Índice

Cubierta

La magia de ser tú mismo

1. La inocencia es poder

2. Jesús, el único hijo olvidado de Dios

3. Un Dios, un mensajero, un libro, una gran mentira

4. La religiosidad es una rebelión

5. La iluminación organizada es armonía orgánica

6.La destilación de los espíritus rebeldes

7. La personalidad: la falsa máscara

8. La conciencia moral: un ataúd para el estado consciente

9. La imitación es tu cremación

10. Jesús: el único Salvador que casi se salvó

11. Observación, conciencia, atención: la auténtica Trinidad

12. La conciencia tiene sus propias recompensas

13. Ciencia más religión: una fórmula dinámica para el futuro

14. El pensamiento positivo: una filosofía para farsantes

15. La entrega: el ego boca abajo

Acerca del autor

Biografía

Créditos

Si eres respetuoso con tu vida, desdeñarás a todos los salvadores. Les dirás: «¡Déjame en paz! Sálvate a ti mismo, con eso es suficiente. Esta es mi vida y tengo que vivirla». Mi único propósito es devolver a todo ser humano el respeto por sí mismo que le corresponde y que ha dejado en manos de otras personas».

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«Authentic Living Series» es una colección de libros basados en unos encuentros de meditación en los que Osho responde preguntas formuladas por su audiencia.

Él mismo nos da algunas pautas acerca de este proceso:

¿Cómo hacer una pregunta que sea realmente trascendente, no únicamente en el aspecto intelectual, sino también en el existencial; no solo para aumentar el conocimiento intelectual, sino para evolucionar hacia una vida auténtica? Debemos tener en cuenta varias cosas:

Siempre que preguntes, no hagas una pregunta que hayas formulado de antemano, no hagas una pregunta estereotipada. Pregunta algo que te concierna directamente, algo que sea relevante para ti, que conlleve un mensaje de transformación. Haz esa pregunta de la que depende tu vida.

No hagas preguntas de libro, no hagas preguntas que no son tuyas. Pregunta lo que tú quieres preguntar. Cuando digo «tú» me refiero a la persona que eres en este momento, ahora mismo, a la persona actual. Cuando preguntas algo actual, de este momento, se vuelve existencial; no tiene nada que ver con tu memoria sino con tu ser.

No preguntes algo que no vaya a transformarte en algún aspecto cuando obtengas la respuesta. Por ejemplo, alguien puede preguntar si existe Dios: «¿Dios existe?». Puedes hacer esta pregunta siempre que la respuesta vaya a transformarte, de manera que si Dios existiera serías un tipo de persona, y si no existiera serías otro tipo distinto. Pero la pregunta carece de sentido cuando saber si Dios existe o no existe no provoca ninguna transformación en ti. Es simplemente una curiosidad, pero no una indagación.

A mi modo de ver, exista Dios o no, la gente sigue siendo la misma. Les interesa saberlo porque forma parte de los conocimientos periféricos. Pero realmente no les importa; no es una pregunta existencial.

De modo que recuerda preguntar aquello que te concierne realmente. Solo así la respuesta será relevante para ti, relevante en el sentido de que una respuesta distinta hará de ti una persona distinta. ¿Te convertirás en una persona distinta según sea la respuesta? ¿Cobrará tu vida una forma tan distinta que no puedas seguir siendo el mismo?

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La hipótesis de Dios, ¿puede ser útil en algún aspecto? Porque solo pensar que tengo que renunciar a la idea de Dios hace que sienta un profundo temor.

Es demasiado tarde! En cuanto empiezas a decir que la idea de Dios es una hipótesis, ya has renunciado a la idea de Dios.

Las personas supuestamente religiosas nunca usarán el término «hipótesis» para referirse a Dios. Para ellos, Dios no es una hipótesis sino que, por el contrario, nosotros somos su creación; es el origen mismo de la existencia, el ser más existencial. Pero si afirmas que Dios es una hipótesis, lo estás colocando en la misma categoría a la que pertenecen las hipótesis euclidianas de geometría o cualquier otra hipótesis que únicamente es una suposición; puede demostrarse su validez o no. Solo se podrá demostrar con la experimentación o la experiencia, aunque no será una conclusión definitiva ya que pueden surgir otros experimentos que la contradigan.

Una hipótesis es una suposición que de momento se acepta como cierta, pero solo de momento. Nadie puede garantizar que siga siendo verdad mañana; así lo demuestran trescientos años de evolución científica: lo que para Newton era verdad, para Rutherford no lo era; lo que para Rutherford era verdad, para Albert Einstein no lo era. Siempre habrá experimentos más avanzados y mejores instrumentos que podrán modificar una hipótesis.

Por eso ningún teólogo te dirá que Dios es una hipótesis; para los teólogos, Dios es la verdad misma y no depende de tus experimentos. Si no lo encuentras es únicamente culpa tuya, no es una prueba de que Dios no exista. Si lo encuentras, por supuesto, existe. Pero si no lo encuentras es por tu culpa, Dios sigue existiendo.

«Hipótesis» es un término científico, no un concepto teológico; y la ciencia es muy honesta. La teología, por el contrario, no lo es tanto. El propio término «teología» sugiere falta de honestidad, de sinceridad. «Teo» significa Dios. Pero nadie ha propuesto una lógica acerca de Dios. Todas las discusiones giran en torno a la no existencia de Dios; todavía no ha habido una discusión que demuestre la existencia de Dios. Sin embargo siguen denominándolo teología, o «lógica de Dios».

Habría sido más honesto por parte de los teólogos que hubiesen afirmado que Dios es una hipótesis, pero no se puede venerar una hipótesis, ¿verdad? Si sabemos que solo es una hipótesis y que puede ser correcta o no... No es posible venerar algo apoyándose únicamente en una hipótesis con un «quizá» o un «tal vez»; para venerar tienes que creer en ello con fe ciega. Es así aunque todo parezca demostrar lo contrario. Ese es el sentido de la fe. La fe no es lógica, es completamente ilógica. Decir que el concepto de Dios es una hipótesis significaría destruir todas las iglesias, los templos y las sinagogas.

El término «hipótesis» es muy significativo: te permite dudar porque puedes experimentar y descubrir. Es algo que adoptas provisionalmente como un comienzo, ya que tienes que empezar por algo; de modo que para poder empezar aceptamos una hipótesis. Pero ¿cómo se puede venerar una hipótesis? ¿Cómo podrán aprovecharse de ti los sacerdotes? El término «hipótesis» va absolutamente en contra de las personas religiosas. Ni siquiera admitirán que Dios es una idea, porque las ideas están en la mente, son una proyección. Para ellos Dios no es una idea, sino la única verdad que existe.

En la India, donde la religión ha adoptado formas muy sutiles, dicen que tú eres una idea que está en la mente de Dios, y no viceversa. Dios no es una idea de tu mente, porque en tu mente hay infinidad de disparates; hay pesadillas, hay sueños, hay todo tipo de deseos. ¿Puedes darle la misma categoría a Dios? Además, tus ideas cambian a cada instante; son como nubes que cambian de forma constantemente.

Cuando eras niño, tenías determinadas ideas. En la adolescencia tenías otras ideas distintas, en la madurez estas ideas cambiaron, y en la vejez ya no tienes las mismas que tenías cuando eras joven. La experiencia lo va transformando todo. Simplemente es imposible seguir teniendo las mismas ideas durante toda tu vida; solo un completo idiota lo haría. Si tienes un mínimo de inteligencia tus ideas irán cambiando a medida que avance tu vida.

Las personas creyentes ni siquiera pueden admitir que Dios es una idea, y mucho menos una hipótesis. Por eso te digo que es demasiado tarde.

Dices que Dios es una idea... pero la meditación se define como un estado mental en el que no hay ideas, ni siquiera la idea de Dios.

Gautama Buda dice: «Si te cruzas conmigo en el camino, córtame inmediatamente la cabeza, porque ¿qué estoy haciendo ahí? Molestarte. La idea de mí está interfiriendo». Es como tirar una piedra a un lago y que se formen ondas, millones de ondas. Si tiras una idea al lago de tu mente surgen millones de ondas que pueden alejarte de tu ser.

Todas las ideas te alejan de tu ser; por eso, la meditación se define como un estado consciente sin ideas.

En la meditación no tienes la posibilidad de huir de ti mismo; simplemente te centras en tu propio ser. No puedes ver ningún objeto. Estás completamente solo. Tu conciencia gira sobre sí misma.

La conciencia es como la luz. Cuando hay luz, todos estamos aquí; la luz nos ilumina, alumbra las paredes, las cortinas y todo lo que se encuentra ahí. Solo son objetos. Pero si lo piensas, cuando retiras todos los objetos únicamente queda la luz que no recae sobre ningún objeto. Pero la luz es inconsciente y tú eres consciente. Cuando retiras todos los objetos tu conciencia gira sobre sí misma, se vuelve hacia sí misma; se vuelve hacia dentro porque nada se lo impide.

Este es el significado de la palabra objeto: «objeto» es aquello que impide, que hace una objeción, que obstruye, un impedimento. Si no hay ningún objeto, ¿adónde puedes ir? Tienes que volverte hacia ti mismo, la conciencia se vuelve consciente de sí misma; no hay ninguna idea de Dios.

En un estado mental corriente, las ideas no son más que disparates. En ese estado extraordinario de la no-mente, las ideas no existen. Por lo tanto, solo puedes poner a Dios o en la categoría de disparate o en una categoría donde no existen los objetos.

Los creyentes no pueden usar el término «idea» para referirse a Dios. «Idea» es un término que usan los filósofos, del mismo modo que los científicos usan el término «hipótesis». Para los creyentes, Dios es la única realidad, pero utilizar la palabra «idea» es ir demasiado lejos, es alejarse demasiado de esa realidad llamada Dios.

Tu pregunta es relevante en varios sentidos. Primero preguntas: la hipótesis de Dios, ¿puede ser útil en algún aspecto? Es útil, pero no para quienes quieran aprovecharse de ti: los sacerdotes, los rabinos, el Papa y toda la legión de clérigos que hay en el mundo. Sin la hipótesis de Dios, ¿qué es el Papa? ¿Qué es un shankaracharya? ¡No es nadie! Entonces, ¿quién es Jesús? No puedes ser el hijo de una hipótesis, sería muy extraño. No puedes ser el Mesías de una hipótesis. Si las hipótesis empezasen a enviarnos Mesías el mundo sería muy raro.

Dios tiene que ser real para todas esas personas que están explotándote y que llevan haciéndolo miles de años. Y seguirán haciéndolo por el simple hecho de que te asusta renunciar a esa idea.

Eso demuestra la enorme importancia que esta cuestión tiene para ti. ¿Por qué tienes miedo de renunciar a la idea de Dios? Evidentemente, es porque la idea de Dios te impide tener miedo; así que en cuanto renuncies a ella empezarás a sentir miedo. Es como una protección psicológica; es exactamente eso.

Es inevitable que un niño tenga miedo. Pero en el vientre de su madre no lo tenía. Nunca he oído decir que, estando en el vientre de su madre, a un niño se le ocurriera ir a la sinagoga o a la iglesia, leer el Corán o la Gita, o se preocupara siquiera de la existencia de Dios. No puedo concebir que un niño que está en el útero de su madre tenga algún interés en Dios, en el Demonio, en el cielo o en el infierno. ¿Para qué? Ya está en el paraíso. No puede haber nada mejor que lo que ya tiene.

Está completamente protegido en un vientre cálido y acogedor, flotando en sustancias químicas que lo alimentan. Sé que te asombrarás si te digo que en esos nueve meses el niño crece más, proporcionalmente, que en los siguientes noventa años. En nueve meses realiza un viaje larguísimo; de no ser casi nada a convertirse en un ser. A lo largo de esos nueve meses atraviesa millones de años de evolución, desde el primer ser hasta la actualidad. Pasa por todas las fases.

Su vida está muy protegida: no necesita un empleo, no teme pasar hambre; el cuerpo de su madre se lo da todo. Vivir durante nueve meses en el útero de la madre, completamente protegido, ha causado el problema que ha dado origen a lo que llamamos religiones.

Cuando el niño sale del útero de su madre, lo primero que siente es miedo. El motivo es evidente. Ha perdido su hogar, su seguridad. La calidez que lo rodeaba, todo lo que consideraba su mundo ha desaparecido y ha sido expulsado a un mundo desconocido, del que no sabe nada. Empieza a respirar por su cuenta.

Tarda unos segundos en percatarse de que tiene que empezar a respirar solo, ya no puede servirse de la respiración de su madre. Para que reaccione, el médico lo pone boca abajo y le da un fuerte golpe en las nalgas. ¡Qué comienzo! ¡Qué bienvenida! Y debido a ese golpe empieza a respirar.

¿Has observado que tu respiración se altera cuando tienes miedo? Si todavía no lo has hecho, puedes comprobarlo ahora mismo. Siempre que te asustas, tu respiración cambia inmediatamente. Y siempre que te sientes tranquilo, en casa, sin temer nada, verás que tu respiración se vuelve más armónica, más profunda, cada vez más silenciosa. Cuando meditas profundamente, a veces sientes como si tu respiración se detuviera. No se detiene, pero casi.

Al principio, un niño tiene miedo de todo. Llevaba nueve meses a oscuras, pero en el moderno hospital donde nazca habrá luces deslumbrantes por todas partes. Su retina, sus ojos, no han visto nunca la luz, ni siquiera la luz de una vela, y esta luz es excesiva. Es una conmoción para sus ojos.

El médico apenas tarda unos segundos en cortar lo que lo mantenía unido a su madre, su última esperanza de seguridad..., ¡un ser tan frágil! Lo sabes perfectamente, en el mundo no hay nada tan indefenso como un bebé humano.

Por eso los caballos no han inventado la hipótesis de Dios. Los elefantes no piensan en la idea de Dios; no la necesitan. Una cría de elefante empieza a andar, a mirar a su alrededor y a explorar el mundo inmediatamente. No está tan indefensa como el bebé humano. Te sorprendería saber cuántas cosas dependen en realidad de la indefensión de un bebé humano: tu familia, tu sociedad, tu cultura, tu religión, tu filosofía; todo esto surge de la indefensión del bebé.

Para el resto de los animales la familia no existe, sencillamente porque los hijos no necesitan a los padres. El ser humano tuvo que adoptar un sistema: el padre y la madre deben estar juntos para cuidar al hijo. Es el resultado de su aventura amorosa; es su consecuencia. Si el niño se queda solo, como muchos otros animales, no sobrevivirá; ¡es imposible! ¿Dónde encontraría alimentos? ¿A quién pediría ayuda? ¿Qué pediría?

Quizá haya nacido demasiado pronto... Algunos biólogos dicen que los hijos del ser humano nacen prematuramente, nueve meses no son suficientes, ya que el bebé llega al mundo demasiado indefenso. Pero, por su constitución, el cuerpo humano no puede albergar a un niño más de nueve meses; en tal caso, la madre moriría, y su muerte acarrearía la muerte del hijo.

Se calcula que si pudiera vivir en el cuerpo de su madre durante tres años, quizá no necesitaría un padre, una madre, una familia, una sociedad y una cultura, un Dios y un sacerdote. Pero el niño no puede vivir hasta los tres años en el útero de su madre. Esa extraña circunstancia biológica ha influido en el comportamiento y el pensamiento del ser humano, en la estructura familiar y en la sociedad, y también es lo que ha provocado el miedo.

La primera experiencia del niño es el miedo, y la última experiencia del hombre también es el miedo.

El nacimiento es una especie de muerte, tenlo en cuenta; intenta analizarlo desde el punto de vista de un niño recién nacido. Él estaba viviendo en un mundo que era completamente satisfactorio. No tenía necesidades, no le hacía falta nada más. Simplemente disfrutaba siendo, creciendo y, de repente, lo expulsan. Para un niño, esta es una experiencia de muerte: la muerte del mundo conocido, de su seguridad, de su hogar acogedor.

Los científicos dicen que aún no hemos sido capaces de crear un hogar tan acogedor como el útero. Aunque persistimos, porque con nuestras viviendas intentamos reproducir ese cálido hogar. Hemos inventado incluso camas de agua que nos proporcionan la misma sensación que teníamos en el útero. También bañeras de agua caliente; cuando te metes en una bañera puedes sentir algo parecido a lo que sentiría un bebé. Quienes realmente saben tomarse un buen baño, le añaden sal al agua porque el líquido del útero de la madre es muy salado, tan salado como el agua de mar. Pero ¿cuánto tiempo puedes permanecer en la bañera? También hemos inventado tanques de flotación, que son otro intento de reproducir las condiciones del vientre que tuviste que abandonar.

Sigmund Freud no era un iluminado, aunque de hecho estaba un poco loco; pero, en ocasiones, los locos también cantan canciones bonitas. A veces tenía grandes ideas. Por ejemplo, creía que el deseo de un hombre de hacer el amor con una mujer es un intento de volver a introducirse en el útero. Puede que en parte tenga razón. A pesar de que ese hombre estaba loco, y parece una idea descabellada, hay que prestar atención a Sigmund Freud.

A mí me parece que, en cierto modo, lo que dice es verdad: el retorno al útero materno por el mismo pasaje por el que ha salido.

No puede regresar al útero, es cierto. Por eso empezó a crear todo tipo de cosas: cuevas, casas, aviones. Si observas el interior de un avión, quizá no te sorprenda que algún día la gente esté ahí dentro flotando en tanques de agua caliente con sal. Un avión puede proporcionarte la misma sensación, aunque no sea satisfactoria.

El niño no conoce nada más. Intentamos reproducir algo parecido: si pulsas un botón aparece la azafata. Lo hacemos lo más agradable posible, pero no podemos conseguir que sea tan agradable como el útero materno. Allí ni siquiera tenías que pulsar un botón. Recibías el alimento antes de tener que pedirlo. Te proporcionaban oxígeno antes de pedirlo. No tenías ninguna responsabilidad.

Por eso, el bebé que sale del útero materno debe sentir algo parecido a la muerte, si es que siente algo. No puede sentirlo como un nacimiento, es imposible. Eso es lo que creemos los que estamos fuera, y lo llamamos nacimiento.

Y un día, tras el esfuerzo de toda una vida, llega la segunda vez... La persona ha logrado tener una pequeña casa, una familia, un reducido círculo de amigos, un poco de calor, un rinconcito en el mundo donde poder relajarse y ser él mismo, donde le acepten. Qué difícil, toda la vida luchando y, de repente, un día, vuelven a expulsarlo.

Aparece el médico, ¡el mismo que le golpeó al nacer! Pero entonces lo hizo para que empezara a respirar; y esta vez, por lo que sabemos... Ahora estamos a este lado, no conocemos el otro. Eso queda para la imaginación; por eso hay un cielo y un infierno. La imaginación se ha vuelto loca. Estamos a este lado y esa persona está muriendo. Para nosotros está muriendo, pero quizá esté volviendo a nacer. Solo él lo sabe, aunque no puede volver para decirnos: «No os preocupéis; no estoy muerto, estoy vivo». No ha podido introducirse de nuevo en el vientre de su madre para dar una última ojeada y despedirse de todo el mundo. Al igual que ahora tampoco puede volver, abrir los ojos y despedirse de todo el mundo diciendo: «No os preocupéis; no me estoy muriendo, estoy volviendo a nacer».

La idea hindú del renacimiento es una proyección del primer nacimiento. Para el útero —si el útero pudiera pensar— el niño está muerto. Para el niño —si el niño puede pensar— está muriéndose. Pero acaba de nacer, no es una muerte sino un nacimiento. Los hindúes se han formado esta misma idea sobre la muerte. Visto desde este lado parece que esté muriéndose, pero visto desde el otro... Aunque el otro lado lo crea nuestra imaginación y podemos imaginarlo a nuestro antojo.

Todas las religiones imaginan el más allá de una forma distinta, porque cada sociedad y cada cultura se erige sobre una geografía determinada, una historia determinada. Por ejemplo: un tibetano no se imagina el más allá como un lugar fresco; incluso tiene miedo al frío y le parece imposible que allí haga frío. Los tibetanos creen que los muertos están calientes y viven en un mundo donde siempre hace calor.

Los habitantes de la India no podrían imaginarse que siempre hiciera calor; con cuatro meses de canícula tienen bastante; si hiciera calor durante toda la eternidad, ¡te asarías! La religión hindú no conocía el aire acondicionado, pero se describía el paraíso casi como si ya existiera: el aire siempre está fresco, ni frío ni caliente, simplemente fresco. Siempre es primavera, la primavera hindú; en el mundo hay diferentes tipos de primavera, y en este caso la descripción se refiere a la primavera hindú. Todas las plantas han florecido, el aire está repleto de aromas, los pájaros cantan y todo renace, pero no es un aire caliente, sino fresco. Siempre se insiste en esto: el aire es fresco.

Es tu mente la que establece esa idea; de lo contrario los diversos pueblos, los tibetanos, los hindúes o los musulmanes, no lo representarían de una forma distinta. Los musulmanes no imaginan que el más allá sea un desierto, ya han padecido mucho en el desierto árabe. El más allá es un oasis, un oasis allá donde mires. No encuentras un pequeño oasis con un poco de agua y unos cuantos árboles cada cien kilómetros; todo es un oasis y no hay desierto.

Podemos imaginarnos cosas, pero la persona que muere vuelve a experimentar lo mismo que ya había experimentado una vez. Es sabido que si la persona no está inconsciente o en coma, en el momento de la muerte empieza a recordar todo su ciclo vital. Y retrocede hasta el momento de su nacimiento. Es significativo que recuerde todo lo que le ha sucedido cuando está abandonando este mundo. Las hojas del calendario de toda su vida pasan en unos pocos segundos, como en las películas. En una película de dos horas el calendario va deprisa porque debe recorrer muchos años. Si el calendario fuese a la velocidad habitual, tendrías que permanecer sentado en el cine dos años, ¿y quién puede hacer eso? No, el calendario avanza, y las fechas cambian con rapidez.

En el momento de la muerte avanza incluso a más velocidad. La vida pasa ante ti en un solo instante, y se detiene en el primer momento. De nuevo vuelve a ocurrir el mismo proceso, la vida ha cerrado el círculo.

¿Por qué quiero recordarte esto? Porque tu Dios no es más que el miedo del primer día que sigue ahí hasta el último día, haciéndose cada vez más grande. Por ese motivo, cuando alguien es joven puede ser ateo, se lo puede permitir, pero a medida que se va haciendo mayor se hace más difícil seguir siendo ateo. Si cuando está cerca la hora de su muerte, cuando está con un pie en la tumba, le preguntas: «¿Sigues siendo ateo?», él te dirá: «Estoy volviendo a considerarlo», porque tiene miedo de lo que pueda ocurrir. Su mundo está desapareciendo.

Mi abuelo no era un hombre creyente en absoluto. Se parecía mucho más a Zorba el griego: le gustaba comer, beber y pasarlo bien; para él, el más allá no existía, no tenía sentido. Mi padre era muy creyente, seguramente porque mi abuelo no lo era, como contraposición a mi abuelo, debido al salto generacional. En mi familia todo era al revés: mi abuelo era ateo y probablemente mi padre acabó siendo teísta a consecuencia de su ateísmo. Siempre que mi padre iba al templo, mi abuelo se reía y decía: «¿Otra vez? ¡Vamos, malgasta tu vida delante de esas ridículas estatuas!».

Zorba me gusta por muchos motivos; uno de ellos es que en él volví a encontrar a mi abuelo. Disfrutaba tanto con la comida que no confiaba en nadie; él mismo se la preparaba. A lo largo de mi vida he sido huésped de miles de familias hindúes, pero nunca he probado cosas tan buenas como las que preparaba mi abuelo. Le gustaba tanto cocinar que todas las semanas organizaba una fiesta para sus amigos, y se pasaba todo el día cocinando.

Mi madre y mis tías, los criados y los cocineros, todo el mundo tenía que salir de la cocina. Cuando mi abuelo cocinaba nadie podía molestarle. Pero conmigo era muy cariñoso, me permitía observarle y me decía: «Aprende y no dependas de los demás. Solo tú conoces tus gustos. ¿Quién más puede saberlos?».

«Esto me supera —le decía—. Soy demasiado vago, pero puedo mirar. ¿Todo el día cocinando? No, yo no podría hacerlo.» De modo que no aprendí nada, pero simplemente verle ya era un placer, me gustaba verle trabajar como si fuese un escultor, un músico o un pintor. Para él, cocinar no solo era cocinar, era un arte. Y cuando algo no salía como él quería, lo tiraba inmediatamente. Volvía a prepararlo y yo le decía: «Ha salido perfecto».

Pero él respondía: «Sabes que no está perfecto, solo está bien; y yo soy un perfeccionista. Hasta que no salga como yo quiero, no se lo ofreceré a nadie. Me encanta mi comida».

Solía preparar muchos tipos de bebidas... Pero, hiciese lo que hiciese, toda mi familia se oponía porque decían que era un estorbo. No permitía que nadie entrara en la cocina, y por la tarde se reunía con todos los ateos de la ciudad. Como desafío al jainismo, esperaba hasta la puesta del sol. Nunca comía antes, porque el jainismo dice que hay que comer antes de que se ponga el sol; no se puede comer después. Así que me mandaba una y otra vez para comprobar si ya se había puesto el sol.

Molestaba a toda la familia, pero no podían enfadarse con él porque era el cabeza de familia, el más anciano; de modo que se enfadaban conmigo. Era más fácil. «¿Por qué estás todo el rato yendo a ver si se ha puesto el sol? —me preguntaban—. El abuelo te va a echar a perder a ti también.»

He lamentado mucho no haber conocido el libro Zorba el griego antes de que mi abuelo muriese. Lo único que sentí en su pira funeraria fue que a él le habría encantado que se lo leyera y se lo tradujera. Le había leído muchos libros. Él no había ido al colegio. Solo sabía firmar, nada más. No sabía leer ni escribir, pero estaba orgulloso de ello.

Solía decir: «Me alegro de que mi padre no me obligase a ir al colegio, porque me habría echado a perder. Los libros echan a perder a la gente». También solía decirme: «Recuerda que tu padre y tus tíos se han echado a perder por leer tantos libros y tantos textos religiosos; no son más que bobadas. Mientras ellos leen, yo vivo; es mejor aprender viviendo».

«Te mandarán a la universidad —solía decirme—, no me harán caso. Y yo no podré hacer nada, porque si tu padre y tu madre insisten, tendrás que ir a la universidad. Pero ¡cuidado!, no te pierdas en los libros.»

Él disfrutaba con las pequeñas cosas. «Todo el mundo cree en Dios —le dije—, ¿por qué tú no, baba?» Solía llamarle «baba», que es la palabra que se usa en la India para decir abuelo.

«Porque no tengo miedo», me respondió.

Una respuesta muy sencilla: «¿Por qué debería tener miedo? No hay ninguna necesidad de tener miedo; no he hecho nada malo, no le he hecho daño a nadie. Solo he vivido mi vida con alegría. Si existe Dios y algún día me lo encuentro, no se enfadará conmigo. Yo me enfadaré con él: “¿Por qué has hecho este mundo? ¿Por qué lo has hecho así?”. Pero no tengo miedo».

Cuando se estaba muriendo volví a preguntárselo, porque los médicos decían que le quedaban apenas unos minutos de vida. Se estaba quedando sin pulso, su corazón estaba dejando de latir, pero seguía estando completamente consciente, y le dije: «Baba, tengo una pregunta...».

Abrió los ojos y dijo: «Ya sé lo que vas a preguntarme: ¿por qué no crees en Dios? Sabía que me lo preguntarías cuando me estuviera muriendo. ¿Acaso crees que la muerte me da miedo? He vivido con plenitud y felicidad, no lamento morir.

»¿Qué más podría hacer mañana? Ya lo he hecho todo, no me queda nada por hacer. Si mi pulso se va apagando y mi corazón va dejando de latir, creo que todo irá a la perfección, porque estoy muy tranquilo, sereno y sosegado. No puedo decir si moriré del todo o si viviré. Pero recuerda que no tengo miedo».

Dices que cuando piensas en renunciar a la idea de Dios, surge el miedo. Esto únicamente indica que estás reprimiendo el miedo con esa piedra que es la idea de Dios; y cuando levantas esa piedra, te encuentras con el miedo.

En el instituto, yo tenía un profesor que era un brahmán muy culto de la ciudad. Todo el mundo le respetaba. Vivía detrás de mi casa, y por al lado de la mía pasaba un camino que iba hasta la suya. Al fondo de mi casa había un enorme árbol de nim.* Él enseñaba sánscrito y hablaba constantemente de Dios, de la oración y la veneración. En realidad, adoctrinaba a todo el mundo.

Yo le pregunté: «Mi abuelo no cree en Dios, y cada vez que le pregunto por qué, me responde que no tiene miedo. ¿Usted tiene miedo? Repite constantemente la palabra Dios, le oigo hacerlo en su casa todas las mañanas durante tres horas, y molesta al resto de los vecinos. Pero no pueden decirle nada porque está entonando salmos».

Sin embargo, si pones música moderna o de jazz, todo el mundo se te echa encima diciendo que estás molestando. Él molestaba a todo el mundo de cinco a ocho de la mañana —y tenía una voz muy potente—, pero no podías protestar porque tenía que ver con la religión.

—¿Tanto miedo tiene? —le pregunté—. Todos los días reza durante tres horas. Debe de tener mucho miedo si cada día, durante tres horas, tiene que convencer a Dios de que le proteja.

—No tengo miedo —contestó—. Tu abuelo es un granuja. —Tenían aproximadamente la misma edad—. Es un granuja, no le hagas caso. Te va a echar a perder.

—Es extraño —respondí—. Mi abuelo piensa que tú me echarás a perder, y tú piensas que será él; pero, en la medida que pueda, nadie va a echarme a perder. Cuando mi abuelo dice que no tiene miedo, yo le creo, pero con usted no estoy tan seguro.

—¿Por qué? —preguntó.

—Porque cada vez que, por la noche, tiene que pasar al lado del nim empieza a salmodiar —respondí.

Decían que en ese nim había fantasmas, y la gente no se acercaba por la noche. Pero, para llegar a su casa, tenía que pasar por ahí inevitablemente, de lo contrario tenía que dar un rodeo de un kilómetro por la carretera principal. Era demasiado pesado hacerlo todos los días, así que encontró una táctica religiosa: ponerse a salmodiar cada vez que pasaba por ese camino.

—Yo le oigo hacerlo —le dije—. Y aunque no canta tan fuerte como por las mañanas, puedo oírle. Pero no puedo decir que esté haciendo algo malo porque sé que hay fantasmas.

—¿Cómo lo sabes? —me preguntó.

—Porque muchas veces estoy de pie a oscuras al lado del nim y le oigo salmodiar cada vez más fuerte y caminar más deprisa, por eso lo sé. Si no tiene miedo, ¿por qué canta cuando pasa por allí? Y si tiene miedo significa que entonar salmos a Dios todas las mañanas durante tres horas es inútil. ¿Acaso no puede protegerle de los fantasmas?

—De ahora en adelante no entonaré salmos —me dijo.

Y mantuvo su palabra. No lo hizo, aunque iba más deprisa de lo habitual. Lo único que tuve que hacer fue esperarle sentado en el árbol con una lata de queroseno vacía y golpearla como si fuese un tambor. Cuando pasó se la tiré encima. ¡Tendríais que haberlo visto! Salió corriendo y gritando: «Bhoot! Bhoot! Bhoot!», que en hindi significa fantasma.

El traje tradicional de la India no es como el occidental, aunque ahora está cambiando porque el occidental es más práctico; el indio es más elegante pero no es muy práctico. Si trabajas en el campo o en una fábrica, el traje indio es un peligro porque su túnica larga y holgada puede engancharse en cualquier máquina. El dhoti, que es la parte de abajo, también es muy holgada. Esto nos recuerda que en otra época este país debió de tener una vida muy cómoda.

Los soldados no podrían luchar si tuviesen que llevar la ropa india, porque ¡acabaría con ellos! No podrían salir corriendo si tuviesen que hacerlo. ¿Correr con la túnica? Es imposible. Es más fácil morir que correr.

Ese hombre estaba tan asustado... Cuando le tiré la lata encima con un gran estruendo se le cayó el dhoti; estaba tan asustado ¡que se metió en casa desnudo! Su dhoti se había quedado en la calle. Yo bajé del árbol, lo recogí y huí con la lata.

Su casa estaba abarrotada de gente. Todo el mundo, todo el vecindario se preguntaba qué había ocurrido. «Ese niño —dijo— ha organizado todo este lío. Esta mañana me ha desafiado diciéndome que no cantara el mantra, para demostrar que no tenía miedo. Mañana iré a verle para hablar de lo ocurrido. Por su culpa, a mi edad, me he convertido en el hazmerreír del barrio. ¡Todo el mundo me ha visto desnudo!» Y que te vean desnudo en la India, sobre todo si eres uno de los eruditos y sacerdotes más respetados de la ciudad...

Al día siguiente vino a casa, muy serio. Yo sabía que iba a venir, por eso tenía preparados su dhoti y la lata. Cuando me vio con la lata me preguntó:

—¿Qué es eso?

—Empieza tú primero —le dije—. Has amenazado con venir a verme y se lo has contado a todos los vecinos. Yo también quiero verte..., ahora veremos quién ve a quién. Puedes imponerme el castigo que quieras, pero ten en cuenta que abriré esta lata delante de todo el colegio.

—¿Y qué contiene? —preguntó.

Bhoot! ¡Un fantasma! He atrapado al fantasma que te asustó —respondí.

—¿Un fantasma? —exclamó—. ¿Es la lata que cayó del árbol?

—Por supuesto —afirmé.

—Llévatela, es peligrosa —dijo.

—Mira en su interior, por favor, y dime qué ves —le pedí. Abrí la lata, saqué su dhoti y le dije—: Por lo menos, llévate tu dhoti.

—¿Cómo lo has conseguido? —preguntó.

—¿Quién crees que lo ha hecho? —respondí—. Deberías darme las gracias por haberme tomado el trabajo de trepar al árbol, golpear la lata y luego tirártela encima; recoger tu dhoti en la oscuridad y huir antes de que me atraparan. Y todo para que entiendas que no debes mentirme.

Desde ese día dejó de tomar ese camino y daba toda la vuelta aunque supiese que yo era el responsable de todo. Le pregunté por qué lo hacía:

—Sabes perfectamente que he sido yo.

Y me dijo:

—No quiero arriesgarme. No te creo, porque podrías haber recuperado el dhoti y la lata a la mañana siguiente, y entonces realmente habría sido un fantasma.

—Te estoy diciendo que me subí al árbol —le repetí.

Pero nunca volvió a tomar ese camino por la noche. Mi familia sabía que yo era el responsable porque me habían visto subir al árbol; sin embargo, ellos también empezaron a tener miedo. Empezaron a decir:

—Puede que estés poseído por el fantasma.

—¡Qué extraña es la gente! Os digo que lo he hecho yo, y sin embargo os ponéis a elucubrar que he sido poseído por el fantasma y que él me ha hecho hacer todo lo que hice. No podéis aceptar las cosas como son.

Si surge el miedo, tendrás que hacerle frente; taparlo con la idea de Dios no te servirá de nada.

No puedes volver a tener fe, eso ha terminado. Una vez me has conocido, ya no puedes volver a tener fe en Dios, porque la duda es una realidad, y la fe es una ficción. Y las ficciones no se sostienen frente a los hechos. Ahora Dios seguirá siendo una hipótesis para ti; tu oración no servirá para nada. Sabrás que es una hipótesis, no podrás olvidar que es una hipótesis.

Cuando oyes una verdad es imposible olvidarla.

Esa es una de las características de la verdad: no necesitas recordarla.

Las mentiras hay que seguir recordándolas constantemente, porque podrías olvidarlas. Una persona acostumbrada a mentir debe tener más memoria que la que suele decir la verdad, porque una persona sincera no necesita tener memoria; si solo dices la verdad no tienes que recordarla. Pero si mientes, siempre tendrás que acordarte, porque a una persona le habrás dicho una cosa y a otra persona le habrás dicho otra; a cada persona le dices algo distinto. Así que tienes que clasificar y recordar lo que le has dicho a cada uno. Siempre que surja una pregunta sobre una mentira, tendrás que volver a mentir; no tiene fin. Las mentiras no practican el control de la natalidad.

La verdad es soltera, no tiene hijos; de hecho, ni siquiera está casada.

Debes entender que Dios solo es una hipótesis inventada por los clérigos, los políticos, la élite en el poder, los pedagogos, y todos los que quieren que seas un esclavo psicológico, todos los que tienen intereses ocultos en mantenerte esclavizado. Todos quieren que sigas teniendo miedo, que sigas temblando en tu interior porque, si no tienes miedo, eres peligroso.

O bien eres un cobarde, un miedoso, y estás dispuesto a acatar, a someterte, y no tienes dignidad ni sientes respeto por ti mismo, o bien no tienes miedo. Pero en ese caso serás un rebelde; no podrás evitarlo.

O eres un hombre de fe o eres un espíritu rebelde. Por eso, quienes no están interesados en que seas un rebelde —porque si eres un rebelde vas contra sus intereses—, siguen imponiéndote y condicionando tu mente con el cristianismo, el judaísmo, el islamismo, el hinduismo, para que sigas temblando en tu interior.

Eso les confiere poder. Por eso, la hipótesis de Dios es muy útil para todo el que está interesado en el poder, para aquellos cuya vida es puramente ambición de poder.

Si temes a Dios —y si crees en Dios tendrás que temerlo— deberás obedecer sus órdenes y mandamientos, sus sagradas escrituras, a su Mesías, a su encarnación; tendrás que obedecerle a él y a sus representantes. De hecho, él no existe, solo existe su representante. Es muy raro.

La religión es el negocio más raro que hay. No hay jefes, pero hay representantes: los sacerdotes, el obispo, el cardenal, el Papa, el Mesías y toda la jerarquía, pero en la cúspide no hay nadie. Sin embargo, Jesús obtiene su autoridad y su poder de Dios, porque es su único hijo. El Papa obtiene su autoridad de Jesús, porque es su único representante en la tierra y es infalible. Y así sucesivamente hasta el último sacerdote. Pero Dios no existe; solo es tu miedo.

Pediste que se inventara Dios porque no podías vivir solo.

Eras incapaz de enfrentarte a la vida, a su belleza, a su alegría, a sus sufrimientos, a su angustia. No estabas preparado para experimentarlas por tu cuenta sin que nadie te protegiese, sin que nadie te hiciese de pantalla. Por miedo, pediste que se inventara Dios. Y obviamente, hay timadores en todas partes. Harán lo que tú les pidas. Tú se lo pediste y ellos te dijeron: «Sabemos que Dios existe, solo tienes que rezar esta oración...».

Tolstói cuenta una historia maravillosa. El sumo sacerdote de la Iglesia ortodoxa rusa se vio en dificultades por culpa de tres hombres que vivían debajo de un árbol y que habían alcanzado mucha fama; eran tan famosos que la gente prefería ver a esos tres santos antes que al sumo sacerdote.

En el cristianismo, la palabra «santo» es muy extraña. En otras culturas esa palabra o su equivalente son muy respetadas. Pero no ocurre así en el cristianismo, porque «santo» significa únicamente santificado por el Papa, certificado por el Papa. Juana de Arco fue santificada al cabo de trescientos años. Pero un Papa infalible la quemó viva. Al cabo de trescientos años cambiaron de opinión, porque la gente estaba cada vez más a favor de Juana de Arco; entonces, al Papa se le ocurrió que había llegado el momento de santificarla. La habían declarado bruja y quemado viva en la hoguera; y esto lo hizo un Papa infalible. Luego, otro Papa infalible, trescientos años más tarde, declaró que Juana de Arco era santa. Abrieron su tumba y sacaron lo que encontraron (quizá quedaban algunos huesos) para venerarlos y santificarlos. Y ahora es santa.

La definición cristiana de «santo» es horrible. En sánscrito la palabra es sant, y equivale a santo. Si lo derivas de sant, si escribes sant, puedes incluso leer santo; pero sant significa el que ha llegado, el que ha conocido satya. Sat significa la verdad absoluta, y se denomina sant a la persona que la ha encontrado, ¡no ha sido necesario certificarlo! No se trata de un título o un grado que te conceden.

El sumo sacerdote estaba furioso porque la gente hablaba de esos tres santos, y dijo: «¿Cómo han alcanzado la santidad? Yo no se la he concedido. Esto es indignante». Pero la gente es así... Y seguían yendo, de modo que decidió: «Iré a verlos. ¿Quiénes son? ¡Se han declarado a sí mismos santos! Y ni siquiera los conozco. Yo no he sido informado, y soy el único que puede santificar a alguien y convertirlo en santo». Estaba muy enfadado.

Fue con su barco, tenía un barco maravilloso porque era sumo sacerdote y, en el ámbito de la religión, su rango era más alto aún que el del zar. El zar y la zarina debían postrarse a sus pies. Él iba pensando: «¿Quiénes serán esos locos anónimos, desconocidos, que se declaran santos?». Al llegar se encontró con tres ancianos muy humildes sentados debajo de un árbol. Se pusieron de pie inmediatamente y se postraron a los pies del sumo sacerdote, diciendo:

—¿Por qué se ha molestado en venir? Podría habernos mandado un mensaje para que fuéramos a verle.

El sumo sacerdote se tranquilizó un poco, y dijo:

—¿Quién os ha declarado santos?

—No lo sabemos —respondieron—. Ni siquiera sabíamos que éramos santos. ¿Quién se lo ha dicho?

El sumo sacerdote se dio cuenta de que eran absolutamente analfabetos y no sabían nada de religión ni del cristianismo. Les preguntó:

—¿Cuál es vuestra oración? ¿Conocéis la oración ortodoxa? Si no la conocéis no podéis ser cristianos, y ¡mucho menos santos!

—Somos analfabetos y nadie nos ha enseñado a rezar —confesaron—. Pero si nos perdona, rezaremos nuestra oración; la hemos creado nosotros mismos.

—¿Cómo? —exclamó el sumo sacerdote—. ¿Habéis compuesto vuestra propia oración? De acuerdo, quiero escucharla.

—Dísela tú —le dijo el uno al otro.

—No; dísela tú —dijo el otro.

Los tres eran muy tímidos y les daba mucha vergüenza.

El sumo sacerdote ordenó:

—¡Decídmela! ¡Que lo haga cualquiera de vosotros!

—Lo haremos los tres a la vez —respondieron. Era una oración muy simple que decía: «Sois tres, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Nosotros también somos tres; tened piedad de nosotros»—. Esta es nuestra oración. Es todo lo que sabemos. Nos han dicho que Él es tres personas y nosotros también somos tres, ¿qué más hay que saber? Tened piedad de nosotros, sois tres, nosotros somos tres, ¡tened piedad de nosotros!

—Esto es imperdonable. Os estáis mofando de la religión —dijo el sacerdote.

—Díganos entonces cuál es la oración, y nosotros la rezaremos —respondieron ellos.

El sumo sacerdote les dio la oración, un largo rezo de la Iglesia ortodoxa rusa. Ellos escucharon y dijeron:

—Espere, ¿sería tan amable de volver a repetirla? Es tan larga que podríamos olvidarnos de ella. Nuestra oración es muy corta, no la olvidamos porque es muy simple y siempre nos acordamos: Él es tres y nosotros somos tres, tened piedad de nosotros. No es difícil. Pero su oración..., podríamos olvidarnos o equivocarnos...

De modo que volvió a repetirla.

—Otra vez, por favor —pidieron.

Él volvió a repetirla por tercera vez, y entonces dijeron:

—Lo intentaremos.

Estaba feliz de haber logrado llevar por el buen camino a esos tres necios. Esto es una oración, ¿y así se habían convertido en santos? Emprendió el regreso satisfecho de haber realizado una buena acción. Así son los bienhechores.

Cuando estaba en medio del lago vio que se le acercaban los tres ancianos ¡corriendo sobre el agua! No podía creer lo que estaba viendo.

—¡Espere! —le dijeron—. ¡Hemos olvidado la oración! Díganosla otra vez y no volveremos a molestarle.

¡Estaban andando sobre el agua!

El sumo sacerdote se postró a sus pies.

—Perdonadme —les dijo—. Podéis seguir rezando vuestra oración, no hay ningún problema. No hace falta que vengáis a preguntarme nada; si tengo alguna pregunta vendré yo a veros. Ahora ya sé cuál es la oración correcta.

Esas tres personas están señalando una verdad muy simple: tener fe no demuestra que exista Dios. La fe puede darte cierto grado de integridad, de fuerza. Pero tiene que ser una fe muy inocente. Ellos no estaban ocultando ningún temor detrás de su fe. No habían aprendido su oración en una iglesia, no le habían preguntado a nadie: «¿Qué es Dios? ¿Dónde está Dios?»; nada de nada. Simplemente eran personas inocentes, y de esa inocencia había surgido su fe.

La fe no demuestra la existencia de Dios; únicamente demuestra que la inocencia es poder.

Solo es un cuento, pero la inocencia es poder. Sí, puedes caminar sobre el agua, pero solo si eres inocente; y por tu inocencia, tienes fe. Pero eso ocurre en raras ocasiones, porque los padres y las sociedades destruyen tu inocencia antes incluso de que sepas que la tenías. Te imponen una creencia que aceptas a consecuencia del miedo. Tu madre te dice en la oscuridad: «No tengas miedo; Dios te está cuidando. Está en todas partes».

Me contaron que una monja católica solía ducharse vestida. Las demás monjas empezaron a preocuparse: «¿Se habrá vuelto loca?».

Pero la pobre monja les dijo: «He oído decir que Dios está en todas partes, de modo que también debe de estar en el baño. Y no me parece bien estar desnuda delante de Dios».

Puede parecer que esta mujer esté loca, pero en cierto sentido es inocente. Y de esa inocencia surge la fe, no importa en qué.

La inocencia te da poder, pero el problema es que destruyen la inocencia, y eso es lo que estoy intentando devolverte, para que vuelvas a ser inocente. Pero para volver a ser inocente tendrás que atravesar algunas etapas.

Tendrás que renunciar a la idea de Dios que te impide no tener miedo. Tendrás que pasar a través del miedo y aceptarlo como una realidad del ser humano. No hace falta huir de él. Lo que debes hacer es meterte en él, y a medida que te metas, verás que el miedo va disminuyendo.

Cuando alcances el fondo de tu miedo, te echarás a reír, porque no hay nada que temer. La inocencia llega cuando desaparece el miedo; esa inocencia es el summum bonum, la esencia misma de la persona creyente.

Esa inocencia es poder. Esa inocencia es el único milagro que existe.

Partiendo de esa inocencia puede ocurrir cualquier cosa, pero no te convertirá en cristiano ni en musulmán. Esa inocencia te convertirá en un ser humano corriente, que acepta ser ordinario y vive con alegría y agradecido a toda la existencia y no a Dios, que es un concepto que han creado los demás.

Pero la existencia no es una idea. Te rodea por todas partes, en tu interior y en el exterior. Cuando eres completamente inocente, surge una profunda gratitud —yo no lo llamaría oración, porque en una oración estás pidiendo algo, prefiero decir que es una profunda gratitud—, un agradecimiento. No estás pidiendo nada, estás dando gracias por algo que ya te ha sido dado.

Te han sido dadas tantas cosas... ¿Te las mereces? ¿Has hecho algo para merecerlas? La existencia sigue dándote muchas cosas y es horrible seguir pidiendo más. Es un círculo vicioso: cuanto más tienes, más agradecido estás; cuanto más agradecido estás, más recibes... Este proceso no tiene fin, es infinito.

Pero recuerda que la hipótesis de Dios ha desaparecido; llamarlo hipótesis implica haber renunciado a la idea de Dios. Tengas miedo o no, ya no puedes volver a adoptarla; se ha ido. Ahora, el único camino es profundizar en tu miedo. Profundizar tranquilamente hasta llegar al fondo. Aunque a veces te das cuenta de que no es tan profundo.

Hay un cuento zen de un hombre que, mientras caminaba de noche, se resbaló de una roca. Sabía que allí había un valle profundo y tenía miedo de que hubiese un precipicio de miles de metros, así que se agarró a una rama que sobresalía de la roca. Durante toda la noche únicamente vio un profundo abismo. Gritó, pero su grito le devolvía el eco porque nadie podía escucharle.

Imagínate la tortura que soportó este hombre durante toda la noche. La muerte le acechaba a cada instante, sus manos se iban enfriando y estaba perdiendo fuerzas... Cuando empezó a salir el sol miró hacia abajo y se echó a reír; no había ningún abismo. Diez centímetros más abajo había otra roca. Podía haber descansado toda la noche, durmiendo tranquilamente —la roca era lo suficientemente grande—, pero pasó una noche infernal.

Puedo asegurarte, por mi propia experiencia, que el miedo no tiene más de diez centímetros de profundidad. Seguir aferrándote a una rama y que tu vida se convierta en una pesadilla, o soltar la rama y ponerte de pie es algo que depende únicamente de ti.

No tienes nada que temer.