LA PRENSA OPINA:
«Es la mejor novela sobre viajes en el tiempo desde H. G. Wells.»
The New York Times
«La premisa podría parecer extraña, pero de la mano de Stephen King funciona perfectamente.»
Book Review
«Es una obra profundamente sentida y muy lograda. Demuestra que la maestría de King no se limita a las novelas de terror.»
The New Yorker
«Una obra madura que te hace sentir que el pasado está siempre vivo y que todas nuestras acciones o la falta de ellas tienen un impacto en el presente y lo condicionan. Una obra maestra que marca una carrera profesional que, gracias a la imaginación de King, se supera con cada libro nuevo.»
Shots Magazine
«Un libro que triunfa.»
Friday Book Club
«Destaca el talento de King en la descripción de los lugares y las épocas... Sublime y magnífico, construye hábilmente puentes y escaleras que no son solamente cósmicos y místicos sino totalmente aptos y pertinentes. Un libro radiante, brillante y con mucha clase.»
MostlyFiction Book Reviews
«Stephen King es el gran narrador americano.»
The Observer
«En sus mejores momentos, y este es el caso de 22/11/63, Stephen King hace que lo imposible parezca posible. Sabe utilizar con maestría sus herramientas: un diálogo totalmente realista, personajes perfectamente retratados, una trama que te atrapa, una motivación creíble y un trabajo de investigación excelente. No hace falta que suspendamos nuestra credulidad. El lector está totalmente cautivado y se lo cree todo.
»El retrato de la amistad, del amor, de la infamia y de la Historia que se desarrolla a través de sus casi 900 páginas es a la vez noble y desgarrador. Esta novela está a la par de sus mejores, como Apocalipsis, Misery y los tomos de La Torre Oscura.»
The National
«Stephen King está sublime en este retrato del mundo de su juventud, del Estados Unidos de los años 50 y 60 que parece evocar el mundo de los cuadros de Edward Hopper. Con 22/11/63 ha escrito su canción de amor más pura sobre esta época... Incluye a los personajes más vivos, más encantadores y más memorables.»
The Express Online
«Esta es la América de la juventud de Stephen King, un país que retrata con amor y con magníficos detalles. El país de los deliciosos batidos sin aditivos, de los teléfonos con grandes discos de números y letras, el humo denso de los Lucky Strikes, televisores con solo tres canales…
»Esta es una novela realmente adictiva, compulsiva, no solamente sobre un viaje en el tiempo o el asesinato de Kennedy, sino una novela sobre la historia reciente de Estados Unidos, sobre lo que podría haber ocurrido, y sobre el amor y cómo la vida cambia totalmente en un instante. Son casi 900 páginas que me dejaron con ganas de más. El maestro narrador en plena forma.»
Daily Mail
«En resumen, es una de las mejores novelas sobre viajes en el tiempo desde H. G. Wells. King ha capturado algo maravilloso. ¿Sería como plantear la realidad? Cuanto más te acercas a la Historia, más insondable parece. Ha escrito una novela profundamente romántica y pesimista a la vez. Es romántica en cuanto a la posibilidad de amar de verdad, pero pesimista en cuanto a todo lo demás [...] Nos habla de algo terrorífico, indiferente a la vida humana, y a la vez real y familiar: el tiempo.»
The New York Times
«Por primera vez, Stephen King ha basado su novela en hechos reales, en uno de los hombres más malignos y notorios de la historia americana, Lee Harvey Oswald [...] Una novela violenta, llena de suspense con algún toque sobrenatural...»
The Wall Street Journal
«Stephen King nos ofrece todos los placeres que esperamos encontrar en sus libros: personajes de buen corazón y vidas dañadas, aventuras con escenarios fantasiosos, pero totalmente creíbles por sus raíces en la realidad, diálogos y lugares tan reales que nos transportan sin ningún esfuerzo por los giros de la trama [...] La novela está poblada por estos personajes de King, que son tan reales y tan memorables que siempre estamos de su lado. […] Los lugares, las tiendas, los vestidos, las canciones, los coches, todos son tan realistas en cada detalle que hasta los elementos de fantasía nos parecen totalmente reales.»
The Washington Post
«Uno de los aspectos más brillantes de la novela son los cinco años que Jake ha de vivir en el pasado. Trabaja de profesor y sigue la pista de Oswald. Durante estos años de ficción histórica, la novela se transforma en una gran historia de amor cuando Jake se enamora de la bibliotecaria del instituto.
»Esta no es otra novela típica de Stephen King. Es una obra extraordinaria.»
USA Today
«En este libro, el lector ve claramente los cuarenta años de oficio narrativo del autor. Al viajar hacia el pasado, este magnífico narrador da otro paso adelante en la literatura americana.»
The Guardian
«Esta nueva novela épica es posiblemente el primer thriller romántico de conspiración y viajes en el tiempo de la literatura.»
The Independent
Nunca he sido lo que se diría un hombre llorón.
Mi ex mujer alegó que el motivo principal de la separación era mi «inexistente gradiente emocional» (como si el tipo que conoció en las reuniones de Alcohólicos Anónimos no hubiera influido). Christy dijo que suponía que podía perdonarme por no haber llorado en el funeral de su padre, solo le había conocido seis años y no podía entender lo maravilloso y generoso que había sido (como cuando, por ejemplo, le regaló un Mustang descapotable por su graduación). Pero luego, cuando tampoco lloré en los funerales de mis propios padres —murieron con dos años de diferencia, mi padre de cáncer de estómago y mi madre de un inesperado ataque al corazón mientras paseaba por una playa de Florida—, empezó a comprender esa cosa del inexistente gradiente emocional. Yo era «incapaz de sentir mis sentimientos», en lenguaje de AA.
—Jamás te he visto derramar ni una lágrima —me dijo ella, hablando con la monótona entonación que la gente emplea cuando está expresando el argumento definitivo que marca el final de una relación—. Ni siquiera cuando me amenazaste con marcharte si no iba al centro de desintoxicación.
Esta conversación tuvo lugar aproximadamente seis meses antes de que ella recogiera sus cosas, las metiera en su coche, y se mudara a la otra punta de la ciudad con Mel Thompson. «Chico conoce a chica en el campus de AA.» He aquí otra frase de esas reuniones.
No lloré cuando la vi partir. Tampoco lloré cuando regresé a la pequeña casa con la desproporcionada hipoteca. La casa que no había recibido a ningún bebé y que ya nunca lo recibiría. Me senté simplemente en la cama que ahora me pertenecía a mí solo, me tapé los ojos con el brazo, y me lamenté.
Sin lágrimas.
Pero no estoy emocionalmente bloqueado. Christy se equivocaba en eso. Un día, cuando tenía nueve años, volvía a casa del colegio y encontré a mi madre esperándome en la puerta. Me dijo que Rags, mi perro, había muerto atropellado por un camión que ni siquiera se molestó en detenerse. No lloré cuando lo enterramos, aunque mi padre me aseguró que nadie pensaría mal de mí si lo hacía, pero sí lloré cuando ella me lo contó. En parte porque fue mi primera experiencia con la muerte, pero sobre todo porque era mi responsabilidad asegurarme de dejarlo encerrado en nuestro patio trasero.
Y también lloré cuando el médico de mi madre telefoneó para contarme lo sucedido aquel día en la playa.
—Lo siento, pero no hubo nada que hacer —dijo—. A veces, cuando es tan repentino, los médicos solemos considerarlo una bendición.
Christy no estaba allí (aquel día tuvo que quedarse hasta tarde en el colegio para reunirse con una madre que quería hablar de las notas de su hijo), pero yo lloré, ¿vale? Me metí en nuestro pequeño lavadero y cogí una sábana sucia del cesto y lloré. No mucho rato, pero las lágrimas rodaron. Se lo podría haber contado más tarde, pero no le vi el sentido, en parte porque ella me habría dicho que quería inspirar lástima (esta no es una expresión de AA, pero tal vez debería serlo), y en parte porque no creo que la capacidad para soltar berridos en el momento justo deba ser un requisito para el buen funcionamiento de un matrimonio.
Nunca vi llorar a mi padre, ahora que lo pienso; a lo sumo, expresaba sus emociones exhalando un profundo suspiro o gruñendo alguna risita a regañadientes; para William Epping no existían las lamentaciones ostentosas golpeándose el pecho ni las carcajadas estridentes. Pertenecía a esa clase de personas extremadamente calladas, y en gran medida, mi madre era igual. Así que quizá esta «no facilidad» para el llanto sea genética. Pero ¿bloqueado? ¿Incapaz de sentir mis sentimientos? No, yo nunca he sido así.
Aparte de cuando me dieron la noticia de mi madre, únicamente recuerdo otra ocasión en la que lloré de adulto, y eso fue cuando leí la historia del padre del conserje. Estaba solo, sentado en la sala de profesores del Instituto de Secundaria Lisbon, corrigiendo un montón de redacciones que mi clase de lengua del programa para adultos había escrito. Por el pasillo me llegaba el ruido sordo de los balones de baloncesto, el estruendo de la bocina de tiempo muerto y el clamor del público que jaleaba mientras combatían las bestias del deporte: los Galgos de Lisbon contra los Tigres de Jay.
¿Quién puede saber cuándo tu vida pende de un hilo, o por qué?
El tema que les había asignado era «El día que me cambió la vida». La mayoría de estos trabajos, aunque sinceros, eran horribles: relatos sentimentales acerca de una tía bondadosa que había acogido a una adolescente embarazada, un compañero del ejército que había demostrado el verdadero significado de la valentía, un encuentro fortuito con un famoso (creo que Alex Trebek, el presentador de Jeopardy!, pero quizá se trataba de Karl Malden). Aquellos de vosotros que seáis profesores y, por un salario extra de tres o cuatro mil dólares al año, hayáis dado alguna vez clase a adultos que estudian para sacarse el Diploma de Equivalencia de Secundaria, sabréis lo desalentadora que puede resultar la tarea de leer este tipo de redacciones. La nota apenas cuenta, o al menos para mí; yo aprobaba a todo el mundo, porque nunca he tenido un alumno adulto que no se dejara la piel en el empeño. Si entregabas una hoja de papel con algo escrito, Jake Epping, del departamento de lengua del Instituto Lisbon, siempre te echaba un cable, y si las frases estaban organizadas en párrafos, sacabas como mínimo un notable bajo.
Lo que hacía la tarea ardua era que el rotulador rojo sustituía a mi boca como principal herramienta docente, y gastaba casi un rotulador entero. Me deprimía saber que muy poco de lo que señalara con aquella tinta roja iba a ser asimilado; si llegas a la edad de veinticinco o treinta años y no has aprendido a escribir correctamente (completo, no conpleto), o a poner mayúsculas donde corresponda (Casa Blanca, no casa-blanca), o a construir una frase que contenga un sustantivo y un verbo, probablemente ya nunca aprenderás. Aun así, seguimos al pie del cañón, trazando círculos alegremente alrededor de las faltas de ortografía en frases como «Mi marido se apresuró ha juzgarme» o tachando la palabra voceando y reemplazándola por buceando en la frase «Después de eso, iba muchas veces voceando hasta la balsa».
En definitiva, una tarea inútil y pesada la que estaba realizando aquella noche mientras, no muy lejos, otro partido de baloncesto de instituto se escurría hacia otro bocinazo final, mundo sin fin, amén. Esto ocurrió poco después de que Christy abandonara el centro de desintoxicación, y supongo que pensaba, si es que realmente pensaba en algo, en la esperanza de llegar a casa y encontrarla sobria (y así fue; se ha aferrado a su sobriedad mejor de lo que se aferró a su marido). Recuerdo que me dolía un poco la cabeza y me masajeaba las sienes del modo en que uno lo hace cuando intenta evitar que un pequeño pinchazo se convierta en una saeta. Recuerdo que pensé: Tres más, solo tres, y podré largarme de aquí. Me iré a casa, me prepararé una taza grande de cacao instantáneo, y me sumergiré en la nueva novela de John Irving sin tener estas historias sinceras pero mal escritas pendiendo sobre mi cabeza.
No hubo violines ni campanas de alarma cuando saqué del montón la redacción del conserje y la puse delante de mí, ninguna sensación de que ni mi insignificante vida ni la de nadie estaba a punto de cambiar. Pero eso nunca se sabe, ¿verdad? La vida cambia en un instante.
El conserje había utilizado un bolígrafo barato cuya tinta emborronaba las cinco páginas en varios sitios; debió de mancharse todos los dedos. Su caligrafía era un garabato enrevesado pero legible, y debió de presionar con fuerza, porque las palabras quedaron verdaderamente grabadas en aquellas páginas de cuaderno barato; si hubiera cerrado los ojos y deslizado los dedos por la parte de atrás de aquellas hojas arrancadas, habría sido como leer Braille. El final de cada y minúscula estaba rematado con una pequeña ondulación, una especie de floritura. Lo recuerdo con especial claridad.
También recuerdo cómo empezaba su redacción. Lo recuerdo palabra por palabra.
No fue un día sino una noche. La noche que cambió mi vida fue la noche cuando mi padre asesinó a mi madre y dos hermanos y me irió grave. También irió a mi hermana, tan grave que ella cayó en coma. En tres años murió sin despertar. Se llamaba Ellen y la queria mucho. Le gustaba recoger flores y ponerlas en botellas.
Hacia la mitad de la primera página empezaron a picarme los ojos y solté mi fiel rotulador rojo. Fue al llegar a la parte en que describía cómo se arrastraba debajo de la cama, con los ojos cubiertos de sangre (también me corría por la garganta y sabía horrible), cuando empecé a llorar (Christy se habría sentido muy orgullosa). Lo leí de principio a fin sin hacer ni una sola marca, enjugándome los ojos para que las lágrimas no cayeran sobre las páginas que obviamente le habían costado tanto esfuerzo. ¿No había creído que era el más lento de la clase, quizá solo medio peldaño por encima de lo que solíamos llamar «discapacitado mental educable»? Bueno, por Dios, existía una razón para ello, ¿no? Y también para la cojera. Después de todo, era un milagro que hubiera sobrevivido. Pero lo había hecho. Un hombre amable que siempre sonreía y nunca levantaba la voz. Un hombre amable que había pasado por un infierno y que se estaba esforzando —con humildad y esperanza, como la mayoría de ellos— para sacarse un título de secundaria. Aunque continuaría siendo conserje durante el resto de su vida, solo un tipo con pantalones caqui marrones o verdes, empujando una escoba o rascando chicle del suelo con la espátula que siempre guardaba en el bolsillo trasero. Quizá pudo haber sido algo diferente, pero una noche su vida cambió en un instante y ahora simplemente era un tipo con uniforme al que los críos apodaban Harry el Sapo por su manera de andar.
Así que lloré. No mucho rato, pero aquellas fueron lágrimas reales, de esas que surgen de lo más hondo. Por el pasillo me llegó el sonido de la banda de música del Lisbon, que tocaba el himno de la victoria, así que el equipo de casa había ganado, bien por ellos. Más tarde, tal vez, Harry y un par de colegas aparecerían en las gradas y barrerían la porquería que hubiera caído debajo.
Tracé una gran A en rojo en la primera página del trabajo. Me quedé mirándola un minuto o dos, luego añadí un gran + en rojo. Porque era bueno, y porque su dolor había provocado una reacción emocional en mí, su lector. ¿Acaso no es eso lo que debe lograr un escrito sobresaliente? ¿Provocar una respuesta?
En cuanto a mí, solo desearía que la antigua Christy Epping hubiera estado en lo cierto. Desearía haber sido una persona emocionalmente bloqueada, al fin y al cabo. Porque todo cuanto siguió —todas y cada una de las cosas terribles que siguieron— derivó de aquellas lágrimas.
Harry Dunning se graduó de manera triunfal. Yo asistí a la pequeña ceremonia en el gimnasio del instituto, por invitación suya. En realidad, él no tenía a nadie más, así que acepté con mucho gusto.
Tras la bendición (pronunciada por el padre Bandy, quien raramente se perdía un acto del instituto), me abrí paso entre el remolino de amigos y familiares hasta donde, solitario, se encontraba Harry envuelto en su inflada toga negra, sosteniendo el diploma en una mano y el birrete alquilado en la otra. Le cogí el gorro para poder estrecharle la mano. Sonrió, exponiendo una dentadura con muchos agujeros y varias piezas torcidas. Aun así, esgrimía una sonrisa radiante y cautivadora.
—Gracias por venir, señor Epping. Muchas gracias.
—Ha sido un placer. Y puedes llamarme Jake. Es un pequeño privilegio que concedo a los estudiantes que tienen edad suficiente para ser mi padre.
Por un momento pareció confundido, entonces se echó a reír.
—Sí, supongo que es así, ¿no? ¡Ostras!
Yo también me eché a reír. Un montón de gente reía a nuestro alrededor. Y corrían las lágrimas, por supuesto. Lo que para mí entraña tanta dificultad, resulta fácil para muchas personas.
—¡Y ese sobresaliente alto! ¡Ostras! ¡Nunca en toda mi vida había sacado un sobresaliente alto! ¡Ni siquiera lo esperaba!
—Te lo merecías, Harry. Y bueno, ¿qué es lo primero que vas a hacer como graduado de secundaria?
Su sonrisa desapareció por un segundo; era una perspectiva que no había contemplado.
—Pues supongo que volveré a casa. Tengo una casita alquilada en Goddard Street, ¿sabe? —Alzó el diploma, sujetándolo cuidadosamente con las yemas de los dedos, como si la tinta pudiera correrse—. Le pondré un marco y lo colgaré en la pared. Después supongo que me serviré una copa de vino y me sentaré en el sofá y me quedaré admirándolo hasta la hora de dormir.
—Parece un buen plan —dije—, pero antes, ¿te gustaría acompañarme a comer una hamburguesa con patatas fritas? Podríamos ir a Al’s.
Esperaba una mueca como respuesta, aunque, por supuesto, estaba juzgando a Harry tomando como patrón a mis colegas. Por no mencionar a la mayoría de los chicos a los que enseñábamos; evitaban Al’s como la peste y solían frecuentar el Dairy Queen frente al instituto o el Hi-Hat en la 196, cerca de donde en otro tiempo estuvo el viejo autocine de Lisbon.
—Sería estupendo, señor Epping. ¡Gracias!
—Jake, ¿recuerdas?
—Jake, claro.
De modo que llevé a Harry a Al’s, donde yo era el único cliente asiduo de entre el profesorado y, aunque aquel verano había contratado a una camarera, nos sirvió el propio Al. Como de costumbre, un cigarrillo (ilegal en establecimientos públicos hosteleros, pero eso nunca fue un impedimento) ardía en la comisura de sus labios, y entornaba el ojo del mismo lado a causa del humo. Cuando vio la toga de graduación doblada y comprendió el motivo de la celebración, insistió en correr con la cuenta (si podía llamarse así; las comidas en Al’s eran extraordinariamente baratas, lo cual había suscitado rumores acerca del destino de ciertos animales callejeros de la vecindad). Además, nos sacó una foto, que más tarde colgó en lo que él denominaba Muro Local de los Famosos. Entre los «famosos» representados se incluía al difunto Albert Dunton, fundador de la Joyería Dunton; a Earl Higgins, un antiguo director del instituto; a John Crafts, fundador de Automóviles John Crafts, y, por supuesto, al padre Bandy, de la iglesia de San Cirilo. (El sacerdote estaba emparejado con el papa Juan XXIII; este último no por ser lugareño, sino por la veneración de Al Templeton, quien se definía como «un buen católico».) La foto que Al sacó aquel día muestra a Harry Dunning con una gran sonrisa. Yo posaba a su lado, y ambos sujetábamos el diploma. Su corbata estaba ligeramente torcida. Lo recuerdo porque me hizo pensar en aquellos garabatos que trazaba al final de las y minúsculas. Lo recuerdo todo. Lo recuerdo muy bien.
Dos años más tarde, el último día de curso, me encontraba sentado en la misma sala de profesores leyendo una hornada de trabajos finales que mis alumnos de la clase avanzada de poesía americana habían escrito. Los chicos ya se habían marchado, libres y despreocupados ante un nuevo verano, y pronto yo seguiría su ejemplo. Por el momento, me alegraba de estar donde estaba, disfrutando de ese silencio poco frecuente. Pensé que antes de irme incluso tendría que limpiar el armario donde guardábamos comida. Alguien tenía que hacerlo, pensé.
Más temprano, ese mismo día, Harry Dunning se me había acercado cojeando después de las tutorías (que habían sido especialmente bulliciosas, como suele ocurrir en todas las aulas y salas de estudio el último día de curso) y me había tendido la mano.
—Quería darle las gracias por todo —dijo.
Sonreí abiertamente.
—Ya lo hiciste, según recuerdo.
—Sí, pero este es mi último día. Me jubilo, así que quería estar seguro y darle las gracias otra vez.
Mientras le estrechaba la mano, un chaval que pasaba a nuestro lado —seguramente del segundo curso, a juzgar por la cosecha fresca de espinillas y el tragicómico rastrojo que aspiraba a ser perilla en el mentón— susurró:
—Harry el Sapo, brincando calle a-ba-jo.
Hice ademán de agarrarle con la intención de obligarle a que se disculpara, pero Harry me detuvo. Su sonrisa era natural y no parecía ofendido.
—Bah, no se preocupe, estoy acostumbrado. Son solo niños.
—Correcto —asentí—. Y nuestro trabajo es educarlos.
—Lo sé, y a usted se le da bien. Pero no es mi trabajo ser… cómo se dice, el «momento enseñable» de nadie. Y hoy menos aún. Espero que se cuide, señor Epping. —Quizá tuviera edad suficiente para ser mi padre, pero por lo visto Jake siempre iba a estar fuera de su alcance.
—Tú también, Harry.
—Nunca olvidaré ese sobresaliente alto. También le puse un marco. Lo tengo junto a mi diploma.
—Bien hecho.
Y era cierto. Era perfecto. Su redacción había sido arte primitivista, pero en todos los aspectos tan poderoso y auténtico como cualquier pintura de la abuela Moses. Desde luego, era mejor que el material que leía en ese momento. Esos trabajos estaban redactados con una ortografía en su mayor parte correcta y un lenguaje claro (aunque mis precavidos alumnos «no corredores de riesgos» destinados a la universidad tenían una irritante tendencia a caer en la voz pasiva), pero el mensaje era pálido. Aburrido. Mis chicos de la clase avanzada pertenecían a los primeros cursos —Mac Steadman, el director del departamento, se adjudicaba los del último año—, pero escribían como ancianitos y ancianitas, todo con un estilo amanerado y «oooh, no resbales en ese suelo helado, Mildred». A pesar de sus lapsus gramaticales y su concienzuda cursiva, Harry Dunning había escrito como un héroe. En una ocasión, al menos.
Mientras cavilaba sobre la diferencia entre la literatura ofensiva y defensiva, el interfono de la pared carraspeó.
—¿Está el señor Epping en la sala de profesores del ala oeste? ¿Por casualidad sigues ahí, Jake?
Me levanté, apreté el botón con el pulgar y dije:
—Sigo aquí, Gloria. Por mis pecados. ¿En qué puedo ayudarte?
—Tienes una llamada. Un tipo llamado Al Templeton. Puedo pasártela si quieres. O decirle que ya te has ido.
Al Templeton, dueño y operario de Al’s Diner, del que renegaba todo el cuerpo docente del instituto, excepto un servidor. Incluso mi estimado director del departamento —que intentaba hablar como un catedrático de Cambridge y que también se aproximaba a la edad de jubilación— era conocido por referirse a la especialidad de la casa como la Famosa Gatoburguesa de Al en lugar de la Famosa Granburguesa de Al.
Bueno, claro que no es realmente de gato, diría la gente, o probablemente no es de gato, pero si cuesta uno con diecinueve, tampoco puede ser de ternera.
—¿Jake? ¿Te me has quedado dormido?
—No, no, estoy bien despierto. —Además, sentía curiosidad por saber por qué Al me llamaba al instituto. Y, si vamos al caso, por qué me llamaba siquiera. La nuestra siempre había sido una relación estrictamente cocinero-cliente. Yo apreciaba su comida, y Al apreciaba mi patrocinio—. Adelante, pásamelo.
—De todas formas, ¿por qué sigues aquí?
—Me estoy flagelando.
—¡Oooh! —exclamó Gloria, y pude imaginarla aleteando sus largas pestañas—. Me encanta cuando dices guarrerías. No cuelgues y espera hasta que oigas el ring-ring.
Cortó la comunicación. La extensión sonó y levanté el auricular.
—¿Jake? ¿Estás ahí, socio?
Al principio pensé que Gloria debía de haber entendido mal el nombre. Aquella voz no podía pertenecer a Al. Ni siquiera el peor resfriado del mundo podría haber producido semejante graznido.
—¿Quién es?
—Al Templeton, ¿no te lo han dicho? Jesús, ese tono de espera es un asco. ¿Qué pasó con Connie Francis?
Empezó a toser, emitiendo un ruido de trinquetes tan fuerte que me obligó a apartar el teléfono de la oreja.
—Parece que tengas la gripe.
Se echó a reír, pero a la vez seguía tosiendo. La combinación resultaba verdaderamente truculenta.
—He pillado algo, sí.
—Ha debido de pegarte rápido. —Había estado allí el día anterior tomando una cena temprana. Una Granburguesa, patatas fritas y un batido de fresa. En mi opinión, es fundamental que un tipo que vive solo les dé a todos los grupos alimenticios importantes.
—Podrías decirlo así. Aunque también podrías decir que tardó su tiempo. Acertarías de cualquiera de las dos formas.
No supe qué responder a eso. Había mantenido muchas conversaciones con Al en los seis o siete años que llevaba frecuentando el Diner, y él podía ser raro —insistía en referirse a los Patriots de Nueva Inglaterra como los Patriots de Boston, por ejemplo, y hablaba de Ted Williams como si le conociera igual que a un hermano—, pero nunca había tenido una conversación tan extraña como aquella.
—Jake, necesito verte. Es importante.
—¿Puedo preguntar…?
—Ya cuento con que me harás muchas preguntas, y las responderé, pero no por teléfono.
Ignoraba cuántas respuestas sería capaz de dar antes de que le fallara la voz, pero le prometí que iría aproximadamente en una hora.
—Gracias. Ven antes si puedes. El tiempo es, como se suele decir, de vital importancia. —Y colgó, tal cual, sin despedirse siquiera.
Terminé de leer dos trabajos más, y aunque solo me quedaban cuatro, eso no me sirvió de motivación. Había perdido el humor. Así que los deslicé en mi maletín y me marché. Me pasó por la cabeza la idea de subir a la oficina y desearle a Gloria un buen verano, pero no me molesté. Ella estaría allí toda la semana siguiente, cerrando los libros de otro año escolar, y yo iba a volver el lunes para limpiar el armarito; se trataba de una promesa que me había hecho a mí mismo. De otro modo, los profesores que usaran la sala del ala oeste durante el verano lo encontrarían infestado de bichos.
Si hubiera sabido lo que me deparaba el futuro, ciertamente habría subido a verla. Quizá incluso le habría dado el beso que flirteaba en el aire entre nosotros desde el último par de meses. Pero, por supuesto, no lo sabía. La vida cambia en un instante.
Al’s Diner ocupaba una enorme caravana plateada frente a las vías de Main Street, a la sombra de la vieja fábrica textil Worumbo. Lugares como ese pueden parecer vulgares, pero Al había ocultado los bloques de cemento sobre los que se asentaba su establecimiento con frondosos parterres de flores. Tenía incluso un cuadrado de césped que él mismo recortaba con un antiguo cortacésped manual. El aparato estaba tan bien cuidado como las flores y el césped; ni rastro de herrumbre en las runruneantes hojas, pintadas de un color resplandeciente. Bien podría haberla comprado en la tienda local de Western Auto la semana anterior…, si aún hubiera un Western Auto en Las Falls, claro. En otro tiempo sí hubo uno, pero cayó víctima de las grandes superficies con el cambio de siglo.
Avancé por el camino pavimentado, subí los escalones, y entonces me detuve con el ceño fruncido. El letrero en el que se leía ¡BIENVENIDOS A AL’S DINER, EL HOGAR DE LA GRANBURGUESA! ya no estaba. Lo sustituía un cuadrado de cartón que anunciaba CERRADO POR ENFERMEDAD. NO REABRIREMOS. GRACIAS POR ELEGIRNOS TODOS ESTOS AÑOS & QUE DIOS OS BENDIGA.
Aún no me había internado en la niebla de irrealidad que pronto me engulliría, pero los primeros zarcillos ya se filtraban, rodeándome, y los sentía. No era un resfriado de verano lo que había causado la ronquera que oí en la voz de Al ni los graznidos de tos. Tampoco había sido la gripe. A juzgar por el letrero, se trataba de algo más serio. Pero ¿qué clase de enfermedad grave se contraía en veinticuatro horas? En menos, realmente. Eran las dos y media. Me había marchado de Al’s a las cinco cuarenta y cinco, y entonces se encontraba bien. Casi frenético, de hecho. Recuerdo que le pregunté si no habría estado bebiendo mucho café, y respondió que no, que solo estaba pensando en tomarse unas vacaciones. ¿Las personas que están enfermas (lo bastante enfermas como para cerrar el negocio que han regentado en solitario durante más de veinte años) hablan de tomarse unas vacaciones? Algunas, quizá, pero probablemente no sean muchas.
La puerta se abrió antes de que mi mano alcanzara el picaporte, y allí estaba Al mirándome, sin sonreír. Eché una ojeada por encima del hombro, sintiendo que aquella niebla de irrealidad se espesaba a mi alrededor. El día era cálido; la niebla, fría. En aquel momento aún habría podido dar media vuelta y salir de ella, regresar al sol de junio, y una parte de mí deseó hacerlo. Sin embargo, más que nada, me quedé petrificado por el asombro y la consternación. También por el terror, debería admitirlo. Porque las enfermedades graves nos aterrorizan, ¿verdad?, y bastaba un simple vistazo para notar que Al se encontraba gravemente enfermo. Aunque puede que mortalmente sea la palabra más apropiada.
No solo era que sus normalmente rubicundas mejillas se habían tornado flácidas y cetrinas. No solo era el velo que cubría sus ojos azules, que ahora parecían desvaídos y miopes. Ni siquiera era su pelo, antes casi todo negro y ahora casi todo blanco…, después de todo, tal vez se aplicaba uno de esos productos cosméticos por vanidad y decidió de improviso lavárselo y dejárselo al natural.
Lo imposible del asunto era que, en las veintidós horas transcurridas desde la última vez que lo había visto, Al Templeton parecía haber perdido por lo menos quince kilos. Quizá veinte, lo cual representaría un cuarto de su anterior peso corporal. Nadie pierde quince o veinte kilos en menos de un día, nadie. Sin embargo, mis ojos no me engañaban. Y aquí, creo, fue donde la niebla de irrealidad me engulló de un bocado.
Al sonrió, y advertí que, además de peso, había perdido varios dientes. Las encías presentaban un aspecto pálido y enfermizo.
—¿Te gusta mi nuevo yo, Jake? —Y empezó a toser, espesos sonidos de cadenas que surgían desde sus entrañas.
Abrí la boca. No brotó palabra alguna. La idea de huir se cernió de nuevo sobre cierta parte cobarde y asqueada de mi mente, pero incluso si dicha parte hubiera tenido el control, no habría podido hacerlo. Estaba clavado en el suelo.
Al dominó la tos y sacó un pañuelo del bolsillo trasero. Se limpió primero la boca y luego la palma de la mano. Antes de que volviera a guardarlo, pude distinguir algunas vetas rojas.
—Entra —me dijo—. Tengo mucho que contar, y creo que eres el único que me escuchará. ¿Me vas a escuchar?
—Al. —Mi voz sonaba tan baja y débil que a duras penas me oía a mí mismo—. ¿Qué te ha pasado?
—¿Me vas a escuchar?
—Claro.
—Tendrás preguntas, y responderé a tantas como pueda, pero procura que sean las mínimas. No me queda demasiada voz. Diablos, no me queda demasiada fuerza. Vamos dentro.
Entré. El restaurante estaba oscuro y frío y vacío; la barra, bruñida y sin migas; el cromo de los taburetes relucía, la urna de la cafetera brillaba lustrosa; el cartel que decía SI NO TE GUSTA NUESTRA CIUDAD, BUSCA UN HORARIO seguía en su sitio de costumbre, junto a la caja registradora Sweda. Lo único que faltaba eran los clientes.
Bueno, y el cocinero-propietario, por supuesto. Al Templeton había sido reemplazado por un fantasma anciano y renqueante. Cuando corrió el pestillo de la puerta, encerrándonos dentro, el sonido retumbó con fuerza.
—Cáncer de pulmón —explicó con total naturalidad tras dirigirnos a un reservado en el otro extremo del restaurante. Se dio unas palmadas en el bolsillo de su camisa, y vi que estaba vacío. El siempre presente paquete de Camel había desaparecido—. No fue una gran sorpresa. Empecé a fumar a los once años y no lo dejé hasta el día que me lo diagnosticaron. Más de cincuenta condenados años. Tres paquetes diarios hasta que el precio subió en 2007. Entonces hice un sacrificio y lo rebajé a dos diarios. —Se echó a reír, resollando.
Pensé en decirle que sus cálculos tenían que estar equivocados, porque yo conocía su edad real. Un día del invierno anterior, al preguntarle por qué estaba manejando la parrilla con un gorro de cumpleaños puesto, contestó «Porque hoy cumplo cincuenta y siete, socio. Lo que me convierte en un Heinz oficial». Sin embargo, me había rogado que no hiciera preguntas a menos que fuera absolutamente necesario, y supuse que la petición incluía no interrumpir para realizar correcciones.
—Si yo fuera tú, y ojalá lo fuera, aunque nunca desearía que tú fueras yo, no en mi situación actual, estaría pensando: «Aquí está pasando algo muy raro, nadie coge un cáncer de pulmón avanzado de la noche a la mañana». ¿Es correcto?
Asentí con la cabeza. Exactamente.
—La respuesta es muy simple. No ha sido de la noche a la mañana. Empecé a toser y a echar los higadillos hace unos siete meses, en mayo.
Eso era una novedad para mí; si había tosido, no fue mientras yo estaba presente. Además, se equivocaba otra vez en los cálculos.
—Al, ¿hola? Estamos en junio. Hace siete meses era diciembre.
Agitó una mano —falanges delgadas, el anillo del cuerpo de Marines colgando de un dedo donde antes solía encajar cómodamente— como diciendo «Por ahora, pásalo por alto, no lo tomes en cuenta».
—Al principio pensé que había cogido un catarro. Pero no tenía fiebre, y en lugar de mejorar, la tos empeoró. Después empecé a perder peso. Bueno, no soy estúpido, socio, y siempre supe que la C mayúscula podría estar esperándome en la baraja… aunque mis padres fumaban como condenadas chimeneas y vivieron más de ochenta años. Supongo que siempre encontramos excusas para mantener nuestros malos hábitos, ¿no?
Empezó a toser de nuevo y sacó el pañuelo. Cuando el ataque remitió, dijo:
—No puedo irme por las ramas, pero lo he estado haciendo toda mi vida y es difícil parar. Más difícil que dejar los cigarrillos, en realidad. La próxima vez que empiece a divagar, haz como si te cortaras la garganta con el dedo, ¿vale?
—De acuerdo —asentí con suficiente amabilidad. Para entonces, ya se me había ocurrido que lo estaba soñando todo. De ser así, se trataba de un sueño sumamente vívido, uno que incluía hasta la última sombra arrojada por el ventilador del techo, sombras que desfilaban por los manteles individuales donde se leía ¡NUESTRO BIEN MÁS PRECIADO ERES TÚ!
—Para abreviar, fui al médico y me hizo una radiografía, y allí estaban, grandes como el demonio. Dos tumores. Necrosis avanzada. Inoperable.
Una radiografía, pensé; ¿seguían utilizándolas para diagnosticar el cáncer?
—Me quedé allí una temporada, pero al final tuve que regresar.
—¿De dónde? ¿De Lewiston? ¿Del Hospital General de Central Maine?
—De mis vacaciones. —Sus ojos me observaban fijamente desde las oscuras cavidades en donde estaban desapareciendo—. Salvo que no eran ningunas vacaciones.
—Al, nada de esto tiene sentido para mí. Ayer tú estabas aquí y estabas bien.
—Échale un buen vistazo a mi cara. Empieza por el pelo y sigue hacia abajo. Procura ignorar lo que me está haciendo el cáncer (hace estragos en el aspecto de una persona, de eso no cabe duda) y luego dime que soy el mismo hombre que viste ayer.
—Bueno, es evidente que te has quitado el tinte…
—Nunca he usado tinte. No me molestaré en dirigir tu atención hacia los dientes que he perdido mientras estaba… fuera. Sé que te has fijado. ¿Crees que eso lo hizo una máquina de rayos X? ¿O el estroncio noventa en la leche? Ni siquiera bebo leche, excepto una gota en la última taza de café del día.
—¿Estroncio qué?
—No importa. Busca en tu, ya sabes, en tu lado femenino. Mírame como miran las mujeres cuando quieren calcular la edad de otra.
Probé a hacer lo que me pedía, y aunque lo que observé nunca se sostendría ante un tribunal, a mí me convenció. Telarañas de estrías se desplegaban alrededor de sus ojos, y en los labios se apreciaban los finos y delicadamente arrugados pliegues que uno distingue en las personas que ya no tienen que enseñar sus tarjetas de descuento de la tercera edad en las taquillas de los multicines. Surcos de piel que no habían estado allí la noche anterior ahora cruzaban la frente de Al. Otras dos arrugas, mucho más profundas, enmarcaban su boca. La barbilla se veía más afilada, y la piel del cuello había ganado en flacidez. El mentón puntiagudo y dos pliegues de piel en la garganta podrían ser consecuencia de la catastrófica pérdida de peso de Al, pero aquellas arrugas… y si no mentía con respecto a su pelo…
Sonreía un poco. Era una sonrisa adusta carente de humor. Lo que, de algún modo, la agravaba.
—¿Recuerdas mi cumpleaños el pasado marzo? «No te preocupes, Al», dijiste, «si ese estúpido gorro de fiesta se te prende cuando estés agachado sobre la parrilla, agarraré el extintor y te apagaré». ¿Te acuerdas?
Me acordaba.
—Dijiste que ya eras un Heinz oficial.
—Eso es. Y ahora tengo sesenta y dos años. Sé que el cáncer me hace parecer todavía más viejo, pero esos… y esos… —Se tocó la frente y a continuación el contorno de los párpados—. Esos son auténticos tatuajes de la edad. Medallas de honor, en cierto sentido.
—Al… ¿puedo beber un vaso de agua?
—Claro. Menudo shock, ¿no? —Me miraba con comprensión—. Seguro que piensas: «O yo estoy loco, o él está loco, o lo estamos los dos». Lo sé. Ya he pasado por eso.
Se impulsó fuera del reservado con gran esfuerzo, colocando la mano derecha por debajo de la axila izquierda, como si de algún modo intentara mantenerse de una pieza. Después me condujo al otro lado de la barra. Al hacerlo, identifiqué otro elemento de aquel irreal encuentro: excepto por las ocasiones en que habíamos compartido un banco en la iglesia de San Cirilo (no muy frecuentes; aunque me educaron en la fe cristiana, no soy muy católico) o cuando por casualidad me cruzaba con él en la calle, nunca había visto a Al sin su delantal de cocina.
Cogió un reluciente vaso de un estante y me sirvió agua de un centelleante grifo plateado. Le di las gracias, y cuando ya me dirigía de regreso al reservado, me tocó en el hombro. Ojalá no lo hubiera hecho. Fue como ser tocado por el Viejo Marinero de Coleridge, aquel que detiene a uno de tres.
—Antes de volver a sentarnos, quiero que veas algo. Será más rápido así. Solo que ver no es la palabra correcta. Supongo que experimentar se acerca más. Bebe, socio.
Bebí la mitad del vaso. El agua estaba fresca y sabía bien, pero en ningún momento aparté los ojos de Al. La parte cobarde de mí esperaba ser sobresaltada, como la primera víctima involuntaria en una de esas películas de maníacos sueltos, esas cuyos títulos suelen ir siempre acompañados de un número. Sin embargo, Al se limitó a permanecer allí parado, con una mano apoyada en la barra, una mano arrugada y de nudillos enormes. No parecía propia de un hombre de cincuenta y tantos, ni siquiera de uno con cáncer, y…
—¿Eso lo hizo la radiación? —pregunté de repente.
—¿Hacer qué?
—Estás moreno. Por no mencionar esos lunares oscuros que tienes en el dorso de la mano. O son producto de la radiación o has tomado demasiado el sol.
—Bueno, puesto que no me he sometido a ningún tratamiento con radiación, solo queda el sol. He recibido una buena dosis en los últimos cuatro años.
Por lo que yo sabía, Al había pasado la mayor parte de ese tiempo volteando hamburguesas y preparando batidos bajo los tubos fluorescentes, pero guardé silencio y me bebí el resto del agua. Cuando dejé el vaso sobre la barra de formica, noté que la mano me temblaba ligeramente.
—Muy bien, ¿qué es lo quieres que vea? ¿O que experimente?
—Ven por aquí.
Me guió por la larga y estrecha área de cocina, pasando por la parrilla doble, la freidora, el fregadero, la nevera Frost-King y el zumbante congelador, que me llegaba a la altura de la cintura. Se detuvo delante del silencioso lavavajillas y señaló la puerta en el extremo de la cocina. Era baja; Al tendría que agachar la cabeza para atravesarla, y solo medía aproximadamente uno sesenta y ocho. Yo medía uno noventa (algunos chicos me apodaban Helicóptero Epping).
—Ahí —indicó—. Por esa puerta.
—¿Esa no es tu despensa? —Una pregunta estrictamente retórica; a lo largo de los años había visto a Al sacar de allí suficientes latas, sacos de patatas y bolsas de productos secos para saber de sobra lo que era.
Al parecía no haberme oído.
—¿Sabías que originariamente abrí este tugurio en Auburn?
—No.
Asintió con la cabeza, y eso pareció desencadenar otro acceso de tos. Lo sofocó con el cada vez más ensangrentado pañuelo. Cuando este último ataque por fin remitió, tiró el pañuelo a un cubo de basura cercano y luego cogió un puñado de servilletas de un dispensador que había en la barra.
—Es una Aluminaire, fabricada en los años treinta, auténtico art déco donde lo haya. Quise una desde la primera vez que mi padre me llevó al Chat’ N Chew de Bloomington cuando yo era un crío. La compré totalmente equipada y me instalé en Pine Street. Estuve allí casi un año, y vi que si me quedaba, estaría arruinado en un año. Había demasiados garitos para tomar un bocado en la vecindad, algunos buenos, otros no tanto, todos con sus clientes regulares. Era como un chaval recién salido de la escuela de abogados que monta un bufete en un pueblo que ya tiene una docena de picapleitos bien establecidos. Además, en aquellos días la Famosa Granburguesa de Al se vendía por dos cincuenta. Incluso en los noventa, dos y medio era el mejor precio que podía ofrecer.
—Entonces, ¿cómo demonios la vendes ahora por menos de la mitad? A no ser que de verdad sea carne de gato.
Soltó un bufido, un sonido que produjo un eco flemático de sí mismo en las profundidades de su pecho.
—Socio, lo que vendo es ternera americana cien por cien, la mejor del mundo. ¿Que si sé lo que dice la gente? Claro, pero no le doy importancia. ¿Qué otra cosa puedo hacer? ¿Impedir que la gente hable? De paso, también podría intentar impedir que el viento sople.
Me pasé un dedo por la garganta. Al esbozó una sonrisa.
—Sí, me estoy yendo por las ramas, lo sé, pero esto forma parte de la historia. Podría haberme quedado en Pine Street dándome cabezazos contra la pared, pero Yvonne Templeton no crió a ningún tonto. «Más vale huir para luchar otro día», solía decirnos de niños. Reuní todo el capital que me quedaba, engatusé al banco para que me prestara otros cinco de los grandes (no me preguntes cómo) y me trasladé aquí, a Las Falls. El negocio no ha ido del todo bien debido a cómo está la economía y a todos esos estúpidos chismes sobre las Gatoburguesas de Al, las Perroburguesas, las Rataburguesas o cualquier otra tontería que se invente la gente, pero resulta que ya no estoy atado a la economía de la misma forma que los demás. Y eso se debe a lo que hay detrás de la puerta de esa despensa. No estaba ahí cuando me establecí en Auburn, lo juraría sobre un montón de biblias de diez metros de altura. Solo se manifestó aquí.
—¿De qué estás hablando?
Me miró fijamente con sus ojos acuosos, de repente ancianos.
—Basta de charla por ahora. Tienes que descubrirlo por ti mismo. Adelante, ábrela.
Le miré con reservas.
—Considéralo la última petición de un hombre moribundo —insistió—. Adelante, socio. Si de verdad eres mi amigo. Abre la puerta.
Mentiría si dijera que mi corazón no metió una marcha más alta al hacer girar el pomo y tirar. No tenía ni idea de qué iba a encontrarme (aunque creo recordar que me asaltó una breve imagen de gatos muertos, despellejados y listos para la picadora eléctrica), pero cuando Al pasó la mano por encima de mi hombro y encendió la luz, lo que vi fue…
Bueno, una despensa.
Era pequeña, y estaba tan ordenada como el resto del local. Había estantes en ambas paredes, repletos de grandes latas tamaño restaurante. Al otro lado del cuarto, donde el techo se curvaba hacia abajo, había varios artículos de limpieza, aunque la escoba y la fregona descansaban en posición horizontal porque esa parte de la despensa no alcanzaba el metro de altura. El suelo era del mismo linóleo gris oscuro que el del restaurante, pero en lugar de un ligero olor a carne cocinada, aquí se percibía un aroma a café, hierbas y especias. En el aire flotaba también otro olor, sutil y no tan agradable.
—Vale, es la despensa —dije—. Ordenada y bien abastecida. Sobresaliente en gestión de provisiones, si existe tal cosa.
—¿A qué huele?
—A especias, sobre todo. Y a café. También a ambientador, quizá, no estoy seguro.
—Ajá, uso Glade. A causa de ese otro olor. ¿Quieres decir que no huele a nada más?
—Bueno, hay algo. Como azufre. Me recuerda a cerillas quemadas. —También me recordaba al gas venenoso que mi familia y yo soltábamos después de las judías que cocinaba mi madre los sábados por la noche, pero consideré inapropiado mencionarlo. ¿Los tratamientos contra el cáncer provocan ventosidades?
—Es azufre. Además de otras sustancias, ninguna de ellas Chanel Número 5. Es el olor de la fábrica textil, socio.
Otro disparate más, pero lo único que contesté (en un tono de ridícula cortesía de cóctel) fue:
—¿De veras?
Sonrió de nuevo, exponiendo aquellos huecos que el día anterior habían albergado dientes.
—Eres demasiado educado para decir que la Worumbo lleva cerrada desde que Hector era un cachorro. Que de hecho se quemó casi hasta los cimientos a finales de los ochenta, y ahí detrás —señaló con el pulgar por encima del hombro— no queda nada más que un viejo almacén en desuso. La parada turística básica de Vacacionlandia, igual que la Compañía Frutera del Kennebec durante los Días del Moxie. Además, estás pensando que ya es hora de coger el teléfono móvil y llamar a los hombres de las batas blancas. ¿Ando muy desencaminado, socio?
—No voy a llamar a nadie, porque no estás loco. —Me sentía de todo menos seguro respecto a eso—. Pero aquí solo veo una despensa, y es cierto que el Taller de Tejidos Worumbo no ha producido ni un rollo de tela en el último cuarto de siglo.
—No vas a llamar a nadie, en eso has acertado, porque quiero que me entregues tu teléfono, tu cartera y el dinero que tengas en los bolsillos, monedas incluidas. No es un robo; lo recuperarás todo. ¿De acuerdo?
—¿Cuánto va a durar esto, Al? Porque me quedan varios trabajos por corregir antes de poder cerrar las actas del año escolar.
—Durará tanto como tú quieras —dijo—, porque solo dura dos minutos. Siempre dura dos minutos. Si quieres, tómate una hora y curiosea un poco por ahí, pero yo no abusaría la primera vez, porque es un verdadero shock para el organismo. Ya verás. ¿Confías en mí? —Algo que advirtió en mi rostro hizo que apretara los labios sobre la mermada dentadura—. Por favor. Por favor, Jake. La petición de un hombre moribundo.
Yo estaba seguro de que se había vuelto loco, pero estaba igual de seguro de que decía la verdad con respecto a su estado. En el poco rato que llevábamos hablando, tenía la impresión de que sus ojos habían retrocedido aún más en las profundidades de las cuencas. Además, se le veía agotado. Las dos docenas de pasos desde el reservado hasta la despensa, en el otro extremo del restaurante, habían bastado para que se tambaleara. Y el pañuelo ensangrentado, me recordé a mí mismo. No te olvides del pañuelo ensangrentado.
Además… a veces lo más fácil es seguir adelante, ¿no creéis? «Déjalo y déjaselo a Dios», les gusta proclamar en las reuniones a las que asiste mi ex mujer, pero decidí que en esta ocasión iba a ser «Déjalo y déjaselo a Al». Hasta cierto límite, en cualquier caso. Y oye, me dije, en estos tiempos coger un avión es más incordio que esto. Él ni siquiera me ha pedido que ponga los zapatos en una cinta.
Desenganché el teléfono del cinturón y lo deposité sobre una caja de latas de atún. Añadí mi cartera, unos pocos billetes doblados, monedas por valor de un dólar cincuenta, más o menos, y mi llavero.
—Guárdate las llaves, no importan.
Bueno, a mí sí me importaban, pero mantuve la boca cerrada.
Al metió la mano en el bolsillo y sacó un fajo de billetes considerablemente más grueso que el que yo había depositado encima de la caja. Me lo tendió.
—Dinero para emergencias. Por si quieres comprarte un recuerdo o algo. Vamos, cógelo.
—¿Por qué no habría de usar mi propio dinero para eso? —pregunté de manera muy razonable, en mi opinión. Como si esa disparatada conversación tuviera algún sentido.
—Eso da igual ahora —dijo—. La experiencia responderá a la mayoría de tus preguntas mejor de lo que yo sería capaz, aun cuando me sintiera en plena forma, y ahora mismo estoy a años luz de sentirme en plena forma. Toma el dinero.
Cogí el fajo y lo inspeccioné. Los primeros billetes, de un dólar, parecían buenos. Entonces llegué a uno de cinco que parecía al mismo tiempo bueno y no tan bueno. Encima del retrato de Abe Lincoln se leía la leyenda CERTIFICADO DE PLATA, y a la izquierda destacaba un gran 5 de color azul. Lo sostuve a contraluz.
—No es una falsificación, si es lo que estás pensando. —Al sonaba cansadamente divertido.
Quizá no —al tacto parecía tan auténtico como a la vista—, pero no había ninguna imagen impresa con tinta penetrante.
—Si es auténtico, es viejo —comenté.
—Guárdate el dinero en el bolsillo, Jake.
Obedecí.
—¿Llevas encima alguna calculadora? ¿O cualquier otro aparato electrónico?
—No.
—Entonces supongo que ya estás listo para partir. Date la vuelta y mira al fondo de la despensa. —Sin embargo, antes de que pudiera hacerlo, se pegó una palmada en la frente y dijo—: Ay, Dios, ¿dónde tengo la sesera? Me olvidaba de Míster Tarjeta Amarilla.
—¿Quién? ¿Míster qué?
—Míster Tarjeta Amarilla. Así es como yo le llamo, no conozco su nombre real. Toma, coge esto. —Hurgó en su bolsillo y luego me tendió una moneda de cincuenta centavos. Hacía años que no veía una, quizá desde que era niño.
La sopesé en la palma de la mano y finalmente dije:
—No creo que quieras darme esto. Probablemente tenga valor.
—Claro que tiene valor. Medio dólar.
Rompió a toser, y esta vez el ataque lo zarandeó como un vendaval, pero cuando hice ademán de acercarme, me indicó con un gesto de la mano que me apartara. Se inclinó sobre la pila de cajas donde se hallaban mis cosas, escupió en el puñado de servilletas, las miró, parpadeó, y después cerró el puño. El sudor empapaba su demacrado rostro.
—Un sofoco, o algo por el estilo. El maldito cáncer me está jodiendo el termostato a la vez que me hace papilla. Respecto a Míster Tarjeta Amarilla. Es un borrachín, y es inofensivo, pero no se parece a los demás. Es como si supiera algo. Creo que solo se trata de una coincidencia, porque da la casualidad de que merodea no muy lejos de donde irás a salir, pero quería ponerte al corriente.
—Pues te estás luciendo —le dije—. No tengo ni puta idea de qué estás hablando.
—Dirá: «Tengo una tarjeta amarilla del frente verde, así que dame un pavo porque hoy se paga doble». ¿Lo has entendido?
—Entendido. —Cada vez estaba más hundido en la mierda.
—Y sí, lleva una tarjeta amarilla metida en la cinta del sombrero. Probablemente no sea más que la tarjeta de una compañía de taxis, o a lo mejor un cupón del Red & White que encontró en alguna cloaca, pero tiene las neuronas regadas con vino barato y parece pensar que es como el Billete Dorado de Willy Wonka. Entonces tú le dices: «No me sobra un dólar para dártelo, pero ahí va media piedra», y le sueltas la moneda. Después puede que él diga… —Al levantó un dedo esquelético—. Puede que diga algo como: «¿Por qué estás aquí?» o «¿De dónde vienes?». O incluso algo como: «Tú no eres el mismo tipo». No lo creo, pero es posible. Hay mucho que desconozco. Diga lo que diga, déjalo junto al secadero, que es donde lo encontrarás sentado, y sal por la verja. Cuando te vayas, probablemente dirá: «Sé que tenías un pavo de sobra, gorrón hijoputa», pero no le hagas caso. No mires atrás. Cruza las vías y estarás en la intersección de las calles Main y Lisbon. —Me dirigió una sonrisa irónica—. Después de eso, socio, el mundo es tuyo.
—¿El secadero? —Me parecía recordar vagamente algo cerca del lugar donde se ubicaba ahora el restaurante, y supuse que podía tratarse de la nave de secado de la antigua Worumbo, pero, fuera lo que fuese, ya había desaparecido. De haber existido una ventana en la pared trasera de la acogedora y pequeña despensa no se habría divisado nada salvo un patio de ladrillos y una tienda de ropa de abrigo llamada Confort de Maine. Yo mismo había adquirido allí una parka North Face poco después de Navidad, y resultó una verdadera ganga.
—No te preocupes por el secadero, tan solo acuérdate de lo que te he dicho. Ahora date la vuelta otra vez, eso es, y avanza dos o tres pasos. Que sean cortos, pasos de bebé. Haz como si estuvieras buscando una escalera con las luces apagadas, con cuidado.
Hice lo que pedía, sintiéndome como el mayor imbécil del mundo. Un paso… bajando la cabeza para evitar rozar el techo de aluminio…, dos pasos…, ahora agachándome ligeramente. Dos o tres pasos más y tendría que arrodillarme, cosa que no estaba dispuesto a hacer, fuera o no fuese aquella la petición de un hombre moribundo.
—Al, esto es absurdo. A no ser que quieras que te lleve una caja de macedonia o algunos de estos paquetes de gelatina, aquí no hay nada que…
Entonces fue cuando mi pie descendió, de modo similar a cuando empiezas a bajar un tramo de escalera. Excepto que seguía pisando firmemente el suelo de linóleo gris oscuro. Lo veía.
—Ahí lo tienes —dijo Al. Los guijarros se habían desprendido de su voz, al menos temporalmente; la satisfacción suavizaba sus palabras—. Lo has encontrado, socio.
Pero ¿qué había encontrado? ¿Qué estaba experimentando exactamente? El poder de la sugestión parecía la respuesta más probable, pues independientemente de lo que sintiera, veía mi pie en el suelo. Excepto que…
¿Sabéis cuando, en un día soleado, cerráis los ojos y podéis ver en la retina una imagen remanente de lo que fuese que estuvierais mirando? Era parecido a eso. Cuando me miraba el pie, lo veía en el suelo, pero cuando pestañeaba —no sabría decir si un milisegundo antes o un milisegundo después de cerrar los ojos—, captaba fugazmente la visión de mi pie en un peldaño de madera. Y no se hallaba bajo la tenue luz de una bombilla de sesenta vatios. Se hallaba bajo un sol radiante.
Me quedé petrificado.
—Adelante —dijo Al—. No te va a pasar nada, socio. Continúa. —Tosió con aspereza, y seguidamente, en una especie de desesperado gruñido, añadió—: Necesito que hagas esto.
De modo que lo hice.
Que Dios me ayude, lo hice.
Avancé otro paso y descendí otro escalón. Mis ojos aún me ubicaban sobre el suelo de la despensa del restaurante, pero estaba erguido y la coronilla de mi cabeza ya no rozaba el techo, cosa que, por supuesto, era imposible. Mi estómago, infeliz, se revolvió en respuesta a mi confusión sensorial, y sentí que el sándwich de ensalada de huevo y la porción de tarta de manzana que había tomado en el almuerzo se preparaban para pulsar el botón de eyección.
A mi espalda —aunque a cierta distancia, como si se encontrara a quince metros en lugar de a metro y medio—, Al dijo:
—Cierra los ojos, socio, así es más fácil.
Cuando lo hice, la confusión sensorial desapareció de inmediato. Fue como desconectar los ojos. O como ponerse esas gafas especiales para ver una película en 3D, quizá eso se aproxime más a la realidad. Moví el pie derecho y descendí otro escalón. Eran escalones; con mi vista desconectada, mi cuerpo no albergaba ninguna duda al respecto.
—Solo dos más, y entonces ábrelos —indicó Al. Su voz sonaba más lejos que nunca. En el otro extremo del restaurante en lugar de en el vano de la puerta de la despensa.
Bajé el pie izquierdo, después otra vez el pie derecho, y de repente noté un pequeño estallido dentro de mi cabeza, exactamente igual al que uno oye en un avión cuando se produce un cambio súbito de presión. El campo oscuro tras mis párpados se tornó rojo y sentí cierta calidez en la piel. Era la luz del sol. Indiscutiblemente. Y el débil olor a azufre se había vuelto más denso, desplazándose por la escala sensorial desde el «apenas perceptible» hasta el «nauseabundo». Eso también era indiscutible.
Abrí los ojos.
Ya no estaba en la despensa, ni tampoco en Al’s Diner. Aunque en la despensa no había ninguna puerta desde la que acceder al mundo exterior, yo estaba fuera. En el patio. Este, sin embargo, ya no era de ladrillos, y no se veía ningún almacén outlet alrededor. Me hallaba de pie sobre una superficie de cemento sucia y agrietada. Varios contenedores enormes de metal se alineaban contra el muro blanco y virgen donde debería haber estado Confort de Maine. Encima se distinguía algo amontonado y cubierto con bastas lonetas marrones del tamaño de sábanas.
Me volví para echar un vistazo a la enorme caravana plateada donde se encontraba Al’s Diner, pero el restaurante había desaparecido.
En el lugar donde debería estar, se erguía ahora la vasta mole dickensiana del Taller de Tejidos Worumbo, que funcionaba a pleno rendimiento. Oía el tronar de la maquinaria de tintura y secado, el shat-HOOSH, shat-HOOSH de los gigantescos telares que en otro tiempo llenaron el segundo piso (había visto fotografías de aquellas máquinas, manejadas por mujeres que llevaban un pañuelo en la cabeza y bata de trabajo, en el minúsculo edificio de la Sociedad Histórica de Lisbon, en lo alto de Main Street). De las tres altas chimeneas que se habían derrumbado durante un vendaval en los años ochenta brotaba un humo de color gris blancuzco.
Yo estaba de pie junto a un gran edificio cúbico pintado de verde; el secadero, supuse. Ocupaba la mitad del patio y se elevaba a una altura de unos seis metros. Aunque acababa de descender por un tramo de escalera, este ya no existía. No había camino de retorno. Me invadió una sensación de pánico.
—¿Jake? —Era la voz de Al, pero muy débil. Daba la impresión de que llegaba a mis oídos gracias a un mero efecto acústico, como una voz serpenteando durante kilómetros por un largo y angosto cañón—. Podrás volver a entrar del mismo modo que saliste. Busca a tientas los escalones.
Levanté el pie izquierdo, lo bajé, y sentí un escalón. Mi pánico cesó.
—Adelante. —Débil. Una voz en apariencia propulsada por su propio eco—. Echa un vistazo y vuelve.
Al principio no fui a ningún sitio, simplemente permanecí allí sin moverme, frotándome la boca con la palma de la mano. Notaba los ojos como si fueran a salirse de las órbitas. Algo parecía arrastrarse por mi cuero cabelludo y descender a lo largo de una estrecha franja de piel hasta la región dorsal. Estaba asustado —casi aterrado—, pero contrarrestando y manteniendo a raya el pánico (por el momento) sentía una poderosa curiosidad. Veía mi sombra sobre el cemento, tan definida como algo que hubiera sido recortado de una tela negra. Veía escamas de óxido en la cadena que separaba la nave de secado del resto del patio. Olía el potente efluvio que emanaba del trío de chimeneas, lo bastante fuerte como para que me picaran los ojos. Cualquier inspector de la Agencia de Protección del Medio Ambiente que respirara esa mierda cerraría la planta en menos de un minuto. Excepto que… no creía que hubiera ningún inspector de la Agencia en la vecindad. Ni siquiera tenía la certeza de que la Agencia ya se hubiera creado. Sabía dónde estaba; Lisbon Falls, Maine, en el corazón del condado de Androscoggin.
La verdadera pregunta no era dónde, sino cuándo.
Un letrero que no podía leer colgaba de la cadena; el mensaje estaba orientado hacia el lado equivocado. Eché a andar hacia él, pero entonces me volví. Cerré los ojos y avancé arrastrando los pies, recordándome a mí mismo dar pasos de bebé. Cuando mi pie izquierdo chocó contra el escalón inferior de la escalera que ascendía hasta la despensa del Al’s Diner (o eso esperaba fervientemente), palpé el bolsillo trasero y extraje una hoja de papel doblada: la nota de mi exaltado director de departamento. «Que pases un buen verano y no olvides el día de capacitación en julio.» Me pregunté brevemente qué opinaría acerca de que el próximo curso Jake Epping impartiera un bloque de seis semanas titulado Literatura de viajes en el tiempo. Rasgué una tira del encabezado, hice una bola y la dejé caer en el primer escalón de la escalera invisible. Aterrizó en el suelo, por supuesto, pero en cualquier caso servía para señalar su posición. Era una tarde cálida, sin viento, y dudaba que la bola fuera a salir volando, pero encontré un pequeño fragmento de hormigón y lo usé a modo de pisapapeles, solo para asegurarme. Aterrizó en el escalón, pero también sobre el trozo de papel. Porque no había escalón. La letra de una vieja canción se deslizó a través de mis pensamientos: «Primero hay una montaña, luego no hay montaña, luego hay».
«Curiosea por ahí», había dicho Al, y decidí seguir su consejo. Me figuraba que si aún no había perdido el juicio, probablemente aguantaría un rato más. Es decir, siempre que no presenciara un desfile de elefantes rosa o un ovni cerniéndose sobre Automóviles John Crafts. Intenté autoconvencerme de que aquello no estaba sucediendo, que no podía estar sucediendo, pero no funcionó. Los filósofos y los psicólogos podrán debatir sobre lo que es real y lo que no, pero la mayoría de los que vivimos vidas ordinarias conocemos y aceptamos la textura del mundo que nos rodea. Aquello estaba sucediendo. Demás consideraciones al margen, aquel maldito hedor descartaba cualquier alucinación.
Me acerqué a la cadena, que colgaba a la altura de mi muslo, y la franqueé por debajo. Estarcido en el otro lado con pintura negra se leía PROHIBIDO EL PASO MÁS ALLÁ DE ESTE PUNTO HASTA QUE EL COLECTOR ESTÉ REPARADO. Me volví, no divisé indicios de ninguna reparación en perspectiva para el futuro inmediato, doblé la esquina de la nave de secado, y casi tropecé con el hombre que estaba tomando el sol allí. Aunque iba a resultar difícil que consiguiera un buen bronceado. Llevaba puesto un viejo abrigo negro que se desparramaba a su alrededor como una sombra amorfa. Había regueros de mocos secos en ambas mangas. El cuerpo dentro del abrigo estaba consumido al punto de la escualidez. El cabello gris acero le caía apelmazado alrededor de unas mejillas pobladas por una desaliñada barba. Era un borrachín, si es que alguna vez hubo un borrachín allí.
En la cabeza, echada hacia atrás, llevaba un sombrero de fieltro que parecía directamente sacado de una película de cine negro de los años cincuenta, aquellas en las que todas las mujeres tienen un buen par de domingas y todos los hombres hablan rápido con un cigarrillo pegado en la comisura de los labios. Y sí, sobresaliendo de la cinta del sombrero, cual un pase de prensa de un reportero a la antigua usanza, había una tarjeta amarilla. Probablemente en otro tiempo había sido de un amarillo más vivo, pero el excesivo manoseo de unos dedos mugrientos le habían conferido un tono mortecino.
Cuando mi sombra cayó sobre su regazo, Míster Tarjeta Amarilla se volvió y me inspeccionó con ojos empañados.
—¿Quién cojones eres? —preguntó, salvo que pronunció algo similar a «¿Quin co-jone se-res?».
Al no me había proporcionado instrucciones detalladas sobre cómo responder a sus preguntas, así que contesté lo que consideré más seguro.
—¿Y a ti qué coño te importa?
—Vale, pues que te jodan.
—Bien —dije—. Estamos de acuerdo.
—¿Eh?
—Que pases un buen día.
Me encaminé hacia la verja, que permanecía abierta sobre un raíl de acero. Más allá, a la izquierda, se extendía un aparcamiento que nunca antes había estado allí. Estaba lleno de coches, la mayoría abollados y todos lo bastante antiguos como para pertenecer a un museo de automoción. Había Buicks con ojos de buey y Fords con narices de torpedo. Pertenecen a operarios reales de la fábrica, pensé. Operarios reales que ahora mismo están dentro trabajando, cobrando por horas.
—Tengo una tarjeta amarilla del frente verde —dijo el borrachín. Su voz sonaba truculenta y preocupada—. Así que dame un pavo porque hoy se paga doble.
Le tendí la moneda de cincuenta centavos. Entonces, sintiéndome como un actor que solo tiene una frase en la obra, recité:
—No me sobra un dólar para dártelo, pero ahí va media piedra.
«Después le sueltas la moneda», había dicho Al, pero no fue necesario. Míster Tarjeta Amarilla me la arrebató y la sostuvo cerca de su cara. Por un instante pensé que incluso iba a morderla, pero simplemente cerró su mano de largos dedos en torno a la moneda, haciéndola desaparecer. Me escudriñó con recelo, lo cual confería a su rostro un aspecto casi cómico.
—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?
—Que me aspen si lo sé —respondí, y me volví hacia la verja. Esperaba que continuara lanzando preguntas a mi espalda, pero solo hubo silencio. Salí por la puerta.
El vehículo más moderno del aparcamiento era un Plymouth Fury de —creo— mediados o finales de los cincuenta. La placa de la matrícula parecía una versión imposiblemente antigua de la montada en la parte trasera de mi Subaru; a petición de mi ex mujer, la mía llevaba pintado un lazo rosa contra el cáncer de mama. En la placa que yo estaba mirando en ese momento sí ponía VACACIONLANDIA, pero tenía el fondo de color naranja en lugar de blanco. Al igual que en la mayoría de los estados, las matrículas de Maine ahora incluyen letras —la de mi Subaru es 23383 IY—, pero la de ese Fury rojo y blanco casi nuevo era 90-811. Sin letras.
Toqué el maletero. Era sólido y estaba caliente por el sol. Era real.
«Cruza las vías y estarás en la intersección de las calles Main y Lisbon. Después de eso, socio, el mundo es tuyo.»
Ninguna línea de ferrocarril pasaba por delante de la antigua fábrica —no en mi tiempo—, pero ahí estaban las vías, en efecto. Tampoco tenían aspecto de meros artefactos abandonados. Se veían pulidas, relucientes. Y desde algún lugar en la distancia se oía el wuf-chuf de un tren real. ¿Cuánto hacía que no pasaban los trenes por Lisbon Falls? Probablemente desde que la fábrica cerró y la US Gypsum (conocida por los lugareños como la US Ginchos) aún operaba las veinticuatro horas.
Excepto que está operando las veinticuatro horas, pensé. Me apostaría cualquier cosa. Y también la fábrica. Porque esto ya no es la segunda década del siglo veintiuno.
Había reanudado la marcha sin darme cuenta siquiera, caminando como un hombre en un sueño. Me detuve en la esquina de Main Street con la Ruta 196, también conocida como Antigua Carretera de Lewiston. Solo que en ese momento no tenía nada de antigua. Y en la diagonal de la intersección, en la esquina opuesta…
Allí se encontraba la Compañía Frutera del Kennebec, un nombre ciertamente pomposo para una tienda que había estado tambaleándose al borde del olvido —o así me lo parecía— durante los diez años que yo llevaba enseñando en el instituto. Su inverosímil raison d’être y único medio de supervivencia lo constituía el Moxie, el más extraño de los refrescos. El propietario, un anciano afable llamado Frank Anicetti, me había dicho en una ocasión que la población mundial se dividía de forma natural (y probablemente por herencia genética) en dos grupos: los escasos pero bienaventurados elegidos que apreciaban Moxie por encima de todas las demás bebidas potables… y el resto. Frank definía a este segundo grupo como «la mayoría desafortunadamente incapacitada».
La Compañía Frutera del Kennebec de mi tiempo es una construcción de colores desteñidos, verde y amarillo, con un sucio escaparate desprovisto de mercancía…, a no ser que el gato que a veces duerme allí esté en venta. El tejado se ha combado por la nieve de numerosos inviernos. La oferta en el interior es poca salvo por los souvenirs de Moxie: camisetas de un naranja vivo en las que se lee ¡TENGO MOXIE!, gorras del mismo color, calendarios de época, letreros de metal que parecen de época pero que probablemente hayan sido fabricados el año anterior en China. Durante casi todo el año, el lugar está vacío de clientes y casi todos los estantes están desnudos de mercancías…, aunque puedes comprar algunos aperitivos azucarados o una bolsa de patatas fritas (si te gustan las aderezadas con sal y vinagre, claro). En el refrigerador de refrescos no hay nada más que Moxie. El refrigerador de cervezas está vacío.
Cada mes de julio, en Lisbon Falls se celebra el Festival Moxie de Maine. Hay bandas de música, fuegos artificiales y un desfile donde participan —juro que es cierto— carrozas Moxie y reinas de la localidad vestidas con trajes de baño de color Moxie, lo cual es sinónimo de un naranja tan brillante que puede ocasionar quemaduras de retina. El mariscal del desfile siempre va vestido como el Doctor Moxie, es decir, con una bata blanca, un estetoscopio y uno de esos espejos que llevan los médicos sobre la frente. Hace dos años el mariscal fue Stella Langley, la directora del instituto, y nunca logrará sobreponerse a la vergüenza.
Durante el festival, la Compañía Frutera del Kennebec cobra vida y hace una caja excelente, sobre todo gracias a los desconcertados turistas de camino a las zonas vacacionales del oeste de Maine. El resto del año es poco más que una cáscara acosada por el débil aroma del Moxie, un olor que siempre me ha recordado —probablemente porque pertenezco a la mayoría desafortunadamente incapacitada— al Musterole, el remedio fabulosamente hediondo con el que mi madre insistía en frotarme la garganta y el pecho cuando me resfriaba.
Lo que ahora contemplaba yo desde el otro lado de la Antigua Carretera de Lewiston era un negocio próspero en la flor de la vida. El cartel colgado sobre la puerta (REFRÉSCATE CON 7-UP encima, BIENVENIDO A LA CÍA. FRUTERA DEL KENNEBEC debajo) era lo bastante brillante como para lanzarme flechas solares a los ojos. La pintura era reciente, el tejado estaba incólume. La gente entraba y salía. Y en el escaparate, en lugar de un gato…
Naranjas, cielo santo. En otro tiempo la Compañía Frutera del Kennebec vendió fruta de verdad. ¿Quién lo hubiera adivinado?
Empecé a cruzar la calle, pero retrocedí al divisar un autobús interurbano que se acercaba roncando hacia mí. El cartel de ruta sobre el parabrisas dividido decía LEWISTON EXPRESS. Cuando el autobús frenó y se detuvo en el paso a nivel del ferrocarril, vi que la mayoría de los pasajeros estaban fumando. La atmósfera allí dentro debía de ser algo así como la atmósfera de Saturno.
En cuanto el autobús hubo continuado camino (dejando tras de sí el olor del diésel a medio quemar para que se combinara con el hedor a huevo podrido que escupían las chimeneas de Worumbo), crucé la calle y me pregunté por un instante qué sucedería si me atropellara un coche. ¿Desaparecería? ¿Despertaría tirado en el suelo de la despensa de Al? Probablemente ninguna de las dos cosas. Probablemente moriría aquí, en un pasado del que casi con certeza mucha gente sentía nostalgia. Tal vez porque habían olvidado lo mal que olía el pasado, o porque, de entrada, nunca se habían planteado ese aspecto de los Gloriosos Cincuenta.
Un chaval estaba apostado el exterior de la Compañía Frutera, calzaba botas negras y apoyaba un pie contra el revestimiento de madera. Llevaba el cuello de la camisa levantado en la nuca, y el pelo peinado con un estilo que identifiqué (por películas antiguas, principalmente) como Elvis Temprano. A diferencia de los chicos que estaba acostumbrado a ver en mis clases, no lucía perilla, ni siquiera una mosca bajo el labio. Comprendí que en el mundo que ahora visitaba (esperaba que estuviera simplemente de visita), lo echarían a patadas del instituto por presentarse sin siquiera una sola hebra de vello facial. Al instante.
Saludé con una inclinación de cabeza. James Dean devolvió el gesto y dijo:
—¿Qué hay, papaíto?
Entré. Una campanilla tintineó sobre la puerta. En lugar de polvo y madera en un lento proceso de descomposición, percibí olor a naranjas, manzanas, café y aroma de tabaco. A mi derecha había un expositor de cómics con las cubiertas arrancadas: Archie, Batman, Capitán Marvel, El Hombre Plástico, Historias de la cripta. El letrero escrito a mano encima de este tesoro, que habría provocado un paroxismo a cualquier aficionado de eBay, decía: TEBEOS 5C C.U. TRES POR 10C. NUEVE POR UN CUARTO. POR FAVOR, NO TOCAR SI NO TIENES INTENCIÓN DE COMPRAR.
A la izquierda había un expositor de periódicos. No vi ningún ejemplar del New York Times, pero sí del Press Herald de Portland y un único Boston Globe. El titular de este pregonaba DULLES INSINÚA QUE HARÁ CONCESIONES SI LA CHINA ROJA RENUNCIA AL USO DE LA FUERZA EN FORMOSA. La fecha en ambos era «Jueves, 9 de septiembre de 1958».
Cogí el Globe, que se vendía por ocho centavos, y caminé hacia un dispensador de bebidas que no existía en mi época. Tras el mostrador de mármol se encontraba Frank Anicetti. Era él, sin duda, hasta en las distinguidas sienes, salvo que en esta versión —llamadle Frank 1.0— era delgado en lugar de regordete y usaba bifocales sin montura. También era más alto. Sintiéndome como un extraño en mi propio cuerpo, me deslicé en uno de los taburetes.
Él señaló el periódico con una inclinación de cabeza.
—¿Eso va a ser todo, o puedo servirle algo?
—Cualquier cosa fría que no sea Moxie —me oí decir a mí mismo.
Frank 1.0 sonrió en respuesta.
—No lo vendemos, hijo. ¿Qué le parece un refresco de zarzaparrilla?
—Suena bien. —Y era verdad. Tenía la garganta seca y la cabeza ardiendo. Me sentía como si tuviera fiebre.
—¿De cinco o de diez?
—¿Perdón?
—La zarzaparrilla. ¿De cinco o de diez centavos? —Pronunció «zarzaparrilla» al estilo de Maine: zaarspaarilla.
—Ah. De diez, supongo.
—De acuerdo, creo que supone bien. —Abrió un congelador y sacó un vaso cubierto de escarcha de aproximadamente el tamaño de una jarra de limonada. Lo llenó de un grifo y percibí el olor suntuoso e intenso de aquella cerveza de raíz. Retiró la espuma sobrante con el mango de una cuchara de madera, después rellenó el vaso hasta arriba y lo depositó en la barra—. Aquí tiene. Con el periódico son dieciocho centavos. Más un penique para el gobernador.
Le entregué uno de los dólares antiguos de Al y Frank 1.0 me devolvió el cambio.
Tomé un sorbo a través de la espuma que había arriba y me quedé asombrado. Era… completa. Deliciosa en todos los sentidos. No conozco una manera mejor de expresarlo. Este mundo desaparecido cincuenta años atrás olía peor de lo que jamás habría imaginado, pero sabía infinitamente mejor.
—Qué maravilla —dije.
—¿Sí? Me alegro de que le guste. Usted no es de por aquí, ¿verdad?
—No.
—¿De fuera del estado?
—Wisconsin —contesté. No era del todo mentira; mi familia vivió en Madison hasta que cumplí los once, cuando mi padre consiguió trabajo de profesor de lengua en la Universidad del Sur de Maine. Yo he estado deambulando por el estado desde entonces.
—Bien, ha elegido la mejor época para venir —dijo Anicetti—. La mayoría de los veraneantes se han ido, y en cuanto eso sucede, los precios bajan. Lo que está bebiendo, por ejemplo. Después del Día del Trabajo, una zarzaparrilla de diez centavos solo cuesta un décimo de dólar.
La campanilla sobre la puerta tintineó; las tablas del suelo crujieron. Fue un sonido agradable. La última vez que me aventuré en la frutería Kennebec, con la esperanza de encontrar un paquete de tabletas masticables Tums (me llevé una desilusión), habían gruñido.
Un chico de quizá unos diecisiete años se deslizó tras el mostrador. Tenía el pelo muy corto, casi al estilo militar. El parecido con el hombre que me había atendido resultaba inconfundible, y me di cuenta de que ese era mi Frank Anicetti. El tipo que había cercenado la cabeza de espuma de mi cerveza era su padre. Frank 2.0 ni siquiera me echó una ojeada; para él, yo era un cliente más.
—Titus ha subido el camión en el elevador —le comunicó a su padre—. Dice que estará listo para las cinco.
—Bien, eso es estupendo —dijo Anicetti sénior, y encendió un cigarrillo. Por primera vez noté que sobre la barra de mármol se alineaban pequeños ceniceros de cerámica. Escrito a los lados se leía WINSTON SABE BIEN, A CIGARRILLO ¡COMO DEBE SER! Volviéndose de nuevo hacia mí, preguntó—: ¿Quiere una bola de vainilla en el refresco? Invita la casa. Nos gusta tratar bien a los turistas, en especial cuando vienen tarde.
—Gracias, pero así está bien —dije, y era cierto. Un poco más de dulzura y me estallaría la cabeza. Y era fuerte, como beber un expreso carbonatado.
El chico me dirigió una sonrisa tan dulce como el líquido de la jarra helada; no mostraba nada del divertido desdén que había sentido emanar del aspirante a Elvis de fuera.
—Leímos una historia en el colegio —dijo—, donde los vecinos se comían a los turistas que los visitaban fuera de temporada.
—Frankie, bonita forma de hablar a un visitante —reprendió el señor Anicetti. Sin embargo, sonreía al decirlo.
—No pasa nada —dije—. Yo mismo he enseñado esa historia. De Shirley Jackson, ¿verdad? La gente del verano.
—Esa es —admitió Frank—. La verdad es que no la entendí, pero me gustó.
Tomé otro trago de mi cerveza de raíz, y cuando la dejé sobre el mostrador de mármol (donde produjo un clonc satisfactoriamente recio), no me sorprendió excesivamente ver que casi no quedaba. Podría convertirme en un adicto a esto, pensé. Deja el Moxie a la altura del betún.
El mayor de los Anicetti exhaló un penacho de humo hacia el techo, donde un ventilador de palas lo impulsó en perezosos haces azulados.
—¿Imparte clases en Wisconsin, señor…?
—Epping —respondí. Me había pillado demasido por sorpresa para pensar siquiera en dar un nombre falso—. Lo cierto es que sí, pero este es mi año sabático.
—Eso significa que se ha cogido un año libre —explicó Frank.
—Sé lo que significa —contestó Anicetti. Trataba de parecer irritado, pero no le salió bien. Decidí que esos dos me gustaban tanto como la cerveza de zarzaparrilla. Me gustaba incluso el aspirante a matón adolescente de la calle, aunque solo fuera porque desconocía que ya era un cliché. Aquí existía cierta sensación de seguridad, una sensación de, no sé, preordenación. Sin duda falsa, ese mundo era tan peligroso como cualquier otro, pero yo poseía una pieza de conocimiento que antes de esa tarde habría creído que solo estaba reservada a Dios: sabía que el chico sonriente que había disfrutado de la historia de Shirley Jackson (incluso a pesar de no haberla entendido) iba a sobrevivir a ese día y a más de cincuenta años de días venideros. No iba a morir en un accidente de tráfico, ni a sufrir un ataque al corazón, ni a contraer cáncer de pulmón por respirar el humo de segunda mano de su padre. Frank Anicetti estaba listo para la acción.
Eché un vistazo al reloj de la pared (COMIENZA EL DÍA CON UNA SONRISA, se leía en la esfera, BEBE CAFÉ PARA ANIMARTE). Marcaba las 12.22. Eso no me decía nada, pero fingí sobresaltarme. Apuré la zaarspaarilla y me levanté.
—He de ponerme en marcha si quiero llegar a tiempo a Castle Rock para reunirme con mis amigos.
—Bueno, vaya despacio por la Ruta 117 —aconsejó Anicetti—. Esa carretera es una hijaputa. —Aunque lo que dijo fue ‘japuta. No había escuchado un acento norteño tan pronunciado en años. Entonces me di cuenta de que eso era literalmente cierto y casi estallé en carcajadas.
—Así lo haré —aseguré—. Gracias. Hijo, respecto a esa historia de Shirley Jackson…
—¿Sí, señor? —Señor, todavía. Y no había nada despectivo en ello. Empezaba a opinar que 1958 había sido un buen año. Aparte del hedor de la fábrica textil y del humo de los cigarrillos, claro.
—No hay nada que entender.
—¿No? Eso no es lo que dice el señor Marchant.
—Con el debido respeto al señor Marchant, dile que Jake Epping dice que a veces un cigarro es solo humo y que a veces una historia es solo una historia.
Se rió.
—¡Se lo diré! ¡Mañana por la mañana a tercera hora!
—Bien. —Incliné la cabeza en dirección a su padre, deseando poder contarle que, gracias al Moxie (que él no vendía… aún), su negocio iba a permanecer en la esquina de Main Street con la Antigua Carretera de Lewiston mucho tiempo después de su fallecimiento—. Gracias por la zarzaparrilla.
—Vuelva cuando quiera, hijo. Estoy pensando en rebajar el precio de la grande.
—¿A un décimo de dólar?
Sonrió. Al igual que su hijo, exhibía una sonrisa natural y abierta.
—Creo que ya empieza a pillarlo.
La campanilla tintineó. Entraron tres mujeres. No llevaban pantalones, sino vestidos cuyo bajo caía hasta la mitad de la espinilla. ¡Y sombreros! Dos de ellos tenían pequeños velos de gasa blanca. Se pusieron a revolver en los cajones abiertos de fruta, en busca de la mejor pieza. Yo empecé a alejarme de la fuente de bebidas, pero entonces se me ocurrió algo y di media vuelta.
—¿Podría decirme qué es un frente verde?
El padre y el hijo intercambiaron una divertida mirada que me hizo pensar en un chiste antiguo. Un turista originario de Chicago que conduce un lujoso coche deportivo se detiene en una granja en el campo. El viejo granjero está sentado en el porche, fumando una pipa de maíz. El turista saca la cabeza fuera de su Jaguar y pregunta: «Eh, abuelo, ¿puede decirme cómo llegar a East Machias?». El viejo granjero pega un par de chupadas a su pipa reflexivamente, y entonces contesta: «No se mueva ni un milímetro».*
—Usted es de fuera, ¿verdad? —preguntó Frank. No tenía un acento tan cerrado como su padre. Probablemente ve más televisión, pensé. No hay nada como la tele para erosionar un acento regional.
—En efecto —asentí.
—Es curioso, habría jurado que hablaba un poco gangoso, como un norteño.
—Es cosa del dialecto peninsular —expliqué—. Es decir, de la Península Superior.
Excepto que —¡maldición!— eso era Michigan.
No obstante, ninguno de los dos pareció enterarse. De hecho, el joven Frank se retiró y se puso a fregar platos. A mano, me fijé.
—El frente verde es la licorería —dijo Anicetti—. Justo al otro lado de la calle, por si quiere comprar una pinta de algo.
—Creo que con la zarzaparrilla tengo suficiente —dije—. Era solo por saberlo. Que tenga un buen día.
—Igualmente, amigo mío. Vuelva a visitarnos.
Al pasar junto al trío que examinaba la fruta, murmuré: «Señoras». Y en ese momento deseé haber llevado un sombrero con el que saludar. Un fedora, quizá.
Como los que se ven en las películas antiguas.
El aspirante a matón había dejado su puesto y pensé en caminar por Main Street para ver qué más había cambiado, pero la idea solo duró un segundo. No tenía sentido forzar mi suerte. Imaginad que alguien me preguntaba por mi ropa. Creía que mi americana y mis pantalones pasarían más o menos desapercibidos, pero no estaba del todo seguro. Por no hablar de mi pelo, que me llegaba hasta el cuello. En mi época eso se consideraba perfectamente correcto para un profesor de secundaria —incluso conservador—, pero podría atraer miradas en una década donde rasurarse la nuca se consideraba una parte normal del servicio de barbería y donde las patillas estaban reservadas para rockabillies como el que me había llamado «papaíto». Por supuesto, podría decir que era un turista, que en Wisconsin todos los hombres llevaban el pelo un poco largo, era la última tendencia, pero el pelo y la ropa —esa sensación de no ser yo mismo, como una especie de alienígena en un disfraz humano imperfecto— solo constituía una parte del asunto.
Más que nada, estaba flipando, lisa y llanamente. No es que estuviera mentalmente inestable, creo que un cerebro humano moderadamente equilibrado puede absorber gran cantidad de rarezas antes de que llegue a desmoronarse del todo, pero flipando, sí. Continuaba pensando en esas señoras con vestido largo y sombrero, señoras que se avergonzarían por enseñar el borde de la tira del sujetador en público. Y el sabor de la zarzaparrilla. Qué completo había sido.
Al otro lado de la calle había una tienda con una modesta fachada donde se leían las palabras LICORERÍA DEL ESTADO DE MAINE grabadas en relieve sobre el pequeño escaparate. Y sí, la pared frontal era de un claro verde lima. Dentro distinguí a mi compinche del secadero. El largo abrigo negro colgaba de las perchas de sus hombros; se había quitado el sombrero, y el cabello brotaba de la cabeza en todas direcciones, erizado, como el de un palurdo de dibujos animados que hubiera insertado el Dedo A en el Enchufe B. Gesticulaba al dependiente con ambas manos, y pude ver su tesoro amarillo en una de ellas. Intuía que apresaba el medio dólar de Al Templeton en la otra. El dependiente, que llevaba una corta bata blanca que se parecía un poco a la que llevaba el Doctor Moxie en el desfile anual, exhibía una expresión de singular indiferencia.
Caminé hasta la esquina, esperé a que se redujera el tráfico, y crucé la Antigua Carretera de Lewiston hacia la Worumbo. Un par de hombres empujaban por el patio una plataforma rodante cargada de fardos de ropa, fumando y riendo. Me pregunté si tendrían idea de lo que esa combinación de humo de tabaco y polución de la fábrica estaba haciendo a sus entrañas, y supuse que no. Probablemente eso fuera una bendición, aunque se trataba de una cuestión más propia de un profesor de filosofía que de un tipo que se ganaba el sueldo exponiendo a adolescentes de dieciséis años las maravillas de Shakespeare, Steinbeck y Shirley Jackson.
Una vez que entraron en la fábrica, haciendo rodar la plataforma entre las fauces de metal oxidado de unas puertas con una altura equivalente a tres pisos, franqueé la cadena de la que colgaba el cartel de PROHIBIDO EL PASO MÁS ALLÁ DE ESTE PUNTO. Me obligué a no caminar demasiado rápido y a no escudriñar alrededor, a evitar cualquier cosa que pudiera atraer la atención, pero resultaba difícil. Ahora que casi me hallaba en el lugar por donde había llegado, la urgencia de apresurarme era casi irresistible. Tenía la boca seca, y la zarzaparrilla que había bebido enturbiaba mi estómago. ¿Y si no podía regresar? ¿Y si la marca que coloqué para indicar la posición de la escalera invisible había desaparecido? ¿Y si seguía allí, pero la escalera no?
Calma, me dije. Calma.
No pude resistirme a una rápida inspección antes de agacharme bajo la cadena, pero el patio estaba desierto. Desde algún lugar distante, como procedente de un sueño, me llegó de nuevo aquel tenue wuf-chuf del tren diésel. Me trajo a la mente otro verso de otra canción: «Este tren tiene el blues de las vías en desaparición».
Avancé hasta el flanco verde de la nave de secado, con el corazón latiéndome fuerte y alto en el pecho. La bola de papel y el trozo de hormigón seguían allí; por el momento todo bien. Le di una patada con cuidado, pensando: Por favor, Dios, que esto funcione, por favor, Dios, déjame volver.
La punta del zapato golpeó el trozo de hormigón —lo vi salir rebotando—, pero también chocó contra el tope del escalón. Estas dos acciones simultáneas eran en sí mismas imposibles, pero ambas sucedieron. Eché otro vistazo alrededor, pese a que desde el patio nadie podría verme en aquel estrecho callejón a menos que casualmente pasara justo por delante, en uno u otro extremo. Nadie.
Subí un escalón. Mi pie lo sentía, aunque los ojos me decían que continuaba en el pavimento agrietado del patio. La zarzaparrilla pegó otro cálido bandazo en mi estómago. Cerré los ojos y experimenté cierta mejoría. Di el segundo paso, luego el tercero. Eran bajos, esos escalones. Cuando pisé el cuarto, el calor estival desapareció de mi nuca y la oscuridad tras mis párpados se hizo más profunda. Intenté dar con el quinto escalón, solo que no había un quinto escalón. En cambio, mi cabeza chocó contra el bajo techo de la despensa. Una mano me asió por el antebrazo y casi grité.
—Relájate —dijo Al—. Relájate, Jake. Ya has vuelto.
Me ofreció una taza de café, pero rehusé con la cabeza; mi estómago aún se revolvía. Se sirvió una para él, y volvimos al reservado donde se había iniciado aquella travesía de locos. Mi cartera, el teléfono móvil y el dinero estaban amontonados en el centro de la mesa. Al se sentó con un jadeo de dolor y alivio. Parecía un poco menos demacrado y un poco más relajado.
—Bueno —empezó—. Ya has ido y has vuelto. ¿Qué opinas?
—Al, no sé qué pensar. Estoy conmocionado hasta el tuétano. ¿Lo encontraste por accidente?
—Totalmente. Menos de un mes después de instalarme aquí. Aún debía de tener el polvo de Pine Street en las botas. La primera vez, de hecho, me caí por esa escalera, como Alicia en la madriguera de conejo. Creí que me había vuelto loco.
Podía imaginármelo. Yo al menos había recibido cierta preparación, por pobre que esta hubiera sido. Y realmente, ¿existía algún método adecuado para preparar a una persona para un viaje en el tiempo?
—¿Cuánto tiempo he estado fuera?
—Dos minutos. Ya te lo dije, siempre dura dos minutos. Da igual cuánto tiempo pases allí. —Tosió, escupió en un puñado limpio de servilletas, las dobló y las guardó en el bolsillo—. Y cuando bajas los escalones, siempre son las 11.58 de la mañana del 9 de septiembre de 1958. Cada viaje es el primero. ¿Adónde fuiste?
—A la frutería Kennebec. Me tomé una cerveza de raíz. Fantástica.
—Sí, las cosas saben mejor allí. Menos conservantes, o lo que sea.
—¿Sabes quién es Frank Anicetti? Lo he visto cuando era un chaval de diecisiete años.
De algún modo, a pesar de todo, esperaba que Al se riera, pero se lo tomó como un asunto rutinario.
—Claro. He visto a Frank muchas veces, pero él solo me ha visto a mí una vez. En el pasado, quiero decir. Para Frank, cada vez es la primera vez. Entra en la tienda, ¿verdad? Viene de la Chevron. «Titus ha subido el camión en el elevador», le cuenta a su padre. «Dice que estará listo para las cinco.» Eso lo he escuchado cincuenta veces, por lo menos. No entro en la tienda siempre que voy, pero cuando lo hago, es lo que dice. Después llegan las mujeres y se ponen a seleccionar fruta. La señora Symonds y sus amigas. Es como ver la misma película una y otra y otra vez.
—Cada vez es la primera vez —repetí lentamente, rodeando con un espacio cada palabra. Intentando que cobraran sentido en mi mente.
—Correcto.
—Y cada persona con la que te encuentras, se encuentra contigo por primera vez, independientemente de las veces que os hayáis encontrado antes.
—Correcto.
—Podría volver y tener la misma conversación con Frank y su padre y no lo sabrían.
—De nuevo, correcto. O podrías cambiar algo, pedir un helado de plátano en lugar de un refresco, por ejemplo, y el resto de la conversación tomaría un rumbo distinto. El único que parece sospechar algo es Míster Tarjeta Amarilla, pero está demasiado borracho para darse cuenta de lo que siente. Si tengo razón, claro está, y él presiente algo, es porque está sentado cerca de la madriguera de conejo. O lo que sea. Quizá desprende alguna especie de campo energético y él…
Entonces rompió a toser y no pudo proseguir. Verle encogido, agarrándose el costado e intentando ocultarme el dolor que padecía y cómo le desgarraba por dentro, resultaba doloroso en sí mismo. No puede seguir así, pensé. En menos de una semana acabará en el hospital, y probablemente solo es cuestión de días. ¿Y no era esa la razón por la que me había llamado? ¿Porque tenía que transmitir a alguien su increíble secreto antes de que el cáncer le sellara los labios para siempre?
—Creí que podría ponerte al tanto de todo esta tarde, pero será imposible —dijo Al cuando recuperó el control de sí mismo—. Necesito ir a casa, tomarme algunas medicinas, y acostarme. Nunca en toda mi vida he tomado nada más fuerte que una aspirina, y esa mierda de OxyContina me apaga como a una cerilla. Dormiré seis horas y luego me sentiré mejor durante un rato. Un poco más fuerte. ¿Puedes venir a mi casa a eso de las nueve y media?
—Lo haría si supiera dónde vives —dije.
—Una cabaña pequeña en Vining Street. El número diecinueve. Busca el gnomo de jardín al lado del porche. No tiene pérdida. Está agitando una bandera.
—¿De qué tenemos que hablar, Al? Quiero decir… me lo has enseñado. Te creo. —En efecto, pero… ¿por cuánto tiempo? Mi breve visita a 1958 ya estaba adquiriendo la evanescente textura de un sueño. Unas pocas horas más (o unos pocos días) y probablemente sería capaz de convencerme a mí mismo de que lo había soñado.
—Tenemos mucho de que hablar, socio. ¿Vas a venir? —No repitió «la petición de un hombre moribundo», pero lo leí en sus ojos.
—De acuerdo. ¿Quieres que te lleve a casa?
Los ojos le relampaguearon.
—Tengo la camioneta, y son solo cinco manzanas. Puedo conducir hasta allí.
—Seguro que sí —dije, con la esperanza de que mi voz sonara más convincente de lo que me sentía. Me levanté y empecé a guardar mis cosas en los bolsillos. Encontré el fajo de dinero que Al me había entregado y lo saqué. Ahora entendía los cambios en el billete de cinco. Probablemente también habría diferencias en los otros.
Se lo tendí y negó con la cabeza.
—No, quédatelo. Tengo mucho.
Sin embargo, lo dejé en la mesa.
—Si cada vez es la primera vez, ¿cómo es posible que conserves el dinero que trajiste? ¿Cómo es que no se esfuma en cada viaje?
—Ni idea, socio. Ya te lo dije, hay muchas cosas que desconozco. Existen reglas, y he averiguado algunas, pero no demasiadas. —El rostro se le iluminó en una lánguida pero genuinamente divertida sonrisa—. Tú te has traído contigo la cerveza, ¿no? ¿A que sigue removiéndose en tu barriga?
A decir verdad, así era.
—Bien, ahí lo tienes. Te veré esta noche, Jake. Estaré descansado y podremos hablar de esto.
—Una pregunta más.
Agitó una mano en mi dirección, como diciendo «adelante». Advertí que sus uñas, que siempre había mantenido escrupulosamente limpias, estaban amarillentas y resquebrajadas. Otra mala señal. No tan reveladora como una pérdida de peso de quince kilos, pero igualmente mala. Mi padre, que trabajó como ayudante de un médico, solía decir que uno puede deducir mucho acerca de la salud de una persona a partir del estado de sus uñas.
—La Famosa Granburguesa.
—¿Qué pasa con ella? —dijo, pero advertí una sonrisa jugueteando en las comisuras de sus labios.
—Puedes vender barato porque compras barato, ¿no es cierto?
—Carne picada del Red & White —dijo—. Uno diecinueve el kilo. Voy todas las semanas. O lo hacía hasta mi última aventura, que me llevó muy lejos de Las Falls. Negocio con el señor Warren, el carnicero. Si le pido cinco kilos de carne picada, me dice: «Marchando». Si le pido seis o siete, dice: «Tendrá que concederme un minuto para picársela fresca. ¿Celebra una reunión familiar?».
—Siempre lo mismo.
—Sí.
—Porque siempre es la primera vez.
—Correcto. Si lo piensas, es como la historia de los panes y los peces de la Biblia. Compro la misma carne picada semana tras semana. Se la he servido en las comidas a cientos o miles de personas, a pesar de esos estúpidos rumores de las gatoburguesas, y siempre se renueva.
—Compras la misma carne, una y otra vez —repetí, intentando asimilarlo.
—La misma carne, a la misma hora, del mismo carnicero, que siempre dice lo mismo a no ser que yo diga algo diferente. Admito, socio, que a veces se me ha pasado por la cabeza la idea de acercarme y soltarle: «¿Cómo va eso, señor Warren, calvo cabrón? ¿Se ha follado a alguna gallina últimamente?». Jamás se acordaría. Pero jamás lo he hecho, porque es un buen hombre. La mayoría de la gente que he conocido en esa época son buenas personas. —Al decir esto parecía un poco nostálgico.
—No entiendo cómo puedes comprar carne allí, servirla aquí… y luego volver a comprarla.
—Únete al club, socio. Te agradezco mucho que todavía sigas aquí; podría haberte perdido. De hecho, no tenías por qué haber contestado al teléfono cuando te llamé al instituto.
Una parte de mí deseaba no haberlo hecho, pero no lo mencioné. Probablemente no hacía falta. Al estaba enfermo, pero no ciego.
—Ven a casa esta noche. Te contaré lo que tengo en mente, y después podrás actuar como creas oportuno. Pero tendrás que decidirlo rápido, porque el tiempo es escaso. Un poco irónico, considerando dónde desembocan los escalones invisibles de mi despensa, ¿no te parece?
Más despacio que nunca, repetí:
—Cada… vez… es… la… primera vez.
Al volvió a sonreír.
—Creo que ya has captado esa parte. Te veré esta noche, ¿vale? Vining Street, número diecinueve. Busca el gnomo con la bandera.
Salí del Al’s Diner a las tres treinta. Las seis horas entre ese momento y las nueve y media no fueron tan extrañas como visitar Lisbon Falls cincuenta y tres años antes, pero casi. El tiempo parecía simultáneamente demorarse y acelerar. Conduje hasta la casa que estaba pagando en Sabattus (Christy y yo habíamos vendido la que poseíamos en Las Falls y dividido los ingresos cuando nuestra corporación marital se disolvió). Pensé en echarme una siesta; por supuesto, no pude dormir. Tras veinte minutos tumbado de espaldas, más tieso que un palo, con la vista clavada en el techo, fui al cuarto de baño a hacer pis. Mientras observaba la orina salpicar la taza, pensé: Esto es cerveza de zarzaparrilla procesada en 1958. Sin embargo, al mismo tiempo pensaba que eso era una memez. Al me había hipnotizado de algún modo.
Esa cosa de la duplicación, ¿entendéis?
Intenté terminar de leer los últimos trabajos de mi clase avanzada, y no me sorprendí lo más mínimo al descubrirme incapaz de hacerlo. ¿Blandir el temible rotulador rojo del señor Epping? ¿Establecer juicios críticos? De risa. Ni siquiera conseguía conectar las palabras. Así que encendí el tubo (jerga con raíces en los Gloriosos Cincuenta; los televisores ya no tenían tubos) y navegué por los canales durante un rato. En el TCM di con una película antigua titulada La chica de las carreras. Me encontré mirando con tal intensidad coches antiguos y a adolescentes dominados por la angustia, que acabé con dolor de cabeza, de modo que la apagué. Me preparé un salteado, pero a pesar de que estaba hambriento, no pude comer. Ahí sentado, contemplando el plato, pensaba en Al Templeton sirviendo los mismos seis kilos de hamburguesas una y otra vez, año tras año. Realmente era como el milagro de los panes y los peces, y entonces, ¿qué importaba si, debido a los bajos precios, circulaban rumores sobre gatoburguesas y perroburguesas? Considerando lo que pagaba por la carne, debía de estar obteniendo un beneficio disparatado con cada Granburguesa que vendía.
Cuando me di cuenta de que andaba en círculos por la cocina —incapaz de dormir, incapaz de leer, incapaz de ver la tele, un salteado perfecto tirado por el triturador del fregadero—, me subí al coche y conduje de vuelta a la ciudad. Para entonces eran las siete menos cuarto y en Main Street abundaban las plazas de aparcamiento. Me detuve enfrente de la frutería Kennebec y me quedé sentado tras el volante, contemplando una reliquia con la pintura desconchada que en otro tiempo había sido un próspero negocio en una ciudad pequeña. Ya cerrado, parecía listo para la bola de demolición. El único indicio de vida humana eran unos carteles en el polvoriento escaparate (¡BEBER MOXIE ES SALUDABLE!, rezaba el más grande), tan anticuados que bien podrían llevar años abandonados.
La sombra de la frutería se extendía por la calle hasta tocar mi coche. A mi derecha, donde había estado la licorería, se levantaba ahora un edificio de ladrillo visto que albergaba una sucursal del Key Bank. ¿Quién necesitaba un frente verde cuando podías colarte en cualquier tienda de comestibles del estado y salir alegremente con una pinta de Jack o un cuarto de licor de café? Y nada de endebles bolsas de papel; en estos tiempos modernos usamos plástico, hijo. Dura mil años. Y hablando de tiendas de comestibles, nunca había oído hablar de ningún establecimiento llamado Red & White. Si querías comprar comida en Las Falls, ibas al supermercado de la IGA, a un bloque de distancia por la 196. Estaba justo enfrente de la vieja estación de tren. La cual, por cierto, era ahora una combinación de tienda de camisetas y salón de tatuajes.
Sea como fuere, en ese momento el pasado daba la impresión de hallarse muy cerca; quizá se debía a la estela dorada de la declinante luz estival, que siempre se me ha antojado ligeramente sobrenatural. Era como si 1958 aún permaneciera aquí mismo, oculto solo tras una fina película de años intermedios. Y, si lo que me había sucedido esa tarde no procedía de mi imaginación, eso era cierto.
Quiere que haga algo. Algo que él mismo habría hecho si el cáncer no le hubiera detenido. Dijo que volvió y se quedó cuatro años (eso era lo que creía recordar que había dicho, al menos), pero cuatro años no fueron suficientes.
¿Estaba yo dispuesto a volver a bajar esa escalera y quedarme cuatro años o más? ¿Fijar mi residencia allí, básicamente? ¿Regresar dos minutos más tarde… solo que ya en la cuarentena, con hebras de gris asomando en el pelo? No podía imaginarme haciendo eso, aunque, de entrada, tampoco podía imaginar qué habría descubierto Al que fuera tan importante. Únicamente sabía que pedirme cuatro o seis u ocho años de vida era demasiado pedir, incluso para un hombre moribundo.
Aún me faltaban dos horas hasta la cita en casa de Al. Decidí volver a casa y prepararme otro bocado, pero en esta ocasión me obligaría a comer. Después, me concedería otra oportunidad para terminar de corregir los trabajos. Quizá yo era una de las pocas personas que habían viajado en el tiempo —para el caso, Al y yo podríamos ser los únicos en la historia del mundo—, pero mis alumnos de poesía seguían esperando sus calificaciones finales.
En el trayecto rumbo a la ciudad no había puesto la radio, pero entonces la encendí. Al igual que mi tele, obtiene la programación de sondas espaciales manejadas por ordenador que giran alrededor de la Tierra a una altura de treinta y cinco mil kilómetros, una idea que seguramente el adolescente Frank Anicetti habría recibido abriendo los ojos como platos (pero probablemente sin una total incredulidad). Sintonicé Los Sesenta a las Seis y pillé a Danny y los Juniors desentramando «Rock’n’Roll is Here to Stay», tres o cuatro voces armónicas y apremiantes cantando sobre un piano martilleante. Les siguió Little Richard gritando «Lucille» a pleno pulmón, y a continuación Ernie K-Doe más o menos gimiendo «Mother-in-Law»: «Ella cree que su consejo es una contribución, pero si lo dejara, eso sería la solución». Todo sonaba tan melodioso y fresco como las naranjas que la señora Symonds y sus amigas habían estado seleccionando esa misma tarde.
Sonaba a nuevo.
¿Quería yo pasar varios años en el pasado? No. Sin embargo, sí quería volver. Aunque solo fuera para escuchar cómo sonaba Little Richard cuando aún estaba en la cresta de la ola. O para subir en un avión de Trans World Airlines sin tener que quitarme los zapatos, someterme a un escáner de cuerpo entero y atravesar un detector de metales.
Y anhelaba tomar otra cerveza de raíz.
El gnomo enarbolaba una bandera, en efecto, pero no americana. Ni siquiera la bandera de Maine con el alce. La que sostenía el gnomo tenía una franja vertical azul y dos gruesas franjas horizontales, la superior de color blanco y la inferior de color rojo. Tenía, además, una única estrella. Al pasar junto al gnomo, le di una palmadita en el sombrero puntiagudo, y subí los escalones del porche de la casita de Al, en Vining Street, pensando en una graciosa canción de Ray Wylie Hubbard: «Que os jodan, nosotros somos de Texas».
La puerta se abrió antes de que pudiera tocar el timbre. Al llevaba puesto un albornoz encima del pijama, y el reciente pelo canoso formaba enmarañados tirabuzones, un grave caso de «cabeza de cama», si alguna vez vi uno. No obstante, el sueño (y los analgésicos, por supuesto) le había sentado bien. Aún tenía aspecto de enfermo, pero las arrugas alrededor de la boca no eran tan profundas, y mientras me conducía por el corto pasillo hacia la sala de estar, su andar parecía más seguro. Ya no se presionaba la axila izquierda con la mano derecha como si intentara mantenerse de una pieza.
—Ya me parezco un poco más a mi antiguo yo, ¿verdad? —preguntó con voz ronca mientras se sentaba en la butaca delante del televisor. Salvo que realmente no se sentó, sencillamente se posicionó y se dejó caer.
—Verdad. ¿Qué te han dicho los médicos?
—El que vi en Portland dice que no hay esperanza, ni siquiera con quimio y radiación. Exactamente lo mismo que me dijo el doctor que vi en Dallas. Y eso fue en 1962. Es agradable pensar que algunas cosas nunca cambian, ¿no crees?
Abrí la boca, seguidamente la cerré. A veces no hay nada que decir. A veces uno sencillamente se queda sin palabras.
—No tiene sentido marear la perdiz —dijo—. Sé que la muerte incomoda a la gente, sobre todo cuando el que se muere solo puede culpar a sus propios malos hábitos, pero no puedo malgastar el tiempo siendo delicado. Pronto ingresaré en un hospital, aunque no haya otra razón para ello que ser incapaz de ir y volver del cuarto de baño por mí mismo. Y que me parta un rayo si me quedo sentado tosiendo hasta echar los higadillos y hundiéndome en mi propia mierda.
—¿Qué pasa con el restaurante?
—El restaurante está acabado, socio. Aunque estuviera sano como un caballo, desaparecería a final de mes. Sabes que tenía alquilada esa parcela, ¿no?
Lo ignoraba, pero tenía su lógica. Aunque la Worumbo aún se llamaba Worumbo, ahora era básicamente un moderno centro comercial, y eso implicaba que Al habría estado pagando una renta a alguna corporación.
—Hay que renovar el contrato de arrendamiento, y Mill Associates quiere ese espacio para poner algo llamado (esto te va a encantar) L. L. Bean Express. Aparte, dicen que mi Aluminaire es una monstruosidad.
—¡Eso es ridículo! —exclamé, y mi indignación era tan genuina que hizo reír a Al.
La risa trató de metamorfosearse en un ataque de tos y se obligó a sofocarlo. Aquí, en la intimidad de su hogar, no usaba pañuelos de papel, ni pañuelos de tela ni servilletas para lidiar con esa tos; había una caja de compresas Maxi Pads en la mesa junto a la butaca. Mis ojos se desviaban una y otra vez hacia ellas. Los instaba a apartarse, tal vez para mirar la foto en la pared de Al rodeando con un brazo a una mujer bien parecida, pero enseguida los descubría retornando a la caja. He aquí una de las grandes verdades de la condición humana: si necesitas compresas para absorber las expectoraciones producidas por tu maltrecho cuerpo, es que tienes un problemón de la hostia.
—Gracias por decir eso, socio. Podríamos beber algo. Mis días de alcohol han terminado, pero tengo té helado en la nevera. Quizá deberías hacer los honores.
En el restaurante Al solía utilizar una cristalería resistente y sencilla, pero la jarra que contenía el té helado me parecía Waterford. Un limón entero cabeceaba plácidamente en la superficie, con la piel cortada para permitir que el sabor se filtrara. Llené un par de vasos con hielo, vertí el té y regresé a la sala de estar. Al tomó un trago largo y profundo del suyo y cerró los ojos, agradecido.
—Chico, es estupendo. Ahora mismo todo en Mundo Al es estupendo. Esas drogas son una maravilla. Adictivas como mil demonios, por supuesto, pero maravillosas. Incluso me quitan un poco la tos. El dolor llegará a hurtadillas otra vez hacia medianoche, pero debería darnos tiempo suficiente para hablar de eso. —Tomó otro sorbo y me dirigió una mirada de atribulada diversión—. Las cosas humanas son fantásticas hasta el final, por lo que se ve. Nunca lo habría imaginado.
—Al, ¿qué pasará con ese… ese agujero al pasado si retiran tu caravana y construyen un outlet en ese lugar?
—No lo sé, igual que no sé cómo puedo comprar la misma carne una y otra vez. Lo que yo creo es que desaparecerá. Creo que es una extravagancia de la naturaleza, como los géiseres de Yellowstone, o como esa extraña roca en equilibrio que tienen en Australia occidental, o como un río que fluye hacia atrás en ciertas fases de la luna. Estas cosas son delicadas, socio. Un pequeño corrimiento de la corteza terrestre, un cambio de temperatura, unos cartuchos de dinamita, y adiós.
—Así que no crees que vaya a producirse… no sé… ¿una especie de cataclismo? —En mi mente imaginaba una brecha en la cabina de un avión volando a once mil metros de altitud y que todo desaparecía succionado, incluidos los pasajeros. Lo había visto una vez en una película.
—No lo creo, pero ¿quién es capaz de asegurarlo? De cualquier forma, solo sé que no hay nada que hacer al respecto. A menos que quieras que te ceda el local, claro. Podría arreglarlo. Después podrías ir a la Sociedad Nacional de Conservación Histórica y decirles: «Eh, muchachos, no permitáis que pongan un outlet en el patio de la vieja fábrica Worumbo. Allí hay un túnel del tiempo. Comprendo que es difícil de creer, pero dejadme que os lo enseñe».
Por un instante me lo planteé, porque probablemente Al tenía razón: la fisura que conducía al pasado era casi con toda certeza delicada. Por cuanto yo sabía (o él ), podría reventar como una burbuja de jabón simplemente con una sacudida fuerte del Aluminaire. Después pensé en el gobierno federal descubriendo que podrían enviar al pasado a los cuerpos de operaciones especiales para cambiar todo cuanto quisieran. No sabía si eso sería posible, pero en tal caso, los tipos que nos proporcionaban cosas tan divertidas como armas biológicas y bombas inteligentes guiadas por ordenador eran las últimas personas que querría que modificaran sus agendas en beneficio de una historia viva y desprotegida.
Un momento después de que se me ocurriera esta idea —no, en el mismo segundo—, supe lo que Al tenía en mente. Solo me faltaban los detalles. Dejé a un lado mi té y me puse en pie.
—Ah, no, no. Rotundamente no.
Al recibió mis palabras con calma. Podría decir que se debía a su colocón de OxyContina, pero me engañaría a mí mismo. Se daba cuenta de que, dijera lo que dijese, no tenía intención de marcharme. Mi curiosidad —por no mencionar mi fascinación— probablemente saltaba a la vista cual púas de puercoespín. Porque una parte de mí quería conocer los detalles.
—Veo que puedo pasar por alto la introducción e ir directamente al grano —dijo Al—. Eso es bueno. Siéntate, Jake, y te confiaré el único motivo que tengo para no engullir de golpe toda mi reserva de pastillitas color rosa. —Y como permanecí de pie, prosiguió—: Sabes que deseas oírlo, y ¿qué hay de malo? Aunque pudiera obligarte a hacer algo aquí, en el 2011, cosa que no puedo, no podría obligarte a hacer nada en el pasado. Allí, Al Templeton no es más que un crío de cuatro años de Bloomington, Indiana, corriendo por el patio con una máscara del Llanero Solitario que aún duda a la hora de utilizar el váter. Así que siéntate. Como dicen en los publirreportajes, sin ninguna obligación.
Correcto. Por otra parte, mi madre habría dicho que la voz del diablo es dulce.
Pero me senté.
—¿Conoces la expresión momento divisorio, socio?
Asentí. No tenías que ser profesor de lengua para conocerla; ni siquiera tenías que ser una persona culta. Era uno de esos irritantes atajos lingüísticos que se manifiestan en los programas de noticias de la tele por cable, día sí y día también. Otros incluyen conectar los puntos y en este instante de tiempo. El más irritante de todos (he arremetido en su contra delante de mis alumnos visiblemente aburridos una vez y otra vez y otra vez) es la expresión, completamente sin sentido, alguna gente dice, o numerosa gente cree.
—¿Sabes de dónde viene? ¿Su origen?
—No.
—Cartografía. Una divisoria delimita un área de tierra, una cuenca, generalmente una montaña o un bosque, que vierte sus aguas a un determinado río. La historia también es un río. ¿No la describirías así?
—Sí, supongo que sí. —Bebí un sorbo de mi té.
—A veces los acontecimientos que cambian la historia son generalizados, como una lluvia fuerte y prolongada sobre una cuenca entera que inunda las riberas de un río. Pero los ríos pueden incluso desbordarse en días soleados. Todo cuanto se necesita es un chaparrón fuerte y prolongado en una pequeña zona de la cuenca. En la historia también existen riadas relámpago. ¿Quieres ejemplos? ¿Qué me dices del 11-S? ¿O de la derrota de Gore en el 2000?
—Al, no puedes comparar unas elecciones nacionales con una riada.
—Quizá la mayoría no, pero las elecciones presidenciales del 2000 pertenecen a una categoría aparte. Imagina que pudieras volver a Florida en el otoño del doble cero y gastar doscientos mil dólares en favor de Al Gore.
—Hay un par de problemas —objeté—. Primero, no tengo doscientos mil dólares. Segundo, soy profesor de instituto. Puedo contarte todo lo relacionado con la fijación materna de Thomas Wolfe, pero en lo que se refiere a política, estoy en pañales.
Batió la mano en un gesto de impaciencia que casi hizo que su anillo del cuerpo de Marines saliera despedido de su escuálido dedo.
—El dinero no es problema. Tendrás que confiar en mí, por ahora. Y por lo general, el conocimiento anticipado supera con creces a la experiencia. La diferencia en Florida fue supuestamente inferior a seiscientos votos. ¿Crees que con doscientos de los grandes se podrían comprar seiscientos votos el día de las elecciones si todo se redujera a eso?
—A lo mejor —dije—. Probablemente. Supongo que aislaría comunidades con un alto grado de apatía y donde tradicionalmente la participación sea baja; no haría falta investigar demasiado. Y luego empezaría a repartir dinero.
Al sonrió burlonamente mostrando los huecos de dientes desaparecidos y las enfermizas encías.
—¿Por qué no? En Chicago funcionó durante años.
La idea de comprar la Presidencia por menos de lo que costarían dos sedanes Mercedes Benz me hizo callar.
—Pero cuando se trata del río de la historia, los momentos divisorios más susceptibles de cambiar son los asesinatos, los que tuvieron éxito y los que fracasaron. Al archiduque Francisco Fernando de Austria le disparó un mequetrefe mentalmente inestable llamado Gavrilo Princip, y eso marcó el inicio de la Primera Guerra Mundial. Por otra parte, después de que Claus von Stauffenberg fracasara en su intento de matar a Hitler en 1944 (al poste, pero sin premio), la guerra continuó y murieron millones de personas.
También yo había visto esa película.
Al prosiguió:
—No hay nada que podamos hacer en el caso del archiduque o en el caso de Hitler. Están fuera de nuestro alcance.
Pensé en acusarle por esas presunciones, pero mantuve la boca cerrada. Me sentía como un hombre leyendo un libro macabro. Una novela de Thomas Hardy, por ejemplo. Sabes cómo va a terminar, pero eso, en lugar de estropear las cosas, de algún modo aumenta tu fascinación. Es como mirar a un niño que hace correr su tren eléctrico cada vez más rápido y esperar a que descarrile en una curva.
—En cuanto al 11-S, si quisieras remediarlo, tendrías que esperar cuarenta y tres años. Te pondrías casi con ochenta, si es que consigues llegar a esa edad.
Ahora cobraba sentido la bandera con la solitaria estrella que enarbolaba el gnomo. Era un recuerdo de la última incursión de Al en el pasado.
—Tú no lograrías llegar a 1963, ¿verdad?
Ante esto no replicó, solo se limitó a observarme. Los ojos, que habían presentado un aspecto velado y distraído esa misma tarde en el restaurante, ahora brillaban. Casi rejuvenecidos.
—Porque eso es de lo que estás hablando, ¿verdad? Dallas en 1963.
—Así es —confirmó—. Tuve que desistir. Pero tú no estás enfermo, socio. Estás sano y en la flor de la vida. Puedes volver, y puedes impedirlo.
Se inclinó hacia delante. Sus ojos no solo brillaban; ardían.
—Tú puedes cambiar la historia, Jake. ¿Lo entiendes? John Kennedy puede salvarse.
Conozco las bases de la narrativa de suspense —o por lo menos debería, pues he leído suficientes novelas de intriga a lo largo de mi vida— y la regla principal es mantener la incertidumbre en el lector. Sin embargo, si habéis captado algo de la esencia de mi personaje a partir de los extraordinarios sucesos de aquel día, sabréis que deseaba que me convenciera. Christy Epping se había convertido en Christy Thompson (chico conoce a chica en reunión de AA, ¿recordáis?), y yo vivía solo. Ni siquiera teníamos hijos por los que pelear. Me desempeñaba bien en mi trabajo, pero mentiría si dijera que suponía un desafío. Un viaje en autoestop por Canadá con un amigo después del último año de universidad constituía lo más cercano a una aventura que había vivido, y dada la naturaleza alegre y amable de la mayoría de los canadienses, tampoco tuvo mucho de aventura. Ahora, de repente, se me ofrecía la oportunidad de convertirme en un jugador importante no solo en la historia de América, sino en la del mundo. Así que sí, sí, sí, deseaba que me convenciera.
Pero también tenía miedo.
—¿Y si sale mal? —Bebí el resto del té helado en cuatro largos tragos; los cubitos de hielo tintinearon contra mis dientes—. ¿Y si me las arreglo, Dios sabe cómo, para impedir que suceda y empeoro las cosas en lugar de mejorarlas? ¿Y si regreso y descubro que América está bajo un régimen fascista? ¿O que la polución es tan extrema que todo el mundo anda con máscaras antigás?
—Entonces vuelves otra vez —dijo—. Vuelves a las doce menos dos minutos del 9 de septiembre de 1958. Anulas toda la operación. Cada viaje es el primero, ¿recuerdas?
—Parece lógico, pero ¿y si los cambios fueran tan radicales que tu restaurante ya ni siquiera existiera?
Al sonrió abiertamente.
—Entonces tendrías que vivir tu vida en el pasado. Pero ¿sería eso tan malo? Como profesor de lengua todavía te defenderías para conseguir un empleo, y ni siquiera lo necesitarías. Yo pasé allí cuatro años, Jake, y junté una pequeña fortuna. ¿Sabes cómo?
Podría haber aventurado una respuesta educada, pero sacudí la cabeza.
—Apostando. Tuve cuidado, no quería levantar ninguna sospecha, y desde luego no quería que ningún corredor de apuestas enviara a un rompepiernas por mí, pero cuando uno ha estudiado quién ganó los grandes eventos deportivos entre el verano de 1958 y el otoño de 1963, te puedes permitir el lujo de ser cuidadoso. No diré que puedas vivir como un rey, porque es una forma de vida peligrosa, pero no existe ninguna razón para no vivir bien. Y creo que el restaurante seguirá aquí. Ha aguantado en mi caso, y he cambiado multitud de cosas. Como cualquier persona. Solo dar la vuelta a la esquina y comprar una barra de pan y un litro de leche ya cambia el futuro. ¿Has oído hablar alguna vez del efecto mariposa? Se trata de una elaborada teoría científica que básicamente se reduce a la idea de que…
Empezó a toser otra vez, el primer ataque prolongado desde que yo había llegado. Cogió una de las compresas de la caja, se cubrió la boca como si fuera una mordaza, y luego de repente se dobló hacia delante. Un truculento ruido de arcadas brotó de su pecho. Sonaba como si la mitad de sus mecanismos internos se hubieran desprendido y estuvieran colisionando entre sí como autos de choque en un parque de atracciones. Finalmente remitió. Examinó la compresa, parpadeó, la dobló, y la tiró a la basura.
—Perdona, socio. Esta menstruación oral es una putada.
—¡Por Dios, Al!
Se encogió de hombros.
—Si uno no puede bromear sobre ello, ¿qué sentido tiene todo? Bueno, ¿dónde estaba?
—El efecto mariposa.
—Eso. Significa que sucesos de poca importancia pueden tener, cómo se dice, ramificaciones. La idea es que si un tipo mata a una mariposa en China, quizá dentro de cuarenta años, o de cuatrocientos, se produzca un terremoto en Perú. ¿Opinas como yo que es algo disparatado?
Efectivamente, pero me acordé de la antediluviana paradoja del viaje en el tiempo y la saqué a colación.
—Sí, pero ¿y si vuelves atrás y matas a tu propio abuelo?
Me miró de hito en hito, perplejo.
—¿Por qué coño ibas a hacer eso?
Esa era una buena pregunta, así que le indiqué que continuara.
—Tú, esta tarde, has cambiado el pasado en toda clase de pequeños aspectos solo por entrar en la frutería Kennebec…, pero los escalones que subían a la despensa de vuelta a 2011 seguían ahí, ¿verdad? Y Las Falls es la misma que cuando te marchaste.
—Eso parece, sí. Pero estás hablando de algo un poco más importante; a saber: salvar la vida de JFK.
—Oh, estoy hablando de mucho más, porque esto no se trata de matar a una mariposa en China, socio. Estoy hablando además de salvarle la vida a RFK, porque si John sobreviviera en Dallas, Robert probablemente no se presentaría como candidato a la presidencia en 1968. El país no estaría preparado para sustituir a un Kennedy por otro.
—Eso no lo sabes seguro.
—No, pero escucha. ¿Acaso crees que si le salvas la vida a John Kennedy, su hermano Robert estará en el hotel Ambassador a las doce y cuarto del mediodía del 5 de junio de 1968? Y aunque así fuera, ¿Sirhan Sirhan aún trabajará en la cocina?
Quizá, pero las probabilidades debían de ser ínfimas. Si uno introducía un millón de variables en una ecuación, la solución iba a cambiar, desde luego.
—O ¿qué hay de Martin Luther King? ¿Estará aún en Memphis en abril del 68? Incluso si así fuera, ¿saldrá al balcón del Motel Lorraine a la hora exacta en que James Earl Ray le disparó? ¿Qué opinas?
—Si esa teoría de la mariposa es correcta, probablemente no.
—Eso es lo que yo creo también. Y si MLK sobrevive, los disturbios raciales que siguieron a su muerte no ocurrirán. Quizá no disparen a Fred Hampton en Chicago.
—¿A quién?
Pasó de mí.
—Para el caso, quizá no exista el SLA, el Ejército Simbiótico de Liberación. Sin SLA, no hay secuestro de Patty Hearst. Sin secuestro de Patty Hearst, habrá una pequeña pero quizá significativa reducción del miedo a los negros entre los blancos de clase media.
—Me estás liando. Recuerda, yo estudié lengua y literatura inglesa.
—Te estás liando porque sabes más de la Guerra Civil del siglo diecinueve que de la guerra que ha despedazado a este país después del asesinato de Kennedy en Dallas. Si te preguntara quién protagonizó El graduado, estoy seguro de que me lo dirías. Pero si te pidiera que me dijeras a quién intentó asesinar Lee Oswald solo unos meses antes de abatir a Kennedy, reaccionarías en plan «¿Quéee?». Porque de algún modo todo eso se ha perdido.
—¿Oswald intentó asesinar a alguien antes que a Kennedy? —Aquello era una novedad para mí, pero la mayor parte de mi conocimiento sobre la muerte de Kennedy procedía de una película de Oliver Stone. En cualquier caso, Al no respondió. Al estaba en racha.
—O ¿qué pasa con Vietnam? Johnson fue quien inició la demencial escalada de violencia. Kennedy era un guerrero frío, no cabe duda, pero Johnson lo llevó al siguiente nivel. Poseía el mismo complejo de «mis pelotas son las más grandes» que mostró Dubya cuando se plantó delante de las cámaras y dijo «A la carga». Kennedy podría haber cambiado de idea. Johnson y Nixon eran incapaces de eso. Gracias a ellos, en Vietnam perdimos a casi sesenta mil soldados americanos. Los vietnamitas, del norte y del sur, perdieron a millones. ¿La carnicería sería tan grande si Kennedy no muriera en Dallas?
—No lo sé. Y tú tampoco, Al.
—Eso es cierto, pero me he convertido en todo un estudioso de la historia americana reciente, y creo que las probabilidades de mejorar las cosas salvándole la vida son muy altas. Y de veras, no existe un lado negativo. Si las cosas se van a la mierda, solo hay que retroceder. Es tan fácil como borrar una palabrota de una pizarra.
—Si no puedo regresar, nunca sabré el resultado.
—Tonterías. Eres joven. Mientras no te dejes atropellar por un taxi ni sufras un infarto, vivirías el tiempo suficiente para enterarte de cómo resultan las cosas.
Permanecí sentado en silencio, con la vista fija en mi regazo, meditando. Al no me interrumpió. Por fin, alcé la cabeza.
—Debes de haber leído mucho acerca del asesinato y acerca de Oswald.
—Todo lo que ha caído en mis manos, socio.
—¿Qué certeza tienes de que lo hiciera él? Porque hay unas mil teorías de la conspiración. Eso lo sé hasta yo. Pero ¿y si vuelvo al pasado y le detengo, y entonces algún otro tipo le vuela los sesos a Kennedy desde la loma de hierba, o lo que fuera?
—El montículo de hierba. Y estoy casi al cien por cien seguro de que Oswald actuó solo. Para empezar, todas las teorías de la conspiración son descabelladas, y la mayoría se han refutado a lo largo de los años. La idea de que el tirador no fue Oswald, sino alguien que se le parecía, por ejemplo. El cadáver fue exhumado en 1981 y se le practicó una prueba de ADN. Era él, estaba claro. Ese puto bastardo. —Hizo una pausa, luego agregó—: Le conocí, ¿sabes?
Le miré fíjamente.
—¡Anda ya!
—Oh, sí. Habló conmigo. Eso fue en Fort Worth. Él y su mujer, Marina, que era rusa, habían ido a visitar al hermano de Oswald. Si Lee alguna vez quiso a alguien, fue a su hermano Bobby. Estuve esperando junto a la valla que rodeaba el patio de Bobby Oswald, apoyado en un poste de teléfonos, fumando un cigarrillo y fingiendo que leía el periódico. El corazón parecía latirme a doscientas pulsaciones por minuto. Lee y Marina salieron juntos. Ella llevaba a su hija, June. Una cosita chiquitita, de menos de un año. La niña estaba dormida. Ozzie iba vestido con unos pantalones caquis y una camisa abotonada de la Liga de la Hiedra, toda raída alrededor del cuello. Los pantalones estaban bien planchados, aunque sucios. Tenía el pelo muy corto, no ya al estilo marine, pero sí lo suficiente como para no poder tirar de él. Y Marina… ¡Cielo santo! ¡Una mujer impresionante! Cabello oscuro, ojos azules vivos, piel perfecta. Parece una estrella de cine. Si haces esto, lo verás por ti mismo. Mientras salían por el paseo, ella le dijo algo en ruso. Él le respondió, sonreía al hablar, pero entonces le dio un empujón que casi la hizo caer. La niña se despertó y empezó a llorar. Oswald no dejó de sonreír en ningún momento.
—Viste todo eso. Realmente. Le viste a él. —A pesar de mi propio viaje en el tiempo, estaba medio convencido de que aquello tenía que ser un delirio o una descarada mentira.
—Sí. Ella salió por la portezuela y pasó caminando a mi lado con la cabeza gacha, sosteniendo al bebé contra el pecho. Como si yo no estuviera allí. Pero él vino directo hacia mí, tan cerca que pude oler la Old Spice que se echaba para intentar camuflar el olor a sudor. Tenía la nariz salpicada de puntos negros. Por su ropa, y sus zapatos, que estaban rozados y rotos por detrás, dirías que no tenía donde caerse muerto, pero cuando mirabas su cara, comprendías que daba igual. A él le daba igual. Se creía alguien importante.
Al recapacitó un momento, luego sacudió la cabeza.
—No, retiro lo dicho. Él sabía que era alguien importante. Solo era cuestión de esperar a que el resto del mundo se pusiera al día. Así que ahí estaba, delante de mis narices, casi podría haberlo estrangulado, y no creas que la idea no se me pasó por la cabeza…
—¿Por qué no lo hiciste? O directamente, ¿por qué no le pegaste un tiro?
—¿Delante de su mujer y su hija? ¿Tú serías capaz, Jake?
No tuve que pensarlo mucho tiempo.
—Supongo que no.
—Yo tampoco. Además, tenía mis motivos. Entre ellos, una aversión a la prisión del estado… y a la silla eléctrica. Estábamos en la calle, ¿recuerdas?
—Ah.
—Vale. Cuando se acercó a mí, todavía tenía esa sonrisita en la cara. Arrogante y remilgada, las dos cosas al mismo tiempo. Lleva esa sonrisa en más o menos todas las fotografías que han podido sacarle. La lleva en la comisaría después de que le arrestaran por matar al presidente y a un agente de policía que por casualidad se cruzó en su camino cuando intentaba escapar. Me dijo: «¿Qué está mirando, señor?». Yo contesté: «Nada, amigo». Y él dijo: «Entonces no se meta donde no le llaman».
»Marina le esperaba en la acera, tal vez a unos cinco o seis metros, y trataba de calmar a la niña para que volviera a dormirse. Hacía un calor infernal, pero ella se recogía el pelo con un pañuelo, al estilo de muchas mujeres europeas de esa época. Oswald llegó hasta donde estaba ella y la agarró por el codo, como si fuera un poli en lugar de su marido, y le dijo: “Pokhoda! Pokhoda!”. Camina, camina. Ella le respondió algo, quizá le pidió que llevara al bebé un rato. Bueno, solo es una suposición. Pero él la empujó y dijo: “Pokhoda, cyka!”. Camina, perra. Ella obedeció. Luego echaron a andar hacia la parada del autobús, y eso fue todo.
—¿Hablas ruso?
—No, pero tengo buen oído y un ordenador. Es decir, aquí.
—¿Le viste más veces?
—Solo a distancia. Para entonces ya empezaba a estar muy enfermo. —Sonrió—. En ningún sitio de Texas se hace una barbacoa mejor que en Forth Worth, y no pude probarla. Este es un mundo cruel, a veces. Fui a ver a un médico, aunque yo mismo podría haber deducido el diagnóstico, y volví al siglo veintiuno. Básicamente, no había nada más que ver. Solo un maltratador de mujeres flacucho que espera hacerse famoso.
Se inclinó hacia delante.
—¿Sabes cómo era el hombre que cambió la historia de América? Era el típico crío que tira piedras a los otros niños y luego sale corriendo. Para cuando se alistó en los Marines (quería ser como su hermano Bobby, idolatraba a Bobby), había vivido en casi dos docenas de ciudades distintas, desde Nueva Orleans hasta Nueva York. Tenía grandes ideas y no entendía por qué la gente no las escuchaba. Eso le enloquecía, le ponía furioso, pero nunca perdió esa sonrisita cabrona. ¿Sabes cómo le llamó William Manchester?
—No. —Ni siquiera sabía quién era William Manchester.
—Un miserable descarriado. Manchester hablaba acerca de todas las teorías de la conspiración que florecieron en el período posterior al asesinato… y después de que dispararan y mataran al mismo Oswald. Es decir, eso lo sabes, ¿verdad?
—Por supuesto —contesté, un poco irritado—. Lo hizo un tipo llamado Jack Ruby. —Sin embargo, habida cuenta de las lagunas de conocimiento que había demostrado, supongo que tenía derecho a preguntarlo.
—Manchester decía que si pones al presidente asesinado en un extremo de la balanza y a Oswald, el miserable descarriado, en el otro, no se equilibra. De ninguna manera. Si se quiere dar un significado a la muerte de Kennedy, hay que añadir algo más pesado, lo cual explica la proliferación de teorías conspiratorias. Como que fue la mafia y que Carlos Marcello ordenó el trabajo. O que fue la KGB. O Castro, para vengarse de la CIA por intentar liquidarlo con puros envenenados. Hoy en día hay gente que cree que lo hizo Lyndon Johnson para llegar a presidente. Pero en definitiva… —Al meneó la cabeza—. Casi seguro fue Oswald. Has oído hablar de la navaja de Occam, ¿no?
Era agradable saber algo con certeza.
—Es un principio también conocido como Ley de Parsimonia. «En igualdad de condiciones, la explicación más simple es generalmente la correcta.» Entonces, ¿por qué no le mataste cuando no estuviera en la calle con su mujer y su hija? Tú también fuiste marine. Cuando supiste lo enfermo que estabas, ¿por qué no mataste tú mismo a ese arrogante hijo de puta?
—Porque estar seguro al noventa y cinco por ciento no es lo mismo que estarlo al cien por cien. Porque, fuera o no un tarado, era un hombre de familia. Porque después de ser arrestado, Oswald dijo que era un cabeza de turco y quería cerciorarme de que mentía. En este endemoniado mundo, no creo que nadie pueda estar seguro de nada al cien por cien, pero quería subir la probabilidad hasta el noventa y ocho. Aunque no me proponía esperar hasta el 22 de noviembre y detenerle en el Depósito de Libros Escolares de Texas; eso habría sido hilar demasiado fino, y existe un buen motivo que debo contarte.
Sus ojos ya no se veían tan brillantes, y las arrugas en el rostro volvían a acentuarse. Me asustaba cuánto habían mermado sus reservas de fuerza.
—Lo he escrito todo, y quiero que lo leas. De hecho, quiero que te lo empolles como un cabrón. Mira encima de la tele, socio. ¿Te importaría? —Me dirigió una cansada sonrisa y agregó—: Tengo puestos mis calzones de estar sentado.
Se trataba de un grueso cuaderno azul. El precio estampado en la tapa era de veinticinco centavos. La marca me resultaba ajena.
—¿Qué es Kresge?
—La cadena de hipermercados que ahora se conoce como Kmart. Lo que pone en la tapa no importa, presta atención a lo que hay dentro. Es la cronología de Oswald, más todas las pruebas reunidas en su contra… que en realidad no tendrás que leer si accedes a esto, porque vas a detener a esa rata en abril de 1963, más de medio año antes de que Kennedy visite Dallas.
—¿Por qué en abril?
—Porque es cuando alguien intentará matar al general Edwin Walker… solo que para entonces ya no era general. Fue destituido en 1961 por el propio JFK. El general Edwin distribuía folletos segregacionistas entre sus tropas y les ordenaba leerlos.
—¿Fue Oswald quien disparó?
—Eso es lo que deberás comprobar. Es el mismo puto rifle, no hay duda, las pruebas de balística lo demostraron. Yo esperaba presenciar el disparo. Podía permitirme el lujo de no interferir, porque en esa ocasión Oswald falló. La bala se desvió por el listón central de madera de la ventana de la cocina. No mucho, pero bastó. La bala le peinó literalmente el pelo y sufrió cortes leves en el brazo debido a las astillas que salieron volando del marco. Fueron sus únicas heridas. —Al sacudió la cabeza—. No diré que el hombre mereciera morir (muy pocos hombres son tan malvados como para merecer que les peguen un tiro en una emboscada), pero cambiaría a Walker por Kennedy con los ojos cerrados.
No presté atención a esto último. Estaba hojeando el Cuaderno Oswald de Al, página tras página de notas escritas con letra apretada, completamente legibles al principio, menos hacia el final. Las últimas páginas eran los garabatos de un hombre muy enfermo. Cerré el cuaderno y dije:
—Si hubieras podido confirmar que Oswald fue el tirador del atentado contra el general Walker, ¿eso habría despejado tus dudas?
—Sí. Necesitaba asegurarme de que era capaz de hacerlo. Ozzie es un hombre malo, Jake, lo que la gente en el 58 llama un canalla, pero pegar a tu esposa y retenerla como virtual prisionera por no hablar el idioma no justifica el asesinato. Y algo más. Aunque no hubiera desarrollado la C mayúscula, sabía que a lo mejor no dispondría de otra oportunidad para enderezarlo si mataba a Oswald y a pesar de todo otra persona disparaba al presidente. Cuando un hombre llega a los sesenta, su garantía prácticamente ha expirado, ¿entiendes lo que quiero decir?
—¿Era preciso matarlo? ¿No podías… no sé… incriminarle por algo?
—Quizá, pero ya estaba enfermo. No sé si hubiera podido hacerlo aun estando sano. En conjunto, parecía más simple acabar con él una vez que me asegurara. Como pegarle un manotazo a una avispa antes de que te pique.
Permanecí en silencio, pensando. El reloj de la pared marcaba las diez y media. Al había iniciado la conversación diciendo que aguantaría hasta medianoche, pero bastaba mirarle para saber que había sido una estimación salvajemente optimista.
Llevé su vaso y el mío a la cocina, los enjuagué y los coloqué en el escurreplatos. Me sentía como si se hubiera desencadenado un embudo de tornado detrás de mi frente. En lugar de vacas y postes y trozos de papel, lo que succionaba y hacía girar eran nombres: Lee Oswald, Bobby Oswald, Marina Oswald, Edwin Walker, Fred Hampton, Patty Hearst. Había también brillantes acrónimos en ese torbellino, dando vueltas como ornamentos cromados arrancados del capó de algún coche de lujo: JFK, RFK, MLK, SLA. El ciclón incluso emitía un sonido, dos palabras rusas pronunciadas una y otra vez con un monótono acento sureño: pokhoda, cyka.
Camina, perra.
—¿Cuánto tiempo tengo para decidirme? —pregunté.
—No mucho. El restaurante desaparece a final de mes. He hablado con un abogado para ver si se podía ganar más tiempo, interponer una demanda, o algo, pero no fue muy optimista. ¿Alguna vez has visto un letrero en una tienda de muebles que dice LIQUIDACIÓN POR FIN DE ARRENDAMIENTO?
—Claro.
—Nueve de cada diez casos son trucos de venta, pero mi caso es el décimo. Y no estoy hablando de una tienda de saldos cualquiera. Estoy hablando de Bean’s, y en Maine, L. L. Bean es el mayor simio de la jungla. En cuanto llegue el 1 de julio, el restaurante desaparecerá como la Enron. Pero eso no es lo importante. Puede que el 1 de julio yo ya me haya ido. Puedo pillar un resfriado y morir de neumonía en tres días. Puede darme un infarto o un derrame cerebral. O podría matarme accidentalmente con esas malditas píldoras de OxyContina. La enfermera a domicilio me pregunta a diario si tengo cuidado en no sobrepasar la dosis, y tengo cuidado, pero noto que le preocupa entrar una mañana y encontrarme muerto, seguramente por haberme colocado y haber perdido la cuenta. Además, las píldoras inhiben los procesos respiratorios, y mis pulmones están hechos polvo. Y encima, he adelgazado una barbaridad.
—¿De verdad? No me había fijado.
—A nadie le gustan los listillos, socio. Lo aprenderás cuando llegues a mi edad. En cualquier caso, quiero que te lleves el cuaderno y esto. —Me tendió una llave—. Es del restaurante. Si por algún motivo me llamaras mañana y la enfermera te dijera que he fallecido durante la noche, tendrás que moverte rápido. Siempre suponiendo que decidas moverte, claro.
—Al, no estás planeando…
—Solo intento ser precavido. Porque esto es importante, Jake. En lo que mí respecta, es más importante que cualquier otra cosa. Si alguna vez quisiste cambiar el mundo, esta es tu oportunidad. Salvar a Kennedy, salvar a su hermano, salvar a Martin Luther King. Detener los disturbios raciales. Impedir Vietnam, tal vez. —Se inclinó hacia delante—. Deshazte de un miserable descarriado, socio, y podrías salvar millones de vidas.
—Es un truco de venta de la hostia —dije—, pero no necesito la llave. Cuando mañana salga el sol, aún seguirás en el gran autobús azul.
—Hay un noventa y cinco por ciento de probabilidades. Pero no es suficiente. Toma la condenada llave.
Cogí la condenada llave y la guardé en el bolsillo.
—Te dejo para que descanses.
—Antes de que te vayas, una cosa más. Necesito hablarte de Carolyn Poulin y Andy Cullum. Vuelve a sentarte, Jake. Solo serán unos minutos.
Permanecí de pie.
—No, no. Estás agotado. Necesitas dormir.
—Dormiré cuando me muera. Ahora, siéntate.
Después de descubrir lo que él llamaba la madriguera de conejo, explicó Al, en un principio se contentaba con usarla para comprar víveres, apostar de vez en cuando a través de un corredor que encontró en Lewiston, y hacer acopio de monedas de cincuenta. Además, se tomaba vacaciones esporádicas a mitad de semana en el lago Sebago, un hervidero de peces sabrosos y perfectamente aptos para el consumo. A la gente le preocupaban las nubes radiactivas causadas por las pruebas nucleares, pero el temor a una intoxicación por mercurio por comer pescado contaminado aún pertenecía al futuro. Denominaba estas excursiones (que normalmente hacía los martes y los miércoles, aunque a veces se quedaba hasta el viernes) sus minivacaciones. El tiempo siempre era bueno (porque siempre era el mismo) y el botín de pesca siempre era espléndido (probablemente capturaba los mismos peces una y otra vez, al menos algunos de ellos).
—Sé exactamente cómo te sientes, Jake, porque yo mismo estuve más o menos en shock los primeros años. ¿Quieres saber lo que es alucinante? Bajar esos escalones en enero, en lo más crudo del invierno, y salir a ese sol brillante de septiembre con una temperatura para ir en mangas de camisa, ¿tengo razón?
Asentí y le indiqué que continuara. La pizca de color que lucían sus mejillas cuando llegué se había esfumado, y volvía a toser con regularidad.
—Pero si a un hombre le das tiempo, puede acostumbrarse a cualquier cosa, y cuando finalmente el shock fue remitiendo, empecé a pensar que había encontrado esa madriguera de conejo por una razón. Fue entonces cuando pensé en Kennedy. Pero tu pregunta levantó su fea cabeza: ¿se puede cambiar el pasado? No me preocupaban las consecuencias, al menos en un primer momento, sino solo si podría hacerse o no. En uno de mis viajes a Sebago, saqué mi navaja y tallé AL T. 2007 en un árbol cerca de la cabaña donde me alojaba. Cuando volví aquí, salté al coche y conduje hasta el lago Sebago. Las cabañas han desaparecido; construyeron un hotel turístico. Pero el árbol sigue allí. Igual que mi inscripción. Vieja y erosionada, pero allí sigue. AL T. 2007. Así supe que podía hacerse. Luego empecé a pensar en el efecto mariposa.
»Existía en aquella época un periódico en Las Falls, el Lisbon Weekly Enterprise, y el bibliotecario informatizó todo el microfilm en 2005. Eso acelera mucho las cosas. Yo buscaba un accidente ocurrido en otoño o en los primeros días de invierno de 1958. Cierto tipo de accidente. Habría llegado hasta principios de 1959 de ser preciso, pero encontré lo que buscaba el 15 de noviembre de 1958. Una niña de doce años llamada Carolyn Poulin salió de caza con su padre en la otra orilla del río, en la parte de Durham conocida como Bowie Hill. A eso de las dos de la tarde, era sábado, un cazador de Durham llamado Andrew Cullum disparó a un ciervo en la misma zona del bosque. Erró el tiro y alcanzó a la niña. Aunque estaba a casi medio kilómetro, alcanzó a la niña. Pienso en ello, ¿sabes? Cuando Oswald disparó al general Walker, la distancia era inferior a cien metros, tal vez solo sesenta. Pero la bala chocó contra el marco de una ventana y falló. La bala que dejó paralítica a la niña Poulin viajó más de cuatrocientos metros (el doble de distancia que el tiro que mató a Kennedy) y esquivó todos los troncos y las ramas en el trayecto. Con que solo hubiera tocado una ramita, casi seguro que no le habría dado. Así que sí, pienso en ello.
Aquella fue la primera vez que la frase «la vida cambia en un instante» cruzó mi mente. No fue la última. Al agarró otra compresa, tosió, escupió, la tiró a la papelera. Después respiró hondo, o lo más parecido a hondo que pudo lograr, y siguió insistiendo. No traté de detenerle. De nuevo, volvía a estar fascinado.
—Introduje su nombre en la base de datos del Enterprise y encontré varias noticias sobre ella. Se graduó en el instituto de Lisbon Falls en 1965, un año después que el resto de su clase, pero lo consiguió, y fue a la Universidad de Maine. Estudió empresariales. Se hizo contable. Vive en Gray, a menos de quince kilómetros del lago Sebago, a donde iba yo en mis mini-vacaciones, y sigue trabajando como autónoma. ¿Adivinas quién es uno de sus mejores clientes?
Negué con la cabeza.
—John Crafts, aquí mismo, en Las Falls. Squiggy Wheaton, uno de los vendedores, es un cliente habitual del restaurante, y cuando un día me dijo que estaban haciendo la auditoría anual y que la «señora de los números» estaba allí repasando los libros, me propuse ir a echar una ojeada. Ahora tiene sesenta y cinco años, y… ¿sabes que a esa edad algunas mujeres son realmente hermosas?
—Sí —dije. Estaba pensando en la madre de Christy, que no alcanzó su máxima belleza hasta la cincuentena.
—Carolyn Poulin pertenece a ese grupo. Tiene facciones clásicas, de la clase que cualquier pintor de hace doscientos o trescientos años admiraría, y el cabello blanco como la nieve, que lleva largo y le cae por la espalda.
—Cualquiera diría que estás enamorado, Al.
Aún le quedaba fuerza suficiente para mandarme a freír espárragos.
—Además, está en buena forma física. Claro que era de esperar, ¿no? Una mujer soltera, que se sienta por sí misma en una silla de ruedas cada día y que sube y baja de la furgoneta especialmente equipada que conduce. Por no hablar de meterse en la cama y salir de la cama, meterse en la ducha y salir de la ducha, etcétera. Y lo hace. Squiggy dice que es completamente autosuficiente. Me dejó impresionado.
—Y decidiste salvarla. Como prueba.
—Bajé por la madriguera de conejo, solo que esta vez me quedé en la cabaña del lago más de dos meses. Le conté al dueño que había recibido una herencia de un tío mío que había muerto. Recuérdalo, socio; la historia del anciano tío rico está probada y contrastada. Todo el mundo se la cree porque todo el mundo la desearía para sí. Y llegó el día: 15 de noviembre de 1958. No interferí con los Poulin. Dada mi idea de detener a Oswald, me interesaba mucho más Cullum, el tirador. También le había investigado, y averigüé que vivía a un kilómetro y medio de Bowie Hill, cerca del viejo salón de reuniones de Durham. Pensé que llegaría allí antes de que saliera hacia el bosque. Las cosas no resultaron exactamente de ese modo.
»Me fui de la cabaña de Sebago muy temprano, lo cual fue un acierto, porque a poco más de un kilómetro se me pinchó una rueda del coche alquilado que conducía. Saqué la de repuesto, la puse, y aunque parecía estar en perfecto estado, no había recorrido ni dos kilómetros cuando también se pinchó.
»Hice autoestop hasta la gasolinera Esso de Naples, donde el tipo del taller me dijo que tenía la hostia de trabajo como para salir y ponerle un neumático nuevo a un Chevrolet de alquiler. Creo que estaba cabreado por perderse el sábado de caza. Una propina de veinte dólares le hizo cambiar de idea, pero no conseguí llegar a Durham hasta después de mediodía. Tomé la vieja carretera de Runaround Pond porque era el camino más rápido, y adivina. El puente sobre el Chuckle Brook se había caído al agua. Grandes caballetes de color rojo y blanco; braseros de humo para fumigar; una gran señal naranja que decía CARRETERA CORTADA. Para entonces, ya me había hecho una idea bastante clara de lo que estaba pasando, y tenía la deprimente sensación de que no iba a ser capaz de llevar a cabo lo que había planeado esa mañana. Date cuenta de que había salido a las ocho, para ir sobre seguro, y había tardado más de cuatro horas en recorrer veintinueve kilómetros. Pero no me rendí. Lo que hice fue dar un rodeo por la carretera de la iglesia metodista, exprimiendo el coche de alquiler hasta más no poder, arrastrando tras de mí un remolino de polvo; en esa época, todas las carreteras de esa zona son de tierra.
»Entonces empecé a ver coches y camiones aquí y allá, aparcados a los lados o a la entrada de las pistas forestales, y también a cazadores andando con las escopetas abiertas y apoyadas en los brazos. Todos y cada uno de ellos me saludaron con la mano, la gente es más amistosa en el 58, no hay ninguna duda al respecto. Yo les devolvía el saludo, pero la verdad es que esperaba otro pinchazo. O un reventón. Eso probablemente me habría sacado de la carretera, porque iba por lo menos a noventa. Recuerdo a uno de los cazadores haciendo aspavientos en el aire, como cuando le dices a alguien que vaya más despacio, pero no le presté atención.
»Subí Bowie Hill a toda velocidad, y nada más pasar la vieja casa de oración de los cuáqueros, descubrí una camioneta aparcada junto al cementerio. Pintado en la puerta, CONSTRUCCIÓN Y CARPINTERÍA POULIN. El vehículo vacío. Poulin y la niña en los bosques, quizá sentados en algún claro, comiendo el almuerzo y hablando como padre e hija. O al menos como yo imagino que lo hacen, nunca he tenido una…
Otro prolongado ataque de tos, que concluyó con un terrible sonido húmedo de arcadas.
—Ah, mierda, anda que no duele —gimió.
—Al, necesitas parar.
Sacudió la cabeza y se limpió una escurridiza mancha de sangre en el labio inferior con el canto de la mano.
—Lo que necesito es acabar con esto, así que cállate y déjame terminar.
»Me quedé mirando la camioneta, todavía rodando a noventa por hora, y cuando volví la vista a la carretera, vi que había un árbol caído en medio. Frené justo a tiempo para evitar chocar contra él. No era un árbol muy grande, y antes de que el cáncer se cebara conmigo, yo era bastante fuerte. Además, estaba frenético. Bajé del coche y empecé a pelearme con él. Mientras lo hacía, sin dejar de maldecir, se acercó un coche en sentido contrario. Se bajó un hombre que llevaba un chaleco de caza color naranja. No estaba seguro de si era o no mi hombre, el Enterprise nunca publicó su foto, pero parecía tener la edad correcta.
»Dice: “Permítame ayudarle, viejo”.
»Le doy las gracias y le tiendo la mano. “Bill Laidlaw.”
»Me la estrecha y dice: “Andy Cullum”. Así que era él. Teniendo en cuenta todos los problemas que había tenido para llegar a Durham, apenas podía creerlo. Me sentía como si hubiera ganado la lotería. Agarramos el árbol, y entre los dos conseguimos moverlo. Después, me senté en la carretera y me apreté el pecho. Me preguntó si estaba bien. “No lo sé”, digo yo. “Nunca he sufrido un infarto, pero esto tiene toda la pinta.” Esa es la razón por la que el señor Andy Cullum nunca cazó nada aquella tarde de noviembre, Jake, y tampoco disparó a ninguna cría. Estuvo ocupado trasladando al pobre Bill Laidlaw al Hospital de Central Maine de Lewiston.
—¿Lo hiciste? ¿De verdad lo hiciste?
—Apuéstate el culo. En el hospital conté que me había comido un submarino enorme para almorzar (en esa época llaman así a los sándwiches italianos), y el diagnóstico fue «indigestión aguda». Pagué veinticinco dólares en efectivo y me soltaron. Cullum me estaba esperando y me llevó de vuelta al coche de alquiler. ¿Qué te parece eso como ejemplo de buen vecino? Regresé a 2011 esa misma noche… pero, por supuesto, volví solo dos minutos después de haberme ido. Es una mierda, tienes jet-lag sin siquiera haber montado en un avión.
»Mi primera parada fue la biblioteca municipal, donde busqué la noticia de la graduación de 1965. Antes, venía acompañada de una foto de Carolyn Poulin. El director por aquel entonces (Earl Higgins, ha llovido bastante desde que se fue al otro barrio) se inclinaba para entregarle el diploma a la chica, que estaba sentada en su silla de ruedas, vestida con su toga y su birrete. El pie de foto decía: “Carolyn Poulin cumple uno de sus objetivos principales dentro de su largo proceso de recuperación”.
—¿Seguía allí?
—La noticia sobre la graduación sí, ya lo creo. Las ceremonias de graduación siempre son portada en los periódicos de ciudades pequeñas, ya lo sabes, socio. Pero cuando volví de 1958, la foto mostraba en el estrado a un chico con un chapucero peinado de Beatle, y el pie de foto rezaba: “El amigo Trevor Briggs, mejor alumno de su promoción, pronunciando el discurso de graduación”. Se incluía un listado con todos los graduados, solo un centenar, más o menos, y Carolyn Poulin no estaba entre ellos. Así que comprobé la noticia de la graduación del 64, el año en que se habría graduado si no hubiera estado ocupada recuperándose de un tiro en la columna. Y bingo. Ninguna foto y ninguna mención especial, pero su nombre aparecía entre David Platt y Stephanie Routhier.
—Una chica más desfilando con «pompa y solemnidad».
—Correcto. Después introduje su nombre en el buscador del Enterprise, y encontré varios resultados posteriores a 1964. No muchos, tres o cuatro. Prácticamente lo que uno esperaría de una mujer ordinaria que vive una vida ordinaria. Fue a la Universidad de Maine, se licenció en Administración de Empresas, después hizo un posgrado en New Hampshire. Encontré un artículo más, de 1979, poco antes de que el Enterprise cerrara sus puertas. ANTIGUA ALUMNA DEL INSTITUTO DE SECUNDARIA DE LISBON GANA EL CONCURSO NACIONAL DE LIRIOS, decía. Había una foto suya, posando con la planta ganadora, de pie sobre sus propias piernas perfectamente sanas. Vive… vivía… no sé qué tiempo verbal es el correcto, quizá los dos… en un pueblo a las afueras de Albany, Nueva York.
—¿Casada? ¿Hijos?
—No lo creo. En la foto, sostenía en alto el lirio ganador y no vi ningún anillo en la mano izquierda. Sé lo que estás pensando, que no supone un gran cambio excepto por el hecho de ser capaz de caminar. Pero ¿quién puede asegurarlo realmente? Vivía en un lugar distinto e influyó en las vidas de quién sabe cuántas personas distintas, personas a las que nunca habría conocido si Cullum le hubiese disparado y ella se hubiera quedado en Las Falls. ¿Ves lo que quiero decir?
Lo que veía era que parecía realmente imposible estar seguro, en un sentido u otro, pero coincidí con él. Sobre todo porque quería terminar con aquello antes de que Al se derrumbara. Y pretendía verle a salvo en su cama antes de marcharme.
—Lo que te estoy diciendo, Jake, es que puedes cambiar el pasado, pero no es tan fácil como parece. Esa mañana me sentí como un hombre intentando liberarse de unas medias de nailon. Cedían levemente, pero después volvían a ceñirse de golpe, igual que al principio. Sin embargo, finalmente logré desgarrarlas.
—¿Por qué es tan difícil? ¿Porque el pasado no quiere ser cambiado?
—Estoy completamente seguro de que hay algo que no quiere que se cambie el pasado. Pero puede hacerse. Si tienes en cuenta la resistencia, puede hacerse. —Al me miraba, sus ojos brillaban en su demacrado rostro—. Al fin y al cabo, la historia de Carolyn Poulin termina con un «Y vivió feliz para siempre», ¿no crees?
—Sí.
—Mira dentro del cuaderno que te he dado, socio, en la contraportada, y a lo mejor cambias de idea. Es algo que he imprimido hoy.
Hice lo que me pedía y encontré una funda de cartón. Para guardar cosas como memorandos de oficina y tarjetas comerciales, supuse. Contenía una solitaria hoja de papel doblada. La saqué, la desplegué, y la miré durante un buen rato. Era una impresión por ordenador de la primera página del Weekly Lisbon Enterprise. La fecha que aparecía bajo la cabecera era 18 de junio de 1965. El titular rezaba: LA PROMOCIÓN DE 1965 ESTALLA EN LÁGRIMAS DE ALEGRÍA. En la fotografía, un hombre calvo (con el birrete bajo el brazo para que no se le cayera de la cabeza) se inclinaba sobre una chica sonriente en silla de ruedas. Él agarraba un extremo del diploma; ella agarraba el otro. «Carolyn Poulin cumple uno de sus objetivos principales dentro de su largo proceso de recuperación», se leía en el pie de foto.
Levanté la vista hacia Al, confuso.
—Si cambiaste el futuro y la salvaste, ¿cómo es que tienes esto?
—Cada viaje es un reinicio, socio. ¿Recuerdas?
—Oh, Dios mío. Cuando volviste para detener a Oswald, todo lo que hiciste para salvar a Poulin se borró.
—Sí… y no.
—¿Qué significa eso de sí y no?
—El salto atrás para salvar a Kennedy iba a ser el último, pero no tenía prisa por trasladarme a Texas. ¿Por qué motivo? En septiembre de 1958, Ozzie el Conejo (como le llamaban sus compañeros en los Marines) ni siquiera está en América. Está navegando alegremente por el Pacífico Sur con su unidad, salvaguardando la democracia en Japón y Formosa. Así que volví a las Cabañas Shadyside, en Sebago, y me quedé allí hasta el 15 de noviembre. Otra vez. Pero cuando se presentó el día, salí incluso más temprano, y joder, esa sí que fue una buena decisión por mi parte, porque esa vez no solo se pincharon un par de ruedas. Se soltó una biela del cigüeñal del maldito Chevy de alquiler. Terminé pagándole sesenta pavos al tipo de la estación de servicio de Naples para que me prestara su coche durante el resto del día, y le dejé mi anillo del cuerpo de Marines como señal de garantía. Tuve otras aventuras que no merece la pena recordar…
—¿El puente en Durham seguía cortado?
—No lo sé, socio, ni siquiera probé esa ruta. Una persona que no aprende del pasado es un idiota, a mi juicio. Una cosa que yo aprendí fue por qué camino vendría Andrew Cullum, y no malgasté el tiempo. El árbol estaba caído en medio de la carretera, igual que antes, y cuando él llegó, yo forcejeaba, igual que antes. Pronto sufrí el dolor en el pecho, igual que antes. Interpretamos la comedia entera, Carolyn Poulin pasó el sábado en el bosque con su padre, y un par de semanas más tarde dije «adiós» y cogí un tren a Texas.
—Entonces, ¿cómo es posible que tenga yo ahora esta foto de su graduación en silla de ruedas?
—Porque cada viaje a la madriguera de conejo es un reinicio. —Después, Al simplemente me observó, para ver si lo comprendía. Tras un minuto, lo hice.
—¿Yo…?
—Así es, socio. Esta tarde no solo compraste una cerveza de raíz. También devolviste a Carolyn Poulin a su silla de ruedas.