INTRODUCCIÓN

La Casa lúgubre no es, desde luego, el mejor libro de Dickens, pero quizá sea su mejor novela. Tal distinción no es un mero artificio verbal: no deberíamos dejar de contrastarla con su obra. Esta historia en particular representa el cenit de su madurez intelectual. Madurez no significa necesariamente perfección. Sería absurdo decir que una patata madura es perfecta: a algunas personas les gustan las patatas nuevas. Una patata madura no es perfecta, pero es una patata madura; la mente de un epicúreo inteligente quizá no se encuentre capacitada sobre este asunto en particular, pero la mente de una patata inteligente admitiría al instante, sin duda, ser un espécimen auténtico y completamente desarrollado de su propia especie, ni más ni menos. En cierto grado, sucede lo mismo incluso en la literatura. Podemos intuir cuándo un humano ha llegado a su pleno desarrollo mental, hasta el extremo de desear que nunca lo hubiese alcanzado. Los niños son mucho más simpáticos que las personas mayores, pero el crecimiento es algo que existe. Cuando Dickens escribió La Casa lúgubre, había crecido.

Como Napoleón, levantó su ejército sobre la marcha. Había avanzado al frente de su tropel de enérgicos personajes como lo hizo Napoleón al frente de sus improvisados batallones de la Revolución. Y, como Napoleón, ganó batalla tras batalla antes de conocer su propio plan de campaña; como Napoleón, tenía un ejército victorioso casi antes de tener un ejército. Después de sus decisivas victorias, Napoleón comenzó a poner su casa en orden; después de sus decisivas victorias, Dickens comenzó a poner también su casa en orden. La casa, cuando la hubo arreglado, era La Casa lúgubre.

Hay una cosa en común en casi todas las otras narraciones de Dickens, con la posible excepción de Dombey e hijo. Todas son erráticas; y tienen todo el derecho de serlo. Son erráticas por la muy sencilla razón de que versan sobre gente errática. Son novelas de aventuras; son incluso diarios de viaje. Como el héroe vaga de sitio en sitio, no parece disparatado que la historia divague de asunto en asunto. Eso es cierto para la mayoría de las novelas hasta David Copperfield inclusive, hasta el umbral o la entrada de La Casa lúgubre. El señor Pickwick anda sin rumbo por las blancas carreteras de Inglaterra, buscando constantemente antigüedades y encontrando siempre novedades. El pobre Oliver Twist yerra por las mismas blancas carreteras para buscar su dicha y encontrar su desgracia. Nicholas Nickleby cruza Inglaterra porque es joven y optimista; el abuelo de la pequeña Nell hace lo mismo porque es viejo y estúpido. No hay mucho en común entre Samuel Pickwick y Oliver Twist; no hay mucho en común entre Oliver Twist y Nicholas Nickleby; no hay mucho en común (esperamos) entre el abuelo de la pequeña Nell y cualquier otro ser humano. Pero todos tienen esto en común: quizá hayan andado sobre los pasos de los demás. Todos son peregrinos en la misma y común tierra inglesa. Solo Martin Chuzzlewit se hizo famoso por los viajes del héroe por América. Cuando llegamos a Dombey e hijo encontramos, como he dicho, una excepción; pero incluso aquí huelga decir que es una excepción casi accidental. En la trama original de la historia, se debía dar una mayor preeminencia a los viajes y pruebas de Walter Gay; de hecho, al joven le debía empeorar el carácter, lo que solo podía haberse pormenorizado adecuadamente en su vertiente de vagabundo y holgazán. Lo más importante, sin embargo, es que cuando llegamos a David Copperfield, de alguna manera la cima de su literatura seria, nos encontramos con que la cosa sigue ahí. El héroe yerra de sitio en sitio, su espíritu sigue siendo gitano. Las aventuras del libro son menos violentas y menos improbables que aquellas que les augurábamos a Pickwick y Nicholas Nickleby, pero siguen siendo aventuras y no meramente sucesos, siguen siendo cosas encontradas en la carretera. Los hechos de la historia se desprenden de David tal como los hechos se desprenderían de un viajero que caminara rápido. Quizá sea más probable que pasemos por el colegio del señor Creakle que por el museo de cera del señor Jarley. La única cuestión es que deberíamos pasar por ambos. Hasta este punto en el desarrollo de Dickens, su novela, aunque verdadera, es todavía picaresca; en realidad, su héroe nunca descansa en ningún lugar de la historia. En realidad, nadie parece saber dónde vive el señor Pickwick. No permanece en ninguna ciudad.

Cuando llegamos a La Casa lúgubre, vemos un cambio en la composición artística. Ya no se trata de una sarta de sucesos: es un ciclo de sucesos. Vuelve sobre sí mismo, tiene una melodía recurrente y justicia poética, tiene una perseverancia artística y una venganza artística. Conserva las unidades, incluso en gran medida conserva las unidades de tiempo y lugar. La historia gira alrededor de dos o tres lugares simbólicos, no vagabundea erráticamente por toda Inglaterra como uno de los coches del señor Pickwick. La gente va de un sitio a otro, pero no de un sitio a otro por una carretera a cualquier otra parte. El señor Jarndyce sale de la Casa lúgubre para visitar al señor Boythorn, pero vuelve a la Casa lúgubre. La señorita Clare y la señorita Summerson salen de la Casa lúgubre para visitar al señor y señora Bayham Badger, pero vuelven a la Casa lúgubre. Toda la historia deambula en torno a la Casa lúgubre y se sumerge en las nieblas de la Cancillería y en las neblinas otoñales de Chesney Wold, pero toda la historia vuelve a la Casa lúgubre. El doméstico título es apropiado: es una dirección permanente.

Los principios de Dickens son casi siempre buenos, pero el principio de La Casa lúgubre es bueno en un sentido bastante novedoso y llamativo. No hay nada mejor, por ejemplo, que el absurdo primer capítulo sobre la genealogía de los Chuzzlewit; pero no tiene nada que ver con los Chuzzlewit. No hay nada mejor que el primer capítulo de David Copperfield: la airosa entrada y estrepitosa salida de la señorita Betsey Trotwood. Pero si, en el fondo, hay alguna crisis o asunto serio en David Copperfield, es el matrimonio frustrado con Dora, el regreso final de Agnes; y todo esto no está relacionado de ninguna manera con el hecho sumamente divertido de que su tía espere que sea una chica. Podríamos repetir que la temática es picaresca. La historia comienza en un lugar y termina en otro, y no hay una auténtica conexión entre el comienzo y el final salvo la conexión biográfica.

Una novela picaresca no es más que una biografía llena de incidentes, pero el principio de La Casa lúgubre entra en otro orden de cosas. Es admirable en un sentido muy distinto. La descripción de la niebla en el primer capítulo de La Casa lúgubre es buena por sí misma, pero no es únicamente buena en sí misma, como la descripción del viento del principio de Martin Chuzzlewit; también es buena en el sentido en el que Maeterlinck lo es. Es lo que los modernos llaman atmósfera. Dickens comienza en la niebla de la Cancillería porque tiene la intención de terminar en la niebla de la Cancillería. No comienza con el viento de Chuzzlewit porque tenga la intención de terminar en él; comienza con él porque es un buen comienzo. Este es quizá el mejor atajo para establecer la peculiar posición de La Casa lúgubre. En este comienzo de La Casa lúgubre tenemos la sensación de que no es solo un inicio; tenemos la sensación de que el autor ve la conclusión y el conjunto. El comienzo es alfa y omega: el principio y el final. Quiere que todos los personajes y todos los acontecimientos se lean a través de los humeantes colores de ese vapor siniestro y anormal.

Eso mismo es cierto de principio a fin en el conjunto del relato, es simbólico y está repleto de símbolos. La señorita Flite es un personaje gracioso, como la señorita La Creevy, pero señorita La Creevy solo significa señorita La Creevy. La señorita Flite significa Cancillería. El ropavejero, Krook, es un grotesco portentoso como lo es Quilp. Pero en la historia Quilp solo significa Quilp; Krook significa Cancillería. Rick Carstone es una especie de figura trágica, como Sidney Carton. Pero Sidney Carton solo significa la tragedia de la naturaleza humana; Rick Carstone significa la tragedia de la Cancillería. El pequeño Jo muere de forma patética como el pequeño Paul. Pero de la muerte del pequeño Paul solo podemos culpar a Dickens; de la muerte del pequeño Jo culpamos a la Cancillería. Así, la unidad artística del libro, comparada con todas las novelas anteriores del autor, es satisfactoria, casi asfixiante. Hay motif una y otra vez. Casi todo está calculado para vindicar y reivindicar la despiadada moralidad de la protesta de Dickens contra un mal social concreto. El tema en su conjunto es lo que otro inglés tan alegre como Dickens definió breve y definitivamente como aplazamiento legal. La niebla del primer capítulo nunca se disipa.

En este crepúsculo traza siluetas maravillosas. Aquellas personas que se imaginan que Dickens era un mero payaso, que no podía describir nada delicado ni terrible en un personaje humano, aquellos que se imaginan esto son en su mayor parte gente cuya postura se puede explicar de muchas y fáciles maneras. La vasta mayoría de los críticos pedantes nunca jamás (en el sentido más estricto y sólido de la expresión) han leído a Dickens; por lo tanto su oposición se debe y se inspira en una ingenua despreocupación que, desde luego, hará de ellos unos entusiastas dickensianos si por casualidad se les ocurre leerlo. En otros casos se debe a un cierto hábito de leer libros con la mirada de un crítico convencional, que admira lo que esperamos que se admire, lamenta lo que se nos dice que lamentemos, que aguarda al señor Bumble para admirarlo, que aguarda a la pequeña Nell para menospreciarla. Una vez más se debe, por supuesto, a la más deshonrosa de todas las indulgencias artísticas (desde luego mucho más deshonrosa que el placer de la absenta o el placer del opio): el placer de valorar obras de arte que los hombres comunes no pueden apreciar. Sin duda el defecto más vil de la vanidad humana es exactamente ese: pedir que te admiren por admirar lo que tus admiradores no admiran. Pero sea cual sea la razón, sutil o burda, que ha impedido a cualquier hombre singular admirar personalmente a Dickens, en un libro como La Casa lúgubre encontramos lo que puede ser llamado un reto impresionante y sólido. Quienquiera que piense que Dickens no podía describir los matices y los abruptos instintos de una naturaleza auténticamente humana debería tomarse la molestia, no más, de leer los capítulos que describen cómo la mente de Carstone enferma gradualmente según sus posibilidades en la Cancillería. Debería percatarse del modo en que la mera hombría de Carstone se contagia de ello; cómo va enloqueciendo cuanto más lógico, no, más racional se vuelve. Las buenas mujeres que lo quieren acuden a comentarle que Jarndyce es un buen hombre, un hecho para ellas tan incuestionable como un objeto lo es para los sentidos. En respuesta les pide que entiendan su situación. No dice que sí; no dice que no. Solo insiste en que quizá Jarndyce se ha vuelto cínico de la misma manera que quizá él mismo lo ha hecho durante el caso. Siempre es un hombre. Lo que es tanto como decir que no admite réplica, que siempre se equivoca. La apasionada certeza de las mujeres es como el oleaje, maltrata el fino y blando muro de su enfermiza coherencia. Repito: quienquiera que piense que Dickens es un artista burdo y poco delicado debería leer esa parte del libro. Si Dickens hubiese sido el torpe periodista que tales personas imaginan, nunca habría podido escribir un episodio así, jamás. Un periodista torpe haría que Rick Carstone se deshiciera en su loca carrera de Esther, de Ada y de los demás. El gran artista es más sabio. Sabe que incluso cuando todo lo bueno de un hombre perece, el último sentido en morir es el de distinguir a una buena mujer de una malvada; es como el olfato de un noble perro de caza.

El periodista torpe habría hecho que Rick Carstone se revolviese contra John Jarndyce en un arrebato de odio, como si hubiera tenido una revelación... el descubrimiento de lo que la gente humilde llama «un falso» que «revela su verdadero rostro». El gran artista es más sabio: sabe que el hombre bueno que yerra trata de salvar su alma al final con sentido de la generosidad y justicia intelectual. Tratará de amar a su enemigo aunque sea como mero amor a sí mismo. Así como el lobo muere peleando, el hombre bueno errado muere argumentando. Eso es lo que constituye la verdadera y auténtica tragedia de Richard Carstone. Esta es estrictamente la única e incomparable tragedia que Dickens escribió. Es como la tragedia de Hamlet. Las otras no son tragedias porque casi tratan con hombres muertos. La tragedia de Dorrit es solamente el triste espectáculo de un vieja chocha arrastrada por Europa en su última niñez. La tragedia de Steerforth es solo la de uno que muere repentinamente. La tragedia del viejo Dombey, la de uno que está muerto todo el tiempo. Pero Rick es una auténtica tragedia, porque todavía está vivo cuando se lo tragan las arenas movedizas.

Es imposible no poner en primer lugar esa capa de humo que Dickens ha desplegado deliberadamente sobre la historia. Es muy cierto que el país que hay debajo está suficientemente despejado para contener buen número de cómicos sin cerebro o de alegres monstruos, como solía introducir en el carnaval de sus cuentos. Pero él quería que nos tomásemos en serio la atmósfera nebulosa. Charles Dickens, que era, como todos los hombres que son verdaderamente graciosos con los asuntos graciosos, terriblemente serio con los asuntos serios, quiso desde luego que leyéramos esta historia desde el punto de vista de su protesta y rebeldía contra la vacuidad y la arrogancia de la ley, contra la locura y el orgullo de los jueces. Todo lo demás en esta historia entró a través de la energía inconsciente o accidental de su genio, que irrumpía en cada hueco. Pero fue la tragedia de Richard Carstone lo que tenía intención de hacer, no la comedia de Harold Skimpole. No podía evitar ser divertido, pero tenía la intención de ser deprimente.

Otro caso podría ser tomado como testimonio de la seriedad mayor de este relato. Los pasajes sobre la señora Jellyby y sus proyectos filantrópicos muestran al mejor Dickens en su actitud satírica de siempre. Pero en medio del pandemonio Jellyby, descrito con el mismo abandon e irrelevancia que la pensión de la señora Todgers o el teatro ambulante del señor Crummles, el Dickens maduro introdujo otro pedazo de verdad pura e incluso de ternura. Me refiero al retrato de Caddy Jellyby. Si Carstone es un auténtico estudio masculino de cómo un hombre yerra su camino, Caddy es un perfecto estudio femenino de cómo una chica va por el bueno. Quizá en ningún otro lugar de la ficción, y desde luego en ningún otro lugar en Dickens, está tan bien personificada la paradoja femenina esencial, un uso torticero de las palabras que tapa la justeza latente del balance final; la aparente irresponsabilidad del lenguaje oculta un sentido de la responsabilidad hacia las cosas tan inamovible como despiadado; la apariencia de estar siempre a cuchilladas con sus propios parientes, a pesar de que el parentesco pervive implícito en su orgullo y sus vergüenzas; y, por encima de todo, esa sed de orden y de belleza como de algo físico, ese extraño poder femenino para odiar la fealdad y el despilfarro como solo los hombres buenos pueden odiar el pecado y los malvados, la virtud. Cada matiz en ella es sincero, desde sus primeros y desconcertantes arrebatos de odio a las personas porque le gustan, hasta la repentina quietud y buen juicio que anuncia que se ha deslizado hacia su lugar natural como mujer. La señorita Clare es una figurante, la señorita Summerson en cierto modo un fracaso, pero la señorita Caddy Jellyby es de lejos la más grande, la más humana y realmente la más digna de todas las heroínas de Dickens.

Con una o dos excepciones, todos los remates en esta historia son de tipo un poco más tranquilo, aunque ninguno tan sutilmente conseguido como los de Rick Carstone y Caddy. Harold Skimpole empieza como un boceto a lápiz casi tan etéreo y fantástico como los que él mismo dibuja. El humor de las primeras escenas es encantador: las escenas en que Skimpole mira a los demás mientras pagan sus deudas con aspecto de persona amablemente ajena, y sugiere en fraseología jurídica informe que quizá puedan «firmar algo» o «transferir algo», o la escena en la que trata de explicar al colérico señor Boythorn las ventajas de aceptarlo todo. Pero uno de los defectos de Dickens como novelista es que sus personajes siempre se vuelven más burdos y torpes cuando traspasan la parte prosaica de la historia, y esto era necesariamente así con Skimpole, cuya situación solo era concebible, incluso para él mismo, asumiendo que era un mero espectador de la vida. El pobre Skimpole solo pedía mantenerse al margen de los asuntos mundanos, y Dickens hubiese debido mantenerlo al margen de los asuntos de La Casa lúgubre. Hacia el final del relato llevó a Skimpole a cometer actos de simple y abyecta villanía. Esto termina por manchar la delicadeza irónica del proyecto original. La intención era que Skimpole terminase con un interrogante. Tal como es ahora, termina con una gran mancha negra e inconfundible. Hablando en términos puramente artísticos, podemos decir que se da un gran fracaso o vulgarización, como si Richard Carstone se hubiese vuelto un sinvergüenza común y maltratador, o Caddy Jellyby una propietaria cómica y analfabeta.

En conjunto se puede decir, creo yo, que el personaje de Skimpole es más bien una pieza de brillante aleccionamiento que de observación o creación puras. Dickens tenía una mente singularmente justa. Era desaforado en sus caricaturas, pero muy sensato en sus imitaciones. Muchos de sus libros estaban consagrados y este libro está en parte consagrado a la denuncia de la aristocracia... de la clase ociosa que vive con holgura del esfuerzo de las naciones. Pero era más justo que muchos revolucionarios modernos, e insistió en satirizar también a aquellos que explotan a la sociedad no en nombre de la autoridad o de la ley, sino en nombre del intelecto y la belleza. Sir Leicester Dedlock y el señor Harold Skimpole se asemejan en cómo aceptan, con inconsciencia regia, lo anómalo y nocivo de su posición. Sin embargo, la ociosidad y la insolencia del aristócrata es humana y humilde en comparación con la ociosidad y la insolencia del artista.

Con la excepción de unos pocos fenómenos de feria, como Turveydrop y Chadband, todas las figuras de este libro son tratadas con más delicadeza, incluso con más atenuación, de lo que es común con Dickens. Pero si las figuras son tratadas con más atenuación, es en parte porque son figuras en la niebla... la niebla de la Cancillería. Dickens quería que ese crepúsculo fuese opresivo, porque era el símbolo de la opresión. No disipó deliberadamente la oscuridad al final de este libro, como lo hace al final de la mayoría de sus libros. Pickwick sale de la cárcel de Fleet. Carstone nunca sale de la Cancillería, sino para morir. Esta tiranía, dijo Dickens, no desaparecerá mediante la ligera argucia de una ficción. Esta tiranía no desaparecerá hasta que los ingleses la hagan desaparecer todos juntos.

G. K. CHESTERTON

cap-2

 

CRONOLOGÍA

1812

El 7 de febrero nace Charles John Huffam Dickens en Portsmouth, donde su padre trabaja como empleado de la oficina de pagos de la Armada Real. Es el primogénito de una familia de ocho hermanos, dos de los cuales murieron a temprana edad.

1817

Después de ser destinado a Londres y Sheerness, y de cambiar con frecuencia de domicilio, John Dickens se establece en Chatham con su familia.

1821

Asiste a la escuela local.

1822

La familia regresa a Londres.

1824

Su padre ingresa tres meses en la cárcel de deudores de Marshalsea. Durante ese período y algún tiempo después, Dickens trabaja en una fábrica de betunes, etiquetando botellas.

1825-7

Reanuda los estudios en la Wellington House Academy, en Hampstead Road, Londres.

1827

Trabaja como ayudante de un abogado.

1830-3

Se enamora de Maria Beadnell.

1830

Es admitido como lector en el Museo Británico.

1832

Trabaja como periodista político después de estudiar taquigrafía. Se pierde una prueba de interpretación en Covent Garden a causa de una enfermedad.

1833

Publica su primer cuento, «A Dinner at Poplar Walk», en el Monthly Magazine.

1834-5

Aparecen otros cuentos y artículos en el Monthly Magazine y en otras publicaciones periódicas.

1834

Empieza a trabajar como periodista en el Morning Chronicle.

1835

Se compromete con Catherine Hogarth, hija del editor del Evening Chronicle.

1836

Se publican la primera y la segunda entrega de Escenas de la vida de Londres por «Boz». Se casa con Catherine Hogarth. Conoce a John Forster, su consejero literario y futuro biógrafo. Se representan profesionalmente en Londres The Strange Gentleman, una farsa, y The Village Coquettes, una opereta pastoril.

1837-9

Dirige la publicación Bentley’s Miscellany.

1837

Los papeles póstumos del Club Pickwick se publica en un único volumen (en entregas mensuales durante 1836 y 1837). Nace el primero de sus diez hijos. Muere Mary Hogarth, su cuñada.

1838

Bentley’s Miscellany publica Oliver Twist en tres volúmenes (en entregas mensuales entre 1837 y 1839). Visita escuelas en Yorkshire como modelos de Dotheboys, la escuela a la que asistirá Nicholas Nickleby.

1839

Se publica Nicholas Nickleby en un volumen (en entregas mensuales entre 1838 y 1839). Se muda al número 1 de Devonshire Terrace, en el Regents Park de Londres.

1841

Declina la invitación de presentarse como candidato al Parlamento. Se publican, en volúmenes separados, La tienda de antigüedades y Barnaby Rudge después de aparecer por entregas semanales en Master Humphrey’s Clock entre 1840 y 1841. Se celebra, en su honor, una cena pública en Edimburgo.

1842

Desde enero hasta junio realiza su primer viaje a Norteamérica, que narra en los dos volúmenes de Notas de América. Georgina Hogarth, su cuñada, se muda con la familia de forma permanente.

1843

Imparte una conferencia sobre la prensa en la Sociedad de Impresores Retirados, seguida de otras a lo largo de su carrera en defensa de múltiples causas. En diciembre se publica «Canción de Navidad».

1844

Se publica Las aventuras de Martin Chuzzlewit en un volumen (en entregas mensuales durante 1843 y 1844). Viaja con su familia a Italia, Suiza y Francia. Dickens vuelve a Londres por poco tiempo para leer «Las campanas» a un amigo antes de que se publique en diciembre.

1845

Regresa de Italia con su familia. En Navidad se publica «El Grillo del Hogar». Escribe un «Fragmento autobiográfico» (?1845-1846), que no sale a la luz hasta la publicación de The Life of Charles Dickens de Forster (tres volúmenes, 1872-1874), donde se incluye.

1846

Es nombrado editor jefe del Daily News, pero renuncia al cargo después de diecisiete números. Se publica Estampas de Italia. Viaja con su familia a Suiza y París. En Navidad se publica «La batalla de la vida».

1847

Vuelve a Londres. Participa en la fundación y en la puesta en marcha de un hogar para mujeres sin techo de la señora Burdett Coutts.

1848

Se publica en un solo volumen Dombey e hijo (en entregas mensuales entre 1846 y 1848). Organiza y actúa en representaciones teatrales benéficas de Las alegres casadas de Windsor de William Shakespeare y Every Man in His Humour de Ben Jonson, en Londres y otras ciudades. En Navidad se publica «El hechizado».

1850

Household Words, un periódico semanal «Dirigido por Charles Dickens», nace en marzo y sigue en funcionamiento hasta 1859. Pronuncia un discurso en la primera reunión de la Asociación Sanitaria Metropolitana. Se publica David Copperfield en un volumen (en entregas mensuales entre 1849 y 1850).

1851

Mueren su padre y su hija recién nacida. Más actividades teatrales en ayuda del Gremio de Arte y Literatura, entre ellas, una representación ante la reina Victoria. A Child’s History of England se publica por entregas en Household Words en tres volúmenes (1852, 1853, 1854). La familia se muda a la Tavistock House, en Tavistock Square, Londres.

1853

Se publica en un volumen La Casa lúgubre (en entregas mensuales entre 1852 y 1853). Dickens organiza por primera vez lecturas públicas (de «Canción de Navidad») para la beneficencia.

1854

Visita Preston, Lancashire, para observar la agitación de los obreros. Tiempos difíciles aparece por entregas semanales en Household Words y se publica en formato de libro.

1855

Conferencia a favor de la Asociación para la Reforma Administrativa. Encuentro decepcionante con la ahora casada Maria Beadnell.

1856

Compra la casa de campo Gad’s Hill Place, cerca de Rochester.

1857

Se publica en un volumen La pequeña Dorrit (en entregas mensuales entre 1855 y 1857). Actúa en el melodrama Profundidades heladas de Wilkie Collins y se enamora de la joven actriz Ellen Ternan. Aparece The Lazy Tour of Two Idle Apprentices en Household Words, relato escrito con Wilkie Collins sobre unas vacaciones en Cumberland.

1858

Publica Reprinted Pieces (artículos de Household Words). Se separa de su mujer, y aparece una declaración en esa publicación. Organiza la primera lectura pública para su propio beneficio en Londres, y hace una gira por la provincia. Su cuñada Georgina asume la administración de la casa de Dickens.

1859

Nace All the Year Round, un periódico semanal de nuevo «Dirigido por Charles Dickens». Historia de dos ciudades, ambas publicadas por entregas mensuales en All the Year Round, aparecen en un volumen.

1860

Vende la casa de Londres y se muda con la familia a Gad’s Hill.

1861

Grandes esperanzas se publica en tres volúmenes después de aparecer semanalmente en All the Year Round (1860-1861). Publica The Uncommercial Traveller (artículos de All the Year Round); aparece una edición ampliada en 1868. Más lecturas públicas entre 1861 y 1863.

1863

Mueren su madre y su hijo Walter, en la India. Se reconcilia con Thackeray, con quien se había peleado poco antes de la muerte de su hijo. Publica «La pensión de la señora Lirriper» en el número especial de Navidad de All the Year Round.

1865

Se publica en dos volúmenes Nuestro amigo común (en entregas mensuales entre 1864 y 1865). Dickens queda bastante afectado tras sufrir un accidente de tren en Staplehurst, Kent, cuando volvía de Francia con Ellen Ternan y su madre.

1866

Empieza otra tanda de lecturas. Compra una casa en Slough para Ellen. Aparece «Mugby Junction» en el número especial de Navidad de All the Year Round.

1867

Ellen se muda a Peckham. Viaja por segunda vez a América. Ofrece lecturas en Boston, Nueva York y Washington, entre otras ciudades, a pesar de su cada vez más deteriorada salud. Aparece «La declaración de Georg Silverman» en el Atlantic Monthly, y en 1868 en All the Year Round.

1868

Vuelve a Inglaterra. Ahora las lecturas incluyen el sensacional episodio de Sikes y Nancy de Oliver Twist. Su salud empeora.

1870

Más lecturas en Londres. El misterio de Edwin Drood se publica en seis entregas, y se intenta completar en doce. Muere el 9 de junio, después de un infarto, en Gad’s Hill, a la edad de cincuenta y ocho años. Lo entierran en la abadía de Westminster.

cap-1

La Casa lúgubre

cap-3

I

En la Cancillería

Londres. Apenas ha comenzado el primer trimestre de sesiones, y el lord Canciller está en Lincoln’s Inn Hall. Crudo tiempo de noviembre. Hay tanto lodo en las calles como si las aguas hubiesen retrocedido de nuevo de la faz de la Tierra y no resultase sorprendente toparse con un megalosauro, de unos cuarenta pies, balanceándose como un lagarto mastodóntico Holborn Hill arriba. El humo que se vierte de los cañones de las chimeneas en forma de llovizna blanda y negra, con pequeños grumos de hollín del tamaño de copos de nieve enlutada, se diría, por la muerte del sol. Perros, irreconocibles de cieno. Caballos, no mucho mejor, cubiertos de barro hasta las anteojeras. Transeúntes que entrechocan sus paraguas en una epidemia de malhumor, y que pierden pie al doblar esquinas donde cientos de miles de anteriores transeúntes se han resbalado y escurrido desde el amanecer (si es que ha llegado a amanecer), añadiendo capas y más capas de un barro que se pega tenazmente en esos sitios y que se acumula progresivamente...

Niebla por todas partes. Niebla río arriba, por donde este fluye entre verdes mejanas y prados; niebla río abajo, por donde se desliza contaminado entre hileras de buques y de detritus ribereños de una gran (y sucia) ciudad. Niebla en los marjales de Essex, niebla en las colinas de Kent. Niebla que se desliza por los fogones de los bergantines del carbón; niebla que cae en los astilleros y que se enrosca en torno a las jarcias de los grandes barcos; niebla que pesa sobre las cubiertas de gabarras y barcazas. Niebla en los ojos, niebla en las gargantas de los pensionistas de Greenwich, provocándoles una tenaz carraspera junto al hogar en sus asilos. Niebla en la caña y en la cazoleta de la pipa vespertina del hosco patrón, tumbado en su camarote. Niebla que aguijonea los dedos de los pies y de las manos del grumete, que tiembla de frío sobre la cubierta. Paseantes que desde el pretil de los puentes miran al cielo encapotado de niebla, envueltos también por la niebla; parece como si atravesaran un globo de niebla.

Luces de gas que brillan a través de la niebla en diversos rincones de las calles, tal y como el sol podría ser visto furtivamente, en los campos pantanosos, por un granjero y un labrador. La mayoría de las tiendas las han encendido dos horas antes de lo acostumbrado, como parece saber el gas, dada su apariencia demacrada y perezosa.

La tarde glacial es más glacial, la niebla espesa es más espesa, y las calles cenagosas son más cenagosas cerca de esa vetusta oclusión sombría y con membrete, el Temple Bar. Y junto al Temple Bar, en Lincoln’s Inn Hall, en el corazón de la niebla, preside el lord Gran Canciller en su Tribunal Supremo de la Cancillería.

Pero la niebla no será nunca lo bastante densa, ni el lodo y el cieno lo bastante profundos para poderlos archivar junto a la tenebrosa y pantanosa condición que este Tribunal Supremo de la Cancillería, el más pestilente de cuantos pecadores antediluvianos han sido, mantiene hoy día a ojos del cielo y de la tierra.

He aquí una tarde que, como la que hemos descrito, no puede ser más a propósito para que el Gran Canciller ocupe su asiento como está ahora, con una aureola neblinosa alrededor de la cabeza, destacando austeramente sobre unos paños y cortinajes de seda carmesí, y, mientras es interpelado por un hombre corpulento con grandes patillas, una vocecilla, y un interminable discurso, mantenga los ojos fijos en la lámpara del techo, en la que no puede verse sino niebla. He aquí una tarde en que unos veinte individuos del Tribunal Supremo de la Cancillería, metidos en una de las diez mil instancias de un pleito sin fin, tropezándose con los resbaladizos precedentes, empantanados hasta las cejas en sus tecnicismos, se dan de cabezazos —empelucados de cabrito y caballo— contra paredes de palabras y hablan de justicia con la máscara más eminente con que pudiera cubrirse un histrión. He aquí una tarde en que los diversos procuradores encargados del pleito, dos o tres de los cuales lo recibieron en herencia de sus padres, que ya con él se enriquecieron, están en fila (cómo si no) en un estrado de tapizado (buscar la verdad allí sería en vano) situado entre el de las togas de seda y la mesa púrpura del escribano. Ante ellos hay un cúmulo de absurdos expedientes, fallos contradictorios, súplicas, citaciones, impugnaciones, defensas, declaraciones, memorias y consultas de procuradores apilados. ¡Invadan las tinieblas el salón por agotamiento de las velas, enrarézcase y quede allí eternamente la niebla, no dejen penetrar la luz del día los cristales empañados; disuádanse los que pasan por la calle y lanzan su mirada a las ventanas ante semejante apariencia de solemnidad y ante aquel eco monótono y derrengado que sale del mullido dosel desde donde el lord Canciller se queda mirando la lámpara que no despide luz y donde todas las pelucas de los encargados han quedado varadas en un banco de niebla! ¡Este es el Tribunal Supremo de la Cancillería, el que en cada condado tiene sus casas ruinosas y sus tierras asoladas, el que en cada manicomio tiene su lunático derrotado y en cada cementerio su muerto, el que tiene a tantos litigantes reducidos a la miseria con sus suelas gastadas y sus harapos pidiendo y mendigando alrededor de sus conocidos; el que concede al dinero el poder de aniquilar el derecho a base de aburrimiento; el que agota, en fin, el bolsillo, la paciencia, el valor y la esperanza, pues embota la inteligencia y destruye todo humano sentimiento hasta el punto de que no hay hombre honrado entre los subalternos que no os diese —que no dé a menudo— este consejo: «¡Sufrid cuantos agravios puedan haceros antes que entrar aquí a pedir justicia!».

¿Quién podía hallarse esta tarde tan turbia en el tribunal, a no ser el lord Gran Canciller, el abogado de la causa, dos o tres abogados sin pleitos, y todos los litigantes antes mencionados? Hay un escribano con toga y peluca, sentado más abajo del juez; hay dos o tres maceros, ujieres y ordenanzas, o lo que quiera que sean, en uniforme de juzgado. Todos bostezan a riesgo de descoyuntarse las quijadas, porque ya solo puede desatar el fastidio el pleito de Jarndyce contra Jarndyce, esa causa pendiente seguida desde años ha y de la cual se ha exprimido todo lo esperable.

Los taquígrafos, los secretarios del tribunal y los periodistas de los periódicos se esfuman siempre con el resto de habituales cuando le llega el turno a Jarndyce contra Jarndyce. La sala queda poco menos que desierta. Sentada en los bancos que hay junto a la entrada, en sitio preferente para mirar a la capilla encortinada, hay una viejecita loca con un sombrero arrugado que no falta a ninguna audiencia: llega al principio y no sale hasta el final, esperando siempre que se dé algún incomprensible fallo a su favor, y aunque es de suponer que sigue realmente algún pleito, nadie podría asegurarlo, y nadie trata de averiguarlo. Lleva en su bolso un montón de bagatelas que ella llama sus documentos, y que en realidad no son sino fósforos, papelotes y lavanda seca. Un preso descolorido viene entre los guardianes por sexta vez a presentar una instancia para «purgar su contumacia», pues, siendo el único albacea con vida ha caído en una gran acumulación de deudas, de las que no se pretende que haya tenido siquiera noticia, y de las que no es en absoluto probable que la tenga alguna vez. Mientras tanto ve destruirse una tras otra las esperanzas de su porvenir. Otro litigante arruinado viene periódicamente de Shropshire y en vano se esfuerza en encontrar, al término de cada audiencia, el medio de hablar dos palabras con el juez, y no logra comprender que, legalmente hablando, le importa un comino al lord Canciller dar solución a un asunto del cual depende aquella existencia que lleva ya un cuarto de siglo destrozando. Se sitúa de modo que pueda ser advertido, y con los ojos fijos en el magistrado se dispone a exclamar «¡Señoría!» en tono de sonora queja en cuanto se levante del sillón. Unos cuantos pasantes del procurador, que conocen al litigante de vista, se quedan, ávidos de presenciar alguna escena animada que rompa la monotonía de aquel día triste y sombrío.

Jarndyce contra Jarndyce sigue incordiando. Con el transcurso del tiempo este estrafalario pleito se ha complicado de tal modo que nadie en el mundo conoce ya su verdadera causa. Las partes interesadas menos que nadie, y entre todos los abogados de la Cancillería no se encontrarían dos que pudieran hablar cinco minutos sobre este pleito sin una discrepancia total sobre todas las premisas. Miles y miles de seres han nacido desde que comenzó el litigio; miles y miles de jóvenes se han casado; miles y miles de ancianos han muerto. Se cuentan por docenas las personas que sin saber cómo ni por qué han llegado delirantemente a ser partes interesadas en Jarndyce contra Jarndyce; familias enteras han heredado este pleito y sus odios ancestrales. El tierno demandante o demandado a quien prometieran un día un caballo de madera para cuando se fallase Jarndyce contra Jarndyce ha crecido, ha poseído verdaderos caballos, y se ha ido trotando al otro barrio. Las menores bajo la tutela del tribunal se han ido convirtiendo en madres y abuelas; ha desfilado y ha desaparecido una larga procesión de cancilleres; la legión de certificados para la causa se han ido transformando en meros certificados de defunción; no existen más que tres Jarndyce en el mundo desde que el viejo Tom Jarndyce, en un rapto de desesperación, se levantó la tapa de los sesos en un café de Chancery Lane; pero Jarndyce contra Jarndyce todavía se arrastra, monótona y eternamente, ante sus jueces, irremediable para siempre.

Jarndyce contra Jarndyce es objeto de bromas y chistes. Este es el único bien que ha producido desde su origen. Ha sido la muerte para muchos, pero es un chiste en la profesión. No hay magistrado en la Cancillería que no haya sido, a causa de este litigio, blanco de algún epigrama. Ni hay canciller que en su época de abogado no fuera defensor en «el pleito». Canosos legistas, de abultados juanetes y de narices violáceas, se permiten las más festivas sátiras en selectos círculos ante un oporto después de cenar en sus despachos. Y los abogados novatos se sirven de ellas para ejercitar su talento de sarcasmo legalista. El último lord Canciller las utilizó hábilmente cuando, al amonestar al señor Blowers, el eminente abogado que decía que tal cosa no sucedería hasta que las ranas no criaran pelo, repuso «o hasta que no se termine el pleito de Jarndyce contra Jarndyce», gracia que gustó especialmente a maceros, ujieres y ordenanzas.

¿A cuántas personas ha corrompido y arruinado la influencia perniciosa del pleito de Jarndyce contra Jarndyce? Pregunta sin concisa respuesta. Desde el procurador que tiene ante sí, sobre la mesa, ese montón amarillo de autos de Jarndyce contra Jarndyce polvorientos, arrugados y retorcidos en diversas formas, hasta el copista de la Oficina de los Seis Secretarios que se ha copiado sus diez mil diligencias bajo la rúbrica de Jarndyce contra Jarndyce. Nadie se ha hecho mejor persona por ello. Artimañas, evasivas, aplazamientos, expolios, insultos bajo todas las formas y pretextos falsos: son influencias que no pueden llevar a nada bueno. Los meros pasantes del procurador, que han mantenido a raya al desdichado litigante afirmándole desde tiempos inmemoriales que el señor Chizzle, Mizzle, o como se llame, estaba especialmente ocupado y con citas hasta la noche, han acabado por contraer, a causa de Jarndyce contra Jarndyce, un hábito de mentir severo. El síndico de la causa, que se ha enriquecido cobrando las rentas de los bienes en litigio, ha perdido el más elemental sentimiento de confianza hacia su propia madre y de consideración hacia el prójimo. Chizzle, Mizzle, o como se llame, ha convertido en sistema la excusa de aplazar el examen de los más delicados asuntos y ver lo que se pude hacer por Drizzle —al que no se ha tratado muy bien—, hasta que terminen con Jarndyce contra Jarndyce en el despacho. Todas las variedades de estafa y de negligencia se han desatado a causa de este pleito infernal, e incluso ha alcanzado a aquellos que, contemplando desde lejos tales felonías, han permitido paulatinamente que el mal siguiera su curso, sin salir de su indolencia, tras la cómoda reflexión de que si el mundo va mal es porque no hay, por alguna desconcertante razón, voluntad de que las cosas vayan bien.

Y así está presidiendo el lord Gran Canciller su Supremo Tribunal de la Cancillería, situado en el cieno y en el mismo corazón de la niebla.

—Señor Tangle —dice, últimamente fatigado de la elocuencia que despliega el sabio jurista.

—Señoría —dice el señor Tangle.

El doctor Tangle es de todos sus contemporáneos el que está más enterado del pleito de Jarndyce contra Jarndyce, es famoso por ello y se dice que no ha leído otra cosa desde que se licenció en la facultad.

—¿Piensa usted extenderse aún mucho?

—Sí, señoría... Diversos puntos por aclarar... Mi deber me obliga a no abusar..., su señoría —es la respuesta que deja caer el señor Tangle.

—Hemos de oír aún a varios letrados (así lo creo al menos) —dice el Canciller con displicente sonrisa.

Dieciocho eruditos colegas del señor Tangle, portadores de sendos y breves resúmenes sumarios de mil ochocientos folios, se levantan como los martillos de un pianoforte, hacen a un tiempo sus dieciocho saludos y vuelven a hundirse inmediatamente entre las sombras de sus asientos.

—Se aplaza la vista de la causa para el miércoles dentro de quince días —dice el gran Canciller; el asunto en cuestión no es más que una cuestión de costas, un mero vástago en el árbol selvático del pleito principal, y quedará definitivamente resuelto en pocos días.

El Canciller se levanta. Los abogados se levantan. El preso es llevado con prisas hacia delante. El hombre de Shropshire grita «¡Señoría!». Maceros, ujieres y ordenanzas ceñudos exigen silencio con indignación al hombre de Shropshire.

—Por lo que se refiere a la joven —continúa el gran Canciller todavía en Jarndyce contra Jarndyce.

—Con la venia, al joven —dice el doctor Tangle atropelladamente.

—Por lo que se refiere a la joven —repite el gran Canciller vocalizando afectadamente—, y al joven que he llamado a comparecencia hoy y que deben esperar en mi despacho: después de que los haya interrogado expediré orden para que pasen a domiciliarse en casa de su tío.

El señor Tangle se pone en pie de nuevo.

—Con la venia..., muerto.

—En casa de su... —dice el Canciller lanzando una mirada a los papeles de su mesa a través de sus anteojos—... en casa de su abuelo.

—Con la venia..., víctima de un acto de desesperación..., tapa de los sesos.

Levantándose de pronto, un abogado muy canijo y pomposo, cuya voz de bajo estalla como un trueno, dice desde los bancos de niebla del fondo:

—Pido licencia a su señoría para decir dos palabras. Comparezco en nombre del susodicho. Es primo suyo, en un grado muy lejano. No estoy en disposición de informar al tribunal en este momento acerca del grado exacto de parentesco que lo une a esos dos jóvenes, porque no me hallo lo bastante preparado, pero es su primo.

El eco de estas palabras, pronunciadas con tono sepulcral, va a perderse entre la recia armazón del techo, mientras el muy canijo letrado vuelve a ocupar su asiento donde la niebla le oculta de todas las miradas que pretenden verlo.

—Voy a hablar con los dos jóvenes —dice el Canciller de nuevo—. Luego decidiré lo que proceda con respecto a su residencia en casa del primo aludido, y mañana daré cuenta de ello cuando presida la sala.

En el momento en que su señoría se dispone a contestar al saludo de los abogados, le presentan al preso. Otra cosa no puede suceder con el preso de las deudas más que su vuelta a la cárcel, y así se hace inmediatamente. El hombre de Shropshire aventura en tono de reproche otro «¡Señoría!», pero, al verlo, el Canciller se ha eclipsado hábilmente. Y tras él van desfilando todos los demás. Se va formando una pila de pesadas bolsas azules que contienen legajos de acusaciones hasta que se la llevan los secretarios. La viejecita loca sale a su vez con sus preciosos documentos, y se cierran las pesadas puertas de la sala vacía. ¡Ojalá fuera posible encerrar en aquella sala todas las injusticias que en ella se han cometido, todas las miserias que allí se consumaron, y prender fuego a todo ello en una gran pira funeraria! No habría mejor noticia para las partes implicadas en Jarndyce contra Jarndyce, por no hablar de todas las demás.

cap-4

II

En el gran mundo

En esta misma tarde cenagosa, queremos echar una ojeada al gran mundo, el cual tiene no pocos puntos de semejanza con el Tribunal Supremo de la Cancillería. Pero vamos a comprobarlo contemplando a vista de pájaro esta nueva escena. Como la Cancillería, la alta sociedad no tiene más principios que la costumbre y la tradición: hay dormidos Rip van Winkles cuyo sueño no logra interrumpir la tempestad, y Bellas durmientes que no se despertarán hasta que las despierte el príncipe, ¡cuando todos los espetones parados en la cocina empiecen a dar vueltas prodigiosamente!

Mundo angosto de por sí, incluso en relación con este mundo nuestro, que también tiene sus límites —como su Alteza descubrirá cuando lo haya transitado y llegue a orillas del Más Allá—, que es un punto imperceptible. Encierra mucho bueno en él. Los seres leales y generosos no son raros entre quienes lo habitan. Tiene un puesto para cada cual. Por desgracia, se halla como las piedras preciosas, envuelto entre mucho algodón y fina lana, y ello le priva de oír los rumores que se alzan de las demás esferas y no se da cuenta de las revoluciones que los demás satélites efectúan en torno al sol: es como un mundo mortecino, que se ahoga y se extingue falto de aire.

Lady Dedlock se halla de regreso en su casa de la ciudad, y permanecerá en la capital algunos días hasta que parta para París, donde tiene el propósito de pasar varias semanas. Después de eso, su itinerario es incierto. Así lo dice el noticiero del gran mundo —para alivio de los parisinos—, que está muy al corriente de las cosas de las personas de alto copete y para el que no tienen importancia alguna las demás noticias.

Lady Dedlock ha sufrido mucho en lo que denomina familiarmente «su rincón» en Lincolnshire. Todo el condado se encuentra invadido por las aguas. Estas han minado y puesto en remojo un arco del puente que hay en los jardines. La pradera colindante en media milla a los lados es un río estancado cuyas islas son tristes árboles y cuya superficie es azotada día y noche por una lluvia incesante. El rincón de lady Dedlock ha sido terriblemente aburrido. El tiempo ha sido tan húmedo durante tantos días y noches que los árboles parecen empapados, y ni siquiera crujen bajo el hacha del leñador al talarlos o podarlos blandamente. Los ciervos, calados, dejan barrizales por donde pasan. Los disparos pierden su resonancia en la humedad de la atmósfera, y el humo de las escopetas se eleva en una lenta nube hacia la verde colina coronada por un bosquecillo que sirve como fondo de la lluvia. La vista desde la ventana del cuarto de lady Dedlock pasa alternativamente del color del plomo al de la tinta china. El agua llena a rebosar todos los tiestos de la terraza de piedra durante todo el día y cae con pesadas gotas chapoteando sobre las grandes baldosas del patio (llamado desde tiempo inmemorial el paseo del fantasma) durante toda la noche. Los domingos la capilla de los jardines está cubierta de musgo. Un frío sudor inunda el púlpito de roble, y se percibe en ella un vago olor y como un regusto a los antiguos Dedlock bajo sus sepulcros. Por la tarde, a la hora del crepúsculo, milady, que no tiene hijos, mira desde su gabinete la casita del guarda y ve el resplandor del fuego en los cristales, el humo que sale de la chimenea, un muchacho que, perseguido por una mujer, corre a través de la lluvia para ir al encuentro de la figura brillante de un joven robusto que, embozado, se dirige a la verja. Todos esos detalles la exasperan de tal modo que no puede con sus nervios. Lady Dedlock dice que «el tedio la mataba».

Por esa razón, ha partido abandonando su rincón de Lincolnshire a la lluvia, a las cornejas, a los conejos, a las perdices, a los ciervos y a los faisanes. Los retratos de los antiguos Dedlock parecen haberse desvanecido de las paredes chorreantes de mero apocamiento al ir pasando el ama de llaves por las viejas salas cerrando los postigos. ¿Cuándo volverán a la luz? No ha podido comprometerse a decirlo aún el noticiero del gran mundo, pues, como el maligno, es omnisciente en lo que concierne a lo pasado y lo presente, pero no a lo futuro.

Sir Leicester Dedlock es solamente un barón, pero es el más noble y poderoso de los hidalgos, y su familia, tan antigua como las colinas que rodean su heredad, es infinitamente más respetable. El mundo, a su juicio, podría existir sin montañas, pero no sin Dedlocks, y concede, en general, que la naturaleza es una feliz idea (aunque quizá algo vulgar cuando no está comprendida en el vallado de un jardín señorial), una idea, no obstante, cuya realización depende de la aristocracia inglesa. Es un noble íntegro, desdeña toda mezquindad, desprecia toda cobardía, y está pronto siempre, a la menor señal, a sufrir mil muertes antes que permitir que se ponga en duda su lealtad. Es un hombre de honor, tenaz, fiel, fogoso, sumamente convencional, extremadamente poco razonable.

Tiene veinte años, como poco, más que su esposa y no volverá a contar los sesenta y cinco, ni tal vez los sesenta y seis ni siquiera los sesenta y siete. Con frecuencia sufre ataques de gota, por lo que anda con cierta rigidez. Tiene un noble empaque, con sus patillas y cabellos entrecanos, su fina pechera, su chaleco de un blanco puro y su levita azul con botones dorados, invariablemente abotonada. Siempre deferente para con milady, profundamente atento y ceremonioso en cualquier circunstancia, profesa la más alta admiración por su dama. Su galantería hacia ella, que no se ha desmentido desde que aspirara a su mano, es el único rasgo novelesco de su carácter.

En realidad se casó por amor. Aún se rumorea que ella ni siquiera tenía familia. Sir Leicester, no obstante, tenía tanta que quizá le bastase y pudiese prescindir de otra más. Por otra parte, ella poseía bastante hermosura, orgullo, ambición, descaro en sus decisiones, y buen sentido para dotar a una legión de nobles damas. Un título y una fortuna unidos a estas cualidades la habían de situar muy pronto en primera fila, y lady Dedlock se halla, desde hace años, en el pináculo del gran mundo y en el centro de la vida aristocrática.

Sabido es, o al menos debe saberse por la cantidad de veces que se ha mencionado, el dolor de Alejandro cuando no tuvo más mundos que conquistar. Pero milady Dedlock, después de conquistar su mundo, no prorrumpió en llanto, sino que se encerró en la más intensa frialdad. Los trofeos de su victoria fueron una imparcialidad por cansancio y una calma por extenuación que no llegaron a perturbar el interés ni el menor asomo de alegría. Es una persona correctísima, y si en cualquier momento fuera convocada, subiría al cielo sin dar muestra alguna de arrebato.

Conserva su belleza. Y, si bien es cierto que ha pasado los primeros días del verano, está aún lejos del otoño. Tiene un rostro agraciado, en un principio de un tipo que podría ser llamado más bien seductor que perfecto, pero que ha llegado a ser de una belleza clásica a causa de la expresión adquirida en la elevada posición que ocupa. Es de elegante figura y parece de mayor estatura de lo que es. No es que lo sea, sino que «la mayor parte», como el distinguido Bob Stables ha atestiguado bajo juramento, «se alza sobre su nobleza». La misma autoridad hace observar que se viste a la perfección. Y, con motivo del cuidado con que están peinados sus cabellos, dice que no hay en todo el Stud,[1] una mujer mejor almohazada que ella.

Milady Dedlock, repetimos, ha dejado su rincón de Lincolnshire (seguida muy de cerca por el noticiero del gran mundo) provista de estas excelencias para pasar unos pocos días en la ciudad mientras se prepara para trasladarse a París, donde la señora pretende estarse unas semanas. Después, sus movimientos no están claros. En la tarde de ese día de barro y niebla, se presenta en su casa de la ciudad un tradicional y respetable anciano, licenciado en Derecho y asimismo procurador de la Cancillería, a quien cabe el honor de ser el consejero legal de los Dedlock y que posee, en su bufete, numerosas e irrefutables carpetas que llevan el nombre de este noble apellido: como si el presente barón fuese la moneda trucada de un ilusionista que fuese manipulada constantemente durante toda la función. Tras atravesar el vestíbulo, y subir la escalera, y cruzar los espléndidos salones, que son muy deslumbrantes en temporada y muy deprimentes fuera de ella (un país de cuento de hadas para el que visita y un desierto para el que vive allí), y, precedido de un mercurio de rostro empolvado, el caballero es introducido a la presencia de milady.

El respetable anciano tiene un aspecto pasado de moda. Sin embargo, los contratos matrimoniales y los testamentos de su noble clientela han aumentado su patrimonio y tiene fama de ser muy rico. Le rodea una misteriosa aureola formada por las confidencias familiares de las que se sabe que es depositario silencioso. Hay aristocráticos mausoleos, arraigados durante siglos en apartados claros de grandes jardines bajo los arbustos y malezas, que encierran quizá menos nobles secretos que los que pasea a la luz del día, sellados en el pecho, el señor Tulkinghorn. Pertenece este, como suele decirse, a la antigua escuela, expresión que se aplica, generalmente, a lo que nunca ha sido joven, y usa calzón corto, atado con cintas, y polainas o medias. Una particularidad de sus ropas negras y de sus medias negras consiste en que jamás están relucientes, ya sean de seda o de lana. Todas sus prendas son mudas, rigurosas, insensibles a la más mínima luz, como lo es él mismo. Nunca habla a no ser que se le consulte profesionalmente. Se le ve con frecuencia en silencio, aunque a sus anchas, en el extremo de la mesa en los grandes banquetes de las más nobles quintas, o cerca de la puerta de los salones, donde, según cuenta el noticiero del gran mundo, todo el mundo lo conoce y la mitad de los lores se detiene para decirle: «¿Cómo le va, señor Tulkinghorn?». Y él recibe estas palabras con gravedad y las entierra junto al resto de lo que sabe.

Sir Leicester Dedlock está junto a su esposa, y parece alegrarse al ver al señor Tulkinghorn. Emana de toda su persona un aire de prohibición legal particularmente agradable para sir Leicester, que lo considera como una especie de homenaje. Le gusta el traje del señor Tulkinghorn. Eso también es una especie de homenaje. Es sumamente respetable, y asimismo, en general, parece un criado. Representa el papel, por decirlo así, de mayordomo de los misterios legales, de sumiller de la cava judicial de los Dedlock.

¿Se hace una idea de sí mismo el señor Tulkinghorn? Tal vez sí o tal vez no. Notemos, de paso, una circunstancia importante, relativa no solo a la señora Dedlock como individuo de su clase, sino también como uno de los líderes y representantes de su pequeño mundo. Está persuadida de que es un ser impenetrable, completamente fuera del alcance de la mirada y del conocimiento de los mortales comunes, y de ello se convence más todavía cuando se observa en el espejo en donde se ve de esa manera por completo. Sin embargo, todos los ínfimos satélites que giran en torno a ella, desde su doncella hasta el director de la Ópera italiana, conocen sus debilidades, prejuicios, locuras, descortesías, caprichos, y regulan todas sus acciones bajo las medidas que han tomado de su naturaleza moral con tanta exactitud como su modisto toma las medidas de su cuerpo. ¿Hay un vestido nuevo, una nueva moda, un bailarín nuevo, un cantante nuevo, una nueva forma de joya, un enano o un gigante nuevos, una capilla nueva, una rareza nueva cualquiera que se desee poner en boga? Porque en cada profesión se encuentran personas solícitas y respetuosas, en quienes la señora Dedlock no sospecha más que un profundo servilismo, y que, sin embargo, la gobiernan a su antojo como si fuese un bebé, que no hacen más en toda su vida que cuidarla, que fingen seguirla humildemente y en realidad la atraen tras de sí, a ella y a todo su tropel, tras de ellas, que la cogen con un anzuelo y arrastran con ella y tras ella a todos como hizo Lemuel Gulliver con la escuadra majestuosa del grandioso Liliput. «Si quieren conquistar a nuestra gente —dicen los joyeros Braze y Sparkle, designando así a lady Dedlock y su comparsa—, deben recordar que no se dirigen al gran público. Hay que dar en su punto flaco a los nuestros y ese es su punto flaco.» «El mejor medio para asegurarse de poner en boga este artículo, señores —dicen los almacenistas Sheen y Gloss a sus amigos los fabricantes—, consiste, sencillamente, en confiárnoslo. Nosotros sabemos cómo hay que tratar a la gente del gran mundo y podemos ponerlo de moda.» «¿Desea que este grabado figure pronto en las colecciones de mis nobles contactos, caballero? —dice el señor Sladdery, el librero—. ¿O quiere introducir tal enano o tal gigante en las casas de mis nobles contactos, caballero? ¿O desea acaso el patrocinio de mis nobles contactos para este espectáculo, caballero? Pues yo me encargo de ello, caballero. Hace mucho tiempo que tengo estudiados a los líderes de mis nobles contactos, caballero, y puedo asegurar sin vanidad que los llevaré a donde me plazca.» Así lo afirma el señor Sladdery, y viniendo de él no es exagerada la afirmación.

Por semejantes razones, el señor Tulkinghorn puede que no sepa lo que pasa por la mente de los Dedlock en este momento, pero es muy posible que pueda saberlo.

—¿El canciller ha visto de nuevo la causa de mi señora, es eso, señor Tulkinghorn? —le dice sir Leicester tendiéndole la mano.

—Sí. Hoy ha sido, precisamente —contesta éste, dirigiendo una discreta reverencia a la señora, que está sentada en un sofá junto a la chimenea y tiene en su mano una pantalla para resguardarse.

—Me imagino que es inútil preguntar —dice la señora, con el aburrimiento de su rincón de Lincolnshire todavía en ella— si se ha adelantado algo.

—Hoy no se ha hecho nada que usted pudiera llamar algo —responde el señor Tulkinghorn.

—Ni se hará nunca nada —dice milady.

Sir Leicester no tiene objeción alguna ante un pleito interminable de la Cancillería. Es de esa clase de cosas lentas, costosas, británicas, constitucionales. Por cierto que no tiene ningún interés vital en el pleito en cuestión, salvo porque forma parte de él la única propiedad que aportó su esposa, y tiene la vaga impresión de que el que esté su nombre —el nombre de los Dedlock— en la causa sin estar en el encabezamiento de esa causa es un accidente de los más ridículos. Pero, por otra parte, considera el Tribunal de la Cancillería, incluso si entorpece de manera esporádica el curso de la justicia y ocasiona alguna confusión, como parte integrante de una combinación ideada por la sabiduría humana, y lo estima por arreglar de manera definitiva (hablando en términos humanos) cuanto se hace en este mundo. Opina, y no cedería ante ninguna razón contraria, que el hecho de proferir una queja o de efectuar el más leve gesto de contrariedad contra el tribunal sería alentar a ciertas gentes de la plebe a alzarse como hiciera Wat Tyler.

—Habiéndose unido a los autos ciertos affidávit —dice el señor Tulkinghorn— que no son muy extensos, y teniendo como tengo por principio inmutable, aun a costa del tiempo empleado, no dejar en la ignorancia de nada a mis clientes acerca de los incidentes de las causas en que están interesados —cauto hombre el señor Tulkinghorn, pues no se hace más responsable de lo necesario—, y más aún sabiendo que están ustedes a punto de partir para París, me he apresurado a traer los antedichos en el bolsillo.

(Sir Leicester iba a acompañar a su esposa en el viaje a París, pero el noticiero del gran mundo no prestaba atención más que a milady.)

El señor Tulkinghorn pide la venia para sacar dichos papeles sobre un amuleto dorado de una mesita que hay precisamente cerca de milady, se pone los anteojos y da comienzo a la lectura a la luz de una lámpara con pantalla.

—En la Cancillería, entre John Jarndyce...

Milady lo interrumpe para suplicarle que abrevie cuanto le sea posible y pase por alto aquellas horribles formalidades. El señor Tulkinghorn la mira por encima de los anteojos y continúa su lectura más abajo. Milady se queda absorta completamente en sí misma con indiferencia y desdén. El barón mira en un cómodo sillón el archivo, y parece tener una solemne afición por las repeticiones y fórmulas judiciales, pues forman parte de los baluartes de la nación. Resulta que el fuego de la chimenea es muy intenso donde está sentada milady y que la pantalla de mano que la resguarda es magnífica pero inútil. Así que se cambia de sitio, ve los papeles sobre la mesita, los mira con atención, se acerca aún más a mirarlos, y pregunta irreflexivamente:

—¿Quién ha copiado eso?

El señor Tulkinghorn para en seco, sorprendido por el tono inusual y la agitación de milady.

—¿Es eso lo que llaman una minuta? —inquiere la dama, volviendo a su indiferencia habitual y mirando fijamente al procurador mientras juega con la pantalla.

—No —el señor Tulkinghorn examina el papel mientras habla—, es una simple copia cuyo carácter legal se deriva de ciertas formalidades enteramente ajenas a la manera en que está escrita. ¿Por qué me lo pregunta?

—Por nada, por distraerme de esta odiosa monotonía. ¡Siga usted, se lo ruego!

El señor Tulkinghorn lee de nuevo. El calor aumenta y milady se tapa la cara con la pantalla. Sir Leicester dormita, repentinamente se despierta y exclama:

—¿Cómo? ¿Qué dice?

—Decía que me temo que la señora Dedlock esté indispuesta —dice el señor Tulkinghorn, que se ha levantado apresuradamente.

—No es más que un desmayo —murmura milady con los labios pálidos—, no es nada. Pero me siento desfallecer. No me hablen. Llame, y llévame a mi cuarto.

El señor Tulkinghorn se retira a otra habitación, llama con las campanillas, se oye rumor de pasos, reina después el mayor silencio. Un mercurio aparece y le suplica al procurador que regrese al salón.

—Más aliviada, gracias —dice sir Leicester, invitándole a tomar asiento y a continuar la lectura para él solo—. Me he asustado de veras, porque nunca había visto desmayarse a milady. ¡Pero hace un tiempo tan malo y se ha aburrido tanto en nuestro rincón de Lincolnshire!

cap-5

III

Un avance

Me cuesta muchísimo empezar con mi parte de estas páginas porque sé que no soy muy lista. Siempre lo he sabido. Recuerdo que cuando era niña ya le decía a mi muñeca cuando estábamos a solas: «Bueno, Dolly, no soy muy lista, ya lo sabes, y debes tener paciencia conmigo, ¡como un ángel!». Y por lo general permanecía quietecita en un butacón con su tez preciosa y sus labios rojos mirándome fijamente (o tal vez no a mí, sino al vacío) mientras yo me afanaba en coser sin parar y le contaba uno por uno mis secretos.

¡Mi vieja y querida muñeca! Entonces era ya una cosita tan tímida que en contadas ocasiones me atreví a abrir la boca y nunca a abrirle mi corazón a cualquier otro. Las lágrimas acuden aún a mis ojos cuando pienso el consuelo que solía ser para mí al volver de la escuela, correr por las escaleras a mi cuarto y decirle: «¡Querida Dolly, estaba segura de que me estabas esperando!», y después me sentaba en el suelo, con el codo apoyado en su butacón, y le contaba todo lo que había visto desde que nos habíamos separado. Soy observadora por naturaleza, no porque perciba rápidamente las cosas que llaman mi atención, sino porque advierto de una manera tácita cuanto ocurre y desearía comprender en todo su alcance. Mi inteligencia no es vivaz. Cuando pongo mucho afecto en alguien, parece iluminado por mi amor. Pero es muy posible que incluso eso sea efecto de mi vanidad.

Como una princesa de los cuentos de hadas, aunque con la diferencia de no ser tan bella, fui educada por mi madrina. Al menos yo solo la conocí como tal. ¡Creo que era muy muy buena! Iba a la iglesia tres veces cada domingo y a la oración de la mañana los miércoles y los viernes, y a los sermones siempre que había sermones. Y nunca faltaba. Era hermosa, y más lo hubiera sido de sonreír alguna vez (suelo pensar), como un ángel. Pero nunca sonreía. Siempre era severa y estricta. Y era tan perfecta, creía yo, que la malicia ajena le hacía tener el ceño fruncido para toda la vida. Me sentía tan distinta de ella que, incluso siendo indulgente con las diferencias existentes entre una mujer y una niña, me sentía tan humilde, tan insignificante, y a tanta distancia que nunca pude ser espontánea con ella (no, nunca pude amarla como hubiera querido). Me entristecía mucho el verla tan buena y reconocerme tan indigna de ella, y frecuentemente deseaba con ansia tener mejor corazón. Y así se lo decía muchas veces a mi vieja y querida muñeca, pero nunca quise a mi madrina como la hubiera debido querer si hubiese sido mejor chica.

Esto me hizo más tímida, me imagino, y más retraída de lo que era, y me echó en brazos de Dolly, porque ella era la única amiga con quien me sentía verdaderamente a gusto. Pero sucedió algo cuando todavía era bastante pequeña que contribuyó más a ello. Nunca había oído hablar de mamá ni oído tampoco nada de mi padre, pero sentía un interés de lo más vivo por mi mamá. Nunca había ido de luto, hasta donde puedo recordar. Nadie me había enseñado su tumba, ni me había dicho en qué sitio podía estar tampoco. Y ni siquiera me enseñaron a rezar por nadie más que por mi madrina. Se me ocurría más de una vez esta idea cuando Rachael, nuestra única criada (otra mujer muy buena, pero severa conmigo) se llevaba la luz después de haberme acostado, y me decía únicamente «¡Buenas noches, Esther!» y se iba dejándome allí.

Aunque asistían otras siete niñas a la escuela vecina, adonde yo iba como externa, y aunque todas me llamaban Esther Summerson, nunca estuve en sus casas. Cierto que eran más mayores (yo era con mucho la más pequeña), más graciosas y más instruidas, pero no era esto lo que en realidad parecía separarnos. Una de ellas me invitó la primera semana en que fui al colegio (me acuerdo muy bien) a una merienda para gran alegría mía. Pero mi madrina escribió una carta glacial en la que rehusaba, en mi nombre, la invitación. Y no fui. Nunca frecuenté jamás otra casa que la mía.

Llegó el día de mi cumpleaños. Cuando llegaba el de mis compañeras, hacían fiesta (no en el mío) y lo celebraban en sus casas (no en la mía), por lo que oía de lo que se contaban entre ellas. Mi cumpleaños era en casa el día más triste de todo el año.

He dicho antes que mi inteligencia adquiere cierta agudeza cuando la aviva algún sentimiento, aunque repito que esto podría ser tal vez algún error de mi vanidad, porque puedo ser muy vanidosa sin saberlo, pero de natural soy afectuosa, y, si la insensibilidad de los demás me hizo padecer alguna vez, fue ciertamente el día de mi cumpleaños.

Habíamos acabado de cenar, mi madrina y yo estábamos a la mesa frente a la chimenea y el ruido del péndulo del reloj y el chisporroteo del fuego eran los únicos rumores que había en la habitación y en toda la casa por no sé cuánto tiempo. Se me ocurrió levantar la vista de mi bordado hacia el otro lado de la mesa, hacia mi madrina, y vi su cara, que me miraba con expresión sombría, diciéndome:

—¡Hubiese sido mejor que no tuvieses día de cumpleaños! ¡Más te valiera no haber nacido!

Prorrumpí en llanto, y exclamé entre sollozos:

—Querida madrina, dígame usted, por favor, dígamelo, ¿murió mi madre el día de mi cumpleaños?

—No —me contestó—, y no me hagas preguntas, niña.

—¡Oh, por favor! ¡Hábleme usted de ella! ¡Haga al menos eso! ¿Qué mal le hice? ¿Por qué no soy como las demás niñas? ¿En qué consiste mi culpa?... ¡Oh! No, querida madrina, no se vaya usted... ¡Por favor! ¡Dígamelo!

Además de mi pena, me sentía atemorizada y, cogiéndola por las faldas, me arrodillé a sus pies. Hasta ese momento había repetido «¡Déjame!», pero entonces mi madrina se quedó quieta, y su rostro ensombrecido detuvo en seco mi vehemencia. Alcé mis manitas trémulas para coger las suyas o suplicar su perdón con el mayor fervor del que fui capaz, pero las apartó mientras me miraba y las puso sobre mi palpitante corazón. Me ayudó a levantarme, se sentó en su silla y, obligándome a permanecer en pie ante ella, me dijo fríamente y con voz lenta y queda (todavía veo su ceño fruncido y su índice señalándome):

—Esther, tu madre es tu vergüenza así como tú eres la suya. Llegará un día, y no dentro de mucho, en que comprenderás mejor todo esto y lo sentirás también como solo una mujer puede hacerlo. Le he perdonado —aunque su expresión demostraba todo lo contrario— el daño que me ha hecho, y no puedo decir más, aunque solo yo sé lo que me ha costado perdonarla. Pero tú, niña desgraciada, huérfana y degradada desde el primero de estos aniversarios funestos, reza todos los días para que el pecado de los demás no pese sobre tus hombros como está escrito. Olvida a tu madre y deja que la olviden todos los demás, los que se muestran tan generosos con su infeliz hija. Ahora ¡vete!

Sin embargo, al ver que me disponía a salir, helada como me había dejado, añadió:

—La obediencia, la abnegación y la diligencia en el trabajo son los preparativos que han de llenar en adelante una vida mancillada de tal manera. Eres distinta de las demás niñas, Esther, porque no naciste como las demás libres de pecado y de ira. No eres como las demás.

Subí a mi cuarto, me dejé caer sobre la cama, y apoyé mi mejilla bañada en lágrimas contra la de mi muñeca, y, estrechándola contra mi seno, lloré hasta que me quedé dormida. Aunque era limitada mi inteligencia sobre el dolor causado, comprendí que no le había traído alegría a nadie nunca y que no era para nadie lo que Dolly era para mí. Querida, querida muñeca, ¡cuánto tiempo pasamos juntas solas desde entonces, y cuántas veces le repetí la historia de mi nacimiento, y le confié todos los esfuerzos que pensaba hacer para reparar la falta con la que había nacido (de la cual me sentía declaradamente inocente a la par que culpable) y que me esforzaría en ser laboriosa, amable y bondadosa, y en hacer algo bueno para alguien, hacerme digna de estima si podía. Creo que no hay un exceso de indulgencia hacia uno mismo en verter algunas lágrimas ante el recuerdo de aquellos días. Me siento muy agradecida y muy contenta, pero no puedo evitar que broten de mis ojos. ¡Venga! Ya las he enjugado y puedo seguir como es debido.

Sentí crecer aún más la distancia que me separaba de mi madrina después de mi cumpleaños, y sentía tanto reconocimiento por permitirme tener en su casa un sitio que debería haber estado vacío, que me resultaba más difícil acercarme a ella, aunque le estaba fervientemente agradecida en mi corazón, y más que nunca. Me sentía de la misma manera hacia mis compañeras del colegio. Me sentía de la misma manera hacia la señora Rachael, que era viuda, y, ay, hacia su hija, de la que estaba tan orgullosa y que venía a verla cada quince días. Yo era muy solitaria y callada, y trataba de ser muy diligente.

Cierta tarde soleada, después de venir del colegio con mis libros y carpeta contemplando mi sombra alargada a mi lado, cuando me deslizaba escaleras arriba hacia mi cuarto como de costumbre, mi madrina miró por la puerta del comedor y me llamó para que volviera. Al reunirme con ella, resultó que había (lo que era bastante inusual, en realidad) un extraño. Un caballero de aspecto grave e imponente, vestido todo de negro, con corbata blanca, una gruesa leontina, un par de anteojos de oro y una enorme sortija con sello en el dedo.

—Esta... —le dijo mi madrina en voz baja— es la niña.

Y luego dijo en su severa forma de hablar de siempre:

—Esta es Esther, caballero.

El caballero se puso los anteojos para mirarme y dijo:

—¡Acércate, querida!

Me estrechó la mano y me pidió que me quitase el sombrero, sin dejar de mirarme. Cuando lo hube hecho, dijo:

—¡Ajá! —Y un instante después—: ¡Sí!

Y entonces se quitó los anteojos, que guardó en un estuche rojo, se arrellanó en el sillón, dio vueltas al estuche entre sus manos, y asintió a mi madrina. Tras lo cual, mi madrina me dijo:

—¡Puedes irte arriba, Esther!

Le hice una reverencia al caballero y salí de allí.

Debían de haber pasado dos años desde entonces, y me acercaba a los catorce, cuando una noche espantosa mi madrina y yo estábamos junto a la chimenea. Estaba leyendo en alto, y ella me escuchaba. Había bajado a las nueve en punto para leerle como siempre la Biblia, y me hallaba leyendo el pasaje de San Juan en el que se dice que nuestro Salvador se agachó para escribir en la arena con su dedo cuando le llevaron a una pecadora.

—Así que, como insistían, se enderezó y les dijo: «El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra».

Me interrumpió mi madrina al levantarse, y llevándose la mano a la frente, exclamó, con voz terrible procedente completamente de otra parte del libro:

—Velad, pues, para que cuando venga de repente, no os halle durmiendo. Y lo que a vosotros os digo, a todos se lo digo: velad.

En un instante, al repetir estas palabras de pie delante de mí, se desplomó al suelo. No tuve necesidad de llamar, porque su voz había resonado por la casa y se había oído hasta en la calle.

La llevaron a la cama. Allí permaneció más de una semana, poco alterada en apariencia, con su viejo y hermoso ceño de resolución, que tan bien conocía, cincelado en su rostro. Muchísimas veces, día y noche, con la cabeza apoyada en su almohada junto a ella para que mis susurros pudieran llegarle mejor, le daba besos, le daba las gracias, rezaba por ella y le suplicaba que me perdonase y que me bendijera, o por lo menos me hiciese un ademán o una seña que indicase que me había oído o entendido. Pero su rostro continuó impasible. Y conservó sin suavizar hasta el final, e incluso después, su ceño fruncido.

Al día siguiente de ser inhumada mi pobre madrina, volvió a aparecer el caballero de negro y corbata blanca. Fui mandada llamar por la señora Rachael, y me lo encontré en el mismo sitio, como si nunca se hubiese ido.

—Me llamo Kenge —me dijo—. Tal vez lo recuerde usted, hija mía, de Kenge y Carboy en Lincoln’s Inn.

Respondí que recordaba haberlo visto antes en una ocasión.

—Siéntese usted a mi lado —continuó—, y no se aflija usted, ya no hay remedio. No necesito informarle, señora Rachael, a usted que estaba enterada de los asuntos de la señora Barbary, de que su fortuna se acaba con ella, y de que esta señorita, después de la muerte de su tía...

—¿Mi tía, señor?

—Es completamente inútil prolongar un subterfugio que no tiene ya objeto —dijo el señor Kenge con desenvoltura—. Tía de hecho, que no de derecho. ¡No se aflija! ¡No llore! ¡No tiemble! Señora Rachael, supongo que esta jovencita habrá sin duda oído hablar del..., de Jarndyce contra Jarndyce...

—Nunca —respondió la señora Rachael.

—¿Es posible —prosiguió el señor Kenge levantándose los anteojos— que esta jovencita (le suplico que no se aflija usted de esa manera) no haya oído hablar nunca acerca de Jarndyce contra Jarndyce?

Negué con la cabeza, mientras me preguntaba a mí misma qué sería aquello.

—¿Nada acerca de Jarndyce contra Jarndyce? —dijo el señor Kenge, mirándome por encima de las gafas, cuyo estuche daba vueltas y vueltas como si lo estuviese acariciando—. ¿Nada acerca de una de las causas más grandes conocidas? ¿Nada acerca de Jarndyce contra Jarndyce, verdadero monumento de la práctica de la Cancillería en el cual se encuentran, yo diría, representadas mil y una veces todas las dificultades, contingencias, suposiciones y ficciones, y formas de procedimiento conocidos en ese tribunal? Es un pleito que solo puede darse en un país poderoso y libre. Ha de saber usted, señora Rachael, que el total de los gastos —temí que se dirigiese a ella por parecer distraída— asciende en el día de hoy a ¡sesenta mil libras esterlinas! —dijo el señor Kenge arrellanándose en su sillón.

Me sentí muy ignorante, pero ¿qué podía hacer? Desconocía el asunto de manera tan absoluta que ni siquiera tras lo que dijo entendía ni una palabra.

—¡Y de verdad no ha oído hablar del pleito! —decía el señor Kenge—. ¡Si parece imposible!

—La señorita Barbary, caballero —respondió la señora Rachael—, que en gloria esté...

—Así es, estoy seguro —dijo el señor Kenge cortésmente.

—Deseaba que Esther supiera tan solo lo que podía serle útil. Y sabe lo que se le ha enseñado aquí, nada más.

—Muy bien —dijo el señor Kenge— y, en líneas generales, muy apropiado. Pero pasemos al asunto que nos interesa —dirigiéndose a mí—, habiendo fallecido la señorita Barbary, su única pariente, hija mía, pariente de hecho, como he dicho antes, porque, repito, ante la ley no tiene usted parentesco alguno, y como naturalmente no se puede esperar que la señora Rachael...

—¡Ah, no, querida! —se apresuró a decir la señora Rachael.

—Así pues —asintió el señor Kenge—, al no poder esperarse que la señora Rachael se encargue de su manutención y sustento (le suplico que no se aflija usted), se halla usted en el caso de recibir y aceptar una oferta que tenía encargo de hacerle a la señorita Barbary para usted hace dos años, y que fue desechada entonces, bajo la reserva de renovarla nuevamente si se presentase la triste circunstancia que ahora acaba de ocurrir. Pues bien, confieso que represento en el asunto Jarndyce contra Jarndyce, y en otros asuntos, a un hombre sumamente compasivo, aunque a la vez algo extraño... No quisiera salir de los límites que me impone la prudencia de mi profesión... —dijo el señor Kenge, arrellanándose en su sillón de nuevo y mirándonos a ambas con calma.

Parecía experimentar un placer irresistible en escuchar su propia voz. No podía extrañarme de ello, porque era una voz rotunda y armoniosa, que prestaba gran valor a cada una de las palabras que profería. Se escuchaba a sí mismo con evidente satisfacción y seguía a veces el compás suavemente con la cabeza o bien redondeaba con su mano una frase. La impresión que me produjo fue muy viva, aun antes de saber que tenía por modelo a un noble lord, su cliente, y que era llamado por todos Kenge el elocuente.

—El señor Jarndyce —continuó—, consciente de la posición, casi me atrevería a decir desesperada, en que se encuentra esta jovencita, se ofrece a situarla en uno de los primeros establecimientos de Inglaterra, en donde, atendidas sus necesidades y asegurada su comodidad, completará una educación que le permitirá ocupar en el mundo la posición a la cual se ha dignado destinarla, digamos, la Providencia.

Me conmovieron de tal modo estas palabras y las afectadas formas con que fueron dichas, que no acerté a contestar nada, a pesar de intentarlo.

—El señor Jarndyce —prosiguió el señor Kenge— no impone otra condición más a allá de mostrar su esperanza de que esta jovencita no saldrá del mencionado colegio sin su conocimiento y aquiescencia. Que se esmerará con formalidad en adquirir aquellas habilidades que habrán de constituir más adelante sus medios de subsistencia. Que no se apartará nunca de la senda del honor y de la virtud, etcétera, etcétera.

Me quedé callada, menos capaz de hablar que antes.

—¿Y qué dice esta señorita? —siguió el señor Kenge—. Tómese su tiempo, ¡tómese su tiempo! Espero su respuesta. Pero ¡tómese su tiempo!

Es inútil repetir lo que respondió el menesteroso sujeto a quien se le hizo tal oferta. No hay palabras en el lenguaje humano que puedan expresar lo que sintió entonces y sentirá hasta la muerte.

Esta entrevista con el señor Kenge se celebraba en Windsor, donde había pasado toda mi vida hasta donde me alcanza la memoria. Una semana después, bien provista de todo lo necesario, partía de allí para subir a la diligencia rumbo a Reading.

La señora Rachael era demasiado buena para sentir emoción alguna en la despedida, pero yo no era tan buena, y lloré amargamente. Pensé que debería haberla conocido mejor después de tantos años y que debería haberme hecho querer más por ella, lo bastante como para que lo sintiese. Cuando me dio un beso frío de despedida en la frente, como una gota caída de la piedra helada de la entrada —era un día muy frío—, me sentí tan miserable y arrepentida ¡que me arrojé en sus brazos preguntándole si era yo la causante de que pudiera decirme adiós tan fácilmente!

—No, Esther —me respondió—, ¡es su mala suerte!

El carro estaba en la verja del pequeño prado —no habíamos salido hasta oír las ruedas— y así la dejé, con un peso en el corazón. Me dejó antes de que subiesen mi equipaje al techo del carro y cerró la puerta. Mientras pude distinguir la casa, la miré entre lágrimas. Mi madrina había legado a Rachael todo lo que poseía, y estaba en venta. Una antigua alfombra, donde había varias rosas y que siempre me pareció lo primero que había visto nunca en este mundo, colgaba fuera, expuesta al frío y a la nieve. Uno o dos días antes, envolví mi muñeca en su chal, y, casi me da vergüenza contarlo, la enterré silenciosamente al pie del árbol que daba sombra a la ventana de mi antiguo cuarto. No me quedaba más compañero que mi pájaro, y me lo llevaba en su jaula.

Cuando dejé de ver la casa, me senté delante, con la jaula en el suelo a mis pies, en el asiento bajo la alta ventanilla para mirar por ella, contemplando los árboles congelados, que eran como fragmentos de caliza, y todos los prados tersos y blancos por la nevada de la noche anterior, y el sol, tan rojo aunque daba tan poco calor, y el hielo, negro como el acero en los sitios donde habían barrido la nieve los patines y los trineos. Frente a mí, había sentado un caballero en el carruaje al que hacían parecer muy grueso un montón de abrigos, pero estaba sentado mirando por la otra ventanilla y no se había fijado en mí.

Yo pensaba en mi difunta madrina, en la noche en que leía para ella, en su ceño tan impasible y severo en su cama, en el extraño lugar adonde me llevaban, en las personas que iba a encontrar allí y en lo que les gustaría y en lo que me dirían, cuando una voz en el carruaje me hizo dar un horrible respingo. Esta dijo:

—¿Por qué demonios llora usted?

Estaba tan aterrada que perdí la voz y apenas pude contestar en un susurro:

—¿Yo, señor?

Porque naturalmente yo sabía que tenía que ser el caballero del montón de abrigos quien me había hablado, aunque continuase mirando por su ventana.

—Sí, usted —dijo volviéndose.

—Lloraba sin darme cuenta, señor —balbucí.

—¡Pues lo está haciendo! —dijo el caballero—. ¡Mire aquí!

Vino a ponerse justo enfrente de mí de la otra esquina del coche, me pasó uno de sus puños de piel por los ojos (pero sin hacerme daño) y me mostró que estaba mojado.

—¡Aquí! ¿Se ha enterado usted ya de que está llorando?

—Sí, señor.

—¿Y por qué llora? —dijo el caballero—. ¿No quiere ir allí?

—¿Dónde, señor?

—¿Dónde? Pues adondequiera que vaya —dijo el caballero.

—Estoy muy contenta de ir allí, señor —respondí.

—Pues, en tal caso, ¡ponga una cara más alegre! —dijo el caballero.

Me parecía que era algo raro, o al menos lo que podía ver de su persona era muy raro, pues iba embozado hasta la barbilla, y su rostro estaba casi oculto tras una gorra con correas de pieles a ambos lados de la cabeza atadas bajo aquella. Sin embargo, me recobré pronto del primer susto, y no tuve miedo de él. Así que le dije que creía que lloraba por la muerte de mi madrina y porque la señora Rachael no había mostrado pena alguna al despedirse de mí.

—¡Váyase al diablo la señora Rachael! —dijo el caballero—. ¡Deje que se la lleve un vendaval montada en su escoba!

Empecé a tener verdadero miedo de él y lo miré con gran sorpresa. Pero pensé que tenía una mirada agradable, a pesar de que continuaba refunfuñando para sí y dedicándole a la señora Rachael algunos insultos.

Un momento después abrió su abrigo más superficial, que me pareció lo bastante ancho para abrigar toda la diligencia, y hundió el brazo en uno de sus profundos bolsillos laterales.

—Ahora, ¡mire aquí! —dijo—. Dentro de este envoltorio (que estaba doblado con precisión) hay un trozo de la mejor tarta de ciruela que pueda comprarse, con una capa de azúcar de una pulgada de espesor, como la grasa de las chuletas de cordero. Y aquí hay un pastelillo (este es una joya, tanto en tamaño como en calidad). Hecho en Francia. ¿Y de qué cree que está hecho? De hígado de oca cebada. Ahí lo tiene usted. Ahora veamos cómo se los come.

—Gracias, señor —respondí—. De verdad, muchas gracias. Espero que no se molestará usted, si los rehúso, me sentarían mal.

—¡Otra vez me deja de una pieza! —dijo el caballero, lo que no entendí en absoluto, y tiró ambos por la ventanilla.

No me habló más hasta el momento en que nos acercábamos a Reading, cuando me recomendó que fuera muy aplicada y buena, y me estrechó la mano. Debo decir que me quedé aliviada por su partida. Lo dejamos en un mojón. Pasé por allí andando a menudo después de aquello, y nunca, durante mucho tiempo, lo hice sin dejar de pensar en él y con alguna esperanza de encontrarme con él. Pero nunca lo hice; y así, con el tiempo, acabé por olvidarlo.

Cuando se detuvo el carruaje, se asomó a la ventanilla una dama muy bien vestida y dijo:

—Señorita Donny.

—No, señora, Esther Summerson.

—Precisamente —dijo la señora—, señorita Donny.

Entonces comprendí que se estaba presentando mediante ese nombre, me excusé por mi equivocación y le indiqué mis baúles a petición suya. Siguiendo las indicaciones de una sirvienta muy bien vestida, fueron puestas en la parte de fuera de un coche verde muy pequeño. Entonces, la señorita Donny, la sirvienta y yo nos metimos dentro y fuimos llevadas fuera de allí.

—Todo está dispuesto para recibirla, Esther —dijo la señorita Donny—, y su plan de estudios se ha trazado exactamente conforme a las instrucciones recibidas de su tutor el señor Jarndyce.

—¿De quién dice usted, señora?

—De su tutor, el señor Jarndyce —dijo la señorita Donny.

Estaba tan desconcertada que la señorita Donny, creyendo que el frío había sido demasiado duro para mí, me ofreció su pomo de esencias.

—¿Conoce usted a mi tutor, el señor Jarndyce, señora? —le pregunté tras muchas vacilaciones.

—Personalmente no, Esther —dijo la señorita Donny—, solamente por medio de sus representantes legales, los señores Kenge y Carboy, de Londres. El señor Kenge es realmente un hombre superior. De una verdadera elocuencia. ¡Tiene frases de una nobleza sin igual!

Me pareció que era muy cierto, pero estaba demasiado confusa para prestar atención. La pronta llegada a nuestro destino, antes de que tuviese tiempo para recuperarme, aumentó mi confusión, y jamás podré olvidar el aspecto impreciso e irreal de todo lo habido aquella tarde en Greenleaf, la casa de la señorita Donny.

Pero, poco a poco, fui familiarizándome con ella. A los pocos días me había adaptado tanto al ritmo de Greenleaf que me parecía que había estado durante mucho tiempo allí y que mi antigua vida en casa de mi madrina la había soñado más que vivido.

Nada podía ser más minucioso, exacto y metódico que Greenleaf. Había un momento para cada cosa en la esfera del reloj, y cada cosa era hecha en ese preciso momento.

Éramos doce pensionistas, y había dos señoritas Donny, gemelas. Quedó sobreentendido al poco tiempo que tendría que confiar en mis capacidades como preceptora, y no solo estudiaba todo lo que se enseñaba en Greenleaf, sino que no tardé en dar algunas lecciones. Aunque en todos los demás aspectos se me trató como al resto del colegio, se hizo esa única diferencia desde el principio. Cuando empezaba a aprender algo más, enseñaba algo más, así que con el tiempo tenía mucho que hacer, lo que me alegraba mucho, porque hacía que mis queridas chicas me cogiesen cariño. Al final, cualquier nueva pupila que viniese un poco abatida y triste tenía tanta seguridad de hallar en mí a una amiga (no sé por qué en realidad) que se confió a mi cuidado a todos los recién llegados. Decían que era dulce, pero tengo claro que ellas lo eran el doble. A menudo pensaba en el propósito que hiciera en mi cumpleaños de intentar ser laboriosa, amable y fiel y de hacer algo bueno para alguien y ganarme su amor si podía. Y, de verdad, de verdad, me sentía casi avergonzada de que haciendo tan poco hubiese conseguido tanto.

Pasé en Greenleaf seis años tranquilos y felices. Y, gracias al cielo, el día de mi cumpleaños nunca vi en ningún rostro que hubiera valido más que no hubiese nacido. Cuando llegaba aquel día, recibía tantas muestras de reconocimiento y cariño, que mi cuarto se embellecía con ellas desde el día de Año Nuevo a Navidad.

En esos seis años no salí nunca de Greenleaf, a no ser para hacer algunas visitas en las inmediaciones con motivo de las vacaciones. Seis meses después de mi llegada, más o menos, le pedí a la señorita Donny consejo sobre escribir al señor Kenge para decirle que estaba muy contenta y agradecida, y con su consentimiento le escribí tal carta. El señor Kenge acusó recibo de mi carta diciendo «Tomamos nota de su contenido para trasmitirlo debidamente a nuestro cliente». Después de eso oía alguna que otra vez que la señorita Donny y su hermana comentaban que mi pensión se pagaba con exactitud todos los años, y aproximadamente dos veces al año me atrevía a escribir una carta parecida. Siempre recibía a vuelta de correo exactamente la misma respuesta, con la misma letra, con la firma de Kenge y Carboy por otra mano, que me pareció ser la del señor Kenge.

¡Me parece tan curioso que me veo obligada a escribir todos esos detalles sobre la historia de mi vida! ¡Como si este relato tratara tan solo del relato de mi vida! Pero muy pronto mi insignificante persona pasará a segundo término.

Había pasado en Greenleaf seis años tranquilos, creo decir por segunda vez, viendo realizarse en mis compañeras, como reflejados en un espejo, cada etapa de mi propia madurez y sus cambios, cuando una mañana de noviembre recibí la siguiente carta. Omito la fecha.

Old Square, Lincoln’s Inn.

A la señorita Esther Summerson.

Pleito Jarndyce contra Jarndyce.

Señorita:

Nuestro cliente el señor Jarndyce se halla próximo a recibir en su casa, según ha dispuesto el Tribunal de la Cancillería, una pupila del tribunal en dicha causa, y deseando proveer a dicha pupila de una compañera de toda garantía, me encarga comunicarle a usted que le sería muy grato obtener su consentimiento en desempeñar el susodicho cargo.

Hemos atendido a los gastos y medios relativos a su traslado: carruaje gratuito, salida de Reading a las ocho de la mañana del lunes próximo para llegar a White Horse Cellar, Piccadilly, Londres, donde la esperará uno de nuestros pasantes para conducirla a nuestro despacho, según dirección del membrete.

Quedamos, señorita, devotamente a sus pies,

KENGE Y CARBOY

¡Nunca, nunca olvidaré la sensación que produjo esta carta en la casa! Cuánta bondad tuvieron al cuidarme de tal manera, cuánta misericordia me mostró el Señor, que no me había olvidado, al allanar, el camino de mi vida de huérfana y al inclinar hacia mí a todos aquellos jóvenes corazones. Apenas podía sobreponerme. No porque me afligiere al verles llorar, me temo, sino por el placer, el orgullo, la alegría y el dolor de que lo hiciesen, y la humilde pena que se mezclaba con ello, de tal modo que creí por un momento que iba a estallar mi corazón por ser presa del éxtasis.

Según la carta solo quedaban cinco días para mi marcha. Cada minuto añadía entonces nuevas pruebas de afecto y de bondad que me prodigaron durante esos cinco días. Y, cuando llegó por fin la mañana de mi partida, me hicieron recorrer todas las habitaciones, que debía ver por última vez, y entonces alguna gritaba: «Esther, querida, abracémonos aquí en mi cabecera donde me habló usted con tanta bondad la primera vez que nos vimos», y entonces otras solo me pedían que escribiese una dedicatoria, «De Esther, con cariño», y entonces todas ellas se agruparon en torno a mí con sus regalos de despedida y me abrazaron bañadas en lágrimas y exclamando: «¿Qué será de nosotras, sin nuestra Esther?», y cuando quise expresarles, a mi vez, qué pacientes y qué buenas habían sido todas conmigo y cuánto rezaba por ellas y se lo agradecía a todas por igual, ¡cómo se enterneció mi corazón! Y cuando ambas señoritas Donny manifestaron tanto pesar como cualquiera de mis compañeras y discípulas, y cuando las criadas vinieron a decirme: «Bendita sea usted, señorita, ¡adondequiera que vaya!», y cuando el jardinero, viejo, cojo y antipático, que parecía que nunca había reparado en mí, corrió casi sin aliento tras la diligencia para obsequiarme con un ramo de geranios, y cuando me dijo que yo había sido la alegría de sus ojos (de verdad, así lo dijo el anciano), ¡cómo se enterneció mi corazón!

¡Cómo podía evitar yo todo eso! Y la llegada al pequeño colegio, y el ver de manera imprevista a los niños pobres agitar las gorras y los sombreros desde lejos, y el distinguir entre ellos a un caballero de cabello cano y a su esposa, a cuya nieta había enseñado a leer y a escribir y cuya casa había visitado, ellos que pasaban por ser las personas más orgullosas del lugar y que olvidaban su orgullo para decirme: «¡Adiós, Esther, ojalá que seas muy feliz!». Cómo podía evitar acurrucarme en un rincón de la diligencia y decir «¡Qué agradecida estoy! ¡Qué agradecida!» sin parar.

Pero, desde luego, pronto comprendí que no debía presentarme llorando a donde iba después de tantas bondades como habían tenido conmigo. Así que me obligué a sollozar menos, desde luego, y a convencerme a mí misma de permanecer en silencio diciéndome con frecuencia: «Esther, ¡tienes que hacerlo! ¡No te pongas así!». Y me animé bastante por fin, aunque me temo que tardé más de lo que hubiese debido. Y entonces me lavé los ojos con agua de lavanda cuando me pareció que estábamos próximos a llegar a Londres. Estaba completamente convencida de que antes de diez millas llegaríamos, pero pasadas las diez millas lo estaba de que no íbamos a llegar nunca. No obstante, al darme cuenta de que la diligencia traqueteaba ya sobre camino empedrado, y, sobre todo, que parecía que todos los otros carruajes corrían hacia nosotros, y nosotros parecíamos correr hacia todos los demás, empecé a suponer que nos encontrábamos decididamente en el término de nuestro viaje. Poco tiempo después habíamos llegado a nuestro destino.

Un joven caballero, en cuya ropa se destacaban algunas manchas de tinta accidentales, me dirigió la palabra desde la acera:

—Pertenezco a Kenge y Carboy de Lincoln’s Inn, señorita —me dijo.

Si no le importa, señor —le dije.

Se mostró muy obsequioso y me dio la mano para subir a un coche ligero, después de disponer que trasladasen a él mi equipaje. Le pregunté si había algún incendio en algún lado, ya que las calles estaban llenas de un humo pardo tan denso que apenas se distinguían los objetos más cercanos.

—¡Oh! No, qué cosas tiene, señorita —dijo—. Es una de las particularidades de Londres.

Yo nunca había oído tal cosa.

—Niebla, señorita —dijo el joven caballero.

—¿Es posible? —dije.

Y cruzamos las calles más sombrías y sucias que se hayan visto en el mundo, creo, y en tan molesto estado de confusión que me preguntaba cómo la gente podía estar en su sano juicio. Hasta que de repente se hizo la calma al atravesar un vetusto portal y penetramos en una plaza silenciosa hasta llegar a una especie de rincón en una esquina, donde había una entrada en lo alto de un tramo de escalera amplio y empinado como el atrio de una iglesia. Y precisamente había allí un cementerio fuera, bajo unos claustros, a juzgar por unas losas sepulcrales que distinguí a través de una de las ventanas de la escalera.

Eso era Kenge y Carboy. El joven caballero me introdujo en el despacho del señor Kenge, donde no había nadie, y me ofreció cortésmente un sillón, que acercó a la chimenea. Entonces llamó mi atención sobre un espejo que colgaba a uno de los lados de la chimenea.

—Si quiere usted arreglarse un poco tras el viaje antes de ser conducida a presencia del gran Canciller, puede usted hacerlo, aunque veo que no es necesario —dijo el joven caballero con gran delicadeza.

—¿Ir ante el Canciller? —dije sobresaltándome un momento.

—Es una mera formalidad, señorita —respondió el joven caballero—. El señor Kenge está ahora informando ante el Tribunal. Me ha encargado que la salude a usted en su nombre y que la invite a tomar un bocado mientras lo espera.

En una mesita había una jarra de vino y unas galletas.

—Y a echar un vistazo al periódico.

Me lo entregó mientras hablaba. Atizó el fuego entonces y salió de allí.

Todo aquello era tan extraño —lo que más me extrañaba era que fuera de noche en pleno día, y las velas que despedían una luz pálida y que parecían lóbregas y frías— que apenas podía entender las palabras que trataba de leer y me encontré a mí misma leyendo las mismas palabras una y otra vez. Así que, como era inútil seguir con aquello, dejé el periódico, le eché un vistazo a mi sombrero ante el espejo para saber si estaba en perfecto estado, y dirigí una mirada en torno a aquel despacho, que no estaba muy despejado, y a las gastadas y polvorientas mesas, a los montones de papeles, a los estantes repletos de libros que por su aspecto no ofrecían el menor interés de lectura. Y luego seguí pensando, pensando, pensando, y el fuego ardía, ardía, ardía, y las velas seguían parpadeando y consumiéndose, y no había despabiladeras —hasta que el joven caballero llevó un par muy sucio—, durante dos horas.

Por fin apareció el señor Kenge. No estaba nada cambiado, pero en cambio él se sorprendió mucho viendo cuánto lo había hecho yo, y pareció alegrarse bastante.

—Comoquiera que va usted a ser la compañera de la joven señora que se halla en este momento en el despacho privado del Canciller, señorita Summerson —me dijo—, hemos pensado que debía estar usted presente también. ¿Supongo que no la intimidará a usted el lord Canciller?

—No, señor —dije—, no creo que lo haga —sin acertar a comprender por qué podía intimidarme.

Así que el señor Kenge me ofreció el brazo, y doblamos la esquina, bajo una columnata, y franqueamos una puerta lateral. Y así llegamos, por un corredor, a una lujosa sala donde estaban de pie una señorita y un joven caballero cerca de una gran chimenea que crepitaba mucho. Había una pantalla interpuesta entre ellos y el fuego, y estaban inclinados hacia esta, hablando. Ambos volvieron el rostro cuando entré. ¡Qué chica más bella, con el fuego brillando sobre ella! ¡Qué cabello dorado tan exuberante, qué ojos azul celestes y qué rostro tan alegre, inocente, confiado!

—Señorita Ada —dijo el señor Kenge—, tengo el gusto de presentarle a la señorita Summerson.

Se acercó para saludarme con una sonrisa afectuosa y me alargaba la mano, pero como si cambiase enseguida de opinión me dio un beso. En resumen, tenía una manera de ser tan espontánea, encantadora, cautivadora que al cabo de algunos minutos estábamos sentadas en el asiento de la ventana una al lado de otra, junto al resplandor del fuego, hablando de forma tan desenvuelta y alegre como era posible. ¡Menudo alivio! ¡Qué satisfacción cuando comprendí que le inspiraba confianza y que podía llegar a quererme! ¡Era muy amable por su parte y muy alentador para mí!

El joven era un pariente lejano suyo, según me dijo, y se llamaba Richard Carstone. Era un joven apuesto, con un rostro que inspiraba lealtad y una risa todavía más franca. Y después de que lo hubiese invitado a donde estábamos nosotras, se puso a nuestro lado, y habló con alegría y despreocupación. Era muy joven, apenas tenía diecinueve años entonces, que, si bien no eran muchos, eran casi dos más de los que tenía ella. Ambos eran huérfanos y no se habían conocido hasta ese día, lo que me pareció sorprendente y curioso. Que nos viésemos los tres reunidos por vez primera en un sitio tan poco habitual era una de las cosas que había que hablar y hablábamos sobre ello; y el fuego, que había dejado de crepitar, nos guiñaba sus ojos enrojecidos como un viejo Canciller adormilado, así dijo Richard.

Charlábamos en voz baja, porque de vez en cuando entraba en el salón un caballero con toga y peluca, y volvía a salir al momento. Y cuando lo hacía, llegaba a nuestros oídos un ruido monótono y distante, que decía ser un abogado de nuestro caso dirigiéndose al lord Canciller. Le contó al señor Kenge que el Canciller no tardaría más de cinco minutos en estar allí, y enseguida oímos un ajetreo y numerosos pasos y el señor Kenge dijo que se había levantado la sesión y que su señoría estaba en el despacho de al lado.

El caballero con peluca abrió la puerta casi inmediatamente y le rogó al señor Kenge que entrase. Después entramos todos en el despacho de al lado, el señor Kenge primero con mi amiga —esto me resulta tan natural ahora que no puedo evitar llamarla así—. Y allí estaba, todo vestido de negro, sentado en un sillón, cerca de una mesita al lado de la chimenea, su señoría, cuya toga, ribeteada con encajes dorados, había sido arrojada sobre otro asiento. Nos lanzó una mirada penetrante según entrábamos, pero nos recibió con cortesía y amabilidad. El caballero de la peluca colocó sobre la mesita de su señoría varios montones de legajos, de entre los cuales su señoría eligió uno y lo examinó brevemente.

—¿Señorita Clare? —dijo el lord Canciller—. ¿Señorita Ada Clare?

El señor Kenge se la presentó, y su señoría le rogó que se sentase a su lado.

En un momento vi que disfrutaba mirándola y que se interesaba por ella. Me conmovió que el hogar de esa bella y joven criatura pudiese estar representado por ese árido y solemne lugar. El mismo lord Canciller, considerándolo bajo su mejor aspecto, suplía bien pobremente el orgullo y el amor paternos.

—El Jarndyce del que se trata —dijo hojeando los legajos que tenía delante— es el Jarndyce de la Casa lúgubre.

—El Jarndyce de la Casa lúgubre, señor —dijo el señor Kenge.

—¡Qué nombre tan deprimente! —observó el lord Canciller.

—Pero no es un paraje deprimente a día de hoy, milord —dijo el señor Kenge.

—Y la Casa lúgubre ¿en dónde está? —dijo su señoría.

—En Hertfordshire, milord.

—¿No está casado el señor Jarndyce?

—No, milord —dijo el señor Kenge.

Una pausa.

—¿Está presente el joven señor Richard Carstone? —dijo el lord Canciller mirando hacia él.

Richard hizo una reverencia y dio un paso al frente.

—¡Hum! —dijo el lord Canciller, pasando rápidamente más hojas.

—El señor Jarndyce de la Casa lúgubre, milord —observó el señor Kenge en voz baja—, me aventuraría a recordarle a su señoría, ha proporcionado una digna compañera a...

—¿Al señor Richard Carstone? —Así creí entender, pero no estoy muy segura, su señoría lo dijo igualmente en voz baja y con una sonrisa.

—A la señorita Ada Clare, milord. Esta es la joven, la señorita Summerson.

Su señoría me dedicó una mirada llena de indulgencia, y correspondió cortésmente a mi humilde reverencia.

—Ninguna de las partes interesadas en la causa está unida a la señorita Summerson por parentesco, supongo.

—No, milord.

El señor Kenge se inclinó antes de que aquella frase fuese acabada en voz baja y susurrada. Su señoría lo escuchó sin levantar la vista de sus legajos, asintió dos o tres veces, hojeó más páginas, y no miró hacia mí hasta que nos estuvimos yendo.

El señor Kenge y Richard vinieron a encontrarme donde estaba, cerca de la puerta, dejando a mi preferida (esto me resulta tan natural ahora que no puedo evitarlo) sentada al lado del gran Canciller, quien hablaba con ella aparte, preguntándole, según me contó después, si había reflexionado bien el acuerdo propuesto, y si creía que sería feliz bajo el techo del señor Jarndyce de la Casa lúgubre y qué le hacía pensar eso. Después se levantó y la dejó ir, y entonces habló algunos minutos con Richard Carstone, no sentado, sino de pie, y en general con más cordialidad y menos ceremonia como si todavía supiera, aunque era el lord Canciller, cuál era el medio de granjearse la confianza de un joven.

—Muy bien —dijo alzando la voz su señoría—, ahora ya puedo expedir la orden. El señor Jarndyce ha elegido hasta donde puedo juzgar —y esto lo dijo mirándome a mí— perfectamente a la compañera de la joven, y el acuerdo parece en general lo mejor dadas las circunstancias.

Nos despidió afectuosamente, y salimos todos afuera muy agradecidos por ser tan afable y cortés, sin que aquello le hiciese perder en nada su dignidad, sino que a nuestros ojos le había dado mayor realce.

Cuando estuvimos en el pórtico, el señor Kenge recordó que debía regresar un momento para hacer ciertas preguntas, y nos dejó en medio de la niebla, con el coche y los criados del lord Canciller, que esperaban a que este saliese.

—¡Bueno! —dijo Richard Carstone—. ¡Pues ya está todo! Y ¿adónde vamos ahora, señorita Summerson?

—¿No lo sabe usted? —dije.

—Ni remotamente —dijo.

—¿Y usted no lo sabe, querida? —le pregunté a Ada.

—¡No! —dijo—. ¿Ni usted?

—¡En absoluto! —dije yo.

Nos mirábamos unos a otros, medio riéndonos de nosotros mismos como los niños en el bosque, cuando se acercó a nosotros sonriendo y haciendo reverencias una curiosa viejecita, con el sombrero arrugado y llevando en la mano un bolso.

—¡Oh! —dijo—. ¡Los pupilos en lo de Jarndyce! ¡Qué placer de tener el honor! La juventud, la esperanza y la hermosura son un feliz presagio cuando se hallan en este sitio sin saber el futuro que les aguarda.

—Está loca —susurró Richard, sin suponer que ella pudiese oírlo.

—En efecto, mi joven caballero, estoy loca —respondió tan rápidamente que lo dejó bastante avergonzado—. Fui pupila en otro tiempo, y no estaba loca entonces —dijo haciendo pequeñas reverencias y sonriendo entre cada mínima frase—. Tenía esperanzas, juventud y hasta hermosura, según creo. Eso importa muy poco ahora. Ninguna de las tres cosas me sirvió ni me salvó. Tengo la honra de asistir con frecuencia al tribunal. Con mis documentos, espero una sentencia, y muy pronto... En el día del Juicio Final. He descubierto que el sexto sello mencionado en las Sagradas Escrituras es el sello del Tribunal Supremo. ¡Fue abierto hace mucho tiempo! ¡Les ruego que acepten mi bendición!

Como Ada estaba un poco asustada, le dije, para acceder a los deseos de la pobre anciana, que nos sentíamos muy agradecidos.

—¡Muy bien! —dijo de manera remilgada—. Así lo creo. ¡Ah! Ahí viene Kenge el elocuente, ¡con sus documentos! ¿Cómo sigue su señoría?

—Bastante bien, bastante bien, ahora no seas inoportuna... ¡Es una pobre mujer! —dijo el señor Kenge, llevándonos de vuelta.

—De ninguna manera —dijo la infeliz anciana siguiéndonos a Ada y a mí—. Cualquier cosa menos inoportuna. Espero que hereden ambas de mí grandes haciendas, lo que no es nunca inoportuno. Espero la sentencia muy pronto. En el día del Juicio Final. Es un buen presagio para ustedes. ¡Acepten mi bendición!

Se paró al final del empinado y ancho tramo de escalera, pero cuando volvimos la mirada mientras nos íbamos, allí estaba todavía diciendo, todavía con una reverencia y una sonrisa a cada frasecita:

—Esperanza. Y juventud. Y belleza. Y Cancillería... ¡Y Kenge el elocuente! ¡Ah! ¡Os ruego que aceptéis mi bendición!

cap-6

IV

Filantropía telescópica

El señor Kenge nos anunció, cuando llegamos a su despacho, que debíamos pasar la noche en casa de la señora Jellyby. Entonces se volvió hacia mí y dijo que daba por sentado que sabía quién era la señora Jellyby.

—La verdad es que no, señor —respondí—. Tal vez el señor Carstone..., la señorita Clare...

Pero no, no sabían, más que yo, nada de la señora Jellyby.

—¡Es posible! La señora Jellyby —dijo el señor Kenge, vuelto de espaldas al fuego y con los ojos fijos en la polvorienta alfombra donde parecía leer la biografía de la señora Jellyby— es una persona de una fuerza de carácter realmente notable y que está enteramente consagrada al bien común. Se ha consagrado, en diversas ocasiones, a una gran variedad de temas de interés común y en la actualidad, hasta que otra cosa llame su atención, se consagra al tema de África desde el punto de vista del cultivo de la planta del café y de los indígenas, y del ventajoso asentamiento de nuestra población local sobrante en las riberas de los ríos africanos. El señor Jarndyce, que se complace en fomentar todas las obras que puedan ser consideradas útiles, y cuya cooperación es demandada por todos los filántropos, tiene, creo, formada una excelente opinión de la señora Jellyby.

El señor Kenge se quedó mirándonos mientras se arreglaba la corbata.

—¿Y el señor Jellyby, señor? —insinuó Richard.

—¡Ah! El señor Jellyby —dijo el señor Kenge— es..., no sé cómo describírselo mejor que diciendo que es el marido de la señora Jellyby.

—¿Un don nadie? —dijo Richard con una mirada irónica.

—Yo no diría tal cosa —respondió el señor Kenge con seriedad—, no podría decirlo entre otras razones porque no sé nada de él. Nunca, que yo sepa, he tenido el placer de encontrarme con el señor Jellyby. Tal vez sea un hombre excelente, aunque está, por así decirlo, completamente eclipsado por las luminosas cualidades de su mujer.

El señor Kenge pasó a contarnos que, como el camino a la Casa lúgubre sería largo, sombrío y aburrido en una tarde como aquella y como ese día ya habíamos estado viajando, el señor Jarndyce había propuesto él mismo este acuerdo. Habría un carruaje en casa de la señora Jellyby para llevarnos fuera de la ciudad a la mañana siguiente.

Llamó entonces con la campanilla, y entró el joven caballero.

Se dirigió a él como Guppy, y el señor Kenge le preguntó si se habían «hecho circular» las cajas de la señorita Summerson y el resto del equipaje. El señor Guppy dijo que sí, que las habían hecho circular, y que un cochero nos aguardaba en un coche para que circulásemos también cuando gustásemos.

—Solo me resta, pues —concluyó el señor Kenge estrechándonos la mano—, manifestarles a ustedes mi sincera satisfacción por (que tenga un buen día, señorita Clare) el arreglo que acaba de cerrarse (adiós, señorita Summerson) y mi sincera esperanza de que todo redundará en la felicidad, el (un verdadero placer en haberle conocido, señor Carston) bienestar y el mayor provecho, desde todos los puntos de vista, de todos los implicados. Guppy, cuide de que este grupo llegue sano y salvo.

—¿Dónde está, señor Guppy? —dijo Richard cuando bajábamos la escalera.

—Cerca de aquí —dijo el señor Guppy—, cerca de Thavie’s Inns, ya sabe.

—Pues no puedo decir que lo sepa, acabo de llegar de Winchester y no he estado nunca en Londres.

—A la vuelta de la esquina —dijo el señor Guppy—. No tenemos más que torcer Chancery Lane arriba, y cruzar por Holborn, y llegaremos en cuatro minutos, lo tenemos a mano. Ahora sí que tratamos con una particularidad de Londres, ¿no es así, señorita?

Parecía encantado de ello por mí.

—En efecto, ¡la niebla muy densa! —dije.

—Nada que a usted le afecte, sin embargo, estoy convencido —dijo el señor Guppy, subiendo el tono—. Por el contrario, parece que le sienta bien, señorita, a juzgar por su aspecto.

Sabía que tenía buenas intenciones al hacerme ese cumplido, así que me reí de mí misma por ruborizarme cuando cerró la portezuela y subió al pescante. Y nosotros tres nos reímos y charlamos sobre nuestra inexperiencia y las rarezas de Londres hasta que pasamos bajo un pasaje abovedado hacia nuestro destino: una calle estrecha de casas altas semejante a una oblonga cisterna para guardar niebla. Había un pequeño barullo de gente, especialmente niños, reunido alrededor de la casa en la que paramos, que tenía una placa de latón deslustrado en la puerta donde se leía: «Jellyby».

—¡No se asusten ustedes! —dijo el señor Guppy, vuelto hacia la ventanilla del coche—. Uno de los niños de los Jellyby ha introducido la cabeza entre los barrotes de una propiedad.

—¡Pobre criatura! —dije—. ¡Déjeme salir, se lo ruego!

—No se alarme usted, señorita: los niños de Jellyby siempre están metidos en algo —dijo el señor Guppy.

Me abrí paso hasta el pobre niño, que era de los más sucios desventurados que había visto en mi vida, y al que me encontré muy angustiado y asustado y dando horribles gritos, forcejeando entre dos barrotes de hierro, mientras un lechero y un guardia, con las mejores intenciones posibles, procuraban tirar de él por las piernas ante la opinión general de que su cráneo podía comprimirse por dichos medios. Como me encontré (después de calmarlo) con que era un muchachito de cabeza por naturaleza grande, pensé que tal vez por el espacio por donde había pasado la cabeza no tardaría en seguir todo el cuerpo, e indiqué que la mejor manera de liberarlo podía ser empujarlo hacia delante. Esta opinión fue acogida con tan buena disposición por el lechero y el guardia que este lo hubiera empujado inmediatamente al contorno de la propiedad si no lo hubiese cogido del chaleco mientras Richard y el señor Guppy corrían abajo por la cocina para cogerlo cuando se viese libre. Por fin, fue bajado, afortunadamente sin incidentes, y entonces empezó a pegar al señor Guppy con un palo de aro en un ataque de rabia.

No había aparecido nadie perteneciente a la casa salvo una persona con zuecos, que lo apaleó con una escoba desde abajo, no sé con qué finalidad, y no creo que ella lo supiese. De esto deduje que la señora Jellyby no estaba en casa, y me quedé bastante sorprendida cuando apareció la misma persona en el pasillo sin los zuecos, subió a la trastienda del primer piso delante de Ada y de mí, y allí nos anunció como «¡Las dos jóvenes señoritas, señora Jellyby!». Siguieron detrás de nosotros varios niños más, y nos vimos en apuros para no atropellarlos al avanzar en la oscuridad; y, cuando llegamos ante la señora Jellyby, una de aquellas pobrecitas criaturas rodó por la escalera un tramo entero (así me pareció oír), con gran estrépito. La señora Jellyby, cuyo rostro no se inmutó lo más mínimo (lo que no pudimos evitar mostrar en los nuestros al retumbar la cabeza del angelito a su paso con un golpe en cada escalón, Richard nos diría después que había contado siete además de uno del rellano), nos recibió con la más perfecta serenidad. Era una mujer minúscula, regordeta, de entre cuarenta y cincuenta años de edad, agraciada, con ojos bonitos, aunque tenían la curiosa costumbre de mirar en lontananza. Como si (cito a Richard de nuevo) el objeto más próximo que pudiese alcanzar su vista estuviese en África.

—Siento un verdadero placer —nos dijo la señora Jellyby con agradable voz— en recibirlos. El señor Jarndyce me merece el más profundo respeto, y no pueden resultarme indiferentes las personas por quienes se interesa.

Le expresamos nuestra gratitud y fuimos a sentarnos detrás de la puerta donde había un sofá cojo. La señora Jellyby tenía un cabello muy bonito, pero estaba muy ocupada con sus deberes africanos como para peinarse. Se le cayó el chal, en el que se había envuelto sin apretarlo, a la silla, cuando avanzó hacia nosotros. Y, como se volvió para regresar a su asiento, no pudimos dejar de advertir que su vestido ni con mucho se unía por la espalda y que ese espacio abierto era recorrido por una celosía de corsé, como las de las casas de verano.

La habitación, inundada de papeles, y casi enteramente ocupada por un enorme escritorio, cubierto igualmente de legajos, estaba, debo decir, no solo muy desordenada, sino muy sucia. Se nos obligaba a prestar atención de ello con nuestro sentido de la vista, al tiempo que, con nuestro sentido del oído, atendíamos al pobre niño que había dado volteretas escaleras abajo: creo que estaba en la cocina de atrás, donde todo el mundo parecía reprenderlo.

Pero lo que nos produjo curiosidad fue una chica hastiada y de aspecto enfermizo, aunque en absoluto fea, que, sentada delante de la mesa, mordía las barbas de su pluma fijando en nosotros su mirada. Jamás recuerdo haber visto a persona alguna más llena de manchas de tinta. Y, desde la maraña de sus cabellos hasta sus lindos pies, que estropeaban unas zapatillas de raso raídas y rotas, en chancla, parecía no tener realmente ninguna de las prendas de su vestido, ni un solo alfiler, que estuviera en el debido estado o en el lugar correcto.

—Me encuentran ustedes, queridos —dijo la señora Jellyby—, apagando las dos grandes velas en candeleros de plomo del despacho, que perfuman la habitación con un fuerte olor a sebo. —El fuego se había extinguido, y no había nada en la chimenea más que ceniza, un haz de leña y un atizador—. Me encuentran, queridos, como siempre, muy ocupada, tendrán que perdonármelo. El proyecto africano ahora mismo no me deja ni un momento de reposo. Me obliga a sostener una constante correspondencia con varios ministerios y con personas preocupadas por el bienestar de su especie en todo el país. Tengo la satisfacción de anunciarles que la empresa avanza. Para el año próximo confiamos tener de ciento cincuenta a doscientas robustas familias que van a cultivar el café y a instruir a los indígenas de Borrioboola-Gha, en la orilla izquierda del Níger.

Como Ada no dijo nada, pero me había mirado, dije yo que el resultado debía de ser muy satisfactorio.

—Es altamente satisfactorio —dijo la señora Jellyby—. Esta obra implica la dedicación de todas mis energías, tantas como sean, pero eso me da igual, todo lo doy por bien empleado. Día a día me parece más seguro el éxito. Y casi me asombra, de verdad, señorita Summerson, cómo no ha pensado usted nunca en irse a África.

Esta solicitud me cogió desprevenida por completo, y no supe, francamente, qué contestar. Insinué que el clima...

—¡El clima más delicioso de la tierra! —dijo la señora Jellyby.

—¿De verdad, señora?

—Desde luego. Con precauciones —dijo la señora Jellyby—. Puede ir usted a Holborn sin tomarlas, y ser atropellada. Puede ir usted a Holborn tomándolas, y no ser atropellada nunca. Lo mismo ocurre con África.

—No lo dudo —dije, pensando en Holborn.

—Si quiere usted —dijo la señora Jellyby, alcanzándonos varios periódicos— echar una ojeada de las observaciones sobre este asunto, que ha sido ampliamente divulgado, mientras acabo de dictarle una carta ahora a mi hija mayor, que es mi amanuense.

La chica de la mesa dejó de morder su pluma y nos devolvió el saludo con uno que era a medias avergonzado y a medias malhumorado.

—En un momento habré terminado —prosiguió la señora Jellyby con una dulce sonrisa—, aunque mi trabajo no acaba nunca. ¿Dónde estábamos, Caddy?

—Saludo al señor Swallow y le suplico... —dijo Caddy.

—... y le suplico —dijo la señora Jellyby dictando— que lo informe, en atención a su carta donde preguntaba sobre el proyecto africano... ¡No, Peepy, bajo ningún concepto!

El autodenominado Peepy era el desafortunado niño que había rodado por la escalera, quien ahora interrumpía la correspondencia presentándose con la frente cubierta de un emplasto y enseñando las heridas de sus rodillas. Ada y yo no sabíamos qué nos daba más lástima: las contusiones o su suciedad. La señora Jellyby dijo tan solo, sin perder la habitual serenidad con que decía todo:

—Vete de aquí, Peepy travieso. —Y volvió sus bonitos ojos a África otra vez.

Sin embargo, como su madre continuaba dictando, y como yo no interrumpía nada por hacerlo, me atreví a detener en voz baja al pobre Peepy cuando se estaba yendo y me lo puse en las rodillas. Pareció muy sorprendido de ello y de que Ada le diese un beso, pero pronto se quedó dormido en mis brazos, sollozando cada vez con menor frecuencia hasta que se calló. Estaba tan pendiente de Peepy que me perdí los detalles de la carta, aunque me llevé de ella tal impresión por la trascendental importancia de África, y la absoluta insignificancia de todos los demás lugares y cosas, que me sentí bastante avergonzada de haber pensado tan poco en ello.

—¡Las seis! —dijo la señora Jellyby—. ¡Y cenamos a las cinco! (aunque por regla general no tenemos hora fija). Caddy, acompaña a esas dos señoritas a su cuarto. ¿Tal vez quieran cambiarse de ropa? Supongo que me dispensarán ustedes estando tan ocupada. ¡Ay, qué niño tan malo! Le ruego que deje al niño en el suelo, señorita Summerson.

Le pedí permiso para llevarlo conmigo arriba y lo acosté en mi cama.

Ada y yo teníamos dos cuartos que se comunicaban por una puerta. Tenían poquísimos muebles, estaban muy desordenados, y las cortinas del mío estaban sujetas al crucero de la ventana con un tenedor.

—¿Desean tal vez agua caliente? —nos dijo la señorita Jellyby—. Buscando en vano una jarra donde ponerla.

—Si no le es a usted molesto... —dijimos.

—¿Molesto? De ningún modo —respondió la señorita Jellyby—. La cuestión está en si hay una.

La tarde era tan fría y los cuartos tenían tanto olor a charca que confieso que me encontraba deprimida y a Ada casi se le saltaban las lágrimas. Sin embargo, muy pronto nos echamos a reír de nuestra situación y estábamos abriendo los baúles afanosamente cuando volvió la señorita Jellyby para decirnos que lo sentía, que no había agua caliente, que no encontraba la jofaina y que no había cazuela en la casa que no estuviese rota.

Le suplicamos que no se molestase, e hicimos los mayores esfuerzos para encender fuego. Pero todos los niños habían subido y contemplaban, desde el descansillo, el fenómeno que presentaba Peepy durmiendo en mi cama. Y llamó nuestra atención cierto número de narices y de dedos en situación de peligro entre las bisagras de las puertas. Era imposible cerrar la puerta de cualquiera de los cuartos, porque, sin pomo, parecía como si quisiera darle cuerda a mi cerradura; y aunque el picaporte de Ada daba vueltas y vueltas con la mayor suavidad, no llegaba a tener efecto alguno en la puerta. Por lo tanto, invité a todos los niños a que entrasen y se portasen muy bien alrededor de mi mesa, y les conté la historia de Caperucita roja mientras me vestía. Así lo hicieron y se estuvieron quietecitos como polluelos, incluso Peepy, que se despertó oportunamente antes de que llegase el lobo.

Cuando bajamos, nos encontramos una taza grabada con las palabras «Recuerdo de los baños de Tunbridge» iluminada en la ventana de la escalera con una mecha vacilante, y a una joven con la cara hinchada y cubierta con una venda de franela que soplaba el fuego del salón (ahora unido con el despacho de la señora Jellyby por una puerta abierta) y que se ahogaba de manera espantosa. Se hizo tal humareda, en resumen, que todos nos pasamos tosiendo y llorando media hora con las ventanas abiertas, durante la cual la señora Jellyby, con la misma dulzura de carácter, mandaba cartas acerca de África. Que estuviera tan completamente entregada era, debo confesar, un gran alivio para mí, porque Richard nos contó que se había lavado las manos en una tartera y que se había encontrado la tetera en la mesa del tocador, lo que le hizo reír a Ada tanto como a mí de la manera más absurda.

Poco después de las siete bajamos a cenar, con cuidado, gracias al consejo de la señora Jellyby, porque las alfombras de la escalera además de estar en mal estado, con jirones, tenía unos agujeros que eran verdaderas trampas.

Nos sirvieron bacalao, un trozo de asado, un plato de chuletas y un postre. Una excelente cena, si todo hubiera estado en su punto, pero por desgracia estaba casi cruda. Nos servía la joven de la venda de franela, soltándolos todos encima de la mesa sin importarle dónde cayesen, y dejándolos allí hasta que los ponía en las escaleras. La persona que había visto con zuecos, que supuse que era la cocinera, iba a la puerta a menudo y tenía una refriega con ella, y parecía que se tuvieran rencor. Durante toda la cena (que fue larga, a consecuencia de mil accidentes como verterse la fuente de las patatas en el cubo del carbón o salirse el tirador del sacacorchos y golpear a la joven en la barbilla), la señora Jellyby supo conservar siempre la dignidad.

Nos contó un sinfín de cosas interesantes sobre Borrioboola-Gha mientras recibía a cada momento cartas y más cartas. Richard, que estaba sentado a su lado, vio hasta cuatro sobres en su salsa al mismo tiempo. Algunas de las cartas procedían de determinados comités femeninos o de resoluciones de encuentros femeninos, que nos leía a nosotros; otras eran peticiones de personas entusiasmadas cada una a su modo con el cultivo del café y de los indígenas; otras requerían respuesta, y estas se las dio a su hija mayor desde la mesa en tres o cuatro ocasiones para que las escribiera. No hacía más que trabajar y sin lugar a dudas estaba, como nos había dicho, consagrada a la causa. Yo me sentía intrigada por saber quién podría ser un caballero medio calvo y con anteojos que, después de que retiraran la fuente del pescado, se dejó caer en una silla libre (no estaba ni en la cabecera ni en ningún sitio en particular). Parecía haberse rendido de manera pasiva a Borrioboola-Gha pero no estar interesado de manera activa en la colonización. Como no decía una palabra, bien hubiera podido tratarse de un indígena, salvo por su color de piel. No fue hasta que nos levantamos de la mesa y vi que se quedaba con Richard a solas que se me ocurrió la idea de que podía ser el señor Jellyby. Pues era el señor Jellyby. Y un joven muy hablador que vino aquella noche, que se llamaba señor Quale, con el cabello peinado hacia atrás y con dos sienes abultadas y relucientes, filántropo según le contó a Ada, le informó también de que llamaba a la alianza matrimonial de la señora Jellyby con el señor Jellyby la unión del espíritu y la materia.

Este joven, además de hablar también mucho de África y de un proyecto suyo de enseñar a los colonos del café a enseñar a los indígenas a tornear las patas de los pianos y establecer un negocio de exportación, se complacía en tirar de la lengua a la señora Jellyby diciéndole «creo que hasta ahora, señora Jellyby, recibe tantas como ciento cincuenta o doscientas cartas relativas a África en un solo día, ¿no es así? », o «Si la memoria no me engaña, señora Jellyby, apuntó una vez que había enviado en un mismo correo hasta cinco mil circulares». Y nos repetía cada vez la respuesta de la señora Jellyby como un intérprete.

Durante toda la velada, el marido permaneció sentado en un rincón, con la cabeza apoyada en la pared como si fuese víctima de un profundo abatimiento. Pareció que iba a abrir la boca varias veces cuando después de comer se quedó a solas con Richard, como si tuviese algo en mente, pero siempre volvió a cerrarla sin decir nada, para gran asombro del señor Carstone.

La señora Jellyby, sentada en algo así como un nido de papel despilfarrado, bebió café toda la velada y le dictaba a ratos a su hija mayor. Mantenía a un mismo tiempo un debate con el señor Quale cuyo tema parecía ser —si lo entendí bien— la fraternidad humana, y manifestó los más nobles sentimientos.

Sin embargo, no me fue posible escuchar con tanta atención como hubiera deseado, porque Peepy y los otros niños vinieron en tropel alrededor de Ada y de mí en un extremo del salón para pedirme otro cuento. Así que nos sentamos entre ellos y les conté en susurros el Gato con botas y no sé qué más, hasta el momento en que la señora Jellyby, acordándose de ellos por casualidad, los mandó a la cama. Como Peepy gritaba que lo llevase a la cama, lo subí arriba, donde la joven con la venda de franela cargaba en medio de los pequeños de la familia como un dragón y los zarandeaba metiéndolos en la cama. Después traté de poner en orden nuestro cuarto, y conseguí, tras mucha mano izquierda, un fuego vivo que prendió hasta arder, como por fin hizo, con gran intensidad.

A mi vuelta abajo comprendí que la señora Jellyby me miraba compasivamente por ser tan frívola, lo cual me entristeció, aunque al mismo tiempo sabía que mis pretensiones no superaban a mis cortos alcances.

Llegamos casi a la medianoche antes de que encontrásemos una ocasión de retirarnos, pero incluso en ese momento dejamos a la señora Jellyby entre sus papeles tomando café, mientras la señorita Jellyby mordía las barbas de la pluma.

—¡Qué casa más extraña! —dijo Ada cuando estuvimos arriba—. ¡Qué idea ha tenido mi primo Jarndyce enviándonos aquí!

—Cariño —dije—, todo lo que veo me confunde. Por más que me esfuerzo no acierto a comprenderlo.

—¿El qué? —preguntó Ada con su bonita sonrisa.

—Todo esto, querida —dije—. Debe de ser muy bueno para la señora Jellyby el tomarse tales desvelos en favor de los indígenas, pero ¡no tanto para Peepy y esta casa!

Ada se rió, y me rodeó el cuello con el brazo mientras contemplaba el fuego, y me dijo que era muy discreta, cariñosa y buena y que había conquistado su corazón.

—Eres tan pensativa —dijo—, ¡y sin embargo tan alegre! ¡Y haces tanto sin hipocresía alguna! Harías un hogar hasta de esta casa.

¡Mi sencilla amiga! Era completamente inconsciente de que se deshacía en elogios hacia sí misma pues era la bondad de su propio corazón la que me adornaba así.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —le dije cuando nos sentamos ante el fuego un ratito.

—Como si fueran mil —dijo Ada.

—¿Quieres hablarme del señor Jarndyce, a quien debo tanto? ¿Te importaría describírmelo?

Sacudiendo su cabello dorado, Ada volvió la mirada hacia mí con tal carcajada de asombro que me lo contagió en parte por su belleza en parte por su sorpresa.

—Pero ¡Esther! —gritó—. ¡Cariño! ¿Que te haga una descripción de mi primo Jarndyce?

—Cariño, no lo he visto nunca.

—Pero ¡si yo tampoco lo he visto nunca! —respondió Ada.

—Pues ¡vaya!

No, nunca lo había visto. De pequeña, antes de que falleciese su madre, se acordaba de cómo se le saltaban las lágrimas cuando le hablaba de él, y de la nobleza y generosidad de su carácter, del que se podía tener la más absoluta confianza; y Ada confiaba en él. Su primo Jarndyce le había escrito algunos meses antes «una carta sencilla y franca», en la que le proponía el acuerdo que íbamos a efectuar, diciéndole que «esperaba compensar con el tiempo algunos de los males que había causado aquel miserable pleito». Ella le respondió que aceptaba la propuesta muy agradecida. Richard había recibido una carta en términos similares, y había contestado algo parecido. Él sí había visto al señor Jarndyce, pero una vez tan solo, en el colegio de Winchester hacía cinco años. Le contó a Ada cuando estaban inclinados sobre la pantalla, cuando los conocí, que lo recordaba y le pareció que era un tipo campechano y sonrosado. Esa era la única descripción que podía darme.

Estuve pensando tanto en ello que, cuando Ada se durmió, yo todavía seguía ante el fuego, cavilando y cavilando sobre la Casa lúgubre, y cavilando y cavilando sobre esa mañana del día anterior que parecía tan lejana. No sé en qué vagos pensamientos me hallaba sumida cuando volvieron a llamar con un golpe discreto a la puerta.

La abrí con cuidado y me encontré con la señorita Jellyby, transida de frío, con un candelero roto en la mano y una huevera en la otra.

—Buenas noches —dijo con brusquedad.

—Buenas noches —dije yo.

—¿Puedo entrar? —me preguntó breve e inesperadamente de forma igualmente brusca.

—Desde luego —dije—, pero no despierte a la señorita Clare.

No quiso sentarse, sino que permaneció en pie junto a la chimenea, mojando el dedo corazón lleno de tinta en la huevera, que estaba llena de vinagre, y untándoselo en la cara, con el ceño fruncido todo el rato y un aspecto muy sombrío.

—¡Maldita sea África! —exclamó de repente.

Traté de reconvenirla.

—¡La maldigo! —dijo—. No me hable, señorita Summerson. Odio África, la detesto. ¡Es asquerosa!

Le dije que estaba cansada y que lo sentía. Le puse la mano sobre la cabeza, y le toqué la frente, que le ardía. Y le dije que en ese momento estaba caliente, pero que estaría bien al día siguiente. Continuó haciendo pucheros y frunciendo el ceño. Pero entonces dejó la huevera y se volvió sin hacer ruido hacia la cama donde descansaba Ada.

—¡Es muy bonita! —dijo con el mismo ceño fruncido y las mismas malas maneras.

Le contesté sonriendo, con un gesto afirmativo.

—Es huérfana, ¿no?

—Sí.

—Pero sabe un montón de cosas, me imagino. ¿Ha aprendido, me imagino, a bailar, a tocar música y a cantar? ¿Puede hablar en francés, me imagino, y dibujar mapas y mapamundis, y labores de aguja y todo eso?

—Sin duda alguna —dije.

—Yo no puedo —respondió—. Apenas sé hacer nada excepto escribir. Escribo todo el día para mamá. Supongo que ustedes dos no se avergüenzan de sí mismas por venir esta tarde y ver que no puedo hacer otra cosa. Debe de ser cosa de su malicia. Pero en ustedes piensan mucho, claro.

Parecía evidente que la pobre chica estaba a punto del llanto, y volví a mi silla sin hablar y mirándola (espero) con toda la ternura que sentía hacia ella.

—Es una vergüenza —dijo—. Usted lo sabe. La casa es una vergüenza. Los niños son una vergüenza. Yo soy una vergüenza. Papá es un desgraciado, ¡para no serlo! Priscila bebe, anda siempre bebida. Es una humillación absoluta y un cuento absoluto como me diga que no la ha olido hoy. Olía tan mal como una taberna cuando servía la cena, ¡y usted lo sabe!

—Querida, no me había dado cuenta —dije.

—Sí que lo hizo —dijo muy rudamente—. Es inútil que quiera usted disimular. Se dio cuenta.

—¡Ay, querida! —dije—. Si no me deja hablar...

—Ya está hablando. Y lo sabe. Y no me cuente cuentos, señorita Summerson. No quiero escucharlos.

—Ah, sí, creo que va a hacerlo —dije—. Porque si no eso sería muy poco razonable. No sé que me cuenta porque la sirvienta no se acercó a mí durante la cena. Pero no dudo de lo que me dice, y siento mucho oírlo.

—No tiene que hacer méritos con esto —dijo.

—No, querida —dije—. Eso sería muy estúpido.

Seguía de pie junto a la cama, y entonces se inclinó (pero todavía con el mismo gesto torcido) y le dio un beso a Ada. Hecho esto, retrocedió silenciosamente y se quedó al lado de mi silla. Sollozaba de manera tan angustiada que me conmovió en lo más profundo, pero pensé que lo mejor era no decirle nada.

—¡Ojalá me muriera! —exclamó—. ¡Ojalá nos muriésemos todos! Sería mejor para todos nosotros.

Un instante después se arrodilló junto a mí en el suelo, ocultó el rostro en mi vestido, y me rogó desconsoladamente que la perdonase y lloró. Quise consolarla y levantarla, pero gritó que no. Quería seguir así.

—Usted, que suele enseñar a las chicas —dijo—, si pudiera enseñarme, ¡podría aprender de usted! ¡Soy tan desgraciada, y me parece usted tan simpática!

No pude conseguir que se sentase a mi lado o hacer cualquier otra cosa, salvo mover un taburete viejo donde estaba arrodillada, y tomar asiento en este, y seguir agarrada a mi vestido de la misma forma. Poco a poco la pobre chica, agotada, acabó por dormirse. Entonces conseguí atraer su cabeza para que pudiese descansar sobre mi regazo, y abrigarnos con nuestros chales. El fuego se apagó y toda la noche dormitó así, ante las cenizas de la chimenea. Al principio estaba terriblemente despierta e intenté en vano ensimismarme con los ojos cerrados en las escenas del día. Por fin, lenta y paulatinamente, se fueron enredando y mezclando. Comencé a confundir la identidad de la durmiente que descansaba sobre mí. Ora era Ada, ora una de mis viejas amigas de Reading, de quienes no podía creer que me hubiese separado hacía tan poco tiempo, ora la tomaba por la ancianita loca agotada con tanta reverencia y sonrisa, ora alguien con autoridad en la Casa lúgubre. Al final no era nadie, y yo no era nadie

La ciega luz del día pugnaba débilmente con la niebla cuando se abrieron mis ojos para encontrarme con el rostro de un pequeño fantasma mugriento que me miraba fijamente. Peepy, que había saltado de la cuna y se había arrastrado hasta mí, en camisón y gorro. Tenía el pobrecillo tanto frío, que le castañeteaban los dientes como si se le hubiesen soltado todos.

cap-7

V

Una aventura matutina

Aunque la mañana era desapacible y aunque la niebla parecía muy densa (digo parecía porque los cristales de la ventana tenían tan incrustada la suciedad que hubieran amortiguado la luz del sol en pleno verano), estaba suficientemente sobre aviso acerca del desorden a primera hora y sentía suficiente curiosidad por Londres, para pensar que era una buena idea la de la señorita Jellyby, quien nos propuso salir a dar un paseo.

—Mamá no habrá bajado hasta dentro de mucho —dijo ella— y entonces será una suerte si el desayuno está listo para una hora después; pierden mucho el tiempo. Papá, por su parte, desayuna lo que puede y se va a la oficina, nunca se toma un desayuno en condiciones. Por la noche, Priscilla le deja fuera una barra de pan y un poco de leche, cuando hay. Eso cuando el gato no se la ha bebido antes. Pero me temo que debe de estar cansada, señorita Summerson, y tal vez prefiera irse a la cama.

—No estoy en absoluto cansada —dije— y me inclino mucho más por salir.

—Si está segura de ir —respondió la señorita Jellyby—, me pondré mis cosas.

Ada dijo que iría también y se puso pronto en movimiento. Le ofrecí a Peepy, al no ser posible hacer nada mejor por él, que me dejase adecentarlo un poco y después acostarlo en mi cama de nuevo. Lo aceptó con el mejor de los talantes, sin cesar de mirarme durante toda la operación tan asombrado como si nunca lo hubiese estado hasta tal punto ni pudiese estarlo así de nuevo en su vida. Puso muy mala cara, es cierto, pero aguantó sin una queja y se fue a dormir cómodamente en cuanto terminó. Al principio se sentía indecisa sobre tomarme esas libertades, pero luego reflexioné que probablemente ni se darían cuenta de ello. ¡Vaya! Con el ajetreo de despachar a Peepy y el ajetreo de arreglarme yo y de ayudar a Ada, me sentí de pronto radiante.

Nos encontramos con la señorita Jellyby tratando de entrar en calor al fuego en el despacho de las cartas, que Priscilla estaba encendiendo entonces con un bonito candelero tiznado, echando la vela dentro para hacer que ardiese mejor. Toda la casa se hallaba en el estado en que la dejamos la noche anterior y era evidente que se deseaba dejar así. No se había quitado de debajo de la escalera el mantel de la cena, sino que se había dejado allí listo para el desayuno. Por toda la casa había migas, polvo y papeluchos. Había colgadas de la verja de la propiedad ollas de peltre y lecheras, la puerta de la calle estaba abierta, y nos encontramos a la vuelta de la esquina a la cocinera, que salía de una taberna limpiándose la boca. Nos mencionó al pasar que había ido a ver qué hora era.

Pero antes de que nos encontrásemos con la cocinera, nos encontramos con Richard, que apretaba el paso Thavies Inn arriba Thavies Inn abajo para calentarse los pies. Se sorprendió agradablemente al vernos ya levantadas y dijo que compartiría con mucho gusto nuestro paseo. Así que se encargó de Ada, y la señorita Jellyby y yo fuimos primero. Debo mencionar que la señorita Jellyby había recuperado sus bruscas maneras y no hubiese creído que me tenía cariño por mucho que me lo hubiese dicho antes.

—¿Adónde quieren ir? —nos preguntó.

—A cualquier parte, querida —le contesté.

—Cualquier parte no es ningún sitio —dijo la señorita Jellyby, parándose contra toda lógica.

—Llévanos a cualquier sitio, al que sea —dije.

Entonces siguió andando conmigo muy rápido.

—¡Me da igual! —dijo—. Ahora usted es mi testigo, señorita Summerson, le digo que me da igual, aunque venga todas las noches con su enorme frente brillante y abultada hasta que tenga más años que Matusalén, no me arrancará jamás una palabra. ¡Qué ridículos son mi madre y él!

—¡Señorita Jellyby! —la reconvine, aludiendo al adjetivo y al enérgico énfasis que había puesto en él—. Su deber como hija...

—¡Por favor! No me hable de mi deber como hija, señorita Summerson, ¿dónde está el deber de mamá como madre? No piensa en nada más allá del bien común y de África. Pues que el bien común y África muestren su deber como hija, les concierne más que a mí. ¡Está escandalizada, por lo que veo! Muy bien, pues yo también. Ambas estamos escandalizadas, ¡saque una conclusión de eso!

Siguió andando conmigo más rápido todavía.

—Pero a pesar de todo, vuelvo a decirlo: que venga y que venga y que venga, que no va a arrancarme una palabra de la boca. No puedo soportarlo. Si hay una cosa que odie y que deteste, es de lo que hablan mamá y él. No sé cómo tienen paciencia los adoquines de enfrente de nuestra casa para estar ahí siendo testigos de tantas contradicciones y toda esa sandez altisonante, ¡y de las gestiones de mamá!

Comprendí que se refería al señor Quale, el joven caballero que apareció después de la cena la noche anterior. Me evitaron la desagradable necesidad de continuar con el asunto Ada y Richard, que se acercaron a paso enérgico, riéndose y preguntándonos si teníamos intención de correr una carrera. Así interrumpida, la señorita Jellyby guardó silencio y siguió andando con aire taciturno a mi lado, en tanto que yo me asombraba de la gran cantidad y variedad de calles, de la multitud de gente que iba ya de aquí para allá, del número de carruajes que pasaban y volvían a pasar, de la actividad que se desplegaba para arreglar los escaparates y para barrer las tiendas, y de las extrañas criaturas harapientas que registraban a hurtadillas los montones de basuras barridas en busca de alfileres y otros desperdicios.

—Así que, prima —le dijo la alegre voz de Richard a Ada detrás de mí—, ¡no debimos salir nunca de la Cancillería! Vinimos por otro camino al sitio de nuestro encuentro de ayer, y... ¡por el Reino que está aquí otra vez la viejecita!

En efecto, allí estaba, justo delante de nosotros, haciendo reverencias y sonriendo de la misma forma protectora del día anterior, y diciendo:

—¡Los pupilos de Jarndyce contra Jarndyce! ¡Muy contentos, claro!

—Muy madrugadora es usted, señora —le dije contestando al saludo que me dirigía.

—Sí, tengo costumbre de pasearme por aquí temprano antes de abrirse la audiencia. Es un sitio muy retirado. Aquí coordino mis pensamientos para los asuntos del día —dijo la anciana con mucho remilgo—. ¡Hay asuntos que exigen tanta reflexión! ¡Es una cosa tan complicada eso de la justicia cancilleresca!

—¿Quién es esta, señorita Summerson? —me susurró la señorita Jellyby tirando con fuerza de mi brazo hacia ella.

El oído de la ancianita era de una finura notable. Le respondió ella directamente:

—Una litigante, hija mía. Para servirla a usted. Tengo la honra de asistir al Tribunal regularmente con mis documentos. ¿Tengo el placer de dirigirme a otra joven parte del pleito Jarndyce? —dijo la anciana, volviendo a lo suyo, con su cabeza a un lado en una gran reverencia.

Richard, con afán de expiar su falta de consideración del día anterior, le explicó con bondad que la señorita Jellyby no tenía relación con el pleito.

—¡Ah! —dijo la anciana—. ¿No espera un fallo? No por eso dejará de llegar a vieja, pero no llegará tan pronto. ¡Oh, no, querida! Este es el jardín de Lincoln’s Inn. Lo llamo mi jardín. Un verdadero vergel en el verano. Donde los pájaros cantan melodiosamente. Aquí paso contemplando todo la mayor parte de las vacaciones. ¿No es verdad que son excesivamente largas las vacaciones?

Respondimos que sí, por darle gusto.

—Cuando llega la caída de las hojas de los árboles, y no se encuentran ya flores para componerle ramos al lord Canciller —dijo la anciana—, concluyen las vacaciones, y el sexto sello mencionado en el Apocalipsis recobra todo su poder. Les ruego que me acompañen a mi alojamiento. Eso sería para mí de buen augurio, pues se encuentran allí raras veces la esperanza, la juventud y la hermosura. Hace muchos años que no me ha visitado ninguna de las tres.

Me había cogido de la mano, y llevándonos a la señorita Jellyby y a mí, les hizo señas a Richard y a Ada para que vinieran también. Yo no sabía cómo rehusar, y miré a Richard pidiendo auxilio. Pero como le parecía divertido y curioso a partes iguales, e inseguro por completo de cómo deshacerse de la anciana sin ofenderla, continuó llevándonos y Ada y él continuaron siguiéndonos, y nuestra extraña guía nos aseguraba todo el tiempo, sonriendo con mucha condescendencia, que vivía cerca de allí.

Y era verdad, porque apareció pronto. Vivía tan cerca que no tuvimos tiempo de seguirle la corriente porque pocos momentos antes ya estaba en casa. Tras hacernos entrar por una puertecita lateral, la anciana se detuvo de la manera más inesperada en un callejón estrecho, parte de alguno de los patios o jardines que hay fuera de los muros de Lincoln’s Inn, y dijo:

—Este es mi alojamiento, tengan la bondad de subir.

Se había parado en una tienda donde se leía: «KROOK. Almacén de retales y botellas». También, en letras finas y alargadas: «KROOK. Tratante de provisiones para la Marina». En un trozo de la ventana había un dibujo de una fábrica de papel roja en el que un carro descargaba gran cantidad de sacos con harapos. En otro había la inscripción de «Se compran huesos». En otro «Se compran cacharros de cocina ». En otro «Se compra chatarra». En otro «Se compra papel usado». En otro «Se compra ropa de hombre y de mujer». En aquella tienda, se compraba de todo y no se vendía de nada. Había amontonadas en todas partes de esa ventana gran cantidad de recipientes sucios: frascos de betún, botellas de drogas, botellas de cerveza de jengibre y de soda, botellas de vinagre, botellas de vino, frascos de tinta.

Estos últimos me hacen recordar al mencionarlos que la tienda tenía, en multitud de pequeños detalles, el aspecto de estar en un vecindario de abogados y de ser, como era, un sucio adlátere y un repudiado pariente de la ley.

Había muchísimos tinteros. Había un montón vacilante de viejos volúmenes gastados en la parte de fuera, con el rótulo «Libros de Derecho, todos a 9 peniques». Algunas de las inscripciones que he enumerado estaban escritas con letra cancilleresca, como los papeles que había visto en el despacho de Kenge y Carboy y las cartas que recibiera hacía mucho de la firma. Entre ellas había una, con la misma escritura, que no tenía nada que ver con el negocio de la tienda, sino que anunciaba que un «Respetable caballero, de cuarenta y cinco años de edad, se ofrece para hacer copias de escrituras, asegurando la mayor pulcritud y rapidez. Nemo, en casa del señor Krook, diríjase aquí».

Había varias bolsas de segunda mano, azules y rojas, colgando. A poca distancia dentro de la puerta de la tienda yacían montones de viejos rollos de pergamino crepitantes, y legajos de escrituras amarillentas y esquinas dobladas. Me hubiese podido imaginar que todas esas llaves oxidadas, de las que debía de haber cientos apiñadas juntas como chatarra, pertenecieron una vez a las puertas de los despachos o a las arcas de los procuradores. Los retales esparcidos en parte dentro y en parte fuera de una balanza de lana de un solo plato, colgando sin ningún contrapeso de una barra, hubiesen podido ser gorgueras de abogado y togas rasgadas. Uno se hubiese imaginado, como Richard nos susurraba a Ada y a mí mientras estábamos de pie mirando adentro, que esos huesos de la esquina de allá, apilados juntos y dejados muy limpios, eran los huesos de los clientes, para hacerse una idea completa.

Todavía estaba neblinoso y oscuro, y además la pared del edificio de Lincoln’s Inn interceptaba la luz que hubiera podido penetrar en la tienda. No habríamos visto demasiado, de no ser por el farol encendido que paseaba de un lado a otro un viejo con anteojos y una gorra de piel. Al volverse hacia la puerta, nos vio. Era bajo, cadavérico y atrofiado, con la cabeza hundida a un lado entre los hombros, y el aliento salía de su boca en forma de humo como si tuviera fuego dentro. Su cuello, su barbilla y sus cejas estaban tan escarchados por las canas y tan sarmentosos con sus venas y piel apergaminada que parecía del pecho para arriba una vieja cepa tras una nevada.

—¡Hola, hola! —dijo acercándose a la puerta—. ¿Traéis algo para vender?

Retrocedimos, de manera espontánea, y miramos a nuestra guía, que había estado tratando de abrir la puerta de la casa con una llave que se había sacado del bolsillo, y a quien Richard ahora le decía que ya habíamos tenido el gusto de ver el sitio donde vivía, la dejábamos por andar escasos de tiempo. Pero no era fácil de dejar. Fue tan fantástica e insistentemente concienzuda en sus ruegos que subimos y vimos su piso un momento, y estaba tan loca, a su inofensiva manera, por llevarme dentro como parte del buen augurio que deseaba, que no vi nada por lo que no hacerlo, hiciesen lo que hiciesen los demás. Supongo que todos teníamos más o menos curiosidad, en cualquier caso, cuando el anciano añadió sus sugerencias a las de ella y dijo:

—¡Vamos, vamos! Denle ustedes gusto, es cuestión de un minuto; y pasen ustedes por la tienda si no pueden abrir la puerta.

Entramos todas espoleadas por los ánimos risueños de Richard y contando con su protección.

—El señor Krook, mi casero —dijo la anciana condescendiendo en bajar de su elevada posición para presentárnoslo—. Es conocido en la vecindad como el lord Canciller. A su tienda la llaman el Tribunal de la Cancillería. Es un tipo muy excéntrico. Es muy raro. Se lo aseguro, ¡es muy raro!

Sacudió la cabeza muchísimas veces y dándose golpecitos en la frente con el dedo para darnos a entender que debíamos tener la bondad de ser indulgentes:

—Con él, porque está un poco, ya saben, ¡L! —dijo la anciana con gran solemnidad.

El viejo la oyó por casualidad y se echó a reír.

—Sí, sí, es cierto —dijo yendo delante nuestro con el farol— me llaman el lord Canciller y a mi tienda la llaman la Cancillería. ¿Y por qué creen ustedes que me llaman el lord Canciller y a mi tienda la llaman la Cancillería?

—¡Desde luego, no lo sé! —dijo Richard con bastante indiferencia.

—¿Saben...? —dijo el anciano, parándose y dándose la vuelta—. Me llaman... Vaya, vaya... ¡Magnífica cabellera, joven! Tengo tres sacos llenos de pelo de mujer abajo, pero no hay ninguno tan bonito y magnífico como este. ¡Qué color! ¡Qué suavidad!

—¡Ya vale, amigo! —dijo Richard, totalmente indignado de que hubiese tirado de uno de los mechones de Ada con su mano amarillenta—. Puede admirarlo usted como lo hacemos todos, pero cuidado con esas libertades.

El anciano le lanzó una mirada imprevista a Richard, que incluso desvió mi atención de Ada, quien, sorprendida y ruborizándose, estaba tan increíblemente guapa que parecía incluso centrar la atención errática de la viejecita. Pero, como Ada los interrumpió y dijo alegremente que no podía más que sentirse orgullosa de una admiración tan sincera, el señor Krook volvió a su fisionomía habitual tan de repente como se había apartado de ella.

—¿Saben? Tengo aquí tantos objetos —reanudó levantando la linterna— tan diversos, y todos los vecinos piensan (aunque no saben nada) que se están estropeando y echando a perder, que eso es por lo que nos ponen esos nombres a mi tienda y a mí. Y tengo tantos pergaminos y legajos en mi almacén. Y tengo tanta afición por la herrumbre, el moho y las telarañas. Y que ave que no vuela también a la cazuela. Y que no puedo soportar desprenderme de algo una vez que lo tengo agarrado (o eso es lo que piensan mis vecinos, pero ¿qué sabrán ellos?) o cambiar algo, o barrer o desempolvar o limpiar o reparar algo, desvarían sobre mí. Así es como han llegado a darle el maldito nombre de Cancillería. No me importa. Voy a ver a mi noble y erudito colega cada día cuando está en el Inn. Él no me ve a mí, pero yo lo veo a él. No hay grandes diferencias entre nosotros. Ambos pescamos en río revuelto. ¡Hola, señora Jane!

Una enorme gata gris saltó desde una balda cercana sobre su hombro, y nos sobresaltó a todos.

—¡Hola! Enséñales las garras. ¡Hola! ¡Rasga, señorita! —dijo su amo.

La gata saltó abajo e hizo pedazos un fardo de retales con sus garras atigradas, con un sonido que me dio dentera.

—Y esto lo haría con cualquiera, si yo se lo ordenase —dijo el anciano—. Compro, entre otras cosas, pieles de gato, y vinieron a ofrecerme la suya. Es una hermosa piel, como pueden ustedes ver, pero yo preferí quedarme con el animal sin desollar. En eso me diferencio de las prácticas de la Cancillería, ¿saben?

Había cruzado en ese rato la tienda, y, por fin, abrió la puerta de la parte trasera, que conducía a la entrada de la casa. Cuando estaba con la mano encima del cerrojo, la viejecita le dijo con gentileza antes de que saliese:

—Está bien, Krook. Tiene razón, pero se hace usted pesado. Y mis amigos tienen prisa. Tampoco yo puedo perder el tiempo pues he de ir al Tribunal en breve. Estos jóvenes son los pupilos del pleito Jarndyce contra Jarndyce.

—¡Jarndyce! —dijo el viejo con sorpresa.

—Jarndyce contra Jarndyce. El gran pleito, Krook —respondió a su casero.

—¡Vaya! —añadió Krook, mirándonos con pensativo asombro y más boquiabierto que antes—. ¿Será posible?

Parecía tan arrebatado en un momento y nos miraba con tanta curiosidad que Richard le dijo:

—Según parece, se toma usted mucho interés por las causas de su noble y erudito colega, ¡el otro Canciller!

—Sí —dijo el anciano ensimismado—. En tal caso se llama usted...

—Richard Carstone.

—Carstone —repitió echando cuentas con los dedos sobre ese nombre y cada uno de los otros que continuó mencionando—. Sí, eso es. Estaban además el apellido Barbary, y el apellido Clare y creo que el apellido Dedlock.

—¡Sabe tanto del pleito como el propio Canciller contratado! —nos dijo Richard, bastante asombrado, a Ada y a mí.

—¡Sí! —dijo el viejo, saliendo, poco a poco, de su ensimismamiento—. Tom Jarndyce... Perdone usted el atrevimiento, pero en los tribunales no se le ha conocido nunca por otro nombre y fue tan famoso como... lo es ella ahora —cabeceando ligeramente hacia su inquilina—. Tom Jarndyce estuvo por aquí con frecuencia. Cogió la infatigable costumbre de dar vueltas cuando el pleito iba a ser tratado, o lo esperaba, hablando con los tenderos y contándoles que se guardaran de la Cancillería, hicieran lo que hicieran. «Porque —decía— es como ser triturado por un molino moroso, es como ser quemado a fuego lento, es como ser aguijoneado hasta la muerte por sencillas abejas, es como ser ahogado gota a gota, es como volverse loco poco a poco.» Estuvo a punto de marcharse de este mundo justo donde están las señoritas, a punto.

Lo escuchábamos horrorizados.

—Entró por la puerta —dijo el anciano señalando lentamente un imaginario camino a lo largo de la tienda— el día que lo hizo. Todo el vecindario sabía que lo haría el día menos pensado. Entró por la puerta ese día, y caminó por aquí, y se sentó en un banco que estaba aquí, y me pidió (se pueden imaginar que yo era mucho más joven entonces) que le trajese una pinta de vino. «Porque —me dijo—, Krook, estoy muy abatido, están tratando mi pleito y creo que estoy más cerca de la sentencia de lo que nunca lo he estado.» Ni se me ocurría dejarle solo, y le convencí de que se fuese a la tasca que está por allí, a otro lado de mi callejón (quiero decir del callejón de la Cancillería), y lo seguí y miré por la ventana, y lo vi cómodamente, como pensaba, en el sillón junto al fuego, y bien acompañado. Apenas había vuelto la espalda cuando oí un disparo que resonó y vibró enseguida en la taberna. Salí corriendo, salieron corriendo los vecinos, veinte de nosotros gritando a la vez «Tom Jarndyce».

El anciano se detuvo, nos miró fijamente, miró abajo, hacia el farol, apagó la vela y lo cerró.

—Teníamos razón, no necesito decírselo a los oyentes aquí presentes. ¡Vaya! Para estar seguros, ¡todo el vecindario fue en masa al tribunal esa tarde mientras seguía el pleito! Pero mi noble y erudito colega, y los demás, escarbaban y se enredaban como siempre y trataban de hacer como si no hubiesen oído una palabra del último suceso o como si no tuviesen (¡ay, mi madre!) nada que ver con ello, en el caso de haberlo oído.

Ada había perdido todo el color, y Richard estaba apenas menos pálido. Ni podía imaginarme, ni siquiera juzgándolo a partir de mi propia emoción, y sin ser parte del pleito, lo que debía de impactarles a unos corazones tan poco experimentados y puros el verse con la herencia de un largo sufrimiento, relacionada en las mentes de mucha gente con esos recuerdos tan espantosos. Sufría, también, por la pobre estúpida que nos había traído allí, por las consecuencias de aquella penosa historia para ella. Pero, para sorpresa mía, parecía completamente inconsciente de ello y subía por la escalera de nuevo, diciéndonos, con la indulgencia propia de un ser por encima de las debilidades de los comunes mortales, que su casero estaba «un poco L, ¡ya saben!».

Vivía en la parte de arriba, en un cuarto bastante espacioso desde donde se atisbaba el Lincoln’s Inn Hall. Circunstancia principal que parecía haberla decidido a elegir aquella casa. Se podía ver, dijo, por la noche, sobre todo con luna llena. Su cuarto estaba aseado, pero muy muy desnudo. Vi las carencias en materia de mobiliario: unos pocos viejos grabados de los libros, de cancilleres y abogados, pegados en la pared; media docena de bolsos y bolsas de labor que «contenían documentos», según nos informó. No había ni carbón ni ceniza en la chimenea, y no vi prendas de ropa, ni el menor rastro de alimentos. Había encima de una balda en un armario abierto, dos platos y dos bandejas, pero todo aparecía vacío y seco. Había un significado más profundo en su miserable apariencia, pensé mientras miraba a mi alrededor de lo que había supuesto hasta entonces.

—Les aseguro a ustedes que me considero muy honrada —dijo nuestra pobre anfitriona de la manera más afable— con esta visita que me hacen los pupilos de Jarndyce. Y les estoy muy agradecida por el feliz presagio. Es un lugar retirado. Pero hay que tener en cuenta que estoy limitada a consecuencia de tener que asistir a las sesiones del Canciller. Hace muchos años que vivo aquí. Paso el día en el Tribunal y las noches en este cuarto. Las noches se me hacen largas, porque duermo, pero poco, y pienso mucho. Esto es inevitable, por supuesto, estando en la Cancillería. Siento no poder ofrecerles un chocolate. Espero un fallo brevemente, y entonces tendré mi casa en un edificio de lujo. Por el momento, no me importa confesarles a los pupilos del Jarndyce (y no suelo hacerlo) que a veces me cuesta mantener un aspecto distinguido. Tengo frío aquí. A veces tengo algo más penetrante que el frío. Sucede pocas veces. Ruego que disculpen que les hable de estos temas.

Descorrió en parte la cortina de la larga y baja ventana de la buhardilla y llamó nuestra atención sobre varias jaulas que colgaban allí, de las que algunas contenían varios pájaros. Había alondras, jilgueros y pardillos (diría que al menos veinte).

—Empecé a procurarme estos queridos animalitos —nos dijo—, con un fin que los pupilos comprenderán fácilmente: darles libertad en cuanto hubiese una sentencia favorable. ¡Sí! Sin embargo, mueren en prisión. Sus vidas, pobres criaturas, son tan breves en comparación con las formalidades de la Cancillería, que toda mi colección, uno por uno se han muerto una y otra vez. Aunque eran jóvenes. ¿Saben? Dudo de que uno de estos, aunque son todos jóvenes, ¡viva para ser libre! ¿A que es una verdadera lástima?

Aunque algunas veces hiciera una pregunta, nunca parecía esperar una respuesta, sino que divagaba como si tuviese costumbre de hacerlo cuando estaba a solas consigo misma.

—En realidad —prosiguió—, a veces dudo absolutamente, se lo aseguro, de si, mientras se mantienen esos asuntos pendientes, y el sexto o el séptimo sello continúa imperando, no pudiera ser que me encontraran aquí un día tirada sin vestir y sin conocimiento ¡como me he encontrado yo a tantos pajaritos!

Richard, cediendo a la compasión que veía en los ojos de Ada, aprovechó la ocasión para dejar algún dinero encima de la chimenea. Los demás nos acercábamos a las jaulas y hacíamos como que observábamos los pájaros.

—Les permito cantar, pero no demasiado —dijo la ancianita—. El pensar que cantan, mientras yo estoy en la audiencia, escuchando las polémicas en el tribunal, me confunde con frecuencia, y es preciso que conserve claras mis ideas, ¿saben? Otro día les diré sus nombres. Ahora no. Que canten hoy cuanto quieran para celebrar esta visita de tan feliz presagio. En honor a la juventud —una sonrisa y una reverencia—, a la esperanza —una sonrisa y una reverencia— y a la hermosura. Dejémosles gozar a plena luz del día.

Los pajarillos empezaron a piar y a aletear.

—No les dejo al aire libre —dijo la ancianita (el cuarto estaba cerrado, y hubiese sido mejor para ellos)— porque el gato que habrán visto abajo, la señorita Jane, ansía sus vidas. Se pasa las horas enteras acechándolos en el parapeto de fuera. He descubierto —añadió misteriosamente— que el temor de verles recobrar la libertad, aumenta su crueldad natural. A consecuencia de la sentencia que espero que haya en breve. Es astuta y llena de malicia. En ocasiones, he llegado a sospechar que no es una gata, sino el lobo de los cuentos. Es muy difícil mantenerla alejada de la puerta.

Sonaron campanas del vecindario, recordándole a la pobre que eran las nueve y media, haciendo más por nosotros para terminar nuestra visita de lo que hubiésemos hecho nosotros mismos. Cogió precipitadamente su bolso de documentos, que había dejado sobre la mesa al entrar, y nos preguntó si también íbamos al tribunal. Después de contestarle que no y que no contábamos con retenerla, abrió la puerta, para esperarnos al pie de la escalera.

—Con motivo de tal presagio, me es más necesario que nunca, que me encuentre allí antes de que llegue el Canciller —dijo—, porque es posible que sea mi causa la primera. Sí, tengo el presentimiento de que será la primera de la mañana.

Se paró para contarnos, en voz baja mientras bajábamos, que la casa estaba llena de cachivaches que su casero había comprado, pieza por pieza, y no consentía en venderlos porque estaba algo L. Eso fue en el primer piso. Pero había hecho una parada previa, en el segundo piso, y nos había señalado silenciosamente con el dedo una puerta sombría.

—El otro y único inquilino más —susurrando ahora como explicación — es un copista. Los niños de los parques de por aquí dicen que se ha vendido al diablo. Pero yo no veo que haya sacado ningún beneficio de la venta. ¡Chis!

Parecía desconfiar de que el inquilino pudiera oírla, y repitió «¡Chis!», andando de puntillas delante de nosotros como si hasta el rumor de sus pasos pudiera revelarle lo que había dicho de él.

Cuando cruzábamos por la tienda para salir, como habíamos hecho al llegar para entrar, nos encontramos al anciano almacenando numerosos paquetes de papel usado en una especie de pozo abierto en el suelo. Parecía trabajar con mucha actividad, con el sudor corriendo por su frente, y tenía un pedazo de tiza con el que, a cada paquete o atado que bajaba por la trampa, trazaba una cruz en el lienzo de la pared.

Richard, Ada, la señorita Jellyby y la anciana habían pasado ya a su lado, y así lo iba a hacer yo cuando, tras tocarme el brazo para que me detuviera, trazó una J en la pared de una forma curiosa, empezando por el final de la letra hacia abajo. Era una mayúscula de tipo redondo que no hubiera escrito con más perfección el mejor pasante de Kenge y Carboy.

—¿Sabe usted leerlo? —me preguntó dirigiéndome una mirada penetrante.

—Sin duda —dije—. Está muy claro.

—¿Qué es?

—Una J.

Me miró de nuevo, y miró fijamente hacia la puerta, borró la letra que había trazado, la reemplazó con una A, minúscula esta vez, y dijo:

—¿Qué es eso?

Se lo dije. Entonces lo borró y trazó una R y me hizo la misma pregunta. Continuó rápidamente hasta que hubo hecho, una tras otra, de la misma forma curiosa, empezando por el final hacia delante, todas las letras que componen la palabra «Jarndyce», sin dejar ni una vez dos letras juntas en la pared.

—¿Qué ha leído usted? —me preguntó.

Cuando se lo dije, se rio. Del mismo extraño modo, con la misma rapidez, trazó y borró de una en una las letras que forman las palabras «Casa lúgubre». También leí estas con algo de asombro, y se rio de nuevo.

—¡Vaya! —dijo el anciano arrojando a un lado la tiza—. No sé leer ni escribir, pero siempre he tenido aptitudes para copiar de memoria.

Parecía tan desagradable, y su gata me miraba con tanta perversidad, como si fuera pariente de los pájaros de arriba, que me sentí aliviada cuando Richard apareció, se asomó a la puerta, y me dijo:

—Supongo, señorita Summerson, que no anda usted en tratos para vender su cabello. No se deje usted tentar. ¡El señor Krook tiene ya tres sacos abajo y no necesita más!

No perdí el tiempo en despedirme del señor Krook, y me apresuré a reunirme con mis amigos fuera, donde nos separamos de la anciana, quien nos dio su bendición con gran solemnidad y nos reiteró su promesa del día anterior de que nos legaría inmensos patrimonios a Ada y a mí. Antes de terminar en esas calles, volvimos la cabeza y vimos al señor Krook, que nos miraba a través de sus anteojos, de pie, con la gata en el hombro y la cola de esta levantada a un lado de su gorra de piel como un plumero.

—¡Menuda aventura para una mañana en Londres! —dijo Richard suspirando—. Ay, prima, prima, ¡qué aburrimiento este de la Cancillería!

—Para mí también, y lo ha sido siempre desde que tengo uso de razón —respondió Ada—. Lamento ser el enemigo (como supongo que lo soy) de un gran número de parientes y extraños, y que sean mis enemigos (como supongo que lo son) y que todos nos hayamos arruinado unos a otros sin saber cómo ni por qué y mantenernos en constante incertidumbre y discordia toda nuestra vida. Resulta muy extraño que, después de tantos años de seguir un pleito como el nuestro, no se haya podido dar con un juez honrado y concienzudo para determinar de qué parte está el Derecho.

—¡Ay, prima! —dijo Richard—. ¡Sí que es extraño! Todo este despilfarro gratuito, toda esta partida de ajedrez es muy extraña. Ver el sereno tribunal ayer avanzando con tanta tranquilidad y pensar en la desgracia de las piezas del tablero me parece un quebradero de cabeza y se me rompe el corazón al mismo tiempo. Mi cabeza se rompe al preguntarse cómo puede ser si los hombres no están ni locos ni son unos malvados, y mi corazón se rompe al pensar que podrían ser ambas cosas. Pero, sea lo que fuere, Ada, ¿puedo llamarla Ada?

—Por supuesto que puede, primo Richard.

—Sea lo que fuere, la Cancillería no ejercerá su mala influencia en nosotros. Gracias a nuestro pariente, hemos sido afortunadamente reunidos y todo eso no puede dividirnos ahora.

—Ni nunca, ¡así lo espero, primo Richard! —dijo Ada amablemente.

La señorita Jellyby me apretó el brazo, lanzándome una significativa mirada. Le contesté con una sonrisa, y terminamos el resto de nuestro paseo alegremente.

Media hora después de nuestra llegada, apareció la señora Jellyby, y, una hora después, apareció, desordenadamente, poco a poco, en el comedor todo lo necesario para el desayuno. No me cabe duda de que la señora Jellyby se había ido a la cama y levantado como todo el mundo, pero nada inducía a pensar que se hubiese cambiado de vestido. Estuvo muy ocupada durante el desayuno, porque el correo de la mañana le trajo una enorme cantidad de cartas, relacionadas todas con Borrioboola-Gha, lo que equivalía, según nos dijo, a pasar un día ocupado.

Los niños retozaban marcando con un memorándum de sus accidentes sus piernas, que eran un perfecto almanaque de sus heridas, y Peepy estuvo perdido durante una hora y media, y hubo de ser conducido a casa por un agente de policía desde el mercado de Newgate. La calma con que la señora Jellyby recibió su desaparición y su regreso nos sorprendió a todos. Se pasó ese rato dictándole tenazmente a Caddy y Caddy recayó en la afección de tinta en la que nos la encontramos el día anterior. Y a la una en punto un coche descubierto vino a buscarnos y un carro para nuestro equipaje.

La señora Jellyby nos encomendó que le diésemos muchos recuerdos a su buen amigo el señor Jarndyce. Caddy se levantó de su pupitre para despedirnos, me dio un beso en el pasillo, y se paró en las escaleras. Peepy, por fortuna, dormía y nos ahorraba el pesar de la separación (tenía ciertos motivos para suponer que había ido al mercado de Newgate con intención de buscarme), y todos los demás niños se subieron en la trasera del birlocho y se cayeron, y los vimos, con gran inquietud, dispersos por el empedrado de Thavies Inn, mientras salíamos del barrio.