Introducción

Introducción

Esta introducción revela aspectos de la trama

Una de las palabras preferidas de Dostoievski, con frecuencia empleada de forma irónica, era el término inglés «fact» («hecho», «fakt» en ruso, un préstamo lingüístico que suena con aspereza en ese idioma). Esa palabra desempeña una función muy destacada en los rumores que intercambian entre sí los personajes de El idiota, rumores a través de los cuales los lectores tienen que tratar de entender la novela. La vida del propio escritor ha pasado a formar parte de la mitología del mundo de la literatura debido a una deslumbrante serie de supuestos hechos: el padre brutal asesinado por sus siervos (aunque quizá no fuese tan brutal y quizá ni siquiera fuese asesinado), acusaciones de violencia sexual contra una joven (un rumor malintencionado sin ninguna prueba), epilepsia del lóbulo temporal, una pobreza extraordinaria, necesidad de escapar de los acreedores, detención y casi ejecución por «conspiración sediciosa», condena a trabajos forzados, exilio en Siberia y finalmente seis años de ludopatía. Todo ello ha sido abordado en un gran número de biografías e informes psicoanalíticos. Entre estos últimos cabe mencionar los de Freud, debido a su notoriedad, y los de Joseph Frank, por su sensatez y exhaustividad.

Estos hechos se mezclan en la imaginación popular con el material procedente de las obras de ficción del propio autor (el asesinato de Fiódor Karamázov, numerosas escenas de inocencia violentada, los ataques epilépticos del príncipe Mishkin en El idiota, la existencia precaria de Makar Dévushkin en Pobre gente, las escenas de pesadilla que aparecen en Memorias de la casa muerta y El jugador, etc.). Los críticos rusos de Dostoievski interpretaron sus textos desde ese punto de vista y, por su parte, los estudiosos extranjeros se apresuraron a fundamentar su «crítica científica» sobre esa base tan poco fiable. El diagnóstico más imprudente corresponde sin duda alguna a Émile Hennequin:

La originalidad definitiva de Dostoievski, el rasgo que le distingue y caracteriza, es su enorme desequilibrio entre el sentimiento y la razón. Este hombre percibe las cosas y a la gente con la intensidad y la sorpresa de alguien casi trastornado. Y como la expectación no le prepara para el movimiento de los mismos y la necesidad de razonamiento no le impulsa a ordenar causas y efectos, contempla alucinado un espectáculo que asalta sus sentidos en conmociones inconexas. De igual manera, un intelecto poco desarrollado, al que los sentidos llevan sin cesar impresiones inconexas, tendría dificultades para imaginar la idea de desarrollo, tanto en una narrativa como en una caracterización, y concebiría en cambio la incertidumbre en una historia y la inestabilidad en un alma. […] De ahí, una vez que estas aptitudes se amplifican hasta el nivel del genio, la concepción maravillosa de los personajes de Dostoievski; de ahí, sobre todo, su naturaleza carnal, salvaje, violenta, brutal y poco inteligente, que Dostoievski debió de haber descubierto latente en su propio carácter sin pulir, más animal que espiritual.[1]

Esta descripción de los personajes de Dostoievski en sus momentos más desesperados posee cierta credibilidad, y el narrador de El idiota —en modo alguno igual en inteligencia y entendimiento a su autor— no sabe en muchos casos cómo afrontar el desarrollo de la trama y del personaje. Sin lugar a dudas, el propio Dostoievski podía mostrarse irascible, irracional y, en sus contactos con la alta sociedad, muy poco «pulido». Novelas recientes de John Coetzee (El maestro de Petersburgo) y Leonid Tsypkin (Verano en Baden-Baden)[2] han fabulado estos aspectos de la personalidad del autor con más éxito que los académicos y psicólogos. En efecto, la de Dostoievski fue una vida al borde del colapso físico, la ruina económica y la depresión mental. Según sus propios cálculos, soportó a partir de los veintiséis años de edad un ataque epiléptico cada tres semanas.[3]

Sin embargo, los detalles sensacionalistas de su vida y su trabajo deben tomarse con reservas. En un estudio minucioso y perspicaz de la enfermedad de Dostoievski, James Rice observa que, a diferencia del protagonista de El idiota, el autor podía prever en general sus ataques y raramente los sufría en público.[4] Al final, pudo controlar y poner fin a su obsesión por el juego, además de saldar sus deudas. La locura, violencia e irracionalidad de sus personajes —denigrados por los críticos rusos de su época y ensalzados por sus primeros críticos extranjeros— eran con frecuencia transformaciones creativas de sus lecturas de infancia de la literatura europea de principios del siglo XIX. Sin que sus primeros lectores europeos se percatasen, les estaba devolviendo los temas, tramas y personajes de sus propios dramas, poemas y ficciones románticas.

A través del estudio de las cartas, cuadernos y correcciones de Dostoievski —recopilados íntegramente en la colección soviética de sus obras en treinta volúmenes (1972-1990)—, los académicos de finales del siglo XX empezaron a mostrar hasta qué punto sus decisiones eran producto de una profunda comprensión del arte literario. A diferencia de Henry James, quien, como es sabido, subestimó la maestría rusa (salvo en el caso de Turgénev), Dostoievski no publicó prólogos a sus obras, ni escribió ningún ensayo sobre el arte de la novela. Sin embargo, los cuadernos muestran que poseía un minucioso entendimiento de las consecuencias retóricas y estéticas de su elección del punto de vista narrativo, del arquetipo, de la secuencia argumental y del modo (cómico, trágico, satírico o irónico). La lectura magistral de Robin Miller de los cuadernos en relación con El idiota abrió nuevas perspectivas sobre el arte de Dostoievski.

La contraposición de la reacción inicial que se formó de Dostoievski como un salvaje iletrado contra estos estudios detallados de sus textos y su proceso de escritura nos permiten entenderle como un jugador en un sentido nuevo y diferente. Aunque es famoso por su dedicación compulsiva a la ruleta, su mayor apuesta no fue en esa mesa, a la que se entregó durante seis años, sino en una donde se mantuvo durante casi cuatro décadas: que podía vivir exclusivamente de su escritura. Logró ser uno de los primeros escritores profesionales de Rusia.

Para apreciar el riesgo de esta dedicación es necesario entender las circunstancias en las que trabajaba Dostoievski. La literatura rusa profana contaba escasamente un siglo más que el propio autor; los primeros pasos vacilantes hacia una literatura viable y prestigiosa que no fuese asunto de juegos de salón o patrocinio de la corte los habían dado escritores pertenecientes a una o dos generaciones anteriores a la de Dostoievski: Nikolái Novikov (1744-1818), Nikolái Karam­zín (1766-1826), Aleksandr Pushkin (1799-1837), Nikolái Gógol (1809-1852) y Mijaíl Lérmontov (1814-1841), entre otros. Estos escritores se enfrentaron a condiciones nada favorables para el desarrollo de un mercado literario. Para empezar, tuvieron que lidiar con las inconsistencias de la autocracia al tratar con lo que el emperador Alejandro II llamaría «la ingobernabilidad y los excesos de la palabra impresa».[5] Durante el período de 1750-1854 las prensas privadas fueron permitidas, prohibidas y restablecidas; se presentaban cargos contra un autor por los pasajes ambiguos que hubiese en su texto, se desechaban dichos pasajes y de facto se le seguían reprochando; la importación de libros extranjeros fue prohibida, permitida y luego muy restringida. Proliferaron las agencias gubernamentales con poder de censura, a menudo contradiciéndose entre sí. El gobierno imperial mostraba tan poco respeto por las leyes que promulgaba que uno de los censores se quejó con razón de que «no hay legalidad en Rusia».[6] Con la derrota en la guerra de Crimea y el acceso al poder de un nuevo emperador en 1855 mejoró la situación, aunque siguió estando muy alejada de lo ideal. Dostoievski lo sufrió en sus propias carnes en 1863, cuando (Tiempo), la revista de gran éxito que su hermano Mijaíl y él habían fundado, fue clausurada a causa de un inofensivo artículo sobre el levantamiento polaco de ese año. Que Dostoievski, un ardiente nacionalista ruso que salpicaba sus novelas de personajes polacos antipáticos, tuviese que enfrentarse a ese desastre refleja la actitud caprichosa del gobierno, que al mismo tiempo que prohibía Vremya, permitía la publicación de la novela utópica de Nikolái Chernishevski ¿Qué hacer?, que inspiraría a numerosos jóvenes radicales, entre los que al cabo de unos años se incluiría el mismísimo Vladímir Ilich Lenin.

Tan altas eran las barreras para el éxito profesional de los escritores que pocos de los contemporáneos de Dostoievski se arriesgaron a intentar saltarlas. Un estudio de la época realizado por S. S. Shashkov afirmaba que pocos escritores ganaban los dos mil rublos anuales necesarios para mantener a una familia, y que la situación en la década de 1870 no había mejorado mucho respecto a cuarenta años atrás.[7] Escritores destacados contaban con recursos propios o minimizaban los riesgos defendiendo las posiciones oficiales. Lev Tolstói heredó una extensa finca, incluyendo a unos ochocientos siervos, e Iván Turgénev compartía con su hermano una propiedad con cuatro mil. Estas importantes explotaciones eran muy superiores a la pequeña finca endeudada del padre de Dostoievski. Tanto Iván Goncharov como Mijaíl Saltykóv-Shchedrín provenían de familias nobles con fortunas procedentes del comercio, y ambos se labraron carreras significativas en los servicios estatales, de los que Dostoievski se había apresurado a apartarse tras su graduación en la Academia de Ingenieros Militares. La situación familiar del escritor que nos ocupa era modesta: su madre procedía del estamento comercial y su padre había logrado acceder a la baja nobleza desde el clero parroquial, aún menos próspero. Una vez Dostoievski hubo renunciado a su paga de alférez y cambiado su parte de la insignificante propiedad de su padre por mil rublos, no le quedaron otras fuentes de sustento que los pequeños préstamos de sus amigos y parientes, y los ingresos que le proporcionaba su actividad de escritor.

Encontrar lectores no era una apuesta menos arriesgada que afrontar el sistema legal ruso. Cinco años antes de empezar El idiota, Dostoievski calculaba que solo uno de cada quinientos rusos disponía de la formación suficiente para leer la literatura que él y otros escritores publicaban en un puñado de revistas, en un número creciente de periódicos y en pequeñas ediciones de volúmenes individuales.[8] Ocho años de trabajos forzados y exilio en Siberia, la mayoría transcurridos en compañía de no intelectuales, le habían hecho consciente del cisma cultural que existía entre la minúscula élite occidentalizada del imperio y la masa de población analfabeta que preservaba la cultura ortodoxa tradicional de Rusia. El autor, que lamentaba este cisma, buscó la validez a largo plazo en el modo de vida popular y dedicó su carrera tras el exilio a reconciliar a los intelectuales que se volvían hacia el moderno occidente («occidentalizadores») y a los que miraban al pasado ruso («eslavófilos») mediante una política de Póchvennichestvo (un término derivado de la palabra rusa que significa «tierra») en su efímera revista Vremya. Todos sus esfuerzos los llevó a cabo como autor profesional, no como caballero-libelista u orador de salón, y como profesional sabía que solo discutiendo con la élite culta no lograría nada, también tenía que entretenerla y despertar su imaginación.

Puede que Dostoievski no tuviera recursos económicos, pero el capital cultural que podía invertir no era en absoluto insignificante para el nivel de su época. En su entorno familiar y escolar había adquirido un gran amor hacia la literatura. En la Academia de Ingenieros Militares recibió formación sobre literatura rusa y francesa, e historia, y aprendió alemán. En esos primeros años en casa, en la escuela y en San Petersburgo estudió con detenimiento y analizó con pasión los libros de la Biblia; el Libro de Job, el Apocalipsis y los evangelios, en especial el de San Juan, modelaron su visión del mundo. La familia de Dostoievski, perteneciente a una clase social alejada de la élite francófona, le enseñó a venerar la mejor literatura rusa, y sus novelas, entre ellas El idiota, incluyen citas de las obras de Pushkin, Gógol y Karamzín. La influencia de Gógol es especialmente significativa a lo largo de la carrera de Dostoievski y se refleja en las misteriosas relaciones entre sus personajes, en el tratamiento a menudo fantástico de San Petersburgo y en el uso de múltiples posiciones narrativas dentro de una sola obra. Pushkin y Gógol habían ayudado a fomentar una visión de San Petersburgo como ciudad de extremos, destrucción inhumana y bruscas transformaciones. La noción misma que tenía el autor de la realidad, «fantástica», según dijo poco después de finalizar El idiota,[9] provenía en gran parte de la lectura de estos dos predecesores al tematizar la capital de la burocracia rusa, «la ciudad más abstracta de todo el globo terráqueo», como diría uno de sus personajes, el hombre del subsuelo. Pero Dostoievski vincularía la fantasía de sus predecesores a situaciones sociales, económicas y culturales que ellos no habían contemplado, tal como puede observarse ya en los primeros capítulos de El idiota, situados en un vagón de tren y en el hogar de un capitalista recién enriquecido.

Nabokov, que se burlaba del nacionalismo de Dostoievski, no pudo resistir la tentación de llamarle «el más europeo de los escritores rusos»,[10] y tanto las primeras cartas de Dostoievski como sus últimos ensayos periodísticos, por no hablar de su ficción, muestran una fascinación intensa y duradera por varios géneros relacionados entre sí, importados a Rusia por traductores y revistas literarias. El escritor alemán Friedrich Schiller le transmitía una sensación de la vida parecida a un festival, la impresión eufórica de que la humanidad podía perfeccionarse y de que los seres humanos podían llegar a ser hermanos, con un equilibrio entre las actividades mentales, emocionales y sensuales. Tales visiones van desde la adolescencia de Dostoievski hasta las confesiones de Dmitri Karamázov en verso y las frases finales de Aliosha Karamázov, pasando por las visiones del príncipe Mishkin en El idiota. La ficción gótica, otra fascinación juvenil del autor, atraviesa toda su obra mediante escenarios misteriosos, personajes acosados por la disfunción mental y tramas iniciadas por infracciones del orden divino. Si pudiéramos utilizar el término «gótico» en su sentido histórico y no en su actual sentido peyorativo, lo encontraríamos en abundancia en Dostoievski, cuya ficción madura se centra en audaces desafíos a la autoridad moral y divina. El romanticismo social francés (Georges Sand, Victor Hugo, Honoré de Balzac, los socialistas utópicos) figura de forma no menos destacada en sus primeras lecturas, y le enseñó a criticar la sociedad contemporánea y a soñar con un orden social potencialmente armonioso. Dostoievski iniciaría su carrera literaria con una traducción de Eugénie Grandet, de Balzac (1833). Obras canónicas consagradas por el romanticismo, como las de Shakespeare, le proporcionarían citas y estructuras argumentales para el resto de su carrera. Lo mismo haría, desde el otro extremo de la jerarquía literaria, su afición a las columnas y novelas por entregas de los periódicos populares. Una lectura atenta revela hasta qué punto todas esas lecturas juveniles persistieron en Dostoievski; a ellas se añadieron referencias a obras posteriores, como Madame Bovary, de Gustave Flaubert (1857), y La dama de las camelias, de Alexandre Dumas (1848), a cuyas heroínas contrapondrá la atormentada Nastasia Filíppovna de El idiota.

Este variado material proporcionó un buen rendimiento a Dostoievski, y la apuesta por la escritura profesional rindió sus frutos, al menos al principio. Su primera novela, Pobre gente (1846), le granjeó la atención de los críticos y unos honorarios estables para sus siguientes obras, previas al exilio. Los pocos afortunados que constituían el público lector le acogieron a su regreso de su encarcelamiento y exilio por motivos políticos en 1859. Publicó una recopilación en dos volúmenes de su obra previa en 1860, un acontecimiento poco frecuente en una época en la que el comercio literario de mayor éxito se llevaba a cabo a través de un puñado de revistas literarias, ya que el público y las redes de distribución no tenían la capacidad suficiente para hacer rentables los volúmenes individuales. Con su trabajo para Vremya y las seudomemorias de su experiencia en prisión, Memorias de la casa muerta, conseguía unos ingresos de entre ocho mil y diez mil rublos al año.

El cierre de la revista fue solo el primer desastre que precedió la escritura de El idiota. La muerte de su sobrina (en febrero de 1864), seguida de la de su esposa (en abril) y la de su hermano (en julio) fueron grandes desgracias personales que mermaron la capacidad de trabajo del autor. La nueva revista que Mijaíl editó, Epoja (Época), arrancó despacio; el primer año cada número se publicó con dos meses de retraso, y generó pocos ingresos por la necesidad de resarcir a los suscriptores de Vremya por los números no publicados debido a su prohibición. A todo ello se sumó que la ficción de la nueva revista no llegó a los niveles alcanzados por Vremya. La única excepción fue Memorias del subsuelo, del propio Dostoievski, que no se convertiría en una de sus obras más conocidas y respetadas hasta el siglo XX. Sin embargo, en 1864 las circunstancias de la publicación por entregas perjudicaron a esta difícil novela corta: como transcurrieron más de dos meses entre la publicación de la primera y la segunda parte, a los lectores se les hizo complicado captar los estrechos vínculos entre ellas. Los críticos la rechazaron con el silencio.

Dostoievski se hizo cargo de la familia de su hermano, una viuda y cuatro hijos pequeños, que conllevaba una inmensa deuda de 33.000 rublos. Para mantener su propio hogar, a su hijastro y a la familia de su hermano, tomó dos decisiones empresariales muy arriesgadas. La primera fue continuar con Epoja en vez de cedérsela a los acreedores de Mijaíl. La revista no tardó en quebrar por falta de suscriptores. Eso llevó a Dostoievski a asumir un segundo riesgo: accedió a acabar dos novelas en 1866, un ritmo de producción demencial que jamás alcanzó. Para la primera, la futura Crimen y castigo, reservó espacio en la revista literaria de Mijaíl Kat­kov, El mensajero ruso, al precio de 150 rublos por pliego (una hoja impresa que equivalía a doce páginas), que continuaría asumiendo para sus dos novelas siguientes, El idiota y Los endemoniados. Esta revista fue una de las pocas que respaldaron a los grandes novelistas rusos entre los años 1860 y 1880, y Kat­kov enviaría adelantos periódicos a Dostoievski durante los últimos años de la década de 1860, proporcionándole así una especie de salario que el escritor pagó caro: la tarifa que le abonaba el editor de la revista le sacó del primer puesto de los escritores rusos. Las tarifas eran conocidas en la esfera literaria, y esta caída de ingresos acarreó una caída de prestigio que le perjudicó al negociar futuros honorarios.

Publicar con El mensajero ruso conllevaba riesgos artísticos e ideológicos. Dostoievski sospechaba que Katkov bajaba su tarifa para obligarle a producir una obra más larga. «Una novela es un asunto poético —le escribió a A.E. Vrangel— requiere calma espiritual e imaginación» (28:ii.150-151). En los años sucesivos, Dostoievski descubriría que la revista influía no solo en la «poesía» de sus novelas, sino también en su realización concreta, su «arte», como él lo llamaba. Katkov, un conservador político y cultural, insistiría en que cambiase la escena de la prostituta Sonia leyendo los evangelios en Crimen y castigo y que eliminase la confesión de Stavroguin a Tihon en Los endemoniados. Las presiones editoriales sobre El idiota fueron más cuestión de ritmo y fecha de entrega que de censura, pero obligarían constantemente a Dostoievski a resolver sobre la marcha problemas de trama y caracterización, sin darle ninguna oportunidad de revisar las partes anteriores mientras avanzaba con el proceso de publicación por entregas.

El contrato de la otra novela que Dostoievski debía publicar en 1866, El jugador, amenazaba su arte y sustento aún más que el contrato con Katkov. Tentado por la posibilidad de publicar otra recopilación de sus obras, el autor firmó con F. T. Stellovski un contrato sin parangón por su cláusula penal: si no entregaba una obra de doce o más pliegos antes del 1 de noviembre de 1866, Stellovski tendría derecho a publicar sus obras durante nueve años sin compensación alguna. Esta situación resultó tan melodramática como cualquiera que pudiese inventar el propio Dostoievski. Por fortuna para este, los actos trágicos iniciales fueron seguidos por el obligatorio final cómico, un rescate en el momento crítico. Una de las primeras taquígrafas de Rusia, Anna Grigórievna Snítkina, se convirtió en la heroína de la pieza. El autor trabajaba hasta altas horas de la noche, apuntando ideas en sus cuadernos. Luego, de día, le dictaba pasajes, y ella los transcribía y se los devolvía enseguida bien copiados para su edición. Con su ayuda no solo cumplió la fecha de entrega de Stellovski, sino que además se marcó un ritmo de trabajo que mantendría durante los quince años restantes de su carrera. Jacques Catteau afirma que las peculiaridades insistentes del estilo maduro del escritor deben mucho a esta forma de creatividad:

Mientras Dostoievski dictaba, nunca dejaba de pasear por la habitación e incluso, en momentos difíciles, se tiraba del pelo. […] El estilo, con sus triples repeticiones, sus frases puntuadas como si hablara, su acumulación de nombres y adjetivos con significados parecidos y su reticencia constante, refleja ese pasear ininterrumpido dentro de un espacio confinado. Desde ese momento, el ritmo de la frase dostoievskiana puede definirse como un andar en que el aire de la palabra pronunciada está marcado en el estilo escrito.[11]

El texto final sería una amalgama de anotaciones deshilvanadas y febrilmente realizadas, de relato dictado y de pulido cuidadoso de los esfuerzos diarios. Recordar cientos de páginas creadas de esta forma requería una inmensa capacidad de concentración y una intensidad casi inimaginable, porque Dostoievski no redactó por entero sus principales novelas antes de su publicación por entregas, y, una vez que esa publicación había finalizado, no revisaba las partes (salvo por unas pocas correcciones de errores tipográficos) antes de sacarlas al mercado como volúmenes separados. El idiota no aparecería en forma de libro hasta 1874, cinco años después de que finalizara su publicación por entregas.

Anna Grigórievna, nacida el año en que Dostoievski publicó su primera novela, tenía la mitad de su edad. Poseía una amplia formación, hablaba alemán con fluidez y, como otros jóvenes rusos de la época, adoraba la literatura. Se casó con Dostoievski a principios de 1867, y poco después las deudas les obligaron a marcharse al extranjero. Ningún balance de la obra de este autor puede olvidar las extraordinarias aportaciones que ella hizo a su carrera y su reputación. No solo taquigrafeó el resto de su obra, también manejó sus asuntos editoriales y un negocio de venta de libros cuando regresaron a Rusia después de vagar por Europa durante cuatro años. La divulgación de sus obras fue únicamente una parte de sus esfuerzos para asegurar el legado de su marido. Llevó un diario a máquina de su estancia en el extranjero, escribió unas valiosas memorias y preparó las cartas que Dostoievski le había enviado para su publicación. El diario —más que las memorias, llenas de veneración— relata su ludopatía, sus explosiones de temperamento, los roces con los parientes y otras dificultades diarias que él convertiría, muy retocadas, en materia de ficción. Las cartas muestran cuánto sufría Dostoievski al tratar con revistas, editores y editoriales.

A Anna Grigórievna le debemos el mejor registro de que disponemos sobre el proceso de escritura de El idiota: las notas que Dostoievski apuntó en tres cuadernos mientras proyectaba y redactaba la novela. El autor había pensado en destruirlas antes de cruzar la frontera de vuelta a Rusia, por miedo a una prolongada inspección aduanera, como destruyó los borradores de la novela, pero ella consiguió salvarlos, y el llanto del hijo de ambos distrajo a los funcionarios, que no detuvieron a la familia.

Aun en los mejores tiempos, escribir para una publicación por entregas sin una novela finalizada era un proceso angustioso, una apuesta en la que el autor confiaba en poder acabar la obra en el transcurso del año de suscripción a la revista. Pero para la familia de Dostoievski aquellos no eran los mejores tiempos. Entre septiembre de 1867 y enero de 1869, mientras Dostoievski trabajaba de forma intermitente en la novela, vivió con Anna Grigórievna en cuatro ciudades diferentes (Ginebra, Vevey, Milán y Florencia), soportando numerosos ataques epilépticos, episodios de ludopatía, una miseria absoluta y, lo peor de todo, la muerte de su hijita Sofía (en mayo de 1868). El contenido de los cuadernos refleja esta situación desesperada. Las primeras ediciones de estos textos exponen ordenadamente el material en ocho planes para la novela, seguidos de las notas para la segunda, la tercera y la cuarta parte. Sin embargo, la edición más reciente los reproduce con precisión, no como planes diferenciados, sino como una serie caótica de breves comentarios sobre la trama y el personaje, unos cuantos párrafos largos y muchos incisos febriles del tipo «Nota bene». La sucesión de encabezamientos que Dostoievski asignó a algunos de sus apuntes refleja sus intentos de ganar confianza en la dirección de la novela y su fracaso en ese sentido: «nuevo plan definitivo», «plan nuevo», «plan nuevo», «plan definitivo», «plan definitivo», «plan basado en Yago», «otra vez un plan nuevo». Ninguno de estos «planes» tiene una extensión de más de dos páginas impresas, y la mayor parte del material que contienen no aparece en la versión definitiva. Tal como he observado, en ocasiones las notas destacan por su conciencia de los problemas de caracterización, trama y retórica. Establecen distinciones sutiles que facilitan la comprensión de la novela, como cuando el autor diferencia tres clases distintas de amor en los principales personajes masculinos —«1) amor apasionado y directo, Rogozhin; 2) amor por vanidad, Gania; 3) amor cristiano, el príncipe» (9:220)— o cuando distingue su forma de abordar la descripción de un personaje virtuoso («inocente») de la de Cervantes y Dickens (Don Quijote y Pickwick son «cómicos», 9:239).

Sin embargo, aún más extraordinario resulta comprobar hasta qué punto las notas y planes muestran callejones sin salida, rasgos de personajes y acontecimientos rechazados en la versión definitiva, cuando Dostoievski descarta posibilidades tanto muy sensacionalistas como convencionales desde el punto de vista novelístico. En las primeras versiones, el futuro príncipe Mishkin viola a su hermana adoptada (la futura Nastasia Filíppovna), prende fuego a su casa y es una figura con un orgulloso dominio de sí mismo, una figura basada en el Yago de Shakespeare y un uxoricida. La propia Nastasia y su rival por el afecto del príncipe, Aglaia Epánchina, muestran una inestabilidad similar. La primera, víctima de la violación (en una versión por parte del Idiota y en otra por parte del atractivo hermano de este, eliminado del texto definitivo), se casa con Mishkin y escapa a un burdel; la segunda vive una relación vacilante con el príncipe, con Nastasia Filíppovna y con Gania Ivolguin.

Dostoievski se debatió entre estas posibilidades a lo largo del otoño de 1867 y acabó rechazando el desarrollo biográfico del pasado opresivo del protagonista, varios de sus conflictos familiares y los acontecimientos más brutales. De ese modo, la novela se alejó de un thriller gótico o una obra de romanticismo social, en que los personajes se ven aplastados por las circunstancias de su ambiente. Descartó un inicio en falso de la obra antes de empezar de nuevo a principios de diciembre. El 18 de ese mes una nueva novela había tomado forma a partir de estos comienzos confusos, y el 5 de enero de 1868 pudo enviar los cinco primeros capítulos de la primera parte a El mensajero ruso; les siguieron dos capítulos más el 11 de enero, completando así la primera entrega; había escrito casi cien páginas en menos de un mes.[12] El resto de la primera parte formó la segunda entrega, la de febrero. Como solía ser habitual en sus años de novelista por entregas, Dostoievski cumplió su plazo, pero no le quedó tiempo para corregir las pruebas de la entrega. Vivir en el extranjero limitó aún más sus posibilidades de hacer cambios de última hora.

Descartar las baratijas de la ficción convencionalmente sensacionalista le permitió a Dostoievski apostar por el radical riesgo novelístico que entraña el centro de una novela acabada. En una carta a su amigo Apolón Máikov, Dostoievski explicaba la dirección que había tomado su escritura:

Durante mucho tiempo me ha atormentado una sola idea, pero me ha dado miedo hacer una novela a partir de ella, porque es demasiado difícil y no estoy preparado, aunque es muy tentadora y me encanta. La idea es describir a un ser humano completamente hermoso. En mi opinión no puede haber nada más difícil, y sobre todo en nuestra época. […] Esa idea se me ocurrió antes desde una perspectiva artística, pero solo hasta cierto punto, y tengo que completarla. Solo mi de­ses­pe­rada situación me obligó a aferrarme a esa idea prematura. (28.ii.240-241, 12 de enero de 1868).

Con la perspectiva que da el tiempo podemos repasar los cuadernos y ver cómo toma forma esta solución, cómo el protagonista se convierte en un príncipe y un «santo necio» (un tipo de santo ortodoxo oriental, frecuente de modo par­ticular en Rusia, que imita a Cristo en su extrema humildad y que dice la verdad a los poderosos del mundo) y, finalmente, en una anotación críptica del 10 de abril: «príncipe Cristo» (9:253).

Dostoievski comprendía por entero el problema de describir personajes positivos, pues había asistido al fracaso de Gógol con la secuela de Almas muertas (publicada generalmente como segunda parte de la novela en su traducción inglesa), de cuyos terratenientes ejemplares se había burlado él mismo. Los «hombres nuevos» de ¿Qué hacer?, de Cherni­shevski, no menos ejemplares ni menos acartonados, habían logrado convencer, pero en el terreno ideológico, no en el estético, y Dostoievski sabía que un protagonista semejante a Cristo le ganaría pocas alabanzas por parte de la élite radical. Desde luego, situar a un personaje así en el centro de su novela era una apuesta arriesgada, quizá la mayor de su carrera (aún más que la teodicea integrada en Los hermanos Karamázov, que además iba en contra del escepticismo imperante de la élite, pero fue asumido en un momento en que el autor ocupaba un lugar mucho más seguro entre la opinión pública).

Por otra parte, Dostoievski no solo arriesgaba sus finanzas y su futuro literario, sino también sus creencias más sagradas. Mucho antes de sumergirse en la teología y la historia ortodoxas, antes de familiarizarse con los pensadores y clérigos ortodoxos en la década de 1870, había desarrollado una imagen de Cristo que en su mente iba inextricablemente unida a la belleza, la verdad, la hermandad y Rusia. No se jugó esta imagen y estas creencias a la ligera. Tampoco recurrió a sus experiencias personales —su epilepsia y el hecho de casi ser ejecutado— en busca de material argumental de una forma simple o directa. Como su fe y su imagen de Cristo, estas vivencias se elaboran hasta obtener elementos no obvios ni didácticos de trama y caracterización. Sus ideas predilectas —como el miedo a que el mundo moderno carezca de un modelo positivo que guíe a las personas— aparecen en boca de bufones, como el conspirador corrupto Lébedev. La verdad se convierte en algo que un personaje dice por casualidad, tal como hace otro gracioso, el general Ivolguin, con Aglaia. Ippolit, un adolescente tísico de catorce años, ridiculizará la belleza y la armonía del mundo de Dios, y cuando los demás personajes se burlen de él, el príncipe guardará silencio.

La tendencia de Dostoievski a hacer del príncipe Mishkin un «inocente», y no una figura cargada de excesos cómicos, puede que entronque con un tratamiento particular que se remonta a los relatos filosóficos de la Ilustración, como Cándido, de Voltaire (1759), donde el personaje inocente se convierte en un instrumento satírico para revelar la corrupción de la sociedad, la insuficiencia de sus sistemas de valores o la naturaleza sofocante de sus instituciones. No cabe duda de que la novela lo utiliza con este fin cuando lo enfrenta con capitalistas calculadores, miembros conspiradores de la alta sociedad, burócratas corruptos y otros habitantes de la ciudad de San Petersburgo en el siglo XIX. Pero el príncipe supera de lejos este papel satírico, tal como queda claro desde el principio de la primera parte de la novela, extensa y ágil.

A los lectores familiarizados con las novelas rusas del siglo XIX les sorprenderá la intensidad del comienzo de esta obra, que no se sitúa en un carruaje, sino en un vagón de tren; no en un cálido día de verano, sino en el frío y brumoso mes de noviembre. Reunidos por el azar en un compartimiento de tercera clase, el hijo disoluto de un comerciante (Rogozhin), un burócrata sabihondo (Lébedev) y un joven etéreo (el príncipe Mishkin) empiezan a contar enseguida los más íntimos detalles de sus vidas. No hay modo de escapar de la estrechez e incomodidad de la situación, y el príncipe tan solo puede recordar la belleza de Suiza como acto extático, pues a través de las ventanillas opacas no hay vistas que suavicen las condiciones. Esta escena emplea las técnicas por las que Dostoievski ha adquirido justa fama: enfrentamientos dramáticos, desarrollados en conversaciones fragmentadas, con una escasa exposición de los antecedentes biográficos de los personajes. El tiempo transcurrido hasta el final de la primera parte es de quince horas; a lo largo de toda la novela solo hay diez días de acción narrada. Comprimir la acción en un período tan breve le permite al autor analizar a fondo sus psiques. Al final de la primera parte Rogozhin llevará cuarenta y ocho horas sin dormir; la tercera parte mantendrá al príncipe y a muchos de los otros personajes despiertos durante la noche, que culmina en el fallido intento de suicidio de Ippolit.

La primera parte coge las estructuras novelísticas familiares y las vuelve del revés. El patrón por el que se mide la riqueza, y que diferencia a los personajes, ya no es hereditario ni se basa en la agricultura. Se basa en el dinero, sumas de una magnitud sin precedentes ganadas y perdidas con una velocidad hiperbólica. El narrador y muchos de los otros personajes están obsesionados con este nuevo tipo de riqueza. Ptitsin y la viuda Teréntiev son usureros; el general Ivolguin y Ferdischenko son gorrones; el general Epanchin alquila casi toda su casa y está muy ocupado con sus empresas; Gania cree que el dinero le proporcionará talento y le conferirá la «originalidad» de la que lamentablemente carece. Las agrupaciones familiares se introducen solo para mostrar su fragilidad; la familia como institución no es tan vulnerable en ninguna otra obra de Dostoievski. La familia como centro tradicional de la vida patriarcal se convierte en un lugar de codicia, falsedad y discordia. Los Rogozhin se engañan el uno al otro, y un hermano corta las borlas de oro del féretro de su padre. La familia Mishkin se está extinguiendo. Gania Ivolguin se avergüenza de su padre y le obliga a utilizar la escalera de atrás; su hermano menor, Kolia, quiere renegar de su familia. Totski cría a su pupila, Nastasia Filíppovna, únicamente para convertirla en su concubina adolescente. Los Epanchin son la más convencional y estable de las familias, y sin embargo, incluso en este caso, las tres muchachas obstinadas controlan a sus padres, y, cuando se inicia la novela, el general Epanchin espera comprar los favores de Nastasia Filíppovna con un collar muy caro. Los personajes individuales sueñan con extremos de movilidad y los alcanzan. Los dos generales se cruzan mientras ascienden y descienden por la jerarquía social: el general Epanchin, hijo de un soldado raso, se ha convertido en un rico inversor, mientras que el general Ivolguin es ahora un borracho y un bufón que solo mantiene su estatus en sus hiperbólicas mentiras.

Ya en este primera parte Dostoievski desarrolla el egocentrismo extremo de sus personajes, tanto en los mayores como en los menores, y lo contrasta con el del príncipe. Estos otros personajes, al intentar definirse y realizar sus ambiciones, se resisten a los patrones y definiciones que les imponen los demás, atacando verbal y físicamente. Dostoievski introduce el tema de la enfermedad en esta parte: la epilepsia (el príncipe), la tisis (la muchacha suiza, Marie e Ippolit) y la autodestrucción («hara-kiri», Nastasia Filíppovna). Estas tres enfermedades llegarán a dominar la segunda, la tercera y la cuarta parte de la novela como problemas físicos, psicológicos y filosóficos.

Entre estos personajes insólitos el príncipe destaca como el más insólito de todos, justo porque elude la comprensión de los demás. Con una ignorancia desvergonzada de las convenciones sociales, aborda de inmediato cuestiones amplias y fundamentales, hablando indecorosamente de una muchacha seducida y de ejecuciones en la sala de los Epanchin. Carece del sentido de la vergüenza y es el único personaje de la novela capaz de reírse de sí mismo. Es asistemático sin proponérselo, y eso frustra a sus interlocutores, que le ven como alguien poco digno de confianza (como un gorrón, un farsante), un ideólogo, un objeto de burla, una causa de irritación y un crédulo. Su enfoque del arte refleja su ingenuidad cuando le dice a Adelaida: «Me parece que basta con mirar y ponerse a pintar» (I, i, 5). El príncipe inspira una pauta «dialéctica», tal como la denomina el narrador (I, ii, 5), o produce «pensamientos dobles», como los llama el príncipe (I, ii, 11), en los personajes adultos a lo largo de la novela, sacando lo peor de ellos, lo mejor y de nuevo lo peor. Así, Rogozhin le llamará «loco», le ofrecerá ropa e intercambiará su cruz con la de él, solo para tratar de cortarle el cuello; el general Epanchin sospechará de él, le acogerá con dinero y luego planeará atraparle. Gania se irritará con él, le abofeteará, suplicará perdón y luego tratará de explotarle. Las muchachas Epanchin se burlarán de él, le aceptarán y confiarán en él, pero al final le volverán la espalda.

Pronto queda claro que el príncipe tiene asignado un papel especial entre los personajes de la novela. Como no se ofende, no compite con otras personas y no las juzga, posee la capacidad de calmar las situaciones tensas y las discusiones, siempre que los demás reaccionen de una forma positiva, apreciando su amabilidad y compartiendo su sentido extático de la alegría, como en el pasaje sobre el asno o en su historia sobre la madre que disfruta de su hijo. Su tragedia es que muy pocos personajes pueden aceptarle en esos términos (uno de los pocos ejemplos son los niños suizos). Los demás le encajan en sus propias pautas de desconfianza, odio hacia sí mismos, mentiras y engaños, proyectando en él su psicología corrupta y tortuosa. Totski, el más corrupto, sospechará que el príncipe también busca solo su propio beneficio.

Todas las interpretaciones fallidas y relaciones envenenadas se concentran en los cuatro últimos capítulos de la primera parte, en la fiesta de Nastasia Filíppovna, que, junto con el ataque epiléptico en la segunda parte, la rebelión de Ippolit en la tercera parte y la reunión de Aglaia con Nastasia Filíppov­na en la cuarta parte, nos ofrece algunos de los escritos más intensos de Dostoievski. En casa de Nastasia Filíppovna no solo tenemos las relaciones y los temas reunidos en torno a la chimenea; tenemos a casi todos los personajes, excepto las mujeres Epanchin, junto con los odios y resentimientos que se han estado fraguando durante nueve años y doscientas páginas. La «escena escandalosa» (skandal en ruso) es uno de los mecanismos de composición favoritos en la ficción madura de Dostoievski. Este, como otros recursos, se divide en cuatro momentos: (1) los personajes se congregan en un punto culminante de emoción, ya resentidos y temerosos entre sí; (2) se da una explosión a varios niveles, psicológico, social, político o religioso; (3) los personajes se desafían y desenmascaran mutuamente, pronunciando palabras extremas e hiriéndose unos a otros desde el punto de vista psicológico e incluso físico; (4) los personajes se alejan en diferentes direcciones y configuraciones para prepararse para la próxima «escena escandalosa». La escena escandalosa dostoievskiana une las motivaciones subjetivas y egoístas de cada personaje con las cuestiones filosóficas más amplias. Así, la principal de la segunda parte, con Burdovski y los «posnihilistas», se refiere a la economía y la política; la de la tercera parte, con Ippolit, atañe a la filosofía y la religión. Sin embargo, esta primera gran escena escandalosa en la fiesta se ciñe a las cuestiones sociales, económicas y morales de la primera parte de la novela, incluyendo los temas de la enfermedad y el amor.

En el centro de esta confrontación se sitúa la bellísima Nastasia Filíppovna, cuya ira arde al rojo vivo ante las historias contadas en interés de Ferdischenko. Totski y el general Epanchin han prometido, para variar, decir la verdad y a cada uno de ellos se le ha ocurrido una trivialidad muy «literaria» y en definitiva halagadora para sí mismos. Por su parte, Totski se ha negado a admitir que violar a Nastasia Filíppovna cuando era una adolescente fuese un acto vergonzoso en extremo. El narrador la muestra escuchando su relato con unos ojos que echan chispas, y sabemos que se lo hará pagar muy caro. Rodeada por los tres hombres que la aman, cada uno con una de las tres clases de amor que Dostoievski subrayó en sus cuadernos, vanidoso (Gania), apasionado (Rogozhin) y semejante al de Cristo (el príncipe), presencia cómo rivalizan por ella mediante ofertas de dinero. Nastasia Filíppovna se hunde. ¿Por qué no puede aceptar el amor del príncipe? La respuesta muestra una vez más el funcionamiento de la psicología dostoievskiana, pues la joven vacila entre su papel de víctima (que implica a Totski) y su papel de agente moral (que la implica a ella misma). Al rechazar las proposiciones niega a Totski la posibilidad de contraer un matrimonio ventajoso con la hija mayor de Epanchin, con lo cual logra vengarse de su violador. Al rechazar el título y la fortuna del príncipe puede elevarse por encima de todos los valores sociales y demostrar que no está en venta. El príncipe ha negado anteriormente de forma compasiva la declaración de independencia de la joven, cuando afirma que se siente «ella misma» (I, i, 14), y ha manifestado que está enferma, que «tiene fiebre» (I. i, 16), y que no es responsable de su situación. Ella responde llamándole enfermo a su vez y rechaza la oportunidad de dejar atrás sus cinco años de humillaciones propias y ajenas. Un espectador compara acertadamente su acto con el ritual japonés del hara-kiri.

La primera parte de El idiota nos ofrece al mejor Dostoievski. Sin embargo, el autor la finalizó sin saber realmente hacia dónde avanzaría a partir de la escena escandalosa que la concluye, y el torbellino de «planes» de sus cuadernos no le ayudó en un primer momento. No tenía entrega para el número de marzo de El mensajero ruso, y el argumento de la novela avanza de forma intermitente a lo largo de las dos partes siguientes. Dos de los personajes más intrigantes e intensos, Rogozhin y Nastasia Filíppovna, los que mejor entienden al príncipe, están ausentes en la mayor parte de estas secciones centrales, y permanecen en la mente del lector en gran medida a través de rumores y cartas.

En su desesperación por continuar, se le ocurrió a Dostoievski una modalidad de narración que seguiría desarrollando en Los endemoniados y en Los hermanos Karamázov. Aunque el narrador posee en algunos casos el poder de la omnisciencia (el poder de entrar en la mente de los personajes), en términos generales la historia se cuenta mediante un cronista que narra de cerca los acontecimientos, contándolos tal como los propios personajes los entienden. A veces se entera de los hechos mucho después de que sucedan, y registra material que no analiza: rumores, visitas, cartas, etc. Esta técnica obliga al lector a tratar de ver más allá del narrador, que, como queda claro por su prolija e inapropiada digresión sobre el «hombre práctico» al inicio de la tercera parte, se vuelve cada vez más inadecuado para hacer frente a la complejidad de la situación. El narrador decide no explicar los asuntos realmente difíciles, y en cambio dogmatiza sobre cosas que puede comprender, como los tipos sociales de su época. Tal vez esto sería adecuado para la típica novela costumbrista victoriana, o para una columna en un periódico sobre la vida contemporánea, pero su entendimiento limitado no es adecuado para estos personajes y situaciones. En su confusión, el narrador nos da una impresión de conspiración: se refiere a encuentros de personajes que nunca vemos, como los encuentros entre Ippolit y Rogozhin. Con frecuencia no sabemos lo que ocurre y nos quedamos con una vaga sensación de suspense. De los seis meses que transcurren entre la primera y la segunda parte conocemos solo unos cuantos acontecimientos, y únicamente a partir de rumores o de breves reminiscencias de los personajes en sus conversaciones. Los lectores se ven obligados a especular, deducir y, cada vez más, explicar y reconstituir la novela por sí mismos. Esta modalidad de narración constituye un riesgo audaz por parte del autor, pero es una solución brillante para sus problemas con la trama, una forma de hacer que sus lectores compartan la carga de reunir todos estos personajes e incidentes. Les pide a sus lectores que retrocedan cientos de páginas para recordar detalles, escenas y diálogos importantes, una tarea que ya resulta bastante difícil para el lector moderno de esta edición en un volumen. ¡Imagínese la carga que imponía a los lectores originales de la versión por entregas, que tenían que leer la novela en el transcurso de un año!

Dostoievski recogió los cabos sueltos de su novela no tanto por medio de un argumento convencional como a través de la introducción de unos cuantos personajes y temas nuevos. Así, subraya la cualidad enfermiza del mundo de la novela mediante dos enfermedades distintas: la epilepsia (segunda parte) y la tisis (tercera parte). Los enfrentamientos entre el príncipe y Rogozhin (segunda parte) y entre el príncipe e Ippolit (tercera parte) ponen de relieve claramente el tema de la enfermedad. De este modo consigue separar El idiota de los límites de la novela de familia en que se convierte cuando se centra en la creciente intimidad del príncipe con los Epanchin, y con Aglaia en particular. Ippolit y Rogozhin se parecen en diversos aspectos, que hacen de ellos figuras ideales para la discusión de cuestiones definitivas. Ambos viven al margen de la alta sociedad y carecen tanto de la refinada ironía de Rádomski como del sentido común de la generala Epánchina. Viven al borde de la muerte, la locura y la destrucción, como el propio príncipe. Rogozhin niega la vida a través de la pasión violenta y el asesinato, e Ippolit lo hace con la blasfemia y el intento de suicidio. Nos dan dos visiones de fealdad frente al sentido extático de la belleza y la vida que tiene el príncipe: la casa oscura de Rogozhin, acechada por la secta de los castrados, y el monstruo horripilante de Ippolit. Todos los personajes se desarrollan en relación con una reproducción del cuadro de Holbein de 1522 Cristo en la tumba.

El príncipe habla con Rogozhin de forma semejante a Cristo, en parábolas que no interpreta. Queda claro que la suya es una religión de éxtasis o júbilo, no de rituales, instituciones o preceptos formalizados. Cuando el ataque epiléptico del príncipe está a punto de empezar, afronta la posibilidad de que su sentido de la alegría, la esperanza y una mejor comprensión pueda no ser más que un producto fugaz de su enfermedad, como la confusión mental y la idiotez que le amenazaron a consecuencia de ella (I, ii, 5). Ni aquí ni en ninguna otra parte sucumbe a esa posibilidad.

Ippolit, más intelectual que Rogozhin, representa el espíritu de negación a un nivel consciente, premeditado y racional. Es Ippolit, cuya tisis le condena a una vida de interminable contemplación, quien extrae el significado más negativo del retrato de Holbein. Rogozhin posee la reproducción y sabe que es especial, pero no puede analizar su efecto. Ippolit, el antiguo estudiante, entiende todo el horror del mensaje del retrato: incluso el más perfecto y hermoso de los hombres está sujeto a las leyes impersonales y monstruosas de la naturaleza. El cuadro le parecería a Ippolit aún más aterrador porque Cristo parece tísico, muy dolorido y consumido.

Dostoievski organiza el enfrentamiento de Ippolit con el príncipe con una elegancia y simetría poco frecuentes en esta novela. Los dos están al borde de la muerte. Los dos sufren una enfermedad que puede abocarles a la locura, han dudado de la justicia del mundo de Dios y se han sentido distanciados del «festín» de la naturaleza (II, iii, 7). No obstante, reaccionan de forma muy diferente. El príncipe abraza la naturaleza realizando un acto de fe, mientras que Ippolit se percibe a sí mismo apartado de la naturaleza y odia al príncipe por el amor que este siente hacia la vida. El príncipe ve la compasión como la única ley de la existencia; el pronombre «yo» no aparece con mucha frecuencia en sus palabras. Por su parte, Ippolit ve el suicidio como el único acto significativo que puede llevar a cabo, y sus palabras están repletas del pronombre de primera persona. El príncipe sufre por la enfermedad sagrada; la suya es la psicología de la epilepsia. La tisis de Ippolit —una afección lenta, dolorosa y debilitante— le empuja a la irritabilidad, y al final de la novela se ha vuelto insoportable.

La lectura por parte de Ippolit de su «Explicación» es una escena salvaje. Todo el mundo está borracho, incluidos el príncipe e Ippolit, cada uno se ha bebido tres copas de champán en rápida sucesión. Todo el mundo está agotado y lleva muchas horas despierto. Las ruidosas personas presentes, que en su mayoría no han sido invitadas, están esperando a ver morir a Ippolit y se burlan de él. Su familia le abandona. La narración hace hincapié en su mala suerte, y el príncipe solo puede pedirle perdón, sin aducir argumento alguno en contra. Mientras tanto, Lébedev expone el argumento de la tercera parte a favor de una «idea elevada». Su crítica de la civilización laica moderna se presenta como una parodia de una defensa legal, o sea, Dostoievski nos muestra una institución (la Iglesia) a través de la retórica de otra (el sistema legal), en las palabras y entonaciones de un borracho. La vida y la alegría son una cuestión de irracionalidad desmedida. La promesa de redención de Cristo no se ha cumplido todavía, y el retrato de Holbein constituye la imagen misma de ese incumplimiento.

Los problemas de entendimiento, verdad y falsedad dominan la cuarta parte, y el lector debe afrontarlos aun con menos ayuda del narrador cronista que en la segunda y la tercera parte. La sucesión de acontecimientos se vuelve más difícil de seguir, y su significado aún más arduo de comprender. El narrador se rinde, dedicando su atención a personajes secundarios y confesando: «Para el narrador a veces lo mejor es limitarse a la simple exposición de los acontecimientos» (II, iv, 1). En el capítulo 9 ha renunciado a su potestad de explicarle el fracaso del príncipe con Aglaia a Rádomski, cuyo entendimiento es, a estas alturas, más limitado que el del lector y está basado en una serie de proposiciones deterministas ina­decuadas (nervios, epilepsia, el clima en San Petersburgo, etc.). Aglaia tampoco ha sido capaz de entenderle, basando su impresión de la extraordinaria naturaleza del príncipe en una serie de poses convencionalmente heroicas: caballero, duelista, juez.

El trato que Aglaia dispensa al príncipe en la cuarta parte destaca en medio de una serie de malentendidos y rechazos que recuerdan el perspicaz comentario de Nastasia Filíppov­na en una carta a Aglaia, según el cual se debería pintar a Cristo solo, con un niño. La trama no se lo ha puesto fácil a estos personajes, ya que, por lo general, se presenta al príncipe en términos de negaciones o símbolos. No es moralista ni juzga a los demás y no toma decisiones conscientes, pero actúa, en cambio, de forma compasiva e intuitiva. Tampoco es formal o ritualista. No es consciente de las instituciones, pero se muestra vagamente comunitario en su deseo de reconciliar a los personajes, uniéndoles en hermandad. Ello le hace muy vulnerable a los rituales de cortesía en la fiesta de Epanchin; puede interpretar las caras de los niños y los personajes, como Rogozhin y Nastasia Filíppovna, que viven al margen de la sociedad, pero no puede leer las de quienes están acostumbrados a disimular. Los valores del príncipe, si se nos permite utilizar un término tan formal, se centran en la belleza entendida en sentido amplio, que abarca la belleza física, espiritual y natural, la inocencia de los niños y el amor fraternal (no egoísta). Son valores que los demás no intentarán entender y que él no es capaz de expresar de modo lógico y coherente, sino a través de parábolas. Aglaia le prohíbe hablar de belleza en la fiesta de su familia.

El final reúne a Nastasia Filíppovna, Rogozhin y al príncipe en trágica simetría. Tendidos junto a la joven, los hombres representan los dos aspectos del potencial de ella que el príncipe reconoció a primera vista: la pasión destructiva y la ternura compasiva. El final deja al lector con dos preguntas irritantes: ¿qué efecto tiene el príncipe en el mundo de la novela?, ¿qué efecto tiene el mundo en el príncipe? La novela da muchas respuestas a estas preguntas. Al fin y al cabo, se considera que el príncipe ha «caído» (la expresión rusa para indicar la epilepsia es la «dolencia de la caída») en un mundo que no espera ningún Mesías, que no puede entenderle, que desconfía de los dones que él le aporta y que a su vez pueden llegar a ensuciarse en este ambiente corrosivo. Su apasionado discurso ideológico en la fiesta de los Epanchin puede ser uno de esos dones sucios.

Fueran cuales fuesen las intenciones de Dostoievski al crear un «ser humano completamente hermoso», no hizo el mundo de El idiota a imagen y semejanza de los evangelios. Los funcionarios y juristas corruptos y temibles de los evangelios parecen bastante sosos en comparación con los personajes de esta novela. Y Cristo nunca tuvo que tratar al mismo tiempo con personas como Aglaia y Nastasia Filíppovna. El Cristo de los evangelios hacía milagros, pero siempre correspondiendo a la fe de quienes le rodeaban. El mundo de esta novela es muy distinto, lleno de cinismo, codicia y egocentrismo desenfrenado. Su sentido de la belleza es superficial, no espiritual, y en el análisis final no ofrece al príncipe comprensión alguna. Y él no puede aportarle milagros.

WILLIAMS MILLS TODD III

2004

Cronología

1821 Nace Fiódor Dostoievski en Moscú, hijo de Mijaíl Andréyevich, médico jefe del hospital para pobres Marlinski, y María Fiódorovna, hija de una familia de comerciantes.

1823 Pushkin empieza Eugenio Oneguin.

1825 Revuelta decembrista.

1830 Levantamiento de las provincias polacas.

1831-1836 En varios internados en Moscú junto a su hermano Mijaíl (n. 1820).

1837 Pushkin muere en un duelo.

Fallece la madre de los hermanos Dostoievski, que son enviados a una escuela preparatoria en San Petersburgo.

1838 Ingresa en la Academia de Ingenieros Militares de San Petersburgo como cadete del ejército (Mijaíl no es admitido).

1839 Fallece su padre, aparentemente asesinado por sus siervos en su propiedad.

1840 Un héroe de nuestro tiempo, de Lérmontov.

1841 Alcanza el rango de oficial. Entre sus primeras obras, perdidas en la actualidad, se incluyen dos obras teatrales históricas, María Estuardo y Borís Godunov.

1842 Almas muertas, de Gógol.

Es ascendido a subteniente.

1843 Se gradúa en la academia y le destinan al Cuerpo de Ingenieros del Ejército de San Petersburgo. Traduce Eugénie Grandet, de Balzac.

1844 Abandona el ejército. Traduce La dernière Aldini, de George Sand. Trabaja en Pobre gente, su primera novela.

1845 Traba amistad con el crítico literario más destacado e influyente de Rusia, el liberal Visarión Belinski, que alaba Pobre gente y aclama a su autor como sucesor de Gógol.

1846 Publica Pobre gente y El doble. Aunque Pobre gente recibe grandes alabanzas, El doble alcanza mucho menos éxito. También publica «El señor Projarchin». Conoce al socialista utópico M. V. Butáshevich-Petrashevski.

1847 Trastornos nerviosos y primeras manifestaciones de la epilepsia. Publica Una novela en nueve cartas, con varios relatos breves, entre los que se incluyen «La patrona», «Polzunkov», «Noches blancas» y «Corazón débil».

1848 Se publican diversos relatos breves, entre los que se incluyen «Un marido celoso» y «El árbol navideño y la boda».

1849 Se publica Niétochka Nezvánova. Es detenido y acusado de delitos políticos contra el Estado ruso. Es sentenciado a muerte y llevado a la plaza Semionovski para su fusilamiento, aunque se le suspende la pena momentos antes de la ejecución. En vez de ese castigo, es sentenciado a un período indefinido de exilio en Siberia que empieza con ocho años de trabajos forzados, más tarde reducidos a cuatro por el zar Nicolás I.

1850 Prisión y trabajo duro en Omsk, en el oeste de Siberia.

1853 Estallido de la guerra de Crimea.

Empiezan los ataques epilépticos periódicos.

1854 Es liberado de la cárcel, pero le envían inmediatamente a cumplir el servicio militar obligatorio como soldado raso en el séptimo batallón de infantería de línea en Semipalatinsk, en el sudoeste de Siberia. Amistad con el barón Wrangel, gracias a la cual conoce a su futura esposa, María Dmítrievna Isáyeva.

1855 Alejandro II sucede a Nicolás I como zar: cierta relajación de la censura estatal.

Es ascendido a suboficial.

1856 Es ascendido a teniente. Sigue teniendo prohibido abandonar Siberia.

1857 Se casa con la viuda María Dmítrievna.

1858 Trabaja en Stepánchikovo y sus habitantes y El sueño del tío.

1859 Se le permite volver a vivir en la Rusia europea; en diciembre los Dostoievski regresan a San Petersburgo. Se publican los primeros capítulos de Stepánchikovo y sus habitantes (la novela por entregas sale al mercado entre 1859 y 1861) y El sueño del tío.

1860 Fundación de Vladivostok.

Mijaíl funda una revista literaria, Vremya (Tiempo). Dostoievski no trabaja oficialmente como redactor por sus antecedentes como recluso. Se publican los dos primeros capítulos de Memorias de la casa muerta.

1861 Emancipación de los siervos. Padres e hijos, de Turguénev. Empieza a editarse Vremya, que publica Humillados y ofendidos. Se edita la primera parte de Memorias de la casa muerta.

1862 Vremya publica la segunda parte de Memorias de la casa muerta y Un episodio vergonzoso. Hace su primer viaje al extranjero, por Europa occidental, en el que visita Inglaterra, Francia y Suiza. Conoce a Alexander Herzen en Londres.

1863 Vremya publica Notas de invierno sobre impresiones de verano. Después de que María Dmítrievna enferme gravemente vuelve a viajar al extranjero. Comienza una relación con Apollinaria Suslova.

1864 Primera parte de Guerra y paz, de Tolstói.

En marzo funda con Mijaíl la revista Epoja (Época), sucesora de Vremya, prohibida por las autoridades rusas. Se publica Memorias del subsuelo en Epoja. En abril, muerte de María Dmítrievna. En julio, muerte de Mijaíl.

1865 Epoja deja de publicarse por falta de fondos. Se edita El cocodrilo. Suslova rechaza su proposición de matrimonio. Juega en el casino de Wiesbaden. Trabaja en Crimen y castigo.

1866 Dmitrii Karakózov intenta asesinar al zar Alejandro II.

Se publican El jugador y Crimen y castigo.

1867 Rusia vende Alaska a Estados Unidos por 7.200.000 dólares.

Se casa con su taquígrafa de veinte años, Anna Grigórievna Snítkina; la pareja se instala en Dresde.

1868 Nacimiento de su hija Sofia, que muere con solo tres meses de edad. Se publica por entregas El idiota.

1869 Nacimiento de su hija Liubov.

1870 Nace V. I. Lenin en la ciudad de Simbirsk, a orillas del Volga.

Se publica El eterno marido.

1871 Vuelve a San Petersburgo con su esposa y familia. Nacimiento de su hijo Fiódor.

1871-1872 Publicación por entregas de Los endemoniados.

1873 Primer khozdenie v naród (movimiento «Al pueblo»).

Se convierte en redactor del semanario conservador Grazhdanin (El ciudadano), en el que se publica su Diario de un escritor como columna periódica. Se publica «Bobok».

1874 Es detenido y encarcelado de nuevo por delitos contra las leyes de censura política.

1875 Se publica El adolescente. Nace su hijo Alekséi.

1877 Se publican «Una criatura dócil» y «El sueño de un hombre ridículo» en Grazhdanin.

1878 Muerte de Alekséi. Trabaja en Los hermanos Karamázov.

1879 Nace en Gori (Georgia) Iósif Vissariónovich Dzhugashvili (conocido posteriormente como Stalin).

Se publica la primera parte de Los hermanos Karamázov.

1880 Se edita Los hermanos Karamázov (en su forma completa). Anna crea un servicio de libros a través del cual las obras de su marido pueden encargarse por correo. Su discurso en Moscú en la inauguración de un monumento a Pushkin es acogido con enorme entusiasmo.

1881 Asesinato del zar Alejandro II (1 de marzo).

Muere Dostoievski en San Petersburgo (28 de enero). Es enterrado en el cementerio del monasterio de Alejandro Nevski.

El idiota

Libro primero

Primera parte

1

A fines de noviembre, a las nueve de la mañana de un día de deshielo, el tren de Varsovia se acercaba a todo vapor a Petersburgo. Era tanta la humedad y la niebla, que a duras penas si la luz del día se abría paso; a diez pasos a derecha e izquierda de la vía era difícil distinguir nada desde las ventanillas. Entre los viajeros había quienes regresaban del extranjero, pero los vagones más llenos eran los de tercera, ocupados por gente modesta y que acudían de puntos cercanos a resolver sus asuntos en la capital. Todos, como es lógico, daban muestras de cansancio; después de la noche de viaje todos tenían los ojos pesados, todos estaban ateridos, sus caras eran de una palidez amarillenta a la luz que se filtraba a través de la niebla.

En un coche de tercera se habían despertado, al clarear el día, uno frente a otro, junto a la misma ventanilla, dos viajeros: ambos eran jóvenes, ambos con muy poco equipaje, modes­tamente vestidos, de caras bastante notables y que, en fin, deseaban entablar conversación. Si hubiesen sabido, el uno del otro, lo que en aquellos instantes los hacía particularmente notables, se habrían admirado, claro, de que el destino les hubiera puesto uno frente a otro en un vagón de tercera clase del tren de Varsovia-Petersburgo. Uno de ellos era más bien bajo, de unos veintisiete años, de pelo rizado y casi negro y de ojos grises y pequeños, pero que parecían dos ascuas. Su nariz era ancha y aplastada; su cara, de pómulos salientes; sus finos labios se desplegaban sin cesar en una sonrisa descarada, burlona y hasta maligna; pero su frente era alta y bien formada, lo que embellecía la parte inferior del rostro, de innoble trazo. Era particularmente notable en aquella cara la mortal palidez, que daba a toda la fisonomía del joven un aspecto de agotamiento, a pesar de su complexión, bastante fuerte, y, al mismo tiempo, algo apasionado, rayano con el dolor, que no armonizaba con la sonrisa descarada y grosera ni con la penetrante y satisfecha mirada. Iba bien abrigado, con un capotón negro de piel de cordero forrado de paño. Así, durante la noche no había pasado frío, mientras que el vecino había debido aguantar en su temblorosa espalda todas las delicias de la húmeda noche de noviembre rusa, para la que, al parecer, no estaba preparado. Este último llevaba un capote bastante amplio y grueso, sin mangas, con un capuchón enorme, exactamente igual que los que a menudo usan en invierno los viajeros lejos, en el extranjero, en Suiza o, por ejemplo, en el norte de Italia, sin pensar, se entiende, en una distancia tan larga como la que separa Eudkunen de Petersburgo. Pero lo que servía y satisfacía por completo en Italia, no resultaba del todo satisfactorio en Rusia. El propietario del capote del capuchón era un hombre joven, también de unos veintiséis o veintisiete años, de estatura algo superior a la media, pelo muy rubio y espeso, de mejillas hundidas y barbita recortada en punta, casi albina. Sus ojos eran grandes, azules, y miraban fijamente; esta mirada apacible, pero pesada, tenía la expresión que permite adivinar a primera vista a las personas aquejadas de epilepsia. Por lo demás, el rostro del joven era agradable, fino y delgado, aunque descolorido, y en aquellos instantes estaba amoratado por el frío. Llevaba en sus manos un hatillo de viejo satén desteñido, que, al parecer, constituía todo su equipaje. Calzaba unas botas de gruesa suela con polainas, lo que no era nada ruso. El vecino de pelo negro y capotón miraba todo esto, en parte porque no tenía otra cosa que hacer, hasta que, por fin, preguntó con el tono burlón y poco delicado en que a veces, sin cumplidos y miramientos, expresa la gente su satisfacción ante las desdichas del prójimo:

—¿Tiene frío?

Y se encogió de hombros.

—Mucho —contestó el vecino con extraordinaria presteza—. Y fíjese que está deshelando. ¿Qué sería si helase? No podía pensar que aquí hiciese tanto frío. He perdido la costumbre.

—¿Viene del extranjero?

—Sí, de Suiza.

—¡Caramba! Hay que ver...

El del pelo negro lanzó un silbido y se echó a reír.

Entablaron conversación. La prontitud con que el joven rubio del capote suizo respondía a todas las preguntas de su moreno vecino era asombrosa; no sospechaba en absoluto lo que en algunas de esas preguntas había de desenfado, falta de lugar e inconveniencia. Explicó, entre otras cosas, que, en efecto, llevaba mucho tiempo fuera de Rusia, cuatro años y pico; que había marchado al extranjero por motivos de salud, a causa de una extraña enfermedad nerviosa, algo parecido a la epilepsia o al baile de San Vito, que le producía temblores y convulsiones. Al escucharlo, el pelinegro sonrió varias veces. Le hizo reír en particular cuando a su pregunta de si le habían curado, el rubio contestó que no, no le habían curado.

—¡Je, je! Quiere decirse que ha gastado el dinero en balde. Y nosotros creemos en esa gente —observó en tono mordaz.

—¡Es la pura verdad! —terció en el diálogo un señor que ocupaba el asiento contiguo, mal vestido, con el aspecto de covachuelista, de unos cuarenta años, complexión fuerte, nariz colorada y cara salpicada de granos—. Es la pura verdad, se nos llevan de balde todas nuestras energías.

—En lo que a mí se refiere se equivoca —replicó el paciente suizo con voz apacible y conciliadora—. Claro que no puedo discutir porque no lo sé todo, pero mi médico me pagó el viaje con el último dinero que le quedaba, y antes me había mantenido casi dos años a sus expensas.

—¿Es que no había nadie que pagase? —preguntó el pelinegro.

—No, el señor Pávlischev, que corría con mis gastos, se murió hace dos años. Escribí entonces a la generala Epánchina, parienta lejana mía, pero no recibí contestación. Esa es la causa de mi venida.

—¿Y adónde viene?

—¿Quiere decir que a casa de quién vengo?... La verdad es que no lo sé todavía.

—¿Aún no lo ha decidido?

Y ambos oyentes volvieron a soltar la risa.

—¿Es que no lleva más equipaje que ese hatillo? —preguntó el del pelo negro.

—Apuesto a que es así —insistió con aire de extraordinaria satisfacción el funcionario de la nariz colorada— y que no ha facturado nada aparte.

Y aunque la pobreza no es un vicio, es cosa que no puede por menos de saltar a la vista.

Resultó que era así: el joven rubio se apresuró a reconocerlo inmediatamente.

—Su hatillo, sin embargo, tiene cierta significación —prosiguió el funcionario cuando se hubieron hartado de reír (es de señalar que el propietario del hatillo empezó también a reírse al verlos, lo que aumentó todavía más la jovialidad de los otros)—. Y aunque se puede asegurar que en él no hay paquetes de monedas de oro extranjeras, de napoleones y federicos, ni siquiera de florines holandeses, cosa que también se puede deducir por las polainas y por sus botas extranjeras, si a su hatillo se añade una pariente como la generala Epánchina, entonces adquiere una significación distinta; se comprende, en el caso de que la generala Epánchina sea realmente pariente suya y usted no se haya equivocado por distracción... lo que es muy propio de personas que poseen... una imaginación excesiva.

—También ha vuelto a acertar —asintió el joven rubio—. Porque, en efecto, casi me he equivocado, quiero decir que casi no es realmente pariente mía. Hasta el extremo de que no extrañé lo más mínimo cuando no me contestaron. Así lo esperaba.

—Podía haberse ahorrado el dinero del franqueo. ¡Hum!... Al menos es usted sencillo y franco, lo que es de elogiar. ¡Hum!... Al general Epanchin lo conocemos en realidad porque todo el mundo lo conoce; y también conocemos al señor Pávlischev, el que sufragaba sus gastos en Suiza, si es que se trata de Nikolai Andréievich Pávlischev, porque eran dos primos. El otro sigue residiendo en Crimea. Nikolai Andréievich, el difunto, era un hombre honorable y con muy buenas relaciones, en otros tiempos poseía cuatro mil almas...

—Efectivamente, se llamaba Nikolai Andréievich —contestó el joven, quedándose mirando atentamente y con curiosidad al señor que todo lo sabía.

Estos señores sabelotodo suelen encontrarse y hasta bastante a menudo en cierto estrato social. Lo saben todo, toda la inquieta curiosidad de su mente y sus facultades tienden irresistiblemente hacia un punto, claro que a falta de más importantes aspiraciones e ideas en lo referente a la vida, como diría un pensador contemporáneo. Lo de que «lo saben todo» debe entenderse, por lo demás, en lo relativo a una esfera bastante reducida: dónde fulano de tal presta sus servicios, qué conocidos tiene, cuál es su fortuna, dónde fue gobernador, con quién está casado, cuál fue la dote que la mujer aportó, de quién es primo carnal y en segundo grado, etcétera, etcétera, y así por el estilo. En su mayor parte, estos sabelotodo van con los codos agujereados y perciben un sueldo mensual de diecisiete rublos. Las personas de las que saben hasta los últimos pormenores no se imaginarían, ciertamente, qué intereses los guían, aunque muchos de ellos alcanzan su propia estimación y hasta un alto grado de satisfacción espiritual con estos conocimientos, que equivalen a una auténtica ciencia y les sirven de consuelo. Es, además, una ciencia seductora. He visto a hombres de ciencia, a escritores, a poetas y a políticos que encontraron y encuentran en estos conocimientos el supremo fin y contento y que solo gracias a ello hicieron carrera.

En el transcurso de esta conversación, el joven pelinegro bostezaba, miraba por la ventanilla, sin ver nada, y esperaba impaciente el fin del viaje. Parecía distraído, incluso muy distraído: oía y no escuchaba, miraba y no veía y, en ocasiones, se reía sin él mismo comprender la causa.

—Permítame, ¿con quién tengo el honor...? —preguntó de pronto el señor de la cara llena de granos al joven rubio del hatillo.

—Con el príncipe Liev Nikoláievich Mishkin —contestó con presteza el interpelado.

—¿El príncipe Mishkin? ¿Liev Nikoláievich? No lo conozco. Ni siquiera he oído hablar de él —comentó perplejo el funcionario—. Es decir, no me refiero a su nombre, que es un apellido histórico y se puede y debe encontrarse en la historia de Karamzín, sino a la persona; hace ya mucho que no se tropieza uno con un príncipe Mishkin, ni siquiera se oye hablar de ellos.

—¡Claro que no! —asintió el príncipe—. En la actualidad el único príncipe Mishkin que existe soy yo; creo que soy el último. En cuanto a mis padres y abuelos, fueron gente muy modesta. Mi padre, por lo demás, fue subteniente, antiguo suboficial. No sé cómo la generala Epánchina llegó a tener lazos familiares con los príncipes Mishkin. También es la última en su género...

—¡Je, je, je! ¡La última en su género! ¡Je, je! ¡Qué bien le ha salido! —dijo riendo el funcionario.

También rió el del pelo negro. El rubio se asombró de que hubiera podido hacer un retruécano, por lo demás bastante malo.

—Ni siquiera había pensado lo que decía —explicó, por fin, admirado de sus propias palabras.

—Se comprende, se comprende —asintió alegremente el funcionario.

—Y qué, príncipe, ¿estudió allí con algún profesor? —preguntó de pronto el de pelo negro.

—Sí que estudié...

—Pues yo nunca estudié nada.

—No puede decirse que fuera mucho —añadió el príncipe, poco menos que disculpándose—. Mi enfermedad no me permitía un estudio sistemático.

—¿Conoce usted a los Rogozhin? —preguntó con frase rápida el del pelo negro.

—No, no los conozco en absoluto. En Rusia conozco a muy poca gente. ¿Es usted Rogozhin?

—Sí, Parfión Rogozhin.

—¿Parfión? ¿De los Rogozhin que...? —empezó con acentuada gravedad el funcionario.

—Sí, de esos mismos —lo interrumpió rápidamente y con descortés impaciencia el del pelo negro, quien, por lo demás, no se había dirigido ni una sola vez al funcionario de los granos, sino que desde el comienzo mismo hablaba solo al príncipe.

—Pero... ¿cómo es eso? —exclamó el funcionario perplejo, con unos ojos que casi se le salían de las órbitas y cuyo rostro adquirió al instante una expresión de unción y servilismo, hasta de miedo—. ¿Es hijo de Semión Parfiónovich Rogozhin, heredero de un honorable ciudadano que hace un mes murió dejando un capital de dos millones y medio de rublos?

—¿De dónde sacas que dejó un capital de dos millones y medio de rublos? —lo interrumpió el del pelo negro, sin dignarse tampoco esta vez mirar al funcionario—. ¡Vaya! —añadió, señalándolo con un gesto al príncipe—. ¿Qué les importará a estos lacayos, que inmediatamente se le pegan a uno como moscas? Es verdad, sí, que mi padre murió; yo estaba en Pskov, y al cabo de un mes vuelvo a casa poco menos que descalzo. Ni el miserable de mi hermano ni mi madre me han mandado ni dinero ni noticia alguna. ¡Como si fuese un perro! He estado en Pskov todo el mes enfermo con calenturas.

—Y ahora recibirá de una vez un milloncejo y pico. Eso por lo menos. ¡Qué cosas ocurren, Señor! —exclamó el funcionario, juntando las manos.

—¿Podría decirme qué le importará a él? —preguntó Rogozhin colérico, señalando de nuevo al funcionario—. Porque aunque andes de cabeza ante mí no te he de dar ni un kópek.

—Pues andaré, sí que andaré.

—No te daré nada, no te daré nada aunque te pases bailando una semana entera.

—¡No me lo des! Eso es lo que yo necesito. ¡No me lo des! A pesar de todo, bailaré. Abandonaré a mi mujer y a mis hijos pequeños, pero bailaré ante ti. ¡Para adularte, para adularte!

—¡Buf! —exclamó con asco el del pelo negro—. Hace cinco semanas —se volvió hacia el príncipe—, me escapé de mi padre, sin más equipaje que un hatillo, a Pskov, para refugiarme en casa de una tía; allí caí en cama con calenturas y, mientras tanto, él murió. De un derrame cerebral. Que Dios lo haya acogido en su Santo seno, pero entonces estuvo a punto de matarme a palos. ¡Créalo usted, príncipe, se lo aseguro! Si no me hubiese escapado, me mata de una paliza.

—¿Le había irritado usted? —preguntó el príncipe, mirando con cierta curiosidad particular al millonario del capotón.

Mas aunque pudiera haber algo digno de llamar especialmente la atención en lo del millón de la herencia, lo que al príncipe asombraba e interesaba era algo distinto. El propio Rogozhin había elegido por ciertas circunstancias al príncipe en calidad de interlocutor, si bien su necesidad de conversar con alguien parecía más mecánica que moral. Más para distraerse que para explayarse. Lo hacía movido por la inquietud, por la agitación, aunque solo fuese para mirar a alguien y tener un pretexto para la charla. Parecía como si siguiera enfermo de calenturas, o al menos en un estado ligeramente febril. En cuanto al funcionario, estaba tan pendiente de Rogozhin que no se atrevía ni a respirar; cazaba y sopesaba cada palabra como si buscase un brillante.

—Irritarse sí que se irritó, y acaso tuviera sus razones —contestó Rogozhin—. Pero el que más me fastidiaba era mi hermano. De mi madre no hay nada que decir; es ya vieja, lee las Vidas de los santos, busca la compañía de otras viejas y lo que dice Senka, mi hermano, es lo que debe ser. ¿Por qué él no me lo hizo saber a su tiempo? ¡Lo comprendo muy bien! Cierto que yo entonces estaba sin conocimiento. También dicen que pusieron un telegrama a mi tía pidiéndole que acudiera. Pero ella enviudó hace treinta años y se pasa todo el tiempo, de la mañana a la noche, con los lisiados. No es monja, es todavía peor. Tuvo miedo del telegrama y, sin abrirlo, lo llevó a la comisaría, donde sigue hasta ahora. Me salvó Vasili Vasílich Kóniev, fue el que me lo escribió todo. Por la noche, mi hermano cortó del paño de brocado que cubría el féretro de mi padre las borlas de oro, pensando que valdrían algún dinero. Esto podría costarle ir a Siberia si yo quisiera, porque se trata de un sacrilegio. ¡Eh, tú, espantapájaros! —Se volvió hacia el funcionario—. ¿No es según la ley un sacrilegio?

—¡Un sacrilegio! ¡Un sacrilegio! —se apresuró a confirmar el funcionario.

—¿Mandan por eso a Siberia?

—¡A Siberia, a Siberia! ¡A Siberia inmediatamente!

—Ellos creen que yo sigo enfermo —prosiguió Rogozhin, volviéndose hacia el príncipe—. Yo, sin decir ni una palabra a nadie, sin que nadie lo advirtiese, he tomado el tren y allá voy. ¡Abre la puerta, hermano Semión Semiónich! El trató de enemistarme con mi difunto padre, lo sé. Y que por culpa de Nastasia Filíppovna este se enfadó, también es cierto. De eso soy el único culpable. Me empujó el pecado.

—¿Por culpa de Nastasia Filíppovna? —preguntó servilmente el funcionario, como considerando algo.

—¿Es que la conoces? —le gritó impaciente Rogozhin.

—¡Sí la conozco! —contestó triunfalmente el funcionario.

—¡Bah! ¡Anda que no hay pocas Nastasias Filíppovnas en el mundo! ¡Qué bicho más descarado eres! Ya sabía que cualquier tipo como este se me iba a pegar enseguida —prosiguió, dirigiéndose al príncipe.

—¿Y si la conozco? —insistió el funcionario—. ¡Lébedev la conoce! Su Alteza me cubre de improperios, pero ¿y si demuestro lo que digo? Es la Nastasia Filíppovna por culpa de la cual su padre quiso darle una somanta. Nastasia Filíppovna es Barashkova, una señora, por así decirlo, muy distinguida y también una princesa en su género; tiene amistad con un cierto Afanasi Ivánovich Totski, un terrateniente y capitalista, que es miembro de compañías y sociedades comerciales, razón por la cual es muy amigo del general Epanchin...

—¡Hola! —Acabó de asombrarse Rogozhin muy de veras—. ¡Diablos! Es verdad que está enterado de todo.

—¡Lébedev lo sabe! ¡Lo sabe todo! Yo, Alteza, estuve dos meses con Alexandra Lijachov, y también después de la muerte de su padre; conozco todos los rincones y recovecos y las cosas han llegado a un punto que sin Lébedev es imposible dar un paso. Ahora me encuentro en la sección de deudas, pero entonces tuve la oportunidad de conocer a Armance, a Coralie, a la princesa Pátskaia y a Nastasia Filíppovna. Pude enterarme de muchas cosas.

—¿A Nastasia Filíppovna? ¿Es que ella y Lijachov...? —preguntó Rogozhin colérico, y hasta palidecieron y temblaron sus labios.

—¡Nada de eso! ¡Nada de eso! ¡No hay nada de eso! —se apresuró a protestar el funcionario—. ¡Ningún dinero le valió a Lijachov para acercarse a ella! No hay más que Totski. Por las tardes va al Gran Teatro o al Teatro Francés, donde tiene su palco. Los oficiales podrán decir lo que quieran, pero ni ellos mismos pueden probar nada: «Esa es Nastasia Filíppovna», y nada más. Por lo demás, nada. Porque no hay nada.

—Así es —confirmó Rogozhin, sombrío y ceñudo—. Eso mismo me dijo entonces Zaliózhev. Entonces, príncipe, yo cruzaba la avenida Nevski con la pelliza de mi padre, que se la hizo hace tres años, cuando ella salía de una tienda y tomó su coche. Algo me abrasó por dentro. Me tropecé con Zaliózhev, no me puedo comparar con él: anda siempre como un dependiente que acaba de salir de la peluquería y gasta monóculo, mientras que yo me había vuelto un salvaje en casa de mi padre, con las botas engrasadas con sebo y una mala comida. «No es para ti —me dijo—, es una princesa y se llama Nastasia Filíppovna Barashkova; vive con Totski, quien ahora no sabe cómo deshacerse de ella, porque ya es un hombre maduro, ha cumplido los cincuenta y cinco y quiere casarse con la mujer más guapa de Petersburgo.» Añadió que aquel día podía ver a Nastasia Filíppovna en el ballet del Gran Teatro, en su platea. En casa, con mi padre, si uno trataba de ir al ballet ya sabía el castigo, ¡lo mataría! Sin embargo, yo fui, procurando que nadie se enterara, y de nuevo vi a Nastasia Filíppovna; aquella noche no pude dormir. Por la mañana, el difunto me dio dos bonos del Tesoro del cinco por ciento, de cinco mil rublos, con el encargo de que los hiciese efectivos, entregase siete mil quinientos en la oficina de Andréiev y, sin ir a ningún sitio, le llevase el resto de los diez mil; él me estaría esperando. Vendí los bonos, pero no fui a la oficina de Andréiev, sino que me dirigí directamente a la joyería inglesa, donde escogí unos pendientes con un brillante cada uno del tamaño de una avellana; me faltaban cuatrocientos rublos, pero di mi nombre y me los fiaron. Con los pendientes, acudí a Zaliózhev y le pedí que me acompañase a casa de Nastasia Filíppovna. Fuimos allá. No sé ni recuerdo lo que pisaba, ni lo que tenía ante mí ni a los lados. Nos hicieron pasar directamente a la sala y ella salió a recibirnos. Entonces no me di a conocer. «De Parfión Rogozhin —dijo Zaliózhev—, en recuerdo de su encuentro de ayer. Dígnese aceptarlo.» Ella abrió el estuche, miró los pendientes y sonrió. «Dé las gracias —dijo—a su amigo, el señor Rogozhin por su gentileza», hizo un saludo y se retiró. ¡Por qué no me quedaría muerto entonces! Y si salí de allí es porque pensaba: ¡Es lo mismo, vivo no volveré aquí! Lo que más me indignaba era que ese animal de Zaliózhev se había apropiado de toda la gloria. Yo soy más bien pequeño, iba vestido como un criado y había permanecido callado sin apartar los ojos de ella, porque sentía vergüenza, mientras que él, vestido a la última moda, muy repeinado y emperifollado, con su cara colorada y su corbata a cuadros, se pavoneaba y presumía. ¡Sin duda debió tomarlo por mí! «Bueno —le dije cuando hubimos salido—, olvídame, como si no me conocieras.» Él se echó a reír: «¿Qué cuenta vas a presentar ahora en Semión Parfiónivh?». La verdad, entonces, sin volver a casa, sentí la tentación de tirarme al agua, pero pensé: Da lo mismo, y me fui allá como un condenado.

—¡Ah! ¡Oh! —exclamó el funcionario torciendo el gesto, y hasta se estremeció—. Porque el difunto era capaz de mandar al otro mundo no por diez mil rublos, sino por diez. —Se volvió hacia el príncipe.

Este contemplaba con curiosidad a Rogozhin, que parecía aún más pálido que antes.

—¡Mandar al otro mundo! —replicó Rogozhin—. ¿Qué sabes tú? Inmediatamente —siguió explicando al príncipe—, se enteró de todo, porque Zaliózhev se lo fue contando a cuantos encontraba. Me agarró mi padre y me encerró en la parte alta, donde estuvo una hora entera dándome la lata. «Esto —me dijo— no es más que una advertencia, esta noche vendré a despedirme de ti.» ¿Qué crees? El viejo se fue a casa de Nastasia Filíppovna, le hizo reverencias, le suplicó y lloró. Ella acabó por sacar el estuche y se lo tiró: «Ahí tienes —le dijo—, viejo barbudo, tus pendientes. Ahora los estimo diez veces más, cuando sé que Parfión se expuso a semejante riesgo. Saluda de mi parte a Parfión Semiónich y dale las gracias.» Mientras tanto, yo, con el consentimiento de mi madre, pedí prestados veinte rublos a Seriozhka Protushin y tomé el tren de Pskov; llegué con fiebre. Las viejas empezaron a leerme las Vidas de los Santos, mientras que yo estaba como borracho. Luego me fui por las tabernas, me gasté hasta el último kópek y anduve toda la noche por las calles sin saber qué era de mí; por la mañana estaba con calentura, además de que durante la noche los perros me habían mordido. No sé cómo recobré el conocimiento.

—¡Bueno, bueno! ¡Ahora haremos cantar a Nastasia Filíppovna! —exclamó el funcionario, frotándose las manos y dejando escapar una alegre risita—. ¡Ahora verá lo que son pendientes! Le regalaremos unos...

—Si dices una palabra más de Nastasia Filíppovna, como hay Dios que te pego una paliza. ¡Aunque hayas estado con Lijachov! —exclamó Rogozhin, agarrándole con fuerza el brazo.

—¡Si me pegas, eso significa que no me volverás la espalda! ¡Pégame! ¡Pégame! Así me acordaré mejor de ti... ¡Pero ya hemos llegado!

En efecto, el tren entraba en la estación. Aunque Rogozhin había dicho que había salido de Pskov sin que nadie lo advirtiera, unas cuantas personas lo estaban esperando. Al verlo lo llamaron a gritos y agitaron los gorros.

—¡Vaya, también Zaliózhev está aquí! —balbució Rogozhin mientras los miraba con una sonrisa triunfal y como rencorosa. De pronto se volvió hacia el príncipe—. Príncipe, no sé por qué, pero te he tomado afecto. Acaso por haberte encontrado en un momento como este, pero también he encontrado a ese otro (y señaló a Lébedev) y no le he tomado afecto alguno. Ven a mi casa, príncipe. Te quitaremos esas polainas, te vestiré con un abrigo de piel de marta de primera calidad; mandaré que te hagan un frac de primera, un chaleco blanco o del color que prefieras, te llenaré los bolsillos de dinero y... nos iremos a ver a Nastasia Filíppovna. ¿Vendrás o no?

—¡Piénselo bien, príncipe Liev Nikoláievich! —terció Lébedev con acento solemne, tratando de convencerlo—. ¡No deje pasar la ocasión! No la deje pasar...

—Iré con mucho gusto. También le agradezco muy de veras el afecto que le he inspirado. Es posible que vaya hoy mismo si es que tengo tiempo. Porque, francamente, también usted me ha agradado, sobre todo cuando contaba lo de los pendientes de brillantes. Ya antes me agradaba, a pesar de su sombría cara. Le agradezco también el traje y el abrigo que me ha prometido, porque la verdad es que los necesitaré pronto. En este momento no tengo casi ni un kópek.

—Habrá dinero, esta tarde lo habrá. ¡Ven!

—Lo habrá, lo habrá —insistió el funcionario—. ¡Lo habrá toda la noche, hasta que se haga de día!

—Y en lo que se refiere a las mujeres, príncipe, ¿es usted muy aficionado?

—¿Yo? No... Porque... acaso no lo sepa, pero debido a mi enfermedad congénita no conozco en absoluto a las mujeres.

—Pues si es así —exclamó Rogozhin—, tú, príncipe, eres un pobre de espíritu. Dios quiere a los hombres como tú.

—Dios quiere a esos hombres —confirmó el funcionario.

—Tú, cigarra, sígueme —dijo Rogozhin a Lébedev, y todos se apearon del vagón.

Lébedev había terminado por salirse con la suya. Pronto, el ruidoso tropel se alejó en dirección a la avenida Voznesenski. El príncipe tenía que torcer hacia la Litéinaia. Hacía mucha humedad y chispeaba. Preguntó a los transeúntes: hasta el lugar a donde debía dirigirse había tres verstas, por lo que se decidió a tomar un coche de punto.

2

El general Epanchin vivía en casa propia, a un lado de la Litéinaia, hacia la iglesia de la Transfiguración del Salvador. Además de esta excelente mansión, de la que cinco sextas partes las tenía alquiladas, poseía otro enorme inmueble en la Sadóvaia, que también le producía unas rentas muy saneadas. Era dueño, asimismo, de una finca rústica muy lucrativa en los alrededores de Petersburgo y de una fábrica en el mismo distrito de la ciudad. En otros tiempos el general Epanchin, como era notorio, había sido contratista. Ahora participaba y tenía mucho peso en ciertas importantes compañías anónimas. Pasaba por hombre de mucho dinero, de muchas ocupaciones y muchas amistades. En algunos sitios había sabido hacerse completamente indispensable, sin hablar ya de su propio servicio. No obstante, también era notorio que Iván Fiódorovich Epanchin era un hombre inculto e hijo de soldado; esto último, sin duda alguna, solo podía hacerle honor, pero el general, aunque hombre inteligente, poseía también pequeñas flaquezas, muy disculpables, y no le agradaban ciertas alusiones. Inteligente y hábil sí que lo era. Por ejemplo, se había marcado la norma de no hacerse ver donde hacía falta pasar desapercibido, y muchos lo estimaban precisamente por su sencillez, porque siempre sabía ocupar su puesto. Sin embargo, ¡si esos jueces hubiesen sabido lo que a veces pasaba en el alma de Iván Fiódorovich, que tan bien conocía su puesto! Y aunque, en realidad, tenía práctica y experiencia en los asuntos de la vida y algunas aptitudes muy notables, prefería presentarse como ejecutor de ideas ajenas y no como cabeza visible, pasar como un hombre «fiel sin adulación» y —¿qué cosas no veremos?— hasta ruso y cordial. Por lo que a esto último se refiere, había sido protagonista de algunos divertidos lances; pero el general no perdía el ánimo ni siquiera en las situaciones más divertidas; además tenía suerte, incluso en las cartas, y jugaba muy fuerte y hasta hacía ostentación de ello, sin querer ocultar esta pequeña debilidad suya por los naipes, que en muchas ocasiones le reportaba utilidad. Se trataba con gente de condición diversa, pero, en todo caso, gente de dinero. Mas todo estaba por delante, el tiempo aguantaba, lo aguantaba todo y las cosas debían venir con el tiempo y cuando les llegase la vez. En lo que se refiere a la edad, el general Epanchin estaba todavía, según suele decirse, en sazón, es decir, no tenía más de cincuenta y seis años, lo que, en todo caso, constituye una edad lozana, una edad en la que realmente empieza la verdadera vida. La buena salud, el buen color de la cara, los dientes fuertes, aunque negros, la recia complexión, la preocupada expresión de su semblante por la mañana, en la oficina, y jovial por la tarde a la hora de las cartas o en casa de Su Alteza: todo contribuía a sus éxitos presentes y futuros y sembraba de rosas la vida del general.

Este poseía una floreciente familia. Cierto que aquí no todo eran rosas, mas, por el contrario, había muchos elementos en los que desde mucho antes ya empezaron a concentrarse, de manera seria y cordial, los principales objetivos y esperanzas de Su Excelencia. ¿Qué fines puede haber en la vida más importantes y sagrados que los fines de los padres? ¿De qué preo­cuparse sino de la familia? La del general se componía de su mujer y de tres hijas, ya mayores. Se había casado hacía mucho, cuando tenía el grado de teniente, con una señorita casi de su misma edad, ni guapa ni culta, que solo le trajo una dote de cincuenta almas, aunque, a decir verdad, constituyeron la base de su ulterior fortuna. Mas el general no se lamentaba nunca de las consecuencias de su temprano matrimonio y nunca lo consideró una locura de la desgraciada juventud; estimaba a su esposa, y a veces la temía tanto, que hasta la amaba. La generala procedía del linaje de los príncipes Mishkin, no brillante, pero muy antiguo, y tenía en gran estima su origen. Cierto personaje influyente de aquel entonces, uno de esos protectores a quienes el prestar su protección no le cuesta nada por lo demás, tuvo a bien mostrar interés por la boda de la joven princesa. Abrió el portillo al joven oficial y le dio un pequeño empujón; y aquel no necesitaba siquiera de empujón, le bastaba con una simple mirada, ¡no era hombre que desaprovechase las ocasiones! Con raras excepciones, los esposos habían vivido todo el tiempo de su largo matrimonio en paz y concordia. Ya desde un principio, la generala supo encontrar, como princesa de nacimiento y última en su género, y acaso también merced a sus cualidades personales, ciertas protectoras situadas en altas esferas. Más tarde, con la riqueza y el peso oficial de su marido, empezó a abrirse camino en esas altas esferas.

En aquellos últimos años habían crecido y se habían hecho unas mujercitas las tres hijas del general: Alexandra, Adelaida y Aglaia. Cierto que las tres eran solamente Epánchinas, pero por su madre eran de linaje principesco, la dote no era pequeña y su padre podía pretender más tarde a un alto puesto, lo que también tenía su importancia. Las tres eran hermosas, sin excluir a la mayor, Alexandra, que ya había cumplido los veinticinco. La mediana tenía veintitrés años y la menor, Aglaia, acababa de cumplir los veinte. Esta última era una auténtica belleza y empezaba a llamar la atención en el gran mundo. Pero esto no era todo: las tres se distinguían por su buena educación, su inteligencia y su talento. Era notorio que las tres se querían mucho y se ayudaban. Se hablaba también de ciertas renuncias de las dos hermanas mayores en favor de la pequeña, que era el ídolo de la casa. En la vida de sociedad no eran aficionadas a hacerse presentes, e incluso se mostraban demasiado modestas. Nadie podía acusarlas de soberbia y orgullo, aunque se sabía que eran orgullosas y tenían conciencia de su valía. La mayor era aficionada a la música, la mediana era una excelente pintora, pero casi nadie lo supo hasta después de muchos años y solo se había descubierto últimamente, y eso por pura casualidad. En una palabra, de ellas se hablaba en términos muy elogiosos. Mas también había gente malintencionada. Hablaban con horror de los muchos libros que leían. Ellas no mostraban prisa por casarse; tenían en estima a ciertos círculos de la sociedad, aunque no mucho. Esto era tanto más notable cuando todos conocían la orientación, el carácter, los propósitos y deseos de sus padres.

Eran ya casi las once cuando el príncipe llamaba a la puerta del general. Este vivía en la segunda planta y ocupaba un departamento lo más modesto posible, aunque con arreglo a su posición. Abrió un criado de librea al que el príncipe tuvo que dar largas explicaciones, ya que desde el principio no cesaba de mirar su hatillo de un modo sospechoso. Por último, después de sus repetidas manifestaciones de que, efectivamente, era el príncipe Mishkin y de que tenía absoluta necesidad de ver al general para un asunto imprescindible, el perplejo criado le hizo pasar a un pequeño recibimiento, junto a la antesala y al despacho, y lo puso en manos de otro criado, que por las mañanas se encontraba de servicio en esa antesala y era el encargado de informar al general acerca de los visitantes. Este otro criado vestía de frac, pasaba de los cuarenta años y mostraba una grave fisonomía. Como encargado de atender las llamadas del despacho y de informar a Su Excelencia, tenía conciencia de su valer.

—Espere en la antesala y deje aquí el hatillo —dijo, sentándose sin prisa y con grave continente en su sillón, mientras contemplaba con severo asombro al príncipe, que se había acomodado a su lado en una silla y que no soltaba el hatillo.

—Si me lo permite —dijo el príncipe—, preferiría esperar aquí, con usted. ¿Para qué voy a estar solo?

—En el recibimiento no puede quedarse, porque usted es un visitante. ¿Desea ver al propio general?

Por lo visto, el criado no podía hacerse a la idea de introducir a tal visitante, y por eso se decidió a preguntar una vez más.

—Sí, tengo un asunto... —empezó el príncipe.

—No le pregunto por su asunto, mi misión se reduce a anunciarlo. Y en ausencia del secretario, como ya le he dicho, no puedo anunciarlo.

El recelo de aquel individuo parecía aumentar por momentos. El príncipe se parecía muy poco a los visitantes ordinarios, y aunque el general solía recibir con bastante frecuencia, casi diariamente a una determinada hora, para resolver asuntos, a gente de muy variado pelaje, el criado, a pesar de la costumbre y de las instrucciones recibidas, bastante amplias, tenía grandes dudas; la mediación del secretario para anunciarlo era indispensable.

—¿Viene realmente del extranjero? —inquirió como si se le escapase la pregunta, acabando por desconcertarse; acaso quisiera preguntar: «¿Es usted realmente el príncipe Mishkin?».

—Sí, vengo directamente de la estación. Me ha parecido que quería preguntarme si soy verdaderamente el príncipe Mishkin y que no lo ha hecho por cortesía.

—¡Hum!... —gruñó asombrado el criado.

—Le aseguro que no miento y que no le pedirán responsabilidades. El aspecto en que me ve y el hatillo no tienen importancia; en la actualidad no me encuentro en una situación muy boyante.

—¡Hum! No es que tema nada. Verá, tengo la obligación de anunciarlo. Saldrá el secretario, a menos que usted... De eso se trata, a menos que... ¿No viene a pedir una ayuda al general, si me permite la pregunta?

—¡Oh, no! Nada de eso, puede usted estar completamente seguro. El asunto que me trae es de otra naturaleza.

—Perdóneme que al ver su presencia le haya preguntado. Espere al secretario. El señor está ahora ocupado con el coronel, luego vendrá el secretario... de la Compañía.

—Entonces, si la cosa va para largo, quería preguntarle si se puede fumar aquí. Traigo pipa y tabaco.

—¿Fumar? —exclamó el criado, mirándolo con despectiva perplejidad, como si no diera crédito a sus oídos—. ¿Fumar? No, aquí no puede, debería darle vergüenza pensarlo siquiera. Oh... ¡es asombroso!

—No le pedía permiso para fumar en esta habitación; eso ya lo sé. Saldría a cualquier sitio, adonde usted me indicase, porque tengo esa costumbre y llevo sin fumar tres horas. Por lo demás, como usted quiera, ya lo dice el refrán: En monasterio ajeno...

—¿Y cómo lo voy a anunciar? —gruñó el criado casi involuntariamente—. Lo primero de todo, usted no debe esperar aquí, sino en la antesala, porque usted es un visitante, o de otra manera, un huésped, y luego me pedirán responsabilidades... ¿Tiene el propósito de quedarse a vivir en la casa? —añadió, mirando de nuevo de reojo el hatillo del príncipe, que, por lo visto, no cesaba de inquietarlo.

—No, no pienso. Aunque me invitasen, no me quedaría. He venido simplemente a conocer a la familia, nada más.

—¿Cómo? ¿A conocer a la familia? —preguntó el criado con redoblada suspicacia—. ¿No había dicho antes que le traía un asunto?

—Casi no se trata de un asunto. Es decir, si usted quiere, me trae un asunto, se trata solamente de pedir consejo, pero lo principal es que quería presentarme, porque soy el príncipe Mishkin y la generala es también la última princesa del linaje de los Mishkin, fuera de nosotros dos no hay ningún otro Mishkin.

—¿Quiere decirse que también es pariente? —Se inquietó el criado, ya casi dominado por el miedo.

—Casi no lo somos. Por lo demás, si alargamos la línea del parentesco, sí, aunque somos tan lejanos, que en realidad no me puedo considerar como tal. En una ocasión recurrí a la generala desde el extranjero, por carta, pero ella no me contestó. No obstante, he estimado necesario entablar relaciones ahora que he vuelto. Le explico todo esto para que no tenga duda, porque veo que todavía sigue intranquilo; anuncie al príncipe Mishkin y con solo esto se comprenderá la causa de mi visita. Si me reciben, bien; si no me reciben, qué le vamos a hacer, acaso resulte incluso muy bien. Aunque creo que no pueden por menos de recibirme: la generala, se entiende, querrá ver al único representante de su linaje; según he oído de muy buena fuente, tiene en gran estima su casta.

Parecía que la conversación del príncipe no podía ser más sencilla; pero conforme aumentaba su sencillez, más absurda resultaba en el caso presente, y el experto fámulo no podía por menos de sentir que lo que resulta completamente decoroso entre un hombre y otro, es completamente indecoroso entre el huésped y el criado. Y como la gente suele tener mucha más inteligencia de lo que de ordinario imaginan los señores, el criado pensó que aquí podían suceder dos cosas: o el príncipe era un perdido que acudía a pedir limosna, o que era un tonto y carecía de ambiciones, pues un príncipe listo y ambicioso no se quedaría en la antesala hablando con un criado de sus asuntos. Tanto en un caso como en otro, ¿no cargaría él con la responsabilidad?

—Debería pasar a la sala —observó en el tono más firme posible.

—Si me hubiese quedado allí, no le habría podido explicar todo esto —replicó el príncipe, riendo jovialmente—. Quiere decirse que usted seguiría preocupado, mirando mi capote y mi hatillo. Ahora, sin esperar al secretario, podía pasar usted mismo y anunciarme.

—A un visitante como usted no puedo anunciarlo sin antes informar al secretario. Además, tengo órdenes especiales de no molestar al señor mientras el coronel se encuentre en el despacho, y Gavrila Ardaliónovich puede entrar sin anunciarse.

—¿Es algún funcionario?

—¿Gavrila Ardaliónovich? No. Es un empleado de la Compañía. Deje el hatillo aunque sea ahí.

—Ya lo había pensado; con su permiso. También me quitaré el capote.

—Claro, no va a pasar así.

El príncipe se levantó, se dio prisa en quitarse el capote y quedó a cuerpo, con una chaqueta bastante decente y de buen corte, aunque ya algo raída. Le cruzaba el chaleco una cadenilla de acero a la que iba sujeto un reloj de plata de Ginebra.

Aunque el príncipe era un tonto de remate —así lo había decidido el criado—, al ayuda de cámara del general le pareció, por fin, inconveniente prolongar más la conversación con el huésped, aunque el príncipe, sin que pudiese explicarse la causa, le resultaba, a su manera, se entiende, agradable. Mas desde otro punto de vista despertaba en él una indignación profunda y grosera.

—Y la generala, ¿cuándo recibe? —preguntó el príncipe, volviéndose a sentar en el sitio de antes.

—Eso ya no es cosa mía. Recibe a distinta hora, según de quién se trate. A la modista la recibe a las once. A Gavrila Ardaliónovich también lo recibe antes que a los demás, incluso durante el desayuno.

—Aquí las habitaciones están más templadas que en el extranjero —observó el príncipe—. En cambio allí, en las calles no hace tanto frío como en Rusia. Pero en las casas, durante el invierno un ruso no puede vivir. Es cosa de costumbre.

—¿No hay calefacción?

—Sí, pero las casas están construidas de otro modo, es decir, las estufas y las ventanas.

—¡Hum! ¿Ha estado mucho tiempo fuera?

—Cuatro años. Aunque pasé casi todo el tiempo en un mismo sitio, en el campo.

—¿Ha perdido la costumbre de lo ruso?

—También esto es verdad. Créame, me maravillo de no haber olvidado el idioma. Estoy hablando ahora con usted, y pienso: Pues me expreso bien. Quizá eso sea la causa de que hable tanto. Se lo aseguro, desde ayer siento el constante deseo de hablar en ruso.

—¡Hum! ¡Je! ¿Vivió antes en Petersburgo? (Por muchos esfuerzos que el criado hiciera, le resultaba imposible cortar tan cortés y amable conversación.)

—¿En Petersburgo? Casi nada, solo de paso. Era muy poco lo que conocía y ahora hay tantas cosas nuevas que, según dicen, el que lo conocía tiene que aprenderlo de nuevo. Ahora se habla mucho de los tribunales.

—¡Hum!... Los tribunales. La verdad es que hay tribunales. ¿Son los del extranjero más justos o no?

—No lo sé. De los nuestros he oído hablar muy bien. En nuestro país, por ejemplo, ha sido abolida la pena de muerte.

—¿Y allí ejecutan?

—Sí. Lo vi en Francia, en Lyon. Me llevó Schneider.

—¿Ahorcan?

—No, en Francia cortan la cabeza.

—¿Gritan mucho?

—¡En absoluto! Es cuestión de un abrir y cerrar de ojos. Tienden al reo y cae una cuchilla así de ancha, por medio de una máquina que se llama guillotina. Es una cuchilla muy pesada que cae de golpe... La cabeza salta tan rápidamente que casi no se da uno cuenta. Los preparativos son desagradables. Cuando dan lectura a la sentencia, atan al reo y lo suben al patíbulo resulta espantoso. La gente acude a presenciarlo, hasta las mujeres, aunque no les gusta que las mujeres lo vean.

—No es cosa suya.

—¡Claro, claro! ¡Semejante suplicio! El reo era un hombre inteligente, valeroso, fuerte, de cierta edad. Se llamaba Legraux. Pues bien, podrá creerme o no, pero cuando subió al patíbulo lloraba y estaba más blanco que el papel. ¿Se puede permitir esto? ¿No es espantoso? ¿Quién llora de miedo? Yo no pensaba que podía llorar de miedo, no un niño, sino un hombre que jamás había llorado, un hombre de cuarenta y cinco años. ¿Qué convulsiones experimenta el espíritu en esos momentos? ¡No es más que una profanación del alma! Los mandamientos dicen «no matarás». ¿Por qué si él ha matado hay que matarlo? No, eso no se debe hacer. Lo vi hace un mes y hasta ahora lo tengo ante los ojos. He soñado con eso cinco veces.

El príncipe se había animado con la conversación, un ligero color había invadido su pálido rostro, aunque hablaba con la misma calma de antes. El criado seguía su relato con interés y no daba muestras de querer interrumpirlo; acaso era también un hombre de imaginación y aficionado a pensar.

—Menos mal que no sufren gran cosa cuando les cortan la cabeza —observó.

—¿Sabe lo que le digo? —prosiguió el príncipe con vehemencia—. Que usted ha hecho la misma observación que hace todo el mundo, que para eso se inventó la máquina, la guillotina. En aquella ocasión se me ocurrió otra idea: ¿y si esto es peor todavía? Le parecerá ridículo, absurdo, pero con cierta imaginación es una idea que viene a la cabeza. Considérelo usted mismo: el tormento, por ejemplo, solo produce heridas y padecimientos corporales, y esto hace desaparecer el dolor espiritual, así que lo único que atormenta son las heridas hasta el instante mismo en que llega la muerte. Pero el dolor principal, el más fuerte, puede que no sea el que las heridas ocasionan, sino el saber a ciencia cierta que dentro de una hora, y después dentro de diez minutos, y después dentro de medio, y después ahora mismo, el alma se separará del cuerpo y uno dejará de ser persona, que esto es algo seguro; lo principal es que se trata de algo seguro. Cuando colocan al reo bajo la cuchilla y él siente cómo se desliza sobre su cabeza, ese cuarto de segundo es lo más terrible. ¿Sabe que no se trata de una fantasía mía y que así lo han afirmado muchos? Matar por haber matado es un castigo incomparablemente mayor que el propio crimen. La muerte en virtud de sentencia es incomparablemente más horrible que la muerte que el criminal produce. Los bandidos matan a su víctima de noche, en pleno bosque o en cualquier otro sitio, y la víctima espera salvarse hasta el último momento. Se conocen ejemplos de personas que con un tajo en la garganta seguían confiando, trataban de escapar o pedían clemencia. Pero aquí, toda esta última esperanza, con la que el morir resulta diez veces más fácil, se la quitan de seguro; aquí tenemos la sentencia, y el hecho de que esta se cumplirá a ciencia cierta constituye un tormento espantoso, como no hay otro igual en el mundo. Coloque a un soldado frente a la boca misma de un cañón en plena batalla y dispare sobre él: aún esperará; pero lea a este mismo soldado la sentencia, como algo que sucederá de seguro, y perderá la razón o se echará a llorar. ¿Quién ha dicho que la naturaleza humana es capaz de soportarlo sin caer en la locura? ¿Por qué ese insulto absurdo, innecesario e inútil? Puede que haya alguien a quien después de leer la sentencia, después de ver turbada su razón, le dijeran: «Vete, estás perdonado». Ese hombre es el que podría contar. Cristo habló de este tormento y de este horror. ¡No, con el hombre no se puede proceder así!

El criado, aunque no habría sido capaz de expresar todo esto como el príncipe, comprendió lo esencial, claro; así podía deducirse hasta por la enternecida expresión de su rostro.

—Si desea fumar —dijo—, puede hacerlo, pero por favor, dese prisa. Pueden preguntar por usted y no encontrarlo. Ahí debajo de esa escalerilla hay una puerta. Entre y a la derecha encontrará un cuchitril; allí puede fumar, pero abra el ventanillo, porque no está permitido...

Sin embargo, el príncipe no tuvo tiempo de hacerlo. En el recibimiento entró un joven con unos papeles en la mano. El criado lo ayudó a quitarse el abrigo. El joven miró de soslayo al príncipe.

—Gavrila Ardaliónovich —empezó el criado en tono confidencial y casi familiar—, anuncie que el príncipe Mishkin, pariente de la señora, acaba de llegar del extranjero con solo un hatillo en la mano...

El príncipe no pudo oír el resto porque el criado bajó la voz.

Gavrila Ardaliónovich escuchaba atentamente y miraba al príncipe con viva curiosidad; por fin, dejó de prestar oído y se acercó a él con muestras de impaciencia.

—¿Es usted el príncipe Mishkin? —preguntó con amabilidad y cortesía extraordinarias.

Era un joven de muy buena presencia, de unos veintiocho años, rubio, de estatura superior a la media, con una barbita pequeña, napoleónica, y cara inteligente y de facciones muy correctas. Eso sí, su sonrisa, a pesar de toda su amabilidad, resultaba demasiado perfecta; al sonreír enseñaba unos dientes muy iguales y demasiado parecidos a perlas; su mirada, a pesar de la jovialidad y la aparente sencillez, era demasiado fija y escrutadora.

Seguramente, cuando esté solo no mirará así y puede que no se ría nunca, se le ocurrió pensar al príncipe.

Este explicó lo más rápidamente que pudo lo mismo que antes había explicado al criado y, antes aún, a Rogozhin. Gavrila Ardaliónovich, entretanto, parecía hacer memoria.

—¿Es usted —preguntó— quien hace un año o incluso algo menos escribió una carta, creo que desde Suiza, a Elizaveta Prokófievna?

—El mismo.

—Entonces lo conocen aquí y seguramente lo recuerdan. ¿Deseaba ver a Su Excelencia? Ahora lo anunciaré... El general quedará libre de un momento a otro. Pero... mientras tanto debería esperar en la antesala... ¿Por qué está aquí? —preguntó severamente al criado.

—Se lo he dicho, no ha querido...

En aquel mismo momento se abrió la puerta del despacho y salió de él un militar con una cartera en la mano, hablando en voz muy alta y haciendo una inclinación tras otra.

—¿Estás ahí, Gania? —gritó una voz desde el despacho—. ¡Haz el favor de venir!

Gavrila Ardaliónovich inclinó la cabeza al príncipe y se apresuró a acudir a la llamada.

Un par de minutos después la puerta volvió a abrirse y se oyó la voz sonora y afable de Gavrila Ardaliónovich:

—¡Tenga la bondad, príncipe!

3

El general Iván Fiódorovich Epanchin, de pie en mitad del despacho, contempló con extraordinaria curiosidad al príncipe al tiempo que este entraba; incluso dio dos pasos hacia él. El príncipe se acercó y se dio a conocer.

—Muy bien —dijo el general—. ¿En qué puedo servirlo?

—No traigo ningún asunto urgente; lo único que deseaba era, sencillamente, conocerlo. No querría molestarlo, pero como no sé el día en que recibe ni las normas de la casa... Acabo de dejar el tren... Vengo de Suiza...

El general dejó esbozar una leve sonrisa, pero lo pensó mejor y la cortó de golpe; luego pensó algo más, arrugó los párpados y volvió a mirar a su huésped de pies a cabeza. A continuación le indicó con gesto rápido una silla, se sentó ante él de medio lado y se volvió hacia el joven con viva impaciencia. Gania estaba en un rincón del despacho, ante un escritorio, examinando ciertos papeles.

—No tengo mucho tiempo para conocer caras nuevas —dijo el general—, pero como usted vendrá sin duda con algún propósito...

—Ya lo presentía— lo interrumpió el príncipe—, me figuraba que usted habría de atribuir a mi visita un fin particular. Pero le aseguro que lo único que me trae es la satisfacción de conocerlo.

—También yo tengo mucho gusto, se entiende, aunque no todo es distracción. A veces, ¿sabe?, también se tercian asuntos... Además que hasta ahora no acabo de ver, por así decirlo, lo que entre nosotros puede haber... de común...

—Causas, indudablemente, no las hay; es muy poco, se entiende, lo que de común hay entre nosotros. Porque el que yo sea príncipe Mishkin y su esposa pertenezca a nuestro linaje, eso, se entiende, no es razón. Lo comprendo muy bien. Sin embargo, es lo que me movía a venir. He estado cuatro años y pico fuera de Rusia, y además, ¡cómo me encontraba cuando fui al extranjero! ¡Casi no estaba en mi sano juicio! Entonces no sabía nada y ahora tanto menos. Necesito personas buenas; tengo, sí, un asunto y no sé qué hacer. Ya en Berlín pensé: Son casi parientes, empezaré por ellos; acaso podamos sernos útiles, ellos a mí y yo a ellos, si es que son buenas personas. Y he oído decir que lo son.

—Muchas gracias —dijo asombrado el general—. Dígame, ¿dónde se hospeda?

—Por ahora en ningún sitio.

—¿Ha venido directamente de la estación? ¿Y... con el equipaje?

—Todo mi equipaje se reduce a un hatillo con unas mudas, no traigo nada más. Lo llevo conmigo. Tengo tiempo de tomar una habitación en cualquier hotel.

—¿De modo que tiene el propósito de tomar habitación en un hotel?

—Sí, claro.

—A juzgar por sus palabras, había pensado que usted venía directamente con la intención de hospedarse en mi casa.

—Podría hacerlo, pero solo en el caso de que usted me invitara. En cuanto a mí, se lo confieso, no me quedaría aunque me invitase, no por nada, sino... por cuestión de carácter.

—Quiere decirse que he hecho bien en no invitarlo. Permítame una vez más, príncipe, que termine de una vez las explicaciones: nos hemos puesto de acuerdo en que entre nosotros no se puede hablar de parentesco alguno, aunque, se comprende, ello sería para mí muy halagador, así que...

—¿Que lo único que me queda es levantarme y retirarme? —preguntó el príncipe incorporándose y riendo jovialmente, a pesar de la visible dificultad en que se encontraba—. Verá, general, aunque prácticamente no conozco nada en absoluto de las costumbres que aquí rigen, aunque no sé nada de cómo la gente vive, pensaba que todo habría de resultar como ha sido. Puede que deba ser así... Ya entonces no contestaron a mi carta... Bueno, adiós y perdone la molestia.

La mirada del príncipe era en aquel momento tan cariñosa y su sonrisa tan carente del menor matiz de oculto desagrado, que el general, de pronto, quedó suspenso y pareció mirar de un modo nuevo a su visitante; todo este cambio se produjo en un abrir y cerrar de ojos.

—¿Sabe, príncipe? —dijo con un tono de voz casi completamente distinto—. A usted no lo conozco, pero Elizaveta Prokófievna acaso desee ver a una persona que lleva su mismo apellido... Espere si quiere, si es que tiene tiempo.

—¡Oh, claro que lo tengo! Mi tiempo es absolutamente mío. —Y el príncipe dejó sobre la mesa su sombrero flexible de ala redonda—. Se lo confieso, también me figuraba que Elizaveta Prokófievna podía recordar la carta que le escribí. Antes, un criado suyo, cuando estaba esperando, sospechó que yo venía a pedirle una limosna; lo advertí y es posible que usted haya dado severas instrucciones en este sentido; pero la verdad es que no he venido por eso, lo único que me ha traído es el propósito de relacionarme con ustedes. Una circunstancia me preocupa, el pensar que haya podido molestarlo.

—Verá, príncipe —dijo el general con una alegre sonrisa—, si usted es en realidad lo que parece, tendré mucho gusto en cultivar su amistad; ha de tener en cuenta, sin embargo, que soy un hombre muy ocupado; ahora mismo tendré que volver a examinar y firmar algún documento; luego he de ir a ver a Su Alteza, a continuación a la oficina, así que, aunque me agrade tratar con personas... buenas, es decir... Por lo demás, estoy seguro de que usted ha recibido una excelente educación, que... ¿Cuántos años tiene usted, príncipe?

—Veintiséis.

—¡Oh! Creí que tenía muchos menos.

—Sí, dicen que represento menos edad de la que tengo. En cuanto a lo de no molestarlo, aprenderé pronto, porque no me gusta ser un estorbo... Me parece, en fin, que somos personas muy diferentes... por muchas circunstancias; que entre nosotros no pueden existir muchos puntos comunes. Pero tampoco de esta idea estoy muy seguro, porque con gran frecuencia suele ocurrir que parece que no existen puntos comunes, aunque en realidad los hay... Es la pereza lo que hace que los hombres se juzguen unos a otros a primera vista y no pueden encontrar nada... Por lo demás, acaso le esté aburriendo. Parece que...

—Dos palabras: ¿posee usted siquiera ciertos medios de fortuna? ¿O tiene el propósito de buscar un empleo? Perdóneme que yo...

—Por favor, estimo mucho y comprendo muy bien su pregunta. Carezco de recursos y en el presente no tengo ningún empleo, aunque debería tenerlo. El dinero que me queda no es mío, me lo dio Schneider, mi profesor, con el que yo me traté y estudié en Suiza; me dio lo necesario para el viaje, pero tan justo, que ahora, por ejemplo, apenas si me quedan unos kópeks. Traigo un asunto entre manos, cierto, y necesito asesorarme, pero...

—Dígame, ¿cómo piensa vivir entretanto y cuáles son sus propósitos? —lo interrumpió el general.

—Querría trabajar en cualquier cosa.

—¡Oh! Usted es un filósofo; aunque por lo demás... ¿Tiene usted alguna capacidad, alguna aptitud de esas que proporcionan el pan nuestro de cada día? De nuevo le ruego que me perdone...

—No me ha ofendido. No, creo que no tengo ninguna aptitud ni capacidad especial; más bien al contrario, porque soy un hombre enfermo y no he aprendido nada conforme a un orden. En lo que se refiere al pan, me parece que...

El general lo interrumpió de nuevo para proseguir sus preguntas. El príncipe volvió a contarle todo lo que ya queda dicho. Resultó que el general había oído hablar del difunto Pávlischev y hasta lo había conocido personalmente. Por qué Pávlischev se había interesado por su educación, el propio príncipe no podía explicarlo: acaso fuese por la vieja amistad que lo había unido con su difunto padre. El príncipe era muy pequeño cuando quedó huérfano, siempre había vivido en la aldea, pues también su delicada salud requería el aire del campo. Pávlischev lo había confiado a unos viejos propietarios, parientes suyos; tomaron para él al principio una institutriz y luego un preceptor; por lo demás, añadió que, aunque lo recordaba todo, no podía explicarlo de un modo satisfactorio, porque había muchas cosas de las que no llegó a darse cuenta. Los frecuentes ataques de su enfermedad lo habían convertido poco menos que en un idiota (así dijo el príncipe, idiota). Contó, finalmente, que Pávlischev se había encontrado en Berlín con el profesor Schneider, un suizo especializado precisamente en estas enfermedades y que tenía su clínica en Suiza, en el cantón de Valais; que trataba con arreglo a un método propio, con duchas de agua fría y gimnasia, el idiotismo y la locura, a la vez que daba clase a los pacientes y se preocupaba de su desarrollo espiritual; que Pávlischev lo había mandado a él haría cosa de cinco años y que hacía dos había muerto repentinamente, sin testar. Schneider, a sus expensas, había seguido el tratamiento. Aunque no lo había curado del todo, se encontraba mucho mejor. Finalmente, accediendo a sus propios deseos y en virtud de cierta circunstancia, lo había mandado a Rusia.

El general quedó muy asombrado.

—¿Y aquí, en Rusia, no tiene a nadie, absolutamente a nadie? —preguntó.

—En estos momentos, a nadie... Espero, sin embargo... Además he recibido una carta...

—Por lo menos —lo interrumpió el general, que no había oído lo de la carta—, usted habrá aprendido algo. Su enfermedad no le impedirá desempeñar una ocupación, algo que no sea muy difícil en una oficina.

—De seguro que no. En cuanto a lo del empleo, me agradaría mucho, porque yo mismo desearía ver de qué soy capaz. He estudiado cuatro años seguidos, aunque no muy sistemáticamente, con arreglo a un método especial. He tenido ocasión de leer muchos libros rusos.

—¿Libros rusos? ¿Quiere decirse que también sabe escribir sin faltas?

—Claro que sí.

—¡Perfecto! ¿Y la letra?

—La letra excelente. Para esto tengo una capacidad especial; soy lo que se dice un calígrafo. Permítame, le escribiré algo para que juzgue —dijo con vehemencia el príncipe.

—No faltaba más. También esto es necesario... Me agrada su buena disposición, príncipe, me es usted muy simpático.

—¡Qué magnífico escritorio! ¡Cuántos lápices y plumas! El papel es muy bueno... ¡El despacho es admirable! Este paisaje lo conozco, es una vista de Suiza. Estoy convencido de que el pintor lo tomó del natural. Este lugar lo he visto: es del cantón de Uri...

—Muy bien pudiera ser, aunque lo compré aquí. Gania, dale papel al príncipe; aquí tiene papel y plumas. Siéntese en esta mesita. ¿Qué es eso? —Se volvió el general hacia Gania, que había sacado de su cartera y le entregaba una fotografía de gran tamaño—. ¡Bah, es Nastasia Filíppovna! ¿Te lo ha mandado ella misma? —preguntó a Gania con muestras de viva curiosidad.

—Me la ha dado ahora, cuando acudí a felicitarla. Hace mucho que se lo tenía pedido. No sé si se tratará de una alusión a que he acudido a ella con las manos vacías, sin un regalo, en un día como este —añadió Gania, sonriendo desagradablemente.

—No —lo interrumpió el general con acento seguro—, no sé qué ideas se te ocurren. No es una mujer como para hacer esas alusiones... no tiene nada de interesada. Además, ¿qué le ibas a regalar? ¡Porque harían falta miles de rublos! ¿Tu retrato acaso? A propósito, ¿no te ha pedido nunca tu retrato?

—No, aún no lo ha hecho; y es posible que nunca llegue a pedírmelo. Usted, Iván Fiódorovich, recordará sin duda la fiesta de hoy, ¿verdad? Porque está expresamente invitado.

—Lo recuerdo, lo recuerdo, se entiende, y acudiré. ¡No faltaba más, cumple los veinticinco años! ¡Hum!... ¿Sabes una cosa, Gania? Seré franco contigo. Prepárate. A Afanasi Ivánovich y a mí nos ha prometido que hoy dirá la última palabra: ¡ser o no ser! Así que tenlo presente.

Gania se turbó tanto que incluso se puso un poco pálido.

—¿Es seguro que lo ha dicho? —preguntó con voz temblorosa.

—Anteayer nos dio su palabra. Insistimos tanto, que la obligamos a hacerlo. Lo único que nos rogó fue que de momento no te lo dijéramos.

El general se quedó mirando atentamente a Gania, como si la turbación de este no le agradase.

—Recuerde, Iván Fiódorovich —dijo Gania, inquieto y vacilante—, que ella me había dejado en plena libertad para decidir hasta tanto no resolviera ella misma, y aun entonces sería yo el que pronunciaría la última palabra...

—Es que tú... es que tú... —Se asustó de pronto el general.

—No, nada.

—Por favor, ¿acaso quieres jugarnos una mala pasada?

—Yo no me niego. Es posible que no me haya expresado bien...

—¡No faltaba sino que te negases! —articuló irritado el general, que no quería seguir disimulando su disgusto—. No se trata, amigo, de que tú no te niegues, sino de tu buena disposición, del placer, de la alegría con que aceptes sus palabras... ¿Ocurre algo en tu casa?

—¿Qué importa eso? En mi casa todo depende de mi voluntad; lo único que ocurre es que mi padre, como de costumbre, hará el tonto, pero ya se sabe lo aficionado que es al escándalo; yo no me hablo con él, pero lo tengo en un puño y, la verdad, si no fuese por mi madre ya le habría puesto en la calle. Ella, naturalmente, llora; mi hermana se irrita, pero yo les he dicho que soy el dueño de mi destino y que deseo que en casa me... obedezcan. A mi hermana, al menos, le he hablado muy claro en presencia de mi madre.

—Pues yo, amigo, sigo sin entender —dijo pensativo el general, encogiendo un tanto los hombros y abriendo un poco los brazos—. También Nina Alexándrovna cuando vino, ¿lo recuerdas?, no cesaba de gemir y lamentarse. Le pregunté qué le ocurría. Resulta que se creía deshonrada. ¿Qué deshonor puede haber en esto? ¿Quién puede reprochar lo más mínimo a Nastasia Filíppovna o decir algo de ella? ¿Que estuvo con Totski? ¡Pero eso es un absurdo, sobre todo atendidas las circunstancias! «Usted —me dijo— no permite que sus hijas vayan a casa de ella.» ¡Vaya con Nina Alexándrovna! No comprender, no comprender...

—¿Su situación? —apuntó Gania al general, que no acertaba con la palabra—. La comprende, no se enfade con ella. Por lo demás, entonces le di un lavado de cerebro para que no se metiera en asuntos ajenos. Y sin embargo, hasta ahora en casa todo se mantiene porque la última palabra no ha sido pronunciada y la tormenta está por venir. Si hoy se pronuncia la última palabra, todo se pondrá en claro.

El príncipe escuchaba esta conversación apartado, mientras realizaba su prueba caligráfica. Cuando hubo terminado, se acercó a la mesa y entregó el pliego.

—¿De modo que esta es Nastasia Filíppovna? —dijo, examinando atenta y curiosamente el retrato—. ¡Es hermosísima! —añadió con vehemencia.

Se trataba de una mujer de belleza realmente extraordinaria. Había sido fotografiada con un traje de seda negra, muy sencillo y elegante; los cabellos, al parecer castaños, estaban recogidos con sencillez, con un peinado de andar por casa; los ojos eran oscuros y profundos; la frente, pensativa; la expresión del rostro era apasionada y un tanto altiva. Era un semblante algo delgado y acaso pálido...

Gania y el general miraron estupefactos al príncipe...

—¡Cómo Nastasia Filíppovna! ¿Es que usted la conoce? —preguntó el general.

—Sí, no llevo en Rusia más que un día y ya conozco a semejante beldad —contestó el príncipe, y acto seguido habló de su encuentro con Rogozhin, refiriendo todo lo que este le había contado.

—¡Vaya novedad! —exclamó el general con nuevas muestras de inquietud después que hubo escuchado atentamente el relato, y volvió su inquisitiva mirada hacia Gania.

—Seguramente se trata solo de un escándalo —balbució Gania, también un tanto confuso—. El hijo de un comerciante que se corre una juerga. Ya había oído hablar algo de él.

—También yo, amigo —dijo el general—. Entonces, después de lo de los pendientes, Nastasia Filíppovna me refirió el lance. Pero lo de ahora es distinto. Puede que haya realmente un millón de por medio y... una pasión, una pasión repugnante, admitámoslo, pero pasión al fin; y ya se sabe lo que esos señores son capaces de hacer cuando el vino se les sube a la cabeza... ¡Hum!... ¡A ver si nos vemos metidos en un lío! —concluyó el general, pensativo.

—¿Teme por lo del millón? —preguntó sonriente Gania.

—¿Es que tú no temes?

—¿Qué le parece, príncipe? —Se volvió de pronto Gania hacia este—. ¿Se trata de un hombre serio o es simplemente un tipo que le gusta el escándalo? ¿Qué piensa usted?

Algo particular le ocurría a Gania al formular la pregunta. Era como si una idea nueva hubiera surgido en su cerebro y brillase impaciente en sus ojos. En cuanto al general, dominado por una sincera y auténtica inquietud, también volvió la vista hacia el príncipe, aunque como quien no esperase gran cosa de su contestación.

—No sé qué decirle —dijo el príncipe—. Me ha parecido que está dominado por una gran pasión, incluso por una pasión morbosa. Además parecía todavía enfermo. Es muy posible que a los pocos días de estar en Petersburgo tenga que volver a guardar cama, sobre todo si se dedica a la juerga.

—¿De veras? ¿Así le ha parecido? —Se asió el general a esta idea.

—Sí, esa es mi impresión.

—Pues lances de este género pueden producirse y no dentro de unos días, sino hoy mismo, antes de que se haga de noche —dijo Gania sonriente al general.

—¡Hum!... Naturalmente... Y entonces todo dependerá de lo que a ella se le ocurra —manifestó el general.

—¿Es que no sabe usted cómo se pone a veces?

—¿Que cómo se pone? —exclamó el general, que había llegado a un extraordinario grado de agitación—. Escucha, Gania, me harás el favor de no llevarle hoy la contraria; trata de... en una palabra, de serle agradable... ¡Hum!... ¿Por qué tuerces el gesto? A propósito, Gavrila Ardaliónovich, sería muy conveniente decirle ahora: «¿Para qué nos tomamos tanto trabajo?». Compréndelo, en lo referente al beneficio personal que eso pudiera proporcionarme, yo ya lo tengo asegurado hace mucho; de un modo o de otro, resolveré el asunto a mi favor. La decisión de Totski es irrevocable, estoy completamente convencido. Y si ahora deseo algo, únicamente es tu propio beneficio. Juzga tú mismo: ¿Es que no confías en mí? Eres un hombre... un hombre... en una palabra, un hombre inteligente, y yo confiaba en ti... En este caso eso es... es...

—Es lo principal —terminó Gania la frase, ayudando una vez más al general, que no acertaba con la palabra, y arrugando sus labios en una sonrisa venenosa que ya no trataba de disimular. Miraba con sus inflamados ojos a los del general como deseando que este leyese en su mirada cuanto él pensaba. El general se puso rojo y montó en cólera.

—¡Sí, claro, lo principal es la inteligencia! —exclamó, mirando duramente a Gania—. ¡Qué ridículo eres, Gavrila Ardaliónovich!, lo advierto, parece como si te alegrases de que lo de este comerciante me saque de mis casillas. Debemos afrontar todo esto con la mente serena desde un principio. Hay que comprender y... y obrar por ambas partes honrada y abiertamente, o advertirlo de antemano para no comprometer a los demás, tanto más que ha habido bastante tiempo para ello, e incluso ahora lo hay (el general enarcó significativamente las cejas), a pesar de que no quedan más que unas horas... ¿Has comprendido? ¿Has comprendido? ¿Lo quieres o no lo quieres en realidad? Si no quieres, dilo y todos tan contentos. Nadie te retendrá, Gavrila Ardaliónovich, nadie te llevará por la fuerza al cepo, si es que aquí ves un cepo.

—Sí que quiero —articuló Gania a media voz, pero con firmeza, bajando los ojos y encerrándose en un sombrío silencio.

El general quedó satisfecho. Se había acalorado, pero parecía arrepentido de haber ido demasiado lejos. De pronto se volvió hacia el príncipe y pareció, a juzgar por su cara, que le hubiese asaltado una molesta idea, ya que el príncipe estaba allí y lo había oído todo. Pero al instante se tranquilizó: con solo mirarlo era bastante para calmarse por completo.

—¡Hola! —exclamó, mirando la muestra caligráfica que el príncipe presentaba—. ¡Qué caracteres! ¡No son muy corrientes! ¡Mira, Gania, tiene verdadero talento!

En un grueso pliego de papel de barba el príncipe había escrito con caracteres rusos medievales:

«El humilde abad Pafnuti firmó de su puño y letra».

—Se trata —explicó extraordinariamente satisfecho y animado— de la firma auténtica del abad Pafnuti, según un autógrafo del siglo XIV. Todos aquellos abades y metropolitas nuestros tenían unas firmas admirables, ¡con qué gusto, con qué interés firmaban! ¿No tiene usted la edición de Pogodin, general? Porque aquí he escrito con otros caracteres: se trata de la escritura francesa, grande y redonda, del siglo pasado; algunas letras se escriben incluso de otro modo. Existe la escritura de los memorialistas, tomada de sus muestras originales (yo tengo una): convendrán conmigo en que tiene sus méritos. Miren esta d y esta a redondas. Yo he llevado los caracteres franceses a las letras rusas; era muy difícil pero resultó bien. Aquí tienen otro tipo de letra aún más bello y original, miren esta frase: «El celo todo lo vence». Es el estilo ruso, de amanuenses y, si lo quieren, de los amanuenses militares. Así se escribían los documentos oficiales dirigidos a una importante personalidad; es también letra redonda, la letra negra, escrita con tinta negra, pero de un gusto excelente. Un calígrafo no se permitiría estos rasgos o, mejor dicho, estos intentos de rasgos, estos rabos a medio terminar, fíjense, pero el conjunto mantiene bien el carácter, la verdad es que se advierte todo el espíritu del escribiente militar: querría dar rienda suelta a la imaginación, dar muestra de su habilidad, pero la gorguera militar le aprieta, la disciplina se deja sentir incluso en la escritura. ¡Un encanto! Hace poco me llamó la atención una muestra de esta clase, la encontré casualmente, figúrense dónde, en Suiza. Aquí tienen la letra inglesa más pura, sencilla y ordinaria; no se puede concebir mayor elegancia, todo es encantador, cada letra es una perla; algo perfecto; aquí tiene otra variante francesa, es de un dependiente de comercio de aquel país, que viajaba por Suiza: la letra es también inglesa, pero la línea es un poco más gruesa y negra, la proporción de luz resulta alterada; observen también que los óvalos cambian, son algo más redondos y aparecen los rasgueos; ¡el rasgueo es una cosa peligrosísima! Exigen un gusto fuera de lo común, si bien cuando se acierta con la proporción, esta letra resulta incomparable, es como para enamorarse uno de ella.

—¡Hola! ¡A qué sutilezas llega usted! —dijo riendo el general—. Usted no es un simple calígrafo, sino un verdadero artista. ¿No te parece, Gania?

—¡Es asombroso! —exclamó el interpelado—. Hasta posee conciencia de su misión —agregó, sonriendo burlonamente.

—Ríete, ríete —replicó el general—, pero con esto se puede hacer carrera. ¿Sabe, príncipe, a qué persona le vamos a encargar a usted que le escriba las cartas? Se le puede fijar, para empezar, un sueldo de treinta y cinco rublos mensuales. Pero ya son las doce y media —terminó, consultando el reloj—. Al grano, príncipe, porque tengo que darme prisa y acaso hoy no volvamos a vernos. Siéntese un momento; ya le he explicado que no podría recibirlo muy a menudo; deseo sinceramente ayudarlo un poco, un poco, se entiende, es decir, en lo más indispensable y en el sentido que usted mismo prefiera. Un pequeño empleo en una oficina se lo encontraré, eso no requiere un gran esfuerzo, pero sí puntualidad. Ahora, acerca del futuro: en la casa, es decir, en la familia de Gavrila Ardaliónovich Ivolguin, mi joven amigo, de quien desearía que usted también lo fuese, su madre y su hermana han preparado dos o tres habitaciones amuebladas que alquilan a huéspedes muy bien recomendados, con mesa y servicio. Estoy seguro de que Nina Alexándrovna atenderá mi recomendación. Para usted, príncipe, esto es más que un auténtico tesoro; primero, porque no se verá solo, sino, por así decirlo, dentro del seno de una familia, siendo así que, en mi opinión, no puede verse sin compañía alguna desde el primer momento en una ciudad como Petersburgo. Nina Alexándrovna, la madre, y Varvara Ardaliónovna, la hermana de Gavrila Ardaliónovich, son unas señoras a quienes estimo muchísimo. Nina Alexándrovna es esposa de Ardalión Alexándrovich, un general retirado, antiguo compañero mío de servicio con el que, debido a determinadas circunstancias, dejé de tratarme, aunque, por lo demás, eso no es óbice para que lo estime a mi modo. Le explico todo esto, príncipe, para que comprenda que, por así decirlo, le recomiendo personalmente y, por tanto, salgo fiador. El precio de la pensión es muy módico y espero que, dentro de poco, con el sueldo que perciba tendrá de sobra para satisfacerlo. Cierto que uno necesita algo para sus gastos, aunque sea poco, pero no se ofenda, príncipe, si le indico que es preferible evitar esos gastos y, en general, no llevar dinero alguno en el bolsillo. Le hablo así porque esa es mi opinión. Y como ahora su bolsillo está completamente vacío, permítame ofrecerle para empezar estos veinticinco rublos. Ya me los devolverá, claro; y si en realidad es usted una persona tan sincera y cordial como de sus palabras se desprende, entre nosotros no puede haber desa­venencia alguna. Si me intereso tanto por usted, es también porque abrigo ciertas intenciones respecto a su persona; más adelante las conocerá. Ya ve que soy con usted completamente franco. Espero, Gania, que no te parecerá mal que el príncipe se acomode en tu casa.

—¡Todo lo contrario! También mi madre se alegrará mucho... —confirmó Gania, cortés y solícito.

—Porque, según tengo entendido, solo tenéis una habitación alquilada. Ese Fred... Fer..., o como se llame.

—Ferdischenko.

—Sí, eso es. No me agrada el tal Ferdischenko: es un indecente bufón. No comprendo por qué lo defiende tanto Nastasia Filíppovna. ¿Es de veras pariente suyo?

—¡No, se trata de una broma! No lo es en absoluto.

—Bueno, ¡que se vaya al diablo! Así que, príncipe, ¿está usted satisfecho?

—Sí, general, le quedo muy agradecido. Se ha portado conmigo como un hombre buenísimo, tanto más que no le había pedido nada; no digo esto por orgullo, en realidad, no sabía qué hacer. Cierto que antes me había invitado Rogozhin.

—¿Rogozhin? No, no. Paternalmente, o si lo prefiere amistosamente, le aconsejaría que olvide al señor Rogozhin. Y, en general, le aconsejaría que no se apartase de la familia con la que usted va a vivir.

—Ya que es usted tan bueno —empezó el príncipe—, tengo un asunto... He recibido una notificación...

—Perdóneme —lo interrumpió el general—, pero ya no dispongo ni de un minuto. Ahora le hablaré de usted a Lizaveta Prokófievna: si desea recibirlo en el acto (en este sentido trataré de hablarle), le aconsejo que aproveche la ocasión y procure serle simpático, porque Lizaveta Prokófievna puede resultarle de gran utilidad, no en vano ustedes dos tienen el mismo apellido. Si no lo desea, no lo tome a mal, ya lo arreglaremos para otra ocasión. Tú, Gania, mira mientras tanto estas cuentas; hace un rato, Fedoséiev y yo no hemos podido sacar nada en limpio. No te olvides incluirlas...

El general salió sin que el príncipe hubiese podido exponerle el asunto que, por cuarta vez, había tratado de explicar. Gania encendió un cigarrillo y ofreció otro al príncipe; este lo aceptó, pero permaneció en silencio, para no molestarlo, y se puso a examinar el despacho; sin embargo, Gania apenas si echó una mirada a la hoja de papel, llena de números, que el general le había indicado. Estaba distraído: su sonrisa y su mirada le parecieron al príncipe más pesadas cuando se quedaron solos; estaba más ensimismado. De pronto se acercó al príncipe, que en aquel instante se encontraba de nuevo contemplando el retrato de Nastasia Filíppovna.

—¿Le gusta esta mujer, príncipe? —le preguntó, clavando en él una penetrante mirada. Era como si abrigara algún propósito extraordinario.

—¡Es un rostro prodigioso! —contestó el príncipe—. Estoy seguro de que su vida no ha sido nada vulgar. Es una cara alegre, pero ha sufrido horriblemente, ¿verdad? Lo dicen sus ojos, estos dos huesos, estos dos puntos debajo de los ojos y en el comienzo de las mejillas. Es una cara orgullosa, terriblemente orgullosa, aunque no sé si esta mujer es buena. ¡Si lo fuese! ¡Entonces todo se habría salvado!

—¿Se casaría usted con una mujer así? —siguió Gania, sin apartar de él la inflamada mirada.

—Yo no puedo casarme con ninguna, estoy enfermo —dijo el príncipe.

—Y Rogozhin, ¿se casaría? ¿Qué piensa usted?

—Casarse, creo que lo haría mañana mismo; se casaría y al cabo de una semana es muy posible que la matase.

Apenas había dicho esto el príncipe cuando Gania se estremeció tan violentamente que el joven Mishkin estuvo a punto de lanzar un grito.

—¿Qué le pasa? —dijo, cogiéndole del brazo.

—¡Alteza! Su Excelencia le ruega que tenga la bondad de pasar a sus habitaciones —anunció un criado; apareciendo en la puerta.

El príncipe lo siguió.