cap1

 

 

I

 

Jason

 

 

 

 

Antes de electrocutarse, Jason ya estaba teniendo un día horrible.

Se despertó en los asientos traseros del autobús escolar sin saber dónde estaba, y cogido de la mano de una chica a la que no conocía. Esa no era necesariamente la parte horrible. La chica era mona, pero no sabía quién era ni lo que estaba haciendo él allí. Se incorporó y se frotó los ojos, tratando de pensar con claridad.

En los asientos situados delante de él había varias docenas de chicos repantigados, escuchando sus iPod, hablando o durmiendo. Todos parecían más o menos de su edad… ¿Quince? ¿Dieciséis? Vale, eso sí que daba miedo. No sabía cuántos años tenía.

El autobús avanzaba con estruendo por una carretera llena de baches. Por las ventanillas pasaba el desierto bajo un radiante cielo azul. Jason estaba seguro de que no vivía en el desierto. Intentó hacer memoria… Lo último que recordaba…

La chica le apretó la mano.

—¿Estás bien, Jason?

Llevaba unos vaqueros desteñidos, unas botas de montaña y un forro polar. Tenía el cabello color chocolate cortado de forma desigual, con finos mechones trenzados a los lados. No llevaba maquillaje, como si no quisiera llamar la atención, pero no le daba resultado. Era muy guapa. Sus ojos parecían cambiar de color como un caleidoscopio: marrones, azules y verdes.

Jason le soltó la mano.

—Esto…, yo no…

En la parte de delante del autobús, un profesor gritó:

—¡Está bien, yogurines, escuchad!

Era evidente que era un entrenador. Llevaba una gorra muy calada en la cabeza, de forma que solo se veían sus ojos pequeños y brillantes. Tenía una perilla fina y cara avinagrada, como si hubiera comido algo podrido. Sus musculosos brazos y su pecho abultaban bajo un polo de vivo color naranja. Su pantalón de chándal y sus zapatillas Nike eran de un blanco inmaculado. Del cuello le colgaba un silbato, y llevaba un megáfono sujeto al cinturón. Si no hubiera medido un metro y medio, habría dado mucho miedo. Cuando se puso de pie en el pasillo, uno de los alumnos gritó:

—¡Levántese, entrenador Hedge!

—¡Lo he oído!

El entrenador escudriñó el autobús en busca del ofensor. Entonces sus ojos se fijaron en Jason y su entrecejo se frunció aún más.

Jason se sobresaltó. Estaba seguro de que el entrenador sabía que aquel no era su sitio. Iba a llamar a Jason y a preguntarle qué estaba haciendo en el autobús… y Jason no tenía ni idea de lo que iba a decir.

Sin embargo, el entrenador Hedge apartó la vista y carraspeó.

—¡Llegaremos dentro de cinco minutos! Quedaos con vuestro compañero. No perdáis las hojas de ejercicios. Y si alguno de vosotros causa problemas en esta excursión, mis preciosos yogurines, os mandaré personalmente de vuelta al campus a la fuerza.

Cogió un bate de béisbol e hizo como si estuviera golpeando una pelota.

Jason miró a la chica que tenía al lado.

—¿Puede hablarnos así?

Ella se encogió de hombros.

—Siempre lo hace. Estamos en la Escuela del Monte. «Donde los alumnos son los animales.»

Lo dijo como si fuera un chiste que se hubieran contado antes.

—Ha habido un error —dijo Jason—. Yo no debería estar aquí.

El chico de delante se volvió y se echó a reír.

—Sí, claro, Jason. ¡A todos nos han engañado! Yo no me escapé seis veces, y Piper no robó un BMW.

La chica se ruborizó.

—¡Yo no robé ese coche, Leo!

—Ah, me olvidaba, Piper. ¿Cuál era tu versión? ¿Que convenciste al dueño para que te lo prestara? —Miró a Jason con una expresión que parecía decir: «¿Puedes creerla?».

Leo parecía un elfo de Santa Claus en versión latina, con el pelo moreno rizado, las orejas puntiagudas, una cara alegre e infantil, y una sonrisa pícara que te avisaba en el acto de que no debías dejar cerillas ni objetos afilados cerca de él. Sus dedos largos y diestros no paraban de moverse: tamborileando en el asiento, recogiéndose el pelo detrás de las orejas, toqueteando los botones de su chaqueta de camuflaje. O el chico era hiperactivo por naturaleza o iba colocado con tanto azúcar y cafeína como para provocar un infarto a un búfalo.

—En fin —dijo Leo—, espero que tengas la hoja de ejercicios, porque yo utilicé la mía para disparar bolitas hace días. ¿Por qué me miras así? ¿Me han vuelto a dibujar en la cara?

—No te conozco —contestó Jason.

Leo le dedicó una sonrisa de cocodrilo.

—Claro. No soy tu mejor amigo. Soy su clon malvado.

—¡Leo Valdez! —gritó el entrenador Hedge desde la otra punta—. ¿Algún problema ahí detrás?

Leo guiñó el ojo a Jason.

—Atiende. —Se volvió hacia delante—. ¡Lo siento, entrenador! No le oigo bien. ¿Puede utilizar el megáfono, por favor?

El entrenador Hedge gruñó como si se alegrara de tener una excusa. Se desenganchó el megáfono del cinturón y siguió dando instrucciones, pero su voz sonaba como la de Darth Vader. Los chicos se troncharon de risa. El entrenador volvió a intentarlo, pero esa vez el megáfono rugió:

—¡La vaca hace mu!

Los chicos estallaron en carcajadas, y el entrenador dejó de golpe el megáfono.

—¡Valdez!

Piper contuvo la risa.

—Madre mía, Leo. ¿Cómo lo has hecho?

Leo se sacó un pequeño destornillador Phillips de la manga.

—Soy un chico especial.

—Hablo en serio, chicos —rogó Jason—. ¿Qué hago aquí? ¿Adónde vamos?

Piper frunció el ceño.

—¿Estás de guasa, Jason?

—¡No! No tengo ni idea…

—Bah, está de guasa —dijo Leo—. Está intentando vengarse de mí porque le eché espuma de afeitar en la gelatina, ¿verdad?

Jason se lo quedó mirando sin comprender.

—No, creo que habla en serio.

Piper intentó cogerle de nuevo la mano, pero él la apartó.

—Lo siento —dijo—. No… no puedo…

—¡Se acabó! —gritó el entrenador Hedge desde la parte de delante—. ¡La fila de atrás acaba de ofrecerse para limpiar después de comer!

El resto de los chicos se pusieron a dar vítores.

—Genial —murmuró Leo.

Pero Piper no apartó la vista de Jason, como si no supiera si él estaba herido o preocupado.

—¿Te has golpeado la cabeza o algo por el estilo? ¿De verdad no sabes quiénes somos?

Jason se encogió de hombros en un gesto de impotencia.

—Peor aún. No sé quién soy.

 

 

El autobús los dejó delante de un gran complejo de estuco rojo que parecía un museo situado en mitad de la nada. Tal vez eso es lo que era: el Museo Nacional de la Nada, pensó Jason. Un viento frío soplaba en el desierto. Jason no se había fijado en lo que llevaba puesto, pero no le abrigaba lo suficiente: unos vaqueros y unas zapatillas de deporte, una camiseta de manga corta morada y un fino impermeable negro.

—Curso acelerado para el amnésico —dijo Leo con un tono servicial que hizo pensar a Jason que el comentario no le iba a ayudar en nada—. Vamos a la «Escuela del Monte». —Dibujó unas comillas invisibles con los dedos—. Lo que significa que somos «chicos malos». Tu familia, o el tribunal, o quien fuera decidió que eras demasiado conflictivo, así que te mandaron a esta bonita cárcel (perdón, «internado») en Armpit, Nevada, donde se aprenden valiosas técnicas en plena naturaleza, como correr treinta kilómetros al día entre cactus y tejer margaritas en gorros. Y como actividad especial, vamos de excursión con el entrenador Hedge, que mantiene el orden con un bate de béisbol. ¿Te acuerdas ya?

—No.

Jason echó un vistazo a los otros chicos con aprehensión: unos veinte muchachos; la mitad, chicas. Ninguno parecía un criminal reincidente, pero se preguntaba qué habían hecho para que los condenaran a una escuela para delincuentes y por qué estaba él con ellos.

Leo puso los ojos en blanco.

—Vas a seguir en este plan, ¿verdad? Muy bien, los tres empezamos juntos este semestre. Formamos una piña. Tú haces todo lo que te digo, me das tu postre y me haces los deberes…

—¡Leo! —soltó Piper.

—Vale, no hagas caso de la última parte, pero somos amigos. Bueno, Piper es algo más que tu amiga desde hace unas semanas…

—¡Para, Leo!

Piper se puso colorada. Jason también notó que se le encendía la cara. Si hubiera estado saliendo con una chica llamada Piper, se acordaría.

—Sufre amnesia o algo parecido —dijo Piper—. Tenemos que decírselo a alguien.

Leo se lo tomó a risa.

—¿A quién, al entrenador Hedge? Intentaría ayudar a Jason a guantazos.

El entrenador estaba en la parte delantera del grupo, gritando órdenes y tocando el silbato para mantener a los chicos en fila, pero de vez en cuando miraba hacia atrás, a Jason, y fruncía el entrecejo.

—Jason necesita ayuda, Leo —insistió Piper—. Tiene una conmoción cerebral o…

—Eh, Piper.

Uno de los otros chicos se quedó atrás para unirse a ellos mientras el grupo se dirigía al museo. El nuevo se metió entre Jason y Piper y tiró al suelo a Leo.

—No hables con estos pringados. Eres mi compañera, ¿lo recuerdas?

El nuevo llevaba el pelo moreno cortado al estilo de Superman, estaba muy bronceado y tenía los dientes tan blancos que debería haber llevado un letrero en el que pusiera: PROHIBIDO MIRAR LOS DIENTES DIRECTAMENTE. PUEDE PROVOCAR CEGUERA IRREVERSIBLE. Vestía una camiseta de los Dallas Cowboys, vaqueros y botas, y sonreía como si se considerase un regalo de Dios para las delincuentes juveniles. A Jason le cayó gordo nada más verlo.

—Lárgate, Dylan —gruñó Piper—. Yo no pedí trabajar contigo.

—Oh, eso no son formas. ¡Hoy es tu día de suerte!

Dylan entrelazó el brazo con el de ella y la metió a rastras por la entrada del museo. Piper lanzó una última mirada por encima del hombro como si estuviera pidiendo socorro.

Leo se levantó y se limpió.

—Odio a ese tío. —Ofreció a Jason el brazo, como si fueran a entrar juntos dando brincos—. Soy Dylan. ¡Soy superguay, quiero salir conmigo mismo, pero no sé cómo! ¿Quieres salir tú conmigo? ¡Tienes mucha suerte!

—Leo —dijo Jason—, eres muy raro.

—Sí, me lo dices mucho. —Leo sonrió—. Pero como no te acuerdas de mí, puedo volver a contarte mis viejos chistes. ¡Vamos!

Jason pensó que, si aquel era su mejor amigo, su vida debía de ser un desastre, pero entró en el museo detrás de Leo.

 

 

Recorrieron el edificio deteniéndose aquí y allá para que el entrenador Hedge los sermoneara con su megáfono, que unas veces le hacía sonar como un Lord Sith y otras vociferaba comentarios al azar como «El cerdo hace oinc».

Leo no paraba de sacar tuercas, tornillos y alambres de los bolsillos de su chaqueta militar, como si tuviera que tener las manos ocupadas a todas horas.

Jason estaba demasiado distraído para fijarse en los objetos expuestos relacionados con el Gran Cañón y la tribu hualapai, a la que pertenecía el museo.

Algunas chicas no paraban de mirar a Piper y Dylan y de reírse tontamente. Jason se imaginó que eran la camarilla de chicas populares del colegio. Llevaban vaqueros y tops rosa a juego, y lucían suficiente maquillaje para ir a una fiesta de Halloween.

Una de ellas dijo:

—Eh, Piper, ¿este museo es de tu tribu? ¿Te dejan entrar gratis si haces la danza de la lluvia?

Las otras chicas se echaron a reír. Incluso el supuesto compañero de Piper contuvo una sonrisa. El forro polar de Piper le tapaba las manos, pero Jason tenía la sensación de que estaba apretando los puños.

—Mi padre es cherokee —dijo—. No hualapai. Claro que a ti te hacen falta unas cuantas neuronas para distinguirlos, Isabel.

Isabel abrió mucho los ojos fingiendo sorpresa, lo que le hizo parecer un búho con maquillaje añadido.

—¡Oh, perdona! ¿Era tu madre de la tribu? Ah, eso es. No conociste a tu madre.

Piper arremetió contra ella, pero, antes de que empezaran a pelearse, el entrenador Hedge escupió:

—¡Ya está bien ahí atrás! ¡Dad buen ejemplo o sacaré el bate!

El grupo se dirigió arrastrando los pies al siguiente objeto expuesto, pero las chicas siguieron haciendo comentarios a Piper.

—Oye, ¿te alegras de volver a la reserva? —preguntó una con voz dulce.

—Seguramente su padre está demasiado borracho para trabajar —dijo otra con falsa compasión—. Por eso ella se hizo cleptómana.

Piper no les hizo caso, pero Jason estaba dispuesto a darles un puñetazo personalmente. No se acordaba de Piper, ni de quién era él, pero sabía que odiaba a los chicos crueles.

Leo lo agarró del brazo.

—Tranqui. A Piper no le gusta que nos peleemos por ella. Además, si esas chicas se enteraran de quién es su padre, todas se inclinarían ante ella gritando: «¡No somos dignas!».

—¿Por qué? ¿Qué pasa con su padre?

Leo se rió con incredulidad.

—¿No bromeas? ¿De verdad no te acuerdas de que el padre de tu novia…?

—Oye, ojalá me acordara, pero ni siquiera me acuerdo de ella…, menos aún de su padre.

Leo soltó un silbido.

—En fin. Ya hablaremos cuando volvamos a la residencia.

Llegaron al otro extremo de la sala de exposiciones, donde había unas grandes puertas de cristal que daban a una terraza.

—Está bien, yogurines —anunció el entrenador Hedge—. Vais a ver el Gran Cañón. Procurad no romperlo. La plataforma puede soportar el peso de setenta aviones, así que unos pesos pluma como vosotros no deberíais correr ningún peligro. Si es posible, procurad no empujaros por encima del borde, porque eso me acarrearía papeleo extra.

El entrenador abrió las puertas y todos salieron. El Gran Cañón se extendía ante ellos, vivo y en persona. Por encima del borde se alargaba una plataforma con forma de herradura hecha de cristal, de manera que se podía ver a través de ella.

—Tío —dijo Leo—. Cómo mola.

Jason no podía por menos que estar de acuerdo. A pesar de la amnesia y de la sensación de que aquel no era su sitio, no pudo evitar quedar impresionado.

El cañón era más grande y más ancho de lo que se apreciaba en una fotografía. Estaban a tanta altura que los pájaros daban vueltas por debajo de sus pies. Un kilómetro y medio más abajo, un río serpenteaba por el suelo del cañón. Mientras habían estado dentro, unos grupos de nubarrones se habían movido en lo alto, proyectando sombras como caras furiosas sobre los riscos. En cualquier dirección hasta donde a Jason le alcanzaba la vista, el desierto se hallaba atravesado por barrancos rojos y grises, como si un dios loco lo hubiera cortado con un cuchillo.

Jason notó un dolor punzante detrás de los ojos. Dioses locos… ¿De dónde había sacado esa idea? Se sentía como si se hubiera acercado a algo importante: algo que debería saber. También tenía la inconfundible sensación de que estaba en peligro.

—¿Estás bien? —preguntó Leo—. No irás a vomitar por el borde, ¿verdad? Porque no he traído la cámara.

Jason se agarró a la barandilla. Estaba temblando y sudoroso, pero no tenía nada que ver con las alturas. Parpadeó y el dolor disminuyó.

—Estoy bien —logró decir—. Solo me duele la cabeza.

Un trueno retumbó en lo alto. Y una corriente fría estuvo a punto de arrojarlo de lado.

—Esto no puede ser seguro. —Leo miró las nubes entornando los ojos—. Tenemos la tormenta justo encima, pero a los lados está despejado. Qué raro, ¿verdad?

Jason alzó la vista y comprobó que Leo tenía razón. Un oscuro círculo de nubes se había colocado encima de la plataforma, pero el resto del cielo estaba completamente despejado en todas direcciones. Jason tenía un mal presentimiento.

—¡Está bien, yogurines! —gritó el entrenador Hedge. Miró la tormenta con los ojos entrecerrados, como si a él también le preocupara—. ¡Puede que tengamos que interrumpir la visita, así que poneos a trabajar! ¡Recordad, frases enteras!

La tormenta retumbó, y a Jason empezó a dolerle otra vez la cabeza. Sin saber por qué, se metió la mano en el bolsillo de los vaqueros y sacó una moneda: un círculo de oro del tamaño de una moneda de medio dólar, pero más grueso y desigual. En un lado tenía estampada la imagen de un hacha de guerra. En el otro aparecía la cara de un hombre adornada con laurel. En la inscripción ponía algo así como IVLIVS.

—Caramba, ¿es de oro? —preguntó Leo—. ¡Me lo has estado escondiendo!

Jason guardó la moneda preguntándose cómo había llegado a tenerla y por qué tenía la sensación de que iba a necesitarla al cabo de poco.

—No es nada —dijo—. Solo una moneda.

Leo se encogió de hombros. Tal vez su mente tenía que estar continuamente activa como sus manos.

—Venga —dijo—. A que no te atreves a escupir por el borde.

 

 

No se esforzaron mucho con la hoja de ejercicios. En primer lugar, Jason estaba demasiado distraído con la tormenta y sus confusas emociones. Por otra parte, no sabía nombrar «tres estratos sedimentarios que observes» ni describir «dos ejemplos de erosión».

Leo no era de ayuda. Estaba demasiado ocupado construyendo un helicóptero con unos alambres forrados.

—Mira.

Lanzó el helicóptero. Jason se imaginó que caería en picado, pero las aspas de alambre giraban de verdad. El pequeño helicóptero llegó hasta la mitad del cañón antes de perder impulso y caer al vacío trazando una espiral.

—¿Cómo lo has hecho? —preguntó Jason.

Leo se encogió de hombros.

—Habría molado más si hubiera tenido gomas.

—¿De verdad somos amigos? —preguntó Jason.

—La última vez que lo comprobé, sí.

—¿Estás seguro? ¿Qué día nos conocimos? ¿De qué hablamos?

—Fue… —Leo frunció el entrecejo—. No me acuerdo exactamente. Tengo déficit de atención. No esperarás que me acuerde de los detalles.

—Pero yo no te recuerdo en absoluto. No me acuerdo de nadie de los que están aquí. ¿Y si…?

—¿Tú tienes razón y el resto estamos equivocados? —preguntó Leo—. ¿Crees que has aparecido esta misma mañana y que todos tenemos recuerdos falsos de ti?

«Eso es exactamente lo que pienso», dijo una vocecilla en la cabeza de Jason.

Pero parecía absurdo. Allí todo el mundo daba su presencia por sentado. Todo el mundo actuaba como si formara parte de la clase… menos el entrenador Hedge.

—Coge la hoja de ejercicios. —Jason le dio a Leo el papel—. Ahora vuelvo.

Antes de que Leo pudiera protestar, Jason atravesó la plataforma.

El grupo de su colegio tenía la instalación para ellos solos. Tal vez era demasiado temprano para los turistas, o tal vez el extraño tiempo los había ahuyentado. Los chicos de la Escuela del Monte se habían dispersado en parejas por la plataforma. La mayoría se divertía o hablaba. Algunos lanzaban peniques por encima del borde. A un metro y medio, Piper trataba de rellenar su hoja de ejercicios, pero Dylan, su estúpido compañero, estaba intentando ligar con ella, colocándole la mano en el hombro y dedicándole su cegadora sonrisa blanca. Ella no paraba de apartarlo, y cuando vio a Jason le lanzó una mirada en plan «Estrangula a este tío por mí».

Jason le indicó con un gesto que aguantara. Se acercó al entrenador Hedge, que estaba apoyado en su bate de béisbol estudiando los nubarrones.

—¿Has hecho tú esto? —le preguntó el entrenador.

Jason dio un paso atrás.

—¿Hacer qué?

Parecía como si el entrenador le hubiera preguntado si había provocado la tormenta.

El entrenador Hedge lo fulminó con la mirada; sus ojos pequeños y brillantes centelleaban bajo la visera de la gorra.

—No juegues conmigo, chico. ¿Qué haces aquí y por qué me estás fastidiando el trabajo?

—¿Quiere decir… que no me conoce? —dijo Jason—. ¿Que no soy uno de sus alumnos?

Hedge resopló.

—Hoy es la primera vez que te veo.

Jason se sintió tan aliviado que casi le entraron ganas de llorar. Por lo menos no se estaba volviendo loco. Estaba en el lugar equivocado.

—Oiga, señor, no sé cómo he llegado aquí. Simplemente me he despertado en el autobús escolar. Lo único que sé es que no tendría que estar aquí.

—En eso tienes razón. —La voz ronca de Hedge bajó hasta convertirse en un murmullo, como si estuviera contando un secreto—. Debes de tener mucho poder con la Niebla para conseguir que todos estos chicos crean que te conocen, muchacho, pero a mí no me engañas. Hace días que noto el olor a monstruo. Sabía que teníamos un infiltrado, pero tú no hueles a monstruo. Hueles a mestizo. Así que… ¿quién eres y de dónde vienes?

La mayor parte de lo que el entrenador dijo no tenía sentido, pero Jason decidió contestar honestamente.

—No sé quién soy. No tengo recuerdos. Tiene que ayudarme.

El entrenador Hedge examinó el rostro de Jason como si intentara leerle el pensamiento.

—Estupendo —murmuró Hedge—. Estás siendo sincero.

—¡Pues claro! ¿Qué era eso de los monstruos y los mestizos? ¿Son palabras en clave o algo parecido?

Hedge entornó los ojos. Una parte de Jason se preguntaba si aquel tipo estaba chalado, pero otra parte sabía que no.

—Mira, chico —dijo Hedge—. No sé quién eres. Solo sé lo que eres, y significa problemas. Ahora tengo que proteger a tres de los vuestros en lugar de a dos. ¿Eres el paquete especial? ¿Es eso?

—¿De qué está hablando?

Hedge contempló la tormenta. Las nubes estaban volviéndose más densas y más oscuras, cerniéndose sobre la plataforma.

—Esta mañana recibí un mensaje del campamento —dijo Hedge—. Me dijeron que un equipo de extracción está en camino. Vienen a recoger un paquete especial, pero no me dieron más detalles. Vale, pensé. Los dos a los que estoy vigilando son muy poderosos y más mayores que la mayoría. Sé que los están acechando. Puedo oler a un monstruo en el grupo. Me imagino que por eso a los del campamento les han entrado las prisas por recogerlos. Pero entonces apareces tú de la nada. ¿Eres tú el paquete especial?

El dolor de cabeza de Jason se volvió más intenso que nunca. Mestizos. Campamento. Monstruos. Todavía no sabía de qué estaba hablando Hedge, pero sus palabras le provocaban unas tremendas punzadas en el cerebro, como si su mente intentara acceder a una información que debería estar allí, pero que no estaba.

Se tropezó, y el entrenador Hedge lo cogió. Para ser tan bajo, tenía unas manos de acero.

—Quieto, yogurín. Dices que no tienes recuerdos, ¿eh? Está bien. Tendré que vigilarte a ti también hasta que llegue el equipo. Dejaremos que el director aclare las cosas.

—¿Qué director? —preguntó Jason—. ¿Qué campamento?

—No te muevas. No tardarán en llegar los refuerzos. Con suerte, no pasará nada antes…

En el cielo restalló un relámpago. Se levantó un fuerte viento. Las hojas de ejercicios se fueron volando al Gran Cañón, y el puente entero tembló. Los chicos gritaban, daban traspiés y se agarraban a las barandillas.

—Tengo que decir algo —gruñó Hedge. Y rugió por el megáfono—: ¡Todo el mundo adentro! ¡La vaca dice mu! ¡Fuera de la plataforma!

—¡Creía que había dicho que esto era estable! —gritó Jason por encima del viento.

—En circunstancias normales —respondió Hedge—, pero no es el caso. ¡Vamos!

 

 

II

 

Jason

 

 

 

 

La tormenta arreció hasta convertirse en un huracán en miniatura. Las nubes con forma de embudo serpenteaban en dirección a la plataforma como los tentáculos de una medusa monstruosa.

Los chicos empezaron a gritar y echaron a correr hacia el edificio. El viento les arrebataba las libretas, las chaquetas, los gorros y las mochilas. Jason se deslizó a través del suelo resbaladizo.

Leo perdió el equilibrio y estuvo a punto de caerse por encima de la barandilla, pero Jason lo agarró por la chaqueta y tiró de él.

—¡Gracias, tío! —gritó Leo.

—¡Vamos, vamos, vamos! —dijo el entrenador Hedge.

Piper y Dylan mantenían las puertas abiertas, reuniendo a los otros chicos en el interior. El forro polar de Piper se agitaba violentamente, y tenía todo el pelo revuelto en la cara. Jason pensó que debía de estar helándose, pero parecía tranquila y segura, diciéndoles a los demás que todo iba a ir bien, y animándolos a que no se pararan.

Jason, Leo y el entrenador Hedge corrían hacia ellos, pero era como correr entre arenas movedizas. Parecía que el viento luchara contra ellos, haciéndoles retroceder.

Dylan y Piper metieron a otro chico, pero se les escaparon las puertas, que se cerraron de golpe y dejaron aislada la plataforma.

Piper se puso a tirar de los pomos. En el interior, los chicos aporreaban el cristal, pero parecía que las puertas estaban bloqueadas.

—¡Ayúdame, Dylan! —gritó Piper.

Dylan permaneció inmóvil con una sonrisa estúpida en la cara y su camiseta de los Cowboys ondeando al viento, como si de repente estuviera disfrutando de la tormenta.

—Lo siento, Piper —dijo—. Ya he terminado de ayudar.

Movió rápidamente la muñeca, y Piper salió volando hacia atrás, se estampó contra las puertas y se deslizó hacia la plataforma.

—¡Piper!

Jason intentó avanzar, pero el viento le soplaba en contra, y el entrenador Hedge lo empujó hacia atrás.

—¡Suélteme, entrenador! —dijo Jason.

—Jason, Leo, quedaos detrás de mí —ordenó el entrenador—. Esta pelea es mía. Debería haberme imaginado que él era el monstruo.

—¿Qué? —preguntó Leo. Una hoja de ejercicios extraviada le dio en la cara, pero la apartó de un manotazo—. ¿Qué monstruo?

La gorra del entrenador salió volando, y del pelo rizado le asomaron dos bultos, como los chichones que le salen en la cabeza a los personajes de los dibujos animados cuando les pegan en la cabeza. El entrenador Hedge levantó el bate de béisbol, pero ya no era un bate normal. Se había convertido en una porra tallada toscamente a partir de la rama de un árbol, con ramitas y hojas todavía pegadas.

Dylan le dedicó su sonrisa alegre de psicópata.

—Venga ya, entrenador. ¡Deje que el chico me ataque! Después de todo, usted se está haciendo demasiado viejo para esto. ¿No se retiró por eso a este estúpido colegio? He estado en su equipo toda la temporada, y ni siquiera se había enterado. Está perdiendo el olfato, abuelo.

El entrenador emitió un sonido de enfado como el balido de un animal.

—Se acabó, yogurín. Ha llegado tu hora.

—¿Cree que puede proteger a tres mestizos al mismo tiempo, viejo? —Dylan se echó a reír—. Buena suerte.

Señaló a Leo, y alrededor de él apareció una nube con forma de embudo. El chico salió volando de la plataforma como si lo hubieran aspirado. De alguna forma consiguió girarse en el aire y chocó de lado contra la pared del cañón. Se iba deslizando, arañando furiosamente en busca de un asidero. Finalmente, agarró un fino saliente situado un metro y medio por debajo de la plataforma y se quedó colgado con las puntas de los dedos.

—¡Socorro! —gritó—. Una cuerda, por favor. Una correa. Algo.

El entrenador Hedge lanzó un juramento y arrojó la porra a Jason.

—No sé quién eres, muchacho, pero espero que seas bueno. Mantén a esa cosa ocupada —señaló con el pulgar a Dylan— mientras yo voy a buscar a Leo.

—¿Cómo va a ir a buscarlo? —preguntó Jason—. ¿Volando?

—Volando, no. Trepando.

Hedge se quitó las zapatillas, y a Jason por poco le dio un infarto. El entrenador no tenía pies. Tenía pezuñas: pezuñas de cabra. Eso significaba que las cosas de su cabeza no eran bultos. Eran cuernos.

—Es usted un fauno —dijo Jason.

—¡Un sátiro! —le espetó Hedge—. Los faunos son romanos. Pero ya hablaremos de eso más tarde.

Hedge saltó por encima de la barandilla. Surcó el aire en dirección a la pared del cañón y dio primero con las pezuñas. Descendió por el precipicio dando brincos con una agilidad increíble, encontrando puntos de apoyo del tamaño de sellos de correos y esquivando torbellinos que intentaban atacarlo mientras avanzaba con cuidado hacia Leo.

—¿No te parece bonito? —Dylan se volvió hacia Jason—. Ahora te toca a ti, chico.

Jason arrojó la porra. Parecía inútil con un viento tan fuerte, pero la porra fue volando directa hacia Dylan, trazó una curva cuando él intentó esquivarla y le golpeó tan fuerte en la cabeza que se cayó de rodillas.

Piper no estaba tan aturdida como parecía. Sus dedos se cerraron en torno a la porra cuando pasó rodando junto a ella, pero, antes de que pudiera usarla, Dylan se levantó. Sangre —sangre dorada— le goteaba de la frente.

—Buen intento, chico. —Lanzó una mirada asesina a Jason—. Pero tendrás que hacerlo mejor.

La plataforma tembló. En el cristal aparecieron finísimas grietas. Dentro del museo, los chicos dejaron de aporrear las puertas. Retrocedieron mientras observaban aterrados.

El cuerpo de Dylan se hizo humo, como si sus moléculas se estuvieran despegando. Tenía la misma cara, la misma radiante sonrisa blanca, pero de repente su figura entera pasó a estar compuesta de un vapor negro que se arremolinaba, y sus ojos parecían chispas eléctricas en un nubarrón vivo. Le brotaron unas alas de humo negras y se elevó por encima de la plataforma. Si los ángeles pudieran ser malos, concluyó Jason, serían exactamente así.

—Eres un ventus —dijo Jason, pero no tenía ni idea de cómo conocía la palabra—. Un espíritu de la tormenta.

La risa de Dylan sonaba como un tornado arrancando un tejado.

—Me alegro de haber esperado, semidiós. Sé lo de Leo y Piper desde hace semanas. Podría haberlos matado en cualquier momento, pero mi señora dijo que venía un tercero: uno especial. ¡Ella me recompensará generosamente por tu muerte!

Dos nubes más con forma de embudo se posaron a cada lado de Dylan y se convirtieron en venti: jóvenes fantasmales con alas de humo y ojos que relampagueaban.

Piper permaneció tumbada, fingiendo que estaba aturdida, sin soltar la porra. Tenía la cara pálida, pero lanzó una mirada llena de determinación a Jason, y él captó el mensaje: «Llámales la atención. Yo les romperé la crisma por detrás».

Guapa, lista y violenta. Jason deseó acordarse de cómo era tenerla por novia.

Apretó los puños y se preparó para atacar, pero no tuvo ocasión.

Dylan levantó la mano, mientras unos arcos eléctricos se deslizaban entre sus dedos, y disparó a Jason en el pecho.

¡Bang! Jason se vio tumbado boca arriba. La boca le sabía a papel de aluminio quemado. Levantó la cabeza y vio que le salía humo de la ropa. El relámpago le había recorrido el cuerpo y había salido por su pie izquierdo. Tenía los dedos del pie negros de hollín.

Los espíritus de la tormenta se estaban riendo. El viento bramaba. Piper estaba gritando en actitud desafiante, pero su voz sonaba débil y lejana.

Jason vio con el rabillo del ojo al entrenador Hedge, que trepaba por el precipicio con Leo a la espalda. Piper estaba ya de pie, blandiendo la porra desesperadamente para repeler a los dos nuevos espíritus de la tormenta, pero ellos solo estaban jugando con ella. La porra atravesaba sus cuerpos como si no estuvieran allí. Y Dylan, un oscuro y alado tornado con ojos, se cernió sobre Jason.

—Basta —dijo Jason con voz ronca.

Se levantó con pie vacilante y no supo quién se sorprendió más, si él o los espíritus de la tormenta.

—¿Cómo es posible que estés vivo? —La figura de Dylan parpadeó—. ¡El relámpago tenía suficiente potencia para fulminar a veinte hombres!

—Me toca —dijo Jason.

Se metió la mano en el bolsillo y sacó la moneda de oro. Dejó que su instinto tomara el mando y la lanzó al aire como había hecho miles de veces. Atrapó la moneda con la palma de la mano y de repente se vio sujetando una espada: un arma de doble filo terriblemente afilada. Sus dedos se ajustaban a la perfección a la empuñadura estriada, que era toda de oro: puño, mango y hoja.

Dylan lanzó un gruñido y retrocedió. Miró a sus dos compañeros y gritó:

—¿A qué esperáis? ¡Matadlo!

A los otros dos espíritus de la tormenta no les hizo gracia que les diera esa orden, pero arremetieron contra Jason con los dedos crepitando por la electricidad.

Jason se movió hacia el primer espíritu. La hoja de la espada lo atravesó, y la figura humeante de la criatura se desintegró. El segundo espíritu soltó un relámpago, pero la hoja de la espada de Jason absorbió la descarga, y este actuó: una rápida estocada, y el segundo espíritu de la tormenta se deshizo en polvo de oro.

Dylan gemía indignado. Miraba hacia abajo como si esperara que sus compañeros fueran a regenerarse, pero sus restos dorados se dispersaron en el viento.

—¡Imposible! ¿Quién eres, mestizo?

Piper estaba tan pasmada que dejó caer la porra.

—Jason, ¿cómo…?

Entonces el entrenador Hedge regresó de un salto a la plataforma y descargó a Leo como si fuera un saco de harina.

—¡Espíritus, temedme! —rugió Hedge, flexionando sus cortos brazos.

Entonces miró a su alrededor y se dio cuenta de que solo estaba Dylan.

—¡Maldita sea, muchacho! —espetó a Jason—. ¿No me has dejado nada? ¡Me gustan los desafíos!

Leo se puso de pie respirando con dificultad. Parecía totalmente humillado, con las manos sangrando de agarrarse a las rocas.

—Oiga, entrenador Supercabra, sea quién sea… ¡Me acabo de caer por el Gran Cañón! ¡No pida más desafíos!

Dylan les siseó, pero Jason veía el miedo en sus ojos.

—No tenéis ni idea de a cuántos enemigos habéis despertado, mestizos. Mi señora destruirá a todos los semidioses. Esta guerra no la podéis ganar.

Encima de ellos, la tormenta estalló en un fuerte vendaval. Las grietas se extendieron por la plataforma. Empezaron a caer cortinas de lluvia, y Jason tuvo que agacharse para mantener el equilibrio.

Se abrió un agujero en las nubes: un vórtice negro y plateado.

—¡Mi señora me llama! —gritó Dylan con regocijo—. Y tú, semidiós, vendrás conmigo!

Se abalanzó sobre Jason, pero Piper placó al monstruo por detrás. Pese a estar hecho de humo, Piper logró golpearlo. Los dos cayeron rodando por el suelo. Leo, Jason y el entrenador avanzaron en tropel para ayudarla, pero el espíritu gritó de ira. Soltó un torrente y los lanzó a todos hacia atrás. Jason y el entrenador Hedge cayeron de culo. La espada de Jason se deslizó por el cristal. Leo se golpeó la nuca y se acurrucó de lado, aturdido y gimoteando. Piper recibió la peor parte. Se vio despedida por detrás de Dylan, chocó contra la barandilla y se cayó por un lado hasta quedar colgada con una mano sobre el abismo.

Jason echó a correr hacia ella, pero Dylan gritó:

—¡Me conformaré con este!

Agarró a Leo del brazo y empezó a elevarse, arrastrando al muchacho semiinconsciente por debajo. El tornado empezó a girar más deprisa, tirando de ellos como un aspirador.

—¡Socorro! —chilló Piper—. ¡Que alguien me ayude!

Entonces se soltó y gritó al caer.

—¡Ve, Jason! —gritó Hedge—. ¡Sálvala!

El entrenador se abalanzó sobre el espíritu dando muestra de su dominio del cabra-fu: se puso a propinar patadas con las pezuñas y liberó a Leo del espíritu a fuerza de golpes. Leo cayó al suelo sano y salvo, pero Dylan agarró al entrenador por los brazos. Hedge intentó golpearle con la cabeza y, acto seguido, comenzó a darle patadas y a llamarlo «yogurín». Los dos se elevaron en el aire, ganando velocidad.

El entrenador Hedge gritó una vez más:

—¡Sálvala! ¡Yo tengo a este!

Entonces el sátiro y el espíritu de la tormenta subieron a las nubes girando en espiral y desaparecieron.

«¿Salvarla? —pensó Jason—. ¡Si ha desaparecido!»

Pero una vez más su instinto se impuso. Corrió hacia la barandilla pensando: «Estoy loco» y saltó al vacío.

 

 

A Jason no le daban miedo las alturas. Le daba miedo estamparse contra el suelo del cañón un kilómetro y medio más abajo. Pensó que lo único que iba a conseguir era morir junto a Piper, pero pegó los brazos al cuerpo y cayó de cabeza. Los flancos del cañón pasaban a toda velocidad, como una película en avance rápido. Notaba la cara como si se le estuviera despegando.

En un abrir y cerrar de ojos alcanzó a Piper, que se agitaba como loca. La agarró de la cintura y cerró los ojos, esperando la muerte. Piper gritaba. A Jason le silbaba el viento en los oídos. Se preguntaba cómo sería la muerte. Probablemente no tan mala, estaba pensando. Deseó que no alcanzaran nunca el fondo.

De repente el viento cesó. El chillido de Piper se convirtió en un grito estrangulado. Jason pensó que debían de estar muertos, pero no había notado ningún impacto.

—J… J… Jason —logró decir Piper.

Él abrió los ojos. No estaban cayendo. Estaban flotando en el aire, a treinta metros por encima del río.

Abrazó fuerte a Piper, y ella cambió de posición de forma que también pudiera abrazarlo. Tenían las narices pegadas. A ella le latía tan fuerte el corazón que Jason lo notaba a través de su ropa.

A Piper le olía el aliento a canela.

—¿Cómo has…? —preguntó.

—Yo no he sido —contestó él—. Si supiera volar lo sabría…

Pero entonces pensó: «Ni siquiera sé quién soy».

Se imaginó que subían. Piper lanzó un grito cuando se elevaron rápidamente unos centímetros. No estaban flotando exactamente, concluyó Jason. Notaba una presión bajo los pies, como si estuvieran manteniéndose en equilibrio en lo alto de un géiser.

—El aire nos está sosteniendo —dijo.

—¡Pues dile que nos sostenga más! ¡Sácanos de aquí!

Jason miró abajo. Lo más fácil sería caer suavemente al fondo del cañón. Entonces miró arriba. La lluvia había cesado. Los nubarrones no parecían tan feos, pero todavía retumbaban y emitían destellos. No tenía ninguna garantía de que el espíritu se hubiera marchado. No tenía ni idea de lo que le había pasado al entrenador Hedge. Y había dejado a Leo allí arriba, apenas consciente.

—Tenemos que ayudarles —dijo Piper, como si le hubiera leído el pensamiento—. ¿Puedes…?

—Veamos.

Jason pensó «Arriba», e inmediatamente salieron disparados hacia el cielo.

El hecho de que estuviera cabalgando a lomos del viento podría haber resultado increíble en otras circunstancias, pero estaba demasiado conmocionado. Tan pronto como aterrizaron en la plataforma, corrieron hacia Leo.

Piper le dio la vuelta, y el muchacho gimió. Su chaqueta militar estaba empapada de agua de lluvia. Su cabello rizado emitía un brillo dorado después de haberse revolcado en el polvo del monstruo. Pero al menos no estaba muerto.

—Cabra… fea… y estúpida —murmuró.

—¿Adónde ha ido? —preguntó Piper.

Leo señaló hacia arriba.

—No ha bajado. Por favor, dime que no me ha salvado la vida.

—Dos veces —dijo Jason.

Leo gimió todavía más alto.

—¿Qué ha pasado? El tío del tornado, la espada de oro… Me golpeé la cabeza. Es eso, ¿verdad? ¿Estoy alucinando?

Jason se había olvidado de la espada. Se acercó a donde estaba tirada y la cogió. La hoja estaba bien equilibrada. Tuvo un presentimiento y la lanzó al aire. En pleno giro, la espada se convirtió en una moneda y cayó en su mano.

—Sí —dijo Leo—. Decididamente estoy alucinando.

Piper se estremeció bajo su ropa empapada por la lluvia.

—Jason, esas cosas…

—Venti —dijo—. Espíritus de la tormenta.

—Vale. Pero te has comportado como… como si los hubieras visto antes. ¿Quién eres?

Él negó con la cabeza.

—Es lo que he intentado decirte. No lo sé.

La tormenta desapareció. Los demás chicos de la Escuela del Monte estaban mirando por las puertas de cristal, horrorizados. Había vigilantes de seguridad intentando abrir las cerraduras, pero no parecía que estuvieran teniendo suerte.

—El entrenador Hedge dijo que tenía que proteger a tres personas —recordó Jason—. Creo que se refería a nosotros.

—Y Dylan se convirtió en… —Piper se estremeció—. Madre mía, no me puedo creer que estuviera intentando tirarme los tejos. Nos llamó… ¿semidioses?

Leo permaneció tumbado boca arriba, contemplando el cielo. No parecía tener prisa por levantarse.

—No sé lo que significa «semi» —dijo—. Pero yo no me siento muy divino que digamos. ¿Vosotros os sentís divinos, chicos?

Se oyó un sonido brusco, como de ramas secas partiéndose, y las grietas de la plataforma empezaron a extenderse.

—Tenemos que salir de aquí —dijo Jason—. Tal vez podamos…

—Vaaale —lo interrumpió Leo—. Mirad allí arriba y decidme si eso son caballos voladores.

Al principio Jason pensó que Leo se había golpeado en la cabeza demasiado fuerte, pero entonces vio una forma oscura que descendía por el este: demasiado lenta para ser un avión y demasiado grande para tratarse de un pájaro. A medida que se acercaba, vio un par de animales alados —grises, con cuatro patas, iguales que unos caballos—, solo que cada uno tenía unas alas de unos seis metros de envergadura. Y tiraban de una caja pintada de llamativos colores con dos ruedas: un carro.

—Refuerzos —dijo—. Hedge me dijo que vendría una brigada de extracción a por nosotros.

—¿Una brigada de extracción? —Leo se levantó con dificultad—. Suena fatal.

—¿Y adónde nos van a llevar después de habernos extraído? —preguntó Piper.

Jason observó como el carro aterrizaba en el otro extremo de la plataforma. Los caballos voladores plegaron las alas y se pusieron a trotar nerviosos por el cristal, como si percibieran que se estaba rompiendo. En el carro había dos adolescentes: una chica rubia y alta que parecía un poco mayor que Jason y un chico corpulento con la cabeza afeitada y una cara que parecía un montón de ladrillos. Los dos llevaban vaqueros y camisetas de manga corta naranja con unos escudos a la espalda. La chica se bajó de un salto antes de que el carro se hubiera parado. Sacó un cuchillo y se dirigió corriendo al grupo de Jason mientras el chico refrenaba a los caballos.

—¿Dónde está? —inquirió la chica.

Sus ojos grises eran feroces y un poco llamativos.

—¿Dónde está quién? —preguntó Jason.

Ella frunció el entrecejo como si su respuesta fuera inaceptable. A continuación se volvió hacia Leo y Piper.

—¿Y Gleeson? ¿Dónde está vuestro protector, Gleeson Hedge?

¿El entrenador se llamaba Gleeson? Jason se habría echado a reír si aquella mañana no hubiera sido tan rara y espantosa. Gleeson Hedge: entrenador de fútbol americano, hombre cabra, protector de semidioses. Claro. ¿Por qué no?

Leo se aclaró la garganta.

—Se lo llevaron unos… tornados.

—Venti —dijo Jason—. Espíritus de la tormenta.

La chica rubia arqueó una ceja.

—¿Te refieres a los anemoi thuellai? Este es el término griego. ¿Quién eres y qué ha pasado?

Jason se explicó lo mejor que pudo, pero era difícil mirar aquellos intensos ojos grises. Hacia la mitad de la historia, el chico del carro se acercó. Se quedó mirándolos coléricamente con los brazos cruzados. Tenía un arcoíris tatuado en el bíceps, lo cual parecía un poco raro.

Jason acabó de contar la historia, pero la chica rubia no parecía satisfecha.

—¡No, no, no! Ella me dijo que él estaría aquí. Me dijo que si venía, encontraría la respuesta.

—Annabeth —gruñó el chico calvo—. Mira.

Señaló los pies de Jason.

Jason no había pensado mucho en ello, pero todavía le faltaba la zapatilla izquierda, que había salido volando por obra del relámpago. El pie descalzo estaba perfectamente, pero parecía un pedazo de carbón.

—El chico con un zapato —dijo el calvo—. Él es la respuesta.

—No, Butch —insistió la chica—. No puede serlo. Me han engañado. —Contempló el cielo furiosamente como si este hubiera hecho algo malo—. ¿Qué quieres de mí? —gritó—. ¿Qué has hecho con él?

La plataforma tembló, y los caballos relincharon con insistencia.

—Annabeth —dijo el calvo, Butch—, tenemos que marcharnos. Llevemos a estos tres al campamento y ya lo pensaremos allí. Los espíritus de la tormenta podrían volver.

Ella permaneció furiosa un momento.

—De acuerdo. —Clavó una mirada rencorosa a Jason—. Resolveremos esto más tarde.

Se dio media vuelta y se marchó hacia el carro.

Piper sacudió la cabeza.

—¿Qué mosca le ha picado? ¿Qué pasa?

—Eso digo yo —convino Leo.

—Tenemos que sacaros de aquí —dijo Butch—. Os lo explicaré por el camino.

—No pienso ir a ninguna parte con ella. —Jason señaló a la rubia—. Parece que quiera matarme.

Butch vaciló.

—Annabeth es de fiar. No seas duro con ella. Tuvo una visión en la que le dijeron que tenía que venir aquí a buscar a un chico con un zapato. Se suponía que era la respuesta a su problema.

—¿Qué problema? —preguntó Piper.

—Ha estado buscando a un campista que lleva tres días desaparecido —contestó Butch—. Se está volviendo loca de la preocupación. Esperaba encontrarlo aquí.

—¿A quién? —preguntó Jason.

—A su novio —respondió Butch—. Un chico llamado Percy Jackson.

 

 

III

 

Piper

 

 

 

 

Después de pasar la mañana entre espíritus de la tormenta, hombres cabra y novios voladores, Piper debería haberse vuelto loca. En cambio, lo único que sentía era miedo.

«Está empezando», pensó. Como decía el sueño.

Iba en la parte de atrás del carro con Leo y Jason, mientras que el chico calvo, Butch, manejaba las riendas y la chica rubia, Annabeth, ajustaba un instrumento de navegación de bronce. Se elevaron por encima del Gran Cañón y se dirigieron al este; el viento gélido traspasaba la chaqueta de Piper. Detrás de ellos se estaban acumulando más nubarrones.

El carro daba bandazos y sacudidas. No tenía cinturones de seguridad y la parte de atrás estaba abierta, de modo que Piper se preguntaba si Jason la volvería a coger si se caía. Eso había sido lo más inquietante de toda la mañana: no que Jason pudiera volar, sino que la hubiera tomado en brazos pero no se acordara de quién era ella.

Durante todo el semestre, Piper había trabajado en su relación, tratando de que Jason la viera como algo más que una amiga. Al final, había conseguido que el muy bobo la besara. Las últimas semanas habían sido las mejores de su vida. Y luego, tres noches atrás, el sueño lo había arruinado todo: aquella horrible voz que le había dado unas horribles noticias. No se lo había contado a nadie, ni siquiera a Jason.

Ya ni siquiera le quedaba él. Era como si alguien le hubiera borrado la memoria y ella tuviera que repetir todos los pasos. Tenía ganas de gritar. Jason estaba a su lado: aquellos ojos de color azul celeste, aquel cabello rubio rapado, aquella bonita cicatriz sobre su labio superior. Su cara era agradable y dulce, pero siempre un poco triste. Miraba fijamente al horizonte sin reparar en ella.

Mientras tanto, Leo estaba fastidiando como siempre.

—¡Cómo mola! —Escupió una pluma de pegaso—. ¿Adónde vamos?

—A un sitio seguro —contestó Annabeth—. El único sitio seguro para chicos como nosotros. El Campamento Mestizo.

—¿Mestizo?

Piper se puso inmediatamente en guardia. Odiaba esa palabra. La habían llamado mestiza demasiadas veces —medio cherokee, medio blanca—, y nunca como un cumplido.

—¿Es una broma de mal gusto?

—Se refiere a que somos semidioses —dijo Jason—. Medio dioses, medio mortales.

Annabeth miró atrás.

—Parece que sabes mucho, Jason. Sí, hablo de semidioses. Mi madre es Atenea, la diosa de la sabiduría. Butch es hijo de Iris, la diosa del arcoíris.

Leo se atragantó.

—¿Tu madre es la diosa del arcoíris?

—¿Algún problema? —dijo Butch.

—No, no —contestó Leo—. Arcoíris. Muy masculino.

—Butch es nuestro mejor jinete —informó Annabeth—. Se lleva muy bien con los pegasos.

—Arcoíris, ponis… —murmuró Leo.

—Te voy a tirar del carro —le advirtió Butch.

—Semidioses… —musitó Piper—. ¿Quieres decir que crees que sois…?, ¿que crees que somos…?

Cayó un relámpago. El carro se sacudió, y Jason gritó:

—¡La rueda izquierda está ardiendo!

Piper retrocedió. Efectivamente, la rueda estaba encendida, y llamas blancas lamían el costado del carro.

El viento rugió. Piper miró hacia atrás y vio unas figuras oscuras formándose en las nubes, más espíritus de la tormenta que descendían en espiral hacia el carro, solo que aquellos parecían más caballos que ángeles.

—¿Por qué están…? —comenzó a decir.

—Los anemoi adoptan distintas formas —dijo Annabeth—. A veces de humanos, otras de caballos, dependiendo de lo caóticos que sean. Agárrate. Esto se va a poner feo.

Butch sacudió las riendas. Los pegasos aceleraron bruscamente, y el carro se volvió borroso. A Piper le subió el estómago a la garganta. Todo se oscureció y, cuando recuperó la visión normal, estaban en un lugar totalmente distinto.

Un frío mar gris se extendía por la izquierda. Campos, carreteras y bosques cubiertos de nieve se dispersaban por la derecha. Justo debajo de ellos había un valle verde, como una isla primaveral, bordeada de colinas nevadas por tres lados y de agua por el norte. Piper vio un grupo de edificios semejantes a antiguos templos griegos, una mansión azul, campos de deporte, un lago y un muro de escalada que parecía estar ardiendo. Pero antes de que pudiera asimilar todo lo que estaba viendo, las ruedas se desprendieron y el carro cayó del cielo.

Annabeth y Butch intentaron conservar el control. Los pegasos se esforzaron por mantener la trayectoria de vuelo, pero parecían agotados por la velocidad, y cargar con el carro y el peso de cinco personas era excesivo.

—¡El lago! —gritó Annabeth—. ¡Intentad llegar al lago!

Piper se acordó de que en una ocasión su padre le había dicho que caer en el agua desde una altura elevada era tan grave como caer sobre cemento.

Y entonces… BUM.

La peor impresión fue el frío. Estaba debajo del agua, tan desorientada que no sabía hacia dónde quedaba la superficie.

Solo le dio tiempo a pensar: «Esta sería una estúpida forma de morir». Entonces aparecieron unas caras en las tinieblas verdosas: unas chicas con el cabello moreno y largo y unos brillantes ojos amarillos. Sonrieron a Piper, la agarraron por los hombros y la levantaron.

La arrojaron a la orilla mientras ella boqueaba y temblaba. Butch estaba cerca, en el lago, cortando los arreos destrozados de los pegasos. Por suerte, los caballos parecían encontrarse bien, pero agitaban las alas y salpicaban agua por todas partes. Jason, Leo y Annabeth ya estaban en la orilla, rodeados de chicos que les daban mantas y les hacían preguntas. Alguien cogió a Piper por los brazos y la ayudó a levantarse. Al parecer, a menudo caían chicos al lago, pues se acercaron corriendo con unos grandes artilugios de bronce que parecían sopladores de hojas y lanzaron aire caliente a Piper; al cabo de un par de segundos, su ropa estaba seca.

Había como mínimo veinte campistas arremolinados —el más pequeño, de unos nueve años y el mayor, con edad de estudiar en la universidad, dieciocho o diecinueve—, y todos llevaban camisetas naranja como la de Annabeth. Piper miró atrás en dirección al agua y vio a las extrañas chicas justo por debajo de la superficie, con el pelo flotando en la corriente. La saludaron con la mano y desaparecieron en las profundiades del lago. Un segundo más tarde, los restos del carro fueron expulsados del agua y cayeron cerca con un crujido.

—¡Annabeth! —Un chico con un arco y un carcaj a la espalda se abrió paso a empujones entre el gentío—. ¡Te dije que podías tomar prestado el carro, no destruirlo!

—Lo siento, Will —dijo Annabeth suspirando—. Lo arreglaré, te lo prometo.

Will contempló su carro roto con mala cara. Acto seguido evaluó a Piper, a Leo y a Jason.

—¿Estos son los elegidos? Pasan de largo de los trece años. ¿Por qué no los han reconocido ya?

—¿Reconocido? —preguntó Leo.

Antes de que Annabeth pudiera explicarlo, Will dijo:

—¿Alguna señal de Percy?

—No —admitió Annabeth.

Los campistas comenzaron a murmurar. Piper no tenía ni idea de quién era el tal Percy, pero parecía que su desaparición era muy importante.

Otra chica dio un paso adelante: alta, asiática, con el cabello moreno ensortijado, llena de joyas y perfectamente maquillada. De algún modo lograba que los vaqueros y la camiseta naranja parecieran glamurosos. Lanzó una mirada a Leo, clavó la vista en Jason como si fuera digno de su atención y, a continuación, miró a Piper haciendo una mueca de desprecio, como si fuera un burrito de hacía una semana salido de un contenedor de la basura. Piper conocía aquel tipo de chica. Había tratado con muchas como ella en la Escuela del Monte y el resto de estúpidos colegios a los que la había mandado su padre. Piper supo en el acto que iban a ser enemigas.

—Bueno —dijo la chica—, espero que merezcan las molestias.

Leo resopló.

—Vaya, gracias. ¿Qué somos, tus nuevas mascotas?

—En serio —dijo Jason—. ¿Qué tal si nos dais unas respuestas antes de empezar a juzgarnos? Por ejemplo, ¿qué es este sitio, dónde estamos y cuánto tenemos que quedarnos?

Piper se hacía las mismas preguntas, pero la invadió una oleada de inquietud. «Merezcan las molestias.» Si supieran el sueño que había tenido… No tenían ni idea.

—Jason —dijo Annabeth—, te prometo que contestaremos a tus preguntas. Y Drew… —miró a la chica glamurosa con el entrecejo fruncido—, todos los semidioses merecen ser salvados. Pero reconozco que el viaje no ha dado de sí lo que yo esperaba.

—Oye —dijo Piper—, nosotros no hemos pedido que nos trajerais aquí.

Drew se sorbió la nariz.

—Aquí nadie os quiere, cariño. ¿Siempre llevas el pelo como si fuera un tejón muerto?

Piper dio un paso adelante, dispuesta a darle una bofetada, pero Annabeth dijo:

—Quieta, Piper.

Piper obedeció. Drew no le asustaba lo más mínimo, pero Annabeth no parecía alguien con quien le conviniera enemistarse.

—Tenemos que hacer sentir bien recibidos a los recién llegados —dijo Annabeth, lanzando otra mirada penetrante a Drew—. Les asignaremos un guía a cada uno y les enseñaremos el campamento. Con suerte, esta noche en la fogata los reconocerán.

—¿Alguien quiere hacer el favor de decirme qué significa «reconocer»? —preguntó Piper.

De repente hubo un grito ahogado colectivo. Los campistas retrocedieron. Por un momento Piper pensó que había hecho algo malo, pero luego se dio cuenta de que sus caras estaban bañadas de una extraña luz roja, como si alguien hubiera encendido una antorcha detrás de ella. Se volvió y casi se quedó sin respiración.

Flotando sobre la cabeza de Leo había una deslumbrante imagen holográfica: un martillo en llamas.

—Eso —dijo Annabeth— es reconocer.

—¿Qué he hecho? —Leo retrocedió en dirección al lago. Entonces alzó la vista y gritó—: ¿Me arde el pelo?

Se agachó, pero la imagen lo siguió dando brincos y serpenteando de tal forma que parecía que estuviera intentando escribir algo en llamas con la cabeza.

—Esto no puede ser bueno… —murmuró Butch—. La maldición…

—Cállate, Butch —lo interrumpió Annabeth—. Leo, has sido reconocido…

—Por un dios —continuó Jason—. Es el símbolo de Vulcano, ¿verdad?

Todas las miradas se volvieron hacia él.

—Jason —dijo Annabeth con cautela—, ¿cómo lo has sabido?

—No estoy seguro.

—¿Vulcano? —preguntó Leo—. Ni siquiera me GUSTA Star Trek. ¿De qué estáis hablando?

—Vulcano es el nombre romano de Hefesto —dijo Annabeth—, el dios de los herreros y el fuego.

El martillo en llamas desapareció, pero Leo siguió dando manotazos al aire como si tuviera miedo de que le estuviera siguiendo.

—¿El dios de qué? ¿Quién?

Annabeth se volvió hacia el chico del arco.

—Will, ¿puedes llevarte a Leo y hacerle un recorrido por el campamento? Preséntale a sus compañeros de la cabaña nueve.

—Claro, Annabeth.

—¿Qué es la cabaña nueve? —preguntó Leo—. ¡Y yo no soy un vulcaniano!

—Vamos, señor Spock, te lo explicaré todo.

Will le puso una mano en el hombro y lo llevó hacia las cabañas.

Annabeth centró su atención de nuevo en Jason. Normalmente a Piper no le gustaba que otras chicas miraran a su novio, pero a Annabeth no parecía importarle que fuera un chico guapo. Lo observaba más bien como si fuera un plano complejo. Al final, dijo:

—Extiende el brazo.

Piper vio lo que estaba mirando y abrió los ojos como platos.

Jason se había quitado el impermeable después de caer al lago y se había quedado con los brazos descubiertos. En la cara interior del antebrazo derecho tenía un tatuaje. ¿Cómo es que Piper no se había fijado antes en él? Había mirado los brazos de Jason un millón de veces. El tatuaje no podía haber aparecido sin más, pero estaba grabado con tinta oscura, imposible de pasar por alto: una docena de líneas rectas como un código de barras, y encima, un águila con las letras SPQR.

—Nunca había visto unas marcas como esas… —dijo Annabeth—. ¿Dónde te las hicieron?

Jason negó con la cabeza.

—Me estoy cansando de decirlo, pero no lo sé.

Los otros campistas avanzaron, intentando echar un vistazo al tatuaje de Jason. Las marcas parecieron molestarles mucho, como si fueran una declaración de guerra.

—Parecen quemadas en la piel —comentó Annabeth.

—Así me las hicieron —dijo Jason. A continuación hizo una mueca como si le doliera la cabeza—. Quiero decir… eso creo. No me acuerdo.

Nadie dijo nada. Estaba claro que los campistas consideraban a Annabeth su líder. Estaban esperando su veredicto.

—Tiene que ir a ver a Quirón —decidió Annabeth finalmente—. Drew, ¿quieres…?

—Por supuesto. —Drew entrelazó su brazo con el de Jason—. Por aquí, cariño. Te presentaré a nuestro director. Es un tipo… interesante.

Lanzó a Piper una mirada de suficiencia y llevó a Jason a la gran casa azul de la colina.

La multitud empezó a dispersarse por el campamento hasta que solo quedaron Annabeth y Piper.

—¿Quién es Quirón? —preguntó Piper—. ¿Se ha metido Jason en un lío?

Annabeth vaciló.

—Buena pregunta, Piper. Ven, te llevaré de visita. Tenemos que hablar.