, y se alegraba de que la gente pareciese haber olvidado la cifra correcta. Valerie hacía cuanto estaba en su mano para alimentar la confusión. Se había operado los ojos por primera vez cuando cumplió los cuarenta, y volvió a hacerlo quince años más tarde, con unos resultados excelentes. En efecto, la mirada de Valerie ofrecía una apariencia descansada, como si acabase de disfrutar de unas estupendas vacaciones. La intervención había tenido lugar en Los Ángeles, durante un paréntesis estival. Al cumplir los cincuenta se había operado el cuello, obteniendo un escote liso y juvenil, sin flacidez alguna. El cirujano plástico le había dicho que no necesitaba un estiramiento facial completo. Poseía unas facciones delicadas y una piel tersa, y su paso por el quirófano le había proporcionado en cada ocasión el efecto deseado. Las inyecciones de Botox que se aplicaba cuatro veces al año contribuían a mejorar su aspecto juvenil. El ejercicio diario y la colaboración de un entrenador personal tres veces por semana mantenían su cuerpo esbelto, tonificado y libre de los signos de la edad. De haberlo deseado, podría haber afirmado que tenía cuarenta y tantos, pero no quería parecer ridícula y se conformaba con quitarse nueve años. Además, era de dominio público que tenía una hija de treinta años, por lo que no podía forzar demasiado las cosas. Cincuenta y uno estaba bien.
Se requería tiempo, esfuerzo y dinero para mantener esa apariencia que le halagaba la vanidad y que al mismo tiempo era importante para su carrera profesional. Valerie llevaba treinta y cinco años siendo la gurú número uno del estilo y la vida refinada. Al acabar sus estudios había empezado a trabajar como redactora para una revista de decoración, una tarea que se convirtió en pasión. Era la reina del arte de recibir invitados y de cuanto sucedía en el hogar. Tenía acuerdos de licencia para la comercialización de juegos de cama y mantelerías de lujo, muebles, papel pintado, telas, bombones exquisitos…, e incluso una línea de mostazas. Había escrito seis libros sobre bodas, decoración y cómo ser el perfecto anfitrión, y tenía un programa de televisión cuyo índice de audiencia se situaba entre los más altos. Había organizado tres bodas en la Casa Blanca para hijas y sobrinas de presidentes, y su libro sobre celebraciones nupciales había ocupado durante cincuenta y siete semanas el número uno en la lista de no ficción del New York Times. Su mayor competidora era Martha Stewart, y Valerie, que jugaba en su propia liga, siempre había sentido un profundo respeto por su rival. Eran las dos mujeres más importantes en su campo.
En su vida privada Valerie predicaba con el ejemplo. Su ático en la Quinta Avenida, con vistas panorámicas a Central Park y una importante colección de arte contemporáneo, parecía listo para la cámara en todo momento, al igual que ella misma. Estaba obsesionada con la belleza. La gente quería vivir como ella les decía, las mujeres deseaban tener su mismo aspecto y las chicas ansiaban que su boda fuese tal como Valerie la habría organizado, o por lo menos acorde con las instrucciones que daba en su programa y sus libros. Valerie Wyatt era un nombre conocidísimo. Era una mujer hermosa, tenía una carrera fantástica y vivía una existencia de oro. Lo único que faltaba en su vida era un hombre, y llevaba tres años sin tener ni una sola relación. Esa mañana también se sentía deprimida al pensar en eso. Por muy buena apariencia que tuviese, la edad que constaba en su permiso de conducir era la que era, y ¿quién iba a querer salir con una mujer de sesenta años? En los tiempos que corrían, hasta los hombres de más de ochenta querían salir con chicas de veinte. Con ese cumpleaños, Valerie sentía que se había quedado obsoleta. No era un pensamiento agradable, y no estaba contenta.
Esa mañana se miró atentamente al espejo mientras se preparaba para salir de casa. Debía estar en el estudio a mediodía para hacer una grabación, y antes tenía dos citas. Confiaba en que la primera la animase. Y lo único que le impedía sufrir un ataque de pánico era que al menos nadie conocía su verdadera edad. Sin embargo, se sentía deprimida. Valerie comprobó aliviada que la imagen que le devolvía el espejo le mostraba que su vida aún no estaba acabada. Su pelo de estilo paje, bien cortado y teñido con asiduidad de su rubio natural para que nunca se le viesen las raíces, le enmarcaba el rostro de forma muy favorecedora. Valerie tenía muy buen tipo. Abrió el armario y seleccionó con cuidado un abrigo de lana rojo que se pondría encima del vestido corto negro que llevaba puesto, que mostraba sus piernas largas y espectaculares, y se calzó unos taconazos de Manolo Blahnik. Era un look genial que resultaría moderno y elegante para grabar su programa.
Cuando salió del edificio, el portero paró un taxi para Valerie, que le dio al taxista una dirección de una zona abandonada del Upper West Side. Se fijó en que el conductor la miraba con admiración a través del retrovisor. Valerie permaneció pensativa mientras cruzaban Central Park a toda velocidad. Dos semanas atrás había empezado a hacer frío en Nueva York, las hojas se habían puesto amarillas y en ese momento estaban cayendo las últimas. El abrigo de lana rojo que llevaba puesto le daba el aspecto y la sensación apropiados. Valerie miraba por la ventanilla del taxi mientras sonaba la radio y salían del parque por el West Side. Y entonces, al oír la voz del locutor, sintió que la atravesaba una corriente eléctrica.
«Ay, ay, ay, no puedo creerlo, y seguro que los oyentes tampoco lo creerán. ¡Está fantástica para la edad que tiene! ¿Adivinan quién cumple hoy sesenta años? ¡Valerie Wyatt! ¡Menuda sorpresa! Buen trabajo, Valerie, no aparentas más de cuarenta y cinco.» Se sintió como si el locutor acabase de darle un puñetazo en el estómago. ¡Y de los fuertes! No daba crédito a sus oídos. ¿Cómo demonios se habría enterado? Se le cayó el alma a los pies al pensar que sus investigadores debían de comprobar los registros del departamento de tráfico. Era el programa matinal más popular de Nueva York, y toda la gente lo sabría. Le entraron ganas de pedirle al taxista que apagase el aparato, pero ¿de qué serviría? Ya lo había oído, al igual que la mitad de Nueva York. De pronto el mundo entero, o al menos gran parte de la ciudad, sabía que ella tenía sesenta años. Se dijo, indignada, que no había palabras capaces de expresar su humillación. ¿No quedaba nada que fuese privado? No cuando eras tan famosa como Valerie Wyatt y tenías desde hace años tu propio programa de televisión. Le entraron ganas de llorar al preguntarse en cuántos programas de radio y de televisión saldría la noticia, en cuántos periódicos se publicaría, en cuántas revistas aparecería su fecha de cumpleaños y su edad. ¿Por qué no lo escribían con la estela de un avión en pleno cielo de Nueva York?
Pagó al taxista con el ceño fruncido, dándole una generosa propina. El día había empezado terriblemente mal para ella, y de todas formas nunca le gustaba su cumpleaños. Siempre era un día decepcionante y, a pesar de su fama y de su éxito, no tenía a ningún hombre con quien pasarlo. No tenía novio, ni marido, y su hija siempre estaba demasiado ocupada trabajando para salir a cenar con ella. Y lo último que le apetecía era hablar de su edad con sus amistades. Pensaba pasar la noche sola en casa, en la cama.
Subió a toda prisa los deteriorados peldaños de piedra arenisca rojiza, estuvo a punto de tropezar con uno desportillado y pulsó el botón del interfono. El nombre que aparecía en el timbre era Alan Starr. Valerie iba allí al menos dos veces al año y telefoneaba entre visitas para animarse o cuando estaba aburrida. Tras su llamada, una voz se filtró hasta el frío aire de noviembre.
—¿Cariño? —dijo una voz alegre. Alan parecía ilusionado por verla.
—Soy yo —confirmó ella.
Alan le abrió con un zumbido. Valerie empujó la pesada puerta y se apresuró a subir las escaleras hasta el segundo piso. El edificio era viejo y parecía gastado, pero estaba limpio. Él la esperaba en una entrada abierta y la estrechó entre sus brazos con una amplia sonrisa. Era un hombre alto y guapo de poco más de cuarenta años, con los ojos de color azul eléctrico y el pelo castaño que le llegaba a los hombros. Y, a pesar de su cochambrosa dirección, era bastante conocido en la ciudad.
—¡Feliz cumpleaños! —exclamó, abrazándola y sonriendo con una expresión de auténtico placer.
Ella se apartó, mirándolo descontenta y con el ceño fruncido.
—¡Ay, calla! Un gilipollas acaba de decirle por la radio a todo el mundo cuántos años cumplo hoy.
A punto de llorar, Valerie entró con paso decidido en el cuarto de estar, donde había varios Budas grandes, una estatua de Kuan Yin en mármol blanco, dos sofás también blancos y una mesa de centro lacada en negro. El aroma de incienso invadía la sala.
—¿Qué puede importarte? ¡No aparentas tu edad para nada! Es solo un número, cariño —quiso tranquilizarla el hombre.
—Pues me importa —contestó ella, arrojando su abrigo sobre uno de los sofás—. Y lo peor es que hoy me siento como si tuviese cien años.
—No seas boba —dijo Alan mientras se sentaba en el sofá frente a ella.
Había dos barajas de cartas sobre la mesa. Alan tenía fama de ser uno de los mejores videntes de Nueva York. Valerie se sentía un poco tonta por acudir a él, pero confiaba en sus predicciones y casi siempre se animaba al hablar con él. Alan era una persona cariñosa y cálida, con mucho sentido del humor y varios clientes famosos. Valerie llevaba años consultándole y muchas de las cosas que le predecía acababan haciéndose realidad. Siempre empezaba el día de su cumpleaños visitándolo. Así la jornada se le hacía un poco menos traumática, y si la tirada era positiva tenía algo que esperar.
—Vas a tener un año fabuloso —dijo él en un tono tranquilizador, barajando las cartas—. Todos los planetas están alineados a tu favor. Ayer te hice una lectura astrológica, y este va a ser el mejor año de tu vida. —Señaló las cartas.
Valerie ya conocía el procedimiento. Habían hecho aquello muchas veces.
—Escoge cinco y colócalas boca abajo —dijo Alan mientras dejaba la baraja delante de ella.
Valerie suspiró, escogió las cinco cartas y las dejó boca abajo. Alan las volvió una tras otra. Había dos ases, un diez de tréboles, un dos de corazones y la jota de picas.
—Este año vas a ganar mucho dinero —declaró muy serio—. Habrá nuevos acuerdos de licencia. Y la audiencia de tu programa va a ser fantástica.
Cada año decía más o menos lo mismo, y hasta el momento no se había equivocado. Sin embargo, en el caso de Valerie eso era fácil de predecir. El imperio que había construido sobre la vida refinada era muy sólido.
—¿Qué pasa con la jota de picas?
Ambos sabían que deseaba tener un hombre en su vida desde que rompió con el último. Llevaba veintitrés años divorciada y había dedicado más tiempo y energía a su profesión que al amor. No obstante, le habría gustado tener compañía y se sentía decepcionada al ver que pasaban los años sin que apareciese nadie. Empezaba a pensar que nunca volvería a tener pareja. Quizá fuese demasiado vieja. Desde luego, aquel día se sentía muy mayor.
—Creo que uno de tus abogados podría jubilarse —dijo Alan acerca de la jota de picas—. Dame cinco más.
Esta vez aparecieron el rey de corazones y la reina de diamantes. Alan sonrió.
—¡Vaya, qué interesante! Veo a un hombre nuevo —dijo, ensanchando la sonrisa.
Valerie se encogió de hombros, poco convencida.
—Llevas tres años diciéndolo.
—Paciencia, cariño. Vale la pena esperar al correcto. Este hombre me da buenas vibraciones. Es importante, poderoso, muy alto y atractivo. Creo que vas a conocerlo a través del trabajo.
Al oír esas palabras, Valerie se echó a reír.
—No será en mi profesión. Son pocos los heterosexuales que trabajan en el sector de la decoración, el estilismo del hogar o las bodas. Voy a conocerlo en otro sitio.
—Quizá sea uno de tus productores —dijo Alan, concentrándose en las cartas—. No me cabe duda de que vas a conocerlo a través del trabajo.
Ya había dicho eso en otras ocasiones, y no había aparecido nadie. Sus demás predicciones solían resultar acertadas, pero últimamente no ocurría lo mismo cuando se trataba de hombres.
—Me parece que tu hija podría tener un bebé este año —dijo dándole la vuelta a la reina de diamantes y pasándole otra vez la baraja.
Valerie sonrió, negando con la cabeza.
—No lo creo. Trabaja más que yo. No está casada y ni siquiera tiene tiempo para salir con nadie. No estoy nada segura de que quiera tener un marido o un hijo.
Valerie, por su parte, no estaba deseando precisamente ser abuela; desde luego, eso no estaba incluido en su lista de deseos ni entraba en sus previsiones, y por suerte tampoco en las de su hija. Alan se equivocaba en eso.
—Pues me parece que vas a llevarte una sorpresa —dijo el vidente.
Valerie volvió cinco cartas más. Los pronósticos de Alan eran parecidos a los de siempre: éxito profesional, un hombre nuevo y una serie de consejos sobre próximos proyectos, negocios y personas del ámbito laboral. Pero esta vez el hombre nuevo aparecía en varias ocasiones. Alan insistía mucho en ello, y Valerie exhaló un suspiro. Siempre le habían dicho que no podía tenerlo todo, que no podía tener al mismo tiempo amor y una fabulosa carrera profesional. La vida no funcionaba así. Le decían que nadie logra todo lo que quiere, y Valerie no tenía por qué ser una excepción. Por supuesto, no le había sido fácil alcanzar el éxito, y además se había quedado sola. Continuó eligiendo cartas y Alan le hizo más predicciones, casi todas positivas. Le dijo que su salud no planteaba problemas y que la audiencia de su programa se dispararía de nuevo. El vidente veía un negocio ventajoso en el Lejano Oriente, quizá una línea de mobiliario. Estaba claro que Alan sentía auténtica simpatía por ella. Valerie era sincera, directa y justa. Algunas personas la tachaban de dura, pero en realidad exigía a los demás la misma excelencia que se exigía a sí misma. Trabajaba mucho y obligaba a sus colaboradores a imitarla. No era casual que hubiese llegado a la cima de su profesión. Había escalado esa montaña durante treinta y cinco años a fuerza de trabajo, cierto don natural y un instinto infalible. Alan la admiraba por ello. Le encantaba su franqueza. Era una mujer que jugaba limpio e iba con la verdad por delante, sin trampa ni cartón. Alan no necesitaba echar las cartas para saber lo mucho que le disgustaba su edad: Valerie no paraba de repetir que sesenta años eran muchos y que todo el mundo ya sabría que los tenía. Era evidente que solo de pensarlo le entraban ganas de llorar.
Mientras Valerie escuchaba la lectura de Alan en aquel piso del West Side, Jack Adams reptaba literalmente por el suelo de su cuarto con lágrimas en los ojos. Jamás había sufrido un dolor así. Jamás. Bueno, quizá un par de veces de joven, cuando era jugador profesional de fútbol americano, pero nunca desde entonces. Se sentía como si le hubieran clavado un hacha india en la espalda. Los dolores punzantes le subían al cerebro y le bajaban por las piernas. No podía ponerse de pie ni andar. Logró llegar al baño y se levantó despacio, aferrándose al lavabo. Cogió el móvil de la encimera y se sentó en el inodoro con un gemido.
—¡Ay, Dios mío! —exclamó, buscando un número en su teléfono.
Al verse en el espejo comprobó que parecía un náufrago y se sintió como si tuviese mil años.
Jack había asistido a una fiesta de Halloween la noche anterior y había conocido a una chica increíble allí, en la barra. Él llevaba un disfraz de Superman y ella era Catwoman, con su ajustado traje de cuero, sus botas altas y sus bigotes. La chica tenía un cuerpo inolvidable y, cuando se quitó la máscara, Jack vio que su cara tampoco estaba nada mal. Dijo que era modelo, pero Jack nunca había oído hablar de ella. Tenía veintidós años, el pelo teñido de negro azabache y los ojos verdes. Jack medía un metro noventa y tres, y la chica era tan solo unos centímetros más baja. Tan pronto como llegaron al apartamento de él se pusieron a practicar sexo acrobático. Los dos habían bebido mucho, y Jack no recordaba haberse divertido tanto en mucho tiempo. Ella era como la mayoría de chicas con las que salía, siempre de veintipocos años, a menudo modelos, a veces actrices, y en general cualquier chica guapa que se cruzase en su camino. Jack nunca había tenido problemas para seducir a las mujeres. Las chicas se le ponían en bandeja desde que era un adolescente, a veces más de lo que era capaz de asumir. Con las chicas le pasaba lo mismo que con los dulces: nunca podía resistirse. Y Catwoman no había sido ninguna excepción. La única diferencia en su caso fue que la última vez que hicieron el amor la noche anterior algo se quebró en la espalda de Jack, dejándolo inmovilizado. Había soltado un grito de dolor tan aterrador que la muchacha se había ofrecido a telefonear a emergencias. Sin embargo, Jack se negó, mortificado, tratando de fingir que no le dolía demasiado. Le sugirió que se fuese a casa, y ella se marchó. Y se había pasado el resto de la noche muriéndose de dolor, esperando a llamar a su quiropráctico. Cuando lo hizo contestó la recepcionista, que al saber que Jack Adams estaba al aparato prometió pasarle con el doctor enseguida. A juzgar por su voz debía de encontrarse fatal, y además había dicho que se trataba de una urgencia.
El hombre que contestó la llamada de Jack parecía jovial y contento de hablar con él. Jack Adams era su paciente desde hacía doce años.
—¿Qué pasa, Jack? Mi enfermera ha dicho que era urgente.
—Creo que lo es —dijo apenas en un susurro. Le dolía hablar. Le dolía respirar. Ya se imaginaba en una silla de ruedas el resto de su vida—. No sé qué demonios me ocurrió anoche. Creo que sufrí un tirón en la espalda o algo así. Tal vez me haya hecho un esguince. Casi no puedo andar.
No le costaba imaginarse paralítico, pues el dolor que sentía era tremendo. Al principio creyó que era un infarto. Fuese lo que fuese lo estaba matando.
—¿Qué hiciste, si es que se puede contar?
Frank Barker le tomaba el pelo. Sabía lo activa que era la vida sexual de Jack. A veces se reían de ello, pero Jack no se estaba riendo en ese momento. Estaba a punto de llorar, y el quiropráctico lo percibía en su voz.
—Mejor no te lo cuento. ¿Puedo ir a la consulta?
—¿Cuánto tardarás?
Jack Adams era un paciente muy importante, y Frank le haría un hueco con mucho gusto, en especial para una urgencia como aquella.
—Veinte minutos —dijo Jack con los dientes apretados.
No tenía la menor idea de cómo saldría de su apartamento, pero ya se las arreglaría para llegar hasta allí. Colgó el teléfono, llamó al servicio de coches que solía utilizar y se puso como pudo la ropa de gimnasia que estaba en el suelo del cuarto de baño. De haber sido necesario habría acudido a la consulta en ropa interior. Se preguntó si debía acudir a un hospital, pero se dijo que Frank sabría qué hacer. Siempre lo sabía. Y aquello no podía ser tan malo como parecía. No podía serlo. Aunque una vez había tenido una piedra en el riñón, y esto era peor.
Estaba abajo diez minutos más tarde, moviéndose despacio y encorvado. El portero lo vio y lo ayudó a subir al coche. Le preguntó qué había ocurrido y Jack se mostró vago. Diez minutos más tarde llegaron a la consulta del quiropráctico y el chófer lo ayudó a entrar. Lo acompañaron a una sala. Frank estaba con él al cabo de cinco minutos y se puso a examinarlo. Jack casi no podía moverse. Después del reconocimiento, el quiropráctico miró su historial y sonrió.
—¡Es tu cumpleaños, Jack! ¡Feliz cumpleaños!
—Por favor, no me lo recuerdes… ¿Qué demonios me ocurrió anoche?
Esperaba que aquello no tuviese importancia, pero daba la impresión de ser una lesión grave. Le dijo al doctor exactamente cómo y cuándo había sucedido, y Frank no pudo resistir la tentación de tomarle un poco el pelo.
—Son esas chicas jóvenes, Jack… ¡Menudas piezas están hechas!
—Creo que es una gimnasta o algo así, o una contorsionista. Estoy bastante en forma, y casi me mata. ¿Qué me he roto?
Que una noche de sexo acrobático lo hubiese dejado en ese estado, y para colmo en su cumpleaños, hacía que se sintiera un carroza. Ese día había cumplido cincuenta. Qué número más feo. De pronto se preguntó si volvería a disfrutar del sexo alguna vez. Lo más probable era que lo de la noche anterior no se repitiese nunca más.
—Voy a solicitarte una resonancia. Tengo la impresión de que puedes haberte roto un disco. Espero que no, puede que solo tengas una hernia. Vamos a echar un vistazo.
—Mierda —dijo Jack tan asustado como si acabasen de comunicarle una sentencia de muerte—. ¿Tendré que operarme?
—Espero que no. Veremos qué indica la resonancia. Te la harán enseguida. —Frank tenía una habilidad especial para conseguir que técnicos y médicos complaciesen a sus clientes importantes—. Una cosa es segura: creo que más vale que te tomes las cosas con calma durante un par de noches.
Esbozó una amplia sonrisa mientras Jack se incorporaba con una mueca de dolor. Esa noche había invitado a unos amigos al céntrico restaurante Cipriani, entre ellos a varias modelos jóvenes, pero ya sabía que tendría que cancelarlo. De ningún modo podría sentarse a cenar. Y tenía que ir al despacho, aunque fuese solo unos minutos. De camino hacia la consulta había telefoneado para avisar de que llegaría tarde, aunque sin especificar el motivo. No quería reconocer el estado en que se hallaba, al menos hasta saber más.
Jack volvió a su coche y fue al hospital para hacerse la resonancia. Frank lo había organizado todo, y cuando entraba en el hospital, encorvado como un anciano, dos hombres le pidieron un autógrafo, cosa que aumentó su humillación. Había sido uno de los jugadores más importantes de la liga nacional de fútbol americano, había ganado seis premios al jugador más destacado como quarterback de primer equipo, había participado doce veces en el Pro Bowl, había ganado cuatro Super Bowls para su equipo y era miembro del Salón de la Fama. De pronto, ya casi no podía ponerse de pie ni andar después de pasar una noche con una chica de veintidós años. A los dos aficionados para los que firmó los autógrafos les dijo que había sufrido un accidente de coche. Estaban entusiasmados de verlo, fuese cual fuese su estado.
Tardó una hora y media en hacerse la resonancia, y le dijeron que había tenido suerte. Por lo que podía ver el técnico, el disco parecía herniado, no roto, y no tendría que operarse, sino simplemente hacer reposo y someterse a varias sesiones de fisioterapia cuando menguase el dolor. Era una forma horrible de empezar el día de su cumpleaños. Tenía cincuenta años, y su carrera como amante salvaje y enloquecido había acabado con un gran polvo y una hernia de disco. Se sentía todavía peor.
Cuando llegó al trabajo, aún desaliñado y con ropa de gimnasia, se había tomado un analgésico. No se había afeitado ni peinado, pero vivo o muerto tenía que pasarse unos minutos por allí. Tenía que hablar con el productor acerca de un especial que debía emitirse al día siguiente. Jack era uno de los más famosos comentaristas deportivos de televisión desde su retirada de los estadios a los treinta y ocho años de edad, tras sufrir una grave lesión de rodilla que lo sacó del campo para siempre. Sin embargo, ni siquiera aquello fue tan doloroso como lo que le ocurría en ese momento, doce años después. Había tenido una carrera insigne y un final respetable, y su trayectoria como comentarista deportivo y héroe de la cadena también le resultaba satisfactoria. Le gustaba su trabajo, y el respeto que sentían por él los propietarios de la cadena y los aficionados rozaba la adoración. Sus índices de audiencia eran excelentes. Tenía una presencia agradable ante la cámara que añadía nuevos admiradores a los antiguos. Por otra parte, siempre había sido irresistible para las mujeres e incapaz de resistirse a ellas. Su matrimonio había acabado en divorcio cinco años antes de su retirada. Había engañado a su esposa constantemente, y tenía que reconocerle a Debbie el mérito de que se hubiesen separado como amigos. Había sido un pésimo marido y lo sabía. Las oportunidades y las tentaciones que no paraba de encontrar en su camino como superestrella de la liga nacional de fútbol americano habían sido demasiado para él y para su matrimonio.
Un año después del divorcio, Debbie se había casado con uno de los médicos del equipo. Era feliz y había tenido otros tres hijos, todos varones. Jack y ella tenían un hijo de veintiún años, un estudiante de último curso en la Universidad de Boston que no tenía el menor interés por el fútbol americano, salvo para admirar los logros de su padre. El baloncesto era su deporte preferido y su estatura le habría permitido hacer un buen papel, pero era mejor estudiante de lo que Jack había sido jamás y quería ingresar en la facultad de Derecho. No tenía ningún interés por el deporte profesional. Ni siquiera veía los partidos de fútbol americano en televisión.
Cuando llegó al edificio de la cadena, Jack atravesó el vestíbulo cojeando, entró casi a rastras en el ascensor y se quedó inclinado hacia delante tras pulsar el botón de su planta. No podía permanecer erguido, por lo que no vio la cara de la mujer que entró en el ascensor detrás de él. Solo pudo ver unos zapatos negros de tacón alto, un abrigo rojo y unas buenas piernas. Pero no quiso pensar en eso. Quizá debía plantearse pasar los últimos años de su vida en un monasterio.
La mujer del abrigo rojo y los zapatos negros pulsó el botón de su planta y se situó junto a él.
—¿Se encuentra bien? —preguntó, inquieta.
—Lo cierto es que no, pero sobreviviré —dijo él. Intentó alzar la mirada hasta ella e hizo una mueca de dolor. Le resultaba vagamente familiar, pero no podía recordar quién era. De pronto cayó en la cuenta. Era la famosa gurú de la vida refinada, y él iba encorvado como Quasimodo, con ropa de gimnasia y chanclas, despeinado y sin afeitar. Estaba tan dolorido que casi no le importaba. Siempre había pensado que aquella mujer parecía demasiado perfecta en televisión, pero en ese momento mostraba una mirada compasiva que no hizo sino confirmarle el mal aspecto que tenía. Era patético. Al mirarla se fijó en dos minúsculos puntitos de sangre, uno a cada lado de la boca—. Tengo una hernia discal —explicó—, y creo que usted se ha cortado al afeitarse —añadió, indicando con un gesto los puntitos. Valerie se tocó la cara, sobresaltada.
—No es nada —replicó justo cuando el ascensor se detenía en la planta de él.
Aquello no siempre ocurría, pero ese día lo había hecho. Había ido a que le pusieran las inyecciones de Botox después de consultar al vidente y antes de ir a trabajar. No tenía la menor intención de darle explicaciones a aquel hombre, aunque se preguntó si lo habría adivinado. Ella también sabía quién era él y lo había visto otras veces por el edificio con un aspecto atractivo. Hoy iba hecho un desastre, y parecía muy enfermo o gravemente herido.
—¿Necesita ayuda para salir? —preguntó la mujer en tono compasivo.
Era evidente lo mucho que le dolía.
—Si pudiese mantener la puerta abierta hasta que salga… Si me da un golpe, seguramente me quedaré tetrapléjico. Anoche me pasé con la fiesta de Halloween —dijo él mientras cruzaba la puerta del ascensor arrastrando los pies.
Pensaba pasarse también celebrando su cumpleaños, pero estaba claro que eso ya no era muy probable, y quizá no lo fuese nunca más, pensó con pesadumbre. Le dio las gracias y la puerta se cerró a sus espaldas.
Llegó a su despacho con grandes dificultades, se dejó caer sobre el sofá y se tumbó con un fuerte gemido. Norman Waterman, su ayudante de producción favorito, entró y se lo quedó mirando, asombrado. De niño, Norman había sido un gran admirador de Jack, y se sabía todas sus estadísticas mejor que él mismo. Todavía conservaba todos sus cromos, que Jack le había firmado uno por uno.
—¡Hostia, Jack! ¿Qué te ha pasado? Parece que te haya arrollado un tren.
—Algo parecido. Anoche tuve un accidente y me hice una hernia discal. ¿Está George? Tengo que hablar con él del programa de mañana.
—Iré a buscarlo. Por cierto, ¡feliz cumpleaños!
—¿Cómo lo sabes? —inquirió Jack, angustiado.
—¿Estás de broma? Eres una leyenda, tío. Siempre he sabido qué día naciste, pero es que además lo han anunciado en las noticias esta mañana.
—¿Mi cumpleaños o cuántos años tengo? —preguntó Jack, asustado.
—Las dos cosas, claro. De todas formas, la gente lo sabe. Cualquier aficionado al fútbol americano sabe la edad que tienes. Formas parte de la historia de la liga nacional.
—Lo que me faltaba. Pasaré el resto de mi vida en una silla de ruedas, y ahora van y recuerdan en la tele los años que tengo. ¡Pues estamos apañados!
Jack siempre les decía a las chicas que tenía treinta y nueve años. De todas formas, ellas no tenían la edad suficiente ni el interés necesario para haber seguido su carrera. Muchas le creían, ilusionadas ante la perspectiva de salir con Jack Adams. Que anunciasen en las noticias su cincuenta cumpleaños no favorecería su vida amorosa, y encima Catwoman lo había dejado hecho polvo en una sola noche. Se sentía fatal.
—¿Cómo lo celebrarás esta noche? —dijo Norman con toda inocencia.
Jack soltó un gruñido y contestó:
—Probablemente suicidándome. Ve a buscar a George, ¿quieres?
—Claro, Jack…, y feliz cumpleaños otra vez —dijo con sentimiento.
Tumbado en el sofá y dolorido, Jack cerró los ojos sin responder. La admiración de Norman era conmovedora, pero lo único que quería por su cumpleaños era dejar de sufrir y recobrar su vida. Una vida de sexo y de mujeres.
Sentada ante su mesa, varias plantas más arriba, Valerie estaba revisando un montón de muestras de tela que quería utilizar en un programa acerca de la reforma del salón, y otras para un espacio sobre decoración navideña. Algunas eran muy buenas. La mesa estaba cubierta de montones de muestras y de fotografías, todo ordenado meticulosamente. Valerie tenía el hábito de organizar sus programas con mucha antelación. Le esperaba una semana muy ajetreada. Al entrar en su despacho se había mirado al espejo en busca de las manchas de sangre que había mencionado Jack. Eran dos motas minúsculas que se quitó con agua, mientras pensaba que mencionarlas había sido una grosería por su parte, y más dado el aspecto que él mismo tenía. Siempre le había parecido muy engreído, como recién salido de la portada de Sports Illustrated o GQ. Ese día, por el contrario, tenía el aspecto de haber estado viviendo en alguna cueva o de haber llegado a una playa tras un naufragio, aunque estaba claro que se sentía muy dolorido. Y luego se olvidó de él y se puso a tomar notas para los próximos programas. Solo podría trabajar dos horas antes de reunirse con su hija para celebrar su cumpleaños almorzando en La Grenouille, un sofisticado restaurante francés. Era una tradición anual, y sería la única celebración que Valerie se permitiría ese día.
No fue una buena noticia para Valerie saber por Marilyn, su secretaria de impecable eficiencia, que habían anunciado su cumpleaños en televisión esa mañana, y en más de una ocasión. Así que ya no solo conocían su edad los oyentes de la radio, sino que se habían enterado también todos los espectadores de las noticias de la mañana. Desde luego, se había descubierto el pastel. No le sirvió de consuelo enterarse por Marilyn de que también era el cumpleaños de Jack Adams, antiguo quarterback y actual comentarista deportivo. Valerie no se molestó en decirle que acababa de verlo en el ascensor encorvado de dolor. A Valerie no le importaba un comino que fuese su cumpleaños ni la edad que tuviese. Estaba disgustada por haber cumplido sesenta y no poder seguir manteniéndolo en secreto. ¿Acaso podía ser peor? Todo el puñetero planeta sabía que era una anciana, y las predicciones de amor y de éxito que Alan Starr le había hecho para ese año no la consolaban. Quién sabía si se cumplirían. Enfrentarse a su edad real resultaba muy deprimente. Sus sesenta años le parecían noventa.